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frederik pohl

un cielo de segunda mano (es)

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I
Y en cuanto estuvo terminada, la cúpula creó un nuevo mundo. Un espléndido mundo, con espléndidas tentaciones nuevas. Era un imán, y James Percy Nutlark fue una de las limaduras que atrajo.
—Quédate en Atlanta, Jimper —le suplicaron sus amigos del club—. ¡No te interesa ir a Nueva York! ¡Si te cogen planeando en Nueva York, te cuelgan!
Pero Jimper emigró de todas formas. Había que ir adonde estaba el trabajo y, además, Nueva York era la Gran Burbuja y ¿qué aficionado al vuelo no deseaba probar sus alas allí? Por eso llevó con él su viejo equipo cuando se trasladó y, en cuanto dispuso de una taquilla, una cama y un empleo, por ese orden, se dispuso a probar el aire. Localizó el superedificio que buscaba y abordó el expreso al bloque 75, llevando con naturalidad su bolso de Macy's en una mano y con el corazón latiéndole con fuerza. Tuvo que aguardar la llegada del vehículo vecinal, y se acercó al mirador.
Era el lugar conveniente, por supuesto. Allí estaba Central Park extendido abajo, con las brigadas de obreros muy atareadas con los preparativos de la Feria y, ¡Dios, más de doscientos metros de puro aire libre! Jimper no podía esperar. Por eso se obligó a tener paciencia: se desperezó, bostezó, miró con irritación su reloj, frunció el ceño y, en fin, adoptó el aspecto de un ciudadano con demasiadas cosas en su mente para pensar en infringir la ley. El policía de la sala de transbordo del bloque 75 era un recluta, ninguna amenaza real, mucho más interesado en mascar el chicle que llevaba en la boca sin mover las mandíbulas que en cualquier cosa que pudiera hacer Jimper, pero a pesar de todo el polizonte lo miraba. Jimper decidió no demorarse. Se situó en la parte trasera del vehículo vecinal en cuanto se abrieron las puertas. El policía perdió interés en él. El coche se llenó con rapidez, las puertas se cerraron y Jimper fue el único ocupante que se apeó en el piso 79.
«Sala 7900», le había dicho el tipo del bar. «Le costará veinte dólares y el sujeto es un pelmazo. Pero dispone de la ventana apropiada.»
La sala 7900 tenía una sólida puerta metálica con el letrero T.J. Hallen y Cia., Importaciones, y estaba cerrada con llave. Jimper se cambió de mano la bolsa y dio varios golpes fuertes. Al oír el clic de la mirilla, sonrió a la invisible persona que estaba detrás del pequeño ojo de cristal.
—Me manda el Barón —dijo.
Silencio. Después, apenas audible, una voz masculina al otro lado de la puerta:
—Barón ¿qué más?
Jimper arrugó la frente.
—¿Cómo voy a saber qué más? Sólo me ordenaron decir que el Barón me enviaba. Y veinte machacantes.
Más silencio. Luego los sucesivos ruiditos de tres cerraduras al abrirse (¿qué pensaba aquel tipo?, ¿que vivía en la Edad Media?), la puerta se deslizó un veinte por ciento del máximo posible y Jimper pasó encogiendo el cuerpo. El desconocido lo sujetó por el brazo, lo apartó de la puerta, atisbo el exterior y cerró, en esa ocasión sin llave. Miró un momento a Jimper, muy pensativo, como si pudiera diferenciar a un lobo de una abuelita postrada en cama y estuviera considerando cómo desenmascararlo, y finalmente cogió bruscamente la bolsa de Macy's. Buscó debajo de los vacíos cartones de cigarrillos. Al ver el equipo de Jimper se tranquilizó lo suficiente para hablar.
—Cincuenta dólares.
Jimper, que estaba buscando ya el monedero, detuvo su mano.
—¿Qué está diciendo? ¿Cincuenta? Me dijeron que el precio era veinte.
—Adiós, amigo —repuso en voz baja el desconocido, con la mano de nuevo en el pomo de la puerta.
Pero como Jimper no se movió, el hombre no abrió la puerta.
—No lo conozco, ¿sabe? —dijo, casi en tono de excusa—. Y, escuche, no sabe usted los sudores que paso. Veinte dólares no los compensan. Cincuenta, tampoco, pero tengo que vivir. Así que déme los cincuenta y prepárese. En el momento que salga por la ventana yo saldré por la puerta, y si hay preguntas no lo he visto en mi vida.
Contó las monedas que Jimper se apresuró a darle, y asintió.
—De acuerdo, hágalo rápidamente. Y salte hacia afuera cuando se vaya.
¿Qué importaba eso, en el fondo? Jimper se apartó del hombre y fue a la ventana, o al lugar donde debía estar la ventana tras las gruesas cortinas. ¡Dios! ¡Alquilar un despacho en la planta 79 y tapar la ventana con cortinas! Y además andrajosas y viejas, de poliéster aterciopelado, una tela que nadie usaría para vestir. Tal vez para adornos, para hacer un collar, cintas para las muñecas...
Jimper se dio cuenta de que estaba perdiendo el tiempo, y descorrió las cortinas. La ventana era una delicia, tres metros de ancha como mínimo, mucho espacio para el equipo. No parecía que fuera a abrirse, pero se abrió. Jimper se deslizó fuera, torciendo el cuerpo para sacar el equipo sin darle golpes, y se arrodilló al borde del vacío. Respiró profundamente por puro placer y por aquel ligero escarceo de estúpido temor que siempre se sentía antes de saltar. Apretó las correas de los hombros, se ciñó el cinto. Ajustó el gorro en su cara de tal forma que le permitiera ver pero no ser posteriormente reconocido, con suerte, por los vigías policiales, o que al menos no lo vieran con suficiente claridad para demostrar su culpabilidad. Y ya estaba preparado.
Oyó el sordo golpe de la puerta al cerrarse en el otro extremo de la habitación un instante antes de levantarse, apartó la mano del borde superior de la ventana y se lanzó a los doscientos cincuenta metros de hermoso, sobrecogedor y vacío aire.
¡Esa era la parte por la que todo valía la pena! Doscientos cincuenta metros de aire puro por encima, hasta donde podían verse las brigadas que trabajaban con los paneles de la cúpula, un cuarto de kilómetro por debajo, con las bicicletas y coches eléctricos que serpenteaban entre las obras del parque, y el viento que silbaba en los oídos y las alas extendidas y en perfecto estado... Jimper cayó aleteando más de diez pisos. El prolongado descenso a la altura de la planta sesenta empezó a preocuparle... y entonces las alas captaron el viento. Había una corriente ascendente.
Se remontó sobre los fríos tonos verdes y azulados de Central Park y sus lagos. ¡Estaba completamente solo en el cielo! De hecho, por el rabillo del ojo, distinguió otros dos o tres aficionados ilegales, hacia el borde oeste del parque, y también hacia el norte, ¡pero también iban solos! Por eso lo hacías, por el estímulo de la aventura solitaria, sólo tú y tu equipo, con la cúpula muy arriba y el suelo muy abajo.
Sonó un alarmante y agudísimo silbido en los terrenos de la Feria. Jimper se tambaleó un momento, perdida la coordinación. Pero se recobró de inmediato. Se trataba simplemente de un ruido contaminante que había invadido la red de sonido de la Feria, no de un superpolizonte. Pero Jimper había descendido casi un centenar de metros. Giró hacia la Calle 59 para meterse en alguna corriente ascendente de los elevados hoteles antiguos. Allí estaba la corriente esperándolo, aunque también notó un destello de luz estroboscópica procedente de la terraza del Plaza... algún policía con una cámara de largo alcance. No importaba. El gorro ocultaba toda su cara salvo los ojos, y hacía tiempo que Jimper había quitado los números de las alas. Jamás lo identificarían de ese modo. El único peligro real sería el aterrizaje, y ya tenía planes para eso. Un estúpido que hiciera su primer vuelo podía dirigirse al centro del parque, donde los polizontes veían a cualquier aficionado a un kilómetro de distancia y lo detenían antes de que pudiera guardar las alas. Era posible perder el equipo de esa forma, aunque el propietario no acabara detenido. Jimper Nutlark era mucho más listo. Había inspeccionado toda la zona central con vistas a un aterrizaje perfecto durante su primer día en Nueva York. Cualquier chiflado podía planear... ¡pero sólo los sensatos conservaban sus alas para volar otro día! Jimper ascendió lentamente en espiral hacia la vertical del techo de la cúpula, contempló la ciudad y la paz se adueñó de su alma. Abandonó la corriente ascensional a trescientos ochenta metros según el altímetro que llevaba en la muñeca, y observó anhelosamente la parte sur, más allá de Times Square y los superedificios del centro. Era visible el lugar donde la cúpula del norte se curvaba para formar la burbuja de inferior altura que la unía a la otra gran cúpula al sur de Houston Street. Un día, prometió Jimper, se lanzaría desde algún lugar cercano, cruzaría planeando el enlace y no aterrizaría hasta llegar a Bowling Green. Pero no ese día. Todavía no conocía el ambiente. Por lo tanto viró hacia el norte y hacia el oeste, con los hermosos colores del parque debajo. Una parte del cerebro de Jimper reparó en los colores y, de modo automático, los transformó en tejidos para hacer blusas, pantalones de tiras y cintos. Pero gran parte de su mente estaba simplemente vacía, aceptando los tranquilos placeres del cielo. ¡La cúpula de Atlanta no era nada comparada con ésta!
La temperatura media del interior de la Gran Burbuja era de veinticinco grados, en una agradable tarde de mayo. (El hecho de que la tarde de mayo fuera agradable o no en el exterior de la cúpula en ese preciso momento no tenía, naturalmente, ninguna importancia.) Las «olas de calor» se producían con temperaturas de veintisiete o veintiocho grados, y en pleno invierno el termómetro bajaba nada menos que a quince grados. En esas épocas los neoyorquinos vestían camisas de manga larga, incluso chaquetas ligeras, y parloteaban muy excitados del frío que hacía. Con la puesta del sol, de vez en cuando, la humedad del aire se condensaba en la superficie interior de la cúpula, y el agua que no desaparecía por los conductos como se suponía debía hacer, caía en forma de gruesas y suaves gotas de lluvia. Jamás nevaba. No en el interior, por lo menos, aunque cualquier persona provista de gemelos podía ver cuanta nieve quisiera, invierno tras invierno, deslizándose con furia sobre las partes transparentes de la cúpula.
Jimper sobrevoló el parque aprovechando una corriente ascendente de los grandes edificios de Central Park West y efectuó un rápido viraje hacia el mismo borde de la cúpula, que se perdía en el río más allá de Riverside Drive. ¡Cuántas maravillas que explorar! ¡Y qué hermosas! Muchos de los edificios más modernos eran altísimos, llegaban hasta la curvatura de la cúpula y contribuían a mantenerla rígida frente a la fuerza del viento. A causa de su altura se precisaban muy pocos, y por ello había más espacios libres. Visto desde lo alto, más de la mitad del West Side neoyorquino estaba formada por pequeños parques... aunque algunos, de cinco hectáreas y más, se elevaban trece pisos sobre el nivel del suelo. Jimper seleccionó bloques y barrios que exploraría a pie. Quizá el próximo día libre de Joan-Mary...
Pero había olvidado la decisión de Joan-Mary de quedarse en Atlanta. Jugarretas del cerebro a los despistados. Y el pensamiento deprimió el talante de Jimper.
En cualquier caso, era absurdo abusar de la buena suerte el primer día en una nueva cúpula. El récord de vuelo de Jimper era tres horas y cincuenta minutos, en Atlanta, un día en que ascendió sin cesar hasta prácticamente tocar la misma cúpula. Pero fue en un bochornoso día de agosto con un repentino flujo de gases; los respiradores superiores sacaron el aire viciado mientras entraba aire puro por la base, y las corrientes ascensionales fueron tan fuertes que Jimper casi tuvo miedo de que lo engullera alguna abertura.
Su primer vuelo en Nueva York estaba siendo glorioso, pero sin alcanzar aquel nivel. Jimper se situó a altitud suficiente sobre West End Avenue para poder sobrevolar el parque en dirección contraria, y bordeó el enorme pilar que se alzaba para sustentar el Puente del Arco Iris (¡vaya lugar para lanzarse desde allí!... aunque la policía no dejaría sin castigo a quien lo intentara). Jimper llegó a Grand Army Plaza a sólo cien metros de altura, y muy cerca del lugar donde planeaba aterrizar.
Efectuó un rápido viraje sobre la fuente, entre elevados edificios, y divisó el puente cubierto para peatones, de diez pisos de altura, que cruzaba la Quinta Avenida. El resto de la maniobra era difícil: planear muy cerca de las casas del West Side, un empinado terraplén a la izquierda, y caer sobre el techo del puente, corriendo para perder impulso... Pero el viraje era más pronunciado de lo que esperaba. Debido al giro y al esfuerzo, el gorro se le soltó del cuello y le azotó la cara. Jimper se desequilibró. Se lanzó hacia la derecha para corregir el curso, se golpeó la cabeza en el codal del ala y comprendió que estaba en apuros. El gorro estuvo a punto de cegarlo en un momento crítico. Calculó mal la altura y topó con el puente antes de estar preparado.
No fue un accidente grave. Jimper tropezó, cayó y resbaló, pero no pasó del borde. Sin embargo el ala derecha quedó destrozada y el armazón torcido, y corrió sangre por su pierna puesto que tenía la rodilla en carne viva.
Jimper desató las correas (su especial diseño permitía desabrocharlas con rapidez) y contempló los restos de un equipo valorado en novecientos dólares. Avistó a una persona que lo observaba con aire desaprobador por una de las amplias ventanas del lado este de la avenida. Se abrió la ventana y una mujer se inclinó hacia él. Jimper le lanzó una feroz mirada, medio aturdido.
—¡Deje su equipo! —le ordenó ella—. ¡Venga a mi despacho! ¡Soy médico!
Médico era ella. Un médico de metro sesenta como mucho, de tal forma que, para regañar a Jimper, tuvo que levantar la cabeza a pesar de que el herido estaba sentado en la camilla. Cabello oscuro y grisáceo, ojos color castaño claro... pero coléricos. Sin embargo su mano no era colérica. Limpió con esmero el irregular arañazo, lo roció con algo que apestaba, mantuvo la herida dos segundos bajo rayos ultravioleta y de inmediato volvió a rociarla, aunque en esta ocasión con otro producto que eliminó el hedor. Y ni un momento dejó de decir que Jimper era un chiflado.
—Esta vez sólo se ha despellejado la rodilla. La suerte de los borrachos y los locos, supongo.
—¿Opina que perder el equipo es buena suerte? —Las alas eran prácticamente nuevas, novecientos dólares y veinte horas de modificaciones personales.
—Perdió el equipo antes de tocar tierra, bobo. Había una pareja de policías en la terraza del piso trece, observándole. Si se hubiera quedado allí un minuto más, ahora estaría dando explicaciones al sargento. —Mientras hablaba iba envolviendo la rodilla herida en pulcras espirales de vendas—. ¿Sabe usted que ha cometido un delito merecedor de reclusión? Aparte de la confiscación de su equipo. Aparte de revocación de licencia si el juez está de mal humor, por lo que no podría planear ni siquiera al otro lado de la cúpula... ¿Valía la pena hacerlo?
Jimper empezaba a notar un latido en la pierna, y el cabo de su paciencia era cada vez más corto.
—Creo que le debo un favor —dijo—, pero no pienso soportar todo este rollo. Usted no sabe qué se siente allí arriba, o no me preguntaría si valía la pena arriesgarse.
La mujer dio una palmada al vendaje para indicar que había terminado (¡y la palmada produjo una punzada de dolor!) y se apartó.
—Si tuviera hijos jugando en el parque y no supiera nunca cuándo les iba a caer el zapato de un chiflado en la cabeza, comprendería por qué es ilegal su acto.
Jimper se encogió de hombros y deslizó las piernas por el borde de la camilla. Se levantó a modo de prueba. Estar de pie no empeoró el dolor de su pierna herida.
—Bueno, gracias —dijo de mala gana—. ¿Necesita el número de mi tarjeta médica?
—En mi despacho —repuso ella, indicando una puerta.
Al pasar junto a la ventana Jimper miró disimuladamente, y sus alas habían desaparecido, no había duda. Tendría que trabajar por fuerza... aunque en cualquier caso necesitaría semanas para pagar un par nuevo.
Estando ambos de pie, Jimper superaba en más de veinticinco centímetros a la médico. Aunque él era delgado, ella era una menudencia. Mientras la mujer procesaba la tarjeta en el terminal, Jimper examinó los objetos enmarcados colgados de la pared. Una foto de ella con un niño no muy guapo... la imagen estaban curiosamente descentrada, como si hubiera habido una tercera persona eliminada por la médico. Un diploma de la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York permitió saber a Jimper que la mujer era internista y cirujana manual perfectamente acreditada, y que se llamaba Jo-Ellen Redfan. Otra fotografía, próxima al diploma, le permitió conocer más detalles.
—¡Oh, demonios! —exclamó Jimper. Estaba contemplando una foto de la doctora Jo-Ellen Redfan planeando en un modelo «Treinta y Tres» de General Dynamics—. ¿Por qué no me ha dicho que también es aficionada al vuelo?
Jo-Ellen le dio un lápiz fotosensible para que firmara la factura.
—No en el interior de la burbuja, yo no. Afuera, en los acantilados, por supuesto. Estás más tiempo arriba, no te buscas problemas y, si cometes un error, eres el único que te matas. —Detuvo a Jimper, que se disponía a salir—. Debería mantener inmóvil esa pierna durante una hora. Y además, si sale ahora con los pantalones llenos de sangre, atraerá la atención de la policía. Vuelva al consultorio y tiéndase un rato.
—Vaya, gracias —dijo Jimper, asombrado. Miró a la doctora de otra forma, adaptando la imagen que tenía de ella para incluir el detalle de que era un ser humano, en el fondo. Jo-Ellen se sonrojó a causa de la mirada.
—Tengo pacientes esperando —dijo ella mientras se volvía para abrir la puerta...
Y al otro lado, dispuestos a llamar, había dos agentes, una enjuta joven con el típico uniforme azul del cuerpo y un ayudante vestido de marrón. Ambos miraron a Jimper Nutlark, y éste suspiró.
—Bueno, gracias por intentarlo —dijo a la doctora, y se fue muy triste para enfrentarse a su destino.
En el ascensor, camino de la comisaría del último piso, con la llave especial de la policía puesta en los mandos para ir a máxima velocidad, la agente femenina sacudió la cabeza mientras examinaba la tarjeta de identidad de Jimper.
—Recién llegado del pueblo —musitó la joven—. Ustedes, los granjeros, me fastidian. Bien, ya averiguará cómo hacemos las cosas en Nueva York, y me sorprendería que eso le gustara aunque sólo fuera un poco.
II
—Treinta días —dijo el juez en la vista— o cinco mil dólares. Ustedes, los granjeros, me fastidian. El siguiente caso.
Jimper no esperaba la absolución, pero tampoco esperaba eso. ¡Cinco mil dólares! Treinta días serían aún peor, cuando necesitaba ganarse la vida. Se apartó del banquillo, se llevó el reloj de pulsera a los labios y habló con su abogado.
—Esto es disparatado! —susurró—. ¡No tengo cinco mil dólares!
—Puede elegir, Nutlark —respondió el abogado en tono de fastidio—. Treinta días o cinco mil dólares. ¿Ha llegado ya a un acuerdo?
—¿Acuerdo?
—¡Oh, por el amor de Dios! —dijo airadamente el abogado—. ¿Por qué no me escucha alguna vez cuando le hablo? Le expliqué que debía llegar a un acuerdo después de la sentencia. Busque la ventanilla con el letrero «Negociación de contratos», ¿de acuerdo?
Jimper levantó la cabeza para contemplar la sala y acto seguido se acercó a la puerta para mirar por el pasillo. Allí estaba. Otros tres o cuatro demandados, ya sentenciados, estaban de pie haciendo cola ante la ventanilla. El primero se hallaba inmerso en una discusión con la persona encargada de la ventanilla, y no dejaba de agitar manos y cabeza.
—Ya lo veo. ¿Qué hago ahora?
—¡Llegue a un maldito acuerdo! —contestó el abogado—. Veamos, recuerde que la mejor forma de calcularlo es, digamos, que su tiempo vale veinte dólares por hora, y por tanto no consienta que le den más de... veamos... cinco mil dólares entre veinte...
—¿Doscientas cincuenta horas?
—¿Está seguro? Bien, si usted lo dice... Si se me dieran bien las matemáticas sería ingeniero o algo parecido, y no un maldito abogado.
—Ojalá pudiera usted hablar en mi lugar —dijo Jimper.
El abogado suspiró.
—Si paga por presencia física en el tribunal, el abogado se presenta. Si no paga, ha de conformarse con una consulta telefónica como éste. Le diré qué debe hacer. Si el negociador trata de darle algo que supera las doscientas cincuenta horas, vuelva a llamarme. Ahora tengo un cliente en el despacho. —E interrumpió la conexión.
Cuando llegó al primer lugar de la cola Jimper había tenido tiempo de estudiar el letrero de cristal líquido en lo alto de la ventanilla. Los números cambiaban ligeramente minuto tras minuto, aunque no de forma significativa, pensó Jimper. El letrero decía:
Actuales tipos de cambio
Clasificación Equivalente 100$
Oficinas en general 13.4 horas
Limpieza 07.1 horas
Ayudante urgencias 05.3 horas
Enseñanza * 08.5 horas
Transporte, conducción * 08.0 horas
Parques/granjas 10.5 horas
Mediador 16.2 horas
* A disposición únicamente de convictos con la cualificación apropiada.
Cuando dejó de temblar tras leer la desagradable palabra «convictos», Jimper se hallaba el primero en la cola y el hombre que había detrás de la ventanilla le cogió la tarjeta de identidad. El encargado tecleó el número de identificación y contempló la pantalla.
—¡Oh, demonios! —murmuró—. ¿Qué es usted, un pimpollo? ¿Pretende que le explique el método?
—En Atlanta no hacemos las cosas así —se excusó Jimper.
—Lo creo. Bien, pues escuche. Debe elegir. Lo primero que debe hacer es decidir si quiere cumplir la condena con rapidez. Suponiendo que todo vaya bien podrá estar libre dentro de dieciocho días, más o menos. O puede pagar los cinco mil. O si no quiere nada de esto, puede hacer otra cosa: trabajar para pagar su deuda con la sociedad, y para eso estoy yo aquí. Los trabajos de compensación —continuó recitando, y se recostó en la silla como si ya no le hiciera falta escuchar lo que decía—, los trabajos de compensación exigen disponibilidad constante, día y noche, todos los días hasta pagar la deuda, y deberá trabajar todas las horas que le correspondan... El tipo de cambio, sea cual sea, tal como se indica, le permite saber el número de unidades de cien dólares de que consta su multa. ¿Lo ha comprendido hasta aquí? Muy bien, ahora hablemos del tipo de trabajo que puede hacer, y no es que espere mucho de usted. Ustedes, los granjeros, me fastidian.
El regateo fue bastante prolongado, en especial porque Jimper insistió en que le explicaran todos los trabajos, y después intentó obtener una rebaja en los tipos de cambio. Cuando se fue de la ventanilla había una cola de quince «convictos», y los comentarios de éstos ya no eran en voz baja. Pero Jimper se fue sonriente. Se detuvo al otro extremo del pasillo y se puso de nuevo en contacto con su abogado para regocijarse por su éxito.
—Hey, señor Seymour, aquí Jimper Nutlark, y creo que he hecho un buen trato. Naturalmente ahora tendré que llevar siempre este trasto, el señalizador, para que sepan dónde estoy y puedan llamarme cuando me necesiten...
—Nutlark, sé cómo funciona el aparato. ¿Qué ha conseguido?
—No está mal, señor Seymour. Los he obligado a conformarse con ciento treinta horas. ¿Qué le parece? ¡No está mal para alguien recién llegado de la tierra de los bobos!
Una pausa. Después llegó la precavida pregunta del abogado.
—¿Le importaría decirme a qué clase de trabajo se ha comprometido?
—Lo llaman «ayudante en urgencias» —repuso con orgullo Jimper.
—¡Oh, Dios mío! —se lamentó el abogado—. Si tan sólo... Bien, ya es demasiado tarde, y es posible que esto le enseñe algo. Pero, escuche, Nutlark... ¡si vuelve a hacer lo mismo, la próxima vez pague la diferencia para que yo pueda estar allí!
Durante tres días el señalizador estuvo mudo, y Jimper olvidó prácticamente su condena. Pero la justicia no se olvidó de él. Cuando volvió esa noche a su pequeña habitación, sin ventanas y mal ventilada, había un mensaje oficial en la consola para confirmar que él había aceptado ciento treinta horas de trabajo y estaba permanentemente disponible. Es decir, podían llamarlo en cualquier momento para colaborar con la policía o los bomberos, para hacer cualquier trabajo penoso si se le necesitaba, y las largas frases explicativas de qué le ocurriría si no contestaba, si no llevaba encima siempre el señalizador o si ofendía de otra forma la majestad de la Ciudad de Nueva York ocuparon tres pantallas. Pero Jimper estaba demasiado ocupado para preocuparse. Había llegado de Atlanta a causa de la Feria, y pasó la mitad de su tiempo paseando entre las obras de la exposición, hablando con supervisores y coordinadores, ofreciendo sus servicios para diseñar cualquier cosa. Casi nadie quiso atenderlo, pero había tantas posibilidades que Jimper empezó a sentirse esperanzado. Curioseó en las zanjas que estaban cavando para el pabellón ruso (iba a ser una reproducción de parte de Leningrado, canales y puentes para la Venecia del Norte) y contempló las jaulas que alojarían koalas australianos y los hábitats para los wallabies. Luego regresó al rincón de un despacho que había alquilado como estudio e hizo rápidos bosquejos de cortinas y vestidos, hizo fotocopias y volvió corriendo a la Feria para ponerlas bajo la nariz de cualquier persona que quisiera verlas. A pesar de que fracasó, Jimper estaba divirtiéndose. La ciudad era toda ella diversión. Le encantaron las bicicletas y triciclos accionados con la simple fuerza de las piernas, y los coches electrónicos con motores Stirling que quemaban alcohol y cuyos gases de escape olían igual que una mañana de domingo en una taberna. Le encantaron los tranvías descubiertos de suelo plano, manejados mediante volante, a los que la gente saltaba cuando deseaba ir a alguna parte y abandonaba al llegar a su destino; sin billetes, sin asientos, sin adornos, tan sólo una oportunidad de dar descanso a las piernas si estaban cansadas. Le encantó curiosear por los barrios de la ciudad que se distinguían por su rareza étnica, religiosa o sectaria, aunque algunos le causaron miedo. Aún le habría gustado más yendo con alguien que compartiera todo aquello, o con alguien no interesado en compartir nada aparte de una cama, pero Joan-Mary continuaba en Atlanta. A pesar de que había entablado conversación con mujeres neoyorquinas en los bares, casi ninguna le pareció atractiva. Y los granjeros, por lo que podía comprobar, solían ser un fastidio para casi todo el mundo. Y no es que Jimper Nutlark fuera granjero, ni nada similar. Pero los neoyorquinos parecían opinar que cualquier cosa no contenida por la Gran Burbuja estaba hundida en un metro de boñigas de vaca.
El problema no era que los neoyorquinos odiaran a otras personas, según descubrió Jimper. Tampoco manifestaban simpatías entre ellos mismos, o así se deducía de los «grafitti» orales en las redes de altavoces públicos, de los maníacos chillidos y agudísimos cantos de pájaro mezclados con gritos de «¡Los de Brooklyn son unos mamones!» o «¡Muerte a Ciudad Stuyvesant!»... y además las pintadas en cualquier superficie plana eran una especie de antología representativa, en caso de que alguien quisiera compilarla, de denuncias contra judíos, negros, irlandeses, sureños, árabes, chinos, ingleses, ciudadanos de Brooklyn, el Mid West y Nueva Inglaterra, suecos, californianos, italianos, mujeres, hombres, homosexuales de ambas variedades y miembros de todas las religiones que aparecían en las páginas amarillas. ¿Por qué eran tan crueles unos con otros? Jimper no lo sabía. Indudablemente disponían de un bonito lugar, al menos bonito para visitarlo. La Gran Burbuja facilitaba un control del clima muy superior al de Atlanta. Nueva York había conseguido condiciones óptimas definidas por una humedad siempre agradable, intermedia entre el moho y la picazón de la piel, una temperatura que permitía ir en ropa interior y hacer el amor sin tener que esconderte bajo una manta...
Si se tenía alguien a quien amar, lógicamente.
Un lujo negado a Jimper, pero él tenía otros solaces, y entre ellos, sí, un interesante trabajo en perspectiva. El nombre de la empresa era Mawzi Frères. Habían conseguido el contrato para las obras del pabellón británico de la Feria, y necesitaban ropa para el personal. Muchísimas personas. Habría conserjes, guías y conferenciantes. Habría azafatas en el New Simpson's y camareras en el Ye Olde Englysshe Pub. Y era importante que todas las prendas fueran británicas. No necesariamente de confección británica, y de ninguna manera diseñadas en Gran Bretaña. Pero tenían que reflejar la característica exquisitez y modernidad de lo británico, un intermedio entre Carnaby Street y la Torre de Londres. Así lo decretó el viejo y obeso Rasfah Mawzi, agitando las manos para explicar lo que las palabras no podían, y Jimper pasó un día entero implorando muestras de tela británica (o similares) a todos los comerciantes que encontró. Introdujo las instrucciones en su banco de datos y acto seguido tomó asiento y estrujó las muestras, una por una, en su mano, mientras imaginaba lana de Shetland, cachemir escocés y algodones de Midlands, todo ello teñido, adornado, cortado, plisado y plegado de cien formas distintas. Era importante que el diseño de las prendas concordara con las telas. Todos los tejidos poseían su propio peso, textura y resistencia a doblarse o arrugarse. Imposible diseñar, por ejemplo, un uniforme para la Guardia Particular sin saber con cuánta flexibilidad se plegaría o hasta qué punto produciría calor su uso dada la constante temperatura de mayo en el interior de la cúpula. Todos los tejidos eran demasiado gruesos. Jimper, con el ceño fruncido, bosquejó un par de faldas escocesas con su lápiz fotosensible, tecleó las instrucciones para las texturas más ligeras que encontró, las adaptó a uno de los programas de diseño que tenía almacenados e hizo que la figurilla de la pantalla caminara y se volviera. La falda escocesa se movía airosamente, reconoció Jimper. Pero ¿y el pobre desgraciado que tuviera que vestirla, era cierto que no se llevaba nada debajo de la falda? En ese caso la tela produciría terribles picores, Jimper desvió la mirada, irritado. Había un desagradable olor en la habitación. Miró las papeleras y observó los escritorios de los demás profesionales independientes. Nada parecía estar quemándose, pero el olor era patente... en parte madera chamuscada, en parte asfalto, en parte como si alguien hubiera prendido fuego a un montón de llantas y preservativos usados. El intrigado Jimper conectó el distribuidor de aire que había junto al escritorio y se concentró de nuevo en la pantalla. Ahora, unos pantalones cortos de estilo militar. Algo de brillante colorido, pero digno...
—James Percy Nutlark, atención.
Casi se le cayó el lápiz fotosensible cuando la voz de mando sonó en su oído. Era la primera vez que la oía, pero comprendió al instante de qué se trataba.
—¡Está de servicio! —espetó el que hablaba—. Preséntese inmediatamente en el cuartel de bomberos de Water Street, donde recibirá equipo y órdenes. Prepárese para un turno de trabajo prolongado.
III
La punta de la isla de Manhattan había estado creciendo como un tumor desde hacía cuatro siglos. Lo que antaño había sido una isla se convirtió en Battery Park. Lo que antaño había sido agua de río, profunda y dulce, con esturiones tan grandes como tiburones, se transformó en tierra desecada... y el relleno era cualquier cosa que caía al río. Había ladrillos y rocas. Había vertidos de excavaciones y vertidos (ilegales) de basuras. Había viejas columnas y embarcaciones echadas a pique. Había cualquier clase de desecho imaginable. Lo peor de todo eran los viejos pilares de madera. Preparados para impedir la acción de los gusanos marinos e introducidos profundamente en superficies duras para soportar peso, y enterrados a profundidad para que no se vieran. Cuando ardían eran como incendios en las minas de carbón de Pennsylvania. Ardían, y continuaban ardiendo. Algunos de esos incendios subterráneos debían haber estado ardiendo en rescoldo desde hacía un siglo, remojados de vez en cuando por la filtración de agua de río hasta que la última gota se evaporaba y aparecía de nuevo el calor blanco. No causaron excesivo daño... hasta llegar al aire libre.
Y ese aire libre lo había proporcionado Nueva York. La ciudad estaba construyendo nuevos hoteles para los miles de turistas que se esperaba para visitar la próxima Feria. Hoteles de lujo en Central Park West. De segunda categoría en East Village. Y al sur, a una distancia que suponía un largo trayecto en metro desde la Feria, los hospedajes más módicos. El alojamiento más económico equivalía a nada más que un archivador de tres metros de largo que el ocupante, una vez dentro, podía cerrar; disponía de respiradero, luz, estante para el equipaje, almohada y colchón abiótico. Al no haber dinero en el presupuesto para adornos tales como ventanas, no existía razón alguna para que estas construcciones sobresalieran en el costosísimo espacio aéreo cubierto por la cúpula. Y por eso las hicieron bajo tierra.
Por desgracia, las hicieron bajo tierra en terreno rellenado, donde el antiguo incendio de los pilares continuaba en rescoldo. Grisáceos y malolientes nubarrones de humo empezaron a brotar en el cerrado espacio interior de la cúpula.
El cuartel de bomberos de Water Street estaba atestado cuando llegó Jimper, ocupado por más de cien convictos como él que debían hacer trabajo compensatorio. No todos como él. Había blancos y negros, hispanos y orientales, dos férreos Mohawks de Red Hook, una pareja de homosexuales de Yorkville, serios y barbudos, cogidos de la mano y que se sonrojaron al apartar los ojos de la desnudez de otros hombres. Había rollizos y jadeantes hombres de negocios japoneses arrancados de sus despachos de Wall Street, jasidistas que besaban sus filacterias cuando se las sacaban y se negaban, muy indignados, a quitarse los casquetes, mujeres ataviadas con velos y mujeres con minibikinis, jóvenes, viejos. Constituían una muestra representativa de la ciudad, o como mínimo de su componente moderadamente criminal, trabajando para pagar sus diversos delitos y lamentándose en voz muy alta. Los policías profesionales no les prestaron atención alguna.
—¡Quitaos esos andrajos y pasad por la ducha! —ordenaban monótonamente—. ¡Moved el culo!
En cuanto guardaron sus pertenencias en los armarios correspondientes y pasaron rápidamente por la ducha, los convictos marcharon en fila a la sección de suministros.
Jimper no se asombró de recibir equipo para apagar incendios, aunque tampoco quedó especialmente complacido.
—No tengo ni idea del trabajo de bombero —comentó con una convicta situada junto a él.
La mujer le lanzó una mirada de burla y de disgusto. Tenía cincuenta años (suponiendo que tuviera edad) y un abultado cuerpo en forma de pera.
—¿Tengo yo aspecto de saber algo de eso? —inquirió—. ¡Dios mío! ¿Qué se les ocurrirá la próxima vez? Ayer fue una cacería de ratas y ahora esto... y además, óigame, me condenaron injustamente. El termómetro estaba estropeado, ¿cómo iba a saber yo que estaba violando las normas termales?
Pero Jimper no la escuchó. Su atención estaba centrada en la vestimenta que debía ponerse. Larga ropa interior de algodón, igual que una gruesa media pantalón. Rígidos y rasposos pantalones de trabajo que apretaban los tobillos. Botas con punteras de acero y ni mucho menos nuevas, llenas de grietas y chamuscadas, y las cremalleras estaban atascadas a causa de los congelados recuerdos de la miserable prueba dura en medio del fango sufrida por el anterior recluta. Una máscara facial y un tanque de oxígeno...
—¡Hey! —chilló Jimper delante del bombero profesional que estaba apremiándolos—. ¡Esto parece peligroso!
—Tápate la cara y mueve el trasero —repuso el bombero.
Fue sacándolos de veinte en veinte y los metió en amplias camionetas donde sólo se podía ir de pie. El conductor se puso al volante y rodaron por las avenidas en dirección al incendio.
Fueron muy cerca de la base de la cúpula, y un maloliente humo negro salía de una excavación. Jimper se preguntó si el calor del fuego podría dañar el plástico de la cúpula y, al mirar arriba, le sorprendió notar una cálida rociada en la cara y ver que las aberturas de urgencia de los respiraderos se encontraban abiertas. Estaba entrando un primaveral aire cargado de lluvia. Pero todo el mundo sabía que los respiraderos se abrían muy pocas veces a lo largo del año, para expulsar la acumulación de radón, cuando las condiciones climatológicas eran apropiadas. Si se confiaba en que el humo saliera por los respiraderos, la esperanza era infundada; el humo fluía a ras de tierra, grasiento y asfixiante, y Jimper se alegró mucho de cumplir las órdenes que aulló el jefe de bomberos:
—¡Poneos las máscaras! ¡Moved el trasero!
Entre resbalones y maldiciones, los hombres bajaron hacia el fuego por un enlodada rampa terriza.
Naturalmente no les permitieron combatir el fuego. Había profesionales para ello, para manejar las rígidas y serpenteantes mangueras, para verter densas capas de CO2 en la grava próxima al frente del fuego, para regar con cemento termoestable de rápido secado el reluciente fuego. La tarea de los convictos exigía que doblaran la espalda, y de mala manera. Las primeras brigadas de profesionales habían pasado por allí con mangueras de agua y gases inertes, y gran parte del fuego visible estaba dominada desde hacía rato. Pero no apagada. Incluso en aquel lado del incendio, casi oculto en ese momento en una fumosa y ardiente pared de cemento, había huecos donde las brasas perduraban, fragmentos de ripio que ardían en rescoldo escondidos entre los restos extinguidos. La brasa esperaría pacientemente a que se desecara la humedad y se alejaran los vapores anóxicos, y después, si nadie lo impedía, produciría nuevas llamas. La tarea de los convictos consistía en evitarlo.
Y para ello tenían que apartar todos los materiales capaces de alimentar el fuego. Los bulldozers habrían limpiado la zona en cuestión de minutos. Pero los bulldozers no distinguían la diferencia entre cenizas y brasas, y su empleo sólo habría significado trasladar el fuego a otra parte... sin contar con el hecho de que el fuego estaba tan cerca del borde de la cúpula que Jimper veía los salientes de las inmensas estructuras sustentadoras de hormigón, y a nadie le interesaba exponerse a que los pesados bulldozers abrieran un boquete en la cúpula. Por eso había que utilizar palas. Algunos de los ayudantes más expertos llevaban martillos neumáticos para despegar la masa dura como roca que formaban el barro seco, la piedra y otros desechos. Sobre todo contaban con sus manos, rígidas en el interior de los gruesos guantes. Los bomberos del cuerpo regular no cesaban de gritar órdenes:
—¡Recoged todo lo que está suelto! Arrancad cualquier cosa que cuelgue! ¡Sacadlo todo de aquí...! ¡Y si tropezáis con llamas, no perdáis el tiempo, llamad a un profesional!
El problema, o uno de los problemas, era que Jimper no veía demasiado bien con aquella máscara facial. Los otros problemas eran la fatiga, unos músculos desacostumbrados, torpeza y, sobre todo, aquel calor de sauna, nebulosa y maloliente, el aire que los rodeaba con su carga de humo, vapor y hedor. Los tanques proporcionaban oxígeno, pero no frescor. Un tanque solo bastaba para media hora, pero ello era de agradecer, porque Jimper no podía soportar más de media hora. Acabó juzgando su vida por los descansos que hacía para recargar el tanque, y perdía todo el tiempo posible en ajustar la máscara y las válvulas antes de que los gritos de los profesionales empezaran a ser francamente desagradables. De hecho, Jimper demostró tener mejores condiciones que gran parte del resto de convictos. Al cabo de la primera hora los contingentes con tanques de oxígeno empezaron a menguar, ya que un número cada vez mayor de personas menos jóvenes y más débiles iba siendo encargado de manejar las palas mecánicas que introducían los restos excavados en recipientes portátiles. Tras el tercer o cuarto cambio de tanque de oxígeno Jimper alzó la cabeza y vio que los respiraderos de la cúpula estaban cerrados de nuevo: ¡había cierto progreso a pesar de todo! Después del sexto cambio, o quizá fuera el décimo, Jimper observó que la parte externa de la cúpula estaba oscureciéndose, y recordó tardíamente que el encargado de Mawzi Frères esperaba ver los diseños antes de concluir la jornada laboral.
De haberse encontrado menos agotado, si la fatiga no le hubiera llegado a los mismos huesos, Jimper habría sentido un terrible fastidio... Tal como se encontraba en realidad, se limitó a suspirar, se apretó bruscamente la máscara y se dispuso a recoger más desechos.
Al principio, cuando el bombero le dio una palmada en el hombro y señaló la camioneta accionada por inercia que aguardaba, Jimper no se dio cuenta de que la dura prueba había concluido. Cuando por fin captó el detalle, estaba demasiado agotado para alegrarse.
Ya en el cuartel de bomberos, con el resto de ayudantes, Jimper se despojó del equipo de bombero, le dieron un recibo por cada uno de los artículos e hizo cola para entrar en las duchas. Era una masa de doloridos músculos, y el agua le produjo picazón en diversas partes de su espalda y su trasero. Después recordó vagamente que se había caído una vez. ¿O habían sido dos? Pero estaba pensando en otras cosas.
Concretamente, en el equipo de bombero. ¿Tenía que ser tan sumamente incómodo, por no decir horrible? ¿No existía algo más ligero, menos raspante, quizá, Dios mío, algo que con un simple esfuerzo de diseño diera los mismos resultados? Algo fabricado con los recientísimos tejidos semisintéticos extraídos de las plantas marinas, tal vez, algo más flexible de modo que las tallas no fueran tan problemáticas...
Naturalmente, pensó Jimper mientras se tocaba con delicadeza el punto de su cuerpo que más le escocía, el rasgo más importante de aquellas prendas debía ser la resistencia. De esa forma no cederían demasiado, o por lo menos no cederían en todas direcciones... pero un tejido polimerizador que se extendiera tanto como se deseara en una dimensión, manteniendo sus medidas en la otra, daría excelente resultado...
Miró sus dedos y comprobó que estaban manchados de sangre, aclarada por el agua de la ducha.
—Oh, demonios —se lamentó.
Miró por debajo de su alzado brazo, torció el torso y comprobó que tenía el cuerpo escocido y lleno de sangre desde la caja torácica hasta el trasero y más allá. Apenas lo notaba, pero como no deseaba manchar de sangre su ropa se envolvió en una toalla, hizo cola en la sala de primeros auxilios y finalmente se tendió en una camilla. Echado de bruces, notó que alguien tocaba con suavidad su herida, la rociaba con algo y le daba un ligero golpecito en el hombro.
—Esto acabará siendo un hábito —sonó una voz femenina.
Jimper volvió la cabeza. La doctora Jo-Ellen Redfan, la mujer que le había curado tras el accidente con el planeador. Y lucía el brazal de ayudante... ¡Una convicta trabajando para cumplir su sentencia, igual que él!
—¿Por qué la cogieron? —preguntó Jimper.
—Eso no es asunto suyo. —Pero su tono era bastante agradable.
La doctora le puso un vendaje y le dio una palmada para indicarle que había terminado... pero cuando Jimper salió de la enfermería, Jo-Ellen se despidió de él con un guiño.
Jimper se tomó tiempo para vestirse, y al salir el oficial de servicio le entregó un papel. Contenía su nombre, su número de identificación y una nota: «5 horas 41 minutos servidos, 124 horas 19 minutos por servir».
Estaba demasiado cansado para ir a pie. Saltó a un autobús descubierto y se apoyó en la barandilla, y miró sin ver Tribeca, Soho y Chelsea mientras el vehículo accionado por inercia avanzaba plácidamente junto al Hudson hacia el transbordo de la Calle 23. Ciento veinticuatro horas y 19 minutos. Quizá hubiera sido mejor ir a la cárcel. Sin embargo, la ley de Nueva York establecía que los patronos debían dar a los convictos que trabajaban para cumplir su condena tiempo para cumplir sus obligaciones con la sociedad, pero que Mawzi Frères quisieran considerarse «patronos» era otra cuestión. En la Calle 21 el vehículo redujo velocidad para permitir que alguien se apeara, y los ojos de Jimper se concentraron por primera vez.
Era la doctora. Jimper no se lo pensó, saltó por la barandilla y corrió hacia la mujer.
—¡Jo-Ellen! —gritó, y cuando ella se volvió, corrigió su expresión—: Hola, doctora Redfan. ¿Vive por aquí?
La expresión de Jo-Ellen no estaba a tono con el amistoso guiño de despedida que le había ofrecido. No era una expresión hostil. Tampoco interesada. La mujer asintió con aire distraído... de modo distante, totalmente lejos de reconocer la presencia de Jimper como ser humano vivo. La reacción era algo frígida, pero Jimper insistió.
—Un día muy duro el de hoy —dijo mientras sacudía la cabeza—. Creo que me he ganado una buena cerveza fría... ¿Y usted?
Jim Percy Nutlark poseía una apariencia y una personalidad normalmente buenas, por lo menos, y conocía perfectamente la confianza en sí mismo que tenía cuando trataba con mujeres jóvenes. Quizá ellas no respondieran, pero casi nunca lo rechazaban. Jimper sonrió y aguardó mientras Jo-Ellen Redfan arrugaba la frente y consultaba su reloj, y no se sorprendió mucho cuando ella, después de todo eso, se encogió de hombros.
—Una cerveza y nada más —dijo ella, aunque en tono muy agradable—, pero tiene razón, ha sido un día infernal.
Estaban en el barrio de la doctora, y Jimper se alegró de que ella eligiera el lugar. En aquella zona de la isla, cerca del Hudson, la cúpula no alcanzaba gran altura, y en consecuencia tampoco los edificios eran altos. Chelsea conservaba gran parte de sus viejos callejones, con parquecillos y jardines entre algunos bloques, y a lo largo de la Octava Avenida los edificios eran bajos y los escaparates étnicos, de todos los tipos. Entre una tienda libanesa de comestibles y un comercio de objetos religiosos musulmanes había lo que se denominaba el Banco del Bar irlandés, y se veía auténtico serrín en el suelo y un auténtico tocadiscos automático antiguo en una pared.
—Y bien, ¿por qué la condenaron? —preguntó Jimper, risueño.
Jo-Ellen se encogió de hombros.
—No hay razón para no decírselo. Fue por alteración del orden.
—Ah. —Jimper asintió mientras sorbía su cerveza y dejó que la doctora dedujera el interrogante. La mujer sonrió.
—No me emborraché, no armé un escándalo. En realidad, había dos hombres que se peleaban por mí, si le interesa saberlo.
—Es fácil entenderlo —repuso galantemente Jimper.
—Por supuesto, campeón.
Pero Jo-Ellen no hizo más comentarios sobre aquella observación. Se limitó a escuchar, con bastante cortesía e interés, mientras él recurría al típico relato en un bar reservado para solteros, o en otras palabras la historia de su vida. Jo-Ellen mostró la debida atención y formuló las preguntas convenientes: «Bien, ¿por qué decidió dedicarse al diseño de ropa?» «¿Tenía intenciones serias con esa chica de Atlanta?» «¿Cree que vendrán muchos turistas a la Feria?» Pero la doctora iba camino de acabar la cerveza, y en cuanto lo consiguió miró de nuevo su reloj de pulsera.
—Jimper —dijo—, lo siento, pero sólo tengo tiempo para una cerveza. Va a llegar una persona a mi casa dentro de poco y debo estar allí.
—Ah —repuso filosóficamente Jimper, aceptando el destino que se le imponía, pero ella movió la cabeza.
—No es mi marido —dijo Jo-Ellen—. No estoy casada, no estoy comprometida, pero tampoco salgo con hombres.
—Ah —repitió él, y la médico movió la cabeza por segunda vez.
—No soy lesbiana, y tampoco soy frígida. —Sonrió—. Es imposible conquistarnos a todas, campeón. No, no se levante... Vivo en la otra esquina, y puedo ir yo sola.
Jimper la vio salir por la puerta, admiró los movimientos de su cuerpo bajo el transparente vestido veraniego color escarlata y pensó cuan terriblemente lamentable era que ella, fuera la que fuese, forzara a pelearse a los hombres y no quisiera saber nada de ellos.
O como mínimo que no quisiera saber nada de él. Pero Jimper también reaccionó filosóficamente respecto a esto. Estaba muy contento cuando salió del bar y tropezó con un sonriente hombretón que al parecer estaba aguardando allí.
—¡Oh, perdone, señor! —exclamó el desconocido, rebosante de alegría—. La culpa es mía. Discúlpeme.
Jimper se alegró enormemente de que el hombretón fuera tan gentil.
—No tiene importancia —contestó, y se apartó para dejar pasar al otro, pero el hombretón le puso una mano en el hombro, una mano que parecía una garra de oso.
—Creo que debería invitarle a una copa —dijo—. Sólo para demostrarle que lo siento.
Jimper experimentó la sorpresa y cierta turbación. Pero acto seguido recordó los dolores de sus huesos y la rigidez de su trasero.
—Se la aceptaría con mucho gusto —respondió cortésmente—, pero en otra ocasión. He estado trabajando todo el día, apagando ese incendio del centro, y estoy deshecho... He entrado aquí un momento para tomar un trago con una empleada de la enfermería del cuartelillo. Creo que otro trago no me sentaría bien.
—Entiendo —dijo jovialmente el desconocido, y se apartó para que Jimper pudiera ir en busca del autobús.
Jimper se volvió y vio que el hombre continuaba ante la entrada del bar, rebosante de alegría. Bien, pensó Jimper muy complacido, es un tipo muy simpático. ¿Quién dice que los neoyorquinos son reservados? La ciudad acabaría gustándole, decidió. Las cosas empezaban bastante bien, por lo menos.
IV
Y en realidad, con el transcurso de los días, Jimper empezó a sentirse más y más a gusto. Lo llamaron dos veces como ayudante, pero en ambas ocasiones cumplió su cometido con facilidad: una hora colaborando en la entrega de tickets de aparcamiento en East Harlem y cuatro horas controlando la entrada y salida de aficionados en el Shea Stadium con motivo de un doble partido. Y en Mawzi Frères se mostraron muy considerados pese al retraso en la entrega de los bocetos. Todavía mejor. Les gustaron los bocetos. Y aún mejor, recomendaron a Jimper a otros dos empresarios. Y el mejor detalle: el viejo Rasfah Mawzi tenía una hija. Se llamaba, según su padre, Fátima, pero ella le dijo a Jimper: «por favor, llámame Muñeca», y si bien ni miraba de reojo ni hacía guiños, parecía una muñeca dispuesta a que jugaran con ella. Por desgracia su padre tenía la misma impresión, y en cuanto Jimper se ponía a menos de un metro de la joven, los ojos del anciano producían la misma sensación que un cubito de hielo apretado a la nuca. Tanto si era egipcia o iraquí, o lo que fuera, no era una mujer alta. Jimper no logró averiguar su nacionalidad, pero en cualquier caso la chica tenía que levantar la cabeza para mirarle. No vestía velos, ni túnicas, llevaba una falda que le llegaba casi a las rodillas, una blusa abotonada de un tejido más grueso que el preciso para vivir bajo la cúpula.
—Papá hace que me vista como si estuviéramos en casa —explicó ella un día, inclinada sobre Jimper para contemplar el boceto de ropa interior femenina que estaba dibujando él con el lápiz fotosensible—. Nuestra casa está en Edimburgo.
—No habría dicho que fuera usted escocesa. —Ni tampoco árabe, pensó Jimper.
—Papá se empeñó en que yo me graduara en la Universidad de Columbia. ¿Qué otra cosa puedo parecer, sino norteamericana? Hablando de papá —añadió—, viene hacia aquí. Será mejor que haga rápidos arreglos a esa dama.
La figurilla había acabado pareciéndose mucho a Fátima. Jimper la alargó, la hizo más gruesa y cambió el color del cabello justo a tiempo. Dejó de parecerse a Fátima y se asemejó más a Jo-Ellen lo que fuera, la doctora con problemas pasionales. Jimper suspiró. La vida era mucho más fácil en Atlanta. ¿Cuál era el problema de las mujeres neoyorquinas?
Lo mejor que pudo sucederle fue que el empleado a quien tenía que presentarse como convicto en libertad provisional que era, acabó reconociéndolo siempre que iba.
—Ofrézcase voluntario, tonto —aconsejó un día a Jimper—. Voluntario para cualquier trabajo fácil, no espere a que lo llamen.
—Ni siquiera sé qué trabajos son fáciles —admitió con humildad Jimper.
El empleado suspiró y le dijo que los granjeros eran un fastidio, pero se calmó y le indicó las mejores posibilidades a su alcance. Ir a cazar ratas era desagradable, pero instalar tuberías estaba bien. Ir de patrulla por las zonas de diversión de Times Square y la Calle 14 era un fastidio. Ir de patrulla por los muelles valía la pena. La mejor tarea disponible, siempre que Jimper dispusiera de días libres, era la de socorrista. Y Jimper acabó sentado en una silla elevada de los Baños Municipales de Asser Levy Place durante ocho horas seguidas. Sólo tenía que preocuparse por llamar a la policía si alguien provocaba algún desorden, y puesto que el sol se tomaba bajo la cúpula, no existía riesgo de insolación. Incluso podía echar una siestecita, de veinte minutos más o menos, ocasionalmente; y ello significaba que podía presentarse voluntario para vigilar por la noche los muelles del sur de la isla.
Atlanta no era puerto de mar. El volumen del tráfico que recorría las bahías y ríos de Nueva York sorprendió a Jimper. Desde las pasarelas interiores de la cúpula se distinguía el agua y los rechonchos submarinos que se deslizaban bajo la superficie, navegando por la capa intermedia para reabastecer las instalaciones petrolíferas del Cañón de Baltimore. Al otro lado de la cúpula estaban las embarcaciones procedentes de la Bahía de Delaware y la costa de Jersey, los barcos congeladores de carne y productos agrícolas para los estómagos de los tripulantes, los petroleros, los que llevaban las materias primas usadas por las industrias de la ciudad y los videos, tocadiscos, juegos electrónicos, máquinas de escribir, lavadoras, zapatos, pantalones deportivos, lacre... todo lo que precisaban las tiendas urbanas. Corriente arriba, bajo el recortado esqueleto del World Trade Center, los enormes lanchones sumergibles de basura aparecían por la noche; vaciaban de lastre sus calas y salían a la superficie igual que grandes e hinchadas ballenas muertas hasta que los tripulantes bombeaban otras dos mil quinientas toneladas de hediondos desechos alquitranados en el interior de los lanchones y se sumergían para alejarse, silenciosos, como tiburones, hacia los terrenos de vertido situados en el borde de la plataforma continental. Cuando el espectáculo era aburrido, siempre existía la posibilidad de encontrar un portal cómodo y echar una cabezada; al bajar la marea era el momento de pescar cangrejos, y el ruido de los botes despertaba a Jimper.
Había buena pesca allí, la primera tarea de la mañana. Las embarcaciones pululaban a lo largo de la orilla del río, dentro o fuera de la cúpula, en cualquier parte que por ser poco profunda les permitiera tender sus trampas. Al parecer no existía límite para el número de cangrejos que podían capturar, enormes animales de dieciocho centímetros que se movían como tanques ligeros y mordían igual que tenazas si tenían la oportunidad. Un día Jimper vio que un pescador vaciaba un cubo en la acera para clasificar las capturas, y aprendió a no ofrecer voluntariamente su ayuda.
La única ocasión en la que requirieron su presencia oficialmente fue cuando dos pescadores de cangrejos vertieron sus capturas al mismo tiempo y los crustáceos se dispersaron en todas direcciones. Jimper tardó media hora en resolver la discusión respecto a quién pertenecían los ejemplares. Después los dos hombres reaccionaron amistosamente y lo invitaron a compartir un porro a la sombra del pilón de la cúpula. Cuando Jimper elogió el tamaño de los cangrejos, uno de los viejos exhaló humo profusamente y tosió.
—Les gusta lo que sale de las cloacas —explicó.
—El barro —dijo el otro, y extendió la mano para coger la colilla.
—Al principio son aguas cloacales. Meados, mierda y Dios sabe qué. Las barcazas de basura echan todo eso aquí.
Era el turno de fumar de Jimper, que exhaló una azulada nubécula de humo.
—Pensaba que hacían los vertidos en el mar.
—Claro que sí. Deben abrir las compuertas de popa a proa y navegar veinte minutos en línea recta. Por dentro son únicamente una enorme cloaca, ¿sabe? La marea pasa por la tubería y deja limpias las barcazas. Pero no hacen eso. Si tardan cinco minutos ya es mucho, porque cobran según la carga que recejen y como es lógico no acaban de quedar limpias. Pero así está bien. Nunca verá la poca basura que echan por aquí, a menos que fuera un pececillo contento de poder comer eso. Luego llega el cangrejo, y se alegra de poder comer ese pececillo, y Marty y yo nos alegramos de poder pescar a ese cangrejo.
El pescador observó el cubo, aguardó la oportunidad, metió ambas manos y sacó un par de monstruos que agitaban las pinzas.
—Tenga. Lléveselos. Su mujer sabrá como prepararlos.
El problema era que Jimper no tenía mujer. La chica de Atlanta no contestaba sus cartas. La doctora no se encontraba en el despacho cuando la llamaba por teléfono, y tampoco le telefoneaba. Y Fátima-Muñeca tenía mucho que hacer en la Universidad. Los cangrejos estaban perdiendo vigor claramente cuando Jimper decidió regalarlos al padre de la joven, que demostró su agradecimiento al día siguiente, entregando un paquete a Jimper.
—Bocadillos —explicó—. Ensalada de cangrejos. Sus cangrejos, preparados por Fátima. Muy buenos.
—Gracias —dijo Jimper, atontado por falta de sueño, y tomó asiento ante la pantalla durante otra media hora.
Alteró los bocetos sin mejorarlos demasiado, hasta que pensó que era incorrecto dejar permanentemente sin refrigeración la ensalada de cangrejos. Se puso a comer, tan fatigado que no percibió si el bocadillo estaba bueno o no. Casi tan fatigado que estuvo a punto de no ver que había algo demasiado duro para ser carne y demasiado flexible para ser caparazón, y cuando se lo sacó de la boca comprobó que era un plástico. Lo abrió y en el interior había un trozo de papel doblado:
Esta noche, 17:30 horas, New Gotham Tower East, planta 83, PUERTA.
New Gotham Tower era un barrio étnico, en lucha étnica, como era costumbre, con los librepensadores, contraculturistas, amantes del arte y supuestos bohemios aficionados a los alquileres baratos y a la mugre suficiente para demostrar que estaban por encima de los valores materiales. La planta 83 era una parada del ascensor expreso, con el usual esparcimiento de tiendas, comidas rápidas y vendedores ambulantes. Jimper tardó sólo un momento en encontrar el lugar que buscaba. El rótulo de la puerta decía:
PUERTA
Ciertamente, pero en realidad no era una puerta, sino una cortina de nebulosidad. Es decir, un flujo de aire que contenía moléculas orgánicas ligeras; brotaba de las ranuras situadas en lo alto del marco y era succionado por las ranuras del suelo. Un proyector oculto proyectaba sobre la nube una curiosa escena de oscuros matices, un césped con una nebulosa figura de pie que daba su nebulosa espalda a Jimper cuando éste se acercó. Casi temió el contacto al entrar, pero lo único que percibió fue una cálida corriente que levantó los pelos de su nuca.
Al volver la cabeza vio la cara de la nebulosa figura, una mujer con el cabello levantado y casi formando cuernos, con una camiseta que decía:
Vendemos Magia
Sin trucos
Magia
Qué lugar tan extraño, pensó Jimper. La iluminación era débil, pero los demás sentidos de Jimper se vieron acometidos. Aromas de almizcle y pino, ajo y otros más raros, más orientales. Música de sitar como fondo. Y de pronto, una llamarada de violento fuego rojo: una dependienta, al otro extremo de la tienda, había echado un pellizco de cierto polvo en un brasero. Sólo había otra vendedora, y estaba hablando con un cliente. Jimper se acercó.
—Discúlpeme.
Ella lo miró con irritación y continuó hablando.
—¡Cuánto me alegra que hayas venido esta noche! Acabamos de recibir tierra de tumba.
El cliente era un quinceañero lleno de acné.
—¿Cuánto vale un cuarto de kilo?
—Veinticinco —dijo la vendedora en tono de disculpa.
—¡Dios mío!
—Pero es auténtica —repuso ella tratando de engatusarlo—. Procede de... —Bajó la voz—. ¿Conoces el viejo cementerio portugués de la undécima Avenida, a la altura de la calle? De allí. Y es legal. Y está certificada.
El chico frunció los labios y se los toqueteó suavemente con dos dedos.
—Tendré que pensarlo —dijo, y se fue.
La vendedora suspiró y se volvió hacia Jimper, con las cejas alzadas.
—¿Muñeca? —preguntó Jimper.
—Ah, sí. ¿De cera? ¿Muñeca o muñeco? O si tiene alguna cosa de la víctima, mechones de pelo, lo que sea, le haremos un modelo a partir de cuarenta dólares...
—No busco una muñeca. Muñeca. Fátima Mawzi —explicó Jimper.
La dependienta perdió interés.
—En la trastienda —dijo, de forma tan despreocupada que Jimper se preguntó cuántas veces se habría realizado ya la misma transacción.
Fue al otro extremo de la alargada y estrecha tienda, entró en la habitación de la parte trasera (en esta ocasión con una puerta y una cerradura reales) y allí estaba Muñeca, dando fuertes chupadas a un narguile, mirándole a través de los vahos de hachís y sin vestir una sola prenda.
El negocio de la magia, magia auténtica, sin trucos, no debía ser muy provechoso. La trastienda estaba arreglada exactamente para lo que Muñeca deseaba. ¿Cómo se había enterado ella de que existía ese lugar? Jimper no lo preguntó. La tecnología de la sala le fascinó. Cámaras manuales de televisión permitían observar en una gran pantalla partes de los respectivos cuerpos inaccesibles a los ojos. Artilugios que temblaban y artilugios que vibraban. Dispositivos electrónicos que superaban el obstáculo de unas hormonas debilitadas cuando el cuerpo estaba dispuesto a abandonar pero el cerebro deseaba más. Camas que se movían, y aparatos que hacían innecesaria la cama. Licores. Perfumes. Grabaciones de hercúleas hazañas, las del mismo cliente si éste decidía conservarlas. Las cuatro primeras veces que Jimper y Muñeca visitaron la habitación, él estuvo tan atareado que no tuvo oportunidad de hablar. Y ni siquiera en ocasiones posteriores Muñeca se mostró demasiado conservadora. Los preciosos momentos que dedicaba a Jimper eran escasos e infrecuentes, y ella no quería desperdiciarlos con parloteos. Sus días en Nueva York estaban contados, explicó a Jimper. Muy pronto volvería a Edimburgo para casarse con un vecino.
—¿Qué clase de hombre es él? —preguntó Jimper, echado en la cama que aún vibraba después de los ejercicios. Muñeca introdujo la cabeza en su túnica y lo miró.
—Un hombre. Muy estricto. Muy religioso. Seguramente se negaría a casarse conmigo si averiguara lo que hago en Nueva York. Y además, muy rico, riquísimo.
El velo fue la prenda más difícil de colocar, pero completó el conjunto y transformó a Muñeca en una musulmana estrictamente religiosa, como cualquier otra de aquel barrio musulmán.
—¿Muñeca? —inquirió Jimper—. ¿Espera él que seas virgen, eh?
—No espera que tenga esa apariencia —repuso ella mientras se contemplaba en el espejo. Después se acercó a la puerta—. Y el alquiler de la habitación sólo nos permite diez minutos más, Jimper, así que muévete, por favor. Tengo que ir a la Feria.
Muñeca no apareció más por la oficina de diseños, y Jimper desoyó el buen consejo del empleado del juzgado y se ofreció voluntario para vigilar los terrenos de la Feria. La inauguración era inminente. El gran Puente Arco Iris se extendía ya de lado a lado del parque y equipos de técnicos que realizaban pruebas de resistencia lo recorrían todos los días. Los principales pabellones estaban terminados. Islandia contaba con estructuras repletas de una espuma que imitaba la lava, los sauditas con una simulada playa en miniatura del Mar Rojo y minúsculos icebergs arrastrados hacia ella por el lago central de la Feria. Los puestos de comidas rápidas y los quioscos de novedades fueron introducidos y preparados, y las empresas concesionarias se disputaron los mejores lugares y se quejaron del tiempo. La cúpula eliminaba el riesgo de lluvia, excesivo calor o nubosidad, pero de nada servía cuando las polvaredas ocultaban el cielo y éste se hallaba oscuro al mediodía.
—En oscura jornada, no venderás nada —informó a Jimper un desesperado vendedor de tortas rellenas que no sabía cuánta harina de maíz encargar—. Si el tiempo no aclara, no habrá ventas.
—Seguro que mejorará —lo tranquilizó Jimper, sin saber qué decía porque Atlanta no solía estar en la ruta de las tempestades de polvo. Sonrió afablemente, corrigió el ángulo de su gorro rojo y se alejó para admirar sus diseños en el pabellón británico.
En cuanto el personal empezó a ensayar sus tareas con la ropa especial, Jimper apareció por allí siempre que podía, y muy satisfecho de sí mismo reconoció que los diseños eran magníficos. Las faldas escocesas eran elegantes y se bamboleaban bien sobre los usuarios. Las blusas con el pabellón nacional británico realzaban al máximo lo que las mujeres llevaban debajo. Jimper había conseguido lo que casi podía denominarse una clientela. Cuanto cumpliera su condena, cuando terminara la Feria, cuando esas interrupciones temporales de su carrera finalizaran, entonces él, no tenía duda alguna, sería uno de los más dignos diseñadores de la ciudad, y con ese fin empezó a buscar una buena ubicación para su boutique. Las cosas le iban bastante bien, reconoció muy complacido. Con una sola excepción.
Jimper vio la espalda de Muñeca, se acercó a ella, descubrió que estaba mirando fijamente al cielo y observó el fenómeno. Muy por encima del parque flotaba y planeaba una libélula. Un aficionado a las alas. Resultaba difícil distinguirlo en aquella polvorienta tarde, pero sin duda alguna era un experto que aprovecha cualquier corriente termal y cualquier brisa.
—Animo, viejo —murmuró Jimper, envidioso del volador, y Muñeca le dedicó una rápida mirada.
—Ojalá estuviera yo allí —comentó ella.
Jimper apartó un momento los ojos del volador, muy sorprendido.
—No sabía que fueras voladora.
Muñeca se alzó de hombros y respondió. Pero su padre, que estaba detrás de Jimper, contestó por ella.
—Fátima ha hecho esas cosas, sí —gruñó roncamente—. Pero ahora que está en edad de casarse, ese deporte no es adecuado.
Jimper sonrió, se excusó y se fue lentamente sin dejar de observar al volador, y rogó por la seguridad de su aterrizaje cuando la silueta se perdió de vista.
Jimper tenía una idea.
Pocas cosas podían hacer dos personas tolerantes que él y Muñeca no hubieran hecho ya, en aquella pequeña habitación de PUERTA. Pero quedaba una experiencia que no habían compartido. Era una tontería. Era un riesgo.
Era una tontería y un riesgo totalmente deseados.
Desde el reducido piso de East Village a New Gotham Tower East sólo había un breve paseo en hidrocamión, y Jimper no apartó la vista de la cúpula. Había oscuridad, a pesar de que era mediodía. Cuando llegó a la pequeña habitación de PUERTA, Muñeca estaba ya allí, con el narguile encendido e intenso olor a hachís en la poco espaciosa sala.
—¿Qué te pasa, Jimper? —preguntó ella al tiempo que le pasaba la pipa. Jimper succionó con fuerza antes de replicar.
—La oscuridad del mediodía —dijo.
—Te deprime, ¿verdad? Sigue fumando —le ordenó ella— y veremos si podemos animarte.
Y naturalmente que pudieron, al menos en el aspecto físico. Pero si bien el cuerpo de Jimper se manifestó activo en ese campo, su cabeza no cesó de dar vueltas a la «oscuridad del mediodía». Si la temperatura de la Tierra estaba aumentando, como se afirmaba, ¿por qué los granjeros importunaban constantemente con sus miserables quejas de frío? Bastaba con ver los repelentes artículos de los supermercados. Lechugas con bordes oscuros, patatas que cualquier persona sabía iban a estar negras o llenas de agujeros por dentro, nacidas zanahorias... Y si alguien se quejaba a la cajera, ella se limitaba a culpar al tiempo.
¡Y se suponía que cada vez hacía más calor!
Jimper había ido siguiendo atentamente los documentales. La atmósfera era una máquina térmica. Cuanto más calor se vertía en ella, más violencia producía. La esencia de las máquinas térmicas no es la temperatura sino la diferencia de temperaturas, de acuerdo con las denominadas «leyes de Carnot». Al aglomerarse setenta y cinco centrales de incontables megavatios en una región de un estado del oeste, California por ejemplo, y quedar a unos cientos de kilómetros dos o tres estados bastante desprovistos, como Nevada y Utah, se creaba un diferencial térmico. El aire no aceptaba eso. El aire deseaba ser una democracia perfecta, todas las moléculas debían brincar a idéntica velocidad. Eso era entropía. El viento recogía el calor de Malibú y lo transportaba a Salt Lake, y en el camino arrancaba el tejado de la casa de uno si por casualidad uno vivía a lo largo del recorrido. Luego bramaba en las llanuras y alzaba el mantillo hacia el cielo antes de sobrevolar Kansas y Connecticut. O Nueva York. O de lo contrario se abría paso por la fuerza a través del Canadá, donde soltaba su agua, se resecaba y enfriaba como un infierno platónico, y se deslizaba hacia Arkansas y Mississipi para dejar helados a los que festejaban el martes de carnaval. Mientras tanto Fairbanks se deshelaba y Honolulu sudaba, pero ello en nada ayudaba a los granjeros del Midwest. Los estados con cultivos sufrían frío y viento. La temporada de cultivo era breve. Y decenas de millones de toneladas de su tierra vegetal iban de visita al este, creando la Oscuridad del Mediodía. Flotaba sobre las cabezas de los ciudadanos llevada por las brisas y ascendía con las corrientes térmicas.
—Podemos hacerlo si quieres —dijo Muñeca.
Jimper volvió a la realidad de la habitación con un sobresalto. Miró a su amante.
—¿Qué? —consiguió decir.
Ella estaba de pie, frotándose la espalda y contemplándolo.
—Hablaste de volar —repuso.
Jimper asintió, esforzándose en aferrarse a los momentos que con tanta rapidez pasaban. No era fácil. Había fumado muchísimo, comprendió.
—Creo que mi espalda lo soportaría —dijo Muñeca.
Jimper asintió de nuevo, aunque no tenía la menor idea sobre a que se refería ella. Ni de lo que él había dicho hasta entonces. ¿Algo relacionado con la espalda de la chica? Muñeca era bajita, vivaz, menuda, pero su desarrollo pectoral era impresionante y se quejaba de dolores de espalda. ¿Acaso habían hecho algo particularmente duro para la espalda de ella? No podía recordarlo.
—En fin —continuó la joven—, tengo las alas escondidas, y mi amiga me ha dicho dónde hay una buena ventana. El único problema es que has de saltar a ciegas. Pero hay un descenso vertical, y buen viento.
—Ah sí —dijo él, asintiendo como si lo entendiera.
—Pues vístete —ordenó Muñeca—, porque el viejo estará fuera toda la tarde y nunca tendremos una oportunidad como esta.
Jimper pensó que estaba asintiendo mucho, pero puesto que no imaginaba otra contribución más eficaz al diálogo, continuó igual mientras Muñeca se vestía y le ponía su ropa.
Había fumado demasiado hachís. Jimper se hallaba en ese dócil estado en el que toda idea parecía buena, en especial si lo único que debía hacer era decir que sí. Por desgracia Muñeca quería algo más que un sí. Quería que él se moviera. Ella se hallaba en ese otro estado en el que todo lo que parece buena idea debe ponerse en práctica de inmediato, y de inmediato lo hicieron todo: vestirse, salir de la habitación, bajar en el ascensor, cruzar un puente colgante, subir en otro ascensor... Jimper habría permanecido siempre en el segundo ascensor si Muñeca no se hubiera vuelto con suficiente rapidez para tirar de él en el momento que las puertas estaban a punto de cerrarse. No empezó a superar la neblina del hachís hasta que se vio atado a las alas alquiladas.
—No sé si la idea es buena, Muñeca —dijo. Pero sus dedos estaban comprobando las hebillas, tocando las alas, buscando partes raídas y malos ajustes... Unas alas viejas, pero bien conservadas; no había defectos.
—Vamos —le urgió Muñeca, y tiró de él hacia una amplia ventana.
Qué extraño que no hubieran inutilizado hacía tiempo un lugar para saltar tan obvio, reflexionó Jimper.
—Me parece algo arriesgado... —dijo.
En eso no se equivocaba. Lo supo de inmediato, en cuanto saltaron los dos cogidos de la mano y él oyó el raro traqueteo de un objeto al deslizarse. Vio un objeto que se abría ante ellos, notó la amortiguada sacudida y comprendió que se hallaban en una red. Estuvieron colgados allí diez minutos, atrapados como conejos, antes de que tres risueños policías profesionales recogieran la red.
—Usted, joven señorita —dijo el juez—, queda en libertad condicional bajo custodia de su padre, y si vuelvo a verla por aquí lo pasará mal. Y en cuanto a usted...
Miró a Jimper por encima de su mesa de juez, y casi pudo escucharse el funcionamiento del cerebro judicial al elaborar la sentencia.
—Reincidente —dijo—. Segundo delito. Ningún atenuante. Noventa días o quince mil dólares. Siguiente caso.
V
Los reincidentes no tenían las facilidades de los que delinquían por primera vez. Sus oportunidades para ofrecerse voluntarios en trabajos fáciles eran limitadas; iban adonde se les ordenaba, y tenían otros deberes desconocidos por los delincuentes primerizos. Uno de ellos consistía en acudir al edificio denominado Hospital Municipal-Clínica de Urgencia y Rehabilitación. Y en ese lugar Jimper tuvo que aguardar su turno más de dos horas.
El hombre que lo precedía fue el que ocupó casi todo ese tiempo, ya que deseaba hablar, y Jimper pensó, perplejo, que el infeliz tenía ciertamente mucho de que hablar.
—Después de, sabe usted, ponerle la mano encima —estaba diciendo el hombre—, ella me confesó, ella digamos que me confesó que tenía miedo.
—¿Miedo de usted? —preguntó el consejero, y bajó la mirada a fin de tomar notas, para demostrar que seguía el relato.
—Ella tenía miedo de que su madre se enterara. Pero no me detuve.
Pero se detuvo en ese momento, un segundo. Se detuvo, se humedeció los labios y miró hacia Jimper, que estaba en el extremo opuesto de los archivadores, que sustituían a una pared en el despacho del consejero. Jimper se esforzó en aparentar que no estaba escuchando, aunque todos los convictos que ocupaban la sala de espera se hallaban claramente atentos a la conversación.
El hombrecillo estableció contacto visual con todos los delincuentes antes de volver la cabeza hacia el consejero.
—No me detuve —repitió, y se secó los labios en el dorso de su muñeca—. Después, en cuanto le quité la ropa, yo... digamos que yo... digamos que yo cogí el... eh, eso...
—El cuchillo de carnicero, sí —le ayudó el consejero.
—Sí, cogí el cuchillo de carnicero y se lo clavé... Digamos que yo se lo clavé...
—Sí, se lo clavó —concluyó el consejero—. Ya veo, pero hay un detalle que me asombra, Willy.
—¿Cuál? —preguntó ansiosamente el hombrecillo.
—¿No pensó que le haría daño, que podía matarla?
—Oh, claro —convino el hombrecillo.
—Pero me ha dicho que la amaba, que amaba a esa niña de cinco años.
—Bueno, no podía violarla. Ella sólo tenía cinco años —explicó virtuosamente Willy.
—Entiendo. —El consejero apuntó algo en la video-placa. Pensó un momento y acto seguido se inclinó hacia adelante con aire benigno—. Usted sabe que todo esto es una fantasía, ¿eh, Willy? —preguntó.
La expresión de Willy se ensombreció.
—Oh, demonios, claro que lo sé —dijo.
—Porque antes de esta entrevista he llamado a la madre para asegurarme. Sally está perfectamente.
—¡Ya lo sé! Pero el juez me ordenó verle a usted cuando vo... cuando tuviera esta clase de ideas...
—Naturalmente —repuso el consejero, radiante—. Se ha portado muy bien, Willy, y aprecio el detalle. ¿Tiene alguna otra cosa en la cabeza?
El hombrecillo se removió en la silla un momento como si estuviera a punto de levantarse, pero siguió sentado.
—¿Sí, Willy? —lo animó el consejero.
—Bueno... ¿No merezco una sanción? —preguntó Willy, en tono de súplica.
—¡Ah! —El consejero sacudió la cabeza, censurándose a sí mismo—. ¡Por poco lo olvido! Gracias por recordármelo, Willy. Veamos, yo diría que esto merece una sanción de... digamos veinticinco centavos. ¡Y será mejor que pague ahora mismo!
El hombre, agradecido, metió la mano en su bolsillo, y antes de salir miró muy contento a Jimper, que era el siguiente en la cola.
—Es un gran doctor —confesó.
El gran doctor estaba metiendo la moneda en una panzuda jarra, y tenía el semblante triste. El sonido de la moneda al caer indicó que iba a tener mucha compañía allí dentro.
—¿Nombre? —dijo el consejero sin levantar la cabeza, y tras la respuesta de Jimper suspiró y tecleó el nombre en la videoplaca—. ¿Cuál es su problema? —inquirió, a la espera de que aparecieran los datos.
—No tengo ninguno. Lo único que tengo son dos condenas por practicar vuelo libre en el interior de la cúpula.
El médico mostró interés por primera vez.
—¿Ninguna fantasía asesina? ¿Ninguna expresión de impulsos antisociales?
—Nada de nada, incluyendo un abogado decente —gruñó Jimper.
El médico le estudió el semblante con más atención.
—¿Cree que su juicio fue injusto? ¿Quiere recurrir al Tribunal Supremo, quizá?
—Doctor —dijo Jimper—. Ni siquiera tengo esa fantasía.
El médico se alzó de hombros.
—El cielo sabe dónde estará el Tribunal Supremo, en fin... En Houston, la última noticia que tengo. —Miró la videoplaca con la frente arrugada—. ¿Qué pasa con esto? ¿He deletreado mal su nombre?
Irritado, tecleó el nombre por segunda vez, y luego apartó las manos con escandalizada expresión.
—Oh, Dios —gimió—, esto es el colmo. El primer caso de alguien que no está chiflado, el primero en todo el día, y otro lo ha robado.
—¿Me han robado, a mí? —preguntó Jimper.
—Alguien se ofreció voluntario para sacarle a usted de mi lista —dijo amargamente el consejero—. ¡Debí suponerlo! Siempre a caballo regalado se le mira el diente, ¿no le parece? Y ella es una criatura tan dulce...
—Escuche, amigo —dijo Jimper—. Me ordenaron venir aquí para recibir asesoramiento, porque así es la ley para los reincidentes. Aparte de eso, no me interesan sus problemas. Aconséjeme y acabemos, si tiene la bondad.
—¡Si eso fuera tan fácil! —El consejero movió tristemente la cabeza—. Le corresponde otro doctor, en el despacho contiguo. El nombre está en la puerta, J. Redfan. Muévase, por favor. ¡El siguiente!
J. Redfan. El apellido era familiar, de algún modo, pero Jimper no lo relacionó con una cara hasta que llegó al principio de la segunda cola (misericordiosamente más corta) y recibió permiso para entrar en el despacho.
—Hola, Jimper —dijo Jo-Ellen Redfan—. Me preguntaba cuándo aparecería.
Jimper tomó asiento, sintiéndose repentinamente tranquilo.
—No esperaba esto —admitió—. Creía que usted se dedicaba a la medicina privada.
—Cuando hay que trabajar para cumplir una condena —repuso ella— haces cualquier cosa. Escuche. La razón de que haya aceptado su caso es que... tengo entendido que usted es pintor, ¿no?
—Bien... ojalá lo fuera, la verdad. En realidad soy diseñador de tejidos y trajes. No tengo talento suficiente para exponer, me temo.
—Pero ¿sabe pintar?
—Bueno, claro...
Pero Jo-Ellen no estaba escuchándole. Estaba llamando por teléfono, y se puso a hablar en cuanto le contestaron.
—Hola ¿Willy? Tendremos compañía para cenar, así que sal a la terraza y coge una docena de los grandes. Y yo prepararé chile chirriante. Te veré dentro de media hora.
—¿Chile chirriante? —preguntó Jimper, perplejo.
—Vendrá a cenar a mi casa —explicó la médico—. No hay problema. Usted es reincidente y necesita una terapia, ¿no? La mejor terapia es el trabajo... y, Jimper, ¡tengo trabajo de pintor para usted!
El hogar de Jo-Ellen Redfan era un piso muy bonito, casi al final de las calles veintes, con tres espaciosas habitaciones y una amplia terraza. Era un piso de propiedad de los denominados «canadienses»: Jo-Ellen pagaba la cuarta parte de sus ingresos y el piso era suyo para siempre. O hasta que dejara de pagarlo o decidiera mudarse.
—Pero no pienso hacerlo —explicó ella mientras ponía agua a calentar—, porque nos dieron el piso cuando había dos sueldos en la familia, y ahora, estando yo sola, es una ganga. ¡Will! ¡Estoy lista para cocer!
Se abrió la puerta del dormitorio y Will asomó la cabeza. Llevaba un teclado en la mano y tenía todo el aspecto de un jovencito haciendo sus deberes.
—Están en el balcón, Jo.
—¡Pues sácalos del balcón!
El muchacho suspiró, dejó el teclado, cruzó el salón, pasó junto a la cocina y salió a la terraza. Jimper fue tras él, admiró la vista y oyó cantar a los grillos en una jaula situada en un extremo de la terraza. Una jaula de menor tamaño estaba cerca de la primera. El chico la cogió y la entregó a su madre con aire afligido.
—¿Puedo terminar mi álgebra ahora? —dijo.
—Vete —repuso Jo-Ellen mientras abría con sumo cuidado el techo de la jaulita.
Cazó uno por uno a los vivaces grillos y los echó un momento en el agua hirviendo. Después apartó la olla del fuego, tiró el agua y se puso a pelar lo que iba a ser la cena.
—De modo que lo atraparon con el viejo truco de la red —dijo por encima del hombro—. No se enfade. Todos los granjeros pican una vez. Cuando abres la ventana, la red se abre y suena una alarma.
—No elegí yo el lugar —dijo Jimper a la defensiva, pensando qué podía hacer para ayudar. Pero Jo-Ellen parecía tener controlada la cena; una olla con cebollas, judías y tomates estaba calentándose ya y la cocinera añadió la carne de grillo en cuanto la tuvo pelada y cortada.
—¿Qué fue de su amiguita?
—Su padre la mandó a casa —dijo Jimper—. Creo que ella va a casarse allí.
Jimper había perdido algo, pero no se sentía particularmente triste por ello. Al parecer estaba ganando otra cosa, si los indicios eran fiables, y esa otra cosa tenía un piso para ella sola. Bien, casi para ella sola. Pero seguramente el niño se acostaría temprano...
—Qué pena —dijo Jo-Ellen—. Escuche, ¿sabe coger cogollos de palma?
—Me temo que no, Jo-Ellen.
—¡Granjeros! Bien, venga conmigo y le enseñaré.
Jo-Ellen Redfan era toda una granjera, decidió Jimper, y examinó con envidia la casa. La terraza resultó ser una productora de alimentos mucho mejores que los que se adquirían en los supermercados. Grupitos de pequeñas palmas cedieron sus tiernos cogollos, junto con lechuga fresca y tierna para preparar una ensalada como acompañamiento del chile. Para postre hubo papayas, maduras y metidas un momento en el frigorífico para enfriarlas. Para la mesa, flores cogidas en los bordes de la terraza. Lo importante, explicó Jo-Ellen a Jimper, era tener una terraza orientada al sur y una barandilla baja, de modo que el sol llegara a las plantas incluso en invierno... y, por supuesto, plantar las variedades capaces de medrar bajo el difuso resplandor que atravesaba la cúpula. Hubo vino para acompañar la carne y café dulce y espeso extraído de una cafetera de cobre después de la cena. Pero ahí acabó el sosiego. Había llegado el momento de pintar.
Había que pintar la cocina.
—Fíjese, Jimper —dijo Jo-Ellen. Apartó los platos y frotó partes de la pared humedecidas por el vapor de agua de la cocina de hidrógeno—. Nosotros no tenemos altura suficiente. Usted es amable y alto. ¿Will? ¿Dónde está la brocha? Jimper, échele una mano, por favor.
Jimper obedeció gustosamente. Una hora pintando una cocina no era mal pago por una buena cena, aparte de los posibles beneficios adicionales. Sin embargo la calculadora vista de Jimper no conseguía imaginar dónde era posible cobrar los beneficios adicionales. Sólo había un dormitorio y tenía dos camas, obviamente para los dos ocupantes del piso. Allí no había más camas. Ni siquiera un sofá. En el salón solamente había sillas. La tercera habitación estaba amueblada como si fuera un consultorio (sin lugar a duda Jo-Ellen practicaba su profesión en el hogar de vez en cuando) e incluía una especie de camilla para reconocimiento, cierto. Pero nada que pudiera compartirse holgadamente. ¿La terraza? Existía el riesgo de aplastar las plantas... Era un enigma... aunque Jimper confiaba en que Jo-Ellen lo resolviera, a pesar de todas las cosas que había dicho. Sería interesante comprobar cómo se las arreglaba, pero Jimper estaba casi convencido de que lo haría de un modo u otro. Ninguna mujer invita a un hombre a pintar la cocina de su casa sin tener otros planes para la noche.
Con los tres trabajando, la tarea duró poco. Jo-Ellen fue pasando la brocha mientras Jimper se ocupaba de poner la pintura con los pulverizadores y Will agitaba otros llenos para tenerlos listos y limpiaba salpicaduras de líquido dirigido a zonas incorrectas. Puesto que el cielo continuaba ensombrecido a causa de los restos de la tormenta de arena, Jimper perdió tiempo, y le sorprendieron las palabras de Jo-Ellen en cuanto la última brocha estuvo recogida y el resto de material guardado.
—Santo cielo, Will, ya tenías que estar en la cama. Espero que habrás terminado los deberes.
—Los terminaré por la mañana —prometió el muchacho, bostezando—. Buenas noches, Jo. Buenas noches, Jimper.
Y Jo-Ellen sacó el vino que quedaba y un par de porros, y cuando el chico salió del cuarto de baño y cerró la puerta del dormitorio, se recostó tanto como pudo en una silla de respaldo vertical, encendió uno y lo pasó a Jimper.
—Escuche —dijo—. Esto es un poco violento.
—¿El qué, preciosidad? —preguntó Jimper.
—Bien, llámeme preciosidad, por mencionar un detalle. Recuerde, le advertí que no me relaciono con hombres.
Enfurruñarse y malhumorarse cuando una mujer te hacía saber que no estaba interesada en ti era la peor manifestación de malos modales, y Jimper siempre se había esforzado en ser educado. Por ello mantuvo su sonrisa mientras fumaba el porro, pero al hablar su voz reflejó menos afabilidad que la que él planeaba.
—La decisión es suya, Jo-Ellen —dijo.
La médico suspiró irritadamente.
—Escuche, no es por usted. No es un mal tipo. Incluso podría ser un tipo francamente agradable. Y el problema no es moral, y no estoy enamorada de otro, y no tengo ninguna enfermedad contagiosa.
—En ese caso...
—Lo que tengo —dijo ella con amargura— es un ex marido.
También era señal de mala educación reaccionar como si la persona con la que hablabas hubiera dicho algo increíblemente estúpido, pero Jimper no pudo evitarlo. La mitad de las personas que conocía tenían ex esposos o ex esposas, cuando no esposos o esposas que no se comportaban como tales. Dijo algo al respecto, y Jo-Ellen sacudió la cabeza.
—No como Dinny. Él no quería divorciarse, Jimper, y jamás lo ha aceptado. Me sigue a todas partes. Casi siempre que salgo lo veo espiándome junto a los ascensores. Lleva unos anteojos, y encontró unos rellanos en el edificio del otro lado de la plaza. Desde allí puede ver este piso. Y si corro las cortinas me llamarán por teléfono y no responderá nadie cuando coja el auricular. Y... —Frunció el ceño, turbada—. Y lo peor, Jimper, es que si... me relaciono con otros hombres, él les da una paliza.
No era la mejor noticia que Jimper había escuchado, aparte de que le resultaba difícil creerla. Impulsivamente dirigió una mirada fugaz a las abiertas cortinas y las ventanas iluminadas al otro lado de la plaza.
—Pero esta noche él se halla en Chicago —observó Jo-Ellen.
Jimper cogió el porro y se tranquilizó.
—Aunque nunca sé si él ordena a otra persona que vigile cuando sale de la ciudad —concluyó Jo-Ellen, y se echó a reír—. ¡Me río de usted! Primero está tranquilo y preparado, luego se pone nervioso, cruza los brazos sobre el pecho y junta las rodillas, después guarda silencio, se inquieta otra vez...
—Jo-Ellen —dijo Jimper, que empezaba a notar los efectos del porro—, ¿qué quiere de mí? ¿Es que se divierte así, con esta especie de juego?
—¡No! Sólo estoy informándole de la situación.
—Igual que un partido de tenis, ¿eh? Primero la bola está en un lado de la pista, luego en el otro, y yo corro tras ella intentando participar.
—Yo no quería que fuera así, de verdad. Supongo que es por culpa de estos cursos de psicología... Me interesa observar cómo reaccionan las personas ante los estímulos...
—Hablando de psicología —la interrumpió Jimper bruscamente—, ¿qué diagnóstico haría a una mujer adulta que comparte su dormitorio con un niño de diez años? ¿Tiene la menor idea de lo que está haciendo con las posibilidades de maduración de su hijo?
Jo-Ellen se echó a reír de nuevo.
—Curioso —comentó—. Todos los hombres que vienen aquí me dicen que estoy perjudicando la vida sexual de Will, cuando en realidad es la de ellos la que les preocupa.
—¿Y qué le preocupa a usted, Jo-Ellen?
La médico aplastó el porro a medio fumar y miró a Jimper.
—¡Me preocupa mi ex marido! Me preocupa que pegue a otros, y que yo vuelva a estar en medio, y que vuelvan a condenarme por escándalo público. Me preocupa que Will crezca terriblemente mal encauzado, no porque su madre duerma en la misma habitación que él, ¡sino porque su padre está convirtiéndolo en un espía! ¡Observe este piso! He quitado todos los muebles que podían incitar a un hombre a hacer tonterías... y aun así Dinny opina que aquí hay muchos cojines y no sabe qué hago yo con ellos en el suelo. Y... y... ¡Oh mierda! —exclamó, y se echó a llorar.
Jimper se puso en pie, atontado por la droga y excitado por la conversación, con los reflejos confusos. Deseaba coger en sus brazos a Jo-Ellen y tranquilizarla o bien marcharse y no volver a verla nunca.
No comprendió que había optado por la primera opción hasta que se encontró corriendo las gruesas cortinas. A partir de entonces todo se sucedió sin planificación alguna. La mesa de reconocimiento no fue precisa. Los cojines cumplieron su misión estupendamente. Todo fue estupendamente de hecho, sin contar aquella miserable e irritante preocupación. Y hasta que, horas más tarde, salió del edificio, buscó siluetas que acecharan y no encontró ninguna, no quedó convencido de que Dinny el ex marido estaba realmente en Chicago esa noche.
El equivalente a noventa días de trabajo no fue el único castigo que sufrió Jimper. Había otra sanción aparte de la legal, y era la terrible ira del viejo señor Mawzi. Mawzi Frères no tenía interés en dar trabajo al hombre que había ultrajado a la hija del dueño, y las facturas que presentó Jimper a cuenta del trabajo ya realizado se extraviaron extrañamente en la sección de contabilidad. Y peor todavía. El resto de posibles clientes que Mawzi le había indicado se enteró de la noticia. Dejaron de recibir cordialmente a Jimper. Normalmente ni lo recibían.
Y de este modo la sentencia de noventa días fue un premio, ya que Jimper cobraba por el trabajo que hacía. El salario mínimo, ciertamente. Pero eso era mucho más que nada, que era lo que Jimper conseguía en cualquier otra parte. No obstante, tenía que ganarse ese salario mínimo de una forma nuevamente especial. Todos los días lo mandaban al lugar donde lo necesitaban, y lo necesitaban en lugares a los que él no deseaba ir. Limpieza de pintadas, que siginificaba trepar a balcones y terrazas de elevados edificios para rascar la pintura dejada por alguien. (La tarea más prolongada y ardua fue a cincuenta pisos de altura por debajo de la cúpula inferior, donde un individuo logró decorar los restos del World Trade Center con una consigna formada por letras de tres metros: ¡No desfiguréis la ciudad!). Inspección de cumplimiento, que significaba recorrer a diario un centenar de empresas y residencias de una determinada zona de la ciudad para comprobar si se observaban las normas de seguridad, limpieza, mantenimiento de servicios públicos y el resto de medidas obligatorias. Hacer de «Flautista de Hamelín» consistía en distribuir generadores de sonido de alta frecuencia en zonas infestadas de ratas. Bien, todas las zonas estaban infestadas de ratas, prácticamente (como en cualquier ciudad), y si bien los «flautistas de Hamelín» no podían ganar la guerra contra las ratas, sí que podían forzarlas a errar desorientadas a fin de atraparlas, envenenarlas o aporrearlas con bastante éxito. A Jimper no le importaba colocar los generadores de sonido o colaborar en la evacuación de inválidos, animales domésticos y niños en las zonas a desratizar; pero matar a garrotazos a las torpes y deformes criaturas en cuanto los generadores las privaban de su normal cautela fue el peor trabajo que las autoridades le ofrecieron. Casi el peor. «Mantenimiento de ascensores» era como mínimo tan malo. Ese trabajo no significaba hacer algo con la maquinaria de los mismos ascensores, sólo especialistas se encargaban de ella. Implicaba bajar a los pozos para limpiar la suciedad que se acumulaba allí. Las enormes cajas bajaban en picado hacia los operarios, la presión casi les reventaba los tímpanos y estaban medio muertos de miedo; siempre se habían apartado a tiempo pero ¿y la próxima vez?
Por otra parte, Jimper tenía a Jo-Ellen. La tenía en cierto sentido, o por lo menos casi la tenía... La habría tenido de no haber sido por el ex marido celoso. Dinny había dejado de hacer viajes a Chicago, y Jo-Ellen se negaba categóricamente a dejar entrar a Jimper en el piso cuando su ex esposo se hallaba en la ciudad.
Jimper tardó una semana en encontrar la solución. Entonces contó su dinero, decidió que tenía bastante y se desplazó a la planta 83 de New Gotham Tower. Reservar la pequeña habitación por dos horas costaba más de lo que él esperaba.
Pero valió la pena. Valió la pena, decidió el somnoliento Jimper mientras encendía de nuevo el narguile; él y Jo-Ellen acababan de satisfacer sus más urgentes necesidades reprimidas. Sonrió orgullosamente a la médico cuando le pasó la pipa. Pero Jo-Ellen la rehusó.
—Jimper —dijo ella—, todo esto está muy bien, aunque sea un poco extraño...
—¿Han intentado venderte tierra de tumba? —se mofó Jimper.
—...pero ¿entiendes que lo que te conté es real?
—¿Qué es real? —preguntó tranquilamente él.
—Dinny es real, Jimper. Esta vez no hay problemas... creo que no hay problemas... En fin, tomé precauciones para venir aquí, y estoy bien segura de que nadie me ha seguido. Pero si continuamos viniendo aquí, él nos sorprenderá tarde o temprano.
—Pues nos iremos a otro sitio. La ciudad es grande.
Jo-Ellen suspiró y se apretó un momento contra Jimper. Estaban carne contra carne, ambos con la piel todavía húmeda, y Jimper no sentía ningún tipo de urgencia o aprensión. Pero Jo-Ellen se apartó y se levantó.
—Tengo que enseñarte un poema —dijo mientras buscaba en su bolso.
—¿Un poema?
—Un poema escrito por Dinny —repuso con firmeza ella, y le entregó un atado de suave papel blanco. En las tres hojas había dos versos en pulcra caligrafía.
Oh, diablos, pensó Jimper, ¿para qué quiere ella enseñarme las poesías amorosas de otro? Pero el poema no era exactamente de amor. En la primera hoja se leía:
A es un Axioma fácil de concebir:
Si sales con él, conmigo has de salir
—¿Qué narices es esto? —inquirió Jimper.
—Sigue leyendo —ordenó Jo-Ellen.
B es el Beneplácito que exige A.
Si no accedes, guapa, él mal lo pasará
—¡Dios mío —exclamó Jimper—, ese tipo es un psicópata! —Hojeó rápidamente el resto del alfabeto. Todas las hojas eran iguales... No, mentira, algunas eran peores—. ¿Por qué se empeña en hacerte comprender que el divorcio no existe?
—Dice que él no estuvo de acuerdo, y que por tanto el divorcio no le afecta. Es decir —clarificó Jo-Ellen—, por lo que concierne a Dinny, seguimos casados. Y otra cosa. Dice que no me impedirá hacer el amor. Pero cada vez que lo haga con otro tendré que hacerlo con él.
—Tú... eh... tú...
—¡Pero yo no quiero hacer eso, Jimper! Así pues... Bien —dijo Jo-Ellen, con la mirada desviada—, se me ocurrió que podía mantener relaciones con alguien que no me gustara demasiado. ¿Comprendes? De esa forma poco me importaría que Dinny lo hiciera papilla.
Jimper tragó saliva. Y volvió a tragar, palabras esta vez, porque sólo le venían a la cabeza palabras que no quería decir.
—Lo entiendo —dijo sombríamente Jo-Ellen—. Por eso traté de advertirte. Él ya ha mandado al hospital a dos hombres.
¡Dos hombres! Eran (calculó Jimper con rapidez) dos que el ex marido había atrapado. E intentó calcular (a) el número de amantes de Jo-Ellen y (b) qué posibilidades tenía de acabar en el hospital.
—Lo mejor de nuestra relación —dijo Jo-Ellen—, es decir, lo que más seguridad nos da, es que no creo que él te haya visto conmigo. Por tanto, si yo soy precavida... y tú eres, digamos, un poquito precavido...
—Ya —dijo Jimper.
Se acordó del narguile en ese momento, pero el hachís se había agotado y lo único que consiguió extraer fue un sabor rancio, pasado... ni más rancio ni más pasado que el sabor de su boca. Dos hombres en el hospital. Un ex marido chiflado. Jimper repasó de nuevo las cuartillas de poesías.
—También la poesía es miserable —se lamentó tétricamente, y sólo entonces se percató de que Jo-Ellen, junto a él en la cama de agua, estaba llorando.
Bien, con ello el asunto cobraba un matiz totalmente distinto. Jimper pertenecía a esa clase de varones capaz de ablandarse. Naturalmente había errores que ni las lágrimas podían lograr que se perdonaran, e impedimentos que el llanto no anulaba... pero ni unos ni otros eran abundantes. La único que Jimper podía hacer en ese momento era consolar a su amante. Y, lógicamente, una cosa conducía a otra. Cuando ambos decidieron descansar otra vez, Jimper habló por fin tras haber meditado el problema con una parte de su mente (mientras la otra parte se ocupaba enteramente de otro asunto).
—Deberías recurrir a la policía, amor mío.
—¡Ya has leído lo que dice él! De todas formas —contestó Jo-Ellen—, he hablado del asunto con un abogado. No puedo probar que mi ex marido ha escrito esto... no es su letra, buscó otra persona que lo escribiera, él no me entregó el poema. Lo encontré un día en mi escritorio.
—Aun así...
—Aun así, él es el padre de Will. Oh, estoy confundida, Jimper. No te culparía si acabaras con lo nuestro ahora mismo y no volvieras a verme.
Y naturalmente, decir eso equivalía a convertir en imposible una opción que hasta entonces había parecido razonable.
—¡Ni hablar! —repuso con firmeza Jimper—. Pero no logro imaginar qué clase de hombre es capaz de hacer esto.
Jo-Ellen vaciló, y luego saltó de la cama y su bonita, esbelta y desnuda espalda quedó al alcance del brazo de Jimper mientras buscaba de nuevo en su bolso. Cuando se volvió fue para mostrar a Jimper una foto enmarcada.
—La cogí prestada del cuarto de Will —dijo ella— porque pensé que quizá quisieras ver cómo es él. Pero es más corpulento que en la fotografía.
—Lo sé —gruñó Jimper. Estaba mirando la cara del hombre que le invitó a una cerveza muy cerca de la casa de Jo-Ellen.
Esa noche, al cruzar una calle descubierta camino de su cama, un asombroso destello de luz rojiza obligó a Jimper a levantar la cabeza. La parte alta de la gran cúpula centelleaba con un color rojo oscuro. Era un aviso. El día siguiente habría limpieza de radón. Y por ello, cuando Jimper se presentó por la mañana para trabajar, no le sorprendió que lo mandaran a los terrenos de la Feria para atar todos los cabos sueltos de las obras.
Había mucho que hacer, y el trabajo era duro. Jimper se alegró de hacerlo: atar con cuerdas techos inseguros, afianzar movedizos fragmentos de plástico ligero, apuntalar paredes provisionales. No pudiendo practicar con sus alas, Jimper notaba la falta de ejercicio físico y aceptó con agrado el sudor. Y hubo abundante sudor, ya que los controladores de la cúpula elegían días calurosos y tranquilos para abrir los respiraderos y reemplazar el aire de la estructura, a fin de eliminar la lenta acumulación de gas radón. Al cabo de media hora Jimper estaba ya empapado, igual que el resto de la brigada. Hicieron un descanso y Jimper se tumbó, con los músculos doloridos, entre sus dos pabellones preferidos. Los abundantes estanques de cemento a un lado eran para el de Arabia Saudita; cuando estuviera terminado, llenarían de agua los estanques e icebergs a escala 1:10 se deslizarían en ellos arrastrados por remolcadores de juguete, suministrando agua fría para el aire acondicionado, para beber y para regar, y la Feria entera se aprovecharía de ello. El pabellón de Islandia, al otro lado, contaba con estructuras de lava de espuma y mostraba cómo cortar el viento para crear microclimas, calentados por fuentes termales, de tal modo que Reykiavik había pasado a llamarse «la Waikiki del Atlántico».
En lo alto, los cables del nuevo Puente Arco Iris zumbaban lentamente con la suave corriente que ascendía hacia los respiraderos. Cuando estuviera terminado el puente, los cables no se verían dentro de la estructura similar a un globo sobre la que la gente podría caminar sustentada por grandes flotadores, y los vehículos la usarían un siglo después de que terminara la Feria. La clave de la estabilidad del puente residía en sus refuerzos dinámicos. Las cavidades se denominaban «abultadoras»; cuando los sensores detectaban excesiva oscilación o carga desequilibradora, un fluido sometido a presión atiesaba las cavidades en los puntos precisos. En torno a los cables zumbaban tres dispositivos de vuelo; los motores se paraban para que el conjunto planeara cuando era posible, y se ponían en marcha de nuevo si era preciso cambiar de dirección o ganar altura. Jimper los contempló con una expresión que quiso fuera de humorístico desprecio y que acabó siendo, comprendió él, de admiración. Cachivaches del aire, por supuesto... ¡pero estaban en el aire! Si pudiera conseguir un trabajo para hacer eso...
El capataz de las obras era un hombretón de edad madura que miró a Jimper como si lo considerara loco.
—¿Para qué quiere volar en uno de esos trastos? —preguntó. Y acto seguido, al descubrir que la condena de Jimper era por volar en el interior de la cúpula, movió la cabeza en un gesto de incomprensión—. De todas formas no es responsabilidad mía. Yo estoy pegado al suelo.
—Bien, señor Bratislaw, ¿hay alguna otra posibilidad de trabajar en la Feria? Soy un buen diseñador...
—No mientras trabaje como convicto —repuso Bratislaw con suma amabilidad—. ¿Para qué meterlo en nómina si podemos disponer de usted por el salario mínimo?
Pero prometió acordarse de Jimper si había alguna vacante, y ello fue lo más parecido a una acogida amistosa que había recibido desde que se viera afectado por los malos modos del influyente señor Mawzi.
Y después, semanas más tarde, cuando le ofrecieron trabajar en las ya casi concluidas obras de la Feria, Jimper aprovecho la oportunidad. En dos ocasiones lo designaron «flautista», ya que la dirección de la Feria estaba resuelta a que los terrenos fueran una zona libre de ratas. Una vez logró trabajar en el centro de vehículos. Tenía escasos conocimientos para encargarse de los motores de los coches de menor tamaño, eléctricos para los automóviles ligeros y de tipo Stirling de baja temperatura, que sólo quemaban alcohol, para las camionetas. Pero los grandes autobuses turísticos estaban accionados por inercia, con amplios y compactos volantes, y exigían poco trabajo aparte de lavarlos y limpiarlos de barro después de cada trayecto.
Y, naturalmente, estaba Jo-Ellen. La médico accedió, de mala gana, a ir una vez más a PUERTA. Después se negó firmemente a repetir la visita. Era demasiado arriesgado, en especial porque Jimper había admitido que el Ex Marido Celoso lo conocía. Con ello se eliminaba un impedimento, de todos modos. Ya no existía motivo alguno para que no vieran en público a la pareja... en los lugares públicos más «asépticos» y, en general, libres de tentaciones. De vez en cuando paseaban juntos en las camionetas, se metían en bulliciosas terrazas de restaurantes o caminaban a la luz del día por la orilla del río o por alguno de los miradores abiertos. Pero siempre se separaban, y de forma muy conspicua, para alejarse en direcciones opuestas después de estos encuentros. Las citas más íntimas requerirían sumo cuidado y previsión. Ocasionalmente disfrutaban de un afortunado solaz, como cuando Jo-Ellen fue enviada a comprobar los niveles de radiación en los cultivos de hongos del Nathanael Greene, al otro lado del río, y dispusieron de más de una hora para ellos, solos en la oscuridad, en el tenue ambiente amoniacal de las cuevas.
Y luego hubo un rumor de un posible trabajo en una fábrica de tejidos de New Jersey, y al mismo tiempo Dinny decidió quedarse el niño por la noche. ¡Una noche entera juntos! Jo-Ellen inventó una excusa para ir a Filadelfia con el tren bala, y regresó con más precauciones pasando por Atlantic City y abordando un hidrofoil costero. Y Jimper eligió un aerodeslizador más convencional para ir a Sandy Hook.
Del mismo modo que los alemanes del siglo veinte aprendieron a fabricar tintes de todos los colores mediante pestilente alquitrán de hulla, algunos de los tejidos más hermosos existentes en Nueva York procedían de las aguas cloacales de la ciudad. Igual que ciertos alimentos.
Lo único que se usaba era la corriente líquida, y el problema fue resuelto al principio impidiendo que en las aguas cloacales hubiera contaminantes industriales. Ni una gota de aceite de un carter iba a parar al sumidero de los gasómetros. Ningún producto químico tóxico, ningún ácido, ningún metal pesado, ningún tinte, ningún pesticida. Los líquidos que salían de las alcantarillas neoyorquinas estaban compuestos por un noventa y nueve coma nueve por ciento de pura mierda, orines y corrupción. En los tanques de reciclaje la mezcla burbujeaba y hedía, y las algas la adornaban. Las hacía engordar. Las entrañas de un ciudadano fabricaban con seguridad varios cientos de gramos de sólido fecal diarios, que equivalía prácticamente a la misma cantidad de proteínas en forma de algas en los tanques de cultivo, el equivalente a la ración diaria de algas tipo Spirulina para un pollo o un conejito, o la vigésima parte de las consumidas por cerdo. No era la falta de sólidos fecales lo que impedía producir más alimentos a la fábrica de Sandy Hook. Era la falta de espacio para los animales.
En consecuencia no todas las aguas cloacales se transformaban en alimento. Y por eso estaba Jimper allí.
—Están empezando a fabricar tejidos —explicó a Jo-Ellen cuando fue a recibirla al muelle de hidrofoils—. Es un nuevo campo, y yo puedo llegar al fondo del asunto.
Se percató de que ella volvía la cabeza a uno y otro lado, y supuso cuál era el problema.
—Es imposible que Dinny nos haya seguido hasta aquí —la tranquilizó.
—Oh, nunca digas eso, Jimper —protestó ella—. Pero no se trata de eso. Me extraña no percibir ningún olor.
—Porque la fábrica es muy limpia —dijo Jimper con orgullo—. Ahí, al final de este camino, hay cabañas para turistas. Ya he conseguido una para nosotros. Tengo una cita para dentro de media hora, así que no hay tiempo para... eh...
Jo-Ellen no contestó, se limitó a observar curiosamente la cabaña, se excusó para ir al lavabo un momento y salió con aspecto bastante sombrío. Bien, no era el mejor acomodo del mundo, pero sí mucho mejor que, por ejemplo, los pasillos de la granja de hongos.
—Acompáñame —sugirió él para animar a Jo-Ellen—. Es interesante.
—No quiero echar a perder tu entrevista...
—Todo irá bien. El señor Bermutter me pareció un tipo agradable por teléfono... Toma, coge el analizador mientras yo clasifico las muestras...
Bermutter era un tipo agradable: joven, rubio, lleno de confianza en el futuro de los tejidos fabricados con aguas fecales y muy entusiasmado por la calidad de los diseños de Jimper.
—Bonitos colores —dijo mientras pasaba de una foto a otra con la rapidez suficiente para que el examen no fuera tedioso, con la lentitud precisa para convencer al creador de los diseños de que estaba mirándolos realmente—. ¿Qué opinan de mi camisa?
Extendió un brazo para que la pareja pudiera tocar la manga.
—Parece lo que visto yo en la sala de operaciones —dijo Jo-Ellen.
—¡Muy aguda! Es el primer lote de lo que podemos vender: uniformes para enfermeras. ¿Es usted enfermera?
—Médico, en realidad —dijo Jo-Ellen con una sonrisa—. ¿Pueden fabricar el tejido en varios colores?
—Bien, por eso le hemos hecho venir aquí —repuso Bermutter, señalando afablemente a Jimper—. El único problema es que aún es un poco pronto para diseñar auténticos modelos. Hemos pensado más en artículos en serie. Sin embargo... Permítanme mostrarles cómo lo hacemos.
Y los llevó fuera de la sección de oficinas, a un alargado cobertizo de bajo techo. Se oía el ruido de líquidos en movimiento, pero oculto en tuberías, casi todas ellas opacas. El olor no era malo, tan solo sorprendente, muy parecido al de una habitación de hotel en la que se ha permanecido excesivo tiempo. Bermutter levantó una tapa y metió el brazo en la tubería para extraer algo similar a una ristra de gelatinosas algas marinas.
—Este es el material. Lo secamos, lo tejemos y acaba siendo como mi camisa. La usaré siempre. Muy ligera. Muy fuerte. Creo que el tejido que utilizamos es demasiado fino, de forma que el sudor la empapa y queda un poco pegajosa cuando el tiempo es caluroso.
—Nunca tenemos tiempo caluroso bajo la cúpula —observó Jo-Ellen.
Bermuter sonrió como si quisiera excusarse.
—Incluso con un tiempo no demasiado caluroso, me temo. De todos modos en un detalle que podemos corregir.
Lo dejaron explicar el proceso. Las bacterias, dijo Bermutter, llevaban una especie de armaduras para protegerse de los virus de tipo fago. Las substancias de la «armadura» se denominaban polisacáridos; se presentaban envueltos en algo que Bermutter llamaba gel hidratado. Era posible que las bacterias desarrollaran cualquier clase de polisacáridos que se desease: la quitina de la cutícula de los insectos, colágena, etc. Ciertas bacterias eran mejores que otras para hacer ese «truco». En la fábrica habían empezado con algo denominado klebsiella y continuado con milinos, bacterias del género acetobacter. Todavía usaban estas últimas causantes del olor a fruta podrida que Jimper había notado.
—Tenga —dijo Bermutter al tiempo que se quitaba la camisa—. Tóquela.
Buena textura, buena tela, buen corte...
—Me encantaría trabajar con este material —comentó Jimper, entusiasmado.
—Bien —repuso Bermutter, llevándolos de nuevo a su despacho—, espero que tenga oportunidad de hacerlo. No inmediatamente, me temo. Tenemos que mejorar el tejido y otros detalles...
—¿Cuándo cree que habrá una oportunidad, entonces? —preguntó Jimper.
—Difícil decirlo. Pero me gusta su trabajo... Por otra parte, doctora Redfan, necesitamos un centro médico en cuanto empiece la producción en gran escala, y probablemente contrataremos médicos pronto para que colaboren en la planificación. Así pues, si está interesada...
En resumen, no fue la mejor cita de Jimper. No consiguió el empleo, aunque Jo-Ellen obtuvo una oferta en firme. Cuando volvieron a la cabaña ella le explicó que, por desgracia, creía haber iniciado su período menstrual esa mañana. Y cuando pagaron la cuenta a la mañana siguiente, la tarjeta de Jimper introducida en la máquina no sólo obtuvo una factura sino también un mensaje en la pantalla.
—Curioso —dijo el empleado mientras lo leía—. Parece que tiene un mensaje de un tal Dennis Redfan, pero el tipo no quiso que lo comunicaran con la cabaña, sólo dejar el recado.
—Oh, Dios mío —exclamó Jo-Ellen.
—¿Qué dice el mensaje? —preguntó Jimper.
—Bueno, también eso es curioso. Sólo dice «Hola».
Durante los dos días siguientes, Jimper estuvo constantemente preocupado ya que Dinny podía presentarse en cualquier momento y hacerle papilla la cabeza.
Dinny no hizo acto de presencia, y los días que siguieron Jimper estuvo más preocupado todavía; por otro motivo, porque Dinny no se dejaba ver. Puesto que al parecer Todo se Sabía, no había razón especial para que la pareja no fuera vista con frecuencia... en lugares públicos. En opinión de Jimper, apenas existía justificación para evitar que los vieran solos, de hecho, pero fue incapaz de convencer a Jo-Ellen.
—No vale la pena —dijo ella, pinchándole el corazón con un dedo—, y no quiero cargar con las consecuencias —concluyó, pinchándole de nuevo, en otro lugar.
—Si él quiere vengarse de mí, que lo intente —gruñó Jimper. Jo-Ellen hizo un gesto de indiferencia—. En cuanto a lo otro, como es lógico no quiero que tú...
—Alto, no sigas —ordenó ella. Estaba empapada e irritada, tras haber tenido que prestar servicios médicos de urgencia en el incendio de un piso de la planta 55. Habían dominado el fuego con bastante facilidad (todas las estructuras poseían dispositivos rociadores, con abundante agua en las piscinas de las terrazas) pero ella tuvo que resucitar a tres víctimas del humo, chapoteando en el anegado piso—. ¡No tienes ninguna obligación conmigo, Jimper!
—Claro que no —reconoció él tristemente—. Pero yo diría que si se trata de conservar tu dignidad...
—Jimper.
—Solo intentaba decir que...
—¡Cállate, Jimper! —Agitó el tenedor una vez más en dirección a la casi intacta ensalada, pero lo dejó en la mesa—. Esto ha sido un error. Estoy cansada, sucia, no tengo ganas de discutir... Me voy a casa— concluyó.
Se levantó. Bordeó la mesa. Dudó y frotó la mejilla en la erizada coronilla de Jimper antes de salir corriendo del restaurante.
Jimper, furioso, devolvió la mirada a otros clientes, que apartaron sus ojos de él. Contempló sombríamente su plato, pero el quiche con castañas de agua había perdido su atractivo. Era un día desfavorable. Jo-Ellen no quería atender razones sobre sus relaciones. Le había explicado detalladamente aquel incendio sin importancia y él había escuchado con tolerancia suma. Pero al intentar comentarle la divertida anécdota que había protagonizado (y era divertida: se hallaba en inspección de cumplimiento, olió lo que pensó era una violación de las normas sanitarias, llamó a la policía y tan solo se trataba de una especie de salsa vietnamita para pescados) Jo-Ellen no le había prestado atención, y ella había olvidado pagar la cuenta.
Jimper se hallaba muy al sur de la ciudad, y peligrosamente a punto de sobrepasar la hora de que disponía para comer. Pagó la cuenta con aire sombrío, bajó dos pisos para abordar el tranvía expreso con destino a la zona alta y contempló anhelosamente los edificios próximos al vehículo. No había construcciones elevadas que mencionar entre la burbuja más baja de la ciudad y el ascenso a la de mayor tamaño en el centro, pero más allá de Madison Square las alturas volvían a ser impresionantes. Apropiadas para lanzarse...
Pero también eso estaba fuera de su alcance. Jimper bajó a nivel del suelo en Grand Army Plaza y se apresuró a entrar en el parque. Bajo el distante cielo de segunda mano que era la cúpula, la Feria comenzaba a tomar forma. El día de la inauguración se acercaba, el ritmo era acelerado, pabellones y puestos estaban casi a punto... Aquel trabajo forzado era, de hecho, el momento más luminoso de la vida de Jimper. Eso proclamaba detalles poco agradables de su vida, pero apenas era preciso. El mismo Jimper estaba proclamando detalles poco agradables de su vida.
Y sin embargo...
Para sorpresa de Jimper, su ánimo empezó a levantarse. Una Feria era, al fin y al cabo, una Feria. Por definición, un lugar para divertirse. Y la gente estaba divirtiéndose, ya que algunas atracciones funcionaban antes de la inauguración para personas especialmente afortunadas, o especialmente desgraciadas. Una caravana completa de adultos impedidos, todos con cochecitos eléctricos, recorría las pirámides de plástico del pabellón mejicano, lanzando ¡ohs! y ¡ahs! mientras los elefantes eran conducidos a su isla particular ya preparados para el desfile del día de la apertura, y atiborrándose de pasteles argentinos, cucuruchos de helado, humeantes mazorcas de maíz, tortas de nueces y miel, manzanas acarameladas, patatas fritas... o al menos de la clase de golosinas disponibles que sus dietas o prótesis les permitían aceptar. Jimper recibió la orden de ayudar en la entrada y salida de vehículos del pabellón de Norteamérica Nativa, donde un joven ataviado con una suelta faja escarlata y un pañuelo al cuello, de cabello negro y largo, repetía sin cesar:
—Voy a ser su guía durante la jornada. Soy miembro de la nación Lenni-Lenape y me llamo Alexander.
En los intervalos, Jimper contemplaba con envidia los revoloteantes flotadores que seguían suspendidos junto al Puente Arco Iris, mientras Alexander repetía su perorata:
—...cuando mi pueblo vivía aquí, antes de la llegada de holandeses e ingleses...
Y le tranquilizó pensar que él, por muy mal que estuviera, no tenía nada de que lamentarse, si se comparaba con aquellos desgraciados. Algunos no tenían piernas. Otros estaban conectados a corazones, pulmones o riñones artificiales. Había ciegos, con placas de sonar en la cabeza.
—...estas enormes canoas se vaciaban con fuego...
Jimper se dio cuenta de que Jeff Bratislaw estaba junto a la entrada del pabellón de Norteamérica Nativa, observándole. Bien ¿qué ocurría? Jimper forzó su memoria para averiguar si había hecho algo malo, pero no lo logró.
—...extendían barro húmedo por la parte superior del tronco para controlar el fuego, después colocaban brasas...
Bratislaw venía hacia él.
—¿Ha terminado aquí? —preguntó. Ciertamente, comprendió Jimper, había terminado; los últimos visitantes invitados habían recorrido el pabellón—. Estupendo, vamos a buscarle una pala. Tengo otro trabajo que ofrecerle. ¿No era usted el que quería volar?
El corazón de Jimper comenzó a brincar mientras seguía al supervisor.
—¡Sí! ¿Se refiere a que me dejará...?
—No ahora mismo —dijo Bratislaw sin volverse—, pero tal vez pueda hacer algo. Mire, el día de la inauguración soltarán mil globos. Los de la cúpula se han quejado de eso... dicen que los globos obstruirán los respiraderos, que impedirán la circulación del aire. ¿Cree que si le conseguimos unas alas y una especie de lanza...? ¡Oh, demonios! —se interrumpió—. ¡Alguien ha vuelto a manipular la red de altavoces!
Sacó un teléfono de bolsillo y dio órdenes casi ladrando... para hacerse oír a pesar del ruido, los chirridos y los crujidos y los fragmentos de música grabada no autorizada que se escuchaban por los altavoces.
—Detesto a esos bastardos —gruñó Bratislaw mientras guardaba el teléfono—. ¿Bien? ¿Qué me dice?
—Oh, claro! —repuso Jimper, contento como hacía semanas que no lo estaba—. Quiere que haga explotar los globos que estorben, ¿no es eso? ¡No habrá problemas! ¡Me encantará hacerlo!
—Eso es lo que pensaba —dijo Bratislaw con una sonrisa—. Además podrá descontar el doble de horas... y es posible que pueda conseguirle horas extras si desea acabar con rapidez el trabajo compensatorio.
—Eso sería estupendo —dijo Jimper, entusiasmado. Cada vez se sentía mejor—. Pero... ha hablado de una lanza, ¿no? No querrá que haga explotar los globos con esta pala...
Bratislaw se quedó perplejo. Después sonrió.
—Ah, ya sé en qué está pensando. No, son dos cosas distintas. No tendrá que preocuparse por los globos hasta el día de la inauguración. Donde necesitará la pala —concluyó mientras abría la puerta del redil de los elefantes— es aquí.
VI
¡La inauguración! ¡La Feria cobraba vida! En lo alto, las compuertas de la cúpula dejaron caer una deslumbrante nevada de hielo seco, y varios rayos láser trazaron brillantes dibujos de color en la neblina. Junto a la vieja fuente situada en un rincón del parque, la Orquesta Filarmónica de Nueva York interpretó la Obertura de 1912, una orquesta de polca vibró sobre una plataforma flotante en el lago y grupos en marcha interpretaban himnos mientras daban la vuelta a los terrenos de la exposición. Un millón y medio de neoyorquinos y turistas se lanzaron hacia las taquillas de entrada, que aguardaban la señal para abrir. El ambiente estaba repleto de olores: tortas friéndose, salsas hirviendo, azúcar quemado y curry, hedores de animales en los puntos donde estaba formándose el desfile, los vahos del subsuelo urbano donde estaban excavándose los pozos para desechos... Ruidos y visiones, olores y la alegre tensión de la multitud que aguardaba; si se hubiera hecho un gráfico de excitación en la ciudad, la curva habría alcanzado un máximo. Jimper cogió las alas superligeras en el recinto donde los retenidos globos se hallaban bajo redes a la espera de la suelta, y se sintió dominado también por la excitación. ¡Iba a ser un gran día! En el Puente Arco Iris, su punto de lanzamiento, vio a Jo-Ellen y a Willy, que estaban aguardándole. Eran minúsculos muñecos que agitaban los brazos hacia él. Jimper devolvió el saludo mientras cogía el equipo...
—Hola, James Percy —sonó una empalagosa voz detrás de él.
—Oh, Dios mío —dijo Jimper. Antes de volverse ya sabía a quién iba a ver—. Escucha, Dennis. No quiero líos, y estás cometiendo un delito...
—¿Y qué estoy haciendo? —dijo Dennis Redfan en tono sensato. Movió la manguera de gas que sostenía—. Los dos estamos haciendo trabajos compensatorios, ¿no? Yo hincho los globos, tú los revientas. Si tenemos algún problema personal, lo dejaremos para otro momento. ¿De acuerdo?
Jimper retrocedió un paso, manteniendo la frágil ala derecha delante de él, a modo de escudo. Podía hacer frente a una pelea, como fuera. Pero era mucho más difícil hacer frente a la repentina sensatez del ex esposo de su novia.
—De acuerdo —dijo por fin—. No sabía que estabas trabajando aquí.
—Yo sabía que tú trabajabas aquí —observó Dinny, muy complacido—. ¿Sabes que soltarán estos globos dentro de... veamos... veinte minutos? Será mejor que te prepares para saltar, ¿de acuerdo?
Jimper se demoró. Sin saber por qué. Considerando las pocas ganas que tenía de ver a Dinny Redfan, fue una sorpresa para él mismo permanecer allí y no intentar esfumarse con la máxima rapidez posible. Pero Redfan, ya le había dado la espalda. Dispuso otro globo en la manguera y lo hinchó rápidamente mientras se oía el silbido del gas comprimido. No volvió a mirar a Jimper, aunque le dijo algo por encima del hombro.
—¿Nutlark? ¿Por qué abusas de tu buena suerte?
—De acuerdo —repuso Jimper mientras retrocedía.
No dio media vuelta hasta encontrarse a cinco metros de distancia, e incluso entonces seguía sintiendo el temblar nervioso de sus clavículas. Por fin entró en el ascensor del Puente Arco Iris. Durante el recorrido hasta la planta 50 estuvo considerando si debía decir algo a Jo-Ellen delante del chico. Fue una preocupación innecesaria.
—¡Vaya, Jimper! —exclamó casi sin aliento el jovencito Will—. ¡Estaba seguro de que Dinny iba a hacerte papilla allí abajo!
El chico estaba más complacido que consternado, pensó Jimper, pero Jo-Ellen reflejaba suficiente consternación por los dos.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó ella, y escuchó con preocupado semblante el relato de Jimper sobre los puntos esenciales de la conversación.
Después la médico movió la cabeza y cogió el monocular que llevaba su hijo para apuntarlo hacia el lugar del parque donde Dinny Redfan, muy alegre, hinchaba globo tras globo y los metía en la red.
—No tiene aspecto de loco —informó Jo-Ellen—. Pero nunca lo tiene. Empieza a dar puñetazos con una sonrisa en la cara.
—Eso está bien —dijo el turbado Jimper mientras alzaba los hombros para ponerse los correajes.
—No creo que vaya a hacerte nada, Jimper —opinó sagazmente el chico—. Tiene ya un millón de horas de trabajos compensatorios. La última vez fue agresión grave, porque dijeron que el otro pudo haber muerto.
—¿Quieres abrocharme esa hebilla, por favor? —suplicó Jimper.
—Sí, pero debes recordar que él no puede permitirse el lujo de otra condena. No serían solamente horas de trabajo, además se lo llevarían a otro sitio.
Jimper retrocedió mientras Jo-Ellen y el chico aseguraban y comprobaban las extendidas alas.
—¿Lo crees así? —preguntó Jimper, esperanzado.
—¡Es lo más seguro del mundo! —le aseguró Will—. ¡No tocará un dedo aquí, es impensable!
Y segundos más tarde, cuando Jimper tocó el botón de puesta en marcha y la turbina de hidrógeno empezó a chirriar y él se inclinó hacia adelante dispuesto para saltar, el chico añadió:
—Claro que, si te sorprende solo, si no os ve nadie, eso sería otra cosa.
Había tardado demasiado en situarse; los globos salieron de las redes antes de que Jimper estuviera en el aire. No ascendían con excesiva rapidez. No era esa la idea. Contenían un gas inerte mezclado con el helio de forma que sólo eran algo más ligeros que el aire en el que flotaban. En cualquier caso, los globos se hallaban a bastante distancia del extremo del puente. Jimper dobló el cuerpo para inclinar las alas y planeó con cierta torpeza hacia los elevados edificios que acababa de abandonar. Necesitaba una corriente ascensional. Las alas ultraligeras podían ascender, pero no con demasiada rapidez. Una buena corriente ascendente le situaría sobre el grupo de globos y desde allí podría alcanzarlos cómodamente...
No. No iba a existir comodidad, comprendió Jimper. Había cientos y cientos y no permanecían agrupados. Habían ascendido menos de cien metros cuando Jimper se volvió para acometerlos, pero se hallaban ya por todo el cielo. No subían con velocidad suficiente para continuar unidos. Cualquier errante soplido de aire, cualquier burbuja que subía desde un puesto de tortas de maíz o una sartén para freír pescado dispersaba los globos.
No obstante, el único movimiento común de todos ellos era el ascendente. Era absurdo acometerlos a cien metros de altura. Allí no causaban molestia alguna. Sólo en los respiraderos de la cúpula, quinientos metros más arriba, serían un fastidio. Había que subir hasta allí y aguardar que llegaran. Algunos reventarían a causa de la altura. Muchos se perderían en árboles, casas, puentes, pasarelas... en los pétreos salientes de antiguas gárgolas, en los restos de oxidadas antenas de televisión, en los ajustes metálicos de los mismos paneles de la cúpula. Jimper sólo debía preocuparse de los supervivientes, y únicamente de los que se acercaran a un respiradero en cantidad suficiente para crear problemas. Había que subir hasta allí y aguardar que llegaran.
Naturalmente se trataba además de una tarea que Jimper Nutlark se complacía en hacer. Describió ochos sobre los terrenos de la Feria, en busca de corrientes térmicas, se alborozó con la libertad del aire, ascendió con más rapidez que el irregular conjunto de globos y no recordó haber sido más feliz en toda su vida. El centro de la ciudad se extendía por debajo. Allí estaba la vieja cúpula del Planetarium y, entre el verdor, la rechoncha silueta del Metropolitan Museum of Art con la Aguja de Cleopatra al lado, tan escorzada que era imposible reconocerla. El desfile se hallaba ya en medio del Puente Arco Iris, los elefantes avanzaban pesadamente detrás de caballos, que cabriolaban, y bandas de música; el sonido llegaba débil y confuso a causa de la distancia. Jimper sobrevoló el muro de antiguos hoteles que bordeaba el parque, pasó casi por encima de los rascacielos construidos después que la cúpula. Allí estaba el viejo Waldorf Tower, con sus suites de doce habitaciones donde presidentes y generales habían aguardado la muerte. Allí estaban los paneles solares de la Corporación Municipal, vistos por detrás desde la posición de Jimper y cegados ya para siempre. Allí estaba la aguja de Chrysler y el suave óvalo de Pan Am. El gentío que entraba en la Feria se había confundido formando un lento flujo similar a un diseño de multicolores lunares que recorría lentamente paseos y pabellones. Más hacia el norte del parque se alzaban los jengibres en flor y los plátanos del jardín botánico, y más allá la frondosidad creada por Olmsted hacía mucho tiempo. En conjunto, Jimper estaba gozando del mejor vuelo de su vida... y ese vuelo era legal.
Un cercano y fugaz destello verde y azul le recordó que ese vuelo era además un poco peligroso. Se hallaba en la zona de neblina, donde la condensación de cristales de CO2 dejaba todavía una mancha de niebla, y el espectáculo de rayos láser la aprovechaba. No sería muy divertido que uno de los rayos le alcanzara en un ojo. Jimper se colocó las gafas antidestellos y comprobó el cable que ataba la lanza a su cinto... ¡Vaya misil sería ese arma si cayera en medio de la muchedumbre!
El primer par de globos supervivientes flotaba hacia él, a menos de cien metros por debajo. Jimper sonrió en dirección a las cámaras de televisión de la cúpula; dos o tres estaban girando para captarlo.
—¡Al ataque! —gritó.
Inclinó el cuerpo, extendió la lanza y se lanzó sobre un grupo de globos: pop-pop-pop, tres seguidos.
Si existía una forma mejor de cumplir una condena, Jimper la desconocía. Aquello no era un castigo. Ni siquiera un trabajo. Era su afición favorita, y además con atavíos propios de un torneo medieval. Creyó oír tenues vítores del gentío, muy distantes, mientras viraba y ascendía de nuevo poco a poco a fin de capturar los globos que se le habían escapado.
Dos docenas de globos más tarde la tarea no le pareció ya tan divertida. Los globos llegaban con rapidez excesiva para que él pudiera ocuparse de todos. La suposición de que muchos reventarían a causa de la altura era falsa. Jimper estaba acercándose a los respiraderos más que lo que aconsejaba la prudencia; allí las corrientes eran mucho más violentas, sus frágiles alas ultraligeras no estaban ideadas para soportarlas y su pequeña turbina de hidrógeno no podía combatirlas. Y había un extraño olor que Jimper no lograba identificar... quizá el olor de los paneles de la cúpula, tal vez algo que salía por el tubo de escape de la turbina. Jimper se sentía mareado.
En ese momento actuaron de nuevo los rayos láser.
Desde tierra debía ser un hermoso espectáculo: haces de luz roja, verde y violeta atravesaban la tenue neblina formada por el CO2 que quedaba y hacían brincar los globos que flotaban hacia arriba. Visto de cerca, el espectáculo asustaba. Cuando un rayo pasaba cerca, cuando alcanzaba un globo y creaba reflejos, las gafas de Jimper se ennegrecían un momento. Con ello salvaba sus ojos, cierto. Pero al mismo tiempo perdía los reflejos. Quedó ciego en un momento inoportuno y se le escapó un grupo de tres globos. Se volvió, apuntó de nuevo y pinchó dos de ellos.
De pronto empezó a dar vueltas, recuperó el control, giró con violencia en torno al eje de las alas ultraligeras, se enderezó...
¿Qué le ocurría? No podía culpar a la altura, en el interior de la cúpula no había suficiente siquiera para preocupar a un novato. No era el esfuerzo... ni alguna cosa que hubiera comido, seguramente... nada imaginable. Pero los globos se hacían confusos ante él, y sus reflejos eran cada vez más lentos. Un destello, y las gafas se ennegrecieron. Pop-pop, otros dos globos reventados con la punta de su lanza... Y alguien estaba pronunciando su nombre. ¡Jimper! ¡Jimper, cariño!...
Bien, ¿quién podía estar hablándole ahí arriba? Era imposible. No había nadie cerca, no se veía un solo ser humano. La voz apenas era humana: demasiado fuerte, demasiado lejana, demasiado confusa, como si brotara de varios lugares al mismo tiempo.
Así era brotaba de los altavoces de las unidades móviles de televisión, y Jimper conocía esa voz sollozante.
—¡Oh, Jimper, baja!... ¡Por favor! ¡Dinny ha puesto algo en los globos!...
Vaya, pensó Jimper, complacido, eso explica el curioso olor, ¿no? Pero era una idea absurda, meditó. ¿Qué podía haber puesto alguien en los globos para que le causaran daño? Era ridículo. Eso no podía explicar, por ejemplo, que estuviera revoloteando en dirección al suelo, totalmente descontrolado, con la Feria dando vueltas ante él y los rascacielos remolineando, aguardándole el impacto a solo doscientos metros...
Cuando comprendió que era más importante hacer algo para resolver el problema que esforzarse en comprender la causa, Jimper casi no tenía espacio para enderezar las frágiles y fustigantes alas, para frenar la caída, para no topar con los grandes árboles que se abalanzaban hacia él. Su cerebro continuaba empañado. No supo si se había salvado o no hasta que se vio flotando en un lago, con los brazos enganchados en las correas y la paralizada hidroturbina intentando hundirle en el agua. Tal vez hubiera sido así, si el lago hubiera tenido más de un metro de profundidad.
Y cuando había vadeado la mitad de la distancia que le separaba de la orilla apareció Jo-Ellen chapoteando entre el barro hacia él, seguida por el entusiasmado Will.
—¡Eras como una película de terror cuando caías! —exclamó el chico. Y le ayudó a liberarse de las correas, ya que Jimper se había atascado y hundido.
—Esto acabará siendo un hábito —dijo Jo-Ellen.
En cuanto estuvo (casi) limpio, vendado (de pies a cabeza) y pudo volver a la Feria, vio los tanques de óxido nitroso que deberían haber sido de simple nitrógeno, y un vigilante de la Feria, convicto como Jimper, se explicó orgullosamente.
—Cuando la doctora telefoneó para decir lo que había visto desde el puente, detuve inmediatamente a ese tipo. Debe ser su quinto delito, y tendrá que cumplir la condena en Idaho. ¡Tal vez en las Aleutianas! ¡Tal vez diez años!
Y cuando dieron la espalda a la Feria y llegaron al piso de Jo-Ellen, Willy dándose importancia:
—Sé qué cosa os apetecerá comer, así que saldré a la terraza y cogeré un montón de los grandes.
Y cuando volvió con una jaula llena de ruidosos y saltarines grillos, vio que Jimper estaba en el sofá, con la cabeza, en el regazo de su madre.
—He estado pensando, chiflado —dijo—. Un chico necesita un padre, ¿no? Y parece que voy a tardar un tiempo en tener a mi padre normal. ¿Sabes dónde podría encontrar uno de recambio?
Y Jimper Nutlark (adiós, novia de Atlanta, adiós, hija de Mawzi Frères) se tranquilizó, sonrió a la mujer poseedora del regazo y contestó:
—A decir verdad, chiflado, creo que sí.
Tengo ochenta y cuatro años, aunque nadie lo pensaría al verme. A lo largo de los años han reparado mis muelles, renovado casi todos mis sentidos y eliminado de mi cara ese aspecto de vejestorio. Aunque han transcurrido cincuenta y siete años desde que me gradué en la Facultad de Derecho de Columbia, todavía ejerzo cuando es preciso... o, para expresarlo con más exactitud, cuando por casualidad me asignan el caso de alguien que necesita un abogado. He presenciado infinidad de cambios. He visto cómo se eliminaban del Código el ochenta por ciento de los delitos, y cómo la mayor parte de las causas en que basar las acciones civiles desaparecían también. He visto computadores que sustituían a funcionarios de la administración de justicia (incluso algún que otro juez de vez en cuando) y he visto contratos y testamentos redactados en un lenguaje cuya comprensión no exige precisamente la presencia de un abogado. Pero les diré la verdad. Jamás esperaba ver algo parecido a...
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