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eric frank russell

me introduciré en tu casa (es)

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Morfad se sentó en la cabina central de la nave y miró apesadumbrado hacia el mamparo. La presente situación tenía las frustrantes cualidades de una gigantesca trampa de ratas. Uno podía escapar solamente con la ayuda combinada de todas las otras ratas.
Pero las otras ratas parecían no querer mover un solo dedo por sí mismas. Estaba seguro de eso. ¿Cómo se persuade a la gente a tratar de escapar de un problema cuando no les puedes convencer de que lo tienen, colgando sobre sus cuellos?
Una rata corre en las proximidades de una trampa sólo porque está desagradablemente consciente de su existencia. En el tiempo en que permanece beatíficamente ignorante del hecho, no hace nada. En este mundo, una horda de inteligencias extrañas no han hecho nada a través de toda su historia. Cincuenta altairianos escépticos no eran, aparentemente, capaces de ponerse de pie donde tres mil millones de terráqueos habían fallado.
Todavía estaba allí sentado cuando Haraka entró y anunció:
–Nos vamos al atardecer.
Morfad no dijo nada.
–Me entristecerá partir –agregó Haraka; era el capitán de la nave, un tipo grande y corpulento de altairiano. Frotándose los dedos, prosiguió–: Hemos tenido suerte al descubrir este planeta, muchísima suerte. Nos hemos convertido en hermanos de sangre de una forma de vida de igual nivel de inteligencia que la nuestra, amante de navegar el espacio, amistosa y cooperativa.
Morfad no dijo nada.
–Su recepción fue muy cordial –continuó Haraka entusiasmado–. Nuestra gente se sentirá animada cuando escuche nuestro informe. Un gran futuro se extiende por delante, sin duda. La coalición Terra-Altair será invencible. Entre los dos mundos podremos explorar y explotar la galaxia entera.
Morfad no dijo nada.
Calmándose un poco, Haraka lo miró con el ceño fruncido.
–¿Qué pasa contigo, Morfad?
–No estoy rebosante de alegría.
–Ya puedo verlo. Tu cara parece la de un anciano y amargado pájaro sobre un viejo y marchito arbusto. Y en este tiempo de triunfos, además. ¿Estás enfermo?
–No –mientras se daba vuelta, Morfad le miraba fijo en los ojos–. ¿Crees en facultades psiónicas?
Haraka reaccionó como si alguien le hubiese tomado del pie.
–Bueno, no lo sé. Soy capitán, un navegante ingeniero bien entrenado, y no creo ser un experto en habilidades extraordinarias. Me preguntas algo que no estoy calificado para responder. ¿Qué pasa contigo? ¿Crees en ellas?
–Ahora... sí.
–¿Ahora? ¿Por qué ahora?
–La fe ha sido colocada dentro de mí –Morfad dudó y siguió con un toque de desesperación–. He descubierto que soy telépata.
Contemplándole con una incredulidad ligera, Haraka dijo:
–¿Lo has descubierto? ¿Quieres decir que te vino recientemente?
–Sí.
–¿Desde cuándo?
–Desde que llegamos a Terra.
–No entiendo nada de esto –confesó Haraka, desconcertado–. ¿Afirmas que alguna peculiaridad en las condiciones de Terra te ha posibilitado leer mis pensamientos?
–No, no puedo leer tus pensamientos.
–Pero acabas de decir que te has convertido en telépata.
–Así es. Puedo escuchar pensamientos tan claro como si las palabras fueran gritadas. Pero no los tuyos, ni de ningún miembro de la tripulación.
Haraka retrocedió intentando resumir:
–Ah, ¿entonces estuviste escuchando pensamientos terráqueos? ¿Y lo que escuchaste te ha molestado? Morfad, soy tu capitán, tu comandante. Es tu deber decirme cualquier cosa sospechosa acerca de estos terráqueos –esperó un poco, y lo apresuró–: ¡Vamos, habla ya!
–No sé más acerca de estos humanoides que tú –dijo Morfad–. Tengo todas las razones para creer que son genuinamente amigables, pero no sé qué piensan.
–¡Pero, hombre, por las estrellas...!
–Estamos hablando de cosas diferentes –interrumpió Morfad–. Lo que yo escucho o no de los terráqueos depende de lo que terráqueo signifique.
–Mira –dijo Haraka–, ¿los pensamientos de quién escuchas?
Encogiéndose, Morfad dijo en voz baja:
–De perros terráqueos.
–¿Perros? –Haraka se retiró y le miró fijo–. ¿Perros? ¿Lo dices en serio?
–Nunca hablé más en serio. Puedo escuchar a los perros, a nadie más. No me preguntes la razón porque no la sé. Es una circunstancia insólita.
–¿Y has escuchado sus mentes desde que llegamos a Terra?
–Sí.
–¿Qué clase de cosas escuchaste?
–He recogido perlas de sabiduría extraña –declaró Morfad–, y cuanto más escuchaba más temor me ha producido.
–Asústame con algunos ejemplos –invitó Haraka, escondiendo una sonrisa.
–Cito: la prueba suprema de inteligencia es la habilidad de vivir como a uno le gusta sin tener que trabajar –recitó Morfad–. Cito: el arte de la retribución es disimularla más allá de toda sospecha. Cito: el arma más aguda, más sutil y más efectiva en el cosmos es la adulación.
–¿Huh?
–Cito: si una cosa puede pensar, le gusta pensar que es Dios; trátala como Dios y será tu esclavo complaciente.
–¡Oh, no! –dijo Haraka.
–Oh, sí –insistió Morfad; movió su mano señalando el puerto próximo–. Allí afuera hay tres mil millones de dioses insignificantes. Les resoplan ansiosos, les lisonjean y les miran con ojos de veneración. Los dioses son generosos con quienes les aman –hizo un sonido con la lengua para dar énfasis a lo que siguió–: los amantes lo saben, y el amor viene fácil.
–Creo que estás loco –dijo Haraka inquieto.
–Cito: para regir con éxito, los regidos deben ser inconscientes de ello –y otra vez el ruido con la lengua–: ¿Es eso loco? No lo creo. Tiene sentido. Funciona. Está funcionando allí afuera en este momento.
–Pero...
–Mira esto –puso un pequeño objeto sobre las rodillas de Haraka–. ¿Lo reconoces?
–Sí, es lo que ellos llaman “galleta”.
–Correcto. Para hacerlo algunos terráqueos araron campos en todos los climas, lluvia, viento y Sol, sembraron trigo, lo cosecharon con maquinaria que otros terráqueos trabajaron para construir. Transportaron el trigo, lo almacenaron, lo molieron, enriquecieron la harina por varios procesos, la hornearon, la empaquetaron y la enviaron por todo el mundo. Cuando los humanoides de Terra quieren galletas debieran computar las horas-hombre que costaron.
–¿Entonces?
–Cuando un perro quiere una, se sienta, sacude sus patas delanteras y admira a su dios. Eso es todo. Sólo eso.
–Pero, maldita sea, hombre, los perros son relativamente estúpidos.
–Eso parecen –dijo Morfad secamente.
–No pueden hacer nada efectivo.
–No tienen manos. Y no las necesitan... tienen cerebro.
–Ahora mira –declamó Haraka abiertamente irritado–, nosotros, los altairianos, inventamos y construimos naves capaces de navegar en los espacios entre las estrellas. Los terráqueos han hecho lo mismo. Los perros de Terra no lo han hecho y no lo harán en el próximo millón de años. Cuando un perro tenga el cerebro y la habilidad de llegar a otro planeta, me como mi gorra.
–Puedes hacerlo ahora mismo –sugirió Morfad–. Tenemos dos perros a bordo.
Haraka dejó escapar un gruñido desdeñoso.
–Los de Terra nos los dieron como recuerdo.
–¿Estás seguro de que ellos nos los dieron? Pero, ¿de quién fue la idea?
–Fue un gesto completamente espontáneo.
–¿Lo fue?
–¿Estás sugiriendo que los perros les pusieron esa idea en la cabeza? –preguntó Haraka.
–Yo sé que fueron ellos –respondió Morfad, sombrío–. Y no nos dieron dos machos o dos hembras. Oh, no señor, claro que no. Un macho y una hembra. Y dijeron que podíamos criarlos. Así, a su debido tiempo, nuestro propio mundo se iluminará con el amor inmortal del mejor amigo del hombre.
–¡Tonterías! –dijo Haraka.
–Estás obsesionado con la antigua y desactualizada idea de que la conquista debe estar acompañada de agresión. ¿Puedes comprender que especies completamente extrañas utilizan métodos completamente extraños? Los perros emplean sus propias tácticas, no las nuestras. No está dentro de su naturaleza ni habilidades invadirnos con la ayuda de naves, armas y gran alboroto. Está dentro de su naturaleza y habilidades deslizarse entre nosotros, con sus ojos brillantes de heroica veneración. Si no tenemos cuidado, estaremos regidos por una horda de aduladores.
–Puedo inventar una palabra para tu condición mental –dijo Haraka–. Sufres canifobia.
–Por buenas razones.
–Imaginarias.
–Ayer miré dentro de un local de belleza para perros. ¿Quién estaba bañando, perfumando, empolvando y emperifollando los perros? ¿Otros perros? ¡Hah! Hembras humanoides los estaban tratando como a muñecas. ¿Es eso imaginario?
–Puedes llamarlo excentricidad terráquea. De todos modos no significa nada. Y para el caso, nosotros tenemos algunos hábitos graciosos.
–En eso tienes toda la razón –acordó Morfad–. Y conozco uno tuyo. Y lo conoce la tripulación,
Haraka abrió sus ojos.
–Puedes decirlo. No temo verme como me ven los demás.
–Está bien. Lo has pedido. Piensas mucho en Kashim. Siempre le escuchas, y a nadie más. Todo lo que dice tiene sentido... para ti.
–¿Estás celoso de Kashim, eh?
–Ni lo pienses –aseguró Morfad con un gesto de desprecio–. Solamente le desprecio por la misma razón que todos. Es un adulador profesional. Pasa la mayor parte del tiempo lisonjeándote, halagándote y complaciendo tu ego. Es un natural rastrero que te da el mismo tratamiento que un perro de Terra. Te gusta. Participas en eso. Te afecta como una droga irresistible. Funciona... y no me digas que no porque todos sabemos que sí.
–No soy tonto. Tengo a Kashim controlado. No influye en mí hasta el extremo que crees.
–Tres mil millones de terráqueos tienen cuatrocientos millones de perros controlados, y están igualmente convencidos de que ningún perro tiene un carajo que decir.
–No lo creo.
–Claro que no. Tengo una leve esperanza de que lo harás. Morfad te está diciendo estas cosas y Morfad puede ser un mentiroso o un loco. Pero si Kashim fuese a decírtelo mientras se inclina frente a tu trono, te tragarías toda la historia, línea a línea. Kashim tiene la mente de un perro de Terra y usa la lógica de un perro de Terra, ¿lo ves?
–Mi rechazo a tus afirmaciones tiene mejores bases que esa.
–¿Por ejemplo? –invitó Morfad.
–Algunos terráqueos son telépatas. Por lo tanto, si este mito de sutil dominio de los perros fuese un hecho, ellos lo sabrían. Ningún perro sería dejado vivo en este mundo –Haraka hizo una pausa, y terminó, con certeza–. Ellos no lo saben.
–Los terráqueos telépatas escuchan las mentes de su propia especie, no la de los perros. Yo escucho las mentes de los perros, pero de ninguna otra especia. Como te dije antes, no sé por qué sucede. Solamente sé eso.
–Me suena totalmente insensato.
–Debe serlo. Supongo que no seré maldito por esto. Mi posición es difícil: parece que soy el único con oídos en un mundo de sordos.
Haraka pensó un momento, y dijo:
–Supón que yo acepte todo lo que has dicho literalmente, ¿qué crees que debo hacer con eso?
–Rehusarte a llevar los perros –respondió Morfad prontamente.
–Eso es más fácil de decir que hacer. Las buenas relaciones con los terráqueos son de vital importancia. ¿Cómo puedo rechazar un regalo de corazón sin ofender a los oferentes?
–Está bien, no los rechaces. Modifícalo. Pide dos machos o dos hembras. Hazlo mediante la cita de alguna ley altairiana contra la importación de animales extraños que son capaces de reproducirse naturalmente.
–No puedo hacerlo. O al menos ya es tarde. Hemos aceptado los animales y expresado gratitud por ellos. Además, su capacidad de reproducción es parte esencial del regalo, la intención básica de los oferentes. Nos han entregado una nueva especie, una nueva raza de perros.
–¡Lo has dicho! –confirmó Morfad.
–Por la misma razón, no podemos evitar que ellos se reproduzcan cuando regresemos a casa –señaló Haraka–. Desde ahora en más, nos visitaremos asiduamente. Cuando los terráqueos descubran que nuestros perros no se multiplican, se pondrán generosos y sentimentales, y enviarán una docena. O cientos. Entonces estaremos peor de lo que estábamos.
–Está bien, está bien –Morfad se encogió con fatigada resignación–. Si vas a oponer una objeción mayor a cada posible solución, mejor nos rendimos sin pelear. Nos abandonemos a convertirnos en otra de las razas que dominen los perros. Vuelvo a citar: para regir con éxito, los regidos deben ser inconscientes de ello –miró a Haraka con animosidad–. Si esto dependiera de mí, esperaría hasta estar lejos, en medio del espacio, y lanzaría esos perros regalados con amor por la esclusa.
Haraka sonrió como quien ha descubierto un chiste divertido.
–Y si haces eso será la prueba positiva más allá de cualquier argumento, de que estás desvariando.
Morfad lanzó un profundo suspiro y preguntó:
–¿Cómo?
–Lanzarás a los dos primeros miembros de una raza de señores. Por la dominación, ¿eh? –Haraka sonrió otra vez–. Escucha, Morfad, de acuerdo con nuestra historia sabes algo que nunca antes ha sido conocido o sospechado, y eres el único que lo sabe. Eso podría convertirte en una poderosa amenaza para toda la raza de perros. No deberían dejarte vivir lo suficiente para arruinar sus planes, o al menos para difundir la verdad. Pronto estarías más muerto que un fósil –caminó hasta la puerta, y la mantuvo abierta mientras lanzaba su último aserto–: Y me pareces bastante saludable aún.
Morfad gritó hacia la puerta que se cerraba:
–No es una consecuencia lógica pensar que si puedo escuchar sus mentes, ellos pueden escucharme... necesariamente. Dudo que puedan hacerlo porque sería muy anómalo.
La puerta terminó de cerrarse. Mirándola, frunció el ceño, caminó veinte veces arriba y abajo en su cabina, y finalmente se sentó en silencio mientras exprimía su cerebro en busca de una solución satisfactoria.
El arma más aguda, más sutil y más efectiva del cosmos es la adulación. Sí, estaba buscando los medios de enfrentarse con guerreros de cuatro patas, e increíblemente diestros en el uso del arma más poderosa de la creación. Aduladores profesionales, rastreros, adoradores, amantes del hombre, promotores del ego, entrenados hasta la perfección a través de incontables generaciones en ese arte contra el cual parecía no haber una defensa efectiva.
¿Cómo anular el ataque que vendría, cómo contenerlo, como contraatacar? Sí, Dios. Por cierto, Dios. Todo lo que diga, Dios. ¿Cómo protegerse contra esta insidiosa técnica, cómo meterles en cuarentena... ¡Oh, por las estrellas! Eso es... ¡meterles en cuarentena! En Pladamine, el mundo inútil, el planeta que nadie quería. Ellos se podrían reproducir allí hasta el hartazgo y dominar solamente hierbas y conejos. Y una acomodada respuesta estaría lista para cualquier ruidoso turista terráqueo:
–¿Los perros? Oh, claro, aún los tenemos, montones de ellos. Lo están pasando bien. Tienen un hermoso mundo para ellos solos. Se llama Pladamine. Si deseáis verlos, podemos arreglarlo.
Una idea maravillosa. Resolvería el problema al mismo tiempo que evitaría resentimientos con los terráqueos. Sería probadamente útil en el futuro y hasta el fin de los tiempos. Una vez instalados en Pladamine ningún perro podría escapar por sus propios medios. Cualquier turista terráqueo que trajera su perro podía ser persuadido a dejarlo en la perrera, especialmente creada en Altair. Allí, los perros se encontrarían incapacitados para gobernar nada más importante que otros perros, y si no les gustaba se lo tendrían que aguantar.
No tenía sentido mostrarle la idea a Haraka, que estaba prejuzgando, obviamente. Lo reservaría para las autoridades en casa. Aunque ellos encontraran su historia difícil de creer, tomarían las acciones necesarias sobre el principio de que es mejor prevenir que curar. Sí, decidirían obrar en seguridad y les darían Pladamine a los perros.
Desde el asiento de su cabina observó hacia afuera, hacia el puerto. Una muchedumbre de terráqueos, más lejos, esperaba ser testigo del próximo despegue y despedirles. Notó, más allá de la multitud, un pequeño perro absurdamente emperifollado sujeto a una delgada cadena que llevaba una mujer. Pobre chica, pensó. El perro es el líder, a quien ella sigue, aunque ella cree que lo lleva donde quiere.
Sacó su cámara de fotografías, revisó los controles, caminó a lo largo del corredor y pasó una compuerta de aire que estaba abierta. Sería bueno tener una imagen de la gran concurrencia de despedida. Al llegar al borde de la compuerta tropezó con algo de cuatro patas y cuerpo rechoncho que de repente se metió entre sus piernas. Cayó de cabeza hacia afuera, sujetando aún la cámara, y se fue abajo a través del viento sibilante mientras una ola de chillidos de mujeres se levantaba desde la multitud.
Haraka dijo:
–El funeral nos ha demorado dos días. Debemos rehacer el itinerario lo mejor que podamos –se estremeció por un momento y agregó–: Siento mucho lo de Morfad. Tenía una mente brillante pero al final estaba fallando. Oh, bueno, está bien que la expedición haya sufrido solamente una única fatalidad.
–Podría haber sido peor, señor –respondió Kashim–. Podías haber sido tú. Agradece al cielo que no fuese así.
–Sí, pude haber sido yo –Haraka le miró curioso–. ¿Te habría apenado, Kashim?
–Claro que sí, señor, y mucho. Creo que nadie más a bordo lo sentiría más profundamente. Mi respeto y admiración son tales que... –se detuvo mientras algo entraba en la cabina, colocaba su cabeza sobre las piernas de Haraka, y miraba con sentimiento al capitán. Kashim frunció el ceño molesto.
–¡Buen chico! –dijo Haraka, rascando las orejas del recién llegado.
–Mi respeto y mi admiración –repitió Kashim en voz más alta– son tales que...
–¡Buen chico! –dijo otra vez Haraka; suavemente tiró de una oreja, después de la otra, mientras observaba con placer la cola que se movía.
–Como estaba diciendo, señor, mi respeto...
–¡Buen chico! –sordo a todo lo demás, Haraka deslizó la mano desde las orejas y le acarició bajo la mandíbula.
Kashim lanzó a Buen Chico una mirada cargada de odio absoluto. El perro movió los ojos hacia el costado y le miró sin expresión. Desde ese momento, el destino de Kashim estaba sellado.
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