simplemente amor (es)
CAPÍTULO 1
Patricia asomó la cabeza y sonrió cuando Patrik la vio y levantó los pequeños bracitos para que ella fuera a cogerlo en brazos.
—¿Qué tal te has portado, cariño?
—Ha sido un niño muy bueno —dijo la chica que se levantó del jardín de cartón blando donde tenían reunidos a unos niños pequeños.
—¿Se está portando bien?
—Comienza a acostumbrarse a estar aquí.
Había sido muy duro para Patrik dejarlo por primera vez en la guardería, pero Patricia había comenzado a trabajar después de la baja maternal y el tiempo de
baja que había necesitado del derrame que había sufrido dos meses después.
—Me alegra saberlo. Cada vez que me voy y me mira con esa carita me siento fatal.
—No te preocupes. Suele pasarles a todos los niños cuando sus padres los dejan aquí por primera vez, pero poco a poco se acostumbran a ver este lugar como parte de su rutina diaria y comienzan a adaptarse.
—Espero que pronto sonría cuando me vaya y lo deje aquí.
—Ya verás como sí.
Lo bueno había sido que Mary trabajaba en una guardería y lo habían aceptado desde el principio sin ningún problema y sin el mínimo papeleo. Su prima se había encargado de todo y eso le había facilitado las cosas, tanto para ella que no
quería responder preguntas de más, como para su familia que aún no aceptaban que se hubiera convertido en madre soltera.
Patricia cogió en brazos al niño y le llenó los mofletes de besos. Era un hecho que ahora Patrik era lo más importante de su vida; hasta el momento de su nacimiento nunca había imaginado lo que se podía querer a un hijo, pero eso no cambiaba el hecho que había sido concebido por un error de cálculos.
Error al pensar que no se emborracharía tanto aquel día.
Y error al creer que no tendría tan mala suerte de quedarse embarazada por una vez que había tenido sexo sin protección.
Había estado equivocada en las dos ocasiones y como resultado, Patrik había nacido.
—¿Quién es el niño más guapo?
No se arrepentía de eso; ni siquiera se arrepentía de esa noche en la que sólo tenía un vago recuerdo, al igual que no recordaba exactamente al padre de Patrik, aunque sí tenía imágenes en su cabeza de haber pensado que era increíblemente guapo y una marca en su hombro izquierdo, la misma que Patrik había heredado.
Patrik comenzó a reír y sepultó su cabecita en su pecho.
—Es la hora de la siesta —dijo Mary con una sonrisa, acariciándole la espalda al niño—No hace nada que ha terminado el biberón.
—Lo llevaré a casa enseguida.
—Claro.
Mary y ella se despidieron y Patricia se apresuró a instalar al niño en el asiento de atrás antes de montar en el coche y arrancar con cuidado para no asustar a Patrik que ya comenzaba a dormirse.
—Enseguida llegamos, cariño.
Desde que ella se había enterado que estaba embarazada, había ido haciendo los preparativos para salir de casa de sus padres. Al menos había comenzado a hacerlo cuando consiguió salir del shock inicial que le había dejado el descubrimiento, algo que más tarde había dado paso a la aceptación y poco a poco al deseo de verlo y tenerlo en sus brazos.
Como había previsto, sus padres pusieron el grito en el cielo, demasiados conservadores en la época actual, tal vez debido a que en un pueblo pequeño aún los rumores podían destruir a una persona o a una familia.
Patricia, para evitar un enfrentamiento directo, había decidido hacer las maletas y mudarse al piso que había cogido de alquiler semanas antes y donde seguía viviendo en ese momento.
No era gran cosa, al menos no era tan grande, tan espacioso y lujoso como la casa de sus padres, pero era de ella y de su hijo y el dinero salía del esfuerzo que ella tenía que hacer en el trabajo.
Y la sonrisa de Patrik era la recompensa diaria.
—Estoy en casa —saludó al silencio nada más abrió la puerta y metió con dificultad el carrito de Patrik con él dormido dentro.
Lo llevó con ella hasta la cocina y abrió el frigorífico, metiendo la mitad del cuerpo para buscar algo sencillo para preparar para comer.
—Me parece que habrá que hacer una visita al supermercado.
Lo bueno de vivir en un pueblo como aquel era que tras la primera ráfaga de cotilleos en la que participaban todos los habitantes, al paso del tiempo todos terminaban tan familiarizados con la situación que ya nadie veía extraño la situación con Patrik y la calma siempre volvía.
De alguna manera al menos.
—Buenos día, Patricia. ¿Cómo está el pequeñín?
—Si no me equivoco, posiblemente despertando de un momento a otro.
—Duerme como un angelito, ¿eh?
—Angelito hasta que se despierta.
—Tiene unos ojos preciosos.
Unos ojos preciosos del color del mar en calma.
Ella los tenía marrones, algunas veces parecían grises, pero se alejaban bastante de ese color.
Y nadie de su familia los tenía.
—Sí, lo son.
Aquellos ojos debían de ser de su padre, del hombre con quien había pasado una noche.
Y con quien curiosamente compartía lo más valioso del mundo: A Patrik.
Al menos el pelo lo había sacado a ella y su familia. Negro y ya daba indicios de moldearse fácilmente.
—¿Por qué no te pasas por la iglesia e domingo? Estamos preparando una reunión de padres.
—Patrik es demasiado pequeño para ir al colegio.
—Eso no importa. Son reuniones para socializar un poco. Incluso van
embarazadas.
Sí, lo hacían, pero iban con sus maridos o parejas.
Era un pueblo pequeño y lo seguiría siendo en mucho tiempo.
—Me lo pensaré —prometió vagamente, intentando avanzar y alejarse de una de las principales cotillas del pueblo.
—¡Piénsalo!
—¡Sí!
Patricia se alejó lo más deprisa que pudo y se escabulló en una de las secciones para bebés, añadiendo al carro un paquete de pañales y algunos potitos de frutas para Patrik y empujó el carro sin darse cuenta que alguien se había puesto delante.
—¡Dios mío! ¡Lo siento! ¿Te he hecho daño?
Patricia levantó la mirada hacia el hombre de pantalones vaqueros y zapatillas deportivas inmaculadamente blancas, prácticamente como si fueran nuevas.
—No me has hecho daño —dijo el chico de cabellos alborotados de un rubio apagado. Su sonrisa llegaba a unos ojos grandes y brillantes de color azul—. ¿Y quién es este niño?
CAPÍTULO 2
—Él es Patrik.
Patricia miró fascinada al chico que se agachó asa acariciar a Patrik que había abierto los ojos y miraba de manera curiosa al desconocido. Ella se sintió igual que el niño. Igual de curiosa e igual de interesada, pero Patricia mantuvo el mínimo de cortesía y buenos modales, manteniendo una atención mínima, muy diferente a la de Patrik que comenzó a reír y a sacudir las piernas mientras trataba de alcanzar uno de sus pies
—Parece que le gustas —comentó inocentemente.
El desconocido se enderezó y la miró también.
—¿En serio?
—Suele ser desconfiado con los desconocidos.
—Con los desconocidos, ¿eh?
—Sí.
—Lo estás educando bien y desde muy pequeño.
Patricia se echó a reír y se sorprendió a sí misma intentando coquetear con el chico.
Bueno, era madre soltera, pero eso no quitaba que no siguiera siendo una saludable mujer de treinta y dos años.
—No creo que sea el caso.
—Vaya, entonces debe ser que no me considera un extraño.
Patricia dejó de reír pero mantuvo la sonrisa.
—No creo haberle visto antes por el pueblo.
El desconocido la miró fijamente y luego volvió a clavar la mirada en Patrik.
—He estado varias veces, aunque nunca me he quedado mucho tiempo.
—¿Asuntos de trabajo?
—Más o menos.
Oh, se estaba entrometiendo en la vida privada de un desconocido. Después de todo ella también había sido criada en el mismo pueblo.
—Lo siento, no quería preguntar algo así.
—No me importa —El desconocido le dio la mano al niño—. Mi tía aún tiene una casa a las afueras y de vez en cuando, cuando tenemos tiempo, alguno de mis hermanos o yo, pasamos a echarla un vistazo. Simple protocolo de rutina.
—Oh. ¿Ella hace mucho que no vive aquí?
—Creo que la heredó también.
El hombre sonrió a modo de disculpa.
—Vamos, que no estaba interesada en vivir en un pequeño pueblucho del sur.
—Suena como si tú no quisieras vivir aquí.
—Me he acostumbrado. Al final resulta tranquilo y típico.
—No suena convincente.
—Siempre hay cosas malas en un pueblo tan pequeño.
—¿Y buenas?
—Algunas, pero despídete de la intimidad y esas cosas.
—¿Eso significa que no me recomiendas que venga a vivir aquí?
—Eso dependería.
—¿De qué?
—Si hay lago importante aquí para ti o no.
—¿Algo irremplazable?
—Algo por lo que uno estuviera dispuesto a sacrificarse.
—Cada vez haces que resulte más duro pensar el quedarse a vivir aquí.
—Bueno, si prefieres, puedes mirarlo desde el punto de vista de que tan malo no será vivir aquí si lo hace mucha gente.
—Puede que no tengan otro lugar donde ir a vivir.
Patricia sonrió divertida.
—Esa una buena forma de verlo.
—¿Verdad?
En ese momento, Patrik comenzó a llorar y Patricia giró el cochecito para calmarlo, pero el niño siguió llorando.
—Debe tener hambre —murmuró más para sí misma, lamentando no haberle preguntado a Mary cuanto tiempo hacía que se había tomado el último biberón.
—¿Me permites?
—¿Qué? —El hombre le mostró las manos mientras señalaba al niño con la cabeza y Patricia dudó un momento—. Está bien.
Aún así, fue ella quien lo sacó del cochecito y se lo entregó con cuidado, dejándolo en los brazos del hombre.
Poco a poco, los llantos de Patrik fueron cediendo y comenzó a reír con las muecas que el desconocido hacía para él.
—Se te dan bien los niños.
—Siempre me han gustado.
—¿Si?
Patricia dejó que lo mantuviera en brazos un poco más hasta que se lo devolvió, dejándolo dentro del cochecito.
—Después de todo parece que sí me extrañaba.
—No. No sé lo que le habrá pasado, pero no te extrañaba.
El hombre sonrió débilmente y la miró de forma extraña, demasiado fijamente, demasiado profundamente.
Patricia se revolvió incómoda.
—¿Y su nombre…?
—Mi nombre… —El hombre siguió mirándola de la misma manera hasta que apartó la cabeza con una risa que pareció un bufido—. Dean.
CAPÍTULO 3
Dean miró como patricia se alejaba hasta su coche y primero metía en el vehículo a Patrik antes de dejar en el maletero las bolsas de la compra.
—¿De verdad no te acuerdas de mí?
Entrecerró los ojos y la miró mientras arrancaba y salía fuera del aparcamiento con el coche, después entró al coche que acababa de alquilar y también arrancó, alejándose hasta las afueras, a la casa de su tía.
Como las pocas veces que había estado allí, la casa tenía toda la apariencia de
una casa que ha estad abandonado. Mucho polvo, telarañas, olor a humedad y rancio, las paredes sucias y enmohecidas… Siempre había una larga lista de quehaceres que nunca se llevaban a cabo.
Pero no era la casa lo que le tenía y mantenía en ese humor tan sombrío, tan negro.
Había recorrido más de dos mil kilómetros para reencontrarse con la mujer que conoció hacía poco más de año y medio tal y como había prometido que haría tras solucionar los problemas de la herencia de su padre y como sorpresa, nada más llegar, se había enterado que esa mujer había tenido un hijo.
Y para colmo fingía muy bien no conocerlo.
Hasta había llegado a creérselo.
—¿Y ahora qué hago?
Dio un golpe al volante y miró hacia la puerta del supermercado. Podía sentir la rabia fluyendo por sus venas. Se sentía no sólo furioso, sino que también engañado.
Al parecer, él había sido el único que había estado esperando ese reencuentro.
Había sido una noche, sí, pero para él había significado algo muy especial, le había marcado el alma.
El alma y el corazón.
Aparcó en el jardín y permaneció en el coche durante unos instantes, mirando la fachada ruinosa y llena de un espeso musgo.
Un niño.
Suspiró.
¿Cuánto tiempo tendría ese niño?
Si hacía cálculos ese crío podía ser perfectamente de él… podía serlo, pero, y si lo era, ¿por qué Patricia había fingido que no lo conocía? ¿Ese había sido su plan? ¿Quedarse embarazada y luego fingir que no lo conocía para quedarse con el niño?
Dean miró la fachada con la mirada perdida un poco más, después sonrió, casi rozando la risa.
—Es tan absurdo…
¿Por qué una mujer querría hacer algo como eso? No, era imposible que fuera hijo suyo. Posiblemente no lo recordaba porque no había sido el único que había disfrutado una noche de ella durante ese tiempo. Sólo había sido uno más y por eso no lo había reconocido al verlo…
Posiblemente ni siquiera supiera quien era el padre del niño.
Pero eso también hacía que ese niño pudiera ser suyo…
Dean sacó la llave y salió del coche, andando por las hojas secas y soportó el enervante crujir de la hierba y hojas en las suelas de las botas de cuero y se detuvo en la entrada, haciendo un análisis rápido de lo que podía necesitar ya sólo el exterior de la casa.
—Ventanas, pintura, arreglos, saneamiento…
Sin hablar de la suma de dinero que debía invertir para hacer esos arreglos.
Dean levantó el cuello para mirar hacia el tejado de la casa. Desde esa distancia podían verse las tejas rotas que sobresalían por los laterales.
—Es ya hasta un tema de seguridad.
Sacudió la cabeza, irritado.
¿Cómo había podido negociar con su tía para que le vendiera esa ruina? Había estado todo ese tiempo deseando volver allí, pensando en Patricia, creyendo que lo que había significado para él, también había significado para ella.
Era un imbécil.
Parecía mentira que con treinta y cinco años aún pudiera ser tan ingenuo respecto a las mujeres.
—¿Eres el propietario?
Dean giró la cabeza al oír el sonido de neumáticos al entrar en su propiedad y se apartó para dejar acceso a la caravana azul oscuro que se detuvo prácticamente a su lado.
—Lo soy —dijo.
Dio un paso hacia la caravana, posiblemente el único que podía dar para llegar hasta el vehículo y dejó que el fornido hombre de cabeza rapada bajara el resto
de la ventanilla.
—¿Conoces construcciones Pozos?
Dean lo miró unos instantes antes de sacudir despacio la cabeza.
—No, soy nuevo aquí. No estoy familiarizado con las empresas del pueblo.
—Construcciones Pozos no es del pueblo.
—Entonces mucho menos. No conozco los alrededores.
No le gustaba la forma en la que ese hombre le estaba hablando.
—Toma mi tarjeta.
Dean miró la pequeña tarjeta que le tendió el hombre y tardó un momento en recogerla.
Tal y como había dicho, ese hombre representaba a una empresa de construcciones llamada Pozos. Director general. Dean enarcó una ceja y volvió a mirar al hombre que le observaba con mala cara.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Hace unos meses que intentamos hacer negociaciones para comprar esta propiedad.
Dean entrecerró los ojos y cruzó los brazos con fuerza sobre el pecho.
Eso era genial. Llevaba poco más de veinticuatro horas en aquel lugar y acababan de romperle el corazón y darle un aviso sobre los próximos problemas que tendría que soportar para conservar su maltrecha ahora propiedad.
—Es curioso, pero yo hace apenas unas semanas que la he comprado. Supongo que debieron hacer mal las negociaciones.
El hombre le lanzó una peligrosa mirada.
—¿De verdad planea restaurar esta casa?
Dean no necesitó girarse para ver la casa que ese hombre estaba mirando ahora mismo y el estado que presentaba.
—Esa es la idea.
La idea era no ceder. No le gustaba que le impusieran las cosas y mucho menos accedía a demandas en las que intentaban intimidarlo.
—Gastará mucho dinero en ella y hay otras casas dentro del pueblo mucho más modernas y que necesitaran menos arreglos. Puedo llevarle hasta un buen agente inmobiliario de la zona.
—Gracias —soltó con aspereza—. Pero esta casa es la que quería, es la que he comprado y es en la que pienso vivir.
—Parece que no lo entiendes.
Dean no se movió ni un milímetro de donde se había detenido.
—Creo que eres tú quien no lo entiende.
—Como prefieras. Puede que te arrepientas de esa decisión.
Dean bufó.
—¿Me estás amenazando?
—Puedes creer lo que más te guste.
—Márchate de mi propiedad ahora mismo.
—Por supuesto.
El hombre movió el vehículo bruscamente y Dean tuvo que retroceder varios pasos para quitarse del camino de la camioneta.
—¿Qué crees que estás haciendo?
—Me iba, como bien has dicho que haga.
—Hijo de puta.
—Quédate con la tarjeta. Si cambias de opinión respecto a la venta llamame.
Podemos hacer buenos negocios.
—Vete a la mierda. La casa es mía y así se va a quedar.
—Píenselo. Será una pena si no la vendes.
—¡Largo!
Dean vio como se alejaba la camioneta y destrozó la tarjeta, tirando los cachitos al suelo y dejó que quedaran en el suelo. El aire en esa época del año era escaso y suponía que si no hacía algo con ellos y con las hojas del suelo, la naturaleza no le ayudaría a sacarlo todo del camino.
—Que bien empieza todo.
Maldijo varias veces y caminó hasta la casa, abriendo una puerta que al entrar, le dejó varios trozos de madera muerta en la palma de la mano.
CAPÍTULO 4
Patricia caminó los pocos pasos que le quedaban hasta la ferretería de Paúl y echó un rápido vistazo al interior desde el enorme escaparate lleno de trastos viejos que parecían tener más de un siglo y que aún no había conseguido vender.
Todos tenían una enorme etiqueta anaranjada en la que se especificaba el precio y el enorme descuento a los que los había sometido.
Aunque, fuera como fuera, Patricia seguía viendo lo mismo cada día. Era evidente que no importaba el descuento que tuvieran, no estaban destinados a ser vendidos.
—¿Va a quedarse mucho tiempo en el pueblo, señor Hident?
Patricia podía distinguir mal la figura de Dean al otro lado del mostrador, con la cartera abierta mientras le tendía a Paúl una tarjeta de crédito.
—Aún no lo sé. Llevo una semana estudiando lo que va a necesitar esa casa.
—Mucho trabajo, ¿verdad?
—No puede hacerse una idea.
Paúl se echó a reír.
—Esa casa llevaba mucho tiempo abandonada. Ya ni recuerdo haberla visto
alguna vez habitada. Imagino que tendrá más que una reparación una reconstrucción.
—Algunas veces pienso que sería mejor tirarla y hacerla de nuevo.
—Es una alternativa.
—Lo sé.
Patricia vio como Paúl le devolvía la tarjeta y salió corriendo hacia atrás, apartándose de la tienda y se hizo la distraída, a la espera que Dean saliera a los pocos minutos, cargado con varias bolsas y varios tablones que cargaba con esfuerzo al hombro.
Dean fue directo hacia su coche y abrió el maletero, dejando las bolsas en él y trató de meter sin éxito los tablones, pero sobresalía la mayor parte de la madera.
—Es imposible que entren ahí —intervino Patricia, acercándose despacio, con recelo y se detuvo completamente cuando Dean se volvió bruscamente, mirándola con hostilidad.
—Al menos tenía que intentarlo.
La expresión de Dean se suavizó, pero Patricia se mantuvo alerta, sorprendida por la reacción de él hacía solo un momento.
—Si no te importa, puedes pedirle a Paúl que las parta para que entren en el maletero más fácilmente.
Dean no se giró a mirarla. Volvió a sacar las tablas y trató de introducirlas de lado.
—Las necesito enteras. Ni siquiera tengo las medidas exactas.
—No entrarán tampoco así —insistió.
Dean las sacó otra vez, casi tirándolas al suelo y maldijo.
—Si quieres puedo llevarte en mi camioneta.
Dean se giró una vez más para mirarla, manteniendo una expresión relajada con esfuerzo. Patricia volvió a pillarle por sorpresa. ¿Qué pasaba con él? ¿Acaso le había hecho algo? Su actitud había cambiado completamente desde el día que se habían encontrado en el supermercado. ¿Había pasado algo desde ese día?
¿Tenía algo que ver la existencia de Patrik? Ser madre soltera era duro y no sólo porque ella se tenía que hacer cargo del niño ella sola, sino que además, era difícil empezar una relación sin que no tuvieran en cuenta que el niño venía en el pack junto a ella. ¿Era eso? ¿También tenía prejuicios sobre el tema? ¿O había
sido las amables gentes del pueblo que no podían olvidar el tema y ya le habían puesto al corriente de su pequeño error?
—De acuerdo —dijo en cambio Dean, sacándola de su ensimismamiento.
—¿Qué?
Dean apartó las tablas y las fue dejando una a una apoyadas en el coche.
—No creo que pueda llevarlas en el coche sin preocuparme de crear algún tipo de accidente por el camino.
Patricia sonrió con timidez, aún impresionada.
—Tengo la camioneta aparcada en la otra calle.
La señaló con el dedo.
—¿La roja?
—Es granate realmente. Aunque está un poco descolorida.
—Ya veo.
—Es del trabajo.
—¿Del trabajo? ¿Dónde trabajas?
—Ayudo en la administración y reparación de la presa.
—¿Hay una presa por aquí cerca?
Dean la miró sorprendido y Patricia sonrió, sintiendo la calidez de una mirada sincera.
—Sí. Si planeas quedarte mucho tiempo por aquí puedo acompañarte a verla.
—Bueno, por ahora tengo suficiente trabajo con la reparación de la casa como para dedicarme a hacer turismo.
Turismo…
Patricia captó la ironía en las palabras y se echó a reír.
—No es gran cosa, ¿verdad?
—Bueno, dijiste que no importaba como fuera si había algo en él por lo que mereciera la pena quedarse.
Patricia sintió un nudo en el estómago. ¿Tenía algo importante por lo que quedarse en el pueblo? Había escuchado los rumores de que había comprado la vieja casona de las afueras, a su tía, suponía por lo que le había dicho en su primer encuentro.
—¿Te quedarás?
—¿En el pueblo dices?
—Sí.
Dean se encogió de hombros y agarró una de las tablas de madera.
—Al rojo, ¿verdad?
—¿Ah? Sí, y es granate.
Dean sonrió divertido.
—Al granate.
—Sí, granate.
Dean comenzó a caminar hasta allí, llevando al hombro la madera y Patricia miró su espalda unos instantes, admirando su trasero hasta que él se giró.
Patricia se puso rígida y sonrió avergonzada, apartando la mirada.
—¿Qué haces?
—¿Eh?
—¿No vas a abrir el coche?
—Ah, sí, perdona.
Patricia echó a correr hacia él pero se detuvo antes de cruzar la calle.
—¿Ocurre algo? —gritó Dean, comenzando a caminar hacia ella.
—Espera, te ayudaré.
—No, no hace falta.
Dean comenzó a caminar hacia ella pero antes de que la alcanzara agarró varias tablas y se las puso con dificultad en el hombro.
—¿Ves? Puedo ayudar.
—Ten cuidado con eso.
Dean intentó agarrarlas pero Patricia salió corriendo hacia la camioneta y sólo bajó las tablas cuando llegó al coche y las dejó al lado. Dean también llegó y las dejó sobre la misma pared.
—¿Sueles hacer mucho ejercicio físico?
—No creas, pero siempre he sido fuerte. Además, no imaginas lo que pesa ya Patrik. Esto en comparación no es nada.
Patricia abrió el maletero y miró a Dean sonriendo, pero la sonrisa se borró de sus labios al ver la expresión ensombrecida de su rostro.
¿Había sido al mencionar a Patrik? ¿Entonces era eso? ¿Era por Patrik? Patricia apartó la cara y miró fijamente el interior del maletero. ¿Qué había pensado, que podía tener una oportunidad con él? Había sido una equivocación haber interpretado la amabilidad de Dean como interés hacia ella.
—¿Metemos las tablas?
—¿Eh? Sí.
Patricia se apartó y se alejó para dejar que él metiera algunas de las tablas dentro de la camioneta y fue a buscar algunas más, pero Dean se las quitó de las manos.
—¡Eh!
—Ya lo hago yo.
Dean la sonrió y Patricia lo observó mientras las metía en el maletero. ¿Era su imaginación?
Terminaron rápido en traer el resto de los tablones y Patricia dejó que Dean las ordenara dentro de su camioneta.
—¿Nos vamos?
Patricia asintió con la cabeza.
—Espera, ¿quieres ir mejor con tu coche? Para no dejarlo aquí, digo. Además has metido algunas bolsas más en tu coche, ¿verdad?
—Cierto —Dean se llevó una mano a la cabeza algo avergonzado—. Se me había olvidado.
—¿En serio?
Dean asintió con la cabeza y se despidió con una mano mientras se alejaba corriendo a su coche y abrió el maletero, sacando las bolsas de allí y volvió hacia la camioneta corriendo.
—Siempre me puedes traer después al pueblo.
La forma inocente de decirlo con aquella sonrisa traviesa hizo que Patricia deseara conquistar a aquel hombre. Era guapo, muy atractivo y ella quería darse
una oportunidad, una oportunidad si él estaba dispuesto a salir con una madre soltera.
—Vamos, entonces.
Los dos se metieron en la camioneta y Patricia condujo por el pueblo, indicándole la iglesia y algunas oficinas de interés por las que pasaron antes de salir a la carretera.
—¿Al final si tienes algo importante aquí para quedarte?
Dean la miró fijamente y después volvió a mirar hacia delante.
—Sí, hay algo.
—¿Importante?
—Hasta ayer sí lo era.
Patricia lo miró de refilón.
—¿Y hoy no?
—¿Tienes curiosidad de verdad?
La manera ruda de preguntarlo hizo que Patricia dudara antes de responder.
—Sí, me gustaría saberlo.
Dean bufó y patricia iba a girar la cabeza para mirarlo un momento cuando vio humo un poco más adelante.
—¿Es humo? —preguntó Dean a su lado, inclinándose hacia delante.
—Sí… ¿fuego?
Patricia aceleró y cruzó hacia donde recordaba que estaba la casona que Dean había comprado.
—¿Qué…?
Patricia no terminó de hablar. Dean abrió la puerta del coche y ella frenó de golpe, alarmada.
—¡Dean! ¡Espera!
Patricia también salió del coche y corrió detrás de Dean que se acercaba a la casa que estaba la parte izquierda en llamas.
—¡Maldita sea!
—¡Dean, espera! ¡No puedes entrar! Deja que llame a los bomberos.
Patricia se agarró a su cintura para detenerlo y se aferró a él con fuerza para impedirle que pudiera entrar en la casa.
—Lo han hecho a propósito.
—¿Qué?
Patricia se soltó un poco para agarrar el teléfono y llamar a los bomberos, cuando colgó, intentó calmar a Dean, acariciándole los brazos.
La casa ardía y cada vez las llamas se expandían más.
—¿Por qué has dicho que lo han hecho a propósito?
—Porque sé quien ha sido.
—Dean…
Dean se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la camioneta pero Patricia lo interceptó.
—Espera a los bomberos —pidió—. Después haz una denuncia pero no hagas una locura —Le agarró la cara con las manos y le obligó a mirarle a la cara, haciendo que sus ojos quedaran a la misma altura de los de ella—. Ven a mi casa a descansar hoy. Mañana ya podrás decidir lo que haces tranquilamente. Por favor.
Los ojos de Dean comenzaron a calmarse y Patricia lo soltó poco a poco.
—Me gustaría creer que estoy aquí por un motivo especial —dijo él suavemente, sin apartar la mirada de ella.
Sólo luego apartó la mirada hacia la casa que ardía cada vez más en el momento que los bomberos llegaban al camino.
CAPÍTULO 5
Dean dejó que Patricia le condujera hasta su casa después de haber pasado más de dos horas en la comisaría local. Se sentía cansado una vez la rabia había ido disminuyendo. Y también decepcionado. No es que hubiera esperado una gran acción por parte de la policía después de lo sucedido pero la indiferencia con la que habían actuado le había parecido incongruente, tan fuera de lógica que había sido como recibir un gran chorro de agua helada.
—¿Estás bien?
Patricia aparcó a un lado de la calle y guardó las llaves en el bolsillo del pantalón, sin darse mucha prisa en salir del coche. Dean bajó la mirada hasta la
mano que la mujer había bajado hasta dejarla sobre su pierna, acariciándola.
Levantó la mirada molesto, pero ella tenía esa expresión de lástima, ensombrecida y giró el cuello hacia la ventanilla para no seguir mirándola.
No le molestaba que sintieran lastima por él, pero lo que le daba rabia era que todo eso viniera de esa mujer y más cuando sus sentimientos eran confusos…
confusos y contradictorios.
Una parte de él decía que era mejor alejarse, que estaba jugando con él, que había jugado con él ya una vez y sólo saldría lastimado, pero otra parte, la más intensa, por la que se estaba dejando guiar, le decía que la amase, que le diera una oportunidad a lo que podía convertirse entre ellos, y sobre todo le recordaba lo que la deseaba, lo que anhelaba tenerla en sus brazos, acariciarla, someterla…
Necesitaba estar dentro de ella y sentirla estremecerse en él.
—Estoy bien —murmuró.
—Dicen que habrá sido un accidente, que la casa estaba en muy mal estado y que puede haberse iniciado el fuego con cualquier descuido.
—No ha sido un descuido —soltó él cortante, ignorando el tono suave que ella había usado y movió la pierna, intentando dejarle claro que prefería no tener ese tipo de contacto en ese momento.
Puede que ella esa simple caricia fuera una manera de animarlo, de darle su apoyo, pero para él estaba comenzando a desear algo más que un simple toqueteo inocente.
—Mañana analizaran e investigaran lo ocurrido…
—Ya he dicho lo que ha ocurrido.
—No tiene sentido.
Patricia sacudió la cabeza y Dean experimentó una desagradable sensación de desasosiego cuando ella apartó la mano de su pierna.
—Un hombre enviado por construcciones Pozos o algo así vino a verme cuando me instalé en la casa.
—¿Y te hizo una oferta para comprarte la casa?
—Es lo que he dicho sí.
¿Cuántas veces había tenido que repetir la misma historia en la comisaría?
Comenzaba a hartarse de esas caras de lastima, como si se hubiera vuelto loco y no supiera de qué estaba hablando. También comprendía que era un pueblo pequeño y que por lo general estaban todos los habitantes unidos y que no iban a creer y confiar en el nuevo que acababa de llegar y menos si en un par de semanas ya estaba dando problemas, pero que Patricia actuara igual le irritaba.
Era curioso, pero desde que había llegado, todo sobre Patricia le irritaba.
Al igual que le excitaba.
Y ahí volvían sus sentimientos contradictorios.
—Pero eso no significa que te haya quemado la casa.
—Es justamente lo que significa.
—Piénsalo un poco… ¿qué intentarían conseguir haciendo eso?
Dean la miró incrédulo.
—¿Asustarme?
Su voz sonó amargada y cargada de ironía.
—No pareces muy asustado.
—Será porque no estoy asustado.
Patricia lo miró con una sonrisa.
—¿Dices que han quemado tu casa para amenazarte y no estás asustado?
Dean sonrió también, consiguiendo relajarse por un momento y se encogió de hombros.
—Es lo que he dicho sí.
Patricia se echó a reír.
—O eres muy valiente o eres un imbécil.
—¿Cuál de las dos prefieres?
Era cómodo estar con ella, a su lado.
—No estoy segura. Tal vez una combinación de ambas cosas.
—Me pregunto si tendré tiempo de averiguar qué significa esa combinación de ambas.
Los dos se miraron en silencio y Dean pudo sentir la presión sexual que había entre ellos en ese momento.
¿Una combinación de esas cosas? ¿Valor y estupidez? ¿Habían sido alguna de esas cosas lo que había hecho que fallara hacía año y medio? ¿Debía ser más valiente? ¿O tal vez más estúpido?
—Igual deberíamos entrar —sugirió Patricia, apartando primero la mirada.
Intentó tantear con la puerta a oscuras y cuando finalmente cedió, Dean la agarró del brazo y Patricia se giró sorprendida.
—¿Ocurre algo?
—Posiblemente sí —susurró él, inclinándose hacia delante.
—¿El qué…?
Dean se detuvo a escasos centímetros de su rostro y agarró su rostro con las manos, de la misma manera que lo había hecho ella a la tarde para calmarlo y la besó, haciendo que aquello despertara el amargo recuerdo de aquella noche que había sido la fuera durante todo ese tiempo.
Cuando se apartó, Patricia guardó silencio y Dean la soltó, regresando a su asiento.
—Es mejor que entremos —dijo, abriendo la puerta y salió del vehículo antes que ella.
CAPÍTULO 6
Si decía que no había esperado ese momento, Patricia sabía que estaría mintiéndose a sí misma, pero aún así le había pillado por sorpresa aquel beso.
Se miró en el espejo del cuarto de baño su aspecto y lo lavó con fuerza, mojándolo con abundante agua para quitar el resto del maquillaje y la leche limpiadora que aún quedaba en la cara.
—¿Le gusto?
Patricia se soltó el pelo y se movió los mechones de una u otra forma para ver cómo le quedaba mejor, pero al final volvió a hacerse la misma coleta y salió del servicio, acercándose con timidez al salón donde Dean esperaba en el sofá.
Ya le había acomodado en la habitación que un día sería de Patrik y en la que en ese momento sólo había una pequeña cama olvidada de algún antiguo inquilino que no había tenido ganas de hacer el esfuerzo de sacarla y tirarla y los juguetes y la ropa que había ido comprando o le habían regalado para Patrik.
—¿Y Patrik? —preguntó Dean levantando la cabeza para mirarla.
En la mano tenía un pequeño balón de plástico y lo aplastaba una y otra vez en las manos.
—En casa de mis padres.
—Eso está bien.
—¿Qué está bien?
—Los abuelos también tienen que disfrutar de los nietos.
—Bueno, mis padres tardaron en aceptar mi embarazo, así que es todo un consuelo que a Patrik sí lo hayan aceptado.
Dean la miró a los ojos en silencio y luego prestó toda su atención al movimiento de sus manos sobre el balón.
—¿Por qué me besaste?
No había pensado hacer esa pregunta tan directamente y también había pensado en el mejor momento para plantearla, no como aquel que la atmósfera no era muy prometedora, pero simplemente había salido de sus labios, demasiado nerviosa para mantenerla en su cabeza y esperar el mejor momento para decirla.
Dean dejó de mover las manos pero no levantó la cabeza para mirarla.
—Perdón por eso —dijo después de un rato.
Y retomó el movimiento de sus dedos sobre el balón, incluso ejerciendo más fuerza como si quisiera reventar la pelota.
—¿Por qué te disculpas? —gruñó ella con rabia.
¿La besaba y luego se arrepentía?
—No debí besarte, lo siento.
—No parece que lo pensaras mucho cuando lo hiciste.
—No lo pensé —reconoció él lentamente, dejando la pelota a un lado del sofá—.
Por eso te besé.
Patricia lo escuchó sin querer creerse lo que estaba escuchando.
—¿Me besaste porque no lo pensaste? —explotó furiosa, acercándose hasta el sofá y poniéndose delante de él
—Por eso me disculpo, porque no debía hacerlo.
—¿Y si yo si hubiera querido que me besaras?
—Eso no cambia la situación.
—¿Qué situación?
—Tienes un hijo.
—¿Es por Patrik entonces?
—No.
—¿Es porque tengo un hijo?
—¡No! No tiene nada que ver.
—¿Entonces es porque soy madre soltera?
Dean la miró y patricia enmudeció de golpe. Sus ojos brillaban, llameaban en furia.
—¿De verdad tú me estás haciendo esas preguntas?
—Sí…
—¿Tú?
—¿Qué es lo que pasa?
—¿De verdad me lo preguntas? ¿No es una broma o un juego tuyo?
Dean se levantó y Patricia retrocedió.
—¿De qué estás habando?
¿Iba a resultar ser un chiflado?
—De nada, olvídalo.
Patricia bufó y se pasó la mano por la cabeza. El pelo metido en la coleta comenzaba a ejercer presión y sabía que pronto le daría dolor de cabeza.
—No, no lo olvido, ¿por qué no me dices lo que pasa conmigo? Porque sé que hay algo raro.
Dean miró la pelota intensamente, como si realmente le gustara mucho.
—No hay nada raro.
—¿Seguro?
Patricia se acercó más a él y se sentó a su lado.
—Seguro, sí, olvida lo que te he dicho.
—Vale —aceptó ella—.Si es cierto que no pasa nada, vuelve a besarme.
Dean la miró sorprendido, pero cuando creyó que se levantaría y se iría o simplemente se negaría, acercó su cara, deslizando su mano por el cuello de ella y volvió a besarla, esta vez más intensamente, con más fuerza, casi con rabia.
CAPÍTULO 7
Patricia miró de refilón al grupo de madres que también habían acudido a buscar a sus hijos a la guardería. Había escogido el peor momento para ir a recoger a Patrik, pero sabía que Dean había estado con la policía aquella mañana y aún no había tenido noticias de él y lo ocurrido y estaba demasiado ansiosa por saber qué había ocurrido como para pasar el tiempo extra que solía permanecer en la oficina antes de ir a buscar a su hijo para no encontrarse con aquellas cotillas.
—¡Patricia!
Patricia hizo una mueca mientras ataba las cintas de seguridad de Patrik y se volvió con una sonrisa.
—¡Kat! Chicas, ¿qué tal?
—Bien —Kat se acercó a darle un beso en la mejilla, pero las otras se
mantuvieron algo al margen, atendiendo a sus hijos pero con los oídos bien afinados—. Hacía mucho que no te veía.
—Sí… —Patricia señaló a Patrik que protestaba dentro de la silla—. He estado muy ocupada.
—Ya veo.
—Y mucho trabajo —recalcó.
—Por supuesto.
—¿Y tú? ¿Qué tal todo?
La conversación era tan tensa que Patricia deseaba salir corriendo.
—Muy bien. Rich y yo estamos pensando en tener otro hijo.
—¿En serio?
No podía sonar menos entusiasmada. Patricia echó otro vistazo a Patrik y luego volvió a sonreír a Kat, intentando buscar el momento de decirle que tenía prisa y marcharse.
—Sí. No queremos dejar a Harry solo. Un único hijo es triste. Ya sabes.
—Sí, supongo. ¡Y a ver si ahora hay suerte y viene la niña!
—Sí, nos gustaría tener la parejita.
—Me imagino.
Se dio la vuelta y agarró la silla de Patrik para buscar la manera de escabullirse hasta la puerta.
—Hemos oído rumores.
Y ahí estaba el tema que Kat quería sacar desde el principio. Las otras mujeres también se acercaron pero siguieron al margen, sin llegar a participar completamente en la conversación.
—¿Rumores? —se hizo la inocente.
—Han dicho que estás viviendo con un hombre.
—¿En serio? —Siguió haciéndose la inocente—. ¿Y quién dice eso?
Kat la miró con una sonrisa condescendiente. ¿De verdad habían sido amigas alguna vez?
—Hay rumores… por el pueblo.
Lo que significaba que ya la estaban criticando a gusto en todas las tiendas, en los parques… ¿No tenían otra cosa que hacer que hablar de ella y de su vida privada? ¿Es que las vidas de los demás eran tan perfectas como para que sólo fuera digna de mención la de ella? Era evidente que era eso o sus vidas eran muy aburridas después de todo.
—Pensaba que no eras de las que hacías caso a los rumores.
Kat cambió la expresión animada por una de disgusto.
—No me interesan —dijo rápidamente, mirando hacia atrás un segundo antes de inclinarse hacia ella—. Pero las demás son muy persistentes sobre eso.
Las demás…
Patricia ni se molestó en levantar la cabeza para mirar a las demás.
—Claro.
Intentó mover la silla con Patrik pero Kat no se movió.
—¿Y es verdad?
—¿El qué? —soltó Patricia de mal humor.
—¿Estás viviendo con un hombre?
—Sí, hay un hombre viviendo en mi casa.
Lo soltó atropelladamente, sin vacilar y lo suficientemente alto como para que lo oyeran todas y sin ningún tipo de mala interpretación. Sí, vivía con Dean. En realidad llevaban viviendo en el mismo techo desde hacía ocho días, cuando había conseguido convencerle de que no necesitaba pagarse una pensión, que
podía quedarse en su casa hasta que se solucionara lo de su casa.
Kat abrió mucho los ojos.
—¿Quién?
—Estoy segura que también circulan rumores sobre quien es el hombre que vive en mi casa.
Kat carraspeó con disimulo y miró hacia atrás.
—¿Es ese chico nuevo del que todos hablan?
—¿Todos hablan sobre él?
—El de la casa quemada.
—Sí, le han incendiado la casa.
Al final habían encontrado indicios de que el fuego había sido provocado y la policía había tenido que intervenir a regañadientes. A Patricia le había costado admitirlo, pero por la manera que se movían las cosas sobre lo sucedido con la casona de Dean, comenzaba a creer que él tenía razón, que algo se estaba cociendo en ese lugar y que posiblemente la policía había sido comprada para que mirara a otro lado.
—¿De verdad ha sido provocado?
—Es lo que dicen las pruebas, sí.
—¿Y se sabe quién ha sido?
—¿Por qué? —se interesó Patricia ya harta de aquella conversación—. ¿Tú sabes algo sobre eso?
La mujer abrió mucho los ojos y la boca sin decir nada, con expresión horrorizada.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Oh, bueno, estás tan interesada en los detalles que comenzaba a asustarme que fuera algún tipo de complot con tus amigas para echar al nuevo del pueblo.
—¿Qué…?
Kat siguió mirándola con la boca abierta y Patricia tuvo la satisfacción de que continuase así mientras la rodeaba para salir de la guardería con Patrik.
Al pasar por el lado del resto de las mujeres, comprobó que también la miraban sorprendidas.
Patricia sonrió satisfecha.
CAPÍTULO 8
Dean vio a Patricia salir del coche con una sonrisa en los labios. Sacó primero el carrito del maletero y después a Patrik, a quien dejó con varios besos en la mejilla sobre él y comenzó a caminar hacia la casa.
—¡Patricia!
Aún le sorprendía estar viviendo con Patricia desde que se había enterado que lo había olvidado y que tenía un hijo, pero al final había descubierto que tenían una gran afinidad para vivir juntos, que Patrik era una niño precioso y que ya lo había cogido cariño y que deseaba a esa mujer más de lo que la había deseado nunca.
Patricia giró el cuello y al verlo amplió la sonrisa, dando la vuelta completamente para ir a su encuentro.
¿De verdad no se acordaba de él?
—¿Qué tal ha ido todo?
Dean se encogió de hombros.
—Va, supongo, que es algo.
—Supongo que sí.
Dean se agachó y comenzó a jugar con Patrik que sonrió y comenzó a reír mientras se agarraba los pies y daba golpecitos a los sonajeros.
—¿Cómo está este pequeñito?
Lo cogió en brazos y comenzó a caminar junto a Patricia hacia la casa.
—¿Al final qué harás con la casa?
—La construiré de nuevo. He buscado para que hagan el trabajo que las llamas no terminaron y después contrataré para que comiencen con la obra.
—¿Una casa nueva?
—Sí, completamente nueva.
Patricia asintió con la cabeza.
—Es una buena idea, la casa ya era muy vieja y daría problemas de todas maneras.
—Sí, lo sé, pero lo que me molesta la manera que han intentado conseguir las cosas.
—¿Crees que te dejaran ahora en paz?
Dean se encogió de hombros y levantó a Patrik mientras le hacía cosquillas en la tripa.
—Me gustaría creer que sí, pero si han llegado al punto de crear un incendio a la casa para asustarme, no creo que una denuncia vaya a detenerlos.
—¿Y si sucede algo más? Tal vez la denuncia…
—No me dan miedo, Patricia. Es mi casa y no está en venta.
—Eso es verdad pero…
—¿Estás preocupada por mí?
Patricia le cedió la entrada primero y Dean se adelantó, dejando a Patrik en su silla antes de volverse hacia Patricia.
—Hoy me han preguntado en la guardería si estaba viviendo con un hombre —
respondió ella en cambio, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón y mirándolo fijamente.
—¿Te estoy dando problemas?
Patricia no se dio prisa en responder.
—Les he dicho que sí estaba viviendo con un hombre —dijo despacio, tratando que su respuesta sonara significativa.
Dean la observó sin moverse hasta que dio los tres pasos que la separaban de ella y la levantó, empujándola contra la pared para besarla apasionadamente, acariciándola y frotándose en ella hasta que los llantos de Patrik hizo que los dos se apartaran lentamente, con la respiración entrecortada.
—Tengo… —Patricia no terminó la frase pero señaló con la cabeza la silla donde Patrik lloraba.
—Sí…
Dean se apartó y dejó que Patricia se acercara al niño y lo cogiera en brazos.
—Tengo que cambiarlo y ducharlo.
—Claro.
—¿Por qué no me ayudas?
Dean se giró bruscamente.
—¿Quieres que te ayude?
—Si no te importa.
—No, claro.
Dean la siguió hasta el cuarto de baño donde Patricia había puesto en un lado la bañera de Patrik y entre los dos lo desnudaron y lo sumergieron en el agua.
—Le gusta el agua, ¿eh?
—Por ahora sí —rió Patricia, manteniendo a raya las piernas de Patrik que estaba continuamente salpicándolos a ellos y al suelo—. Espera a que cumpla unos cuantos años.
Dean se puso a reír.
—En eso tengo que darte la razón.
—Me alegra que haya ido todo bien.
—¿Hm?
Patrik levantó la mirada del niño.
—Pensé que igual había problemas con el tema de la denuncia. Construcciones Pozos es una empresa muy consolidada en esta zona que está dando muchos trabajos a la gente.
Dean la miró fijamente.
—Yo no soy el malo aquí.
—Lo sé, pero en los pueblos la gente suele ser muy cerrada.
—Cruel, Patricia. Esa es la palabra que buscas.
Patricia asintió despacio con la cabeza y Dean no pudo resistirse en acariciarle la mejilla con la mano mojada. Ella sonrió e inclinó la cara para devolverle la caricia.
—¿Has pensado cómo harás la casa?
—Oh, sí. Tengo una idea de lo que quiero y fui al pueblo de al lado para que me hagan un diseño de la idea.
—¿Un arquitecto?
—Bueno, es alguien que conocí una de esas veces que me pasaba por el pueblo a revisar la casa.
—Oh.
Dean fue a decir algo más pero en ese momento se dio cuenta de algo que sobresalía en el hombro de Patrik y se inclinó hacia el niño, tocando la marca que brillaba en su piel húmeda.
—Es de nacimiento.
Dean miró a Patricia, levantando la cabeza bruscamente, incapaz de decir nada, incapaz de apartar la mirada de ella mientras sacaba a Patrik de la bañera y lo
tumbaba en une toalla.
¿A qué estaba jugando esa mujer?
Dean se llevó una mano a su hombro también, el mismo lugar donde él tenía la misma marca de nacimiento, sin dejar de observar a Patricia mientras atendía al niño al tiempo que le cantaba una canción.
Lentamente bajó la mirada hacia el niño y apretó con fuerza la mano en su hombro.
Patrik era su hijo.
CAPÍTULO 9
—Eso no va ahí.
Patricia señaló las cajas que acababan de traer a la oficina y supervisó el albarán antes de firmarlo y entregárselo al repartidor.
—¿Y dónde las ponemos?
—No son aquí. Deben ir a la parte del almacén.
—¿Qué más da un lado que otro? —gruñó el chico, recogiendo las cajas y volviendo a colocarlas en la carretilla.
—Son las normas. Siempre van al almacén. Eso está hablado desde hace años.
—Soy nuevo, señora.
—Señorita.
—Como sea —soltó el chico bruscamente.
Dejó la tercera caja con dificultad sobre las otras dos en la carretilla y estuvo a punto de perder el equilibrio.
—Tiene pinta de irse a caer. ¿No sería mejor si lo llevas por partes?
—¿Crees que tengo todo el día… señorita? —recalcó con sorna.
—Sólo era una sugerencia —soltó ella molesta—. Puedes hacer lo que te de la gana.
El chico gruñó y dijo algo más que ella no entendió, después fue a por la última caja.
—Debes creer que esto es lo único que tengo que repartir, ¿no?
—No he dicho eso, pero si se caen y se estropea el género, tendrás un problema.
—Ya, claro, lo que tú digas.
Patricia bufó.
¿Dónde estaban los modales de los chicos esos días? ¡Tenía que tener especial cuidado de educar correctamente a Patrik!
—¿Necesitas que te indique donde está el almacén?
—No te molestes.
En serio… Eso era el colmo.
Patricia se cruzó de brazos.
—¿No has dicho que eres nuevo?
—Sí, pero he visto el almacén antes de llegar hasta aquí.
—Genial, así no te equivocarás la próxima vez.
—Eso seguro —masculló él entre dientes—. ¿y éste?
Patricia miró al chico y se adelantó a coger un pequeño paquete que tenía el chico en la mano antes de coger la caja y ponerla también sobre las otras.
—Este paquete es para mí —murmuró ella sin prestar atención al chico.
—Eso he dicho, ¿no, señora?
Patricia levantó la mirada del nombre impreso en el paquete para lanzarle una agria mirada al chico que sonreía malicioso.
—¿Señora?
—Es verdad —dijo con aspereza—, señorita.
Patricia hizo una mueca.
—Lleva eso de una vez.
Se dio la vuelta y rasgó el papel del paquete para sacar un papel doblado con
unas letras mecanografiadas en negro.
.
Tenemos a su hijo, si quiere volver a verlo no llame a la policía. La esperamos a las cinco en punto en la casa propiedad de Dean Hident.
.
Patricia sintió que las piernas le cedían y dejó hacer la nota al suelo, mirando asustada dentro del paquete y recogió en la mano la chaqueta con la que había llevado esa mañana a Patrik a la guardería.
—No puede ser —murmuró a punto de echarse a llorar.
Quería dejarse llevar por la debilidad de su cuerpo y caer al suelo, pero necesitaba calmarse. Con esfuerzo miró el reloj y comprobó alarmada que sólo faltaban quince minutos para las cinco.
Confusa, miró a su alrededor en busca de algo y sólo se dio cuenta que buscaba las llaves de la camioneta cuando las vio tiradas encima de la mesa. Las cogió corriendo y salió precipitadamente de la oficina, chocando con el chico de la entrega que volvía en ese momento.
—¡Eh! —protestó cuando ella le dio en el brazo y siguió su camino hacia la camioneta—. Vieja bruja amargada.
Patricia condujo todo lo rápido que pudo, girando hacia la casona cinco minutos antes de que el reloj alcanzara las cinco en punto y salió de la camioneta gritando, llamando a Patrik a gritos hasta que escuchó el llanto del niño dentro de la casa y abrió mucho los ojos, horrorizada.
La casona tras el incendio se había convertido en un amasijo negro de una ruina en peligro de derrumbamiento. Varios andamios y soportes la rodeaban y fijaban los pisos, pero Dean ya le había dicho que era peligroso entrar en ella y que ya había dado la orden de demolición.
—Patrik… —sollozó, dando un paso hacia el interior de la casa, decidida a sacar a su hijo de allí.
—No vaya tan rápido.
Un hombre apareció a un lado de la casa, desde el interior del bosque y detrás de él varios.
Patricia había vivido allí toda su vida y conocía a todos esos hombres. No se movió. El llanto de Patrik era cada vez más fuerte. Necesitaba sacarlo de allí, necesitaba…
—¿Cómo habéis podido? —gritó desesperada.
—Sólo son órdenes.
—¡Es un niño, maldita sea!
—Es un niño, sí. Y tú una mujer. Y si ese hombre, Dean no ha querido escucharnos con una pequeña advertencia, esta vez serán dos advertencias.
Patricia no podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Qué…?
—Seguramente esta vez si nos escuche, ¿No cree?
—Voy a ir a buscar a mi hijo.
—Preferiría que aún no lo hiciera. Será más dramático si lo hace cuando lo llamemos a él y pueda ver la escena con sus propios ojos.
—Creo que están muy equivocados con todo esto —musitó ella con los ojos llenos de lagrimas.
Patricia giró la cabeza alarmada al oír unos sonidos precipitados de neumáticos y se sintió aliviada sólo en parte al reconocer el coche de Dean.
—He llamado a la policía —saludó, saliendo del coche con una escopeta y los apuntó directamente.
—Creo que no entiendes la situación.
El hombre miró la escopeta que apuntaba directamente su cabeza y no se movió.
Dos de sus amigos también levantaron sus armas, pero Dean caminó hacia ellos y se detuvo al lado de Patricia.
—¿Estás bien?
Patricia intentó responder, pero su boca estaba muy seca y le costó hacerlo, sacudiendo la cabeza primero.
—Sí, pero…
Su mirada se desvió hasta la casa.
—¿Dónde está Patrik?
Patricia se echó a llorar y volvió a mirar la puerta con aprensión.
—¿En la casa? —Dean gritó horrorizado y sostuvo con más fuerza la escopeta en las manos—. Como le llegue a pasar algo…
—Eso dependerá de lo que tú hagas, señor Hident.
—Podéis quedaros con la casa o la propiedad o lo que os de la gana, pero ahora iré a por el niño.
Durante unos eternos segundos, patricia esperó sin apartar la mirada de la puerta a oír la voz de alguien, del que fuera, permitiéndole ir a buscar a su hijo dentro.
Podía escuchar en medio de la paranoia como crujían las maderas quemadas y podridas de la casa y cada décima de segundo que pasaba se le desgarraba el corazón.
—Ve.
Patricia dio un paso hacia la casa pero Dean se le adelantó, escabulléndose en el interior tan rápidamente que a ella le costó verlo.
O puede que le costara verlo por las lágrimas que se escapaban de sus ojos.
—Una escena conmovedora, ¿eh? —rió uno de los hombres.
Patricia no supo que había pasado cuando escuchó el primer disparo, pero sí se le congeló la sangre de las venas, pero cuando escuchó él segundo y vio como parte de la casa se venía abajo sin que Dean y Patrik hubieran salido, escuchó un grito, el de ella antes de sentir que desfallecía y caía al suelo.
CAPÍTULO 10
Patricia abrió los ojos lentamente y se adaptó despacio a la claridad de la habitación, intentando poner en orden sus pensamientos, algo que le costaba hacer por el aturdimiento y el dolor de cabeza.
—¿Cómo te encuentras?
Patricia desvió la cabeza y miró a Dean un momento. Tenía unas ojeras profundas y varios cortes y moratones en la cara y una escayola por todo el brazo.
Se incorporó bruscamente, recordándolo todo de golpe.
—¿Dónde está Patrik? —gritó desesperada, agarrándolo por la camisa del pijama—. ¿Dónde…?
Las lágrimas regresaron a sus ojos.
—Está perfectamente.
—¿De verdad? ¿Dónde está? Quiero verlo.
—Está con tus padres.
—¿Mis padres?
—Ellos han estado toda la noche aquí, pero tu madre estaba muy cansada. Les dije que se fueran y que atendieran a Patrik.
—¿Él no…?
—Lo cubrí con mi cuerpo. Él no tiene ni un rasguño.
Patricia se puso a sollozar y pasó los brazos por su cuello, abrazándolo.
—Lo siento…
—¿Por qué te disculpas? Ha sido culpa mía, soy yo quien debería disculparse.
Patricia se apartó y se secó los ojos con la manga.
—¿Y qué pasó?
—Había hecho algunas llamadas e investigaciones este tiempo así que me temo que construcciones Pozos será cerrada un tiempo, antes de que tenga un nuevo dueño.
—¿Has hecho todo eso?
—Tú misma dijiste que daba mucho trabajo. Sería una pena que cerrara sin más.
—Sí, pero…
Dean pasó un dedo por sus labios.
—Ya todo está bien. Los malos en la cárcel y los buenos a la espera de su recompensa.
—¿Recompensa?
Patricia se dio cuenta de a lo que Dean se estaba refiriendo cuando sonrió maliciosamente.
—Al fin estamos solos, ¿no?
—Estás maltrecho —objetó ella.
—Con una mano tengo suficiente.
Patricia se echó a reír y volvió a secarse las lágrimas.
—Estás loco.
—Loco por ti, me temo —dijo él despacio—. Y loco por Patrik.
Patricia notó como las lágrimas volvían a sus ojos y Dean se inclinó para besarle los ojos, sentándose en la cama y besó su nariz y sus labios, deslizándose por su
barbilla mientras la iba desnudando lentamente con una mano.
—Será mejor que lo haga yo —se rió, apartándolo un poco mientras se quitaba la ropa y dejaba sus senos a la vista.
—Eres preciosa —dijo él con voz suave, agachándose para seguir besándola, apretando sus pechos y mordisqueándole los pezones.
Patricia se escuchó gritar y gemir y se preparó para recibir el sexo duro de Dean dentro de ella, abrazándolo mientras le besaba el cuello, deleitándose con cada una de las embestidas que la hicieron alcanzar el orgasmo mientras escuchaba su nombre de los labios de Dean en su oído.
—Aún me cuesta creer lo que ha ocurrido —murmuró ella, abrazándose a Dean mientras trataba de conciliar el sueño.
—Ya ha pasado. No hay necesidad de pensar en ello.
—Pero podía haber pasado algo —protestó ella, incorporándose un poco—. Ya advertiste lo que estaba ocurriendo y no quisieron verlo y….
Patricia vio la marca en el hombro de Dean y abrió mucho los ojos, empujándolo para poder verla mejor.
—¿Qué pasa?
Dean se volvió alarmado y Patricia comenzó a balbucear, señalando su hombro hasta que lo agarró con fuerza y tiró de él para poder verlo mejor.
—¿Qué es eso?
Dean bufó y patricia lo miró a los ojos.
Oh, no.
¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Acaso esos ojos no eran muy parecidos a los de Patrik?
—Es una marca de nacimiento —soltó Dean con mofa, sentándose en la cama.
—Pero… yo…
—¿De verdad no te acordabas de mí?
Patricia cerró la boca de golpe y lo miró acusadoramente.
—¿Acordarme? —Bufó—. ¿Lo sabías? ¿Todo este tiempo lo sabías?
—¿Te refieres a Patrik?
—¡No! ¡Sí! No lo sé.
—Lo descubrí cuando duché la primera vez contigo a Patrik, ¿recuerdas? Me sorprendí al ver la marca.
Patricia sintió débilmente.
¡No podía creérselo! ¿Dean había sido siempre aquel chico con quien pasó una noche? ¿Dean era el padre de Patrik?
—Pero…
—Me sorprendió que no me reconocieras.
—¿Reconocerte? Sólo recordaba vagamente lo ocurrido aquella noche y la marca de tu hombro.
—¿Te acordabas de la marca y no de mi cara?
Dean se echó a reír.
—¡Estaba borracha!
—¡Sólo bebiste dos copas!
—¡No soporto el alcohol!
Dean siguió riendo.
—Y yo preocupándome por nada.
—¿Por nada? Imagina como he estado yo todo este tiempo. ¿Dónde te metiste?
¿Un polvo y adiós?
Dean se atragantó, dejando de reír y se echó hacia delante ofendido.
—¿Qué? ¡Te dije que volvería en año y medio! Estuviste de acuerdo, prometiste que me esperarías. Y al parecer era yo el único que estaba deseando que pasara el tiempo.
Patricia enmudeció e hizo una mueca.
—¿De verdad lo dijiste?
Dean bufó.
—¿Por qué volví?
Patricia se llevó una mano a los cabellos alborotados y se echó a reír.
—Al final me he enamorado del mismo hombre dos veces.
La mano de Dean alcanzó su barbilla y tiró de ella.
—Yo llevo enamorado de la misma mujer durante todo este tiempo.
Patricia sonrió y se inclinó para darle un beso.
Tal vez aquel era el principio de una nueva vida juntos, los tres juntos.