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laura a. lópez

el amante de londres (es)

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Capítulo 1
Elizabeth corrió escaleras arriba con lágrimas en sus ojos, acompañada de una de sus botellas de vino que hacía que la servidumbre le guardara para intentar sobrellevar sus penas en un matrimonio en que la habían cedido sus quebrados padres.
Cerró su puerta y agarró una copa. Temblaba mientras quería verter el tinto en el cristal. Miraba ansiosa la madera que la separaba de la habitación de su esposo. Una copa no era capaz de ayudar a soportar los golpes e insultos que él le propinaba en aquellos tres años que llevaban casados.
Eran los años más desgraciados de su vida. Violentada cada vez que aquel recordaba que no tenía herederos. Comprendía la razón por la cual ella era su cuarta esposa y todas las demás murieron sin darle alguno.
Ella también estaba al borde de tomar la peor determinación. La muerte era su única salvación, pues huir sería difícil. No contaba con el apoyo de nadie.
Sabía que pronto subiría desde su despacho hasta la habitación. Ese día durante la cena le había llamado fruto seco por no darle hijos. Intuía que aquella sería una de esas noches donde terminaría sangrando golpeada en su cama.
Arrojó a un lado la copa y bebió el contenido de la botella con rapidez. Deseaba quedar inconsciente para no sufrir aquellos maltratos que le destrozaban no solo el cuerpo, sino también el alma.
—¡Elizabeth! —Le llamó a su esposo en tono burlón—. ¡Ya voy, cariño!
Al parecer aquella botella no era capaz de darle la paz que necesitaba. Lamentó que tuviera que estar despierta para sufrir.
—Ahí estás borracha como siempre, Elizabeth. No solo eres un árbol seco e inútil, sino también una alcohólica. Nunca estás sobria —dijo antes de tomarle de sus cabellos para colocarle en la cama, pues ella estaba bebiendo en el suelo.
—Déjeme, milord —rogó, pero una bofetada hizo que cayera en la cama de espaldas.
Le levantó la falda y la sometió para intentar de nuevo que quedara embarazada. No habían faltado los golpes y los despiadados tirones de cabellos.
—No sirves ni siquiera como mujer, Elizabeth. Vaya desperdicio con el que me casé —gruñó, colocándose el pantalón en su escasa cintura.
Ella no dijo nada. Esperó a que se fuera para llorar en solitario y dolorida. Sentía el estómago revuelto por el ataque sufrido. Vomitó en la fina alfombra donde reposaba su cama.
Cuando su doncella la encontró tendida en su cama y vomitando entre lágrimas, se acercó a tomarla en sus brazos.
—Oh, milady. Un día de estos la matará. Mire su hermoso rostro... —lamentó, entristecida.
Elizabeth tan solo sollozaba sin darse cuenta de que sus ojos estaban con moretones al igual que sus mejillas por los golpes que recibió del que era su esposo.
—Mi deseo es que me mate y no lo hace. Goza de torturarme. Esto no es vida, Adele, quiero descansar.
—Cálmese, milady. Escuché que milord se irá por un mes y en unos días más, no le molestará porque estará entretenido con su viaje. De ninguna manera la sacará a las calles con esos moretones en la cara.
—Qué alegría, al menos unos días de paz —musitó con un amague de sonrisa en su maltrecho rostro.
—Descanse que yo me encargaré de todo. Cierre los ojos y duerma. No tema...
Ella quería dejarse llevar por las palabras de Adele que deseaba desde el fondo de su corazón que ella fuera feliz, pero sospechaba que con aquel esposo suyo jamás lo sería. Sabía que la única forma en la que Elizabeth saldría de esa casa era en un ataúd y rumbo al cementerio como el resto de las esposas del caballero.
Al bajar a desayunar, su esposo estaba en la punta de la mesa con el periódico a un lado y con una taza de té en el frente.
—Buen día, milord —saludó antes de sentarse en su sitio.
—Oh, querida Elizabeth, te ves muy desmejorada esta mañana. No salgas a la calle ni te asomes por la ventana —recomendó echándole un vistazo a su rostro.
—No iba a hacerlo, milord.
—Iré a una visita a Wiltshire que me llevará varios días. No irás conmigo porque es mejor que no te vean de esa forma. ¿Qué harías tú entre las buenas esposas que dan herederos a sus esposos? Las buenas para nada no tienen cabida.
—Sí, lo comprendo. —acató sin mirarlo.
Nunca lo miraba a la cara, para él sería tomado como un desafío si lo hiciera y significaría mucho sufrimiento para su débil figura.
Desayunó lo que pudo y se quedó alojada en el saloncillo del té. Tenía en aquel lugar sus bordados en una caja de mimbre y también algunos cuadros que no había terminado por alguna u otra razón. En la mayoría de los casos se debía a sus maltratados dedos durante los forcejeos nocturnos contra su esposo.
Tenía un jardín trasero envidiable. Era en realidad una residencia envidiable por cualquiera. El conde de Midleton tenía demasiado dinero y propiedades. Era muy próspero, sin embargo, era un hombre despiadado. Tenía más de cincuenta años, por lo que aún le quedaba mucha fuerza para hacerle sufrir.
—Qué hermosas rosas... —comentó a la doncella que entró al saloncillo para acompañarle.
—Es porque usted las cuida.
—Es cierto. La vida de una rosa es muy corta. Crece como un pimpollo para luego convertirse en una preciosa rosa, pero se marchita cuando la separan de su tallo. Se muere lentamente, perdiendo todo lo que le hacía hermosa. No importa si se queda en el agua por días, se sabe que morirá.
—Milady, considero que tan solo piensa en la muerte.
—¿Y qué más podría desear alguien con mi suerte? Es evidente que algo mejor.
—Le dije que puede huir...
—¿A dónde? Me perseguirá y será más doloroso.
—Es peor esperar a que ocurra su muerte.
—Tan cierto que me sorprende. Algún día tendré el valor de hacerlo.
—Milady, me tomé el atrevimiento de agarrar su carta que le han enviado antes de que milord la revisara. Nunca puede leer su correspondencia.
—Te lo agradezco mucho —mencionó. Cogió la carta que la doncella le entregó y miró de quién era.
La amable matrona lady Winslet nunca la olvidaba. Pedía que la invitara a beber el té. A ella no podía negarle nada. Una vez que su esposo se fuera, le enviaría una invitación.
Capítulo 2
Una sonrisa circunstancial se asomó en el rostro de Elizabeth para responder al pedido de la dama.
Con aquella intentaría animarse un poco. Lady Winslet era una mujer entendida y razonable. No se parecía a otras matronas que hubieran deseado lo que le ocurría. Desde un principio ella le advirtió a su familia sobre su actual esposo, pero hicieron oídos sordos a los pedidos de la preocupada dama.
—Cierra la puerta, Adele, no quiero que me vea escribiendo si está aún por esta casa.
—Me ocupé de ello. Primero que nada agarré la carta, luego vi salir a milord y por último aseguré la puerta por si regresa por algo que olvidó o solo para golpearla.
—Gracias, sin ti estaría muerta. Me parece prudente decirle a lady Winslet que venga la próxima semana o quizás este jueves. Es probable que el miserable se vaya.
—Sí. Creo haber oído de boca del cochero que partirán en dos días.
—Dos días parecen una eternidad cuando se trata de que se vaya. Desearía hacer pasar el tiempo volando cuando él está y detenerlo después de que se hubo ido —declaró Elizabeth en medio de un suspiro.
—Lo sé, milady. Muchos de aquí quisiéramos lo mismo. Apresúrese, no se detenga ni se distraiga. No sabemos en qué momento regresará y si le quita la carta se le pondrá muy mala la situación.
—Escribiré a toda prisa.
Ella se apresuró con la carta y la acabó en poco tiempo, tan solo faltaba dejar secar la tinta. Algo en común que tenían sus cartas escritas a escondidas, eran las manchas de tinta por sus manos que temblaban por la prisa con la que escribía sus frases.
Sus cartas obviaban las formalidades, pues no tenía tiempo para un largo saludo o una despedida igual de extensa. Era escueta en lo que se refería a su escritura. No podía darse el lujo de escribir durante un día o quizás dos para preguntar por toda la prole del receptor.
Lo que iba dirigido a sus padres era verificado primero por su esposo y cuando él le daba su aprobación, podía enviarla, de lo contrario, él mismo le dictaba una carta cargada de mentiras y luego le golpeaba para que aprendiera a mentir y a hacerlo muy bien.
El conde no era un tonto. Tenía calculado hasta el último de sus movimientos cuando se trataba de ella.
Cuando le golpeaba y no se notaban las marcas, podían salir a algún baile, pero ella debía permanecer sentada. A sus veintidós años se quedaba junto a las matronas observando a su alrededor sin más. Y él iba junto a otros caballeros para conversar. Tenía prohibido bailar con otros hombres. Tampoco él le sacaba a danzar con frecuencia.
El caso contrario se daba cuando los golpes se distinguían. No le estaba permitido salir y menos asomarse a los cristales de la residencia. Era alguien que cuidaba su imagen. Para los demás ella era bien atendida con ropas, zapatos y joyería, sin embargo, la maltrataba hasta casi morir en la cama.
Algunos rumoreaban sobre las esposas fallecidas y sabían que ninguna alcanzó los veinticinco años. Ella estaba a poco de morir como las demás y no podía hacer nada. Estaba segura de que él las había matado porque le habían sido inútiles.
Llegó el día en que su esposo se fue. Elizabeth abrazó a Adele de la emoción de por al menos vivir unos momentos de tranquilidad en su vida.
Nadie disfrutaba tanto de la soledad como ella. No deseaba pensar en que regresaría. Solía rezar con malicia para que algunos bandidos los asaltaran y mataran por el camino a uno de sus viajes. Sabía que esa clase de sueños difícilmente se cumplían, pero no iba a desistir de sus deseos de ser liberada de aquel yugo.
Pidió a todo el personal de la casa que, guardaran silencio sobre la visita de lady Winslet a la residencia. No quería que también le fuera mal porque alguien se compadeció de ella y fue a entretenerle.
—¡Lady Elizabeth! —exclamó lady Winslet al distinguir a la joven que la recibía. Se acercó y le apretó las manos con fuerza—. Desde hace tiempo deseo verte, ¿cómo has estado, querida? Ese moretón de tu rostro se ve terrible.
—Es un placer recibirle, lady Winslet. El conde no se encuentra, pase al salón del té para conversar... —pidió.
Ambas fueron de la mano al saloncillo para sentarse. Adele sería la encargada de servirles el té. Aquella doncella era de plena confianza de ambas.
—Estos moretones fueron de hace unos días. Desea un heredero que no le puedo dar —contó, triste.
—¿Qué no se ha dado cuenta de que él es quien no puede tener hijos? No es tan difícil hacer cuentas, querida. Tuvo tres esposas jóvenes antes y ninguna pudo con esa carga. Terminarás como las demás.
—Sé que ese es mi destino y no lo deseo, lady Winslet...
—Elizabeth de mi alma, te daré una solución que podrá ayudarte a darle lo que busca. Aunque, ¿estás segura de que con un hijo dejará de golpearte?
—Completamente segura. Si no fuera por eso, ya me hubiera abandonado en alguna propiedad. Dígame, lady Winslet, ¿qué debo hacer? —preguntó, ansiosa, ante lo que parecía ser una solución.
—Ten un hijo con otro hombre. No hay más opciones.
—¡Si él sabe que lo engaño es capaz de matarme! —se exaltó Elizabeth, presa del pánico.
—¿Qué te haría que no te haya hecho ya? Elizabeth, será con el mejor de los fines. Un heredero para el conde y tranquilidad para ti. Puede ser algún caballero de alcurnia o quizás busques un poco por las caballerizas. No todos los nobles que ves han sido de los que llevan los títulos... —contó la dama.
Ella se removió incómoda en su asiento por escuchar lo que le decía la mujer, pero era una opción que no consideró en su momento. Aquella podía ser la paz que estaba añorando. Su esposo no sabría que el hijo no sería suyo.
—Si eso salvará mi vida, lo haré. ¿Me ayudará a conseguir a un caballero que pueda ofrecerse?
—¡Mi querida, conozco al mejor! Mi sobrino Dominick, el barón Churston...
Lady Winslet no solo quería hacerle el favor a Elizabeth por acabar con sus sufrimientos, sino también conseguir que la sangre de su sobrino perdurara, porque aseguraba que se quedaría soltero y sin descendencia.
Capítulo 3
Dominick despidió a la mujer que despejó sus dudas sobre corregir su torcido camino. Estaba cansado de las mujeres con treinta y ocho años, le era difícil mantener el ritmo de años atrás, prefería algo más esporádico que calculado. Él no veía a esas damas como antes. Podía decir que se aburrió de ellas y que necesitaba otros aires.
Se debatía entre viajar por el mundo o comprar caballos para dedicarse a la crianza como modo de satisfacción personal.
Estaba vacío de haber llenado noches ajenas. Si bien lo había disfrutado por años, le resultaba suficiente y era el momento de retirarse como libertino. Lo hacía sin haber conocido a una sola mujer que valiera la pena para casarse.
Más que un libertino era casi el consejero sentimental de muchas de ellas que lo buscaban por recomendación ajena.
La puerta de su residencia de soltero fue golpeada con suavidad, por lo que él presumió que la dama a la que había despedido olvidó algo.
Se acercó para abrir, y al hacerlo quedó sorprendido con la visita.
—¿Lady Winslet? —preguntó, patidifuso.
—Querido, dime cómo gustes. Amiga, tía... No espantaré a tus amantes —dijo la mujer. Entró sin mucha ceremonia hasta el pequeño y coqueto salón de su sobrino.
Él se agarró del mentón y sonrió lobuno, ante la apariencia presuntuosa de su tía.
—Mi adorada tía, si no le molesta que la llame así.
—Soy más tu amiga que tu tía. No nos llevamos tantos años. Si aún no te has retirado de tu oficio...
—Ya me he retirado del oficio, de forma oficial, hoy. Despedí a la última mujer con la que me acostaré en Londres. Usted tenía razón, terminaría aburrido alguna vez.
—Tardaste muchos años en darte cuenta. Pero no he vendido a hacerme mala sangre contigo. Necesito tus favores para una amiga muy querida.
Dominick había estado sirviéndose una copa de brandi cuando dejó de hacerlo al escucharle.
—No, no, sus amigas son un tanto... ¿Cómo le digo sin que se ofenda? Mayores, tal vez.
—¡Oh, no perdiste el sentido del humor desde que reñimos la última vez! Cariño mío, es para una muchacha joven, hermosa y sin mucho que esperar de la vida.
—No hago caridad, lady Winslet. Mis donaciones las doy a la iglesia —replicó, sin darle importancia.
—Terco y testarudo. Tal y como te dije que te ibas a aburrir y que no ibas a encontrar refugio ni en tus vicios, es que te digo que te enriquecerás si le haces el favor a esta dama. No te costará nada, cuando la veas quedarás conforme con el favor para tu adorada amiga. Te ganarás el cielo.
Bufó cansino y se arrojó al sillón con su copa en la mano.
—De cierto le digo que quizás me resulte penoso. No me hace ilusión la idea de compartir mi cama, aunque lo haré por usted, porque le debo un poco de fineza.
—Sabía que no podías fallarme. La convencí de que venga mañana. Necesita de ti con urgencia.
—Una muchacha desesperada —aseguró Dominick.
—Tú eres incapaz de conocer la desesperación porque has nacido varón, pero si fueras una muchacha, no estarías diciendo lo mismo. Me iré, querido, mi esposo debe estar preocupado porque no estoy en casa a estas horas.
—Ha sido muy breve su visita, la invitaría a tomar un té...
—A estas horas es mejor el brandi. Te extenderé una invitación para el té en mi residencia y espero que acudas por una vez en tu vida —manifestó entre dulce y a la vez, tosca.
—Le prometo hacerlo. He descuidado la familia por los placeres del mundo. Esperaré su invitación.
—Así lo espero. Quiero ver tu melena rubia cruzando la puerta de mi residencia. Acuéstate a dormir, Dominick, te ves cansado —dijo para despedirse.
Se apresuró para despedirla en la puerta. Ella le dio un beso en la mejilla y se fue. Aquella tía suya no tenía remedio. Se preocupaba por él por más que no lo mereciera en absoluto. La vio irse en el su carruaje y luego cerró la puerta con tranquilidad.
Caminó desganado hacia su desordenada habitación. Agarró una vela y la acercó al espejo para saber si en realidad se veía cansado como le dijo, y no había fallado. Su ánimo cansado se podía reflejar hasta en ese artefacto.
Resopló y se sentó en la cama. Tendría en la noche siguiente a la última mujer que atendería.
Elizabeth acordó con lady Winslet que accedería a encontrarse con su sobrino en la dirección que ella le había facilitado. Debía ser prudente en su salida. No importaba que tuviera a la servidumbre de su lado en aquella casa. Una indiscreción podría ser mortal. Haría partícipe de sus salidas a su doncella y al mozo de las caballerizas. Ella no podía usar ningún carruaje sin que su esposo se lo aprobara. Salir en el caballo era la única forma de ahorrar tiempo para regresar.
—Siento muchos nervios —contó a la Adele que le vestía. Aquella le apretaba las prendas con fuerza.
—Usted no debería pensarlo mucho, lady Elizabeth. Es ir y... que le hagan el heredero para su esposo.
—Suena tan sencillo, pero sé por lo que tengo que pasar y estoy muy desalentada. ¿Acaso será tan terrible?
—No lo conozco, pero su amiga dijo que era un hombre diestro con las damas. Presumo que experiencia le sobra.
—En lugar que un hombre acuda a mujerzuelas, una dama acudirá a un caballero de dudosa reputación. Va contra todas mis creencias, pero las mismas no son tan importantes como mi tranquilidad. Espero que sea muy fértil.
—Dios la oiga y quede en cinta esta noche. La acompañaré hasta el caballo.
Salieron discretas hasta las caballerizas. Pidió al mozo un caballo. Se lo notaba dudoso para dárselo, más tuvo que hacerlo cuando ella se plantó en su posición de condesa.
Pasó por varias calles y el parque para llegar hasta la residencia. El golpe de los cascos del caballo coincidía con los latidos de su desesperado corazón. Sentía tanto temor de ser descubierta. Intentaba compensar esos miedos con el de ser golpeada cada mes por no embarazarse.
Reconoció el número de la residencia del caballero en cuestión. Era fina y de dos plantas, no era una casa de familia, sino una de soltero, que ella sospechaba que utilizaba para sus andanzas.
Cogió valor para bajar del caballo y golpear a la puerta.
Dominick dejó a un lado su copa de brandi y miró el reloj de su levita. La mujer había ido muy temprano.
Caminó a la puerta, no sin antes practicar su sonrisa.
—¿Es usted el barón Churston? —inquirió Elizabeth, curiosa. El caballero que le abrió la puerta era un buen mozo de cabellera rubia hasta los hombros, unos ojos que no distinguía por la oscuridad, aunque sí lograba identificar sus rasgos aristocráticos como era aquella nariz fina y alargada.
—Soy yo. Usted debe ser la amiga de lady Winslet, la estaba esperando...
Capítulo 4
Elizabeth se quedó callada y mirando al caballero que estaba parado frente a ella. Él también quedó víctima de la incomodidad del silencio entre ambos.
—¿Va a entrar? —indagó para que ella reaccionara.
—Sí, es solo que no sé en qué lugar puedo dejar a caballo —respondió, mostrándole al caballo.
—Desde luego. Como sabrá es una residencia de soltero y no hay mucho espacio. Pase y yo me encargo de su animal.
Ella así lo hizo. Estaba nerviosa, mirando adentro de la pequeña pero coqueta casa. Era por completo algo masculino, tanto como el dueño que desprendía un agradable aroma. Al menos eso sintió cuando pasó junto a ella para llevar al caballo.
Se estrujaba las manos con poca fuerza. Era una manera de disipar un poco su angustia por estar en casa de un hombre soltero, siendo ella una mujer casada.
Escuchó que la puerta se cerró. Era él que había vuelto desde afuera.
Dominick pudo distinguir mejor el rostro de la dama. Era muy bonita, más tenía defectos en su rostro. Un hematoma en la mejilla distorsionaba su belleza. Su cabello era rubio, su nariz fina y sus ojos azules.
—¿Quiere ir a la habitación o se beberá un trago junto a mí? —preguntó Dominick, que acarició el brazo de Elizabeth.
Aquella se hundió en la vergüenza de que alguien le acariciara con tanta ligereza. Retiró el brazo, asustada.
—Es mejor que vayamos a su habitación, lord Churston —dijo, decidida.
—Como usted prefiera. Pase por aquí… —indicó, señalando a la escalera.
Él estaba sorprendido de que no lo hubiera besuqueado alterada. Lady Winslet le dijo que era una dama desesperada y eso no le parecía que ella fuera. La observó mientras subía. Parecía temblar, lo miraba de reojo desconfiando de él.
A Dominick no le resultaba apetecible una dama que se comportaba de esa manera.
Una vez que llegaron a la habitación.
—¿Tiene vino? —interpeló a ver que él cerraba la puerta.
—Sí. ¿Gusta una copa?
—Sí, por favor…
Él se acercó a un mueble que se encontraba en la esquina izquierda de su aposento. Sacó una copa y la botella de vino que ella le había pedido.
—¿Es siempre es tan callada? ¿Cuál es su nombre? —inquirió Dominick, a la vez que servía el líquido en la copa y se lo pasaba.
—Sí. —aceptó y cogió la copa. Se la bebió de un trago, dejando al barón con la boca abierta—. Soy lady Elizabeth, condesa de Midleton.
—Me ha dejado sin palabras. ¿Bebe usted con frecuencia?
—Con mucha, milord, pero no he venido a conversar sobre mis hábitos.
—¿Y a qué ha venido?
—Supongo que usted es un hombre de la vida alegre… —resaltó con cierta vergüenza.
—No exactamente. Soy solo alguien que gusta de las mujeres y por decirlo usted es la más extraña que ha caído en mi puerta. ¿Qué le ocurrió en el rostro?
—Nada que pueda ser de su incumbencia —replicó—. Vamos a lo que vino…
Después de decir aquellas palabras, Elizabeth se recostó en la cama y subió su falda hasta su cintura.
Dominick no había visto jamás a una dama, arrojarse a su cama como si fuera una yegua agonizando. Al parecer lady Winslet no le había dicho mucho sobre la dama porque era extraña, demasiado.
—Oiga, ¿qué se supone que hace? —examinó al acercarse a la cama para mirarla al rostro.
—Se supone que usted debe hacer lo que tiene que hacer…
—De esta manera tan extraña no lo voy a hacer. La invito a que se retire de mi casa. Con sinceridad le digo que no me apetece tener coito con usted —confesó.
Ella levantó medio cuerpo de la cama. Estaba recostada en sus codos. Tapó sus piernas con su falda y buscó en su ridículo.
—¿Cuánto es lo debo pagarle por hacerlo? —amonestó con amargura. Sus esperanzas de conseguir ese heredero y de mejorar su vida se estaban alejando de ella con la negativa del caballero en cuestión.
—¡Esto es insólito! —exclamó, incrédulo. Semejante acto merecía que la echara de su casa—. Nunca he cobrado ni pagado y menos me he sentido tan humillado con la prepotencia de alguien. Es irreverente, milady, lárguese de mi casa. No hay favor que haga que me acueste con usted.
Al escuchar esas palabras Elizabeth rompió en un sollozo desventurado. Él cerró los ojos al verla llorar. Aquella era una dama incomprensible.
—Perdón por mi rudeza, milord. Es que nunca me han preguntado tantas cosas. Supondrá usted que una magulladura en mi rostro es por los golpes que me han dado y por más raro que le parezca, bebo porque así soy capaz de soportarlos. No hablo, no salgo… —contó, apenada—. Solo necesito que usted se acueste conmigo. No conozco otra forma de cópula que no sea recostarme, callar y abrir las piernas.
Esa mujer no dejaba de sorprenderlo. Tenía una abundancia de relatos de féminas infelices, pero ella las superaba por mucho. La notaba avergonzada, aunque sincera. Nadie se pondría a contar sus más íntimas vivencias con un desconocido.
—¿Tiene mucho tiempo esta noche? —indagó él, a lo que ella asintió con la cabeza gacha—. Levántese y venga.
Él se aflojó el pañuelo con tranquilidad y sacó su camisa sobre el pantalón.
Elizabeth se acercó, insegura.
—¿Qué hace? —curioseó al verlo quitarse las prendas de arriba frente a ella.
—Si vamos a intimar será a mi forma. Tóqueme y luego béseme.
No podía distinguir bien el torso del caballero por sus lágrimas que le impedían ver con claridad. Tuvo que ayudarla para que colocara su mano en su tronco y lo acariciara con suavidad. Ella sintió los vellos de su pecho y la tersura de su piel. Era una experiencia nueva respirar con dificultad por algo que no era el miedo a ser golpeada, sino por la anticipación de aquel acto al que ella siempre le temía.
Ocultó una pequeña sonrisa, sin embargo, Dominick la había visto. Parecía una niña comiéndose galletas a escondidas. Comenzaba a creer que aquella noche podría ponerse interesante con la amiga de lady Winslet.
—Aquí a lo único que debe tenerle temor es a morir de placer, lady Elizabeth —pronunció antes de acercarse para besarla en los labios.
Capítulo 5
Era agradable sentir que le faltaba el aire cuando la besaba aquel completo extraño. Su esposo le causaba repulsión cada vez que se arrimaba a ella en cualquier aspecto.
Su beso era incitante, con sabor a brandi, pero con gusto a pecado. Cuando él se alejó de ella, sintió que se había quedado huérfana. Lo observó intentando encontrar una explicación para su alejamiento.
—Usted debe besarme, excite e incite. La proeza es disfrutar, para sufrir su esposo y para contentarla, yo.
Ella sospechaba que era un hombre que acostumbraba a jugar con las damas con las que intimaba. A él se lo notaba cómodo, no como a ella. Sin embargo, no debía sentir vergüenza. Entonces Elizabeth, llevó sus manos para aflojar su vestido. Si lo que quería era jugar, ella podría ser capaz de hacerlo.
Él sonrió al notar que le costaba mucho trabajo, pero se estaba esforzando por distenderse. Aquella dama era tan diferente a todas las demás, más hermosa y con más cosas turbias que el resto. ¿Cómo pudo llegar una dama tan bella como ella hasta las patas de animal de su esposo? En su vida él tocaría a una mujer de esa manera. Estaba comprometido en darles placer y dárselo él mismo.
Cuando distinguió que ella pudo aflojarse la prenda, se quitó la prenda, pero todavía seguía cubierta por las enaguas de algodón.
—¿Quiere que me quite el pantalón para darle más comodidad? —preguntó, jocoso. Acarició los bordes de esa tela que le impedía que viera su hombría.
—No sé cómo lo hará usted. Mi esposo no se quita nada, solo se lo baja...
—¿Piensa que el coito es algo repulsivo?
—Sí. ¿Dígame como es en realidad?
—No se lo voy a decir, milady, se lo haré sentir —declaró. Después procedió a quedarse como Dios lo había hecho llegar al mundo: desnudo.
Elizabeth era bastante impresionable con respecto a la desnudez. No había visto a nadie desnudo, salvo a ese caballero y lo agradecía profundamente. Aquel era perfecto. Solo podía apreciar una figura conservada y fornida. Si tenía que imaginar a su esposo de esa forma, terminaría colgada de una viga.
—¿Y usted no se saca lo que falta? Me parece que necesita ayuda…—continuó diciendo. Caminó hacia ella y le desató aquella prenda que tenía puesta todavía.
Hizo que aquella vestimenta interior quedara en el suelo. Ella solo había quedado con sus medias. Ella notó que él miraba su figura y tenía el ceño fruncido. Se sentía observada e incómoda. Se agachó para tomar su prenda, pero él se lo impidió también inclinándose.
—Tiene más moretones —lamentó Dominick, mirándola a los ojos.
—Es mejor que use una prenda para cubrirme si le impresiona. Yo intento no verlas.
—No, la quiero ver completa.
Él la ayudó a colocarse en pie. Sin ella esperárselo, Dominick se apoderó de uno de sus senos y los succionó con fuerza. Elizabeth dobló su figura por el placentero ataque que sufrió mientras él la acercó a la cama para recostarse. Entre aquellas sabanas dejó que él se saciara con su busto.
Cuando sintió que se introdujo dentro de ella había sido algo diferente. Si bien era incómodo, aquel roce de sus movimientos le parecía excitante. La dejaba jadeante en cada embestida que le procuraba. No había experimentado situación similar en su casa. Aquel hombre era lo mejor que le había pasado en su triste y turbadora vida.
Dominick solo podía disfrutar del rostro de aquella mujer. Esas expresiones que indicaban que lo estaba disfrutando le satisfacían. Ella era solícita y recibía sus caricias y su cuerpo con verdadero gusto.
Una amante como ella era difícil de conseguir. Siempre habían acudido a él mujeres que sabían con exactitud qué deseaban llenar, en cambio Elizabeth no lo sabía. No conocía sobre placer, gusto o gozo, a su alrededor había infelicidad y golpes.
Él no era de sentir compasión por nadie, pero culpaba a la edad por tener algunos sentimientos encontrados al notar a una mujer maltratada.
Como un presente a sus sufrimientos, él se colocó abajo para que ella sintiera que tenía el control.
—Muévase como su cuerpo le pida —mandó, confiado. Sabía que en aquella posición las mujeres alcanzaban con mayor rapidez su propio placer y él así deseaba que fuera.
Elizabeth se complació con aquella concesión que le hizo el caballero. Nunca sintió que su cuerpo se desbarataba por algo intenso que la recorría completa. Aquello debía ser el éxtasis. Se retorció por varios minutos hasta el cansancio sobre él. Ella tan solo podía esperar que se derramara adentro para que pudiera llevar su simiente y que se convirtiera en lo que deseaba: el dichoso heredero.
Él sabía que había llegado su turno de complacerse aún más. La cogió con fuerza de la cintura y arremetió hasta que no quedara nada dentro de él.
Para Elizabeth aquella sería una experiencia inolvidable. Por un momento dejó de ser el objeto para convertirse en la mujer.
Se sentía extraña al compartir la cama con un hombre. Sentía su mirada verde dirigida a sus ojos.
—He de retirarme, lord Churston —dijo. Amagó levantarse, pero aquel se lo impidió.
—¿Tan temprano? No, si podemos continuar.
Ella se sonrojó hasta la punta de su caballera. Cuando sintió aquel beso de su parte, no pudo hacer más que quedarse rendida ante él. Si le prometía más placer, no podía rechazarlo. Era evidente que su vida volvería a ser miserable cuando su marido regresara. Cualquier felicidad era bienvenida, y más si estaba relacionada con aquel apasionado caballero.
Cuando lo creyó prudente porque su cuerpo le dijo que era suficiente por esa noche, se levantó de la cama. La tenue luz alumbraba la espalda del barón a medio vestir.
—Sonará muy extraño que le diga que fue un verdadero placer conocerlo, lord Churston —expresó Elizabeth a modo de despedida, mientras lo apreciaba vistiéndose.
—Suena encantador después de ser una mujer difícil —agregó. Tomó una mano de ella y le plantó un beso—. La llevaré hasta su caballo.
Ella aceptó y fue bajando con él hasta la salida. Al llegar hasta el caballo, y cuando Elizabeth se dispuso a subir, Dominick la detuvo. Se le estaba haciendo una pésima costumbre retrasar la ida de su amante.
—Usted es valiosa, lady Elizabeth, ¿volverá?
—Es probable que sí, cuando él no esté y si usted está…
Dejó un beso en los labios de ella y la ayudó a subir al lomo del animal. La vio partir y sin proponérselo, lamentó que lo hiciera por el futuro que le esperaba casada con semejante bestia.
Capítulo 6
Elizabeth no tuvo tiempo de pensar en nada más que en esa noche mientras regresaba a su casa sobre el caballo.
Era evidente que nunca había sentido un poco de felicidad al tener intimidad con su esposo, y la más triste de todas era que no la sentiría en definitiva. No era nadie para juzgar la experiencia de alguien, pero el barón Churston les hacía justicia a los amantes. Si bien no era tan joven como otros hombres que pululaban por ahí, sabía lo que él quería y lo que ella deseaba.
Lady Winslet le dijo que no mencionara nada sobre un heredero, pues aquello podía espantarlo. Ningún noble quería un hijo suyo proliferando por ahí. Estuvo a punto de decirle lo que necesitaba para que él no la echara de su casa. Quedó muy contenta con el resultado de la primera noche y aunque deseaba regresar a esa cama junto a él, lo más conveniente era que no lo hiciera. Si su esposo la descubría, era probable que la matara.
Dejó su caballo en las caballerizas. El mozo estaba dormido entre la paja esperando a que ella regresara. No hacía falta describir la mirada de alivio que el pobre joven le devolvió al verla llegar.
Agradeció con una inclinación y fue hacia la habitación, donde también la esperaba Adele, dormida en una otomana.
—Despierta, Adele —pidió Elizabeth. Tocó el brazo de la doncella y se acercó a su cambiador.
—¡Ha vuelto, milady! ¿Cómo le fue?
—Fue la mejor noche de mi vida —confesó con una sonrisa—. Desconocía que algo así pudiera ser placentero.
—Entonces usted irá con más frecuencia a ver al caballero.
—No, no, Adele. Si lord Midleton llegara a descubrirme, me mataría.
—¿Todavía cree que necesita un motivo para matarla? Lady Elizabeth, al menos, busque su felicidad —rogó Adele, ayudándola a cambiarse.
—Nada que haga a escondidas y que sea incorrecto es capaz de traer felicidad. Está destinado al fracaso.
—¿Entonces ir a buscar al heredero para su esposo está destinado a fracasar? ¿Eso es lo que quiere decir? Porque es al menos lo que me da a entender.
—Me confundo, no me hagas caso, Adele. En realidad, iría mil veces si voy a obtener lo que me ha dado esta noche. Lo que más anhelo es que haya quedado en cinta.
—¿No cree que es mejor asegurar?
Elizabeth quedó pensativa y quieta. Puede que su doncella tuviera razón para sugerirle que era mejor cerciorarse de que quedaría embarazado con otro encuentro. Meditó en esos instantes sobre la vergüenza que le provocaba volver a tocar aquella puerta para pedir tener coito.
En independencia a su vergüenza, el gozo era mayor. Su decencia no le ayudaba a superar sus penas. ¿Qué era un poco de felicidad entre tanta miseria? Estaría casada hasta que ella muriera, porque su esposo era inmortal. Sobrevivió a tres esposas, ella solo representaba un número más en la contabilidad del caballero. También significaba que ella era un número para el libertino con el que se acostó, pero lo sería con mil gustos por ser la luz en su oscuridad.
—Sí, desde luego. Iré en unos días para… ¡Qué me lleve el infierno! ¡Iré por placer! Que valga un irrisorio momento de felicidad mi intención de darle a este hombre un heredero. Quizá hasta suene perverso, pero quedo feliz al no darle un sucesor de su sangre, no lo merece.
—Viniendo de usted ni siquiera suena perverso, milady. Se refiere a él con tanto respeto. Si de mi lengua salieran las cosas…
—Estarías muerta, quizás como sus esposas.
Pasaron más de cuatro días del encuentro de Dominick con la condesa de Midleton. Había tenido invitaciones varias noches, sin embargo, se había quedado esperando por si aquella mujer necesitaba que la atendieran.
Pese a ser desagradable al inicio, a él le cautivó su entrega. Además que ella le habló sobre parte de su vida. No de sus vivencias felices, sino de aquellas que no le resultaban agradables.
—¿Y no es probable que su esposo le esté impidiendo salir? Pudo haber vuelto intempestivo —razonó el señor Chatham, amigo de Dominick.
—Lo dudo. La condesa dijo que él se había ido por varios días. Me sorprende que no haya regresado aquí —comentó con su copa que se movía entre sus dedos.
—Es probable que el amante de Londres también haya perdido su tan estimada reputación y no seas lo que esperaba la dama —provocó Paul Chatham a su amigo.
—Ni me he cuestionado mis capacidades. Con recordar su rostro es suficiente para darme cuenta de que talento tengo y que la edad me aportó experiencia.
—Un baño de humildad te vendría bien. Nadie sabe las razones por las cuales no ha regresado. Puede que lo haya meditado mejor, pero si vuelve sería muy bueno que la invitaras a otro sitio. Como te comenté, lo poco que sé sobre esa dama es muy poco. Sí he tenido encuentros con su esposo, y no es un hombre agradable, viejo, rechoncho y de mal carácter. Se casó demasiadas veces como para no escarmentar sobre que el matrimonio no era para él.
—Sus esposas están, evidente… —afirmó lo que iba a ser una pregunta.
—Sí, y esta mujer es la cuarta o quinta esposa, perdí la cuenta. Tu tía puede que sepa más de lo que yo soy capaz de contar.
—Olvídalo. No debería ocupar mi tiempo en una mujer y menos, casada.
—Deberías estar abandonando Londres para irte de viaje y comprar caballos de oriente.
—Lo sé, pero… —no pudo continuar. Tan solo suspiró.
No quería contar a viva voz que le preocupaba la suerte de ella. Por primera vez él había sentido interés en una de las mujeres con las que se acostó. El inconveniente era que al parecer ella era quien no tenía interés en él.
Elizabeth había llegado con su caballo hasta la residencia del barón Churston. Lo lamentable del caso era un carruaje aparcado frente a la residencia. Que incomoda situación si aquel coche pertenecía a otra dama. Decidió perderle la vergüenza al asunto y esperó a que el carruaje se retirara. Para su felicidad era un caballero el que se retiró.
Cruzó la calle llevándose al caballo de las riendas. Golpeó la puerta y aguardó paciente.
Dominick descendió de la planta superior al pensar que Paul olvidó algo.
—Disculpe si lo molesto, milord, ¿no tiene pensado salir?
Capítulo 7
Dominick no pudo evitar que una sonrisa se pintara en su rostro. Se hizo a un lado y la dejó pasar. Como la primera vez, el caballo esperaba que él se encargara de llevarlo a un sitio.
—Buenas noches, lady Elizabeth. Le daré un lugar a su caballo —indicó con amabilidad.
Ella le entregó una sonrisa y pasó hasta la casa. Vio dos copas que estaban servidas, una era del dueño de casa y la otra de su visita. Se paró en medio del salón para esperarlo. Al percatarse de que él terminó con su menester, se giró hacia él.
—Estuve esperando a que su visita se fuera… —comentó.
—Mi amigo intentaba consolarme por su prolongada ausencia.
—Le dije que era probable que regresa, pero no pronuncié cuando sería.
—Pensé que regresó su esposo… —confesó. Se colocó frente a ella y esperó a que aquella diera el primer paso.
—Le ruego que no lo llame ni con el pensamiento. No arruine mi felicidad. Comprendo que para usted soy tan solo una mujer más, pero no sabe lo feliz que me hace. Puede burlarse, pero es mejor que lo sepa. Si vengo aquí es por la compañía y por el trato que recibo.
—Conmigo tendrá el mejor de los tratos. Usted es delicada y bella…
—Aprecio sus palabras, son como agua para un jardín seco —musitó y subió su mano al rostro de Dominick para acariciarlo.
—¿Me permite escribir algo antes de estar a pleno con usted?
—Lo espero donde me diga. ¿Tiene vino en este lugar?
—El vino está en mi habitación.
Ella asintió. Ascendió por las escaleras hasta que Dominick la perdió de vista.
Corrió hacia un estante y de uno de sus cajones, quitó un papel. Agarró el tintero y se apresuró a escribir una disculpa para Paul. No asistiría con él a esa fiesta en la que lo invitó. No iba a dejar ir a la dama que estaba arriba por su amigo, luego la llevó hasta la cocina para que un lacayo se la entregara a su amigo.
Elizabeth buscó en el mueble la copa de vino y la botella, aunque no estaba segura de bebérsela. Prefería estar a pleno en el acto.
—¿No va a servirse? —indagó al notar que no hacía nada con aquellas dos cosas en su mano.
—No. Para beber alcohol está mi esposo. Asocio la bebida con huir del dolor y aquí no hay dolor.
—Sabe, usted me resulta un enigma. Me dirá que no tiene nada de enigmática, sin embargo, la estuve pensando e intentando comprender las razones por la que está casada con ese hombre.
—Se llaman deudas de familia. Mi padre no tenía más dinero, entonces me cambió por unas monedas. En lugar de que lord Midleton recibiera dinero de mi familia, fue él quien terminó pagando por mí. Desde ese entonces comenzó mi calvario. No se llega a imaginar, lo que es desear la muerte mil veces por estos años. No hay una salida, es hasta que la muerte nos separe, y sé que no será su muerte la que me librará, sino la mía.
—Pero si es tan joven, lady Elizabeth.
—Es lo más doloroso del asunto. Tengo demasiados años por delante, o al menos los que soporte. Soy alguien que no ve el futuro con esperanza y vive este presente como un escape. Cuando él vuelva, todo será gris y dependeré de mis fuerzas para vivir. Usted es mi única esperanza para mejorar mi vida…
Luego de decir aquello, Elizabeth se arrojó con ansiedad a los brazos de Dominick. Cuando le hablaba de esa manera, él quería consolarla. Se sentía en decadencia cuando escucha sus vivencias, parecía que le llegaban al corazón.
Él la consideraba demasiado hermosa, inteligente y buena, para un destino tan cruel como el que le había tocado vivir. Hablaba de la muerte casi sin temor, esperando que la tomara en sus brazos para calmar su pena.
—No piense en la muerte como la salida, estoy aquí para hacerla feliz —mencionó en un arrebato.
—No hay más razón que me traiga aquí, que su consuelo.
Lo ayudó a desvestirlo. Ella en esa ocasión decidió no guardarse ninguna expresión de su rostro para apreciarlo. Aquel maravilloso cuerpo desnudo no lo vería hasta su muerte.
También en ese tiempo, se aflojó la ropa para que la despojara y lo disfrutaría más que la primera vez.
—Haga conmigo lo que desee, lady Elizabeth, para eso estamos los amantes —concedió febril—. Mónteme como a su caballo y poséame como a su pertenencia más valiosa.
Para ella no hacían falta tantas palabras, con solo verlo era suficiente emoción para una mujer de sus carencias hogareñas. Tan condescendiente y servicial era su amante que no dejar esa casa, representaría una desgracia.
Ella hizo lo que el caballero pidió, lo convirtió en su esclavo, en uno fiel, obediente y gozoso. Se daba el gusto disfrutar de los besos y de las caricias que él le daba después de la intimidad.
—¿Ha sido un trueno? —preguntó Elizabeth, sentada en la cama luego de haber brincado por el susto.
—Es probable. El clima ha frustrado mis planes de invitarla a un paseo por algunos lugares desiertos de Londres.
—¿Por la noche? No es bueno que nos vean en Londres. No quisiera ser evidente. ¿No cuenta con alguna propiedad que nos permita privacidad?
—Deberá venir más temprano si quiere conocer una de mis propiedades cercanas. Tengo una laguna con cisnes.
—Siempre he querido alimentarlos. Ayúdeme con mis prendas, debo llegar a mi casa antes de que llueva. Si me enfermo no podré explicarlo.
Dominick se apresuró para ayudarla a vestirse, no quería que terminara enferma por su retraso.
—¿Cuándo quiere ir? —curioseó él al verla subir a su caballo.
—Yo vendré temprano… no sé cuando, pero lo haré… Hasta pronto, lord Churston.
—Dominick, por favor…
—Dominick…
Cuando la vio partir, pensaba en que quizás no tendría otra oportunidad de salir con ella. Una mujer de sus privaciones, era imposible que quedara libre para irse por unos días con él.
Elizabeth le parecía la mujer ideal. Era sincera, simpática y disfrutaba de la simpleza, aunque no podía apreciar en ella la felicidad.
***
Llegó a su casa con las primeras gotas de lluvia, corrió para dejar al caballo y subir a su habitación. Su cabello parecía un nido de pájaros por el ajetreo.
—¡Oh, milady, estaba preocupada de que la tomara una tormenta!
—La única tormenta que me atacó fue el barón Churston —refirió, sonriente—. Pienso ir con él a una de sus propiedades. Solo necesito saber de los movimientos del conde. Que alguien me asegure que se encuentra donde dice estar.
—Yo puedo averiguar si gusta.
—También hazlo por tu parte. En cuanto tengamos algo preciso me presentaré a la residencia de él para el paseo.
Capítulo 8
Esa información la pudo recabar con exactitud dos días después. Elizabeth se vistió con elegancia para su noche. Pensaba en la mejor forma de salir sin ser reconocida. Con sus elegantes prendas cualquiera la reconocería. Al mirar a su doncella haciendo los quehaceres en su habitación tuvo la brillante idea de vestirse como ella para pasar desapercibida. Llevaría sus prendas en un bolsón de hilo.
—Adele, te pido que me prestes tus prendas —dijo con solemne—. No me reconocerán con ella.
—Por supuesto, milady. Le traeré unas que estén limpias —acató, risueña su doncella.
—En un bolsón, deseo que guardes una prenda sencilla y unas joyas. Voy a lucir lo que tengo para otro caballero.
La muchacha asintió y se apresuró para cumplir la encomienda de su patrona. Ambas estaban emocionadas contando los días para que ocurriera aquel paseo. No había visto a Elizabeth tan entusiasmada en los años que llevaba trabajando para ella.
Una vez que la hubo ayudado a vestirse como criada, pudo apreciar que incluso de esa manera se veía como una gran señora.
—No olvide la cofia, milady. Camine con la cabeza abajo, de esa forma nadie la reconocerá.
—Eso haré. Tu ropa huele a libertad.
—Entonces la libertad huele a jabón…
Elizabeth hizo lo que su doncella le dijo. Caminó por el largo trecho hasta la residencia de Dominick con la cabeza agachada.
Dominick no se había movido de su residencia aguardando noticias de su amante de turno. Aquella lo hacía desearla. Ni siquiera podía escuchar el viento entre golpeando su puerta, pues él creía que era ella.
Se pasaba esos últimos días, sentado en el sillón de su sala. Un libro, un poco de tabaco y brandi lo ayudaban a superar su espera.
Escuchó unos golpes en la puerta, y juró por su vida que era de Elizabeth. Al abrir su puerta, su rostro era indescifrable. Lo que parecía una doncella cabizbaja, estaba parada.
—¿En qué puedo ayudarla? —indagó, confuso.
—¿No reconoce mi perfume? Yo reconozco su brandi… —declaró Elizabeth, levantando la vista.
—¡Lady Elizabeth! —exclamó, sonriente—. Llevo esperándola días, parecía interminable.
—Me dijo que viniera temprano, y eso hago. No podía aparecer con mis prendas de dama o sabrían que lo visito —dijo. Pasó a su lado y le mostró sus mudas—. ¿Podría cambiarme?
—Es su casa, milady…
—Elizabeth…
Al escuchar mencionar su nombre, sonaba hasta prohibido para él. Su expectación con ella era terrible.
—Prepárese, Elizabeth, iré por mi cochero.
Ella lo hizo con rapidez. Tener a Dominick tan cerca sin poder llevarlo a la cama era una tarea difícil. Deseaba sentir que la recorría entera y que la seducía en cada paso.
Para cuando él regresó no quedaba vestigios de la criada que llegó a su casa. Estaba ataviada con un vestido dorado y unas perlas en el cuello. Quería sacarle aquellas prendas y convertirla en su amante por unos instantes.
—Es hermosa, Elizabeth, un verdadero desperdicio… —confesó, sin poder ocultar su frustración por su estado.
—Sonó un tanto brusco, Dominick.
—Es un desperdicio porque no me pertenece…
—Por horas le correspondo y creo que es lo único que nos queda.
Esa sonrisa indolente que le entregó Elizabeth después de decirle aquello, le hacía presumir que ella estaba tan interesada como él en su persona.
Subieron al carruaje con rumbo desconocido.
Ellos conversaron un gran trecho del oscuro camino. Ella le contó sobre su vida de soltera y sus hábitos perdidos, mientras él le contaba sobre sus absurdas anécdotas de libertino.
—Treinta y ocho años… —dijo ella impresionada—. Y no se ha casado. Un caballero como usted debería tener un heredero para su título y sus propiedades.
—Soy sentimental, Elizabeth. No me casé porque no encontré con quien hacerlo.
—¡Eso no es posible! El desperdicio es usted. Soltero, adinerado y buen amante —resaltó, incitante.
—Sí, pero no apareció. Pensé en este último año, irme de Inglaterra. Viajar y comprar caballos para criar.
—Lord Midleton tiene muchos caballos que vende, al menos es lo que me cuenta su administrador, porque él no me habla y lo agradezco mucho.
—¿Por qué no ha huido, Elizabeth? ¿Qué le impide hacerlo?
—No tengo apoyo de nadie. Además, me encontraría y eso sería todo. No me mataría al instante. Primero me golpeará, después me violará y si tengo suerte sobreviviré.
—Elizabeth, puede que sea precipitado, pero si desea huir, yo le prestaré la ayuda. Es demasiada mujer para ese bastardo, no he convivido con él, pero siento que lo odio.
—Lo odiamos entonces. Le agradezco mucho esas palabras. No pensé que existiera nobleza en un libertino. Quizás juzgué con dureza.
Él asintió en una concesión de lo que dijo. Sabía que los libertinos carecían de buena reputación.
—Es muy entrada la noche, pero lo primero que haremos, será ir a la laguna —alegó Dominick, ayudándola a bajar.
—No estarán despiertos los animales para alimentarlos.
—Eso no importa…
Ella lo tomó del brazo y caminó junto a él. La paz que sentía en aquel tiempo era gracias a la decisión que tomó de buscar a un hombre que le donara su simiente sin saberlo. Se sentía mal al utilizar a Dominick para esos fines, pero sería parte del ciclo de la vida de un amante. Ella jamás olvidaría las noches felices. Un hijo de aquel hombre, sería un perfecto regalo y su gran amor eterno.
Escuchaban a los patos escondidos entre los matorrales junto a sus crías. Elizabeth no dejaba de tener un rostro de felicidad y Dominick lo disfrutaba. Cuando caminaban en aquel agradable silencio para escuchar la naturaleza, él no dejaba de apreciarla. Si él hubiera estado en el mercado matrimonial tres años atrás, sin dudas ella sería la escogida, sin embargo, prefirió seguir persiguiendo a sus placeres. Elizabeth era la mujer a la que él muy probablemente, esperaba y que con desdicha estaba casada con un abusador.
—¡La luna se ve mejor aquí que Londres! —expresó Elizabeth, señalando la luna.
—Aquí muchas cosas se ven mejores que en Londres. ¿Ha salido a bailar en los jardines alguna vez?
—No, no bailo con nadie. Tan solo voy a los bailes para mirar danzar a los demás…
Dominick cogió por sorpresa a Elizabeth de la cintura y la hizo bailar una danza imaginaria.
—¡Dominick! —exclamó, asombrada.
—Bailará conmigo, Elizabeth.
—Estaré encantada. Esta noche es inolvidable…
Capítulo 9
Cómo había disfrutado de aquel baile y de esa noche en la casa de piedras blancas del barón. Lamentó tener que subir a ese carruaje para ser devuelta a la pesadilla que era su vida.
Le había costado mucho despedirse de él, lo besó intensamente hasta casi dejarlo sin aire. Era de madrugada cuando llegó a su casa y se recostó en la cama.
No sabía si sentía felicidad o tristeza por lo que acontecía en su vida. Dominick era demasiado perfecto para ser real. Sus palabras dominaban su sentir y su vivir. Pasar de ser una mujer sin vida, a convertirse en una que no hacía más que estallar de felicidad.
Por aquellos ratos de felicidad era capaz de pensar hasta en el homicidio de su esposo. Pero era ridículo, no iba a ensuciarse las manos con él.
—Ha vuelto, lady Elizabeth. Qué contenta me pone —comentó su doncella al encontrarla despierta y en su cama.
—No he dormido nada. Adele, pienso que tengo sentimientos hacia mi amante.
—Milady, es bueno que tenga ilusiones, pero sabe que un hombre que complace a las mujeres.
—¿Será que a todas las lleva a un lugar, las hace bailar y después se acuesta con ellas?
—No sé si a todas.
—Me siento feliz y miserable.
—¿Por qué?
—Me siento feliz porque fue quizás otra noche adecuada, pero mi miseria es absoluta. Estoy sangrando… —contó, triste—. No he quedado en cinta.
—Oh, milady, es probable que no haya sido el momento acertado, pero apenas deje de sangrar, deberá intentarlo.
—No sé si para ese momento mi esposo regresará. ¿Cómo me encontraré con él si no puedo salir?
—Qué Dios permita que milord no pueda volver pronto. Que llueva y haya inundaciones en los caminos.
Para Elizabeth era muy frustrante la situación. Después de su apasionada noche con Dominick y después de llegar, se dispuso a dormir, más sintió que algo se le iba escurriendo entre las piernas. Era la sangre que correspondía a su mes.
Tendría que tener más tiempo para embarazarse y no sabía si podía conseguirlo.
Pasaron más de cinco días desde el último encuentro entre ellos y Dominick trepaba por las paredes de su casa sin encontrar sosiego por la desaparición de su preciosa amante Elizabeth. En medio de su desesperación, acudió a la invitación de lady Winslet a una tarde del té.
Su tío lord Winslet era un despistado completo. Lo había visto llegar, lo saludó y lo acompañó hasta la sala del té donde lo recibiría su tía. No se había quedado para el té porque tenía muchas cosas que hacer, le dijo.
—Es bueno que lord Winslet no esté, la edad lo pone un poco desatento, querido —comentó. Asió la taza de té y se la llevó a la boca—. Eso de que tiene cosas que hacer, son patrañas, duerme en el salón.
—Está viejo mi tío.
—Ambos estamos muy viejos.
Dominick se llevó el té a la boca, lo sorbió y se quedó mirando al vacío.
—¿Qué te ocurre, Dominick? Estás ausente.
—No puedo ocultarlo y seré franco con usted. ¿Tiene información sobre lady Elizabeth? Necesito saber si está con vida o…
—Querido, tengo un informante en su casa. Ella está indispuesta como toda dama lo está cada mes. Dudo que vaya a buscarte en esas condiciones. Siendo tú su amante, sería inútil que fuera junto a ti.
—¿Está segura? ¿Podría enviarle un recado por usted?
—No comprendo tu interés en lady Elizabeth. Es como otra de tus mujeres.
—No, ella no lo es. Encontré a la mujer que buscaba, pero está casada.
—¡Dios bendito, Dominick! —exclamó lady Winslet por la confesión de su sobrino.
—Su esposo es un estorbo que solo existe para maltratarla. Deseo su muerte de manera prematura y de una forma en la que sufra mucho por cómo ha dañado a Elizabeth.
—No intervengas en conflictos que no te corresponden, cariño. No tienes esposa, ni hijos, no deberías involucrarte sentimentalmente con alguien con quien nunca podrás formalizar algo.
—Puede que esté demente, pero deseo ser el amante de esa mujer para siempre si no logro que su esposo se muera —declaró vehemente.
Lady Winslet comenzó a preocuparse desde ese momento por el estado mental de su sobrino. Era capaz de cometer una tontería por Elizabeth. Aquella era una mujer muy sufrida, pero no podría romper el yugo en que se encontraba. Pese a que no quería que él sufriera algún ataque por parte del malvado conde de Midleton aceptó llevarle a Elizabeth el recado. No había pensado tampoco en las implicancias de haberle pedido de favor a su sobrino que ayudara a esa dama.
Después de que Dominick se retirara de su casa, lady Winslet salió para hacerle llegar lo que le pidió con tanto ahínco.
—Lady Elizabeth, ha venido lady Winslet a visitarla —anunció Adele.
—¿Sin una carta antes?
—Sí, milady. No parece que se vaya a quedar a tomar el té con usted.
Elizabeth estaba extrañada por la visita de la dama.
—Lady Winslet, sea bienvenida —saludó ella con una reverencia.
—Lady Elizabeth, es un gusto ver que sus moretones han desaparecido.
—Sí, siéntese por favor.
Lady Winslet se sentó al igual que lo hizo Elizabeth. Ambas se miraron expectantes.
—Vine a petición de mi sobrino —reveló—. Está muy preocupado por usted...
Ella se llevó ambas manos al pecho por la declaración de lady Winslet.
—Lord Churston… —dijo en un suspiro.
—Me ha dicho que no lo deje, que él la esperará, pero que desea saber de usted al menos por cartas.
—No puedo olvidarme de él, pese a que han sido infructuosas mis visitas, lo seguiré haciendo por lo extraño. Aprecio al barón más de lo que debería y es un pecado porque no soy libre para que me corteje. Siento tanto contarle de mis desventuras con su sobrino siendo yo una mujer casada.
—Elizabeth querida mía, ¿sabes que si tu esposo se entera puede matar a Dominick?
—Me matará primero y se conseguirá otra esposa que le dé herederos. Aunque quizá él no quede exento de una persecución.
—En qué lío los he metido a ambos. Soy la única culpable de este sentimiento imposible del cual están siendo víctima. Haz lo que te dije, ten a ese heredero y aléjate de mi sobrino por su bien.
—No puedo hacerlo porque es parte de mi felicidad, prometo no poner su vida en riesgo, ni si me tortura lord Midleton me sacará su nombre.
Capítulo 10
Elizabeth suspiró después de que lady Winslet se hubo ido. Sin quererlo, aquella visita abrió una luz de esperanza en su corazón, de ser algo más que solo un amante de turno para el barón Churston.
Moría por ir a los brazos de ese hombre. Estaba enloquecida, cegada por el éxtasis de su compañía y de sus palabras que eran como un calmante para su corazón sufrido.
Le habían supuesto pocos encuentros para que se enamorara de él y de su encanto. Caería por aquel en cualquier abismo, no iba a perder nada. Su matrimonio era despreciable desde donde se lo viera. La idea de huir era cada vez más tentadora, sin embargo, no estaba tan segura de dejarse llegar por completo. Si estaba en riesgo la vida de su amante, ella se alejaría por su bien. Nadie debía pagar por su estratagema para darle un heredero a su esposo.
Esperó a que fuera muy tarde para salir e ir a la residencia de Dominick. Estaba más que dispuesta a pasar la noche con él.
Sabía que su tiempo de felicidad se acortaba, pero no lo desperdiciaría hasta que regresara a su vida normal. Mientras iba por la calle sobre su caballo, escuchaba a lo lejos una orquesta que tocaba en alguna elegante fiesta. Damas y caballeros danzando de un lugar al otro. Su sueño había sido bailar en un salón, sin embargo, se vio en la necesidad de abandonar sus sueños porque se casó con alguien que no deseaba siquiera su compañía. Desde el primer día le había dejado claro lo que pretendía de ella. Con los años, los maltratos empeoraron y él pareció perder la poca paciencia que le quedaba.
Cuando Elizabeth divisó la residencia de soltero de Dominick sonrió, aliviada. Dejó su caballo y se acercó para golpear. No obstante, la puerta se abrió con brusquedad.
—Elizabeth, la he visto llegar —mencionó Dominick que respiraba agitado.
—¿Ha estado espiando por las ventanas?
—Llevo días haciéndolo. Mi lacayo se encargará de su caballo, pase.
Ella obedeció y caminó hasta el centro de la estancia. Fue tomada por sorpresa en brazos de Dominick y ella no puedo resistir, cediendo ante sus atenciones.
Elizabeth se alejó un poco para acariciar su rostro y hablarle mirándolo a los ojos.
—Mi querido Dominick, he recibido la visita de lady Winslet que me ha dado su encargo. Está muy preocupada por usted al igual que yo, porque no veo una salida a la situación a la que me enfrento.
—Elizabeth, tan solo no desaparezca de esta forma. Pienso en que él volvió y…
—Lo hará y es muy probable que ocurra lo que piensa. Hágame feliz solamente como usted sabe hacerlo. ¿Qué es un poco de felicidad para un condenado?
—Déjelo, yo me comprometo a ayudarla.
—Qué generoso, pero su vida corre peligro. No deseo que le pase algo, si algo le ocurre, me moriría… —confesó. Lo agarró de las mejillas y plantó un beso en sus labios.
—Piense en usted, yo puedo defenderme. Elizabeth, estoy enloqueciendo por estar a su lado. Es la mujer que estuve esperando para dejar esto que me entretuvo por años. Esta no es vida.
—Dominick, si pudiera retroceder el tiempo, haría lo que fuera por ser su esposa, pero es tarde para nosotros. Nos queda esta fantasía de ser amantes, aunque con el tiempo se convierta en dolor y soledad. No sabe la razón que me trajo a su puerta el primer día y si lo supiera, no pensaría que soy la mujer adecuada.
—No importan los motivos…
—Importan mucho. Es arriesgado, pero contaré esta verdad por usted lo merece —se pausó antes de continuar—. Lady Winslet me hizo ver que la única manera en que se aplacarían los abusos de mi esposo era con un heredero porque es lo que me exige. Primero no quise aceptarlo, pero pensé en mi bienestar y en que mi vida mejoraría. No espero comprensión de su parte por mis actos, porque lo utilicé para mis fines, y si bien no he quedado en cinta, quisiera hacerlo y no para darle un heredero a ese desgraciado, sino para yo quedarme con algo de usted…
Él parecía confundido y aturdido por su confesión. No lo había esperado, pero de su tía podía venir cualquier cosa. Convencer a una mujer desesperada por los maltratos de su esposa con esa solución era entendible. Sin embargo, se cuestionaba si deseaba que sangre de su sangre se quedara en manos de aquel hombre, tuviera su apellido y heredara su dinero, quedando el verdadero padre al margen y sin un heredero para su título.
—Oh, Elizabeth, la desesperación es una pésima consejera, más su sinceridad es su mejor arma para conseguir lo que esperas. Haremos lo siguiente… —dijo y pensó por un segundo en su propuesta—. Si concebimos a un niño y no se avizoran mejoras, abandonará a su esposo para vivir en la clandestinidad conmigo. ¿Ha pensado en que necesito mis propios herederos?
—Sería un bastardo porque no podría casarme con usted por estar casada.
—No importa, pensaremos en eso después. No sé si necesito meditar esto con más calma… Estoy aturdido por mis sentimientos, por los tuyos y por los problemas que aún no surgieron, pero que prometen hacerlo.
—Piense, piense mejor. No arriesgue su vida es muy valiosa.
Dominick estaba en una verdadera encrucijada entre ceder ante la confesión de Elizabeth para darle un hijo para su esposo o negarse a hacerlo y que ella en su desesperación fuera a otro sitio a buscar lo que se le había negado. Jamás creyó que su última mujer sería una espina que se clavaría en su corazón y que lo pondría a pensar en cómo acabar con otro ser humano.
Intimaron aquella noche y otras más. Dominick había decidido seguir para que la vida de Elizabeth fuera a mejor, pero no abandonaba sus pensamientos de hacerla huir, porque dudaba que el esposo tuviera un cambio radical en su vida tan solo por el heredero.
Una de las noches, la buena suerte de los amantes, acabó. Lord Midleton había vuelto por la noche y más enfurecido que nunca. Peleó con uno de sus socios de negocios y lo amenazó con retirar su apoyo para los corrales de caballos de competición que tenían.
Elizabeth ignoraba que su esposo estaba en el recibidor de su residencia. Ella se había emperejilado para un encuentro con Dominick. Cuando bajó las escaleras, su esposo la vio dirigiéndose a la cocina vestida con elegancia.
—Buenas noches, ¿me has extrañado, Elizabeth? —pronunció esa voz que la dejaba petrificada cada vez que la escuchaba.
Capítulo 11
—¿Estás tan arreglada para mí, Elizabeth? —interpeló, mirándola deseoso.
Ella aún no podía articular palabra. Estaba asustada de que pudiera descubrir que no estaba arreglada para él, sino para otro.
—Lord Midleton, sea bienvenido a su casa —dijo al fin, fingiendo una sonrisa.
—¿Cómo va todo por aquí? Quiero saber si no has quedado embarazada. Te he dado tiempo.
—No, milord... He sangrado hace poco más de una semana...
—Otra pésima noticia —gruñó, molesto—. Haz que me sirvan la cena, después sube a la habitación.
—Sí, milord... —aceptó.
Ella apuró el paso para llegar hasta la cocina. Se llevó dos dedos a la boca y se los mordió por lo que significaba tener que ir a la habitación.
—¿Qué ocurre, milady? —preguntó su doncella al verla con lágrimas a punto de escapar de sus ojos.
—¡Ha regresado, está hambriento y quiere que me vaya a la habitación! —expresó, exaltada.
Adele no sabía cómo consolar a Elizabeth. Lo único que le quedaba era buscar una botella de vino en la bodega.
—Iré por el vino, lady Elizabeth, lo siento mucho...
Pidió en la cocina que le sirvieran el almuerzo a su esposo. Ella se sentó y lo escuchó mientras le contaba lo terrible que había sido el final de su viaje. Le hablaba y él bebía al igual que ella. Por cada frase que él decía, bebía una copa.
Su desazón era terrible porque sabía qué ocurriría con ella.
—Sube, Elizabeth. Fumaré antes de ir —mandó.
Hizo lo que le dijo, subió y detrás de ella fue la doncella con la botella de vino. La que se bebió en la mesa era de la cena.
Agarró el dosel y pareció desintegrarse por la tristeza que la consumía. Aún no la había penetrado y ella sentía que estaba muriendo.
—Por favor, milady...
—Tan solo espero que no me golpee mucho, a Dominick no le gustan esas marcas, lo percibí en su rostro.
—Le avisaré a Lord Churston que su esposo regresó... —dijo la doncella antes de pasarle una copa llena.
—Hazlo.
—Adele, lárgate de aquí y llévate esa botella. Tú eres quien alcoholiza a mi mujer —expresó molesto el conde.
—Sí, milord —acató y salió deprisa con lo que me dijo.
—Me desagrada verte borracha, Elizabeth, pero más me desagrada que seas inútil. Abre las piernas —mandó.
Elizabeth se recostó e hizo lo que le pidió. Al sentir su violenta entrada, gruñó de dolor, el resto parecían puñaladas que la estaban matando. Le dolía más que antes de haber estado con Dominick. Después de haber tocado el cielo con su amante, estaba tocando el infierno otra vez con su esposo. Se sintió desfallecer cuando recibió una bofetada del conde para que abriera los ojos y lo mirara.
—Siempre tan deliciosa, Elizabeth —la halagó, burlón—. Acostarme con un cadáver quizás tenga un poco más de sentido que tú.
Él se retiró de la entrepierna de ella y se subió el pantalón para luego irse de la habitación.
Ella parecía muerta. Miraba al techo de la habitación, perdida en su confusa mente. Agradecía no haber sido golpeada con mucha fuerza, pero no evitaba sentirse sucia por haber sido poseída por aquel. Cada vez le costaba más esfuerzo. Pronto no lo soportaría y moriría del asco si no se embarazaba.
***
Dominick fue informado por la doncella en una de sus idas al mercado. Pasó por la casa y le contó que el conde regresó. La muchacha del servicio no le quiso brindar muchos detalles, pero al final logró sacarle más de lo que debió.
No solo le contó que volvió hacía ya unos cuatro días y que desde que llegó no hacía más que violar y golpear a Elizabeth.
Estaba ciego de odio al saber aquello, pero, ¿qué podía hacer él en su calidad de amante? ¿Cómo podría acercarse a ella sin que su esposo sospechara de algo?
Entre que lo pensaba y recibía más información, mayor esa su desesperación por ella. El conde no la dejaba salir ni a la modista.
Pasaron las semanas y llegó a cumplirse un mes sin ver a Elizabeth. Sabía que estaba con vida, pero necesitaba verla. Habló con Paul Chatham para que lo apoyara en su mentira sobre una supuesta compra de caballos que deseaba del conde de Midleton. Aquella era la mejor manera de saber personalmente lo que ocurría con su amada.
—Esta es la casa, Dominick. Ten cuidado, es un hombre violento. Debemos parecer muy interesados —recomendó su amigo.
—Soy muy interesado en saber de ella —dijo. Le enseñó el arma que llevaba en el pecho a Paul.
—¿Estás demente, Dominick? No entrarás a matar a nadie.
—Sí, veo que Elizabeth está muy mal no lo dudaré.
—No la ayudarás desde la horca, piénsalo bien...
Dentro de la residencia, Elizabeth estaba con terribles malestares. Ella suponía que debía ser por el retraso que tenía en su regla. Podía asegurar que dentro de ella, crecía el hijo de Dominick. Aún no se lo había dicho a su esposo porque no estaba segura del todo.
—¡Lady Elizabeth! ¡Dios mío, milady! —entró la doncella, exaltada a la habitación.
—¿Qué ocurre?
—Lord Churston está abajo acompañado de otra persona.
—¿¡Cómo que está abajo!?
—Sí. El caballero con el que vino, solicitó ver milord. El barón me hizo unas señas cuando me vio y por eso se lo vengo a contar.
—Necesito, verlo aunque sea de lejos.
Ella se colocó bien las prendas para verlo al menos desde las escaleras. Cuando lo distinguió parado en su recibidor, no pudo evitar que le salieran lágrimas. Aquel mes era infernal.
Él miró hasta la mujer que lo miraba desde la baranda. Vio su rostro golpeado, con aquellas marcas que lo disgustaban. Cuando iba a caminar hacia donde ella se encontraba, su amigo lo detuvo.
—Caballeros, ¿en qué puedo ayudarlos? —preguntó el conde de Midleton.
—Buenas tardes, milord. El barón Churston y yo estamos interesados en los caballos que tiene usted. Lamento que uno de sus asociados quiera vender su parte del negocio... —dijo Paul—. Queremos ser sus nuevos socios...
—¡Oh, qué noticia! Aquel señor Rommers no era digno de mi confianza. Pasen a la biblioteca, conversaremos un poco.
—Los alcanzó en un minuto. Olvidé algo importante en el carruaje —se excusó Dominick.
—Vaya, lo esperaremos adentro para conversar...
Dominick asintió y fingió salir. Cuando vio que su amigo y el marido de Elizabeth desparecieron, corrió hasta las escaleras para estar con ella.
—¿Qué le ha hecho, Elizabeth? —preguntó, acariciando el rostro de ella.
—Es mejor que no lo sepa, aunque lo supanga. Lo único que puedo decirle de bueno, es que siento que he quedado en cinta.
—¿Es nuestro?
Ella asintió.
—Voy a matarlo y nos vamos juntos.
—¡No! ¿No hay otra forma?
—La otra forma es la legal, un duelo... —afirmó.
—No pienso arriesgar a que lo maten.
—No hay opciones, Elizabeth. No puedo saber que siga aquí. Si le vuelve a poner un dedo a usted o a mi hijo, se arrepentirá.
—Sé que la única opción es su muerte...
—Hay personas que pueden hacerlo por mí...
Capítulo 12
Dominick soportó aquellas horas de tortura junto al esposo de Elizabeth. Era un hombre que conocía de caballos, pero no sabía nada de cómo tratar a una mujer tan delicada como ella.
La noticia de que estaba embarazada más que alegrarlo, lo consternó. No podía dejar a esa mujer y al hijo que engendraron juntos, en las manos de aquel bárbaro.
Como último favor, le pidió a su amigo Paul que lo dejara en Whitechapel, debía encontrar a alguien que estuviera dispuesto a asesinar a un noble. Si Elizabeth no deseaba que él estuviera en peligro, le pediría sus servicios a alguien que los prestaba.
Debió ser cuidadoso en sus preguntas a la gente del barrio. Utilizaba las palabras “escarmiento" y “lección” para buscar a los adecuados. Llegó hasta un lugar muy apartado, casi junto a las coladeras de Londres. Dos hombres sentados sobre cajas de madera, masticando lo que parecía ser paja en sus bocas. Le parecían menos repulsivos que el conde de Midleton.
—Disculpen, pero me han enviado junto a Águila y Halcón... —dijo sin mucho rodeo.
—Mira, Halcón, un noble y es uno que no tiene miedo del vecindario...
—Es evidente que viene para ajustar cuentas con otro noble...
—Es así, señor Halcón.
—¿Y en qué quisiera que lo ayudemos nosotros?
—Quiero que maten a un noble —respondió al que se hacía llamar Águila.
—Eso le costará una pequeña fortuna —mencionó.
—Estoy dispuesto a pagar lo que fuera, pero quiero que parezca un asalto.
—¡Es nuestra especialidad! —exclamó Halcón.
—Deseo que me sigan a donde vaya, les daré la señal de cuándo acabar con ese hombre. Investiguen al conde de Midleton para no caer en un error.
Él salió complacido de aquel lugar. Pronto Elizabeth y su hijo se verían libres de aquella lacra.
Cuando Adele podía escapar de la casa le llevaba recados a Dominick sobre la situación en la residencia. En los últimos días el conde estaba muy concentrado en sus negocios, por lo que no se acordó de golpear a Elizabeth. Ella con sus malestares no podría resistirlo porque el embarazo no le sentaba muy bien. Además había dejado de beber por el bienestar de su hijo, aunque eso significara que los golpes dolieran más.
Los hombres que contrató Dominick lo seguían a cada paso que daba, cualquiera era el momento ideal para llevar a cabo su maléfico plan. Tenía el lugar exacto donde caería muerto.
—Elizabeth, ¿por qué no has bajado a cenar? —increpó su esposo al verla recostada en la cama.
—No me siento bien.
—Ahora aparte de inútil eres débil. Baja que no quiero cenar solo —dijo. La tomó del pelo y le dio unas bofetadas.
—¡No me golpee, estoy embarazada! —exclamó para salvarse de una golpiza.
—¿¡Embarazada!? ¡Al fin! —expresó. Le acomodó el cabello para que quedara un poco presentable después de haberla tomado de manera violenta—. ¡Qué buena noticia! Aunque no debo alegrarme demasiado, si es una niña, habrás fracasado otra vez.
Elizabeth se sintió desfallecer con aquellas palabras. Ni su embarazo la salvaría si llegara a tener una niña. Aquello había sido todo. Decidió tomar la palabra de Dominick y huir.
—Por tu bien, reza para que sea un niño, Elizabeth —le recomendó él—.¡Hoy beberé brandi del mejor! Yo pienso que será un varón.
Después de que él se retiró de su habitación, ella se quedó desolada. Rogaba porque apareciera su doncella para mandarla a la residencia de Dominick y que le diga que había tomado la determinación de salir de aquel infierno e ir con él hasta los confines del mundo.
—Adele, necesito con urgencia que vayas a la residencia de mi querido Dominick. Dile que mi estado no me deja hacer mucho, pero que estoy dispuesta a irme con él cuando lo disponga. Deseo que sea a la brevedad.
Luego de pedirle ese favor, le contó lo que conversó con su esposo, y la doncella le apoyaba.
Salió en medio de la noche y se presentó en la residencia de soltero del barón. Él parecía siempre estar pendiente de aquella puerta. Antes de que ella tocará, le abrió.
—¿Qué dice, Elizabeth? —interpeló con prontitud.
—Que dejará a su esposo y desea que la busque pronto. Admite que fue un error creer que mejoraría su vida con un embarazo, pues milord le dijo que rezara para que fuera un niño porque de lo contrario le iría mal.
—¡Desgraciado!
—Ella no puede venir porque apenas tiene fuerzas. No sé cómo hará para huir. No soportará un viaje.
—Ese es un problema, pero entre, pensaré en algo. Desde que conozco a Elizabeth me he vuelto un prodigio de las ideas.
Estuvo pensando en la mejor manera de sacar a Elizabeth de la casa, pero encontró que eso no era posible, por lo que debía sacar al esposo del lugar y llevarlo a dónde se encargarían los hombres a quienes les pagaba.
La estratagema era sencilla. La doncella escondería a Elizabeth en su habitación, pero antes de esconderse haría una carta y desaparecería sus prendas para que pensara que se fue con otro hombre. Momento en que la muchacha del servicio usaría una prenda para fingir ser Elizabeth y subir al carruaje en el que estaría él junto con Adele, lo llevarían a la trampa que estaba camino a su propiedad y ahí se encargarían de matarlo.
Todo estaba muy calculado para que pudiera salir mal. Elizabeth debía estar segura para que ese hombre no tomara acciones en su contra, por eso debía estar muerto.
Adele regresó a la residencia con esas instrucciones. Cuando se las dijo a su patrona, ella pareció aliviada y segura. Se alegraba de que pudiera librarse de tantos años de infelicidad.
—Entonces es mañana. Tan solo me queda un día siendo la esposa de este miserable. ¿Quién dice que todas las muertes son tristes? Algunas cambian el mundo de los demás y lo convierten en maravilloso.
—Milady, tiene que estar concentrada para que todo salga como lo espera el barón. Preparará su carta y yo me vestiré de usted para que se crea el señuelo y me persiga en el carruaje.
Capítulo Final
El día de la huida llegó y Elizabeth pensaba en mantener la calma y soportar el tiempo que le quedaba junto a él. Las manecillas del reloj parecían moverse más lento que nunca. Ni siquiera se ponía meditabunda sobre su futuro. Estaba abandonando un matrimonio por una pasión desenfrenada o por un amor tal vez. Lo sabría con el tiempo, pero de algo estaba segura, que Dominick jamás la ultrajaría. Él era un caballero en toda su ley, incapaz de maltratar a una dama.
Como era el amante de Londres, él se dedicaba a hacer feliz a las mujeres, y con ella había encontrado lo que buscó para alejarse del libertinaje. Quizás resultara ser una elección inconveniente para un soltero codiciado como él, aunque se animaba a correr el riesgo.
Su esposo no preguntó por ella durante todo el día, aquel estaba meditabundo con el tabaco en medio de sus dedos. Cuando la noche casi se hizo presente Elizabeth se dispuso a escribir la carta. Tenía el tintero sobre el escritorio y la pluma empuñada para la escritura. Había colocado que huía con su amante el barón Churston. No deseaba estar cuando leyera la carta.
—¿A quién le escribes, Elizabeth? —increpó el hombre, arrebatándole el papel de las manos.
No dudó en leer que iba dirigido a él con una tenebrosa confesión.
Elizabeth se levantó, asustada y se escondió detrás del dosel de la cama.
—¡Tienes una amante, ramera del demonio! —exclamó preso de la ira en contra de ella.
Se subió a la cama porque él la tenía acorralada. Si se dejaba agarrar esa sería su muerte segura.
—¡Voy a matarte, eres la peor de todas las esposas que tuve! —gruñó intentando tomarla.
Saltó de la cama e intentó huir, sin embargo, aquel le agarró del cabello y la arrojó al suelo. Él no se detuvo a cuestionar nada, la golpeó con ferocidad en el rostro y luego en el estómago.
Un alarido de dolor que ella emitió fue lo que alertó a la doncella que estaba en la planta inferior, rumbo a la habitación para continuar con el plan que había trazado el barón.
Subió apresurada las escaleras para saber lo que ocurría. Al ver que su patrona estaba siendo golpeada, no dudó en coger un candelabro y pegarle en la cabeza. El barón aulló en el suelo tomado del lugar donde recibió aquel traicionero golpe.
Adele ayudó a que Elizabeth intentara incorporarse. Aquella ya carecía de fuerza para alguna cosa. Sus piernas languidecían por la debilidad y el maltrato, pero no deseaba morir ahí.
Sacó fuerzas de donde no las tenía y se aferró a la criada.
—Dejemos todo, milady, debemos huir sin dudarlo, la matará y ahora es seguro que lo hace.
—Vamos a casa de Dominick, al menos si moriré quiero ser feliz mientras lo hago.
Mientras bajaron la escalera, escucharon un disparo que iba dirigido a ellas. El pánico se apoderó de ellas para escapar con mayor rapidez. Fueron hasta la caballeriza y tomaron el primer caballo que vieron.
Subieron a su lomo y partieron rumbo a la residencia de Dominick.
—¡Maldita! Prepara el carruaje y llama al cochero, iremos por mi esposa —mandó al asustado mozo que lo miraba cuando él se tocaba la ensangrentada cabeza. El arma en la mano era lo que más miedo le daba.
Con la brisa fresca del anochecer y las lágrimas bañando su rostro, Elizabeth se dio cuenta de lo cerca que estuvo de tener lo que deseaba: la muerte. De forma literal, ella no sabía lo que en realidad significaba la muerte, pero le asustó mucho, y aunque no estaba fuera de peligro, se regocijaba en que pasara lo que pasara estaría en brazos de quien ella deseaba.
—Apresúrese, milady, su esposo no tarda en alcanzarnos. Me he dado cuenta de que perdí mi trabajo… —dijo y la ayudó a bajar.
—Adele, tendrás uno mejor si el barón y yo sobrevivimos. No debemos aferrarnos a la vida miserable, hoy la dejamos atrás, pese a los miedos que podamos tener. Yo no te dejaré.
—Y yo tampoco a usted, milady…
Las dos golpearon la puerta de la casa sin parar. Dominick se encontraba ultimando los detalles junto a los hombres que llevarían a cabo el encargo.
Un lacayo abrió la puerta con celeridad. Estaba espantado de ver a dos mujeres en aquel lugar, una de ella tenía sangre saliendo de la comisura de sus labios y un ojo cerrado por algún tipo de golpe que recibió.
—¡Milord! —exclamó para llamarlo.
—¿Qué ocurre? —preguntó desde su asiento en el salón. No había mirado a la puerta.
—Lady Midleton está aquí…
Cuando comprendió el mensaje se levantó de un salto. Al momento de verla, le entró un fuerte sentimiento de impotencia, otra vez golpeada y esta vez con manando sangre.
—¿Qué ha hecho? —solicitó.
—No hay tiempo para explicar, debemos huir. Solo debe saber que me descubrió escribiendo la carta. Está armado e intentó matarme.
Dominick maldijo por lo bajo. Debía rehacer el asunto.
—Milord, seguiremos como lo hablamos. De todas formas los seguirá. Nosotros nos esconderemos en la vera del camino y seremos sus salteadores —dijo uno de los matones.
—Está bien, tomen su paga —mencionó, arrojando la bolsa con dinero a las manos de unos delincuentes—. Nuestra vida dependerá de ustedes.
Aquellos asintieron y se apresuraron para ir a tomar sus posiciones mucho más temprano de lo que acordaron.
—Dominick, pensé que iba a morir, sé que aún no estamos fuera de peligro, pero no quiero que la muerte me agarre sin que sepas que me hiciste feliz este tiempo que pasamos juntos y aunque tal vez fue poco, era algo intenso que me devolvió la vida y las esperanzas.
—Elizabeth, calla y sube al carruaje. No nos despediremos porque esta noche Dios está de nuestro lado.
Corrieron para subir al carruaje. Dominick tenía la mirada pegada a la ventanilla para ver si podía distinguir a otro carruaje, cuando Elizabeth reconoció el coche de su esposo, se fugaron los tres a plena velocidad de los cuatro tiros.
Elizabeth estaba abrazada a su doncella. El susto no la dejaba ni un segundo, mezclado con los mareos y malestares que sentía.
El conde los siguió por el estrecho camino, cuando de repente el carruaje frenó de manera brusca.
—¡Baje! —gritó uno de ellos al cochero, mientras el otro maleante iba a la puerta del conde.
—Suelte el arma, viejo cascarrabias —mandó.
Lord Midleton al saberse en desventaja, bajó su arma y la arrojó frente a ellos.
—No tengo nada de valor, he salido de casa y no…
—No nos importa, arrodíllese.
El carruaje que llevaba a Dominick, Elizabeth y la criada se paró varios metros antes del otro carruaje.
—Dominick, ¿Qué hace? —preguntó al verlo bajar.
—Necesito ver cómo lo matan…
—No, no, déjalo, que lo hagan ellos.
—Lo siento, necesito hacerlo.
Él las abandonó en el carruaje y se acercó al prisionero de los delincuentes.
—¿Ya no se siente lo suficientemente fuerte para golpear a una mujer, cobarde? —curioseó burlón.
—¡Maldita sabandija! Quédese con su puta. Es una mujer inútil.
—El inútil es usted. Elizabeth es una mujer de oro que por cierto, será mi esposa y criaremos a nuestro hijo lejos de su tumba, lord Midleton —dijo Dominick haciendo una seña para que le dispararan.
Aquel conde recibió dos tiros en el pecho. Elizabeth lo vio desde la puerta del carruaje. Lloró por el alivio de verse librado de un mal hombre. Su vida en la mañana siguiente, tendría otro brío.
***
Encontraron el cuerpo del lord Midleton y a su esposa junto a sus criados. Dominick había concluido que la forma en la que Elizabeth debía cerrar la etapa de su vida era como una digna viuda que veló a su esposo.
Después de tres días, recogió sus pertenencias de la casa. Indemnizó al cochero para que guardara silencio y se fue para nunca regresar a ese lugar donde tanto sufrió.
Londres pensaba que la dolida viuda se iría a Francia, sin embargo, en un carruaje de alquiler, llegó a aquel lugar donde dedicaría parte de su tiempo a alimentar a los patos.
Dominick la esperó a la orilla de aquella laguna con una sonrisa. Agradecía haber sido el amante de Londres, título que abandonó para convertirse en el esposo de su preciosa amante Elizabeth.
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