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lee gregor

el planeta pesado (es)

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Ennis estaba terminando su patrulla en el sector EM. División 426 del Océano Oriental. El tiempo había sido desacostumbradamente bueno; el aire, espeso como un líquido, rugía a su alrededor en una ráfaga continua que impulsaba a su nave con una velocidad tal que parecía volar, y levantaba cortas y agitadas olas que subían y bajaban con asombrosa rapidez. Un remolino corto y brutal giró a su alrededor, golpeando el océano como un millón de martillos, arrojando el pequeño barco locamente hacia adelante.
Ennis giró los controles. Sus músculos, duros como el granito, resultaban como en bajorrelieve sobre su cuerpo pequeño e inmensamente fuerte. La piel brillaba como en escamas a causa de la cortante espuma del mar. El calor del sol, que colgaba como un enorme farol rojo en el horizonte, tenía una intensidad tangible, convirtiendo el viento en un infierno.
La pequeña embarcación, que Ennis manejaba con músculos perfectos, dio un salto en el aire y pareció flotar durante muchos segundos antes de hundir de nuevo la quilla en el mar. Con frecuencia flotaba en el aire durante largos trechos, ya que el aire era muy denso. La frontera entre aire y agua estaba a veces apenas definida: el uno se fundía con la otra imperceptiblemente. La presión provocaba extraños fenómenos.
Como una mota de polvo centelleando en un rayo de luz, una diminuta mancha luminosa atrajo la atención de Ennis. Un planeador - pensó -, pero estaba desconcertado. ¿Por qué estaba tan dentro del océano? Eran aparatos muy difíciles de manejar con viento fuerte.
La mota de polvo reflejó de nuevo la luz. Iba más baja. Descendía dando vueltas con una precipitación que indicaba dificultades. Una ráfaga ascendente la apresó y frenó su caída. Luego flotó suavemente durante un tiempo, hasta que la alcanzó otro torbellino aullante que pareció borrar sus propios contornos.
Ennis cambió el rumbo del barco para ponerse en dirección hacia la nave descendente. Es curioso - pensó - ¿dónde tenía las alas? ¿Estaban escondidas o rotas? Ahora estaba más cerca. No era un planeador.
Era mucho mayor y tenía una forma ridícula que no podría hacerla remontarse ni por un segundo. Junto con la cortante salpicadura que hizo que el cuerpo pareciera ir a chocar con el agua, una salpicadura que descendió casi en el mismo instante en que subió, un pensamiento saltó en su mente. Un pensamiento que era mucho más importante que cualquier otra cosa existente en aquel planeta, o al menos lo era para él. Porque si era lo que él creía - y tenía que serlo, - era lo que Shadden había buscado desesperadamente durante muchos años. ¡Vaya suerte el que hubiera caído del cielo ante sus propios ojos!
La estructura plateada cabalgó suavemente sobre las agitadas aguas. El barco de Ennis se acercó a toda prisa. Hábilmente graduó la velocidad para que ambas naves se encontraran con una ligera sacudida. El metal de la extraña nave estaba abollado como si estuviera hecho de goma. Ennis lo observó. Sacó un brazo y rozó la superficie curva de la extraña nave. Un dedo se introdujo a través del metal.
¿Qué clase de gente era aquella que construían naves con materiales tan débiles? Amarró su barco a un lado de la nave y trepó a una abertura. La pared se hundió debajo de él. Sabía que debía tener cuidado: era terriblemente débil. No resistiría entero mucho tiempo. Tenía que trabajar deprisa si quería salvarlo. La presión atmosférica lo hubiera aplastado mucho antes, a no ser por la grieta dentada de arriba, que había permitido que se igualara la presión.
Llegó a la abertura y descendió cuidadosamente al interior de la nave. La grieta era demasiado pequeña. La amplió cogiendo con las manos los dos extremos y separándolos. Mientras descendía miraba de soslayo las insignificantes láminas y vigas que, en su mundo, eran como papel de seda. Dentro todo era una ruina. Nada conservaba su forma original. La maquinaria estaba triturada, mutilada; los tubos de vacío, hechos pedazos; la tripulación, aplastada. Todo destrozado por la gravedad y la presión.
Había una masa pulposa en el suelo, que no examinó de cerca. Era como gelatina roja, espesa e irregular, convertida en pulpa bajo una gravedad cien veces más fuerte y una atmósfera diez mil veces más pesada que aquella para la que habían sido hechos.
Estaba en un cuarto con muchos mandos y botones en las paredes. Aparentemente era la cabina de control. Había una mesa en el centro con un mapa encima, el mapa del sistema solar. Tenía nueve planetas. El que él conocía sólo tenía cinco.
Si procedían de otro sistema, lo que él quería debía de estar allí. No podía ser otra cosa.
Encontró una escalera; bajó. Había allí amontonada una enorme maquinaria. No había luz, pero no lo notó. Podía ver muy bien gracias a los rayos infrarrojos, y la cantidad de energía necesaria para sostener su compacta gigantez le mantenía en constante radiación.
Luego atravesó una puerta de grosor aceptable, incluso para su planeta..., y allí estaba. Lo reconoció al momento. Era grande, redondo, fuerte. El metal era suave, pero con espesor suficiente como para resistir sólidamente la enorme presión de aquel mundo. Nunca había visto nada parecido. Estaba lleno de roscas, magnetos y aparatos de formas desconocidas para él. Pero Shadden lo sabía. Shadden - y quién sabe cuántos científicos antes que él - habían intentado construir algo que pudiera realizar el cometido de aquella máquina, pero todos fracasaron. Y sin las cosas que esa máquina podía ejecutar, la raza de los hombres del planeta Pesado estaba condenada a permanecer en la superficie del planeta, encadenados allí irremisiblemente por la aplastante gravedad.
Era energía atómica. Eso lo había sabido tan pronto como se dio cuenta de que aquel cuerpo no era un planeador. Porque nada, excepto la energía atómica y los feroces vientos, era capaz de hacer ascender a un cuerpo de la superficie del planeta Pesado. Los cuerpos químicos eran impotentes. No existe una explosión en un sitio en que la atmósfera presionaba hacia abajo con más fuerza que una explosión lo haría hacia arriba. Sólo la energía atómica, de entre todas las teóricas posibles fuentes de energía, podría proporcionar la fuerza suficiente como para que una nave pudiera abandonar el planeta. Cualquier otra fuente de energía resultaba demasiado débil.
Sí; Shadden y todos los demás científicos debían ver aquello. Y pronto, porque las fuerzas del mar y la tormenta destrozarían rápidamente la nave, y, lo que era más vital, porque los científicos de Bantin y Marak podían obtener el secreto si había un retraso. Y eso significaría la ruina, la pérdida de la secular supremacía, para su nación. Bantin y Marak eran naciones guerreras. Si conseguían el secreto, lo usarían contra todos los otros mundos que existían en el universo.
El universo era grande. Por eso estaba Ennis tan seguro de que había energía atómica en aquella nave. Porque, aunque hubiera sido construida en un planeta tan diminuto como para que la energía química - aunque eso era difícil de comprender - fuera suficiente para hacerlo vencer la fuerza de la gravedad, para recorrer la distancia que separa a las estrellas sólo es suficiente una cosa.
Volvió a atravesar la nave, intentando comprender lo que había sucedido.
Había pulpas que yacían detrás de largos tubos que apuntaban a través de inteligentes troneras en las paredes exteriores. Las reconoció como armas. Merecía la pena echarles un vistazo.
Debía de haber habido una batalla. Se imaginó la escena. Las fuerzas procedentes de la energía atómica debían de haber turbado el apacible espacio circundante. La nave fue agujereada, los ocupantes muertos, los controles deshechos. La nave se precipitó a velocidad titánica, ciegamente, hacia la nada.
Finalmente, había llegado lo suficientemente cerca de Planeta Pesado como para ser atrapada por la enorme fuerza de su gravedad.
«¡Wiiaau-u-u!» Era el sonido quejumbroso de su sirena de alarma, que le hizo dar la vuelta rápidamente e ir a buscar su barco. Allá lejos, entre las olas que saltaban y bajaban tan rápidamente, vio una nave larga
y baja que se dirigía hacia la nave abandonada. Percibió un destello de color en la superestructura redonda y gris, y lo reconoció como un navío de guerra de Marak. La suerte se movía con fuerza en ambas direcciones: primero buena, ahora mala. Podía haber eludido fácilmente el navío con su pequeño barco, pero no podía abandonar la nave. Si la cogía el enemigo, nunca podría recobrarla; y era demasiado valiosa para perderla.
El viento aullaba y golpeaba alrededor de su cabeza, y endureció los músculos para evitar ser despedido estando allí agazapado a horcajadas entre su bote y la nave abandonada. El sol se había puesto y los vientos nocturnos empezaban a soplar. El barco corría delante de ellos, con la proa abollada a causa de la resistencia del agua que desplazaba a los lados.
Pensó con furiosa rapidez. Con un veloz movimiento giró el conmutador de su radiófono y llamó a Shadden. Esperó con impaciencia hasta que la voz de Shadden llegó a su oído. Por fin la oyó. Entonces:
- ¡Shadden! Aquí, Ennis. ¡Coge tu planeador Shadden; vuela a 45j en mi ruta! ¡Ha llegado, Shadden! Pero no tengo tiempo. ¡Ven!
Cerró el conmutador y quitó de un golpe la válvula del fondo de su bote, agarrándose al costado de la nave. Rápidamente el océano subió y hundió el pequeño barco, y en un instante había desaparecido, descendía hacia el fondo. Eso le impediría ser descubierto por un corto tiempo.
Regresó a la oscuridad de la nave. No creía que le hubieran visto trepar a través de la abertura. ¿Dónde podría ocultarse? ¿Debería hacerlo? No podía vencer a todo un barco de guerra él solo, desarmado. Además, no existían armas que se pudieran transportar. Un rayo de luz actínica concentrada que corroía los ojos y el sistema nervioso, necesitaba la energía de toda la potencia de los generadores de un barco de guerra. Nunca se habían construido armas para golpear y cortar en un mundo en que la carne era más dura que el metal.
Ennis era habilidoso en el combate cuerpo a cuerpo. Pero ¿cómo podría vencer a todos los que entraran en la nave?
Bajó de nuevo a la cámara oscura, donde el enorme generador atómico sobresalía por encima de su cabeza. Esta vez buscaba algo que no había visto antes. Se arrastró a su alrededor, buscando por todos los huecos. Y entonces, a unos pies de altura, vio la abertura. Ascendió hasta ella con cuidado para no destruir el valioso aparato con su peso. La abertura estaba cubierta con una sustancia dura y oscuramente transparente, a través de la que se filtraba un débil resplandor procedente de dentro. Entonces se sintió satisfecho. Por alguna razón, la materia seguía desintegrándose allí dentro, y se podría obtener energía si supiera cómo hacerlo.
Había alambres, hilos de todos los tamaños, barras colectoras y tubos gruesos y pesados que se curvaban con su propio peso.
Algunos llevarían hacia afuera; era inútil tocarlos. Escogió otra pista. Subió arriba de nuevo, a los sitios en que había visto las armas.
Todas estaban montadas en bases giratorias pesadas y rígidas. Cuidadosamente separó los tubos de sus bases. La primera vez que lo intentó no tuvo suficiente cuidado y parte del proyector mismo se rompió; pero la vez siguiente sabía lo que estaba haciendo y lo sacó con facilidad. Era un aparato alargado, casi tan grueso como su brazo. Pesados alambres surgían del extremo bajo, y detrás había una palanca. Esperaba que funcionara. No se atrevió a probarlo; lo más que pudo hacer fue investigar los cables y asegurarse de que estaban intactos.
Se le acabó el tiempo. Fuera se oyó un golpe sordo y después golpes más pequeños a medida que el grupo de abordaje saltaba encima sin ninguna precaución.
Una vez se oyó un gran ruido, al hundirse alguien en un costado de la nave.
- ¡Idiotas! - murmuró Ennis, y avanzó con su arma hacia la escalera. De arriba venían ruidos.
Después, un gran crujido hizo que se combaran las placas del techo. Ennis se apartó de un salto, pero toda la sección se hundió, con dos hombres encima. El suelo se dobló, pero se mantuvo durante un momento. Ennis, atrapado bajo la masa descendente, se abrió paso a golpes. Subió con una viga en la mano, que dobló sobre la cabeza de uno de los maraks. El hombre reaccionó y se lanzó contra Ennis, que recibió el golpe mientras rodaba y contestó con un puñetazo que dejó una mancha negra en una piel que era como una armadura, lanzando al hombre a través de la pared de enfrente. El otro se lanzó sobre Ennis, que se volvió con la rapidez de alguien acostumbrado a moverse habitualmente bajo una presión de diez mil atmósferas y apartó al marak, dejándole inconsciente con un golpe en un punto sensible.
El primer contrincante volvió, y los dos se agarraron buscando los centros nerviosos del otro para golpearlos. Ennis se retorcía frenéticamente, consciente del auténtico peligro de que la frágil embarcación se rompiera en pedazos bajo sus pies. La barandilla de una escalera cedió bajo los dos, y cayeron por ella, aplastando los escalones hasta el piso de abajo. Su peso e ímpetu les impulsaba. Ennis aflojó su presión sobre el marak, y evitó su caída agarrándose a una de las vigas que formaban parte de la estructura de la nave. El otro continuó la devastadora caída. Entonces la pared exterior cedió con un rechinante crujido que se convirtió en una siniestra corriente de líquido burbujeante.
Ennis miró el espacio por donde había caído el marak, tomó aliento y se dejó caer. Encontró agua que subía, brotando a través de un agujero de la quilla. Se abrazó a una viga, que se dobló bajo su mano, y avanzó contra el agua que entraba en tropel. Entraba como un géiser a través del agujero y formaba un pesado río que le empujaba hacia atrás y empezaba a llenar el fondo del barco. Se lanzó hacia adelante lentamente, luchando contra aquella terrible presión, golpeando contra las olas, y entonces, con un ligero forcejeo, se encontró en la abertura. Los bordes estaban enrollados sobre sí mismos a causa del agua que entraba. Y se abrían hacia dentro con unas fauces dentadas. Las agarró con sus enormes manos e hizo fuerza. Las puso tirantes durante un momento y después empezó a enderezarías. Empujó irresistiblemente y las colocó en su posición primitiva. Cogió entonces los bordes rotos con la mano y apretó. El metal se hizo más blando bajo su presión y empezó a deshacerse. Los bordes de la placa se soldaron bajo aquella tremenda fuerza. Se alejó de la grieta tan pronto como estuvo a prueba de agua. Dobló las manos mientras se levantaba. Le dolían; su fuerza empezaba a resentirse.
Venían ruidos desde arriba, golpes de pasos. Bajaban algunos hombres a investigar aquella conmoción. Se quedó un momento pensando; luego se volvió hacia una pared vacía, se abrió paso a través de ella y puso las placas y vigas en su Sitio otra vez. Siguió por el otro extremo de la nave y subió por una escalera que había allí. Buscaba el sitio donde había dejado el arma que había preparado. Hubo una conmoción arriba cuando los maraks encontraron al hombre inconsciente.
Dos hombres caminaban ruidosamente por el pasadizo. Apenas tuvo tiempo para meterse por una puerta que había a un lado. Se encontró en una habitación que había sido un dormitorio. Había allí dos pulpas rojas y nada que pudiera ayudarle. Así que permaneció allí sólo lo suficiente como para estar seguro de que no le verían salir al vestíbulo. Volvió a salir, con el menor ruido posible. La barahúnda que hacían le ayudó: sonaba como si estuvieran haciendo pedazos la nave. De nuevo maldijo su estupidez. ¿No comprendían lo valiosa que era?
Estaban en el cuarto de control, destrozando la maquinaria con la curiosidad de niños, asombrados por la extraña fragilidad de aquel metal igual que el papel; sin darse cuenta de que, en el mundo en que había sido fabricado, era suficientemente fuerte para soportar cualquier presión que pudieran ejercer sobre él sus fabricantes.
La extraña arma que había preparado Ennis estaba en el suelo del pasadizo, justo fuera del cuarto de control. Observó ansiosamente los cables caídos. ¿Los habrían pisado y roto? ¿Podría funcionar el instrumento? Tenía que cogerlo y escapar. No tenía tiempo para ver si podía funcionar.
Hubo un ruido detrás de él, y Ennis se ocultó de nuevo en un umbral mientras un enorme marak con un cinturón de color alrededor de la cintura avanzaba ruidosamente por el pasillo y entraba en el cuarto de control. Se le oyó gritar escuetas órdenes, y los hombres dejaron de hacer estragos en la maquinaria que había en la habitación. Todos, excepto unos cuantos, se marcharon y se dispersaron por la nave. El rostro de Ennis se contrajo en una mueca. Eso lo hacia todo más difícil. No podía vencerlos a todos él solo, y no podía usar el arma dentro de la nave si era lo que él creía dado el tamaño de los cables.
Un marak estaba de pie justo delante de la puerta del cuarto en que se ocultara Ennis. No había salida por ese lado. Miró la habitación; no tenía más puertas. Había en la pared exterior una portilla que era como un diminuto disco transparente. Lo miró, lo estudió con las manos, y de pronto empujó hasta atravesarlo con los brazos. Lo más silenciosamente que pudo, forzó los bordes del círculo hasta que fue lo suficientemente grande para que él pudiera atravesarlo. Los bordes dentados no le preocupaban. Eran suaves, como un desigual trozo de mantequilla.
El barco marak estaba anclado al otro lado de la nave espacial. En aquel lado el viento golpeaba directamente, y las olas, como dientes de sierra, se extendían hasta un horizonte a muchas millas de distancia. Cuidadosamente caminó alrededor de la brillante redondez de la nave; pasó la proa, luchando silenciosamente contra las peligrosas oleadas del agua que le laceraban cada pulgada de su cuerpo. La curva más oscura del barco de guerra apareció ante él y atravesó nadando el pequeño espacio hasta alcanzar una serie de salientes que se curvaban sobre la superficie de la embarcación. Trepó por ellos. Sus músculos duros como el carborundo se atirantaron para resistir contra las fuerzas de la gravedad y del viento, que luchaban por hacerle caer. Cerca de lo más alto de la curva había una proyección redondeada, aerodinámica. Palpó alrededor de la base y encontró allí una palanca, que movió. El caparazón de metal se deslizó y reveló un tosco torniquete, sobre el que estaba instalado un corto proyector cilíndrico.
Hizo girar el aparato y soltó un corto y repentino destello de fuego blanco a lo largo de la cubierta indefensa del barco de guerra. Se oyeron los gritos de voces profundas, y los hombres salieron corriendo, para retroceder con broncos gritos que se les paralizaban en la garganta al ser alcanzados por Ennis con el insoportable rayo del proyector. Los hombres, protegidos contra la luz actínica, acostumbrados a recibir sólo rayos rojos e infrarrojos, eran dolorosamente vulnerables contra aquella temible concentración de rayos ultravioleta.
Surgieron ruidos y gritos de la nave naufragada, que se balanceaba peligrosamente a causa del viento atronador, que parecía golpearles con nuevo vigor en aquel momento. Aparecieron cabezas por las aberturas de la nave.
Ennis, de repente, se puso en pie con toda su altura, afianzándose contra el viento, tan denso que le parecía flotar en él. Dando un gran rugido, atravesó el espacio que le separaba de la nave. Entonces, mientras un grupo de maraks se dirigían hacia él cruzando con dificultad el resbaladizo flanco de la embarcación, y mientras el grupo que había invadido la nave caída se agrupaba en su destrozada cubierta para ver qué era aquel ruido, se agachó y se agazapó detrás del proyector de rayos ultravioleta, y lo hizo girar, empujando la palanca de disparo.
Eso era lo que él quería: provocar mucho ruido y confusión, obligar a todos a salir a cubierta, y entonces hacerlos saltar en pedazos. El rayo devastador surgía de la boca del arma, y los hombres del barco de guerra se aplastaron sobre el suelo de la cubierta. Descubrió que no podía bajar el proyector lo suficiente como para alcanzarlos. Lo apuntó hacia la nave. Salió la incandescencia, y después pareció ondular y desapareció. Habían cortado la corriente desde el cuadro de mandos.
Ennis se alzó de detrás del proyector y entonces cayó desde el flanco del barco al ser golpeado por dos maraks que saltaron sobre él desde detrás de la joroba de la embarcación. Los tres cayeron al agua y se hundieron. Ennis luchaba violentamente. Fue el último en caer, y puso toda su energía en un supremo esfuerzo. El agua se arremolinó alrededor de ellos en pequeñas olas agitadas que caían con más rapidez de la que los ojos podían percibir. Golpes más fuertes que los de un martinete de fragua de la tierra caían sobre el rostro y la cabeza de Ennis. Estaba en muy mala posición para poder responder, y de repente se hizo fláccido y se hundió bajo la superficie. La presión del agua a su alrededor era enorme y aumentaba rápidamente a medida que bajaba más y más. Vio el oscuro contorno de la nave por encima de él. Sus pulmones luchaban por aire, pero disipó su pretendido estupor y nadó tenazmente bajo el agua debajo de la nave. Nadó y nadó. Parecía como si la distancia no tuviera fin, a lo largo de la curva de metal. Era tan grande desde abajo, y el intentar nadar la amplia distancia sin aire la hacía parecer aún más grande.
Por fin, sus pulmones pudieron aspirar el aire salvador. No había tiempo para descansar, sin embargo. Debía aprovechar la ventaja mientras fuera suya; no duraría mucho. Nadó a lo largo de la nave buscando una abertura. No había ninguna al alcance desde el agua. Hizo una metiendo sus gordos dedos a través del metal. Trepó hasta que no hubo peligro en hacer una grieta en las espesas paredes externas e internas de la nave.
Se encontró en una de las salas de máquinas del segundo piso. Salió al pasillo y subió por las escaleras medio derrumbadas, y se encontró en el pasadizo principal, cerca de la sala de control. Lo atravesó corriendo y entró en la sala. No había nadie allí, aunque los ruidos de arriba indicaban que los maraks descendían de nuevo. Su arma estaba en el suelo, donde la había dejado. Se alegraba de que no se hubieran dedicado a destrozar el instrumento.
Al menos una cosa se salvaría para poder ser examinada inteligentemente.
El estruendo de la gente que bajaba se convirtió en un clamor de ira cuando le descubrieron en el pasillo. Se detuvieron allí, desconcertados. Había estado en el océano y de algún modo mágico había reaparecido en la nave. Le dio tiempo para recoger el arma.
Ennis pensaba rápidamente y decidió arriesgar lo desconocido. No sabía cuál era el poder del arma, pero con energía atómica debía de ser poderosa. Le disgustaba usarla en el interior de la nave; quería que quedara lo suficiente como para poder flotar en el agua hasta que llegara Shadden; pero estaban empezando a avanzar hacia él y tenía que hacer algo.
Pulsó la palanca. El cilindro retrocedió en sus brazos con enorme fuerza. Surgió un estallido de feroz y cegadora energía y atravesó todo el pasillo con la velocidad de la luz.
Cuando pudo mirar de nuevo no existía el pasillo. Todo lo que había estado en el camino del proyector había desaparecido; sencillamente, se había desvanecido.
Sin preocuparse del calor del objeto sobre sus manos, se volvió y lo apuntó contra el barco de guerra, que quedaba claramente perfilado a través del espacio que habían sido antes las paredes de la nave. Antes de que los hombres que estaban sobre cubierta pudieran moverse, pulsó la palanca de nuevo.
Los vientos callaron por un momento. Los elementos naturales se paralizaron por el miedo ante las increíbles fuerzas resultantes de la destrucción de los átomos. Después, con un grito de agonía, el huracán golpeó de nuevo, golpeó el lugar en que había estado el barco de guerra.
Allá lejos, en el cielo, Ennis notó movimiento. Era Shadden apresurándose con su planeador.
Ahora vendría el trabajo importante. Shadden desmontaría la gran máquina y vería cómo funcionaba. Eso es lo que la historia recordaría.
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