el hombre remesa (es)
Sobrevolaron el casquete polar dos minutos delante del Astro que nacía.
—¡Miren esto! —dijo Dietrich.
Una ola de luz se quebró sobre la cima del mundo, blanco-azulada al principio y luego, cuando la luz llegó al helicóptero, la tierra bajo ellos se inflamó en irregulares parches de oro brillante. La teniente Harris dio un manotazo ansioso; la cámara entró en acción con un zumbido.
—¿Qué causa eso? —preguntó el Capitán Blake.
—Los líquenes —dijo Dietrich—. Estamos sobre la tundra. Allí están los lagos. Al grande lo llamamos Lake Fish; la hilera de los menores tiene... este... nombres femeninos. Anna, Buttercup, Clover, Daisy y Elsa.
—El rebaño completo —dijo el Capitán Blake.
—¡Está en lo cierto, Capitán! —bromeó—. Desde aquí arriba usted puede ver que el primer lago pequeño tiene la forma de una ubre de vaca. Algunos somos chicos de campo.
La teniente se rió. El joven Oficial Médico miró a sus dos pasajeros, siempre con aire divertido.
—¿Me perdí algo? —preguntó.
—Mi nombre es Elsa —dijo el Capitán con soltura.
Dietrich se sonrojó. Trató de llamar la atención de la teniente, pero ella estaba inclinada sobre la cámara.
—Me llamaron así por una leona —dijo el Capitán—. ¿Cuál es su nombre, Doctor Dietrich?
—Walter —dijo él—. Teniente ¿Le importaría registrarse?
—Mi nombre es Tracey —Le dirigió al pobre Dietrich, al fin, una fría, insolente mirada—. ¿Se puede volar más bajo en este aparato, Doctor?
Dietrich redujo la altitud demasiado rápido. Revolotearon cien metros sobre las bruñidas y grises aguas del Lago Clover. Elsa Blake pudo ver las colonias de líquenes sobre las rocas junto a la playa y más allá de ellas, el crecimiento espeso y apelotonado de las algas de tierra. Todos los matices del verde pero ningún árbol, ningún tronco.
—¿Dónde están esos 'pinos altos' que el Comandante nos prometió? —preguntó.
—¡Ahora vienen! —dijo Dietrich.
—¿Hacen efecto? —preguntó Tracey Harris.
—¿Quién sabe? —rió él—. Contienen un estimulante... aceite vegetal, algo así como la trementina. Los que trabajan entre ellos dicen que es refrescante... ayuda a la concentración... en fin...
—Suena como un anuncio de chicles —dijo Harris. Dietrich se achicó nuevamente.
Elsa Blake miró hacia abajo el mar de los sargazos de kelpes y algas; la temperatura afuera era de cinco grados bajo cero, un día veraniego. Adentro ella tenía que presenciar esta sádica partida de apareamiento que Harris jugaba con los tipos jóvenes en las estaciones solitarias. El desaire. Imposible explorar la tundra a pie... podría ser que las malditas algas mordieran. Estaban esos tablados allá en el Parque Nacional de Ose, maravillosamente verdes allí también, con lirios y nenúfares y los estudiantes paseando sobre el entablado... El Capitán suspiró y dijo:
—¿Ha llegado hasta aquí el hielo?
—Completamente —El doctor asintió—. La cadena de lagos es una depresión: la huella de un viejo glaciar. Este último invierno el glaciar se restableció y llegó muy cerca de Elsa... el último lago, quiero decir.
Sobrevolaron una extensión de grandes cantos rodados dispersos y llegaron, inadvertidamente, a un inmenso valle quebrado lleno de desechos del reciente deshielo.
—¡Un animal! —exclamó Tracey Harris—. ¡Vi un animal muerto!
—Uno de los mintos —dijo Dietrich—. Grandes roedores de los pastos. Como un carpincho. Podemos llegar a ver una horda de ellos.
—¿Un roedor? ¿Una rata del tamaño de una oveja?
—Alcanzan casi ese tamaño —acordó Dietrich—. ¿No vieron las alfombras Savage hechas de cueros de minto?
—¡Oh sí! —dijo Tracey—. Prometió mostrarme una a cuadros que tiene en su cuarto.
Walter Dietrich tragó saliva y se embarcó en una disertación sobre el clima. El capitán miró con agradecimiento hacia las largas laderas cubiertas de algo muy parecido a los pinos.
—¿Eso es un puesto? —preguntó de repente.
La ojeada de Dietrich a sus instrumentos mostró que se había alejado algún punto de su ruta.
—Más o menos —dijo—. Lo llamamos el Refugio...
La construcción entre los altos pinos era una estructura irregular de metal y piedra.
—¡Bárbaro! —dijo el teniente—. Podemos estirar las piernas.
—El lugar está fuera de los límites —dijo Dietrich intranquilo—. ¿No mencionó el Comandante...?
—Ni una palabra —dijo el Capitán Blake. Miró hacia abajo, con curiosidad; no había pista de aterrizaje sino un amplio claro entre los árboles. Una columna de humo se elevaba por encima de los pinos.
—Doctor —demandó el Capitán—, ¿está ocupado el Refugio?
—Sí —admitió Dietrich—, hay un tipo ahí abajo.
—Visitemos —dijo el teniente—. Vamos, Walter, baby.
—Mierda... —dijo Dietrich—. No podemos ir ahí como si tal. Kaldor no es un miembro de la dotación de la base. Es una especie de ermitaño.
—¿Kaldor?
Elsa Blake soltó una risa estremecida. Miraba hacia abajo a los techos gibosos del Refugio, y siguió mirando hacia abajo porque el shock había hecho que sus ojos se llenaran de lágrimas. Kaldor. Se trataba del mismo hombre, por supuesto. Pequeño Universo. Cuan enfrascado en sí mismo, cuan arraigado, cuan loco debía haberse vuelto. Acostumbraba a beber Tokay y sentarse en el porche con Mick, divagando sobre el nacimiento de los continentes. Cuando ella finalizó su entrenamiento le envió un cable: "Lástima. Tu gulash era tan bueno..." Iba incansablemente a remotos lugares de la tierra en apoyo de sus teorías. En una licencia lo volvió a encontrar en el porche, reservado y consumido tras una mala temporada en la Antártida. Años y años luz de por medio, y ahora aquí estaba la coincidencia imposible.
—¿Franz Kaldor... el glaciólogo?
—Así se llama —dijo Dietrich.
—Entonces tenemos que aterrizar —dijo Elsa—. Yo lo voy a aclarar con el Comandante Gregg. Kaldor es un viejo amigo.
Dietrich protestó, pero Elsa hizo valer su rango y lo reprimió bruscamente. La teniente Harris cruzó una mirada de simpatía con Dietrich que decía "Viejo Dragón"; se humedeció los labios.
—Siempre puedes decir que se nos acabó la nafta... Walter.
Dietrich se iluminó y comenzó a bajar en círculos.
—¡Un momento! —dijo el capitán—. ¿Cuánto contacto tiene Kaldor con la base?
—Le pasamos sus provisiones desde Procne —dijo Dietrich—. Parece estar respaldado por una gran investigación que tiene en casa. Hace años... ocho... la tripulación de la base ayudó a cavar sus cimientos.
—¿Qué trabajo está haciendo?
—Hielo —dijo Dietrich. Flora Ártica. En verano lo vemos afuera en la morena, hasta el Monte Byrd hacia el norte.
—¿Podemos comunicarnos por radio con el Refugio? —preguntó Elsa.
—Señora, dudo que conteste —dijo Dietrich con seriedad—. Esquiva el contacto, a menos que haya problemas...
—¿Problemas?
Dietrich tenía el aire de un hombre que sondea una situación precaria.
—Me imagino que ha oído acerca del helicóptero que cayó el año pasado. Kaldor fue el que devolvió al sobreviviente... Ensign Ball.
—¿Hay muchas emergencias?
—La cosa es, Capitán, que Itys parece acogedor —explicó él.
—Buena atmósfera —acordó Elsa—. Área de tierra pequeña.
—Un gran lugar para invernar —dijo la teniente.
—Partidas de estudio —nosotros los llamamos turistas— vienen desde las colonias de Procne. Hemos tenido aún expediciones de Philomel. —El doctor se adentraba en su tema—. Vienen fortalecidos para los deportes de invierno y se pierden en una tormenta de nieve. Kaldor ha hecho otros rescates.
—Suena como un San Bernardo sistemático —Tracey tiritó—. Verifiquemos su brandy.
Descendieron de la luz hacia la sombra seca de los pinos. Dietrich paró los rotores y se quedaron contemplando en silencio el porche bajo y cavernoso de la casa de Kaldor. El Refugio los miró a su vez: las hendiduras de la ventana eran cuencas de ojo, el techo del porche era una ceja adusta. Elsa Blake dudaba ahora, al menos acerca de su método de aproximación. Ella debía intentar una toma de contacto —el lenguaje del manual le vino con facilidad— pero no había razón para exponer a los dos chicos a cualquier situación difícil.
En ese momento la puerta de metal se abrió de golpe como una boca oscura y Kaldor salió.
A cincuenta metros era prácticamente el mismo; un hombre sólido, oscuro, adecuadamente proporcionado, con una redondez característica en la cabeza. En pantalones sueltos y parka parecía un esquimal.
—Dejen que yo le hable —dijo Elsa. Abrió su puerta, y dio con otro fragmento del procedimiento de aproximación a extraños—. Nos bajaremos y yo tomaré contacto.
El OM se dirigió automáticamente a su cantimplora y su maletín médico; Elsa se alegró de ver que estaba desarmado.
Kaldor esperó pacientemente con sus manos enguantadas cruzadas adelante. No se movió hasta que ella estuvo a tres metros, y entonces proyectó la cabeza de manera característica.
—¿Franz...?
—¿Quién...?
Su sonrisa flameó incierta. Cambió los pies y se protegió los ojos en una parodia de timidez. Su voz estaba crujiente y mohosa por el desuso.
—Soy Elsa. ¿Recuerdas?
—¡Elsa!
Fue de corazón; suficiente para ella. Elsa se adelantó hacia él y se abrazaron, ritualmente. Kaldor tenía un desagradable hedor acre; su parka era de piel de minto.
—¡Eres la misma! —dijo—. ¡Elsa! ¡Esto es magnífico!
—Franz... déjame mirarte.
Ella lo acomodó, un escalón más arriba que ella en el porche, lo cual nivelaba sus cabezas. Ella sabía más o menos cómo había cambiado en quince años, pero el cambio en Kaldor era más difícil de evaluar. Estaba ruborizado; su lacio pelo negro se le adhería al cráneo y terminaba en una larga trenza. Su cara, bajo una barba entrecana, estaba macilenta; sus ojos inyectados en sangre y desasosegados. Elsa pensó en enfermedades endémicas, fiebre, aun tuberculosis. Reprimió un impulso de sacarse el guante y ponerle una mano en la cabeza.
—Kaldor... ¿qué estás haciendo aquí... en Itys... completamente solo?
Él cloqueó y parpadeó.
—Fuera de la vista —hablaba a tirones—. Retirado, casi. Trabajando con el hielo, con supervivencia. Saben que estoy aquí, ¿eh? No necesito nada.
—Franz, tengo que decírtelo. Mick se ha ido.
—¿Quieres decir...?
Ella asintió; ya no era doloroso hablar de ello.
—Murió hace cinco años. Un ataque al corazón.
Kaldor chasqueó la lengua.
—Era un gran amigo. ¿Y tu chico?
—Andy está bien. Todavía en la reserva de Kenia con su familia.
—¿Tienes nietos?
Elsa sonrió satisfecha.
—Media docena... todos hermosos. Es una comunidad.
Por un momento anheló a Mick; los podía ver a él y Kaldor charlando en el porche blanco y soleado de Florida, años atrás. Kaldor estaba flaco y demacrado, como si aún estuviera recuperándose de la Antártida.
—¿Qué me has traído? —preguntó él—. ¿Tortolitos?
La teniente y el OM se acercaban, tomados del brazo, a través de los altos pinos. Kaldor les dio la mano dócilmente, midiendo a los recién llegados. Les hablaba a través de Elsa; ella se había convertido en su intérprete. Se quedó mirando fijamente cuando Tracey Harris hizo una referencia a los viajeros en la nieve; Elsa trató de explicar y él sonrió, pero no pudo estar segura de que él hubiera entendido. Kaldor partió abruptamente en medio de una oración para abrir de golpe la puerta de su casa, haciéndoles señas de entrar. Elsa entró la última, contemplando desde el porche los árboles, altos, sus troncos inferiores tapizados de grises cabelleras de líquenes. Una rama fresca de pino yacía en el porche y cuando ella la levantó volvió a experimentar esa punzada de extrañeza. ¿Cuándo un pino no es un pino? Cuando crece en otro planeta.
Había un corredor, angosto y oscuro, débilmente iluminado por una bombilla eléctrica que se balanceaba sobre sus cabezas. Kaldor se había adelantado para buscar más luz mientras los otros quedaban atrás. Su figura se recortó como el espectro de Purkinje, asegurando un velón a un candelabro de pared. Elsa salvó la distancia y oyó que Dietrich apremiaba a Harris.
—Vamos ¿qué tiene de malo el lugar?
¿Así, que Tracey Harris estaba asustada del Refugio? Elsa advirtió la reacción y comenzó a examinar los cuarteles generales de Kaldor más profesionalmente. Este era su último viaje de servicio con Asistencia Social antes de ser relegada a los 45 para dedicarse a las quejumbrosas grabaciones de los dependientes de la Luna.
Kaldor los condujo a una habitación redonda, abarrotada, tan sólida como las tumbas de Ur, espléndidamente forrada con tarugos de pino sobre la piedra y tapizada de espesas colgaduras de kelp. Había dos ventanas facetadas hechas de fragmentos de plexiglass; un hogar descubierto exhalaba un vaho cálido. Una cucha, cubierta con las familiares pieles de minto tostadas y blancas, cobró vida, y dos cachorros mintos del tamaño de un spaniel se lanzaron a husmear los tobillos de Elsa. Kaldor dio un sonoro golpe en el piso de tierra y ellos se sentaron sobre sus cuartos traseros. Elsa notó que eran animales encantadores, como enormes ardillas listadas, con ojos curiosos, amarillos, de largas pestañas.
Lo extraño no era que alguien pudiera tener estos "roedores gigantes" como animales domésticos, sino que los colonos aparentemente los mataban en manadas.
—¿Qué comen?
—¡De todo! —Kaldor largó una risotada—. Líquenes, kelp, carne, huesos... mi último par de calzoncillos largos.
La teniente Harris entró, apaciguada, y se sentó junto al fuego con Dietrich, acariciando a los animales.
Kaldor condujo a Elsa a una ventana y ella contempló su mesa de trabajo con una sensación de dislocación. Tenía un generador, evidentemente, pero muchos de sus diagramas estaban hechos a la luz de la vela. Escribía a mano con pluma y tinta. Gruesas velas de sebo bordeaban la mesa en recipientes de hueso ahuecado; el sebo se había desparramado y endurecido en los tinteros de piedra. Había puñados de lapiceros de madera y otros que habían sido afilados hasta quedar en cachitos. Los minúsculos jeroglíficos negros se derramaban sobre cada pulgada de pergamino. El papel y las tarjetas estaban agotados, pero había abundante pergamino en prolijos rollos amarillos, aguardando la laboriosidad de Kaldor. Elsa se estiró para sentir la textura de un rollo fresco pero Kaldor le tomó la mano.
—Fuiste enviada, por supuesto —dijo.
Siempre había sido ligeramente paranoico; la clase de hombre que presumía que en todas las casas estaban al acecho, cuando era la civilización la que lo ponía a él al acecho. ¡Oh, pero tener que explicar, preocuparse por una coincidencia maravillosa!
—Estoy realizando una inspección de rutina sobre las condiciones de vida en la base —dijo Elsa con firmeza—. No tenía idea de que estuvieras en este planeta.
Su gesto irradiaba puro escepticismo.
—No te preocupes —dijo—. Mira los diagramas.
Kaldor se estiró sobre la mesa y desplegó un mapa de Itys primorosamente dibujado, otro de la Tierra, el Pacífico Norte. Elsa pescó la onda en seguida.
—¡Uh-huh!... —dijo—. ¿Cuándo fijas la fecha de la nueva Edad del Hielo? ¿de vuelta a casa?
—El Lago Agassiz se restablecerá en diez años. —Ella casi le creía; un ganso de nieve caminaba sobre su tumba—: ¿Recuerdas el Valle del Río Rojo? Un paisaje ártico, donde gimen las tormentas de nieve y los hombres andan merodeando como lobos...
Elsa se estiró y desenrolló el tercer mapa por su larga borla de pelo. Itys de nuevo; el Continente Nórdico marcado en rojo en una docena de lugares desde la base al Refugio y más al Norte en el gigante Glaciar de Scott. Kaldor se mantenía atrás con cierto orgullo.
—Debes saber —dijo— que estoy subvencionado por el Instituto Franklin. El trabajo incluye técnicas de supervivencia.
—¡Tus rescates! —La nota de entusiasmo en su voz sonó falsa. Sentía la necesidad de complacer y aplacar a Kaldor, como si él fuera un chico.
De repente Dietrich gritó detrás de ella. Tracey Harris zozobraba, jadeando por respirar; su bonito rostro estaba rígido y contraído.
—Algún tipo de ataque... —Dietrich la sostenía por los hombros—. Capitán... ¿le ha sucedido antes? —Blanca y haciendo arcadas, Harris se tambaleaba sobre sus pies, sus ojos fijos en Elsa.
—¡Alerta... Capitán! —jadeó y cayó.
Dietrich y Elsa corrieron a su lado.
—¡Agua! —dijo Elsa.
Lo que quería era darle al OM algo qué hacer. Nunca antes había visto a Harris tan afectada pero dudaba de revelar la explicación a Dietrich. Había oficiales jóvenes en Asistencia Social que afectaban menos sus nervios pero ningún otro combinaba una elevada eficiencia con un buen grado psi. Elsa Blake sabía que sus propios sentidos eran comunes. ¿Qué había espantado a la chica? Miró a Kaldor, pobre diablo, manteniendo la distancia con una expresión absorta. Solo al cabo de unos meses, ahora su lugar era invadido.
Tracey Harris susurraba, con los ojos cerrados; una mezcla confusa de nombres y objetos.
—Bellknap, pulsera... envueltos juntos... Pruitt, appletree... señales... Capitán...
Dietrich acercó su cantimplora de agua filtrada a los pálidos labios de la teniente.
—¡Epa!, dijo Pruitt.
—¿Hay alguien que se llame Pruitt? —preguntó Elsa.
—Seguro. —Dietrich miró hacia Kaldor—. ¿Recuerda, señor? Estaba con Ball en el helicóptero... uno de los que no llegaron.
Kaldor hizo un gesto de tristeza.
—Yo no sabía sus nombres. Sólo el de Ball, que fue el que devolví.
—Franz, siento molestarte de esta manera —Elsa sintió el comienzo de un miedo irrazonable. Esperó que Dietrich se callara y la apoyara—. Me parece que la teniente Harris tiene un poco de fiebre. —Fue a su lado, cubriendo con su mano la frente fresca de la chica.
—¡Nada de fiebre! —dijo Dietrich—. Se encuentra en un estado receptivo, Capitán. Dijo Pruitt, luego Appleby. Este era un turista, un investigador geológico de Procne, el año antepasado. ¿Puede ser que estos nombres estén anotados en algún lado? Luego dijo señales; puede tratarse de señales de luz. Estoy profundamente interesado en este tipo de estudio, Capitán.
—Podría tratarse de señales en un uniforme —sugirió Kaldor.
—¡Eso es! —exclamó Dietrich—. La siguiente palabra fue 'Capitán'... ese era el rango de Appleby.
—Pobre chica —dijo Kaldor—, es bruja. ¿Con qué nos va a venir ahora? Mi receta de Gulash... ¿eh, Elsa?
—La llevaremos de vuelta a la base —dijo Elsa.
—Por favor... —dijo Kaldor suavemente—. Voy a quedarme sin mis visitas demasiado pronto.
Elsa Blake se paró, sacudiendo el polvo de sus rodillas. Su pánico se había aquietado.
—La teniente necesita aire fresco de todos modos —dijo—. ¿Doctor, ha llamado a la base? Estamos retrasados.
—No hay transpiración —dijo Dietrich.
Alzó a Tracey en sus brazos, donde ella se acomodó confortablemente; sus mejillas estaban recobrando el color.
—No hay necesidad de llamar, Capitán —dijo con entusiasmo—. No debemos estar de vuelta hasta las mil cuatrocientas.
—Vengan —agregó Kaldor—. Voy a hacer un café. Traiga a la pobre chica al dormitorio de verano. Aire fresco en cantidad.
Le hizo un guiño cómplice a Elsa y condujo a Dietrich fuera de la habitación.
Ella se quedó sola con la mezcolanza de palabras de la teniente rondándole la cabeza. Kaldor estaba loco, Harris estaba en trance, Dietrich era estúpido, ella misma era estúpida. Se sentó junto al fuego y acarició a los jóvenes mintos; ellos le mordisquearon los dedos. Se levantó y hojeó la grasienta colección de libros-cassette de Kaldor. Sus gustos eran predecibles: además de los textos científicos leía antropología y exploración. Los mares del Sur, la Antártida, los Andes... una saga islandesa, un poema épico del siglo XX sobre los pioneros. Había un plano de la casa encolado a la mesa de trabajo; a partir de ese iglú de piedra original él había construido otras tres cámaras en colmena: cocina, taller, dormitorio de verano. Había una profunda bodega con un frigorífico y la casilla del generador.
Su sistema de archivo era al azar, en una caja de pino. Elsa metió la mano dentro y sacó un puñado de fotografías descoloridas de la tierra: ella y Mick, la base de Mawson, un hombre alto en una cueva de hielo. "Bellknap Victoria Land 45." Un montón de folletos de pergamino —él no usaba plástico— diversidad de papeles sueltos, discos de Asistencia Social y de crédito, un misal, un largo pinche de acero inoxidable. Se sintió culpable y contrariada cuando los mintos irguieron las orejas: Kaldor volvía.
Su descontento se extendió a la habitación misma; un lugar repugnante, decidió, sucio y primitivo. Quería hacerlo pedazos y encontrar lo que Kaldor estaba escondiendo. Ella sabía que estaba allí, toda la información que necesitaba, mirándola a la cara. Kaldor entró haciendo equilibrio con dos potes humeantes y un plato de bizcochos toscos y amarillentos. En una camisa a cuadros se lo veía más civilizado; su cara demacrada estaba radiante de excitación.
—Yo llamo a esto tortas de maíz —dijo—. Aquí en el frío todo se conserva bien.
Se sentó en una banqueta de tres patas y atizó el fuego.
—Comida de pioneros —dijo Elsa.
Él tomó un sorbo de café; ella hizo lo mismo.
—Yo soy un pionero —dijo Kaldor.
Se embutió una torta en la boca y la acompañó ruidosamente con el café.
—Harina de maíz, grasa, sal —adujo—. Como variación agrego azúcar negro. Tengo de todo. Me lo mandan.
—Franz... ¿quién era Bellknap?
—Un momento, un momento —dijo él—. Aquí, toma uno, toma un bocado.
La torta era pesada pero sabrosa.
—Bellknap me ha convertido en un exilado —dijo Kaldor—. Él es una de las razones. Vaya, ¿no estuvo tan mal mi cocina? Oh, Elsa, verte a ti, ver a una vieja amiga...
—Lo sé —repuso ella—. Pero tú has hecho tanto. Has hecho maravillas. Tómate una licencia.
Él sacudió la cabeza.
—Está entendido que no volveré jamás.
—¿Por qué no?
—Soy persona non grata. Mi trabajo es aceptable, mi presencia es... —sesgó el aire con la mano— una vergüenza.
Giró un poco y miró fijamente al fuego.
—Seguramente Mick te habló de mi aventura antártica.
—No mucho. —Se preguntó por qué no—. Sufriste exposición... tuviste que soportarla por un tiempo.
—Diez semanas —dijo Kaldor—. Dave Bellknap, yo mismo. Él murió enseguida. Yo sobreviví... por medio de él. ¿Entiendes? Me aparté de la raza para siempre.
Elsa sintió una compasión inmensa y alivio. Fue suficiente. Una mala experiencia que él había convertido en la razón de ser de su exilio. Hasta los rescates eran una expiación de culpas.
—Franz... —Le apoyó una mano en el hombro—. Eres el mismo hombre... esto está en el pasado. La gente de Franklin no puede esperar que permanezcas aquí indefinidamente.
—¡Oh!, yo les entendí —dijo Kaldor—. Me pagan para que me quede aparte. Soy un remesa.
—¿Qué te pagan?
—Provisiones —respondió—. Rescates casuales. Visitantes.
Kaldor sirvió más café, pero Elsa dio un paseo por la habitación. Tenía la imagen de un guijarro rodando por una ladera nevada, creciendo más y más cuanto más nieve se apretaba a su alrededor.
—Elsa... —Kaldor la estaba observando muy de cerca—. Yo he aprendido la supervivencia total. Nada para desperdiciar.
—Tienes muchos productos nativos —dijo—. Kelp... y los mintos...
Pieles y sebo, había estado por decir. Una bola de nieve... una bola de cera. Se estiró hacia un rollo de pergamino; su estómago lo soportó, no obstante. Volvió junto al hogar con displicencia y comió deliberadamente la última torta de maíz. Harina de maíz, sal, grasa.
—¿Cómo están los otros? —preguntó.
—Los puse a dormir... —susurró él—. La chica ve demasiado.
Sus caras estaban próximas; ella podía ver los derrames en sus mejillas, los poros de su piel. No la poseía la repulsión sino una furia asesina. Kaldor cerró suavemente las manos alrededor de sus muñecas.
—Debes quedarte —siguió—. Compartir mis descubrimientos.
Elsa inclinó la cabeza y dejó que sus brazos se relajaran en el apretón.
—Piensa sólo que se escaparon —murmuró él—. Un accidente en el helicóptero. Ahora les voy a dar más drogas de la valija del joven.
—¿Están vivos?
—Por supuesto. Vivos. Frescos.
Ella le dio un salvaje rodillazo en la cara, libró sus muñecas de un tirón, y lo empujó torpemente dentro del hogar. Él vino en su busca muy velozmente, sangrando y chamuscado. Ella le llevaba una cabeza, pero reconocía que sus técnicas eran anticuadas; ella sabía que no era una rival para él. Su única ventaja consistía en la ferocidad. Le arrojó la pesada caja de pino, arriba de la cintura. Mientras Kaldor trastabillaba ella apresó un enloquecido minto por el cogote y lo giró en alto, manoteando salvajemente, hacia su cara. Se lanzó al corredor, ahora completamente a oscuras, y corrió, en una pesadilla, recordando el plano. Oyó que Kaldor abandonaba torpemente el cuarto redondo, llamándola.
Elsa tanteó las paredes hasta que llegó a la abertura, ninguna puerta, sólo una cortina doble de piel de minto. El dormitorio de verano estaba desnudo y brillante; así iba a estar durante dos meses con sólo unas pocas horas de sombra cuando Procne eclipsaba al Astro. Tracey Harris yacía en un viejo saco de dormir relleno de agujas de pino; Dietrich, firmemente amarrado por las muñecas y tobillos, estaba enrollado en el piso. Dormían pesadamente.
Elsa se dio cuenta de que había cometido un error. Ninguno de sus compañeros tenía armas escondidas. Kaldor la podría atrapar allí como una madre con sus niños; un cuchillo en sus gargantas y ella quedaba inutilizada. El objeto del ejercicio era alejarlo. Dietrich se quejó a sus pies; ella se arrodilló y lo sacudió.
—¡Doctor... alerta!
Él se quejó tan fuerte que le tapó la boca con la mano. Dietrich enfocó la mirada.
—Capitán... —murmuró. Ella le suplicó con urgencia:
—¿...explosivos, láser... algún arma portátil?
Los ojos nublados de Dietrich recorrían la habitación.
—Cápsulas de Pentotal... —farfulló—. En... café... Kaldor llamó, muy cerca.
—¡Elsa!
—¡Quédese quieto! —le susurró a Dietrich.
Él levantó la cabeza una pulgada.
—Arma... —dijo—. En helicóptero...
Se desvaneció nuevamente. Elsa ganó el ancho repecho de piedra de la ventana y lo bordeó más allá de las persianas de madera en la cálida pared exterior. Oyó a Kaldor entrar en el dormitorio, llamarla y seguir de largo. Finalmente estuvo entre los pinos, corriendo de árbol en árbol. Súbitamente su mente se aclaró. Permaneció quieta entre los árboles altos bajo el pálido cielo de Itys. Estaba liberada del oscuro túmulo de la casa de Kaldor; estaba fresca, con un objetivo nítido.
Se precipitó hacia el helicóptero y gateó dentro de la cabina. Cuando tuvo los rotores girando se percató de que el orden no era ése; primero debería haber buscado el arma. Sin dejar de vigilar el Refugio encontró el arma en una rejilla detrás del asiento trasero. Era un rifle de repetición de pequeño calibre; un arma deportiva para cazar mintos. Tomó dos cargadores y la cargó confiadamente. Kaldor no había salido aún de su casa. Ella no se percataba de nada que no fuera el asunto que la ocupaba y el rumor de los pinos. Salió nuevamente y regresó corriendo a los pinos que circundaban el lado opuesto del claro.
Kaldor salió corriendo de la casa agitando los brazos y gritando. Llevaba un arma; Elsa sabía que él sería reacio a herirla. Ella estaba más cerca ahora, detrás de un árbol vigoroso y barbado; el líquen era fino como cabello humano. Ella gritó e hizo señas, su voz perdida en el ruido de los rotores.
—Franz... por aquí...
Él la avistó y gesticuló torpemente con el arma. Estaba gritando, arguyendo mientras se aproximaba a su árbol. Su concentración era excelente. Él cayó al cuarto disparo; ella le tiró dos veces más mientras yacía en el suelo. Luego corrió de vuelta al helicóptero y lo detuvo.
Se sentó en el asiento del piloto, intentando procesar todos los datos. Estaba en el limbo: tenía el pleno convencimiento de la necesidad de abatir a ese hombre pero la teoría de lo que él había hecho o amenazado hacer quedaba sin comprobar y vaga.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas; ella no encontraba palabras para explicarlas. De pronto bajó nuevamente y fue a mirar su cuerpo. Sí, era Franz Kaldor; una oleada de la anterior compulsión le dijo que había hecho muy bien... un tiro había penetrado en su ojo derecho, ¿desde cuan lejos? Quince metros. Ella nunca había sido una gran tiradora. Le cubrió la cabeza con su propia parka y se demoró arrodillada en la sombra, respirando la fragancia de los pinos.
Tenía la teoría pero ninguna prueba. Sí, estaba sola, pero Itys parecía tan buen lugar en verano; ella podría vagar a través de los bosques de pinos, perderse, recluirse. ¿Era así como sentían los asesinos? Los pinos debían tenerse en cuenta... promovían la concentración, reforzaban la neurosis... una droga que alentaba el fanatismo... recordó a los otros en su sueño de drogas. Estaba preocupada por ellos y se esforzó para ponerse de pie.
Volvió al Refugio, llevando el arma aunque sabía que no había enemigos en la casa. Miró dentro del cuarto redondo; los nimios dormían junto al fuego mortecino. Se sintió aterida y nauseabunda a la vista de las velas de sebo. Tanteó los bolsillos de su túnica en busca de su pequeña linterna e iluminó el camino hacia el dormitorio de verano. Tracey Harris dormía aún pero Dietrich se estaba moviendo nuevamente. Elsa sacó la navaja y le cortó las correas que sujetaban sus muñecas y tobillos. Él se esforzó por despertarse.
—Ese tipo... —dijo—. ¿Capitán?
—No lo va a molestar —dijo ella.
—...Mató a esos turistas... en la nieve... —murmuró—. Tracey dijo eso.
—Eso es exactamente lo que hizo.
Elsa Blake estaba dolorida y mareada. Estaba tentada de esperar hasta que Dietrich pudiera acompañarla. Él se arrastró hasta Harris y controló el pulso de la chica. Elsa respiró hondo, recogió una rama de pino verde del colchón y salió nuevamente. Se dirigió hacia el zumbido del generador. Encontró un tablero de luces en el primer descanso de la escalera; las despensas estaban bien iluminadas. Había un olor característico pero no de carroña o putrefacción; las habitaciones eran muy frías. Ella se adelantó rígida hacia el frío, sintiendo los músculos tirantes por detrás de las rodillas.
No examinó las barricas y cajas, las tinas de grasa comestible. Deslizó su mirada por la bien fregada mesa de carnicero y el juego quirúrgico de cuchillos de acero. Entonces, con los dientes apretados, abrió de un tirón la puerta de la cámara congeladora de Kaldor. Vio las prolijas hileras colgantes de cuartos traseros, troncos y miembros desollados, envueltos en gasa o amarillo pergamino de piel. Miró lo suficiente como para asegurarse... ocho o diez... hombres y mujeres... Un bulto menor hizo que Elsa Blake retuviera bruscamente la respiración, pero sólo contenía el cadáver de un minto joven.