suplantación (es)
Los escombros dejaban entrever la mansión que fue el epicentro del desarrollo y progreso de una región que atrajo en otra época a aventureros de toda laya, mercaderes de vicios, empresarios de alto vuelo, colonos de tierras, y buscadores de oro. Los Trandall la compraron a su antiguo dueño -un hombre de origen canario- quien inició la construcción de la quinta trayendo la piedra desde una mina de oro abandonada que facilitó la elaboración de las bases que sostuvieron los pesados maderos que sirvieron de paredes al estilo de las antiguas construcciones campesinas, más las pesadas tejas de arcilla. Todavía se podían ver las cenizas esparcidas por doquier, mientras la madera grisácea no dejaba de borbotear el humo de los escombros que ascendía agitado como si fueran los rezagos de un antiguo fuerte español después de haber sido incendiado y saqueado por los piratas Ingleses.
La casa llamada por don Eduardo “El Edén” no era más que la reminiscencia de aquellos años adonde muchos llegaron en pos de fortunas; quimeras que se deshicieron con la llegada de los grandes capitalistas que con sus nuevas tecnologías los desplazaron y provocaron con ello la violencia más cruel que cualquiera pudiera imaginar. Estos, que siempre vivieron una vida holgada económicamente, hicieron de la quinta el refugio que los alejaba de los compromisos sociales en Caracas, donde las reuniones, los cócteles y demás actividades que se dan en las ciudades tras los grandes negocios, menoscababan la salud mental de los hombres. A ella se apegaban también, luego de sus múltiples correrías por las grandes metrópolis del mundo, decididos a no sucumbir ante sus encantos, ya que allí sentían la satisfacción de ver el mar en sus innumerables ondulaciones, y escuchar cómo se estrellaba contra la tierra firme de la costa, con el sol resplandeciente saliendo de su entraña desde el ocaso del firmamento, lo que hace a los hombres más niños y más enajenados del tiempo, conscientes que aunque no fuera el paraíso, era lo mejor que pudieron conseguir. Y en el “Edén” Beatriz lo fue todo. Hizo del hombre aventurero que tenía por patria el planeta entero, uno sedentario que quería pasar los últimos años de su vida respirando el aire puro en las orillas de las playas para poder sentir la sensación que el mar siempre deja, y que lo obliga a uno constantemente a regresar cada vez que la melancolía nos consume. Juntos habían recorrido Egipto y visitado las tumbas de los faraones surcando el río Nilo cargado con toda su historia de los relatos más disímiles para satisfacer sus intereses culturales. En Roma se documentaron sobre las últimas catacumbas descubiertas, afanados en comprender por qué los antiguos cristianos apegados a la fe de un todo Dios poderoso aceptaban su muerte, convencidos que les resarciría ese sufrimiento en la tierra con la felicidad de saber que entrarían al reino de los cielos. Los espectáculos mundanos y culturales los enloquecían febrilmente, y los llevaba a culminarlos en las riberas del río Sena. Las somnolientas aguas del Támesis les recordaba a los viejos pescadores que esperaban pacientemente sus presas sin importarles el tiempo, el fastidioso tiempo que los acosaba y los consumía en una vejez solitaria y melancólica que les hacía regresar a su patria adoptiva, ya que sus idas y venidas no eran más que simples escaramuzas con la vida que les había destinado la quinta como su refugio ante los debacles de la edad. Y en todas esas correría donde se les fue la vida dejaron siempre sus negocios en las manos de Rolando, que precisamente en la noche del siniestro estuvo atendiendo a unos clientes hasta muy tarde en su oficina; lo que sin embargo no impidió que permaneciera al tanto de ellos, ya que después de dar las órdenes a Jorge para que los esperara en el aeropuerto al regreso de uno de sus viajes por las márgenes del río Amazonas, estuvo atento para que regresaran bien a su refugio. No sin antes saludarlos efusivamente por vía telefónica, tan pronto supo que el chofer los llevaba a la quinta del Edén.
Julio que contemplaba los escombros al lado de Rolando, preguntó:
– ¿Y entonces, qué me dice?
– ¡No! No lo puedo creer.
Reafirmando con sus gestos su impotencia ante la cruda realidad.
De acuerdo a las versiones de los vecinos, éstos se dieron cuenta cuando las llamas ya habían consumido casi toda la mansión, acabando con los sueños de toda una vida.
– Todos saben del papel que Ud. desempeña en los negocios de los señores Trandall, y…
– Claro que sí, contestó este, sin dejar de terminar la frase al comisario.
– Claro que sí, repitió.
– ¿Lo beneficia su muerte?
– ¡No! gritó furioso. ¿Acaso me considera un asesino?
– No, no. Cálmese, le dijo el comisario. ¿Por qué no me habla de Adriana?
– Adriana lo hizo. Si. Fue ella. De seguro que sí, dijo alarmado.
– ¿Adriana? ¿Una niña? Cuénteme todo eso señor Guzmán.
Adriana era una niña de aproximadamente 10 años de edad, que vivía huyendo sí misma, en la búsqueda -tal vez- del afecto materno que nunca tuvo, ya que su madre desde muy pequeña la dejó bajo los cuidados de unos vecinos que la mantuvieron durante algunos años como la acompañante de sus hijos en una especie de servicio casero sin respetar su corta edad; y así durante años cayó en las manos de una larga lista de familias hasta que olvidó el rostro de su progenitora, y sin saber quién fuera su padre. En fin, era una huérfana. Una estrella perdida en el cosmos.
– Sí, ella pudo haber sido.
Era la conclusión cruel a la que llegó Rolando, sin pensarlo dos veces.
Según el decir de varias familias que la acogieron pasajeramente, era una niñita muy traviesa que desobedecía a los mayores. Que pellizcaba o molestaba a los niños más pequeños quitándoles los muñecos o importunándolos en sus juegos, dejando tras de sí la fama de ser una niña problemática que se divertía con la candela, o con todo aquello que causara molestia a los demás. En el Edén y en todos sus rededores, todo el mundo la conocía con sus historias tristes, llenas de picardías; escozores que hicieron desanimar a más de uno, cuando ella acudía a pedir su ayuda.
– Ella es una pirómana, comisario. Dijo Rolando.
– ¿Pirómana?
– Mire, la señora Beatriz la regañaba frecuentemente por esa costumbre suya de jugar con el fuego. No hace mucho tiempo los señores Trandall la regañaron duramente porque casi les incendia la casa.
“Este Rolando -pensó el comisario- como que quiere embromar a la chiquilla de cualquier manera. Podrían ser celos”. Educado por éstos desde temprana edad, tal y como lo hicieron con otros muchachos de manera pasajera; se ganó la confianza de la señora Beatriz cuando Rebeca -su madre- lo llevó en una ocasión a que le ayudara en los oficios que hacía en el apartamento de ellos en Caracas. Algún tiempo después, don Eduardo lo empleó en su empresa “Aceros Latinos”, y así se estrechó más la amistad del matrimonio con la madre de Rolando, quienes la aconsejaron a que se mudara al apartamento con su hijo a cambio de un salario fijo por sus servicios, y una educación gratuita para el muchacho.
Rebeca que no tenía más hijos, y había sido abandonada por su esposo, aceptó esta oportunidad que le ofrecían.
Con los años, los Trandall se mudaron al Edén, mientras siguieron viviendo en el apartamento, como si fuera propiedad de ellos.
– ¿La perseguía el diablo, sabe? Siguió diciendo Rolando. A esa muchacha todos los vecinos le han tenido lástima, pero ninguno ha querido aguantársela. Doña Beatriz y don Eduardo la soportaron mucho. Ellos sabían tanto de sus costumbres, que no extrañaban cuando se desaparecía por días de la casa, porque a la larga intuían que regresaría.
– Pero eso es terrible, repostó el comisario. ¿Cómo se puede vivir con una persona así? ¿No será más bien que alguien la ha estado utilizando?
– ¿Por qué no?
– Bueno…Ud. sabe, dijo el comisario, no sería mejor que la hubieran internado en una institución con el fin de ayudarla con sus problemas sicológicos?
– No es que ella sea peligrosa comisario, dijo Rolando. Lo que pasa es que pudo suceder que hubiera estado jugando con candela, tal vez quemando papelitos en el jardín, tal y como lo hizo en otras oportunidades.
– De acuerdo a lo que mis hombres encontraron, dijo el comisario, el fuego comenzó presumiblemente en el dormitorio de ellos.
– ¿Y a ellos dónde los encontraron, comisario?
– En el comedor.
– Comisario, a ellos les gustaba descansar después del almuerzo o la cena en la sala. Nunca en el comedor.
– A lo mejor los durmieron, respondió. Todavía no sabemos.
– Entonces…Sería en la comida que…
– Es lo más seguro. Adriana no durmió en la casa pues ya sabemos que ella se quedó adonde la familia del Dr. Walter.
– Ella fue, comisario. Créamelo, insistió Rolando.
Para el comisario las cosas como sucedieron estaban claras. Lo único que faltaba era el culpable o sus autores materiales. Adriana, según las informaciones recabadas por sus subalternos con los vecinos que se acercaron en la madrugada a presenciar la impotencia de los bomberos ante el fuego que lo consumió todo, en las horas de la tarde del día anterior había asistido a la sesión de terapia que tenía semanalmente con el siquiatra los fines de semana en su apartamento de Playa Grande. Quería hacerle comprender que estaba apoyada por una familia comprensiva y pudiente, humanitaria sobre todo, que deseaba lo mejor para ella. Jugar con la candela era una afición que no debía perturbarla. Que ella actuaba haciéndose la perseguida por el diablo, como una manera de protegerse de la soledad, y que era un recurso para llamar la atención de los que la rodeaban. Que esa actitud se convertía en perversa cuando llegaba a maltratar con sus historias a los demás, y a ella misma; ilusión frustrada por conseguir el afecto de los padres que no tuvo. Sus enredos con los cuentos y tribulaciones de niña perseguida por un ser demoníaco no eran más que recuerdos sumergidos en su inconsciente de las culturas Caribeñas que trastocaron las posibles bondades de los cultos santeros por otras más intrincadas y perturbadoras en la mente de una niña que hasta ahora no había conocido la verdadera dimensión de la calidez humana. La sabiduría de la bondad, mejor dicho.
– Adriana no lo pudo haber hecho, dijo el comisario. Ella durmió en el apartamento del Dr. Walter después que tuvo la sesión de terapia. Su esposa esta mañana nos lo confirmó.
– ¿Entonces cómo sucedió esta tragedia, por Dios?
– Por Dios no. Por obra y gracia de una mano misteriosa. Yo sé que en nada beneficia su muerte. Sin embargo…
El comisario suponía que alguna persona de confianza debió darles un soporífero en la comida, o sino sus cuerpos no los hubieran encontrado de esa manera pasiva, como si estuvieran aceptando su destino. Pensó que las posibles manos criminales que luego de verter la gasolina sobre el tapete y los muebles, lo suficiente como para que el fuego se extendiera por toda la quinta, dejaron el galón metálico en la habitación de ellos, para hacer creer a los investigadores que algún posible descuido fue el causante de semejante tragedia. Aunque tenía una ligera sospecha, no la pudo concretar dada la situación nerviosa en que se encontraba Rolando. No es que no creyera en su coartada. Era perfecta. Aun así Rebeca no dejaba de despertar sus sospechas. Ella pudo haber ido desde la capital hasta el Edén, entrar a la casa y atenderlos, darles la poción somnífera, provocar el incendio, e inmediatamente salir subrepticiamente, y regresarse. ¿Celos? ¿Envidia? ¿Qué otra cosa podía ser? Mientras tanto Rolando lloraba tratando de descifrar en su alma esa extraña sensación que se siente cuando la conciencia lo acusa, y se sabe que es así, porque el corazón lo atormenta y quiere contar su sufrimiento al primero que se encuentre en su camino. ¿Locura? ¿Melancolía? Tiempo suficiente para que el comisario se decidiera a sacar la carta que tenía escondida, no sin antes sopesar la situación.
– ¿Y su madre?
– ¡Mi madre también, carajo! Ud. sospecha de todos, menos del verdadero culpable.
– Es una niña Rolando, dijo el comisario apagando su voz. Es una niña…
– Si Ud. quiere vamos a mi casa. Yo le avisé a ella que los Trandall murieron en este lamentable accidente. Ud. me dio tiempo. ¿No se acuerda?
Era como si quisiera confesar su pena.
– Okey, dijo el comisario.
Rolando se puso más nervioso, al escuchar la respuesta del comisario.
Y este así lo entendió.
– ¿Los ve? Preguntó.
– Por Dios, comisario.
– Vámonos, dijo lacónico.
Todavía el humo seguía borboteando desde el suelo, y el viento lo empujaba hasta el cielo.
Rebeca que utilizaba siempre el sillón de la señora Beatriz, llorosa y pensativa, apenas movió la cabeza con sus ojos puestos sobre las miradas de Rolando y el comisario que llegaron después de haber sorteado la cola de los automóviles que a esa hora se formaban en la autopista “Caracas la Guaira”. Tuvo la valentía de secarse las lágrimas delante de ellos, no sin antes pedirles disculpas por el estado en que se encontraba, invitándolos de paso a que fueran a la sala de huéspedes donde podrían estar cómodos.
– Los detestaba, dijo llorosa. Y ni aún después de muertos podré sentirme cómoda viviendo aquí.
Rolando le explicó al comisario lo que ella quería decir, ya que a pesar de los años que vivieron con los Trandall, Rebeca siempre se consideró su sirviente.
– Claro que yo la entiendo, dijo el comisario. ¿Cuándo fue la última vez que los vio?
– Mucho antes que salieran de viaje. Yo los veía muy poco, además ellos no venían casi aquí.
En realidad los Trandall hubieran querido que les dejara a su hijo en adopción, pero nunca aceptó porque a pesar de su pobreza no se atrevía a dejar a un hijo como cualquier animal. Su moral no se lo permitió. Cuántas cosas no le ofrecieron mientras iba creciendo. Cuántas humillaciones, y cuántos trabajos tuvieron que pasar para que su hijo llegara a la posición que ahora tenía. Todo ese tiempo soportó vivir como una arrimada en medio de cuatro paredes convencida que nunca podría salir de esa situación. Rolando que conocía de sus infortunios en más de una ocasión quiso liberarse del compromiso que tenía con los viejos, pero nunca llegó a concretar su independencia en sus negocios porque el dinero que logró conseguir con esfuerzo, no era el suficiente para iniciar los suyos. Además la marca de “Aceros Trandall” era tan rentable en toda América latina, que competir con ella, equivalía a un fracaso económico pues su posición exportadora estaba bien acreditada en todos los gobiernos a donde ésta figuraba. Sin embargo, para aliviar la pesada carga moral que tenía por el sufrimiento de su madre, le acababa de comprar una quinta en la misma Playa Grande en una urbanización del litoral central, adonde pensaban mudarse en esos días.
– En estos días pensaba mudarme, comisario. Ya tengo comprado todo lo necesario para vivir independientemente. Incluso si pudiera, hoy mismo lo haría.
– Si, hijo. Vámonos ya, por favor.
– Hablando de otra cosa, dijo el comisario. Quisiera revisar la caja fuerte. ¿Conoce la clave?
– Claro que sí, respondió. Madre, siguió diciendo, por favor, prepárenos algo de comer. ¿No pensará que le iremos a echar algo en la comida?
– No. Contestó impasible.
Luego que Rolando abriera la pequeña caja de seguridad que se encontraba escondida detrás de una pintura original de Velásquez, el comisario revisó cuidadosamente los papeles que estaban dentro de ella, mientras se comía el emparedado que Rebeca les acababa de preparar, revisó las fotocopias de los títulos valores y representaciones de bienes en dinero que don Eduardo movió en los últimos meses. Un verdadero diario que permitía seguirle la pista a través de los viajes que realizó con su esposa, transacciones que debían ser conocidas por Rolando, quien a la hora de la verdad resultaba ser el más perjudicado. Leyó minuciosamente el testamento en el cual todos sus bienes eran testados a una fundación para la tercera edad, mientras que a Adriana se le legabas la quinta del Edén con todos sus bienes muebles incluidos, y con una pensión que cubriría todos sus gastos hasta que cumpliera la mayoría de edad. Bienes que serían administrados por el Dr. Walter y la fundación llamada “El Jardín de los ancianos”.
-Claro que si, dijo el comisario. Ahora si entiendo todo.
-¿Entiendo qué? Preguntó Rebeca.
-Que Uds. están comprometidos en este asunto aunque es una lástima que no se les pueda detener.
-¿Pero qué locuras dice? Intervino Rolando.
-Claro que sí. Por eso Ud. ha insistido en involucrar a Adriana.
-¡Miente! Gritó iracunda Rebeca.
-Permítame un momento yo llamo a la Central.
En su mente los sucesos se agolparon de tal manera que ya todo estaba resuelto.
-¡Aló! Dijo.
-Si. Respondieron al otro lado de la línea.
Después de solicitar las informaciones que quería, pidió una vigilancia especial en el aeropuerto de Maiquetía porque suponía que en esos momentos hacia allí se dirigían un tal Carlos Benavidez, y una María del Pilar Pereira, nombres de unas personas que aparecieron en un recibo de pago de unos tiquetes de vuelo hacia París, y que fueron vendidos con mucha anticipación. Como los tiquetes tenían fecha abierta, el comisario supuso que ahora sí sus dueños los utilizarían.
-Bueno señores, no los molesto más. Les dijo. Quedan Uds. libres de toda sospecha respecto de la ley, aunque yo no lo quiera.
-De qué ridiculez nos habla, dijo Rolando.
-¿Y el incendió? ¿Acaso fuimos nosotros? Arguyó dubitativamente Rebeca.
-Uds. no fueron. Lo que si es cierto es que les dolió lo del legado del Edén a Adriana, y ninguna duda tengo sobre ello.
-Mentira. Todo lo que dice es mentira, dijo Rebeca.
El comisario salió apresurado del apartamento conocedor de la dolorosa verdad. ¿Víctimas? ¿Victimarios? ¿Detenerlos? ¿Acusar a los directivos de la fundación “El Jardín de los Ancianos” de complicidad en este caso, a cambio del legado?
“Mierda, pensó” De todas maneras a veces la ley le parecía injusta, pero a ellos les correspondía enfrentarla. “Si lo que hicieron, lo hicieron en un acto desesperado por salvar sus vidas o sus bienes, o porque se sintieron despechados del desagradecimiento de Rolando, fue algo grave; se dijo para sí”. Denunciarlo ante las autoridades hubiera sido lo mejor. Más bien prefirieron ellos mismos tomar cartas en el asunto, y pausadamente fueron sacando la mayor parte del capital líquido de sus negocios en títulos valores hacia el exterior para que Rolando se fuera dando cuenta de lo mucho que pesaban sus desprecios. Este, preocupado por la iliquidez que se veía venir, intentó presionarlos bajo amenazas. Estos respondieron legando el Edén a Adriana, y los demás bienes que físicamente no podían sacar ni vender apresuradamente y se los legaron a la fundación con la condición de asegurarle una pensión a Adriana, mientras llegaba a la mayoría de edad. De acuerdo a las conjeturas del comisario, los Trandall debieron de temer por sus vidas, ya que todo esto no era más que un juego de locos.
Cuando los tuvo al frente suyo con otros nombres, pudo comprobar lo que hacía el poder del dinero.
-Buena la han hecho, les dijo.
El comisario Rincón nunca lo pudo entender. En unas cuantas horas, y en unos pocos meses, habían transgredido las leyes de muchas maneras; y como vulgares delincuentes a esa edad todo lo que habían construido durante sus vidas, lo destruyeron todo en un momento. Definitivamente el mundo estaba loco. Loco de remate.