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frederik pohl

gwenanda y el tribunal supremo (es)

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I
El abogado defensor era un ratón, la acusada una bestia de nacimiento y la jornada más pesada que una vaca. Para empezar, la sala del Tribunal Supremo se hallaba sumamente atestada. Ese día habían acudido en tropel al auditorio los candidatos del siguiente período judicial, para ver cómo se desarrollaba una jornada de juicios, y en total había cuarenta personas. Más los acostumbrados curiosos. Algunas veces, cuando los asientos del auditorio se agotaban, Gwenanda disfrutaba. Con un montón de personas bulliciosas y mucha charla, era posible divertirse en un caso. Ese día todo el mundo estaba aburrido, petrificado. La mitad de los presentes ni siquiera miraba al testigo. Estaban leyendo, dormitando, incluso observando la franja continua de lemas luminosos que recorría la cúpula de la sala del tribunal. En ese momento se leía:
«Los pactos logrados sin la espada son simples palabras carentes de fuerza para la seguridad de un hombre.» Thomas Hobbes.
Gwenanda suspiró y se agachó detrás de su mesa de juez para darse un rápido coscorrón que anestesiara, en parte, el tedio, en el mismo momento que el Presidente del Tribunal, Samelweiss, pasaba junto a ella camino del lavabo. Gwenanda sabía que era él. Ningún otro magistrado la pellizcaba cuando estaba distraída.
—Esa histérica es más culpable que el diablo —murmuró Samelweiss al pasar—. Y me pregunto si este día no acabará nunca.
—Ponte los cascos, viejo gruñón —dijo Gwenanda mientras se incorporaba.
Siempre había que estar atento a que un acusado experto en legalidades reclamara juicio nulo simplemente porque su juez olvidaba usar los auriculares cuando salía a orinar. Aquella acusada, concretamente, era el tipo ideal para hacer tal cosa.
Era cierto, si había que ser justo con Samelweiss, que no estaba diciéndose nada digno de ser escuchado por una persona sensata. El animal que era la acusada había implorado durante veinte minutos que se le permitiera declarar, y Samelweiss, el viejo tonto, se lo había permitido. Probablemente sólo deseaba tener tiempo para ir al lavabo. Y la declaración se prolongaba ya seis o siete minutos. Aburridísima. Lo único que hacía la mujer era quejarse de la multitud de formas en que la sociedad la había envilecido y brutalizado, hasta tal punto que ella no era realmente culpable de cuantas cosas había hecho.
En ese momento sólo había llegado al tiránico profesor de primer curso que le había puesto la etiqueta de ladrona...
Un fuerte bip la interrumpió: era uno de los Gemelos de Hojalata.
—Párese ahí un momento, dulzura. Le birló la cartera a ese profesor, ¿no es cierto?
La acusada hizo una pausa, irritada por la interrupción.
—¿Qué? Bueno, sí. Pero yo solo era una niña, Su Señoría.
—Y más tarde, tal como dice el alegato, mató a puñaladas a su pareja, ¿no es cierto?
—Sólo porque la sociedad hizo de mí una facinerosa, Su Señoría.
—Ya —dijo el Gemelo, menos interesado. Era I-Max, vio Gwenanda tras seguir con la mirada la curva de las mesas de los magistrados.
Gwenanda envidiaba a los Gemelos de Hojalata. Cuando un juez humano se dormía, podía saberse normalmente porque sus ronquidos eran audibles. Los Gemelos de Hojalata podían reducir a cero su potencia sin mostrar signos externos, de ahí su tranquilidad ante un asesinato.
Asesinato. Ah, sí. El caso.
—Sea breve, descarada —espetó Gwenanda a la acusada, y bajó los ojos para averiguar el nombre de la mujer: Donna Maris Delius—. Venga, Delius. Acabe de una vez.
La acusada le lanzó una mirada de resentimiento, parpadeó, estudió sus notas un momento y prosiguió:
—A los ocho años los demás niños tenían videos como compañeros de juego, pero mi familia era muy pobre...
Gwenanda suspiró y ansió que Samelweiss volviera y diera rápida cuenta de la acusada. Bajo la redondeada cúpula de la sala, el luminoso rótulo mostraba otro lema:
«Estamos sometidos a una Constitución, pero la Constitución es tal como los jueces dicen que es.» Charles Evans Hughes.
Gwenanda se recostó, miró alrededor y, a escondidas, tecleó un nuevo código en su placa de apuntes que, obediente, mostró un mapa de América del Norte. Brillantes marcas rojas se extendían desde el Yukón hasta la mitad norte de Méjico, sobre el rótulo:
ONACRI
La opción norteamericana para alterar el curso de los ríos
Gwenanda examinó el mapa, enojada. ¿Por qué no había ríos decentes en la mitad oriental del continente? ¿O por qué Kriss tenía que ser ingeniero hidráulico fluvial? Y si existían buenas razones que impedían cambiar esos dos hechos ¿por qué ella no podía acompañarlo cuando iba de viaje para revisar las obras? No era solamente la animalesca acusada la que estaba echándole a perder el día, era también su vida privada. No todo había sido miel en Tucson, quizá, pero las cosas empezaron a complicarse el día que recibió la notificación de reclutamiento y se presentó en la Oficina de Candidatos al Tribunal Supremo (por entonces se hallaba en Atlanta). Magistrado del Tribunal Supremo era un cargo que sonaba muy bien, si se consideraban las otras opciones, pero en el momento de considerar esas otras opciones nadie imaginaba jueces que pellizcaban y jornadas en las que aparecían dos asesinatos, un fraude sin precedentes y una demanda de veinte mil millones de dólares en el mismo orden del día. ¿Cómo decía aquella frase que acababa de aparecer, sobre la espada para hacer cumplir los pactos? ¡Ahora mismo, pensó Gwenanda, que traigan la espada!
Y en ese momento cayó la espada. Se habían agotado los veinte minutos. Por la red de altavoces se oyó el bip que señalaba el límite de tiempo, y el micrófono de la acusada quedó desconectado dejando a la mujer con la palabra en la boca.
Samelweiss, tras apresurarse a volver a la mesa elevada que ocupaba el centro de la hilera, llegó con el tiempo justo para apretar el botón de votación. Su amplificada voz se propagó por la hemisférica sala.
—Muy bien —dijo—. Yo diría que este caso exige un juicio sumario, que jamás hemos visto otro más claro, y empezaré yo mismo. Culpable. ¿Qué opinan, pandilla?
La acusada dio un furioso codazo a su abogado. Este se alarmó.
—Eh... señor presidente —empezó a decir—, hay muchas más pruebas que...
Pero la palabra «culpable», pronunciada a coro por el Tribunal, ahogó su voz.
—Así me gusta —aprobó Samelweiss mientras miraba afectuosamente a los otros magistrados—. Ahora llegamos a la sentencia. Yo diría congelamiento, eso opino. ¿Alguien tiene otra...? Un momento. ¿Qué está pensando, abogado? —añadió con el ceño fruncido, ya que el abogado defensor estaba haciendo frenéticos gestos.
Había algo peor. La acusada había acercado los labios a la oreja del abogado, y estaba frotando con las uñas el micro que éste llevaba colgado al cuello. La sala se llenó de electricidad estática, de chirridos como de tiza al rascarla a una pizarra. El dedo de Samelweiss flotó peligrosamente cerca del interruptor. El abogado asintió.
—¡Ella quiere saber qué van a hacer con la niña!
Gwenanda estaba inclinada hacia adelante, con la boca preparada para coincidir en el veredicto de congelamiento. Cambió de planes en plena vocalización.
—¿Qué niña? —inquirió.
—La nuestra. Mía y de mi marido... eh... del finado, quiero decir. Tiene tres años, la niña. ¿Desean dejarla huérfana?
Suave bip de consideración por parte de los Gemelos de Hojalata. Atención meditativa por parte de la juez Myra Haik en un extremo de la fila. Silencio reflexivo por parte del resto del Tribunal, hasta que Gwenanda lo interrumpió.
—Obviamente —dijo— tenemos que meditar el caso un poco más, muchachos. Voto por demorar cierto tiempo la sentencia.
Hubo murmullos de aprobación en todos los asientos de los magistrados. Samelweiss lo confirmó.
—Acordado —dijo—. Veamos, ¿cuál es el siguiente caso, el del chiflado que nos demanda por dos billones de dólares? Bien. Díganle que mueva el culo y entre inmediatamente. —Y contempló satisfecho la leyenda que en ese momento recorría el abovedado techo:
«¿Por qué no confiar con paciencia en la definitiva justicia del pueblo? ¿Existe en el mundo otra esperanza mejor o igual?» Abraham Lincoln.
Pocos casos se decidían en el Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América sin que hubiera discusión. Se afirmaba que ésa era una de sus grandes virtudes del momento: que todos los puntos de vista se reflejaban en la diversidad de magistrados, y por eso ninguna discusión se sostenía sin la presencia de un moderador. En ese instante los jueces estaban discutiendo si continuar con el lunático que deseaba demandar a los Estados Unidos por dos billones de dólares o hacer un descanso para comer. Gwenanda se mantuvo alejada de la batalla, puesto que repentinamente otra cosa más importante había ocupado su cabeza. Con los ojos observó a Donna Maris Delius, que acosó con histéricos reproches a su abogado cuando éste huyó por la puerta; con los dedos tecleó instrucciones en la placa de datos de su mesa. El nombre y características vitales de la acusada brotó en fulgurante color: Donna Maris Delius, 28 años, casada con Dale Lemper (fallecido) un hijo, hembra. Gwenanda apretó la tecla de borrado y obtuvo el siguiente punto del expediente, el informe del forense: catorce golpes de importancia producidos por instrumento romo y ocho heridas profundas. La mujer no sólo había matado a golpes a su marido con una garrafa de coñac, sino que además le había roto el recipiente en la cabeza antes de apuñalarlo con los afilados fragmentos. Gwenanda tecleó de nuevo... flic, flic... más informes... flic... una fotografía de boda de la bestia y su víctima, cinco años antes... flic...
Allí estaba. Una foto de una niña de tres años, con un dedo en la nariz y un destrozado conejo de juguete en la mano, con la mirada fija en el grabador de imágenes. Una guapa niñita. O lo era entonces, al menos. Gwenanda apretó otra tecla para solicitar fechas y descubrió que la foto tenía algo más de un año. La niña se llamaba Maris Delius Lemper y a los cuatro años, pensó rápidamente Gwenanda, estaría bien enseñada a cuidar de su aseo personal, sabría hablar por los codos y probablemente estaría preparada para iniciar la enseñanza pre-escolar si no lo había hecho ya...
—¿Qué? —dijo Gwenanda, levantando la cabeza al oír que alguien pronunciaba su nombre.
—Debes prestar más atención, Gwenanda —dijo con severidad el Presidente del Tribunal Supremo—, porque estamos votando. Tenemos pendiente a este lunático de los dos billones de dólares y yo, por ejemplo, quiero ver qué aspecto tiene ese bromista, pero Mary Joan...
—Mary Joan no ha desayunado hoy —le espetó Mary Joan Whittier desde el otro lado de la fila—, y por eso quiere descansar una hora para comer. ¿Qué decís vosotros, cachorros?
—Oh, un receso para comer, naturalmente —repuso Gwenanda—. Tengo que buscar un teléfono.
Gwenanda fue la última en volver a las mesas de los jueces, y el presidente, Samelweiss, la miró malhumoradamente. No le dijo nada, sin embargo, ya que estaba muy atareado pensando en el siguiente caso.
—Alguacil —ordenó—, que entre el lunático.
Todos los magistrados estaban ligeramente más nerviosos y tan alegres como una fiesta... exceptuando a los Gemelos de Hojalata, por supuesto. Incluso Gwenanda se irguió más en la silla y toqueteó la enorme esponja que era su cabello, pese al hecho de que la mitad de sus llamadas telefónicas no le habían permitido hablar con la persona que buscaba, y que la otra mitad la habían dejado en parte con la sensación de que estaba decidida y en parte pensando, ¡cielo santo!, ¿me atreveré? La sala del Tribunal se hallaba atestada de nuevo, y todos los presentes rieron nerviosamente, estiraron el cuello y murmuraron cuando entró el lunático. Era un hombre a punto de cumplir los sesenta, vestido de forma conservadora con pantalones largos, zapatos y una camisa oscura, y sonrió con afabilidad a toda la sala antes de alzar los ojos hacia los letreros luminosos de la cúpula.
«Difícilmente puede haber un problema político que tarde o temprano no se convierta en judicial.» Alexis de Tocqueville.
El lunático examinó pensativamente el rótulo, hizo un gesto de indiferencia y volvió la cabeza hacia los magistrados.
Su expresión se enfrió. Tragó saliva, tropezó con un pie de su abogado y tomó asiento todavía con la mirada fija en los jueces.
—Bien, vamos allá —dijo Samelweiss, impaciente—. ¿Es usted el... como se dice... el demandante?
El lunático musitó angustiosas palabras a su abogado.
—Levántese y explíqueles lo que desee, ¿de acuerdo? —le contestó el asesor.
—Bien —dijo el lunático tras ponerse en pie—, de acuerdo. —Hizo una reverencia a los magistrados—. Señoras y caballeros —continuó, provocando murmullos por parte de los jueces y varias risitas entre los espectadores—, honorables jueces, quiero decir, me llamo Horatio Margov. Juez Horatio Margov, en realidad, puesto que tuve el honor de ejercer como tal en mi vida anterior. Solicito su permiso para que mi abogado suba al estrado.
Entre los magistrados hubo nerviosas risitas de sorpresa, por parte de los nueve jueces, y Gwenanda estiró el cuello para ver mejor al demandante. En la enseñanza básica no habían estudiado esa clase de peticiones, ni siquiera durante los seis meses de prácticas. Volvió la cabeza hacia Samelweiss para ver cómo respondía. Y el presidente respondió susurrando algo al Colega Digital situado junto a él.
—Oh, por supuesto —dijo—. Lo entiendo. Quiere que Wally Amaretto se acerque y hable con nosotros. Adelante, Wally, ¿qué es todo esto?
Amaretto era un hombre corpulento, negro y despreocupado, y lo más parecido a un abogado de oficio que el Tribunal Supremo conocía. Suspiró, se acercó y saludó a los jueces.
—Hola, Sam, Gwenanda, C. D., ¿cómo va la partida de ajedrez? Escuchad... ¿hay alguna posibilidad de que me despidáis y consigáis otro abogado para este chiflado?
—Imposible —se apresuró a contestar Samelweiss—. ¿Qué problema tienes?
—¿Cuál de ellos? Digamos que el primero es que... él no esperaba veros con este aspecto.
Samelweiss estaba francamente perplejo.
—¿Qué aspecto? —preguntó mientras observaba a sus colegas—. Todos llevamos puestas las togas.
—Creo que es por los Gemelos de Hojalata más que nada. Él dice que está acostumbrado a seres humanos como jueces, no a un bote de basura y una aspiradora eléctrica. Y dice que en sus tiempos los juicios se celebraban a plena luz del día como Dios manda, eso dice, no a mil pies bajo tierra, igual que un puñado de malditos topos.
—¿Qué son «pies»? —inquirió Gwenanda.
—La unidad de longitud antigua —explicó Amaretto—. Pero eso sólo es el principio. Él dice que quiere un aplazamiento de treinta días para encontrar testigos dispuestos a declarar.
La perplejidad se extendió a todos los magistrados.
—¡Él no puede declarar, Wally! No tenemos tiempo para oír declarar a un puñado de chiflados... sin ánimo de ofender —concluyó Gwenanda dirigiéndose al lunático, que escuchaba la conversación con expresión de rabia e incredulidad.
—Eso dice él. Afirma que un juicio correcto debe desarrollarse según la jurisprudencia y las reglas de la evidencia, que así tiene que ser.
—¿Estás de acuerdo con ese papanatas? —intervino Mary Joan.
Amaretto volvió la cabeza hacia ella, con rebeldía en el semblante.
—Esa es otra maldita cosa que él espera. Dice que yo, de acuerdo con el método de antagonistas, debo estar siempre de su parte, sea para lo que sea. Y que otro abogado defiende a la otra parte. Ambos debemos mentir y fingir de cualquier forma posible para obtener el veredicto que deseamos. Es decir, el veredicto que él desea.
Bocas abiertas entre los espectadores.
—¡Ah, no! —exclamó Gwenanda, incrédula, y Samelweiss se hizo eco de la protesta.
—Debes haberlo entendido mal, Wally. ¿Y si tu parte no tiene razón, eh?
—Incluso en ese caso —insistió el abogado.
Hubo silencio mientras los jueces asimilaban esto, interrumpido finalmente por un bip al extremo de la fila.
—¿Qué quieres? —preguntó Samelweiss, y acto seguido, risueño, añadió—: ¿Bote de basura?
—Creo que el bote de basura es C. D. —intervino solícitamente Wally—. Ángel es la aspiradora eléctrica.
—Es igual —repuso el Presidente del Tribunal.
—¿Por qué se ha quedado él allí? —sonó recelosamente la voz de Ángel—. ¿Por qué no se acerca y habla con nosotros igual que Wally?
—Imposible —afirmó Samelweiss—. Wally, vuelve a tu sitio y empezaremos el juicio. ¡Margov! ¿Cuál es el motivo de su demanda?
El demandante se levantó con la respiración agitada. Era obvio que intentaba calmarse. Y era indudable que tenía mucha experiencia, porque lo consiguió tolerablemente bien. Cuando habló, su voz era natural y tranquila, como la de un actor profesional.
—Honorables jueces —dijo—, entiendo que se han producido numerosos cambios en los procedimientos judiciales desde que yo fui congelado, y les ruego me perdonen cualquier error que cometa. Si no estoy equivocado, ustedes, magistrados, fueron elegidos mediante alguna forma de servicio selectivo, no según el proceso convencional de...
—Margov —le interrumpió Samelweiss, con la mano en el control de volumen de presidente para que su voz apagara cualquier otra—, limítese a explicarnos qué desea, ¿de acuerdo? Ya llevamos media hora con esta tontería.
Profundo suspiro del demandante.
—Sí, Su Señoría. Los hechos son simples. Presentaré testigos para probar...
—¡Y un cuerno! —estalló Gwenanda—. Si queremos saber algo, ya los interrogaremos nosotros.
—Como guste, señora —repuso animosamente Margov—. En fin, estos son los hechos. Fui congelado hace cincuenta y ocho años a causa de graves problemas médicos incurables en aquella época. Hace dos semanas me revivieron, me operaron y me dieron el alta. Desde entonces he sabido que, por un error relacionado con mi historial clínico, no solo recibí el tratamiento exigido por mi caso sino además el que correspondía a otro ocupante del frigorífico, también revivido aquel día. Se trata de un claro caso de negligencia médica que ha producido graves daños físicos y mentales...
—Alto ahí, pasmarote —dijo Ángel, en tono débil y agudo porque estaba haciendo varias cosas al mismo tiempo y solo disponía de una limitada banda de comunicación.
—¿Dónde está esa otra persona?
—Ha desaparecido —repuso gravemente Margov.
—Ah, vamos. Nadie desaparece.
Margov se encogió de hombros.
—Creo que deberíamos hablar con esa otra persona —dijo Ángel.
—Nada de eso —se opuso Samelweiss mientras miraba el reloj de su placa de datos—. Dice que realmente ha desaparecido. Dice que lo confundieron con esa otra persona. ¿Y qué?
—Esa otra persona —repuso Margov, indignado— llegó en un barco procedente de Baja California. ¡Dios sabe cuántas enfermedades podía tener! Y a mí me suministraron gran cantidad de antibióticos, vacunas y Dios sabe qué. ¡Tuve el brazo dolorido varios días! Sin mencionar...
—Sea lo que sea, no lo mencione —ordenó Samelweiss—. Y bien, ¿por qué reclama dos billones de dólares?
—¡Por las enfermedades, Su Señoría! Evidentemente se sospechaba que ese hombre padecía herpes, sífilis, frambesia, tuberculosis...
—¡Le he dicho que no mencionara eso! —gritó Samelweiss—. Escuche, esto es un disparate. Ha tenido el brazo dolorido y se siente herido en sus sentimientos. Yo opino que tiene derecho a reclamar algo, de acuerdo, por ejemplo cincuenta dólares. Tal vez un poco más.
—¡Su Señoría! Pero si yo puedo probar...
—No puede probar nada en este Tribunal —dijo razonablemente Samelweiss— si nosotros no lo consentimos. No estoy dispuesto a consentirlo.
—Quiero hablar con el otro tipo —intervino el obstinado Ángel. Y además hablaba en serio; había elevado el tono grave de los filtros de su voz y ésta sonó formal y majestuosa.
—Oh, qué asco —dijo suspirando el Presidente del Tribunal, y miró al resto de los magistrados—. ¿Alguno tiene algo que decir?
Gwenanda alzó una mano y pensó unos momentos mientras los demás jueces la miraban. Decidió aventurarse.
—Dos cosas —dijo—. Primero, voto por que aplacemos el caso del lunático hasta que Ángel haga lo que desea. Segundo, he averiguado cómo resolver el caso de esa Delius, así que hagámosla entrar otra vez para dictar sentencia.
Samelweiss la miró fijamente.
—¿También tú estás chiflada? Esa mujer se marchó hace rato.
—No se marchó —dijo Gwenanda— porque ordené al alguacil que la retuviera durante el receso. Dile que entre, Sam.
La mujer ocupó de nuevo el banquillo y lanzó malhumoradas miradas a los jueces.
—Delius —dijo Gwenanda—, lo que hizo usted es tan repugnante que no puede esconderlo bajo la alfombra. Supongo que lo sabe.
—Pero la sociedad...
—La sociedad —repuso Gwenanda—, y un cuerno. Vamos a congelarla. Gozará de revisión automática cada dieciocho meses, y tarde o temprano la Junta de Liberaciones Condicionales, la Liga para la Redención de Reclusos o alguien conseguirá que la deshielen y entonces tendrá otra oportunidad. Pero esta oportunidad, muchacha, la ha agotado por completo.
El labio de la mujer tembló a causa de los nervios.
—Mi tolerancia al dolor es muy baja —dijo con voz trémula.
—Oh, demonios, eso no duele. Creo que no duele —corrigió Gwenanda—. Puede preguntar a ese viejo juez si quiere, pero creo que la dejarán sin conocimiento y no se enterará de nada hasta el momento del deshielo.
—Sí, pero mi hija...
Y Gwenanda sonrió.
—Esa es la mejor parte. Yo me encargaré de su educación.
—¡No puede hacer eso! —exclamó la mujer, y miró a su abogado en busca de apoyo.
Pero el asesor sonrió con pesar al responder que el Tribunal podía hacerlo, y la acusada agradeció la sonrisa con una expresión seguramente muy similar a la que lucía en el momento de coger la garrafa de coñac.
—Bien, tendré que pensarlo —dijo con firmeza.
—En realidad —repuso Gwenanda— no tiene que pensar nada, porque todo está decidido. Es el veredicto unánime de este Tribunal, pronunciado por mí (a menos que alguno de vosotros, bromistas, no esté de acuerdo) que se la congele y que yo adopte a su hija en cuanto se cumpla la sentencia, que será mañana a cualquier hora. Puedes decirle que se vaya, Sam. Y ordena una buena cena para ella —añadió con amabilidad—, porque va a tener que durarle mucho tiempo.
II
El lugar donde vivía Gwenanda, o por lo menos el lugar donde pasaba casi todas las noches, era una vivienda colectiva situada treinta pisos de altura sobre lo que en otro tiempo denominaban los «Five Points». Si no se trataba exactamente de su residencia era porque, de forma oficial, Gwenanda ocupaba uno de los pisos ofrecidos a todos los magistrados del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, doscientas plantas por encima de la subterránea sala del Tribunal. Si solía dormir en la vivienda colectiva era porque Kriss vivía allí.
Agradables olores brotaban de las habitaciones comunitarias cuando llegó Gwenanda. Los monitores ofrecían la discusión del momento de la RGC (reparaciones de la cúpula, opiniones a favor o en contra de paneles luminiscentes que dieran brillo a la noche) y los cocineros del día estaban medio atentos mientras preparaban la cena. Gwenanda agarró por el cuello a uno.
—¿Has visto a Kriss? —le preguntó.
—Está nadando —repuso él por encima del hombro, concentrado como estaba en picar pepinos, perejil, ajo y chalotes para la ensalada.
Aquello tenía tan buen aspecto que Gwenanda decidió quedarse a cenar, fuera lo que fuese. En consecuencia tecleó su nombre en la lista de tareas (platos, limpieza y recogida de alimentos) de esa noche antes de desnudarse en la habitación de Kriss. Se miró al espejo para estar segura de su presencia, y quedó satisfecha: afulanada hembra del pasado bicentenario, con el cabello ahuecado hasta alcanzar más de medio metro, todas las uñas de los dedos pintadas con distintos tonos iridiscentes y chillones, las cejas tan finas que podían pinchar. A Gwenanda le gustaba vestir para que la miraran. Y lo conseguía, aunque no necesitaba ropa para tener buen aspecto. Segura por fin de su apariencia (mucho más segura de ello que del éxito de su plan) salió a la piscina de la terraza.
El arquitecto que proyectó la vivienda comunitaria no planeó que fueran a vivir personas en ella. Despachos, iban a ser despachos para médicos, dentistas, abogados y psiquiatras. Planeó el rectángulo contiguo con jardín y piscina como un toque de encanto para recordar a los afligidos clientes de los profesionales que llegarían mejores tiempos. Puesto que quedaban escasos titulados en esas tristes profesiones, tan pocos que no precisaban todo el espacio previsto para ellos, gran parte de las salas se adecuaron a otras necesidades. Como la de vivir. Como la de vivir bien, que era como obviamente vivía Kriss, jugando a vóleibol acuático con otros muchos compañeros, casi todos niños. Gwenanda se levantó y lo admiró un momento. Silueta fina como un lápiz, y pecho moreno.
—¡Hey, Kriss! —gritó—. ¡Ahí voy!
Se lanzó desde la terraza en la parte más profunda; un poco más de optimismo salpicó su buen humor al comprobar cuánto se estaba divirtiendo Kriss con los chicos. ¡Buena señal! Se zambulló hábilmente, nadó bajo el agua hacia el lugar donde se agitaban las largas y delgadas piernas de Kriss, le dio un amistoso pellizco como saludo y salió a la superficie para respirar. Kriss le ofreció un húmedo beso mientras la pelota se hallaba en la otra pista.
—¿Aún votando? —preguntó él.
—Ah-ah. Oye, Kriss. Quiero pedirte un favor. Un gran favor. Lo deseo mucho.
Kriss solo tuvo tiempo para una rápida mirada interrogadora antes de golpear la pelota hacia el otro lado de la piscina. La devolución del bando contrario fue muy desacertada. Mientras un niño salía de la piscina para recoger la pelota, la expresión de Kriss recorrió todo el espectro desde la sorpresa hasta la simpatía pasando por la incertidumbre.
—Acabaré dentro de cinco minutos —prometió él—. Ve a preparar algo de beber.
Gwenanda salió, sacudió el cuerpo para secarse en parte y se acomodó en una mesa junto a la piscina con una botella de vino y dos vasos. Contempló un rato el partido. Una de las jugadoras era nueva: bastante joven, muy pálida y al parecer no se encontraba bien. Fallaba pelotas fáciles y tosía a causa del esfuerzo, y lo más interesante era que Kriss estaba animándola. El alegre, el alentador, el amable Kriss, pensó Gwenanda, y extrajo optimismo de ese pensamiento. Conectó el monitor de la piscina y siguió el debate que sobre la cúpula había en la RGC hasta que Kriss salió del agua. ¡Qué hombre tan apuesto! Patillas hasta la mandíbula que se curvaban después formando un encerado rizo; cristalinas gotas de la piscina huyeron de allí cuando Kriss sacudió la cabeza al reír.
Para sorpresa de Gwenanda, él iba con la desconocida.
—Hola —dijo Gwenanda en tono desalentador. Kriss no prestó atención al detalle.
—Esta es Dorothy —dijo él—. Acaba de llegar. Tiene ochenta y siete años.
Bien, obviamente no tenía ochenta y siete años, ni siquiera la mitad, pero tampoco era tan joven como parecía desde lejos. Era torpe, chapuceramente joven, igual que un ternero recién nacido que intenta averiguar para qué sirven las patas, pero no reflejaba juventud en su cara.
—Lo que deseaba decirte —comentó Gwenanda, con una mirada de gata que decía ¡lárgate! a Dorothy— es personal. Importante. Intimo.
—Me voy —repuso al momento la mujer, pero Kriss la detuvo.
—No le prestes atención —aconsejó Kriss a Gwenanda—. Acaba de salir del congelador, no sabe nada. Puedes hablar delante de ella.
Bien, Gwenanda no deseaba hablar delante de ella, pero comprendió que, en circunstancias normales, el hecho no le habría importado. Esa era una de las razones de que ella y Kriss se llevaran tan bien. Kriss era una persona gentil, complaciente, sociable, ¡igual que Gwenanda, boñigas!
—Iré a por otro vaso —dijo suspirando.
Se levantó y dio un rodeo pasando por el lavabo. Sí, la tirilla de prueba indicaba que estaba a punto para una regla provocada, cosa que explicaba su ligera irritabilidad. Aunque no le gustaba tomar píldoras, Gwenanda tragó un tranquilizante junto con la cápsula normal pre-regla, se lavó las manos, cogió un tercer vaso y volvió a la piscina.
—Cachorro —dijo alegremente—, lo que yo quiero tendrá que vivir con nosotros.
Kriss hizo un simpático encogimiento de hombros y se dispuso a contestar, pero Gwenanda se anticipó.
—Voy a tener un hijo —anunció.
Kriss concentró toda su atención en ella en ese momento... sorprendido pero no, comprobó complacida Gwenanda, hostil.
—¿Por qué has hecho eso? —preguntó él, con las cejas levantadas en señal de asombro.
—No estoy embarazada —explicó ella—. Adopción. Hoy apareció una bestia en el Tribunal, mató a su pareja, tiene una hija pequeña. Bien, tenemos que congelarla, pero hay que pensar en la pequeña. Quiero adoptarla.
—¿Por qué no hacerlo, pues?
—No. No, no me entiendes. Quiero que la adoptemos los dos.
—Ah —dijo Kriss, inclinando la cabeza—. Ya, ahora lo entiendo. —Frunció los labios, y se acordó de llenar de vino el vaso de Gwenanda—. Por la niña —brindó—, pero, escucha, preciosa, ¿qué sucederá si me voy a la costa oeste?
—Eso es imposible —comentó Gwenanda. El programa para alterar el curso de los ríos estaba arrinconado desde hacía décadas, ella lo sabía. Y podía seguir así durante el resto de sus vidas.
—Creo que puede pasar —dijo él mientras meditaba el asunto—. El proyecto del Obi-Yenisei está dando buenos resultados, ¿no? ¿Por qué Norteamérica no puede hacer lo mismo? —Tomó un sorbo de vino antes de preguntar—: ¿Es guapa la niña?
—Aún no la conozco —admitió Gwenanda—. Pero parece bastante guapa en la foto. Tiene cuatro años.
Kriss la miró, divertido e incierto.
—Bueno, diablos —dijo—, tráela aquí.
—He pensado en eso —repuso Gwenanda—, pero será un golpe para ella si después no la adoptamos, ¿comprendes? Me refiero a que acaba de perder a su padre y no quiero que crea que tiene otro y luego lo pierda también.
—Prometo —dijo solemnemente Kriss— no actuar como padre, al menos hasta que sepamos qué hacer.
—Pero... —empezó a decir Gwenanda, y no concluyó porque el vaso de la otra mujer se deslizó de su mano y se hizo añicos en el suelo. El clarete salpicó el tobillo de Gwenanda.
—Oh, demonios —dijo la consternada Dorothy—. Oye, lo siento mucho.
—No te preocupes —dijo alentado Kriss, y le dio unas palmaditas en el hombro—. Voy a limpiar esto, y de todas formas, escucha, está a punto de empezar la votación sobre la cúpula. Así que hablaremos de esto más tarde, ¿de acuerdo, preciosa?
Y tanto si Gwenanda estaba de acuerdo como si no, no había nada que hacer, porque Kriss se alejaba ya en busca de algo con que limpiar el estropicio.
La votación duró media hora, ya que había mucha emoción por parte de los dos bandos implicados, en especial en el de Kriss: los proyectos a gran escala eran sus favoritos, y estaba deprimido porque la selección fortuita no le había concedido la oportunidad de intervenir en el debate. Después llegó la cena, y más tarde Kriss tuvo que vaciar la piscina mientras Gwenanda cumplía el prometido turno de limpieza. La mujer recién salida del frigorífico tenía la misma tarea, y Gwenanda se sorprendió una y otra vez, pese a que se esforzó en no mirar, con la extrema torpeza de Dorothy.
—¡Con cuidado! —gritó Gwenanda, ya que una pila de platos de postre empezó a vibrar camino del lavavajillas. La mujer evitó el desastre justo a tiempo.
—Lo siento —se excusó—. Es que me deshelaron hace ocho meses y no acabo de acostumbrarme a... quiero decir que no sé cómo... El problema —concluyó— es que yo era focomélica.
—¿Qué has dicho? —preguntó Gwenanda, perpleja.
—Focomélica es el término. Nací así, ¿sabes? Sin brazos, sin piernas, sólo unos muñones pequeñitos. Cuando me deshelaron hubo mucho que hacer, me alargaron los huesos, me llenaron de hormonas... y aquí estoy. Pero necesito práctica con esto. —Alzó los brazos delante de Gwenanda, como si fueran bastantes, para que los mirara.
—¡Guau! —exclamó Gwenanda, de pronto toda simpatía—. ¿Te hicieron daño?
—¿Daño? —se extrañó Dorothy—. ¿A quien le importa el daño? —Sonrió a Kriss, que acababa de entrar—. Comparado con mi situación anterior, esto es el paraíso... Aunque naturalmente me gustaría que esa vieja me dejara en paz.
—Una auténtica chiflada, esa vieja —reconoció Kriss, apoyado en la esterilizada alacena para alimentos mientras tomaba un jugo de plátano—. Tendrías que verla, Gwennie.
—¿Sí? —dijo Gwenanda, de pronto menos simpática otra vez—. ¿Conoces a esa vieja?
—Sí, claro. Ella es camarera donde yo como algunas veces —repuso Kriss, señalando a Dorothy con la cabeza—, necesitaba que le provocaran un flujo y no sabía exactamente adonde ir. Así que la acompañé a la clínica.
—Ah-ah —dijo Gwenanda al notar que el lava vajillas indicaba que los platos estaban limpios, sabedora de que correspondía secarlos a Dorothy y poco deseosa de ayudarla.
Dorothy estaba más atenta a Gwenanda que al lava vajillas.
—Nos conocimos porque ahora vivo aquí —explicó. Gwenanda asintió juiciosamente—. Bien, fui a ese sitio donde hacen el... ¿flujo?
—Regla provocada, sí —aclaró Gwenanda.
—Y ella estaba allí. En la entrada. Gritando y chillando. Se llama Jocelyn Feigerman. La reconocí al momento, imaginé que seguía con sus antiguas manías y traté de que no me viera. Ella estaba esforzándose en convencer a las mujeres de que no hicieran eso.
Gwenanda estaba más interesada en el tema que en la relación, y revoloteaba entre la irritación y el asombro.
—Qué estupidez —dijo—. Si una hembra no hace eso todos los meses, es un lío, y creo que además muy incómodo.
—¡Dios, si lo sabré yo! Pero no se trataba de la incomodidad. Jocelyn les dijo que iban a impedir cualquier posible embarazo.
—Bien, naturalmente que sí.
—Y ella opina que eso es inmoral. ¿Sabéis una cosa? Así la conocí, en los viejos tiempos. Ella salía mucho en televisión cuando yo era niña, hacía campaña por una enmienda constitucional que declarara ilegal el aborto...
—¡Ilegal! —exclamó Gwenanda, sumida ya por completo en perplejidad y rabia, y Kriss sonrió como una persona que ha visto anteriormente la esperada reacción.
—...ilegal, y yo solía ser el ejemplo que ella indicaba. Nací deformada, pero tenía una cara bonita. Jocelyn me hizo fotos y me llevó muchas veces a los telenoticias. Allí me preguntaba, «¿No estás contenta de vivir, cariño?» Bien, ¿qué sabía yo? Yo contestaba, «Oh, sí, señora Feigerman, claro que sí» y ella me tocaba las mejillas y me devolvía a la mujer que me cuidaba. El grupo de ella pagaba el salario de aquella mujer, de forma que me beneficié un poco, al menos. Pero ojalá ella me dejara en paz ahora.
—Puedes obligarla a que te deje en paz —dijo Gwenanda, indignada—. ¡Es la Enmienda Trigesimoprimera!
Dorothy suspiró.
—No quiero líos —se lamentó—. Para mí lo mejor es mantenerme apartada de ella. —Y aquello le recordó preocupaciones más inmediatas, por lo que agregó—: ¿Hemos terminado la limpieza? Creo que iré a mi cuarto a acostarme.
—Discreta, por lo menos —comentó Gwenanda mientras la observaba alejarse—. Bien, cachorro. ¿Has pensado en lo que te dije?
—La niña, te refieres a eso, ¿no? Claro que he pensado, Gwennie. Pero me gustaría verla... y aun entonces...
Gwenanda asintió. La niña era la mejor carta que podía jugar.
—Podríamos verla esta noche si quisieras —dijo—, pero es la última noche que pasará con su madre. ¿Qué te parece mañana?
—¡Ni hablar! Tengo que pensar en la ONACRI, no lo olvides... y francamente, Gwen, tú me interesas muchísimo, pero mi trabajo está en la ONACRI.
—Si se pone en práctica —dijo Gwenanda, agarrándose a un clavo ardiendo.
—Si se pone en práctica —convino él. Sonrió y añadió—: ¿Qué te parece si también nosotros vamos a acostarnos?
Puesto que había estado casi toda su vida bajo la cúpula termal de Tucson, Arizona, Gwenanda no se oponía al proyecto del Yukón. De hecho fue uno de los detalles que la habían llevado a congeniar con Kriss. Este tenía muchas cosas que explicar sobre su trabajo en Siberia para completar el desvío del Obi y el Yenisei de forma que fluyeran hacia el sur, hacia la árida tundra, en lugar de hacia el norte donde sus aguas se desperdiciaban en el Océano Glacial Ártico. Gwenanda había oído hablar de la Opción Norteamericana para Alterar el Curso de los Ríos, desde luego, ya que se había anunciado para el futuro una RGC continental sobre el tema. Pero no constituyó una de sus preocupaciones fundamentales hasta que conoció a aquel hombre, con su cartapacio de planes para desviar las aguas del lejano norte, desde el Mackenzie y el Yukón hasta los salobres campos de Méjico. Le impresionó la idea de que auténticos ríos fluyeran por Tucson y Phoenix.
Cuanto más pensaba en el proyecto, más le gustaba... con una salvedad. Materialmente era un gran proyecto. Las obras de los ríos Obi y Yenisei habían disipado los temores de posibles daños al medio ambiente ártico, ya que no se había producido ninguno. El agua de las inmensidades septentrionales de América del Norte no era de especial utilidad para ningún ser humano. Grandes zonas del Midwest eran tan secas que se hacía imposible cultivarlas sin irrigación; el agua para regar escaseaba; el carácter salobre de la tierra a causa del excesivo empleo de agua de riego había envenenado buena parte de los ricos valles de California. Corrientes de agua limpias y copiosas en el sur iban a significar más alimentos, más riqueza, más de todo para todos... en especial para los canadienses, que iban a hacer buenos negocios con sus ríos.
La única razón de la presencia de Kriss en Nueva York era su insignificante trabajo, simples tareas de factótum para un ingeniero especializado en proyectos de gran envergadura como era él, construyendo una presa al sur de Long Island Sound a fin de llenarla con el agua de los ríos, eliminar la salinidad y convertir la zona en el lago de agua dulce, de ciento cincuenta kilómetros de extensión, que había sido en el pasado geológico. Tras la restauración, el lago proporcionaría agua potable a la región entera durante el próximo siglo. Pero las obras estaban casi concluidas. El lado malo del proyecto ONACRI era que, si se aprobaba, Kriss cambiaría de residencia. Mientras que Gwenanda, en tanto la sede del Tribunal Supremo continuara en Nueva York y ella no hubiera satisfecho su cuota de seis años como magistrado, no tenía más opción que seguir allí. Siempre podía dimitir por supuesto. Pero en ese caso tendría que aceptar otra ocupación selectiva, tal vez mucho menos interesante e importante, ¿y quién osaba afirmar que el trabajo de un magistrado del Tribunal Supremo era menos importante que el de un ingeniero?
—Mira, precioso —dijo ella mientras compartían un relajante porro antes de dormir—, ¿qué opinas de represar el Hudson o algo parecido en lugar de irte a Seattle? Es decir, si se aprueba el proyecto.
—Pues que no me dejarían hacer eso —repuso él, sonriente—. Tendrían que votar, y tú sabes tanto como yo que el continente no concedería otro gran proyecto a esa región cuando está completándose el de Long Island Sound.
—Es una niña muy dulce —dijo Gwenanda con añoranza, y se incorporó—. Espera un momento —añadió, y tecleó el código especial, uno de los beneficios adicionales de su cargo. Al cabo de un segundo el monitor mostró la solemne carita de Maris D. Lemper.
—No cesas de volver al mismo tema —dijo suspirando Kriss—. ¿Qué deseas de mí amor? ¿Por qué estos repentinos deseos de ser madre?
—Son deseos que tiene la gente normal —repuso airadamente ella—. Yo... espera un momento, ¿qué pasa?
Había un incierto y persistente golpeteo en la puerta.
—¡Adelante! —gritó Kriss, y la puerta se abrió.
En el marco apareció un hombre cetrino y bajito vestido con un esponjoso albornoz, sin afeitar, tosiendo.
—¿Podrías ver qué es todo este alboroto, Kriss? —dijo malhumoradamente—. No consigo dormir, y la verdad es que no me encuentro bien.
—Tienes muy mal aspecto, Harl —corroboró Kriss.
—Me siento muy mal. Preocúpate de acabar con ese griterío, por favor.
Gwenanda cogió su blusa de colores mientras Kriss se ponía una falda escocesa.
—¡Espérame! —le gritó.
Con la puerta abierta el ruido llegaba claramente. Era gente que gritaba, y una de las voces era la de Dorothy.
—Es la papanatas —gruñó el indignado Kriss—. ¿Por qué no dejará en paz a Dorothy?
Y la voz de ésta repetía el mismo mensaje en voz alta al otro extremo del pasillo:
—¿Tiene la bondad de dejarme en paz, señora Feigerman? No me gusta su actitud y no quiero colaborar.
—Pero tú eres mi prueba —sonó otra voz, la voz controlada y madura de una conferenciante en un club femenino.
La mujer miró a Kriss y a Gwenanda cuando entraron en la habitación, pero inmediatamente volvió la cabeza hacia Dorothy.
—Demuestras, simplemente con tu existencia, que el aborto es un error, ¿no lo comprendes? Querida mía, tu caso fue de los más trágicos de la historia, si no tenemos en cuenta los partos de fetos muertos, pero... ¡mírate al espejo ahora!
—Ella quiere que usted se vaya —dijo severamente Kriss—. ¿Querrá marcharse, por favor?
—Joven —repuso con claridad la mujer—, no me gusta su forma de vestir y estoy sosteniendo una conversación personal. Es usted un maleducado.
Gwenanda, un paso más atrás, vio subir y bajar los hombros de Kriss y ello la divirtió. La papanatas no sabía en qué lío estaba metiéndose. Parecía una dama agradable y sosegada, además. Semblante gélido, acostumbrada a conseguir lo que deseaba, nadie la elegiría para compartir un porro o explicarle sus problemas, pero a pesar de todo parecía inusitado en ella provocar escándalos en público. Gwenanda extendió la mano y tocó a Kriss para calmarlo.
—Feigerman —dijo—, salga de aquí o le haré bonitas cicatrices en toda su cara. —Alzó sus diez multicolores uñas—. Nosotros vivimos aquí, usted no, nosotros no queremos verla, tenemos derecho a echarla, El Pueblo contra Gargiano, archivo estatal, 1993, folio 562. ¡Vayase!
La mujer reaccionó con sorpresa, luego con indignación, finalmente con cautela.
—Me iré —dijo— Pero, Dorothy, volveremos a vernos...
—No aquí —repuso con firmeza Gwenanda.
La mujer se resistió el tiempo suficiente para replicar:
—La veré también a usted, jovencita, ¡y si no corrige sus modales es posible que sea en un juicio!
—Eso es más probable de lo que usted piensa, chiflada —dijo Gwenanda, sonriente. Cerró la puerta en cuanto se fue la mujer y miró muy contenta a los otros—. Ya puedes acostarte, Dorothy. Todo ha terminado.
Kriss contuvo la risa.
—Cielo, has estado fabulosa. ¿Qué es eso de El Pueblo contra Gargiano?
—Ni idea —contestó Gwenanda mientras lo cogía del brazo—. Esa clase de datos los invento sobre la marcha.
III
Por especial merced de la Providencia, el orden del día de la siguiente jornada era un dulce cachorrillo. Sólo estaban programados siete casos, ninguno era grave y, oh maravilla, los otros ocho magistrados manifestaron su deseo de pasar el día en el Tribunal.
—Entonces, ¿puedo tomarme el día libre para asuntos personales, presidente?
Gwenanda se cambió de mano el teléfono, y el Presidente del Tribunal Supremo se alzó de hombros.
—Por lo que a mí respecta, sí. Pero si nos atascamos con algo te llamaré.
—Pues no os atasquéis —repuso ella, y cortó la comunicación con placer. La mejor forma de hablar con Samelweiss era por teléfono, ya que si hacía un favor telefónicamente no podía cobrárselo con un pellizco.
Cogió el metro hasta Fordham Road y la sorprendió salir de la estación en la parte norte de la ciudad no cubierta por la cúpula, con nieve flotando por toda la calle.
—Guau —exclamó complacida.
Más tarde, al notar el frío, ya no estuvo tan complacida. Nativa de Tucson, Arizona, Gwenanda no estaba acostumbrada a un clima no moderado por una cúpula. La esencia de las cúpulas era impedir que escapara el calor. La temperatura del ambiente nunca era lo bastante fría para helar la lluvia y convertirla en nieve (y ello suponiendo que existiera ese fenómeno, la lluvia) y naturalmente Gwenanda no llevaba ropa adecuada. Por fortuna había un autobús esperando en la estación de metro, y al cabo de dos minutos Gwenanda llegó al congelatorio.
Tomó valor para entrar, preparada para una escenita. No hubo tal. Lo primero que supo fue que Donna Maris Delius estaba ya a cincuenta grados centígrados bajo cero, con todas las funciones vitales paralizadas y la temperatura interna de su organismo descendiendo poco a poco hacia los niveles del hidrógeno líquido, en los que permanecía hasta que algún optimista decidiera concederle otra oportunidad.
—¿La niña? —preguntó Gwenanda, y la recepcionista le indicó una salita de espera.
La pequeña estaba leyendo tranquilamente un libro. Gwenanda la observó sin decir nada y dominó sus nervios.
—¿Maris, cielo? Soy Gwenanda. Tu nueva mapi.
La niña la miró cortésmente. En persona era, quizá, más encantadora y bonita que en la foto. Tenía un año más, y un año más de civilización.
—Hola —dijo.
Demasiado tarde, Gwenanda deseó haberse alisado el cabello, haberse presentado con menos anillos, con atuendo cómodo o incluso con un vestido de su guardarropa. El contraste entre la miserable asesina y la magistrado del Tribunal Supremo vestida a la moda por fuerza tenía que causar una conmoción a la niña... ¡además de las otras conmociones que había experimentado! Pero la pequeña no dio muestras de sobresalto. Leyó otra hoja para terminar el cuento que le interesaba y después cerró el libro.
—Bueno —dijo mientras se levantaba. Cogió la mano a Gwenanda—. Esta es mi maleta.
El piso, que pertenecía a Gwenanda hasta que acabara su cuota de trabajo en el Tribunal Supremo o éste cambiara de sede, era indudablemente lo bastante espacioso para alojar a la niña. Era lo bastante espacioso para seis niños más y quizá para uno o dos maridos, ya que había ocho habitaciones y tres cuartos de baño.
—El cuarto de los huéspedes —dijo Gwenanda, recorriendo una por una las habitaciones acompañada de Maris—, mi estudio, el cuarto de los trastos, la cocina, esta es mi habitación, este es mi cuarto de baño, este es el tuyo, la terraza... y mira —añadió, obligando a detenerse a la niña—. He pensado que ésta podría ser tu habitación, cariño. La arreglaremos para que quede muy bonita. Tengo un amigo que es artista y te pintará conejos, payasos o lo que quieras en las paredes.
—Es muy grande —comentó cortésmente Maris.
Miró a Gwenanda para obtener su permiso y abrió poco a poco uno de los seis grandes cajones del tocador más pequeño que había en la habitación. Estaba vacío. Y estaba así porque Gwenanda se había levantado a las seis a fin de meter en armarios y cajas todas sus blusas de colores, su ropa de esquí y las prendas que ya no usaba.
—¿Puedo quedarme con este cajón? —preguntó Maris..
—¡Cielo, son todos tuyos!
Maris contempló los cajones, después miró su maleta, pero no hizo comentarios sobre la superabundancia.
—Es la hora de mi comida, creo —dijo la niña educadamente.
¡Comer! Comer era una buena idea. Comer era un problema que no preocupaba a Gwenanda. Quizá fuera el único problema que no la preocupaba. Había sacado bizcochos del frigorífico y las papayas recogidas en la terraza estaban enfriándose, y la comida sería tan buena, sabrosa y nutritiva como podía desear un niño, Gwenanda estaba convencida. La pequeña comió con gran educación, con una mirada solemne pero no inquisitiva, y no pidió nada, aunque se mostró muy diligente sacando las semillas cuando Gwenanda le dio una papaya cortada y una cuchara grande.
—Tenía calentura —anunció Maris mientras metían los platos en el lavavajillas.
—¿Cómo dices, cachorrillo?
—Mi mapi tenía calentura. Por poco no la congelan, porque estaba enferma.
—Cuando la saquen de allí —prometió Gwenanda—, eso es lo primero que harán, curarla de cualquier cosa que tenga.
¿Y qué mejor forma de bajar la fiebre que los refrigeradores de hidrógeno líquido? ¡Pero había que cambiar de tema! La niña tenía que hablar de su madre, claro, ¿cómo si no iba a superar el trauma? ¡pero no en ese momento!
—Lo que haremos esta tarde —se apresuró a decir Gwenanda— es compartir algunas cosas, y luego quiero que conozcas a un amigo mío. Es ingeniero, amor. ¿Sabes qué es Long Island Sound? Puede decirse que forma parte del océano, y mi amigo está cerrándolo para llenarlo de agua dulce y convertirlo en un bonito lago. Así todos tendremos agua para beber.
—¿Qué cosas? —preguntó Maris.
—¿Para ti? Bueno... ropa, ¿sabes? —No llevaba mucha en la maleta—. Compraremos todo lo que necesitas.
—Tengo ropa. Está en mi casa... número dieciocho de Knickerborcker Hostel, piso cuarenta y ocho, pero está guardada en el sótano, en un baúl muy grande.
—Tu casa es ésta ahora, cachorrillo —dijo suspirando Gwenanda, y acto seguido rectificó—: O lo será si tú quieres. Dame una oportunidad, ¿eh?
—Claro —dijo Maris D. Lemper—. Creo que ya es la hora de mi siesta.
Mientras la niña dormía Gwenanda tenía que preparar exámenes de aprovechamiento para la siguiente hornada de candidatos al Tribunal Supremo. Era una de las tareas de los magistrados con dos períodos de experiencia, pero ella no podía concentrarse. Constantemente estaba atenta a cualquier posible ruido en la habitación de Maris. Y si no hacía eso, estaba preparando febrilmente listas de cosas que necesitaba adquirir y hacer, cafetera a un lado del escritorio, cenicero al otro lado, tres porros seguidos para calmar sus nervios. Una escuela de párvulos. Un grupo de compañeros para jugar por la tarde cuando ella no pudiera abandonar el Tribunal. Una tarjeta de identidad para el parque... para que Gwenanda pudiera entrar y salir, no para la pequeña. Una rápida visita a las tiendas para comprar ropa interior, pijamas, calcetines... ¡perros!, ¿qué otras cosas necesitaba una niña? ¡Una niña necesitaba infinidad de cosas! Un pediatra. Un dentista. ¿Una clase de baile? ¿Lecciones de piano? Amigos... Gwenanda se recostó, desconcertada. Podía pedir cualquier cosa, pero ¿cómo pedir amigos?
¡Claro! Tecleó instrucciones en la placa de datos y al cabo de un momento aparecieron todas las familias con niños pequeños que vivían hasta seis pisos más arriba o más abajo. Gwenanda encontró seis de estas familias y se detuvo casi cuando estaba marcando el primer número. Quizá tres porros hubieran sido demasiado...
Pero a pesar de todo quedaban muchas cosas por hacer. Maris necesitaría visitas al zoo, zapatos nuevos, lecciones de natación (¿o sabía nadar?), tal vez más libros, quizá más muñecas, probablemente cintas para el pelo... y, ah, sí, un padre.
En cuanto Maris terminó de dormir y estuvo aseada y merendada, Gwenanda vistió a su «carnada» con lo mejor que había comprado por la mañana, la peinó, le limpió las migas de la cara y salió con ella para exhibirla delante de Kriss.
El único fallo del plan fue que no encontraron a Kriss. Gwenanda dejó a Maris en una de las habitaciones comunitarias, donde el bebé de algún inquilino dormía en una cuna ante el gran árbol de Navidad, y salió en busca del ingeniero. En la piscina encontró a Dorothy, que no estaba nadando sino estudiando algo que había en la pantalla de datos.
—¿Qué? ¿Kriss? —dijo tras levantar la cabeza—. Llevó al hospital a ese tipo. Supongo que volverá pronto. No dijo nada.
—Vaya —repuso Gwenanda—. Vaya. Quería presentarle a alguien.
Dorothy suspiró, se desperezó y apagó la pantalla.
—Qué complicado es todo —se lamentó—. Estoy intentando aprender lo que se supone debe saber cualquier persona, ¿comprendes?, cosas como la Reunión Global Ciudadana y el Impuesto de Servicios Elegibles.
—No lo dejes por mí, Dorothy.
—No... No, la verdad es que... estás hablando de la niña, ¿no? Esa que su madre mató a su padre, ¿no? —Dorothy vio la mirada de Gwenanda y se apresuró a añadir—: Kriss la mencionó esta mañana antes de ir al hospital. La niña parece una preciosidad.
Gwenanda, ablandada, mostró treinta y dos orgullosos dientes.
—Ven a verla —dijo, y entró en la casa.
Maris se mostró amable con la revivida, aunque no había duda de que lo pasaba muy bien sola. Se había nombrado guardiana del bebé, Don, que había despertado y contemplaba muy contento a la pequeña mientras ésta agitaba el sonajero de palabras.
—Ho-la —decía el sonajero—. Niño bueno. Ma-pi.
—Es una niña muy dulce —comentó Dorothy con entusiasmo, mientras servía café para las dos.
—Es cierto —dijo Gwenanda, aceptando el excelente juicio crítico de la otra mujer—. ¿No tienes trabajo?
—Sólo me tocaba la comida de hoy —contestó Dorothy, atenta a los niños—. Creo que he perdido la cuenta. ¿De verdad es Navidad?
—¿Lo dices por el árbol? No. Estamos en febrero. Los chicos decidieron dejarlo como adorno.
Y era un bonito adorno. El árbol había sido forzado a crecer formando seis frondosas ramas, con blanquísimas espigas en la copa. Gwenanda oscureció con un gesto la iluminación y llamas de oro y plata lamieron las hojas.
—¿Cachorrillo? —dijo—. ¿Te gusta el árbol?
—Es muy bonito, Gwenanda —contestó Maris mientras acariciaba las orejas de un gato. El animal ronroneó y sus amarillos ojos miraron ansiosamente a la pequeña. Gwenanda contempló la escena pensativamente.
—No sé —comentó— si mis cuentas son correctas. ¿Cuántos niños tienen aquí ahora, tres?
—Creo que tres. Hay un chico de cinco años, lo conozco, y creo que otro más... aunque —añadió Dorothy—, no siempre es fácil saber quién vive aquí y quién está de visita. ¿Dónde vives tú, Gwenanda?
—En una vivienda oficial, en el norte. Es lo que te dan cuando eres juez del Tribunal Supremo, pero si quisiera podría mudarme a... ¿Qué pasa?
Dorothy estaba mirándola fijamente.
—¿Has dicho Tribunal Supremo? ¿De los Estados Unidos, quieres decir?
—Claro, Dorothy —dijo Gwenanda recelosamente, y frunció el ceño como respuesta a la incertidumbre que reflejaba Dorothy—. ¿Hay algo de mato en ello?
—¡Cielo santo! Nada malo. Es sólo que estoy... bueno, impresionada. En mi tiempo... cuando yo estaba aquí eso era tan importante que asustaba. Quiero decir que... hay que tener cuidado con los peces gordos.
—Nadie ha dicho que debas tener cuidado conmigo —repuso sombríamente Gwenanda, e inmediatamente tendió los brazos hacia Dorothy—. Vaya. Siempre me olvido de que eres nueva en este mundo.
Abrazó a la otra mujer antes de volver a sentarse en el sofá.
—Escucha —le dijo—, hasta hace un par de años yo era analista de valores en Tucson, Arizona, y estaban a punto de despedirme porque opinaba que aquel plúmbeo trabajo era estúpido. Entonces salió mi número, ¿sabes?
—No lo sé —repuso Dorothy—. ¿Es eso que llaman servicio selectivo?
—Exacto. «Saludos. Ha sido elegido para un período de servicio nacional en calidad de...» Escriba en el espacio en blanco. «Preséntese para orientación y demás, su salario será tanto, buena suerte, no intente escabullirse, venga a tal sitio.» Pudo ser peor. Entré en el grupo judicial, ¿sabes?, aprobé el examen de especialización y aquí estoy. El salario es bueno y el trabajo fácil.
—¿De verdad? —Dorothy buscó una forma inofensiva de expresar sus pensamientos—. Creía que para estar en el Tribunal Supremo se necesitaba... no sé, estar graduada en derecho.
—¡Demonios, cachorra, tenemos enseñanza básica! —Gwenanda no entendía nada—. Eso es sobre todo para que aprendamos a buscar datos legales en los bancos cuando no estamos seguros de algo. Ni siquiera eso nos hace falta, no mucho, porque tenemos empleados que nos ayudan en los casos difíciles. Samelweiss, el Presidente del Tribunal, tiene seis, y está intentado conseguir otros dos para formar nuestro equipo de baloncesto. Si lo piensas bien, todo es sentido común. Eso fue la Segunda Revolución Norteamericana, ¿no?
Pero Dorothy continuaba impresionada, para sumo deleite de Gwenanda.
—¿Ves a otras personas importantes? ¿Al Presidente?
—¿A Sally Kamperstein? No. Bueno, la conozco, pero ahora está en Washington.
—¿Continúa el gobierno en Washington? —preguntó Dorothy, sorprendida—. Creía que se descentralizó, que se repartió por todo el país.
—Claro que se descentralizó. Y continúa descentralizándose... Nosotros no estaremos siempre aquí. Sally, simplemente, se fue allí con su familia para ver los monumentos. Ahora todo está arreglado como un parque de diversiones.
Se inclinó y dio unas palmaditas a Maris, que se había acomodado a los pies de Gwenanda para jugar con el gato. La niña agitó una maraña de plateadas tiras del árbol delante del animal y éste las tocó con las patas, provocando la risa divertida de Maris. Luego las largas zarpas del gato frotaron su brazo y la hicieron reír otra vez. También eso era diversión, aunque de una clase distinta que asustaba agradablemente. Las blandas y romas zarpas no podrían desgarrar carne, pero su aspecto indicaba lo contrario.
—Podríamos comprar uno para ti, cachorrilla —dijo Gwenanda, y el semblante de la pequeña se alteró y ensombreció cuando alzó los ojos.
—No, gracias —dijo.
—¿Por qué no, preciosidad? Los gatos no destrozan las cosas...
—Porque tuve un gato una vez y mi mapi lo mató. Perdón —añadió educadamente, y se levantó para ver cómo el padre de Don cambiaba y alimentaba al bebé al otro lado de la habitación.
Gwenanda suspiró.
—Vigílala un momento —rogó, y se dirigió al lavabo.
Era absurdo precipitar las cosas, pensó, la niña mostraría afecto cuando estuviera dispuesta a ello. Y quizá no fuera preciso mucho tiempo, bastaba ver como la pequeña se había acurrucado a los pies de Gwenanda hacía un momento. Era una niña preciosa, y como cualquier otra niña acabaría queriendo a la persona que la cuidaba, sólo que... ¿por qué había que esperar tanto? Gwenanda observó después la tirilla de prueba, y se reunió con Dorothy con el ceño fruncido por el resultado.
—Dorothy —dijo—, necesito una menstruación provocada hoy o mañana, pero como hoy me he tomado el día libre será mejor que mañana esté en el Tribunal.
—¿Y? —preguntó cortésmente Dorothy.
—Creo que voy a ir ahora mismo. Me estaba preguntando si querrías acompañarme.
La mujer reaccionó con asombro.
—¿Para qué?
—Bien, por si tu vejestorio continúa allí.
—¡No quiero ver a esa mujer!
—Ella tal vez quiera verte —observó Gwenanda— y quizá sea mejor que yo esté contigo.
Dorothy parecía poco dispuesta. Guardó silencio unos instantes antes de levantarse.
—Oh, demonios —dijo, y Gwenanda lo interpretó como conformidad.
El padre de Don se avino a vigilar a Maris, y ésta aceptó gustosamente quedarse un par de horas en la vivienda comunal. Las dos mujeres subieron a la terraza en un ascensor y fueron a la clínica en autobús por las pistas elevadas. Dorothy no era mala persona, pensó Gwenanda, por lo menos una vez se la conocía. Incluso era divertido enseñarle y explicarle cosas.
La ciudad había sufrido enormes cambios mientras Dorothy se hallaba congelada. Le resultó fácil reconocer los nuevos edificios... no porque recordara los viejos (había visto pocas cosas de la ciudad desde su silla de ruedas) sino porque los nuevos eran de un estilo distinto. Las construcciones modernas tenían muros muy finos y, a veces, carecían prácticamente de ellos. Tenían menos cristal y más pantallas de finas tiras, con terrazas internas para cultivos.
—Demasiadas cosas a que acostumbrarse —dijo suspirando Dorothy mientras observaba los alrededores.
—No está tan mal, ¿verdad? —inquirió Gwenanda, no porque tuviera dudas (¡perros!, ¿cuándo había existido un mundo mejor?) sino porque deseaba que Dorothy comprendiera cuan afortunada era.
—De todas formas, me asusta. Quiero decir que... ¿y si vuelve a haber un sorteo y me eligen para algo?
—¿Por qué no? En el Tribunal tenemos a Ángel, lleva aquí tanto tiempo como tú.
—¿Ese que es mitad máquina? Oh, claro, pero él ha vivido siempre. Ha tenido oportunidad de acostumbrarse a todo esto, pero yo no sé que haría si me eligieran para el Congreso o algo parecido.
—El Congreso no está mal —dijo pensativamente Gwenanda. Encendió un porro y lo pasó a Dorothy, que lo rechazó sacudiendo la cabeza—. ¿No? En fin, es una buena cosa. Allí notas de verdad que estás haciendo algo provechoso, siempre derogando leyes.
—¿Derogando leyes?
—Claro. Hay muchas, ¿sabes?, de manera que lo difícil es librarse de ellas.
—Yo no sabría cómo hacer eso —dijo tajantemente Dorothy.
—¡Qué tontería! Tú puedes hacer un trabajo determinado en el tiempo requerido... La precipitación hace perder tiempo ya que embarulla las cosas, ¿comprendes? Todos los años tu congreso prepara una lista de deshechos... —Las cejas de Dorothy se enarcaron—. Una lista —explicó Gwenanda— de las leyes que la gente quiere desechar. Y los funcionarios calculan cuantos problemas habría para cambiarlas todas una por una. Lo calculan de diez formas distintas. Después los congresos se reúnen en un comité, quizá seis u ocho en cada uno, y discuten. Y entre todos preparan una lista de impacto...
—¿Lista de impacto?
—Una lista, fíjate, de las personas que enviaron un quantum sobre un problema concreto... Un quantum es una declaración breve, de no más de veinticinco palabras, ¿entiendes...? Luego citan a las personas que parece tienen algo que decir. Después se reúnen otra vez. El Congreso General discute el asunto durante algún tiempo. Votan.
—¿Sólo hacen eso? ¿Y luego la ley queda derogada?
—¡Perros, no! ¿Cómo podrían hacer eso sin consultarlo? No, la propuesta pasa a la Reunión Global Ciudadana, ¿entiendes? Si hay un buen consenso, la aprueban. En caso contrario, vuelve a la carpeta, es imposible ganar siempre. Pero normalmente, cuando la propuesta llega a la Reunión, las cosas están claras.
Gwenanda levantó la cabeza, aplastó la colilla y se levantó.
—Este es el edificio que visitaste antes, ¿no? Bajemos.
Y efectivamente, allí estaba, yendo de un lado a otro delante de la clínica, con un cartelón colgado del pecho con la frase, Imploro la Vida de Vuestro Bebé. Un hombre del Servicio Especial la vigilaba bastante aturdido y sólo protestaba cuando la mujer cruzaba corriendo la pista de peatones para agarrar por el codo a alguna persona que entraba en la clínica. Jocelyn Feigerman había adquirido conocimientos sobre el funcionamiento de las cosas, no había duda. Detrás de ella, en un gran mural luminoso, brillaba otro de sus mensajes.
EL ASESINATO
es un delito
EL ABORTO
es un asesinato
Dorothy se detuvo bruscamente.
—No puedo soportar esto —dijo.
—¡Vamos, cachorra! Estoy contigo. Ella no hará nada.
—No, Gwenanda, por favor. No puedo. Yo... te veré luego.
Moviendo la cabeza, Gwenanda pasó lentamente a la mujer del cartelón, casi esperando que intentara cogerla por el brazo. Pero Jocelyn estaba muy atareada quejándose de algo al agente. Tal vez le diga cuatro cosas más tarde, pensó Gwenanda. Entró en la clínica, introdujo su tarjeta ginecológica en un lector, le asignaron un reservado, se quitó todas las prendas necesarias y se acomodó.
En realidad Gwenanda disfrutaba con su mensual regla forzada. No había que estar mucho tiempo, veinte minutos o menos. La temperatura de los líquidos era templada, la presión suave, y además había un moderado analgésico y anfetamina en polvo mezclados con las soluciones de hormonas y los restauradores. Muchas mujeres pasaban el tiempo leyendo o usando los teléfonos «sólo para hablar» (era el único tipo de teléfonos que había en los reservados, debido a cierto puritanismo de la dirección). Gwenanda se limitó a notar el bienestar. Se recostó y esperó a que las células desechadas salieran por sí solas, ablandadas ya por las cápsulas preflujo. No se preocupó por Maris. No se preocupó por Kriss. No se preocupó, sobre todo, de los próximos casos del Tribunal, ni siquiera pensó en qué le gustaría cenar esa noche. Acabó con un ducha, se puso un bikini limpio que llevaba en el bolsillo y, muy contenta, salió del reservado... y allí estaba Dorothy, sentada en la sala de espera.
—Pensaba que te habías ido a casa.
—Decidí vigilar a Jocelyn —repuso Dorothy al tiempo que movía la cabeza en dirección al exterior—. No hay razón para que huya. Tengo tanto derecho como ella a estar aquí.
—Más, tal vez —la animó Gwenanda—. ¿Sigue ahí esa payasa?
—Compruébalo tú misma.
Oh, sí, la payasa seguía allí, y más payasa y más desagradable que nunca. Estaba dando gritos a un joven con barba, y éste contestaba también a gritos.
—¡Tengo derecho! —chilló él en ese momento, señalando el gran mural luminoso donde se leía:
¡Geoffrey,
te amo!
—¡Exijo —gritó Jocelyn, mientras el agente del Servicio Especial solicitaba instrucciones por radio— que quite ese mensaje obsceno y pervertido!
—¡Obsceno! —vociferó el joven—. ¡Pervertido! ¡Es su cumpleaños, por los perros! ¿Qué hay de pervertido en desear feliz cumpleaños a la persona que amas?
—Vaya maníaca —dijo suspirando Gwenanda, y se presentó al agente—. ¿Quiere que me ocupe yo de esto? —le preguntó.
El hombre se alegró de la perspectiva.
—De acuerdo —continuó Gwenanda, y se volvió hacia Jocelyn—. Escuche usted. Es nueva aquí, así que puedo excusarla, un poco. Pero él tiene razón, es su turno, y si usted quiere volver a poner algo en el mural, tendrá que esperar.
—¡Jamás! ¡No con esta indecencia! Y además, ese no es el problema —dijo Jocelyn, cambiando de posición para que los escasos transeúntes pudieran oírla—. El problema es que en este lugar están asesinando a inocentes nonatos.
—Bien —repuso Gwenanda en tono razonable—, no habitualmente. De todas maneras, así hacemos las cosas.
—¡Vilmente!
—Oh, perros. —Gwenanda suspiró—. Escuche. Primero, esto nos evita a las féminas un montón de líos y complicaciones, ¿sabe?, y segundo, implica que, si una mujer quiere tener un hijo, debe decidirlo. ¿Qué hay de malo en ello?
—¡Si Dios hubiera querido que las mujeres decidieran tener hijos o no, nos habría hecho de forma distinta!
Gwenanda estaba cada vez más irritada a pesar de sus esfuerzos y la reciente y tranquilizadora regla provocada.
—¡Fíjese, si hasta habla de Dios como si fuera un masculino!
Jocelyn frunció los labios formando una finísima línea.
—Voy a hacerle una pregunta. ¿Qué pinta usted en mis asuntos?
—Soy magistrado del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, esa es la razón, cachorra.
—¡Y yo no estoy haciendo nada malo! No importa. Ya veo que de nada servirá hablar con usted —anunció mientras calibraba a los presentes con la mirada. Después respiró profundamente.
Y lanzó su bolso contra las persianas de vidrio de la fachada de la clínica. El cristal no se rompió. Jocelyn gruñó coléricamente y se puso a dar patadas, muchas patadas. Aquello fue más satisfactorio: una parte de la persiana se desprendió.
—Oh, perros, ¿por qué ha hecho eso? —dijo Gwenanda, furiosa, mientras el agente chillaba—. Ahora tendré que citarla. Pasado mañana, Tribunal Supremo, diez de la mañana... pregunte a cualquiera cómo ir allí. ¿Quiere que el agente se lo anote?
—¡No! —exclamó Jocelyn en agudo tono—. En realidad, estoy muy contenta. ¡Quiero que mi tesis sea pública!
—Estupendo —repuso Gwenanda—, si la defiende allí. Pero si insiste en defenderla aquí, el agente la llevará al albergue seguramente para que pase allí la noche, porque eso debe ser... eh... desprecio al Tribunal, creo. Vamos, cachorrilla —añadió mirando a Dorothy.
—Has estado muy bien —comentó Dorothy en el autobús.
—Eso espero —murmuró Gwenanda.
—¿Qué harás con ella? —preguntó Dorothy mientras miraba curiosamente a la otra mujer. No estaba acostumbrada a tan bruscos cambios de humor, no podía hacerlos corresponder con su imagen de un magistrado del Tribunal Supremo.
—¿Hacer con ella? ¡Perros, cachorra! —exclamó Gwenanda—. Acabó de añadir otro caso al orden del día, cuando el viejo Sammy ya se queja de trabajo excesivo. La cuestión es, ¿qué hará Sammy conmigo?
IV
Cuando llegaron a la vivienda comunal, Gwenanda tuvo otras preocupaciones, ya que una furgoneta del Servicio Especial se hallaba junto al ascensor y había varias bicicletas médicas dispersas en la entrada.
—¡Oh, no! ¿Dónde está Maris? —gritó Gwenanda, y entró corriendo en las habitaciones comunales.
Pero el problema no era Maris, o no lo era en especial. Se trataba de todos los inquilinos. Cinco agentes del Servicio Especial con una cruz roja en sus brazales estaban intentando organizar de algún modo a los más de veinte moradores para pincharles las muñecas con un atomizador y tomar muestras de saliva de sus bocas.
—¡Maris! —chilló Gwenanda, y en ese momento vio que la pequeña estaba sentada, muy tranquila, y además en el regazo de Kriss.
—Está bien —le dijo sonriente Kriss, en parte cohibido y en parte orgulloso de sí mismo—. Nos tienen que mojar un poco, eso es todo.
—¿Mojar para qué? —inquirió Gwenanda, que no sabía si ceder a su novísimo instinto maternal de arrancar a Maris de los brazos de Kriss o dejar que las reacciones químicas obraran su efecto en el cuerpo del ingeniero.
Y en consecuencia sólo oyó una parte de la respuesta de Kriss. Después de llevar a Harl al hospital, el lugar se convirtió en una casa de locos. Los médicos no sabían con exactitud qué enfermedad tenía Harl, pero fuera la que fuese debía haber contagiado a mucha gente. Retuvieron al paciente. Mandaron a casa a Kriss y con él una furgoneta médica del Servicio Especial, aparte de solicitar la colaboración de parte del personal ambulante. Cualquier persona que estuviera cerca de Harl en las veinticuatro horas anteriores debía someterse a un tratamiento antiparásitos de amplio espectro.
—No te hará daño, cachorrilla —murmuró Gwenanda, ya decidida a dejar a Maris donde estaba, en el regazo de Kriss, pero inclinada sobre la pequeña para darle unas palmaditas—. Ni siquiera te picará. Luego tendrás que beber un poco de líquido de esa botellita, sólo es agua destilada, no te sabrá a nada raro, y no la tragarás, sólo...
—Por Dios, Gwenanda —dijo Maris—. Sé qué se hace en un análisis de saliva. Lo hemos hecho muchas veces en el colegio.
—Pero yo no —intervino humildemente Dorothy junto a la pequeña—. ¿Puedes acabar de explicarlo, por favor?
El primer impulso de Gwenanda fue responder que no, porque toda su atención se centraba en la niña, pero con ello Kriss tendría que preocuparse de dar explicaciones a Dorothy en lugar de prestar atención a Maris. Gwenanda inició la plática de información. Las botellitas amarillas contenían agua esterilizada. Había que enjuagarse la boca con ella y escupirla, y más tarde la analizarían en la clínica para comprobar si el poseedor de la saliva estaba enfermo. O podía llegar a estarlo por el contacto con alguien realmente enfermo. Y aunque Gwenanda no observó nada en Maris, ni en su aspecto ni en su conducta, indicativo de que estuviera contagiada, se maldijo por haber llevado la niña a un sumidero de pestilencia sin que todos los moradores hubieran pasado un examen físico.
Kriss estaba pasándole la niña y explicándole que tenía que hacer la cena.
—No, no —se apresuró a responder Gwenanda, sabedora de que todos habían escupido y recibido la rociada desinfectante—. Yo lo haré por ti, cachorro, porque vosotros dos parecéis muy cómodos tal como estáis. Dorothy, ayúdame tú.
Pâté de judías verdes con camarones. Un guiso de krills con abundante crema y mantequilla, pan con tocino y puré de verduras... Gwenanda era un vendaval cocinando cuando tenía ganas de hacerlo. Todos los inquilinos de la comuna la felicitaron, aunque Maris suspiró con la llegada de todos los platos, ya que era muy pesado terminar con ellos.
—No comas lo que no te guste... —Ligera sonrisa de poco convencido agradecimiento—. No, de verdad, pequeña testaruda. Mira, ¿te gustaría algo especial? ¿Para postre, tal vez?
—Lo pensaré —repuso juiciosamente Maris mientras añadía pan al guiso.
—Oh, deja en paz a la niña, preciosidad —dijo Kriss. Y dio unas cariñosas palmaditas en la cabeza a Maris.
—Por supuesto —repuso Gwenanda muy contenta, complacida por el curso de las cosas.
Bien, complacida del curso de algunas cosas. Aún no había superado su aversión tras la conducta de aquella fastidiosa mujer ante el palacio menstruatorio, y había una inquietante, falsa jocosidad en la habitación. Nadie mencionaba a Harl. Todos pensaban en él. ¡Enfermedad! ¡Dioses!, pensó Gwenanda, ¿cuándo habían tenido el último brote de enfermedad? ¡Era igual que en el medioevo!
Como jefa de cocina del día Gwenanda había dispuesto una cena estilo bufet, para asegurarse de que ella, Maris y Kriss tuvieran un rinconcito íntimo. Había cojines para sentarse, esparcidos alrededor de una mesita con los platos, y si se observaba al trío desde el otro lado de la habitación, como a Gwenanda le complació hacer en su imaginación, tenía la misma apariencia que una familia. ¡Qué extraño, pensó, no haber comprendido años antes que eso era lo que deseaba ella!
—¿Quieres más, Kriss? ¿Maris? ¿Un poco de ensalada?
La pequeña suspiró y dejó la cuchara en el plato.
—Creo que estás insistiendo demasiado —observó Kriss.
—Ella tiene que comer, ¿no? Oye, cachorrilla, dime qué quieres y te lo traeré. ¿Qué te daba tu mapi para comer, eh?
Pasaron unos momentos de hosca masticación y deglución de lo que le quedaba en la boca antes de que Maris respondiera.
—Varias cosas.
—¿Carne? Puedo darte carne. Yo aborrezco la carne, aunque —agregó comprensivamente Gwenanda— le gusta a muchas personas buenas, y por eso tengo un poco en casa, en el conge...
—¡Oh, alto ahí!
—Tengo un poco en casa, en el...
—Puedes decir la palabra —observó la pequeña—. Sé que mi mapi está en el congelador.
—Ahhh... —Gwenanda alargó un instante ese sonido de espaciamiento mientras miraba a Kriss en busca de ayuda, mientras decidía si era la ocasión para hablar con franqueza. Lo era—. Siento lo de ella, cachorrilla —dijo con ternura.
—¿Por qué? —contestó con indiferencia la niña—. Ella se lo buscó, ¿no?
Kriss acabó su ración de guisado y sonrió a la pequeña.
—¿Quieres hablarnos de eso? —preguntó, y Gwenanda intervino coléricamente.
—¡Naturalmente que no quiere! ¡No la molestes!
Consiguió una mirada de perplejidad por parte de Kriss, y otra de indulgencia por parte de Maris.
—Gwenanda —dijo la niña—, no me importa hablar de eso, ni de ella, ni de él, pero, la verdad, es muy aburrido. Los psiquiatras y los puericultores llevan semanas habiéndome de eso, desde que pasó.
Maris hizo una pausa y se concentró en sus pensamientos, y Gwenanda se preparó para un dramático estallido.
—Ya estoy decidida —anunció por fin la niña—. ¡Para postre quiero helado!
Con las sobras recogidas, la basura separada y la mesa limpia, las dos se pusieron en camino. Sólo las dos. Kriss tenía cosas que hacer. También Gwenanda tenía cosas que hacer, pero cuando propuso que ambos resolvieran juntos sus asuntos en el piso de ella, Kriss contestó que no con la cabeza. Gwenanda apretó los dientes. ¡Maldito Kriss, cada vez estaba más decidido! Y por ello Maris y Gwenanda bajaron solas en el ascensor, cruzaron el Puente Arco Iris en un vehículo accionado desde debajo y subieron al elegante rascacielos que por cortesía era el hogar de la magistrado.
—A la cama cachorrilla —cantó alegremente Gwenanda—. O no, espera un momento. ¡Lávate los dientes antes! ¡Un baño antes de eso! ¡Haz la cama antes del baño!
¡Cuánto trabajo para acostar por la noche a una niña! Pero todo estuvo hecho por fin, y Gwenanda contempló con aire sentimental el pequeño y cordial bultito que había en el centro de la gran cama blanca de agua, con el corazón rebosante de amor.
Las pruebas para los aspirantes a juez aguardaban redactado y Gwenanda, muy consciente, agachó la cabeza sobre los papeles.
Kriss... Maris... exámenes... aquella fastidiosa Jocelyn... demasiadas cosas en la cabeza de Gwenanda, y delante tenía las incompletas listas que había empezado a preparar por la tarde. Maldijo en silencio. ¡Demasiado! Puso el canal de noticias, buscó música, pero se detuvo al oír la palabra urgencia.
—...urgencia —estaba diciendo el locutor— fue declarado a las 22:00 de la noche por el Alcalde y el Concejo. Inmunización Total. Lo que tienen que hacer, amigos, es mover el trasero e ir a una clínica si no están rociados ya. ¡Me refiero a usted también, nada de bromas! ¡Háganlo! ¿Lo han oído?
Vaya, pensó Gwenanda. ¡La cosa iba en serio! Apretó varios botones hasta obtener el informe detallado que deseaba. Habían encontrado el cadáver del denominado «vector primario» horas antes. No fue difícil encontrarlo. El cuerpo mismo se encargó de atraer la atención al caer desde una terraza jardín de un piso veinticuatro a la calle aérea de un conjunto de edificios. Puesto que la causa inmediata de la muerte era muy obvia, el examen de los restos tuvo que esperar a que un biotécnico tuviera un descanso en la administración de antibióticos. Después, como el experto no creyó en los resultados de los primeros cultivos, la investigación se prolongó casi medio día más.
El virus de la gripe.
El virus de la gripe era un asesino.
Las grandes plagas del pasado barrieron ciudades enteras, naciones e incluso continentes enteros... y los muertos caían como trigo segado. Naturalmente en esta ocasión no había posibilidad de que sucediera tal cosa. Gwenanda estaba casi convencida de que no había posibilidad. La ciudad no conocía una epidemia desde hacía casi dos siglos, y así continuaría si se tomaban las medidas oportunas.
Sin embargo, el cálculo de probabilidades era preocupante. El «vector primario» (no sabían quién era la víctima, detalle que resultaba francamente increíble) había enfermado hacía una semana, al parecer. Aunque fueran sólo seis días. Diez millones de personas en la ciudad y un solo centro de infección. Gwenanda, muy pensativa, efectuó el cálculo. Un centro de infección en movimiento podía rozar, acercarse lo bastante para contagiar, quizás, a cincuenta personas por hora. Todas estas personas continuarían desplazándose. Restando las ocho horas diarias que se suponía debían pasar durmiendo (siendo optimistas) en esos seis días había tiempo para 6 X 16 = 96... veamos... 5090 contactos. El riesgo suficiente para contagiar a la ciudad entera. O al mundo. O a la galaxia.
Naturalmente la medicina era capaz de hacer frente a cualquier infección, aunque fuera anticuada... en pequeñas cantidades. Con un gran número de casos el problema se agravaba, ya que el antibiótico específico no existía en abundancia. Los atomizadores de amplio espectro eran menos eficaces. Había que buscar el antibiótico concreto en otras ciudades y traerlo apresuradamente. O había que elaborarlo. Mientras tanto existían dispositivos de sostén vital capaces de mantener encendido casi indefinidamente cualquier destello de vida. ¿Pero cuántos? ¡No diez millones! Y como último recurso estaban los frigoríficos... aunque nadie había intentado congelar un millón de personas en una semana.
Guau.
Gwenanda suspiró, almacenó todos los datos, se desnudó y se metió en la ducha. Vaya lío. Seguramente afectaría a muchos servicios el día siguiente... ¿como el jardín de infancia? ¡Claro! Ella no mandaría al parvulario a Maris, donde la mitad de los niños podía ser portadora del virus, por muchas rociadas que hubieran recibido. Gwenanda decidió que Maris no se separaría de ella en todo el día, y se durmió complacida por el hecho de que ese problema especial no la afectara.
Pero había que sobrevivir. Ese era su problema, cierto, y un problema doble ya que debía asegurar protección y supervivencia a dos personas, no a una sola. Ser mapi no era tan divertido, ¿verdad?
V
—Aquí —explicó Gwenanda a la niña— es donde trabaja mapi. ¿Qué te parece?
—Es bonito —dijo educadamente Maris mientras miraba la gran cámara hemisférica.
Los semicírculos de asientos para los espectadores, dispuestos igual que en un planetario, estaban casi vacíos ya que la jornada era de discusión, no de audiencia pública. Las nueve mesas curvadas aguardaban la llegada del resto de magistrados.
—¿Gwenanda? Cuando hemos cogido el ascensor, ¿no nos hemos hundido un poco en la tierra?
—Un poco, cachorrilla, ah-ah. Doscientos metros. En cualquier ciudad que estemos, han excavado una sala subterránea para el Tribunal... es una especie de tradición, si sabes qué es eso.
—No —dijo Maris, que tenía otra pregunta en la cabeza—. ¿Gwenanda? ¿Es muy bueno tu trabajo?
—Puedes estar segura, monitos.
—¿Podré ser juez cuando crezca?
—Bueno, no, tú no eliges el trabajo, no es exactamente eso. Más bien el trabajo te elige a ti. Mira, primero te tienen que seleccionar para servicio público, ¿entiendes?
—¿Qué es «seleccionar»? —La pequeña estaba prestando atención, pero sus ojos vagaron hacia la puerta de magistrados, donde Mary Joan Whittier acababa de aparecer.
La magistrado no vestía atavíos judiciales aún sino una especie de vestido hawaiano, y llevaba el cabello lleno de rizados. Miró cariñosamente a la niña. Saludó. Maris le echó un beso por el aire como respuesta, y Gwenanda pensó con severidad que no podía seguir teniendo celos de los gestos afectuosos de una niña sólo porque iban dirigidos a otra persona.
—Eso significa —contestó a la pequeña— que eligen un grupo de gente al azar. Es decir, como si sacaran los nombres de un sombrero, pero en realidad lo hacen con un ordenador. Luego te encargan distintas tareas, según como hayas hecho los exámenes de enseñanza básica. A mí me nombraron aprendiza para el Tribunal Supremo, y el ordenador se encarga de que toda clase de personas esté representada... Yo fui una de las elegidas. Me corresponde estar seis años en el cargo. Estoy a punto de acabar el cuarto. Dentro de poco los veteranos, es decir, el Presidente, Myra Haik y Ángel... Ángel es uno de los Gemelos de Hojalata, los verás en seguida... bueno, pues se retirarán, tendremos tres jueces nuevos y yo seré uno de los tres miembros veteranos durante mis dos últimos años. Y después habré terminado.
Maris asintió, con la mirada fija en el interminable círculo de lemas y adagios que iluminaba las deliberaciones del tribunal. En ese momento podía leerse:
«La capacidad de crear y mantener comunidades se basa en determinadas reglas, como ocurre con la aritmética y la geometría, no como un partido de tenis, donde prevalece la práctica.» Thomas Hobbes.
—No sé si estoy de acuerdo con ese —dijo insegura renunciando a entender algo tan difícil.
—¿Tenéis que trabajar mucho? —preguntó la pequeña.
—Ah, no. Hacemos dos clases de cosas. La primera es ocuparnos de la gente que viene al Tribunal porque no está de acuerdo en algo. Eso es bastante aburrido, porque sólo vienen aquí cuando no están dispuestos a aceptar arbitraje en el lugar de origen, y normalmente son personas tercas. Personalmente, preferiría que la gente resolviera esos problemas con cadenas de bicicleta, en vez de venir a fastidiarnos. Pero los problemas criminales sí que son buenos. Me divierto mucho con la gente muy malvada que podemos meter en el frigorífico o... Oh, maldición. —Se interrumpió, remordida por la conciencia.
—No pasa nada, Gwenanda —dijo la pequeña—. Sé que tuvisteis que congelar a mapi.
—No quería decir eso. Se me ha escapado.
—Lo sé.
La sala estaba llenándose, no de público sino de abogados y litigantes, y Maris se entretuvo mirando todo lo que era digno de ser contemplado. Incluso la última máxima que recorría el semicírculo.
—¡Oh, eso lo entiendo! —exclamó Maris con la cabeza alzada hacia las letras luminosas.
«Si no es correcto, no lo hagas. Si no es verdad, no lo digas.» Marco Aurelio.
Cuando Gwenanda la dejó, muy orgullosa, para saludar al resto de magistrados, Maris deletreó las palabras. Aún estaba ensayándolas en silencio cuando la llamaron para presentarle a los Gemelos de Hojalata. La presentación de Gwenanda fue nerviosa... Maldición, ¿y si niña decía algo? No todos los días se conocía a personajes como ellos dos. ¿Y si Maris intentaba, por ejemplo, estrecharles las manos, cuando ninguno de los dos tenía manos?
Pero Maris era muy educada para hacer esas cosas. Ofreció una amable sonrisa a ambos jueces mecánicos y entabló conversación con ellos.
—Me ha gustado eso, lo que dijo ese Marcorelio. Naturalmente los Hermanos de Hojalata no podían devolver sonrisas. Sin embargo era posible saber cuándo I-Max respondía con jovialidad, o por lo menos cuándo se mostraba aprobador. Cuando se sentía aburrido y prestaba solamente atención fraccional, su voz era insulsa y floja. Cuando todos sus circuitos estaban activos, su tono era majestuoso.
—Marco Aurelio —corrigió en voz rica y rebosante de armónicos—. Notable filósofo, 121-180 A.C. Fue adoptado por el emperador romano Antonio Pío y también llegó a ser emperador, pero es más famoso por su filosofía estoica. Se basaba en la moral y es admirable, como se deduce de la cita recién ofrecida.
—¡También fue católico! —exclamó Ángel, con sus luces destellando—. Como mi madre. Ella siempre decía lo mismo: No seas malo, no digas mentiras... Oh, debí hacerle caso.
Gwenanda se sentía muy contenta, esperaba que Maris hubiera reparado en que los niños adoptados podían hacer grandes cosas en el mundo, y apenas oyó la rápida discusión que tuvo lugar entre los Gemelos de Hojalata cuando I-Max trató de explicar a Ángel que probablemente confundía a Marco Aurelio con Constantino. Lo que sí oyó fue que Mary Joan Whittier estaba pronunciando su nombre del mal humor.
—¡Bueno, ya está bien, Gwenanda! ¡Todos te estamos esperando!
Gwenanda lanzó a Mary Joan una mirada venenosa teñida de preocupación (¡perros!, ¿qué le había pasado, por qué tenía una aspecto tan desastroso?) y otra de ansiedad a Maris.
—¿Estarás bien aquí sola, cachorrilla? —preguntó.
—Estaré bien, mapi —replicó la niña—. Vete y haz tu trabajo.
Mapi. Gwenanda se acerco a su asiento envuelta en una neblina de gozo.
Ese día el Tribunal había decidido escuchar discusiones, cosa que, en el caso de ese tribunal concreto, significaba discusiones. La docena de abogados intentaba atraer la atención de algún juez, Samelweiss se esforzaba al máximo para hacer apuestas en la carrera de las dos con todos los presentes en la sala; Mary Joan tartamudeaba de rabia mientras discutía con Pak El Myun si había que congelar a un autor de desfalcos o simplemente retirarle la tarjeta de crédito durante algunos años; los Gemelos de Hojalata, tras concluir la pelota sobre Marco Aurelio, reñían a causa de cierta interferencia producida por un cruce en sus circuitos... La persona más alegre de la sala era Gwenanda. Los demás magistrados la miraron nerviosamente, pero ella continuó radiante porque su corazón no cesaba de cantar. Mapi.
—¿Te has atontado con tranquilizantes? —preguntó Myra Haik—. ¡Te he hecho diez veces la misma pregunta!
—¿Qué pregunta es esa, cariño? —inquirió Gwenanda en tono amable. En tono indulgente. Myra era una cascarrabias y no podía evitarlo, porque todos sabían que tenía problemas en el campo amoroso. No con su marido, el químico textil, ni siquiera con su amante, que era uno de los auxiliares, un hombretón negro como el café que casi había triunfado en el rugby profesional, sino con su amiga íntima. Pero ni siquiera el Colega Digital sabía quién era la amiga, aparte de que podía tratarse de una de las aficionadas a los juicios que seguía al Tribunal de ciudad y ciudad, y si el C.D. no lo sabía (considerando lo que podía hacer con las llamadas telefónicas de otras personas cuando le venía en gana) nadie podía saberlo...
—¿Cómo dices?
—¡He preguntado qué caso es ése que has metido en la agenda! —aulló Myra.
Gwenanda la miró dulcemente mientras su cabeza volvía a la realidad. Entonces recordó.
—Ah, sí —dijo—. Esa Jocelyn. ¡Hey, Presidente! —gritó a Samelweiss, situado en la parte opuesta del tribunal—. ¡Olvidaba hablarte de ese caso! Se llama Jocelyn Feigerman. Cree que una mujer debe concebir sin impedimentos y seguir adelante y tener el niño.
Su voz interrumpió la barahúnda, porque tenía el micrófono en posición dominante, y provocó risitas de incredulidad por toda la sala. Pero el Presidente sacudió la cabeza.
—Es una extravagante, de acuerdo —convino—, pero tiene derecho a pensar lo que quiera. Pensar no va contra la ley.
—Pero sí romper ventanas. Además está incordiando mucho a una amiga mía... la sigue a todas partes y le habla a gritos. —Y Gwenanda, consciente de que los serios ojos de Maris la observaban, tecleó instrucciones para la pantalla luminosa, de tal modo que las siguientes palabras que recorrieron la cúpula fueron:
«Nadie tiene derecho a molestar a otra persona.» Trigésima Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos.
—¡Perros, Gwenanda! Conozco la Constitución —se lamentó el presidente del Tribunal—. ¿Y sabes qué otra cosa sé? Sé que tenemos un apretado programa para las próximas dos semanas, y que Mary Joan va por ahí como una sonámbula —la aludida, con la barbilla en las manos, se estremeció pero no levantó la cabeza—, otros magistrados se entretienen con peleas personales —ligeros bips de protesta de los Gemelos de Hojalata—, o se toman días libres cuando les apetece...
Gwenanda se negó a bajar de las alturas.
—Queridos tozudos —dijo alegremente—, Jocelyn ya ha recibido la citación.
—¡Demonios!
—En fin, la mujer será muy divertida, creo; como aquel lunático que deseaba demandarnos. Además, no me tomaré más días libres —prometió Gwenanda—. ¡Bueno, cachorros! Todos vosotros. ¡Acabemos con el orden del día para que yo pueda salir de aquí y comprarle un helado a mi hija!
Oh maravilla, todos obedecieron... incluso la medio dormida Mary Joan, incluso Ángel, cuya voz fue insulsa al votar ya que estaba usando gran parte de sus circuitos para mostrar fotos de sus tataranietos a Maris, sentada en primera fila. Acabaron con más de veinte litigios en media hora. En cuanto a los casos que no pudieron resolver de inmediato, se repartieron equitativamente las tareas de estudio e investigación... más o menos equitativamente: Mary Joan no respondió cuando el presidente le encargó la tarea de comprobar los hechos del caso del juez Horatio Margov, el lunático que demandaba billones de dólares por daños y perjuicios, por lo que Samelweiss se resignó y encargó de ello a I-Max. El Presidente dedicó tanto tiempo a observar a Gwenanda como a reprender a los otros siete jueces y a la decena larga de abogados y litigantes asistentes. Cuando por fin desconectó las grabadoras y gruñó, «Se levanta la sesión», llamó con un dedo a Gwenanda. La magistrado se hallaba a medio camino del estrado donde ya estaba sentada Maris, pero hizo un guiño a la niña y se desvió hacia la mesa del Presidente.
Cosa extraña, Samelweiss no se quejó de nada. Ni siquiera la pellizcó.
—Te estás convirtiendo en una juez autoritaria, Gwennie. ¿No has pensado en ser presidenta del Tribunal?
Gwenanda lo miró boquiabierta.
—¿Yo? ¿Te refieres a mí? ¡Perros, Manny, conozco formas más fáciles de crearme enemigos!
—Alguien tiene que hacerlo —insistió él—. Piénsalo tú misma. Mi período como juez acaba dentro de dos meses, los de Ángel y Myra lo mismo, y tú pasarás a veterana. El Presidente del Tribunal Supremo no tiene que ser necesariamente uno de los tres magistrados veteranos, pero siempre lo es. ¿A quién tenemos? —Repasó la lista—. Está Pak. No es malo, pero no se lleva bien con la gente. Está Mary Joan. Una estatua, sin contar con que está atontada. Y estás tú. ¿A quién elegirías tú, terroncito?
—A Pak —repuso ella con firmeza, pero cambió de opinión—. O a Mary Joan. ¿Por qué no? Lo único que le pasa es que hoy no se siente bien.
—De eso no hay duda —convino el presidente mientras miraba a Mary Joan, que iba dando tumbos hacia el vestuario—. Confío en que no tenga esa maldita gripe... ¿Sabes que han localizado al imbécil que la propagó?
—¡No! ¿Van a citarlo por eso?
—Imposible. —El Presidente rió entre dientes—. Lo encontraron muerto. Muerto de verdad, ¿sabes?, desde hacía tres o cuatro días, deshecho por enfermedades, de todas clases. Uno de los abogados ha estado explicándomelo... En fin, ¿qué me dices? ¿La presidencia para ti?
—Absolutamente imposible —afirmó Gwenanda—. Imposible. Hablo en serio. De todas maneras, no tienes que preocuparte por eso, ¿sabes?
—Sí, estás equivocada. Naturalmente el próximo tribunal elegirá un presidente, pero yo quiero estar seguro de que no haya problemas. Tienes los votos si los quieres. Ya he hablado con Pak y con los jueces primerizos...
—¡Maldición! —exclamó Gwenanda—. ¡No tenías derecho a hacer eso! —Estaba muy contrariada, había desaparecido su buen humor después de que la niña la llamara «mapi» y por poco araña al presidente. Sólo se lo impidió la voz de Maris, y un bip de los Gemelos de Hojalata.
—¡Gwenanda! —gritó ansiosamente la niña—. ¡Ángel! A esa juez le pasa algo.
Y la retumbante voz de Ángel, con el registro de plena atención en funcionamiento, lo confirmó:
—Es Mary Joan. ¡Está en el vestíbulo, desmayada! ¡Recibo una señal de que está gravemente enferma!
Naturalmente el presidente del Tribunal hizo una llamada de urgencia. Naturalmente la furgoneta del Servicio Especial llegó antes de diez minutos, para llevarse a la enferma y rociar a todos los presentes con antivirales e inmunizadores. Naturalmente Gwenanda no esperó a que llegara su turno, ya que tanto ella como Maris habían sido tratadas ya y su pensamiento más urgente era sacar de allí a la niña.
Deseaba llevarla al hogar, y el «hogar» en ese momento parecía ser la vivienda comunal de Kriss. No recurrieron a un autobús, ni a una lanzadera. Fueron en un minitaxi de tres ruedas, con el conductor ante el motor eléctrico frontal y ellas dos compartiendo el asiento posterior. En el ascenso desde la sala del tribunal hasta el nivel del suelo Gwenanda mantuvo a la niña apartada del resto de personas que atestaba el ascensor, y nada más subir al minitaxi pensó si todavía existiría riesgo de infección en la comuna. Las rociadas impedían contraer la enfermedad, claro. Pero ¿quién sabía si siempre eran efectivas? Para ocultar su nerviosismo Gwenanda se esforzó en señalar monumentos importantes a la niña, pero Maris los había visto todos en su corta vida y, de cualquier forma, lo interesante para ella no era la ciudad, sino los acontecimientos del día. Gwenanda maldijo en silencio y se resignó a conectar la placa de noticias situada en el respaldo del conductor.
Malo. Más de ochenta mil casos de gripe conocidos en la ciudad, se aseguraba. Albergues rebosantes. Clínicas inundadas. Escasez de vacunas. Todo el personal del Servicio Especial en turnos permanentes, y estaban convocando anticipadamente los candidatos de la siguiente hornada que habían elegido ese servicio en lugar de pagar impuestos. Gwenanda revisó todos los noticiarios, buscando tranquilidad y sin encontrarla en absoluto. El detalle más increíble era que el fallecido vector primario había sido localizado, cierto, pero oficialmente continuaba sin identificar.
—Vaya, qué estupidez —se lamentó Gwenanda—. ¿Cómo pueden tener el fiambre y no saber quién es?
—Todo el mundo es alguien —convino Maris.
—Naturalmente que sí. Bastan dos minutos para saber quién es. Lo único que necesitas son las huellas digitales, el tipo ocular, el espectro de DNA... ¿Qué es eso de «inidentificado»? —preguntó malhumoradamente—. Qué estúpido lío.
Gwenanda se refería al simple lío de no poder determinar la identidad de un cadáver rutinario, pero el que inflamaba su irritación era el lío mucho más complicado en que estaba metida la ciudad. No se había producido una epidemia, ni siquiera una amenaza de epidemia desde hacía tanto tiempo que la ciudad no sabía cómo reaccionar. ¿Quitar importancia al hecho? ¿Huir del lugar afectado? Pero había demasiadas víctimas para despreocuparse, y la instantánea cuarentena que afectaba a la ciudad entera impedía la huida. En consecuencia, ya que la ciudad no sabía cómo reaccionar, todo iba mal. Casos de pánico (pocos), chistes sobre la enfermedad que nadie encontraba (ya) divertidos, personas que fingían que la epidemia no existía (casi todos los neoyorquinos, hasta que alguien estornudaba cerca o reparaban en su mal aspecto, y en ese momento los ciudadanos de tercera clase pasaban a ser de primera; nadie había huido nunca de un leproso con tanta rapidez como se huyó aquel día de los neoyorquinos que carraspeaban casualmente).
Ascender doscientos metros desde la sala del Tribunal, cruzar media ciudad, pagar el taxi, otros cien metros hasta la comuna... y Kriss no estaba allí. Tampoco estaba trabajando, ya que cuando Gwenanda telefoneó al Servicio Municipal de Aguas y Alcantarillado el contestador automático repuso que las oficinas ya estaban cerradas. Quedaba una posibilidad que provocó el disgusto de Gwenanda.
—Vamos, cachorrilla —dijo con aire misterioso—, voy a comprarte el helado ahora.
Y mantuvo los dientes inflexiblemente apretados durante todo el trayecto hasta la terraza del restaurante donde trabajaba Dorothy.
Al comprobar que Kriss no estaba allí, su sospecha la avergonzó. El restaurante se hallaba casi vacío, a pesar de ser un animado local desde el que se dominaba el parque y el Puente Arco Iris, y Dorothy vio al instante a la pareja y se acercó con sus típicos andares de leñador mecánico. Gwenanda forzó una amistosa sonrisa en sus labios, pero la sonrisa se hizo más dura cuando Maris corrió hacia Dorothy para ser besada, y desapareció por completo con las primeras palabras de la camarera.
—Kriss acaba de marcharse, pero ha dicho que volvería dentro de una hora más o menos.
La sospecha renació con plena fuerza. Momento de fruncir el entrecejo. Momento de apretar los dientes. ¿Qué pretendía la maldita, arrebatarle a Kriss y a la niña? Gwenanda no estaba en su mejor hora, y el ruido que brotaba por los altavoces del restaurante empezaba a irritarle los nervios. Cuando no era música altamente tecno, era algo así como ruegos a los empleados:
—Bien, el desayuno es la comida más importante del día. ¿Qué debemos hacer? Esforzarnos en que sea un desayuno agradable para nuestros clientes.
—Hola —dijo Gwenanda con muy poca gracia—. ¿Qué es ese maldito ruido?
El rostro sobrio y sin arrugas de Dorothy se entristeció, pero su respuesta, a las palabras, no al tono de las mismas, fue cortés.
—Parte de lo que hacen para enseñarnos. Casi todos acabamos de salir del frigorífico... aunque los demás —añadió suspirando— parecen aprender con más rapidez que yo.
Maris estaba contemplando la cara de Gwenanda con una expresión de... ¡Perros!, ¿podía ser miedo? Sí, claro, podía ser miedo... ¿qué otra cosa podía esperarse de una niña cuya madre no sólo la golpeaba sino que además pegaba a su marido cuando se enfadaba?
—Ah, no —dijo Gwenanda, tras comprender que estaba siendo injusta. El remordimiento la forzó a tranquilizar a Dorothy y a la niña—. Estoy segura de que lo haces muy bien, cachorra.
Dorothy, que estaba acariciando el cabello de Maris con aire pensativo, consideró la cuestión.
—Bien, sé atender a los clientes e incluso preparar platos rápidos. No me horrorizo cuando llega una multitud y no confundo lo que piden unos y otros. Pero rompo muchos platos.
—Mejorarás —prometió Gwenanda.
—Eso espero. Bien, ¿qué será...? Quiero decir qué os pongo —se corrigió mientras miraba los altavoces.
Y en cuanto las atendió (un helado de mango para Maris, una botella de cerveza para Gwenanda) no tuvo nada más que hacer y quedó con las piernas rígidas y los brazos oscilando torpemente, pero sonrió.
Gwenanda se recostó y se obligó a relajarse, a no prestar atención a los altavoces...
—...nada más llegar el comensal a la mesa, no aguardes, acércate y di, «¿Querrá tomar café?». Y lleva la cafetera en la mano, preparada...
—Es un bonito lugar —comentó alegremente Gwenanda mientras la niña curioseaba—. Mira, al otro lado del parque. Esa es nuestra casa, ¿la ves? La de cristal verde... Bien, estamos veinte pisos más altos que el restaurante, encima de ese entrante con palmeras...
—La veo —dijo cortésmente Maris, y se excusó para ir al lavabo.
Tardó un rato en volver, y se comió el helado pero con gran lentitud. Cuando llegó Kriss aún estaba terminándolo.
—He vuelto pronto —dijo cordialmente el ingeniero— porque pensaba que podíais estar aquí, cachorras.
Besó a Gwenanda y metió la nariz en el pelo de Maris. Tomó asiento y llamó a Dorothy para pedirle algo.
—Las cosas están empeorando —dijo después—. Estaba un poco preocupado por vosotras dos.
—Ni la mitad de preocupado que yo —espetó Gwenanda. Había visto que Kriss hacía un guiño a Dorothy al pedirle un vaso de vino. Pero recordó que había decidido no ser celosa. Eso era indigno de ella, y además Kriss no iba a soportarlo siempre.
Pero el ingeniero no se molestó. Quizá comprendía que Gwenanda estaba un poco nerviosa a causa de la epidemia, aparte de que tenía que aprender precipitadamente el papel de madre y no progresaba mucho.
—Pensé que podríamos ir al hipódromo esta tarde —dijo Kriss, con un brazo en la nuca de Maris mientras la niña terminaba poco a poco su helado—. Pero no podemos. Está cerrado porque hay muchos jinetes enfermos.
—Malas noticias para el presidente del Tribunal Supremo —repuso Gwenanda. Hizo una seña para pedir otra cerveza, ya que volvía a sentirse tranquila. Se acercó más a Kriss y, cariñosamente, le frotó los rizos de las patillas con su oreja. Caramba, qué bien se sentía cuando él estaba cerca—. Ojalá no te vayas a Seattle.
Mientras tanto, por los altavoces, una voz decía:
—...en caso de que el camarero que sirve el vino esté ocupado, puedes mostrar la lista, pero durante las comidas abstente de suplicarlo...
Kriss sonrió a la magistrado.
—¿Quién sabe? Es posible que el proyecto no pase de la RGC. A propósito, ¿has enviado algún cuanto, por si acaso?
—Naturalmente que sí.
Y era cierto, pensó Gwenanda, aunque no se había preocupado demasiado por eso desde que estaba al cuidado de Maris. No tenía puesta el alma en ello, como era lógico. ¿Por qué tenía que argumentar a favor del proyecto que iba a separarla de Kriss? Y naturalmente, podían desaprobarlo hiciera lo que hiciese ella. Pero también podían aprobarlo. Hiciera lo que hiciese ella. Vio muy contenta que Kriss se inclinaba sobre la pequeña.
—Gatita —dijo el ingeniero—, no estás progresando mucho con ese helado. ¿Preferirías algo más sólido?
Conectó el televisor situado en la tabla de la mesa y aparecieron los asados, guisos y ensaladas que eran los platos especiales del día. Maris respondió con una mirada de horror.
—Oh, no —dijo quejumbrosamente.
Kriss, con preocupado semblante, puso las noticias, y el bodegón de la pantalla fue sustituido por una hoja de datos.
—Guau —exclamó—. ¡Ciento veinte mil enfermos!
Un suceso horripilante... Hacía menos de una hora la cifra era sólo de ochenta mil. La ciudad estaba hundiéndose en mierda, sí, pensó Gwenanda...
—...el cuchillo a la izquierda, tenedores a la derecha, palillos detrás del plato...
...y tardíamente se dio cuenta de que Maris, con angustiado aspecto, había dejado de comer. Gwenanda se humedeció los labios.
—Estoy muy contenta de que te preocuparas de rociar a Maris —comentó.
—Pero sí pensaba que lo habías hecho tú... —tartamudeó Kriss, atónito.
Y así empezó la pesadilla.
Durante largo tiempo después, siempre que Gwenanda ponía la mesa un viento frío azotaba su corazón; siempre que tenía a la niña en las rodillas, recordaba que haberla cambiado de un regazo a otro había impedido que recibiera tratamiento; siempre que veía un helado de mango su estómago se retorcía como el de Maris aquel día, cuando de improviso había llenado de vómitos la mesa. Cuando Gwenanda le sostuvo la cabeza, la frente de la pequeña ardía.
En los recuerdos posteriores de Gwenanda faltaba uno en especial: ¿había hecho algo ella? Por lo que recordaba, había sido una espetadora, había estado paralizada. Parecía imposible, pero fue Kriss el que cogió a la niña y salió corriendo hacia la puerta. Fue Dorothy la que arrancó el mantel de la otra mesa (estruendo de platos, estrépito de cubiertos en el suelo) en busca de algo con que tapar a Maris y de servilletas para limpiarla mientras iba detrás del ingeniero. Después de llamar al Servicio Especial (¿lo hizo Gwenanda?) tuvieron que esperar dos horas la furgoneta.
—¡Abajo! —gritó Kriss, y se dirigió hacia el ascensor.
Cuando llegaron al piso cero Kriss registró las autopistas, localizó por fin un taxi de tres ruedas vacío y los cuatro se apretaron en un asiento para dos personas. Cuando finalmente se acercaron a la clínica de urgencias más próxima, creyeron que todos los vehículos de Nueva York estaban ante ellos. El último cuarto de kilómetro lo recorrió trotando Kriss con Maris en brazos... Horas más tarde, Gwenanda se preguntó si habían pagado al taxista.
La sala de espera se hallaba atestada. ¿Y qué decir de la sala de urgencias? Imposible abrirse paso entre el gentío que resollaba, estornudaba, gruñía y sudaba mientras iba en tropel hacia la hilera de furgonetas.
—¡Quédate aquí! —gritó Kriss—. ¡Iré a buscar a alguien!
—¡Yo te ayudaré! —repuso Dorothy.
Y Gwenanda se quedó con el ardoroso bulto de la niña enferma en su regazo mientras sus amigos se alejaban dando empujones.
Los informes no conservaban el ritmo de la realidad. El crecimiento exponencial de casos barría una población que jamás había tenido que luchar contra el virus. Los casos conocidos no eran ya ciento veinte mil, eran un cuarto de millón... y la cifra aumentaba minuto tras minuto. Decenas de miles de nuevos enfermos, renqueantes o en brazos de alguien, se declaraban contagiados en cuanto conseguían llegar al lugar apropiado para hacerlo. Un puñado de médicos del Servicio Especial serpenteaba entre el gentío, con atomizadores en ambas manos; administraban el tratamiento, tocaban frentes, tomaban la temperatura de vez en cuando, palpaban cuellos en busca de bultos o examinaban gargantas. Pero... ¿había camas?
—Perros, inocente —dijo jadeante la médico que finalmente logró arrastrar hasta allí Kriss—. ¡No hemos tenido una cama en todo el día!
Apretó el atomizador al brazo de Maris, le alzó un párpado, le puso una mano en la mejilla.
—Necesita una cama ahora mismo —dijo—. ¡Llévenla a casa! Consulten el televisor para instrucciones, que la niña no pase frío, que esté tranquila, denle mucho líquido. —Y en el momento de irse para atender al siguiente enfermo, añadió—: ¡Ah, y comprueben sus números de selección, porque si están en situación de ser reclutados, los reclutarán!
¡Maldición, lo que faltaba! Y así, cuando Kriss se abrió paso a golpes de hombro para mirar la gran pantalla luminosa, allí estaban las instrucciones de urgencia:
«Si tienen alguna obligación compensatoria de impuestos y su número de orden aparece abajo, preséntense de inmediato en el Servicio Especial.»
El número de Kriss estaba allí.
—Ah, mierda —gruñó, y se fue en busca de un supervisor.
Gwenanda se sentó en un montón de plegadas camillas (había un niño de diez años que respiraba con horribles y roncos jadeos, tendido encima) y meció a Maris. La cabeza de la niña le quemó el pecho al otro lado de su fina blusa multicolor.
—Oh, nena, duerme —le cantó, más asustada que en toda su vida.
¿Qué se hacía con una niña enferma? Pedir ayuda, ¿no? Pero había cincuenta personas, y eso sólo a la distancia que podía alcanzar un estornudo, que necesitaban tanta ayuda como Maris, y la ayuda se había agotado.
—Mapi está aquí —musitó Gwenanda—. Duerme, carrillitos, duerme...
Dorothy fue la primera en volver. No regresó con un médico pero sí con algo mucho más valioso: un vaso de plástico con jugo diluido, sostenido con una inexperta mano, que milagrosamente no se había derramado pese a la muchedumbre.
—Ponle derecha la cabeza —ordenó—. A ver si consigo que trague un poco.
Y mientras introducían las últimas gotas en la boca de la dócil niña, llegó Kriss. Venía arrastrando a una mujer que parecía agotada, y ambos no cesaban de discutir.
—¡Gwenanda! —gritó él—. Me dicen que debo presentarme para cuidar enfermos. Yo digo que tengo un enfermo en casa y que quiero llevarlo allí para cuidarlo. Ella no está de acuerdo, dice que no pueden prescindir de un cuerpo sano sólo por un paciente, y que de todas formas son camas lo que necesitan. Están requisando hogares desocupados y...
—¡Mi piso! —exclamó Gwenanda—. ¡Claro, cachorros! ¡Llevaremos allí a Maris y puedes enviar otros enfermos! Es un piso enorme, hay espacio suficiente para veinte o trein... como mínimo para diez personas —rectificó, ofuscada por la primera buena noticia en lo que parecían años.
¡Compartir con Kriss el cuidado de Maris! ¿Qué más daba que hubiera unas cuantas personas más? Y mientras la supervisora calculaba las posibilidades del piso y hacía preparativos para que Kriss transportara camas, mantas, medicamentos y orinales, Gwenanda fue seleccionando a sus invitados.
—Ese —dijo señalando a un niño—, y ése... y... No, ése no, el que está al lado...
Y se dirigió hacia la furgoneta, todavía asustada pero cada vez más esperanzada, casi feliz.
La ciudad de Nueva York, en su medio milenio de existencia desde la llegada de los holandeses, había sobrevivido a epidemias. Pero no todos sus ciudadanos. La fiebre amarilla se había llevado a uno de cada diez en alguna ocasión, el tifus uno de cada cinco. En la última gran plaga de influenza, inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, fallecieron miles de personas, y una cifra mayor, décadas más tarde, sufrió los temblores y problemas del habla típicos del síndrome de Parkinson como secuela. Pero eso fue hace mucho tiempo. La medicina había afilado sus armas y multiplicado sus recursos durante el siglo posterior a la última epidemia. Se conocían terapias y remedios para casi todas las enfermedades contagiosas, y eran eficaces. Lo difícil era disponer de esos recursos con rapidez. ¿Quién podía imaginar que iban a ser urgentemente necesitados, cuando casi cualquier organismo defectuoso estaba tan extinto como la gran ballena azul? Los recursos se hallaban dispersos por el continente, en un centenar de centros de investigación médica... en realidad, casi era preferible denominarlos museos de dolencias antiguas. Era posible traer medicinas suficientes para calmar los males de la ciudad, pero no en un instante.
Mientras tanto medio millón de neoyorquinos sudaban, estornudaban, se revolvían y agitaban en sus dolorosos esfuerzos a fin de dormir. Gwenanda no acabó con diez enfermos a su cuidado, ni siquiera con veinte o treinta. En el peor momento hubo cincuenta y un pacientes en su piso. Y además Kriss no compartió las atenciones, puesto que todos los días y casi todas las largas noches estuvo tambaleantemente ocupado con cargas de colchones y suministros, y enfermos para ocupar los primeros. Dorothy fue la única ayudante de Gwenanda durante casi todos esos días. Era torpe, cierto: se le cayó una olla con seis litros de humeante caldo de pollo y tuvo que pasar una hora fregando, y se le cayeron otras cosas, y estropeó bastantes. Pero era una mujer fuerte, más que Gwenanda, cuando había que sacar de una camilla a un obeso. Y dedicó a Maris tantos cuidados como la misma Gwenanda. Había que forzar a la niña a tragar un zumo, había que meter cucharadas de caldo en su medio dormida cara, enjugar el sudor de su frente que ardía, y las dos mujeres se turnaron para cuidar del enfermo más pequeño pero más importante, dormido en la enorme cama de Gwenanda. Se negaron a que la niña compartiera la cama con alguien, a pesar de que cualquier superficie plana del espacioso piso estaba ocupada ya por uno o dos enfermos: las camas, los sofás, las sillas que por ser grandes podían juntarse... Kriss trajo camillas para otros veinte pacientes, y colchones extendidos en el suelo para el resto.
Durante las primeras horas, Dorothy y Gwenanda fueron constantemente al monitor para recibir instrucciones médicas en la banda de urgencia. Pero la tarea no era tan complicada. Todos los pacientes habían recibido ya una inyección de antibióticos y antivirales de amplio espectro. Todo era cuestión de esperar a que el medicamento surtiera efecto, y entre tanto impedir que los enfermos pasaran frío, darles líquidos, comprobar su temperatura, vigilar toses y convulsiones, pasarles una esponja con agua fría si la fiebre alcanzaba límites peligrosos... Gwenanda y Dorothy estuvieron así el primer día y la primera noche, solas haciendo todo eso. No durmieron. Una cabezada de vez en cuando, sentadas junto a la cama celosamente reservada para Maris; ése fue todo el descanso de que disfrutaron las dos, nunca más de unos minutos antes de levantarse y continuar. Aquello pareció no tener fin.
Pero al amanecer del segundo día llegó un enfermero apresuradamente reclutado por el S.E. para compartir la tarea, ¡¡y era un auténtico enfermero!! El trabajo no fue más fácil entonces, sin embargo, ya que a aquellas alturas se habían agravado los problemas de los orinales, el cambio de sábanas sudadas y la limpieza de vómitos y manchas en general. Era el trabajo más duro que había tenido que hacer Gwenanda, el más sucio, y al parecer iba a ser el más prolongado. Tardó cierto tiempo en darse cuenta de que la situación, aunque no tuviera fin, había dejado de empeorar. Siguieron llegando algunos enfermos, pero parte de los primeros, los menos graves, empezaron a sentarse, incluso a valerse por sí mismos, y algunos afirmaron que se sentían capaces de andar y emprendieron débilmente el camino del hogar.
A las once de esa mañana el enfermero forzó a entrar en la ducha a las dos mujeres, una tras otra. No para que se fueran a dormir, todavía no, pero aparte de eso era lo mejor que podían hacer. Ligeramente refrescada, Gwenanda se sentó un momento, masticó una tostada fría y reseca (hecha una hora antes, pero la mujer de la tos seca se estaba ahogando con sus mucosidades) y entonces recordó su verdadero trabajo. ¡Perros! ¡Tenía que telefonear inmediatamente a la sala del Tribunal! Cuando lo hizo averiguó que el trabajo se había suspendido a causa de la epidemia. Dos magistrados estaban enfermos, más varios auxiliares, oficiales, abogados, litigantes, acusados... Todos los casos estaban pospuestos hasta el lunes siguiente por la mañana.
Gwenanda colgó el aparato. Se alejó de la olvidada tostada y mecánicamente fue hacia la cama de Maris. El sueño de la niña era ya más sosegado, pero su fiebre continuaba alta. Mientras le enfriaba la frente con una esponja, Gwenanda se preguntó con irritación qué juez habría caído enfermo además de Mary Joan. Ninguno de los Gemelos de Hojalata, naturalmente. ¿Pak? ¿Myra? Llevó el trapo húmedo a la frente de Maris...
—¡Oh, no, por favor! —sollozó la pequeña, apartándose aterrorizada de la mano de Gwenanda—. ¡Por favor, mapi, no me pegues otra vez!
En la puerta, Dorothy estuvo a punto de soltar el orinal que llevaba.
—Oh, ¿qué pasa? —exclamó mientras se acercaba corriendo.
—No lo sé —gimió Gwenanda.
Deseaba desesperadamente tocar a la niña. Pero no se atrevió, porque Maris estaba apartándose de ella, mirándola con ojos asustados y suplicantes.
—¡Basta, por favor! —suplicó la pequeña. Y en ese momento la tensión decreció en sus contraídos miembros y, en otro tono, agregó—: Ah, eres tú, Gwenanda.
Alzó la cara para recibir un beso y continuó durmiendo pacíficamente. Y una hora después su temperatura fue normal.
Más cansada que en toda su vida, Gwenanda accedió por fin a tumbarse en la cama junto a la niña. Su sueño fue profundo y roncó un poco, pero mantuvo la sonrisa en su semblante y no tuvo pesadillas.
En cualquier caso, Gwenanda no durmió demasiado tiempo. Al despertar, la fiebre de la ciudad entera había bajado. Médicos y suministros de medicinas habían llegado de Filadelfia, Boston y Baltimore. La profilaxis alcanzaba ya el ciento por ciento de la urbe, incluidas vacunas específicas elaboradas inmediatamente después de la identificación del virus, congeladas en forma sólida, enviadas por avión, licuadas y administradas. Fue preciso un enorme esfuerzo, pero las personas no afectadas por la gripe jamás la contraerían, y el ritmo de nuevos casos había decrecido. El enfermero, un palestino bajito y moreno de Omaha, dominó la situación e informó que no pensaba dormir hasta pasada una hora, por lo que Gwenanda, tras comprobar el estado de Maris, se permitió recordar que estaba muerta de hambre.
Dorothy se hallaba ya en la cocina, enfrascada en lo que para ella era un complicado batido de huevos. Pero rechazó la ayuda de Gwenanda.
—Tengo que aprender a manejar estas malditas cosas —dijo, mirando con rabia los fragmentos de cáscara que sus torpes manos habían dejado caer en el plato—. Y quiero aprender ahora. Pondré otro par para ti, cariño.
—¡Perros, sí! Por favor —añadió Gwenanda, y tomó asiento para darse el gusto de ver trabajar a otra persona—. Ha sido una noche muy dura —comentó suspirando. Dorothy sonrió.
—Han sido dos noches —corrigió—, y también dos días. Creo que no nos hemos preocupado del tiempo.
—¿Ah, de verdad? Entonces hoy es sábado... —Gwenanda se esforzó en recordar por qué era importante ese sábado, pero no lo consiguió. Se olvidó por completo de ello al oír hablar de nuevo a Dorothy.
—Maris ha estado levantada casi una hora mientras dormías. Parecía estar muy bien, pero le dije que intentara dormirse otra vez. Y así lo ha hecho, en cuanto ha tocado la almohada.
—Vaya —repuso Gwenanda, complacida por el informe, decepcionada por haber estado dormida... pero mucho más complacida que decepcionada, decidió—. Creo que lo peor ha pasado.
—Eso parece —dijo Dorothy. Con sumo cuidado depositó los huevos batidos en una sartén—. Y, ah, Gwenanda, ha sido maravilloso. ¿Quién iba a creerlo?
—¿Creer qué? —preguntó recelosamente Gwenanda.
—Me refiero a que todo el mundo se ha unido... ¡la ciudad entera peleando, el país entero!
—¡Perros, Dorothy! ¿De qué te extrañas? Somos gente civilizada, compréndelo, no los malditos animales que tu conociste. —Y, arrepentida, agregó—: Vaya, qué bocaza tengo. No quería ofenderte, cachorra...
—Claro que no —repuso Dorothy tranquilamente. Repartió los huevos en dos platos y cogió éstos con sumo cuidado—. Te conozco bastante ahora, Gwenanda. Gritas cuando te enfadas, y abrazas cuando estás cariñosa... No tienes que excusarte por eso. ¿Gwenanda? Me gustas tal como eres. Ahora cómete los huevos.
—Vaya —dijo Gwenanda, turbada y con la boca llena... Unos huevos deliciosos, además, ¿y a quién le importaba tropezar de vez en cuando con un trozo de cáscara?—. Están estupendos, Dorothy.
—Y otra cosa —comentó bruscamente Dorothy—. También Kriss me gusta, pero no como te gusta a ti. Quiero decir que es demasiado joven para mí, ¿no opinas igual? Aunque él se interesara por mí de esa forma, que no es el caso.
—Vaya —repitió Gwenanda, de nuevo turbada por tanta transparencia mientras buscaba el modo correcto de pagar dulzura con dulzura. Pero sólo logró decir—: Has sido de gran ayuda esta vez, cachorra, ¿lo sabes?
—Ah-ah —contestó Dorothy, complacida—. Y apuesto a que no sabes lo bien que me siento por eso. ¿Sabes cómo era mi vida antes? Tenían que darme de comer, tenían que vestirme, necesitaba que alguien me sentara en el maldito retrete... ¡todos los días durante cuarenta y seis años! ¡NO sabes qué agradable es cuidar a otras personas para variar!
Y sonrió y acometió los casi fríos huevos, y no le molestó que de vez en cuando algún trozo cayera de nuevo al plato en su tembloroso tenedor.
—Yo me encargo de la limpieza —dijo tiernamente Gwenanda—, porque ahora te toca a ti dormir un poco.
Cuando llegó la noche de ese sábado la mitad de los inquilinos de Gwenanda estaba ya en su hogar, y los demás mejoraban con rapidez. No eran los más enfermos, desde luego. Las víctimas realmente graves continuaban en cuidados intensivos y la cifra de muertos superaba las dos mil personas... algunas irreversiblemente muertas, aunque muchas habían sido congeladas rápidamente a la espera de mejores tiempos, tras decidir los médicos que conservaban una chispa de vida pero con un pronóstico inmediato poco halagüeño. La crisis estaba superada. Los miembros provisionales del S.E. quedaron exentos de sus obligaciones. Kriss lo celebró brincando en la cama del cuarto de Maris, recién abandonada por un par de convalecientes turistas de la isla de Maui. Gwenanda, junto con el enfermero de Omaha, apiló camillas y colchones para la recogida y el piso quedó aseado hasta cierto punto. Luego se echó de nuevo al lado de Maris y una vez más se dio el gusto de dormir un rato.
Cuando despertó, Maris se hallaba de pie junto a la cama. Se había bañado, mudado y peinado, y sostenía un vaso de zumo para Gwenanda.
—Tómatelo, mapi —ordenó—, porque necesitas muchos zumos.
—Ah, gracias, carrillitos —repuso Gwenanda medio dormida, e hizo un esfuerzo para sentarse en el borde de la cama. Con una mano cogió el vaso, con la otra se apartó el pelo que le caía—. ¡Cachorrilla! ¿Qué haces levantada? ¿Te encuentras bien?
Maris supervisó los tragos de zumo antes de responder.
—El enfermero dijo que podía levantarme, porque me encuentro bien. Dijo que no comiera mucho, que no me cansara, que me acostara temprano, que tomara zumos —recitó, y agregó—: ¿Gwenanda? ¿Puedo decirte una cosa?
—¡Claro que puedes! —Gwenanda se vio reflejada en el espejo que estaba detrás de la pequeña, y se estremeció.
—Siento haberte gritado.
—Ah, no me gritaste. —Gwenanda se arregló los chafados y espantosos rizos. En vano. ¡Perros, parecía que alguien se hubiera sentado en su cabeza.
—Si grité —dijo resueltamente Maris— fue sólo porque estaba soñando y pensé que tú eras ella. Mi otra mapi, quiero decir. Pensé que ella quería pegarme otra vez.
—¡Ah, cachorros!
—Ella no quería estar siempre pegándome, ¿sabes? Papi decía que lo hacía porque estaba enferma. Decía que no debíamos hablar con nadie hasta que ella mejorara, porque si no se la llevarían de casa...
—Vaya.
—Pero un día ella... Un día cogió la garrafa y... —Maris tragó saliva—. Bueno, él murió, ya no había secreto, pero nunca se lo he dicho a nadie, Gwenanda, de verdad. —Hizo una pausa, mientras Gwenanda la apretaba en silencio contra su pecho, y después añadió—: Si... si alguna vez te pones enferma, Gwenanda, y tienes que hacer una cosa como ésa... tampoco se lo diré a nadie.
Gwenanda notó que estaba murmurando algo con voz ronca. No eran palabras. Ni siquiera era un ¡vaya! Pero Maris pareció contentarse con eso. La niña se dejó abrazar un momento, luego se separó con suavidad.
—Tú seguramente querrás arreglarte, mapi —dijo, muy práctica— y yo he prometido ayudar al enfermero.
Dio un serio beso en la mejilla a Gwenanda y se fue a cumplir sus obligaciones.
Gwenanda se frotó los ojos, permaneció sentada unos instantes, suspiró y se levantó para iniciar las «reparaciones» de su persona. El suspiro fue triste, suave y añorante, pero con él se libró de toda la tristeza que sentía, y sólo le quedó bienestar. Había tenido dos días espantosos y agotadores, con no más de alguna hora de interrumpido sueño. Pero en la ducha cantó y fue un vendaval de alegría. El agua caliente resbalaba por su saludable y esbelto cuerpo cuando alguien apartó bruscamente la cortina y Kriss asomó la cabeza, con los ojos hinchados y encendidos.
—¡Es la RGC, Gwennie! ¡Ha empezado!
—¡Oh, perros! —exclamó Gwenanda remordida por la conciencia... ¿Cómo podía haberse olvidado de eso?
—¡Sal de la maldita ducha! Están seleccionando cuantos al azar... ¡Tienes que estar preparada si te convocan!
VI
¡Debían haber pospuesto la RGC! ¡La ciudad de Nueva York no estaba preparada! Diez millones de personas bajo la cúpula, en inmensidades subterráneas al otro lado del río, en los suburbios... ¡todos habían tenido otras cosas en la cabeza durante los últimos días, no el maldito problema de qué hacer con unos cuantos ríos de Alaska! Gwenanda refunfuñó disgustada mientras trataba de secarse, gruñó por el ruido que hacía Kriss para apresurarla. Pero naturalmente, no se trataba de una insignificante reunión local para hablar de la maldita cúpula, el plan de transportes o el cambio de zonas. ¡Era la reunión suprema, de alcance continental, desde los trópicos al polo! Los Estados Unidos enteros, todo el Canadá y una buena porción del noroeste de Méjico estaban afectados, de un modo u otro, y los quinientos millones de personas que vivían allí tenían idéntico derecho a ser escuchadas.
La circunstancia de que una persona tuviera tanto derecho como cualquier otra no significaba que sus posibilidades fueran grandes. No cuando el universo de esa Reunión Global Ciudadana especial comprendía la población de un continente entero. Las posibilidades eran terriblemente escasas. El Cuanto de Debate autorizado para una persona elegida por los ordenadores de selección fortuita era de treinta segundos. El tiempo permitido para los cuantos populares en conjunto era sólo de seis horas: doce períodos de media hora espaciados a lo largo de las veinticuatro horas disponibles para decidir la suerte de la ONACRI. Ello significaba poder escuchar exactamente a setecientas veinte personas. Réstese de la población total el veinte por ciento aproximado de ciudadanos demasiado jóvenes para participar. Réstese el sesenta por ciento, más o menos, que no tenía nada que opinar al respecto, o que al menos no habían introducido sus nombres para el sorteo.
Quedaban unos cincuenta millones de personas, y todas deseaban ser oídas. 50.000.000/720 = una posibilidad entre setenta mil de que saliera un nombre concreto en el sorteo y en consecuencia se escuchara el cuanto persuasivo, significativo, confuso o incluso absurdo del agraciado.
Y de hecho, las probabilidades eran mucho peores en ese momento, ya que Kriss y Gwenanda habían estado dormidos durante buena parte de la RGC. Se llegaba a la hora de más audiencia (las mil ochocientas en Nueva York, las mil quinientas en California), estaba a punto de empezar el último período de media hora para escuchar la vox populi y las últimas rondas de votaciones tendrían lugar en el transcurso de las dos horas siguientes. Gran parte del continente llevaba horas atenta al debate. Por eso Kriss instó a Gwenanda a que saliera de la ducha y se pusiera una bata. No había tiempo para que se peinara decentemente. Apenas tuvo tiempo para sujetarse el pelo con una toalla. Todavía resbalaban por su frente y por su nariz algunas gotas cuando Gwenanda se sentó al lado de Dorothy y Maris, ambas pegadas ya a la pantalla, fascinadas.
—Ese es de Miami Beach —anunció Dorothy— y me parece que no está a favor.
—Ya son dos seguidos —gruñó Kriss. El hombre de Miami era un trabajador de la construcción ataviado con un casco inclinado sobre su fruncida frente. Tenía un mentón agresivo y una voz áspera y resentida.
—...le toca beber a otro! El Aprovechamiento Energético de la Corriente del Golfo es tecnología probada. Dólar por dólar, sería una inversión mejor que la ONACRI, y yo afirmo que California es...
Pero sus treinta segundos acabaron. El hombre desapareció de la pantalla, y la opinión que sobre California iba a ofrecer al continente no fue oída más allá de la habitación donde se encontraba.
—Un puñado de estupideces —dijo Kriss, diagnósticamente rudo—. ¿Estás lista si te llaman?
—¡Perros! —gruñó Gwenanda—. ¿Cómo quieres que esté lista? No he tomado una gota de café, no me he peinado...
—Te traeré una taza de café —dijo Dorothy, y Maris se arrimó a Gwenanda.
—Estás muy bien con el sombrero —afirmó la pequeña, y Gwenanda, agradecida, la abrazó.
Kriss estaba inclinado hacia adelante, y repartía su tiempo entre la pequeña pantalla situada junto al teleinformador, donde tenía preparado el texto de su intervención, sólo por si acaso, y la pantalla principal, donde un maestro de escuela de Pensilvania ejercía su derecho.
—Oh, no —refunfuñó el consternado Kriss—. ¡Escucha a este chalado!
El maestro estaba explicando al continente que tampoco Pensilvania tenía suficientes lluvias, pero que la buena gente de Allentown no iba a mover un dedo para robar ríos a otras personas.
—¡Perros! —rezongó Kriss—. ¡Es el tercero consecutivo que se opone al proyecto entero! ¿Crees que el ordenador ha hecho trampas?
¡Probabilidad nula para eso! Gwenanda aceptó con ansiedad el café que le trajo Dorothy y emitió tranquilizadores ruidos en provecho de Kriss. Los ordenadores de la RGC empleaban algoritmos casi idénticos a los del Servicio Selectivo. De cualquier solicitante quedaban registrados datos de edad, sexo, ocupación, preferencias sexuales, educación, coeficientes de inteligencia y aptitud... todos los rasgos que diferenciaban un sector de la población de otro. Si el once por ciento de los ciudadanos era zurdo, de los 720 seleccionados unos ochenta, más o menos, veinte o veintiún doctores aparecerían en la pantalla. El ordenador no tenía en cuenta preferencias en relación al tema. Estaba ideado para elegir opiniones al azar, y eso hacía. Siempre. Aunque algunas veces, como en ese momento, tres personas seguidas atacaran a muerte la ONACRI.
Por primera vez Gwenanda sintió un escalofrío de maliciosa esperanza. Perros, ¿y si el proyecto acababa machacado? ¿Y si no quedaba ningún proyecto ONACRI? Kriss no tendría motivo para retozar en Seattle los próximos doce años, tendría que seguir en Nueva York donde todos serían muy felices. ¿Y si el muestreo era realmente significativo, y si la buena gente del continente, en su sabiduría, rechazaba el atolondrado plan?
Naturalmente, musitó la Gwenanda buena al oído de la Gwenanda real, apagando la voz de la tentadora Gwenanda, la ONACRI era un buen proyecto. Una vez hecha una gran obra como ésa, sería buena para todos a la larga...
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Han hecho un receso para votar —espetó Kriss—. ¡Ese chalado de Miami lo ha conseguido!
Así era. Los ordenadores de la reunión ciudadana habían tomado nota de las observaciones sobre el proyecto de la Corriente del Golfo (grandes y despaciosas turbinas extraerían energía de la corriente del río más grande del mundo para suministrar electricidad al continente) y habían contado las llamadas voluntarias en favor del mismo, sopesándolas según su procedencia y la clase de personas que las hacían. Su decisión final fue que existía suficiente simpatía por la Corriente del Golfo para plantear una duda. Y en consecuencia se produjo una votación. La presidenta en funciones de la comisión asesora de los congresos, con porte alegre aunque parecía que acababa de despertarse, anunció la votación:
—Sí o no, amigos. La idea es esta: si se aprueba la ONACRI, iniciaremos estudios para el proyecto del Golfo y si los resultados son buenos lo llevamos a la práctica. Digan si la idea les parece buena o mala. —Y dio instrucciones sobre qué número marcar para votar sí o no.
A Gwenanda le parecía buena la idea... tan buena como podía parecerle una idea que acabara alejando a Kriss. Tecleó su voto para la propuesta. Lo mismo hizo Kriss, y ambos fueron a la cocina para llenar de café sus tazas, dejando a Dorothy, complacida de tomar parte por primera vez en una decisión tan importante, tecleando con sumo cuidado su número de identificación y su voto positivo.
El cómputo fue rápido, pero aún no hubo que esperar un par de minutos para conocer el resultado.
—La presidenta no parecía aprobar el proyecto —comentó el inquieto Kriss—. Me pregunto cuánta gente debe pensar lo mismo. Aunque voten en favor de la propuesta.
—Todo saldrá bien —lo tranquilizó Gwenanda, y dudó de sus palabras. Dudó del significado de ese «saldrá bien». Se preguntó si no existiría algún modo de quedarse con lo mejor de ambas alternativas, que Kriss fuera feliz, que también lo fuera ella, que Maris tuviera un hogar.
—Pues claro que sí —dijo Maris detrás de ella, sobresaltándola—. ¿Puedo tomar un vaso de leche?
—Oh, claro —contestó Gwenanda, pero Kriss ya estaba sacándola para la niña.
Vaya, pensó Gwenanda mientras construía castillos de hadas en su cabeza: los dos como padres de Maris, igual que en ese momento, juntos para siempre... bien, hasta que la niña creciera, como mínimo...
—¿Gwenanda? —gritó Dorothy desde la otra habitación—. ¿Qué pasa cuando sale tu nombre en la parte baja de la pantalla, unas letras rojas que la cruzan...?
Gwenanda se quedó boquiabierta.
—¡Perros! —chilló Kriss. Dejó bruscamente la leche delante de Maris y saltó hacia la puerta.
Al cabo de un momento gritó de nuevo:
—¡Eres tú, Gwennie! ¡Te han elegido! ¡Tienes que hablar dentro de dos minutos!
¡Elegida! ¡Dos minutos!
—Mierda de perros —gimió Gwenanda, y movió la cabeza.
La toalla se soltó detrás de su cabeza, y tuvo que volver a atarla.
—¡No es justo! —vociferó, y se refería a tener que ponerse ante la cámara con aquel aspecto, a tener que hacer algo cuando estaba fastidiosamente exhausta, a todo.
—¿Qué pasa, Gwenanda? —preguntó Maris.
—Oh, cachorros, ¿qué voy a hacer? Kriss desea tanto esto... pero tendrá que irse a Seattle... pero... ¡Oh, maldita sea!
—Es lo que dice él —repuso Maris. Dejó el vaso de leche para coger de la mano de Gwenanda—. Ese Marcorelio.
—¿Quién?
—Lo que vi donde tú trabajas. Si es verdad, dilo, si no, no lo digas. Está bien, ¿no?
—Vaya —dijo Gwenanda. Frotó la nariz en el pelo de la niña, con el corazón palpitando de amor—. Vaya.
Seguía cogida de la mano de Maris cuando las dos volvieron al salón que miraba al parque, con la cortina de ópalo de la cúpula a lo lejos. Kriss era todo nervios.
—Ten cuidado de no sobrepasar el tiempo —dijo muy inquieto—. Coge mi cuanto si no sabes qué decir... ¡Perros, Gwennie! ¿Estás lista?
—Estoy lista —repuso ella mientras la luz roja indicaba los segundos que faltaban.
En el último momento cogió a Maris en su regazo, y las dos miraron la pantalla en cuanto la luz de aviso indicó que estaban en antena.
—Creo —intervino Gwenanda con voz segura— que debemos decir sí a la ONACRI. El agua no es útil para nadie si corre hacia el norte, y sería muy útil para muchas personas si fuera hacia el sur. Es una obra enorme, costosa, pero podemos afrontarla, y después será rentable durante dos siglos. También creo que no debemos recargar el proyecto con un montón de promesas para otros proyectos en otros lugares, o de lo contrario acabaremos atados con unos nudos que tal vez nos opriman. Y, por último, creo —continuó tras mirar de reojo el indicador de tiempo— que deberíamos alegrarnos de poder hacer tanto con tanta facilidad.
Y cerró los labios para esbozar una suave sonrisa en el mismo momento que la luz de aviso se apagaba... segundos antes de que volviera la cabeza y le cayera en los ojos la empapada toalla.
—¡Has estado magnífica!. —exclamó Kriss con verdadera adoración.
—Naturalmente —repuso Gwenanda a través de la toalla, pero estaba lejos de sentirse alegre, ya que no sabía exactamente qué había hecho.
Lo que había hecho, probablemente, no era demasiado. El cuanto de debate de Gwenanda era sólo uno entre setecientos veinte, treinta segundos como resultado de largas horas de discusión, corrección y meditación. Sin duda alguna la atractiva y morena magistrado del Tribunal Supremo con su encantadora hija rubia en el regazo componía una imagen seductora. Sin duda alguna sus palabras habían sido sensatas. ¿Pero podía una sola persona influir realmente en la decisión de quinientos millones?
Quizá no. Pero una persona podía ciertamente participar en la decisión.
Hubo otras siete votaciones telefónicas por cambios habidos en las últimas horas de la RGC. Vez tras vez la pregunta fue formulada con ligeras diferencias, y votación tras votación los mediadores buscaron variaciones mediante sus ordenadores para llegar a una fórmula mejor.
Pero después de la segunda votación, el tema dejó de ser dudoso. Si los canadienses iban a estar satisfechos con las compensaciones por sus ríos... Si se aseguraba un mínimo de retención de caudal a los habitantes de Alaska, el Territorio del Noroeste y el Yukón... Si se prometía a los mejicanos una baja salinidad en las aguas residuales para sus cosechas... Si el Midwest obtenía una parte de la energía hidroeléctrica, y el Este una prioridad en el proyecto de Corriente del Golfo... Si todos estos intereses podían reconciliarse, se llegaría al sesenta por ciento de voto afirmativos precisos...
Y así fue.
Cuando la RGC llegó a la última votación, Gwenanda y Kriss estaban sentados codo con codo delante del monitor, Maris medio dormida entre ambos y Dorothy en el suelo junto a los demás con sus torpes piernas cruzadas como en posición de meditación. El piso estaba silencioso. Todas las víctimas de la gripe se habían ido hacía tiempo. Durante los descansos del debate los cuatro habían guardado camas plegables, echado sábanas en la cesta de ropa sucia, devuelto los muebles a sus posiciones originales. Cuando el continente expresó su voluntad y se hizo el cómputo definitivo, el piso volvía a tener el aspecto de siempre. Majestuoso, elegante, enorme, demasiado grande para ser el hogar de una juez del Tribunal Supremo cuyo amor iba a estar muy lejos.
El proyecto ONACRI obtuvo quince millones de votos más de los precisos. Maris echó los brazos al cuello de Kriss.
—¡Hurra por ti! —exclamó y se dejó levantar alegremente hasta casi el mismo techo. Y con el vaso de leche de las buenas noches tomó una gota de la botella de vino que Kriss abrió para celebrarlo.
Cuando Maris y Dorothy estuvieron acostados, y cuando Kriss y Gwenanda empezaban a tener idéntica necesidad, ambos acabaron el vino. Se hallaban muy juntos en la terraza que daba al Puente Arco Iris, muy silenciosos, hasta que Kriss estalló.
—¿Cuánto tiempo te queda en el Tribunal?
—Cuatro meses hasta el final de este período —dijo con tristeza Gwenanda— y luego otros dos años como veterana.
Kriss asimiló pensativamente la respuesta.
—Tal vez pasen tres o cuatro meses hasta que estén listos para enviarme a Seattle —dijo.
—Ajajá.
—Pero luego están los otros dos años.
—Ajajá —dijo Gwenanda, que hacía tiempo que había hecho los mismos cálculos.
Guardaron silencio unos instantes y contemplaron la convaleciente ciudad.
—Oh, perros —dijo Kriss por fin—. Vamos a la cama.
—Ajajá —repitió la desesperada Gwenanda.
El cansancio acumulado los hizo dormir sin sueños. Al romper el día Gwenanda despertó, brusca y rápidamente. El pesado brazo de Kriss estaba sobre su caja torácica y la vellosa barba del ingeniero apoyada en su hombro. Gwenanda se soltó con suavidad, se puso una bata y encontró a Maris en la cocina. La niña había cogido un par de papayas maduras, que abrió y enfrió en el frigorífico. Tenía una piel vacía en un plato, ante ella, y rápidamente se levantó y trajo otra mitad para Gwenanda.
—¡Perros! —dijo Gwenanda al ver la fruta.
Maris reaccionó con preocupación.
—¿No he sacado todas las semillas?
—Oh, sí, claro, pero... —Por un momento la maldita papaya le había recordado mucho a un maldito mango. Pero no podía rechazar lo que su hija le había preparado, a pesar de todo...
Había exprimido una lima fresca sobre la fruta e iba a comenzar a comer cuando se detuvo con la cuchara a medio camino de la boca.
Miró al frente sin ver nada, con los ojos muy abiertos. De pronto el sol brillaba más, el aroma tropical de la fruta era más dulce, el mundo entero más amable.
—Si no son las semillas, ¿qué está mal entonces? —preguntó la preocupada Maris.
Gwenanda le mostró treinta y dos fuertes y blancos dientes, encantada con la idea que acababa de ocurrírsele.
—¡Oh, cachorrilla! ¡Nada está mal! —exclamó—. ¡Lo que pasa es que todo está francamente bien!
VII
Hundida doscientos metros en el plateado esquisto de Manhattan, la gran cámara hemisférica estaba fría y silenciosa, aunque la gente que la llenaba hervía de entusiasmo. Gwenanda se detuvo camino del vestuario para entreabrir la puerta de los magistrados. Como cualquier actor, Gwenanda estudió al público. Parecía una buena audiencia. Nada de aprendices esta vez, sino litigantes, abogados y abundantes ciudadanos normales que acudían a ver el ejercicio de la justicia... y todos ellos con esa jovialidad (hemos-vencido-al-mal-esta-vez) que era consecuencia de la epidemia.
Gwenanda cantó en silencio mientras se vestía, y luego se admiró en el espejo. Mal detalle que la capa cubriera su espectacular blusa hawaiana negra y roja, ¡maldición!, pero la guirnalda de flores que llevaba al cuello, los cuarenta rizos pulcramente recortados... ¡eso era estupendo!. Gwenanda contempló la atractiva y altanera hembra del espejo. Luego suavizó su porte, sonrió, se echó un beso y dio media vuelta para ocupar su lugar junto al resto de los jueces.
Samelweiss tenía la noción de que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, al entrar en la sala de justicia, debía hacerlo con ceremonia. Vestido de gala. En fila india. De forma majestuosa y, naturalmente, con el presidente en primer lugar. Detrás de Samelweiss entraron los otros dos veteranos, luego Gwenanda y su cohorte y en último lugar los primerizos. Como siempre, los Gemelos de Hojalata se lanzaron agudísimos y rapidísimos bips, ya que su movilidad era muy inferior a la de sus colegas orgánicos. Pero hicieron lo que se esperaba de ellos. Incluso lucían togas... o lo más parecido a ellas que podían lucir, a saber, una especie de tapetes negros atados a sus superficies superiores. También ese detalle era un capricho de Samelweiss.
Igual que el cada vez más numeroso público, todos los magistrados tenían humor de supervivientes, rieron y se dieron codazos mientras tomaban asiento. Cuando se acercó contoneándose Gwenanda, Samelweiss estiró la mano en un gesto veloz y festivo... y falló, porque ella fue más rápida que él.
—¡Cachorra! —dijo jovialmente—. ¡Estuviste fabulosa en la RGC ayer por la noche!
—Ah, ¿me viste? —preguntó Gwenanda, satisfecha por haber rozado la fama. Compuso su peinado mientras el resto de magistrados la felicitaban, y después adoptó una expresión seria—. Tengo que hablarte de algo, presidente.
—Para eso estoy aquí —repuso él, risueño.
—Estoy pensando en un trato. Supongamos que acepto ser presidenta el año que viene. ¿Significa eso que puedo elegir la sede del Tribunal?
—¿Te estás acalorando en Nueva York, preciosidad? —bromeó Samelweiss, y entonces vio que Gwenanda estaba muy seria—. Bien, no debo decidir yo la sede, por supuesto, pero suele ser un privilegio del Presidente del Tribunal. Así que podrás hacerlo, suponiendo que seas elegida presidenta, claro.
—Cuenta con mi voto —dijo Park detrás de ella—, aunque espero que no desearás trasladarte a Houston... Ya he pasado allí treinta y un años, y eso es suficiente.
Acto seguido sonó la voz melodiosa del Colega Digital.
—Votaré gustosamente por ti, Gwenanda. No creo que los miembros menos veteranos se opongan... pero, ¿tendré que llevar puesta esta maldita alfombrilla cuando seas presidenta?
Atrapada entre el C.D. y Samelweiss, poco podía decir Gwenanda.
—Tendremos que considerar ese detalle posteriormente. —Pero con el ojo que no veía Samelweiss hizo un claro guiño al Colega Digital.
—Pues no hay problema —dijo Samelweiss, con cierto desánimo al pensar en un futuro en el que otra persona, no él, heredaría el manto de John Marshall y Charles Evans Hughes—. ¿Adonde quieres trasladarte?
—Hombre —dijo Gwenanda—. ¡A Seattle, naturalmente! ¿Adonde si no?
Medio millón de personas en la ciudad había notado el frígido aliento de la muerte en su cuello, pero los principales protagonistas de la jornada no habían sido afectados. Naturalmente que no, pensó Gwenanda mientras observaba ceñudamente a los dos, serios y hostiles en medio del jovial gentío que ocupaba los asientos del público. Aquellos dos debían estar tan llenos de viejos gérmenes que eran prácticamente ratas de ciudad, tan vilmente astutas que ninguna trampa, bacteria o veneno podía dañarlas. Habían decidido sentarse juntos, un oasis de hielo en la ardorosa sala del Tribunal. Hasta los dos abogados, que flanqueaban a ambos personajes, se apartaban de éstos para charlar con algún vecino o gritar saludos a los magistrados.
—¿Cómo va eso, C.D.? —gritó Wally Amaretto, abogado del lunático que demandaba dos billones de dólares, Horatio Margov—. Oye, ¿sabías que este hombre, Tim Kapetzki es otro abogado latoso?
—Sí —repuso el Colega Digital—. Está en el archivo. ¿Cómo estás, Tim? —Debido a que el C.D. estaba jugando ajedrez a distancia con uno de los auxiliares (en ese momento en el vestuario) y al mismo tiempo calculando apuestas para las carreras de la tarde en provecho de Samelweiss, sus circuitos se hallaban sobrecargados. Su voz sólo disponía de una limitada banda de frecuencias, y por eso sonaba como si fuera producida por una cuerda sobre un bote de hojalata.
—Bien, gracias —repuso Kapetzki, haciendo caso omiso de los jadeos y furiosas miradas de los dos clientes—. ¿Cómo va la partida, C.D.?
—Mate en veintidós —sonó la aflautada voz del Colega Digital.
—Fabuloso, C.D. Escucha, ¿por qué no vemos estos casos para poder salir de aquí?
—Bueno, bueno —dijo con benevolencia el presidente del Tribunal—. Debes esperar tu turno, porque hoy tenemos un orden del día muy apretado a consecuencia de la RGC y todo lo demás. Vamos con ello, ¿eh? —añadió, pasando la mirada sobre la hilera de colegas—. ¡Se abre la sesión!
Y los abogados aguardaron su turno, aunque no de buen humor. Mientras los casos pasaban velozmente por el aparato judicial, Margov y Jocelyn Feigerman adoptaron sucesivas expresiones de hostilidad, desprecio y, finalmente, puro asombro. Había infinidad de casos: un temerario aficionado a practicar vuelo libre bajo la cúpula, un ingenioso realizador de desfalcos especializado en créditos, y tres o cuatro reos de delitos menores que no habían aceptado la dura justicia del agente del Servicio Especial más próximo. Había no menos de veintiocho protestas ya presentadas contra diversos detalles de la decisión de la RGC sobre el proyecto ONACRI. Había un asesinato, un pederasta, y el caso especialmente desagradable del empleado encargado de asignar trabajos selectivos sorprendido cuando aceptaba sobornos para certificar tareas que los interesados no habían hecho. Gwenanda se descalificó a regañadientes en el caso del pederasta, ya que no logró borrar la visión de Maris, asustada, herida y sin comprender nada, como una de las víctimas. (Pero se alegró mucho los otros ocho magistrados decidieron por unanimidad congelar al imbécil, y usó el tiempo libre para consultar listados de pisos en Seattle.) Empleados y auxiliares habían introducido ya en el ordenador las protestas contra el proyecto ONACRI, y los Gemelos de Hojalata informaron que ninguna tenía valor, que eran simples tentativas desesperadas de distintas clases de intransigentes. Cinco minutos bastaron para que el Presidente del Tribunal acabara con la existencia de las protestas a golpes de mazo. Aún así, el Tribunal tardó más de dos horas en acabar con las atracciones secundarias de la jornada y Gwenanda, que contemplaba distraídamente los adagios en movimiento...
«Lo único preciso para remediar los males del mundo es hacer justicia y conceder libertad.» Henry George.
...empezó a notar que el hambre la distraía de sus hermosas y ociosas meditaciones sobre el futuro en Seattle. En ese momento se percató de que el lunático que exigía dos billones de dólares estaba convirtiéndose de nuevo en avispa...
—¡Señor Presidente del Tribunal! ¡Caballero! ¡Creo que estamos aquí desde mucho antes que esta buena gente!
—Vaya, por supuesto que sí —dijo amistosamente Samelweiss—. Me alegra anunciar que ustedes dos serán los próximos casos... en cuanto hayamos comido.
—¡Comido! —retumbó la voz del ex cadáver, como si el vocablo estuviera relacionado con cierta locura inventada por aquellas monstruosidades del futuro.
—La comida, sí —ordenó Samelweiss, y muy sonriente agregó—: Y he reservado a ustedes dos para el postre.
Samelweiss, pensó Gwenanda, ocultaba algo. Se mostró muy educado con Horatio Margov, le sonrió, lo animó a tomarse tiempo con su discurso...
—Me refiero a su... como se dice... a su exposición —rectificó el Presidente... y en ningún momento dejó de esbozar la misteriosa sonrisa de un gato que ha estado lamiendo nata.
Y Gwenanda, que sí que había estado lamiendo una golosina, el más celestial bizcocho de fruta de su vida, con un mínimo de tres centímetros de nata encima, como remate de una de las mejores comidas que había paladeado, estaba tan satisfecha que reaccionó con tolerancia. Incluso se mostró alegre, como obviamente estaban todos los jueces aunque algunos se esforzaran en ocultarlo.
—Pertenecí, honorables magistrados —declamó el lunático—, a la misma profesión que sus señorías, como es bien sabido...
Y continuó así. Samelweiss no le ordenó, en ningún momento, que hiciera el maldito favor de ir al grano.
¡Qué malditamente fabulosa había sido la comida! Habían ido al restaurante donde trabajaba Dorothy, un local de nuevo bullicioso y festivo como la ciudad entera. Y habían ido los mismos: Kriss y Maris acompañando a Gwenanda, Dorothy sirviéndoles y sentándose un momento con ellos de vez en cuando, siempre que tenía la oportunidad. ¡Pero la sensación fue muy distinta! Gwenanda pensaba que tal vez había cometido un error al invitar a Dorothy a ir con ellos a Seattle, incluso a vivir con ellos y atender a Maris hasta que ella se adaptara... ¡Perros! ¿Y si Kriss opinaba que Dorothy no era demasiado vieja para él? Pero eso no sucedería. Gwenanda alzó la cabeza y sonrió a las dos personas más importantes en su vida, sentadas al fondo de la sala bajo las brillantes letras rojas que anunciaban:
«La justicia es la verdad en acción.» Benjamín Disraeli.
Los dos le devolvieron la sonrisa, y Gwenanda tuvo que hacer un esfuerzo inmenso para no saltar de su silla e ir a abrazarlos.
Pero en vez de eso se esforzó en prestar atención al lunático. El lunático estaba recitando grandes losas autobiográficas. Un detalle notablemente peculiar. El viejo Presidente del Tribunal no solía consentir que la gente hiciera eso (y cuando lo consentía, desaparecía en los lavabos hasta el final de la perorata) pero en aquel momento se mostraba risueño y prestaba atención al alegato.
—...una persona de cierta categoría. Fui senador del Estado durante ocho años, posteriormente miembro del gabinete del gobernador. Mi nombre se mencionó como candidato al mismo cargo de gobernador, de hecho, pero me decidí por la que consideraba, y sigo considerando, más honorable profesión de juez. Como jurista gocé de cierta reputación de severidad con los delincuentes notables y reincidentes... en realidad la prensa me calificaba con el apodo «El Verdugo de Harlem». —Miró rápidamente a los nueve magistrados—. Al término de la que en general fue considerada una carrera notable, descubrí que me hallaba gravemente enfermo y decidí recurrir a la suspensión criónica, ya que mi médico no se hacía responsable de un tratamiento en aquella época.
—Ha regresado usted con mucha salud —comentó el presidente.
—Sólo después de mucha terapia —se apresuró a contestar el Verdugo—. Y ésa es la esencia de mi caso, Su Señoría. ¡Excesiva terapia! Graves dosis repetitivas, que incluso pusieron en peligro mi vida, de vacunas y agentes inmunizadores de toda especie, provocadoras de grandes dolores y pérdida de facultades. Estoy dispuesto a presentar como prueba ciertos documentos que demostrarán...
—Ah —dijo el Presidente, interrumpiéndolo—, ya los tenemos.
—¿Perdón? —contestó Margov, desconcertado.
—Ya tenemos los documentos —explicó Samelweiss—. No «ciertos» documentos. Todos. Puede callarse un rato, porque hay otro asunto. ¿Wally? ¿Quieres acercarte y explicar a todos lo que me explicaste en el bar, mientras aguardábamos a que quedara una mesa libre?
Wally Amaretto se levantó y se acercó a los magistrados. Se humedeció los labios mientras miraba a su cliente.
—Él se enfadará, presidente —dijo con tristeza el abogado.
—Di la verdad y avergüenza al diablo, Wally —repuso con jovialidad el Presidente—. O, en este caso, avergüenza a tu cliente.
—Bien... Bien, él dijo, cuando hablamos de su caso, él dijo que le había costado muchos esfuerzos falsificar los documentos en el congelatorio.
Jadeos y balbuceos en la sala, mientras el Verdugo tartamudeaba de rabia. El Presidente estaba muy contento.
—Bien, haga el favor de callarse, Margov, mientras aclaramos todo esto. ¿Explicó él por qué hizo una cosa como ésa?
—Dijo que era para que no lo encontraran en seguida. Creo que tenía problemas con la ley, entonces.
—Aja. Y dime, Wally, ¿has informado de esto a alguna persona?
—Oh, claro. Le informé a él —Señaló al Colega Digital—. Los demás salisteis corriendo a comer, pero él no come, ya sabéis. Lo encontré jugando treinta partidas simultáneas de ajedrez, como es su costumbre. Lo informé, luego fui a tomar una copa y te vi.
—¡Protesto! —gritó Margov.
—Cállese. C.D., ¿qué nos dices?
—Es cierto —resonó la voz del Colega Digital. No estaba jugando al ajedrez en ese momento—. Llamé al congelatorio y ordené que inspeccionaran los archivos. Han tardado un rato... porque han tenido mucho trabajo en los últimos días... pero han averiguado que Wally estaba en lo cierto. Este acusado falsificó documentos.
—¡Alto, basta ya! —aulló Margov, y no necesitó micrófono para hacerse oír—. Protesto por la conducta poco ética de este abogado. Exijo su exclusión del foro. Y me opongo a las afirmaciones lesivas de ese magistrado, por cuanto yo no soy acusado. ¡Soy demandante!
—No —resonaron los ricos tonos de concentración del Colega Digital—, usted era demandante, pero vamos a declarar sin lugar su demanda. Los archivos del congelatorio muestran que usted ocultó sus datos personales en el historial de un tal Chrétien Entier. Cuando lo deshelaron los documentos continuaban desordenados, y de este modo consiguió que todos nos vacunáramos menos él.
—Muy bien —dijo Samelweiss con feliz indignación—. Usted se lo buscó, Margov, demanda denegada. Ahora tenemos que pensar qué haremos con este asunto de la falsificación de documentos.
—¡Me opongo! —exclamó el Verdugo—. ¡Tengo objeciones que hacer! ¡Recurriré contra esta sentencia!
Samelweiss lo miró fijamente con franco desconcierto.
—¿A quien piensa recurrir? Esto es el Tribunal Supremo, necio.
—¿Esta chusma estrafalaria, el Tribunal Supremo? —se burló Margov.
—Somos el tribunal más supremo que tiene usted, necio —observó el Presidente—. ¡Y está empezando a fastidiarme! ¡Algunos de ustedes, criminales actúan tan mal como los abogados!
—¡Insisto en mi derecho a ser escuchado por expertos competentes!
—¡Ya lo ha conseguido! Escuche, no disponemos de todo el tiempo del mundo, ¿sabe?, tenemos que... ¿Qué pasa ahora, C.D.?
El Colega Digital hacía fluctuar sus luces para recabar atención.
—Sólo quería proponer que lo escuchemos hasta el final. Presidente. El caso es bastante importante, al fin y al cabo.
Samelweiss se encogió de hombros, y el Verdugo reaccionó con alegría y una ligera preocupación al mismo tiempo.
—Agradezco la cortesía, Su Señoría —dijo, dirigiéndose al Colega Digital—, aunque si se refiere al asunto del error en los archivos, debo comentar que me asombra oír hablar de «caso bastante importante». Tal vez una sanción de cincuenta dólares, o quizá tan sólo una reprimenda... En cualquier caso —agregó, en respuesta a la furiosa mirada de Samelweiss—, no pienso hacer perder mucho tiempo al Tribunal. Lo único que deseo decir es que soy un extraño aquí. No estoy familiarizado con sus costumbres. En mis tiempos un tribunal lo presidía un juez. Un juez legalmente instruido, que por lo general tenía muchos años de experiencia como abogado litigante, estatal, etc... que tenía cierta práctica en su trabajo anterior. ¡Y ahora me encuentro con ustedes! Ninguno es abogado, en realidad. Ciertamente no son jueces. Son ciudadanos normales... bien, para ser franco, algunos ni siquiera se aproximan a lo que yo juzgaría «normal». Sin ánimo de ofender a ninguno de ustedes. Los han elegido para este cargo igual que... Dios mío, no sé qué decir... igual que si los reclutaran o algo parecido. Tal como yo lo entiendo, cierto bendito ordenador, sin ánimo de ofenderlos a ustedes, caballeros, cierto ordenador sacó sus nombres del sombrero... ¡y formó con ustedes el Tribunal Supremo! ¡Dios mío! ¿Cómo esperar que sepan algo de leyes?
Guardó silencio unos instantes mientras escudriñaba a los nueve magistrados. Su vigoroso y fotogénico rostro de político se había suavizado hasta adoptar una expresión de preocupación, menos distinguida pero mucho más humana, Gwenanda casi empezaba a sentir simpatía por el chiflado, cuando Margov intervino de nuevo.
—Creo que esto es todo —dijo con humildad—. Retiro demanda. En cuanto al otro asunto, supongo que obré mal y deseo pagar la sanción o lo que sea... aunque teniendo en cuenta mi historial, yo diría que una condena condicional es lo máximo que pueden considerar imponerme.
—Todo a su tiempo —gruñó Samelweiss—. Oh, ¿qué pasa ahora, C.D.?
—Querría responder a ciertas observaciones, por favor —dijo I-Max.
—¿Por qué?
—¡Como acto de cortesía! —resonó la respuesta del Colega Digital—. Además hay otras cosas. Primera, somos el Tribunal Supremo, porque prácticamente no existe otro tribunal. Es el único necesario, porque ahora ya no hay tantas leyes, y muchos problemas se resuelven donde se originan. Segunda, conocemos la ley muy bien, o como mínimo la conocen los ordenadores del Tribunal, y los amables empleados nos permiten saber cuanto queremos saber. Tercera, la razón de que veamos casos estrafalarios como el suyo es que no tenemos nada mejor que hacer... por el hecho de que ahora ya no existen tantas leyes, y por lo general la gente trata de resolver sus problemas sin más ayuda. Y cuarta... —El Colega Digital hizo una pausa antes de proseguir—. Y cuarta, hay cierto asunto que no hemos tratado aún. Ese tipo, Chrétien, que no fue vacunado, fue descongelado y quedó libre entre la población lleno de horribles bacterias antiguas. El cadáver que se encontró era de Chrétien. El vector de la gripe, presidente. Fue el motivo de que enfermara toda, o casi toda, la ciudad, con todos los problemas, preocupaciones y esfuerzos consiguientes. Teniendo en cuenta las otras enfermedades de que era portador ese hombre, tuvimos mucha suerte, sólo nos contagió la gripe. En definitiva Margov tiene motivos para estar preocupado, aparte del asunto de los archivos, porque es el culpable de todo lo que hemos pasado.
La sala entera se hallaba atónita. Ni un suspiro. Ninguna risita, ciertamente. Lo que había sido una despreocupada farsa cobraba un nuevo aspecto. En la sala apareció otro adagio...
«El pueblo hizo la Constitución, y el pueblo puede deshacerla.» John Marshall.
...y Gwenanda se preguntó vagamente si el Presidente había recurrido a la frase en provecho de Margov, aunque al igual que el resto de ocupantes de la sala se hallaba casi paralizada.
El Presidente del Tribunal fue el primero en reaccionar. Tenía los ojos entrecerrados. Sus cejas se alargaban hacia el puente de su nariz. Sus apretados labios formaban finas arrugas. Tocó un botón para cerrar todos los circuitos de abogados y litigantes.
—La cosa ha dejado de ser divertida —refunfuñó, sólo para los oídos de los magistrados—. Congelarlo sería demasiado bueno para ese bribón. ¿Qué hacemos con él?
—Confiscar todos sus bienes —sugirió I-Max—. Procede de la época de la propiedad, ¿sabéis? Eso será lo que más daño le haga.
—Veinte años de servicios obligatorios, sin créditos sustitutivos de impuestos —espetó Pak.
—Exiliarlo a Los Angeles —propuso Myra Haik.
—¡No es suficiente! —silbó Ángel—. Que pase por todos los martirios, por todos... Y posteriormente, cuando haya terminado, ¡volvemos a meterlo en el frigorífico!
Vaya, maldición, pensó Gwenanda mientras miraba al Gemelo de Hojalata. ¡Qué detalle tan extraño! ¿Por qué Ángel se ponía tan nervioso? Hizo caso omiso de los cuchicheos de los jueces. Tenía que averiguar la razón... ¡Claro! ¡Ángel era el otro magistrado que había caído enfermo! Por más asombroso que pudiera parecer, dentro de aquella lata de prótesis y dispositivos de sostén vital quedaba suficiente carne humana para contraer enfermedades y, en consecuencia, Ángel tenía una razón muy personal para desear un durísimo castigo al Verdugo de Harlem.
Y sin embargo, pensó desconsolada Gwenanda, no era correcto crucificar al canalla. A pesar del hecho de que, subjetivamente, cuando recordaba el terror de aferrar a su hija enferma, se sentía inclinada a pensar que no existía castigo lo bastante duro para él. Miró con odio a Margov que, lejos de mostrar arrepentimiento, reprendía con furia a su abogado, y sólo se calló para aceptar las condolencias y compartir resentimientos con la otra chiflada, Jocelyn Feigerman. La sala entera estaba cuchicheando. La noticia se había propagado, y allí estaban los equipos de televisión con sus cámaras, los periodistas, los corresponsales de otros países, los observadores nombrados por los ciudadanos... Todos iban a salir en las pantallas esa noche, pensó Gwenanda, y se miró rápidamente en el monitor para arreglarse los rizos... pero el problema continuaba allí. ¿O no?
—Hey, Presidente —llamó, dejando sin voz al resto de jueces—. ¿Qué te parece si nos serenamos un poco?
—Mira, Gwenanda —dijo Samelweiss, ofreciendo su magnífico perfil a las cámaras—, ¿por qué no acabamos con esto y nos libramos del tipo para siempre?
Pero el Colega Digital intervino con su aguda voz.
—Apoyo totalmente a Gwenanda, Presidente. Cierto, el tipo es un bribón. Pero estamos hablando como una chusma dispuesta al linchamiento, no como el Tribunal Supremo.
—Lo que podemos hacer —se apresuró a decir Gwenanda— es ver el caso de la chiflada. No será muy largo, creo, porque ella es más culpable que el diablo.
—Bien... —El Presidente del Tribunal miró a uno y otro lado y se encogió de hombros—. Acordado —anunció, y abrió los micrófonos—. Continuemos pues con la otra chiflada, pandilla. ¿Tim? ¿Quieres decir algo en nombre de tu criminal?
Tim Kapetzki se levantó muy despacio. Miró a su cliente, suspiró y, mientras se acercaba a los jueces, sacó un porro y lo encendió.
—Vamos a calmarnos un poco —propuso, y pasó el cigarrillo.
Y extrañamente Samelweiss, siempre en contra de que se fumara en la sala porque el humo le hacía estornudar, se limitó a sonreír mientras miraba directamente a la cámara.
—Muy bien —dijo el abogado defensor—, vamos al grano. Ella hizo lo que se afirma que hizo.
—¿Quieres decir que desea declararse culpable? ¿Que podemos pasar directamente a la secuencia?
—Bueno, un momento, Presidente. —Kapetzki suspiró de nuevo—. Ese término, «culpable», se refiere a muchos delitos. Es «culpable» alguien que coje una pistola y mata a otra persona. Es «culpable» alguien que está un poco confundido y hace algo casi por accidente. Admito que ella se aferra a un tipo de vida que podríamos llamar pasado de moda, y naturalmente que fastidia a otras personas...
—Estamos en la trigesimoprimera enmienda, ¿no? —intervino el Presidente. Tocó varios botones y al cabo de un momento apareció una frase en la cúpula:
«Nadie tiene derecho a molestar a otras personas. Esta enmienda tiene prioridad sobre cualquier otra consideración.» Trigesimoprimera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos.
Kapetzki ni siquiera miró la frase.
—Pero ella no se dio cuenta de que estaba molestando —dijo, aunque no muy convencido—. Hago una propuesta. ¿Por qué no dejamos hablar a la vieja muchacha?
—Bien, por supuesto —accedió generosamente Samelweiss, de nuevo sonriendo a las cámaras.
—¿Muchacha? —se extrañó Gwenanda, furiosa—. ¿Qué tontería es ésa?
—Perdóname, Gwenanda, tienes razón, pero ella siempre habla de sí misma como muchacha. Por ejemplo, «nosotras las muchachas solíamos hacer esto» y «cuando las muchachas nos unamos» y cosas por el estilo. Tendrías que hablar con ella alguna vez, Gwennie. Es muy interesante... pero no entiendo por qué todos los locos me tocan siempre a mí.
—Bueno, bueno —dijo Samelweiss, indulgente—. Hemos dicho que dejaríamos hablar a... eh... a la muchacha. Así pues, que hable. Adelante, Feigerman. Aquí está su oportunidad, no la desperdicie.
Y Jocelyn Balmer Tisdale Feigerman se levantó con dignidad y se presentó. En opinión de Gwenanda, la acusada no reflejaba su malicia... ¡Maldición! ¿Acaso no iban a darse cuenta los demás jueces de lo que realmente era? No parecía más alta que una niña de doce años, era rechoncha como un bebé y tenía los ojos de un triste y apagado color castaño.
—No sé —dijo la acusada— por qué estoy aquí, ya que ciertamente no he cometido delito alguno. Tal vez infringí alguna norma secundaria, pero lo hice únicamente en defensa de la ley divina.
—La trigésimo primera no es una norma secundaria —espetó Gwenanda, pero calló al notar los ojos del Presidente fijos en ella.
—Es posible —continuó resueltamente Jocelyn— que mi desconocimiento de las costumbres actuales me llevara a cometer un acto que encerraba más gravedad de la que yo suponía. Sólo puedo disculparme, igual que el juez Margov, y rogar que me concedan, como se la concedieron a él, la oportunidad de hablarles de mí, para que comprendan mis motivos y tomen en consideración mis antecedentes.
»Me educaron como una presbiteriana temerosa de Dios —continuó como absorta en una oración—. Me casé muy joven, con un hombre que murió al servicio de su patria. Algunos años más tarde contraje nuevas nupcias, con un distinguido ingeniero y filántropo, y fui su esposa durante casi treinta y cinco años. Era su esposa cuando se aceptó mi petición de suspensión criónica. Durante todo ese tiempo participé en asuntos comunitarios, y en especial me esforcé en impedir que asesinaran a niños nonatos. Aunque sólo pude tener un hijo, lo eduqué con la plena dedicación de una madre y...
—Espere un maldito momento —interrumpió Gwenanda—. A ver si lo entiendo. Tuvo dos maridos, en total durante treinta, cuarenta años, jamás se provocó una regla forzada ni nada parecido y sin embargo sólo tuvo un hijo.
El Presidente del Tribunal elevó el volumen de su micrófono.
—Alto, no sigas, Gwenanda —dijo severamente—. Corresponde hablar a la... eh... muchacha, ya sacarás a relucir sus trapos sucios más tarde.
Y por la línea particular llegó la susurrante voz de uno de los Gemelos de Hojalata, directamente en el oído de Gwenanda, aunque ésta no distinguió qué gemelo hablaba:
—¿Gwenanda? Me pregunto si no te interesaría descalificarte... al fin y al cabo, fuiste la responsable de la detención.
—Vaya, maldición —repuso Gwenanda, y guardó malhumorado silencio mientras Jocelyn Feigerman proseguía.
—Fui una buena esposa —dijo con firmeza—, pero además respeté la ley de Dios. El reverendo Arbneth solía afirmar que el mejor medio para controlar la natalidad es un dólar de plata. Póntelo entre las rodillas, no permitas que caiga y jamás tendrás problemas. Y no se equivocaba. Las muchachas de hoy... es decir, las muchachas de entonces, antes de mi suspensión criónica, debieron seguir ese consejo, de ese modo no habría existido necesidad de legalizar el asesinato, y estoy convencida de que ello conserva su validez ahora, por muchas cosas que hayan cambiado. El asesinato también es un delito. ¡Hay que impedirlo! ¡Mándenlas a la cárcel si no saben vivir con decencia! ¿Qué clase de mundo tendríamos si la gente hiciera cuanto le viniera en gana?
Y guardó silencio, cabizbaja.
Cuando se dio cuenta de que la acusada había concluido, el Presidente del Tribunal carraspeó y miró a los magistrados.
—¿Alguna pregunta, pandilla? —preguntó. No había preguntas. Samelweiss esbozó una sonrisa—. Bien, os diré qué haremos. Nos retiraremos a nuestras habitaciones un rato, encenderemos un porro y nos calmaremos un poco mientras pensamos qué hacer con estos dos... eh... casos anormales.
Y fue el primero en salir, risueño, porque si Samelweiss sabía hacer bien una cosa, en especial cuando los medios de difusión estaban presentes, ésa cosa era crear un clímax dramático para un caso interesante. Y, sin duda por obra del Presidente, mientras los jueces salían airosamente o arrastrando los pies, sobre sus cabezas las circundantes letras luminosas anunciaron:
«Nadie puede gobernar con inocencia.» Louis de Saint-Just.
Por tanto hubo tiempo, mucho tiempo para los furiosos cuchicheos entre acusados y abogados en la primera fila de bancos. Jocelyn y el Verdugo de Harlem empezaron a comprender hasta qué punto se hallaban empantanados, y Kriss y Maris, abrazados en las últimas filas, comentaron cuan orgullosos estaban de Gwenanda. Los representantes de los medios de difusión pudieron plasmar las necesarias reacciones del público. Y después volvieron los magistrados.
Regresaron sonrientes.
Cuando estuvo totalmente seguro de que las cámaras lo enfocaban, Samelweiss se dirigió a Myra.
—Myra, el Tribunal está preparado.
Myra Haik se llevó los dos dedos índices a los labios mientras pensaba un momento. Cuando se la miraba sin excesiva atención, Myra parecía una madre cualquiera, pero dentro de su aspecto de madre de cuarenta y seis años se escondía una dama peligrosa. Ambos acusados lo descubrieron al mirarla.
—Jocelyn —dijo la magistrado—, primero usted. Por derecho, correspondería a Gwenanda pronunciar la sentencia, pero se ha negado por cuanto fue ella quien la detuvo. Por eso he solicitado encargarme yo de la tarea. Le explicaré el motivo. He estado pensando que, de haber nacido un poco antes, mi vida habría sido muy parecida a la de usted, y todas las mañanas de mi vida agradezco a Dios que no haya sido así. Bien. En fin. Esto hemos preparado para usted. Vamos a darle un marido. Y usted será su... cómo se dice... su «esposa». Si él está de mal humor, tendrá que soportarlo. Si él ronca, dormirá menos. Si él bebe demasiado en una fiesta, usted se mantendrá serena para poder llevarlo a casa, y si él desea hacer el amor entonces y no puede porque está totalmente deshecho, usted se aguantará. Seguramente no tendrá que preocuparse por su maldito dólar de plata —agregó caritativamente—, ya que en el congelatorio, cuando la operaron para dejarla casi nueva, no creyeron que usted necesitara seguir ovulando. Como es lógico, siempre puede volver allí y recuperar lo perdido, si lo desea. Bien. Él no será guapo. Él no será ingenioso. Tampoco será un niño, y dentro de unos años usted tendrá que oír muchas quejas sobre su próstata, e infinidad de otras dolencias que son un poco desagradables. Bien, mierda, Jocelyn, ésa es la idea. Y la parte fácil.
»La difícil es ésta: tendrá que mantenerlo a raya. Le ofrecerá sexo cuando crea que lo merece. Se negará a hablar, y lo dejará con la duda de por qué se ha enfadado usted, cuando él haga algo que la enoje, como no recoger su ropa o hablar demasiado con alguna otra fémina en una fiesta. Le dirá que cualquier persona del mundo se preocupa más que él de su cuerpo y progresa más en su trabajo, y si alguna vez piensa que ha hecho algo especial, usted se apresurará a explicarle que, en el fondo, no tiene ninguna importancia. Hará esto todos los días de su vida y de la vida de él y nunca le concederemos el divorcio, y así lo ordena este Tribunal.
Mazazo.
—Caso concluido —exclamó muy contento el Presidente—. Ahora encárgate tú de la otra sentencia, Gwenanda.
Gwenanda hizo un orgulloso guiño a Kriss y a Maris antes de dirigir su mirada a los acusados. En ese momento parecían mucho menos arrogantes. Jocelyn se mostraba risueña y preocupada al mismo tiempo, como si pensara que no le había ido mal y, de todos modos, no supiese si sería capaz de soportar la prueba. El Verdugo de Harlem estaba simplemente asustado.
—Horatio —dijo Gwenanda—, lo más sencillo que podíamos hacer con ustedes, con los dos, sería volverlos a meter en el congelador y que el futuro se encargara de enmendarlos. Pero, mierda, seguramente continuarían siendo igual de fastidiosos cuando los deshelaran otra vez. Por eso hemos pensado en algo especial para los dos. Usted será la pareja varón unida a Jocelyn.
Gwenanda sonrió seductoramente a las cámaras. Y tras retocarse los rizos, se quitó la toga y avanzó por la atestada sala del Tribunal, con la blusa hawaiana roja y negra brillante, llameante, hacia el lugar donde aguardaban Maris y Kriss. Se besaron. Salieron los primeros hacia los ascensores públicos, cogidos del brazo. Y del brazo continuaron durante el largo trayecto ascendente, y pasaron las capas de roca abiótica, pasaron a los primeros procariotes y eukariotes, pasaron a las reptantes criaturas que sólo vivieron para cazarse unas a otras, desovar y morir, pasaron las rocas donde se hallaban sepultados los aullantes reptiles, pasaron a los primeros mamíferos, pasaron el salvajismo, pasaron la historia..., siempre hacia arriba, dejándolos atrás, hasta llegar al aire limpio, acogedor, civilizado...
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