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fredric brown

mitkey cabalga de nuevo (es)

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En la oscuridad tras la pared había movimiento, y Mitkey, que era de nuevo un simple ratoncillo gris, correteó hacia el agujero en el rodapié. Mitkey estaba hambriento, y justo fuera del agujero estaba la nevera del Profesor. Y debajo de la nevera, queso.
Mitkey era un ratón gordo y pequeño, casi tan gordo como Minnie, que había perdido su figura casi completamente gracias a la generosidad del Profesor.
- Siemprre, Mitkey - había dicho el profesor Oberburger - habrrá queso bajo la neverra. Siemprre.
Y siempre lo había. Y no era siempre queso ordinario. Roquefort y queso trapense, y torta de queso y camembert, y a veces emmental suizo importado que parecía como si un ratón ya hubiera vivido en él, y que sabía a cielo para un ratón.
Y Minnie comía y Mitkey comía, y estaba bien que los agujeros en el rodapié fueran bastante grandes, o si no sus rechonchos cuerpecillos no podrían pasar ya.
Pero algo más estaba ocurriendo también. Algo que habría complacido y también preocupado al buen profesor si lo hubiera sabido.
En la oscuridad dentro de una mente diminuta había movimientos no muy diferentes a los correteos de un ratón por una pared. Movimientos de extraños recuerdos, recuerdos de palabras y significados, recuerdos de sonidos ensordecedores dentro del oscuro compartimento de un cohete, recuerdos de algo más importante que el queso y Minnie y la oscuridad.
Lentamente los recuerdos e inteligencia de Mitkey estaban volviendo.
Allí, bajo la sombra de la nevera, se detuvo y escuchó. En la habitación contigua el profesor Oberburger trabajaba. Y como siempre, hablaba consigo mismo.
- Und ahorra ponemos las aspas de aterrizaje. Mucho mejorr así, mit aspas de aterrizaje, parra cuando lleguen a der Luna, aterrizarrá suavemente, si hay airre allí.
Casi, casi tenía sentido para Mitkey. Las palabras eran familiares, y le trajeron ideas e imágenes a su pequeña cabeza gris y sus bigotes temblaron por el esfuerzo por comprender.
Las pesadas pisadas del profesor sacudieron el suelo mientras caminaba hacia el umbral de la cocina y luego se paró allí mientras miraba al agujero en el rodapié.
- Mitkey, deberría ponerr otrra vez der trrampa und... Perro no. No, Mitkey, mi pequeño rratón estelarr. Te has ganado el descanso und la paz, ¿nein? Paz und queso. Der segundo cohete parra der Luna, otrro rratón estarrá en él, sí.
Cohete. Luna. Movimientos en la mente del pequeño ratón gris que se encogió junto al plato de queso bajo la nevera, invisible en la sombra. Casi, casi recordaba.
Los pasos del profesor se alejaron y Mitkey volvió al queso.
Pero aún siguió escuchando, con la intranquilidad que le daba no poder comprender.
Un clic. La voz del profesor pidiendo un número.
- ¿Laborratorio Hardford, sí? Prrofesorr Oberburger. Quierro rratones. Esperre, no, un rratón. Un rratón... ¿Qué? Sí, un rratón blanco serrvirrá. ¿Colorr?, no imporrta. Incluso un rratón púrpurra... ¿Hein? No, sé que no tiene rratones púrrpurra. Erra lo que ustedes llaman una brroma, chis... ¿Cuándo? No hay prrisa. No antes de una semana... No se prreocupe. Envíeme el rratón cuando le venga bien, ¿nein?
Un clic.
Y hubo un clic en la mente de un ratón bajo la nevera. Mitkey dejó de mordisquear el queso y en vez de eso lo miró. Tenía una palabra para él. Queso.
Se dijo muy suavemente a sí mismo. «Queso». Era algo a medio camino entre un chillido y una palabra, pues las cuerdas vocales que Prxl le había dado estaban oxidadas. Pero la siguiente vez sonó mejor.
- Queso. - dijo.
Y después las otras dos palabras surgieron sin que ni siquiera tuviera que pensarlas:
- Esto serr queso.
Y se asustó un poquito, así que se deslizo de nuevo hacia el agujero de la pared y hacia la reconfortante oscuridad. Luego aquello le dio también un poco de miedo, porque tenía también una palabra para ello.
- Parred. Detrrás de la parred.
Ya no era sólo una imagen en su mente. Hubo un sonido que lo significaba. Era confuso, y cuanto más recordaba más confuso se volvía.
La oscuridad de la noche en el exterior de la casa del profesor, oscuridad dentro de la pared. Pero había brillantes luces en el despacho del profesor, y una tenue luz en la mente de Mitkey mientras observaba desde una posición ventajosa en las sombras.
Ese brillante cilindro de metal sobre la mesa de trabajo... Mitkey había visto algo parecido antes. Y tenía una palabra para eso también, cohete.
Y la enorme y torpe criatura que trabajaba sobre él, hablando sin cesar consigo mismo mientras trabajaba....
Casi le llama en voz alta:
- ¡Prrofesorr!
Pero la cautela típica de la raza de ratones lo mantuvo en silencio, escuchando.
Ahora la memoria de Mitkey creciendo era como una bola de nieve rodando colina abajo. Las palabras volvieron a toda velocidad mientras el profesor hablaba, palabras y significados.
Y recuerdos como formas erráticas de un rompecabezas cayendo una a una hasta formar una imagen coherente.
- Und der comparrtimento parra der rratón. Elementos hidrráulicos de absorrción de choque, parra que der rratón aterrice sano y salvo. Und der rradio de onda corrta que me dirrá si vive en la atmósferra de la Luna después...
- Atmósferra - había satisfacción en la voz del profesor - Esos idiotas que dicen que der Luna no tiene atmósferra. Sólo porrque el espectrroscopio...
Pero la ligera amargura en la voz del profesor no era nada comparada con la creciente amargura en la pequeña mente de Mitkey.
Porque ahora Mitkey volvía a ser Mitkey. Con la memoria intacta, aunque un poco confusa y desigual. Sus sueños de Ratolandia, y demás.
Su primera visión de Minnie tras su regreso, y su entrada en la inconsciencia al caer en el papel de plata cargado con electricidad que acabó con todos sus sueños. ¡Una trampa! ¡Había sido una trampa!
El profesor le había traicionado, le había dado el shock deliberadamente para destruir su inteligencia, quizás incluso para matarle, ¡para proteger los intereses de la enorme, extraña y torpe raza de los hombres de los ratones inteligentes!
Oh, sí, el profesor había sido listo, pensó Mitkey amargamente. Y Mitkey se sintió contento ahora de no haber llamado en voz alta al profesor cuando antes le apeteció hacerlo. ¡El profesor era su enemigo!
Solo en la oscuridad, tendría que ponerse a trabajar. Primero Minnie, por supuesto. Crear una de las máquinas X-19 que los Prxlians le habían enseñado a construir, y aumentar el nivel de inteligencia de Minnie. Después ellos dos...
Sería duro, trabajar en secreto sin la ayuda del profesor, para hacer esa máquina. Pero quizás...
Un poco de alambre en el suelo bajo la mesa de trabajo. Mitkey lo vio y sus pequeños y brillantes ojos brillaron aun más y sus bigotes temblaron. Esperó hasta que el profesor Oberburger mirara hacia otro lado, después corrió suavemente hacia el alambre, y con él en la boca se deslizó por el agujero de la pared.
El profesor no le vio.
- Und parra el proyectorr de ultrra-onda....
Mitkey estaba a salvo en la oscuridad con su trozo de alambre. ¡Era un comienzo! Necesitaría más alambre. Un condensador fijo.... seguro que el profesor tendría uno. Una pila de linterna... eso sería difícil de manejar. Tendría que hacerla rodar por el suelo mientras el profesor durmiera. Y otras cosas. Le llevaría varios días, pero, ¿importaba el tiempo?
El profesor trabajó hasta tarde aquella noche, hasta muy tarde.
Pero por fin se hizo la oscuridad en el taller de trabajo. La oscuridad y un pequeño ratón muy ocupado.
Y la brillante mañana, y el timbre de una puerta.
- Entrega para el profesor... uh, Oberburger.
- ¿Sí? ¿Qué es?
- Ni idea. Viene de los laboratorios Hartford, y dice que hay que manejarlo con cuidado. La caja tiene agujeros.
- Sí, der rratón.
El profesor firmó el recibo, y después lo llevó al taller y desembaló la caja de madera.
- Ah, der rratón blanco. Pequeño rratón, vas a hacerr un larrgo viaje. ¿Cómo te vamos llamarr? ¿Blanquito, no? ¿Quierres un poco de queso, Blanquito?
Sí, Blanquito quería queso. Era un pulcro y atildado ratoncito con ojos redondos, brillantes y muy juntos. Y si puede imaginarse un ratón altanero, Blanquito lo era. Era un ratón de ciudad. Un ratón de sangre azul de los laboratorios que nunca antes había probado el queso. Nada tan común y plebeyo como el queso había entrado en su dieta hipervitaminada.
Pero probó el queso, que era camembert, lo bastante bueno para alguien de sangre azul. Y quería mucho queso. Lo comió con delicadeza, con un mordisqueo de buena crianza. Y si los ratones pudieran sonreír, este ratón hubiera sonreído.
Porque uno puede sonreír y sonreír, y ser un canalla.
- Und ahorra, Blanquito. Te lo enseñarré. Pongo el rreceptorr junto a tu caja, parra verr si está ajustado parra captarr der leves sonidos que haces comiendo. Así. Lo ajusto...
Desde el altavoz en la esquina de la mesa se oyó un sonido monstruoso de masticar, la magnificación un millar de veces del ruido de un ratón comiendo queso.
- Sí, funciona. ¿Lo ves, Blanquito?, te lo explicarré... Cuando der cohete llegue a der Luna, der puerrta del comparrtimento se abrirrá. Perro aun no podrrás salirr. Habrrá barras de maderra de balsa. Podrrás rroerrlas parra salirr, und lo harrás, parra salirr. Si sigues vivo, clarro. Und der sonido al rroerr irrá porr der onda ultrra-corrta que estarré sintonizando, ¿lo ves? Así cuando el cohete alunice escucharré en mi rreceptorr und si te oigo rroerr, sabrré que has aterrrizado con vida.
Blanquito podría haberse inquietado si hubiera comprendido lo que el profesor decía, pero por supuesto no lo hizo. Siguió mordisqueando el camembert con indiferencia altanera y satisfecha.
- Und esto me dirrá si tengo rrazón sobrre su atmósferra también, Blanquito. Cuando el cohete aterrice y la puerrta del comparrtimento se abrra, el airre saldrrá. A menos que haya airre en la Luna, sólo vivirrás cinco minutos o menos. Si sigues rroyendo der maderra de balsa, serrá porrque habrrá atmósferra en la Luna und der astrrónomos und der espectrroscopios se engañan a sí mismos. Und son tontos cuando rrestan der líneas de rrefrracción de Liebnitz del espectrro, ¿no?
Sobre el brillante diafragma del altavoz de radio se reflejaba el champ-chomp-chomp de masticar queso.
Sí, el micrófono funcionaba maravillosamente.
- Und ahorra, a instalarrlo en el cohete...
Un día. Una noche. Otro día. Otra noche.
Un hombre trabajando en un cohete, y dentro de la pared tras él un ratón trabajando aun más duramente para completar algo mucho más pequeño, pero casi igualmente complejo. El proyector X-19 para elevar la inteligencia de los ratones. Primero la de Minnie.
Un cabo de lápiz robado se convirtió en una bobina, una bobina con el interior de grafito. Atravesando ese interior, el condensador robado, mordisqueado para ajustarse a un microfaradio de la capacidad exacta, y desde el condensador un alambre... Pero ni siquiera Mitkey comprendía para que servía. Tenía un plano en su mente de cómo se hacía, pero no de por qué funcionaba.
- Und ahorra la pila seca de linterrna que le rrobé...
Sí, Mitkey también hablaba incesantemente consigo mismo mientras trabajaba. Pero muy muy bajito para que el profesor no le oyera.
Y desde la pared, el ruido sordo de una voz más grave y gutural:
- Und ahorra ponemos el micrrófono en der comparrtimento...
De ratones y hombres. Es difícil decir cuál de los dos estaba más ocupado.
Mitkey acabó primero. El pequeño proyector X-19 no era muy agradable a la vista; de hecho se parecía a un montón de chatarra de electricista. Definitivamente no era tan aerodinámico y brillante como el cohete de la habitación al otro lado de la pared. Tenía un aspecto complicado y estrambótico.
Pero funcionaría. Mitkey había seguido las instrucciones que había recibido de los científicos prxlianos en cada detalle esencial.
Después el último cable.
- Und ahorra a trraerr a mi Minnie...
Ella estaba escondida en la esquina más alejada de la casa. Lo más lejos posible de esas extrañas vibraciones neuronales que hacían cosas raras dentro de su cabeza.
Había pánico en sus ojos mientras Mitkey se aproximaba. Puro pánico.
- Mi Minnie, no tienes que tenerr miedo de nada. Debes venirr conmigo a der prroyectorr und después... und después serrás un rratón inteligente, mi Minnie. Hablarrás buen inglés, como yo ahorra.
Durante los días previos ella se había sentido confundida e inquieta. Las extrañas acciones de su pareja, los extraños sonidos que hacía, que no eran en absoluto los adecuados chillidos de ratón, la aterrorizaban. Y ahora le estaba haciendo esos raros ruidos a ella.
- Mi Minnie, no pasa nada. Debes acerrcarrte a la máquina, und tú podrrás hablarr prronto. Casi como yo, Minnie. Sí, der Prxls hicierron cosas en mis cuerrdas vocales parra que sonarran aun mejorr, perro incluso sin eso, podrrás...
Con suavidad Mitkey estaba intentando acercarse por detrás a ella, para empujarla fuera de la esquina y dirigirla en dirección a la máquina tras el muro de la habitación contigua.
Minnie chilló y luego corrió.
Pero, ¡ay!, sólo recorrió unos pocos pies hacia el proyector, y después se volvió a la derecha y salió por un agujero en el rodapié. Corrió por el suelo de la cocina y después a través de un agujero en el frente de la puerta de la cocina. Salió fuera, y se ocultó entre la alta hierba del jardín sin cortar.
- ¡Minnie! ¡Mi Minnie! ¡Vuelve!
Y Mitkey echó a correr tras ella, demasiado tarde.
Entre la hierba y la maleza de un pie de alto la perdió completamente, no había ni rastro.
- ¡Minnie! ¡Minnie!
¡Ay!, pobre Mitkey. Si hubiera recordado que ella era todavía sólo un ratón, y si hubiera chillado en vez de llamarla, quizás ella hubiera salido de su escondite.
Triste, él regresó y apagó el proyector X-19.
Más tarde, cuando ella volviera, si ella volvía, se las apañaría de algún modo. Posiblemente podría mover el proyector cerca de ella cuando estuviera dormida. Para asegurarse, podría atar sus pies primero, de modo que si la despertaban las vibraciones neuronales...
Era de noche y ni rastro de Minnie.
Mitkey suspiró y esperó.
Fuera del muro seguía el ruido sordo de la voz del profesor.
- Ach, incluso el pan ha desaparrecido. No hay comida, und ahorra debo salirr und irr a la tienda. Comida, es un fastidio que la gente tenga que comerr cuando está trrabajando en algo imporrtante. Perro... ach, ¿dónde está mi sombrrerro?
La puerta se abrió y se cerró.
Mitkey salió sigilosamente por el agujero. Era su oportunidad de echar un vistazo al taller para encontrar un trozo de cuerda suave que sirviera para atar los delicados pies de Minnie.
Sí, la luz allí fuera estaba encendida, y el profesor se había ido. Mitkey correteó hasta la mitad del cuarto y miró a su alrededor.
Allí estaba el cohete, y estaba acabado, por lo que Mitkey veía. Probablemente ahora el profesor estaba esperando el momento adecuado para lanzarlo. Contra una pared estaba el equipo de radio que recogería la emisión automática desde el cohete cuando aterrizara.
Sobre la mesa estaba el cohete. Era un cilindro brillante y muy bello que, si los cálculos del profesor eran correctos, sería el primer objeto enviado desde la Tierra en llegar a la Luna.
Mirarlo le cortaba la respiración a Mitkey.
- ¿No es herrmoso?
Mitkey saltó una pulgada en el aire. ¡Esa no había sido la voz del profesor! Era una voz extraña, chirriante, irritante, una octava más alta que la producida por una laringe humana.
Sonó una risa estridente y después,
- ¿Te he asustado?
Y Mitkey se giró de nuevo, y esta vez localizó la procedencia de la voz. La caja de madera sobre la mesa. Había algo blanco dentro.
Una pata blanca se asomó a través de los barrotes de la puerta, se alzó el pasador, y un ratón blanco salió. Sus ojos redondos y brillantes miraron hacia abajo, con cierto desdén, al ratoncito gris que estaba en el suelo.
- Tú erres Mitkey, ¿no?, ¿del que el prrofesorr habla?
- Sí, - respondió Mitkey sorprendido. - Und tú... ach, sí, ya veo lo que ha pasado. Der prroyectorr X-19. Estaba en la parred justo al lado de tu jaula. Und, como yo, aprrendiste a hablarr inglés del prrofesorr. ¿Cómo te llamas?
- Blanquito, der prrofesorr me lo ha puesto. A mí me vale. ¿Qué es el prroyectorr X-19, Mitkey?
Mitkey se lo contó.
- Ummm, - dijo Blanquito. - Las posibilidades, veo muchas posibilidades. Mucho mejorr que viajarr a la Luna. ¿Qué planes tienes parra el prroyectorr?
Mitkey se lo contó. Los redondos y brillantes ojos de Blanquito se hicieron aún más redondos y brillantes. Pero Mitkey no se dio cuenta.
- Si no vas a la Luna - dijo Mitkey - baja. Te enseñarré donde esconderrte dentrro de la parred.
- Todavía no, Mitkey. Mira, mañana al amanecer despega el cohete. No hay prrisa. Prronto der prrofesorr volverrá. Trrabaja un rrato und habla, und yo escucho. Aprrendo más. Und dorrmirrá hasta el amanecerr, und entonces me escaparré. Es fácil.
Mitkey asintió.
- Erres muy listo. Pero no confíes en el prrofesorr. Si se da cuenta de que erres inteligente, te matarrá o se asegurrarrá de que no escapes. Le dan miedo los rratones inteligentes. Ach, pasos. Vuelve a meterrte en la jaula. Und ten cuidado.
Y Mitkey correteó hacia el agujero de la pared, después se acordó de la cuerda y volvió a salir a buscarlo. La punta de su cola estaba justo desapareciendo en el agujero cuando el profesor Oberburger entraba en la habitación.
- Queso, Blanquito. Te he trraído queso, und parra ponerrlo en el comparrtimento del cohete parra que puedas comérrtelo en el camino. Has sido un buen rratoncito. ¿Blanquito?
- Squick.
El profesor miró en la jaula.
- Casi parrece que me hubierras contestado, Blanquito. Lo has hecho, ¿verrdad?
Silencio. Profundo silencio desde la jaula de madera...
Mitkey esperó y esperó.
Ni rastro de Minnie.
- Se esconde en el jarrdín, - se dijo de nuevo a sí mismo. - Sabe que es peligrroso entrrarr cuando hay luz. Cuando llegue la oscurridad...
Y llegó la oscuridad.
Minnie no.
Ahora estaba tan oscuro fuera como dentro del muro. Mitkey se deslizó hasta la puerta de la cocina y se aseguró de que estuviera abierta y que todavía estuviera el agujero en la parte inferior.
Metió la cabeza por el agujero y empezó a llamarla:
- ¡Minnie! ¡Mi Minnie!
Después recordó que ella no hablaba inglés, y continuó chillándola. Pero suavemente para que el profesor no le oyera desde la habitación contigua.
No hubo respuesta. Ni rastro de Minnie.
Mitkey suspiró y correteó de esquina oscura a esquina oscura de la cocina hasta llegar a salvo al agujero.
Dentro esperó y esperó.
Sus párpados se volvieron pesados y se le cerraron. Y se durmió profundamente.
Algo le tocó y Mitkey se despertó de un salto. Después vio que era Blanquito.
- Shh, - dijo el ratón blanco, - der prrofesorr está dorrmido. Casi está amaneciendo, und ha puesto su desperrtadorr parra salirr en una horra. Entonces se darrá cuenta de que me he ido. Podrrá intentarr cazarr un rratón parra usar en vez de mí, así que debemos esconderrnos und no salirr fuerra.
Mitkey asintió,
- Erres muy listo, Blanquito. ¡Perro mi Minnie! Está...
- No podemos hacerr nada, Mitkey. Esperra, antes de escondernos, enséñame der X-19 und cómo funciona.
- Te lo enseñarré rápidamente, und luego buscarré a Minnie antes de que el prrofesorr se despierrte. Está aquí.
Y Mitkey se lo enseñó.
- Und ¿cómo reduces la enerrgía, Mitkey, parra no hacerr a un rratón tan inteligente como tú?
- Así - dijo Mitkey -, perro ¿porr qué?
Blanquito se encogió de hombros.
- Sólo erra una prregunta. Mitkey, el prrofesorr me dio un queso muy especial. Algo nuevo, und te he trraído un poco parra que lo pruebes. Cómetelo, und luego te ayudarré a encontrrarr a Minnie. Tenemos casi una horra.
Mitkey probó el queso.
- No es nuevo. Es Limburger. Perro tiene un saborr rraro, incluso parra serr Limburger.
- ¿Cuál prrefierres?
- No sé, Blanquito. Crreo que no me gusta...
- Es un saborr que tienes que irr prrobando varrias veces parra que te guste. Es marravilloso. Cómetelo todo, und te gustarrá.
Así que para ser amable y evitar una discusión, Mitkey se lo comió todo.
- No es malo, - dijo. - Und ahorra buscarremos a Minnie.
Pero sus ojos le pesaban y bostezó. Llegó al borde del agujero.
- Blanquito, necesito descansarr un minuto. ¿Me desperrtarrás en cinco minu...?
Pero ya estaba dormido, profundamente dormido, más profundamente que nunca en su vida, antes de terminar la frase.
Blanquito sonrió, y se volvió un ratoncito muy ocupado.
Sonó un despertador.
El profesor Oberburger abrió sus ojos somnolientos y después recordó la ocasión, y salió a toda prisa de la cama. En media hora llegaría el momento.
Salió a la parte de atrás de la casa e inspeccionó la rejilla de lanzamiento. Estaba en orden y también el cohete. Excepto, por supuesto, la puerta del compartimento que estaba abierta. No había por qué meter el ratón hasta el último momento.
Volvió a entrar, y sacó el cohete hacia la rejilla. Lo colocó cuidadosamente en su sitio, e inspeccionó el botón de encendido. Estaba todo en orden.
Diez minutos. Lo mejor era coger el ratón.
El ratón blanco estaba profundamente dormido en su jaula de madera.
El profesor Oberburger lo sacó de la jaula con cuidado.
- Ach, Blanquito. Ahora partirrás en un viaje muy muy larrgo. Pobrrecito rratoncito, no te desperrtarré si puedo evitarrlo. Mejorr que duerrmas hasta que el rruido de encendido te despierrte.
Con cuidado, con muchísimo cuidado, llevó su dormida carga al jardín y lo puso en el compartimento.
Cerró las tres puertas. Primero la interior, después la rejilla de balsa, y después la exterior. Todas menos la de madera de balsa se abrirían automáticamente cuando el cohete aterrizara. Y el micrófono de la radio emitiría el sonido del ratón royéndola para salir.
Si había atmósfera en la Luna. Si el ratón...
El profesor clavó sus ojos en el minutero de su reloj, y esperó. Después miró el segundero. Ahora...
Sus dedos tocaron el botón de lanzamiento de efecto retardado y con temporizador, y después corrió a la casa.
¡WHOOOSH!
Una estela de fuego en el aire donde había estado el cohete.
- Adiós, Blanquito. Pobrrecito rratoncito, perro algún día serrás famoso. Casi tan famoso como mi rratón estelarr Mitkey serrá algún día, cuando pueda publicarr... Ahora a incluir los datos del lanzamiento en el diario.
El profesor cogió su bolígrafo, y alcanzó a ver la palma de su mano, la mano que había sujetado al ratón.
Estaba blanca. Perplejo, la estudió más de cerca bajo la luz.
- Pinturra blanca. ¿Dónde me habrré manchado de pintura blanca? Tengo alguna, perro no la he usado. No en der cohete, no en der habitación o en der jarrdín... ¿Der rratón? ¿Blanquito? También le cogí. Pero porr qué iban der laborratorrios a enviarrme un rratón pintado de blanco? Les dije que serrvirría cualquierr colorr...
Luego el profesor se encogió de hombros y fue a lavarse las manos. Era desconcertante, muy desconcertante, pero en realidad no importaba. ¿Pero por qué demonios habrían hecho eso en los laboratorios?
El oscuro compartimento del estruendoso cohete se elevaba. Se dirigía hacia la Luna y se sacudía.
Queso Limburger dopado.
Negra traición.
Blanca pintura.
¡Ay, pobre Mitkey! Dirigiéndose a la Luna sin billete de vuelta.
Noche, y había estado lloviendo en Hartford. El profesor no había podido seguir al cohete a través de su telescopio.
Pero estaba allí arriba y cada vez más iba rápido.
El micrófono de la radio se lo decía. Rugir de cohetes, tan alto que no podía decir si el ratón estaba o no vivo en su interior. Pero probablemente lo estaba, ¿no había sobrevivido Mitkey a su viaje a Prxl?
Finalmente apagó las luces para echar una siestecita en su sillón. Cuando se despertara quizás hubiera dejado de llover.
Agachó la cabeza y sus ojos se cerraron. Y después de un rato, soñó que los había abierto de nuevo. Sabía que estaba soñando por lo que vio.
Cuatro pequeñas manchas blancas moviéndose sobre el suelo desde la puerta.
Cuatro pequeñas manchas blancas que podrían haber sido ratones, pero no podían ser... a menos que fueran ratones de sueño, porque se movían con precisión militar, en un rectángulo exacto. Casi como soldados.
Y después un sonido, demasiado débil para que él lo distinguiera, y los cuatro puntos blancos se colocaron abruptamente en una sola fila y desaparecieron, uno a uno a intervalos precisos, a través del rodapié.
El profesor se despertó y se rió entre dientes.
- ¡Menudo sueño! Me voy a dorrmirr pensando en der rratón blanco und pinturra blanca en mis manos und sueño...
Se estiró y bostezó, y se puso de pie.
Pero una pequeña mancha blanca, algo blanco había aparecido en el rodapié de la habitación de nuevo. Otra se unió a esta. El profesor parpadeó y las observó. ¿Podía estar soñando estando de pie?
Un sonido de arañazos, algo estaba siendo arrastrado por el suelo, y mientras las dos manchas blancas se apartaban de la pared, otras dos aparecieron. De nuevo en formación rectangular, empezaron a cruzar el suelo hacia la puerta.
Y el sonido de arañazos continuó. Casi como si los cuatro (¿podían ser ratones blancos?) estuvieran moviendo algo, dos de ellos tirando y otros dos empujando.
Pero eso era una tontería.
Estiró la mano detrás de él para alcanzar el interruptor de la luz, y lo pulsó. La luz le cegó momentáneamente.
- ¡Alto! - sonó alto, agudo y autoritario.
El profesor podía ver de nuevo, y eran cuatro ratones blancos. Habían estado moviendo algo, un extraño objeto pequeño montado alrededor de lo que parecía una de las pilas de su propia linterna de tipo lápiz.
Y tres de los ratones seguían moviéndolo frenéticamente, mientras el cuarto había dado un paso interponiéndose entre él y el extraño objeto. Apuntó con lo que parecía un pequeño tubo a la cara del profesor.
- Si se mueve, le mato. - chilló el ratón con el tubo.
No fue exactamente la amenaza del tubo lo que mantuvo al profesor inmóvil. Simplemente estaba demasiado sorprendido para moverse. ¿Era Blanquito el ratón con el tubo? Se parecía a él, pero es que todos ellos se parecían a Blanquito, y de todos modos Blanquito iba de camino a la Luna.
- Perro, ¿qué... quién... porr qué...?
Los tres ratones con su carga estaban desapareciendo por el agujero de la puerta. El cuarto ratón retrocedió tras ellos.
Justo dentro de la puerta, hizo una pausa.
- Erres un tonto, prrofesorr - dijo. - Todos los hombrres son unos tontos. Los rratones nos encarrgarremos de todo.
Y dejo caer el tubo y desapareció por el agujero.
Lentamente el profesor caminó hasta la puerta y cogió el arma que el ratón blanco había dejado caer. Era un palillo. No era un tubo ni un arma en absoluto, simplemente una cerilla quemada.
- Perro, ¿cómo... porr qué...?
Dejó caer la cerilla como si le quemara, y sacó un gran pañuelo para secarse la frente.
- Perro, ¿cómo... und porr qué...?
Se quedó allí durante lo que le pareció un largo tiempo, y después se volvió lentamente hacia la nevera y la abrió. Atrás en la esquina había una botella.
El profesor era prácticamente abstemio, pero hay ocasiones en las que incluso un abstemio necesita beber. Y esta era una de esas.
Se sirvió un vaso largo.
Noche, y estaba lloviendo en Hartford.
El viejo Mike Cleary, el vigilante de los laboratorios Hartford, también estaba tomando una copa. Con un tiempo como este, un hombre con reumatismo en sus huesos necesitaba una copa para calentarse por dentro después de una caminata por el patio bajo la lluvia.
- Una noche estupenda, para los patos, - dijo, y como esa copa no había sido la primera, se rió entre dientes por su ocurrencia.
Siguió hasta el edificio número tres, a través del almacén de los químicos, el cuarto de medición, y el cuarto de envíos. Su linterna, balaceándose a su lado, formaba grotescas sombras ante él.
Pero esas sombras no asustaban a Mike Clearly; las había perseguido por ese edificio todas las noches durante diez años.
Abrió la puerta a la habitación de los animales para echar un vistazo, y la dejó abierta tras él y entró.
- Vaya - dijo - ¿y cómo ha pasado esto?
Y es que las puertas de dos de las jaulas grandes de ratones blancos estaban abiertas, del todo. No estaban abiertas cuando hizo su primera ronda dos horas antes.
Sujetando su linterna en alto, miró dentro de las jaulas. Estaban ambas abiertas. Ni un ratón en ninguna.
Mike Clearly suspiró. Le echarían la culpa a él por esto, por supuesto.
Bueno, daba igual. Unos pocos ratones blancos no valían mucho, incluso si se lo descontaban del sueldo. Seguro, que se lo quitaran si querían si pensaban que era culpa suya.
- Señor Williams, - le diría a su jefe, - esas puertas estaban cerradas cuando pasé la primera vez, y abiertas cuando pase la segunda, y yo ya dije que los pestillos de las jaulas eran inútiles y defectuosos, pero si quiere echarme la culpa, muy buen, simplemente descuénteme el valor de...
Un débil sonido tras él le hizo volverse.
Allí en una esquina de la habitación había un ratón blanco, o lo que parecía un ratón blanco. Pero vestía una camisa y pantalones, y...
- Dios - dijo Mike Cleary, y añadió casi con reverencia - es el delirium tremens...
Y otro pensamiento le golpeó.
- O puede ser que... que seas uno de esos pequeños seres... por favor...
Se quitó la gorra con mano temblorosa.
- ¡Chorradas! - dijo el ratón blanco. Y, como un rayo, se largó.
Había sudor en la frente de Mike Cleary, y sudor bajando por su espalda y sus axilas.
- Los tengo - dijo - ¡los tengo!
Y bastante ilógicamente, dado lo que ahora era su firme creencia, sacó la botella de su bolsillo y se terminó el resto de su contenido de un trago.
Oscuridad y rugido.
Y fue el repentino detenerse del sonido rugiente lo que despertó a Mitkey. Le despertó a la profunda y estigia oscuridad de un espacio confinado. Le dolía la cabeza y el estómago.
Y después, de repente, supo dónde estaba. ¡El cohete!
Los propulsores se habían apagado, y eso significaba que estaba sobre la línea y cayendo, cayendo hacia la Luna.
¿Pero cómo...? ¿Por qué...?
Recordó el micrófono de la radio que estaría emitiendo los sonidos del cohete al receptor de onda ultra corta del profesor, y llamó desesperadamente:
- ¡Prrofesorr! ¡Prrofesorr Oberburger! ¡Ayuda! Soy...
Y luego otro sonido le ahogó.
Un sonido silbante, un ruido muy agudo que sólo podía ser el roce del cohete con el aire, con una atmósfera.
¿La Luna? ¿Tenía razón el profesor y los astrónomos se equivocaban sobre la Luna, o es que el cohete estaba cayendo de vuelta a la Tierra?
De cualquier manera, las aspas estaban girando, y el cohete estaba frenando más que acelerando.
Un repentino frenazo le dejó sin aliento. El paracaídas se estaba abriendo. Si pudiera...
¡Crash!
Y de nuevo la oscuridad tanto detrás como delante de los ojos de Mitkey. Desmayo en la oscuridad, y cuando las dos puertas se abrieron para que entrara la luz a través de las barras de madera, Mitkey no las vio.
No al principio, y después se despertó y bostezó.
Sus ojos enfocaron primero las barras de madera y después a través de ellas.
- Der luna, - musitó. Sacó la mano por la puerta de barras de madera y descorrió el pestillo. Con miedo, sacó su pequeña nariz gris por la puerta y miró a su alrededor.
No pasó nada.
Metió la cabeza de nuevo y volvió la cara al micrófono.
- ¡Prrofesorr! ¿Puede oírrme, prrofesorr? Soy yo, Mitkey. Ese Blanquito nos engañó a los dos. Tengo pinturra blanca sobrre mí, así que sé qué ha pasado. No fue usted, o no habrría pinturra blanca. ¡Fue una trraición, prrofesorr! Por alguien de mi propia especie, un rratón, me engañó. Und Blanquito... prrofesorr, ¡ahorra tiene el prroyectorr X-19! Tengo miedo de lo que pueda estarr planeando. Mirre, puedo converrtirr el emisorr en un rreceptorr, crreo. Deberría serr fácil; los rreceptorres son más simples, ¿no? Und usted puede constrruirr rrápidamente un emisorr de ultrra-onda corrta como este. Sí, comenzarré ahorra. Adiós, prrofesorr. Cambiarré der conexiones.
- Mitkey, ¿puedes oírrme, Mitkey? Mirra, Mitkey, te darré instrrucciones ahorra und las rrepetirré cada media horra durante un rrato, porr si no puedes oírme la prrimera vez. Prrimerro, cuando hayas oído las intrrucciones, apaga el equipo parra ahorrar enerrgía. Necesitarrás toda la enerrgía que queda en las baterrías para arrancarr. Así que no emitas de nuevo. No me contestes. Sobre apuntarr und calcularr hablarremos más tarrde. Prrimerro, comprrueba el combustible que queda. Puse más del que necesitaba, und crreo que habrrá bastante porrque parra despegarr de la Luna con su grravedad tan ligerra necesitarrás mucha menos enerrgía que parra despegarr de la Tierra. Und...
Y el profesor lo repitió una y otra vez. Faltaban cosas, había cosas que él mismo no sabía cómo hacer sin estar allí, pero puede que Mitkey fuera capaz de encontrar las respuestas.
Repitió una y otra vez los ajustes, el ángulo de aproximación, el tiempo. Todo excepto cómo Mitkey podría mover el cohete para apuntar a su objetivo. Pero Mitkey era un ratón listo, el profesor lo sabía. Quizás haciendo palanca, de algún modo... si podía encontrar una palanca...
Una y otra vez hasta bien avanzada la noche, hasta que la voz del buen profesor estaba ronca por la fatiga, y hasta que al final, justo en mitad de la decimonovena explicación, se quedó profundamente dormido.
La brillante luz del sol le despertó, cuando el reloj de la repisa daba las once. Se levantó y estiró sus agarrotados músculos, se sentó de nuevo y cogió el micrófono.
- Mitkey, ¿puedes...?
Pero no, no servía para nada. A menos que Mitkey hubiera oído una de sus primeras emisiones la noche anterior, sería demasiado tarde. Las baterías de Mitkey, las baterías de los cohetes, se habrían agotado ahora, si todavía tenía el equipo conectado.
No podía hacer nada salvo esperar y tener esperanza.
Tener esperanza era duro, y esperar aun más.
Noche. Día. Noche. Y noches y días hasta que había pasado una semana. Ni rastro de Mitkey.
De nuevo, como la vez anterior, el profesor había colocado su trampa y atrapado a Minnie. De nuevo, como la vez anterior, se ocupó bien de ella.
- Mi Minnie, quizás prronto tu Mitkey estarrá de vuelta con nosotrros. Perro Minnie, ¿porr qué no puedes hablarr como él? Si hizo un prroyectorr X-19, ¿porr qué no lo usó en ti? No lo entiendo, ¿porr qué?
Pero Minnie no le contó por qué, porque no sabía cómo. Le observaba suspicaz, y escuchaba, pero no hablaría. Hasta que Mitkey no volviera no descubrirían por qué. Y entonces, paradójicamente, sólo porque Mitkey aún no había tenido tiempo de quitarse la pintura blanca.
El aterrizaje de Mitkey fue bueno. Pudo alejarse a cuatro patas de él, y después de un rato, caminar.
Pero había sido en Pennsylvania, y le llevó dos días llegar a Hartford. No a pie, por supuesto. Se había escondido en una gasolinera hasta que llegó un camión con matrícula de Connecticut, y mientras repostaba, Mitkey se coló en él.
Después unas pocas millas a pie, y luego por fin...
- ¡Prrofesorr! Soy yo, Mitkey.
- ¡Mitkey! ¡Mi Mitkey! Casi había abandonado cualquierr esperranza de verrte. Dime cómo...
- Después, prrofesorr. Le contarré todo después. Primero, ¿dónde esta mi Minnie? ¿La tiene? Se había perrdido cuando...
- En su jaula, Mitkey. La he mantenido a salvo parra ti. Ahorra puedo soltarrla, ¿no?
Y abrió la puerta de la jaula de metal. Minnie salió fuera, dubitativa.
- Amo, - dijo. Y estaba mirando a Mitkey.
- ¿Qué?
Ella repitió,
- Amo. Erres un rratón blanco. Soy tu esclava.
- ¿Qué? - dijo Mitkey de nuevo, y miró al profesor. - ¿Qué es esto? Ella habla, perro...
Los ojos del profesor estaban abiertos como platos.
- No sé, Mitkey. Ella nunca me había hablado. No sabía que ella... Esperra, ella ha dicho algo de un rratón blanco. Quizás ella.
- Minnie, - dijo Mitkey - ¿me conoces?
- Erres un rratón blanco, amo. Así que te he hablado. No podemos hablarr a nadie excepto a los rratones blancos. Porr eso no había hablado hasta ahorra.
- ¿Quiénes? Minnie, ¿quiénes no pueden hablarr excepto a los rratones blancos?
- Nosotros, los rratones grrises, amo.
Mitkey se volvió al profesor Oberburger.
- Prrofesorr, crreo que comienzo a comprrenderr. Es peorr de lo que yo... Minnie, ¿qué se supone que deben hacerr los rratones grrises porr los blancos?
- Todo, amo. Somos vuestrros esclavos, somos vuestrros trrabajadorres, somos vuestrros soldados. Obedecemos al Emperrador, y a todos los demás rratones blancos. Und prrimerro nos enseñarrán a los rratones grrises a trrabajarr und a lucharr. Und después...
- Esperra, Minnie. Tengo una idea. ¿Cuánto es dos und dos?
- Cuatrro, amo.
- ¿Cuánto es trece und doce?
- No lo sé, amo.
Mitkey asintió.
- Vuelve a tu jaula.
Se volvió al profesor.
- ¿Lo ve? Ha aumentado un poco, no mucho, el nivel de inteligencia de los rratones grrises. Der nivel cero-dos es el suyo, porr lo que es un poco más listo que los otrros rratones blancos, und mucho más que los rratones norrmales, a los que usa como soldados y trrabajadorres. Es diabólico, ¿no?
- Es diabólico, Mitkey. Yo... yo no crreía que los rratones pudierran serr tan rruines, tan rruines como los hombrres, Mitkey.
- Profesor, me da verrgüenza de mi propia rraza. Veo ahorra mis ideas de Ratolandia, und hombrres und rratones vivirr en paz... erran sólo sueños. Estaba equivocado, prrofesorr. Perro no hay tiempo de pensarr en sueños... ¡debemos actuarr!
- ¿Cómo, Mitkey? Llamo a der policía und les pido que arresten...
- No. Los hombrres no pueden detenerrle, profesorr. Los rratones pueden esconderse de los hombrres. Se han escondido de los hombrres toda la vida. Un millón de policías, un millón de soldados no podrría encontrrarr a Blanquito Prrimerro. Debo hacerrlo yo mismo.
- ¿Tú, Mitkey? ¿Solo?
- Es porr lo que he vuelto de la Luna, prrofesorr. Soy tan listo como él... soy der único rratón tan listo como Blanquito.
- Perro él tiene a sus rratones blancos... der otros rratones blancos mit él. Tiene guarrdias, probablemente. ¿Qué puedes hacerr tú solo?
- Podrría encontrrarr la máquina. El prroyectorr X-19 que elevó su inteligencia, ¿lo ve?
- Perro, ¿qué podrrías hacerr tú, Mitkey, mit der máquina? Ellos ya...
- Puedo corrtocirrcuitarrlo, prrofesorr. Inverrtirr sus terrminales und cortocircuitarlo, und desaparrecerría en un flash... und hacerr norrmales de nuevo a todos los rratones con mentes artificialmente más inteligentes en una milla alrrededorr.
- Perro, Mitkey, tú estarás allí también. Destrruirrá tu prropia inteligencia, ¿lo harrás?
- Lo harría y lo harré. Porr el mundo, und porr la paz. Perro tendrré quizás un as en la manga. Quizás recuperrre mi inteligencia.
- ¿Cómo, Mitkey?
- Me pintarré de nuevo de blanco. Parra que pueda engañarrles und pasarr porr delante de sus guarrdias. Estarrán dentrro o cerrca de los laborratorrios Hartford, crreo... de dónde salió Blanquito, und donde habrrá encontrado otrros rratones blancos parra trrabajarr mit él. Und después, también antes de salirr parra allí, harré otrro prroyectorr, ¿ve? Und elevarré el nivel de inteligencia de Minnie tanto como el mío, und la enseñarré cómo hacerr funcionarr el prroyectorr, ¿lo ve? Und cuando yo pierrda mi inteligencia al corrtocirrcuitarr der máquina en der laborratorrios, todavía tendrré mi inteligencia normal und mi instinto... ¡und crreo que me trraerrán a mi casa und a mi Minnie!
El profesor asintió.
- Excelente. Und der laborratorrios están a trres millas de aquí, und der corrtocirrcuito no afectarrá a Minnie. Entonces ella podrrá rrecuperrarrte, ¿no?
- Sí, necesito alambrre, el mejorr alambrre que tenga. Und...
Esta vez montaron rápidamente el proyector. Esta vez Mitkey tuvo ayuda, ayuda experta, y podía pedir lo que necesitaba en vez de tener que robarlo en la oscuridad.
Una vez mientras trabajaban, el profesor recordó algo.
- ¡Mitkey! - dijo de repente, - ¡estabas en la Luna! Casi olvido prreguntarrte sobrre ello. ¿Cómo fue?
- Prrofesorr, estaba tan prreocupado porr rregrresarr que no me di cuenta. ¡Olvidé mirrarr!
Y después hicieron las conexiones finales, que Mitkey insistió en hacer él mismo.
- No es que no confíe en usted, prrofesorr, - le explicó ansioso, - perro fue una prromesa, a los científicos Prxl que me enseñaron. Und incluso yo no sé cómo funciona tampoco. Está más allá de la ciencia de hombrres y rratones. Perro lo prrometí, así que harré las conexiones yo sólo.
- Comprrendo, Mitkey. Está bien. Perro der otrro prroyectorr, el que corrtocirrcuitarrás... ¿podrría alguien encontrrarlo und rreparrarrlo?
Mitkey sacudió la cabeza.
- No hay manerra. Una vez rroto, nadie podrría hacerr nada con él. Ni siquiera usted, prrofesorr.
Se pusieron cerca de la jaula, ahora con la puerta cerrada de nuevo, en la que Minnie esperaba. El cable final y un clic.
Y gradualmente, los ojos de Minnie cambiaron.
Mitkey le hablaba rápidamente, explicándole cosas. Contándole los hechos y los planes...
Bajo el suelo del edificio principal de los laboratorios Hartford, estaba oscuro, pero había suficiente luz proveniente de unas cuantas rendijas para que los agudos ojos de Mitkey pudieran ver que el ratón que le había dado el alto era un ratón blanco, que llevaba una porra corta.
- ¿Quién va?
- Soy yo - dijo Mitkey. - Acabo de escaparr de la jaula grrande de arriba. ¿Qué pasa?
- Bien - dijo el ratón blanco. - Te llevarré ante der Emperradorr de los Ratones. Ante él, und ante la máquina que hizo, a la que debes tu inteligencia und tu lealtad.
- ¿Quién es él? - preguntó Mitkey inocentemente.
- Blanquito Prrimerro, Emperradorr de los rratones blancos, que son los goberrnantes de todos los rratones und líderr de los goberrnantes de todos... Perro ya aprrenderrás todo cuando hagas tu jurramento.
- Has hablado de una máquina - dijo Mitkey. - ¿Qué es, und dónde está?
- En los cuarrteles generrales del parrtido, donde te llevo ahorra. Porr aquí.
Y Mitkey siguió al ratón blanco.
Mientras le seguía le preguntó,
- ¿Cúantos rratones inteligentes como nosotrros hay?
- Tú serrás el número veintiuno.
- ¿Und los veinte están aquí?
- Sí, und estamos entrrenando al batallón de esclavos de rratones grrises, que trrabajarrán und lucharrán porr nosotrros. Tenemos ya cien. Viven en los barracones.
A diez, quizás doce yarrdas.
- Muy bien - dijo Mitkey.
Una última vuelta del pasillo, y allí estaba la máquina, y allí estaba Blanquito. Otros ratones blancos estaban sentados en semicírculo alrededor de él, escuchando.
-...und der prróximo movimiento serrá... ¿Qué es esto, guarrdia?
- Un nuevo rrecluta, Su Alteza. Acaba de escaparr, y se unirrá a nosotrros.
- Bien, - dijo Blanquito. - Estamos discutiendo planes mundiales, perro esperrarremos hasta el jurramento. Ponte junto a der máquina, mit una mano sobrre el cilíndrro und otrra mano elevada hacia mí, con la palma hacia delante.
- Sí, Su Alteza, - dijo Mitkey, y se dirigió alrededor del semicírculo de ratones hacia la máquina.
- Así. - dijo Blanquito. - Más alta la mano. Eso es. Ahorra rrepite: Der rratones blancos gobierrnan el mundo.
- Der rratones blancos gobierrnan el mundo.
- Los rratones grrises und otrras crriaturras incluidos los hombrres, serrán sus esclavos.
- Los rratones grrises und otrras crriaturras incluidos los hombrres, serrán sus esclavos.
- Aquellos que se opongan serrán torrturrados und ejecutados.
- Aquellos que se opongan serrán torrturrados und ejecutados.
- Und Blanquito Prrimerro goberrnarrá sobrre todos.
- Eso es lo que tú te crrees - dijo Mitkey, y alcanzó los cables del proyector X-19 y unió dos de ellos entre sí...
El profesor y Minnie estaban esperando. El profesor sentado en su silla, Minnie sobre la mesa junto al nuevo proyector que Mitkey construyó antes de irse.
- Trres horras y veinte minutos, - dijo el profesor. - Minnie, ¿supones que algo ha ido mal?
- Esperro que no, prrofesorr... Profesor, ¿son los rratones más felices mit inteligencia? ¿No serrán los rratones inteligentes infelices?
- ¿Erres infeliz, mein Minnie?
- Y también Mitkey, prrofesorr. Se lo asegurro. La inteligencia es prreocupación und prroblemas... und en la parred und mit todo el queso que ponía bajo la neverra, erramos tan felices, prrofesorr.
- Quizás, Minnie. Quizás el cerrebrro sólo trrae prroblemas a los rratones. Igual que a los hombrres, Minnie.
- Perro los hombrres no pueden evitarrlo, prrofesorr. Han nacido así. Si los rratones tuvierran que serr listos, habrrían nacido así, ¿no?
El profesor suspiró.
- Quizás seas un rratón más listo, incluso, más que Mitkey. Und estoy prreocupado, Minnie, porr... ¡Mirra, es él!
Había un pequeño ratón gris, al que se le había caído la mayor parte de la pintura, de manera que se veía su sucio pelo gris, caminando a hurtadillas junto a la pared.
Pop, entro por el agujero del rodapié.
- ¡Minnie, es él! ¡Lo ha conseguido! Ahora pondrré la trrampa, parra ponerrle sobrre la mesa junto a la máquina... O esperra, no es necesarrio. Se prroyectarrá hasta Mitkey trras la parred. Enciéndelo und...
- Adiós, prrofesorr, - dijo Minnie. Se adelantó hacia la máquina, y demasiado tarde el profesor vio lo que iba a hacer.
- ¡Squick!
Y sólo había un pequeño ratón gris sobre la mesa, corriendo frenéticamente en círculos buscando el modo de bajar. En el centro de la mesa había una pequeña y compleja máquina cortocircuitada que nunca volvería a funcionar.
- ¡Squick!
El profesor la cogió con cuidado.
- ¡Minnie, mein Minnie! Sí, tienes rrazón. Tú und Mitkey serréis más felices así. Perro desearría que hubierras esperrado... sólo un poco. Querría hablarr con él una vez más, Minnie, perro...
El profesor suspiró y puso el ratón gris sobre el suelo.
- Bueno, Minnie, ahorra tú y tu Mitkey podéis...
Pero las instrucciones llegaron tarde, y eran innecesarias, incluso si Minnie las hubiera entendido. El pequeño ratón gris era ahora una pequeña línea gris en dirección al agujero del rodapié.
Y después desde la profundidad de la protectora oscuridad dentro de la pared el profesor oyó dos pequeños y felices chillidos...
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