bikini (es)
La alarma cundió en seguida por todas partes, apenas unos segundos después de iniciado el bombardeo. Los mensajes empezaron a circular de una parte a otra y los comunicados se mezclaban con los pedidos de auxilio y los lamentos de los heridos y los moribundos. En ese mismo instante llegaban también las primeras informaciones detalladas desde las zonas acometidas, y las brigadas de socorro no tardaron en entrar en acción. El bombardeo nuclear había alcanzado vastos sectores del frente.
En una extensa superficie las radiaciones provenientes de la fisión atómica habían acabado con todo vestigio de vida. Por suerte, los sistemas de alarma habían quedado intactos —habían sido proyectados precisamente para eso, para funcionar en caso de catástrofe—, y segundo a segundo podían seguirse los efectos del ataque. Empezó así a llevarse una exacta cuenta del número y la calidad de las víctimas, de los destrozos materiales experimentados y se pudo delimitar con toda precisión las partes afectadas.
Acto seguido, las organizaciones de emergencia suministraron todo lo necesario. Había vidas que podían ser salvadas, bienes que podían recuperarse, daños que era posible reparar por completo. Hacia allí debían dirigirse en primer término las dotaciones de ayuda, llevando pertrechos, medicamentos y relevos, pero al mismo tiempo era necesario atender también a los sectores menos perjudicados, pero no por eso menos importantes, y fortificar los restantes. Era urgente reponer personal en los centros devastados y, sobre todo, hacer llegar elementos antirradiactivos en cantidad suficiente. Además, debían ser retirados los muertos, socorridos los contusos, y los ilesos incorporados a las tareas de reconstrucción y defensa. Cuando el bombardeo terminó, todas las demás tareas sociales y comunales fueron interrumpidas y los organismos sanos se dedicaron, sin excepción, nada más que a subsanar los destrozos sufridos.
El trabajo demandó horas y horas; fue en realidad una lucha ardua y casi sobrehumana, pero poco a poco la situación pudo ser dominada y hasta se hubiese dicho que el ritmo normal de la vida se recuperaba. Persistía, eso sí, la sensación del dolor, y el recuerdo de las víctimas, que ya nadie ni nada podría devolver a la vida.
Y todo aquel drama celular y atómico, porque Alicia, aquella tarde, en bikini, se había quedado demasiado tiempo dormida al sol, sobre la playa. Y ahora, en el ómnibus, trataba de descansar, afiebrada, en el viaje de regreso desde Pinamar —después de haber tomado dos aspirinas—, todo su cuerpo se dedicaba afanosamente a reparar los tejidos dañados por la radiación solar, a reponer cada una de las células afectadas y, sobre todo, a preparar las defensas para el caso de que sobreviniese un nuevo bombardeo, acumulando para ello pigmentos oscuros y protectores.