el día de la paralización total de nueva york (es)
Shire Brandon, treinta y cuatro años, era muy joven para ser viudo, pero lo era. Un buen hombre, esa clase de buen hombre que accede a formar parte del jurado en un juicio cuando en realidad podría librarse de ese fastidio si quisiera, y precisamente eso era lo que estaba haciendo, aunque en su trabajo le necesitaban. Tenía una hija que pensaba siempre en suicidarse y vivía en una ciudad que al parecer llevaba el mismo camino, aunque no de modo intencionado. De hecho, ése era el mayor problema de Brandon. La ciudad no parecía tener un plan colectivo, aunque Brandon creía saber cómo ayudar a trazar uno. Él amaba a las dos, inexpertamente. Con ambas tenía dificultades para comunicarles ese amor. Con su hija, no encontraba las palabras precisas, mientras que la ciudad simplemente no le prestaba atención.
Quizá la ciudad fuera demasiado inmensa para oír una sola voz. Nueva York es enorme. Hay doscientas sesenta hectáreas de ciudad por cada día del año, casi con exactitud... y un año tiene trescientos sesenta y cinco días y pico. Hay cinco distritos en la ciudad, y todos son además condados del estado de Nueva York. Existen veinte islas lo bastante grandes para edificar en ellas... casi todo son islas, ya ven. Por esta razón, hace años, cuando Boston erigió su Prudential Tower, el ayuntamiento anunció el rascacielos como el edificio más alto del continente de América del Norte. Así era, puesto que Manhattan no forma parte del continente. El Bronx se halla firmemente unido a tierra firme, pero, ¿quién edifica en el Bronx?
Nueva York es una ciudad antigua, al menos en su hemisferio. Fue visitada por primera vez (por un europeo, ya las pieles oscuras no cuentan) por Giovanni Verrazano en 1524 (pero él no llegó a bautizar parte alguna de la ciudad, eso estaba reservado para Henry Hudson ochenta años más tarde, porque los italianos tampoco contaban); a menos que fuera algún decidido vikingo con una lancha de remos o algún irlandés extraviado con un bote de mimbre y cuero. Desde entonces ha recibido muchas, muchísimas visitas. De casi todo el mundo. En tiempos de Washington era un pueblo y visitarlo no valía mucho la pena. A George Washington no le gustaba, habría quemado el lugar si el Congreso se lo hubiera permitido (pero no tuvo que hacerlo, porque alborotadores neoyorquinos se ocuparon de ello en cuanto él se fue). Antes de eso, sólo indios. Y no muchos. Antes de eso... bien, no había ciudad alguna muchos millones de años antes, no sólo porque no existían personas para habitarla sino porque además yacía bajo algunas de las mayores malditas montañas que la Tierra ha creado. Las montañas no duraron.
Nada dura. Se desmoronaron (se dice que hasta Gibraltar puede caer) y el goteo de la lluvia y el flujo de los ríos aplanó esas montañas. Dos veces. Más de dos veces. Este planeta estruja montañas en su corteza igual que un hombre joven pellizca una espinilla, y las aguas se llevan los restos; en todas partes, sin cesar. Como mínimo, sin cesar hasta que el planeta se enfríe. Y mientras tanto, en este «ahora», la ciudad está aquí, sumamente odiada y sumamente envidiada, porque es la Big Apple, la Gran Manzana. Escuchen el arrullo del (o presenten sus respetos al) ritmo de Broadway, donde todo el mundo baila, aunque a veces flotando en las orillas de Collect Pond.
Dado que la isla de Manhattan se halla tan hermosamente rodeada de agua, profunda y en movimiento, los urbanistas originales no creyeron necesario dejar sitio para parques. Generaciones posteriores no estuvieron de acuerdo, y ahí están los espacios verdes, infinidad de ellos, enormes y bellos lugares por donde pueden pasear... si se atreven. «¿Mierda? Hey, ¿mierda?», gritan los vendedores de droga, haciendo que los asustados niños dejen los columpios y que los mayores abandonen las mesas de cemento donde juegan a las damas. Antes de que fuera parque, Central Park era un pueblo de chabolas para los pobres desesperados de la ciudad. Antes de que fuera parque, Washington Square era una fosa común donde muertos anónimos y sin amigos recibían un empujón y se perdían de vista bajo tierra... no mucho, porque cuando llegaron las excavadoras para embellecer el lugar, perforaron la corteza y aplastaron los pobres huesos. La Gran Vía Blanca es más gaia que nunca, con su desfile de militantes ataviados con camisas color lavándula. Hay más ratas que personas en la isla de Manhattan, y la ciudad tiembla de modo cada vez más precario entre la bancarrota y el boom. Más de una clase de bum, a decir verdad, porque cuando alguien dispone de una bomba, el mejor lugar para ponerla es Nueva York. ¿Por qué alguien iba a preocuparse en bombardear Los Angeles? La ciudad ha visto, oído y olido todo: amenazas de desbordamiento y glaciares, huelgas del servicio de basuras y el peor hedor de los esclavos en la hoguera, desfiles con lluvia de confeti y desastres bursátiles. Nueva York es el sitio donde está el dinero. En la medida que el dinero representa poderío (una medida bastante notable) la ciudad es el puño con manoplas del poder. El edificio de las Naciones Unidas se alza sobre lo que en tiempos fue el mayor matadero de la ciudad. Un vehículo con matrícula DPL está aparcado junto a todas las bocas de incendio, y los pobres de la ciudad están... bien, no son realmente pobres si se les compara con los de Calcuta o Latinoamérica, pero ciertamente están empobrecidos en cuanto a esperanza y propósitos. El crimen existe, por supuesto. Siempre ha existido. En 1643 los indios quitaron el cuero cabelludo a un holandés en la parte baja de Broadway. Los holandeses se desquitaron, y lograron que el resultado de ese particular combate fuera: Indios, 1; Holandeses, 200. Si bien Nueva York ya no es la capital del crimen de la nación, puesto que cedió la corona a lugares de Florida, Arizona y Texas, tampoco es una ciudad donde puedes pasear por el parque para ver un eclipse de luna, ya que tal vez te eclipses tú. Nueva York es una ciudad despreciada. Se la teme. A menudo incluso se la ama, pero en resumen, está ahí, una realidad tan enorme que es imposible anularla. Tanto «ciudad» como «civilización» derivan de la misma raíz latina, civitas, y no existe una sin la otra.
Pues bien, aquí tenemos la ciudad, en este gran «ahora», y aquí están algunos de sus habitantes, una quinceañera de Carolina del Norte que se apea en la terminal de autobuses de la Oficina de Comunicaciones, un arquitecto que se considera preservador futurológicamente seguro de los valores urbanos, un miembro de un grupo de especialistas que cree saber cómo resolver todos los problemas de la ciudad, un terrorista, una niña que tiene la intención de suicidarse, una mujer con una misión y una lengua francamente vulgar, y un millón, varios millones más de personas. Vigas y piedras no dan vida a la ciudad. La gente, sí. Todos intentan abrirse paso por razones personales, nobles, viles o, en la mayoría de casos, simplemente irrelevantes; pero hay un vector resultado que produce el movimiento de la ciudad. Jamás está inmóvil.
Así pues, aquí tenemos a cuatro de estas personas, tres visibles y otra de pie junto a la ventana de un pasillo, al otro lado de la calle, observando qué pasa. La persona que vamos a contemplar con más atención ahora es el hombre que se cree en posesión de la clave para resolver todos los problemas de la ciudad mediante inventos sociales, inventos que permitan a la gente poner la mano en las palancas de gobierno, en particular. Eso es lo que hace en su trabajo, pero en este momento no se dedica a ello porque le han interrumpido las exigencias de un invento social anterior. Tiene que formar parte de un jurado. Tampoco puede acabar con eso muy deprisa, debido a otro invento social de considerable antigüedad. La persona que está al otro lado de la calle ha puesto una bomba en el edificio. El nombre del pensador es Shire Brandon. Está pensando en todo lo anterior, más en el hecho de que su hija, Jo-Anne, se halla trastornada por la desaparición de su madre. Y, ah, sí, también hay huelga de basureros.
El juicio era una especie de asamblea descontrolada, gritos de indignación por parte del abogado defensor en su turno de preguntas, respuestas hostiles expresadas en voz de contralto a cargo de la demandante desde el estrado, antifonales exclamaciones del abogado de la anterior... más que suficiente para mantener despierto a un jurado, incluso al juez. Entonces a la parte sonora del programa se sumó un espectáculo de pantomima. Un agente de policía entró silenciosamente en la sala. Avanzó con esa calma especial indicativa de que se tienen muchos motivos para no estar calmado, y musitó algo inaudible al alguacil, que a su vez murmuró algo al oficial de secretaría, que se levantó rápidamente para decir algo que sobresaltó al juez. Eso no fue ya un susurro, aunque Brandon no pudo entender las palabras desde la tribuna del jurado. Además, toda la calma se agotó con el gasto que hizo de ella el agente policial. La totalidad de ocupantes de la sala quedó anonadada. El juez dio un golpe con su mazo.
—Se ha recibido una llamada telefónica —dijo en voz alta—. Se nos advierte que hay una bomba en el edificio. Sigan al oficial para salir del edificio con orden y... y... y aguarden nuevas instrucciones.
Todos los presentes recobraron la facultad de moverse al instante. Un apagado jadeo de la gruesa mujer junto a Brandon, risita de susto del abogado de la demandante, y por parte del negro vestido con el traje de seda un fuerte «Miiierda».
—¡Muévanse, maldición! —voceó el polizonte, que había dejado de ser un mimo, y de alguna forma, no con pánico pero sí con mucha confusión, todos cruzaron la entrada, bajaron los amplios escalones de mármol y salieron al húmedo ambiente neoyorquino de finales de verano.
Nadie se demoró. Nadie protestó de que les hicieran cruzar la calle como un rebaño en dirección al parque, a pesar de que el lugar apestaba terriblemente; casi toda la hierba estaba tapada por montones de tres metros de altura de bolsas de basura negras. Las ratas habían estado por allí, y quizá también las mujeres que revolvían la basura y los vagos que poblaban la calle Bowery, porque al menos la mitad de las bolsas mostraba su contenido. En parte para protegerse del hedor, y sobre todo para satisfacer la reprimida necesidad de nicotina, Brandon sacó los cigarrillos mientras avanzaba. Igual hizo la mitad de personas que abandonaban el edificio, y mientras Brandon se palpaba los bolsillos en busca de una cerilla alguien le puso un fino Dunhill debajo de la nariz. Era el negro del traje de seda. Y aquí, por fin, nuestros tres neoyorquinos están juntos... o casi juntos, porque Brandon no ha visto aún a la tercera persona, atareado como se halla en las presentaciones con la segunda a la que creyó reconocer, o casi reconocer.
—Soy Dan de Harcourt.
—Hola, señor Harcourt, me llamo...
—No, no, no es Harcourt, de Harcourt.
¿Dónde lo había visto? ¿Dónde? Ah, claro. Dan de Harcourt era el que siempre estaba utilizando el teléfono de la sala del tribunal, mientras todos aguardaban a que los hicieran entrar, y Brandon era una de las tres, cinco, a veces diez personas que hacían cola a la espera de que él acabara. ¿Qué hacía de Harcourt tanto tiempo en el teléfono cuando Brandon estaba ansioso por llamar a su despacho, o más ansioso todavía por llamar a su hija? Eso no estaba claro, aunque en una de las conversaciones telefónicas, ocupando el primer lugar de la cola, Brandon había oído la palabra «inversiones». Normalmente uno no piensa que un negro de veintidós años sea un inversionista, según la opinión de Brandon, pero aquél olía a dinero: el traje de seda, el elegante maletín, el aire de Aramis cuando encendió el cigarrillo de Brandon...
No era lugar para conversar. Estaban empujándoles y obligándoles a avanzar. Por otra parte el gentío se desplazaba por voluntad propia, ya que los individuos que lo componían trataban de alejarse del hedor a desperdicios de la marisquería... sólo para encontrarse corriendo hacia la basura de la pizzería bloque abajo. En los escalones del edificio municipal agentes policiales uniformados y hombres en traje de calle (¿FBI?) entraban con perros sujetos con correas, probablemente entrenados para detectar explosivos.
Era un gran fastidio para todos los implicados, pero también un hecho excitante. De no haber sido por el hedor de la basura, el incidente habría resultado incluso divertido. Una furgoneta del Canal 2 se había situado ya al borde de la plaza, con una cámara montada sobre una grúa que recogía una panorámica de la multitud. Había una buena oportunidad, pensaron todos, de salir en el noticiario de las seis. El Canal 7 se había presentado con una cámara manual, y un personaje conocido (¿Tom Snyder?) hablaba con un policía provisto de un escudo dorado en los escalones del edificio, y la furgoneta de la WPIX acababa de llegar. Esa gente no perdería el tiempo por una falsa alarma, pensaban todos los componentes de la multitud. Y a la excitación que reinaba allí se sumó un ligerísimo indicio de peligro. Y todos pusieron la mejor cara, por si las cámaras giraban hacia ellos, para unirlos a la hueste de héroes —Julius y Ethel Rosenberg, el reverendo Sun Myung Moon, senadores, banqueros, ladrones de bancos— que habían estado con anterioridad frente a las cámaras de televisión en aquel lugar.
Brandon se abrió paso hacia ellas, como todo el mundo, aunque se dijo a sí mismo que sus motivos eran distintos, y casi tropezó con un hombre entrado en años que llevaba unas gafas tan gruesas como el fondo de una botella de refresco.
—¡Señor Feigerman! —exclamó Brandon, complacido—. ¡No esperaba encontrarle aquí!
Puesto que la relación de Shire Brandon con de Rintelen Feigerman constituía una insignificante parte de la vida del segundo, por no mencionar el hecho de que Feigerman estaba prácticamente ciego, el hombre tardó un momento en responder. De Rintelen Feigerman era miembro de la junta directiva del Instituto Público Jefferson de Estudios Oficiales, pero sólo acudía al local para las reuniones bimensuales, alguna conferencia de vez en cuando y la fiesta de Navidad. En ese ambiente podía reconocer al presidente del Comité de Metas y Estrategias, pero no en la ardiente miasma de Foley Square durante una amenaza de bomba. A pesar de todo, logró identificarlo.
—Ah, sí, el hombre de la Reunión Global Ciudadana —dijo al tiempo que ofrecía su mano—. ¿Cómo va el proyecto?
Bien, una respuesta adecuada a esa pregunta habría exigido que Brandon diera informes sobre un mínimo de diez aspectos y ramificaciones del tema. La Reunión Global Ciudadana (RGC) era en sí un proyecto muy complejo, y Brandon no estaba ni mucho menos seguro de que Feigerman supiera de qué se trataba, aparte de que implicaba el uso de medios de difusión electrónicos para conseguir que todos los habitantes de Nueva York sostuvieran una charla conjunta. Las discusiones preliminares con las emisoras de radio y televisión eran otros (en realidad, otros veintidós) campos, porque cada una proponía normas básicas particulares. Pero, además de eso, sería necesario explicar que nada avanzaba en ese momento, puesto que Brandon estaba sumido en un prolijo caso de divorcio, y su vida personal se había convertido en una confusión total. Fue un halago a su organizada mente que Brandon lograra comprimir bastantes de esos detalles en tres o cuatro frases, con la ayuda de un gesto hacia los equipos de televisión para ejemplificar cómo los medios de difusión electrónicos podían mantener en contacto a una comunidad con su millón de partes y otro hacia los montones de basura, como ejemplos de la clase de problemas que la RGC sería capaz de resolver.
Fue un halago para las facultades de comprensión del viejo Feigerman que éste comprendiera las palabras de Brandon lo suficiente para formular la pregunta más pertinente... aunque, como él sabía por experiencia debida a los intrincados problemas que le habían presentado, la pregunta más pertinente no exigía por fuerza haber escuchado antes alguna explicación. Era simplemente:
—¿Qué necesita para que el asunto vuelva a ponerse en marcha?
—Ayuda del Ayuntamiento —dijo Brandon sin pensarlo dos veces, y escrutó el semblante de Feigerman atento a su reacción. Pero era imposible observar una reacción al otro lado de las gruesas y deformadoras lentes. Brandon siguió hablando—. Las emisoras se limitan a dar largas al asunto... Ninguna desea ser la primera en regalar una noche entera. Pero todas saben que la Comisión Federal de Comunicaciones reconocería una hazaña de ese calibre. Así pues, si el alcalde hablara en favor del proyecto, las emisoras aceptarían.
Y entonces Brandon comprendió que si no obtenía la reacción que trataba de provocar en el otro era en parte debido a que el viejo estaba angustiado. El calor, el hedor, el gentío... El señor Feigerman estaba muy pálido.
La ruin, hostil Nueva York... A pesar de todo, en cuanto el policía más próximo vio lo que pasaba, salió corriendo en busca de un enfermero y oxígeno, y las ocho personas apiñadas en un banco apto sólo para seis se levantaron para que el señor Feigerman se tumbara, e incluso se echaron atrás para que pudiera respirar. El negro del encendedor Dunhill se quitó la chaqueta de seda para abanicar al señor Feigerman... Y cuando el policía volvió con el oxígeno, el accidentado se incorporó y recobró el color. Entonces un capitán de la policía provisto de un megáfono anunció desde los escalones que la amenaza de bomba era falsa.
Y todos volvieron en tropel a sus ocupaciones anteriores. El señor Feigerman obtuvo la aprobación en segunda instancia de su informe sobre la repercusión ambiental de los nuevos pisos en la parte de Queens lindante con el East River, la señora Madeleine Finster consiguió la separación del señor Finster, junto con la custodia de su hijo y de su casa, y al menos dos problemas ciudadanos quedaron resueltos ese día. A decir verdad, había otros. La huelga de basureros continuaba en auge, los policías amenazaban con no prestar servicio alegando gripe si el nuevo convenio no les proporcionaba más dinero que a los bomberos y un expreso interurbano procedente de Manhattan alto, detenido por una luz roja averiada en la calle 23, fue embestido por detrás por otro tren forzado a avanzar por una luz verde también averiada: ocho muertos, más de doscientos heridos y el tráfico tan atascado que Shire Brandon perdió la esperanza de llegar al despacho pese a haber cumplido sus tareas en la parte baja de la ciudad.
Y luego, cuando Brandon llegó a casa, su hija Jo-Anne estaba llorando desolada en el centro del salón.
Que llorara no era sorprendente. Lloraba desde hacía varias semanas, desde que aquel basurero madrugador encontró a su madre sobre la acera. Los dos policías de paisano que acompañaban a la hija de Brandon, eran la sorpresa. Tras aceptar que se hallaban allí, y después de observar que todos los libros de las estanterías estaban esparcidos por el suelo, no le fue difícil admitir que, mientras Jo-Anne se encontraba en la escuela y él cumpliendo sus deberes cívicos en el tribunal, alguien había entrado a robar en el piso.
Mi nombre es Gwenna Anderson, pero me llaman Vanilla Fudge porque soy la única puta blanca de Dandy. Cuando Dandy se me acercó en la terminal de autobuses de la Oficina de Comunicaciones y dijo que me llevaría adonde quisiera. Estaba preparada. Tenía quince años, pero eso no significa que no supiera qué es un chulo. No había chulos en la casa de comidas de Carolina del Norte. Sólo el encargado. Y el camarero, y los cocineros que preparaban comidas rápidas y un par de clientes por la noche si el negocio iba flojo, y si continúo ganándome la vida tumbada al menos es en una cama, no en esas tablas llenas de grasa de la cocina. Y no me duelen los pies.
Los ladrones no se llevaron las camas, menos mal, aunque las deshicieron y desgarrón dos almohadones en busca de dinero oculto, y por eso, cuando Brandon despertó, la cama estaba como siempre. Jo-Anne se hallaba en la puerta, con el certificado de licencia militar absoluta de su padre en las manos.
—Estaba arreglando la casa —dijo—, y he encontrado esto. No sé dónde se guarda.
A fin de recordar el robo del piso, Brandon tuvo que retroceder mentalmente partiendo de lo que había dicho su hija.
—En cualquier sitio, cariño —contestó mientras miraba a su alrededor.
Sí, no era un sueño. Las cosas que contenían los cajones del tocador, y que habían sido lanzadas al suelo, estaban otra vez en su sitio, o quizás en otro cajón, pero el televisor del dormitorio había desaparecido, y la cajita que contenía los gemelos y el anillo de matrimonio se hallaba sobre la mesita de noche, vacía. No hubo espectáculo televisivo que contemplar mientras desayunaban, tampoco eso, porque el otro televisor también había desaparecido, como la colección de sellos, las monedas de plata de veinticinco centavos que Jo-Anne guardaba desde que fueron retiradas de la circulación, la máquina de escribir portátil y la hucha de porcelana (que contenía, según Jo-Anne, casi cincuenta dólares, que había estado ahorrando para comprarse unos esquíes). El conserje del edificio, el señor Rozak, se presentó mientras desayunaban para ver cómo se arreglaban, y tras él un vecino, aquel señor Becquerel del cuarto piso. Ambos opinaron que el robo era obra de los Pens de enfrente. La policía no parecía tener teoría alguna, ni excesivas esperanzas de encontrar alguno de los objetos robados. Cuando Brandon terminó de afeitarse y salió de su habitación, Jo-Anne estaba ante la ventana, observando qué hacían los Pens ese día.
—No llegues tarde al colegio —le dijo de forma automática, pero al acercarse a su hija comprobó que la actuación matutina era interesante.
Los vecinos de enfrente eran lo que se denomina «Personas Necesitadas de Supervisión» (Pens, para abreviar). Y eso significaba que los conocimientos que poseían habían sido adquiridos en un reformatorio, una cárcel o un asilo. Todos eran jóvenes, todos varones, todos negros. En opinión de Brandon no eran malos vecinos, sin contar con una imprevisible cantidad de ruido de vez en cuando, aunque hacían cosas raras. El ruido de esa mañana era una mezcla de gruñidos y gritos: tres o cuatro jóvenes estaban moviendo el aparcado Chrysler Imperial de alguien. El conductor no se había molestado en poner el freno de mano... ni en respetar el letrero que decía No Aparcar, Excepto Vehículos Públicos.
—Cielo —dijo Brandon—, me gustaría salir un poco antes esta mañana, porque tengo que recoger una cosa en la Calle 42...
—Estoy lista, papá —contestó ella.
Jo-Anne apretó el botón del ascensor mientras su padre echaba llaves de las dos cerraduras; la segunda la habían instalado a las diez de la noche del día anterior, y Brandon había explicado a su hija el significado de «muerto el burro, la cebada al rabo».
—Te llevaré al colegio —dijo Brandon, como decía todas las mañanas.
—Gracias, papá —respondió ella, como respondía todas las mañanas.
Cuando salieron a la acera, los Pens habían trasladado su presa al centro de la calle. Por desgracia, las ruedas del vehículo estaban alineadas. Puesto que nadie podía entrar para girar el volante, era imposible mover el coche como no fuera hacia adelante o hacia atrás, y había un atasco de automóviles en la manzana, casi todos ellos haciendo sonar sus bocinas, de modo que padre e hija tuvieron que ir andando hasta la esquina a fin de parar un taxi.
Hasta llegar al almacén de tejidos el taxi avanzó poco a poco. Luego, mientras el semáforo cambiaba tres veces, no se movió ni un centímetro por culpa de un camión con remolque que, al tomar una curva, había obstruido el cruce.
—Iré andando desde aquí —dijo Brandon al otro lado de la red metálica que supuestamente protegía a los taxistas contra los robos y, que tal vez en alguna ocasión se había logrado. Dio una propina de un dólar. No fue suficiente para acallar las protestas de un taxista abandonado por su pasajero en un atasco.
En realidad Brandon no tenía prisa. El informe que debía recoger en el viejo edificio McGraw-Hill de la Calle 42 iba a ocuparle toda la mañana, pero antes quería pensar en el montón de otros asuntos que tenía pendientes de resolver.
El problema de tener problemas era decidir cuál atender primero. Era una sagacidad convencional, dedicada a Shire Brandon por la doctora Jessica Grai, directora de Análisis de Estilos de Vida y el polo opuesto a Brandon en la Fundación. Cuando se le pedía cualquier cosa, la respuesta de la doctora Grai era: «Tengo un solo montón de prioridades y ese montón sólo tiene una cúspide... ¿Dónde pongo eso?» Pero en la experiencia de Brandon los problemas no se presentaban en montones. Aparecían en capas concéntricas, como los agujeros negros en el universo. No sólo le era imposible enfrentarse a los problemas principales; al cabo de un tiempo, ni siquiera podía verlos a través de otras capas de problemas que los envolvían; no obstante continuaban allí, hirientes. Por eso, mientras ascendía por la Octava Avenida tras dejar atrás Art Deco, el antiguo edificio verde de la Calle 42, Brandon consumió su atención tratando de recordar cuáles eran los problemas principales. En la parte más externa se hallaba el problema de prepararse para el Comité de Planificación de la tarde. Inmediatamente por debajo, el robo. Cerca de las capas exteriores, la resolución de terminar algunas de las conversaciones interrumpidas que había sostenido con Jo-Anne sobre si ella debería ir o no a la fiesta nocturna en casa de sus amigas; por qué los Pens eran como eran; por qué era correcto, en plena década de los ochenta, abstenerse de tener aire acondicionado, cuando el ruido de estos aparatos era precisamente el causante de que todos los inquilinos de la casa se mostraran más tolerantes de lo que debieran con el estruendo de los Pens; la torturante preocupación ante la posibilidad de ser impotente, ya que ni siquiera aquellas rameras de los pantaloncitos cortísimos le parecían atractivas... Todo estaba embarullado, dando vueltas dentro de las preocupaciones superficiales. Pero el núcleo era indudable. El núcleo era el hecho de que Jo-Anne estaba trastornada, y el núcleo de eso era un quasar de brillo suficiente para verse a través del resto de capas externas. Situación difícil la de un hombre cuando su esposa bajaba seis pisos por el aire. Más difícil todavía la de una niña de diez años, en particular la de una niña de diez años que despertó con el ruido de las sirenas y descubrió que de su mamá sólo quedaba una nota:
Os quiero a los dos, pero las mentiras están volviéndome loca. Tengo que salir de esta situación.
Besos, Maude.
Y naturalmente, cuando Brandon despertó y se enteró del suicidio de su esposa, el problema de más ardua resolución no fue la histeria de la niña, sino la pregunta ineludible y, además, incontestable: «¿De qué "mentiras" hablaba ella, papá?»
Brandon tenía que dar una respuesta a su hija... pero no, por favor Dios mío, hasta dentro de algunos años.
El edificio del Instituto Público Jefferson era un plagio de otra estructura comercial más placentera, el edificio Rockefeller de la Calle 42. Tenía treinta pisos, y la parte más próxima a la calle era un jardín. La fachada constaba de noventa metros verticales de vidrio. Detrás del vidrio había una morada campestre: un arroyo de suave corriente con albirrosadas carpas que se agitaban sin cesar, ananás de Hawai, una higuera de Bengala y una arboleda de seis plátanos y naranjos, y casi todas las semanas las secretarias podían llevarse a casa media docena de naranjas maduradas en el mismo árbol o un puñado de recios plátanos verdes. En invierno o en verano, el pequeño paraíso tropical de la Octava Avenida mantenía una temperatura constante de veinticuatro grados, y los transeúntes, acalorados, congelados o empapados lo contemplaban con envidia como si fuera el cielo. Sólo lo contemplaban. Si no se tenía alguna razón para entrar en el Instituto, era imposible pasar de la vigilada puerta.
Lo que Brandon deseaba hacer en ese momento era comprar un pastelillo de queso en la cafetería y sentarse bajo los plátanos para ver a las carpas persiguiendo las migajas. Se resistió a la tentación. Cuando se trabajaba para un grupo de especialistas, era más imprescindible que nunca aparentar ser un ejecutivo atento y eficaz. Por tal razón Brandon envió a su secretaria, Kim Hwa, a por el café y el pastelillo, y a su colaborador Al Plugmann a que hiciera fotocopias del informe, y recibió todo ello en el saloncito al aire libre que ocupaba en la planta dieciocho.
Si Brandon podía redactar una lista coherente de recomendaciones para la reunión del Comité de Planificación, el informe se presentaría a la Comisión Asesora, que a su vez lo llevaría al Grupo de Estudio del alcalde, que tal vez lo expusiera a la consideración del mismo alcalde. La media docena de reformas electorales que componía la tesis doctoral de Brandon se había convertido en una bien acogida (si bien poco leída) publicación universitaria y era directamente responsable del nombramiento del autor como director de Metas y Estrategias del Instituto Jefferson. Dichas reformas eran:
La Reunión Global Ciudadana que, recurriendo a medios de difusión electrónicos y entrevistas a ciudadanos normales, podía concluir en una asamblea decisoria comparable a las asambleas ciudadanas de Nueva Inglaterra o a la antigua ágora griega... con la diferencia de que involucraría a varios millones de personas.
La Solución del Cinco por Ciento, mediante la cual cualquier ciudadano que deseara pagar un recargo del cinco por ciento sobre el importe de sus impuestos podía ordenar que la totalidad de dichos impuestos fuera destinada a la función de gobierno que considerara más importante.
El Gran Jurado Ciudadano, con idéntica autoridad estatutaria que los jurados constituidos en la preparación de procesos criminales, pero con derecho a citar e interrogar a todos los departamentos de las agencias gubernamentales y cuasigubernamentales, y a preparar recomendaciones para la Reunión Global Ciudadana.
El Presupuesto Municipal de Servicios Elegibles, mediante el cual todos los ciudadanos obtendrían gratis una cantidad estipulada de servicios, y si se prefería utilizarlos en forma de parques y piscinas en lugar de escuelas para sus hijos y conciertos al aire libre, era posible indicar sus preferencias personales empleando una «tarjeta de crédito» que sería taladrada cada vez que se utilizara un servicio.
Había otras reformas. Brandon pasó tres años ideándolas, mientras Maude y sus rentas de veterano del ejército los sostenían, y Jo-Anne estaba aprendiendo a caminar, a hablar y a prescindir de los pañales. En ciertos aspectos aquélla había sido la época más feliz de su vida. Pero sólo siete inventos sobrevivieron al consejero de tesis doctorales que le correspondió, y sólo cuatro de éstos superaron el obstáculo de la Comisión Asesora del Instituto Jefferson.
La gestación de estos inventos sociales, estos alocados esquemas, como los denominaron las primeras personas a las que Brandon recurrió en busca de empleo, fue divertida, y todos ellos alcanzaron los objetivos que él esperaba cuando era un graduado con poco dinero y demasiados años. Todos los objetivos... excepto uno. Nadie, en ninguna institución civil, mostró interés alguno en llevar a la práctica esas ideas.
Pero la Comisión Asesora podía poner en marcha el plan, por fin, si Brandon elaboraba un informe adecuado. Por eso realizó el esfuerzo, leyó y tomó notas y dictó párrafos usando el estenotipo automático de Kum. No fue fácil, porque su mente no deseaba pensar en directrices públicas, sólo en calamidades privadas. Soñó despierto sin quererlo, miró al otro lado del ángulo del edificio, hacia otros saloncitos al aire libre donde diversas personas desempeñaban un centenar de tareas... Y abundaban las féminas, muchas de ellas vestidas de verano, incluso para los trópicos, con faldas cortas o shorts. Brandon señaló el punto donde desaparecía un terso muslo, blanco, cacao o café con leche, bajo una mesita para máquina de escribir, y lamentó no sentir más interés por alguna de aquellas mujeres...
Y cuando contemplaba el vestido de una mujer del piso de arriba, le sorprendió Simón Moberly, el anciano y honorable director del Instituto.
—¿Qué está haciendo aquí? —preguntó el director mientras observaba horrorizado el saloncito.
—Verá, es más apropiado. Hay menos interrupciones...
—No me refiero a eso, me refiero a por qué está aquí y no en el Ayuntamiento. ¿No ha recibido mi recado? Saúl Wassermann le está esperando.
—Vaya... Caramba... Nadie me lo había dicho —repuso Brandon.
—El señor Feigerman concertó la cita... dijo que había hablado con usted ayer. Muy inteligente por su parte mencionar el tema de esa forma, aunque claro está, hablando en general, los contactos con miembros de la Comisión Asesora deben limitarse a los canales adecuados... ¡No! —exclamó el director, olvidando lo anterior—. ¡No hay tiempo para hablar de eso! ¡Debe estar allí dentro de media hora, Shire! ¡Y ciertamente no le interesa hacer esperar a Saúl Wassermann!
Ciertamente a nadie le interesaba hacer esperar a Saúl Wassermann. Era una de esas personas por las que fluía el poder. Saúl programaba al alcalde, Saúl era el pomo de la puerta y el audífono en la oreja del alcalde, Saúl llevaba en la cabeza el mapa del laberinto que debía sortearse para hacer girar la vasta maquinaria política de la ciudad. Arrancar un compromiso a los líderes sindicales. Conseguir una promesa de dinero por parte de los banqueros. Aplacar a los peces gordos de distritos y barrios, en especial a los que no tuvieran parte en aquella particular leche de la vaca pública. Buscar un concejal para presentar la ordenanza municipal, explicarla a los funcionarios y a los auxiliares legislativos, obtener la autorización de Albany si el estado se hallaba involucrado, informar a los miembros de la Cámara de Representantes que se encontraran en la ciudad para que Washington no pusiera inconvenientes, convencer a las asociaciones cívicas y a los grupos de contribuyentes para que dieran su aprobación si era posible, o al menos para que se hicieran los despistados... Reclutar, neutralizar, negociar con astucia, engatusar... Y después, con suerte, los engranajes encajaban y la maquinaria se ponía en marcha, y nacía una nueva línea de metro, un parque, un auditorio, una entidad... Quizá la maquinaria de gobierno pudiera funcionar sin gente como Saúl Wassermann. Nadie lo sabía. Jamás se había hecho el experimento. En ciudades o naciones, con dictadores, alcaldes o reyes en el poder, siempre existía el técnico que sabía dónde buscar las palancas del poder. A veces era un hombre camuflado y moderado, un coronel House o un Harry Hopkins. A veces un hombre llamativo: Haldeman, Rasputin, Talleyrand. O Saúl Wassermann.
Saúl Wassermann no procedía del grupo taxonómico Talleyrand-Rasputin. Lucía conspicuamente los atavíos del poder. Su despacho era tan espacioso como el del alcalde, y Saúl fijaba la hora cuando ambos se reunían.
También él fijó la hora de la cita con Shire Brandon, haciendo esperar a éste una hora y veinte minutos en una habitación que no tenía ni ventanas ni un sillón decente.
Cuando por fin Brandon entró en el despacho, la espera no había concluido aún, porque Wassermann estaba hablando por teléfono, vuelto de espaldas en su sillón y contemplando el Parque del Ayuntamiento en la calurosa tarde ciudadana. Incluso en el interior del edificio se olía la huelga de basureros, ya que el Parque del Ayuntamiento contaba con tres metros de basuras amontonadas. No había asiento alguno cerca del escritorio. No teniendo elección, Brandon permaneció de pie, muy incómodo, hasta que Wassermann se volvió, colgó bruscamente el aparato y miró al recién llegado.
—Gracias por venir, Brandon —dijo afablemente—. ¿Qué me ha traído?
Era el momento. Brandon había ensayado el discurso, y lo comenzó bien.
—Este es el proyecto básico —dijo mientras dejaba en el escritorio de Wassermann más de doscientas fotocopias—. No espero que usted lo lea todo... los académicos tenemos inclinación a emplear demasiadas palabras. Hace hincapié en varios puntos importantes. Primero, la percepción de los hechos por las personas, más que los hechos por sí mismos, gobiernan sus conductas. Segundo, detrás de buena parte de las huelgas y el desasosiego de la ciudad, de hecho del mundo, se oculta un sentimiento de injusticia e impotencia. La gente piensa que no recibe una parte justa de la riqueza mundial, y al mismo tiempo que no tiene medio apropiado para cambiar eso. Tercero, existe una realidad detrás de la mayoría de percepciones. Las cosas buenas no se distribuyen con equidad, y casi nadie dispone de medios apropiados para influir en los hechos. Todo esto se expone a modo de introducción, y se analiza en las primeras cinco hojas... pero seguramente usted debe estar al corriente.
Wassermann asintió: prosiga.
—En consecuencia lo que proponemos —siguió recitando Brandon, un poco más deprisa— es curar esa impotencia... ese sentimiento de alienación, como aquí se denomina, ofreciendo al hombre vulgar ciertas oportunidades de ejercer un dominio real sobre el mundo en que vive. En una comunidad tan grande como ésta, ninguna parte individual de dominio puede ser grande. Pero cualquier persona podría tener esa sensación, porque se le puede permitir tener cierta autoridad real. Ello se lograría ofreciéndole la oportunidad de determinar hasta cierto punto cómo se gastan sus impuestos (la «Solución del Cinco por Ciento»), elegir que funciones de gobierno aparte de las absolutamente esenciales desea utilizar (el «Presupuesto de Servicios Elegibles») y participar en importantes tomas de decisiones mediante la «Reunión Global Ciudadana».
Estoy diciéndolo bastante bien, pensó Brandon, pero al mismo tiempo no pudo menos que observar que el entusiasmo de Wassermann no aumentaba. El nivel de atractivo bajaba centímetro a centímetro; el índice de impaciencia crecía poco a poco.
—Hay —prosiguió Brandon, resumiendo— otras propuestas. La Legislatura de Servicios Selectivos. El Gran Jurado Ciudadano. El...
—Discúlpeme —dijo Wassermann, y aunque mantenía su tono cortés, Brandon comprendió que había perdido—. Veamos si lo entiendo. Todas estas cosas que usted recomienda... ¿Se refieren a distintas formas de participación en el gobierno?
—Básicamente, sí —admitió Brandon.
—Ah-ah —dijo Wasserman. Rebuscó entre los papeles que tenía en el escritorio hasta encontrar lo que buscaba. Pensó un instante y alzó la mirada hacia Brandon—. La razón por la que accedí a verle fue que recibí una llamada de Feigerman y Tisdale. Son bastante importantes en esta ciudad. Sus proyectos de construcción están por todas partes, bien realizados y bien llevados. Tienen algunas excelentes ideas de largo alcance, proyectos que la ciudad debería abordar, y por eso, cuando los expertos del señor Feigerman dijeron que yo debía hablar con usted, me apresuré a aprovechar la oportunidad.
—Y yo lo aprecio —dijo Brandon.
—Pero esto no es lo que esperaba —continuó amablemente Wassermann—. Lo que yo esperaba de usted eran cosas tangibles. Por término medio perdemos trece mil empleos en la industria. Ofrézcame algo que cree empleos. Tenemos apartamentos desocupados sin razón alguna y a pesar de todo no podemos alojar a toda la gente que desea vivir aquí. Ofrézcame algún plan de viviendas. No me exponga teorías políticas. No puedo recaudar impuestos basándome en teorías políticas. —Abrió un cajón y extrajo una gruesa carpeta roja—. Aquí hay algo que el señor Feigerman proyectó para nosotros hace algunos meses. ¿Por qué no se lo lleva a la Fundación? Que sus expertos lo examinen. Vea si hay medios de poner en práctica algún proyecto. Después vuelva y hable conmigo otra vez —dijo Wasserman, levantándose para estrechar la mano de Brandon—, si hay motivo para ello.
El director no se enojó, porque el director jamás se dejaba llevar por la cólera. Estaba muy, muy desilusionado.
—Esperaba —dijo débilmente— que esto fuera un acontecimiento importante para nosotros. ¿Qué eran esas propuestas que la oficina del señor Feigerman presentó al alcalde?
—Mecánica —repuso amargamente Brandon—, mecánica y construcción. —Agitó la carpeta, con su elegante tapa de plástico sujeta mediante un cordón de seda y las letras en relieve Feigerman & Tisdale, Ingenieros.
—¿Igual que el proyecto del East River del señor Feigerman? —inquirió el director—. Porque estoy forzado a decir que la idea de instalar toda una ciudad de pisos en las orillas de Queens la considero como máximo uso de comodidades para todo el mundo.
—Hay de todo un poco —repuso Brandon, y más o menos así era.
La mitad de los proyectos eran ideas que solamente solían verse en la portada de Mecánica Popular. Un plan para que los ferrocarriles subterráneos funcionaran con campos magnéticos. Un proyecto para construir nuevas prisiones en zonas deprimidas de la ciudad (nuevos trabajos para los parados, excelente uso de terrenos sin valor, fácil acceso para las familias de los presos —que muy probablemente, aunque la propuesta no lo señalaba en concreto, debían vivir ya en las mismas zonas deprimidas— más la idea suplementaria de poner a los presos bajo tierra con el múltiple objetivo de ahorrar energía, reducir la posibilidad de fuga y lograr que los vecinos honrados, si los había, no tuvieran la necesidad de ver a los encarcelados). Había propuestas para construir una cúpula sobre la isla de Manhattan, aprovechar las mareas de Lower Bay para producir energía eléctrica, represar el estrecho de Long Island para transformarlo en un lago de agua dulce, enfriar los edificios urbanos en verano mediante la introducción de agua fría del subsuelo en los sistemas de aire acondicionado y dotar a las principales avenidas urbanas de pistas elevadas para que pasearan los peatones. Todos los proyectos eran arriesgados. Pero todos ellos estaban apoyados por hojas con estudios de viabilidad y relación costo-beneficio.
—Estoy obligado a decir —comentó el director— que algunos son bastante ingeniosos. —Estaba mirando una hoja del Estanque Helado Princeton, donde se proponía el uso de compresores de nieve en invierno para crear una reserva de hielo aprovechable como refrigeración en verano.
—El único que me gusta —dijo sombríamente Brandon— es el medidor de uso de automóvil. Todos los coches llevan uno, y se controla mediante radio por zonas... Cuanto más cerca estás del centro de la ciudad, más te cuesta tener el vehículo allí. Es una idea inglesa.
El director asintió juiciosamente.
—Pero lo necesitan tanto en Londres como aquí, y si no lo usan es que tiene terribles defectos. Supongo que lo mismo podría decirse de casi todos estos estudios, ¿eh, Shire? ¿Sueños impracticables, llenos de errores conceptuales?
Brandon sacudió la cabeza.
—Me temo que es obra de un genio —afirmó.
Y así era, no tanto por lo que proponía, como por lo que silenciaba. No contenía una sola palabra de ninguno de los inventos sociales que Brandon había incluido. No había una sola sugerencia de cambio político. De las recomendaciones de F&T había que deducir que la ciudad de Nueva York seguiría teniendo durante toda su vida futura un alcalde, un consejo municipal, cinco presidentes de distrito y un club político en cada manzana. La olla a presión de los cabildeos y politiqueos en pos de intereses particulares continuaría arrojando vapor eternamente. De este modo la toma de casi todas las decisiones estaría en manos de profesionales... y el verdadero talento en la redacción del informe presentado por F&T, intuía Brandon, consistía en que los Saúl Wassermann formaban parte integral del futuro, mientras que no tendrían sitio en la clase de mundo que Brandon se afanaba en crear.
—¿Sabe qué hemos hecho? —preguntó Brandon—. Hemos ofrecido a Saúl Wassermann un plan para su auto-liquidación. ¡No es extraño que no le guste!
Soy Maude Brandon, y sé que fue una maldita estupidez quedar embarazada mientras mi marido estaba en Vietnam. Pero creí que había muerto. Él se lo tomó bien, cuando regresó. Dijo que de no haber sido por la guerra ya habríamos tenido un hijo, y que éste iba a ser ese hijo. Dijo que si nos trasladábamos a otra ciudad no habría amigos ni vecinos que se pusieran a contar meses, y que con su paga de veterano podía estudiar en una universidad, y que empezaríamos una nueva vida y nadie se enteraría de nada. Pero resultó que había una persona capaz de enterarse, contando meses, en cuanto tuviera la edad suficiente.
Y la ciudad continuó con sus travesuras. Los metros circulaban despacio, porque las repercusiones del accidente impedían que se hiciera normalmente, y la basura seguía acumulándose y apestando. En un desván de Worth Street una arruinada drogadicta (pertenecía a la promoción del 79 del Barnard) metió pólvora de petardos en una caja de tiritas y soñó en plutonio. Un chulo de voz ronca miró incrédulo el anillo de diamantes que su chica le había traído a modo de ofrenda de paz, y la derribó de un puñetazo. Era su manera de decirle que devolviera el anillo y consiguiera dinero. Quince muchachos italianos de Brooklyn rodearon a un cartero negro mientras desabrochaban sus gruesos cinturones. El infortunado podía repartir cartas entre el vecindario blanco, pero cometió el error de beber una Coca Cola en la pastelería favorita de los italianos, y eso no estaba permitido. Y al mismo tiempo, en la Calle 58, un autor literario usaba un ordenador para escribir las últimas líneas de su mejor novela; un delegado de las Naciones Unidas se disponía a proponer un plan viable para controlar el armamento nuclear; y en el sucio, destartalado y viejo Hospital Bellevue un cirujano con láser y otros instrumentos valorados en ochocientos mil dólares y un equipo formado por diez superdotados colegas extirpaba un tumor en la médula espinal de un vagabundo de la calle Bowery. En vano.
Así estaba Nueva York. Así estaban las ciudades en todas partes, pero Nueva York era el schwerpunkt. No basta con tecnología para que sea cierta la igualdad «ciudad = civilización». Un pueblo puede tener un almacén de comestibles, un policía y una estafeta de correos. Un pueblo más grande, otras tiendas, un cuerpo de bomberos y quizá un cine. Pero esto sólo es la espuma de la gran ola de la civilización. Para tener hospitales y centros de estudio especializados, alguna compañía de ópera, una orquesta sinfónica, clubs nocturnos, museos, grandes bibliotecas, diversas iglesias, equipos deportivos, locales para reuniones, una fuerza laboral infinitivamente variada, acceso inmediato a capital, rápidos transportes públicos, tiendas que dispongan de cualquier cosa deseable, tiendas que ofrezcan lo necesario a cualquier hora del día, rameras, héroes, homosexuales, psicoanalistas, circos, patólogos forenses y diplomáticos extranjeros, para tener todas estas cosas y todas estas personas, para tener medios y mercados para las múltiples actividades «civilizadas» de los seres humanos... se necesita masa crítica. Cuando se combina un número suficiente de estas cosas, tenemos civilización, y el lugar donde la encontramos se denomina «ciudad».
El precio es exorbitante, sea cual sea la moneda, pero la ciudad supone un gasto indispensable.
La ciudad aplicó sus fuerzas a la tarea de resolver el robo sufrido por Brandon. Eran impresionantes, si bien inadecuadas.
Los primeros sospechosos, por supuesto, eran los Pens. Fue la primera idea de Brandon, y de su hija, y del conserje del edificio, y de la policía. No podía afirmarse que la policía no se esmeraba. Llenaron de polvo todas las superficies planas en busca de huellas. Llamaron a todas las puertas para comprobar si algún vecino del edificio vio o escuchó algo. Ordenaron a Brandon que buscara facturas y garantías, y anotaron los números de todos los aparatos caseros que llevaban uno.
Tampoco podía afirmarse que los agentes se mostraban alentadores. Cuando el detective encargado del caso volvió para decir que no tenía nada que decir, explicó que jamás se recuperaba más de uno de cada cien objetos robados.
—Casi todas las cosas que recuperamos al arrestar a un ladrón no vuelven a sus legítimos propietarios —añadió—. No pueden identificarlas. Y acaban subastadas por el servicio de Custodia de Bienes de la policía.
Se hallaban junto a la ventana, donde había estado hasta entonces el televisor grande. Al otro lado de la calle los Pens se afanaban en las tareas normales de una tarde de agosto. Dos de ellos estaban preparados para pelear, distanciados más de tres metros. El primero adoptó la pose de boxeador de John L. Sullivan, el segundo separó los pies y mantuvo las puntas hacia afuera, como un friso oriental de un danzarín de templo. No parecía probable que fuera a correr la sangre. El detective los observó con la evaluación técnica de un oficial tanquista ante una colina que, en ese momento, no debe tomar.
—Si son los que se llevaron nuestras cosas —dijo Jo-Anne, pensativa—, ¿por qué no baja usted y los coge?
—No sin una orden de detención, preciosa, y nosotros no tenemos pruebas. De todas maneras, seguramente ya se habrán deshecho de todo lo que robaron.
Pero el agente no deseaba hablar de los Pens, como no fuera en general. Eran Personas Necesitadas de Supervisión, cierto, pero él no pensaba comprometerse en esa necesidad de supervisión. Sí, los Pens estaban institucionalizados. La pertinente preocupación por los derechos civiles de los Pens no le permitía decir, por ejemplo: Pero, por qué demonios, señor Brandon, cree usted que se institucionalizó a los jóvenes negros. ¿Atracos? ¿Violaciones? ¿Drogas? Sí. Todo eso. Casi todos los Pens tenían ya una buena hoja de antecedentes antes de cumplir los doce años. Que ahora pudieran ir a un centro de rehabilitación no significaba que se hubieran reformado. Sólo significaba, como mucho, que alguien, en alguna parte, opinaba que había esperanzas de reforma.
Pero cuando se marchó, no quedó duda alguna de que el detective no era esa persona.
Si se sumaba el valor aproximado de todo lo robado, el total se acercaba a dos mil dólares. Pero ésa era una cifra para el impreso del seguro, no la real. El televisor del salón resultó costoso a Brandon cuando lo compró para el décimo aniversario de boda, pero el tubo de imagen estaba a punto de gastarse, y los mandos de sintonía se hallaban tan averiados que a duras penas se conseguía sintonizar un canal. El radio-reloj rosa de Jo-Anne con los grabados del Pato Donald había acompañado a la niña desde que cumplió cinco años, y se había caído al suelo con frecuencia. El daño más grave era interno. En particular para Jo-Anne. Los niños crecían enfrentándose a desafíos, pero si los desafíos eran demasiado severos no podían hacerles frente. Jo-Anne no formulaba ya preguntas difíciles respecto a su madre. Había dejado de escribir aquellas largas y locuaces cartas que no podían enviarse por correo. Cada vez pasaba más tiempo en su cuarto con la puerta cerrada, y cuando Brandon, preocupado, la instaba a que expresara sus sentimientos, la niña se limitaba a clavar los ojos en él. ¡Estoy bien, papá, por Dios! Pero era mentira.
Así pues, ¿qué iba a hacer Brandon? Si se había quedado solo como padre no era por decisión propia, y jamás había aprendido a ser padre. Se rebajó a pedir consejo a Jessie Grai (al fin y al cabo, ella tenía el título de psicóloga) pero la directora de Análisis de Estilos de Vida no tenía familia. Brandon obtuvo mejor consejo de Ann Landers, a la que leía devotamente. La mejor advertencia insistía en un solo aspecto: dedica tiempo a la niña. Incítala a hablar. Trata de mostrarte alegre con ella, pero sin mimarla: que cumpla con sus obligaciones y haga los deberes. Y de nuevo y por encima de todo, dedícale tiempo. Pero el obstáculo para eso era la misma Jo-Anne. ¡Por Dios, papá, no, no quiero que tomes las vacaciones ahora para que vayamos a Disneylandia! Gracias, papá, pero he visto todos los museos con mis compañeros de clase. No, gracias, papá, no hay ninguna película que quiera ver. El bochornoso y sofocante sábado antes de que empezaran las clases, Brandon la convenció como mínimo para que diera un paseo por el río con él, y la niña, sin protestar, preparó bocadillos de atún y lechuga y llenó un termo con naranjada. Abajo, en la esquina opuesta de la manzana, dos Pens sostenían una de sus largas discusiones, uno en el bordillo, el segundo al otro lado de la calle. Era imposible saber sobre qué discutían. En el resonante cañón que formaban los elevados muros de los edificios no se podían entender con claridad las palabras, o al menos nunca se oía más de una, y lo único que escuchó Brandon fue: murmullo JODIDO murmullo murmullo JODIDO murmullo JODER murmullo murmullo JODER. Jo-Anne no dio muestras de haberlo oído. Se cogió de la mano de su padre para cruzar la avenida y, muy educada, se negó a que él llevara el macuto con la merienda. Y cuando se sentaron en un bloque de cemento bastante limpio, al borde de un embarcadero más o menos solitario, la niña escuchó atentamente mientras Brandon señalaba el hidroavión que se disponía a amarar, los botes de recreo, el barco de excursiones de la Circle Line, los remolcadores con sus ristras de barcazas, los puentes que cruzaban el río al norte y al sur...
La ventaja de una comida, cuando se está acompañado de una hija de diez años que no desea comentar las cosas que le preocupan, es que comiendo se tiene algo que hacer durante bastantes minutos. La desventaja es que al acabar de comer el padre no está programado.
—La última vez que estuvimos aquí —comentó Brandon mientras acaban los bocadillos—, ¿te acuerdas?, mamá quería subir a un hidroavión.
—Me acuerdo —dijo Jo-Anne en tono inexpresivo. Y añadió, más alegre—: ¡Mira, papá, está empezando a llover!
Brandon estuvo a la altura de la situación. Ambos se retiraron al abrigo del paseo del río, donde había más bloques de cemento, grandes y rectangulares, para evitar que los coches ocuparan espacios de aparcamiento sin pagar por ello. Los bloques estaban llenos de polvo. No recibían la usual bendición del lavado de las lluvias, de tal modo que allí, la materia sólida transportada por el aire que se posaba sobre cualquier lugar de la ciudad, no sólo se posaba sino que además arraigaba. Brandon limpió un bloque lo mejor que pudo con las servilletas de papel. Aun así, los pantalones cortos de Jo-Anne tendrían que ir a la lavadora.
El lugar no era tan agradable como la orilla del río bajo el sol. El olor a mar y humedad quedaba diluido por efluvios de gasolina, llantas quemadas y suciedad rancia; semanas antes el paraje había sido uno de los mejores escondrijos de la ciudad para basura no recogida, y todavía había residuos en el ambiente. Pero Jo-Anne fue feliz como siempre en los días lluviosos. Estar al aire libre bajo una tormenta constituía una aventura. Al otro lado del East River se veían, a través de cortinas de lluvia, los talleres de impresión de un periódico, la torre de un radiotransmisor, la mancha que en otros tiempos había sido el Arsenal Naval... e incluso una extensión verde, extrañamente tolerada entre las edificaciones industriales de pasados siglos. Si los planes de Rintelen Feigerman se aprobaban, todo eso quedaría extirpado por las torres color pastel de la orilla este del East River. Mil ochocientos pisos por unidad. Doce unidades proyectadas. De acuerdo con la media de dos coma dos personas por piso, cerca de cincuenta mil individuos vivirían allí antes de cinco años, nadarían en las cinco espaciosas piscinas, jugarían en las pistas de tenis, irían de compras por los supermercados autónomos, drugstores y boutiques, cruzarían (si el bolsillo lo permitía) el East River en aero-deslizador para ir a trabajar a Wall Street o a la Calle 42 y ofrecerían la posibilidad de contemplar un interesante deporte a las prósperas familias que ocupaban la urbanización Jacob Rus en la orilla de Manhattan. Era posible, reconoció mentalmente Brandon, que Feigerman, Tisdale y Saúl Wassermann tuvieran la razón de su parte. Habría muchísimos puestos de trabajo en la orilla este del río. Si le dieran a elegir entre mil quinientos empleos bien remunerados y un cuento de hadas para tomar decisiones cívicas justas y con la participación de todos, ¿qué consideraría él más valioso, suponiendo que fuera Feigerman, Tisdale o Wassermann, con las responsabilidades de obtener dinero bien edificando o bien consiguiendo fondos para administrar la ciudad?
—Ahora está lloviendo bastante, papá —dijo Jo-Anne.
Brandon pensó que, teniendo en cuenta que su objetivo al estar con la niña era incitarla a expresar sus sentimientos, había dejado que la conversación decayera lamentablemente. A su hija no parecía importarle. Estaba entretenida contemplando los no muy conocidos alrededores. Al cobrar fuerza la lluvia el agua se filtró por las junturas de la calzada elevada, y cayó como una cortina en los lugares donde las grietas eran más finas. Había desagües, pero casi todos se hallaban completamente secos, taponados desde Dios sabía cuándo, con Dios sabía qué. La ciudad entera estaba muy retrasada en cuanto a reparaciones y reconstrucciones, comprendió Brandon. Imposible culpar a Wassermann porque se preguntaba de dónde iba a salir el dinero... Pero estaba olvidando otra vez a su hija.
—¿Qué decías, cariño? —preguntó Brandon—. ¿Quieres volver a casa andando, aunque llueva?
—¡Oh, sí! —exclamó ella, aventura y más aventura. Jo-Anne descubrió inmediatamente motivos para justificar que la idea no sólo era buena sino además indispensable: la lluvia estaba caliente, no podía causarles daño físico, la ropa que llevaban puesta, los dos, la meterían en la lavadora nada más llegar y, sobre todo, ella tenía que prepararse para la fiesta de cumpleaños que Brandon había olvidado por completo esa tarde. No fueron los únicos que se mojaron. Había practicantes de jogging, insensibles a cualquier cosa que se interpusiera entre ellos y su terapia, que avanzaban salpicón tras salpicón. Había niños hispanos en bicicleta, haciendo ochos y volutas en una calle casi sin tráfico. Uno de ellos resbaló en el agua y cayó; se levantó de un brinco sonriendo como si hubiera planeado esa travesura, y Jo-Anne le devolvió la sonrisa, muy contenta.
Pero la lluvia era francamente intensa. Llenó los ojos de Brandon. Al otro lado del río dejaron de verse las torres de los radiotransmisores, y las barcas que se escabullían hacia el embarcadero de la Calle 23; con las velas plegadas, atrapadas por la tormenta, eran simples sombras grises. Brandon se preguntó adonde iban los hidroaviones cuando el tiempo era tan malo; no había ninguno visible. Era la clase de tema que le habría gustado discutir con Jo-Anne, pero se contuvo porque pensó que no debía hablar con ella de eso. Y sin embargo, el tema real... ¡era tan arduo! Desde el suicidio, Brandon había intentado comprender todas las disposiciones de ánimo de Jo-Anne, atento al talante apropiado para provocar la conversación que curara todas las heridas, revelara todas las llagas y permitiera que la niña estuviera informada y contenta... ¡como si ambas cosas fueran posibles al mismo tiempo! Pero el talante apropiado no se mostraba nunca. Cuando Jo-Anne estaba contenta, era vergonzoso echar a perder su buen humor. Cuando no lo estaba, Brandon no quería que la niña se sintiera peor.
Se detuvieron en la esquina de la avenida, sonrientes bajo el chaparrón, mientras delante de ellos una familia numerosa organizaba sus fuerzas para cruzar la calle. Había cuatro o cinco niños, entre ellos bebés en cochecitos, y varias mujeres adultas. Incluso los bebés llevaban pequeños paraguas en los cochecitos.
Vaya, pensó Brandon mientras observaba afectuosamente a su hija, ella no parece trastornada, ¿eh? Quizá fuera preferible no precipitar las cosas. Quizá ella formulara las preguntas a su debido tiempo, y tal vez fuera mejor no presionarla, no forzarla a una seria charla padre-hija que a ninguno de los dos iba a gustar...
Quizá ceder no fuera un buen criterio por parte de Brandon, pero tenía una gran ventaja aparte de que era fácil hacerlo. Eso no aumentaba su dolor... en unos momentos en los que el dolor estaba retenido bajo la superficie de su mente, casi siempre, aunque él sabía que estaba allí, dispuesto a hervir en cualquier instante.
No fui precisamente el último soldado que salió del aeropuerto de Ton Son Nhut, pero sólo me faltaron setenta y dos horas para serlo. Me retuvieron algún tiempo en Waikiki, junto con otros dos mil recién salidos del Vietnam, y fue como una luna de miel. Sin novia, por supuesto. Maude continuaba en San Francisco. Estaba rara cuando la llamé por teléfono desde Honolulu, pero no di mucha importancia al detalle (al fin y al cabo, no nos habíamos visto desde hacía año y medio) hasta que llegué a Oakland. Estaba embarazada de cinco meses. No fue fácil enfrentarse a eso. Tomé una decisión. No sé si fue la correcta. Dije que yo aceptaría el niño como si fuera mío, y así lo hice. No puedo afirmar que el hecho no me molestara. Lo que no comprendí es que, durante diez años, quien realmente se sintió molesta fue Maude.
Seis veces diarias visitaban el edificio los chicos del correo. Lo que traían no eran normalmente cartas. Eran comunicaciones entre oficinas, fotocopias de informes de normas y arrugados ejemplares de las trescientas publicaciones periódicas a las que estaba subscrito el Instituto, todos ellos con una lista de distribución impresa mediante lampón de forma que, normalmente a primeros de abril, todo el mundo habría tenido oportunidad de ver los números de enero. Cuando Brandon oyó que se abría la puerta, gritó desde el balcón:
—¡Déjelo aquí, por favor!
Y así lo hizo el portador, pero no era el chico del correo. Era el director en persona, que sonreía bajo su merengue de blanca barba.
—He pensado que sería mejor traer esto personalmente —dijo, y entregó a Brandon la octava o décima revisión fotocopiada del orden del día de la reunión de la tarde de la Comisión.
Eso fue lo único que dijo. Se quedó donde estaba, rebosante de alegría, y por la inclinación de sus cejas y la cadencia de su voz, Brandon dedujo que había alguna buena noticia en el programa. Sólo tardó un momento en averiguarlo:
Punto IIIa. Dr. Brandon. Presentación del Concepto de Reunión Global Ciudadana.
—Caramba —dijo Brandon, tan asombrado como complacido—, ¡esto es fabuloso! Creía que el proyecto estaba en la cámara de gas.
—Poco elegante —repuso el director, conteniendo la risa—, pero no inexacto. Sin embargo, le han concedido un aplazamiento, Shire. El señor Feigerman telefoneó y dijo que ganáramos tiempo.
Era una buena noticia... pero imprevista para Brandon.
—No tengo nada preparado —dijo. El director se alzó de hombros alegremente—. Quiero decir que no sé qué actitud adoptar.
—Sea brillante —aconsejó el director—. Considere la ciudad como un organismo. Considere todos sus procesos vitales. Supervivencia, ingestión, eliminación, reproducción... ¡Pero fíjese en mí —añadió, riéndose de sí mismo—, explicándole lo que ha de decir usted! Estoy seguro de que lo hará muy bien.
Y tras esa observación se fue. Uno de los rasgos menos atractivos del director era que sólo se permitía hablar de forma alegórica y con insinuaciones, pero esperaba detallados programas de acción por parte de sus subordinados.
Y de este modo Brandon pasó los siguientes noventa minutos en su saloncito al aire libre, elaborando notas para una presentación. Estuvo muy atento al reloj. Aun así, no se dio cuenta de que había concluido su tarea hasta que oyó un alboroto mucho más abajo. La presentación no era completa. No ofrecía todos los detalles. Pero de todos modos no le permitirían decir más en el punto Ill-a. Se levantó y estiró los brazos. Abajo, entre los plátanos y las susurrantes aguas, el guarda de seguridad estaba repeliendo la invasión de los proveedores, que buscaban un ilegal atajo a fin de entregar los víveres para la reunión, en lugar de dar la vuelta al bloque y usar la entrada de servicio.
—Ahí vamos —dijo Brandon, dirigiéndose a sí mismo o a los plátanos, y fue al lavabo para peinarse antes del espectáculo.
Cuando yo muera no tendrán que ponerme una lápida, porque mis lápidas están por todas partes de la ciudad. Edificios de oficinas, hoteles, condominios, centros comerciales... Yo no los diseño, pero los construyo. No me refiero a que me limite a contratar obreros y adquirir acero. No se edifica un rascacielos en el solar que has comprado, lo edificas en los tribunales y en las oficinas municipales, consiguiendo subvenciones estatales y renuncias del Ayuntamiento, yendo a juicio para anular la normativa de alguna comisión urbana, cambiando espacio aéreo por comodidades... Soy en experto en eso. Suelo ganar, porque conozco los intereses de la ciudad y, además, mis derechos. Tienen una deuda conmigo. Tienen una deuda porque yo pagué mi cuota cuando mi B-24 se estrelló y ardió, y mis ojos no están bien desde entonces. Tienen una deuda conmigo porque jamás habría tenido la oportunidad de fundar la empresa si no me hubiera casado con la hija viuda de Paul Tisdale. Tienen una deuda conmigo porque crecí en los barrios pobres con el buen y viejo nombre holandés de Rintelen Feigerman. Tuve que aprender a luchar a los cinco años, y no he dejado de hacerlo.
—Hola, señor Feigerman —dijo Brandon al entrar en el comedor. El anciano alzó los ojos hacia él.
—¿Sí? —No ofreció su mano y, teniendo en cuenta su forma poco clara de contemplar la sala, Brandon no tuvo ninguna seguridad de que le hubiera reconocido. Se presentó y consiguió otro—: ¿Sí?
El hombre no era en realidad tan viejo, no llegaba a los setenta, pero sus gruesas lentes y su mirada bizqueante y lenta le conferían una apariencia caduca. Brandon entabló conversación. Se suponía que había que hacer eso en los refrigerios de la Comisión Asesora, por eso eran refrigerios, con bebidas en el bufete, y no simples reuniones. Las respuestas de Feigerman no fueron hostiles. Simplemente no pasaron del sí o no, y poco importó lo que Brandon se aventuró a decir. A la pregunta de si Feigerman se había repuesto por completo de su malestar el día de la falsa bomba, un declarativo sí. A la casual observación de Brandon respecto a que había visto desde la otra orilla del río el lugar donde Feigerman proponía edificar, un sí interrogativo. Sólo al preguntar a Feigerman si deseaba beber algo obtuvo Brandon un movimiento de cabeza seguido por una frase completa:
—Mi esposa es la persona con quien debería usted estar hablando.
Pero en ese momento todos estaban sentados ya, y no hubo oportunidad. Había más sillas de las acostumbradas alrededor de la mesa, y Brandon se hallaba muy lejos del lugar que ocupaban los Feigerman, cerca de una mujer joven que inmediatamente quiso saber cómo afectaría el Presupuesto de Servicios Elegibles a la capacidad de negociación de los empleados municipales.
Había once miembros en la Comisión Asesora, y milagrosamente todos estaban presentes... y aún más, ya que Rintelen Feigerman había acudido con su esposa. Veintiuna personas se encontraban alrededor de la mesa. La mujer que tenía a su derecha, descubrió Brandon, se llamaba Maggie Moscowitz, presente como substituía del portavoz de la Comisión en temas laborales, el presidente del TWU (el sindicato de transportes).
—La negociación de un convenio —observó ella— no es un privilegio. Está prescrita por la ley. ¿Qué ocurriría si, por ejemplo, mucha gente no quisiera usar el metro y los ingresos descendieran? ¿Compensará las pérdidas el ayuntamiento? ¿Y con qué dinero?
—Eso no sería un cambio —protestó Brandon, y apuntó que ya existía un déficit en la red de transporte público y que había que compensarlo con dinero procedente de impuestos—. En cualquier caso, el metro es con seguridad el servicio que menos sufriría... Bibliotecas y museos, ahí sí sería precisa protección especial.
Maggie Moscowitz consintió en que le explicara cuáles eran las previsiones de protección especial, pero lo único que comentó, de vez en cuando, fue «páseme la sal».
En cuanto ella desvió su atención hacia la doctora Grai, que estaba a su derecha, Brandon se concentró en los Feigerman. Jocelyn Feigerman tenía, posiblemente, más años que su esposo, supuso Brandon. No era una mujer guapa, pero sí llamativa: alta, rubia platino, tan segura de sí misma y tan afectada en persona como en los carteles donde aparecía con un niño o con una feliz madre soltera para divulgar su misión contra el aborto. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía tenía una voz de conferenciante que llegaba con facilidad al extremo opuesto de la mesa. Brandon escuchó descaradamente, pero nada de aquello parecía estar relacionado con él. Luego se dedicó a sus manjares.
El refrigerio fue bastante más complejo que otras veces, con vinos blancos fríos, servidos en botellas envueltas en servilletas, y tintos como complemento de las acostumbradas botellas de Coca-Cola y la jarra del café. El director se había esforzado mucho en dar una buena impresión. Disponer de una sala más espaciosa habría sido provechoso. El comedor estaba totalmente atestado, en especial porque Maynard Meckeridge, el banquero, no se abstenía de fumar sus puros y porque Jocelyn Feigerman no sólo se había invitado ella misma junto a su esposo sino que además había llevado a un joven moreno a modo de secretario. La señora Feigerman lo mantenía ocupado. «Hersch, más vino, por favor», «Hersch, telefonea al aeropuerto y confirma mi vuelo de esta tarde», y cuando el pobre Hersch no tenía que hacer algún recado, bastante atareado estaba alejando el humo de los puros de las cercanías de su jefe.
Entre los componentes de la Comisión estaba alguien encargado de programas sociales (monseñor Bredy, que además era el experto en religión) y un agente de productos internacionales, el representante de Halbfleisch Frères. El responsable de impuestos y leyes era un abogado llamado Milt White. Política y diversión recaían en una sola persona, el ex senador Sandstrom, que costeaba espectáculos. Ninguna jefa de comedor de embajada seleccionaba las tarjetas de los invitados con más cuidado que el Instituto para elegir su Comisión. Además de los comisionados para asuntos externos se encontraban allí los genios residentes de la organización: Brandon, Jessie Grai y el director. Naturalmente, la Comisión no era la única actividad del Instituto. En cualquier momento dado la institución participaba como mínimo en una decena de comités, comisiones, agrupaciones especiales y equipos de estudio. Los grupos variaban drásticamente en cuanto a volumen, miras y funciones, pero todos tenían un elemento en común: el director estaba en todos ellos.
«Ill-a» había parecido un agradablemente remoto punto del orden del día cuando Brandon lo vio, pero no se había dado cuenta de que el punto I era sólo la bendición de monseñor Bredy y que el punto II iba a ocupar el tiempo preciso de hacer una propuesta para prescindir de la lectura de las actas. Y de este modo, mientras las camareras reclutadas entre las mecanógrafas estaban aún llevándose platos, Brandon se encontró de pie en la cabecera de la mesa.
Puesto que de Rintelen Feigerman había sido el responsable de incluir la presentación en el orden del día, Brandon habló dirigiéndose a él. No fue satisfactorio. Detrás de las gruesas lentes oscuras de Feigerman no había ojos visibles.
—La Reunión Global Ciudadana —dijo Brandon, dudando de que Feigerman estuviera mirándole... dudando incluso de que estuviera despierto— es una síntesis de sociología, teoría de la comunicación y estudios informáticos. Lo que promete hacer es posibilitar que una ciudad del tamaño de Nueva York, siete u ocho millones de personas, participe en una discusión para resolver problemas del mismo modo que sucedía en las asambleas de Nueva Inglaterra en el pasado. La RGC aprovecha los profusos medios de comunicación disponibles en la ciudad: siete canales de televisión de VHF y bastantes más de UHF, aproximadamente un centenar de emisoras de AM y FM... ¿perdón?
El interés de Feigerman, suponiendo que tuviera alguno, aún no era visible, pero su esposa había levantado la mano.
—Me pregunto si... ¿ha pensado en televisión por cable? —preguntó la señora Feigerman.
—En realidad, sí, pero sólo tendría utilidad limitada... como podrá comprobar —repuso Brandon, con la intención de hacer un reproche suave aunque esperanzadoramente inofensivo—. Permítanme bosquejar un escenario que pudiera emplearse ahora mismo. Como saben, el Ayuntamiento ha tenido una serie de enfrentamientos con los sindicatos, en particular con los servicios uniformados. Existe una imposibilidad lógica para llegar a un acuerdo, ya que los policías desean que su escala de sueldos refleje el hecho de que corren el riesgo laboral y profesional más elevado de todos los servicios, mientras que los bomberos quieren igualdad de pago con los policías. Es imposible acceder a ambas cosas. Bien, ¿cómo resolvemos el problema? Invitamos a la ciudad entera a participar. Un importante canal de televisión proporciona un estudio donde se reúne, por ejemplo, el consejo municipal. Todo el mundo puede observar. Al mismo tiempo, las emisoras de radio deben ofrecer traducciones simultáneas en español, japonés, yiddish, chino, italiano y cualquier otra lengua que por contar con un número de votantes lo bastante grande justifique su uso. ¿Tenía otra pregunta, señora Feigerman?
—Sí. ¿Qué opina de un referéndum sobre temas morales?
Brandon miró al director en busca de ayuda, pero sólo obtuvo un resignado pestañeo.
—No estoy seguro de entenderla, señora Feigerman.
—En ese caso me explicaré. Como saben ustedes, participo activamente en el movimiento por el derecho a la vida. Creemos que debería existir una enmienda constitucional que prohibiera el aborto, y no nos cabe duda de que si el tema fuera presentado de la forma conveniente una gran mayoría de votantes estaría de acuerdo con nosotros. Mi pregunta... en realidad, la razón por la que he solicitado estar presente aquí, es ver si su procedimiento puede ayudarnos.
La mesa había quedado muy silenciosa. Hasta el banquero había dejado de chupar su puro, y las camareras reclutadas se hallaban de pie junto a la entrada, a la espera de ver cómo el doctor Brandon salía del apuro. También el doctor Brandon sentía curiosidad por eso. El doctor Brandon tenía opiniones políticas bastante firmes, y no incluían simpatía alguna por las fuerzas antiabortistas; en opinión del doctor Brandon esas fuerzas estaban compuestas por trogloditas de edad avanzada no deseosos de que otras personas se divirtieran.
—En realidad no he considerado ese aspecto, señora Feigerman —dijo—. Se trata de una herramienta para mediar, no para persuadir.
—Exacto —repuso ella, afirmando con la cabeza—. Mediar, de eso hablo. Nada de lavar el cerebro, si está pensando en eso. Tan sólo airear en público los pros y los contras. Si le hace sentirse mejor, no lo considere simplemente como una proposición para respetar el derecho a la vida. Hay otros muchos temas morales que precisan una discusión pública completa y sincera. Drogas. Crímenes callejeros. Los derechos de las víctimas. El concepto de pena capital, por no mencionar...
Fuera lo que fuese lo que la señora Feigerman iba a mencionar, no llegó a hacerlo, porque existía otro problema importante que ella había olvidado, pero que se negaba a quedar en el olvido. El problema se mencionó él solo.
La mención fue un estallido brusco y repentino y un estruendoso retumbo, y luego el alboroto de frágiles objetos que caían entre un coro de chillidos. Brandon, temporalmente aliviado mientras se inclinaba hacia la señora Feigerman, se volvió justo a tiempo de ver cómo la gran fachada de vidrio del Instituto se descomponía en irregulares astillas y desaparecía de la vista. La onda de choque acometió a los presentes, pese a que estaban en el interior de la sala de juntas, y los papeles que ocupaban la gran mesa de conferencias volaron y cayeron.
Brandon fue el primero en llegar a la baranda, que daba al enorme patio. Las plantas tropicales que jamás habían percibido el aire del exterior yacían aplastadas bajo la derribada fachada, y el estanque de las carpas estaba adquiriendo un tono rosado con la sangre de alguien. Había un carámbano aplastado, un montón de vidrio hecho añicos en los bancos, y seres humanos debajo.
Cuatro, vieron los sobresaltados ojos de Brandon, y uno de ellos todavía horrible, milagrosamente vivo.
Terroristas, por supuesto. Alguna clase de terroristas. Cualquier clase de terroristas; y la bomba que habían empleado esta vez no era ni una broma ni un juguete.
La bomba había explotado a más de una manzana de distancia, colocada bajo el capó de un automóvil aparcado en uno de los bloques de teatros cerca de Times Square. El conductor y un acompañante murieron en el acto, lógicamente; y la suya fue mucho más que una simple «muerte», porque había órganos corporales mezclados con otros restos alrededor del humeante montón de chatarra que había sido un Volvo 1982. Imposible que la bomba fuera sólo para ellos. La capacidad destructiva del artefacto había sido inmensa. Cuarenta o cincuenta accidentados fueron conducidos a hospitales, casi todos heridos por vidrios y fragmentos que habían volado por los aires. Se sabía que un mínimo de quince personas había muerto, cinco en las dependencias del Instituto.
Si los servicios uniformados de la ciudad estaban meditando la huelga, no lo demostraron. El primer vehículo de urgencia se presentó estruendosamente, aplastando con las llantas los vidrios rotos, antes de un minuto. Poco después la calle fue un espectáculo pirotécnico con las intermitentes luces rojas, blancas y azules de los camiones de bomberos, coches policiales y ambulancias. No había espacio en el lugar para todos ellos; el tráfico quedó interrumpido en cuatro calles laterales, y al norte de la Octava Avenida a partir de la Calle 42.
El daño era enorme. Había marquesinas de teatros combadas o derribadas. Las alarmas antirrobo sonaban a lo largo de la calle a consecuencia de que algunas puertas se habían abierto ligeramente o estaban destrozadas por la explosión. Una furgoneta de correos con un lateral abollado embistió a un taxi en marcha y acabó con la parte delantera empotrada en un coche deportivo aparcado. Un elegante automóvil, grande y de color gris, se hallaba a media manzana de distancia en el momento del incidente, pero parte del motor del coche que llevaba la bomba salió despedida y traspasó el parabrisas del otro vehículo; el chofer murió, y el pasajero se hallaba ya en la unidad de cuidados intensivos de algún hospital. Tapacubos, cristales rotos y restos de imposible identificación se mezclaban con la suciedad de la calle, y había mucho barro enrojecido por la sangre. Brotaba vapor y humo de varios vehículos en llamas, y las mangueras de los bomberos serpenteaban a lo largo de la calle en todas direcciones. En una esquina, un hotel de tercera categoría había perdido el toldo con la enorme fuerza expansiva de la bomba, y estaban llevando en camilla a una ambulancia a una mujer, tras sacarla del astillado cristal que había sido la vidriera del hotel. Lo único que se veía de ella era un rostro sosegado y perplejo, los ojos muy abiertos y sin brillo, y un auxiliar de ambulancia caminaba junto a la herida con una botella de plasma sostenida en alto, y el tubo desaparecía debajo de la manta. Un joven con la cabeza vendada como el Hombre Invisible fue conducido a una furgoneta policial.
A nadie se le permitió salir del Instituto. Las terrazas estaban atestadas. El personal y los visitantes se agarraron fascinados a las barandillas, estremeciéndose con los húmedos vientos que penetraban por el desnudo espacio donde habían estado las hojas de vidrio mientras contemplaban el trabajo de los equipos de urgencia. Nadie mencionó la bomba. El fenómeno era tan impresionante que no podía manifestarse con palabras. Sólo se habló de quiénes eran los causantes: ¿los nacionalistas portorriqueños, revolucionarios del Black Power, los palestinos, los irlandeses, los croatas? Podía tratarse casi de cualquiera, porque no parecía existir una causa tan quijotesca o una esperanza tan imposible como para que alguna banda de asesinos no estuviera dispuesta a poner una bomba en su defensa. Los que ocupaban el Instituto tuvieron que aguardar media hora, hasta que los equipos de urgencia tuvieron la situación controlada... bien, no controlada, en realidad, pero sí tan resuelta como podía esperarse en un lugar donde aún se extraían escombros y se buscaban más víctimas enterradas. Por fin se autorizó la salida a los ocupantes del Instituto, los más fuertes y vigorosos primero, las secretarias y los visitantes más frágiles detrás. Brandon pasó por la puerta, que aún funcionaba, apartando la vista del rosado vidrio donde el portero había tenido la desgracia de encontrarse, y descubrió que llovía. Se detuvo un momento, esperando que le indicaran cuándo podía cruzar la calle sin riesgos, y Jocelyn Tisdale Feigerman se abrió paso hacia él, con la cara contraída por la furia.
—¡Ahora puede ver qué clase de animales son! —exclamó—. ¡Habría que tratarlos como gusanos! Después de esto, ¿cómo puede alguien negar que necesitamos la pena de muerte?
Arrugó la nariz al percibir el hedor de un humeante cojín de automóvil, tal vez procedente del mismo coche que llevaba la bomba, y se desvió para esquivar una encadenada bicicleta retorcida junto a un automóvil que se había subido a la acera.
—Cuando vea al alcalde —continuó, dirigiéndose tanto a Brandon como a todos los presentes, en realidad al invisible público de una reunión femenina aún no convocada—, ¡voy a decirle de una vez por todas que necesitamos más policías y leyes mucho más duras para los terroristas!
Brandon se alejó, pero apartarse del sonido de la voz de Jocelyn Feigerman le llevó cerca de un negro que se lamentaba por la cuchillada que la bicicleta le había producido en el chasis de su Mercedes color blanco mate.
—¿Será posible? —gimió, hablando a Brandon y a todos los presentes—. ¿Cómo voy a sacar de aquí este trasto? ¡Y ni siquiera puedo abrir la puerta!
Era un día para dirigirse a invisibles auditorios. Aquel hombre resultaba vagamente conocido para Brandon, pero no más que vagamente conocido, porque ambos habían olvidado el susto de la otra bomba, la que los había reunido momentáneamente. Brandon dio otro paso en la acera. Había un autocar turístico en la esquina, con turistas japoneses que tomaban fotos de la carnicería y del banco con las vidrieras destrozadas y trabajadores que estaban poniendo tablones de madera contrachapada en los espacios vacíos. Siempre debían tener a mano esa clase de madera, meditó Brandon...
Y oyó un estrépito y chillidos detrás de él, y volvió la cabeza. Un fragmento de vidrio de la gran fachada del Instituto se había desprendido de los pisos más altos y había caído al suelo, arrancando una tira de la armadura metálica. Por puro milagro el vidrio no alcanzó a la gente que estaba en la calle. Pero la tira de metal, sí. Golpeó a un hombre entrado en años que acababa de salir por la puerta principal.
Era Jocelyn Feigerman la que más chillaba, y su esposo el hombre abatido por el metal.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó la mujer—. ¡Llamen a un médico!
Y de pronto la escena dejó de ser un espectáculo para Brandon, pasando a ser algo mucho más relacionado con su frágil persona. Las víctimas no eran objetos impersonales, al fin y al cabo. Una era el viejo Sullivan, el portero del Instituto, otra Rintelen Feigerman. Personas conocidas por Brandon estaban entre los fallecidos, los golpeados, los casi moribundos...
Él mismo podía haber sido una víctima.
Y al otro lado de la calle el propietario del abollado Mercedes saltó sobre los escombros mientras corría hacia una joven que contemplaba fascinada la escena. Vestía una chaqueta de piel de imitación encima de unos mini-pantalones. Se llamaba Gwenna, pero todo el mundo en su zona de trabajo la llamaba Vanilla Fudge. Su empleo consistía en recorrer ese sector de la Octava Avenida hasta que algún sujeto motorizado contrataba sus servicios para un trabajo rápido, y la zona donde se exhibía no era muy productiva en ese instante a causa de la bomba.
—¡Bueno, Nillie! —exclamó el negro al llegar junto a ella—. ¿Qué cono haces parada aquí? ¿Cómo coño vas a hacer un dólar de esa forma? —Su voz sonaba igual que roca machacada, no tanto por su temperamento como por el hecho de que un competidor le había herido la laringe con una navaja automática. Pero también se debía en parte a su temperamento, y Vanilla Fudge replicó con el lógico recelo.
—Pero, Dandy, cielo, en este momento nadie busca compañía.
—Oh, miiierda —gruñó él—. ¿Es que no entiendes nada? Lo que vas a hacer ahora es mover el culo e irte a la Avenida Lexington, ¿oyes? Te iré a buscar dentro de una hora, ¡y será mejor que tengas buenas noticias!
—Claro, Dandy —dijo obedientemente la chica, pero vaciló—. ¿Dandy? ¿Te parece bien que me acerque al hospital para ver cómo está Lucy Box? Salió francamente magullada del hotel...
—Si quieres verte francamente magullada —espetó Dan de Harcourt—, quédate aquí un segundo más. —Y miró ceñudamente a Vanilla Fudge, que se alejó entre el clic-clac de sus zapatos de tacón alto.
De Harcourt movió la cabeza. Un enorme arañazo en el Mercedes, una de sus mejores rameras en el hospital, las otras tres boquiabiertas ante el imprevisto espectáculo en lugar de producir dividendos... ¡qué mierda de día!
Y no sólo para Dan de Harcourt. La onda expansiva de la explosión provocó agitación en la ciudad entera. Los que tenían entradas para los teatros de esa manzana tuvieron que cambiar sus planes nocturnos. Tres jovencitas de Milwaukee, que iban al espectáculo sobre hielo del Radio City Music Hall, acabaron en camas de hospital. Un autor dramático que salía de un bar acababa de ver la epifanía de una escena perfecta para el segundo acto de su obra cuando estalló la bomba; la explosión no le causó daño alguno, pero jamás logró recordar aquellas frases de la comedia. Hubo plantones en citas, muchos familiares corrieron en busca de aviones, autobuses o coches para visitar a las víctimas en hospitales o depósitos de cadáveres... Porque la onda expansiva de la bomba no se detuvo en la ciudad. Uno de los muertos era concejal de Chicago, y su ausencia precipitó una terrible lucha para hacerse con su cargo. Algunos turistas japoneses enviaron postales a sus hogares con el resultado de que otros cincuenta posibles turistas de aquella nacionalidad se dirigieron a Australia en vez de a los Estados Unidos.
Pero poco a poco las olas menguaron. Los espectáculos se reanudaron, concluyó la recogida de escombros, las viudas contrajeron nuevas nupcias. En las siguientes semanas se reparó con lentitud la gran fachada de vidrio del Instituto. De Rintelen Feigerman vio cómo recomponían lentamente su cuerpo y salió del hospital, aunque en este caso la reparación fue más lenta y menos completa. Nuevas conmociones apagaron el recuerdo de la anterior. Hubo otras bombas... no tan potentes, pero sí más recientes, de tal forma que la perspectiva del tiempo las agrandó. Hubo otras catástrofes y crisis fatales. Los Pirómanos de los Viernes aparecieron por Brooklyn y provocaron incendios en bloques de pisos de Bensonhurst, Brownsville y Nueva York este mientras los inquilinos asistían a los servicios religiosos de tarde en sus respectivas iglesias. Un asesino chiflado llevó prostitutas a los mejores hoteles de la ciudad y dejó los descuartizados cadáveres a disposición de las doncellas... aterrorizando a Vanilla Fudge y logrando que Dan de Harcourt tronara contra la calidad de la protección policial. Un violador chiflado elegía únicamente mujeres policía como víctimas. Un aficionado al baloncesto, también chiflado, permaneció varias semanas frente al Madison Square Carden esperando pacientemente la oportunidad de disparar contra el base que era la estrella de un equipo visitante, y al final sólo logró herir levemente a otro aficionado antes de ser detenido. Los basureros no habían concluido en realidad su huelga, sólo la habían interrumpido durante noventa días, y mientras el fin del plazo se acercaba y los negociadores se atrincheraban en posiciones muy alejadas, la ciudad volvía a oler mal ya que la recogida de basuras se hacía con lentitud. Los trabajadores de transportes deseaban negociar libremente sus convenios, puesto que el viejo sistema tenía cada vez más defectos; pero el Ayuntamiento no podía llegar a un acuerdo con ellos porque el resto de grupos de empleados municipales estaban a la espera de ver cómo acababa aquel esfuerzo. Si un grupo de trabajadores municipales conseguía un dólar más en sus talones salariales, el resto de integrantes de la nómina municipal consideraría garantizado ese dólar e iría gustosamente a la huelga para obtenerlo, y el Ayuntamiento se quedaría prácticamente sin dólares. Reventó una tubería maestra de agua, y durante tres semanas ciento cincuenta mil personas tuvieron que hervir barro mohoso para tener algo que beber hasta que concluyera la reparación. Los agentes de policía empezaron a sufrir casos de «gripe» en el preciso momento que los bomberos parecían muy cerca de conseguir paridad de paga. Una ballena quedó varada en la playa de Brighton y su putrefacción afectó durante dos semanas a los diez mil moradores de las casas cercanas, mientras las autoridades sanitarias y el servicio de guardacostas discutían quién debía retirar el cadáver. Un incendio en un hotel causó tres muertos. La enfermedad del legionario produjo una decena de víctimas en un monasterio capuchino de Queens. Un refugiado cubano prendió fuego a su cuerpo ante las Naciones Unidas. Dos hermandades secretas chinas que fijaban territorios para la distribución de droga diezmaron a la concurrencia en un oscuro tugurio de Chinatown. Terrorista asalta el tren de enlace de La Guardia, Misterioso francotirador conmociona Manhattan Medio. El asesino gay confiesa. Ex esposo acuchilla a tres personas. Probables apagones eléctricos. Se agotan los fondos para asistencia social. Escuelas cierran tras atentados de pirómanos... En realidad no hace falta una bomba para destruir una ciudad. Sólo se necesita sacar las manos de los mandos unos momentos, y la ciudad se destruye sola.
Con la llegada de tiempo más frío, los Pens se retiraron a su vivienda. El patio de balonmano de la manzana no se usaba mucho. De vez en cuando, algún domingo, un gran autocar con el letrero Charter en el parabrisas llegaba y se llevaba un rato a los Pens. Por lo demás, éstos parecían recluidos en sus habitaciones. Durante el verano, por lo menos, con sus cajas de música en acción, sus constantes peleas y gritos en el porche, los Pens se habían mostrado muy animados. Con el enfriamiento del tiempo, su ánimo se enfrió también. Igual que el de Brandon. Igual que el de Jo-Anne, por razones que la niña no quería discutir. A decir verdad, igual que el ánimo de la ciudad. La justa indignación decayó y se convirtió en hosca rabia.
A Brandon le pagaban para estudiar el abatimiento de la ciudad, pero el desánimo de su hija era lo que más le preocupaba. La niña le servía el desayuno todas las mañanas. Ambos hacían turnos para preparar la cena y lavar los platos. Jo-Anne tenía su cuarto más limpio que nunca, y los sábados por la mañana Brandon solía despertarse con el zumbido de la aspiradora: su hija estaba limpiando el salón. Pero Jo-Anne no quería hablar. Hubo veinticuatro horas de sollozos y temor cuando ella comprendió cuan cerca de la bomba había estado su padre, y después permaneció nuevamente callada. Brandon estaba preocupado. Los que trabajaban con él lo advirtieron, y durante el encuentro regular de los jueves por la mañana, mientras comían pastas y tomaban café en el saloncito al aire libre de Brandon, el director lo expresó abiertamente... tan abiertamente como el director solía expresarse.
—Su aspecto —dijo mientras miraba con aire somnoliento por la nueva vidriera— es de no haber dormido mucho, Shire. Francamente, debería usted estar muy animado.
Brandon buscó en su memoria por qué debería estar muy animado, en vano.
—La señora Feigerman —dijo animadamente el director—. Ella está muy interesada en la RGC.
Brandon se detuvo cuando tenía la taza de café a medio camino del plato.
—Pero ella no entiende nada —protestó Brandon—. ¡La Reunión Global Ciudadana es un foro para regatear y negociar astutamente! Sería ideal en la situación actual de Nueva York, para que todas las partes interesadas pudieran resolver sus diferencias y determinar puntos de acuerdo... Pero ella cree que se trata de un mecanismo publicitario.
El director se alzó de hombros, asintió, alzó una ceja de forma humorística y puso mantequilla en un bollo al mismo tiempo. Lo que no hizo, empero, fue traducir sus pensamientos en palabras.
—Pretendo decir —prosiguió Brandon, una vez más esforzándose en tapar los huecos que el director dejaba en cualquier conversación, que la RGC no es la herramienta apropiada para ese trabajo... incluso suponiendo que haya que hacerlo. Y debo decirle, señor director, que no simpatizo con el movimiento antiabortista. Sé que ella tiene muy buenas relaciones en el Ayuntamiento, y que su madrinazgo sería muy útil... —El director asintió entusiasmado, aprobó el hecho de que Brandon había captado sus pensamientos por fin—. Pero me disgustaría ver la RGC empleada en un fin para el que no ha sido creada, y que probablemente no alcanzaría.
Se interrumpió en este momento, porque el director había dejado el bollo y miraba ensoñadoramente el tráfico exterior más allá de los jardines. Al parecer se disponía a intervenir. Y así fue.
—¿Se ha dado cuenta —dijo, meditabundo— en el parecido que tienen las calles de la ciudad con el sistema circulatorio de un animal? —Aguardó respuesta.
—Supongo que así es —reconoció Brandon.
—Es muy útil —comentó el director tras un suspiro— considerarlo de esa forma, ¿no le parece? No como varios millones de individuos organizados en grupos de presión, sino un organismo. Bien —añadió con el rostro iluminado mientras se levantaba—, me alegra haber tenido esta oportunidad para clarificar nuestras posiciones, Shire. ¿No era Jessie Grai la que bajaba por allí hace un momento? Qué persona tan maravillosa es, amigo mío, y tan útil para tratar los problemas de los jovencitos.
Y, tras una palmadita y una sonrisa, se fue.
Hasta cierto punto, Brandon había adquirido la habilidad de descifrar las elipsis del director. La de Jessie Grai era de fácil resolución; sólo la forma de hablar del director embrollaba un poco el significado. Y Brandon fue a buscar a Jessie Grai.
—Eres psicóloga, Jessie —le dijo—, y tengo un problemilla psicológico con mi hija.
La mujer le escuchó con paciencia y al final asintió.
—Hay que distinguir entre reacciones saludables y reacciones malas, Shire. Jo-Anne ha sufrido algún trauma bastante malo... La bomba aquí, el robo de tu piso, sobre todo el fallecimiento de su madre. Naturalmente, ella está reaccionando. Eso no significa que esté enferma. Estaría enferma si no reaccionara.
—Entonces yo debo...
—Seguir siendo su padre —convino Grai—. Quiérela, que ella sepa que la quieres, y cuando desee hablar, que lo haga. Naturalmente, podrías recabar ayuda profesional si quisieras. Para un niño es más fácil hablar con un desconocido profesional que con un padre, al menos cuando el padre forma parte del problema... No quiero decir que estés haciendo algo incorrecto, Shire, sólo que para Jo-Anne sus padres no son en realidad individuos, sino más bien parte de un lote. Es difícil para ella separar lo que siente por ti de lo que siente por su madre. Pero eso depende de ti.
Brandon le dio sombrías gracias... Naturalmente el problema dependía de él, ésa era la dificultad. Dependía de él, y él no sabía qué hacer. De todas formas... seguir siendo el padre de Jo-Anne, quererla y que ella lo supiera... Eso no era muy difícil, pero sí falto de originalidad. Brandon no creía que el consejo de Grai hubiera sido muy distinto si le hubiera ofrecido un poco más de información.
La otra parte de la confusa orden del director era más difícil. ¿Considerar la ciudad como un organismo?
Bien, claro. Las ciudades se transformaban por metabolismo, como los organismos. Respiran, comen, excretan. Si tienen oportunidad, crecen, y si de algún modo se evita que hagan estos actos vitales, lo más probable es que mueran.
No era una idea original. Nada novedosa, ciertamente. Los urbanistas (y los grupos de seres humanos, la verdad sea dicha) consideraron de esa forma las ciudades durante muchos años. No siempre comprendieron las implicaciones de esa idea, por supuesto. Por ese motivo muchos panoramas urbanos, a partir de 1920, mostraban elevados y enjutos rascacielos dominando la escena; por ese motivo todo el mundo podía disponer de una ventana al exterior, o algo parecido, y así la ciudad respiraba. Pero eso fue antes del aire acondicionado. Fue antes de que Bruckminster Fuller, razonando sobre la base de consideraciones energéticas, declarara desastroso el rascacielos. Si se deseaba, dijo Fuller, diseñar un radiador casi perfecto (o lo que era igual, un dispositivo que consumiera el máximo de energía posible) el resultado sería muy parecido al perfil de casi cualquier ciudad del mundo. En especial Nueva York, porque era la iniciadora de la moda; pero también cualquier otra urbe, con la rapidez con que se pusiera al paso de aquélla. Con un máximo de superficie lateral para un mínimo de volumen contenido, de tal forma que el calor calaba con enorme rapidez en verano y escapaba con refrigerante celeridad en invierno, el rascacielos constituía la encarnación del colmo de consumo energético.
Pues bien, considera la ciudad como un organismo, se ordenó Brandon. Considérala como una criatura viva, por ejemplo un oso. ¿Qué hace un oso para no helarse y para no acalorarse?
El oso dispone de dos estrategias. Arroparse en piel, meterse en una cueva en invierno.
Idénticas estrategias estaban a disposición del Oso Urbano, y Brandon sabía dónde informarse. Sacó el informe de Feigerman & Tisdale y lo estudió. Sí. Su memoria no le había fallado, las estrategias estaban allí. El Oso Urbano podía envolverse, como la piel de un animal, en un recubrimiento térmicamente opaco; tal como proponía Buckminster Fuller, una gran cúpula sobre la ciudad. El Oso Urbano podía encerrarse igualmente en una profunda cueva, adonde no lo seguirían los peores vientos fríos invernales. Bajo tierra la temperatura es constante y soportable durante todo el año... de ahí el arte de la «terra-tectura», para aprovechar este don natural.
No enteramente natural, descubrió Brandon. Las ciudades no sólo necesitan protección contra el calor externo. Generan calor ellas mismas (en la industria, la calefacción doméstica, los vehículos) y por eso Nueva York estaba en general uno o dos grados por encima de sus vecinas en invierno, y por eso ciudades del interior, cercadas por tierra como San Luis, dejaban la «huella» de ese calor extra en alteradas pautas de precipitaciones medibles en muchos kilómetros a la redonda. No todo el calor urbano procedía de la industria y el calentamiento de espacios. Mucho calor, se enteró Brandon con asombro, provenía de los moradores humanos. Un ser humano genera treinta watios de energía calorífica, día tras día; para una ciudad de seis millones de habitantes eso representa casi doscientos gigawatios térmicos, aproximadamente medio millón de calefactores eléctricos que funcionaran sin descanso. Todos los animales hacían lo mismo. Esa era una de las razones de que los animales no aumentaran de tamaño. La ballena azul era el animal más grande de la tierra, pero habitaba en un océano de fluido refrigerante. Grandes animales terrestres, que sólo disponían de pelo para disipar el calor que acumulaban en su cuerpo, precisaban radiadores (aletas, alas, las placas del estegosaurio, la colgante lengua de un perro cuando jadea) para seguir con vida, y aun así ningún mamífero terrestres igualaba el tamaño de los que vivían en el mar. Un oso tan grande como la ballena azul moriría de insolación, incluso en el Polo Norte...
Brandon comprendió que estaba divagando. Esto no era lo que el director le había insinuado hacer... Seguramente no lo era... Bien, raramente se sabía con exactitud a qué se refería el director.
¿La ciudad como un organismo?
Bien, sí. Existía otro sentido. Cuando un organismo está sano sus elementos comparten la tarea de mantenerlo con vida... igual que los de una ciudad. Cuando los elementos de un organismo empiezan a fallar uno tras otro, la criatura enferma... igual que una ciudad. Pero cuando las partes del organismo pelean entre ellas, carece de importancia cuál de ellas vence. Todas mueren al poco tiempo. El nombre de ese estado es cáncer. Y en ese sentido, el punto de vista del director era sólido. Existía malignidad en la urbe, y si resultaba imposible dominarla o curarla, la vida de la ciudad tocaba a su fin.
Como mi nombre es Millicent, me llaman «el Molino Rojo». No es un insulto. De todas maneras, nadie me ha hecho eso dos veces. Mis padres eran de Arizona y mis abuelos, cowboys, y sabemos cómo protegernos. No se trata sólo de nosotros, son los pobres, los oprimidos, los pisoteados los que necesitan protección, y en eso destaco yo. La bomba de Times Square la puse yo. Las cartas explosivas son cosa mía. Cuando mi bisabuelo combatió contra los ferrocarriles, lo hizo con un Colt 45 modelo Pacificador. Ellos lo llamaban «el igualador», porque aunque mi bisabuelo era un hombrecillo, con una de esas armas atadas al cinto podía enfrentarse al capataz más robusto, cruel y duro que los ferroviarios contrataran. Bueno, ahora tenemos otra clase de «igualadores», el explosivo plástico y el cóctel Molotov, ¡y yo los preparo!
El primero de diciembre los basureros recurrieron al trabajo lento. Lunes, martes y miércoles recogían la basura al este de la Quinta Avenida, el resto de días de la semana al oeste. Si el ayuntamiento no aceptaba una negociación seria, amenazaban ellos, el trabajo alternativo este-oeste pronto se extendería a la ciudad entera. Los trabajadores del metro reanudaron el ritmo normal de trabajo, pero poco mejoraron las calamidades de la ciudad, ya que los conductores de autobús iniciaron una huelga de celo. Ello significaba que ningún vehículo salía de las cocheras si los limpiaparabrisas no funcionaban, o si tenía alguna luz averiada (tanto si se usaba como si no). También significaba que ningún conductor de autobús dejaba subir o bajar a un pasajero si no podía situar el vehículo a menos de los cincuenta centímetros de la acera legalmente requeridos, cosa que en determinados trayectos equivalía a nunca. La ciudad mejoró su vocabulario de términos diagnósticos:
Gripe azul. Los agentes de policía (cuyo uniforme es azul) se declaran enfermos porque no desean (todavía) ir a la huelga.
Huelga de celo. Cumplimiento de todas las normas teóricas, aunque no sean prácticas.
Maremágnum. Insoluble embotellamiento del tráfico rodado producido por vehículos parados en cruces de tal forma que no es posible movimiento alguno en ninguna dirección.
Estancamiento. Situación producida cuando una serie de reivindicaciones no negociables entra en conflicto con otra, de tal modo que es imposible alcanzar una solución.
Y la invención más reciente:
El acabóse. Término para designar una situación en la que todos los sindicatos municipales recurren a arbitraje y los mismos mediadores se declaran en huelga como protesta por el excesivo trabajo.
Shire Brandon no había ido a la iglesia desde los catorce años. Cuando tenía que definirse, se declaraba «humanista secular», es decir, que creía en la moral y en una consideración benigna del prójimo, pero que rechazaba la noción de un Dios sobrenatural (aunque, considerando los problemas de la ciudad, podría haber deseado que existiera uno). Un viernes por la tarde, en la sesión de relajamiento del Instituto, cuando todo el mundo abandonaba temprano el trabajo y el personal más cualificado tomaba un trago en compañía del director, Brandon se expresó de esa forma. El director le dedicó una nebulosa sonrisa.
—Acabo de recordar —dijo, mirando por encima de su estriada copa de jerez fino— un chiste que se contaba durante la Segunda Guerra Mundial. Estaba relacionado con la invasión de Europa por parte de los aliados, pero creo que podría adaptarse... Sí. Este es el chiste...
«Hay dos métodos para que la ciudad resuelva sus problemas, uno milagroso y sobrenatural, y otro que relativamente es más probable. El primero es que Dios Nuestro Señor aparezca en lo alto de Herald Square y deje caer una lluvia de pan, peces y maná, en tal cantidad que todos los ciudadanos puedan recoger lo suficiente para hacer ventas en Filadelfia y enriquecerse. Este es el método probable. El otro método es el fantásticamente sobrenatural, que requiere un milagro, y consiste en que la ciudad se calme y logre acuerdos dentro de sus fronteras.
Brandon solía reír tras los chistes del director, aunque fueran confusos. Pero no rió después de oír ése.
Me llamo Erich y mi padre fue Hermann Gebtsen, y soy carpintero de profesión. Durante veintiséis años trabajé duro en los Estados Unidos y gané un buen salario, incluso en la guerra, cuando no estaba bien ser alemán. En 1929 hubo el Crash. No me perjudicó, porque todas las semanas metía dinero en el banco. En 1931 el banco quebró. Yo no podía pagar el alquiler, y el patrón cerró con llave mi habitación y se quedó con mis herramientas. A partir de entonces no conseguí encontrar empleo. Cogía la comida que los tenderos tiraban. Para dormir me hice una habitación con cajas de cartón en la escalera de incendios de un cine. Nadie me molestaba, porque también el cine estaba cerrado.
—Ponte el abrigo, cariño —dijo Brandon a su hija—. Estaré listo en un momento. —Y siguió hablando por teléfono—: Bien, sí, Simón, estaré allí para la reunión con el señor Feigerman. Sí, ya sé que la nevada es muy fuerte, pero... ¿Qué?
Jo-Anne, con el abrigo puesto, aguardaba pacientemente a que su padre terminara. Ella sabía que era el director: su padre jamás tenía tanta paciencia con otro comunicante, no cuando estaba a punto de salir por la mañana. Jo-Anne había visto dos veces al director, la primera en la fiesta de Navidad que celebró el personal del Instituto el año anterior, la segunda en la merienda veraniega que hicieron en Central Park. Se había formado una imagen de él que era en parte el Mago de Oz y en parte Santa Claus; el director entregaba las medias de malla con pegajosos caramelos y frágiles e inapropiados juguetes, pero además era el hombre que obligaba a su padre a ponerse serio y hacer muecas ante el teléfono con el esfuerzo de mantener la voz tranquila y razonable.
El teléfono había atrapado a Brandon cuando estaba a punto de salir. Se hallaba de pie junto a la estantería, con las botas, el abrigo de cuello de piel y el sombrero cosaco puestos. A él no parecía importarle sudar a causa de la calefacción del piso, pero Jo-Anne no se sentía tan cómoda. Botas, escarpines, chaqueta de cremallera, capucha forrada... iba vestida para el ártico, y nada de lo que había dicho había convencido a su padre de que con mamá, de haber estado allí, ella habría llevado menos ropa. Movió la puerta de un lado a otro. El chirrido atrajo la atención de su padre, que con un gesto la autorizó a que fuera saliendo.
Incluso la entrada del edificio era demasiado calurosa para la bien arropada niña. Jo-Anne salió a la calle, extrañada de que el señor Rozak, el portero, no estuviera allí puliendo los pomos de la puerta y recordando a los inquilinos que se acercaba Navidad.
Luego se detuvo y se quedó muy quieta, porque había averiguado el motivo. El señor Rozak se hallaba al borde de la acera vestido con un chaleco, los brazos al aire libre, sin sombrero. Debía tener frío, pero no prestaba atención a eso. Su mirada se centraba en el otro lado de la calle.
Otra vez los Pens, claro. Era el Pens particular que Jo-Anne llamaba el Destructor, porque le gustaba sacar las botellas que aguardaban al basurero para lanzarlas por el aire y ver cómo se rompían en medio de la calle. Esa mañana no estaba rompiendo botellas. Al parecer quería romperse las costillas. Se hallaba sentado en una ventana del piso superior, moviendo las piernas por fuera mientras contemplaba la nieve, la fina nieve que caía. El ambiente era frío y húmedo, y el joven sólo vestía pantalones cortos y camiseta. No parecía advertirlo.
El portero vio a Jo-Anne detrás de él y la miró, ceñudo.
—¿Qué piensas de ese sujeto, preciosa? Ese sinver... ese tipo —se corrigió— quiere saltar. ¡Adelante, venga! ¡Vaya pelmazo!
El suicida había desviado la mirada y, al verlos, los saludó vagamente. No llevaba nada en los pies. Sus dedos se movían como si estuvieran probando el agua de una piscina antes de lanzarse. Y estaba congregando público. Un taxista detuvo su coche para mirar, y detrás de él empezaron a apiñarse otros. Un par de madrugadores paseantes con perros observaban la escena, y algunos colegiales, camino de la escuela parroquial, lanzaron gritos al joven.
—¡Adelante! —aulló el señor Rozak, sonriente—. ¡Salta! ¿Por qué no saltas?
El portero era el único que incitaba al muchacho. Por otra ventana de la vivienda de los Pens, un piso más abajo y dos ventanas a la izquierda, otro interno asomó la cabeza para curiosear. Se produjo una violenta explosión verbal, pero como de costumbre Jo-Anne sólo captó un par de palabras:
—¡Murmullo JODIDO murmullo murmullo JODIDO SALTO!
Pero en ese momento el cuidador de los Pens salió tranquilamente de la casa. Aparentaba cuarenta años y debía pesar más de cien kilos, aunque no era muy alto. Siempre que los Pens estaban a punto de propasarse (aproximadamente una vez por semana) el cuidador evitaba que se produjeran las peores explosiones. Y así lo hizo en esta ocasión.
—¡Tú, Malcolm! —gritó claramente—. ¡Saca el culo de ahí ahora mismo!
Y ahí acabó todo, aparte de que el semblante del señor Rozak, que se había vuelto, risueño, hacia Jo-Anne para quejarse de que el espectáculo había concluido, expresó repentina sorpresa.
—Oh, mierda —gruñó—. Eres la hija del señor Brandon, ¿verdad?
Cuando Brandon salió unos segundos más tarde, los Pens habían vuelto a su vivienda, los paseantes de perros se habían alejado, Rozak el portero estaba muy atareado echando palas de nieve al callejón y Jo-Anne aguardaba en silencio. Brandon vio que la expresión de la niña era tensa y preocupada, pero ella no parecía querer explicar por qué.
—Tengo que darme prisa, cielo, así que... —Se interrumpió, boquiabierto y lanzando una mirada de reproche al cielo—. ¡Santo Dios, está nevando de verdad!
Cuando mi madre se tiró por la ventana, la vi estirada en la acera, y aquellos hombres hicieron lo mismo que en las películas. Dibujaron una raya alrededor del cuerpo antes de que la ambulancia se llevara a mamá. Siempre pensé que lo hacían con tiza, pero usaron una especie de grasa, y aunque el señor Rozak la limpió, estuve viéndola varias semanas. Intenté hablar de esto con papá, pero él no quiso escucharme. Ojalá que él me hablara más, porque sé que pasa algo raro. Mi amiga cree que yo podría ser hija adoptiva, pero yo no pienso lo mismo. Pienso que podría ser algo peor.
Nevaba de verdad. Las calles estaban resbaladizas. No muy resbaladizas todavía, pero no tenían que estarlo mucho para que las marañas del tráfico se enredaran más. En cuanto llevó a su hija a la escuela, Brandon pagó al taxista y se dirigió al metro para ganar tiempo.
No ganó tiempo. El conductor llegó ante una señal roja poco antes de entrar en la parada de la Calle 34. Tal como ordenaban los manuales de normas, detuvo por completo el tren... y acto seguido, como ordenaban igualmente las normas (aunque nadie en sus cabales se había molestado jamás en hacerlo) se apeó de la cabina e hizo un recorrido completo del tren, los diez coches, para soltar los frenos manualmente antes de volver a poner en marcha los motores; tal era el significado de «huelga de celo». Brandon llegó al Instituto y encontró al director sentado junto a su escritorio, pálido y reprobador. Inclinó la cabeza en la dirección aproximada de las excusas de Brandon, pero lo hizo como una escultura de Rodin: su actitud era de atención, aunque si había pensamientos formándose en aquel marmóreo cerebro, esos pensamientos no consideraban razones para llegar tarde.
—Esperaba —dijo el director al aire del jardín— que llegara aquí puntualmente para hablar de fondos con el señor Feigerman. Las cosas no han ido bien, Shire. El señor Feigerman cree que el programa de usted es incompatible con las recomendaciones de F&T, como le expliqué por teléfono. Él estaba inquieto. Puesto que aún no se ha recobrado de aquella terrible explosión, no podía pedirle que aguardara. —Suspiró—. Es posible que usted hubiera defendido el caso mejor que yo. Si hubiera estado aquí.
—Señor director, la ciudad entera está paralizada esta mañana...
La cabeza de mármol se inclinó de nuevo.
—No se ha llegado a decisiones definitivas, por supuesto. Pero el mes que viene, en la Asamblea Anual... —Extendió las manos—. No creo que pueda tomar café con usted esta mañana, Shire. Hay mucho que hacer.
Mucho que hacer para el director, quizá, pero ¿cuál era la tarea de Shire Brandon? Tras descifrar los comentarios del director lo mejor que pudo, Brandon pensó que su empleo estaba muy en el aire. La palabra «fondos» había aparecido entre lo que dijo el director, y se trataba de un término de gran importancia para un académico sin puesto de trabajo fijo y cuyo empleo sólo era seguro en tanto que esa tarea concreta siguiera existiendo. ¡Qué escandalosa vergüenza!, pensó Brandon, adoptando un punto de vista más general. ¡Qué pena que precisamente en ese momento, cuando la ciudad se debatía en un paroxismo tetánico sin precedentes, los programas que podían curarla estaban a punto de concluirse! Y en realidad la ciudad se encontraba en mal estado. La radio de la secretaria de Brandon, conectada el día entero, continuaba emitiendo alarmantes noticias. Las oficinas comerciales cerrarían temprano a causa de la tormenta. El aviso de tormenta fue convertido poco a poco en alerta de ventisca, y se preveía algo más de veinticinco centímetros de nieve para las próximas veinticuatro horas. Todos los aeropuertos continuaban abiertos, aunque se producían retrasos de media hora en los de Kennedy y Newark, y de una hora o más en el de La Guardia. Y si Washington y Wilmington eran una orientación respecto a lo que Nueva York podía esperar conforme el centro de la depresión avanzaba resueltamente costa arriba, la situación iba a ser bastante mala: un buque cisterna se hallaba en apuros frente al cabo Hatteras, y se informaba de un mínimo de cinco muertos en Virginia y la península Delmarva.
A las cuatro se supo que el director había ordenado que las oficinas cerraran hasta pasado el fin de semana, y se invitó a todos los empleados a volver a sus hogares antes de que la tormenta alcanzara su punto álgido. Brandon no puso reparos para obedecer. Pero mientras arreglaba su escritorio sonó el teléfono.
—Aquí Jocelyn Feigerman —sonó una autoritaria voz en su oído—. Me preguntaba si podría pasar a verme esta tarde... ¿Seguro que no será una molestia...? Perfecto. Dentro de veinte minutos, entonces.
Sólo había cinco manzanas del Instituto al viejo rascacielos verde de acero y vidrio que albergaba a Feigerman & Tisdale en tres espaciosas plantas, pero Brandon tardó más de veinte minutos. De hecho caminar era más rápido que ir en coche. Había largas filas de automóviles que avanzaban lentamente por la Octava Avenida, intentando llegar al túnel Lincoln, que por alguna razón padecía dificultades anormales. Cuando Brandon salió del ascensor, sus zapatos habían recogido nieve y barro de las calles, y los músculos que rodeaban sus ojos estaban hinchados después de tanto tensarlos para protegerse de los copos impulsados por el viento. Jocelyn Feigerman le ofreció té para que entrara en calor, y acto seguido fue al grano.
—Mi esposo —dijo— me ha explicado que usted no pudo reunirse con él esta mañana.
Ninguna respuesta obvia brotó en el cerebro de Brandon, aparte de contestar que lamentaba el retraso... pero la nieve que martilleaba la ventana lo explicaba. No fue preciso que respondiera, en realidad.
—Pensaba —continuó la señora Feigerman— que sería lo bastante cuerdo para venir a verme después de la última reunión. Ya sabe que estoy interesada en su proyecto.
El académico en dificultades aguzó los oídos. El idealista apretó los dientes. Impulsos opuestos batallaron brevemente en el interior de Shire Brandon, y por fin éste sacudió la cabeza.
—Señora Feigerman —dijo—, la Reunión Global Ciudadana está ideada precisamente para lo que vemos que pasa ahora mismo en Nueva York... y en cualquier otra ciudad del mundo, y además en numerosos lugares rurales. Es un medio para que la población entera considere sus problemas y determine cuantos compromisos y ajustes sean precisos. Eso es la RGC.
Jocelyn Feigerman arrugó la frente.
—No creo que usted lo explicara muy claramente —dijo—. Yo lo entendí como una especie de referéndum.
—Un referéndum, señora Feigerman —repuso pacientemente Brandon—, es muy parecido a unas elecciones presidenciales. Cuando el problema llega a la papeleta de voto ya está formalizado y se ha complicado. La mitad de los votantes no sabe de qué se trata y buena parte de la otra mitad está parcialmente de acuerdo y parcialmente en desacuerdo, y puede decidirse de una u otra forma. No hay posibilidad de negociar en un referéndum, señora Feigerman, y ésa es precisamente la esencia de la RGC: negociación.
—Usted afirmó que era un medio para realizar importantes reformas, señor Brandon.
—¡Sí! ¡Cierto! A la manera de una asamblea ciudadana de Nueva Inglaterra, negociando sanciones y beneficios. Para reformas útiles.
La señora Feigerman frunció los labios.
—¿Tiene la bondad de mirar esa foto, señor Brandon? —dijo, señalando un póster colgado en la pared.
Había dos personas, la señora Feigerman y una niñita con cara de ángel. Brandon había reparado hacía tiempo en la presencia del cartel sin observarlo con atención; en ese momento vio, sobresaltado, que la niñita carecía de brazos.
—¡La vida de esa niña, señor Brandon, es una reforma útil! Y si su Reunión Global Ciudadana puede contribuir a evitar que criaturas como ésta sean asesinadas en el útero, quiero que se ponga en práctica.
El rostro de granito se ablandó.
—Ahora, señor Brandon —prosiguió Jocelyn Feigerman—, dígame cómo debemos proceder para adaptar su plan en mi provecho.
El metro le llevó nada menos que a la Calle 23, pero era imposible subir a un autobús y no había, por supuesto, un solo taxi visible. Brandon anduvo pesadamente entre la cada vez más espesa nieve que cubría toda la ciudad, mientras se preguntaba cómo había acabado prometiendo elaborar la RGC de Jocelyn Feigerman.
En realidad no era nada extraño. Se había metido en ese lío del mismo modo que Albert Einstein se encontró impulsando la construcción de la bomba atómica, que Werner Von Braun erró el tiro a las estrellas y alcanzó Londres, que científicos del mundo entero defendían causas que no eran las suyas. Cuando inventas algo francamente notable, deseas comprobar si funciona.
La conversación podía haber ido por otros derroteros, pensó Brandon. Podía haber contemporizado, podía haber dado largas al asunto, irse con el programa de investigación intacto pero sin compromiso específico de ayudar a los defensores de la vida... si hubiera tenido destreza suficiente. Podía haber lisonjeado a la vieja dama. Ella era el músculo real que se ocultaba detrás de F&T en ese momento, mientras su esposo se recuperaba aún de la grave lesión causada por la explosión de la bomba.
Pero él no había hecho nada de eso.
Caminar era ya dificilísimo. Existiendo una huelga del personal de limpieza Brandon no esperaba ver quitanieves... y de hecho no había casi ninguno. Pero alguien había abierto algunos pasos en las principales avenidas. No bastaba para facilitar el desplazamiento de los coches, que avanzaban centímetro a centímetro y eso cuando no estaban parados. Pero sí bastaba para amontonar nieve en las aceras, enterrar vehículos aparcados y convertir en alpinistas a peatones como Brandon. Se alegró mucho al doblar la esquina de su bloque de pisos.
Era de noche, y las farolas tenían un aura azulada... La nieve, pensó Brandon, aunque no acababa de delimitar causa y efecto. Sí, la nevada estaba intensificándose hora tras hora. No había peatones visibles, y en aquella tranquila calle secundaria tampoco se movía coche alguno. La vivienda de los Pens estaba casi a oscuras, como siempre. ¿Qué hacían allí dentro? Brandon no tenía la menor idea. Su edificio se hallaba más iluminado, aunque no había nadie en la entrada.
Tampoco había nadie en el piso. Jo-Anne no estaba allí.
¡Imposible! Jo-Anne siempre estaba en casa cuando él volvía del despacho. La niña se quedaba en la escuela para las clases especiales, de piano, ballet y natación. Había una de estas clases todos los días, y todas acababan cómodamente a las cinco, a la hora precisa para que Jo-Anne volviera al piso con el autobús de línea y estuviera allí cuando Brandon aparecía en la puerta. Nunca fallaba. ¡Era imposible que no estuviera en casa!
Pero así era.
Me llamo Malcolm White. Me detuvieron dos veces por tenencia ilícita y la tercera vez por vender, y por eso el maldito juez dijo que estaba harto de ver mi cara en el tribunal y me mandó a chirona. No me fue mal. Salí, y me metieron en esta casa de fracasados en la parte baja de la ciudad. No conozco un alma, no tengo nada que hacer, es mejor quedarse aquí. Van a enseñarme a hacer cosas y me conseguirán un esclavo. Eso dicen. Pero no lo hacen. Nunca hacen lo que dicen que harán, aparte de pegarme en el trasero. Eso lo hacen muy bien.
Jo-Anne no estaba en el piso, y Brandon se hallaba al borde de la desesperación. La niña no había dejado nota alguna, pero había un mensaje. Estaba extendido encima de la cama de Brandon. Después del robo en el piso, que dejó rota la cerradura del archivo de Brandon, éste había adquirido una caja de caudales provista de dos llaves. Jo-Anne había encontrado una de las llaves que su padre había escondido, sujetándola con cinta adhesiva a la parte inferior de un cajón del escritorio. A la niña no le interesaba el ejemplar de Penthouse, ni los documentos financieros, ni el puñado de acciones y bonos. Dos cosas habían atraído su atención, y Jo-Anne las había dejado en la cama de Brandon. La primera era su partida de nacimiento. La segunda, el certificado de licencia militar de su padre, con la hoja de servicios.
Jo-Anne había prestado mucha atención en sus clases de educación sexual. Sabía que el período de gestación de los niños era de nueve meses. Conocía las implicaciones.
Y Brandon continuó en el piso sin saber qué hacer, con todas las luces encendidas, sin quitarse el abrigo, mientras el barro y la nieve se fundían en sus calcetines, aferrado al teléfono y atento a la interminable señal del número de urgencias. Era un buen día para urgencias en Nueva York. Brandon contó más de cuarenta llamadas sin que ninguna voz humana respondiera, mientras sus ojos permanecían clavados en el pomo de la puerta con la esperanza de ver que giraba y su rebelde mente rechazaba las órdenes de no perder la calma. En la otra habitación la radio que Brandon había conectado de forma mecánica no ofrecía música sino desastrosos comunicados. Un camión con remolque había quedado atravesado en la rampa de salida Jersey del Túnel de Lincoln y todos los carriles estaban bloqueados. La red de ferrocarriles había anulado la mitad de sus servicios, y los restantes estaban sujetos a dos horas de retraso. Todos los aeropuertos se hallaban cerrados al tráfico. Ningún vehículo podía atravesar los puentes de George Washington, Tappan Zee y Verrazano, y por los puentes del East River se circulaba con enormes dificultades. Igualmente difícil era conseguir respuesta en el número de urgencias, y Brandon no pudo aguardar más. Como tampoco pudo aguardar la llegada del ascensor, y bajó de dos en dos los peldaños de la escalera de incendios hasta llegar al piso del portero.
El portero tenía encendido el televisor en lugar de la radio, pero las noticias eran igualmente desagradables. No se trataba solamente del tiempo. Se tenía noticia de una bomba en Grand Central Terminal, con veinte mil viajeros evacuados en plena nevada. Un incendio en el West Side estaba fuera de control porque los bomberos no podían abrirse paso entre la nieve y los coches abandonados.
—Oh, sí, vi a Joie —dijo el portero, pero su tono no era tranquilizador—. Estaba... eh... llorando. —Vaciló—. Creo que ese chico negro la puso un poco... nerviosa esta mañana.
Brandon prestó atención mientras Rozak le hablaba del Pens que... ¿había amenazado con tirarse por la ventana, o todo había sido una comedia? Y se maldijo por no haber comprendido a su hija, por no haberle preguntado qué ocurría, por... por todo lo que había pasado en el último año, un catálogo tan largo que él no podía enumerarlo.
—Luego, cuando cerraron la escuela de su hija...
—¿Qué me dice de su escuela?
—Mandaron a casa a los chicos, ¿no lo sabía? Por culpa de la tormenta, supongo... En fin, la niña volvió a las nueve y media, y después de comer la vi salir. Fue entonces cuando lloraba, señor Brandon. Escuche —dijo el portero, solícito—, seguramente no será nada, pero tal vez debería llamar a la policía.
—¡Llamar a la policía! ¡He probado con el número de urgencias y no contesta nadie!
—No pierda el tiempo con ese número, llame a la comisaría de distrito. Use mi teléfono. El número está en la pared, al lado mismo... allí, llame.
Aturdido, Brandon obedeció. También fue interminable la espera, nadie contestaba en la comisaría de distrito, pero Brandon continuó sosteniendo tercamente el aparato porque no se le ocurría nada mejor que hacer, mientras el portero y su esposa conversaban en voz baja, en el extraño idioma de su país de origen.
Brandon estaba absolutamente convencido de que ese día, con la ciudad autodestruyéndose, la policía se interesaría muy poco por otra niña más desaparecida. No se equivocaba. Cuando por fin logró hablar con el sargento de servicio, sólo la mención del apellido Rozak hizo que el agente se tomara la superficial molestia de anotar la descripción para el informe de personas desaparecidas. ¡Por lo menos eso era algo! Algo para reírse cuando Jo-Anne volviera a casa, pensó Brandon, incluso quizá algo que sería instructivo para la niña, cuando comprendiera cuan asustado había estado su padre por culpa de ese acto.
—¿Señor Brandon?
Se dio cuenta de que todavía sostenía el teléfono en la mano, a pesar de que el sargento de servicio había colgado hacía rato.
—¿Qué?
El portero tenía una expresión extraña, en parte la de un miembro de una comitiva funeraria, en parte la mirada de deliberada confianza de una persona que visita a un enfermo en la unidad de cuidados intensivos.
—Mi mujer dice que una vecina le ha contado algo. Parecía poco dispuesto a explicarse.
—¿Qué? —ladró Brandon.
—Bueno, tal vez no sea nada, pero... En fin, la inquilina del señor H dijo que vio una niña en la casa de los Pens, aquí enfrente. —Dudó—. No es que pensara que pasaba algo extraño —añadió—, pero era una niña blanca, y se extrañó. La vecina dijo que la niña estuvo un rato en una ventana abierta, y que luego un negro la cogió y la metió dentro.
El grueso cuidador de los Pens escuchó un momento, con un pie impidiendo el movimiento de la puerta, antes de abrirla de par en par.
—Su hija no está aquí, señor —dijo—, pero puede subir. Pregunte a los chicos si la han visto. Luego le enseñaré algo.
Brandon se había preguntado a menudo cómo sería el interior de aquel edificio de cuatro pisos con un mástil sin bandera. Su pulcritud era espartana. Las habitaciones, de un blanco estéril, con suelos de linóleo, nada en las paredes aparte de un rótulo impreso en la puerta de todos los dormitorios (el nombre de los ocupantes y lo que parecía una lista de tareas), nada similar a muebles en ninguna parte. En todas las puertas asomaron negras caras para mirar a Brandon, Rozak y el obeso patrono. No reflejaban hostilidad, ni siquiera curiosidad. Sólo observaban. Ya en la parte delantera del cuarto piso el cuidador los condujo a una habitación con tres camas metálicas, un escritorio, un par de viejas cómodas, fotos de Mean Joe Green y Herschel Walker pegadas con cinta a las paredes. El cuidador de los Pens hizo un ligero saludo a los jóvenes que ocupaban la habitación y metió una mano debajo de la cama. Lo que extrajo parecía al principio un balón de los almacenes Macy, de pequeño tamaño. Y tenía pelo amarillo.
—¿No vería esto la señora? —preguntó el cuidador, mientras desplegaba el objeto para que se viera bien. Una muñeca hinchable, de tamaño natural. Uno de esos artículos pornográficos que se ven en las sex-shops de la Calle 42.
Los Pens, por lo menos, se divirtieron. Al ver las caras de Brandon y el portero su risa fue de consideración, y transmitieron la descripción minuciosamente detallada de todo cuanto pasaba, con toda la fuerza de sus pulmones, al resto de moradores de la casa. Brandon permaneció inmóvil, escuchando. ¡De qué forma tan terrible las tragedias de la vida se convertían en farsas! Un Pens había escondido la muñeca, propiedad de otro. El Pens desposeído amenazó con tirarse por la ventana si no la recuperaba. Después el ladrón amenazó con tirar la muñeca a la calle... Todo era sórdido..., y sí, raro.
Pero el portero había dejado de escuchar. Se hallaba junto a la ventana, contemplando su bloque de pisos.
—Por el amor de Dios —dijo.
Brandon tardó un momento en averiguar a qué piso estaba mirando Rozak, pero en realidad no era muy difícil saberlo. Uno de los pisos estaba mucho mas iluminado que el resto. Parecía tener un mínimo de diez luces encendidas en todas las habitaciones: lámparas de escritorio, brazos extensibles de alta intensidad, lámparas de pie de varios modelos. Era el piso lateral de la cuarta planta... el del señor Becquerel, comprendió Brandon, aquel buen hombre que trabajaba en las Naciones Unidas o algo similar, y estaba resplandeciente. Desde el otro lado de la calle se veía el salón, incluida la cocina y el pequeño recibidor, y el dormitorio con la deshecha cama de matrimonio y tocadores cargados de aparatos.
Agobiado por urgentes calamidades, Brandon hizo un alto para contemplar. La sensación era casi lujuriosa. Curiosear en la vida íntima de un conocido occidental proporcionaba un placer oculto, furtivo. El señor Becquerel debía ser todo un fanático de la televisión, porque solamente en el salón había tres televisores, más dos videos completos y un par de cámaras. ¡Quién lo habría dicho del señor Becquerel! Pero ese pensamiento evanescente se esfumó con la repentina comprensión de otro hecho: el piso de Brandon estaba casi tan expuesto a la curiosidad. Las cortinas de las ventanas, de apariencia opaca desde dentro de la habitación, eran poco más que una gasa cuando la luz estaba encendida. Tantas veces como él había creído estar solo, sin que nadie le viera, haciendo cosas íntimas y personales... ¿Cuántas de esas veces había divertido a un auditorio formado por Pens? La visión de su piso no era menos oscura que la del señor Becquerel, con sus brillantes luces diseminadas por todas partes, entre los televisores, los tocadiscos estereofónicos, los procesadores de datos, las máquinas de escribir eléctricas...
Y de pronto Brandon se dio cuenta de que aquel radio-reloj rosa había sido de su hija. No fueron los Pens, a pesar de todo, los que entraron a robar en su piso.
El señor Rozak estaba turbado... casi lo bastante para olvidarse de la desaparecida hija de Brandon... lo bastante para insistir en transmitir la información a su amigo de la comisaría de distrito, y luego para instar a Brandon a que cenara con él y con su familia, que dejara de preocuparse, que se lo tomara con calma porque nueve de cada diez niños desaparecidos se presentaban solitos un par de horas más tarde... Él mismo recordaba que, cuando era un niño recién llegado a los Estados Unidos, se equivocó de metro y apareció en Main Street, Flushing, sin un centavo en el bolsillo para volver o llamar por teléfono... Todo lo anterior fue bien intencionado, y totalmente repugnante para Brandon. Lo que menos deseaba era recibir atenciones de personas que no compartían su preocupación.
Y siempre existía la posibilidad real de que Jo-Anne llamara por teléfono. Cosa que planteaba una nueva serie de problemas. Inspiración: telefonear a los padres de todas las compañeras de clase de su hija, una tras otra, con la esperanza de que Jo-Anne se hubiera refugiado con una de ellas. Inconveniente: ¿y si la niña intentaba ponerse en contacto con él cuando el teléfono comunicaba? ¿Tendría una niña de diez años tenacidad suficiente para insistir hasta obtener respuesta? Brandon experimentó una brusca explosión de furiosa rabia contra Becquerel, que había robado su contestador automático. ¡Jo-Anne podía haber llamado cien veces sin lograr dejar un recado!
Reprimió el impulso de presentarse de inmediato allí y forzar a Becquerel a restituirle el botín... pese al atractivo adicional de partir la cara al ladrón.
A medianoche Brandon había llamado a todos los refugios; los dos últimos padres con los que había comunicado demostraron su simpatía, pero también su irritación al tener que levantarse de la cama. Y sin noticias. Durante toda la noche la radio que tenía junto a la cama y el televisor del salón emitieron informes del desastre: un choque en cadena de veintitrés vehículos en la autopista de Long Island (aunque como ningún coche podía ir a más de veinte kilómetros por hora a causa de la tormenta, no había víctimas), metros todavía en funcionamiento en tramos subterráneos pero irregulares o ausentes por completo en los tramos al aire libre, gente detenida en las estaciones ferroviarias (trenes anulados o retrasados por tiempo indefinido), personas retenidas en estaciones de autobuses y aeropuertos, hasta el último hotel atestado y los clientes sin poder moverse en los vestíbulos... Todo estaba parado. La ciudad entera estaba parada. Nada se movía. Brandon notó vagamente un cambio después de oír un quitanieves cerca de su edificio, pero se hallaba demasiado sumido en la desesperación para acercarse a la ventana y mirar abajo.
Cuando el agente de policía llamó a la puerta, Brandon sintió una oleada de terror.
—¿Acaso... han encontrado a mi hija? —preguntó casi atragantándose.
El oficial estaba limpiando de nieve sus gafas, un hombre entrado en años con un dorado galón en la gorra. Parecía asombrado.
—¿Es usted Shire Brandon? —Y después de la inclinación de cabeza añadió—: Lo siento, no sé nada de su hija. Es usted un hombre difícil de localizar, señor Brandon. Hemos estado llamándole por teléfono toda la noche.
—Comprendo. —La energía abandonó el cuerpo de Brandon. Se sentía deprimido—. Bien, si se trata del botín del robo, está en el piso de al lado. No sé si el inquilino está en casa todavía, pero...
—Tampoco vengo por el robo, señor Brandon. Se trata del alcalde. Quiere que vaya al centro ahora mismo, y me ha enviado a buscarle.
Brandon no había viajado en camión desde el Vietnam, y jamás en un vehículo provisto de equipo quitanieves; en Vietnam no hacía mucha falta quitar nieve, ni entonces ni nunca. La tarea principal del camión era conducir a Brandon y al capitán de policía al Ayuntamiento. Sólo apartaba la nieve cuando tal cosa contribuía a acelerar su marcha, normalmente porque los vehículos abandonados bloqueaban el paso por el centro de las avenidas. Acurrucado en medio del ruido, entre el conductor y el capitán, Brandon expresó a gritos, con los labios pegados a la oreja del policía, frase a frase, lo preocupado que estaba por su hija. A cambio obtuvo la misma estadística que el portero le había ofrecido, y no le pareció más tranquilizadora.
El acceso al Ayuntamiento estaba despejado de nieve, y dos máquinas continuaban allí, junto con otros quince o veinte vehículos, casi todos ocupados por choferes que mantenían en marcha los motores y de vez en cuando apartaban los elegantes automóviles del recorrido de los quitanieves. El capitán fue el primero en apearse, y sostuvo la puerta mientras lo hacía Brandon.
—Hay una cosa que no entiendo —dijo—. Usted afirma que su hija tenía alguna razón especial para estar inquieta... ¿Le importaría explicarme cuál?
Brandon se detuvo mientras la nieve le golpeaba el rostro. ¿Se atrevería? Era la revelación que jamás había salido de sus labios, ante ninguna persona de aquella ciudad... ni de ninguna otra. Pero ¿existía algún motivo para seguir guardando el secreto?
Pasó la lengua por la nieve que tenía en los labios.
—Ella no es mi hija —dijo—. La niña lo ha averiguado esta mañana.
—Hum. —El policía asintió, y en su semblante asomó esa reserva de juicio demostrativa de que ya se ha juzgado. ¡Gente que tenía secretos con sus hijos!
—Yo no me preocuparía mucho por eso. Los hijos adoptivos aprenden a adaptarse...
—Ella no es hija adoptiva, Ella... —Brandon vaciló, y acto seguido respondió precipitadamente—. Mi esposa quedó encinta cuando yo estaba en el Vietnam. Jo-Anne lo desconocía. Yo no sabía qué decirle.
¿Qué respondió el capitán? Brandon no lo supo nunca. Quizás una frase tranquilizadora, tal vez unas palabras de comprensión. Quizá no dijo nada, ni siquiera adiós, porque Brandon apenas prestaba atención a lo que le decían, casi no sabía dónde se hallaba. Ni tan sólo pensaba en Jo-Anne, ni en su esposa. Estaba recordando las horas que pasó en la sala de espera del hospital, tratando de leer el Times mientras no cesaba de preguntarse quién sería el padre... si el niño se parecería a él... sí, más que cualquier otra cosa, de qué color iba a ser la piel del recién nacido. A ese respecto no le obsesionaba ningún prejuicio racial. Era la dificultad, no, la imposibilidad de fingir que el hijo era de él si tenía un color tan obviamente distinto... Era una cuestión práctica, no prejuicios.
Así pensaba él.
El Ayuntamiento estaba más bullicioso esa noche de ventisca, cuando cualquier persona racional se encontraba en su hogar, que un día laborable normal por la tarde. Nadie parecía saber con exactitud por qué Shire Brandon estaba allí. Fue conducido a una silla por una mujer que lucía un distintivo del Movimiento por el Derecho a la Vida, le dio una taza de café instantáneo un hombre del Movimiento de Liberación Gay y le ofreció un periódico para ojear una mujer de la Sociedad de Amigos de Haití y los Estados Unidos. La espaciosa sala de espera estaba llena de gente, y todo el mundo hablaba, sin que Brandon conociera a una sola persona. El único ser humano con el que deseaba hablar no se encontraba allí. Brandon se acercó a la mujer que le había rogado que aguardara y se inclinó sobre el escritorio para ser oído mientras suplicaba poder usar el teléfono. Siempre se sabía cuándo una persona estaba en la parte perdedora.
—No sé —dijo la empleada mientras movía la cabeza—. Está involucrado dinero de los contribuyentes y yo soy la responsable.
—¡Pagaré!
—No es tan sencillo. Tendré que llenar una hoja de recibo de fondos diversos, dirigirla a Cuentas No Relacionadas con Impuestos y...
Pero finalmente Brandon obtuvo autorización para llamar. Como era lógico, nadie contestó en su piso; habría sido demasiado esperar. Cuando estaba explicando al portero que le gustaría dejar una nota en la puerta de su casa, y cómo el señor Rozak podía ponerse en contacto con él si sabía algo, lo que fuera, de Jo-Anne, alguien le dio una palmadita en el hombro.
Colgó el aparato y al volverse vio a un joven con una fina barba vestido con una chaqueta de piel de oveja que ocultaba en parte un jersey de lana de cuello de cisne. Debía estar sudando dada la excesiva temperatura de la sala.
—¿Es usted Shire Brandon? Me llamo John Harvey y soy el encargado de la conexión para su programa.
—¿Mi programa?
El joven asintió.
—Bajemos al estudio. Vamos a ver si le gusta cómo lo tengo preparado.
Salió de la sala llevando a rastras a Brandon, y prendió de su abrigo una identificación de plástico. Continuó hablando, pero siempre por encima del hombro, y había tanto ruido en el Ayuntamiento que Brandon sólo pudo captar alguna palabra. John Harvey no aguardó el ascensor. Forzó a Brandon a bajar de dos en dos los peldaños de la escalera de incendios, pasaron ante los policías de guardia y recorrieron un pasaje que olía tan mal como cualquier otro sótano de Nueva York en esos días, porque la basura del Ayuntamiento tampoco se recogía.
El estudio de televisión del Ayuntamiento se hallaba en lo que antaño había sido la sala de prensa. No disponía de las comodidades de las grandes emisoras. Un rincón estaba adaptado a modo de locutorio, con un raído mural de la silueta de Nueva York en la pared y dos sillas delante de ese fondo. Cámaras y focos, sobre vacilantes soportes metálicos, estaban situados frente a las sillas.
—Es para el alcalde y su invitado —anunció Harvey—. Transmitimos para el estudio de la WNYC en el Edificio Municipal, y de ahí la imagen llega a los canales dos, cuatro, cinco, nueve, once y trece. El sonido llega por teléfono a los traductores simultáneos. Tenemos ocho, entre ellos expertos en japonés, chino y árabe. La hora de emisión será las diez de la mañana para el alcalde, pero vamos a emitir boletines por todas las emisoras, AM, FM, televisión, el no va más, a partir de ahora mismo. ¿Qué le parece?
—Dios mío —dijo Shire Brandon.
¿Qué le parecía? No era fácil decirlo. ¿Qué le había parecido que Blanche Ehler, mientras se alejaba con él del resto de universitarios que participaban en aquella merienda campestre, le hiciera saber que no pensaba oponerse si él, por primera vez en su vida, se decidía a lanzarse hasta el final? Estremecimiento, susto... y sobre todo incredulidad. Harvey no aguardó respuesta. Se limitó a sonreír, y llevó a Brandon a una puerta. ¿Estaba sucediendo realmente? ¿Realmente iba a pasar la Reunión Global Ciudadana por su primera prueba en gran escala... en circunstancias como ésas, cuando los ojos del mundo entero estaban pendientes de las agonías de Nueva York, cuando nadie, en ninguna parte, podía perderse el acontecimiento?
La puerta daba paso a lo que —sorprendentemente— parecía una vulgar habitación de motel. Los únicos detalles anormales eran la presencia de un teniente de policía junto a la puerta, que saludó a Harvey y lo dejó llamar, y el hecho de que, en cuanto se abrió aquélla y Brandon vio el interior, no había ventanas. Cuatro o cinco personas se encontraban dentro. Brandon reconoció al alcalde, a Saúl Wassermann y a la única mujer, Jocelyn Feigerman... y su humor cambió en el acto. Su nerviosa esperanza desapareció, alejada por la martilleante comprensión.
No entraron. La puerta se cerró y Harvey llevó a Brandon varios metros pasaje abajo.
—Él estará con nosotros dentro de un momento —prometió—. Bien. ¿Se ha hecho una idea? ¿Le he hablado de las unidades móviles? Habrá furgonetas con unidades móviles de las emisoras comerciales en los locales del Sindicato de Transportes, y en los hoteles donde se reúnen los sindicatos de bomberos y policías. La señal llegará por microondas al estudio principal, y de ahí mediante cable a los distintos estudios. Estaremos en contacto con los principales sindicatos municipales y... ¿Qué ocurre?
—¿Qué tiene que ver con esto Jocelyn Feigerman? —exigió saber Brandon.
La expresión de John Harvey se alteró. Sus labios se apretaron, sus comisuras se tensaron, sus cejas se alzaron.
—Ah, sí —dijo al cabo de un momento—. Saúl me explicó que usted podía ponerse difícil con eso.
—¡Le he hecho una pregunta!
—Ella es su protectora, Brandon —repuso pacientemente Harvey—. ¿Por qué cree que estamos haciendo esto? Es cuestión de influencias, y ella las tiene.
Brandon tuvo tiempo para ordenar sus pensamientos. Asintió.
—De acuerdo, entiendo eso, pero ¿qué estamos haciendo?
—¿Qué? ¿Qué pasa, Brandon, es que no presta atención? Es eso de la Reunión Global Ciudadana...
—Pero ¿con qué objetivo? ¿Están pensando en un programa de relaciones públicas, un programa extraordinario para prohibir el aborto, o en una RGC auténtica? ¿Para qué quieren unidades móviles en los locales de los sindicatos?
—¡Mierda, hombre! ¡Ellos son los que hablan en nombre de los empleados municipales!
—Pero la esencia es dejar que la gente hable en su propio nombre. ¿Qué le parecería poner unidades móviles a disposición de los ciudadanos en general? ¿Por qué no...?
Se interrumpió porque estaba saliendo Saúl Wassermann, hablando con la cabeza vuelta hacia atrás y con el aspecto de un hombre que no tiene tiempo que perder.
—¡Creo que están equivocándose! —dijo Brandon, a Wassermann—. ¡No entienden la esencia de todo el asunto!
—Oh —gruñó Wassermann—, mierda. ¡Harvey! ¡Llévese de aquí a este pelmazo!
Pero Brandon se libró de la mano del barbudo.
—¡No me han hecho caso! —gritó—. ¡La RGC no es una maniobra para lavar el cerebro! ¡Es un medio para que la gente tenga dominio real sobre la situación! No una oportunidad de oír más sandeces del alcalde. No es un medio para que gente con intereses particulares se reparta el tesoro público. Dar y recibir con libertad, que hasta el último ser humano de la ciudad tenga igualdad de oportunidades para decir lo que desee decir y proponer sus soluciones... ¡Eso es la Reunión Global Ciudadana, y ésa es la única forma en que puede ser importante!
Brandon sabía que estaba gritando. Le encantaba gritar. Le encantaba el hecho de que las cabezas se volvieran por todas partes del pasaje, que los cámaras hubieran salido del estudio para escuchar y que el teniente de policía, con el ceño fruncido, hubiera bajado un par de peldaños más. Brandon no se dio cuenta de que el mismo alcalde estaba allí hasta que se volvió y le vio.
Imposible deducir nada de la expresión del alcalde. Tampoco su tono era significativo, porque ninguna de las dos cosas variaba mucho. Una sonrisa a medias en el peor de los casos, las torpes inflexiones de una voz propia de un maestro escuela en lo mejor de ellos. El alcalde no miraba a Brandon. Tampoco miraba a Saúl Wassermann, aunque sus palabras fueron dirigidas a él.
—Explíqueme una cosa, Saúl —dijo al aire—, ¿para qué hemos hecho venir a este hombre?
Era una pregunta retórica, pero de esa clase especial que requiere una respuesta igualmente retórica. Wassermann cumplió el requerimiento.
—Porque la señora Feigerman sugirió que él podría ayudarnos con esta Reunión Global Ciudadana. Porque usted dijo que no teníamos nada que perder, y que podíamos probar alguna cosa. Porque el gobernador afirma que la Guardia Nacional no puede llegar a la ciudad tal como están las carreteras, y porque usted se presenta a la reelección el año que viene.
El alcalde asintió.
—Todo esto sigue siendo cierto, Saúl —observó—. Si ensayamos esta idea, no nos interesa que alguien diga después que no le dimos una oportunidad justa.
—No —convino Wassermann. Sólo miró un momento a Brandon, pero el corazón de éste dio un brinco. Brandon sabía, aunque no podía creerlo, lo que iba a pasar inmediatamente. Pasó.
—En ese caso demos al hijo de puta lo que quiere —dijo el alcalde.
Fui John Barrett, proveedor de buques, temeroso de Dios y apasionado del Rey. Vendíamos equipo naval en una tienda de South Street, mi negro y yo, y el negocio iba bien. Dos cargamentos de cada tres que llegaban a Norteamérica acababan en South Street. Yo trataba bien a mi negro, pero él no lo apreciaba. Intentó fugarse. Dejó la cocina con el fuego avivado. Las llamas prendieron en las vigas de madera del techo y la casa ardió hasta los cimientos. Quedé arruinado, y la ciudad peor que yo, porque mi negro no era el único. Pero dos semanas más tarde los cogieron, a él y al resto de esclavos rebeldes. Ese día fui a Collect Pond, y también a él lo quemaron.
Era cierto que la ciudad jamás se había hallado en tan mal estado. No había ocurrido algo sin precedentes. Todo lo que se había torcido se había torcido ya otras veces... incluso con más frecuencia que últimamente. Pero nunca se habían disparado todas las alarmas al mismo tiempo. Huelgas y tormenta de nieve, embrollos burocráticos y terco resentimiento por parte de los ciudadanos, terroristas y maleantes... todo se había combinado para constreñir la fuerza de la ciudad en grado sumo. Peor todavía. En algunos lugares esa fuerza se había quebrado. El incendio en Hell's Kitchen, a poca distancia de Times Square y Broadway, habría sido problemático en cualquier época, pero los escasos bomberos de servicio no pudieron pasar con su equipo por las atascadas calles despejadas de nieve por el escaso personal de limpieza que estaba de servicio; el viento avivó el fuego y las llamas se extendieron. Y en Bedford-Stuyvesant ocho niños se aventuraron a salir de un grupo de viviendas para romper los cristales de una licorería. Y en la Quinta Avenida un tembloroso puertorriqueño con furia en el corazón trató de hacer estallar unos cartuchos de dinamita delante de un banco, pero sólo logró reventar su cuerpo... casi por completo; y en uno de los hoteles más elegantes de la ciudad, una mujer de West Palm Beach fue violada, despojada de sus joyas y asesinada... o casi asesinada. Tanto la turista como el terrorista conservaban una chispa de vida.
Igual que la ciudad. Había saqueo y latrocinio, ¡oh, sí! Pero tan solo pequeños grupos o individuos aislados lo cometían, y en lugares muy dispersos. El excesivo frío impedía que se formaran pandillas. Había delitos y ningún agente de policía para impedirlos. Pero pocas posibles víctimas se aventuraban a salir, y el negocio iba mal para atracadores y ladrones.
Peor iba a las mujeres que hacían la calle. Vanilla Fudge asomó la cabeza por la puerta de una cafetería y deseó ansiosamente que su chulo apareciera por allí. Si Dandy llegaba existía la posibilidad de que le diera una paliza por perder el tiempo en una cafetería en vez de estar en la calle trabajando. Pero también existía la posibilidad de que él le ordenara olvidar el trabajo, que se tomara la noche libre, que fuera al cine, incluso que se quedara en casa y viera televisión. Junto con actores de teatro, maestros de escuela nocturna y maitres de restaurante, las prostitutas callejeras estaban constantemente privadas del derecho a ver los mejores programas de televisión. Algunas noches Vanilla creía morir por no saber qué estaría sucediendo en series como Dallas.
Tras decidirse y sacar los pies, uno tras otro, a la nieve, Vanilla Fudge pensó que había metido la pata. No había coches con matrícula de Jersey circulando por la avenida, y ciertamente ningún peatón en busca de compañía. Oyó sirenas que iban hacia el gran incendio cercano a la Décima Avenida y vio el fulgor en el níveo cielo. La ciudad, aparte de eso, parecía despoblada. Hacia el sur se distinguían intermitentes luces blanquiverdes: un quitanieves extraviado que intentaba mantener despejado el cruce de la Calle 42, quizá. Un agudo chirrido en la manzana contigua señalaba el lugar donde algún conductor atrapado trataba de sacar su coche de un charco... en vano, al parecer.
—¡Hey! ¡Nillie!
Vanilla dio un salto y casi cayó en la nieve.
—Hola, Dandy —dijo, jadeante, revolviéndose para recobrar el equilibrio—. Vaya susto que me has dado.
—Estás tan asustada que aún no has engatusado a nadie, ¿eh, chica? —La voz de Dandy siempre era gruñona; esa noche era tan ronca que Vanilla apenas la entendía.
—No hay nadie por aquí, cariño, ya lo ves.
—Lo que veo es una puta perezosa. Prueba en esos bares, ¿oyes?
—Oh, Dandy, sabes que me echarán a patadas...
—¿Te preocupa eso? ¡Preocúpate de lo que te haré yo!
Vanilla Fudge esperaba que él le pegara. Y así lo hizo Dandy, pero con la mano abierta, y el golpe fue dirigido a los riñones, una palmada juguetona más que otra cosa.
—Nada bueno harás en los bares, vete a la terminal de autobuses —ordenó Dandy—. Te buscaré allí. —Pero ni siquiera miraba a la chica.
Vanilla lo vio marcharse, sosteniendo en alto los bordes de su abrigo igual que una anciana para vadear la nieve amontonada y doblar la esquina. Esa noche Dandy no ponía el corazón en su trabajo. Lo que probablemente significaba que tenía otra cosa en la cabeza. Vanilla Fudge esperaba que no fuera algo demasiado estúpido... o demasiado peligroso.
Dandy no tenía fuerza suficiente, o quizá carecía del valor necesario para destacar en formas más violentas de delito. Siempre que lo intentaba acababa herido. El alcahueteo le iba muy bien. Aunque tampoco era lo bastante cruel para destacar mucho como chulo. Su «yeguada» apenas era tal: todas las chicas excepto dos se fueron con competidores más duros en cuanto el negocio empezó a florecer después del Día de Acción de Gracias, y se deshizo de otra al enterarse de que se inyectaba heroína. Dandy no toleraba las drogas duras. Considerado en conjunto, Dandy carecía de buena parte de las aptitudes que su trabajo exigía. Pero eso no era problema para Vanilla Fudge. Considerada en conjunto, ella estaba muy contenta con su vida.
Excepto cuando el tiempo era tan malo.
Las barras estaban atestadas, pero Vanilla no fue bien acogida en ninguna. En fin, nadie tenía ganas de aventurarse en la nieve detrás de un bombón. Lo mismo iba a pasar en la terminal de autobuses, claro, pero allí al menos se estaría caliente. Nillie bajó hacia el sur, ansiando una taza de café y una posibilidad de quitarse sus empapadas botas.
Había un par de siluetas al otro lado de la calle.
Vanilla vaciló, decidió después pasar por allí... Dandy se alegraría mucho más de verla si conseguía por lo menos un cliente. Con la nevada poco se veía de los desconocidos, aparte de que uno era alto y otro bajo. Cuando Nillie cruzó la calle a largas y profundas zancadas, el alto entró en un edificio y dejó al bajo allí.
En ese momento el agua que había dentro de las botas de Nillie parecía a punto de helarse. Eran de cuero rojo, para atraer miradas, no para protegerse del frío y la humedad, y la chaqueta de piel de imitación sólo protegía la parte superior del cuerpo. Vanilla resbalaba y chapoteaba en la nieve, y anhelaba unos tejados... incluso ropa interior de franela roja. ¡Dios sabía qué opinaría Dandy si ella se presentaba al trabajo con esa clase de ropa! Naturalmente, eso no tendría importancia en una noche como aquélla, porque nadie iba a pedirle que se desnudara rápidamente...
La silueta que permanecía en la acera estaba inmóvil, y era de una niña. Una niña.
Nillie la miró con envidia mientras se acercaba. Bufanda, polainas, gruesos guantes... ¡Así había que ir vestida esa noche!
—Hola, preciosidad —dijo Vanilla, y dio unos pasos más antes de mirar atrás.
Vanilla Fudge no tenía el hábito de interrumpir su ronda por culpa de algún niño. Si había alguna cosa que Dandy consideraba peor que vestir franela roja, esa cosa era ver a sus chicas hablando con niños. ¿Pero quién lo iba a ver? Nillie retrocedió sobre sus propias huellas y se aproximó de nuevo a la pequeña.
—Cielo, ¿qué estás haciendo aquí a estas horas de la noche? —preguntó.
Y la niña se echó a llorar.
Soy Timothy Beyley, conductor de carro de bomba de la brigada de incendios de McClanahan. Fue la semana antes de Navidad, en 1835. Hacía muchísimo frío. El North River se heló, las fuentes se helaron, las bocas de agua se helaron, las cisternas se helaron. La única forma de obtener agua era meterse en el hielo del río y abrir un agujero. Así pues, los diez que éramos bombeamos hasta el carro de Nix, de éste al de Marion y así sucesivamente hasta el mismo incendio, a la altura de John y Broadway. Pero no fue suficiente. Perdimos todas las casas. Ardieron todas las de Broadway, hasta el mismo Battery.
Jo-Anne sabía qué era una prostituta, más o menos. Es decir, sabía qué hacían ellas, aunque no acababa de entender por qué la gente les pagaba por hacer eso. Pero Jo-Anne era una niña de ciudad y crecía con los resquemores de la urbe. Aunque su padre la consideraba muy ingenua, los chistes que los chicos mayores contaban sobre mujeres paradas en las esquinas de la Avenida Lexington y cerca de Cooper Square permanecían en la mente de la niña. Ella sabía que esa mujer joven, la de las botas rojas manchadas y la falda corta, no era una modelo de alta costura.
Pero lo que vio al mirar a Vanilla Fudge fue a su madre. Su madre lo había hecho, fuera cual fuera el significado exacto de «lo», seguramente de la misma forma en que lo hacía esa mujer joven. Chistes y clases de educación sexual no habían dejado en la mente de Jo-Anne una distinción clara entre esposa infiel y ramera. Pero ello no la predisponía contra su madre, sino que le hizo desear enterrar la cabeza en la chaqueta de piel de imitación y llorar.
—Oh, cielo —dijo Vanilla, dándole unas palmaditas en el gorro de lana con que se cubría la cabeza—. Ven, preciosidad, dime qué te pasa.
Después la niña empezó a contarle que había salido muy pronto del colegio a causa de la ventisca, que volvió a su casa y que deseaba averiguar la verdad sobre su madre... y sobre todo la verdad en torno a ella misma.
—Hey, ¿va a ser larga la historia? —dijo entonces Vanilla Fudge—. Porque podríamos ir a la terminal de autobuses y estaríamos más calentitas, ¿eh? Bueno. Cógete de mi mano... no, espera un momento. ¿Te importaría quitarte uno de esos guantes tan bonitos, cielo? Porque de esa manera, fíjate, yo lo pondría aquí, tu tendrías el otro puesto y las dos meteríamos en mi bolsillo nuestras manos, las que no llevan guantes...
—Soy una bastarda —dijo Jo-Anne, y se echó a llorar otra vez.
Y las dos manos sin guantes tuvieron que salir del bolsillo para que Vanilla pudiera abrazar a la niña mientras lloraba un rato.
Cuando echaron a andar Jo-Anne se puso a hablar. Sin cesar. Mientras arrastraba los pies y los hundía en la nieve, tropezando con tapas de cubos para basura y otros voluminosos desechos ocultos entre la nieve acumulada, la niña logró elaborar su relato frase a frase. Y Nillie apretó la manita en su bolsillo, asintió y escuchó. Imaginó a la pequeña buscando tercamente hasta encontrar lo que deseaba, pero que no quería encontrar. ¡Bastarda! Su papá no era su papá, y su madre henchida de... ¿odio, odio a la hija que había destrozado su vida? Henchida de alguna pasión, en cualquier caso, lo bastante fuerte para que se suicidara como única salida.
De modo que Jo-Anne sólo había podido hacer una cosa: huir de la casa en la que no tenía ningún derecho a estar.
Durante horas vagó a la deriva por las sufridas calles abrumadas por la nevada del centro de Manhattan. No consideró con atención su problema. Lo mantuvo lejos de ella. No tenía frío, no con el magnífico arropado de su invernal vestimenta. Tenía dinero suficiente, procedente de los ahorros que había comenzado a acumular en su nueva hucha, para alimentarse cuando tuviera hambre. Un buen bocadillo y unas patatas fritas aquí, una Coca-Cola y una salchicha allí... las cosas que mamá tanto le había escatimado durante toda su vida, pero ¿qué derecho tenía mamá a darle órdenes ahora? Incluso tenía dinero para ir al cine, y estuvo sentada viendo dos proyecciones de la misma película: unos policías y unos traficantes de droga se perseguían por toda la ciudad. Poco importaba que la hubiera visto dos veces. En realidad, ni siquiera la había visto, porque casi todo el tiempo estuvo llorando.
Al salir del local, su sentido de la responsabilidad y disciplina superaron su pena y Jo-Anne trató de telefonear a su padre. El teléfono comunicaba. Y siguió comunicando mientras ella iba de cabina en cabina y llamaba cada diez o quince minutos, y después no hubo respuesta. Jo-Anne sabía que estaba haciéndose tarde... ¿Adonde podía haber ido su padre a esas horas? ¿Acaso él sabía que era su hija la que llamaba, y la castigaba negándose a contestar? Ella tenía la suficiente sensatez para saber que la segunda posibilidad no podía ser cierta, era demasiado extravagante... ¡pero igual ocurría con la primera!
¿Otra película? Pero la siguiente sala que vio estaba cerrada a causa de la tormenta, y de todas formas casi no le quedaba dinero. Ya no había mucho tráfico, comprobó Jo-Anne, y tampoco demasiados peatones, y había muy poca luz. Empezó a tener miedo.
En una ciudad con calles y avenidas numeradas era imposible que ella se perdiera, pero cuando encontró letreros no dejados ilegibles por la nieve, se dio cuenta de que estaba muy lejos de sitios conocidos. Volver a casa no venía al caso en ese momento, ella se hallaba demasiado fatigada para emprender una caminata de cincuenta o sesenta manzanas. Pero el despacho de su padre se encontraba más cerca. Más cerca pero no en la siguiente esquina. Cuando por fin llegó allí tras muchos tropiezos, el hombre que estaba en la entrada no era el viejo señor Sullivan, al que ella conocía... y que, al parecer, había muerto. Era un desconocido. Fue muy amable pero lo único que pudo ofrecer a la niña fue un consejo: «Vete a casa, pequeña. ¡No puedo dejarte pasar, me despedirían!» El portero habría cambiado de opinión, ciertamente, si ella hubiera suplicado, si por lo menos se hubiera explicado... Pero Jo-Anne no lo sabía.
Y entonces había aparecido Nillie.
Jo-Anne y Vanilla Fudge se detuvieron en el cruce de la Calle 42 mientras un quitanieve pasaba estruendosamente y restregaba el pavimento ante ellas. Lo observaron en silencio, a la espera de poder cruzar. La máquina no intentaba facilitar el tráfico... eso era imposible. Sólo se esforzaba en dejar espacio libre para que los abandonados autobuses incapaces de subir las rampas de la terminal de la Oficina de Comunicaciones tuvieran un lugar para apartarse. La maniobra no daba resultado; era una tarea imposible. Autobuses urbanos, autocares de largo recorrido, monstruos de dos pisos, camiones, taxis, coches, vehículos policiales... todo estaba atascado. La terminal de autobuses había sido el centro de una de las redes de tráfico más bulliciosas del mundo, y todos los vehículos habían acabado rindiéndose a la tormenta. El conjunto se asemejaba, más que a cualquier otra cosa, a la nieve de plástico debajo del árbol de Navidad de un niño de dos años. Los regalos estaban abiertos. Los vehículos de juguete estaban descuidadamente diseminados... y a la persona que los puso allí la habían mandado a la cama, abandonándolos para que mamá y papá los recogieran. Pero papá y mamá no estaban a la altura de la tarea.
—Cielo —dijo Vanilla Fudge mientras se preparaban para cruzar—, ¿sabes qué cosa es un aborto?
—¡Claro que lo sé! —(respuesta indignada).
—Pues deberías tener en cuenta tu buena suerte, porque supón que tu madre hubiera decidido no tenerte...
Jo-Anne subió bruscamente a la acera y miró boquiabierta a Vanilla.
—Tu papá... ¿se portaba mal con tu mamá? —Jo-Anne contestó que no con la cabeza—. ¿O contigo? No, no lo creo. Tu madre se complicó la vida de alguna forma. La gente hace esas cosas, cielo. Sé que tú estás sufriendo, pero ¿no crees que también sufrirá tu padre? A mí me parece que os necesitáis el uno al otro... Bueno, entremos ahí y calentémonos un poco.
La nieve caía con más lentitud, el viento era un poco menos violento, pero Jo-Anne seguía helada cuando entró por la puerta giratoria. La puerta no giraba con suavidad. No lo hizo hasta que la familia de hispanos cuyo autobús a Bayonne no había salido se apartó de allí, no sin gruñir. Dentro ya, era difícil moverse.
No parecía haber espacio para dos personas más en la terminal. Todas las paredes tenían algún cuerpo apoyado en ellas, alguien que intentaba dormir. Todos los bancos, mostradores y escaleras tenían alguien estirado encima. Igual que buena parte del suelo. Todas las escaleras mecánicas estaban paradas y llenas de gente excepto dos, que también habían estado inmóviles en determinado momento, pero el atrapado gentío las atestaba de tal forma que nadie podía subir o bajar, y se había optado por desalojar a los que dormían y poner en marcha los motores para mantenerlas despejadas.
—Bueno... —dijo Vanilla Fudge, con la nariz arrugada—. Con el ambiente que hay aquí podemos coger cualquier cosa.
Miró alrededor, ceñuda. No sólo le preocupaba aquel ambiente denso, lleno de humo y bochornoso, pero la pequeña leyó sus pensamientos.
—Aquí estaré bien —dijo Jo-Anne—. De verdad. Seguiré telefoneando a casa hasta que mi papá conteste, y entonces él me dirá qué debo hacer.
—¿Estás segura?
—Claro que estoy segura.
—Bueno... —Pero la niña estaba a salvo allí—. Podría llamar a un poli —propuso Nillie. Jo-Anne respondió que no con un sensato movimiento de cabeza.
—En este momento ningún policía querrá molestarse por mí.
—Bueno, eso es verdad.
Nillie miró alrededor y localizó un trozo de suelo menos congestionado que el resto. Fueron precisos algunos empujones y serpenteos, pero consiguió hacer sitio para la pequeña. Cuando Jo-Anne se sentó obedientemente, Nillie apoyó una mano en la cabeza de la niña y, una detrás de otra, se quitó las botas rojas.
—Tengo los pies congelados —se lamentó mientras miraba alrededor—. Bueno. Quédate aquí. Es decir, hasta que aguantes. Aquí estarás bien.
¿Había dicho eso ella? Casi parecía que sí, pero la mente de Nillie no estaba centrada ya en la pequeña. En ese momento estaba pensando en Dandy.
—Estarás estupendamente —dijo, y se abrió paso descalza hacia la escalera mecánica.
Jo-Anne movió afirmativamente la cabeza. El gesto no significaba acuerdo. Sólo significaba su comprensión de que la mujer no deseaba seguir responsabilizándose de ella. ¿Debía dormir? Pero en realidad ella no tenía sueño, por alguna razón. Su madre habría opinado que por agotamiento total. Además, el lugar era muy ruidoso... gente que discutía, algunos que roncaban, por encima de su cabeza un monitor de televisión con el estrépito de un conjunto de rock (pero no había imagen, sólo un aviso: permanezcan atentos a los boletines especiales). Jo-Anne vio alejarse a Vanilla Fudge. Después, tras levantarse con el mínimo ruido posible para no despertar a la señora gorda dormida junto a ella, siguió a Nillie por la única escalera mecánica en movimiento y se abrió tortuoso paso entre el gentío de la segunda planta. Algunos servicios continuaban abiertos (una cafetería, un puesto de helados, un bar) pero al parecer sólo para que los extraviados dispusieran de espacio. Probablemente los establecimientos habían agotado todo lo que tenían para vender. Jo-Anne vaciló ante el lavabo de señoras. La cola era impresionante. Pero la necesidad era urgente.
Cuando salió del lavabo, Vanilla Fudge hacía rato que se había ido, por supuesto. Jo-Anne empezaba a sentirse cansada, pero había una hilera de cabinas telefónicas allí mismo. Otra larga cola, sólo soportable porque la responsabilidad agobiaba a la niña. Casi fue un alivio comprobar que nadie contestaba en casa.
Jo-Anne vagó en busca de un sitio mejor donde sentarse, y encontró uno rechazado por la mayoría de la gente ya que la temperatura no era muy alta. Se trataba de una sala de carga, apenas protegida contra el frío del exterior. Eso no era problema para una niña con ropa invernal y dos jerseys. No le gustó mucho el aspecto de sus compañeros, que se pasaban de uno a otro una bolsa de papel como si dentro hubiera alguna bebida. Pero el lugar no era tan ruidoso.
El sueño se apoderó de ella... hasta que despertó al notar una mano en su abrigo. Era un hombre, más viejo que su padre y mucho más corpulento. Olía mal, tanto su aliento como su cuerpo, y hacía tiempo que no se afeitaba. Y las demás personas que compartían la sala parecían dormir... no, fingían dormir.
Jo-Anne lanzó un chillido.
El desconocido se apartó con rapidez y hundió la cabeza en el cuello de la niña. Puso la otra mano sobre la garganta.
—Cierra el pico, guapa, o apretaré más —le dijo con voz ronca.
No era un farol. El hombre no sólo amenazaba con hacerlo, sino que ya lo estaba haciendo. Eso no impidió que Jo-Anne intentara chillar de nuevo. Le faltaba el aire y estaba desorientada, y habría chillado hasta que le reventara la cabeza si la presión que notaba en la garganta no hubiera reducido el grito a un áspero y ronco lamento.
Pero evidentemente alguien la oyó. El desconocido lanzó un juramento, se volvió y lanzó a la niña hacia la puerta por donde se cargaban los autocares. Cuando Jo-Anne logró mover la cabeza lo suficiente para ver algo, había otro hombre allí, alto, joven, negro y con una gorra roja. Había inmovilizado al supuesto delincuente con una asfixiante presa, y miraba furiosamente a la niña. Acto seguido la furia de su semblante cedió: había reconocido a Jo-Anne.
También Jo-Anne conocía a su salvador. Era el Destructor, el Pens que vivía enfrente de su casa.
A las once de la mañana Shire Brandon había superado por completo la necesidad de dormir. El centro de operaciones se había trasladado del Ayuntamiento a uno de los estudios centrales de una importante cadena televisiva.
¡El sueño era una realidad! Desde las dos de la madrugada todas las emisoras de radio y televisión de a ciudad estaban emitiendo tranquilizadores avisos para anunciar que la Reunión Global Ciudadana empezaría al mediodía. Personal con cámaras móviles se hallaba apostado por toda la ciudad, dispuesto a transmitir a distancia. No fue difícil que los técnicos llegaran allí: eran los mismos que debían informar de la tormenta, noche y día. Las horas extras y las primas por trabajo nocturno iban a ser impresionantes, pero el personal estaba en su puesto. El alcalde, que en ese momento se resarcía de muchas horas de sueño, había grabado una cinta para explicar la situación. Se había logrado convocar al concejo municipal, y los concejales se hallaban reunidos en el Ayuntamiento. También estaban reunidas las comisiones negociadoras de todos los sindicatos en situación de huelga o trabajo lento. Había intérpretes preparados en las emisoras de radio designadas, reclutados entre el personal de las Naciones Unidas. Incluso el director del Instituto se había visto separado de la calidez de su piso en Central Park West para acudir al estudio, donde estaba en ese momento, excitado, radiante y estorbando a todo el mundo.
—¡Oh, Shire! —dijo embelesado—. Esto tiene buen aspecto, ¿no cree?
Si el mundo tenía buen aspecto (o mejor aspecto, como mínimo) era en parte porque la nevada estaba aminorando. Algunas de las avenidas de Manhattan estaban casi abiertas al tráfico, la situación había mejorado en algunos cruces de calles importantes y los metros funcionaban en todas las líneas. Pasaría algún tiempo antes de que ferrocarriles elevados, túneles y puentes fueran de utilidad para alguien, pero al menos volvía a haber movimiento otra vez.
Brandon ocupó su asiento en la sala de control mientras acariciaba un vaso de plástico procedente de una máquina de café. El líquido estaba frío desde hacía tiempo, y ni siquiera al principio había tenido buen sabor, pero Brandon se humedecía los labios siempre que recordaba tener el vaso en las manos.
—Todas las unidades móviles emitiendo —dijo el director auxiliar.
—Cintas listas —dijo el director técnico.
—Preparados para emitir —dijo el director. Y cuando el reloj indicaba precisamente diez segundos antes de la hora, inclinó la cabeza y ordenó—: Bobina ocho.
Brandon escuchó la cuenta atrás... nueve, ocho, siete...
—¡Adelante la ocho! —dijo el director entonces.
Una imagen apareció en la pantalla. Era el alcalde, repitiendo su anuncio grabado.
—Hoy —dijo— vamos a tratar de resolver nuestras diferencias, no meterlas debajo de la alfombra como si fueran basura. Vamos a hablar de las cosas que están dejando mutilada nuestra ciudad, y prestaremos atención a todas las propuestas que se hagan para arreglarlas. Vosotros, los ciudadanos, nos ayudaréis a decidir. Digo «ayudaréis» sólo porque no existen disposiciones legales para hacer de obligado cumplimiento esta clase de toma de decisiones en comunidad, pero os aseguro que vuestra voz contará. Hoy, de vez en cuando, habrá votaciones. Podéis votar marcando un número en vuestro teléfono. Nadie responderá, pero unos contadores registrarán cuántas personas llaman a ese número. Un número para el sí, otro para el no. Si hay una mayoría clara, la consideraremos como la voz del pueblo, y el concejo municipal, que ahora está reunido y preparado para actuar, hará lo que sea necesario. Los concejales no están obligados a hacer lo que vosotros digáis, pero os aseguro que prestarán toda su atención. Estas son las normas básicas...
Alguien estaba tocando el hombro de Brandon.
—¿Sí? ¿Qué ocurre?
Un empleado de seguridad estaba tendiéndole una hoja de papel doblada.
—Mensaje para usted, señor Brandon.
—Gracias. —Había recibido infinidad de mensajes. Uno más podía esperar. Brandon siguió escuchando.
—...caso de que no haya mayoría clara, recurriremos a las comisiones negociadoras o a individuos elegidos al azar entre todos los oyentes y televidentes. Cuando se elija una persona para intervenir, dicha persona tendrá exactamente treinta segundos para expresar su opinión... hablar en favor de uno u otro bando, hacer una sugerencia alternativa, proponer una modificación... El tiempo será vuestro, podréis usarlo como queráis. Pero sólo dispondréis de treinta segundos...
—Han dicho que era importante, señor Brandon. —El guardia de seguridad continuaba allí.
—Ah, bien.
Pero Brandon se tomó tiempo para desdoblar la hoja, pues estaba viendo al alcalde, que explicaba cómo se pondrían a votación las nuevas sugerencias para el conjunto de oyentes, y que las que parecieran obtener voto favorable se integrarían en la próxima votación importante.
—El primer problema que debemos afrontar —anunció el alcalde— es la huelga de nuestros empleados públicos. En primer lugar escucharemos al principal portavoz de los agentes de policía...
Pero Brandon no oyó nada más, porque sus ojos se habían clavado en el texto del mensaje. Decía así:
Un hombre llamado Willbur Perkins, que dice ser vecino suyo, asegura que su hija se halla en la terminal de autobuses de la Oficina de Comunicaciones, sala de espera principal, terminal sur, planta baja. Dice que la niña está bien y que no ha sufrido daño alguno, pero que se encuentra muy cansada, y que él seguirá con ella hasta que usted se presente allí.
Sólo un padre excepcional puede ser justo con todos sus hijos por igual. Un padre se esfuerza en dar a cada cual lo que necesita: ése es el mínimo básico. Da a todos lo que merecen: eso es justo. Y da a todos lo que el amor exige: eso es ser padre. ¿Y cuando surge un conflicto? ¿Qué ocurre cuando hay que llevar a Bobby a su clase de guitarra al mismo tiempo que Sue debe dirigir el grupo de animadoras de su equipo favorito? ¿Qué ocurre cuando hay dinero suficiente para la dentadura de Chet o la boda de Maisie, pero no para ambas cosas a la vez? ¿Qué se hace entonces?
El padre hace todo lo que puede. Y de este modo Brandon repartió sus atenciones entre sus dos hijos lo mejor que pudo, aunque ninguno de los dos era hijo de su carne: la fatigada niña de diez años que precisaba consuelo, cuidados y tranquilidad, y el hijo de su mente y de su corazón, que en ese mismo momento estaba desnudo para que lo examinaran diez millones de desconocidos. Y estaban examinándolo. ¡Estaban usándolo! El recorrido entre el estudio y la terminal de autobuses era un paseo de veinte minutos por atestadas calles urbanas... normalmente, pero ese día fue casi de una hora, con desvíos por tantos vestíbulos de edificios comerciales y hoteles como Brandon encontró; esa ruta era más rápida que las congestionadas calles, y más caliente. Y en todos los vestíbulos, o en todos los que estaban abiertos, alguien había instalado un televisor y había gente congregada alrededor. Gente que escuchaba. Que discutía. Que hacía propuestas. Y que, de vez en cuando, manifestaba su acuerdo. Los oídos de Brandon captaron voces, fragmentos, en parte de la gente, en parte de los televisores.
Un agente de policía:
—...pasar sin más dinero, pero, Dios mío, ¿no podrían lograr el trabajo fuera un poco más fácil? ¿Que la gente no se peleara con nosotros?
Un hispano:
—Es un error, ¿cómo pueden decir que hay que ser tan corpulento para ser bombero? Se lo juro, ¡yo puedo subir una escalera más deprisa que esos pavos!
Un dirigente sindical en la pantalla del televisor:
—¿Quieren que nosotros seamos razonables? ¡Digan a los miembros que sean razonables! ¡Ellos no quieren oír razones del porqué no, ellos sólo quieren oír sí!
Y durante el largo recorrido, caminando penosamente por la nieve, resbalando en las mojadas baldosas de los vestíbulos, haciendo regates en las entradas de servicio, abriéndose paso entre camiones remolque que arrastraban coches abandonados... durante el largo recorrido Brandon experimentó cariño, orgullo y preocupación, un irregular fluir de emociones relacionadas con su hija y con su proyecto que le dejó los ojos húmedos cuando encontró a Jo-Anne y la cogió en brazos.
—El metro funciona otra vez. Volvamos a casa. —Eso fue lo único que dijo Brandon.
—Está bien, papá. —Y eso fue lo único que dijo Jo-Anne.
Y cogidos de la mano se apresuraron a cruzar las muchedumbres y salir a la ciudad que estaba brotando, poco a poco pero brotando, brotando de entre las ruinas de la tormenta.
¿Saben que es un «casero de barriadas»? Eso soy yo. Yo y gente como yo que ahorramos dinero con la idea de invertirlo en propiedades inmuebles. Bien, ¿dónde encuentras algo que puedas permitirte comprar? En las barriadas pobres, ahí. Y luego los inquilinos esperan que les ofrezcas saunas, piscinas y una nueva capa de pintura al piso cada seis meses, y el Ayuntamiento no te permite recaudar las rentas. Así pues, ¿qué hacer? Sí, yo violé la ley varias veces. Quizá los inquilinos no tengan todo el agua caliente que desean, y es difícil mandar allí los fumigadores en cuanto alguien ve una cucaracha, pero ¿qué esperan? Eso no es lo peor. Lo peor es cuando la gente celebra una de esas Reuniones Globales Ciudadanas y deciden reconstruir el barrio entero, y en ese caso ¿qué sucede con nuestras inversiones? ¡Lo llaman progreso! Pero en realidad yo soy la primera víctima de...