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eugenio alarco

la magia de los mundos (es)

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¿De modo que estos trajes en que los hombres se en­vuelven encierran tantos portentos y virtudes? ¿Y cómo? ¿Y dónde? Son cual un sutil tejido que se adhiere al cuer­po; es la verdadera epidermis, de asombrosos brillos y matices, y el cruce de las galerías o de los cielos, en que pululan los hombres, ofrece así tina maravillosa visión-calidoscópica. Mas ¿puede haber potencia tal encerrada en imperceptibles mecanismos? ¿Acaso como en aquellos ma­res, en que una micrométrica gota contiene milagros de organizada potencia? Por eso, quizás, decía él que se ha dormido a la máquina; se ha humillado, reduciéndola al nacer entrega insostenible de sus ocultos ímpetus, cual si poseyéramos invisibles criados a nuestro servicio. Es admi­rable; pero, como siempre, el dominio consciente de las tuerzas es flamígero regalo para las combustibles ánimas; humanas.
–¡Néstor!
Era una voz de suavidad memorable. Y entre el tropel de voladores inmortales que recorrían la galería vio él sonriente rostro conocido.
–¡El hada, Pandora; el hada!
–¿Hada? ¡Nada de eso! Es Crisálida, la que arrulló tu despertar.
–¡Néstor, hijo mío! ¡Qué bien! ¡Qué alegría! ¡Y ya hablas como nosotros! ¡Y ya vuelas! Lo sabía, pero tan dis­tinto es verte.
–Me diste la vida, Crisálida; me viste nacer. Gracias. La primera mujer de los nuevos mundos a quien vi; toda suavidad y caricias, toda belleza.
–¿Adonde vais? –dijo ella, viendo en Pandora aires de mohindad.
–Viene de las lagunas caliclanas.
–íbamos en busca de saludables brisas.
–Venid antes conmigo. Ven, Néstor. Tal vez no regreses por acá pronto. Ya que te interesan estos reinos voy a mos­trarte algo, que está al paso. Mecanismos de la vida, acu­mulados, con los que yo de continuo opero.
Se desviaron luego del torrente humano, penetraron por entrecruzados espacios, atravesaron bosques fantasmas, prados sumergidos en cálidas luces, y pasaban sin tropie­zo por entre árboles, infrutescencias y follajes. Al fin penetraron en unas grutas cuyo acceso pareció de impro­viso abrirse entre las brumas luminosas al acercarse ellos. Por dentro reinaba la misteriosa quietud; sintiéronse sumidos en narcotizadores vahos. Al principio nada veíase en­tre la densa obscuridad; luego entrevieron abajo una char­ca, llena como de serpientes flotadoras, que se movían len­tamente; serpientes o moluscos de círculos blancos y man­chas negras o pardas o azules o verdosas, todos agrupa­dlos por colores, en progresiva escala de cromatismo. Eran como los ojos del estanque, que anduvieran errantes, buscando con mil pupilas qué mirar en las penumbras.
Siguieron hacia otra no menos lóbrega caverna, que tam­bién tenía una charca en que flotaban y se estremecían carnosos y rojizos animales, sin patas ni cabeza, de cuerpo irregular y retorcido. Así sucediéronse luego cuevas y lagunas, de variadas formas y tamaños, hundidas en di­versas luces pálidas. Eran ya los pergaminos sembrados de tupida y larga pelambre negra, roja, dorada o castaña, o simples líquidos de colores verdinos, transparentes o sanguinosos. O las extrañas y tortuosas formas grises, amorata­bas o parduscas.
Una mezcla de aprensión y repugnancia cosquilleaba las entrañas de Néstor. Tenía deseos de preguntar qué era esto y cómo y para qué podían los inmortales criar aberrados seres de tan horrible figura, pero Crisálida ha­cíales señas de que debían avanzar quietamente. Cuando al fin emergieron hacia la pureza de las luces, sintieron que los cuerpos parecían salir también de un estado de semisomnolencia o depresión. El aire tornóse puro, el am­biente lleno de suavidades.
–¡Horror, Crisálida! ¿Qué monstruosos seres nos mos­traste?
–No puede haber horror en los componentes del hom­bre. Habéis visto ojos, corazones, cabelleras, diversos ha­ces musculares, sangre, vísceras, variados jugos, humores. Allí conservamos vivientes a unos y frescos a otros. Los utilizamos para reemplazar los que en los seres se des­truyen o dañan.
–¡Qué horrible suplantación, oh Crisálida! ¿Cómo po­déis así desvirtuar los sentidos auténticos de la vida? Confío en que en nuestra reviviscencia no los habréis empleado.
–Nada substancial, pues habíais mantenido vuestra in­tegridad.
–Pero si vosotros no morís, ¿de dónde obtenéis todo esto?
–No debemos morir, pero hay muertes eventuales, por errores o descuidos. Mueren los seres, pero sus órganos o algunos de ellos siguen viviendo. Los recogemos, separa­mos y conservamos vivientes hasta necesitarlos.
–¡Qué abominación, qué ruindad! En mis tiempos tales mutilaciones sólo hacíanlas hienas, buitres o antropófagos.
– Tu época, Néstor, revolvíase impotente entre milena­rios prejuicios que deformaban los sentidos de la vida. No olvides que es común yerro nos parezcan espantosos los medios con que se crean los bienes perdurables. El brillo de la verdad suele desfigurar las cosas o hacerlas confundirse con las que falsamente relucen. Tengo que irme aho­ra. Me llaman. Te habré de ver otras veces. Quisiera ense­ñarte las maravillas de las microestructuras, para que com­prendas cuánto hemos aprendido y aún podemos aprender de lo pequeño. Nada lo es tanto que no pueda encerrar portentos. Allí verás los más diminutos entes que conoce­mos, formando la viviente contextura de células o infuso­rios. Y los verás, grandes y hermosos, o monstruosos y abo­minables, con todos sus suaves movimientos, deslizarse con solemnidad, jugar, comer, hacerse el amor y reproducirse. ¡Y de tan variadas formas o costumbres! Allí podrás ad­mirar la espléndida organización de las minúsculas partícu­las de materia, exponiendo su inagotable fuerza en las ordenaciones, evoluciones y permanentes ritmos y expre­sándose tanto en canturreos asombrosos como en insospe­chadas policromías. Y también verás seres de toda natura­leza, traídos de lejanísimos mundos, desde los confines del universo. Te he de mostrar todo eso, Néstor. Hasta otra vez. Ven a buscarme. Adiós.
Y se fue, dejando flotar entre ellos su perfume de nardo.
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