first we take manhattan... (es)
Los Purificados, seres humanos eugenésicamente desarrollados por Billonarios para ser perfectos inmortales, y en cuyos cuerpos residirían para disfrutar de sus riquezas por siempre, traicionaron ese propósito, exterminando a la Humanidad.
La consideraban Impura; colisionaría con sus Profundos Proyectos Universales radical. Los corromperían, como hicieron esos malvados petroterroristas violadores de la ecología, de Madre Gea, con todo. Pretenderían matarlos, por ser Diferentes.
Anticipándose, ayudados por la IA global FUERZA, liberaron un activo virus nanobótico. En dos horas aniquilaron tres mil millones de personas.
Emplearon luego la avanzada panoplia de FRENTE para erradicar de la Tierra a los que se refugiaron en complejos subterráneos o montañeses del tiempo de la OTAN.
Inerte el virus, para terminar con la restante Humanidad Impura, dispersa en diminutas colonias difíciles de localizar, los Purificados eligieron tres razas animales para convertirlos en sus especializados sicarios: simios, perros, gatos.
Los evolucionaron dándoles formas antropomorfas, religiones, culturas. Órdenes fóbicas contra los Impuros. En especie de perpetua noche de Walpurgis, los cazaron a todos. Hecho eso, iniciaron un gigantesco proyecto de sociología, introduciendo elementos éticos, morales, religiosos (profetas, mesías) en esas primitivas sociedades para ver qué resultados obtenían. Cómo se bifurcaban o divergían del Proyecto Original.
Los Simiontes pronto replicaron conductas Impuras. Esclavizaron a los perros. Fracasaron con los gatos. Los Purificados continuaron compilando datos ubicados en sus fabulosas atalayas antigravitacionales, aparentándose remotos dioses.
Pudieran incluso empezar a delinear para estas especies otro Día de Greta (así definieron al del Holocausto Humano), e iniciar experimentos con otras.
Un inusual elemento inesperado puede malograr sus proyecciones.
Un temponauta a lo H. G. Wells con un toque Jules Verne de 1876DC.
Joe Horseman.
De nuevo atalayé los siglos de erosión que carcomían el ruinoso DomoPlejo cuyos escarpados relieves desaparecían en el horizonte. En alguna parte de las decadentes megaestructuras y megaautopistas estaba lo que fuera mi rancho, en 1876DC.
Cuando me Desplacé al Remoto Futuro no esperaba encontrarme nada de esto.
Sino una Utópica Sociedad Fabianista de mansiones celestiales y prosperidad repartida por igual. Pan y justicia para todos. Fin de la enfermedad, la miseria, la guerra.
Hallé lo que jamás podía haber imaginado en mi ahora Remoto Pasado.
Adaptarme... o sobrevivir, mejor... a este Brave New World fue tarea dura, pródiga en cicatrices. Para más inri, perdí mi medio de volver a mi hogar de Tejas.
Los avatares que destruyeron mi Máquina de Desplazamiento EspacioTemporal, Ironhorse, serán para otro cuento.
Hoy toca este.
Los restos: reafirmaban que los Impuros habían empezado a construir cosas de tal osadía arquitectónica y alienígena belleza que auguraban prometedor futuro.
Los Probetas (como con harto desprecio los Impuros definieron a los Purificados, antes de que éstos los exterminaran) estimaron las Mega Citys agresión para su Proyecto Nuevo Mundo Armónico. Decidieron debían sucumbir también.
Listos como nadie, aliados con FUERZA, fingieron sin embargo cooperar para configurar aleaciones de todo tipo y derivados químicos ecológicos que daban su feérico aire a las edificaciones. Refinaron la incipiente ingeniería SLO. Crearon las Arcologías.
Agrietadas se desmoronaban ahora; mas resplandecían al Sol las vigas de metaluminio o argentino metal hurtlan, costillas expuestas de esas torres de hormigón de búnker. Hasta esa materia, hecha para durar, era víctima de Entropía.
Lianas, enredaderas, matorrales, pequeños bosques crecidos en su interior, hogar de miríadas de irisadas aves de trino estridente o canoro canto, serpenteaban por las estropeadas fachadas, o caían de los árboles que coronaban las fastuosas escombreras.
Tal follaje semejaba la cabellera de un airado Alan Moore.
Pese al zarpazo de la entropía, las Arcologías retenían algo de su pretérita majestad. En el silencio que a veces barría la fragante jungla de asfalto asilvestrado, paraba el corazón el rugido del desplome de una planta, o inmensa fachada.
La erosión tenía un patrón que me causaba fascinación. Arrebato.
Siempre me planteaba, adoptando aire de sombría meditación: Qué habrían logrado de habérselo permitido... De no mediar el Holocausto Humano Impuro.
No olvidaba tampoco soy otro Impuro, objetivo del progrom Probetas.
Pero antes querrían echarme el guante. Para saber cómo atravesar el Tiempo.
¡Sus Elevadas Eminencias seguían sin lograrlo! Se les resistía tal ciencia.
Expoliarían mis sesos de saber de mi existencia para luego destruirme, seguro.
Otra cosa empero debía absorber mi atención esa tarde:
El Monte Olimpo, uno de los prodigiosos hábitats antigravitacionales Probeta.
Este Asgard destacaba en el alto cielo oreado por todos los vientos. Epatante, reflejaba en su laberíntica superficie también la tenue luz de las cercanas supernovas.
Dominaba mayestático el abrupto paisaje, supervisando numerosas operaciones, o desarrollándolas.
Sobrevolaba los bosques guturana, cuyas potentes raíces reventaban cimientos de las Arcologías, anegaban túneles de todo tipo, sótanos, aparcamientos, hinchadas en la superficie como monstruosas sierpes. Los cultivos de esto, o aquello; cómo sus Criaturas evolucionaban, formaban civilizaciones, que adulteraban los apóstoles que de vez en vez enviaban. Medían las Divergencias. Pensando cortarlas, o abonarlas.
Las Criaturas lo habían conocido allí levitando desde siempre.
Allí moraban dioses. Este Ojo en el Cielo era estructura circular tatuada de líneas quebradas, placas, ventanas, lujurioso follaje que caía en profusas melenas, tendidas indolentes hacia ruinas y sotos. Se reflejaba en los grandes ríos, ensenadas y deltas que cubrían ahora numerosas edificaciones pretéritas.
Los árboles guturana seguían derribando, estrepitosos, las megaautopistas.
Las Criaturas que me rodeaban definían Caer Bastet al DomoPlejo.
Normal lo llamasen así, propio de gatos antropomorfos como los agrupados a mi alrededor y el Arma que les hice construir, de aparatoso volumen amedrentador.
Estas Criaturas se dividían/definían, según su trabucada parola, en Sur Kais (pelos cortos), Nor Kais (pelos largos) y Decan Kais (leones, tigres, panteras..., realeza).
Estos gatos antropomorfos andante-parlantes: descendían de una de las Tres Especies Elegidas para exterminar Impuros supervivientes. Al principio, superleales.
Mas, conforme nacían nuevas generaciones, su entorno iba adquiriendo distinto aspecto, principiaron a cuestionar el cerril dogma impreso en sus mentes.
Empezaron a contemplar desconfiados el Monte Olimpo, donde les rehicieran así.
Gracias a documentación que obtuve, supe qué paso, qué les hicieron. Por qué les reconfiguraron y manipularon. Cuando se lo conté, recelaron de mis explicaciones.
Aunque ciertas evidencias iban convenciéndoles, dándome la razón.
Las certezas nos rodeaban. Las ruinas. Las piedras parlantes (o sea, las talladas). Las reveladoras estatuas que definían Esfingies. De seres semejantes a mí.
(Por eso a veces me llamaban Esfingie Joe.).
Los otros animales alterados fueron los simios y los perros.
Sospechaba sin embargo estaban modificando delfines y ballenas. Mas no podía saberlo. Sí conocía a las razas vegetales andante-parlantes que ocultaban ora en sus factorías, ora los densos bosques guturana, ora peligrosas marismas.
Los Sur Kais las habían visto.
Y creo una noche tropecé con una de esas escalofriantes Swamp Thing.
Como fuese: todo perseguía nefarias intenciones. Jugaban a Dios, los Probetas.
Ensayos infinitos con todo lo viviente; lo mineral, cualquier día.
El Monte Olimpo sobrevolaba la zona donde ubicaron sus descoyuntadas ciudades sus más fanáticos vasallos: los Simiontes.
Fueron de extraordinaria eficacia Aquellos Días. Comandaban de puta madre magistral. Guiaban a perros y gatos por las sendas o rebuscaban con maligno instinto allá donde consideraban los Impuros podían esconderse.
Engañando astutos al potente olfato de perros y gatos. Solían acertar.
Mala cosa haberles dado tal raciocinio. Replicaban muchas de nuestras vilezas.
¿Por eso los Probetas les estimaron sus Privilegiados? (Éstos se lo remarcaron.).
Apenas lograron esclavizar a los perros, los enconaron contra los gatos. También empezaron a edificar sus ciudades según patrones de amorfa racionalidad, conservando relentes de euclidianas líneas o conceptos aristotélicos.
Los gatos se rebelaron. Combatían desde entonces a esas razas.
Ocuparon las ruinas. Los sotobosques guturana menos densos.
Reyes de la emboscada, mostraban sin embargo una precaria industria o unidad militar, distinta a los ambiciosos Simiontes, áreas donde se demostraban superiores.
¿Satisfacía a los Probetas ver cómo los Simiontes crecían de modo tan paralelo a los Impuros? Justificaban así aplicarles su Día de Greta. ¿Cuándo sucedería? ¿Cuando empezaran a construir su Torre de Babel para saber qué clase de dios moraba allí?
¿Lo tramaban ya? ¿Ascender al hábitat? ¿Estaba cerca el Día de Greta de estas pasmosas Criaturas? ¿Tabula rasa y poner otra cosecha de animales antropomorfizados?
Antes quería darles este tremendo disgusto. ¿Tenía algo mejor que hacer?
Rondaban minúsculas lanzaderas al Monte Olimpo. Cuan nubes de insectos.
Me sobrecogió la primera vez que lo vi. Festones nubosos lo orlaban, aumentando su aire dramáticamente fantástico. El Sol espejeaba en innumerables superficies pulidas, dándole impía grandiosidad inenarrable.
¿Cómo tamaña masa de millones de toneladas levitaba con tal sutil gracia?
Empezaba a sospechar la ecuación, empero.
Como que los Probetas, al modificar específicos animales, pretendían hacerlos especializados esclavos para involucrarlos en sus crónicas marcianas o viajes a más allá de Orión. Emplearlos en esos planes espaciales podría retrasar su holocausto, consideré.
Y debían mantener sus granjas. Podar bosques. El experimento sociológico de su evolución, acá/allá trastocada. Y alguien debía ensamblar las naves espaciales.
¡Porque los Probetas no! ¡Menuda vergüenza! ¡Trabajar ellos!
Su estéril entorno e inmaculada apariencia de trekkies maoístas veganos jamás podía mostrar mácula mínima-nimia.
Ellos ¿remachar o soldar planchas de acero, MÁS ACERO, o arrastrarse sobre grasienta mugre para cablear con fibra de gel estrechos conductos? ¡IMPENSABLE!
Para emporcarse estaban los chimpancés Simiontes.
Sacudí la cabeza. Concéntrate. Estáis aquí para disparar el Arma, ¿no?
Tremenda. Perturbadora. Cuan Cañón de Navarone. También quitaba el aliento.
Apuntaba al Monte Olimpo.
Próximo el momento, capté cuánta agitación suscitaba, me rodeaba.
Esperaban expectantes Decan Kais, Sur Kais y Nor Kais de mi banda; aliadas Tribus de Bastet (la demás gatería antropomorfa) decidieron verlo desde lejos.
Establecieron sus reales por el caótico y montaraz complejo adyacente e idéntico.
Mas su curiosidad felina fue imponiéndose, acercándoles paulatinamente.
La imponente Arma asomaba por entre la densa maleza, apoyada en las ruinas del lacerado edificio donde la emplazamos.
Exhibía el pesado aire denso/férreo de los masivos artefactos steampunk.
Remaches: por doquier. El Arma: inducía asimismo profunda reverencia.
Ettore, mi felino antropomorfo amigo, y su esposa, Diena, estilizada princesa Sur Kai, me miraban como esperando bautizase el Arma igual que se bota un barco.
Por cortesía, también por política (por mucha esfingie que yo fuese, no dudarían en atacarme si les parecía oportuno —recuerda los puntos extraños de conducta que a tu gato a veces les da—), reconociendo su autoridad tribal, yo aguardaba las órdenes del imponente Decan Kai tigre líder Uslar. Pero éste vacilaba. En otra decisión crítica.
Comprendí: ¡le agobiaba la responsabilidad de mandar disparar el Arma!
¿Y si reventaba, aniquilándonos a nosotros, no a los Probetas?
Y los Probetas eran sus dioses. Eso seguía arraigado en su magín. Esta herejía...
Relapso Uslar, acepté el compromiso con la Historia. Primero, discurso:
—Cuando dispare, será definitivo. Incurrirán en represalias. —Les atalayé, medio ocultos por la broza y escombros, junto a los refugios erigidos. Su aire solemne, que sus rasgos felinos acentuaban, asumía la gravedad de mi advertencia—. Pero os repito que pienso alguna cosa mala están tramando —señalé al Monte Olimpo. Palmeé el rugoso costado remachado de El Arma—. Si lo hicieron con nosotros, sus hermanos, ¿qué no os harán? Os han creado y, por tanto, les pertenecéis. Pueden haceros cuanto deseen.
Cantidad de experimentos. Cualquier cosa, como cruzaros con los seres-planta.
—¿Así en lo haríais de vosotros, las esfingies? ¿Atacar? —Uslar indicó una de las tallas entrevista entre la breña de severo semblante, grave esplendor. Debido a esas esculturas, nos suponían cualidades semidivinas. Al morir, nos trocábamos en mármol, o bronce, para así perdurar. Hacían mil cábalas supersticiosas sobre nosotros, esas estatuas y su función. Las mantuve. Mi supervivencia podía depender de sus idolatrías.
—Sí. Lo haríamos. ¡Atacar! —Rotundo, honesto. Uslar se anubló.
—En una parece estupidez. De matarán nos, al por fin —Diena aseveró.
—O lo impedimos —objeté. Meditaron. Sugerí—: Si queréis, ocultamos el Arma y seguimos huyendo de sus batidores Simiontes y perros...
...huyendo hasta que nos capturen...
Ettore entornó sus vivaces ojos azules de siamés; contempló Caer Bastet.
Extendiéndose sin fin-sin fin hasta el más brumoso/remoto confín.
Su aparente inmensidad: insuficiente para ocultarlos y seguir viviendo según sus costumbres. Pensaba en los cachorros que quería tener. En qué mundo quería crecieran.
Imposible empero vislumbrar el futuro; el resultado de los actos de hoy.
Gloria o sepultura, parecían sin embargo todas nuestras opciones. Esclavitud o su libertad como la entendían. Me instó su mirada:
—¿En ganaremos de, Joe?
—Claro. Somos los buenos. —Diena bufó sarcástica. ¿Podía augurar yo otra cosa? Uslar abrevió declarando:
—Sea como Bastet voluntad la de. ¡Dispara el en Arma, esfingie Joe Horseman!
Me enriquecí diseñando armas revolucionarias en el siglo XIX.
Con lo aprendido de los sargazos de la ingeniería SLO, que menudeaban dispersos por las ruinas omnipresentes, perfeccioné mis conocimientos científicos.
Para construir el Arma, trabajé. Obligué a trabajar a los antroponimales felinos como nunca laboraron. Si conoces a los gatos, aun antropomorfos andante-parlantes, con una idiosincrasia cultural apenas industriosa, entenderás el reto.
Los domésticos duermen diecisiete horas. Se mantienen atusados. Juegan cuanto pueden. Pues bien: traslada eso a estos antroponimales, restándole horas de sueño.
Oblígales a volcar su atención en una tarea específica más horas de las que desean mantener, o sea: casi ninguna.
Fabricar el Arma no fue el desafío. Que la construyeran, sí.
Al apoderarme del conmugatillo, se refugiaron tras los parapetos.
Una intensa emoción aceleró mi pulso. Galvanizó mi piel.
Examiné nuestro rutilante objetivo. Las gigantescas guedejas de lianas o follaje que caían en cascadas desmañadas desde sus poderosos flancos, despuntando diseños boscosos ubicados en su centro.
Las lanzaderas de batidores y recolección de especímenes que lo mosconeaban. La luz de las pálidas supernovas destellaba también en sus fuselajes. Musité:
—Por el infierno y la crecida.
Tuve el acero, ¡MÁS ACERO! suficiente para oprimir el conmugatillo.
La titánica detonación reverberó en la caña de mis huesos. Amenazó licuar mis órganos. Los atenuadores instalados que debían aminorar el efecto: funcionaron. Como estaba previsto. ¡Pero parecieron insuficientes!
El proyectil quería hacerse notar con furia en este mundo. Viviría un instante.
Por tanto, ¡decidió dejar huella!
La onda expansiva fisuró el aire, como si estuviera compuesto de bloques de hielo.
La inenarrable violenta concusión desplomó fachadas, edificios aledaños.
¡Sumaron su horrísono estruendo al del disparo! Espantó manadas de gatos antropomorfos. Pintorescas figuras brincaban por entre los escombros, arrancados de su sitio algunos. Las polvaredas levantadas azotaron su piloso cuerpo.
Inmensas tolvaneras elevadas de gigantescas cascadas de estruendosos cascotes nos cegaron. Sucedieron más atronadores desastres.
Árboles que coronaban ruinosos bloques cercanos casi volaron, empujados por el huracanado rebufo. Agitó como embravecido oleaje sus densas copas, quebrándolas.
Gigantescos velos arenosos ocultaron el firmamento.
Este grito nublaba cerebros. Borraba ideas. Estremecía almas. Las anulaba.
El Monte recibió el proyectil casi ANTES del disparo. Fueron... simultáneos.
Costaba sobrehumano esfuerzo mantener la vista fija en el Monte en el ínterin.
Tras el impacto: una pequeña erupción de llamas despuntó en el casco herido.
Esta anaranjada lengua incandescente expulsó humeantes escorias negruzcas.
Por la distancia, así como por el volumen de El Monte Olimpo: el desastre debía ser sin embargo mayúsculo. ¡Extraño magma derramaba sus entrañas perforadas!
Como tentáculos adormecidos sus enredaderas bailaban en el fuselaje rasgado.
Verlo me llenó de salvaje entusiasmo. La potencia y diseño del proyectil horadó su aura defensiva de energía, como calculé. Desafié para adelantarme el resonante aire tibio irrespirable, cargado de áspero polvo que frotaba mi piel como lija.
¡Quería VER mejor estragos y secuelas!
Los antroponimales felinos de mi banda que reprimieron huir tras el disparo me imitaron dubitativos. Entonces, cuando nada más parecía iba a suceder...
¡Una explosión interna desgarró buena parte del casco de El Monte Olimpo!
Cayó segregando derelicto negro. ¿Cuerpos quemados? Nueva catarata de achicharrada ingeniería SLO. Desapareció en el amasijo de feas casas Simiontes.
Elevó oscuras humaredas, pues incendió enseguida vastos terrenos cultivados.
Mas durante otro minuto, por excitante que fuese, sólo ocurrió eso.
Ni oíamos la sangre latiendo veloz por las arterias. Ettore me miró, enharinado por el polvo en suspensión. Tosíamos.
Planteaban sus rasgos: ¿Sólo esto, Joe? (Y era bastante, muchacho.).
Insistí anhelante en pedirle paciencia con un gesto.
[Aunque ignoraba qué podía suceder].
¡Súbita erupción de entrañas HITECH ardientes cayeron del desgarrado vientre de El Monte Olimpo, vomitando raudales de vísceras incandescentes!
Una brillante llamarada nos cegó; el destello dorado anuló al Sol.
Dañadas sus poderosas fuentes de energía, su explosión aumentó el caos.
Masacró al Monte Olimpo, lanzándolo en billones de informes pedazos por el alto cielo opilado por todos los vientos.
Su estruendo nos llegó, aunque debilitado. ¡Nos provocó irracional alborozo!
La humeante masa envuelta en llamas... ¡osciló! O cuanto quedaba flotando aún, vertiendo inmensos derelictos candentes sobre aquellos lares abrasados.
—¡Va a caer! ¡CAE! —grité. Pensé sufriría un infarto.
La prendida ruina, magnífica ahora en su devastación... ¡empezó a desplomarse sobre la región que sobrevolara desde tiempos antiguos! Chirriaba agónica.
Como banshees suicidas sonaban los alaridos del metacril.
Esa precipitación metálico-mecánica acabó por devastar toda la región Simionte, área presuntuosa que se pensaba privilegiada por tener el Monte Olimpo coronándola.
Calcinó aquél holocausto a las altivas Tribus del Gran Gislador. Recordé cómo vivían esos racistas monos pensantes-parlantes, respaldados por sus despóticas leyes.
¿Qué pensaron, si el terror les permitía aún razonar mirando el colosal desastre, cuando vieron cómo su dios metálico-mecánico se descomponía en ardientes pedazos, vertiéndole encima su lava? ¿Cómo lo encajaron? ¿Pudieron asumir tamaña herejía?
¿La vulnerabilidad de sus iconos?
Un victorioso rictus erectus: me enmascaró.
Concordaba con la salvaje alegría desplegada por los antroponimales felinos.
Pese a todo, seguían siendo predadores especializados encajados en bastidor humano. Y ¿quién no celebra la desaparición de una tan ominosa amenaza?
Aunque destaqué una excepción: Uslar.
Me miraba con reverencia... no la habitual a una esfingie... sino al mismo Dios.
—¡Vámonos! Sus lanzaderas pronto podrían atacarnos —recuperé para calármelo con garboso gesto mi Stetson, arrancado por el rebufo del disparo. Ettore concordó.
Sobrevolaban, diminutos insectos de pálido centelleo atribulado, la gigantesca masa de llamas y humaredas tóxicas fruto del volcán que ahora era la informe masa del Monte Olimpo. No golpeó en tierra; fue posándose despacio en el fuego que abrasó la región Simionte. Emergían de entre sus retorcidos restos negros llamaradas radiactivas.
Pero, hechizados por aquél apoqueclipse, permanecíamos allí (Diena debió tirar fuerte de Ettore para obligarle a huir). Entonces, de golpe... ¡KA-BOOM!
¡Explosión atómica! ¡Menudo hongo! ¡Qué horrible/estremecedora concusión!
¡Desintegró la escorada estructura inmersa en llamas!
¡Evaporó las lanzaderas que sobrevolaban los despojos!
—¡Cristo! —aullé. Pavor PAVOR sentí al ver elevarse aquél hijo de Hiroshima.
Estos Probetas amantes de Eolo y Helios ¡necesitaban de los impuros átomos para subsistir! ¡Hipócritas ecologretas!
Indescriptible caos en tierra. Oleadas de escombros. Tsunamis de arena. Desgajó poderosos árboles guturana. Imperiosa imponiéndose: la ominosa nube de calor y humo.
Los pedazos ya llovían por doquier. Tembló la tierra. Las arruinadas estructuras chillaron, se agrietaron, oscilaron. Precipitaron a las fragantes calles selváticas cataratas de enormes restos, árboles gigantes. Superada la parálisis del pánico, corrí a refugiarme.
Los felinos huían locos de miedo, aunque otros contemplaban fascinados el descomunal hongo, cuya masa oscurecía el alto cielo pagado por todos los vientos. Al Sol.
—¡Corre! ¡La radiación fluctúa! ¡Llegará pronto! —insté a uno, inmovilizado.
Salió del trance gracias al empujón que le propiné. Me reconoció. Me obedeció.
Brincamos por las ruinas, el corazón en la boca.
En refugios improvisados vi abrazados antroponimales felinos, dándose mutuo consuelo, protección. ¿Lloraban? Era posible. Sin pararme les gritaba huyeran.
Cuando me reuní con el aterrado núcleo de mi banda, que ansioso me miraba, advertí el pavoroso resultado obtenido con el Arma. Me sobrecogió mi genio, que en esto había derrotado al aparentemente superior de los Purificados. A FUERZA.
¿Tienes límites, Horseman? De proponértelo, ¿qué cosas terribles crearías?
Imposible saberlo, ponderé.
...sabiendo que el Arma capaz de despedazar al mundo residía en mi mente...
Al ocaso serpeamos por las tenebrosas ruinas hacia santuarios seguros.
Advertimos sombríos cómo se disipaba el brodignaniano hongo nuclear.
La radiación me preocupaba. Convulsas flámulas ígneas subían tan alto que amenazaban prender la anillada media Luna, de colores verde bosque y azul mar.
La humareda emborronaba las supernovas; su luz agrisaba la oscuridad nocturna, fagocitando el destello de las estrellas más débiles.
Adiós a el Arma. Su único disparo había sido insuperable, no obstante.
—¿Y en de ahora, Joe Horseman? ¿Qué de hacer, de toca? —Uslar solicitó saber.
—First we take Manhattan, then we take Berlin —canté irónico. Uslar manifestó confusión—. No sé. Improvisaremos.
El Decan Kai valoraba mi cordura, interpreté en su grave rictus erectus; empezó a temer estar siguiendo a un peligroso loco irresponsable.
Enfoqué la pulsante aura anaranjada, lápida de presuntos dioses presuntuosos.