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jerome charyn

el amo de sugar hill (es)

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1
Era el águila negra, no por sus proezas en el juzgado sino porque su feudo se alzaba en Sugar Hill, dominando las ruinas de Harlem. Podría haberse trasladado a Park Avenue con Tatiana Klein, su antigua prometida, pero no quería plantar el catre en tierra de blancos. Tenía un despacho en Madison, y rara vez se le encontraba allí. Harris Teitelbaum, su socio, vivaqueaba en el despacho cuando no andaba por las calles con listillos de medio pelo o millonarios renegados.
Por tener, sólo tenía un cliente, Byron Abando, príncipe de la mafia con insignia de la Pi Beta Kappa que conseguía eludir la cárcel gracias a la ayuda de Edward Parkchester, alias Parky, el águila de Harlem Heights.
Los federales no podían procesar a Byron con Parky de por medio. El águila despedazaba a cuantos testigos pudiese presentar el Departamento de Justicia, y era difícil pillar en falso a aquel beneficiario de la política de acción social que se había criado en las viviendas subvencionadas de Abraham Lincoln y a quien Freeman Faulks, detective negro de la Comisaría Veinticinco, había rescatado del arroyo. Faulks le permitió a Parky el libre acceso a la «dos cinco», molió a palos a los quinquis que se metían con él, le buscó todas las becas posibles para que Parky no sintiese la tentación de dejar el colegio y, una vez su protegido se hubo instalado en la Universidad de Columbia, fue el propio Faulks quien se dejó ir: empezó a darle a la botella y al poco tiempo perdió la pensión; buscó refugio en las viviendas sociales y se convirtió en un delincuente mientras Parky estudiaba en la facultad de Derecho.
Los federales no se atrevían a arrestar a Freeman Faulks. El águila negra podría abalanzarse sobre su nido y acusarles de inventar cargos contra un antiguo policía. Si Faulks asaltaba una licorería, Parky indemnizaba al propietario. Cualquier denuncia era retirada de inmediato. Parky le buscó un apartamento en su propio edificio de St. Nicholas Terrace, pero Faulks no quiso mudarse.
—Te parezco un caso de caridad, ¿eh, consejero?
—¿Consejero? Soy tu hijo, tu niño.
Faulks le abofeteó con fuerza, con la mano abierta. Aún podía sentir la bofetada, el escozor y la vergüenza.
—Tienes un padre. No le faltes al respeto.
Parky recordaba haber lamido las lágrimas.
—Free, el que me crió fuiste tú.
—Tu padre me salvó el trasero un centenar de veces. ¿Cómo no iba a cuidar de su único hijo?
—Free, no me acuerdo ni de su cara.
Faulks le abofeteó de nuevo, con el puño más cerrado esta vez.
—Él fue quien te pagó la universidad, consejero. Con su sangre.
Parky no conseguía razonar con Faulks; era la única persona del planeta a la que era incapaz de engatusar. Por eso mismo mantenía las distancias y rescataba a Faulks poniendo todos los medios a su alcance: tenía todo un bosque de dependientes y espías con orden de corregir los deslices de Freeman. Entre ellos estaba su chófer blanco, Giles, quien pese a haber trabajado para los Rockefeller, era un criminal. Giles sabía más sobre Harlem que el águila.
—Señor Edward, ha estado robando a troche y moche. Está lanzado. Casi mató al cajero de la licorería Amsterdam.
—¿Estaba sobrio o borracho?
—Borracho como una cuba.
—¿Y quién le ha estado suministrando whisky?
—¿No cree que el viejo sabe proveerse solo?
—No es un viejo —dijo Parky.
—¿Cómo lo llamaría usted entonces, señor Edward?
—Un niño grandullón perdido en el bosque.
El chófer se detuvo delante de los Tres Ratoncitos Ciegos, itinerantes músicos de jazz que tocaban a las puertas de las licorerías. Eran policías de incógnito, pero la música les importaba mucho más, sus clarinetes eran como novias a las que abrazar. Los Ratoncitos Ciegos lucían gafas de abuelita con lentes de sol sujetos por pinzas, y trajes que en otra época pertenecieron a un camarero.
Parky les dio a cada uno un billete de cien.
—¿A quién se le ocurre, consejero? No puede sobornarnos delante de nuestras hermanas y hermanos. Perderemos nuestra posición en el barrio.
—No tenéis barrio —dijo Parky—, Sois fantasmas. Trabajáis para el Departamento de Justicia, para la mafia y para mí. ¿Qué demonios hizo el detective Faulks en la licorería?
—Pegó un palo, jefe. Era peligroso. Le bailaba fuego de dragón en los ojos. Además, hace tiempo que sus días de detective acabaron.
—Podríais haber fingido que le deteníais y luego haberme llamado a su celda.
—¿Y echar a perder nuestra tapadera?
—Por Dios, todo el mundo sabe que sois polis. Si no, no hubieseis durado ni un día en la calle. Hasta un muerto os calaría, con esas gafas de abuela. Además, tocáis que dais pena.
Parky quería herirles. Su música se había hecho famosa en toda la zona. Los turistas llegaban de todas partes en autobús para oír a los Tres Ratoncitos Ciegos...
Entró en una licorería cercana al parque Marcus Garvey. Martin Bishop, el propietario, le miró con cara de pocos amigos. Cuando era niño, Parky había roto sus ventanas, y habría pasado un tiempo en los calabozos de la «dos cinco» si el detective Faulks no le hubiese convencido de tener un ataque de amnesia. Y ahora Parky quería sobornarle para que sufriera un ataque similar respecto a Faulks. Procuró no fijarse en el apósito en la mejilla de Martin. Se inclinó sobre el mostrador y empezó a escribir un cheque con su pluma de oro macizo, regalo de Tatiana Klein.
—¿Basta con mil dólares?
—El muy chalado me pegó con la pistola. ¿Alguna vez le negué un donativo para sus proyectos de caridad? Hace treinta años que le conozco. Y va y me trata como a un perro. Eso no se puede borrar con una chequera.
—¿Cuánto robó?
—Hablas de cajas registradoras, yo hablo de orgullo. ¿No te financié los estudios de Derecho? No fui tacaño.
—Te estoy muy agradecido, Bishop. A ti y a todos los tenderos de Harlem. Y Free os está igual de agradecido. Por eso mismo me resulta increíble que te sacara una pistola.
Martin señaló el vendaje.
—¿Quieres que te enseñe lo que hizo?
Parky tuvo que reaccionar como el millonario picapleitos en que se había convertido.
—No querrás desilusionar a Lord Byron, ¿verdad?
El vendaje tembló de forma incontrolada.
—¿Byron tiene que ver con esto? Eso ya es otra cosa. No seré yo quien ponga trabas a sus planes. Parky, ¿tú no podrías hacer que visitase mi tienda? Significaría mucho.
—Oye, que soy su abogado, no su secretario.
—Al menos una foto de los dos, él y tú, para el escaparate. ¿Podrías conseguirme eso?
—Te conseguiré la foto. Pero quiero a Free de vuelta en el país del olvido. Nunca ha estado en tu tienda. Nunca pasó nada.
—De acuerdo. Nunca he oído hablar de Free Faulks.
Parky salió a la calle; los Tres Ratoncitos Ciegos tocaban para un grupo de turistas arremolinados en torno a un autobús con matrícula de Ohio. Los Ratoncitos le hicieron señas con los clarinetes a Parky. Estaba entrando en zona de guerra. Giles se había evaporado, junto con el coche azul eléctrico de Parky. El coche reapareció de pronto, con Giles al volante, el semblante lívido y los labios ensangrentados. Giles, mirando siempre al frente, se detuvo delante del águila. Se abrió la puerta trasera y Parky reconoció a su antiguo archienemigo en el barrio: Samuel Brown. Samuel controlaba el Valle, y el señor don Edward Parkchester tenía Sugar Hill. Ninguno se inmiscuía en el territorio del otro. Samuel era un bárbaro, capaz de tirar a los rivales desde una azotea o de freírlos con un soplete. Byron le pagaba una especie de soborno para que se quedase en su casa y no saliese del Valle. Y cuando Byron tenía problemas con algún espabilado que iba por libre, Samuel se deshacía de él a cambio de una sustanciosa suma. La mafia le consideraba el capitán de color de Byron, pero Byron tenía suficiente cabeza para no interferir en los asuntos de Samuel, y si a éste le hacía falta consejo legal, Byron le prestaba su águila durante media hora. Parky detestaba aquellas sesiones de media hora. Era incapaz de olvidar que Samuel abusaba de los ancianos de las viviendas de protección social, que robaba a las abuelas y magreaba a las niñas de la escuela hasta que un día Faulks le pilló por banda en un ascensor y le dio una soberana somanta. Ahí empezaron los problemas del joven Edward Parkchester. Samuel le echó la culpa de la paliza y nunca se lo perdonó.
Estaba sentado en el coche de Parky y no le acompañaba ningún hombre. No llevaba chaleco de fibra de vidrio. Era un desafío andante, una invitación directa al asesinato. Pero nadie recogía el guante. Porque si al final errabas el corazón por un centímetro, o no conseguías matarle, se levantaría de su lecho de inválido y se abalanzaría sobre toda tu familia con un soplete y un bidón de gasolina.
Samuel esbozó una sonrisa plagada de dientes de oro, como la del gran Jack Johnson, campeón mundial de boxeo que se había instalado en el Valle hacía mucho tiempo, después de que los jueces, abogados y policías blancos le despojasen de su título.
—Samuel, no le hagas daño a mi chófer, ¿me oyes? —dijo Parky, recurriendo al dialecto del barrio.
—Ed, niño, a ti te invitan a todos esos banquetes de a diez mil el cubierto. ¿Has llegado a conocer a J—Lo?... Jen, la del culo en forma de corazón. He oído que le van las botas de Manolo Blahnik, con tacones de aguja capaces de hacer picadillo al hombre equivocado. Lo he leído en las páginas de estilo. ¿Tú no lees?
—Giles no es...
—Jennifer López. ¿La has conocido o no?
- Dios —dijo Parky—. Sí, durante un par de minutos.
—¿Iba con su novio, con Ben Affleck?
—Quizás estuviese allí, Samuel. No me fijé. Era un festival benéfico organizado por Byron para críos con cáncer de huesos.
—¿Le dijiste que había perdido demasiado peso? Se ha quedado sin culo. En el barrio están preocupados. Una chica latina como ella, viviendo con la morralla de Hollywood y sin probar el arroz con frijoles. Me gustaría salir con ella, Ed. ¿Tú podrías arreglarlo?
—Sólo si paras el coche y me devuelves a Giles.
—Ya es tarde. Sólo soy la niñera. Y tú eres el paquete que había prometido entregar.
Llegaron a un almacén bajo el puente de la avenida Madison. El almacén había formado parte de la Paramount durante la era dorada del cine mudo, cuando la capital del cine de Estados Unidos estaba en Manhattan y las estrellas paseaban por las calles de Harlem vestidos como príncipes árabes y mujeres de harén con sedosos velos...
Un par de pistoleros esperaban a Parky. No eran de la banda de Samuel. Sus abrigos de cuello de visón delataban su condición de canadienses. Los matones estadounidenses nunca usarían visón.
Los pistoleros condujeron a Parky y a Giles al interior del almacén. Había aún decorados por las esquinas, instalaciones sin ninguna función. La mafia debía de haber convertido el estudio en un centro de ejecuciones. Los cadáveres se disimulaban luego entre los vetustos decorados. Parky se fijó en un falso bosque, o en una parte de él, en la que asomaba un ciervo hecho de cartón y papel maché. En la penumbra, sin embargo, las astas del ciervo cobraban suficiente vida para conferirle el aspecto de una criatura real atenazada por el miedo.
Los pistoleros no se tomaron la molestia de presentarse. Escondieron a Giles enterrándole tras las ruinas pintadas. Luego se calzaron sus guantes de invierno y se fueron turnando para dar una brutal paliza a Edward Parkchester. Tras cada vapuleo le ofrecían comida. Ni los estudios de derecho ni la vida en el barrio le habían preparado para aquello. Era abogado criminalista, quizás el mejor, pero los criminales en el mundo de Parky nunca actuaban de forma tan gratuita, con tanta indiferencia. Algún sentido tenía que haber tras el comportamiento de los tipos de visón. ¿Buscaban información o venganza por algo que escapaba a la comprensión de Parky? ¿Era aquella una misión descabellada que sólo otra banda canadiense podría interpretar?
Vomitó sangre, perdió el sentido y despertó frente a Tatiana Klein. Su antigua prometida le ofrecía un bocadillo de jamón mientras le limpiaba la cara con un trapo húmedo. El ciervo de cartón apareció ante sus ojos, pero los hombres de visón habían desaparecido.
—¿Dónde está mi chófer?
—Pobrecito, siempre tan considerado. Giles está en nuestra casa, descansando.
—¿Por qué no puede regresar a Sugar Hill?
—Están vigilando tu casa.
—¿Vigilando? ¿Quién?
—Los mejores soldados de Byron. Están dispuestos a desollarte vivo.
—Esa es una definición bastante curiosa de la relación entre cliente y abogado. Al menos Byron podría saludar antes de decidir liquidarme.
—No quiere liquidarte. Está dudando. Te tiene mucho cariño.
—Y por eso manda a sus macacos canadienses para darme un masaje con guantes cargados de hierro.
—Era lo mejor que podía hacer, dadas las circunstancias.
Seguía fascinado por las astas.
—¿Dónde está Carla?
No te preocupes. También está en casa. No deberías haberme abandonado por esa guarra. Es una pringada.
Había conocido a Carla en un burdel para la burguesía negra. Estaba prometida a un general que ya estaba casado. Parky le tenía cariño a aquel militar, Washington Starke, que trabajaba en el Pentágono, y no quería ver como destrozaba su vida. De modo que raptó a Carla del pisito de amor, con la intención de vendérsela a los tratantes de blancas de Chinatown, pero antes la llevó a su casa y no ha abandonado la cama de Parky... desde entonces. Tuvo que romper su compromiso con Tatiana, una heredera diez veces más encantadora que Carla. Pero Tatiana no sufrió mucho tiempo. Lord Byron dejó a esposa e hijos para casarse con Tatiana Klein en Temple Emanuel, y empezó a almacenar el dinero de la mafia en el banco privado del padre de ella. Sasha Klein invirtió en bienes robados. Y tenía fábricas de camisas en Singapur y Taiwán.
Tatiana había llegado acompañada de su doncella, que limpiaba la sangre de la camisa de Parky con la plancha y un parche capaz de comerse cualquier mancha. Se sentía confuso. Tatiana era capaz de vivaquear como un general.
—Vas a tener que esconderte en Londres durante seis meses. Te he alquilado una casa cerca del Museo Británico.
—Tengo citas en el juzgado —masculló Parky en defensa propia.
—Tendrás que posponerlas. Pero no importa. Byron puede trabajar con Harris Teitelbaum.
—¿Tu marido va a tomar el mando de mi despacho?
—Consejero, ya no tienes despacho —retumbó una voz en la caverna desierta.
Era Lord Byron, un hombre con sastre propio en Milán. Había traído consigo una botella de champán y cuatro flautas de valor incalculable, en tiempos propiedad de un rey de Nápoles. Abrió la botella con el pulgar, sirvió el champán y ofreció una de las copas a María, la doncella.
Dedicó el brindis a Parky.
—Salud, pedazo de cabrón.
—Explícamelo —dijo Parky sorbiendo su sangre junto con el champán—. ¿Qué puñalada te he dado yo por la espalda?
—Debes de ser el último del barrio en oír el informe del tiempo. Freeman Faulks es un chivato con carnet.
—Anda ya. Eso es una puta trola.
—Trabaja para Sandra Sutpen.
Sutpen era fiscal de Estados Unidos en el Distrito Sur de Nueva York, la gran sacerdotisa de los fiscales federales de Manhattan y el Bronx. Había estado en Columbia con Parky y se había licenciado entre los mejores de su curso. La mafia parecía incapaz de sobreponerse a su reinado en St. Andrew’s Plaza. Tenía todo un catálogo de soplones y cada vez que uno de ellos prestaba sus servicios, Sandra le regalaba unas braguitas suyas de seda. En cuanto la mafia pillaba a un soplón, le metían las braguitas de Sandra en la boca. Por un instante, Parky se imaginó a Free Faulks con los ojos cerrados, chupando seda.
—Es un ladrón —dijo Parky—. Asalta licorerías, pero no es un chivato. Byron, ése no ha sido nunca su modus operandi. En el barrio les compraba piruletas a las niñas. En la «dos cinco» andaba siempre solo. Nunca habría llegado a ser abogado sin él.
—No te ufanes, consejero. Tengo a toda mi tribu pidiendo tu sangre. Tú estudiaste con Sandra, hasta te la tiraste.
—Joder, estuve prometido con ella tres semanas.
—Suficiente para una alianza.
—¿Qué alianza?
—Sutpen, Faulks y tú.
—Ya, y Sandra le explica a Free cómo asaltar licorerías, ¿no?
—¿Ahora te vas a hacer el inocente? Ésa es la tapadera. Consejero, hace un par de meses él vino a verme. Mencionó tu nombre, si no, ¿por qué iba yo a querer verle? Me pidió trabajo. ¿Cómo iba a rehusar? Es como un segundo padre para ti. De modo que le di cositas. Trabajos de recaudación. Ese pistola brava llevaba un micro de Sandra.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Aún tengo amigos en el Departamento de Justicia.
—Y te dijeron lo de las grabaciones. Pero ¿las has oído tú?
—No tengo que oír nada. A Free se le fue la mano con mis otros recaudadores. Empezó a timarles. Ahora ataca a mis mensajeros. Me roba diamantes y dinero, a mí y a mi organización. No soy un califa, señor Parkchester. Tengo que ajustarme a las normas.
—Y por eso mandaste a Sam Brown a secuestrarme.
—¿Hubieras venido con cualquier otro? Supuse que escucharías a Sam.
—Quiere tirarse a Jennifer López. Es lo único que tiene en mente.
—Una ambición muy digna —dijo Byron, con un guiño a su esposa.
—¿Y los canadienses?
—Ah, son buena gente. Sobrinos de Sasha. Roban carne kosher en Montreal.
—¿Sasha está metido en esto?
—Estamos todos intentando mantenerte con vida. Y no es fácil, consejero. Tatiana me lo tiene advertido. Un mes sin sexo si te pasa algo.
—Maestro —dijo Parky—, ¿Tienes que confiar en espías? Podrías haber acudido a mí directamente.
—No pueden verme contigo en público.
—¿Y si resulta que no tengo nada que ver con Free?
—Demasiado tarde. Mi familia dice que es problema tuyo. Freeman es tuyo. Es tu responsabilidad. Tendrás que entregárnoslo.
—¿Y si no qué? Os quedaréis a Carla.
—Peor. Samuel te encontrará en cuarenta y ocho horas. Y Carla vuelve a la casa de putas.
—Que es su sitio —dijo Tatiana Klein.
—O sea, cazar o ser cazado.
Acabó el champán y se puso la camisa recién planchada. Increíble, la sangre había desaparecido.
2
Parky tenía sus propias tropas. Pero hubiera significado una guerra civil. Escribió en su Nokia un mensaje para el general Washington Starke del Pentágono, URGENTE RITA´S. Rita’s era un restaurante del Valle donde un general de brigada negro podía sentarse con un abogado de la mafia sin interrupciones. La pantallita ámbar parpadeó al cabo de cinco minutos, rita’s, luna llena, lo que significaba que Wash podría encontrarse con él a medianoche.
Tomó un taxi hasta St. Andrew’s Plaza y fue directamente a ver a Sandra Sutpen, que estaba sentada tras su escritorio y sonreía como un matador.
—Sandra, ¿cuándo me vas a dar unas braguitas perfumadas?
—Cariño, ya me quitaste el virgo hace años.
No era un fulana como Carla, ni tenía un halo de cabellos rubio platino. El porte le venía de familia. Los Sutpen estaban entre los primeros colonizadores de Long Island. Campesinos y soldados. Sus ancestros habían luchado junto a George Washington contra el rey Jorge. Los Sutpen habían sido subsecretarios de estado, vicegobernadores de Nueva York, notables de los condados de Nassau y Suffolk, oligarcas del cultivo de patatas en Long Island, nobleza campesina, banqueros, mecenas de bibliotecas y museos, coleccionistas de arte. Sandra se había preparado desde la infancia para una carrera política, una carrera apabullante que la llevase de las puertas de St. Andrew’s hasta la Casa Blanca, pero no como primera dama y esposa de alguien más ambicioso que ella, sino como señora presidenta, dueña suprema del Despacho Oval. Sandra necesitaba un empujón, un gran golpe que la catapultase al ámbito nacional. Y Lord Byron era el objeto de su deseo. Tenía que pillarle con los calzones a media asta, cargárselo en los tribunales. Pero no podía hacerlo a menos que Edward Parkchester, el amo de Sugar Hill, fuese su cómplice. No podía sobornarle ni intimidarle, de modo que buscó su flanco vulnerable. Freeman Faulks.
—¿Cómo llegaste hasta Free?
—No fue difícil, cariño.
—¿Le tentaste con tus braguitas?
—No soy Dalila —dijo ella—. Tengo la nariz demasiado larga. Nunca he sido una belleza clásica, como Tatiana Klein, o como el chochito que tienes escondido en casa.
—Siempre podría halagarte mencionando tus encantos particulares, Sandy. Estuvimos prometidos, ¿recuerdas?
—No fue nada serio, una diversión, un flirteo de facultad.
—Claro. Una política nata como tú no podía arriesgarse a un matrimonio interracial. Un negrito como yo no quedaría muy bien en el Sur... o en el Medio Oeste, ya puestos.
—No seas ridículo. Los Sutpen fueron los primeros campesinos de Long Island en liberar a sus esclavos. La atracción que sentía por ti, Edward, era algo excesiva.
—Atracción fatal, ¿eh...? ¿Te has tirado a Free?
Arrugó la nariz con una mueca de dolor. Y Parky se dio cuenta de que aún le atraía la heredera de las patatas, pese a su descarnada ambición.
—Ya te he dicho que no soy Dalila.
Había en su voz una grieta, un asomo de lamento, y Parky habría querido besarla, pero el instante pasó cuando ella levantó las pantorrillas en el aire, se quitó las bragas y se las lanzó a Parky.
—Gracias por el souvenir —dijo—. Me encantaría oír la cinta de Byron.
—Cariño, tendrás tiempo de sobra para examinar las pruebas.
—Es un farol. Free no se pondría un micro tuyo.
—Es culpa tuya. No deberías haberle dejado de lado. Dejaste que se perdiese, cariño. Estaba solito... en el espacio profundo de los ex policías. Yo le di una segunda oportunidad. Le conferí poderes, le permití volver a ser detective.
—Un detective de juguete.
—Con lo que tengo me basta para sentarme con el juez y apartarte de tu precioso cliente. Byron es muy parlanchín... Habla de tratos con un socio suyo y tuyo. Sasha Klein. Estás tocado. Más te vale esconderte bajo una piedra, o pasarte a nuestro lado.
—¿Dónde está Free?, ¿dónde lo tienes escondido?
—Pensaba que quien le escondía eras tú, Edward.
—Byron sabe lo del micro. Ha atravesado tus defensas.
—Lo dudo —dijo ella—. El chivatazo lo di yo.
—Así, que has puesto en riesgo la vida de Free.
—Free no tiene vida. Pero tú nunca te has dado cuenta. Eres tú, cariño, tú al que queremos poner en el disparadero.
—Pero yo soy moldeable, como un trozo de plástico. Y viajo ligero de equipaje.
Y dejó a la fiscal de Estados Unidos con las piernas en el aire.
3
Ni siquiera podía ir a pasar el rato a sus antros favoritos, los cines nocturnos de la Calle 42, eliminados del mapa por los Padres de la Ciudad y su voluntad de crear un distrito teatral perfectamente aséptico, por el que no circulasen negros, latinos ni quinquis blancos. De modo que se dirigió a la Calle 125, que era todavía tierra de carnavales: allí había un fumadero cuyo propietario conocía a Parky y confiaba en él lo suficiente para pasarle un poco de hachís. Por cien dólares dispuso de un diván i de una pantalla: era como tener una sala de cine en miniatura. Vio a Pam Grier en el papel de Foxy Brown, la heroína del barrio; veinticinco años atrás su efigie estaba en todas las paredes. Incluso el psicópata de Samuel veía en ella a su hermana mayor. Debía de masturbarse cinco veces al día pensando en Foxy...
Parky consumió demasiado hachís y llegó a Rita’s pasada la medianoche, pero Wash no estaba allí. Rita’s era un viejo bar musical, cabaret del Harlem en tiempos de la Prohibición, local de mafiosos y músicos negros donde la violencia y las bravatas estaban prohibidas. Entre las paredes pobremente iluminadas de Rita’s no podía cambiarse de pareja. Las mujeres tenían que entrar y salir con el mismo hombre. Cada nueva propietaria heredaba el nombre de «Rita», aunque en su día debió de haber una Rita original, una Rita primigenia. Su encarnación actual regía el local con idéntico y férreo puño. Gruñó cuando Samuel Brown se acercó a la mesa de Parky con una sonrisa digna de Jack Johnson.
—Señor Edward, ¿esperaba usted a este delincuente? Porque si le está molestando...
—No me molesta, Rita. Sam y yo somos del mismo barrio.
Pero Parky se mostró inflexible en cuanto Rita se alejó.
—¿Por qué vienes a atosigarme, chico?
Pareció que Samuel absorbía el universo en sus dientes de oro.
—Sólo soy el mensajero, Ed, niño. El general Starke presenta sus excusas. No puede venir.
—¿Y eso por qué?
—Porque el negro tenía otra cita.
¿Cómo había conseguido Samuel colarse en el Nokia de Parky? No había nadie con acceso a su código privado... a no ser que Samuel Brown tuviese a sus espaldas a los magos del Departamento de Justicia y sus diccionarios electrónicos.
—Bueno, ¿Quieres que te lleve hasta el general? ¿O pasarás la noche en Rita’s?
Parky se levantó y siguió a Samuel hasta el Valle. Sabía cuál era su destino. Samuel le conducía hacia su propia historia, antes de Sugar Hill. Se aproximaron a los monolitos de las viviendas sociales Abraham Lincoln, que se alzaban en la oscuridad como dientes monstruosos. Pasaron junto a guardas de seguridad y criminales armados; todos abrieron paso a Samuel Brown y le saludaron como su jefe. Entraron en el subsuelo de las Lincoln, una serie de subsótanos que albergaban el sistema de ventilación del complejo, un laberinto de tuberías retorcidas y escamas plateadas, como una serpiente que produjese su propio fuego.
El general Starke estaba sentado en una silla al fondo del último subsótano. Llevaba puesto su uniforme, y Samuel o algún otro había estado intentando desvestirle con un soplete: las charreteras y las insignias habían desaparecido de la tela, abrasadas.
—Hola, Wash —dijo Parky—, No pretendía arrastrarte a esto.
—Culpa mía, hijo. He sido descuidado.
—Pero pensaba que el sistema era seguro.
—Y lo es. Pero rompí mis propias reglas. Llegué a Rita’s demasiado pronto.
—¿Y cómo se enteró aquí el chico de que ibas a estar allí?
—No me enteré —dijo Samuel—. Le seguí desde Penn Station. El general está en la lista que me dio Byron. Me dijo: «Al consejero sólo le queda una jugada. El Pentágono. Acudirá al general Starke». Y así ha sido.
—Podría haberle perdido —dijo Starke—, Pero fui demasiado gallito. Quería tomar un whisky en Rita’s. Llegué a las diez, pero el chico estaba delante de la puerta.
—No me llames así —dijo Samuel—. Parky tiene ese privilegio, tú no.
—Y te trajo al barrio y empezó a torturarte, supongo —dijo Parky.
—Con el soplete. No era cosa de quedarse sin cara. Le dije cuándo aparecerías.
—Pero ¿quién se ha ocupado de ti mientras él estaba fuera?
—Yo —dijo una criatura que surgió de la oscuridad vestida con chaqueta de cuero, jersey de cuello cisne y gafas de sol de diseñador, típicas de un ejecutor del gobierno.
—Tienes un aspecto magnífico, Free. ¿Sandra pagó por tu resurrección?
—Sandra pagó parte—dijo Freeman Faulks— Y Byron pagó la otra mitad. Me puso a liquidar gente.
—Pensaba que eras recaudador.
—Lo era. Pero depende de lo difícil que sea la colecta.
—¿Qué necesitabas, Free, dinero o amor?
—Ambas cosas.
—¿Y no podías haber acudido a mí?
—No eres mi tutor, Edward.
—¿Qué pasó? ¿Sandra te pilló después de un golpe?
—No, yo acudí a ella. Supuse que Byron me despacharía rápido. Dos o tres muertes más y me tocaría a mí.
—Y te pusiste el micro.
—Sandra sueña con micros, así que la dejé soñar. Nadie puede acercarse a Byron, no si va con micro.
—¿Y qué pasa si ella tira de la cuerda y no le puedes dar nada?
—Me buscaré otra cuerda más larga.
—Dios —dijo Parky—. Te está tomando el pelo, Free. Lo más seguro es que haya puesto más micros en el local de Byron que en un estudio de sonido. Y está dirigiendo su propia película. La interminable caída de Byron Abando, tú y yo en los papeles principales. Somos sus peleles.
—Habla por ti —dijo Sam Brown, al tiempo que volvía a coger el soplete de su soporte—. Free, tenemos que cargárnoslos, Free.
—Sólo al general.
—Pero Parky no lo tolerará. Es leal al negro. Y se lo contará a Byron y a tu jefa.
—No es mi jefa.
—Detective —dijo Parky, intentando marcar la distancia con Free—, ¿cuándo se unió al chico? Pensaba que odiaba a Sam.
—Tengo más en común con él y su soplete que contigo. Tú eras un prodigio, un estudiante genuino que deseaba a gritos el mundo de los blancos. Y Samuel es, bueno, un cabrón que forma parte del jueguecito del viejo Free. Edward, a mí me gusta asaltar licorerías. Me pone. Me encanta notar la pasta en el bolsillo. ¿De dónde crees que salieron tus becas? De atracos en Staten Island.
—Entonces, ¿por qué no nos liquidas a mí y al general y le das carpetazo al asunto?
—Porque soy un capullo sentimental. Tus logros me enorgullecían. Tenía incluso un álbum de recortes. No podría liquidarte, Edward. No va conmigo
Samuel giró la ruedecilla del soplete, que empezó a respirar una llama azul. La pureza de la llama hipnotizó por un instante a Parky.
—Ya me encargo yo de liquidarlos, señor Free, nadie podrá reconocerlos.
—Sólo al general.
—No es muy lógico eso de dejar al niño Ed de testigo.
Y Samuel dirigió la llama del soplete hacia Free como si fuera una espada, le chamuscó las cejas y luego le disparó dos veces con la pistola que tenía en la otra mano. Parky se sentía como un espectador en un macabro encuentro deportivo. Se fijó en el general, que ni parpadeaba, y supo que Wash no estaba allí por accidente o jugarreta del destino.
Samuel empezó a fanfarronear.
—Es un buen paquete, Ed. Tú, el señor Free y el general. Byron me dará una recompensa.
Estaba a punto de acercarle el soplete.
—Te he conseguido la cita, Señor Sam.
La llama lanzó un lengüetazo como un lagarto y luego desapareció.
—¿Qué cita?
—Con J—Lo.
—Tú eres el que tiene una cita... con tu cadáver.
—Samuel, me lo dijo ella. Los homicidas tienen algo que le va.
—¿Cuándo has hablado con ella?
—Me la encontré en Jane Street.
El detalle atrajo la atención de Sam. Parky recordó haber leído en el Times del domingo que J—Lo había alquilado un apartamento con Ben Affleck en el mismo edificio que Tony Soprano...
Samuel no debería haber pospuesto lo que se proponía hacer, ni siquiera por J—Lo. A la vacilante luz del soplete, Parky vio los monos plateados de los cuerpos especiales de Wash. Nunca se había molestado en preguntarse por qué el Pentágono necesitaba una tropa de ninjas. De un solo golpe le rompieron la garganta a Samuel y le arrancaron el soplete de la mano.
—Wash —dijo Parky—, tú has salido de pesca. ¿Cómo te enteraste de lo de Free?
—Había oído cosas, Edward, y...
—Y dejaste que Samuel se metiera él solito en su propia trampa.
—Sentía curiosidad por saber adonde me conduciría el chico.
—Con tus ninjas siguiéndolo todo por radio.
—Nosotros no hablamos de ninjas, hijo. Suena a asesinos. Son cuerpos especiales en misión especial... asignados a Washington Starke.
—Y querías que descubriese yo solo los trucos del detective. Le voy a echar de menos, Wash. No lo puedo evitar. Menudo amigo he sido.
—Era un salvaje, Edward. No hubieras podido salvarle.
4
La tropa de asalto llegó al palacete de Byron al romper el alba. Estaba compuesta por cinco ninjas disfrazados de porteros, Wash con un uniforme remendado con insignias y charreteras y el águila negra. Los porteros de Wash se abrieron paso a través de la seguridad del edificio, neutralizaron a los guardaespaldas de Byron, franquearon las infranqueables cerraduras de Byron e irrumpieron en el palacete. Había sido el hogar de un rey de la margarina que perdió su fortuna al hundirse el mercado. Byron había comprado la vivienda intacta, incluyendo los cuadros y el invalorable mobiliario, y permitió que Tatiana y su equipo de decoradores se lo pasasen en grande. Nunca le pidió a Tatiana que explicase una factura. Disponía de veintisiete habitaciones con las que jugar, y ése era el problema de Parky. Tenía que encontrar a Carla y a Giles sin despertar al príncipe. Pero los ninjas los encontraron. Parky tuvo que disculparse ante su chófer.
—Debería haberte protegido, Giles. Vi que tenías sangre en los labios.
—Estoy bien, señor Edward.
—¿Qué tal está Carla?
—Igual de víbora que siempre.
Carla y Giles no se llevaban bien, pero Carla tenía su orgullo. Jamás le habría pedido a Parky que le despidiese, y Parky no hubiese sabido cómo. Cuando tropezó adormilada con Parky llevaba puesto su pijama de seda.
—Edward, cariño, ¿por qué me ha sacado de la cama la gente de Byron?
—Es un juego, condesa. ¿Te han hecho daño?
—En absoluto. Al venir me dieron chocolate.
—¿Chocolate negro?
—Negro como la noche.
—Me alegro. Por lo menos Byron conoce tus gustos.
—Lo del chocolate fue idea mía —dijo Tatiana Klein, entrando en el salón principal en un batín de satén negro con sus iniciales bordadas sobre el corazón.
A su vera iba Lord Byron, con un batín a juego bordado también con sus iniciales. Se aferraba a una pistola, pero la dejó caer tan pronto vio a los cinco porteros. Saludó al general Starke.
—Enhorabuena, general. Me imagino que el golpe es suyo.
—Yo vengo de comparsa. Tendrá que hablar con el señor Parkchester.
—Parky —dijo Byron—, ¿esto no podría haber esperado hasta la mañana?
—Ya es de día. El sol está tras el edificio más próximo. Te llevaste a mi chófer y a mi prometida.
—Tu concubina —dijo Tatiana—. Eso es lo que es.
—Tatiana —dijo Byron—, no deberías insultar a nuestros huéspedes.
—Soy su concubina —dijo Carla—. Y me alegra además... ¿Cómo estás, Wash?
—Penando por ti a cada instante.
—Eh —dijo Byron—, ¿no podríais continuar esta conversación en la calle?
—No —dijo el águila—. Wash es la parte ofendida. Yo le birlé a Carla. Además, tengo algo pendiente contigo, Byron.
Y abofeteó al príncipe de la mafia ante los ojos de Tatiana, Wash, Giles, Carla y los cinco ninjas. Byron se encogió. Le temblaba el rostro. Nadie le había abofeteado en público, ni siquiera su padre, ni siquiera los ancianos de la tribu.
—Soy tu abogado, no tu bufón. Reclutaste a Faulks, le convertiste en ejecutor y lo enviaste a ver a Sandra Sutpen para que ella se convirtiese en tu agente secreto, y todo sin que ella supiese de la misa la media. La has llevado de cabeza, Byron. Bravo. Pero hiciste que mataran a Faulks. Y no te correspondía a ti sacrificarle.
—¿Que lo mataran? Yo no...
—Cállate antes de que vuelva a abofetearte delante de tu novia. Harris Teitelbaum puede ocuparse de tus asuntos. Cómprale un bufete si quieres. Yo lo dejo.
—Consejero —dijo Byron, agitando un dedo como un magistrado.
Pero era Tatiana la que entendía a Parky y sus humores. Tironeó los cordones del batín de Byron.
—A la cama, grandullón.
—Ya has oído al consejero. Es de día.
—Eso antes nunca te ha molestado. A la cama.
Y desaparecieron en la moqueta de su palacete.
—Tengo hambre —dijo Carla—. Me gustaría un banana split bañado de chocolate.
—Giles, ¿nos puedes llevar a alguna heladería?
—Señor Edward, ahora mismo estamos sin coche.
—Eso no es problema —dijo el general Starke, y empezó a teclear en su Nokia.
Un furgón militar les esperaba en la puerta. Park Avenue era un desierto de ladrillo, acero y cemento con algún que otro resquicio de luz. Todos subieron al furgón. Parky había estado saltando de aquí para allá tan deprisa que no había tenido tiempo de considerar el destino de Free. Si Free había cometido atracos (incluso asesinatos) para mantenerle en la facultad de Derecho, la decepción de su benefactor debió de ser grande cuando Parky se convirtió en un «monstruo» que sólo representaba a ladrones. A su manera, el consejero era un atracador, como también lo era Sandra Sutpen. No podría haber conservado su feudo de Sugar Hill sin subirse a los hombros del detective y hundirle en el fango. Era un águila con las alas rotas. Señor don Edward Parkchester, segundón entre los caballeros.
Tenía bocas que alimentar: Carla, Giles, los Tres Ratoncitos... Tendría que pedirles que organizasen una marcha fúnebre para Free. Pero no habría funeral. Los ninjas le habían enviado a él y a Samuel a uno de sus valhallas privados en los que los fantasmas no descansaban nunca. Bien. Tenía otras cosas en qué pensar, además de las millonarias maniobras de Parkchester & Teitelbaum...
El furgón se acercó a una tienda de dulces de Sugar Hill. Parky estaba seguro de que no estaría abierta a las siete de la mañana. Pero sabía que si llamaba a la puerta con insistencia y fuerza suficientes, alguien acabaría por oírles y dejarles entrar.
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