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eric frank russell

diabológica (es)

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Hizo una circunnavegación para que no quedase duda alguna. Era una técnica habitual en la exploración del espacio; comprobar una vez al aproximarse, volver a comprobar alrededor. Ocurría a menudo que las segundas impresiones, más de cerca, contradecían las primeras y más lejanas. Algún factor perverso en la secuencia de probabilidad solía interferir para que los follones aparecieran al otro lado de una superficie planetaria.
Esta vez no fue así, sin embargo. Lo que había observado al acercarse continuaba visible alrededor del vientre. Aquel mundo estaba ocupado por vida inteligente de elevado nivel. Allí estaban las señales inconfundibles en forma de puertos, líneas de ferrocarril, centrales energéticas, espaciopuertos, canteras, fábricas, minas, polígonos de viviendas, puentes, canales y un centenar de signos más de vida que se reproducía rápida y vigorosamente.
Los espaciopuertos en particular eran sumamente significativos. Contó tres. En ninguno de ellos había una nave lista para el vuelo en el momento en que él pasó sobre ellos, pero en uno había una nave sin tubos en reparación. Era un objeto largo, negro y picudo, del tamaño y la forma aproximados de un carguero tierra–Marte. Desde luego no era tan grande ni parecía tan veloz como un crucero Sol–Sirio.
Mientras miraba hacia abajo a través de la armadura cristalina de su pequeña cabina de control, se dio cuenta de que aquello iba a ser entrar en contacto con una venganza. Durante muchos, muchísimos siglos de expansión humana, habían sido localizados, explorados, cartografiados y en algunos casos explotados varios centenares de mundos habitables. Todos contenían vida. Un pequeño porcentaje contaba con vida inteligente. Pero hasta el momento nadie había encontrado otra forma de vida lo bastante avanzada como para cabriolar entre las estrellas.
Por supuesto, se había teorizado sobre tal descubrimiento. Las aventuras humanas creaban una esfera de exploración e investigación que se ensanchaba progresivamente por el cosmos. Tarde o temprano, se admitía, esa esfera se encontraría con otra en algún punto de la inmensidad de los cielos. No se sabía exactamente lo que sucedería entonces. Quizás ambas esferas se fundiesen formando una burbuja doble más brillante y mayor. O quizás ambas burbujas estallaran. De cualquier modo, las apariencias parecían indicar que el momento del encuentro había llegado.
Si hubiese estado a una distancia de un puesto de escucha fronterizo que le permitiese transmitir habría lanzado una señal indicando su hallazgo. De todos modos aún podía volver atrás, viajar durante diecisiete semanas y llegar a un punto desde donde pudiese transmitir. Pero eso significaría buscar una base para reponer combustible. La nave no tenia suficiente para hacer aquel viaje doble y luego el viaje de regreso. Pero sin duda allí abajo debían tener combustible. Tal vez le diesen un poco y quizá sirviera para sus motores. Aunque también podría no servir.
De momento tenía reservas energéticas para aterrizar allí y regresar luego a la base. Más vale pájaro en mano que ciento volando. Inclinó pues la nave y penetró en la atmósfera del planeta, dirigiéndose al mayor de los tres espaciopuertos.
No le inquietaba en absoluto lo que pudiese estar esperándole en la superficie de aquel planeta. Los terrícolas no tenían la mentalidad tímida y recelosa que habían tenido sus antepasados inevitablemente atados a la Tierra. La experiencia espacial había alterado su mentalidad. Habían aprendido a viajar por el espacio con una sonrisa despreocupada y a dejar que se preocupasen las otras formas de vida. Esto les proporcionaba un aire de autoridad siempre útil. Nada resulta más intimidatorio que una sonrisa estúpida en un individuo que claramente nada tiene de estúpido.
La sonrisa afectada y segura era un arma muy útil en el arsenal diabológico.
Su aterrizaje creó una sensación de lo más satisfactorio. La masa del planeta, inferior en un diez por ciento a la de la Tierra, permitía una mayor capacidad de maniobra con la nave. Descendió, situó la nave con el morro hacia arriba, la cola hacia abajo, asentó los soportes y ajustó el freno, en un aterrizaje prácticamente perfecto.
Y de pronto parecieron brotar del suelo como brota la gente cuando chocan dos coches en una carretera desierta. Docenas, centenares. Eran bastante pequeños, los más altos no superaban el metro cincuenta. Por otra parte, no diferían de su propio tipo piel rosada ojos azules mas que un chino cubierto de un fino vello gris.
Concentrándose en un círculo a cierta distancia de la nave, la contemplaban hablando y gesticulando, haciéndose señas, discutiendo, alzándose de hombros y comportándose en términos generales como una muchedumbre curiosa que ha descubierto un agujero obscuro y profundo del que brotan ruidos extraños. Lo más notable de su conducta era que ninguno parecía asustado, ninguno huía abierta o subrepticiamente. Lo único que parecía mantenerles alejados de la nave era la posibilidad de un súbito chorro de los silenciosos propulsores.
No salió inmediatamente. Habría sido un error... y para pilotar las naves de exploración no se elegía a los precipitados. La regla primera antes de salir a un planeta es comprobar la atmósfera de éste. El que permitiese vivir a la multitud que había fuera no significaba necesariamente que sirviese también para él. De todos modos, habría comprobado la atmósfera, aunque en primera fila del público estuviese su propia madre fumando un puro.
El analizador Schrieber tardó cuatro minutos en comprobar la muestra, desmenuzarla, comprobar todas sus partes, hacer un recuento bacteriológico y decir si su amo y señor podía condescender a respirar aquel material.
Mientras el aparato llegaba a una conclusión, él siguió sentado pacientemente. Por último, la aguja de su indicador mitad rojo y mitad blanco penetró lentamente en la zona blanca. Una indicación más rápida habría declarado la atmósfera socialmente aceptable. Aquella lentitud era la forma que el analizador tenía de decir que los pulmones de su amo y señor estaban a punto de penetrar en un mundo inferior. El analizador era, y siempre había sido, un robot presuntuoso que graduaba las atmósferas extrañas de acuerdo con un sistema de casta. La atmósfera mejor y más limpia pertenecía a la casta brahamánica. La peor a la de los intocables, a la de los parias.
Tras desconectar el analizador, abrió las puertas de las cámaras neumáticas exterior e interior, y se sentó al borde balanceando los pies a unos ochenta metros del suelo. Desde la perspectiva que le proporcionaba aquella altura observó tranquilamente a la multitud, con la expresión del que puede escupir al prójimo sin que el prójimo pueda hacer lo mismo. La sexta ley diabológica establece que los más altos son los menos. Prueba: la ventaja táctica de la gaviota sobre el hombre.
Al ser inteligentes, los situados por desdichadas circunstancias ochenta metros más abajo en el campo gravitatorio pronto apreciaron su desventajosa posición vertical. Si no volcaban la nave o escalaban su lisa superficie no podría llegar a él. No es que deseasen hacerlo en un sentido hostil. Pero los deseos se hacen más fuertes cuanto menor es la posibilidad de satisfacerlos. Así, le querían allí abajo, frente a frente, sólo porque estaba fuera de su alcance.
Para empeorar aun más las cosas, se volvió de lado y se echó sobre el borde, una pierna encogida y las manos rodeando la rodilla, y continuó luego mirándoles con evidente comodidad. Ellos tenían que estar de pie. Y tenían que mirar hacia arriba corriendo el riesgo de tortícolis. Por otra parte, podían adaptar cabezas y ojos a un nivel más cómodo y soportar que les observasen sin que ellos pudieran observar. En resumen, era una situación infernal.
Cuanto más se prolongaba resultaba menos agradable. Algunos empezaron a gritarle con voces quebradas. Les dedicó una benévola sonrisa. Otros gesticulaban. El gesticulaba en respuesta y a algunos de ellos no pareció satisfacerles gran cosa. Por alguna extraña razón, ningún científico se había molestado en investigar ciertos movimientos digitales que estimulan glándulas específicas en cualquier parte del cosmos. La formación diabológica básica incluía un curso de lo que llamaban gestos despreciativos, mediante las cuales podían eliminar la capa protectora de un ego alienígena con un movimiento de la mano.
Durante un rato la multitud se agitó inquieta alrededor de la nave mordisqueando el vello gris del dorso de sus dedos, murmurando entre sí y lanzando esporádicamente amargas miradas hacia arriba. Aún seguían fuera de la zona de peligro, suponiendo al parecer que aquel espécimen que estaba tendido en el borde de la compuerta podría tener un compañero en los controles. Luego pareció dominarles la tristeza, y parecieron contentarse con mirar ceñudos hacia la cola de la nave.
Esta situación duró hasta la llegada de un convoy de vehículos pesados del que descendieron tropas. Los recién llegados llevaban porras y pistolas y vestían uniformes del color del material en que se revuelcan los cerdos. Se alinearon en tres filas y giraron a la derecha, siguiendo una orden, y luego avanzaron. La multitud se abrió para dejarles paso.
Se situaron diestramente en un círculo armado separando la nave de la horda de observadores. Un trío de oficiales desfiló alrededor y examinó la cola del aparato sin acercarse más que lo necesario. Luego volvieron atrás y miraron hacia el borde de la compuerta. El objeto de su atención les devolvió la mirada con interés académico.
El más antiguo de los tres oficiales se llevó la mano al diafragma donde estaba localizado su corazón, se inclinó y palmeó el suelo, y adoptó una expresión de pacífica inocencia cuando volvió a mirar arriba, hacia el recién llegado. Al inclinar excesivamente la cabeza hacia atrás se le cayó el sombrero y al volverse para recogerlo lo pisó.
Este pequeño incidente pareció satisfacer al que se encontraba ochenta metros más arriba porque rió entre dientes, estiró la pierna que sujetaba entre las manos y se inclinó hacia afuera para observar mejor a la víctima. Colorado bajo el vello de su cara, el oficial realizó una vez más el masaje del diafragma y el suelo. Esta vez el otro comprendió. Hizo una inclinación de cortés asentimiento y desapareció en el interior de la compuerta. Unos segundos después una escalerilla de nailon serpenteó hacia abajo por un lado de la nave y el invasor descendió por ella con simiesca agilidad.
Tres cosas sorprendieron a los soldados y al público inmediatamente después de su descenso: su rostro y sus manos lampiños, su gran tamaño y peso, y el que no llevase armas visibles. Era de esperar que hubiese diferencia en el tamaño y la forma. Después de todo, también ellos habían explorado el espacio y conocían formas de vida más exóticas. Pero, qué tipo de criatura podía tener la inteligencia de construir una nave y no pensar en la necesidad de llevar medios de defensa?
Eran básicamente un pueblo lógico.
Los pobres idiotas.
Los oficiales no hicieron tentativa alguna de conversar con aquel espécimen del gran universo desconocido. No eran telépatas y su experiencia espacial les había enseñado que los simples sonidos bucales resultaban inútiles mientras una de las dos partes no hubiese aprendido lo que significaban. Así que le indicaron por señas que querían llevarle a la ciudad, donde conocería a otros de su especie más competentes en la tarea de establecer contacto. Eran bastante hábiles para expresarse con las manos, como era lógico, pues se trataba de la única forma de vida distinta que había descubierto nuevos mundos.
El aceptó con el mismo aire condescendiente hacia los inferiores que habla desplegado desde el principio. Quizás el Schrieber hubiera influido indebidamente en él. La multitud abrió paso de nuevo y los soldados le condujeron hasta los vehículos. Pasó ante mil ojos, les dirigió el gesto despreciativo número diecisiete, que consistía en un cabeceo que reconocía su existencia y toleraba su vulgar interés por él.
Los vehículos se alejaron, dejando la nave con la compuerta abierta, la escalerilla colgando y el resto de los soldados aún montando guardia alrededor de la cola. Este detalle no le pasó desapercibido a nadie. El no se había molestado en impedir el acceso a la nave. Los especialistas podrían recorrerla toda y robar ideas de otra raza capaz de viajar por el espacio.
Nadie de aquel calibre podía ser tan disparatadamente descuidado. En consecuencia, no se trataba de un descuido. La pura lógica decía que no merecía la pena ocultar el diseño de la nave a los extraños porque el vehículo estaba anticuado hacía mucho. O el diseño no podía copiarse por quedar por encima de la comprensión de una raza inferior. ¿Quién demonios se creía él que eran ellos? ¡Por el Mundo Negro de Khas, ya se lo demostrarían!
Un joven oficial subió por la escalerilla, exploró el interior de la nave, bajó de nuevo e informó que no había más alienígenas dentro. Ni siquiera una cría de lansim, ni un pastelillo. El extranjero había llegado solo. Esta información circuló entre la multitud. No se preocuparon demasiado de esto. Podían comprender perfectamente que llegase una flota de naves de combate con diez mil soldados para hacer una visita. Sería una demostración de fuerza digna de su nivel. Pero la llegada casual de una sola nave, y solo una, parecía en cierto modo como el envío de un misionero entre los paganos de los mundos gemelos de Morantia.
Entre tanto, los vehículos salieron del espaciopuerto y recorrieron casi cuarenta kilómetros de campo, llegando al fin a una ciudad. Allí el vehículo que presidía la comitiva se separó del resto, se dirigió hacia los arrabales del oeste, y llegó a una fortaleza rodeada de inmensos muros. El extranjero se bajó y se vio inmediatamente encerrado en una celda.
Las consecuencias de esto no fueron tampoco las previstas. Debería haberse irritado por el encarcelamiento, al ver que nadie le explicaba el objetivo de éste. Pero no pareció irritarle. Tratando el mullido lecho de su celda como si fuese un lujo proporcionado como reconocimiento de sus derechos, se echó en él cuan largo era, sin quitarse las botas, lanzó un suspiro de profunda satisfacción y se quedó dormido. Su reloj quedaba cerca de su oído y compensaba el constante tic tac del piloto automático sin el cual no resultaba completo el sueño en el espacio.
Durante las horas siguientes, los guardianes se acercaron con frecuencia a mirarle y a asegurarse de que no intentaba abrir los cierres o desintegrar las rejas utilizando alguna extraña técnica. No le habían registrado y, en consecuencia, actuaban con cautela. Pero el extranjero roncaba, lejos del mundo, absolutamente ajeno a la alarma que había creado en todo aquel imperio espacial.
Aún seguía dormido cuando llegó Parmith con una carga de libros con ilustraciones. Parmith, viejo y miope, se sentó junto a la cama y esperó a que sus propios ojos se acostumbrasen al ambiente y se sorprendió considerando la comodidad de la alfombra. En ese momento decidió que debía ponerse a trabajar o echarse. Por fin, despertó al otro.
Miraron los libros. Ah es por ahmud que juega en la hierba. Ay es por aysid que se mantiene bajo cristal. Oom es por oomtuk que se encuentra en la luna. Uhm es por uhmlak, un payaso o bufón. Y así sucesivamente.
Parando sólo para comer, trabajaron todo el día e hicieron rápidos progresos. Parmith era un profesor de primera clase, el otro un excelente alumno capaz de aprender con notable rapidez y que no olvidaba nada. Al final de la primera larga sesión pudieron sostener una conversación breve y sencilla.
–Yo me llamo Parmith. ¿Cómo te llamas tú?
–Wayne Hillder.
–¿Dos nombres?
–Sí.
–¿Cómo se llama tu raza?
–Terrícolas.
–Nosotros somos vardos.
Cesó la charla por falta de vocabulario suficiente y Parmith se fue. Al cabo de nueve horas volvió acompañado de Gerka, un espécimen más joven especializado en recitar una y otra vez frases y palabras hasta que el oyente pudiese repetirlas a la perfección. Estuvieron trabajando durante otros cuatro días hasta última hora de la noche.
–No eres un prisionero.
–Lo sé –dijo Wayne Hillder, tranquilo y seguro.
Parmith le miró vacilante.
–¿Cómo lo sabes?
–No os atreveríais a hacerme prisionero.
–¿Por qué no?
–Porque no sabéis lo suficiente. En consecuencia buscáis un lenguaje común. Tenéis que aprender de mí... y deprisa.
Como esto era demasiado obvio para que pudiese contradecirle, Parmith lo aceptó y dijo:
–Yo calculaba que tardarías unos noventa días en dominar nuestro idioma. Pero al parecer con veinte será suficiente.
–No estaría aquí si mi raza no fuese lista –comentó Hillder.
Gerka parecía inquieto, Parmith desconcertado.
–Nosotros no hemos podido enseñar a ningún vardo –añadió por si acaso–. Aún no ha llegado ninguno hasta nosotros.
Parmith dijo precipitadamente:
–Debemos seguir con nuestra tarea, Hay una importante comisión esperando para entrevistarse contigo en cuanto puedas conversar con facilidad y claridad. Probaremos de nuevo con ese prefijo fth que parece que no captas bien. Aquí hay un trabalenguas que puedes practicar. Escucha a Gerka.
–Fthon deas fithleman fthangafth –recitó Gerka, castigando su labio inferior.
–Futhong deas...
–Fthon –corrigió Gerka–. Fthon deas fithleman fthangajth.
–Es mejor en una lengua civilizada. Tres tristes tigres. Futhong...
–¡Fthon! –insistió Gerka, moviendo la boca como una catapulta.
La comisión estaba sentada en un elegante salón en el que había hileras semicirculares de asientos dispuestas en diez series ascendentes. Había cuatrocientas personas presentes. El movimiento y los ademanes de los ayudantes y funcionarios menores que les servían mostraba que eran un grupo muy importante.
Lo era, desde luego. Aquellos cuatrocientos seres representaban el poder político y militar de un mundo que había creado un imperio espacial que abarcaba una veintena de sistemas solares y que controlaba el doble número de planetas. Hasta hacía poco habían sido los seres superiores, los que poseían más conocimientos y se creían los señores de la creación. Ahora tenían ciertas dudas al respecto. Debían resolver un grave problema, un problema que un historiador terrícola posterior describiría irreverentemente como «una cuestión pendiente».
Dejaron de hablar entre sí en cuanto llegó la pareja de soldados escoltando a Hillder, y le condujeron hasta un asiento que había frente a la hileras de asientos. Cuatrocientos pares de ojos examinaron al extranjero, curiosos unos, dudosos otros, desafiantes algunos, muchos con hostilidad manifiesta.
Hillder se sentó y les miró como se mira a las jaulas más olorosas del zoo. Es decir, con leve disgusto. Suavemente, se frotó la nariz con un dedo y olisqueó. Gesto despreciativo veintidós, utilizable en presencia de gran número de autoridades. Produjo efecto. Media docena de los personajes más belicosos le miraron coléricos.
Un anciano de velludo rostro se levantó ceñudo, y habló a Hillder como si recitase un discurso bien ensayado:
–Sólo una especie de alto nivel de inteligencia y de estructura lógica puede conquistar el espacio. Dado que es evidente que perteneces a una raza así, comprenderás nuestra posición. Tu sola presencia nos obliga a considerar las alternativas básicas de cooperación o competencia, de paz o de guerra.
–Nunca hay sólo dos alternativas –declaró Hillder–. Además del blanco y el negro, hay un millar de matices intermedios. Hay el sí y el no y un millar de peros, quizases y sin embargos Por ejemplo: vosotros podríais trasladaros más lejos de donde pudierais ser alcanzados.
Dado lo ordenado de su mente, no les satisfizo el que les enredasen el hilo de su lógica. Ni tampoco les gustaba el nudo resultante de la sugerencia final. El anciano frunció aún más el ceño y su voz se hizo más cortante.
–Debes considerar también tu propia posición. Eres uno entre innumerables millones. Por mucha que pueda ser la fuerza de tu raza, tú, personalmente, estás indefenso. En consecuencia, somos nosotros quienes podemos preguntar y tú quien debe responder. Si se invirtiesen nuestras respectivas posiciones, sería al contrario. Eso es lo lógico. ¿Estás dispuesto a contestar a nuestras preguntas?
–Estoy dispuesto.
A algunos les sorprendió su respuesta. Otros parecían resignados, dando por supuesto que el extranjero daría la información que considerase adecuado revelar y se reservaría el resto.
Sentándose de nuevo, el anciano hizo una seña al vardo de su izquierda, que se levantó y preguntó:
–¿Dónde está vuestro mundo base?
–No lo sé en este momento.
–¿No lo sabes? –su expresión indicaba que había esperado resistencia desde el principio–. ¿Cómo puedes volver a él sí no sabes dónde está?
–Cuando entro dentro del campo de sus emisiones de radio lo localizo, a través de ellas.
–¿No puedes localizarlo sólo con tus cartas espaciales?
–No.
–¿Por qué no?
–Porque –dijo Hillder– no está ligado a un primario. Vaga por el espacio.
El otro, con manifiesta incredulidad, dijo:
–¿Quieres decir que se trata de un planeta que se ha separado de un sistema solar?
–Ni mucho menos. Es una base de exploración. Sin duda sabréis lo que es.
–No lo sé –contestó el interrogador–. ¿De qué se trata?
–Es un mundo pequeño y compacto equipado con todos los servicios necesarios. Una esfera artificial que funciona como puesto fronterizo.
Hubo muchos gestos y murmullos entre el público que sopesaba las implicaciones de aquella noticia.
Ocultando sus pensamientos, el interrogador prosiguió:
–Lo defines como un puesto fronterizo. ¡Eso no nos indica dónde está localizado tu mundo natal!
–No me preguntaste por mi mundo natal. Me preguntaste por mi mundo base. Lo oí muy bien.
–¿Dónde está pues tu mundo natal?
–No puedo indicarlo sin un mapa. ¿Tenéis cartas de regiones desconocidas?
–Sí –dijo el interrogador, sonriendo como un tigre satisfecho; con un gesto teatral las sacó y las desenrolló–. Las cogimos de tu nave.
–Es un detalle –dijo Hillder, desagradablemente complacido; abandonó su asiento y señaló con el dedo a la parte superior del mapa y dijo–: ¡Ahí! ¡Esa es la vieja Tierra! –luego volvió a su sitio y se sentó.
El vardo observó el punto designado, miró a sus compañeros como si se dispusiese a hacer un comentario, pero cambió de idea y no dijo nada. Sacó una pluma, hizo una señal en el mapa, y lo enrolló con los demás.
–¿Ese mundo al que llamas Tierra es el centro y el origen de vuestro imperio?
–Sí.
–¿El planeta originario de vuestra especie?
–Sí.
–Ya –luego continuó, con firmeza–: ¿Cuántos miembros de vuestra especie hay?
–Nadie lo sabe.
–¿No tenéis constancia de vuestro número?
–La tuvimos en otros tiempos. Pero ahora estamos demasiado esparcidos –Hillder caviló un momento y luego añadió explicativamente–: Puedo deciros que hay cuatro mil millones de seres de nuestra especie esparcidos por tres planetas de nuestro propio sistema solar. Aparte de eso, todo son conjeturas. Puede dividírsenos entre los que están asentados y los que no, y a estos últimos es imposible contabilizarlos. Además no lo permitirían porque luego podrían pretender que pagasen impuestos. Considerad el total como de más de cuatro mi! millones.
–Eso no nos dice nada –objetó el otro–. No podemos saber cuanto más de cuatro mil millones.
–Tampoco nosotros –dijo Hillder, visiblemente aterrado ante la idea–. A veces nos asusta. –Miró hacia el público–. Si nadie se ha asustado nunca por un «más» ahora es el momento.
Frunciendo el ceño, el interrogador intentó enfocar la cuestión de otro modo.
–Dices que estáis esparcidos. ¿Por cuántos mundos?
–Setecientos catorce según el último informe. Pero está ya anticuado. Todo informe está de ocho a diez planetas por detrás del momento.
–¿Y tenéis control sobre ese inmenso número?
–¿Quién tiene verdadero control de un planeta? Ni siquiera hemos explorado el centro del nuestro y dudo que lo hagamos algún día –se encogió de hombros, concluyentemente–. No, simplemente los recorremos y los exploramos. Igual que vosotros.
–¿Quieres decir que los explotáis?
–Puedes decirlo de ese modo si te complace más.
–¿No habéis encontrado ninguna vez oposición?
–Muy débil, amigo, muy débil –dijo Hillder.
–¿Qué hicisteis en esos casos?
–Eso dependía de las circunstancias, A unos los ignorábamos, a otros los apartábamos y a otros los conducíamos hacia la luz.
–¿Qué luz? –preguntó el otro, desconcertado.
–A la de ver las cosas a nuestro modo.
Esto fue demasiado para un panzudo espécimen de la tercera fila. Poniéndose de pie dijo con tono acre:
–¿Esperas que nosotros veamos las cosas a vuestro modo?
–No inmediatamente –dijo Hillder.
–Quizás nos consideres incapaces de...
El anciano que había hablado primero se levantó y exclamó:
–Debemos realizar este interrogatorio ajustándonos a la lógica. Eso significa que debe plantearse una pregunta cada vez y debe haber un interrogador cada vez –hizo un gesto autoritario indicando al vardo de los mapas–. Continúa, Thormin.
Thormin continuó durante dos largas horas. Al parecer, era un especialista en astronomía, pues todas sus preguntas se relacionaban más o menos con esta materia. Quería datos de distancias, velocidades, clasificaciones solares, condiciones planetarias y un montón de asuntos similares. Hillder contestó solícitamente todo lo que pudo, y manifestó su ignorancia del resto.
Luego Thormin se sentó y se concentró en sus notas como absorto en una verdad fundamental. Le sucedió un individuo de acerados ojos, llamado Grasud, que durante la última media hora había estado agitándose impaciente.
–¿Es tu nave el modelo más reciente de su tipo?
–No.
–¿Hay modelos mejores?
–Sí –convino Hillder.
–¿Mucho mejores?
–No podría decirlo, aún no me han destinado a uno de los nuevos modelos.
–Resulta extraño –dijo incisivamente Grasud–, que nos descubra una nave anticuada y que no hayan conseguido hacerlo los modelos más recientes.
–En modo alguno. Fue pura suerte. Dio la casualidad de que seguí esta ruta. Otros exploradores, en naves viejas o nuevas, siguen otras rutas. ¿Cuántas direcciones hay en el espacio profundo? ¿Cuántos radios pueden trazarse en una esfera?
–No soy matemático y...
–Si fueses matemático –interrumpió Hillder– sabrías que el número es de 2º –miró al público y añadió con tono profesoral–: El factor dos viene determinado por el hecho demostrable de que un radio es la mitad de un diámetro y 2° se define como el número más pequeño que le hace a uno vacilar.
Grasud vaciló al intentar comprenderlo, desistió y dijo:
–En consecuencia, el número total de vuestras naves exploradoras es de igual magnitud, ¿verdad?
–No. No tenemos que explorar en todas las direcciones. Sólo es necesario que nos dirijamos a las estrellas visibles.
–Bien, pero ¿no hay estrellas en todas las direcciones?
–Si se prescinde de la distancia, sí. Pero no se puede prescindir de la distancia. Lo lógico es dirigirse a los sistemas solares más próximos aún no explorados reduciendo así a un número razonable las repeticiones innecesarias.
–Estás eludiendo el problema –dijo Grasud–. ¿Cuántas naves del tipo de la tuya están actualmente en servicio?
–Veinte.
–¿Veinte? –parecía sorprendido del escaso número–. ¿Nada más?
–Es suficiente, ¿no? ¿Cuánto tiempo crees que mantenemos modelos anticuados en servicio?
–No te pregunto cuántas naves anticuadas. Lo que quiero saber es cuántas naves de exploración de todo tipo están actualmente en servicio.
–En realidad no lo sé. Dudo que lo sepa alguien. Además de las flotas de la Tierra, algunas de las colonias más avanzadas organizan expediciones por su cuenta. Por otra parte, un par de formas de vida aliadas han aprendido cosas de nosotros, les hemos contagiado la fiebre y han empezado también a investigar. No podemos hacer un censo completo de las naves, lo mismo que no podemos hacerlo de la gente.
Grasud aceptó esto sin discutir y continuó:
–Tu nave no es grande según nuestras medidas. Debéis tener sin duda otras de mayor tamaño –se inclinó hacia adelante, mirando fijamente al terrícola–. ¿Cuál es el tamaño relativo de vuestra nave mayor?
–La mayor que vi fue el acorazado Lance. Era unas cuarenta veces mayor que mi nave.
–¿Cuánta tripulación lleva?
–Tenía una tripulación de seiscientos miembros, pero en caso necesario puede transportar tres veces más.
–¿Así que conoces por lo menos una nave con capacidad para unas dos mil personas en caso de emergencia?
–Sí.
Crecieron los murmullos y la agitación entre el público. Sin hacer caso, Grasud continuó con el aire de quien está decidido a saber lo peor.
–¿Tenéis otros acorazados de igual tamaño?
–Sí.
–¿Cuántos?
–No lo sé. Si lo supiera os lo diría. Lo siento.
–¿Puede haber naves aun mayores?
–Es posible –admitió Hillder–. Si existen yo no he visto ninguna. Pero eso no significa nada. Uno puede pasar por la vida sin verlo todo. Si calculamos el número de cosas visibles que existen y deducimos el número de las ya vistas, las restantes representan el número de las que quedan por ver. Y si las estudias al ritmo de una por segundo, necesitarías...
–No me interesa ese asunto –interrumpió Grasud, negándose a dejarse enredar en los argumentos del alienígena.
–Pues debería interesarte –dijo Hillder–. Porque infinito menos innumerables millones es igual a infinito. Lo que significa que puedes tomar una parte del todo y aún así dejar el todo intacto. Puedes comerte el pastel y conservarlo. ¿No es cierto?
Grasud se dejó caer en su asiento y dijo lúgubremente, dirigiéndose al anciano:
–Busco información, no un ataque directo a la lógica. Su charla me confunde. Que le interrogue ahora Shahding.
Shahding se levantó y abordó el tema de las armas, su diseño, funcionamiento, alcance y eficacia. Se mantuvo fiel a esta línea única de investigación y evitó toda tentación de desvío. Sus preguntas fueron astutas y penetrantes. Hillder contestó a todas las que pudo, libremente, sin vacilación.
–Así pues –comentó Shahding hacia el final–, parece ser que vosotros confiáis en campos de fuerza, ciertos rayos que paralizan el sistema nervioso, técnicas bacteriológicas, exhibiciones de número y de fuerza y una buena dosis de persuasión. Vuestra ciencia de la balística no puede estar muy avanzada después de tal dejadez.
–Nunca pudo avanzar –dijo Hillder–. Por eso la abandonamos. Dejamos de jugar con arcos y flechas por la misma razón. Ningún impulso inicial puede superar a un impulso prolongado y constante. Se puede llegar hasta un punto pero no más allá –luego añadió corno una especie de comentario–: De todos modos, puede demostrarse que ningún proyectil puede alcanzar a un hombre corriendo.
–¡Qué disparate! –exclamó Shahding, que había recibido en carne propia un par de proyectiles.
–Cuando el proyectil ha llegado al punto de partida del hombre, el hombre ha retrocedido ya –dijo Hillder–. El proyectil tiene que cubrir entonces esta distancia pero se encuentra con que el hombre ha retrocedido más. Cubre esta distancia también pero cuando lo hace el hombre ya no está allí. Y así sucesivamente.
–La distancia va reduciéndose progresivamente hasta que por fin deja de existir –dijo burlonamente Shahding.
–Cada avance sucesivo ocupa una longitud finita de tiempo, por muy pequeña que sea –indicó Hillder–. Es imposible dividir y subdividir una fracción hasta llegar a cero. La serie es infinita. Una serie infinita de períodos temporales finitos es igual a un tiempo infinito. Compruébalo tú mismo. El proyectil no hiere al hombre porque no puede alcanzarle. La reacción mostró que el público nunca se había enfrentado a aquel argumento ni urdido nada parecido por su cuenta. Ninguno era tan estúpido como para aceptarlo como una argumentación seria. Todos eran lo bastante inteligentes para reconocerlo como una negativa lógica o pseudológica de algo evidente por sí mismo y demostrablemente cierto.
De todos modos, empezaron a intentar descubrir el fallo del razonamiento del alienígena, discutiendo entre sí tan estruendosamente que Shahding tuvo que guardar silencio esperando que se callaran. Se quedó allí inmóvil como un maniquí mientras el estruendo iba en aumento. Un grupo del primer semicírculo se levantó y empezó a trazar dibujos en el suelo mientras discutían a gritos y con gran acaloramiento. Un par de vardos de las filas posteriores parecían a punto de liarse a puñetazos.
Por último, el anciano, Shahding y otros dos gritaron al unísono:
–¡Calma!
La comisión investigadora se tranquilizó a regañadientes y, aún murmurando y gesticulando y mostrándose bocetos en trozos de papel, volvieron a sus puestos. Shahding miró colérico a Hillder y abrió la boca dispuesto a continuar.
Adelantándosele, Hillder dijo despreocupadamente:
–Parece estúpido, ¿verdad? Pero cualquier cosa es posible, cualquier cosa. Un hombre puede casarse con la hermana de su viuda.
–Imposible –declaró Shahding, que era capaz de desechar esto sin cálculos abstrusos–. Tiene que estar muerto para que su mujer obtenga la condición de viuda.
–Un hombre se casó con una mujer; ella murió. Y entonces él se casó con su hermana. Luego murió él. ¿No era su primera esposa la hermana de su viuda?
–No estoy aquí –gritó Shahding– para ser engañado por los tortuosos juegos de una mente alienígena –se sentó enfurecido, guardó silencio unos instantes y luego dijo a sus vecinos–: Está bien, Kadina, te lo dejo. Suerte.
Seguro y confiado, Kadina se levantó, y miró despectivamente a su alrededor. Era alto para ser vardo, vestía un elegante uniforme con charreteras rojas y mangas con bandas rojas. Por primera vez desde hacía un rato hubo silencio. Satisfecho por el efecto que había producido, miró a Hillder y le habló con el torio más profundo y firme que éste había oído hasta entonces.
–Aparte de los acertijos con que te has dedicado a desconcertar a mis compatriotas –empezó untuosamente–, has dado respuestas sinceras y claras a nuestras preguntas. Nos has proporcionado mucha información que es de gran utilidad desde el punto de vista militar.
–Me alegra que supieses apreciarla –dijo Hillder.
–La apreciamos. Y mucho –Kadina esbozó una torcida sonrisa que parecía un siniestro presagio–. Sin embargo, hay una cosa que es necesario aclarar. –¿De qué se trata? –Si se invirtiese la situación actual, si un explorador vardo solitario se viese sometido a un interrogatorio intensivo por parte de una asamblea de compatriotas tuyos, y si facilitase información tan solícitamente como tu has hecho... –dejó morir la frase mientras sus ojos se endurecían y luego gruñó–: Le consideraríamos un traidor a su raza. Y le condenaríamos a muerte.
–Pues es una suerte que yo no sea un vardo –dijo Hillder.
–No te felicites prematuramente –contestó Kadina–. Una sentencia de muerte carece de sentido sólo para los que están condenados ya a muerte.
–¿Qué quieres decir?
–Me pregunto si no serás un criminal que busca refugio entre nosotros. Puede haber alguna otra razón. Sea la que sea, parece que no vacilas en traicionar a tu raza –esbozó de nuevo la misma sonrisa–. Sería curioso descubrir por qué te has mostrado tan dispuesto a cooperar.
–Eso es fácil de explicar –dijo Hillder, sonriendo de un modo que a Kadina no le gustó nada–. Soy un mentiroso coherente.
Con esto, dejó su asiento y se dirigió decididamente hacia la puerta. Los guardias le condujeron a su celda.
Estuvo allí tres días, haciendo comidas regulares y disfrutándolas con irritante satisfacción, entreteniéndose en anotar cifras en su pequeño libro de bolsillo, tan feliz como el legendario explorador espacial Larry. Transcurridos los tres días, un caviloso vardo fue a visitarle.
–Soy Bulak. Quizás me recuerdes. Estaba sentado al final de la segunda fila cuando compareciste ante la comisión.
–Había allí cuatrocientas personas –recordó Hillder–. No puedo acordarme de todos. Sólo de los que sufrieron –empujó hacia él una silla–. Pero no te preocupes. Siéntate y pon los pies encima de la mesa... si es que hay pies dentro de esas extrañas botas. ¿Qué puedo hacer por ti?
–No sé.
–Pero habrás venido por alguna razón, ¿no es así?
Bulak le miró lúgubremente.
–Soy un refugiado que huye de la niebla –dijo.
–¿Qué niebla?
–La que tú derramaste sobre nosotros –se frotó su velluda oreja, examinó sus dedos, miró a la pared–. El principal objetivo de la comisión era determinar el nivel relativo de inteligencia, aclarar la cuestión primaria de si tu especie es más inteligente, menos o igual de inteligente que. la nuestra. De esto y sólo de esto depende nuestra reacción al contacto con otros conquistadores del espacio.
–Hice todo lo posible por ayudar, ¿no es cierto?
–¿Ayudar? –repitió Bulak, como si fuese una palabra nueva y extraña–. ¿Ayudar? ¿Eso crees? La auténtica prueba debería ser la de si vuestra lógica ha ido más allá que la nuestra, si vuestras premisas han dado como consecuencia conclusiones más avanzadas.
–¿Sí?
–Al final pisoteaste todas las leyes de la lógica. Un proyectil no puede matar a nadie. Han pasado tres días y cincuenta aún siguen discutiendo sobre eso y esta mañana uno demostró que una persona no puede subir por una escalerilla. Los amigos se han peleado, los parientes empiezan a odiarse. Y los trescientos cincuenta restantes no están mucho mejor.
–¿Pero qué les pasa? –preguntó interesado Hillder.
–Discuten de la veracidad de todo –informó Bulak, como si se viese obligado a mencionar un tema obsceno–. Tú eres un mentiroso coherente. En consecuencia la propia afirmación debe ser una mentira. Y por lo tanto no eres un mentiroso coherente. La conclusión es que sólo puedes ser un mentiroso coherente si no eres un mentiroso coherente. Pero no puedes ser un mentiroso coherente sin ser coherente.
–Es mala cosa –dijo comprensivo Hillder.
–Pésima –concedió Bulak–. Porque si tú eres de veras un mentiroso coherente, lo que constituye una autocontradicción lógica, de nada valen todos tus datos y pruebas. Si nos has dicho la verdad en todas tus declaraciones, tu afirmación final de que eres un mentiroso tiene que ser cierta también. Pero si eres un mentiroso coherente nada de todo eso puede ser verdad.
–Haz una inspiración profunda –aconsejó Hillder.
–Pero –continuó Bulak, inspirando vigorosamente– puesto que la afirmación final debe ser falsa, todo el resto debe ser cierto –con un destello de locura asomando a sus ojos, empezó a gesticular con los brazos–. Pero la pretensión de coherencia hace imposible valorar cualquier afirmación como cierta o falsa porque el análisis se enfrenta con una contradicción irresoluble que...
–Vamos, vamos –dijo Hillder, dándole unas palmadas en el hombro–. Es muy natural que los inferiores se sientan confundidos por los superiores. El problema estriba en que no habéis progresado lo suficiente. Vuestro pensamiento es todavía algo primitivo. –Vaciló, y luego añadió con el tono de quien hace una suposición audaz–: En realidad no me sorprendería que aún pensaseis lógicamente.
–¡En nombre del Gran Sol! –exclamó Bulak–. ¿De qué otro modo podemos pensar?
–Pues como nosotros –dijo Hillder–. Cuando estéis mentalmente desarrollados –se puso a pasear por la celda en silencio y luego añadió como remate de lo anterior–: En este momento no podríais, por ejemplo, resolver el problema de por qué un ratón cuando gira.
–¿Por qué un ratón cuando gira? –repitió Bulak, con la boca abierta.
–O veamos otro más fácil, un problema que cualquier niño terrícola podría resolver.
–¿Cuál?
–Por definición una isla es una masa de tierra totalmente rodeada de agua ¿no?
–Sí, de eso no hay duda.
–Supongamos entonces que todo el hemisferio norte de este planeta fuese tierra y todo el hemisferio sur agua. ¿Sería la mitad norte una isla? ¿Sería la mitad sur un lago?
Bulak dedicó cinco minutos a desentrañar este problema. Luego trazó un círculo en una hoja de papel, lo dividió, sombreó la mitad superior y observó el resultado. Por fin se metió el papel en el bolsillo y se levantó.
–Algunos te cortarían el cuello con gran satisfacción si no fuese porque los de tu raza pueden tener una idea de donde te encuentras y luego podrían tomar represalias. Otros te enviarían con mucho gusto otra vez con los tuyos, pero no quieren correr el riesgo de ceder ante seres inferiores.
–Pues tarde o temprano tendrán que tomar una decisión –comentó Hillder, negándose a mostrarse preocupado por el posible giro de los acontecimientos.
–Por otra parte –continuó mórbidamente Bulak–, hemos examinado tu nave que puede ser vieja o nueva si tu nos has mentido o no. Lo examinamos todo salvo los motores y los controles remotos, todo salvo las cosas de importancia. Para determinar si son superiores a las nuestras tendríamos que haber desmontado la nave, destrozándola y haciéndote prisionero.
–¿Bueno, y que os lo impide?
–El hecho de que podrías ser un cebo. Si tu raza tiene un gran poder y busca un conflicto, necesitará un pretexto. Si te hiciésemos prisionero sería un pretexto magnífico. Sería la chispa que hiciese estallar el barril de pólvora –hizo un gesto de desesperación–. ¿Qué puede hacer uno trabajando completamente a obscuras?
–Pues intentar aclarar, por ejemplo, la cuestión de si una hoja verde sigue siendo una hoja verde cuando hay una ausencia completa de luz.
–Basta ya –declaró Bulak, dirigiéndose hacia la puerta–. Tengo ya bastante. ¿Una isla o un lago? ¡Qué más da! Voy a ver a Mondafa.
Y con esto se fue, sin dejar de mover los dedos y de gesticular. Un par de guardianes atisbaron por las rejas con la inquietud de los encargados de vigilar a un maníaco peligroso.
Mondafa apareció al día siguiente a media tarde. Era un espécimen delgado, viejo y un tanto mustio, con ojos incongruentemente juveniles. Tras aceptar la silla que le ofreció Hillder, contempló a este y habló con deliberada suavidad.
–Por lo que he oído, por todo lo que me han dicho, deduzco una regla básica aplicable a las formas de vida consideradas inteligentes.
–¿Lo deduces?
–No puedo evitarlo. No hay elección. Todas las formas de vida que hemos descubierto hasta ahora no eran verdaderamente inteligentes. Algunas lo eran de forma superficial, pero no de forma completa. Es evidente que vosotros habéis tenido experiencias por las que nosotros quizás pasemos tarde o temprano, pero a las que aún no hemos llegado. En este aspecto quizás hayamos sido afortunados, en vista de que los resultados de este contacto son sumamente inciertos. No hay modo de determinarlo.
–¿Y qué regla es ésa?
–Que el grupo dirigente de cualquier forma de vida como la nuestra ha de estar compuesto por individuos amantes del poder y no por especialistas.
–Bien, ¿y no es así?
–Por desgracia así es. El gobierno cae en manos de los que estiman por encima de todo la autoridad y elude a los que tienen otros intereses –hizo una pausa y luego continuó–: No quiere decir esto que los que nos gobiernan sean estúpidos. Son muy listos en su propio campo particular de la organización de masas. Pero al mismo tiempo son patéticamente ignorantes en otros campos. Sabiendo esto, tu táctica es aprovecharte de su ignorancia. La debilidad del poder es que no puede disminuirse y retener al mismo tiempo su fuerza. Aprovecharse de la ignorancia es amortiguar la fuerza de la voz de mando.
–¡Vaya! –Hillder le contempló con creciente respeto–. Eres el primero que encuentro capaz de ver más allá de sus propias narices.
–Gracias –dijo Mordafa–. Ahora bien, el hecho mismo de que te hayas arriesgado a aterrizar solo aquí, y que luego hayas confundido a nuestros dirigentes, demuestra que tu raza ha elaborado una técnica para un cuerpo de condiciones dadas y, con toda probabilidad, una serie de técnicas para diversas situaciones.
–Continúa –le urgió Hillder.
–Estas técnicas deben derivarse de la práctica más que de la teoría –continuó Mordafa–. Dicho de otro modo, son consecuencia de numerosas experiencias, de la corrección de numerosos errores, de la búsqueda de vías eficaces, del esfuerzo por obtener máximos resultados de una inversión mínima –contempló al otro–. ¿Me equivoco?
–Lo haces muy bien.
–Hemos logrado asentarnos en cuarenta y dos planetas hasta el momento sin tener que luchar en ningún caso mas que con formas de vida primitivas. Quizá encontremos enemigos dignos de nuestras tuerzas en el planeta cuarenta y tres cuando lo descubramos, ¡quién sabe! Supongamos, para seguir la argumentación, que existe vida inteligente en uno de cada cuarenta y tres planetas habitables.
–¿Adonde nos lleva esto a nosotros? –instó Hillder.
–Lo más probable –dijo pensativo Mordafa– es que para elaborar técnicas adecuadas para tratar con formas de vida inteligentes tuvieseis que establecer contacto por lo menos con seis de estas formas de vida. En consecuencia, vuestra raza debe haber descubierto y explorada un mínimo de doscientos cincuenta mundos. Esto es un cálculo mínimo. Quizás la cifra correcta sea la que tú diste.
–Y yo no sea un mentiroso coherente... –dijo Hillder, sonriendo.
–Eso no vendría al caso si nuestros dirigentes tuviesen la suficiente cordura para verlo. Quizá hayas distorsionado o exagerado los hechos con fines propios. En ese caso, nada podemos hacer. El hecho primario es innegable: vuestras aventuras por el espacio abarcan un territorio mucho mayor que el nuestro. En consecuencia, debéis ser más viejos, más avanzados y numéricamente más fuertes.
–Eso es bastante lógico –admitió Hillder, ensanchando su sonrisa.
–No intentes hacerme a mí lo mismo –pidió Mondafa–. Si me engañas con una falsedad intrigante no descansaré hasta ponerla al descubierto. Y eso no será positivo ni para ti ni para mí.
–Vaya, así que te propones ayudarme...
–Alguien tiene que tomar una decisión en vista de que el alto mando ya no es capaz de hacerlo. Voy a sugerirles que te pongan en libertad y que te despidan amablemente y declaren propósito de amistad con los tuyos.
–¿Y crees que te harán caso?
–Sabes perfectamente que sí. Contabas con ello desde el principio –Mondafa le miró astutamente–. Aceptarán el consejo enseguida para restaurar su autoestima. Si la solución es positiva, se llevarán todos los honores. Si no lo es, me echarán la culpa a mí.
Caviló unos cuantos segundos y luego preguntó con sincera curiosidad:
–¿Sucedió lo mismo en otros sitios, con otras gentes?
–Exactamente igual –aseguró Hillder–. Y siempre hay un Mondafa que resuelve el problema del mismo modo. El poder y el chivo expiatorio van siempre juntos, como marido y mujer.
–Me gustaría llegar a conocer a mis colegas alienígenas –dijo Mondafa, levantándose y dirigiéndose hacia la puerta–. Si no hubiese venido yo, ¿cuánto habrías esperado a que tu fórmula psicológica surtiese efecto?
–Hasta que apareciese otro de tu tipo. Si no llegase por su cuenta, los representantes del poder perderían la paciencia y lo arrastrarían hasta aquí obligatoriamente. Extraerían de su propio género el elemento catalítico necesario. La autoridad vive a costa de devorar sus propios elementos vitales.
–Eso es expresarlo paradójicamente –comentó Mondafa, con un tono de leve reproche. Dicho esto, se fue.
Hillder se acercó a la puerta y miró a través de los barrotes de la parte superior. La pareja de guardianes, apoyados en la pared opuesta, le miraban. Con amistosa satisfacción, les dijo:
–Ningún gato tiene ocho rabos. Todo gato tiene un rabo más que ningún gato. En consecuencia todo gato tiene nueve rabos.
Los guardianes abrieron mucho los ojos y luego fruncieron el ceño.
Una impresionante delegación le acompañó hasta la nave. Figuraban en ella todos los cuatrocientos; una cuarta parte de ellos, aproximadamente, lucían resplandecientes uniformes y el resto llevaban sus trajes más elegantes. La guardia armada hacía juegos con sus armas, siguiendo las órdenes de sus oficiales. Kadina pronunció un untuoso discurso lleno de manifestaciones de amor y hermandad y de alabanzas a las glorias que el futuro prometía. Alguien le obsequió con un ramo de hierbas de espantoso olor y Hillder tomó mentalmente nota de la diferencia entre los sentidos olfativos de ambas razas.
Por fin subió la escalerilla y una vez en la nave miró hacia abajo. Kadina agitaba su mano en un oficioso gesto de despedida. La multitud lanzó un «¡Hurra!» a un ritmo dirigido. Hillder se sonó con su pañuelo, lo que constituía el gesto despreciativo número nueve, cerró la compuerta y se sentó ante el cuadro de control.
Las toberas dejaron escapar un sordo rugido. Una nube de vapor se levantó y salpicó de barro a la multitud. Fue algo involuntario, que no estaba apuntando en el libro. Una lástima, pensó. Todo debería estar anotado. Deberíamos ser sistemáticos en estas cuestiones. La ducha de polvo y barro debería incluirse oficialmente en los elementos de las despedidas de los astronautas.
La nave se lanzó hacia el cielo, dejando atrás el planeta de los vardos. Continuó vigilando los controles hasta salir del campo gravitatorio del sistema. Luego, apuntó la nave hacia la zona de faros espaciales y conectó el piloto automático.
Durante un rato contempló meditabundo la obscuridad salpicada de estrellas. Luego suspiró, y tomó notas en su diario de a bordo.
«Cubo K49, Sector 10, grado solar D7, tercer planeta. Nombre Vardo. Forma de vida llamada vardo, nivel de inteligencia cósmica BB, tecnología espacial, cuarenta y dos colonias. Comentario: ablandados».
Contempló su pequeña biblioteca fijada a un mamparo de acero. Faltaban dos tomos. Se habían llevado los dos que estaban llenos de gráficos e ilustraciones. Habían dejado el resto, al no tener ninguna Piedra de Roseta con la que poder traducirlos. No habían tocado el volumen más próximo titulado: Diabológica, la ciencia que enseña a volver loca a la gente.
Suspirando de nuevo, sacó papel de un cajón, e inició por centésima, duocentésima o quizás tricentésima vez su tarea de dar con un número Aleph superior a A pero inferior a C. Se revolvió el pelo hasta erizárselo en púas y, aunque no lo sabía, no tenía el aspecto de estar totalmente cuerdo.
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