una noche estrellada, menos de un mes y la necesidad de pasar contigo el resto de mi vida (es)
El barco en el que haré el crucero es mucho mejor de lo que imaginé en un principio. Tengo que confesar que tenía miedo de que estuviese lleno de gente mayor. No es que tenga nada en contra, pero prefería tratar con gente de mi edad y, al parecer, he acertado. Ya me avisaron en la agencia de que tienen por costumbre sentar en las mesas del restaurante a gente que comprende un rango parecido de edad y gustos para propiciar las amistades y, aunque al principio me hizo sentir cohibido, me convenció el hecho de que me prometieran que, si no me apetecía, hay otro restaurante en el que puedo comer solo y sin relacionarme con nadie. En definitiva, ponen a tu alcance estas herramientas para congraciar, pero no son obligatorias, ni mucho menos.
El barco dispone de casino, piscinas, distintos bares, gimnasio, discoteca y teatro, entre otras cosas y sin contar a los animadores que hacen su trabajo de maravilla. Solo llevo unas horas aquí, pero ya siento que este viaje será especial.
Por la noche elijo un pantalón vaquero y una camisa celeste que hace juego con mis ojos y me favorece, o eso dicen mis hijas. Me miro en el espejo y salgo de mi camarote dispuesto a socializar en la mesa que me ha tocado. Conoceré gente y charlaré sin preocupaciones un rato; puede que de aquí salgan amistades importantes. ¿Quién sabe? Los Sanz han hecho varios cruceros y me han asegurado que han conocido gente maravillosa en ellos.
Llego al restaurante un poco nervioso, la verdad. Soy un hombre muy sociable, pero es cierto que, saliendo de Sin Mar, me pierdo un poco y no trato mucho con la gente. No sé, conozco a tantas personas en mi urbanización que, de alguna forma, cuando salgo me siento un poco antisocial.
Diviso la mesa quince, que es la mía, y me percato de que ya hay tres hombres y tres mujeres sentados. Por un momento me pregunto si serán pareja y me tocará ser el farolillo, pero luego me recuerdo que lo importante es conocer gente y distraerme de mi vida cotidiana, así que me obligo a caminar y, cuando llego a la altura de mis compañeros de mesa, saludo.
—Buenas noches.
—¡Hola! ¿Qué tal? —saluda uno de los hombres, señalando el sitio vacío justo a su lado—. Me llamo Roberto.
—Encantado, Roberto, yo soy Javier.
Le saludo y, acto seguido, me presento al resto de la mesa, que hace lo mismo conmigo. Tienen mi edad, más o menos, y no han pasado ni cinco minutos cuando estoy riéndome y charlando de temas banales con ellos. Parecen simpáticos y naturales, así que me relajo de inmediato.
—Nosotros venimos porque nuestros hijos se han empeñado en que necesitábamos tiempo a solas —dice una mujer señalando a Antonio, uno de los hombres—. Llevamos casados treinta y dos años y, al final, la rutina acaba imponiéndose.
—Ah, sí, a nosotros nos ha pasado alguna vez —dice Roberto señalando a Alicia, la rubia de enfrente.
—Ah, ¿sois todos parejas? —pregunto.
—No, nosotros nos acabamos de conocer —dice el tercer hombre, señalando a la tercera mujer, que asiente—. Yo soy divorciado.
—Y yo soltera —dice Ana, que así se llama.
—Yo viudo —admito.
—Oh, tan joven… —comenta Alicia con cara de pena.
—Me quedé más joven aún, en realidad —comento con una pequeña sonrisa—. Ella murió hace veintisiete años, durante el parto de nuestros hijos. —El silencio se hace en la mesa y yo me siento incómodo. Mis nervios vuelven y carraspeo—. Hace mucho ya.
—Debió ser muy duro —dice Roberto con voz grave.
—Lo fue, pero, como he dicho, parece que haya pasado un siglo.
Ellos asienten y, como si intuyeran que no quiero hablar más de ello, cambian de tema y pasan a hablar de los hijos, los nietos y lo genial que es ir de crucero. Todos son repetidores de la experiencia y yo me dejo llevar por sus anécdotas, riéndome y reconociendo, pasados unos minutos, que parecen buenas personas. Quizá no lo sean, pero son naturales, abiertos y simpáticos, y eso es todo lo que yo necesito para pasar estas vacaciones.
—¡Buenas noches! —exclama una voz femenina, intentando recuperar el resuello, a mi lado—. Perdón, llego tarde. Soy Sara y esta es mi mesa.
Miro hacia arriba y oigo como todos la saludan mientras yo abro la boca y la miro un poco embobado.
Joder, qué preciosidad…
Tiene acento inglés, aunque habla un perfecto español. Su pelo es negro, su boca grande y sus ojos marrones, expresivos y brillantes. Tiene los labios pintados de rojo y me sorprendo hilando fantasías sexuales antes de poder presentarme siquiera. Me frunzo el ceño a mí mismo, carraspeo y me libro del barullo de imágenes que acaban de pasarme por la cabeza para levantarme y presentarme como es debido.
—Soy Javier, encantado.
—Igualmente —susurra ella besando mis dos mejillas—. ¿Español?
—Sí. ¿Tú?
—Estadounidense, pero me encanta España y viajo siempre que puedo allí.
—Oh, genial. Imagino que por eso te han puesto en nuestra mesa, ¿no?
—Sí, suelo pedir que me pongan con españoles. Me fascina vuestro idioma.
Sonrío y nos sentamos. El resto de comensales han dejado de importarme así, de pronto, lo que no sé si es bueno, pero aun así me giro un poco y miro a Sara para ver si ella se integra en alguna conversación. Me sorprendo cuando la encuentro mirándome fijamente.
—Tienes unos ojos azules impresionantes, pese a no ser muy grandes, ¿lo sabías?
Abro la boca sorprendido por su cumplido y me río entre dientes, soltando el aire a trompicones. Me doy cuenta de que parezco un niñato en su primera cita, cuando está claro que solo intenta ser amable.
—Gracias, tú eres impresionante al completo. —Sara sonríe agradecida y yo carraspeo intentando buscar un tema para hablar con ella—. ¿Es tu primera vez?
Ella se ríe con malicia y yo me ruborizaría, si no fuera porque soy un hombre hecho y derecho. Reconozco que la pregunta, sacada de contexto, tiene lo suyo…
—No, he venido más veces, aunque no siempre con esta compañía. ¿Y tú?
—Es la primera vez que pruebo esto de los cruceros.
—Mmm, un virgen.
Me río de nuevo y pienso que no quiero parecer un paleto que no sabe seguir estos juegos, principalmente porque sí sé. He tenido sexo a lo largo de estos años; no mucho, de acuerdo, pero no soy un monje y no pienso comportarme como tal. Si Sara quiere jugar a coquetear a saco, puedo ponerme a su altura.
—Sí, pero espero que la experiencia sea indolora, la verdad.
—Oh, no te preocupes. Si lo haces bien, es muy placentero.
—Madre mía, chicos, estáis subiendo la temperatura del restaurante, ¿eh? —dice Alicia riéndose.
Sara se ríe y yo no puedo apartar la mirada de su rostro. La temperatura del restaurante no sé, pero la mía ha subido hasta casi reventar el medidor en cuestión de minutos.
La cena transcurre con normalidad, si no tenemos en cuenta las miraditas que Sara me echa y lo mucho que me voy comiendo la cabeza a medida que la noche avanza. ¿Será simple coqueteo, o quiere algo más? ¿Y es normal que ya en la primera noche esté pensando en estas cosas? No he hecho este crucero para tener sexo con mujeres, no era mi idea inicial, pero tampoco voy a quejarme si una preciosidad así está dispuesta a pasar una noche conmigo. Claro que, quizá, ella solo pretenda pasarlo bien, coquetear un poco y no pasar de ahí, lo que sería respetable, pero, ¿cómo sabré yo qué es lo que debo hacer sin sentir que me quedo corto o me sobrepaso?
—Después de la cena la gente suele ir a divertirse a la discoteca. Mañana tengo una excursión organizada, pero me pasaré antes para bailar un poco. ¿Vendrás?
—Solo si me haces de guía —digo con una pequeña sonrisa.
Obviamente, no necesito una guía para entrar en una discoteca, pero teniendo en cuenta que ella parece lanzada, no he querido ser menos. Su sonrisa me indica que no he pisado en falso.
Acabamos de cenar, nos levantamos y vamos juntos hacia la discoteca. Sara me cuenta que es viuda y cuando le digo que yo también, y que además soy padre de cuatrillizos desde el mismo día en que mi mujer se fue, soy testigo de una de las sonrisas más dulces y tristes que he visto nunca.
—Es muy duro, ¿no? Aunque lo superes y recuperes las ganas de vivir, es duro perder a tu otra mitad.
—Demoledor —admito—, pero de lo mío hace mucho tiempo.
—Sí, de lo mío también. Ahora, cuando pienso en él, no me duele todo el cuerpo. Siento nostalgia, pero soy capaz de sonreír, y eso es un gran paso.
—Te entiendo. Cuando Abi se fue… Bueno, todo se volvió negro. De no haber sido por mis hijos, quizá hubiese cometido una locura.
—Debió ser durísimo quedarse con cuatro bebés, además del duelo. —Asiento, porque negarlo no tiene sentido, y ella suspira—. Nosotros nunca pudimos tener hijos. Lo intentamos, pero yo no puedo… Aun así, su marcha me destrozó. A menudo pensé que, de haber tenido un hijo suyo, al menos me quedaría un recuerdo, pero supongo que tenía que ser así.
—Es bonito, pero doloroso. Durante los primeros años de vida de mis hijos yo sentí que tenía que ser el mejor padre del mundo para compensar que no tuvieran madre. Fue una parte oscura de mi vida y ahora me arrepiento de no haber disfrutado más de los primeros años de mis hijos.
Sara asiente, como si entendiera de qué le estoy hablando y, cuando estamos en la puerta de la discoteca, me mira y sonríe un poco.
—¿Qué te parece si pedimos unas copas y salimos para seguir charlando? Ahí dentro, con la música, es imposible. A no ser que quieras bailar más y hablar menos, claro.
Su sonrisa es sincera y yo no tengo que pensarlo mucho. Bailar no me disgusta, pero hablar con ella es atrayente. Hay algo en su sonrisa, en su voz y en su postura que me embelesa y me gustaría conocer más cosas de su vida. Independientemente de que piense que tenemos química sexual, creo que es una mujer con la que merece la pena pasarse las horas hablando, así que asiento, entramos, pedimos un par de cocteles, salimos y nos vamos hacia la zona de la piscina. Nos sentamos en una hamaca y allí, bajo las estrellas, rodeados por el mar y bebiendo cocteles con nombres extraños y sabores frutales, le cuento cómo fueron mis primeros años sin Abi, cómo me recuperé y cómo he llegado aquí. Me desahogo y lo suelto todo, porque a veces es mucho más fácil hablar con un extraño que no sabe nada de ti, que con alguien que te conoce al dedillo. No tienes que preocuparte por lo que piense y eso es maravilloso. Ella también me cuenta su vida y solo nos movemos de aquí para ir a recargar las bebidas.
En algún punto la discoteca cierra y nos quedamos con una botella de agua, una borrachera un poco tonta y un cielo que deja de estar estrellado para mostrarnos un amanecer precioso que observamos juntos y en silencio mientras pienso que puede que suene a locura, o que hable por mí el alcohol, pero estoy completamente seguro de que Sara dejará algún tipo de huella en mi vida.
Quinto día de crucero
Sara me espera en el pasillo de mi camarote, así que cuando salgo y la veo no puedo evitar esbozar una sonrisa que ocupa toda mi cara. Llevamos cinco días en este barco, un poco menos de la mitad, y ya estoy sufriendo por el momento en que tenga que separarme de ella. Estoy muerto de sueño, porque las noches se nos pasan hablando y bebiendo cocteles y los días de excursión por las distintas ciudades que visitamos, pero hace años que no me siento tan pletórico por algo que no esté relacionado con mis hijos.
Hemos adoptado una rutina en cuestión de días; horas, diría. Roberto y el resto de «compañeros» de nuestra mesa se ríen de nosotros cada noche, pero no nos importa lo más mínimo y me consta que a Sara, incluso, le divierte. Desayunamos, comemos y cenamos juntos; tomamos copas juntos, paseamos juntos… En definitiva, lo hacemos todo juntos, menos besarnos, tocarnos más de lo debido entre dos simples amigos y, por supuesto, nada de acostarnos.
Es frustrante y desconcertante, porque no sé si estamos así porque ella quiere esperar, porque cree que yo quiero esperar o porque estoy montándome películas y viendo química sexual donde solo hay una bonita amistad. He oído infinidad de veces a Álex hablar de la friendzone, nunca he entendido el término, pero estoy empezando a temerlo, porque no sé si voy a acabar ahí en cualquier momento. Me causa ansiedad pensar que Sara pueda conocer a alguien más en este crucero y acabar teniendo algo con él. Ella no dice nada al respecto, al contrario, no hace más que decirme que se lo pasa genial conmigo y que ojalá este crucero no acabara nunca, pero yo no sé si son señales suficientes para lanzarme y besarla, porque si resulta que ella solo quiere mi amistad, quedaré fatal y como un maleducado, y no quiero que piense así de mí.
Mi cabeza va a mil por hora y pienso, con cierta ironía, que yo a este crucero vine a relajarme…
—¿Camiseta? Me gusta, te hace parecer más joven.
—¿Me estás llamando viejo? —pregunto elevando las cejas.
—Nada más lejos de la realidad, eres un chaval. Ahora mismo pasarías por gemelo de tu hijo Álex.
Me río entre dientes y recuerdo que anoche nos pasamos las horas enseñándonos fotos de nuestra gente. Ella de sus amistades; yo de mis hijos, de mi urbanización, de mi vida. Todo esto es tan raro y tan intenso que, a ratos, pienso si no lo estaré sintiendo solo yo.
—Él entraría en paro cardíaco si supiera que has dicho eso.
—No le hagas parecer un mal chico. Anda, vamos.
—¿No tienes sueño nunca? —pregunto mientras bajamos por la pasarela.
—No desde que te conozco. —Su sonrisa es radiante y se pone unas gafas de sol enormes antes de continuar hablando—. Haces que el cansancio desaparezca, Javier.
—Lo mismo digo, cariño, eres mejor que la cafeína. —Pienso brevemente si seguir un poco más o no, pero cuando unos pasajeros pasan por nuestro por nuestro lado a toda prisa soy consciente de que esto es un crucero, el tiempo corre en nuestra contra y no estoy en la edad, ni en el momento de dejar pasar lo que creo que son oportunidades—. Eres mejor que cualquier droga, en realidad.
—¿Has probado muchas?
—Las suficientes, en mi juventud, para saber que las superas todas.
—Uy, hace mucho de tu juventud.
—También hace mucho desde que hice el amor por primera vez y nunca he olvidado aquella sensación.
Sara suelta una carcajada, se agarra a mi brazo y me hace caminar. Creo que está un poco apurada, pero, aun así, no me avergüenzo. Cinco días son suficientes para saber que estoy atraído al máximo por ella. Si no siente lo mismo, es mejor saberlo ya.
—Es distinto.
—¿Por qué?
—Porque has hecho el amor más veces desde entonces, pero no has tomado más drogas, según deduzco de tus palabras.
Asiento, en eso tiene razón, el ejemplo no es del todo valido, pero, aun así, me agarro a la única salida que veo.
—No he hecho el amor más veces, Sara. He follado más veces, que es distinto. —Ella agacha la mirada y yo hago una mueca—. Lo siento, demasiado brusco.
—Para nada. Eres sincero y es una cualidad que admiro muchísimo. —Suspira y pellizca mi antebrazo con cariño—. Yo tampoco he hecho el amor en mucho, mucho tiempo, Javi.
Asiento una sola vez, nervioso por sus palabras, y caminamos en silencio por las calles de la ciudad que estamos visitando.
Hay algo picando dentro de mí, todavía no sé bien qué es, pero, ¿es normal que me esté preguntando si puede uno tener sentimientos de amor en solo cinco días? Probablemente no.
Esto es una maldita locura, pero por los mares que estamos surcando prometo que lo último que quiero es que se acabe.
Octavo día de crucero
—¿Música en inglés o en español? —pregunto.
—Depende del momento.
—Esa respuesta no sirve.
Sara se ríe y gira la cara, dejando su boca a escasos centímetros de la mía. Estamos en la zona de la piscina, otra vez. Las estrellas siguen brillando, pero hace muchas noches que las veo sin mirarlas, porque todo lo que yo puedo mirar es a ella. Estamos tumbados los dos en una hamaca, yo boca arriba y ella de lado, con la cabeza apoyada en mi hombro, mirando hacia arriba a ratos y hacia mí la mayor parte del tiempo.
—¿Montaña o playa? —pregunta, ignorando mi petición de que hable más claro, así que juego a lo mismo.
—Me valen las dos, si la compañía es buena.
—Mmm este juego así es muy aburrido.
—Tú has empezado.
—Ya, supongo —Sonríe y sigue preguntando—. Las mujeres, ¿rubias o morenas?
—Tú —digo sin vacilar.
Sara guarda silencio, por un momento temo que no lo haya entendido, pero no pasan ni dos segundos antes de que vuelva a hablar.
—Amor a primera vista, ¿existe o no?
Mi corazón da un vuelco, la miro, pero ahora es ella la que mira arriba, al cielo. Sus ojos brillan, su boca está entreabierta y mis deseos de besarla son tantos y tan intensos que a duras penas consigo contestar.
—Tú.
Sara cierra los labios y veo el movimiento que hace su garganta cuando traga saliva.
—Respuesta repetida.
—Mírame —susurro. Ella se resiste un poco, pero aprieto su hombro para infundirle ánimos, o quizá para infundírmelos yo, busco su oreja y poso mis labios en el punto justo para murmurar—. Mírame, Sara. —Lo hace y sonrío cuando nuestras narices se rozan—. Tú —repito—. No sé si existe el amor a primera vista, no sé si existe para todo el mundo y como algo general, pero sé que, para mí, ahora, existes tú, y eso es todo lo que me importa.
Su aliento se estrella en mi boca cuando lo deja ir de una vez justo antes de que sus labios se acerquen a los míos y me bese, por primera vez para los dos. Llevo mi mano a su mejilla y enredo las yemas de mis dedos en su nuca mientras mi pulgar acaricia su cara y parte de su cuello. El beso empieza tímido, pero en cuestión de minutos nos animamos, enredo mi lengua en la suya y, cuando quiero darme cuenta, Sara ha rodado hasta estar encima de mí y yo la abrazo por la cintura mientras nos besamos sin pararnos más que para coger aire. La postura para mí no es obscena, pero creo que si nos pillan sí va a parecerlo y no quiero que nos llamen la atención, así que la separo de mí, muy a mi pesar, y sonrío apoyando mi frente en la suya.
—Quizá deberíamos ir a un sitio más íntimo.
—¿Tu camarote o el mío?
Abro la boca para contestar y, de primeras, me sale un pequeño tartamudeo. Carraspeo y la miro a los ojos.
—Pensaba en un rincón del barco.
—¿Tienes miedo de mí?
—No, pero no quiero que hagas algo de lo que te arrepientas luego.
Sara se ríe entre dientes, me besa de nuevo y esta vez es ella la que viaja a mi oreja para susurrar ahí.
—No lo haré. ¿Y tú, Javi? ¿Te arrepentirás?
—Nunca.
—Vamos…
Se levanta de la hamaca, mira a mi bragueta y sonríe, complacida por lo que ha provocado. Me levanto y dejo que me guie hacia su camarote, que es el que está más cercano. Entramos y, cuando la puerta se cierra, la abrazo y la pego a mí. Los besos, las caricias y la respiración entrecortada no tardan en aparecer. La ropa desaparece con rapidez y, cuando ambos nos quedamos solo con la piel, frente a frente, trago saliva, enmarco sus mejillas entre mis manos y le hago una pregunta que, para mí, en este punto, es vital.
—¿Follar o hacer el amor?
Sara sonríe, se pega a mí, haciéndome sentir su calor, y me lleva hacia la cama para subirse sobre mí y abrazarme.
—Lo primero ni siquiera pasaba por mi mente —susurra.
Asiento, dejándole saber que me pasa lo mismo y, por loco que suene, me dejo llevar por los sentimientos que me provoca. Permito que un torrente de emociones cubra nuestros cuerpos y hago el amor por primera vez en muchos, muchos años.
Siento que una parte de mí revive de nuevo y, aunque hay un pequeño rincón que siempre será de Abi, Sara abre la puerta de uno nuevo y se aloja ahí; hace una mudanza exprés y cuando nuestros orgasmos llegan me quedo con la certeza de haber firmado algo importante con sus besos a modo de pluma y nuestros cuerpos entrelazados a modo de contrato.
Último día de crucero
—Vámonos a Irlanda —dice Sara mirándome.
—¿Qué?
—Hay un vuelo directo desde el aeropuerto en el que tenemos que despedirnos.
El barco está llegando al puerto en el que tenemos que desembarcar. Llevamos pegados como lapas dos semanas y, desde que hicimos el amor por primera vez, no he conseguido apartar mis ojos, mis manos ni mi cuerpo de ella. Las últimas horas han sido un infierno sabiendo que tenemos que separarnos, pero aquí está, hablándome de irnos a Irlanda de pronto, sin un plan concreto; como si fuéramos jóvenes escapando del tiempo y de la posibilidad de distanciarnos.
Sara trabaja con el teléfono móvil y un ordenador, así que no necesita estar en un lugar concreto, y yo ya no trabajo, de modo que no tengo una excusa, salvo que mis hijos están deseando que vuelva y que Julieta está saliendo con un vikingo, o eso dice. Me da mucho miedo esto último y prefiero no pensarlo, porque conociendo a mi hija, igual es un vikingo de verdad y al volver me lo encuentro dando hachazos en el salón de mi casa.
—Si no quieres, no pasa nada, podemos despedirnos en cuanto bajemos de este barco —susurra Sara, seguramente nerviosa por mi falta de respuesta.
—No, no es que no quiera, es que… me has sorprendido.
—¿Para bien?
Sus ojos me miran expectantes y no puedo más que soltar una carcajada, abrazarla y besar su nariz antes de contestar.
—Pues claro que para bien, y pues claro que me voy a Irlanda contigo.
—¿De verdad?
—De verdad. A Irlanda, y al fin del mundo si me lo pides, Sara.
Ella sonríe, me besa y yo siento que el peso que tenía dentro se aligera un poco, porque tendré que despedirme de ella, peor aún no. Todavía no.
Último día en Irlanda
Ni un mes. No hace ni un mes que nos conocemos y aquí estamos: ella llorando y yo con el corazón en la boca, porque nunca pensé que me vería arrodillado en un acantilado, pidiéndole a la mujer más preciosa del mundo que se líe la manta a la cabeza y se case conmigo, aunque parezca una locura.
No sé cómo hemos llegado a este punto, pero ayer, paseando, me fijé en que Sara se quedaba mirando un anillo de un escaparate y, ni corto ni perezoso, me inventé una excusa para deshacerme de ella unos minutos y poder comprarlo a escondidas. La idea era traerla a los acantilados de Moher y dárselo a modo de sorpresa, y aquí estamos…
Cuando me he visto aquí, vapuleado por el viento y sintiendo el mar de fondo, he pensado, no por primera vez, que esto que siento por Sara no es una cosa de dos días. No se trata de una atracción física sin más, porque, aunque me encanta tener sexo con ella, adoro, por encima de todo, la sensación de abrazarla cuando acabamos. Hacerle el amor y pegarla bien a mi cuerpo, dormir a su lado, aspirar su aroma y que me sonría por las mañanas… Hay tantas cosas que amo de ella a estas alturas que me da igual que pueda parecer precipitado o una locura, porque todo lo que me importa es lo que diga ella y lo que digan mis hijos, cuando les cuente que me fui intentando encontrarme a mí mismo y lo hice, pero en sus brazos.
Pasar el resto de mi vida con ella, más que un deseo, es una necesidad.
—Podrías decir algo, porque estoy empezando a ponerme verdaderamente nervioso, ¿sabes? —susurro cuando siento el pantalón mojado por la parte de la rodilla que tengo clavada en el suelo.
—Javi, yo… sí. ¡Claro que sí! —dejo ir el aire, me levanto y la alzo en brazos mientras aprieto el anillo en un puño y la oigo reír a carcajadas—. Estás loco. Dios mío, estamos locos, Javier.
—Lo estamos, cariño, es verdad, pero no importa, siempre que los dos sintamos lo mismo.
Sara asiente, yo cierro los ojos y, por un momento, siento pánico al pensar que quizá esto sea un sueño y me despierte de la peor manera posible, pero ella me susurra que me quiere y yo me obligo a abrir los ojos y mirarla.
—Te quiero, te adoro —susurro sobre su boca—. Ponte este anillo y prométeme que tú también tienes la necesidad de pasar conmigo el resto de tu vida.
—Te lo prometo —susurra con lágrimas surcando sus mejillas—, pero tus hijos…
—Te aceptarán, estoy seguro.
—No puedes estarlo. ¡Esto es muy precipitado! ¿Qué haremos? ¿Me voy contigo? ¿Vuelvo a Estados Unidos un tiempo? ¿Cómo…?
—Dime qué quieres hacer —susurro—. Yo no voy a obligarte a nada, cariño. Si me preguntas lo que deseo, lo tengo claro, te quiero en mi cama cada noche, pero si sientes que esto va muy rápido y necesitas un tiempo, entonces…
—No, cielo, no necesito ningún tiempo. Quiero tirarme a la piscina, irme contigo y vivir cada día que estemos juntos, aunque salga mal.
—Saldrá bien.
—Pero si sale mal…
—Saldrá bien.
—Y tus hijos…
Me río, porque creo que estamos entrando en bucle, y beso sus labios durante varios minutos, hasta que noto que deja de temblar un poco.
—Mis hijos entienden bastante de locuras, ya te he hablado mucho de ellos, así que estoy seguro de que te adorarán en menos de lo que piensas. —Ella guarda silencio, sé que no está convencida, pero aun así la abrazo y acaricio sus mejillas—. Tuve una mujer extraordinaria una vez, Sara. Abi fue mi vida mientras estuvimos juntos, se fue y me dejó con el corazón roto, pero no he olvidado lo que se siente al amar a alguien. A ti te amo con la misma intensidad, aunque de distinta forma, como estoy seguro de que tú me quieres de una forma distinta a como querías a Steve. —Ella asiente, emocionada, y yo sonrío—. Nosotros nos merecemos esto, porque perdimos el amor, pero hemos tenido el regalo de volver a encontrarlo y porque a estas alturas de la vida no pienso quedarme con las ganas de amarte, besarte, acariciarte y pasar de todo el que piense que hemos perdido la cordura en alta mar.
Ella se ríe, yo la beso, una vez más y, de pronto, siento un deseo irrefrenable de volver a casa.
Supongo que ahora que siento mi corazón completo, ya no tengo necesidad de recorrer más mundo que el que su cuerpo desnudo me ofrece cada noche.
A los únicos que debo una explicación es a mis hijos, pero confío en que ellos sepan guiarse por su corazón y entiendan que su padre ha encontrado a alguien a quien amar. Y si les queda una mínima duda después de conocer a Sara, que lo dudo, lo entenderán cuando encuentren a los hombres y a la mujer de su vida y se den cuenta de que, cuando el corazón te sangra y te grita algo hasta extenuarse, es de idiotas negarse a sentir; la única opción posible es dejarle actuar, aferrarte a todo lo bueno que la sensación de amar te ofrece y agradecer a la vida el regalo del amor.
En mi caso, además, he tenido la inmensa suerte de sentirlo dos veces, así que desde hoy solo le pido al karma que mis hijos encuentren a alguien a quien amar con esta fuerza y lo hagan pronto, para poder verlos sonreír como lo hago yo; con ganas, con toda la cara y con los ojos.
El día que pueda verlos a todos así mientras Sara, a mi lado, sujeta mi mano, será el día más feliz de mi vida, estoy seguro.