la hetaira de marsoon (es)
Sobrevive a la impresionante caída.
Volvían a negarle la Nada, desaparecer en la Más Absoluta Inconsciencia.
Le privan librarse de todos los aterradores recuerdos, los espantosos sueños.
¡La tortura proseguirá!
Aplazaban saber qué hay después de morir en Marsoon{1}.
En qué otro Infierno no escogido puedes acabar.
La afilada punta de las rocas erizadas por el musgo color óxido emergen como dientes rotos tras una pelea mala y de verdad, moteadas del liquen con que destilan el grog. Lo presiente con claridad: la bruma hacía poco se había fundido.
Descubre yace sobre el desgarbado cadáver del caqui que le agrediera en la cima del talud, cuando inspeccionaba algunos restos significativos abandonados por la niebla. Golpeó las rocas primero, aunque eso no le libaría de morir debido a la caída.
La muerte. Su ansia secreta. Con suerte, no se sumergiría en las Fuentes del Río que fluía del Manantial para renacer en otra carne y vida quizás mejor. Más placentera.
¡No! Rechaza esa perspectiva. Quiere la Nada, o nada.
Obstinado prefiere diluirse en el Perfecto Olvido, desaparecer junto con sus muchos pecados e impiedades.
¿No es absoluta bendición no renacer jamás?
Mas incumplen su deseo. Regresa: a la luz. A la conciencia.
Totalmente baldado. Eso sí. La mano de los dedos amputados: duele un huevo.
Contempla el gran glauco. Las perezosas nubes estriadas dibujan ese símil de costillar en el alto cielo merced al buril de todos los vientos. Ve las tres deformes lunas.
Innegable: Marsoon.
Pese a estar dolorido como nunca, disfrutaré de otro piojoso día en el Paraíso.
Palpa cauteloso el musgo color óxido; dimana ya su lento calor característico. Olfatea su tenue fragancia floral. El Rossum empieza a desmoronarse. Así se pudren.
Los caquis se descomponen rápido. Pronto sólo será sus elaborados correajes y panoplia, terrones de extraña textura pseudovegetal que el céfiro arrastrará indolente.
Según procura artrítico apartarse del cadáver cargado de armas biancas y revólveres que no huele a océano (al morir, perdió su fragancia), empieza a reorganizar recuerdos, ideas; surgen en distintas etapas. Con esfuerzo, logra sentarse.
(debo tener todas las costillas rotas; ¿también vértebras? Da igual. Se curarán).
examinando el ya familiar paisaje extraterrano, los aguzados peñascos.
El ser en descomposición. Los discos labrados que adornan sus correajes que indican Clan y grado bélico. Le asaltó uno de los más sanguinarios (y errantes) caquis.
Estoy hecho mierda. Roto entero. Tengo sabor a sangre en el paladar. La escupe.
Como PostÉpico, Marsoon obrará en él la extraña e inexplicada magia médica que le sanará pronto. En poco tiempo, además. ¡Pero no le da el alcohol de NECESITA!
El alcohólico Max otea tanto suelo como firmamento. Manifiesta ansiedad.
¿Los camaradas del hideputa verde estarán buscándole ya, y le harán picadillo cuando les vean allí abajo tirados, sobre el esponjoso musgo perfumado removido?
Pide a la Bendita Bianca Beauchamp y todo dios del Rock y la Pantalla que logra recordar que su Last Interceptor siga intacto allí arriba. Es su hogar. Su vehículo. La forma simbólica como escapa tanto de su atormentador pasado como de sí mismo.
Flaquea su corazón al suponerlo destrozado; incendiado por la rabia caqui.
Observa las rocas color gris Grey del talud que debe trepar para regresar al lugar donde le agredió el caqui el atardecer pasado.
Kais de altura. Años luz que escalar con los huesos molidos. Imposible.
Condenación. Empieza a sentirse sano, bien. Coherente. En forma. Magia.
En pie, guerrero de la carretera de Marsoon.
Fácil proponérselo. Ordalía conseguirlo. Parecen reabrirse heridas internas.
Cree tarda horas en enderezar sus rodillas, mantener la vertical sobre sus botas, inhalando las invisibles cuchillas que impregnan el aire. Capta el silencio.
Incorrecto: silba la espeluznante nota de páramo, propia de las graves planicies.
Otra ojeada a la distante cumbre. Lo fatiga sólo la idea de empezar a ascender.
Max permite, entonces, trabajar a su musculatura de supervivencia. Opera en automático. La niebla como siempre depositó en el musgo cosas valiosas o pura basura. Sondea ansioso esos sargazos, algo escasos en la hondonada.
¡Alto! ¡Espera! ¡ESO! Al instante, olvidados todos los dolores que lo acoquinan, se apodera del tesoro: ¡un Pasadena AutoMag de. 44 Magnum preFRT! ¡Increíbleble!
¡Qué joya! ¡Qué Fors Fortuna! ¿Quizás le compensan así que haya sobrevivido?
Malas noticias: contenido del cargador: cuatro cartuchos. Otro en la recámara.
Poquísimos: para sobrevivir a Marsoon. Harry el Sucio anduvo activo, ¿eh?
Pero más vale esto que una piedra, ¿no? acaba resignándose Max.
Dispara su mirada de los mil metros hacia una salida de aquél callejón infernal.
Pese a merodear media mañana, empieza a temer la noche, que podría pasar al raso. A menos que trepe a tiempo allá arriba. Alcance el vehículo tuneado Mad Max.
¡No quiere le pille en descampado la peligrosa niebla que anega todo el musgoso Marsoon, en cuyo seno se agitan cosas, letales entes de relato de Stephen King!
Recuerda las veces que la bruma le pilló al raso. En el desolado páramo rojizo.
Lo palpaba obscena la convulsa niebla fría, gaseosa pantalla donde las Facetas del Prisma Universo proyectaban sus más dramáticos sucesos: espectralmente.
Aunque renquea al principio, camina bien cuando se acerca a la irregular salida del cañón. La magia operó a pleno rendimiento. Cosas de ser PostÉpico.
Y maldito sea si sabe por qué sucede esto. Qué misterio es este que les envuelve.
Dejó de tragar sangre. Desapareció casi todo dolor. Quiere un puto trago YA.
* * *
Perdió parte de su equipo de supervivencia en el tremendo impacto. Aturdido, no lo repuso. Debe apagar su sed en un riachuelo oculto por el musgo. Lo socava apenas para acceder al somero curso de agua fresca. Revive: al beberla.
Pueden beber agua; asimilar algunas carnes o peces de Marsoon. Lo demás, no.
El repentino/punzante hedor eriza sus alertas. Sobresaltado: alza la vista.
¡El hirsuto minock le estudia! ¿Tiene roto uno de sus cuatro brazos? Ese dolor: debe enloquecer aún más a una oscura bestia carroñera insensata de por sí.
Se calibran durante ese momento. El corpulento minock ataca, rugiendo.
Max atrapa la velluda garganta con una diestra de acero, ¡MÁS ACERO! Impide al minock lo barrene a dentelladas, zarpazos. Sus dedos destrozan huesos, músculos; expone qué fuerza superior le proporciona la menor gravedad de Marsoon.
Has escogido mal día para atacarme, hijoputa, piensa aniquilando al minock, desorbitando sus ojos dementes; gargarizando, lanza agónicos zarpazos.
Max mantiene la presa pese a que el carroñero dejó rato antes de forcejear.
Lo ignora. Pero quizás sea el primero, en todo Marsoon, en toda su Historia, que despacha así a un ODIOSO minock.
Tras arrojarla asqueado a un lado, receloso estudia la inerte masa velluda.
Procura convencerse de su extinción. Trabajo le cuesta. Inhala rápido.
Empieza pre-tarde. Quizás fue que pulsó un destello lo que orientó su mirada de los mil metros hacia allí.
Adonde descubre planea un curraj. El jaspeado de sus velas palpita al céfiro.
También destaca la tenue hebra de humo, apenas visible, que tímida trepa hacia el gran glauco.
Se aleja del cadáver empezando a industriar proyectos, olvidando un encuentro bestial digno de Conan el bárbaro.
Civilización. Ylohi. Pero civilización.
¡Tan dentro del Último Meridiano! el aterrador páramo habitado suponen por terribles trasgos próximos a Entropía, expósitos del horrible Crom Cruach.
Mitología nativa. Ignorantes temores supersticiosos de cobres y caquis.
Me resbalan. Hago mi propia luz.
Civilización. Donde pernoctar. Siempre que apresure el paso. Mas ya acentúa su cojera la larga caminata buscando por dónde ascender el talud (no parece haberlo). Le ralentiza algo. Los dedos que le faltan en el pie derecho llevan rato doliéndole.
Se empeña empero en llegar pronto: allí.
* * *
Violencia. Sangre. Dolor en el costado, al chocar con la banqueta ante el hogar.
Tascela Sin-Caer (repudiada de todos) levanta la mano; procura frenar el próximo puñetazo. Dedos de hierro oprimen su antebrazo, alzándola vehementes.
La estampan contra otro muro de la humilde cabaña, covacha similar a la de Yoda en Dagobah, aunque con abovedados más altos. Los anaqueles tiemblan al golpe.
La curva pared impide caiga de nuevo.
Sucede una breve pausa; aprovecha para espetar al salvaje agresor:
—No tienes por qué pegarme. Seré complaciente. Siempre lo soy, ¿no? —resalta avinagrada. Restaña la sangre del labio.
—Así debe ser, hetaira —despectivo el mataespadas de oscuras facciones y pelo negro; como todos—. Eres inmundicia. ¡Agradece que te demos esta utilidad todavía!
—Garh Homa está harto de accidentes, ¿entiendes, Tascela? ¡Debes gestar más huevos! —ordena el otro rufián, que amenaza al desconcertado chico rapado.
—¡No vivo precisamente en una Torre de Gobierno, bien cuidada, sin peligro a sufrir abortos! Esto es el Último Meridiano. ¡El riesgo es notable! —rabia Tascela.
Y ¿cómo no tener un accidente, si me golpeáis, además?
—Garh Homa cree que tienes accidentes adrede. Para que no vendamos tus huevos. ¿Qué te importará qué les pase? —sisea el maltratador.
¡También son nuestros hijos! ¡Mira lo que nos importa su ka! —Ríen feroces.
—A mí sí me duelen. Son hijos míos.
Fiereza en toda Tascela. La de la altiva y digna noble que fue antaño.
Ahora, mancillada. Su respuesta renueva las carcajadas de ambos rufianes.
—No le hagáis daño —implora entonces. Pues parecen querer agredir al chico.
—¿A tu pequeño huevo tarado? —cloquea el mataespadas que apresa al chico, de siete u ocho años—. Conozco mentats bien situados que nos lo pagarían muy bien.
—Y también es nuestro, ¡como tú! —afirma malvado el primer mataespadas.
Lo trataremos como queramos. —Cruel centellea su mirada.
—No. Por favor. Dejadlo conmigo. Por favor. —El miedo: socava a Tascela.
—Pues complácenos sin remilgos —exige el mataespadas. Su vileza parece orlarlo de tenebroso fulgor. Se aproxima a la bella ylohi de pobres correajes con aviesas intenciones. Es grande. Fornido. Brutal durante el acoplamiento. Bueno. Todos lo son. Tascela engulle su miedo y repugnancia. Suplica:
—Sacadlo fuera. Que no lo vea.
El chico mantiene la desorientada expresión. No comprende lo que ocurre.
Por qué maltratan a su madre. Lo amenazan. Al fin accede el mataespadas:
—¿Por qué no?
Indica a su socio saque fuera al muchacho; lo empuja con extrema violencia.
* * *
La cabaña se recuesta en el interminable farallón que lleva siguiendo todo el día.
Divisa un pequeño huerto, intimidado por el esquife de diez plazas que los bandidos Ylohis suelen emplear en sus razias de saqueo, para cazar esclavos donde sea.
Esto ve Max desde otero privilegiado.
Cinco cartuchos, camarada. Sólo cinco, como los de Enyd Blython.
¡Debe pensarse MUY BIEN cada disparo!
La ylohi recibe una patada que la hace trastabillar en el musgo. Ha salido tras un matón que zarandea a un chaval flacucho que muestra clara desorientación.
Risotada. Abandona la choza un perverso matón cobre con el sigul del valor enhiesto. Pateó a la cobre, que parecía recriminar con viveza algo al primer bastardo.
Max se envara. Estalla sabor a coco y metal: en su paladar.
Silba en sus oídos la átona eterna nota del viento del páramo. Lo anuncia.
Sabes qué viene ahora.
Lo vi en la película. Sí. Ajá.
Paso.
Permanecerá allí, quietecito, permitiendo la fuercen.
Mientras, maquinaré cómo robar el esquife. Estarán demasiado ocupados vejando sádicos a esa cobre como para intentar impedírmelo.
Quietecito.
Empieza el espectáculo.
Paso.
* * *
—Ven aquí, maldita hija de puta. ¿O empezamos hoy por la boca?
Tascela cayó de rodillas. Siente calor/dolor allá donde azotaron su carne, marcando sus nalgas con tremendas palmadas. Cómo lo gozaban.
Y se hacen llamar Ylohis: el Pueblo Hermoso.
Pero cuanto piensan hacerla AHORA sí será DOLOROSO, madre Sémele.
Se cierne de Tascela la musculosa avalancha de carne desnuda parcelada por correajes decorados con oro y pequeñas gemas del primer mataespadas.
Mientras busca lo imposible, la postura que alivie la bestial acometida próxima a ocurrir, Tascela descubre la anomalía. Exhala:
—Sagrado Hotton.
—¿Qu...? —cejudo empieza el mataespadas.
Vuelve la cabeza. Parcialmente, el tronco.
Humano e ylohi confrontan miradas.
El golpe que Max propina con el mango de la azada destroza el cráneo al mataespadas, alejando su sudoroso cuerpo aceitado de Tascela.
—¡Intruso cobarde!
El compadre lucha por empuñar su revólver. Matará a Max con él. El estupor lo demuda. La ira lo entorpece.
El disparo que lo castra le arranca un alarido tan prolongado como hondo.
Cuatro cartuchos. Pero éste está bien empleado así.
El fulano: se pliega, se pliega; agarra con las manos los sanguinolentos harapos de carne que fueran sus genitales. Chilla. Un alarido: de rata. Nada machote.
Max se mueve con cegadora celeridad. Propia de un PostÉpico de Marsoon.
Patea al malherido, tumbándolo en el musgo. Lo remata aplastándole la sien de un talonazo. Como a una víbora. ¡Placentera sensación justiciera! Grita Tascela:
—¡El esquife! ¡Queda otro!
Una cara perpleja apunta a Max con un revólver de fantasía. Blande el AutoMag, provocando un errático disparo enemigo, una huida apresurada, al ocultarse bajo la borda de estribor.
—¡MÁTALO! ¡O irá donde Garh Homa, trayendo refuerzos! —previene Tascela.
El esquife: emprende precipitada maniobra de avance/ascenso. El aparato volador cruza el firmamento con trayectoria errática.
Consigue hallar su rumbo dimanando trazas de estabilidad, confirma Max según ve alejarse al esquife precipitadamente. Lamenta Tascela:
—Debiste matarlo. Volverá con la peor escoria de Marsoon para asesinarnos.
—Descargado —miente Max mirando a la cautivadora ylohi desnuda. Pelo negro azabache. Supercurvilínea. Tentadora TENTADORA toda ella. Adornada con pobres correajes, empero; escasea el oro o las alhajas en ellos. Le remueve atávicos instintos.
Tascela pestañea perpleja ante la noticia. Max sostiene su mirada. Retador.
Sospecha entonces él miente. Siendo PostÉpico: es refractario a su telepatía.
El desesperado chico se refugia enseguida en brazos de su madre.
Desarrollan un emotivo momento Kodak IG. Tascela AMA a su hijo, malogrado a posta en lo mental por seres ruines con fines aún más infames.
—Gracias —mira al huraño Max. Estudia las cicatrices del rostro. Ve los dedos cortados. Evalúa su fosco aire general. Tantea—: Pero... ¿pretendes herirnos tú ahora?
—Sed. —Max señala el pozo, hacia el cual se encamina. Confusa, Tascela le mira.
Acaricia mimosa a su hijo; el ocaso riega de oro luminoso las graves planicies.
* * *
—No vendrán esta noche —afirma Tascela con lúgubre tono.
Espía a través de una ventana, que enseguida atranca.
Del frío musgo supura la temida niebla, compactándose poco a poco.
Max arroja otro puñado del energético musgo al hogar; vuelve a examinar a la pareja. El chico lo mira: con indecible emoción. Le teme. Aunque asimismo le fascina.
—Eres poderoso guerrero —halaga Tascela, dando su humilde cena al chico—. Eres el primer intruso cobarde que vemos. Aunque oímos leyendas urbanas sobre...
—Conozco esas mierdas, sí —cortante Max interrumpe—. ¿Qué hacéis aquí, en el Último Meridiano? ¿Buscáis las Dádivas de Sémele? No parecéis peregrinos.
—No —hosca Tascela, ofendida por su brusquedad—. No. Es peor. ¿Y tú?
—Es larga historia. —Espera la cobre conozca un paso que permita subir la irregular hilera interminable de rocas cuan muralla de peligroso ascenso.
—¿Qué intenciones tienes? —Directa. Pese a salvarles, la irrita este extraño.
—Volver a lo mío. No podemos asimilar vuestra comida —señala la escudilla que le tiende Tascela.
—Sólo tengo esto...
—No importa. —Pero está famélico. Añora la ración K de repulsivo aspecto.
—¿Por qué nos has ayudado? —Tascela picotea desganada su cena. La ultrajante violencia pasada le ha arrancado el apetito. Más anima cariñosa al chaval a que coma.
—Quería el curraj —admite Max. (No. Es otro el auténtico motivo.).
—Ya. —Presiente la excusa. La ofusca no quiera admitir que actuó por motivos... nobles. Heroicos. ¿Cosas de intrusos cobardes? ¡Si pudiera leer su mente! Pero, no. Es como una impenetrable losa de granito negro—. No te ofendas, pero... pareces... viejo —indica las canas de Max. La fascina su mano mutilada, las cicatrices del rostro—. ¿No os crecen dedos nuevos, como a nosotros? —con orgullo de raza discrimina.
—No. Y soy viejo. Pero no obsoleto. Dime: ¿qué hacéis aquí, tan lejos de todo?
—Soy hetaira. —Primero duda; luego acopia como dignidad al admitirlo.
—¿Y?
—¿Sabes qué es eso?
—Sí.
—Pero no siempre fue así. Antaño gocé de alta posición —Tascela rememora con sombrío dolor, anublándose su faz—. Una partida de mataespadas me raptó e hicieron cuanto quisieron conmigo. Luego... pasé de mano en mano, ¿entiendes?
Por eso perdí todo derecho y dignidad entre los Ylohis. Debo vivir exiliada.
—Parece frecuente eso en Marsoon —acota Max, conocedor de las leyes Ylohis al respecto—. Acelera hasta la parte donde acabáis aquí.
Tascela induce algo de su altivo Linaje aristocrático inherente a su carácter en su porte. Flamea un destello hostil de su mirada castaño oscuro. Impresiona a Max.
—¿Sabes para qué otra cosa sirve una hetaira, intruso cobarde?
—Llámame Max.
—¡Responde! ¿Sabes para qué más vale una como yo?
—No.
—Para gestar huevos. Se venden a comerciantes especializados que los malogran para criar huevos tarados. ¿Sabes qué es un huevo tarado?
—Un retrasado mental —Max mira con otro interés al niño—. Los venden a los mentat. Son homoX. Pederastas. Pervertidos predadores de jovencitos. Los devoran.
—¡Efectivamente! La lujuria de un mentat es insaciable. Dicen eso aumenta sus potentes facultades telepáticas. Parece te ofende todo eso —deduce asombrada.
—Porque ODIO a los mentat —sin precisar la causa—. Si supiera dónde los incuban, ¡destruiría toda la puesta! —Y como hay muerte e impuestos, ¡lo haría!
Tascela estima muy sincero su rencor por los mentat, Ylohis de color calabaza capaces de dominar, o matar, con un pensamiento. Febles. Feos. Voraces. Temidos.
Alimenta el fuego. Chisporrotea un poco el musgo que arrojó.
La alegra saber que: ¡Compartimos algo! Eso facilitará nuestra comunicación. Pero, pese a esto, sigue recelando del intruso cobarde. Se ve es harto peligroso. Declara:
—Hay quien lo sabe. Pero no yo. ¡Si querría ayudarte en eso que quieres hacer!
—Ya veremos. Dime, esos tipejos, ¿querían llevárselo ya? —indica al callado y vigilante chico, comiendo despacito, mirándoles con indagadores ojos de lechuza.
—No... aún —ensombrecida Tascela; aparta los ojos de Max; estudia las llamas de brillo verdoso gracias a los peluquines de musgo—. Lo usan para obligarme a dejarles me fecunden —la causa fuerte dolor referirlo. Max tuerce el gesto. Añade feroz:
¡Pero decidí no darles más hijos! Los mato antes, ¿entiendes?
—Sí.
—No merecen esa vida. Creo que el Gran Tránsito es más misericordioso. ¿Y tú?
—También. —Qué jodida historia. Max siente entonces cansancio de siglos viciar su carne. Vence sus espaldas, reflexivo con el visceral relato que efectúa Tascela. No.
No es el insensible superviviente todoterreno que aparenta.
Es un PostÉpico ataviado a lo John Connor Salvation. Nada más.
Cierto. Algunas iniquidades: sublevan su remanente honorabilidad.
—Supongo que querías el curraj para volar con los tuyos, al lejano Caer Hidalgo.
—Entre otras cosas —léase: primordial recuperar su Last Interceptor.
—¡Llévanos contigo! —vehemente/desesperada/inesperada suplica Tascela. A Max aturde su ansiedad. La tensión física. Puede protegerlos un héroe ¡al fin! Aunque no sea un guerrero de Marsoon, ¡el intruso cobarde puede valer! Lo demostró. Pretexta:
—Viajo solo.
—Es porque soy hetaira, ¿verdad?
—No me importa eso.
—Garh Homa vendrá —repite Tascela; rebosa miedo su voz—. Con su hueste. Querrán sangre. ¿Sabes cuál? ¡No podré contentarlos esta vez! Y, tras matarme, ¡lo venderán a algún depravado mentat! —señala al chico, muy alerta al diálogo.
Encontrarán otra como yo que traerán aquí, para su sucio negocio —estudia su humilde casa—. Hottens Sagrado, ahora caigo... ¿Cuántas otras tienen gestando huevos en sitios parecidos a éste? —La terrible idea: asalta/asola a Tascela. Max compromete:
—Déjame descansar. Veremos esto mañana, ¿eh? ¿Eh? —Asiente Tascela triste.
Si pudiera enviar un mensaje a Caer Hidalgo... estima Max. Doc Sav y el resto de los muchachos gustosos harían algo. Pero tendrá que valerse con sus magros recursos.
Ahora le han pringado. Y teme Tascela decida acuchillarlo mientras duerme, entregando su cadáver al tal Garh Homa como prenda de pax. Mira a la turbada ylohi.
No hará eso, decide. Garh Homa la trata como a la mierda. Se reirá, la violará, la matará. Esos tíos son así. Si Tascela y su hijo tienen una oportunidad.
(mínima-nimia).
de salir de esto, de aquí, soy yo. No es tan idiota. O fanática. Sabe me necesita.
Esa cobre ODIA esta vida, sí, ajá; pero no la deja por amor a su hijo anormal. Procura guarecerlo del terrible futuro que le depara Marsoon. Ningún Caer los querría.
Ese amor también la impide cometer asesinato-suicidio. Lógico, en su situación.
—De acuerdo. Descansa. Vigilaré por ti, guerrero.
Por defecto, Max desconfía de esa oferta. Mas termina venciéndolo Morfeo: casi al instante. Derrota su celo por mantenerse alerta sin esfuerzo.
* * *
Garh Homa: de borrascoso rictus erectus al concluir su relato el mataespadas superviviente. Su faz: intimida al bizarro grupo, alojado en aquella ruinosa hacienda.
Abundan en el Último Meridiano.
Siglos antes, el Pueblo Hermoso inició el repliegue al Círculo de Civilización. Huían de los terrores reales, o figurados, que pueblan esta tierra maldita.
Lucharon denodados contra Rossum Vor por habitar esa pila de derelicto. Ahora los tienen a raya: pagándoles un tributo en duncanes altos. También los fieros Rossum de seis brazos, enemigos eternos de los Ylohis: susceptibles al cohecho... sin jamás olvidar deben restañar la Profunda Herida que encona a sus razas.
La banda fue trayendo lujos de la decadente comodidad Ylohi de los Caer a este lugar robados en cada incursión. Secuestraron hetairas que fueron ilustres damas, o esclavas de privilegio caídas en desgracia en la corte de sus Caer natales.
¡Entre ellas fluctúan intensas corrientes telepáticas comentando la noticia! Hay esperanza de libertad. ¡Un héroe! Un héroe que es...
—Un intruso cobarde —repite Garh Homa sombrío.
—Talmente. Pero... ¡oye! ¡En Caer Modor nos darían de duncanes altos por llevárselo! Sabes cuán extravagantes son allí... ¡Lo meterían en su zoo de fenómenos! —resalta el mataespadas superviviente situado tan conspicuo en el centro del salón.
—Interesante idea —murmulla Garh Homa; adquiere lento rictus erectus en su diván—. Intentas así perdone tu cobardía, ¿verdad? —plantea malvado. Jadea el otro:
—¡No viste cómo mató a los muchachos! ¡Sin darles oportunidad!
—Me gusta eso de Caer Modor —interviene sibilino el astuto y reflexivo Fah Sima—. Capturarlo... nos granjearía un valioso aliado: ¡la tetrarquesa Shadis Lar!
Nuestra situación... ¡mejoraría! Regalando a la vanidosa Shadis Lar al intruso cobarde, obtendríamos un excelente refugio donde guarecernos, en caso de necesidad.
Garh Homa: calibra qué efecto tiene esa propuesta entre su nudista hueste.
¡Ansiadas amnistías! Hartos de Último Meridiano, con dolorosa nostalgia anhelan los esplendores de un Caer. Hasta los del más pobre del Meridiano Exterior.
—Y nada impide continuemos nuestra actual actividad aquí —interpreta Fah Sima el titubeo del caudillo. Le conoce. Le tentará saber que tiene dos alternativas.
Y, Garh Homa... Tascela incumple deliberadamente su obligación hace bastante tiempo. ¡Su castigo ejemplar fortalecerá tu autoridad! —soslaya a las hetairas.
—¡Talmente! —afirma el brutal caudillo—. ¡Incluso venderé ese huevo tarado suyo a algún mentat muy depravado! ¡Que lo vea! Esa puta nunca me ha agradecido como es debido permitiera lo criara. —Se incorpora—. ¡Mañana recibirá castigo!
Hoy, ¡ahora! ¡¡CELEBRACIÓN!!
—¡¡¡HAUK!!! —ruge la bestial compaña rufianesca.
De los cálices rebosa el grog. Impulsivos los vacían en bárbaros tragos.
La hueste vuelca también sus peores instintos en las intimidadas cautivas.
* * *
La súbita evaporación de la niebla al primer rayo de Sol: regó de dádivas que Max estudia la zona. (En realidad, todas las graves planicies).
¡Suerte SUERTE! ¡Varias latas de ración K aparecieron en una suave depresión!
Con gula engulle una. Revitaliza sus esperanzas sentirse alimentado.
Atisba al mudo chico rapado espiándole desde detrás del brocal del pozo.
Cuando su mirada de los mil metros confronta la del niño: huye espantado.
Busca la protección materna. Tascela se la entregará sin límite.
Huérfano, Max envidia la fuerte calidad del amor que dona al niño subnormal. Imagina cuántas vejaciones soportó para protegerlo. Evitar fuera vendido, violado por un infame engendro en cualquier distante Caer. Descubre que Tascela le tocó la fibra.
Valiente Gente Hermosa, desprecia. Al menos, nosotros jamás nos hemos dado un apelativo tan grandilocuente... e hipócrita.
Tascela se acerca a Max. Carga un gran hato. Parece pesado. Pero es más fuerte, física, anímicamente, de lo que sugiere su elegante figura de epatante bombshell.
—Listos para marchar, guerrero.
—¿Estás segura de que os permitiré acompañarme? —malicioso plantea, liado con la ración K.
—Ayer te dejé bien claro nuestro ka si permanecemos aquí. —Tascela observa a Max gélida—. ¿O deseas pague tu ayuda como esos mataespadas se cobran todo en mí?
—No soy así.
Es sincero; empero irritó a Tascela su tono maligno. Entonces estima: el intruso cobarde ¿acaso la encuentra repulsiva? ¿Preferiría a...? Sobresaltada, mira al chico.
¡Sémele Sagrada! ¿Sería capaz...? Miedo, duda, debilidad: la acometen.
Entre tanto, Max otea las graves planicies. Sanó del todo/completamente mientras dormía. Desaparecieron los remanentes dolores de una caída fatal.
Estudia luego a la pareja. Vacilan sobre sus sandalias. Qué cojonudo lío, héroe.
Ya sabes de qué va la película. ¿Seguro tendrás tan black heart; les dejarás?
¡Lo merecen! Por como tratan a los PostÉpicos cuando nos capturan. Les ODIO.
¡No merecen piedad!
¿Por qué interviniste, entonces? Debiste haber gozado del espectáculo, dejar a esos sádicos violadores hacerla polvo. Y quizás luego emprenderla con el chaval.
¡Puta conciencia! Calla ¡YA!
Se levanta, arrebatando a Tascela el fardo. Su brusquedad intimida a los Ylohis.
—Lleva eso —señala el bulto que contiene cuanto seleccionó en el musgo—. En marcha. Pronto podrían aparecer esos hijos de puta, según calculas.
Como habrá bronca, quiero recibirlos donde tengamos más ventajas.
—Pelearé a tu lado, guerrero —Tascela empuña un gran revólver niquelado decorado; procede de los mataespadas ajusticiados por Max. Lo llevaba a su espalda.
—Llámame Max.
—Bien, guerrero Max.
—Sí. De la carretera. —Tascela: no comprende este extraño sarcasmo.
El chico transporta los odres repletos de agua.
—Dónde coño se meterá Riddick cuando lo necesitas —murmulla Max; acomoda mejor la carga que transportaba Tascela. Indica el escarpado farallón—. ¿Conoces un camino para subir a la meseta? Mi vehículo está allí. ¡Pulverizaría a esos cabrones!
—No. No me alejé de aquí. Por las fieras que merodean... —recuerda Tascela.
—Fieras. Bien. Este es el plan: encontrar un buen sitio por donde escalar.
Emprende la marcha. Descubre al chico junto a él, mirándole así. ¡Soy su héroe!
* * *
Refilando la muralla, se alejan bastante. Asombra a Max que los tenaces Ylohis: aguanten estoicos las penurias. Empiezan a caerles bien. Ganan su respeto. Aunque Tascela lo acribilla a preguntas que ODIA contestar. Todo el tiempo habla. Toca reposar; paran entre riscos labrados por la lenta erosión de Marsoon. Observa Tascela:
—¿Por qué cojeas? Cuando llevas rato andando, se acusa, he observado.
—Cosas del frío... —Max calla, alertado por la singular expresión que adquiere de golpe Tascela. Apresta el AutoMag—. ¿Qué ocurre?
Ella se frota las sienes, como víctima de fuerte cefalea. Aun su voz está enferma:
—Garh Homa transmite. ¡Exigente!
—Recházalo.
—¡Es fortísimo! Lo intento, pero... — Algo fuerza a Tascela a girar la cabeza hacia donde está su miserable choza, como imitando a la niña de El Exorcista.
Max busca el catalejo en el hato que contiene los objetos que seleccionó.
Acero, ¡MÁS ACERO!; espera así dominar sus encrespados nervios.
Con el instrumento otea la zona, cuyo telón de fondo es el brumoso horizonte de Marsoon. ¡Vislumbra el curraj! Hormiguea de Ylohis. Blanden su armamento.
Se encoge su estómago. Una inquietud lo barrena. Desea/teme confirmarlo:
—Está localizándote así, ¿verdad?
—Intento... intento impedírselo...
—Habrá que luchar —asume Max.
Repite esa mirada el chico. Considerándole Last Action Hero.
Incómodo, valora qué posibilidades estratégicas ofrece el terreno circundante.
Aun con expresión enferma, de cerebro picoteado, Tascela le tiende por las nacaradas culatas dos revólveres profusamente historiados. Al sibarita gusto Ylohi.
—Prefiero el mío. Combatiremos aquí. Mejor que en descampado. Desde el aire nos acribillarían a placer, como hacen con los caquis. Desde su esquife.
—Conforme —Tascela examina el entorno, batido por el átono silbido del viento.
Destacan rocas que semejan trozos de cráneos. Resalta el diverso derelicto de otras Facetas del Prisma Universo. Quizás por eso prefiere pelear aquí.
Hay cosas extrañas de su extraño mundo, considera Tascela.
Max echa otra larga ojeada con el telescopio.
Tras un avance indeciso: el curraj orientó su afilada proa hacia estas peñas.
—Lo lamento. Temo haber sido muy débil... —deplora Tascela junto a él—. Garh Homa logró abrir lo suficiente mi mente. Si te entrego, nos perdonará, me comunicó.
—Miente, claro.
—Claro. Garh Homa jamás tuvo honor. ¡Pelearé! Prefiero venga conmigo a las Fuentes del Río a dejarlo desvalido aquí, guerrero Max —indica al callado muchacho.
—Llámame Max.
Tascela esgrime vacilante sonrisa.
* * *
Erige Max un pequeño tinglado de trampas entre las rocas aprovechando los restos. Duda sean eficaces. Pero ¡debe intentarlo! Tascela ayuda plantando cuchillas.
Aun el chico aporta tanto esfuerzo como su capacidad permite. Solicita Max:
—Cuéntame cosas de Garh Homa. —Tascela medita. Resume:
—Limítate a saber de él que debes matarlo. ¡El primero! Referirte sobre su caída desde su noble Linaje y demás perversiones, ¿te ayudará?
—Pero ¿es gran guerrero? Astuto. Carismático. ¿Morirán los suyos por él?
—Por miedo, sí. Ser brutal es su único atributo. Por eso su hueste le respeta.
—Entiendo. —Reflexión. Max indica al muchacho—. No habla demasiado, ¿eh?
—Tampoco tú. Pero habla conmigo mucho. ¿Sabes? Le asustas... e impresionas.
—Ya. Claro. Telepatía. Parece bastante espabilado. Doc Savannah quizás pueda sanarlo. Es soberbio cirujano. Cura de puta madre magistral ciertos males mentales.
—¿Haría eso? —Tascela se pone de esperanzado rictus erectus al instante.
—Haría... —La oscura masa del curraj les arroja sombra al efectuar una pasada intimidatoria sobre ellos. El zumbido reptante ondulante del impulsor generador antiG: sacude el aire. Vibran sus huesos. El chico chilla de pánico—. ¡Ven aquí, Forrest Gump!
Max lo aparta de la línea de tiro apresando sus gastados correajes sin adornos.
Lo entrega a Tascela; lo envuelve entre sus brazos, aferrados los grandes revólveres. El chaval abraza posesivo a su madre. Gimotea. ¡Restallan rifles Ylohis!
Esquirlas pétreas: saturan el aire. Las joyas incrustadas en el cajón de los mecanismos y plata labrada de adorno: centellean al Sol.
Se guarecen desesperados tras/entre las peñas, mordidas por las potentes nitroexplosivas, disparadas por esos insensatos. Max vislumbra un bianco óptimo.
Ruge el AutoMag. ¡Cópiate eso! Atrapó a tres, destrozando sus troncos. Entre la hueste: conmoción. Reprocha Tascela airada:
—¡Me dijiste que...!
—¡Señala a Garh Homa! —Una vez muerto, intuye el resto se lo repensará. Pero desconfía de ese manido plan. El coraje racial Ylohi impone luchar: hasta el fin.
—¡Aquél! —Tascela indica con el revólver.
Imponente. Capa tremolante. Vocifera entre los utillajes marineros del curraj.
Max dispara. Dos cráneos estallan, esparciendo contenido.
El de Garh Homa: permanece intacto. ¡Condenación!
Su descarga obliga a ¡agachar las cabezas! al resto de Ylohis, que atropellados devuelven el fuego. Los cobres son malos tiradores. Vacían sus armas felices de descargar un gran volumen de nitroexplosivas. Oírlas tronar.
Pero una bala perdida siempre mata a alguien. Y con tantas zumbando ahora, más de una podría causar un dramático desastre.
Empero, cualesquiera sean las deidades, se apiadan de ellos. Los protegen.
Max dispara de nuevo. El. 44 Magnum preFRT mella la rocamadera de la que está hecho el curraj. Recibir esa metralla: acobarda a Garh Homa. Aúlla desaforado:
—¡Abajo ABAJO! ¡Cogedlos vivos! ¡A todos! ¡El intruso cobarde debe ver cómo sufre Tascela antes de ir a Caer Modor! —Hurta su cuerpo a otro proyectil enemigo.
El no muy grande, apenas vistoso, de astroso velamen jaspeado curraj: aterriza.
Enloquecida por las recompensas: desembarca la hueste. Exclama Max:
—¡Ahora! ¡Abordad el curraj! ¡Enfila a Caer Hidalgo, vuestra única oportunidad!
—Pero ¿y tú?
—¡OBEDECE! ¡No te arredres! ¡Mata sin piedad!
¡Como nunca debes ser fuerte, Tascela!
Max no espera réplica. Se arroja contra los Ylohis. Andan por el musgo temiendo pisar más afiladas cuchillas. Tienen la singular manía de alinearse de a tres, uno tras otro, cosa que Max aprovecha. Masacra con sus últimos proyectiles.
—¡VETE, TASCELA! ¡IDOS! —gira lo justo para ordenarlo al paralizado dúo.
—¡Monstruo! —traduce Max de la retahíla de invectivas que el congestionado Garh Homa vocea... acompañando la estocada.
Hiende el costado izquierdo de Max. ¡Hasta la empuñadura! Rompe costillas.
Sin dudar, apresa el brazo de Garh Homa. Sus dedos trituran huesos.
Garh Homa libera un alarido de inhumano dolor. El automático golpe al rostro con la palma de la mano de Max: le destroza el cráneo.
Garh Homa: merecía sufrir más antes de morir.
Max arroja la carroña a los secuaces, cuyos sables relampaguean letales al Sol.
Ignora la desgarradora ordalía asfixiante del costado. Chorrea sangre. Consigue empuñar la bayoneta mod Rambo. Delira, agoniza... Reflejan fiebre sus ojos.
—¡Esa puta! ¡Roba nuestro curraj! —grita Fah Sima al descubrirlo.
Tascela descargó el revólver en plena jeta del timonel; dispara a tres maleantes estupefactos aún en cubierta. Vacía el revólver.
—No lo necesitas... ¡para ir al Infierno! —Max apuñala salvaje el cuello al ylohi.
Un encolerizado bosque de espadas se abalanza sobre él.
* * *
Tascela Sin-Caer lo ve conforme el curraj se eleva, alejándose a mayor velocidad de la deseada luego. Clama asomada a la borda:
—¡Guerrero Max!
En vano: llama. La distancia aumenta. Jamás debí obedecerte, lamenta dolida.
¡Sólo por gratitud debí aguardarte! A tiros habríamos resistido a la hueste.
Su hijo la abraza, depredando su calor de un modo como nunca antes reclamó.
...esa pelea cuerpo-a-cuerpo... contra entrenados espadachines Ylohis furiosos...
—Volverás sobre tu escudo, guerrero Max —murmulla Tascela la fórmula bélica tradicional Ylohi. Una horrible congoja: oprime su garganta.
Según dona amor a su hijo, decide hacer útil el sacrificio; espera saber orientar el feo curraj hacia Caer Hidalgo.