navío estelar (es)
CAPÍTULO PRIMERO
Soy el tipo más desgraciado del Cosmos. Sin lugar a dudas. Pero no me queda más remedio que admitir que la culpa es mía, sólo mía, únicamente mía. Porque ¿quién escogió ingresar en este puesto en el Servicio Regulador Intergaláctico que me obliga a pasar veinte años lejos de toda hembra de mi raza? ¡Yo, nada más que yo! ¡Si seré imbécil!
Claro que cuando solicité la admisión en la Escuela Especial del S.R.I. yo tenía doce años y un espíritu inflamado por ansias de aventura, nacidas luego de pasarme largas horas contemplando las insólitas historias «reales» proyectadas por la 3-D TV en la sala de visión de casa de mis padres, allá en la lejana Tierra-VIII, Sistema Solar Planetario de Algorán.
Naturalmente que podría ponerme la disculpa de que, a los doce años, ¿qué muchacho normalmente constituido piensa en las mujeres y las considera como el producto más apetecible y necesario de cuantos existen en el Cosmos?
El caso es que aquí estoy, a bordo de mi Starship T-8-63, más solo que una ostra y más aburrido que la una. ¿O será al revés? Quiero decir, ‘más solo que la una, y más aburrido que una ostra’… Humm. Estas frases hechas que heredamos de los complicados idiomas de Tierra-I siempre se me barajan en la memoria y me cuesta infinito trabajo desenredarlas inteligiblemente.
Bueno, al decir ‘solo’ me refiero a la carencia de seres de mi raza, porque, gracias a la previsión del S.R.I., viaja conmigo una hembra de la casi extinta especie animal de los nem, cuya misión es cuidarme, atenderme y… hacerme el amor, con el fin de que mis veinte años continuos de servicio sean medianamente soportables.
Sin embargo, mi nam, a la que llamo Britta, pese a ser una hembra que los de su especie considerarían «muy mona, sofisticada y atractiva», dista bastante de cumplir los requisitos esenciales de belleza de una verdadera mujer; y pasadas las primeras efusiones uno empieza a pensar, a acordarse, a soñar… ¡a ponerse negro!
Hasta hace pocos meses, cuando sufría una de esas crisis cada vez más frecuentes de desear a mi lado una verdadera mujer, encontraba cierto alivio encerrándome en la reducida Sala de Visión y contemplando una tras otra las películas tridimensionales de la serie Star 3-D Pepper & Salt Stories, que todo soltero en nuestra civilización conoce. ¿Verdad que es estupendo aquel episodio en que la insaciable Dusty Lust inventa el teletransportador, y se introduce sucesivamente en las recámaras de cuantos hombres le gustan?
Pero, como es natural, pronto las imágenes de ficción dejaron de satisfacerme y se me despertó un ansia terrible de tener algo concreto al alcance de mis brazos, para así poder desahogarme entera y perfectamente. Lo malo es que Britta es lo único femenino asequible, porque sería absurdo y perjudicial que volcara mis ansias de amor en alguna nativa de raza parda, de las que habitan los planetas poblados de este sector cósmico, cuya vigilancia ‘amistosa’ se me ha encargado.
Debo hablar un poco de los pueblos pardos, puesto que constituyen un elemento principalísimo en el desarrollo de la presente historia, que sin duda revolucionará a la humanidad.
Pardos es el nombre vulgar dado a los humanoides de la subgalaxia Tarkentor, zona del Cosmos que se extiende más allá de la legendaria Nube Negra de Magallanes y que comprende centenar y medio de mundos, poblados por tipos que son parientes próximos de mi nam Britta, aunque su piel —y esa es la causa del apelativo vulgar— tiene un color oliváceo-rosado-grisáceo, en contraste con la marmórea blancura de mi humanoide compañera.
Los pardos son una raza belicosa y conquistadora, que si pudiese se haría con el control del Universo, batallando contra nosotros, los hombres, y destruyendo el statu quo existente en la actualidad y que tantos milenios de unidades universales de espaciotiempo costó instaurar. Por causa de su belicosidad está terminantemente prohibida la aproximación dentro de un radio de quinientos años luz, de toda nave a impulsión superlumínica; puesto que los pardos, seres muy inteligentes y con marcada predisposición a la mecánica espacial, podrían capturarla más o menos incidentalmente para reproducirla en la clandestinidad y formar una flota de ataque que pondría en peligro nuestra organización supragaláctica.
Y ésa es la razón de que los escasos inspectores del S.R.I. tengamos que emplear para nuestros viajes navíos propulsados por energía atómica tan lentos y anticuados como mi T-8-63, con la que se llegan a alcanzar velocidades de hasta 150.000 kilómetros por segundo, lo que hace larguísimos los viajes de sistema a sistema.
Hay otras cosas interesantes acerca de los pardos, como por ejemplo su indomable orgullo, o su profundo conocimiento de la psicología humana, o su sutil astucia…, o su redomada hipocresía, que hace que sus planes permanezcan inescrutables cuando en una recepción diplomática tratas por todos los medios de sondear sus rostros sonrientes.
Ahora, importa sobremanera precisar las condiciones de mi trabajo. Oficialmente soy inspector espacial del Servicio Regulador Intergaláctico, con la sola misión de cooperar al desarrollo del comercio interestelar entre los planetas y razas subdesarrolladas. El concepto de subdesarrollo es relativo, ya que la unidad de comparación es la supercivilización de Algorán; pero en realidad mi trabajo consiste en justipreciar el grado de progreso alcanzado en su industria de navegación espacial, impidiendo por todos los medios que los pardos logren salir del estado de navegantes sublumínicos para entrar en las velocidades superiores, donde podrían constituir un grave peligro.
Y ya expuesto todo esto, que resulta esencial, puedo sin ningún inconveniente entregarme al relato de mis extraordinarias aventuras.
Todo comenzó durante el trayecto entre Laktor III y Hektor II, los dos planetas más importantes y poblados de la subgalaxia de Tarkentor. Precisamente en Hektor II se suponía estaba el centro de todas las agitaciones subversivas de los pardos, puesto que sus hombres de ciencia más notables allí residían.
Era un día como tantos otros. Los mimos, atenciones y encantos de Britta no habían logrado satisfacerme en absoluto, hasta el punto de hacer que lleno de nostalgia y deseos me encerrase en la Sala de Visión para presenciar por enésima vez las trepidantes peripecias de la ardorosa Dusty Lust.
La escena que tenía lugar tridimensionalmente ante mí, era aquella cuando Dusty, utilizando su teletransportador, se introduce en el cuarto de baño de Sparky Gordon, el célebre «Mister Cosmos» elegido aquel lustro.
—Hola, buen mozo —decía Dusty, con la más encantadora de sus sonrisas—. ¿Me permites que te haga compañía?
Sparky ponía entonces la cara más cómica que uno pueda imaginar. Balbuceaba, respingaba, se atragantaba y, por último, algo a la defensiva, lograba decir:
—¿Cómo… cómo ha logrado entrar aquí… señorita? ¡Las puertas están cerradas!
—Para el amor, apuesto Starky, no hay barreras —respondía Dusty, tendiéndole los brazos invitadora, provocativa, irresistible.
Sparky parpadeaba unos instante, creyéndose víctima de una alucinación. Luego, el enervante calor de Dusty, su perfume, la anonadadora belleza de su cuerpo semidesnudo, hicieron su efecto en él. Se encogió de hombros y sin molestarse en terminar de secar su musculoso torso, abrió los brazos para recibir a la hermosa mujer, diciendo:
—Escucha, preciosa… No sé si voy a despertar dentro de breves instantes para darme cuenta de que todo esto es una ilusión… Pero, por si acaso… ¡bienvenida seas, tesoro!
Desde mi asiento, con los ojos desorbitados por la emoción, jadeando nervioso, aguardé el instante en que los dos amantes se fundiesen en un abrazo de amor…, pero no se produjo. ¡No!
Rompiendo absolutamente con todas las normas preestablecidas, haciendo posible lo imposible, Dusty Lust apartó de un manotazo al apuesto y varonil Sparky Gordon y se volvió hacia mí. ¡Hacia mí!
—¡Blanner! —exclamó, con una voz musical impregnada de voluptuosidad—. ¡Blanner Monk! ¡Estás aquí, muy cerca! ¡Gracias al Cosmos que al fin te encuentro, ilusión de mi vida!
Me quedé estupefacto, anonadado. ¡Dusty Lust, la máxima belleza del cine 3-D, me estaba llamando por mi nombre! No me di cuenta de nada, ni siquiera de que Sparky Gordon se desvanecía hasta desaparecer por completo. Mis ojos estaban clavados en los de aquella mujer maravillosa y aunque mi mente protestaba incrédula, repitiendo a voz en grito que aquello no era posible, que se debía a una alucinación, quizá producto de las ansias más secretas y reprimidas, me encogí simbólicamente de hombros, lo mismo que instantes antes lo hiciera el apuesto «Mister Cosmos», y extendí los brazos, todo mi cuerpo temblando de emoción.
Dusty Lust cubrió los dos pasos de distancia que nos separaban y su piel y la mía entraron en contacto. Creí desvanecerme, dada la intensidad de la impresión.
—Dusty… Dusty… ¿De veras que eres tú? —pregunté en un susurro, aplicando mis labios a sus aterciopeladas mejillas y apretando su maravilloso cuerpo con todas mis fuerzas.
Dusty alzó su cara perfecta, separándose lo bastante de mi hombro para poder mirarme a los ojos, envolviéndome con una mirada fundente y enervadora.
—¡Claro que soy yo, Blanner querido! ¿Quién podría ser, si no? —respondió, mimosa. Luego, apartándose un poco más de mi, con el ceño fruncido y todo su cuerpo rigido, me preguntó—: ¿Es que esperabas a otra?
—¡Oh, no… no, no! —respondí apresuradamente, cuidándome mucho de decirle que no es que esperara a otra, sino que no esperaba a ninguna.
Mis palabras debieron tranquilizarla, porque me ofreció sus labios y entrecerró sus ojos, abandonándose a mí. Y entonces fue cuando tiré por la borda todas las inhibiciones y desconfianzas que bullían en mi cerebro, para dedicarme por entero a exprimir las infinitas sensaciones del momento. La besé, la abracé con violencia hasta casi sentir el crujido de sus huesos.
Ella no se estuvo quieta tampoco. Como en los filmes 3-D, Dusty Lust se mostró perfecta conocedora de todos los recursos amorosos.
¿Os extraña, pues, que no lograra plantearle la cuestión más importante, exigiéndole cómo había logrado materializarse en carne y hueso, saliendo de los confines ilusorios de un film tridimensional para convertirse en una incandescente criatura real y palpitante?
En la antigua y casi olvidada Tierra-I, cuna de la humanidad, existía un refrán que afirmaba que no debía mirarse la dentadura al caballo recibido como obsequio; no recuerdo exactamente las palabras del dicho, pero, desde luego, su sentido era aproximadamente éste. Pues bien, apliqué a mi caso el susodicho refrán y me preocupé tan solo de Dusty Lust.
MENSAJE DE STARSHIP T-8-63 A HEKTOR II stop PLAN ELABORADO POR MOVIMIENTO LIBERADOR DELEGACION LAKTOR III EN MARCHA stop INSPECTOR ESPECIAL BANNER MONK DEL SRI ESTA CON ELLA ACTUALMENTE stop NO PODRA REACCIONAR A TIEMPO NI AVISAR A SUPERIORIDAD stop NAVE Y SUS SECRETOS PRACTICAMENTE EN NUESTRO PODER stop ENVIAR ULTERIORES INSTRUCCIONES VÍA RADIO LUZ stop MAXIMA CAUTELA NECESARIA stop BRITTA
RESPUESTA DE HEKTOR II A STARSHIP T-8-63 stop BUEN TRABAJO stop FELICITACIONES stop CREEMOS LLEGADA LA HORA DE LA LIBERACION stop NAVE NO TARDARA EN SER NUESTRA Y CON ELLA LOGRAREMOS LLAVE DEL IMPERIO INTERGALACTICO stop DUSTY LUST CUMPLE SUS INSTRUCCIONES stop ENVIAMOS MEDIOS PARA INSTALAR EN ESE NAVIO SUPERIMPULSION ULTRA LUMINICA stop DRAKYL.
Es maravilloso tener una maestra de amor tan experta y seductora como Dusty Lust. En sus brazos hay suavidad de nubes y dulzura de miel. Y su cuerpo… ¡Lástima que el viaje a Hektor-II sólo vaya a durar una semana! ¡Ojalá pudiese prolongarlo meses, años, lustros!
Ya empieza a gustarme el viajar a velocidades sublumínicas.
2
Drakyl cerró el interruptor, cortando la comunicación. Una sonrisa distendió su hermoso rostro humanoide. Indudablemente estaba satisfecho.
Los pardos constituían una raza infinitamente mucho más expresiva en sus rasgos faciales que la de los humanos. La expresión de sus rostros cambiaba con facilidad al unísono de sus reacciones anímicas. Si su boca, de dientes iguales y blancos y de labios carnosos, se distendía y en sus ojos, por lo general de un color pardo oscuro, brillaban destellos luminosos, era señal inconfundible de que en su alma reinaba el júbilo, la alegría, la satisfacción.
Drakyl, ahora, estaba contento. Los mensajes intercambiados con el Starship T-8-63 eran de su completo agrado. Britta, su aliada, lo estaba haciendo muy bien. La contribución de aquella hembra nam iba a ser decisiva para la causa de los pardos. Emitió un suspiro de satisfacción y se levantó, abandonando el tablero de control de la potente emisora de onda ultravioleta.
A pesar de que era invierno en el hemisferio norte de Héctor II, y aun cuando la vecina ciudad de Terkental utilizaba las vias subterráneas para evitar salir al exterior y encontrarse con el frío casi inhumano que reinaba en el medio ambiente, Drakyl no se abrigó demasiado. Embutióse en una capa temperada mediante minúsculas baterías y se encasquetó un simple gorro de piel que le cubría las orejas. Luego, abrió la puerta y recibió impávido el aniquilador mazazo del congelante aire exterior. Caminó por el resbaladizo piso vitrificado que unía su casa con la carretera principal sin vacilar un instante, sin el menor traspié, sereno, erguido, dominante.
Junto al cruce, semioculto bajo las ramas iridiscentes de un opalino, estaba su vehículo de superficie. Las puertas herméticas de aleación plásticometálica se abrieron al acercarse. Drakyl se instaló tras los mandos y marcó en los diales el número indicador de la casa que quería visitar. Automáticamente el vehículo de superficie se puso en movimiento. Embocó la calzada reluciente y uniforme, adquiriendo a los pocos segundos su velocidad normal de marcha.
Mientras, Drakyl meditaba en el complejo plan que gracias a la intervención de Britta acababa de iniciarse. Habían pasado muchos milenios desde que los pardos formaron un reino unido de colonias dedicadas más que nada al libre cultivo de las riquezas naturales de los planetas de aquel sector de la galaxia. Fueron los humanos quienes, bajo el pretexto de una Confederación Común de Razas Cósmicas, iniciaron los prolegómenos de la anexión. Al principio, por casi dos siglos, todo fue pasaderamente bien. Luego los pardos comenzaron a verse postergados en los cargos públicos, constituyendo una minoría en el Senado, para, en el paso siguiente, verse prácticamente barridos de toda función gubernativa, sin que se oyeran sus opiniones, sin que se tuvieran en cuenta sus deseos, sus necesidades.
Durante siete siglos la dominación humana creció arrolladura, esclavizando prácticamente a los pardos y reduciéndolos al desempeño de un papel de insignificantes comparsas en el concierto cósmico. Luego vino la invención del viaje superlumínico, que convirtió a los humanos en exclusivistas del comercio a larga distancia, reduciendo con ello a la nada las alianzas puramente defensivas de las diversas colonias humanoides.
Con esto los vencedores, los que a sí mismos se llamaban predestinados, obtuvieron pleno control de las actividades de los pardos y de otras razas menos ambiciosas. Para confirmar la férrea trabazón en que ligaban a sus incorformistas sometidos, los humanos crearon el Servicio Regulador Intergaláctico, que confiscó cuantas naves rápidas pudieron hallar en los mundos considerados como peligrosos, tales como Latko III, Hektor II y otros cientos de planetas ocupados por por seres de la raza parda. Únicamente se les permitía la construcción de naves relativamente minúsculas, con velocidades sublumínicas, de poca capacidad carguera y de radio de acción muy limitado. Todas las factorías y astilleros vieron cómo los tiranos desmantelaban sus más eficaces instalaciones, dejándoles reducidos a un papel en exceso desairado, puesto que en aquellos enormes talleres donde antaño podían fabricarse naves capaces de acomodar a un millar de futuros colonos o comerciantes, ahora únicamente se podían construir ridículos cohetes atómicos, si no unipersonales, capaces todo lo más de llevar una tripulación reducida de quince o veinte personas.
El S.R.I., siguiendo los mandatos del Consejo Galáctico, mantenía una estrecha vigilancia del tráfico interplanetario utilizando ingentes y automatizados navíos del tipo Starship. Aquellas naves, potentes aunque anticuadas, capaces de conducir con facilidad a quinientos hombres entre tripulantes y pasajeros, habían sido recondicionadas para llevar tan sólo a un inspector especial del Servicio, sin armas de ninguna clase, tan sólo con los suministros necesarios para remediar cualquier posible situación caótica en alguno de los planetas de su sector y un almacenamiento de víveres y combustible que permitía al navío viajar sin necesidad de reposición durante algo más de un siglo.
Por eso, desde que los primeros gérmenes de la rebelión comenzaron a inflamar el espíritu de los sojuzgados pardos, todos los ojos y ambiciones se cifraron en apoderarse de los navíos Starship y, rearmándolos y reajustándolos, crear con ellos una potente flota que permitiese el ataque a cualquier mundo humano de los situados en la zona considerada como fronteriza, a la otra parte de la Nube Negra de Magallanes.
Desde luego, ni los más optimistas entre los pardos podían soñar con vencer en batalla liberadora a los poderosos navíos humanos. Era imposible crear un sistema de impulsión tan rápido y eficaz como aquél, sin tener valiosos laboratorios y parecidas instalaciones. También sabían los pardos que su ataque súbito a los mundos ocupados por la raza dominadora podría ser sofocado tarde o temprano por los agredidos; pero la impresión que causaría en su dilatada civilización cósmica serviría para alertar a las demás razas sojuzgadas. Daría un toque de atención a los humanos, les haría comprender que la raza parda reclamaba sus derechos y exigía, mediante tal amenaza, que se le reconociese la facultad de opinar e intervenir en el complejo gobierno universal, compartiendo con los dinámicos dominadores y con los demás seres inteligentes el libre comercio individual y colectivo, el derecho a tomar decisiones encaminadas a la mejora de los miembros de su raza.
Éste había sido el propósito del movimiento clandestino, hasta que llegó el asombroso descubrimiento del profesor Yehmel. Aquello cambió todos los planes, abriendo horizontes incalculablemente prometedores a los pardos, puesto que con dicho invento la raza sojuzgada, tiranizada, oprimida, podría erigirse en sojuzgadora, opresora, dictatorial de todo el universo. Gracias al fantástico descubrimiento del profesor Yehmel no iba a ser necesario el ataque en masa a todos los navíos Starship del S.R.I. No; bastaría con apoderarse de una sola de aquellas naves para obtener en pocos días una flota prácticamente indestructible de espacionaves de las mismas características.
Fue entonces cuando mediante la intervención de Sikhan, el psicólogo espacial de Laktor III, se obtuvo la cooperación de la nam Britta. El paso primero y definitivo acababa de verse hace unos momentos, al aprovechar la debilidad de Blanner Monk hacia el bello sexo.
Drakyl sonrió imaginándose la escena que tendría lugar en aquellos momentos en la Sala de Visión del T-8-63. Era difícil, por no decir imposible, que el inspector especial del Servicio reaccionase a tiempo y se diera cuenta de que había caído en manos del movimiento clandestino. Cuando Dusty Lust recobrase su verdadera personalidad, sería demasiado tarde ya para el agente.
Los pensamientos de Drakyl se vieron interrumpidos por la súbita disminución en la velocidad de su vehículo de superficie. Una luz roja en el panel de instrumentos le indicó que acababa de entrar en el campo de frenaje de su destino. En efecto, a pocos centenares de metros por delante un ramal vitrificado se desviaba por la derecha, remontándose por encima de un grupo de senderos conducentes a otras viviendas comunales de la zona.
Cortó el circuito de conducción automática y empuñó el mando de su vehículo, dirigiéndolo sin titubeos hacia la entrada autofranqueable de un edificio que en nada se singularizaba de sus vecinas construcciones. La angosta puerta semicircular se abrió al instante, demostrando que su cerradura electrónica había identificado al recién llegado.
Drakyl descendió del vehículo y penetró en las dependencias de la casa. Un ascensor le condujo a los sótanos, las piezas habituales de los edificios construidos en un mundo tan inhóspito como Hektor II, cuyos veranos, apenas de cuarenta días estándar de la Tierra, sólo conseguían que la temperatura ambiente alcanzara los siete grados centígrados; mientras que en los días más crudos de invierno el termómetro descendía hasta los cien grados bajo cero.
Drakyl cortó el pequeño grupo calefactor de su abrigo y luego se quitó la prenda, colgándola magnéticamente en la plancha de acero inoxidable que servía de perchero. Se oyeron rápidos pasos y una figura esbelta y arrogante ―según el concepto de la esbeltez y arrogancia humanoides― apareció por una puerta y alzó un brazo en evidente ademán de saludo.
—¡Libertad, Drakyl! —dijo.
—Libertad, Holkist —fue la respuesta de Drakyl, con un tono de voz más reposado. Luego añadió, con un gesto—: ¿Está todo preparado?
—Sí, y los demás se hallan presentes. Incluso el profesor Yehmel. Te esperábamos hace rato.
Drakyl no contestó. Conocedor del camino, abrió la marcha con paso en apariencia pausado, pero rápido debido a la longitud de terreno que cubría a cada zancada.
El corredor terminaba bruscamente en una pared amarilla y lisa que parecía sólida. Cualquier observador hubiese creído que Drakyl iría a estrellarse violentamente contra aquel muro. Pero habría estado equivocado, porque unos centímetros antes de producirse el choque, la pared cambió de color agrisándose hasta adquirir un tono indefinido.
Drakyl se estremeció al recibir el impacto de una corriente de aire más freco. Luego, sin el menor titubeo penetró en la masa gris y desapareció de la vista de Holkist, quien prácticamente le pisaba los talones.
Drakyl parpadeó ante el chorro de luz diurna que recibieron sus ojos. Se hallaba en una especie de ingente cúpula circular construida en transteel, el acero transparente como el cristal que años atrás había inventado aquel gran científico que fue en vida Shorkestor. Los rayos del sol Hektor, lejano y blanco en su cénit, se filtraban por la transparente materia de la cúpula, inundándolo todo de una luz blanca.
El recién llegado no distrajo su vista paseándola por la densa agrupación de maquinaria que llenaba la parte central del recinto y que culminaba con un par de campanas gigantescas, exactamente iguales, que se alzaban a pocos metros una de otra y a un lado de la complejidad mecánica y electrónica; se dirigió directamente a un grupo de humanoides que estaban observando el enorme tablero de mandos que servía para gobernar todo el conjunto. Al verle todos se levantaron y, dejando el trabajo que tenían entre manos, le saludaron casi a coro en medio de un alzar de diestras.
—¡Libertad, Drakyl!
—Libertad a todos —contestó el aludido. Luego, cuando estuvo más cerca—: Me ha dicho Holkist que tenéis todo preparado. ¿También el repetidor?
—También —respondió un individuo de pelo ralo y blanco y ojos saltones.
—Perfecto, profesor Yehmel. Comencemos con las marcaciones. Es necesario localizar ese navío en el punto exacto.
El llamado profesor Yehmel asintió. Cara uno de los presentes reanudó su interrumpida tarea. Drakyl lo supervisaba todo en compañía del científico.
—Intercambié mensajes con Britta, profesor Yehmel —dijo Drakyl al cabo de unos minutos.
—¿Cronometraste el intervalo de respuesta?
—No… no pude. Llamó ella primero y sólo tuve tiempo de enviarle mi respuesta. ―Entregó al científico un par de hojas de papel plástico―. Estos son los mensajes. Lo siento, profesor.
El profesor Yehmel las ojeó rápidamente, luego hizo una mueca de disgusto.
—¿Algo va mal? —preguntó Drakyl, al advertirlo.
—Tuvisteis un pequeño descuido —respondió el profesor, señalando la copia—. Están redactados en escritura humana estándar, de derecha a izquierda. Debiste hacerlo al contrario, como solemos escribir nosotros, de izquierda a derecha…
—Perdón, profesor… ha sido por la rutina. Son muchos siglos de opresión para…
—Lo comprendo, pero debemos empezar nosotros mismos a acostumbrarnos al nuevo orden que tratamos de imponer.
Un joven instalado en un pupitre ante el cual había un mapa tridimensional abarcando la subgalaxia de Tarkentor, se volvió hacia ellos, exclamando:
—¡Ya lo tengo! ¡Acabo de localizar al Starship!
El profesor Yehmel se instaló tras una mesa llena de ábacos electrónicos y mandos de diversos colores y formas. Comenzó por situar el punto indicado por las coordenadas anteriores, programando los datos en el cerebro electrónico. Apenas hubo terminado de manipular los mandos, en el mapa tridimensional apareció un punto azul luminoso en la línea parabólica que hipotéticamente unía Laktor III con Hektor II, quedando bastante próximo al segundo de los planetas. Todos comprendieron el significado del punto azul: era la posición actual del navío del S.R.I. Starship T-8-63.
El profesor Yehmel comenzó a impartir órdenes:
—¡Holkist, instala la puerta primera del transportador en la campana A! ¡Bilman, comprueba los cálculos y luego envía la puerta dos del transportador al interior de la nave!
Los aludidos y sus ayudantes comenzaron un trabajo rápido y concienzudo. El profesor Yehmel se volvió hacia Drakyl.
—Este es el momento de mayor riesgo —dijo—. Resulta imposible precisar con exactitud el punto del navío en donde quedará instalada la puerta de nuestro transportador. Podría ocurrir que surgiera precisamente dentro del reactor atómico que proporciona la energía al Starship.
—¿Qué ocurriría entonces? —preguntó Drakyl.
—El fin de nuestro sueño… y de nuestra vida —fue la sombría respuesta del científico.
Drakyl frució el ceño antes de preguntar:
—¿Por qué?
—Al igual que una vez instaladas las dos puertas podemos pasar nosotros de un lugar a otro, con todo objeto que llevemos… de idéntica forma pasaría la reacción desintegradora atómica que tiene lugar en el interior del organismo motor de ese navío… con la desventaja de que aquí carecemos del blindaje e instalaciones necesarias para protegernos. No sólo la radiación atómica nos afectaría, sino que lo más probable es que se extendiese la reacción en cadena, destruyendo estas instalaciones una fracción de segundo después de acabar con nuestras vidas…
Drakyl no pudo evitar un estremecimiento ante aquella perspectiva. Pero también comprendió que era un riesgo inevitable que correr, si después se lograba el inapreciable premio de la libertad de su raza.
Uno de los encargados de los diversos controles y mecanismos auxiliares fueron informando que su sección estaba dispuesta para entrar en funcionamiento. Cuando el profesor Yehmel hubo recibido el último de estos partes, ocupó el puesto principal de mando y ordenó:
—¡Zona uno, contacto!… ¡Manten el voltaje en doce mirias, intensidad quince millones! ¡Zona dos, contacto… capacímetros a 120 faradios, reactancias a cuarenta kilomirias! ¡Alerta campana A, preparados para utilizar los compensadores electromagnéticos!
El propio profesor accionó un interruptor situado en el centro mismo del tablero de mandos principal. Toda la cúpula pareció entrar en una insoportable vibración. Chispas eléctricas saltaron allá donde había un grupo cátodo-ánodo. El aire adquirió un marcado olor a ozono.
Pasaron varios minutos. La tensión de todos los presentes era palpable, evidente, casi explosiva. Cada humanoide tenía crispados los puños y su lengua humedecía constantemente los resecos labios.
Drakyl, en particular, menos acostumbrado a esta clase de experiencias científicas, se sentía invadido por una angustia mortal. Era mucho lo que estaba en juego. Las vidas de todos los presentes, por muy importante que fuese la del ilustre profesor Yehmel, apenas tenían valor comparadas con la libertad de una raza oprimida y vejada desde hacía muchas centurias. Si ahora se fracasaba, quizá nunca se presentaría una nueva oportunidad…
—¡Puerta dos del transportador al navío! —exclamó una voz.
—¡Alerta campana A, comunicadme resultados! —fue la orden del profesor Yehmel.
Al cabo de unos segundos el encargado de la citada campana informó:
—¡No hay radiación en la puerta uno!
—Eso indica que la otra puerta ha quedado instalada en las partes habitables del Starship —exclamó el científico, sin poder evitar el tono jubiloso en su voz.
Drakyl respiró aliviado. Según parecía, el peligro de morir todos y quedar destruidas las instalaciones había pasado.
Continuó la larga espera. Una vez más las órdenes del profesor Yehmel orientaron las operaciones.
—¡Utilizad el avisador-localizador! Es preciso que nuestro agente a bordo encuentre la puerta dos.
Holkist manipuló sus mandos. La espera se hizo casi insostenible. Y, de pronto:
—¡Respuesta, acabo de recibir respuesta! —gritó el propio Holkist.
—¡Fíjese en la campana A, Drakyl! —ordenó nervioso el profesor Yehmel.
Drakyl obedeció. Sus ojos se clavaron fascinados en el óvalo grisáceo que acababa de aparecer dentro de la campana. Tenía un brillo indefinido y más bien oscuro, y parecía hecho de la nada.
Súbitamente una silueta humanizada apareció cruzando aquel óvalo desde un lugar inverosímil del espacio vacío que quedaba detrás. Su forma tomó concreción instantánea. Pese a no haberla visto nunca, Drakyl la reconoció de inmediato.
Era una hembra humanoide. Vestía el provocativo uniforme de las concubinas del S.R.I.
Era… ¡Britta!
3
—¡Uf! ¡Qué mujer, gran Cosmos! —exclamé, cuando Dusty Lust me dio un respiro.
Me miró con sus ojos enervantes y luminosos, y luego de unos instantes, mientras uno de sus largos y esbeltos brazos acariciaba mi espalda, me preguntó:
—¿Satisfecho, cariño?
Naturalmente que mi respuesta fue afirmativa. ¿Qué otra cosa podía ser, después de casi todo un día de amor? La vi mirarme expectante y por cortesía la pregunté a mi vez:
—¿Y tú, tesoro?
Hizo un mohín indefinido, sin contestar de manera decisiva. Comprendí que algo pasaba e insistí.
—¿De veras estás satisfecha?
—Pues… no —fue su respuesta.
Me incorporé como impulsado por una corriente eléctrica. Su contestación me había dejado estupefacto. Por un momento mi egoísmo de hombre estuvo a punto de revolverse contra ella y enviarla a paseo, como vulgarmente se dice. Pero me contuve, temeroso de que se marchara tan inusitadamente como había venido y me dejase de nuevo condenado a la insulsez de Britta y a la contemplación de insatisfactorios filmes tridimensionales.
—Entonces… ¿Quieres más? —pregunté con un hilo de voz.
Asintió vigorosamente con la cabeza. Emití un suspiro de resignación y la tomé entre mis brazos. Desde luego, resulta humillante para un varón reconocer su inferioridad ante una mujer, por mucha razón que le asista. Yo no podía ser menos que ella ni rendirme antes. Así que decidí proseguir la lucha hasta que la propia Dusty me pidiese una tregua.
Pero no tardé en comprender que aquella lindísima hembra poseía una resistencia increíble, capaz de sobrepasar los límites de la mía. Resulta inconcebible imaginar lo volcánico de sus besos y caricias, tan absolutamente envolventes que lograban hacerme olvidar de mi cansancio y responder con la vehemencia necesaria en estos casos.
No sé cuánto tiempo pasó. Recuerdo, sin embargo, que de pronto mi estómago lanzó un grito de protesta y todo mi ser se vio inundado por una invencible debilidad.
Solté a Dusty y murmuré:
—Por el Cosmos, tesoro… basta ya… ¡Te lo suplico!
Dusty soltó una cristalina carcajada y se apartó de mí. Durante unos instantes quedóse inmóvil y estatuaria al alcance de mis manos, su dorada cabellera desparramada en suave cascada de oro por todo su impresionante cuerpo.
—¿Te cansaste de mí? —preguntó, coqueta.
—Oh, no… no es eso. Compréndelo, me sigues gustando mucho, muchísimo, pero… todo tiene un límite. ¿O es que tú no te sientes cansada?
No respondió, pero por su expresión comprendí que se sentía fresca y lozana, como si nada hubiese pasado entre nosotros.
—¿Quieres que me vaya? —inquirió sin mirarme, preocupada en apariencia por colocarse el conjunto vaporoso de velos que constituían su vestimenta.
—¡No! —protesté vehemente—. Dentro de un rato… cuando me haya repuesto…
Me dirigió una sonrisa luminosa y se apresuró a sentarse a mi lado. De nuevo me vi envuelto en la fragancia afrodisíaca de su misterioso perfume y otra vez la sedosidad de sus cabellos, al rozar mi sudorosa piel, me produjo un enervante escalofrío.
La rodeé cansinamente con mis brazos; mi cerebro en abierto conflicto con mis sentidos trataba de dominar la situación… y lo consiguió.
—Será mejor que llame a Britta —dije—. Comeremos algo.
—Llámala si quieres, encanto. Aunque yo no tengo mucho apetito…
Era extraño, pero nada repuse por el momento. Mediante el intercomunicador pedí a Britta que nos trajera algo de comer. Cosa rara que en aquellos instantes no me alarmó, fue el que la nam no me respondiera con su voz fina y áspera confirmando haber comprendido mi petición. Sin duda debí achacarlo a su sempiterno laconismo, propio de los seres de su raza.
Pasaron varios minutos. La conversación murmullante y prometedora de Dusty me distrajo. Luego, de súbito, una especie de alarma empezó a sonar dentro de mí. Al principio me fue imposible discernir la causa de mi inopinada inquietud.
Sin saber concretamente lo que hacía, volví a llamar:
—¡Britta! ¡Britta, contesta! —grité por el intercomunicador—. ¿Dónde diablos te has metido? ¿Por qué no nos traes la comida que te encargué?
—Déjala, Blanner —me susurró al oído la voz musical de Dusty—. Ya vendrá, no te preocupes. Sigamos charlando.
—No, no puedo dejar pasar por alto esta negligencia de mi nam —contesté—. Compréndelo, en el servicio nos inculcan como norma ineludible el mantener a nuestros servidores de raza inferior dentro de la más estricta de las disciplinas.
Accioné el timbre de emergencia del intercomunicador. Por el altavoz neumático percibí el zumbido de llamada en todas las dependencias del navío destinadas a Britta. Pero ella no respondió. Conecté la pantalla del circuito cerrado de TV de la nave y busqué a mi esclava por los lugares habituales. Ni en su camarote, ni en su baño, ni en la despensa, ni en la cocina, ni en la biblioteca había rastros de Britta. Exploré los pasillos que conducían a las secciones antedichas, con el mismo resultado negativo.
Y fue entonces cuando me asaltó la primera sospecha. ¡Britta debía de estar en alguno de los departamentos del Starship prohibidos a los de su especie!
Solté una de las maldiciones más sonoras de mi repertorio y frenético manipulé los mandos de la pantalla de TV en un rápido y concienzudo reconocimiento de las demás secciones de la nave.
Dusty, reclinada voluptuosamente en el más confortable diván de la Sala de Visión, reía burlona.
—¡Cállate! —exclamé descompuesto—. ¿A qué vienen esas risas? ¿Acaso tiene algo de divertido que una despreciable nam vulnere los reglamentos establecidos y penetre en lugares donde se conservan aparatos secretos?
Dusty no dijo nada, se limitó a seguir riendo enigmáticamente. Continué la búsqueda.
Nada en la sala de control automático de las máquinas. Nada tampoco en la cabina de navegación. Nada en el departamento de energía. Igualmente nada en la sala de astrología. Nada en la cámara de calculadores electrónicos. Nada en el sector de comunicaciones…
¿Nada?… ¡No, no, no!
¡Allí había algo! ¡Lo podía ver con claridad en mi pantalla!
Al principio me pareció un espejo ovalado de casi dos metros de altura por uno y medio de ancho, con una superficie pulida pero oscura, brillando bajo las luces de la estancia… Pero no era un espejo, puesto que para serlo le faltaba reflejar las imágenes de las cosas que tuviera delante.
Solté un respingo de asombro. Dusty dejó de reír y se puso en pie, acercándoseme presurosa.
—¿Qué te ocurre, Blanner? —preguntó, con un tono algo duro en el que no reparé.
—Mira ese objeto ovalado. Nunca lo vi a bordo y mucho menos en comunicaciones —exclamé, entre indignado y estupefacto.
Dusty me agarró con fuerza excesiva para una mujer y me hizo girar en redondo de manera que diese la espalda a la pantalla y la mirara a ella.
—¡Cariño…! —comenzó con el más mimoso y sugerente de sus tonos.
—¡Nada de cariños ni memeces ahora, encanto! —grité, descompuesto—. A bordo de mi nave están ocurriendo cosas muy raras y voy a averiguarlas cueste lo que cueste…
Di media vuelta y manipulé el mando de ampliación de la pantalla para acercar la imagen del extraño objeto aparecido en mitad de la cabina. Pero no llegué a hacerlo, porque de pronto una imagen se formó dentro del óvalo.
¡Britta!
La estupefacción me dejó sin habla por algunos segundos. La aparición de mi nam en el misterioso óvalo había sido insólita e inesperada. Un momento antes, sólo había allí la superficie pulida y oscura brillando bajo las luces; luego, sin transición alguna, la redondeada figura de mi sirviente penetrando en el departamento, como si la superficie aovada fuese alguna especie de quicio de quién sabe qué puerta.
Aún antes de poder decir nada vi cómo Britta se adentraba en la sala y se dirigía con paso rápido a la salida. Y entonces ocurrió algo más inaudito todavía, algo que hizo vacilar los cimientos de mi mentalidad: por el óvalo oscuro y brillante acababa de entrar otra persona. ¡Del sexo femenino también! ¡De raza de los nam!
Y, lo que resultaba todavía más anonadador: era un duplicado exacto de mi nam Britta…
Creí ser víctima de alguna alucinación. Pero no lo era: durante un momento, las dos Britta estuvieron en pantalla, la primera a punto de salir, la segunda habiendo acabado de cruzar aquel óvalo desconcertante.
Vestían las dos de igual manera, con esos trajes uniformes diseñados en Plus-Venus con el único propósito de proporcionarnos a los inspectores especiales del S.R.I. algún placer visual con que paliar en cierto modo nuestra agobiante soledad: la túnica tornasolada y transparente con sugerentes bordados que servían para semiocultar las partes más críticas de su rotunda anatomía; el cabello, suelto y untuoso, enhebrado de záfiros sintéticos, de esmeraldas, de diamantes rosados, y otras gemas que no por artificiales producían menos rutilante efecto; también el calzado, las sandalias de piel de tagart, escamosa y nacarada, era idéntico en las dos.
Esa igualdad de atuendos produjo en mí una mayor intranquilidad. Los rasgos físicos pueden tener una explicación; en las razas inferiores abundan los gemelos y hasta casos de partos triples y hasta cuádruples. Aunque el hecho de que Britta Uno y Britta Dos fuesen gemelas podía explicar su parecido, en absoluto servía para justificar su presencia allí, en mi navío, a cientos de años luz de su mundo de origen y en una de las dependencias cuyo acceso estaba terminantemente prohibido a las nam…
Todas estas consideraciones pasaron fugaces por mi cerebro en el corto lapso de tiempo transcurrido desde que Britta Uno abrió la puerta de la cabina de comunicaciones y salió al pasillo.
—¡Maldita raza de los nam! No sé lo que se proponen, pero… ¡les costará caro! Ahora mismo despedazaré a esas dos Britta… —exclamé iracundo, echando mano instintivamente a mi calcinador manual.
Todo fue simultáneo: el encontrar vacía la funda de mi arma en el cinturón y la voz de Dusty, de quien me había olvidado, sonando en esta ocasión más dura y cortante que una cuchilla de acero al berilio.
—¡Quieto, Blanner Monk! Será mejor que no te muevas, ni intentes nada.
Giré en redondo… Y la vi tal cual era, con su propia personalidad, desprovista de aquella máscara seductora con la que me embaucó durante horas. No era la voluptuosa Dusty Lust, heroína de tantos films afrodisíacos. Ni siquiera era de mi raza…
¡Era una nam!
Se me revolvieron las tripas, sentí asco, más que nada al pensar que había hecho el amor a aquella criatura que ni siquiera poseía las cualidades de Britta… Luego, con desesperante claridad, comprendí que había sido la ingenua víctima de una conjura.
—Me parece que ahora lo comprendo todo —exclamé.
La fingida Dusty Lust soltó una carcajada. El sonido de su risa me pareció completamente distinto al que momentos antes me hechizaba.
—Vaya, Blanner, veo que recobras tu lucidez. Así las cosas serán más fáciles —dijo.
Mi cerebro funcionaba a toda velocidad, buscando una salida a aquella situación comprometidísima. Para ganar tiempo traté de tirar de la lengua a mi interlocutora.
—Pero… ¿cómo lo conseguiste? Me refiero a engañarme, hacerme creer que eras Dusty Lust… que te habías escapado de un film tridimensional y…
De nuevo la nam soltó la carcajada.
—Fue muy fácil, facilísimo. Una simple ilusión debido más que nada a tu imaginación excitada. También ayudaron las drogas. Un producto nuevo, descubierto por uno de nuestros sabios de Laktor III. Produce lo que podrías llamar alucinaciones, aunque necesitan una cierta base real para que estas imágenes ilusorias se produzcan. Como verás, el principal problema era trasladarme aquí, al Starship. Y eso nos ha resultado muy sencillo.
Mi mente empezó a rumiar aquellos conceptos. Les había resultado sencillo trasladar a aquella nam a mi navío. También ligaba eso con la aparición y desaparición de Britta y su doble. Luego, estaba el óvalo oscuro instalado en comunicaciones. Sí, una cosa ligaba con la otra.
—Entonces, esa cosa extraña que he visto por la pantalla es una especie de puerta, ¿verdad?
La nam asintió con la cabeza.
—Llámalo como quieras. Su nombre verdadero es «transportador dinámico». Sus principios fundamentales son idénticos a los de vuestros motores superlumínicos. Claro que la central transmisora emplea mucha menos energía de la que utilizáis vosotros. Eso es natural; nuestras industrias, por vuestra culpa, son menos poderosas, carecen de esa riqueza de medios necesarios para el desarrollo y perfección a gran escala del sistema. De haber poseído una industria más potente —añadió la falsa Dusty Lust—, no hubiera sido necesario tener que apoderarnos de este navío. Entonces hubiéramos construido nuestras propias naves y la victoria sobre vosotros, los tiranos, hubiese llegado con mayor facilidad y rapidez.
—Entonces, ¿es una rebelión? —pregunté.
—Sí, puedes darle ese nombre, aunque nosotros consideremos que nuestro movimiento es el fin de la opresión que durante tantos siglos tu raza nos ha impuesto.
Hubo una pausa. Oí pasos por el pasillo. Debía ser una de aquellas dos Britta. Pero también, dada la existencia del transportador instalado en mi nave, pudiera ser alguna otra persona de la raza de los nam que viniese a hacerse cargo de los mandos de mi navío.
—Y ¿qué pensáis hacer conmigo? —pregunté.
Antes de que la falsa Dusty Lust respondiera se abrió la puerta. Era una de las Britta.
Me la quedé mirando. Traté de descifrar si era la original o su hermana gemela, si era la que llevaba varios años viajando conmigo o una otra nueva y distinta, aunque igual en sus rasgos. No lo logré.
—Britta —dije—. ¿Por qué? ¿Tan mal te he tratado?
Me miró, altiva. Era una Britta completamente distinta a la que yo conocía, y sin embargo su aspecto físico continuaba siendo el mismo. Había en su persona un orgullo nuevo, una sensación que podríamos catalogar de majestuosa y que contrastaba vivamente con la sumisa humildad, con la resignada obediencia que me mostró con anterioridad.
—Blanner Monk, tú jamás lo comprenderás. Preguntas si tengo alguna queja contra ti. ¿Alguna? ¡Millares!
Calló. En sus ojos oscuros había un fuego de odio, de infinito rencor. Dio un paso hacia mí y me abofeteó.
—¿Por qué lo has hecho? —le pregunté.
—Porque, según tú, soy una humanoide. Una esclava tuya, útil sólo para servirte de criada y de concubina. Y aún esto último en raras ocasiones, cuando tus deseos dominan ese orgullo de raza, ese sentido de superioridad con la que vosotros, los humanos, nos insultáis.
—Pero…
—Basta de discusiones y charlas inútiles —intervino la falsa Dusty Lust—. ¿Está todo listo ya, Britta?
Mi antigua servidora asintió.
—Cuando quieras, Gerda, podremos llevárnosla.
—Pues ahora mismo. Vamos…
La llamada Gerda, es decir, la falsa Dusty Lust, hizo un expresivo movimiento con el calcinador manual que empuñaba. Señaló hacia la puerta. Dudé unos instantes.
—A dónde me lleváis? —pregunté.
—No tardarás en saberlo. Ahora hemos de darnos prisa —respondió Gerda.
Britta abrió la marcha. La seguía yo, con el cañón de mi calcinador clavado en la espalda y firmemente empuñada el arma por la enérgica mano de la nam que me engañó.
No tardé en comprender que nos dirigíamos al sector de comunicaciones. Por mi mente cruzó una idea…
—¿Pensáis obligarme a utilizar vuestro… transportador? —pregunté, volviéndome hacia Gerda, que evidentemente parecía tener autoridad superior a la de Britta.
La presión del arma en mi espalda se acentuó, obligándome a no interrumpir el paso.
—Tú lo has dicho —fue la lacónica respuesta.
A mitad de camino, cuando pasábamos por delante del comienzo del pasillo que conducía a la sala de máquinas inferior, nos cruzamos con la otra Britta. Me la quedé mirando, intentando diferenciar a aquellas dos nam tan idénticas. Fueron inútiles todos mis esfuerzos.
La nueva Britta me miró con el mismo odio que la que me precedía. Sin embargo, de momento, nada dijo. Tuve que volver a hablar, impulsado por esa morbosa curiosidad de conocer todas las causas, aun cuando éstas nos sean completamente hostiles y perjudiciales.
—¿Queréis decirme, por favor, cuál de vosotras dos era la que viajaba conmigo? —demandé.
La Britta que marchaba delante de mí, volvió simplemente la cabeza para mirarme por encima del hombro. Pero fue la otra la que respondió:
—¿No lo sabes? ¿Acaso prefieres averiguarlo por ti mismo, teniéndonos en tus brazos primero a una y después a la otra? Un hombre tan experto como tú debería ser capaz de identificar a la mujer que fue su concubina durante tanto tiempo, ¿no es verdad, Gerda?
La aludida soltó una de sus largas e impertinentes risas.
—Creo que cualquiera de vosotras me produciría la misma sensación de asco —respondí en un arrebato de orgullo.
La Britta que me precedía se volvió, furiosa, con las uñas preparadas para arañar como una legendaria tigresa. Fue la otra Britta la que impidió que me atacase.
—¡Cálmate, hermana! No te pongas a su nivel, no vale la pena.
—Vamos… humano —conminó Gerda.
Aquel «humano» fue como un insulto, como el peor de los insultos, por el tono en que fue pronunciado. Seguimos adelante, mientras la Britta Dos quedó atrás, perdiéndose en el pasillo que conducía a la sala de máquinas inferior.
A poco llegamos a la zona de comunicaciones. Britta Uno abrió la puerta, colocándose a un lado para que pasase yo.
—Llegó tu hora —dijo, con odio reconcentrado—. ¡Llegó vuestra hora, la de los humanos opresores!
Atravesé la puerta y vi, a unos metros delante de mí, el misterioso óvalo oscuro y brillante. Visto de cerca era de un gris indefinido, el gris que puede ser la imagen perfecta de la nada. Era opaco, por lo menos al ser contemplado en persona y no a través de la pantalla del circuito interior de TV.
—¿Me vais a obligar a…? —pregunté.
—Tú lo has dicho —respondió Gerda—. Vas a pasar por nuestro transportador.
—¿Y dónde iré a parar?
—No tardarás en saberlo, nada más cruces ese marco oval. Te va a caber la gloria de ser el primer humano que experimenta en propia carne nuestro aparato. Esperamos que no perjudique tu delicado organismo —concluyó Gerda, burlona.
Di un paso más. La superficie indefinida y gris del óvalo estaba ya al alcance de mi mano. Podría holgadamente cruzar por él, puesto que su anchura y altura eran suficientes para un hombre más corpulento que yo. Sin embargo, un innato temor me hizo detenerme en el mismo umbral.
Gerda había bajado el arma. Por lo menos sentía esa sensación, puesto que no notaba en mi espalda el duro y amenazador cañón de mi calcinador manual. Decidí, con rapidez, hacer una intentona para escapar de aquel desconocido peligro.
Me volví como un relámpago y con uno de mis brazos golpeé la diestra armada de Gerda. La nam emitió un gemido mezcla de asombro y de dolor. Luego y sin el menor miramiento me lancé de cabeza contra Britta. Mi rebelde servidora emitió un alarido y resistió firme el impacto del choque.
—¡Maldito… maldito! —gritó entre dientes, mientras sus largas uñas se clavaban furiosas en mi piel.
Le di un puñetazo. La golpeé en el cuerpo, en el estómago. Gimió. Sin embargo, pese a vacilar y tambalearse, no me soltó; antes al contrario, se agarró con fuerza a mí utilizando sus pies y sus manos, mordiéndome como un tigre enfurecido.
—¡Sujétalo, que no escape! —oí gritar a Gerda.
Inmediatamente, comprendí que mi intento de fuga había fracasado. Britta, al contenerme, había hecho posible la reacción de Gerda y ahora, con el calcinador recuperado, podía dominar fácilmente la situación.
Sin embargo, comprendí que no se atrevería a disparar por miedo a matar también a su compañera, y fue entonces cuando me aferré a Britta Uno. Era ―tenía que ser― mi tabla de salvación.
—¡Apártate, Britta! ¡Déjame que pueda dispararle! —vociferaba Gerda.
Pero Britta no parecía oírla. Su furia se centraba en mí, arañándome, mordiéndome, desgarrando mi piel con gemidos de odio salvaje.
De pronto, algo pesado cayó sobre mi cabeza. Noté que se me nublaba la vista, y luego que aquel gris indefinido que formaba parte sustancial del óvalo del transportador crecía y crecía hasta ocultar toda la sala.
Aflojé mi presión y caí al suelo. Al borde de la inconsciencia noté cómo las dos nam me arrastraban hacia el óvalo y me hacían cruzar aquel dintel de la nada.
Gris… gris absoluto… y luego negro…
Nada más.
4
Como una pelota, el cuerpo semiconsciente de Blanner Monk cruzó el óvalo gris y rodó por el piso de la campana A. Medio desnudo como estaba, el color de su piel destacaba insólito en comparación con el tinte moreno del grupo de pardos que contemplaban su súbita irrupción en aquella escondida cúpula laboratorio de Hektor II.
—¡Por el Cosmos! ¡Pero si es un…! —exclamó Drakyl.
Un gesto autoritario del profesor Yehmel le impidió terminar la frase.
—¿Cómo te imaginabas que sería nuestro cautivo inspector especial del S.R.I.? —dijo el científico, esbozando una sonrisa burlona.
Drakyl boqueó unos instantes sin encontrar palabras en su mente. La sorpresa le había dejado anonadado. Necesitaba realizar el máximo esfuerzo para coordinar sus pensamientos y averiguar el significado de aquel hecho insólito e inimaginable.
—No lo entiendo… no lo entiendo —murmuró mientras su cerebro se afanaba por hallar la necesaria ilación.
Una nueva figura acababa de salir del óvalo grisáceo y pisaba el suelo de la campana A, tropezando con el cuerpo de Blanner Monk y estando a punto de caer. Era Gerda, la nam, y empuñaba aún el calcinador manual que arrebató al humano durante su orgía en la Sala de Visión del Starship T-8-63.
Desde el puesto de control general, el profesor Yehmel dio una orden:
—Holkist, ponme en comunicación con el interior de la campana A. ¡Rápido! ―Apenas dos segundos más tarde, el científico hablaba con Gerda―. Por favor, muchacha, ¿dónde quedó instalada la puerta dos del transportador? ¿Hay algún riesgo?
—No se preocupe, profesor Yehmel. La puerta está instalada en uno de los sitios más favorables: la cabina de comunicaciones de la nave. Ningún peligro nos amenaza. A bordo han quedado las dos Britta. ¿Cuáles son tus órdenes para mí?
—Regresa a la nave. Tienes conocimientos suficientes para captar cualquier mensaje imprevisto que el Servicio Regulador Intergaláctico enviase a Blanner Monk. Si esto sucediera, comunícate conmigo inmediatamente. De otro modo, espera mi aviso para volver antes de que procedamos a duplicar el Starship.
Gerda asintió, dio media vuelta y desapareció por el indefinible gris del óvalo. El profesor Yehmel convocó a sus principales técnicos.
—Ha llegado el momento de realizar lo más difícil. Vamos a poner a prueba la capacidad de mi duplicador. Hasta ahora hemos tenido bastante éxito con los objetos más o menos pequeños que introdujimos en la campana A y salieron reproducidos en la campana B. Incluso con los seres vivos; vosotros habéis tenido prueba fehaciente con el caso de Britta. Quizá consideréis que el reproducir a nuestra compañera fue tan sólo un capricho mío, pero os equivocáis.
»No niego que tenía verdadera curiosidad en ver cómo el duplicador operaba en seres vivos. Los resultados han sido harto satisfactorios. Ya visteis que se necesitaron apenas cinco minutos para tener dos Britta totalmente idénticas, hasta podría asegurar que iguales en sus pensamientos, recuerdos y mentalidades. El motivo principal que tuve para intentar y lograr su duplicación ha sido bien otro, sin embargo. Mi primitivo plan era situar a bordo del T-8-63 no dos, sino tres o cuatro Brittas para así controlar mejor las dependencias del navío y mantener engañado a Blanner Monk hasta conseguir que se acercase mucho más a nuestro planeta, para así ser más fácil la delicada maniobra de la nave.
Hizo una pausa, se pasó la mano por los ojos y prosiguió mientras todos los demás, Drakyl inclusive, no se perdían palabra de cuanto dijera.
—Recordaréis que con nuestra delegación en Laktor III y utilizando el pequeño transportador de corto alcance que construí allí experimentalmente, logramos instalar a bordo de ese navío a nuestra impar colaboradora Gerda y un cargamento de drogas suficiente para producir en Blanner Monk el estado ilusorio que nos permitiese llevar a cabo nuestro plan. Gerda logró apuntarse un éxito en su personificación de la estrella de los films eróticos tridimensionales Dusty Lust, éxito, hay que reconocerlo, facilitado por la droga que Britta suministró al humano durante sus comidas.
»No sé con exactitud cómo Blanner Monk logró reaccionar a tiempo y advertir la presencia de la puerta dos de nuestro transportador a bordo, y la entrada en su nave de las dos primeras Britta de la serie. El caso es que se dio cuenta, por lo que Gerda tuvo que actuar con rapidez y según su criterio.
Calló de nuevo. Acababa de exponer lo sucedido en lineas generales, pero faltaba por explicar a sus compañeros de conspiración cuál era la situación actual en que todos se hallaban. Meditó las palabras a emplear, procurando que éstas no causasen una sensación de desánimo o de pesimismo.
—Ahora nos hallamos frente al siguiente problema —prosiguió, con tono grave—. El Starship se encuentra a unos nueve días luz de Hektor II, distancia bastante considerable para permitir que siga volando en automático sin que sufra una desviación; eso no le permitirá acercarse a nuestro planeta a distancia suficiente para conseguir que algún técnico en aterrizajes la maniobre y haga tomar tierra precisamente dentro de esta cúpula.
»Por tanto, hemos de enfrentarnos a un grave problema: el de pilotar el navío durante estos nueve días luz de distancia, que a la velocidad del Starship se convertirán en unos diecisiete días estándares de la Tierra.
—Pero… ¡eso es prácticamente imposible! —exclamó Bilman, con expresión alarmada—. ¡Carecemos de navegantes calificados para gobernar el navío!
—Es cierto —repitieron los otros casi a coro.
—¿Acaso significa que todos nuestros planes se van a venir abajo por culpa de ese detalle, que podríamos catalogar de secundario? —preguntó Drakyl.
El profesor Yehmel se tomó su tiempo antes de responder y cuando lo hizo, habló tranquilo, reposado y sereno.
—En efecto, como habéis apuntado, carecemos de pilotos especializados en navegar con navíos del tamaño y complejidad de los del tipo Starship. La Ley de Algorán promulgada por los humanos hace unas decenas de siglos no sólo nos prohibe a los pardos los beneficios de la impulsión superlumínica, sino que limita nuestros viajes interplanetarios a la utilización de pequeños cohetes anticuados, cuya velocidad máxima apenas representa una décima parte de la de la luz.
»Una nave de las características del Starship, pese a no poseer impulsión superlumínica, por lo menos quintuplica la velocidad de nuestros cohetes, a más de poseer suficiente espacio. No para instalar en ella un pequeño ejército de ataque, sino para, lo que es mejor, colocar toda la complicada maquinaria de un transportador similar a éste. ¿Suponéis lo que eso significaría?
Todos los presentes asintieron. Se daban cuenta de que con un Starship llevando a bordo un transportador de largo alcance, pronto podrían adueñarse de otros navíos similares y hasta de aquellos de velocidad superlumínica. No se tardarían años, meses, ni siquiera semanas en tener la flota más potente que pudiera imaginarse en todo el cosmos; sería cuestión de días. Es más, quizá de horas.
Pero permanecía planteado el grave problema del pilotaje del navío de Blanner Monk.
—Es necesario, pues —prosiguió el profesor Yehmel—, que traigamos al Starship T-8-63 hasta aquí. Y repito: carecemos de pilotos especializados para hacerlo.
El profesor se detuvo para dejar que sus palabras calasen hondo las mentes de sus colaboradores. Fue Drakyl el primero en hablar:
—Veo que nos hallamos en un callejón sin salida. Es más, las consecuencias de todo esto pueden sernos absolutamente funestas —dijo—. No podemos seguir adelante con nuestro plan. Porque aunque nos sea fácil enviar cuantos hombres queramos a bordo del T-8-63, no disponemos de los técnicos en navegación necesarios para maniobrar la nave. Por otra parte, si nos confiamos al azar y dejamos que ese navío prosiga su viaje en automático hasta las cercanías de Hektor II, corremos el lógico y posible riesgo de que el navío sufra una desviación de tal importancia, que nos lo arrebate prosiguiendo su rumbo hasta quedar fuera del alcance de operación de nuestro transportador o, en el mejor de los casos, se precipite contra la superficie del planeta y quede destruido para siempre.
—¿Por qué ha dicho “en el mejor de los casos”? —preguntó Holkist.
Drakyl meditó unos instantes antes de responder.
—Verás, dado lo avanzado de nuestra conspiración, si no conseguimos el triunfo en cuestión de pocos días o semanas, el R. S. I. descubrirá que algo anormal ocurre. Enviará, como ha hecho en otros planetas y en diversas ocasiones, una fuerte patrulla armada para investigar la anomalía. Eso significará que se descubran nuestros planes y que nuestra raza sufra el castigo de su incipiente rebelión. Sin embargo, en el caso de que el Starship se estrellase contra la superficie de Héctor II, quedando destrozado hasta el máximo y muriendo sus ocupantes… me refiero a Blanner Monk y Britta, su concubina…, el S.R.I. lo consideraría como una catástrofe accidental, quizá un fallo de los mecanismos de autodirección del navío. Entonces, lo más seguro es que la investigación rutinaria pasase por alto muchos hechos significativos y no se enterara en absoluto de la existencia de nuestro movimiento.
Todos los presentes asintieron; comprendían perfectamente el punto de vista de Drakyl. En sus cerebros comenzaba a alborear la decepcionante idea de que el intento de recobrar la libertad había fracasado y que tendrían que esperar una nueva ocasión para poder lanzarse al espacio bajo esa bandera, con el grito exigente de unas justas reivindicaciones para su raza oprimida.
Sólo el profesor Yehmel sonreía, calmoso, tranquilo, dueño de sí mismo y de la situación, como si nada de aquello afectase a sus planes, largamente elaborados. Por su apariencia daba a entender que poseía una solución al problema. Lo malo es que sus compañeros y colaboradores, preocupados por lo angustioso de su situación, no se habían tomado la molestia de mirarle siquiera y pedirle, como en tantas otras ocasiones, su consejo, su opinión.
El profesor Yehmel volvió a tomar el uso de la palabra. Habló con serena ecuanimidad de costumbre, cayendo sus frases como una lluvia sedante en los atribulados espíritus de cuantos le escuchaban.
—Ya conocéis el problema —dijo—. Sin embargo, no es insoluble. Las dos soluciones que apuntó Drakyl resultan correctas… bajo su punto de vista. Sin embargo, el que carezcamos de pilotos especializados para hacer navegar navíos como el T-8-63 no indica que no podamos hacernos cargo de la nave y traerla hasta aquí. Recordad que, una vez en órbita en torno a Hektor II, nuestro plan era desmantelar el navío pieza por pieza y enviar estas fracciones hasta aquí mediante la puerta dos y la puerta uno del transportador. Ir reproduciendo, luego, parte por parte, tornillo por tornillo, tuerca por tuerca, cada una de las componentes del Starship y devolverlas al espacio, donde los mismos que las desarmaron las rearmarían de nuevo para en poco tiempo no tener un solo Starship sino diez, veinte, cien… un millar, si era preciso.
—De acuerdo, profesor Yehmel —interrumpió Holkist—. La cosa resultaría fácil siempre y cuando lográsemos traer hasta aquí y colocar en órbita la nave. Pero no podemos traerlo, y tampoco es lógico esperar que el azar resuelva nuestros problemas…
—Tú lo has dicho —le respondió el profesor Yehmel—. No podemos confiar en que el azar resuelva nuestros problemas. Tampoco nos es posible aplazar indefiniblemente nuestro movimiento libertador. La ocasión es ahora, en estos momentos… durante la época en que vivimos. Por tanto, resulta imprescindible, absolutamente imprescindible que el navío de Blanner Monk entre en órbita dentro de 16 o 18 días…
Drakyl era el más impaciente de todos y por eso fue él quien intervino:
—Profesor, me parece que así no iremos a ninguna parte. Hasta ahora, sólo ha recalcado la necesidad, que todos comprendemos, de tener ese navío en órbita. Pero, ¿y las soluciones? ¿Cómo cree que vamos a improvisar, en el espacio de horas o días, pilotos lo suficientemente aptos como para empuñar los mandos de ese Starship?
El profesor Yehmel le miró con calma. En sus labios se dibujaba aquella sonrisa medio enigmática, medio confiada tan característica en él.
—No he dicho que improvisemos pilotos —dijo él—. Ya tenemos uno. Y de ese piloto, con nuestro replicador, podemos conseguir dos, diez, veinte… un centenar, si se nos antoja.
Hizo una pausa. Todos le miraban asombrados, y por la expresión de sus rostros se veía a las claras que se preguntaban si el sabio profesor Yehmel se habría vuelto loco de repente.
Uno de ellos preguntó:
—¿A qué piloto se refiere? ¿No será a Gerda?
—No —contestó el profesor—. Los conocimientos y la pericia de Gerda son bastante limitados. Podría decirse que se reducen al manejo de los servicios de comunicación normales del navío. Hablo de otra persona. Del que nos consta que posee conocimientos para gobernar el Starship T-8-63, concretamente.
El aplomo con que hablaba hizo que una nueva esperanza, una confianza de por sí injustificada, comenzase a crecer en el pecho de cada uno de los conjurados.
—¡Por el Cosmos! —estalló Drakyl, sin poder contenerse—. ¿Quién es ese piloto? ¿Lo conocemos?
El profesor Yehmel señaló con la cabeza hacia la campana A y dijo:
—Ahí lo tenéis: es el propio Blanner Monk.
Todos los ojos se volvieron a mirar hacia la campana, como impulsados por el mismo pensamiento. De todos los pechos se escapó la misma exclamación. Una exclamación de asombro, de perplejidad, de desencanto.
Porque la campana A estaba vacía. En su interior ya no estaba el cuerpo inerte, inconsciente del inspector especial del Servicio Regulador Intergaláctico, Blanner Monk. ¡Había desaparecido!
5
Abrí los ojos y tuve que volverlos a cerrar. La luz hiriente me hacía un daño insoportable… pero lo más extraordinario era que notaba el dolor en la nuca, precisamente en la parte opuesta a donde se hallaban mis ojos.
Y de pronto recordé que me debían haber dado un golpe por la espalda, haciéndome perder el conocimiento. Por eso me dolía la nuca atrozmente.
Entonces, mi memoria evocó una sucesión confusa de imágenes desconcertantes. Dusty Lust, que se salía del retazo de aire ionizado que constituía la pantalla de los films tridimensionales de la Sala de Visión. ¡Vaya mujer! ¡Lo tenía todo, todo!
De pronto me vi en sus brazos… ¡En sus brazos! Y nos amamos… Pero intervino Britta… y su hermana gemela… y otra más… y otra aún… todas idénticas, ¡exactas!
Britta también deseaba mis caricias… ¿Britta?
¿Cuál de todas?… Me parece que cada una de las Britta luchaba por ser mía… Sí, eso era…
¡Pero si yo prefería estar con Dusty!
¿Dusty? ¿Qué Dusty?… Allí no había ninguna Dusty… sólo una horrible nam, fuerte y robusta, que tenía algo en la mano…
Como un relámpago, las confusas imágenes adoptaron el orden y posturas lógicas que les hicieron tomar su pleno significado. Recordé lo ocurrido… y me estremecí.
Había caído en una trampa. ¿Cómo me la pusieron? No podía determinarlo. Pero sin lugar a dudas estaba en poder de algún maldito grupo de conjurados humanoides de raza parda. Volví a abrir los ojos. Esta vez con cuidado, para que la luz no me cegase. Pude contemplar así parte de lo que me rodeaba.
Estaba encerrado en una vasta celda de cristal o plástico transparente. Más allá había maquinaria extraña y gente… bueno, pardos arremolinados en grupo, junto a lo que debían ser los pupitres de control de toda aquella serie de dispositivos de finalidad desconocida para mí.
Lo que más me sorprendió fue el absoluto silencio que reinaba tanto dentro como fuera de mi celda cristalina. Y sin embargo, me di perfecta cuenta de que alguno o algunos del grupo hablaban, porque movían sus labios, aunque a mis oídos no llegara el sonar de sus palabras.
No tardé en comprender la razón. Era muy sencillo: las paredes de mi celda no permitían el paso de ningún sonido exterior.
Me incorporé. Nadie reparó en mí. Los pardos deberían estar celebrando alguna reunión de suma importancia.
Fue entonces cuando vi el óvalo grisáceo. También entendí su misión. Debía ser alguna especie de puente, que unía dentro del conjunto espaciotiempo la sala de comunicaciones de mi navío con aquella celda.
De ser así, la situación era más grave de lo que me había imaginado, porque los fundamentos de aquel puente debían estar muy próximos a los del motor de la impulsión superlumínica y eso significaba que los pardos pronto estarían en condiciones de viajar por toda la galaxia y caer como grajos sobre los confiados mundos básicos del Imperio Humano.
Era necesario avisar al S.R.I. inmediatamente, antes de que fuera demasiado tarde. Pero ¿cómo? Yo era el único que conocía lo bastante de la conjura… ¡y era prisionero de los conjurados!
Si pudiese escapar… ¿Cómo “si pudiese”? ¡Tenía que escapar! ¡Un inspector especial del Servicio se suponía que debería tener recursos para solucionar cualquier clase de eventualidad!
Y obré.
Lo primero era regresar a mi nave, y para ello tenía el óvalo grisáceo delante de mí. Lo crucé de un salto y fue como atravesar una tenue cortina de humo: me encontré en mitad de la cabina de comunicaciones del Starship T-8-63.
Dudé unos segundos entre enviar un mensaje a la central del S.R.I. o correr a la sala de mandos y apoderarme del gobierno del navío. Me decidí por lo segundo, puesto que dada la distancia que me hallaba de nuestra base más próxima, mi mensaje podría tardar meses en llegar a su destino. Era dudoso que se retrasara tanto tiempo la puesta en práctica de la conjura de los pardos.
Sobre una mesa vi mi calcinador. La nam, creyéndose segura, lo habría dejado allí para no verse embarazada por el peso del arma, imposible de llevar mucho tiempo si no era en la funda especial de cintura que pendía de mi correaje. Lo cogí y me sentí más seguro empuñándolo.
Avancé por los corredores casi corriendo. Había la posibilidad de que me tropezara con alguna de las dos Brittas, o la otra nam que me golpeó. Por fortuna no ocurrió así.
Penetré en la sala de control y navegación. Estaba vacía. Cerré la pesada puerta de acero y ajusté la cerradura electrónica de manera que sólo pudiera abrirse desde el interior. Luego corté el interruptor del piloto automático y me senté ante los mandos.
Aunque desconocía las características del puente que unía mi nave con la celda de cristal, sospechaba que su establecimiento era absoluto, y dependía de una serie de cálculos precisos que permitieran desde Hektor II situar aquello, que podríamos llamar «enlace», dentro de mi navío. Por tanto, si ahora yo impulsara el Starship a toda la potencia de sus motores y le alejaba del planeta, tal vez se rompería el contacto con los conspiradores y no podrían introducir a bordo a más elementos subversivos.
Consecuentemente a este rápido razonamiento, impulsé al máximo el mando de control de velocidad, mientras que por otra parte cambiaba bruscamente el rumbo, sin ningún cálculo previo, sin perder tiempo en que el cerebro electrónico me diese la nueva dirección deseada, indicándome si estaba libre de obstáculos tales como algún asteroide errante o cualquier cuerpo celeste que pudiera hallarse en las proximidades.
Cuando recobré el conocimiento, permanecí unos momentos turbado, sin saber ni lo que me pasaba ni donde me hallaba. Había resbalado del sillón ante los mandos y estaba tumbado en el suelo. Me costó trabajo levantarme. Y mientras lo hacía, luchando contra la fuerza de gravedad producida por la aceleración del navío, lo recordé todo como un fugaz relámpago.
Mi primera medida fue restablecer, con ayuda del cerebro electrónico de a bordo, las condiciones normales de gravedad mediante un aumento del campo gravitatorio interior.
Una vez conseguido, sentí cómo la sangre volvía a circular normalmente por mis venas y cómo mis pensamientos se ordenaban dentro del cerebro. Ahora sí que había llegado el momento de ponerse en comunicación con la base más próxima del S.R.I. y avisarles del grave peligro que se cernía sobre la humanidad. Abrí la puerta de la sala de mandos para trasladarme rápidamente a Comunicaciones.
En el pasillo vi un cuerpo inerte, desmadejado, formando un montón absurdo en el suelo. Desenfundé el calcinador y me acerqué con cuidado. El escarmiento sufrido anteriormente por el improvisado ataque de la nam desconocida, me había hecho mucho más prevenido y desconfiado de lo que jamás fui.
No tardé en reconocer el cabello negro, largo y alborotado de una de las Britta. Respiraba aún. Vivía. Comprendí sin lugar a dudas que aún estaba sufriendo los efectos de la brusca aceleración y que, al contrario que yo, tardaba en recuperarse.
Sin saber por qué, dominado por cierto sentimiento de piedad, me adelanté y la llevé hasta uno de los sillones de la sala de mandos, instalándola en él lo más cómodamente posible. Luego regresé al pasillo para trasladarme velozmente a la sala de comunicaciones.
Durante el camino no me volví a cruzar con ninguna de las otras dos hembras humanoides que debían viajar todavía en el navío. Sin duda, pensé, se encontraban en algún otro aposento de la nave cuando hice que los motores funcionaran a pleno, acelerando y cambiando al mismo tiempo el rumbo.
Entré en Comunicaciones y la primera ojeada me reveló algo esperanzador: el óvalo grisáceo no estaba ya. Pero inmediatamente vi una cosa que me crispó los nervios e hizo que la sangre se me helara en las venas. Sobre el suelo, en una masa informe y sanguinolenta, había un cuerpo humanoide… ¡No, no era un cuerpo, sino la mitad! Era un brazo, una cabeza, medio tórax cortado en diagonal, y parte de una pierna…
Todo aquel conjunto era la visión más horripilante que alguien pudiese imaginar. Tuve que cerrar los ojos y estuve a punto de vomitar.
6
—¡Rápido! —exclamó Drakyl—. Ha debido regresar al navío… ¡Es necesario que lo volvamos a capturar!
Dos jóvenes encabezados por Holkist y Bilman corrieron hacia la campana A. Una vez junto a ella, oprimieron el botón de mando y la pared transparente de transteel empezó a abrirse, girando parte de su estructura sobre unos invisibles goznes magnéticos.
La apertura se efectuaba milímetro a milímetro, con una lentitud exasperante para los nervios de los humanoides. Cuando el hueco fue lo suficiente ancho para permitirle el paso, Holkist se introdujo por él, seguido de Bilman y de otro joven.
Los dos primeros desaparecieron tras la cortina gris indefinible del óvalo. El último de los tres estaba cruzando la llamada puerta uno del transportador y ya se habían desvanecido su cabeza, un brazo, parte del torso y la rodilla derecha, cuando ocurrió algo inusitado. Fue una especie de fogonazo, seguido de un chasquido largo y escalofriante. El cuarto humanoide que acababa de entrar en la campana A, dispuesto a seguir a Holkist, Bilman y su compañero, se echó hacia atrás instintivamente, llevándose las manos a los ojos y gritando de dolor.
Desapareció el óvalo gris y en el lugar donde segundos antes había estado el tercer humanoide, medio atravesando la puerta uno, se vio fugazmente suspendido en el aire a un conjunto de miembros: parte de su tórax, un brazo, la cadera y una pierna y una porción de la otra… Y ante el horror de los presentes, aquellos despojos vivos se derrumbaron en una masa sanguinolenta en el suelo de la campana cristalina.
—¡Por el Cosmos! ¿Qué ha ocurrido? —exclamó Drakyl.
—¡El pobre Crastor! Es como si una cuchilla le hubiera partido en dos… —gimió alguien.
El profesor Yehmel comprendió inmediatamente lo sucedido. Representaba para él y para todos un empeoramiento de la situación, puesto que si no conseguían impedir la huida de Blanner Monk y se perdía el Starship T-8-63, todos los esfuerzos hechos hasta ahora para conseguir la libertad de la raza serían tiempo perdido.
—¡Pronto, que alguien ocupe el puesto de mando del localizador y que me dé las nuevas coordenadas de ese navío! ¡Es fundamental que conozcamos el nuevo rumbo del Starship! —ordenó el profesor Yehmel.
Uno de los jóvenes técnicos corrió a instalarse en el pupitre sito ante el mapa tridimensional de aquel sector subgaláctico y afanosamente manipuló una serie de mandos e interruptores. Drakyl, cada vez más desconcertado, insistió en su pregunta.
—Profesor, dígame qué es lo que ha ocurrido… ¿Cómo ha sido posible que ese muchacho haya…?
—Con toda certeza no lo sé, pero me figuro que nuestro cautivo logró regresar a la nave y cambiar el rumbo, acelerando de repente. Esto ha hecho que el campo de alcance calculado para las puertas uno y dos de nuestro transportador variase de manera brusca… Por desgracia, pilló al infortunado Crastor en el momento de cruzar. Me temo que la otra parte de su despedazado cuerpo se halle dentro del navío…
—¿Quiere decir, entonces, que el inspector especial del S. R. I. se nos ha escapado? —inquirió Drakyl, angustiado.
—Por ahora sí…
—Pero… ¡eso significa el fin de todos nosotros! Blanner Monk avisará ahora a sus superiores y no tardaremos en tener aquí una expedición de castigo que nos aniquilará…
—Sí…, en el caso de que no consigamos recapturarle.
—¿Y crees posible que vuelva a caer en nuestro poder?
—Existe una probabilidad… Remota, pero existe.
—Permítame que dude del éxito —repuso escéptico Drakyl—. Ahora ese hombre sabe o, al menos, se imagina lo que pretendemos y estará alerta, con mil ojos, ante cualquier posible ataque de nuestra parte.
—Tienes razón, Drakyl. Pero no nos queda más remedio que seguir intentándolo. Siempre será mejor que permanecer cruzados de brazos, en espera de un desenlace fatal para nosotros.
—Es verdad —repuso Drakyl. Luego, tras meditar unos momentos, preguntó—: ¿Cuál es su plan? Me imagino que con la nave en movimiento será imposible instalar a bordo el transportador…
—En efecto. Necesito que el navío quede inmovilizado, o que siga un rumbo fijo a una velocidad constante. Por eso he pedido que vuelvan a localizarlo; mediante una serie de marcaciones sucesivas se determinará la ruta y velocidad que sigue actualmente. Una vez tenga esos datos en mi poder, decidiremos el plan de acción a seguir.
Drakyl guardó silencio. Como sus compañeros, temía más por la suerte de su raza que por sí mismo, aunque siendo un hombre político y no un científico idealista sintiese un fuerte apego a la vida. La muerte de Crastor le afectó más por su espectacular crueldad que por el hecho de perder a un conocido, puesto que sabía perfectamente que en la lucha que seguiría contra los humanos para lograr de ellos la igualdad racial, habrían muchas, muchísimas víctimas. Ya había acomodado su espíritu a tal eventualidad.
Los técnicos a las órdenes del profesor Yehmel trabajaban afanosamente en sus aparatos, mientras unos cuantos jóvenes acababan de retirar de la campana A el puñado de restos de lo que momentos antes fue un muchacho lleno de vida e ideales.
Drakyl permanecía algo aparte de todo aquel derroche de actividad. Sin embargo, siendo profano en la materia, sus conocimientos acerca de la localización de cuerpos espaciales eran lo suficiente extensos para que sus ojos se clavaran fascinados en el mapa tridimensional en espera de que apareciese el puntito azulado indicador de la situación del Starship. Su cerebro de organizador, entretanto, funcionaba a toda máquina examinando las posibles soluciones.
Una idea le cruzó por la mente. La sospesó y la evaluó y la consideró intensamente. Sin perder un momento se acercó al científico.
—Profesor Yehmel —dijo—. Creo que podemos hacer algo, que al menos salvaría nuestra organización y en caso de fracaso nos permitiría volver a la lucha en el futuro próximo.
—¿Sí? —preguntó el profesor, alzando las cejas.
—Usted mismo me ha dado la idea al recordar lo que habíais hecho con Britta. Me refiero a duplicarla. ¿No lo han hecho?
—En efecto, eso hicimos. Pero ¿qué tiene que ver…?
—Muchísimo —repuso Drakyl, cada vez más esperanzado—. Fíjese bien… Usted y sus técnicos constituyen la base de nuestra organización. Gracias a sus conocimientos y a la colaboración de esos muchachos se ha podido construir nuestra doble arma, decisiva en la lucha si conseguimos emplearla…
—Bueno, pero… no veo a dónde quieres ir a parar…
—Mi idea se basa en lograr vuestra supervivencia ocurra lo que ocurra, aún en el caso de que los del S.R.I. nos envíen una expedición de castigo que nos aprisione a todos y nos condene a muerte.
—¿Sugieres que huyamos? —preguntó el profesor Yehmel, molesto ante aquella idea que, de acuerdo con su concepto del honor, le parecía una cobardía.
—Eso mismo, pero… quedándonos aquí al mismo tiempo.
—¿Eh?
—La solución la tenemos en el duplicador. ¿Es que no lo comprende? ¡Tenéis que introduciros en la campana A del duplicador y conseguiros dobles idénticos en la campana B, tal y como hicisteis con Britta!
El profesor Yehmel meditó unos instantes. La idea parecía fundamentalmente buena, puesto que salvaguardaría al mismo grupo que inició la subversión, permitiéndole continuar la lucha en cuanto hubiese pasado la violencia de la represión.
Además, por otra parte, el hecho de tener un doble de sí mismo que naciera poseyendo sus conocimientos y experiencias y que fuese capaz de proseguir con sus investigaciones en otros campos científicos era algo que seduciría incluso al más riguroso de los hombres.
—La idea no está mal —dijo el profesor, al cabo de unos segundos—. Lo malo es el tiempo con que contamos. Ahora, más que nunca, tenemos que consagrarnos con todas nuestras fuerzas a retomar el dominio del navío. Si perdiésemos unas preciosas horas con el reproductor, quizá habremos echado por la borda las últimas posibilidades de triunfar con nuestro movimiento actual.
—Me parece a mí el medio más seguro… el más efectivo… a la larga —insistió Drakyl.
—Tú lo has dicho; a la larga puede que sea el medio seguro. Pero, ¿no comprendes que los del S.R.I. destruirán toda esta maquinaria, nuestros transportadores en Laktor II y aquí, el trabajo realizado durante veinte años de esfuerzos ininterrumpidos? Eso equivaldría a volver a empezar, a ir fabricando en la clandestinidad pieza a pieza los elementos necesarios para restablecer nuestra posición del momento actual…
Drakyl guardó silencio. Se daba perfecta cuenta de la lógica de los argumentos del profesor Yehmel. Decidió no insistir.
Desde el tablero de mandos sito ante el mapa tridimensional galáctico, el operador llamó al científico.
—¡Ya lo tengo, profesor Yehmel! Localicé el Starship T-8-63 y determiné también su rumbo. ¿Cree que bastarían dos marcaciones más?
Estas últimas palabras las dijo cuando el profesor Yehmel estaba ya a su lado. El científico asintió.
—Conviene asegurarnos. Supongo que Blanner Monk es un hombre astuto y que variará de rumbo y dirección cada breve segundo para impedirnos situar su navío e instalar a bordo nuestra puerta dos.
En el mapa se veía el puntito azul luminoso que indicaba la nave. Había variado muchísimo de posición con respecto a la marcación original, pero aún así quedaba dentro del alcance de apertura de la puerta dos del transportador.
Drakyl, que no había cesado de meditar en el problema, volvió a dirigirse al profesor.
—¿No habría algún medio de conseguir que Holkist, Bilman, Gerda y las dos Britta traten de reducir a la impotencia al humano? —preguntó.
El profesor Yehmel le miró con fijeza.
—Ya había pensado en ello, pero nos es imposible enviarles un mensaje radiado. Tardaríamos seguramente bastante en llegar y podría ser captado por las potentes antenas receptoras de la base del S.R.I. en Algorán. Por otra parte, ¿cómo sabríamos si alguno de nuestros compañeros estará a la escucha?
—Usted los conoce, profesor Yehmel. ¿Cree que por lo menos Holkist y Bilman tienen iniciativa propia?
—Los dos son científicos, no lo olvides, Drakyl —respondió el profesor, encogiéndose de hombros—. No carecen de valor, pero su campo de lucha fue siempre la ciencia, los microlibros, los laboratorios. De todas maneras, esperemos que hagan algo que pueda favorecernos.
El Starship T-8-63 seguía su rumbo sin variación alguna. Las marcaciones asi lo apuntaban. El profesor Yehmel empezó a dirigir las operaciones encaminadas a instalar de nuevo, a bordo, la puerta dos del transportador.
Una vez más existía el posible riesgo de una imprecisión que colocase dicha puerta dentro del peligroso espacio en que estaban confinadas las máquinas atómicas del navío. Ese riesgo había sido corrido ya la primera vez y no había más remedio que volver a exponerse a él.
El cerebro electrónico suministró los datos precisos. En la campana A apareció el óvalo grisáceo de la puerta uno. Segundos después, los indicadores del tablero de mandos anunciaban que la puerta dos acababa de ser instalada dentro del navío.
—¡Rantzer, Glemhs! —llamó el científico—. ¡Entrad en la campana A y medid la radiación que sale por la puerta uno!
Provistos de sensibles aparatos, indicadores de la más leve radiación, los dos jóvenes ayudantes técnicos accionaron el mecanismo que abría la campana y aguardaron a que la abertura fuese suficientemente ancha como para penetrar.
Todos los presentes se mantenían tensos, vigilantes, con el temor de que en cualquier momento la catástrofe se abatiese sobre ellos. En caso de haber quedado instalada la puerta dos dentro de la cámara de combustión del navío, la radioactividad que cruzaría el espacio sería tan potente, que en una fracción de segundo la cúpula albergaría a un montón de cadáveres, quedando abortada, quizá para siempre, la esperanza de liberación para la raza de los pardos.
Fue Glemhs quien dio un grito. Sus palabras no llegaron a percibirse con claridad, pero todo el mundo comprendió su significado.
7
Me rehice con un enorme esfuerzo de voluntad. Contuve el impulso instintivo de retirar aquellos macabros restos y en vez de ello me instalé tras los mandos de la emisora de ultra alcance para enviar un aviso de emergencia a la base del S.R.I. Pero una ojeada me bastó para comprender que alguien había estado allí, golpeando los delicados aparatos hasta estropearlos por completo.
Inspeccioné las otras emisoras. El daño sufrido las había convertido en montones de circuitos inútiles. ¡Estaba incomunicado! ¡Me era imposible pedir la urgente ayuda del Servicio!
Un sudor frío me perló la frente. En mi cerebro amaneció la acongojadora verdad. Sin embargo, no todo estaba perdido. Conservaba mi nave y podía gobernarla hasta llegar a la base más cercana, o incluso al Cuartel General de Algorán.
Decidí regresar al puesto de mando del navío. Instintivamente, comprendía que para evitar que me colocasen aquel maldito puente transportador, sería necesario cambiar de rumbo con frecuencia, navegar en zigzag irregular, para imposibilitar a los pardos la localización del Starship.
Al darme vuelta, por poco tropiezo con aquellos despojos informes. Me estremecí. Volví a sentir náuseas y salí casi corriendo de la sala de comunicaciones.
Me detuve de pronto. Acababa de ver una sombra doblando el ángulo de uno de los pasillos adyacentes. Comprendí que sería quizá una de las nam, pero, por si acaso, preparé mi calcinador, empuñándolo tras ajustar el volumen de sus disparos hasta el punto mínimo, para que produjeran un simple choque seguido de una larga inconsciencia.
Ahora, al recapacitar fríamente en aquellos hechos, me resulta imposible hallar una razón válida para aquella piadosa medida. Todo nuestro adiestramiento en los interminables años de la Escuela del Servicio se basa en la concepción de una idea básica: la de que sólo los humanos formamos la raza superior y que los demás seres inteligentes del Cosmos no dejan de ser unos simples estados más evolucionados del reino animal. Por esta razón, el matar a un humanoide ―ya fuera nam, pardo o de cualquier otra especie― no debía remorderme jamás la conciencia.
Sin embargo, en un trance tan comprometido como el que estaba pasando, tanto me produjo indecible horror la muerte del infortunado ser que yacía en el suelo de Comunicaciones, como temí matar a alguna de las hembras nam que compartían conmigo mi nave.
Doblé la esquina y la vi. Era la que me había engañado personificando a mi deseada Dusty Lust. Ella se volvió y se quedó inmóvil, como esperando mi reacción, quizá aguardando que disparara sobre su cuerpo el rayo mortal de mi calcinador.
Permanecimos quietos los dos unos cuantos segundos. Ignoro qué es lo que ella pensaría, pero mi cerebro en cambio se deshizo en reproches a mi propia estupidez. Porque, ¿qué semejanza podía tener aquella nam con una hembra tan hermosa, grácil y seductora como Dusty Lust?
Todo era diferente en las dos mujeres. Caderas estrechas en ésta, anchas en la otra; pelo rubio una, negro otra; brazos normales la de mi propia raza, brazos escasos y esqueléticos la nam. Desde luego, tenía uno que estar muy influenciado por alguna droga para poderlas confundir.
Fue ella quien habló primero.
—Humano —dijo con su voz fina y chillona—, será mejor que me mates o que te rindas a nosotros. Es inútil que intentes escapar. No podrás.
Sonreí. Me hacía gracia la insobornable esperanza que demostraban sus palabras.
—Olvidas que soy dueño de mi navío y que no me dejaré coger por vuestro puente, transportador o como queráis llamarle.
—Al igual que la puerta dos quedó instalada aquí la primera vez, el transportador repetirá la operación. No te quepa la menor duda, humano.
De nuevo la incomodidad de aquella palabra ―aquel “humano” pronunciado desdeñosamente y como un insulto― me produjo una de las más desagradables sensaciones de mi vida. Sin embargo, lo pasé por alto y dije:
—Sois una raza inferior, y por más que os esforcéis lo suficiente para mediros con nosotros, los hombres…
Fue entonces cuando su contestación me dejó helado de asombro.
—¡Escucha, siervo de la tiranía! ¿Estás seguro de que eres humano de verdad? —dijo, con una sonrisa burlona.
Cuando pude recobrarme de la impresión balbucí:
—¿Qué… que estupidez insinúas?
—No insinúo, sino que afirmo. Te lo repetiré, por si no lo hubieses oído bien. ¿Estás seguro de ser realmente un humano?
Solté una carcajada nerviosa.
—¡Has perdido el juicio! ¿No me ves? ¿No te has fijado en mis brazos? ¿Son acaso como los tuyos? ¡La respuesta salta a la vista!
Ahora fue ella quien rió, pero sin trazas de nerviosismo.
—¿Eres tú quien pone por testimonio el órgano de la vista? ¿Tú, que te dejaste engañar por mí y te entregaste creyéndome esa desvergonzada de Dusty Lust?
A mi pesar, hube de reconocer cierta lógica en la respuesta de la nam. Sin embargo, no comprendía su insistencia en hacerme dudar vanamente de mi condición humana. Las diferencias entre un hombre verdadero y un humanoide, sea de la raza que fuera, resultan evidentes e incontrovertibles.
—Nada conseguirás por ese camino, nam del infierno —repuse—. Te enfrentas a un inspector especial del Servicio. Es decir, a una de las personas más adiestradas del Cosmos para hacer frente a las más insospechadas y peliagudas circunstancias. Si intentas hacerme perder el tiempo…
Me interrumpí a mitad de la frase. ¡Perder el tiempo! Ésa era la clave de aquella conversación ilógica y absurda. La nam sólo se proponía una cosa: hacerme perder el tiempo. Ganarlo para ella y los suyos. ¡Dar ocasión a que aquel grupo de fanáticos de Hektor II volviese a colocar a bordo de mi nave lo que ellos llamaban puerta dos!
Me sentí furioso, más conmigo mismo que con ella. Di un paso hacia adelante y exclamé:
—¡Maldita seas! Toda tu palabrería ha tenido como único propósito entrenerme, retrasarme, dar tiempo a tus cómplices… ¡Apártate de mi camino!
Se hizo a un lado, riendo a carcajadas. Su risa pareció perseguirme todo el camino, hiriente, casi sanguinaria. Delante de mí apareció por fin la puerta de la sala de mandos y navegación. Corrí deseoso de llegar a tiempo, pero en el mismísimo umbral me detuve asombrado.
Un humanoide joven, de la raza parda, estaba instalado ante los mandos del navío, vuelto hacia mi, mirándome con insolencia.
—No tengas tanta prisa, inspector Blanner Monk —me dijo a guisa de saludo, con una amplia sonrisa extendida a lo ancho de su moreno rostro.
—Qué… ¿qué haces aquí? —balbucí.
—Nada, humano. Simplemente espero a que la puerta dos de nuestro transportador quede de nuevo instalada a bordo, para llevarte a Hektor II.
Había hablado de una manera espontánea, sin medir sus palabras, proporcionándome de ese modo una valiosa información. ¡La de que su condenado puente aún no había sido establecido!
Eso significaba otra cosa, importantísima para mi seguridad y la del Imperio Intergaláctico: tenía que darme prisa y variar de nuevo el rumbo de la Starship.
—¡Fuera de ahí! —grité, conminativo. Pero no se movió. Continuó con su sonrisa insolente—. ¡He dicho que te apartes! —repetí, alzando el calcinador y apuntándole.
Tampoco se inmutó. Parecía la viva imagen de la serenidad.
—Adelante, dispara si quieres. Estoy desarmado. Resulta propio de los humanos matar a los seres indefensos. Sin embargo, aunque a mí no me importe morir, ¿puedes tú decir lo mismo?
El dedo empezó a crispárseme en el gatillo. Y fue entonces cuando oí pasos detrás de mí. Me volví rápido. Era una de las dos Britta; me miraba con una mezcla de desprecio y serenidad.
—Holkist —dijo, para que le oyese el humanoide—, todo está dispuesto. Mi gemela y Bilman están prestos para destruir el blindaje de la cámara de reacción atómica. Han abierto ya las compuertas de acceso. Aguardarán sólo cinco minutos.
Al principio no comprendí el pleno significado de lo que acababa de anunciar Britta. Luego, cuando mi cerebro captó todo cuanto entrañaba, me di cuenta de la enormidad del peligro que corríamos todos.
—¿Qué dices, nam del infierno? —pregunté—. ¿Quién trata de volar el blindaje de la cámara de reacción atómica del navío? ¿Por qué?
Fue el llamado Holkist quien me respondió.
—Muy sencillo, inspector especial. Antes de que cortases el enlace de nuestro transportador, acelerando la velocidad de este navío, un compañero y yo logramos pasar a bordo. Comprendimos tu maniobra y antes de nada inutilizamos los emisores de radio para impedirte dar la alarma al S.R.I. Luego, previniendo tu actitud, y guiado por Britta, él ha llegado a la zona del reactor atómico y lo volará extendiendo las radiaciones por toda la nave… a menos que accedas a someterte.
—¡Mientes! —exclamé furioso.
—¿De veras? —me respondió irónico—. Esto es un contador de radiaciones, ¿no? —y señaló a uno de los medidores instalado en las paredes—. Fíjate: la aguja está entrando en la zona de peligro.
¡Era verdad! El indicador mostraba alguna fuga en el blindaje de la cámara atómica suministradora de la energía. Alguien había abierto la compuerta de acceso al blindaje, y esa simple acción bastaba para elevar el nivel de las radiaciones hasta extremos de alerta.
—¿Estáis locos? ¡Si hacéis eso moriremos todos!
Holkist siguió sonriendo. Britta, a mi lado, permanecía serena e impasible. Comprendí que ninguno de aquellos fanáticos tenía miedo a la muerte.
Bañado por un sudor cadavérico, mis ojos parecían clavados en la esíera del contador. La aguja, adentrada en la zona roja, seguía su marcha lenta y segura. En aquel preciso momento, comenzó a sonar el dispositivo de alarma del navío…
¡Y al mismo instante surgió delante de mí un óvalo gris oscuro!
8
—¡Pronto, volved a cerrar! —gritó el profesor Yehmel, dando un salto hacia el tablero de control del puente.
Rantzer y Glemhs ya habían dado un paso atrás de manera instintiva. El segundo apretó con su diestra el botón del mecanismo de cierre.
La puerta trasparente de la campana A comenzó a cerrarse con la misma suavidad de movimientos con que se abrió. Los dos o tres segundos parecieron durar una eternidad. Todos los presentes, excepto el profesor, tenían clavados los ojos en la abertura cada vez más angosta de la lámina de transteel y emitieron un suspiro de alivio cuando la hoja vitrificada se cerró por completo.
Y fue entonces cuando desapareció de su interior el óvalo grisáceo que indicaba la existencia de la puerta uno.
—¡Por el Cosmos! Nos hemos librado… por poco —exclamó Drakyl, limpiándose el sudor que le caía a chorros por las mejillas.
—¡Vosotros dos! —llamó el profesor Yehmel, dirigiéndose a Rantzer y Glemhs—. ¿Pudisteis tomar la lectura máxima de vuestros contadores?
—Yo no —respondió Glemhs—. No me dio tiempo. Sólo advertí que el indicador se adentraba de prisa en la zona roja de peligro. Entonces, de manera instintiva, retrocedí…
—Yo tampoco —dijo Rantzer—. El nerviosismo…
—Comprendo —asintió el científico—. Volveremos a intentarlo.
—Un momento —intervino Drakyl—. ¿Por qué no soslayar el peligro empleando otro sistema?
—¿Qué otro sistema? —inquirió el profesor Yehmel, con gesto entre preocupado y escéptico.
Drakyl avanzó unos pasos, satisfecho de su idea y, como buen político, preparándose para darle ampulosidad a la exposición.
—Podemos instalar dentro de la campana A uno o los dos contadores de radiación —dijo—, desde luego, antes de tratar de colocar las puertas uno y dos del transportador en la campana y navío respectivamente… Así, desde el exterior, se podrá leer la cantidad de radiación y mantenerse la posición de las puertas o cortarse el circuito según sea el peligro.
—¡Magnífica idea, Drakyl! —exclamó el profesor—. Has pensado una vez más con tu sentido práctico. Se hará como has dicho.
Manipuló unos mandos del control del transportador, cortando el circuito electrónico para no correr riesgos; luego hizo que abriesen la campana A y colocasen en su interior, a distintas distancias, los dos contadores, cuidando que sus esferas fuesen perfectamente visibles desde el exterior.
Los propios Glemhs y Rantzer fueron los indicados para comunicar en alta voz las lecturas de los delicados y precisos instrumentos.
Inmediatamente el profesor comenzó las operaciones preliminares al nuevo intento de colocar la puerta dos dentro del Starship T-8-63. El joven instalado ante el mapa tridimensional confirmó las coordenadas del navío. Continuaba con el mismo rumbo, alejándose de Hektor II a idéntica velocidad.
El profesor Yehmel calibró con el máximo cuidado los controles del transportador, calculando situar la puerta una decena de metros más adelante, dentro del casco del navío. Lógicamente presumía, dada la anormal cantidad de radiación, que en el primer intento la puerta dos había quedado, si no dentro de la cámara de reacción atómica, por lo menos en el interior de la zona de blindajes protectores. Y como sabía que en las naves tipo Starship el elemento enérgico propulsor está situado a popa, calculó corregir en unos diez metros el punto donde debería aparecer el óvalo grisáceo indicador de la instalación de la puerta.
Cabía la posibilidad de que dicha puerta quedara en el vacío, es decir, fuera de la nave; pero en tal caso dos fenómenos simultáneos se producirían dentro de la campana A y quedarían registrados por los instrumentos de control instalados en la base no transparente de la citada campana.
Tales fenómenos podían ser: el primero, una intensa succión del aire existente en la campana, que escaparía por las puertas uno y dos, atraído por el vacio interestelar; eso lo revelaría el manómetro interno, indicando que la presión atmosférica se había reducido a cero. El otro fenómeno, parecido al anterior, sería el rápido descenso de la temperatura interior de la campana A, hasta caer en las proximidades del cero absoluto que reinaba en el espacio, y también aparecería registrado en el termómetro interior.
Y fueron precisamente esos dos fenómenos los que se produjeron apenas apareció en el interior de la campana el óvalo grisáceo indicador de la instalación de las puertas.
—¡Infiernos del Cosmos! —murmuró enojado el profesor Yehmel, cortando rápidamente el circuito y haciendo desaparecer por consiguiente la indefinible grisura del óvalo.
—¿Qué ocurre, profesor Yehmel? —preguntó Drakyl, que a su lado no perdía detalle de las operaciones.
—Me excedí en esta ocasión. Tratando de adelantar la posición de la puerta unos metros más hacia proa del navío, con el fin de evitar que quedase dentro de la zona de blindaje del reactor atómico, me he debido exceder, porque la situé fuera de la nave. Volveré a intentarlo.
Una vez más efectuó los ajustes y cálculos necesarios, repasando cifras y comprobándolas dos y tres veces gracias al cerebro electrónico. Al cabo de unos minutos, creyendo tener bien delimitada la zona peligrosa del Starship, reinició las operaciones del situado de la puerta dos.
Apenas apareció el óvalo grisáceo en el interior, Rantzer dio un grito de alarma:
—¡Cuidado! Los contadores del interior señalan radiaciones peligrosas! ¡Volvemos a estar en la zona de blindaje!
—¡Cosmos! —exclamó el profesor Yehmel, cortando bruscamente el circuito.
En dos zancadas se trasladó junto al operador del sistema localizador.
—¡Esas marcaciones de las coordenadas de la nave deben estar equivocadas! —dijo con tono nervioso.
—No es posible, profesor Yehmel… ¡Las he repasado a conciencia! —respondió el operador—. ¡Mire usted mismo!
El científico se hio cargo de los aparatos y efectuó las complicadas operaciones. El resultado fue idéntico al obtenido por el técnico. Repitió los cálculos, sin lograr diferencia alguna.
—¡No es posible! —murmuró entre dientes.
—¿Qué es lo que no es posible? —le preguntó Drakyl, más nervioso que nunca.
—Los cálculos son exactos, comprobados y recomprobados. Y sin embargo, una vez he situado la puerta dos fuera del navío y en las otras dos ocasiones quedó dentro de la zona de blindaje…
—¿Por qué no probar de nuevo? ¡Quizá en este intento logres el éxito!
—Lo haré… Pero hay algo que no me gusta nada.
—¿El qué? —inquirió Drakyl.
—El Starship mantiene su rumbo demasiado rato, sin alterarlo. Parece como si quisiera facilitarnos la tarea de localizarle e instalar nuestra puerta a bordo…
Drakyl meditó unos segundos. Luego dijo:
—¿Te has olvidado de que tenemos a bordo dos hombres y tres mujeres?
—¿Qué quieres decir con eso?
—Probablemente que nuestros hermanos de raza habrán obrado por su cuenta. Tú mismo apuntaste esa posibilidad, ¿recuerdas?
—¿Supones que hayan reducido a la impotencia a Blanner Monk?
—O eso, o algo por el estilo, profesor Yehmel.
El científico dejó unos instantes que su vista se perdiera en la distancia y su expresión indicó una intensa meditación.
—Si supiéramos dónde quedó instalada la puerta dos la primera vez…
—¿Qué sacaríamos sabiéndolo? ¿Acaso piensas repetir el experimento de manera exacta?
—No, no, no… Una repetición exacta es matemáticamente imposible —respondió el profesor.
Luego abrió un cajón de la especie de cómoda o armario auxiliar cerca de su sitio de trabajo y tras rebuscar unos momentos sacó la hoja de plástico azul que correspondía a un detallado mapa o plano.
—Mira, Drakyl… He aquí el croquis de la disposición de las secciones del Starship T-8-56, un navío del mismo modelo que el de Blanner Monk, por lo que podemos suponer que son iguales…
Drakyl no perdía palabra de cuanto le explicaba el profesor Yehmel, manteniendo los ojos fijos en los dibujos de aquella nave. Su conocimiento de la navegación espacial se había ampliado de manera considerable últimamente, en vistas a la inminencia del estallido de la revolución libertadora. Por eso le fue fácil comprender las particularidades de la construcción de aquella serie de naves espaciales.
—He aquí la zona donde están instalados los reactores atómicos. Como verás, se hallan a popa. Están separados de la zona habitable por esta franja, compuesta de un blindaje triple de plomo ionizado. Según la escala, la longitud de la porción útil del navío, donde se hallan instaladas las bodegas de carga, camarotes, salas de navegación y comunicaciones, etc. es de unos doscientos cincuenta metros. Por tanto, hay que situar la puerta dentro de ese margen de distancia. ¿Comprendes?
Drakyl asintió con la cabeza. El profesor Yehmel prosiguió.
—En la primera de estas tres últimas tentativas de instalar la puerta dos a bordo, el volumen de radiación registrado por los contadores demostró que había quedado situada dentro de la zona blindada. Por tanto, calculando la extensión del navío, efectué las operaciones de la segunda vez proyectando la posición de la puerta unos ochenta metros hacia proa…
—Cálculo correcto, porque desde la cámara de reacción atómica hasta el final del blindaje, es decir, la zona habitable, hay a lo máximo cincuenta metros —corroboró Drakyl.
—Y sin embargo, la puerta quedó situada fuera de la nave, en el vacío —exclamó el profesor Yehmel.
—Comprendo. Pero…, se me ocurre algo —repuso el político—. ¿Y si se hubiese desviado la puerta dos en el sentido longitudinal del navío, quedando situada fuera, pero a un costado del Starship?
—No, no es probable… —respondió el profesor Yehmel—. Fíjate en estos cálculos. Una vez determinado el rumbo y velocidad del navío se procede a…
Un grito de alarma cortó en seco la explicación del científico. Procedía del técnico encargado del sistema localizador.
—¡Profesor Yehmel! ¡El navío… el Starship… va a quedar irremisiblemente destruido! ¡Mire en el mapa!
El profesor corrió a su lado. De una ojeada comprendió la terrible verdad de aquella afirmación. Nada en el Cosmos podía salvar a la nave de su más absoluta destrucción. Lo que mostraba el mapa tridimensional era inobjetable. Un profano como Drakyl lo advirtió sin dificultad.
—¡Cosmos sagrado! —exclamó entre dientes—. ¡Todo está perdido!
Y era verdad. Podía considerarse perdida la nave tan necesaria para el triunfo de la causa Y podían considerarse perdidas las vidas de quienes iban a bordo.
9
Me di cuenta de que estaba acorralado y no tenía salida por ninguna parte.
Por un momento, consideré la posibilidad de disparar contra el humanoide que me cerraba el pasn hasta los mandos de mi nave y dar una rápida variación al rumbo; pero, si bien eso me libraría de estar al alcance inmediato del maldito óvalo grisáceo, no impediría mi muerte y la de los demás a bordo por causa de la radiación atómica.
¡Malditos humanoides!
Miré el contador. La aguja estaba bien adentrada en la zona roja. Calculé mentalmente el tiempo transcurrido desde que empezó a subir la maldita aguja. Algo más de dos minutos. Sesenta segundos más y ya no habría remedio para ninguno de nosotros.
—Vamos, humano. ¿Qué piensas hacer ahora? —me preguntó el pardo con una sonrisa más acentuadamente irónica que nunca.
—¿Te extrañaría que decidiera eliminarte y destruir la nave, para que tus sucios compinches no pudiesen llevar a cabo la loca rebelión que habéis iniciado? —le respondí, tratando de mostrarme sereno e indiferente ante mi propio destino.
—No lo harás. Eso significaría suicidarte, y ustedes los humanos no tienen valor para recurrir a soluciones que comporten el sacrificio de la vida. ¡Y se creen superiores!
—¡Lo somos! —protesté, herido en mi amor propio.
—¡Demuéstralo! ¡Ahora tienes la ocasión! —fue su insolente respuesta.
Sentí deseos de complacerle. Pero por encima de todo orgullo personal, el Servicio nos enseña que debemos apurar toda posibilidad de supervivencia.
Estaba a punto de rendirme, cuando sucedió algo inesperado. Con el rabillo del ojo me hallaba vigilando receloso el óvalo grisáceo, temiendo que en cualquier momento apareciese algún grupo de pardos y se lanzase sobre mí… Pero lo único que ocurrió fue algo insólito, muy insólito.
De pronto, el óvalo desapareció. ¡Se esfumó en el aire!
—¡Por el Cosmos! ¿Qué ocurre? —exclamó el pardo instalado ante los mandos de la nave.
Evidentemente aquella desaparición de la puerta, como ellos llamaban al óvalo, le había sorprendido tanto como a mí. Decidí aprovecharme de la situación.
—¡Vaya! ¡Parece que tus amigos han cambiado de idea y no van a venir a ayudarles! —dije con aire triunfal.
Perdió la sonrisa y frunció el ceño.
—No estés tan seguro de eso, humano.
—Entonces, ¿por qué se han vuelto a llevar esa puerta, o como la llaméis?
—No lo sé, pero indudablemente habrán tenido sus razones… A propósito, ¿te has dado cuenta del tiempo que llevamos sufriendo ese exceso de radiación?
¡Cosmos, me había olvidado de ese detalle! ¡Era preciso cortar aquel foco ponzoñoso fuera como fuese!
—¡Está bien, vosotros ganáis! Dile a tu compañero que cierre la compuerta del blindaje protector —repuse, con ánimos de ganar tiempo.
—Entonces, ¿te rindes incondicionalmente?
—Aclaremos las cosas. Como dijiste antes, los humanos hemos superado esa etapa del patriotismo a ultranza y consideramos que, como la humanidad se compone de hombres, es un atentado contra nuestra raza sacrificar la vida de uno de nosotros. Por tanto, te propongo que una vez cerrada esa compuerta y siendo el caso de que tus compañeros de Hektor II han desistido en ayudaros, tratemos con calma las condiciones de… digamos, mi rendición.
El pardo me volvió a obsequiar con su insolente sonrisa.
—¡Otra vez tu estúpida dignidad humana! ¿No? —dijo.
Dio un par de pasos hacia mí y me señaló el calcinador.
—Entrégame tu arma.
Obedecí. La tomó con indiferencia y la empuñó torpemente con su mano izquierda. Luego hizo un gesto con la cabeza indicando que me apartara a un lado. Lo hice también. Se asomó a la puerta y llamó:
—¡Gerda! ¡Gerda!
Casi en el mismo segundo asomó la nam que me había hecho objeto del más infamante de los engaños al fingirse la adorable Dusty Lust.
—Dime, Holkist.
—Avisa a la hermana de Britta y a Bilman. Diles que cierren la compuerta de la cámara de blindaje, pero que permanezcan allí y alerta, por si acaso doy contraorden.
Con una palabra ininteligible, la nam se fue presurosa. Pasaron unos cuarenta segundos. Mis nervios parecían a punto de estallar. No apartaba ojo de la aguja del contador: seguía marcando en la zona roja. El pardo llamado Holkist también tenía sus oscuros ojos en el contador. Eso me hizo suponer que también los humanoides temen a la muerte.
Pronto advertimos que el nivel de radiación no aumentaba, sino que la aguja permanecía fija en mitad de la zona roja. Eso sirvió para indicarnos que los pardos habían cerrado de nuevo la compuerta de la zona de blindaje.
—Y bien, ¿podemos comenzar a charlar de nuestro asunto, humano? —me preguntó con sorna.
Me encogí de hombros, comprendiendo que si quería seguir ganando tiempo tendría que hacerlo de otra manera.
—De acuerdo. Examinemos la situación. Parece ser que estoy en vuestras manos. Tú y tus compinches a bordo podéis hacer que muramos todos si no accedo a someterme. Como antes te dije, no me seduce ni pizca la idea de la muerte. Por tanto, veremos qué exigís de mí.
—Muy sencillo, que dirijas la nave rumbo a Hektor II.
Medité unos instantes. Mi interlocutor tampoco parecía tener mucha prisa.
—Humm… ¿Para qué? Es evidente que tus correligionarios de ese planeta han desistido subir a bordo y ayudaros…
¡Y entonces, maldita sea, volvió a suceder! La condenada «puerta» apareció de nuevo, allí mismo delante de nuestras narices, con su color ominosamente gris indefinido…
—¡La puerta! —exclamó Holkist, alegre—. ¡Ahora tendremos ayuda!
Fruncí el entrecejo por la contrariedad. Pero casi a renglón seguido el óvalo misterioso y amenazador se esfumó de súbito. El pardo soltó una exclamación de desencanto.
—¡Vaya! —dije—. ¡Parece que no se deciden!
Holkist me miró irritado en esta ocasión.
—Ha debido haber un error.
—Me parece a mí que el mayor error ha sido iniciar esta estúpida sublevación. Van a sufrir un castigo terrible todos los miembros. Es decir, todos tus compañeros. El servicio es implacable en estos casos y máxime si habéis atacado a un especial como yo.
Me envalentonaba, aunque era necesario aprovecharme de la situación de desconcierto creada por la fugaz aparición de la puerta.
—No entiendo —murmuró el pardo.
—Yo tampoco. De todas maneras, me ha dado la sensación de que tus compañeros, allá en Hektor II, se han quemado los dedos…
Me interrumpió una exclamación de Holkist. Le miré perplejo.
—¡Eso es! ¡Se han quemado los dedos! ¡Usted lo ha dicho!
—No lo entiendo… —musité.
—¡Yo sí! ¿Cómo no se me había ocurrido?
El pardo se levantó y dio un corto paseo por la estancia. Le miré con el ceño fruncido. Cada vez entendía menos la situación. El que apareciese y desapareciese aquella maldita puerta ya era de por sí lo bastante desconcertante para que ahora aquel humanoide viniera pronunciando frases enigmáticas.
—¿Vamos a discutir nuestro asunto o no? —le pregunté.
Se volvió hacia mi con su sonrisa triunfal.
—Sí, ahora más que nunca, humano —repuso—. Exijo tu rendición incondicional, y la entrega de la nave una vez hayamos regresado a Hektor II y estemos en órbita polar. Te aseguro que no se te hará ningún daño. Nosotros, los humanoides, no somos una raza carnicera y sanguinaria como ustedes, los humanos. Has de saber que nuestro solo propósito es conseguir que se nos garantice igualdad de derechos con ustedes, que no se nos mantenga en un plan de esclavitud, que no se nos considere inferiores, puesto que no lo somos y podemos demostrarlo ampliamente.
De nuevo mi orgullo racial salió a flote y por eso le repuse con dureza:
—¿Que no sois inferiores? ¡Claro que lo sois! ¿De dónde han salido los progresos de la humanidad, de vosotros? No. Ha sido nuestra raza la que os ha civilizado, la que os ha dado comodidades, la que os ha permitido liberaros del trabajo directo como si fueseis bestias de carga. ¿Cuál ha sido vuestra contribución al progreso de la cultura galáctica? ¡Ninguna! ¡Absolutamente ninguna!
Hizo un gesto, cortándome en seco lo que estaba diciendo.
—¡No seas ignorante, humano! —exclamó—. Estás engañado por la propaganda de tu grupo racial. Desconoces muchos datos, que no es prudente revelarte todavía. Cuando llegue el momento sabrás algo que efectivamente te dejará anonadado, algo que transformará tu orgullo de raza, que lo liberará hacia otros caminos impensados y entonces podrás sentirte orgulloso de ser quien eres, no quien aparentas.
Sus palabras sonaban de un modo parecido y desconcertante a las que pronunció la nam en Comunicaciones, minutos u horas antes. Dentro de mí se despertaba un sentimiento extraño, una desconfianza absoluta que abarcaba mis propias ideas, mi ingénita razón de ser.
—No me vengas con paparruchas —exclamé nervioso—. Tu propaganda no puede hacer mella en mí. Es vana palabrería. Carece de fundamento y puede que sirva para convencer a los de tu raza, míseros humanoides, pero no a mis hermanos, y a mí mismo, que poseemos un intelecto superior.
—Ya cambiarás de opinión, humano. Y sospecho que no tardará en ocurrir ese cambio. Pero… dejemos estas tonterías, no perdamos más tiempo y vayamos a lo nuestro. Ahora que sé por qué ha desaparecido tan rápidamente la puerta dos, estoy absolutamente seguro de que mis compañeros no nos abandonarán. Por el contrario, nos siguen con gran atención.
—¿Por qué dices eso? —pregunté—. ¿No crees que precisamente esa desaparición de la puerta, significa que vuestros compañeros os dejan abandonados a vuestra suerte?
—No. Terminantemente no. Tú mismo me diste la clave. Sí, al decir que era como si se hubiesen quemado los dedos… ¡No sé cómo no se me ha ocurrido antes! La causa de todo es la radiación anormal reinante aquí dentro. En la puerta uno tienen contadores de radiación. Ellos les han debido indicar el peligro de contaminación radioactiva. Por eso han hecho varias tentativas, quizá creyendo haber instalado la puerta dentro de la zona blindada protectora entre las habitaciones de la nave y la cámara de reacción atómica. ¿Comprendes?
Desconocía la naturaleza de la máquina que poseían los pardos, allá en Hektor II. Sin embargo, me fue posible comprender lo que estaba afirmando el llamado Holkist. Parecía tener lógica, ser racional. En efecto, los contadores del planeta advertirían una radiación peligrosa dentro de la nave, y como les era imposible visualizar el punto exacto en donde quedaba instalada su puerta, debieron entonces pensar que había caído dentro de la zona peligrosa. En la segunda tentativa ocurrió lo mismo, y para evitar que sufriesen algún peligro grave sus delicados instrumentos, cortaron inmediatamente el circuito de la puerta, haciéndola desvanecerse de nuestra vista casi al instante. Si esto era cierto, los ensayos de la puerta se repetirían una y otra vez, hasta que en el interior de la nave el peligroso nivel de radiación hubiese bajado hasta que la aguja marcase otra vez zona blanca, indicando que ya no había ningún peligro.
Miré la esfera del indicador. La aguja había descendido bastante en la escala. Se encontraba casi en el límite entre la zona blanca y roja. Prácticamente, luciendo el margen de exageración propia de estos aparatos, así diseñados para evitar imprudencias, no sufríamos ningún peligro. Entonces, si no me equivocaba, dentro de pocos segundos, cuando apareciese el óvalo gris se quedaría allí y daría paso quizá a un ejército de pardos, que me reduciría a la impotencia y se apoderaría de mi nave.
Volví a sentir de nuevo la sensación de estar acorralado, de verme metido en una jaula de la que no había salida posible. La única esperanza que me quedaba ―que ni a mí mismo quise confesarme antes― era que en la base del Servicio, en Algorán, echasen de menos el informe automático de la emisora ultralumínica de a bordo. Pero lo más probable es que lo reputasen a alguna avería y que aguardasen a recibir dicho informe mediante la emisora de emergencia, más lenta, pero todavía superior en velocidad a la radio normal.
Calculé que el plazo de intranquilidad comenzaría a regir a partir de unos tres días a contar desde este momento. Dejarían transcurrir por lo menos diez hasta dar estado oficial a su intranquilidad. Luego, una nave sublumínica secreta viajaría hasta el borde de la subgalaxia y desde allí sería enviado un navío pequeño de reconocimiento para recorrer el espacio comprendido entre mi último mensaje y el momento visible de mi pérdida. Total, menos de un mes.
En ese tiempo, por muy adelantada que estuviese la tecnología parda, no les habría sido posible construir naves como la mía, ni tan siquiera restablecer los circuitos radioeléctricos que habían dañado para incomunicarme con el resto de la galaxia. Por tanto, ¿qué se proponían? Estaban abocados al fracaso desde el primer momento.
Seguramente desconocían la sutil relación que tenemos los inspectores especiales con nuestras bases, esa periodicidad de informes, esa casi constante comunicación con los centros de nuestros superiores. De otro modo, no se comprendía aquella estúpida idea de proseguir una rebelión que encontraría como enemiga a toda la flota del Servicio Regulador Intergaláctico, implacable en su represión.
Fue en aquel momento cuando ocurrió lo que menos podía imaginarme: empezó a sonar el circuito de alarma conectado con el sistema de mandos automático. Fue una especie de lamento, alcanzando de infrasonidos a ultrasonidos. Su misión era despertar al piloto sumido en el más profundo de los sueños.
Indicaba un peligro, el más temible de toda navegación espacial. ¡Indicaba la proximidad de un cuerpo celeste, la inminencia de un choque!
—¡La alarma! —grité—. ¡Vamos a chocar con algo!
Corrí hacia los mandos. Holkist me cogió del brazo conteniéndome.
—¿Dónde va?
—¡A coger los mandos, a gobernar la nave y eludir el choque!
Me miró sin comprender.
—¿Qué choque?
—¿Es que no oyes la alarma?
—Oigo esa estridente sirena… pero eso…
—¡Eso significa que estamos en peligro! —exclamé forcejeando.
—Puede significar alguna treta por su parte.
—¡No… le digo que no! ¡Vamos a chocar! ¡A chocar! ¡Suéltame!
—Quieto, humano. Sabemos muy bien que ustedes, los del Servicio, tienen recursos y trucos para todo. No quiero que me engañe…
—¡Estúpido, no te engaño! ¡Vamos a morir todos si no me dejas empuñar los mandos!
El sonido de las sirenas se hizo más fuerte, indicando mayor proximidad del peligro.
Miré la pantalla del radiogoniómetro. Se veía una masa oscura, como un planeta de mediano tamaño, casi ocupando todo el cuadrante.
—¡Mira! —exclamé—. ¡Mira bien! ¿Crees que es un truco mío? ¿No ves que vamos a chocar con ese cuerpo?
Miró y pareció creerme, porque me dejó en libertad. Me instalé antre los mandos, comencé a manipular interruptores y botones. Miré los indicadores.
¡La nave no parecía obedecer a la maniobra iniciada por mí!
Luché una y otra vez, tratando de desviar su rumbo. La pantalla, el cuerpo oscuro crecía y crecía indicando su mayor proximidad. Entonces comprendí la terrible verdad. ¡Al destruir el sistema radioemisor de mi navío para impedir que me comunicase con la base, habían también destruido elementos importantes en la dirección del Starship!
Eso sólo podía indicar una cosa: estábamos perdidos… ¡Nada iba a impedir el choque!
No sé cuanto tiempo pasó. En el momento en que el choque se hizo inevitable, tras un último e inútil esfuerzo por cambiar el rumbo de la nave, cerré los ojos.
No pude decir que oyese un ruido. No oí nada. Tampoco vi nada.
10
El viento ululaba por entre las rocas, portando en sus moléculas un frío de muerte. La noche era negra y espesa, sin ninguna luz que recortase la masa irregular de peñascos dislocados, de farallones afilados, de agujas roquizas inverosímilmente puntiagudas.
Cualquiera hubiese asegurado que en la vasta y despoblada superficie de aquella irregular zona de Hektor V no podía haber rastro de vida, a excepción quizá de la que albergase el negro casco del navío posado de manera absurda en el mismísimo borde del Gran Acantilado, precisamente en la única zona relativamente plana de aquel mundo inhóspito y accidentado. Sin embargo, algo se movía por entre los riscos con una seguridad increíble, dada la oscuridad reinante.
Eran tres figuras confusas, trepando veloces por las peñas escarpadas, posando sus pies de manera firme y segura, aun cuando el filo rocoso fuese tan cortante como el de una navaja de afeitar. De trecho en trecho, el ser que abría la marcha se detenía y lanzaba un gruñido inarticulado, respondido de inmediato por los de sus compañeros, aunque éstos sonaban en un tono más agudo.
Llevaban horas y horas de rápido progreso, sin hacer una pausa para reponer fuerzas, para descansar. Era increíble su capacidad de resistencia.
Ni el viento ni el frío parecían afectarles. Y si se les hubiese podido observar a la luz, se habría comprendido fácilmente el porqué. Pero no había luz, ni observadores. Por eso las tres figuras seguían su avance impertérritas, sin causar asombro, admiración ni temor a nadie.
Por fin, cuando la larga noche de Hektor V llegaba a su fin y quizá faltaban menos de dos horas para que la negrura se convirtiera en una bruma grisácea, las tres esforzadas figuras llegaron a las proximidades del navío.
El ser en la vanguardia se detuvo a un centenar de metros del casco de acero. Su órgano visual parecía poder perforar la oscuridad, porque señaló con uno de sus desproporcionados miembros delanteros y murmuró algo gutural. Los dos seres que le seguían, más pequeños en tamaño, se le reunieron y por el tono de sus gruñidos hubiese sido fácil adivinar que estaban contentos.
Menos de dos minutos después, los tres habitantes de aquel mundo caótico se hallaban palpando el frío acero de la nave, emitiendo sonidos inarmónicos, posiblemente de satisfacción. Luego, cuando hubo pasado largo rato y hubieron recorrido varias veces la longitud del navío, dándole la vuelta por lo menos en tres ocasiones, se acurrucaron en un apretado grupo en la parte de popa, junto a las toberas aún calientes del sistema propulsor cohete, y permanecieron callados, inmóviles, como tres perrillos durmiendo a los pies de su dueño.
El profesor Yehmel convocó una reunión de emergencia dentro mismo de la cúpula que albergaba la impresionante maquinaria del duplicador y del transportador.
—La situación es crítica, como todos sabéis —dijo al empezar—. El Starship T-8-63 se ha estrellado en la superficie de Hektor V. Probablemente no habrá supervivientes…
Drakyl, que como político tenía un exacerbado sentido práctico, interrumpió al profesor.
—Quizá sea mejor así, hermanos —dijo—. Si admitimos que nuestra conjura ha fracasado, puesto que carecemos de algo tan imprescindible como esa nave, y si sabemos que el S.R.I. no tardará en iniciar una minuciosa investigación para averiguar las causas de la desaparición de un navío y un hombre de su Servicio, el que el Starship se haya estrellado en Hektor V les dejará satisfechos e impedirá que se fijen en nosotros, puesto que considerarán que la catástrofe ha sido debida a causas naturales e imprevisibles y no a ninguna clase de sabotaje en el que pudiera estar involucrada gente de nuestra raza…
Ahora le tocó el turno al profesor Yehmel de interrumpir:
—Un momento, Drakyl—dijo con viveza—. Se te olvida un detalle de suma importancia, un detalle que destruye por entero esas presunciones tuyas.
—¿Qué detalle? —preguntó Drakyl, mirándole extrañado.
—A bordo de ese navío, por una parte, iban cuatro personas cuya presencia en la nave no tendrá justificación alguna. Me refiero a Gerda, Britta Dos, Holkist y Bilman…
—Eso en el supuesto de que los inspectores del S.R.I. encuentren el navío relativamente intacto, porque si se ha destruido por completo en el choque, sus restos se hallarán diseminados por toda la irregular superficie de la zona…
El profesor Yehmel negó con la cabeza.
—Te olvidas de que aún siendo así, aún admitiendo la posibilidad de que el siniestro sea de tal magnitud que no permita identificaciones, tenemos el caso de la Operación Regresiva del doctor Mirgan…
Drakyl se dio una palmada en la frente, exclamando:
—¡Cosmos, es verdad! ¡Fue Hektor V el mundo elegido para ese experimento! Si los del S.R.I. se presentan en ese planeta y encuentran a los especímenes, adivinarán toda la verdad y entonces no habrá solución para nosotros…
Todo el edificio de esperanza que el político se había edificado se derrumbó por falta de cimientos. Si antes parecía el más animoso, ahora, indudablemente, era el más descorazonado de todos.
—Y ¿qué podemos hacer? ¿Qué podemos hacer? —musitaba una y otra vez haciéndose esa pregunta a sí mismo, aunque en alta voz.
El profesor Yehmel hizo un gesto con la mano reclamando la atención de todos.
—Hay una remota posibilidad de resolver este enojoso asunto. Esa remota posibilidad envuelve varias cosas. Sin embargo, he de confesaros que presenta un riesgo muy grave que tendremos que correr, un riesgo que llevará involucrada quizá la pérdida de nuestra propia vida. Por eso dudo en revelaros mi idea.
Todas las miradas convergían en él. Los ojos atentos del grupo de técnicos parecían percibir sus palabras con tanta intensidad como si el sonido penetrase por sus oídos. Drakyl, aún ceñudo, se quedó inmóvil, dejando de murmurar para sí.
—¿Qué solución es esa? —preguntó con voz quebrada.
El profesor Yehmel se rascó la cabeza pensativo antes de contestar.
—Primero y principal, hemos de trasladarnos a Hektor V y localizar la nave. Necesitamos saber los daños que ha sufrido.
—¿Y qué sacaremos con eso? —preguntó Drakyl, dejándose dominar por su impaciencia.
—Pues… saber si ha quedado alguien con vida a bordo. Salvarlo, si es preciso. Averiguar hasta qué punto la nave ha quedado destrozada y planear entonces la operación de rescate.
—¿Rescatar a quién? — inquirió Drakyl.
—A la nave, naturalmente.
El estupor cundió entre los presentes, pero el más sorprendido era el político. Abrió la boca para decir algo, la cerró como si se arrepintiese, para, al fin, romper el silencio diciendo:
—Por el Cosmos, ¿para qué necesitamos esa nave si está destrozada?
El profesor Yehmel se tomó algún tiempo para responder. Cuando lo hizo habló tranquilo y sereno como si nada hubiese ocurrido.
—La nave destrozada, indudablemente, de nada nos servirá. Pero podríamos utilizarla para engañar a los del S.R.I.
—¿Cómo? —preguntó uno de los técnicos.
—Los del Servicio deben ignorar por ahora lo que ha sido del Starship T-8-63. Quizá ni siquiera hayan echado de menos sus partes periódicos y reglamentarios. Por tanto, deben suponer que se dirige a su destino, es decir, a Hektor II. Todos sabemos que el mundo en que vivimos es un planeta bastante irregular, casi inhóspito según los conceptos humanos acerca del medio ambiente de vida imprescindible y necesario. En los polos del Hektor II hay zonas parecidísimas a las del ecuador de Hektor V. Mi idea es traer al Starship hasta uno de nuestros polos y dejarlo allí, como si se hubiese estrellado contra la superficie, desgarrado al chocar contra las rocas y el hielo perpetuo.
—¿Estás loco, profesor Yehmel? —preguntó Drakyl—. ¿Cómo diablos vamos a traer hasta aquí a una nave que suponemos, por no asegurar, que está destruida? ¿Acaso piensas que estén listos sus motores para funcionar?
El profesor Yehmel no pudo evitar una sonrisa.
—No, ni por asomo se me ha ocurrido que estuviesen sus motores en condiciones de trabajo. No digo que la traigamos por sus propios medios. Simplemente he dicho que debemos trasladar esa nave hasta aquí, dejándola en el polo, de manera igual o parecida a como la encontremos en Hektor V.
Era difícil comprender el plan del profesor Yehmel. Muchos se mostraban huraños, escépticos, como si pensasen que el científico hubiera perdido el juicio y chocheaba a causa de la tensión vivida en los últimos minutos.
El profesor Yehmel tomó asiento ante el tablero de control, ahora inactivo, y prosiguió con su explicación:
—¿Es que no comprendéis? Tenemos un elemento de transporte valiosísimo, que alcanza fácilmente la distancia hasta Hektor V. Gracias a él el traslado de los restos puede resultar una tarea relativamente fácil. Claro que necesitaremos, sin duda, de la fuerza física y de alguna maquinaria. Pero eso no creo que constituya la base del problema, sino más bien detalles accesorios de la misma.
Uno de los científicos se dio una palmada en la frente y exclamó:
—¡Ya lo tengo, profesor! ¡Se refiere a utilizar el transportador para cambiar de sitio a la nave! ¿Verdad?
—Eso mismo —fue la respuesta del científico—. Sólo tenemos que instalar la puerta uno en el lugar elegido para efectuar el traslado aquí en Hektor II. Después, colocando la puerta dos precisamente junto a la nave que queremos trasladar, el cruce de distancia que separa ambos mundos será cuestión de fuerza de arrastre y nada más.
Drakyl también había comprendido. A primera vista parecía una idea descabellada y absurda. Pero, pensándolo mejor, cabía la remota posibilidad de alcanzar el éxito, de lograr preparar la trampa que engañase a los investigadores del S.R.I.
—Bueno, la idea no está mal, aunque es fácil advertir muchas dificultades para su desarrollo. Sin embargo…
—Mira, Drakyl —le interrumpió el profesor Yehmel—. Lo más importante de todo es trasladarnos primero a Hektor V y examinar a la nave, reconociendo sus restos y tomando las medidas oportunas para efectuar el traslado lo antes posible. Pero me parece que la mayor dificultad va a ser el localizamiento exacto del sitio en que el navío colisionó con la superficie planetaria.
—¿Por qué? —preguntó Drakyl—. Hasta ahora nos ha sido facilísimo situar en el espacio, mediante coordenadas del sistema localizador, la posición del T-8-63. No veo por qué ahora la dificultad ha de ser mayor…
Uno de los técnicos fue el que habló, explicando al profano Drakyl la dificultad.
—Mientras ese navío viajaba por el espacio era fácil localizarlo, puesto que se trataba de un cuerpo productor de radiaciones por causa de sus motores, lo que hacía bastante fácil su identificación. Pero ahora el navío se ha estrellado contra la superficie de Hektor V. Es muy sencillo localizar a Hektor V; no hacen falta aparatos. A simple vista se le puede divisar en el cielo nocturno. Pero, ¿cree que es cosa sencilla averiguar en qué punto exacto se ha estrellado la nave, inmóvil absolutamente por causa de la catástrofe, sin emitir más radiaciones que las propias de la substancia atómica que llevasen sus depósitos y cámaras, cuando precisamente en Hektor V hay zonas no bien delimitadas y ricas en material radioactivo?
Drakyl se hizo cargo de la dificultad. En efecto, suele ocurrir que la presa de una cacería, en vez de huir batiendo alas o a pleno galope, se queda quieta entre algunos matorrales, fundiéndose su pelaje con el color del medio ambiente, haciendo casi imposible que la vista capte su figura, identificándola entre cuanto la rodea; el movimiento en sí ya es un dato localizador. La quietud confunde, despista.
—Pues, ¿qué pensáis hacer ahora? —preguntó Drakyl.
El profesor Yehmel fue otra vez el encargado de explicarle la primera parte del plan.
—Propongo lo siguiente: un grupo de nosotros se equipará para resistir el frío de Hektor V. Situaremos el cohete lanzadera dentro de la campana, después colocaremos la puerta dos a pocos metros de la superficie del planeta y haremos que el cohete lanzadera entre por ambas partes y quede volando a unos kilómetros de altura. La patrulla que vaya a cumplir esta misión tendrá como único objeto el de localizar el lugar exacto donde se estrelló el Starship. Entonces nos avisará inmediatamente, suministrándonos las coordenadas exactas. El resto resultará bastante fácil, pues quedará reducido a colocar la puerta dos de nuevo junto a la nave siniestrada y entonces, mediante la puerta uno, transportar a la superficie de Hektor V las máquinas y herramientas que precisaremos para el traslado. ¿Comprendido?
Todos asintieron. Sin embargo, uno de los técnicos tomó la palabra:
—Esa solución es perfecta, salvo un detalle.
—¿Cuál? —inquirió el profesor Yehmel.
—Nos va a costar trabajo utilizar el cohete lanzadera, porque como recordaréis regresó de Hektor V hace cuatro días de la misión por todos conocida, es decir, llevar alimentos a los espécimenes de la Operación Regresiva. Ahora el cohete lanzadera debe estar desarmado en los talleres de revisión. Su montaje llevará un par de días, puesto que todos sabéis que las operaciones de revisado han de hacerse fraccionadas en diversos talleres e instalaciones, para evitar que alguien entre en sospechas acerca de la índole de su misión ordinaria.
—Es verdad —murmuró Yehmel, abrumado por aquella inesperada dificultad.
Drakyl frunció el ceño y después de meditar cuidadosamente en todo aquel cúmulo de problemas, dijo:
—¿Es posible situar la puerta dos en la misma superficie de Hektor V, sin error de ninguna clase? —preguntó.
Uno de los técnicos se encargó de responderle.
—Sí, basta simplemente efectuar tanteos. Alguna vez lo hicimos. Se toman dos expedicionarios y se colocan ante la puerta. El que va a averiguar si la puerta dos ha quedado instalada en distancia apropiable, se liga con una cuerda a su compañero. Luego atraviesa la puerta uno. Si la otra está a varios metros de distancia del suelo, quedará colgando y sujeto por la cuerda, pero podrá informar indicando la corrección necesaria. El resto ya te lo puedes imaginar, Drakyl.
El político asintió e inmediatamente anunció lo siguiente:
—Entonces, todo está resuelto. No hace falta el cohete lanzadera para llegar hasta la superficie de Hektor V.
—Pero, ¿y para localizar el lugar donde se estrelló el Starship? —preguntó el profesor Yehmel.
—¿No crees que bastaría con un vehículo de superficie? Uno como el mío, por ejemplo, el que utilizo para venir hasta aquí desde mi casa.
El profesor Yemel sonrió esperanzado. En efecto, la característica principal de los vehículos de superficie es que funcionan a pocos palmos del suelo, sin tocarlo, manteniendo siempre la misma distancia. De esa manera las irregularidades del terreno les afectan de un modo mínimo y les permiten también alcanzar velocidades considerables.
—Magnífica idea, Drakyl. Puede hacerse, aunque hay que reconocer que la superficie de Hektor V es muy accidentada y en algunos lugares será necesario maniobrar con cuidado.
—Eso se soluciona no enviando a ese planeta un único vehículo de superficie, sino cuantos podamos reunir.
Todos asintieron. La situación requería medidas extremas y rápidas y aquella propuesta de Drakyl podía servir de alivio a la parte más espinosa del problema.
El profesor Yehmel comenzó a impartir órdenes. Dispuso que un grupo de técnicos y el propio Drakyl saliesen a reunir los vehículos de superficie que pudieran, siempre y cuando éstos les perteneciesen a ellos o a miembros de confianza de la Revolución. Él, por su parte, comenzó a efectuar cálculos para la situación de ambas puertas.
No iba a ser necesario el empleo de la campana A, puesto que no se trataba de utilizar las fantásticas propiedades del duplicador. Lo único importante era la situación de las puertas, y la número uno podía instalarse en cualquier cúpula o fuera de ella, mientras que la dos debería su instalación al fruto de unos cálculos cuidadosos y exactos hasta la milésima cifra decimal.
Mientras, el resto de los técnicos preparaba una serie de equipos contra el frío, para vestir con ellos a los componentes de las diversas expediciones. También fueron convocados otros miembros activos de la Revolución, que por su falta de conocimientos científicos no estaban presentes en la cúpula durante el largo proceso que había comenzado con la pérdida irreparable del T-8-63.
11
Antes de abrir los ojos noté una gran opresión en todos mis miembros. También me resultaba difícil respirar. Sin embargo, no experimentaba dolor alguno que sobrepasase los límites de lo soportable. Quiero decir con esto que comprendí al instante que no tenía ningún hueso roto, que mis lesiones eran casi sin importancia, quizá del orden de magulladuras y erosiones.
Pero cuando abrí los ojos, momentáneamente mi concepto de las consecuencias de la catástrofe varió de medio a medio, en un ángulo quizá de 180 grados. ¡No veía! ¡Nada en absoluto!
Permanecí inmóvil, tembloroso, abrumado por la tragedia. Mis ojos en vano trataban de captar la más mínima porción luminosa, con la esperanza absurda de convencerme a mí mismo de que no era ceguera lo que me ocurría, sino que me hallaba en plena oscuridad.
Mi mente, partiendo de la más absoluta lógica, me repetía una y otra vez que, aún en el caso improbable de que hubiera fallado el equipo de iluminación de emergencia del navío, por los ventanales de transteel debería penetrar por lo menos el remoto fulgor de las estrellas. Y esto no sucedía.
Intenté incorporarme y no pude. Algo me oprimía contra el diván antiaceleración. Supuse que sería alguna parte de la sala de mandos desprendida a causa del choque…
¿Choque? ¡Sí, habíamos chocado!
Empecé a recordarlo todo. Evoqué mis frenéticos esfuerzos por hacerme con el control del navío y cómo advertí que el sabotaje que destruyó los órganos emisores de radio, implicó así mismo la destrucción también del sistema de navegación electrónico de radar, capaz de gobernar la nave e impedir toda colisión.
Como si estuviese presenciando un film tridimensional pasado a enorme velocidad, me vi luchando con el control manual del navío, en el intento de incidir contra la masa planetaria de manera oblicua que me permitiese soslayar el choque directo. Evidentemente y de manera inverosímil debí lograrlo, porque de otro modo no estaría vivo y recordando lo sucedido. Sin embargo, los destrozos en la nave debieron ser de suma importancia, porque el sistema eléctrico no funcionaba…
¿O sí funcionaba, y yo no podía verlo?
Y entonces, con un suspiro de alivio, naciendo en mi pecho nuevas esperanzas, caí en un detalle: el sistema acústico del contador de radiaciones permanecía en silencio, y como era imposible que el nivel de radioactividad remanente en el navío hubiese descendido de golpe, eso significaba que los circuitos eléctricos habían quedado interrumpidos.
Pero, ¿y la oscuridad? ¿A qué se debía esta negrura total? Si pudiese salir de este diván en donde estaba prisionero…
¡Claro que podía! ¡Qué estúpido había sido! Sólo una cosa podía embarazar mis movimientos, impidiéndome abandonar el asiento… ¡los cinturones de seguridad!
Recordé cómo instintivamente los coloqué sujetando mi cuerpo, en prevención de las consecuencias del choque. Sin pérdida de tiempo accioné la hebilla magnética y me sentí libre de toda traba u opresión. De un salto me puse en pie… para caer de costado a renglón seguido.
Mascullé una maldición, reprimiendo el dolor en un codo producido por la caída y me levanté con mayor género de precauciones. El piso estaba escorado hacia la derecha, según el eje longitudinal de la nave, formando un ángulo de más de 35 grados. Eso explicaba el porrazo sufrido por culpa de mi precipitación en levantarme del diván.
Ahora, asiéndome al tablero de mandos y control, logré mantener una cierta verticalidad. Lo importante, más que nada, era averiguar si la oscuridad que me rodeaba era natural o causada por la ceguera…
Me estremecí sólo de pensar en esta última posibilidad. Apreté los dientes y rebusqué en mi equipo personal hasta dar con la potente linterna autónoma que todos los del Servicio llevábamos. Me parece que pasaron unos segundos antes de que me decidiera a encenderla. ¡Tenía miedo de no ver su luz!
Di al minúsculo interruptor, manteniendo los párpados bien apretados. ¡Y aún así capté la luminosidad!
Reduje el flujo lumínico hasta el mínimo y abrí los ojos. Durante largo rato estuve llorando y riendo a la vez. Luego, ya más sereno, procedía a examinar la sala.
El pardo causante de todas mis dificultades yacía en un rincón. Me incliné sobre él. Vivía, pero su frente sangraba de manera escandalosa y todo él estaba bañado en su propio líquido vital. Comprendí de inmediato que necesitaba una cura urgente si se le quería salvar la vida.
No lo dudé. Casi de manera instintiva abrí el botiquín de emergencia del muro y saqué los útiles necesarios para atender a Holkist.
La medicina actual se ha convertido en una ciencia poco menos que exacta. Casi no hay imposibles en el campo curativo, y las lesiones más o menos superficiales tienen uno de los más fáciles remedios. La droga Bloodabductor, operando sotare las plaquetas, contuvo las hemorragias instantáneamente. Después, una dosis masiva de Hepazión U209 reactivó las glándulas hepáticas productoras de hematíes y fibrógeno, para que en cuestión de segundos repararan la pérdida sufrida. Y por último, una aplicación de Scarless en los bordes de las heridas, no sólo limpió éstas, sino que unió perfectamente los bordes de los tejidos sin solución de continuidad, quedando tan sólo a su organismo la creación del tejido epitelial que, por debajo de la falsa película cutánea asimilable, devolvería a las zonas lesionadas su aspecto normal.
Como atención final, inyecté unos centímetros de Hemasolver HJ en el torrente linfático de Holkist. Dentro de un par de horas la droga habría disuelto todo coágulo producido por las hemorragias internas y el pardo podría actuar normal y convenientemente. No obstante, y para evitarme dificultades, lo instalé en un diván de aceleración y lo até de manera que no pudiese libertarse por sí mismo.
Fue entonces cuando pensé en el peligro de la radioactividad. Si la cámara reactora había sufrido daños, lo más probable es que todo el navío se hallara impregnado de la mortal e invisible energía. Los diversos contadores a bordo no podían darme la medida del nivel radioactivo, puesto que no funcionaban por causa de la interrupción en los circuitos eléctricos.
Saqué de mi equipo personal el pequeño contador de emergencia. Di al conmutador y percibí en seguida el clásico sucederse de los chasquidos producidos por el choque de los negatrones libres. Había radioactividad, sí… Pero una consulta a la esfera fosforescente me indicó que su nivel era, con mucho, inferior al peligroso.
Respiré aliviado. Hasta entonces, todo había ido bien, dentro de lo esperable tras la catástrofe. Decidí averiguar qué había sido de los restantes humanoides. Sin saber por qué, al pensar en Britta… bueno, en las dos Britta… me vi dominado por una angustia especial y opresiva. Busqué una justificación a este sentimiento diciéndome que los cuatro años pasados en su compañía, viaje tras viaje, habían hecho nacer en mí una estimación afectuosa hacia la que el Servicio me designó como concubina y que esta estimación, pese a los disgustos y a su rebelión, se extendía también a su hermana gemela, puesto que era imposible diferenciar a una de otra.
Tardé bastante en encontrar a las tres hembras. Era penoso y difícil caminar por los pasillos del navío dada la inclinación del piso. Únicamente observé que la gravedad tenía que ser la propia del planeta, puesto que el campo gravitatorio artificial del Starship había quedado interrumpido al fallar los circuitos eléctricos. Calculé por la sensación de peso y la facilidad de mis movimientos, que su medida oscilaría entre 0,5 y 0,8 de la estándar de Tierra, es decir, aproximadamente la mitad que en mi nativo Algorán. Todas estas consideraciones las realicé mientras buscaba a las tres chicas, registrando pasillo por pasillo y estancia por estancia.
Hallé primero a Gerda. No había nada que hacer: estaba muerta, carbonizada. Sin duda, la violencia del choque la arrojó contra una de las cajas parciales de conexión y enlace eléctrico, destrozándola y haciendo que la potente corriente redujese a una masa negruzca de carbón a la pobre muchacha.
Venciendo la repugnancia, aparté sus restos a un lado y examiné las conexiones. Se habían fundido precisamente en la línea general. Eira fácil la reparación y al cabo de varios minutos todo el navío quedaba iluminado normalmente, lo que me hizo suponer que sus averías no habían sido demasiado graves.
Una de las Britta recobraba el conocimiento junto a la puerta de entrada a la despensa principal del sector tripulación. La ayudé a reanimarse haciendo que bebiera unos sorbos de energético Poverol. Me miró con sus ojos pardos oscuros y me pareció ver, en lo más hondo de su mirada, una pizca de agradecimiento.
—Mis compañeros… ¿cómo están? —me preguntó, con voz débil.
—Gerda ha muerto. Holkist está curado ya. De tu hermana y del otro pardo, nada sé. Estaba buscándolos —respondí con cierta dureza.
La noticia del fallecimiento de Gerda la afectó mucho. Por un momento creí que se echaría a llorar, pero se rehizo con un. esfuerzo de voluntad y se puso en pie.
—Te acompañaré en la búsqueda de los demás —dijo.
Vi que tenía miedo de quedarse sola y me di cuenta de que se había recuperado lo bastante como para seguirme. Accedí con un gesto.
—Ten mucho cuidado. La nave ha quedado escorada y es preciso caminar sujetándose a las paredes, dada la inclinación del suelo. Cógete a mí si acaso…
—Gracias —me respondió y de nuevo creí advertir cierta condición cálida en su mirar.
Antes de salir al pasillo general, pregunté a Britta:
—¿Conoces el punto exacto donde se hallaba el pardo? Sé que se había apostado en una de las cuatro compuertas de acceso a la zona de blindaje, pero…
No me dejó terminar.
—Sí lo sé —dijo—. Está en la zona superior 3.
No sé si ustedes conocerán la disposición interior de los anticuados navíos de la serie Starship a la que pertenecía el mío. Por si acaso lo desconocen, dado el progreso realizado en la construcción de navíos estelares en los últimos ochenta años, les diré someramente que cada embarcación poseía en su parte media y posterior, es decir, desde la cintura a la popa, una cuádruple estructura simétrica. Lo que equivale a decir que poseía cuatro secciones independientes e iguales, con las mismas dependencias y órganos denominados las zonas superiores número 1 y 3, y las de abajo, zonas inferiores 2 y 4. Eso implicaba que la cámara de reacción atómica fuese en realidad un conjunto de cuatro cámaras independientes, que si bien en vuelo normal trabajaban al unísono, en caso de avería de una, dos o hasta tres secciones, el navío podía proseguir viaje con menor velocidad, pero sin quedar a la deriva en mitad del espacio infinito.
El que el pardo estuviese en la zona superior 3 parecía ser una garantía para su supervivencia, puesto que sería la parte menos dañada de resultas del choque… siempre y cuando, claro, no se hubiera producido ninguna grieta en el blindaje que hubiese proyectado sobre él un chorro mortal de radioactividad.
Esto último parecía improbable, porque en todos los contadores instalados a trechos regulares por los pasillos y dependencias, las agujas permanecían en la zona blanca de los cuadrantes y de sus altavoces no salían los disonantes chasquidos indicadores del peligro.
Britta —¿cuál de las dos?— y yo llegamos a la parte media del navío. Nos costó trabajo abrir la mampara que conducía a la sección superior 3 porque estaba agarrotada; seguramente sus marcos se deformaron por el choque. Pruebas de esta deformación, aunque leves, las hallamos en la escalera metálica. Sin embargo, no se había producido ninguna grieta en el doble casco exterior, puesto que los instrumentos indicaban que la presión atmosférica interior permanecía constante y hubiera sido una suprema casualidad que el planeta al que habíamos ido a parar tuviese no sólo aire respirable, sino también la misma presión atmosférica que acondicionaba el interior de la nave.
Fue entonces cuando nos tropezamos con la otra Britta. Estaba ilesa, aunque algo magullada. Evidentemente no había podido abrir la compuerta, también deformada, que permitía llegar a la escalera o la opuesta, que daba acceso a la zona de blindaje tras recorrer una serie interminable de bodegas y departamentos de carga.
—¿Te encuentras bien, Britta? —le pregunté.
Mi voz sonó dulce sin querer y la reacción de ella nos sorprendió tanto a su hermana como a mí. Me dirigió una mirada profunda y lánguida, me rodeó el cuello con sus brazos, se apretó contra mí y rompió a llorar.
—¡Oh, Blanner! ¡Blanner! ¡Qué felicidad! Temí… temí que hubieras muerto… por mi culpa… Jamás me lo habría perdonado… ¡Jamás! ¡Jamás!
—Vamos, vamos, pequeña… ¡Cálmate! Todo ha salido bien —traté de consolarla, conmovido a mi pesar por aquel despliegue de sentimientos.
Y fue entonces cuando la reconocí sin lugar a dudas. Ella era Britta, la genuina, mi Britta, quien me había acompañado y servido fielmente durante tantas y tantas singladuras.
—Bueno, basta ya de sentimentalismos. Es más importante, creo yo, atender a Bilman —exclamó con irritación la Britta que me había acompañado hasta allí.
Mi nam se soltó de mí y se volvió hacia su doble.
—¿Por qué me hablas así, hermana? —preguntó, con la mayor de las dulzuras y sin rastro alguno de reproche.
—Porque hay otras cosas que hacer… y no es prudente ni conveniente entretenernos mientras el pobre Bilman pueda necesitar atención.
Britta Uno ―es decir, la que había sido mi compañera― asintió con la cabeza y dio media vuelta para guiarnos por los corredores. Me sorprendió bastante aquella intervención de la otra Britta y mientras caminábamos traté de justificarla de alguna manera. Eso implicaba que las nam tenían un muy desarrollado coeficiente de sentimentalidad. La brusca contestación de Britta Dos dirigida más que nada hacia su hermana era una típica muestra de celos; muy femenina pero, también, demostrativa de una viveza anímica en contraposición con lo que en el Servicio me habían dicho acerca de los humanoides.
Desconocía en aquellos momentos cuál era el origen de Britta Dos; me imaginaba que sería alguna hermana gemela de mi compañera, embarcada clandestinamente durante mi escala en Laktor III. Luego, cuando averigüé la verdad, me fue más fácil discernir la importancia de sus sentimientos, aunque eso sirviera para sumirme en un profundo mar de confusiones.
Advertí que mi Britta, es decir, la original, se volvió frecuentemente desde su precaria posición dada la inclinación del suelo, para mirarme con ternura. Mientras, su hermana, su doble, cerraba la marcha, cogiéndose a uno de mis brazos, y oprimiéndome en ocasiones con una fuerza extraña y dulce a la vez.
Resultaba para mí desconcertante aquel afecto de las dos humanoides y, aunque sentía cierta predisposición hacia la que fue mi concubina, su absoluta igualdad, la identidad del físico de ambas, era en cierto modo capaz de desconcertar al más sereno de los mortales. Por otra parte, a pesar de todas mis enseñanzas durante el periodo de entrenamiento, resultaba prácticamente increíble que dos humanoides llegasen a querer a un ser de raza superior, a uno de los que consideraban opresores de su pueblo.
Mis pensamientos quedaron bruscamente interrumpidos al llegar por fin, al lugar en donde estaba Bilman. El joven tenía una herida en la cabeza de la que había manado abundante sangre y roto el hueso de una pierna, posiblemente la tibia.
Él mismo se había curado de primera instancia; pero, desconocedor de que a su alcance había uno de los botiquines de a bordo, el vendaje constituía algo rudimentario, hecho con girones de su propia blusa. Sólo la pierna permanecía sin tocar, doblada en ángulo inverosímil.
Me acerqué a él y se encogió con temor. Era lógico: de todas las personas de a bordo era el único que no había tenido tratos directos conmigo. Por tanto, desconfiaba de mí. Las dos Britta le tranquilizaron y así me dejó que le examinara la pierna concienzudamente.
Tenía que dolerle muchísimo; sin embargo, no daba muestras de ello. De vez en cuando, eso sí, le rechinaban los dientes y apretaba las mandíbulas. Pero ni el menor gemido, ninguna mueca de pena.
Abrí el botiquín y, tras cicatrizarle la herida con Scarless, coloqué los huesos de su pierna fracturada en posición normal y le apliqué una inyección de Mendbondine, el producto casi milagroso que al cabo de unos minutos soldaría perfectamente el tejido óseo.
Fue en aquel momento cuando percibí los extraños golpes en el casco exterior del navío. En el silencio de los motores parados, el golpeteo adquirió resonancias de campana.
¡Bong… bong… bong!
Era un sonar sin ritmo, irregular, entrecortado. De inmediato comprendimos que no podía haberse producido accidentalmente, sino que alguien estaba martilleando las planchas de acero por la parte externa del navío.
—¿Qué es eso? —preguntó Britta Uno.
La miré desconcertado.
—No lo sé —respondí.
Los golpes se seguían sucediendo, sonando a cada instante con mayor impaciencia. Sin embargo, juzgué que el autor de aquel martilleo no poseía herramientas capaces de lesionar el espesor de la plancha de acero. Más bien trataba de llamar la atención a los ocupantes de la nave.
Miré de reojo a Bilman y le sorprendí intercambiando una mirada de complicidad con Britta Dos.
—¿Sabes lo que es eso? —pregunté.
—No —me respondió sin titubeo alguno.
Comprendí que estaba mintiendo y decidí continuar interrogándole.
—¿De verdad que no lo sabes? Creo que me estás ocultando algo. Ese sonido no es natural, sino producido por algún ser vivo que trate de llamarnos o de penetrar en el navío.
Me detuve allí. Indudablemente más seres desconocidos se habían unido en el golpeteo, porque el grave y resonante sonido mostraba ahora cualidades casi mínimamente entrecortadas.
Britta fue la primera en hablar.
—Díselo, Bilman —dijo—. Cuéntaselo todo. Ten en cuenta que nada puede hacer en contra nuestra y de todas maneras lo averiguará.
—¿Es que tú también lo sabes? —pregunté a mi nam.
Negó con la cabeza y me aclaró:
—No, no lo sé. Mis conocimientos no son tan extensos como los de mi hermana y Bilman. Yo me presté únicamente a un experimento mientras estábamos en Laktor III. Mi hermana subió a bordo varios días después de su nacimiento…
—¿Su nacimiento? —pregunté asombrado—. ¿Es que no tenéis la misma edad?
—Físicamente, sí —respondió mi Britta—. Cronológicamente, no. Ella nació durante nuestro segundo día de permanencia en Laktor III.
—¡Calla! —saltó Bilman—. ¡No sigas hablando! Ese humano es peligroso y no debe saber de nuestros secretos.
Me volví hacia él, que me miraba sin odio, pero con energía. Comprendí que para sacarle alguna cosa tendría que recurrir al tormento, y me era imposible llegar hasta ese extremo.
—No puedo deciros que me sienta vuestro amigo —dije—. Sin embargo, me parece que estamos todos en el mismo apurado trance. No es lógico que recibamos ayuda pronto, y como tendremos de vivir en comunidad hasta quién sabe cuando, sería mejor que procurásemos establecer una corriente de buena voluntad entre todos. Por eso te ruego que confíes en mí y me refieras tus sospechas.
—¿Acabas de rogarme algo… a mí? ¿Tú, un humano? —preguntó Bilman con extrañeza.
—¿Y por qué no? Es posible que nos hayáis creído despiadados, crueles, tiránicos y no sé cuántas otras cosas. Pero no hay tal. Si os mantenemos en esa situación de inferioridad, es porque honestamente os consideramos incapaces de dominar la galaxia, de participar provechosamente del gobierno universal. A simple vista se ve que nosotros, los humanos, poseemos un antiquísimo sedimento de civilización, que hemos sabido dominar nuestras pasiones y que…
Me vi interrumpido por la carcajada que soltó Bilman.
—¿Y tienes la desfachatez de largarme todo ese absurdo sermón? ¿Acaso crees tú mismo en lo que dices? ¿Es posible que podáis vivir tan engañados, durante tantísimo tiempo, creyendo únicamente, las lisonjeras afirmaciones de los que se llaman vuestra raza superior? —me preguntó desdeñoso.
Preferí meditar antes de darle una respuesta.
Por primera vez en mi vida las palabras «superioridad», «cultura», «capacidad» y tantas por el estilo empezaban a sonarme falsas y vacías. Por un fugaz instante cruzó una absurda idea por mi cerebro. ¿Y si los humanoides tenían razón al juzgarnos? ¿Y si en verdad nosotros, los humanos, no éramos ninguna raza superior ni predestinada?
Casi avergonzado aparté aquella idea de mi mente y volví a la cuestión que nos ocupaba.
—Es inútil que discutamos —dije—. Ahora tenemos un problema que resolver. Un problema que no admite dilaciones ni esperas. ¿O es que creéis que vendrán vuestros amigos a sacarnos de este atasco?
—Naturalmente que vendrán —respondió Bilman, impulsado por su indomable fanatismo.
—¿Y qué crees que ocurrirá después? ¿Que podréis salvar al mundo, y hacer triunfar esa estúpida revolución? ¡Ni pensarlo!
Me sentía furioso, más que nada al no encontrar la debida cooperación. El golpeteo se hizo más fuerte. Parecía que la impaciencia de lo que había en el exterior iba en aumento.
—Está bien —dije—. Puesto que no quieres decirme lo que ocurre ahí fuera, saldré a averiguarlo.
Me miró con una expresión mezcla de desprecio e insolencia, pero no dijo nada. Di media vuelta seguido por las dos Britta. La número dos parecía acongojada, temerosa. Me cogió por uno de los brazos y apretándome nerviosa me dijo:
—No, por favor, Blanner… no salgas…
Furioso como estaba, me solté de un tirón y seguí adelante. Llegué por último a la porción central del navío. Precisamente allí se abría una escotilla de emergencia, con exclusa de aire y su correspondiente alacena de trajes espaciales. Puse en marcha el mecanismo, que obedeció sin dificultad. Su sólida construcción impidió que se deformara con el impacto.
Britta Dos parecía a punto de llorar. Britta Uno miraba a su hermana y a mí de hito en hito, como perpleja. Seguramente su instinto debió indicarle que algún peligro me amenazaba, porque se atrevió a suplicar:
—Por favor, Blanner… haz caso de mi hermana. No salgas…
Seguí en mis trece. Di una ojeada a los instrumentos conectados con el exterior y supe con alivio que aunque la temperatura afuera era bajísima, el aire contenía una razonable proporción de oxígeno y nitrógeno, que lo hacía respirable. Decidí abrigarme simplemente con un traje térmico. Una vez lo tuve puesto, penetré en la esclusa y cerré la puerta interior.
Poco a poco, con un molesto chirrido, la compuerta externa comenzó a correrse hacia un lado. Un cielo grisáceo oscuro, cubierto de nubes, no dejaba pasar suficiente luz solar para que iluminase con precisión el paisaje de aquel mundo.
Sin embargo, enfocando mi linterna advertí que el terreno era fantasmalmente escabroso, parecido a las zonas accidentadas de la arcaica luna de la Tierra. Riscos, peñas, agujas rocosas, un suelo descoyuntado, roto, con grietas.
Y viento… Un viento helado, que se percibía incluso a través del calor de mi traje térmico.
Contemplé la altura hasta el suelo, y la calculé en unos veinticinco o treinta metros. La escala correspondiente a aquella escotilla, una vez desplegada, permitiría alcanzar esa longitud y mucho más, así que puse en funcionamiento el dispositivo extensor. Con cierta impaciencia, esperé a que se encendiese en el panel de instrumentos la luz verde indicadora de que el extremo de la escala había entrado en contacto con la superficie del planeta.
Apenas vi la luz verde empecé a descender. A mitad de camino comprobé, con cierta sorpresa, que el golpeteo contra el casco exterior había cesado. Una vez abajo, miré alrededor, tratando de perforar la oscuridad. Vi tres masas negras, informes, corpulentas. Se dirigían hacia mí, corriendo como animales.
Eché mano a mi calcinador, con ese gesto instintivo producto de la inminencia de un peligro.
¡No lo llevaba! Recordé con espanto que me lo había dejado en la sala de navegación, porque me estorbaba mientras instalaba a Holkist en uno de los divanes.
Di media vuelta para alcanzar la escala y entonces sentí una garra peluda cogiéndose a mi brazo, arrastrándome hacia el suelo. Grité.
Y entonces, a un centímetro de distancia de mi rostro vi la más espantosa de las caras humanoides. Era un ser peludo, de ojos saltones, colmillos afilados y blancos, fauces babeantes. Sus seis brazos me inmovilizaron por completo y con un gruñido trató de morderme la garganta.
Sentí una punzada de dolor en una de las piernas y noté como si me arrancasen bruscamente pedazos de carne, segados por una infinidad de diminutos y afilados cuchillos.
Volví a gritar.
12
Drakyl insistió en formar parte de la expedición a Hektor V alegando la escasez de personal. Su concepto de la Revolución era algo más que teórico-político, puesto que se consideraba un hombre de acción, aunque desprovisto de conocimientos científico-técnicos tan profundos como los de los compañeros y ayudantes del profesor Yehmel.
Tras un corto debate se acordó que el político condujese su propio coche de superficie, llevando como tripulantes a Rantzer y un joven militante llamado Zcendak.
Apenas el profesor Yehmel hubo situado la puerta dos en la superficie de Hektor V y precisamente en la zona donde juzgó más probable hubiese caído el Starship T-8-63, Drakyl, con mano segura, condujo su vehículo de superficie hacia el óvalo grisáceo determinante de la existencia de la puerta uno y apareciendo luego en una zona de la cúpula relativamente libre de maquinaria y de fácil acceso desde el exterior utilizando, claro, el transportador miniatura que ocultaba al planeta la verdadera situación de la cúpula.
—¿Preparado, Drakyl? —preguntó el profesor.
—Cuando quiera —fue la respuesta del político.
—Recuerda las instrucciones… Una vez localizados los restos del navío, mientras dos de vosotros tratáis de atender a los posibles e hipotéticos supervivientes, el tercero, sin pérdida de tiempo, nos ha de comunicar la situación exacta, para que se concentren rápidamente en el lugar los vehículos de socorro.
Drakyl asintió. Sus manos se crisparon nerviosas en los mandos y esperó la orden de partida que debía emanar del profesor Yehmel. El óvalo gris había sido ensanchado convenientemente para facilitar la entrada de los aerodinámicos vehículos de superficie. Todo estaba dispuesto. Las tripulaciones de cada coche contenían su impaciencia, formando una fila compuesta por ocho de aquellas rápidas navecillas.
—¡Adelante! —gritó el profesor Yehmel.
El vehículo de superficie de Drakyl avanzó despacio hacia el óvalo. Si el político sentía cierto temor irracional al cruzar la puerta, no lo mostró en absoluto. La afilada proa del coche se hundió en la nada gris y por un momento desapareció de la vista del piloto… para reaparecer poco después destacando en medio de una oscuridad negruzca.
Casi inmediatamente los ocupantes del vehículo sintieron el terrible golpetazo del frío; de un frío impensado e inhumano, aniquilador, cauterizante, desintegrador. Castañeteándoles los dientes, los tres pardos ajustaron al máximo la calefacción electrónica de sus trajes; pero aún así comprendieron que pasarían frío, mucho frío, puesto que el clima de Hektor II, siendo muy crudo, apenas tenía punto de comparación con el de Hektor V, planeta de su mismo sistema pero mucho más alejado del sol.
Entumecido, Drakyl logró gobernar con cierta seguridad su vehículo. El traqueteo, dadas las marcadísimas irregularidades del piso, era en exceso violento, dificultando en gran manera la conducción.
—¡Nos toca seguir el rumbo nordeste! —gritó Zcendak, repasando las señales de la brújula.
—¿No podríamos remontarnos un poco más? —preguntó Rantzer—. He traído un instrumento que nos puede servir de gran ayuda.
Drakyl le miró curioso. Estaba acostumbrado a ver cómo los científicos se sacaban de la manga con suma facilidad aparatos casi milagrosos. No obstante, reprimiendo la curiosidad que le dominaba, dijo:
—Se trata de un vehículo de superficie, Rantzer. Todo lo más que puede elevarse es a unos cuarenta o cincuenta metros, y eso manteniendo las máquinas a toda su potencia, con el consiguiente peligro de avería.
—No te preocupes ahora por posibles averías, Drakyl. Remóntate cuanto le sea posible a este cacharro. Creo que esa altura bastará.
Mientras el político obedecía, Rantzer descubrió un pequeño aparato compuesto por un cuerpo esférico del tamaño de una naranja, con una bocina acampanada en una parte de su superficie y un dial en la parte opuesta.
—¿Qué es ese chisme? —preguntó Zcendak, adelantándose en la pregunta al propio Drakyl.
Rantzer respondió sin dejar de efectuar sus ajustes en el aparato y apuntando la boca de la bocina hacia el invisible suelo.
—Un detector de calor ultra sensible. A la distancia de doscientos metros es capaz de percibir un aumento de cinco grados centígrados, indicando el tamaño aproximado de la fuente calorífera.
—Comprendo —repuso el político—. Los restos de la nave, en especial su cámara atómica, deben estar aún despidiendo calor. Tu aparato captará las ondas térmicas y nos indicará cuando volemos por encima del lugar de la catástrofe.
—Poco más o menos, sí —respondió Rantzer con el laconismo propio de los hombres de ciencia.
Durante casi una hora siguieron volando. De vez en cuando la aguja del detector indicaba la captación de ondas calóricas, pero sus fuentes debían ser tan pequeñas que el joven técnico no consideró necesario descender para investigarlas con mayor cuidado. En una de esas ocasiones, Drakyl advirtió la oscilación de la aguja y dijo:
—Fíjate, Rantzer. Algo hay ahí abajo.
—Sí, ya me di cuenta. Pero no vale la pena entretenerse. El calor lo emite un cuerpo del tamaño de uno de nosotros, poco más o menos. Sin duda debe ser un espécimen solitario de la Operación Regresiva.
Zcendak, que se había hecho cargo de la emisora radiotelefónica del vehículo, establecía contacto cada diez minutos con la Cúpula y los vehículos de superficie participantes en la búsqueda por aquel sector. Hasta aquel momento, nada se había hallado.
Nada hacía suponer que el día en Hektor V caminase hacia el punto cumbre de la mañana. La espesa capa gris de las nubes de metano en suspensión a alturas superiores a los diez kilómetros que, aunque no dejaban pasar los rayos débiles del sol, servía de pantalla impidiendo la fuga del propio calor del planeta, permanecía monótona, uniforme y agobiante y depresiva.
Los tres tripulantes estaban más que entumecidos. Las manos de Drakyl se mostraban torpes en el manejo de los mandos del vehículo. A Rantzer le escocían los ojos por el esfuerzo que tenía que hacer mirando la esfera del dial de su aparato y apuntando la boca de la bocina hacia el suelo. Y el joven Zcendak encontraba dificultades para hablar por el micrófono del emisor, puesto que dado el frío reinante los músculos facíales, al descubierto, quedaban contraídos, tensos e inamovibles.
Pero todo el sopor y aburrimiento desaparecieron cuando Rantzer lanzó un grito entrecortado:
—¡Alto, Drakyl! ¡Creo que ya lo tenemos! ¡Allá abajo, cerca del borde de ese acantilado!
Drakyl redujo bruscamente la velocidad de su vehículo. Sin embargo, no pudo impedir que, llegados al precipicio, el aparato se precipitara al vacío, falto de sustentación.
No era la primera vez que les ocurría aquello, pero en cada ocasión, aún sabiendo que era imposible estrellarse, los tres ocupantes se agarraban a los asideros más a mano y no podían evitar que el ramalazo del miedo les azotara violentamente.
Cuando al pie del acantilado Drakyl logró estabilizar el pequeño vehículo, comprendió la necesidad de hallar una salida que les condujese de nuevo a la parte superior del acantilado, donde el detector térmico de Rantzer había localizado la existencia de una enorme masa generadora de calor, que no podía ser otra que el casco del navío buscado.
Pasaron varios minutos exasperantes, recorriendo el irregular valle, sin hallar a ambos lados más que paredes roquizas verticales, por las que era imposible trepar. Por último, hallaron una escarpada pendiente sita en la otra orilla y la remontaron, no sin ciertas dificultades.
—Creo que te equivocas, Drakyl —dijo Zcendak.
—¿Te refieres a que subiremos a la otra orilla del valle? ¿A la opuesta al acantilado donde localizó Rantzer los restos? Ya me he dado cuenta —respondió el político, manejando los mandos con mayor viveza y cuidado.
—¿Entonces? —preguntó ahora Rantzer, tras aguardar inútilmente una aclaración.
—¿No habéis observado que hay trechos en que las paredes del valle se aproximan hasta una distancia mínima, que podríamos calcular como de sesenta metros?
—Sí, pero…
Drakyl esbozó una sonrisa. Ahora que estaba en su propio terreno, es decir, fuera del campo puramente tecnológico, se desenvolvía con mayor seguridad.
—Daremos un salto —anunció con la máxima naturalidad.
—¿Un salto? ¿De sesenta metros? —exclamaron a coro los dos pardos.
—En efecto, y me parece que por aquí será el lugar más conveniente… ¡Agarraos con fuerza! ¡Voy a dar la máxima velocidad!
El acelerón fue brusco y duró veinte segundos. Cuando el vehículo, remontado a la mayor altura posible sobre el suelo, notó el vacío bajo sus propulsores y empezó a descender en un vuelo perfectamente parabólico, sufrió una violentísima sacudida y se remontó de nuevo casi en sentido vertical. ¡Habían cruzado la brecha! ¡Estaban al otro lado!
Tanto Rantzer como Zcendak suspiraron aliviados. Sólo Drakyl había permanecido tranquilo durante aquella espectacular proeza. Ahora, reducida la velocidad, condujo la navecilla de superficie hacia el lugar detectado por el joven científico.
No se había equivocado el aparato. Delante de ellos, posada su ingente masa entre pedazos de roca afilados como agujas, al borde del tenebroso precipicio, se hallaba el Starship. Drakyl encendió los potentes reflectores de su vehículo, apagados anteriormente para no consumir energía necesaria a los motores, y enfocó el imponente casco de acero.
—¡Lo hallamos! —exclamó—. Pronto, Zcendak, avisa a la cúpula y a los otros coches de la vecindad.
El joven pardo se afanó en enviar el mensaje mediante la radioemisora. Mientras, Drakyl conducía lentamente, dando la vuelta al casco, e inspeccionándolo con atención.
—Parece intacto.
—No del todo. Hay abolladuras en la parte inferior de la proa. También el casco está hundido en la parte de babor… De todas maneras, tomó tierra de una pieza y si no tiene averias internas creo que resultará tarea relativamente fácil lograr que remonte el vuelo de… ¡Cielos! ¿Qué es eso?… ¡Allá, en la parte central!
La luz de los faros dio de lleno en lo que al principio parecía ser una masa viva y palpitante, peluda, del tamaño de un ser humano. Luego, los tres ocupantes del vehículo de superficie, asombrados, identificaron aquello.
—¡Especímenes! ¡Tres especímenes! —gritó Zcendak.
—¡Sí, de la Operación Regresiva! —exclamó Rantzer.
Pero fue Drakyl quien advirtió lo que estaban haciendo aquellos infraseres, peludos y feroces.
—Están devorando algo… ¡A alguien!
Los tres especímenes, asustados por la brillante luz de los faros del vehículo, abandonaron su presa y echaron a correr lanzando gruñidos de furia y decepción.
Rantzer fue el primero en saltar junto al cuerpo ensangrentado que abandonaron los feroces fugitivos.
—¡Es un humano! ¡Blanner Monk! —exclamó—. Esas fieras casi lo han devorado… Tiene un brazo arrancado de cuajo.
13
Abrí los ojos sin dificultad. Al principio me resultó imposible identificar la parte de mi navío en que me encontraba. El techo total y suavemente luminoso no me recordaba ninguna de las cámaras del Starship.
Luego, al cabo de escasos segundos, un rostro femenino apareció dentro de mi campo de visión. Esa cara sí que pude reconocerla. Llevaba viéndola constantemente varios años y ahora me causaba una extraña y dulce emoción.
—¡Por el Cosmos! —exclamó Britta—. Creí que nunca ibas a despertar. —Y me sonrió.
Empecé a pensar lo que decirle. Cosa extraña, mi cerebro funcionaba con una pereza insólita, despacio, casi rechinando. Me costó indecible trabajo hallar y expresar las palabras, y su sonido resultó ronco y extraño, como el de otro individuo.
—Estoy… paralizado… Britta… ¿Por qué? —dije.
—Resulta lógico. Has sufrido una serie de operaciones, necesarias para salvarte la vida. Luego tuvimos que mantenerte dormido durante cuatro dias, hasta lograr que tu organismo se repusiera —me aclaró Britta.
Medité en aquello. Con aquella exasperante lentitud de mi cerebro fui dando vueltas a los conceptos expresados por mi nam.
―¿Una serie de operaciones? ¿Por qué? ¿Quién fue el doctor? ¿Durmiendo cuatro dias? ¿Y qué piloto gobernó mi nave durante ese periodo?
Los inspectores especiales del S.R.I. teníamos previsto en nuestro reglamento lo que debía hacerse en caso de una súbita enfermedad que se nos presentara a bordo durante el transcurso de un viaje. Estas órdenes entrañaban la paralización del navío y la puesta en funcionamiento de la emisora automática superlumínica, dando las coordenadas del navío para que se le pudiese enviar el socorro necesario. Por otra parte, las nam tenían conocimientos rudimentarios de medicina para hacer frente a los primeros momentos de la emergencia.
Sin lugar a dudas, Britta había obrado siguiendo las instrucciones reglamentarias cuando caí enfermo… Pero no recordaba haberme sentido indispuesto, sino que…
¡Y fue entonces cuando volvieron a mi memoria las últimas y horribles escenas transcurridas antes de que perdiese toda noción de existencia!
Recordé, con la fugacidad de un relámpago, las aventuras ocurridas desde que desperté de mi placentero sueño y descubrí que Dusty Lust era una simple creación de mi mente influida por las drogas, hasta el momento de sufrir el ataque de aquellos horrendos monstruos peludos, voraces, ansiosos de mi sangre.
Me estremecí allí en la cama, porque, ya no me cabía la menor duda, me hallaba en una cama. Britta debió darse cuenta de lo que pasaba dentro de mí, porque dijo, con dulzura:
—¿Qué te ocurre, Blanner? ¿Recuerdos? ¡No pienses más en ello! Ahora estás seguro, sano y salvo… y vivirás.
Su voz tenía un no sé qué de tranquilizante. Noté los efectos de su persuasión. Sin embargo, mí curiosidad me impelió a preguntar:
—¿Quénes eran? Me refiero… a aquellos monstruos. ¿A qué especie pertenecían?
—¿No lograste reconocerlos?
—No.
—¿Y no entreviste en ellos algunos rasgos singulares?
Haciendo de tripas corazón traté de evocar la imagen de aquellas fieras salvajes que me atacaron. Lo logré en parte.
—Bueno… me acuerdo de algunos detalles. Por ejemplo, cuerpos peludos… brazos con manos prensiles… y unos colmillos largos y afilados…
Britta me miró de manera extraña. Pareció como si en su interior se debatiese con algo referente a mí, o a los malditos monstruos. Permaneció callada y luego me sugirió:
—Has dicho brazos prensiles. ¿Cómo cuáles, como los de qué especie humana o animal?
Aunque aquella serie de preguntas alusivas me parecía un estúpido juego infantil, decidí seguirle la corriente y continuar paso a paso deduciendo verdades con arreglo a las guías que ella me ofrecía con su cuestionario.
—Bueno… digamos con brazos terminados en manos parecidas a las de… los legendarios monos, de la no menos legendaria Tierra.
—Eso mismo. En efecto, tienen manos prensiles y, hasta cierto punto, similares a las de esos mamíferos que me has citado. Pero no eran simios, ni mucho menos.
—¿Qué eran, entonces? —pregunté, cada vez más ansioso.
—Será mejor que se lo explique yo —dijo una voz masculina, desde cierto punto de la estancia que la inmovilidad a que me veía forzado me hacía imposible distinguir.
Britta se apartó presurosa y su conocido rostro dejó paso al de un humanoide pardo que no me pareció haber visto en mi vida.
—¿Cómo estás, Blanner? —me saludó.
Sin saber por qué le respondí casi en seguida.
—Bien… algo torpe. Todavía no puedo mover mis brazos. Pero cada vez me encuentro mejor. Hasta mis pensamientos comienzan a tener mayor hilación y vivacidad.
—Es natural. Has sufrido una dura prueba. Tuvimos que aplicarte narcóticos para…
Dejó la frase sin acabar. Creo que le miré ceñudo. De pronto, quise conocer su personalidad.
—¿Quién eres tú?
—Soy el profesor Yehmel, de Hektor II. Supongo que querrás saber dónde te encuentras. Pues bien, estás en mi casa. Tuvimos que operarte. No corres peligro.
De nuevo la palabra. Pero ¿qué clase de intervención quirúrgica me habían hecho? Era necesario saberlo.
—¿Operar de qué? —inquirí.
—De tus brazos. Uno de ellos te había sido arrancado de cuajo. No sólo no se te pudo salvar el miembro, sino que consideré… necesario que lo perdieses.
¿Un brazo menos? ¿Qué clase de científico era aquel profesor Yehmel, incapaz de restaurar un miembro estando la medicina tan adelantada en nuestros días? Sentí que me dominaba una intensa indignación. Traté de mover la parte izquierda de mi cuerpo. Parte de ella respondía. En otra porción notaba un vacío, un enorme y acongojador vacío, indicando sin duda la falta de uno de los miembros queridos.
—¿Por qué me han cortado el brazo? ¿Por qué? ¡Hoy en día es lo más fácil del mundo restaurar un miembro perdido! ¡Los primeros experimentos con éxito se llevaron a cabo en el siglo XX de la Tierra!
El profesor Yehmel me miró muy serio y parecía meditar en lo que iba a decirme.
—No es que no haya podido devolverle el brazo. No. Sucedió que no quise…
Le miré con una mezcla de horror y estrañeza.
—¿No quiso? ¿Por qué? Acaso piense que así me voy a convertir en un inválido de por vida…
—No. No es eso, ni mucho menos. Quiero que comprendas una cosa. ¿Qué dirías si a uno de nosotros, los humanoides, nos injertasen un brazo extra a cada lado del tórax, por debajo de nuestros dos miembros naturales?
—¡Diria que se trata de una monstruosidad!
—En efecto, lo sería. Ése es tu caso.
—¿Mi caso? No comprendo…
El profesor Yehmel se pasó una mano por la frente y tardó en proseguir.
—¿De qué raza eres?
—¡Humano, naturalmente! —le respondí, cada vez más estupefacto.
—¿Estás seguro?
—¡Claro que lo estoy!
—¿Cómo sabes que eres humano?
Lo imprevisto de la pregunta me dejó sin palabras. Al cabo de unos segundos logré responderle:
—Pues… pues… por mi nacimiento. Procedo de Algorán. ¿No es esto prueba suficiente?
—No, no lo es. ¿Es que en Algorán no hay humanoides, nam, pardos, etcétera?
—Sí. Naturalmente que los hay. Constituyen la mayoría de la población, el elemento laboral, los seres dedicados a los trabajos manuales. Hay que tener en cuenta que vosotros sois una raza inferior…
—Entonces, ¿cómo sabes tú que eres un humano y no un humanoide? Igual pudiste nacer de una madre parda…
Todo mi ser se rebeló ante la estúpida idea. ¿Cómo era posible que un científico llegase a conclusiones tan absurdas? ¡A la vista saltaba a qué raza podría yo pertenecer!
—Me parece que has perdido el juicio, profesor Yehmel —dije—. Sabes que entre tu raza y la mía hay diferencias marcadas, radicales. Tenemos el caso de tus brazos y los míos. ¿Crees que con una constitución orgánica como la mía, se me podría confundir con un humanoide?
El profesor Yehmel sonrió.
—¿Y por qué no? Salvo la diferencia que has señalado de los brazos, que es la más visible, los demás detalles no tienen ninguna importancia en el sentido de diferenciación.
—¿Y te parece poco lo de los brazos? —respondí bastante furioso.
—Me parece una insignificancia. Te voy a explicar por qué.
Desapareció por un momento de mi campo de visión y oí el arrastrar de un mueble. Al poco oí su voz junto a la cabecera de mi lecho. Me mudó las almohadas y pude verle con facilidad. Estaba muy serio. Me impresionó.
—Mira, amigo —comenzó—. ¿Recuerdas los, digamos, monstruos que te atacaron en Hektor V?
Asentí con la cabeza.
—¿Te parecieron humanos?
Negué también con la cabeza, pero esta vez vigorosamente.
—¿Te fijaste en sus brazos? ¿Los contaste?
Tardé casi un minuto en responder. No sabía dónde iba a parar, ni tampoco qué era lo que se proponía.
—Sí… instintivamente creo que los conté. Tenían seis brazos cada uno de ellos.
—¿Y tú? ¿Cuántos tenías?
—¡Seis!
—¿Seis también, verdad? Entonces, ¿por qué no considerar humanos también a esos monstruos? ¡Tú, al igual que ellos, Blanner Monk, parecías tener una constitución similar!
Efectué un movimiento brusco, por la indignación que inundaba mis venas.
—¡Aquellos eran monstruos carnívoros! Yo soy un humano, un ser civilizado.
—Con seis brazos… como esos que tú llamas monstruos.
—¡Es que hay muchas clases de criaturas en la galaxia!
—En efecto —respondió el profesor Yehmel—. Las hay. Principalmente, tres géneros de seres vivos. Vosotros, mejor dicho, los que se llaman a sí mismos humanos; nosotros, los que recibimos de vosotros, o de ellos, el nombre de humanoides; y, por último, los animales inferiores. Pero… ¿no se te ha ocurrido nunca considerar que esos términos pueden estar mal repartidos?
Lo miré con ojos desorbitados. ¡Aquel individuo estaba loco de remate!
—Fíjate bien, Blanner Monk. Excepto por los hipotéticos simios de la olvidada Tierra, ¿hay en el reino animal algún ser parecido a nosotros, a los humanoides, que tengan sólo dos brazos y dos piernas? Me refiero a brazos y piernas, no a dos pares de patas.
—Bueno… creo que no —respondí—, aunque…
No terminé la frase. Aun a mi pesar, una absurda sospecha comenzaba a nacer dentro de mí.
—Y sin embargo —prosiguió el profesor Yehmel—, ¿verdad que hay muchos animales inferiores provistos de seis brazos y sólo dos patas?
Hube de responder que sí. Era un hecho indudable. En planetas salvajes se desarrollaba una raza parecida a la humana, de animales peludos, de figura semejante a la nuestra. Sin embargo, seguía sin adivinar a dónde quería ir a parar el profesor.
—Te hablaré de un experimento. Nosotros lo llamamos Operación Regresiva. Consistió en soltar en Hektor V, sin vestiduras, sin armas, sin nada más que sus propios medios, a unas cuantas familias de «humanos», como tú los llamas, capturados por nosotros en un acto colectivo comunal, como fue asaltar una de nuestras instalaciones. Periódicamente enviábamos a Hektor V un cohete tripulado que, sin tomar tierra, les lanzaba alimentos. También, de manera periódica, les observamos. No tardamos en ver cómo esos seres, que a sí mismos se habían llamado civilizados, jactándose de su cultura, íbanse convirtiendo en bestias, en animales feroces, capaces de devorarse unos entre otros. Como habrás adivinado, restos de esas familias condenadas al destierro te atacaron a ti, se lanzaron sobre ti para devorarte. Por suerte, llegamos a tiempo de salvarte.
Me quedé horrorizado, sin saber qué decir. Aquello me parecía ilógico e increíble, pero el profesor Yehmel destilaba sinceridad en sus palabras. Iba a resultar imposible que me engañase. No tendría mas remedio que reconocer la gran verdad en sus palabras. No obstante, de eso a que me considerase un humanoide mediaba un abismo.
—Está bien, profesor Yehmel, admito que en circunstancias especiales mi raza pueda retroceder hasta los tiempos primitivos y caer en una especie de fiero salvajismo. Pero eso…
—Eso explica muchas cosas, amigo Blanner Monk. Eso explica, indirectamente, que tú tengas razón al considerarte humano. Sin embargo, te han enseñado a ser injusto con nosotros, los pardos, los nam. Somos iguales que tú. Somos humanos, humanos. Los humanoides son los que tú creíste que eran tu propia raza. ¡Los que te enviaron aquí! ¡Los que se han apoderado del gobierno de la galaxia! ¡Los individuos que, al contrario tuyo, tienen seis brazos naturales! Porque tú, hermano Blanner Monk, tienes en realidad sólo un par de brazos, como yo. ¡Los otros cuatro te fueran injertados en tu niñez!
Me quedé anonadado. No pude creer en lo que me decía. ¡Era imposible! ¡Completamente imposible!
—No… no te creo —exclamé.
El profesor Yehmel me miró, inexpresivo.
—¿Quieres mas pruebas? —me preguntó.
No respondí. Pero en mis ojos brillaba la luz de la duda, y el científico debió comprenderlo así. Desapareció de mi campo de visión, para regresar a los pocos minutos con unas placas fotográficas.
—Aquí traigo dos juegos de radiografías. Las primeras están hechas a verdaderos humanoides, es decir, a los verdaderos miembros de la que llamas tu raza —dijo.
Con un proyector manual, hizo que las imágenes apareciesen en el techo de la habitación para que yo pudiese contemplarlas a plena satisfacción.
—Mira —explicó—. Los brazos superiores poseen clavículas y omóplatos similares a los inferiores y también parecidos a los nuestros. La organización torácica, sin embargo, aparece claramente diferenciada. Fíjate bien: a la altura del primer par de brazos intermedio, las costillas se modifican soldándose con sus precedentes y creando esa apófisis a cada lado, que da origen a la articulación de dichos brazos. Lo mismo sucede con los brazos inferiores. Como verás, el organismo de estos humanoides está creado desde su nacimiento para poseer seis pares de brazos.
Aquello lo comprendí perfectamente. Era lógico. Había visto infinidad de radiografías. No me cabía la menor duda.
El profesor cambió las placas del proyector manual. Inmediatamente apareció en el techo otra serie de radiografías. También a simple vista me di cuenta que la organización ósea era completamente diferente.
—Fíjate —dijo—. Estas radiografías son tuyas. Mira, los brazos superiores son prácticamente idénticos a los de los humanoides. Sin embargo, ¿ves esas placas postizas, de plástico, colocadas para unir las costillas laterales e injertar en ellas las apófisis sustentadoras de los brazos postizos?
Sí, lo veía. Me daba cuenta de la superchería. De mi mente comenzaron a desaparecer las dudas. En efecto, en Algorán, durante mi aprendizaje en el servicio, debieron transformar mi organismo. Pero, ¿por qué? ¿Para qué?
—Desde luego, el trabajo ha sido excelente. Sólo un experto hubiese podido diferenciar a simple vista la injerción de esos brazos postizos, señalando su cualidad de falsos. Una pregunta me gustaría hacerte, amigo Blanner…
—Hazla sin miedo —respondí con voz débil.
—¿Manejas los brazos falsos con la misma facilidad que tus naturales?
Medité unos segundos antes de responder.
—No… ahora recuerdo que no. Había otros compañeros en el Servicio que eran mucho más diestros que yo en el empleo de los cuatro pares de brazos secundarios. Sin embargo, lo achaqué a una inhabilidad orgánica propia. No le di importancia, puesto que mis profesores tampoco se la daban.
—Me lo figuraba —respondió el profesor, y se quedó un rato pensativo.
Fue entonces cuando le formulé las preguntas que tanto me inquietaban:
—Pero… ¿para qué efectuar en mí esa transformación? ¿No hubiera sido más fácil enviar alguno de los de su raza, instruyéndole para que fuese inspector especial?
El profesor Yehmel sonrió.
—No, te equivocas. Y esto que te digo debería hacerte sentir orgulloso de ser como nosotros, es decir, humano. Los humanoides, llamémosles así definitivamente, son una raza orgullosa pero de roma inteligencia. Su constitución cerebral les impide marchar con rapidez, pensar en momentos de urgencia, reaccionar con viveza. Ésas son, indudablemente, cualidades propias de nuestra raza. Por eso, para controlar a los pardos y nam de los límites de la subgalaxia, tuvieron que elegir precisamente a individuos de los nuestros, vivaces, inteligentes, rápidos, capaces de hacer lo que ellos jamás lograrían conseguir. Recuerda que hay un refrán antiquísimo, creo que proviene de la Tierra, y que dice: “No hay peor cuña que la de la misma madera”.
—¡No hay peor cuña que la de la misma madera! —repetí, comprendiendo por primera vez y con claridad toda aquella horrible intriga.
El profesor Yehmel intervino de nuevo.
—Además, hay un hecho bastante significativo. Los humanoides, a los que creíste pertenecer, escriben de derecha a izquierda. Nosotros, los humanos, lo hacemos de izquierda a derecha. De ahí viene el origen del nombre de nam y nem, palabras procedentes del inglés, ese idioma terrestre casi olvidado, y que leídas tal y como escribimos nosotros, se convierte en man y men. Es decir, traducidas a nuestro lenguaje común: hombre y hombres.
Entonces, Britta era humana y desde el principio había tenido ante mis narices la clave de todo aquello… ¡Nam, hombre!
Yo era un nam.
14
Siento un nuevo orgullo de mi mismo y de mi verdadera raza, ahora que sé la verdad. Es como si acabase de nacer, como si hubiera nacido hace cuatro días.
De vez en cuando pienso en mi otro yo, en el original Blanner Monk, yaciendo en su cama, allá en la habitación de casa del profesor Yehmel, en Hektor II. ¿Habrá recobrado el conocimiento? Al conocer la verdad, ¿cómo habrá sido su reacción? ¿Violenta, resignada… o semejante a la mía?
¡Ojalá se tomara las cosas con la alegría que me las tomo yo! Sin embargo, comprendo que nuestro caso es radicalmente distinto. Yo he nacido de él, mediante el maravilloso duplicador. Pero mi nacimiento se ha producido mientras su cerebro estaba sumido en el profundo sopor letárgico preoperatorio, es decir, cuando su mente inactiva carecía de recuerdos. Todo cuanto sé me ha sido imbuido y explicado por mis hermanos de raza, los verdaderos humanos.
He de confesar que al principio experimenté cierto escepticismo, pero luego sus argumentos resultaron tan irrefutables, tan sólidos y evidentes que no pude por menos que quedar plenamente convencido.
Pero Blanner Monk Uno, es distinto. Cuando despierte ―sino lo ha hecho ya―, tendrá que enfrentarse con una situación para él inesperada e insólita, que hará vacilar hasta sus cimientos todos los conceptos sembrados durante años y años de reacondicionamiento por los humanoides, por los seres infrahumanos que no sólo llegaron a escalar las esferas más altas de poder de la galaxia, sino que sojuzgaron a la humanidad, reduciéndola a una ominosa esclavitud y confinándola en mundos hostiles y alejados del centro civilizado intergaláctico, como Laktor III y Hektor II, cortándole toda posibilidad de liberación, según ellos creyeron, al impedirles obtener las facilidades de desplazamiento por el espaciotiempo ofrecidas por los motores superlumínicos… que los propios humanos habían inventado.
Sólo hay una cosa que me molesta y ofende: Los cuatro brazos suplementarios que había heredado de Blanner Monk Uno, aún cuando tales postizos tengan por misión contribuir a la gran empresa de liberación de la humanidad, engañando a los opresores del S.R.I.
Pero seguramente a ti, lector, no te interesará demasiado mi estado de ánimo y sí el relato conciso de los hechos. Vamos pues a complacerte.
Estoy, o mejor dicho, estamos a bordo del Starship T-8-63 II. Por el cardinal II fácilmente se comprenderá que el navío original ha sido duplicado pieza por pieza, y cada uno de estos pedazos, recreados por el duplicador, ha sido enviado mediante las puertas uno y dos todo lo más lejos que el transportador permite; es decir, a unos tres años luz, fuera de los límites de nuestra subgalaxia.
Ahora, en estos momentos, los técnicos pardos al mando del joven Holkist están a bordo, acabando de montar el nuevo Starship. Cuando terminen esta pesada tarea, se les presentará de inmediato otro trabajo tan delicado como el que se hallan ultimando. Pero… no adelantemos acontecimientos.
La actividad en la cúpula gigante de Hektor II era frenética y enloquecedora. Todos los científicos y técnicos de la comunidad se habían reunido allí a la llamada urgente del profesor Yehmel y de Drakyl. El plan, elaborado paso a paso durante cuarenta años de paciente espera, se puso en práctica con precisión matemática.
Apenas localizado el Starship en el accidentado suelo de Hektor V, la llamada general de aviso enviada a todo el planeta movilizaba a los pardos comprometidos en la conjura. Mientras, el vehículo de superficie de Drakyl trasladaba al malherido Blanner Monk a casa del profesor, donde sería operado…, no sin antes obtener una reproducción viviente de él con el duplicador.
El propio profesor, desdoblándose en un alarde de energía, revisaba y sancionaba toda la parte científica. Drakyl, poniendo a contribución de la causa sagrada toda su descomunal capacidad de organización, coordinaba esfuerzos y preparaba la simiente del ejército que tendría que luchar en la batalla indudablemente decisiva.
Él fue quien sugirió al profesor Yehmel la conveniencia de aprovechar bien el duplicador. Cuando recibieron en la parte uno las primeras piezas del Starship para ser reproducidas y enviadas a la distancia extra-subgaláctica convenida, dijo:
—Un momento. Me parece que en el mismo viaje y utilizando la energía necesaria para cada duplicación podemos enviar al punto X a un grupo de técnicos y obreros también duplicados.
La propuesta, dicha asi fríamente, parecía obscura. Pero el científico captó al vuelo su significado.
—Magnífica idea —exclamó—. La pondremos en práctica de inmediato. Eso nos permitirá doblar o triplicar nuestro contingente de personal especializado.
El duplicador era un ingenioso aparato consistente en dos campanas, la A, donde se colocaba el original a reproducir, y la campana B, de donde salía el duplicado exacto. El sistema, sin entrar en detalles, consistía en un analizador atómico molecular que contabilizaba las partículas subatómicas del cuerpo sito en la campana A, y en un reproductor de las mismas partículas a las que situaba en orden simétrico espacial en el interior de la campana B, de manera que a los pocos minutos de operación se tenían dos objetos absolutamente iguales, puesto que idéntica era su constitución molecular.
Los primeros experimentos del duplicador se efectuaron con materiales inorgánicos, minerales, productos químicos sencillos, y resultaron perfectos. Fue entonces cuando el profesor Yehmel se decidió a ensayar con organismos vivos; el primero de ellos fue una espiga de trigo recién cortada. De nuevo el aparato demostró sus infinitas posibilidades reproduciendo en la campana B otra espiga de trigo indistinguible de la natural, aún después de los análisis más profundos y concienzudos.
Se pasó más tarde a los ensayos con pequeños animales. Primero se reprodujeron insectos sin la menor dificultad; luego aves y más tarde mamíferos El éxito más absoluto presidió las operaciones. Fue entonces cuando se pensó en aplicar la máquina milagrosa para que satisfaciera las necesidades de la revolución. Con un dispositivo como el duplicador nunca los verdaderos humanos carecerían de alimentos, armas, maquinaria, naves, etc. etc. Es decir, poseerían ilimitados recursos para hacer frente a sus opresores.
En Laktor III se construyó una serie de duplicadores industriales que proporcionaron los aparatos diseñados por el profesor y sus ayudantes técnicos destinados a construir los transportadores actualmente en funcionamiento. Y fue también en Laktor III donde comenzó a ponerse en practica el plan que permitiría a los pardos apoderarse de lo que más falta les hacía: una nave, aunque fuese de impulsión sublumínica como el Starship T-8-63. Una vez en posesión de aquella nave, que naturalmente podía duplicarse ―no de un solo golpe, pero sí a piezas―, iba a resultar relativamente fácil colocar las reproducciones del Starship original en distintas etapas del camino que condujese a Algorán, mediante una sucesión de puertas del transportador que enviasen los distintos componentes para el montaje de las naves lo suficientemente por delante como para igualar casi la velocidad de un navío superlumínico.
Pero para apoderarse del T-8-63 sin que su piloto, el inspector especial Blanner Monk, entrara en sospechas y diese la alarma al S.R.I., se convino en introducir a elementos propios en su nave, sin que él reparara en ellos. La idea de reproducir a Britta, la nam, fue de Drakyl. Blanner Monk jamás pensaría en la posibilidad de que hubiese dos humanoides exactamente iguales a bordo, máxime si una de ellas tenía la precaución de mantenerse oculta en las vastas dependencias, en espera de obrar llegado el momento.
Y de esta manera, cuando el Starship T-8-63 quedó en órbita en torno a Laktor III y Blanner Monk descendió para efectuar su rutinaria visita de inspección, fue sencillo con ayuda del transportador instalar una puerta a bordo de la nave, traer a Britta, convencerla de la justicia de la revolución, conseguir que accediese a cooperar y duplicarla en las campanas. Ella fue el primer ser humano reproducido en el mágico aparato.
También, gracias a Britta, los conjurados conocieron la debilidad de Blanner Monk hacia las películas tridimensionales de Dusty Lust; eso les dio una nueva idea: la de apoderarse también del inspector especial. Atraerlo a su causa revelándole lo que ya se sospechaba acerca de su carácter humano, reproducirlo más tarde y de ese modo poseer un conjunto de diestros pilotos que condujeran la flotilla de Starship hasta el corazón mismo del imperio opresor, facilitando la tarea de asestar el golpe definitivo que acabaría con los tiranos.
Así estaban las cosas en aquellos instantes. Dentro de la cúpula, la masa de técnicos trabajaba sistemática y ordenamente en las tareas que les habían sido confiadas. Pronto estaría acabado el montaje del Starship T-8-63 II a tres años luz de distancia; se le instalaría un transportador a bordo y se enviarían las piezas sueltas del primitivo navío para que las reenviaran a otros tres años luz, junto con los técnicos montadores, repitiéndose la operación sucesivamente hasta conseguir penetrar en las proximidades de Algorán.
La idea de Drakyl fue mejorada gracias a la colaboración de los despiertos cerebros juveniles de los más destacados y vivaces científicos. No sólo se reprodujeron en el duplicador las cuadrillas de especialistas y técnicos correspondientes a cada serie de piezas del navío que iban a enviarse; a través de la puerta se retuvo el envío de una serie completa y en vez de situarla en el espacio para su inmediato montaje, se la introdujo de nuevo en la campana A, junto con los originales, duplicándolo todo en la campana B, consiguiéndose asi multiplicar por dos los resultados de cada operación.
Poco a poco fuese doblando la cantidad de efectivos y, al cabo de las dos primeras jornadas, la humanidad verdadera poseía escalonada en el espacio ―y apuntando como una espada al mismísimo corazón del Imperio Intergaláctico, con sede en Algorán― la flota más increíblemente numerosa de navíos Starship, repletos todos de militantes ansiosos de reivindicar los derechos de su raza.
15
Karfer Plash, supremo comandante del S.R.I., se sentía feliz gozando de la placidez del día en la amplia y soleada terraza de su conjunto de despachos en Algorán. A su lado, tomando un dulce refresco sintético, se hallaba una de las estrellas más famosas del Cosmos, Marna Gamm, genial intérprete de la serie de films tridimensionales Las aventuras de Dusty Lust, la insaciable vampiresa que tantos fuegos amorosos mantenía encendidos entre los solitarios tripulantes de los navíos Starship que patrullaban por los confines del universo.
—Querido —dijo la actriz—, mis productores han decidido suspender la serie Dusty Lust y recomenzar con la antigua colección de episodios del personaje Mamma Blann, dándoles una nueva versión.
—¿Qué? —preguntó extrañado Karfer Plash—. Pero… ¡eso es una locura! ¡Tus filmes son solicitados con hambre por todos los miembros del Servicio, desde todos los confines cósmicos!
—Lo sé, querido, lo sé. Estoy convencida de que en toda la historia del espectáculo nunca hubo un éxito mayor que el de mi personaje. Pero los psicólogos opinan que sería más beneficioso substituir el ideal amatorio por otro más platónico y puro; es decir, reemplazar el amor sexual por el cariño filial.
Karfer Flash se levantó, airado. Aquellas palabras de su esposa le habían estropeado la placidez de la mañana. Era un verdadero problema, y tendría que resolverlo apoyándose en su autoridad y movilizando todos los recursos a su mano para conseguir que los psicólogos desistieran de su absurdo propósito.
—No, no puede ser… ¡Y no será! —exclamó, agitando todos los brazos en la más apabullante demostración de nerviosismo y contrariedad.
Marna Gamm sonrió satisfecha.
—Me alegro que pienses así, porque si suprimen la serie quedaré sin trabajo… y ya sabes lo que me gusta ser Dusty Lust, “la insaciable”, como han llegado a llamarme tus subordinados.
Su esposo estaba en un extremo de la terraza, los brazos replegados en torno al cuerpo, meditando inmóvil. Marna Gamm se levantó de su diván y se acercó a él, arreglándose los sutiles velos de su vestido de manera que hiciesen a su figura algo en extremo provocativo.
—Cariño —dijo con dulzura, empezando a deslizar sus esbeltos pares de brazos en torno al torso desnudo de su marido—. ¡Cariño, has de impedirlo! Sabes que me gusta muchísimo sentirme admirada y deseada por millares de hombres… pero pertenecerte sólo a ti… ¡a ti!
Karfer Plash abrazó a la seductora. Aunque no quisiese admitirlo ni aún para su interior, buena parte de su prestigio y autoridad la debía a las actuaciones artísticas de su mujer.
En efecto, los millares de enamorados de Dusty Lust, incitados por las películas, habían hecho de ella el símbolo máximo de la hembra de la especie. La adoraban, ansiaban verse acogidos por sus amorosos brazos, disfrutar sus encantos, poseerla. Por eso, cuando estaban en presencia del ser que era dueño absoluto de tanta belleza, la secreta envidia se transformaba sutilmente en admiración hacia quien había logrado poseer lo que ellos nunca poseerían: el cuerpo real y palpitante de la maravillosa Dusty Lust.
Envidia, admiración, respeto, era el curso seguido por los sentimientos de todos los hombres con respecto a Karfer Plash. Y no hay nada mejor para el ascenso a los puestos mas elevados en la jeraquía gubernamental que rodearse de la mayor cantidad posible de personas que le respetaran a uno, le admirasen, que, en definitiva, le apoyasen.
En el subconsciente del poderoso Karfer Plash germinó una idea: si no lograba restaurar el criterio de proseguir con los films eróticos de su esposa, su prestigio sufriría un duro golpe y decaería rápidamente. Quizá hasta el punto de que en las próximas elecciones sus rivales tendrían el camino abierto para derrotarle y reemplazarle en su puesto de privilegio.
—No te preocupes, tesoro —dijo al cabo de un rato de sentirse embriagado por las seductoras caricias de Marna Gamm—. Ahora mismo tomaré las medidas pertinentes. Si es preciso, recabaré el apoyo directo de todos los miembros del Servicio, estén donde estén.
—Gracias, cariño —respondió ella con su tono más mimoso, precisamente el empleado tantas veces en los momentos cumbre de sus películas.
Karfer Plash abandonó precipitadamente la terraza y se reintegró al despacho, desde el que gobernaba toda la extensa red de organizaciones dependiente del Servicio. El intervisor de su mesa emitió un zubido y en su pantalla tridimensional apareció un número, indicando la procedencia de la llamada. Karfer Plash accionó un interruptor y el número dio paso a la cara ceñuda del jefe de inspectores especiales, en misión permanente por los confines intragalácticos.
—¿Sí, Lermon Sherr?
—Señor, parece haber alguna irregularidad en el Starship T-8-63, tripulado por el inspector especial Blanner Monk.
—¿Qué clase de irregularidad?
—No ha enviado su informe reglamentario antes de la visita a Hektor II, señor.
Karfer Plash pareció salirse de sus casillas. ¡Bastantes problemas tenía él para que ahora viniesen a molestarle con la falta del informe reglamentario de un oscuro miembro del Servicio, navegando por un lejanísimo confín del cosmos!
—Escuche, Lermon Sherr: vayase al diablo usted, y sus estúpidas pequeñeces. ¿Cree que tiene derecho a importunarme por la falta de un parte reglamentario, que lo más probable es que fuese tan rutinario y monótono como los anteriores? ¡Sepa usted que tengo otras cosas en qué pensar y asuntos más importantes que resolver para perder el tiempo en una cosa así!
El jefe de inspectores especiales quedó apabullado por el escamón que acababa de darle su superior.
—Lo… lo siento, señor —balbució—. Pero… creí que debía usted saberlo. Siempre se suelen comunicar estas cosas a… la Suprema Comandancia.
—¿Siempre? —rugió Karfer Plash—. ¿Cuándo fue la última vez que se me comunicó algo por el estilo? ¿Cuándo?
Lermon Sherr exprimió su cerebro tratando de hallar un precedente en su memoria. No pudo. Que él supiera, jamás hasta entonces, en el transcurso de los pasados siglos, había fallado un inspector especial en enviar su informe reglamentario. Nunca se dio siquiera el caso de una enfermedad súbita, que impidiera al viajero comunicar a la Central su indisposición.
—Que yo recuerde, señor… nunca, hasta ahora. Pero, el reglamento…
—¡Al diablo con el reglamento! —exclamó Karfer Plash—. Soluciónelo usted mismo. El Servicio tiene recursos para solventar con facilidad esos casos, puramente administrativos.
—Está bien, señor —dijo sumiso Lermon Sherr—. Le enviaré una llamada superlumínica. Ya le informaré…
—¡Le prohibo que me informe si no es un asunto de vida o muerte, estúpido! —interrumpió Karfer Plash, cortando a renglón seguido el circuito.
Se arrellanó en su silla del despacho y permaneció unos minutos pensando frenéticamente. No lo hacía sólo por serenarse del estallido de furor provocado por el tonto aviso del jefe de los inspectores especiales, sino también para meditar su próximo plan de acción. El plan que le permitiese revocar la decisión de los psicólogos y que los productores aceptaran continuar con la serie de Dusty Lust, que tan provechosa era para su mujer y para él.
Al cabo de unos minutos, comenzó el tira y afloja con los distintos jefes de sección de todo aquel conglomerado que era el S.R.I. No le hubiese sido posible exponer abiertamente sus propósitos, pues su prestigio había sufrido un rudo golpe; por tanto, necesitó emplear circunloquios, rodeos, caminos indirectos.
A mediodía se sentía bastante satisfecho de sus gestiones. Media docena de personas influyentes le ofrecieron su apoyo, su enérgica protesta, bajo la falsa apariencia de que serviría para desmoralizar profundamente a los inspectores especiales, en vuelo solitario por el espacio infinito. Sin embargo, Karfer Plash recibió a primera hora de la tarde una visita inesperada que sólo contribuyó a empeorar su estado de ánimo. En su despacho se presentó el psicólogo jefe, el doctor Trudge Vind. Haciendo de tripas corazón, el Supremo Comandante le hizo sentar dirigiéndole una forzada sonrisa de amabilidad.
—¿A qué debo el honor de su visita, doctor? —le preguntó, mientras ofrecía a su huésped una exquisita colección de refrescos, dulces y golosinas, traídas por los navíos comerciales desde los remotos mundos especializados de la galaxia.
—Amigo Karfer Plash, quisiera hablarle de un asunto muy delicado —dijo el doctor Trudge Vind—. Creo que ya está usted al corriente del asunto. Su esposa, la inimitable Mama Gamm, ha debido contárselo ya esta mañana. Me refiero a la supresión de la serie de Dusty Lust…
Karfer Plash hizo un gesto con una de sus manos: un gesto vago, indefinido, impreciso.
—Ya lo sé… Pero, comprenda usted, doctor, que no puedo ocuparme de esas minucias.
Miró a su visitante y le pareció sorprender, aún dentro su estricta impasibilidad, una sonrisa burlona. Evidentemente aquel viejo zorro, decano de los psicólogos gubernamentales, conocería buena parte de las gestiones que aquella misma mañana efectuó.
—Se han recibido algunas presiones, por parte de personas cuyo nombre, usted comprenderá, amigo Karfer Plash, no me es dado revelar —comenzó el doctor, con un tono estrictamente comercial—. Sabrá usted que mi departamento lleva largos años dedicados al estudio de las condiciones psicofísicas y ambientales de los miembros del Servicio. La última investigación nos ha dado a conocer resultados de la campaña emprendida hace doce años para dulcificar las interminables horas vacías de nuestros hombres. En un cuarenta por ciento de los casos, los efectos de la serie de films tridimensionales de Dusty Lust siguen siendo beneficiosos. Pero en el otro sesenta por ciento, poco más o menos, los resultados han llegado a ser contraproducentes.
—¿Por qué? —preguntó Karfer Plash sin poder dominar su impaciencia.
El doctor Trudge Vind se acarició el mentón con el segundo brazo lateral derecho. Tardó unos minutos antes de responder.
—Mire, amigo Karfer Plash, los hombres pertenecientes a ese sesenta por ciento al que me refiero son ya mayores. En estos últimos años han envejecido en el Servicio. Eso significa una cosa lógica: perdieron ya esa fogosidad varonil propia de la juventud. Les dicen bien poco las aventuras amatorias de la simpar Dusty Lust. Prefieren algo sentimental, pero en otro género y asuntos.
—¿Otro género?
—Sí. Compréndalo. La larga ausencia de la Patria comienza a pesar en estos hombres. Los más veteranos sienten aumentar cada día la añoranza por su hogar, por las cosas que conocieron en su juventud; en especial, por sus padres. Por eso es criterio de mi departamento ofrecerles una serie de filmes tridimensionales que colmen esas apetencias. De ahí la preparación de guiones para la nueva colección de episodios que titulamos “Mamma Blann”. Creemos que así mejorará la moral de nuestros esforzados colaboradores y se les hará más llevadera la espera de esos años que les faltan para ser licenciados del Servicio y regresar a Alborán.
Karfer Plash quedó un momento pensativo. Acababa de comprender cuánta lógica había en las palabras del doctor Trudge Vind. Sin embargo, sería terrible para él y para su esposa verse privado de esa arma de popularidad que hasta ahora fueron las películas tridimensionales de Dusty Lust.
—Me parece que exagera usted las cosas, doctor —dijo, mientras buscaba afanosamente en su mente argumentos con que combatir las sólidas razones expuestas por su visitante—. En efecto, reconozco que hay miembros maduros entre nuestros inspectores especiales. Pero lo que usted ignora, como es lógico, es el revolucionario plan de renovación que tenemos preparado y que pensamos poner en práctica inmediatamente. Poseemos el personal especializado necesario para relevar a los veteranos. En cualquier momento daré orden de relevo y una flota de naves partirá hacia distintos confines de la Galaxia para portar los nuevos inspectores especiales que reemplazarán a esos hombres esforzados y desgastados por sus muchos años de servicio.
»No es necesario que le aclare el hecho de que ninguno de los veteranos quedará sin empleo o jubilado prematuramente. Aquí en Algorán, y en otros mundos del Imperio, hay puestos para ellos, en los que pueden ser muy útiles gracias a su experiencia.
Hizo una pausa y examinó con intensidad el rostro impasible del psicólogo jefe. Pese a no mover ningún músculo, el doctor Trudge Vind estaba impresionado por aquel giro inesperado de la cuestión. Sospechaba que el supremo comandante le acababa de mentir, y que todo ese plan de relevos era una añagaza preparada tan sólo para impedir la supresión de la serie de Dusty Lust. No obstante, podría resultar una buena idea que serviría, cuanto menos, para mantener savia joven dentro de los Starship. Y si los tripulantes de los navíos de inspección eran jóvenes, no habría más remedio que seguirles dando lo que la juventud pedia; es decir, las películas tridimensionales amatorias.
—Bueno, nuestro departamento desconocía esos planes, amigo Karfer Plash. Si es verdad lo del relevo, cosa que no dudo, suspederemos indefinidamente nuestros proyectos y prepararemos a toda prisa una nueva serie de películas de Dusty Lust. Ahora, le ruego que me perdone. Tengo cosas muy urgentes que hacer.
Se levantó, saludó ceremoniosamente al Supremo Comandante y abandonó el despacho.
Karfer Plash, una vez a solas, comenzó a toda velocidad a preparar los infinitos detalles del plan que había esbozado. Una vez comprometida su palabra, tenía que proceder al relevo de todas las tripulaciones de veteranos en los Starship. Pero ¿de dónde sacaría al personal idóneo?
Ese problema le ocupó bastantes momentos del día. Al anochecer, ya tenía la solución: emplearía a todos los pilotos militares que formaban las dotaciones de Algorán y los mandos básicos del Imperio. Los pilotos militares, y también a los monitores de las distintas escuelas.
Momentos después, desde el despacho de Kerfer Plash, supremo comandante del S.R.I., partían las órdenes pertinentes. Los pilares básicos de la galaxia, los hombres cuya misión era proteger el Imperio, recibieron orden de partir para el espacio y relevar a los veteranos inspectores especiales que viajaban durante años y años en los navíos Starship.
De esa manera el corazón del Imperio quedó desguarnecido, indefenso, durante unos meses.
16
Para evitar confusiones, reanudaré mi relato diciendo que soy Blanner Monk Uno; es decir, el primitivo y original Blanner Monk.
Han pasado tres días más desde mi conversación con el profesor Yehmel, conversación que perdurará en mi memoria, porque gracias a ella conocí la más insospechada de las verdades. La verdad que me reveló mi estirpe, que abrió las puertas de mi futuro.
Confieso que cuando me levanté y me miré en un espejo me encontré raro, poseyendo sólo dos brazos. Pero a las pocas horas estaba acostumbrado a mi nuevo físico y ya me parece como si siempre hubiese sido así. Es más, comienzo a encontrar gran belleza en las mujeres de mi raza y siento cómo me atraen con una fuerza irresistible y superior a la que me producía Dusty Lust, aquel ser monsturoso de mi pasado próximo.
He de reconocer, por otra parte, que ese hechizo que emana de las mujeres humanas molesta en sobremanera a mi fiel Britta. A veces hasta creo que se pone celosa. Tendré que mostrarme particularmente afectuoso con ella, porque le estoy agradecido por su fidelidad y dedicación… y, ¡qué caramba!, porque me gusta. Sí, me gusta mucho. Me gusta hasta el punto de que cuando acabe todo esto no me extrañaría que me decidiese a pedirle que se case conmigo.
Ayer tarde celebré una nueva entrevista con el profesor Yehmel y Drakyl, los cabecillas de este magnífico movimiento libertador. Fui yo quien solicité hablarles; una vez estuvimos reunidos en una de las habitaciones contiguas a la cúpula laboratorio, les dije:
—Amigos, quiero antes que nada pediros disculpas por haberos causado tantas dificultades y haber puesto en peligro la causa con mi intento de fuga. Por fortuna, aunque con retraso, todo parece en vías de solución.
Fue Drakyl quien me interrumpió, ante la benévola sonrisa del profesor Yehmel.
—No tienes por qué disculparte, hermano Blanner —me dijo—. Obraste de la manera más natural y lógica, dados los años de acondicionamiento que debiste sufrir desde la infancia. Te repito que comprendemos tu anterior postura, como seguimos comprendiendo tu actitud actual de mantenerte en una prudente reserva y no querer hacer armas contra tus antiguos compañeros del Servicio, si es que nuestra revolución resulta cruenta, cosa que no es nuestro propósito.
Me di cuenta de que estaban interpretando mal mi actitud de los últimos días y me apresuré a aclarar las cosas.
—Un momento. Estáis equivocados los dos, de medio a medio. Yo no he dicho que no quiera unirme a vuestro movimiento libertador, ni que me sepa mal o tenga reparos de conciencia ante la perspectiva de pelear contra mis ex compañeros. No, no, no. Estoy preparado para colaborar con todo mi entusiasmo en la operación, poniendo en esta tarea todo mi leal saber y entender. Pero hay varios extremos que me gustaría aclarar.
—Exponlos con toda libertad, hermano Blanner —intervino el científico con amabilidad.
Medité un instante, antes de entrar en materia.
—Primero, quiero reafirmar una vez más que me siento orgulloso de pertenecer a la verdadera raza humana. Luego, reconocer mi inferioridad científica con respecto a vosotros. No soy más que un ex inspector especial del Servicio y mis conocimientos quedan limitados a poco más que el gobierno de una nave tipo Starship. Por este motivo consideré que actualmente mi ayuda más resultaría un estorbo que…
—¡En absoluto! —terció Drakyl—. Precisamente, esos conocimientos acerca de la navegación en Starship que tú posees son una de las más urgentes necesidades a cubrir en nuestro movimiento.
—Cierto —corroboró el profesor Yehmel—. Con la ayuda del duplicador y de las puertas, en estos momentos hay ya una veintena de navíos como el tuyo escalonados por el espacio, con una separación de tres años luz entre uno y otro; lo que nos permite alcanzar la maravillosa distancia de unos sesenta años luz. Es decir, nos hallamos a mitad de camino del corazón del Imperio Intergaláctico. La tarea de tripular, gobernar y situar estabilizadas a cada una de las naves está siendo efectuada admirablemente por tu incansable doble; es decir, por Blanner Monk Dos. Sin lugar a dudas, tu colaboración sería valiosísima…
—Entonces, estoy dispuesto a comenzar el trabajo que me asignéis —dije, no sin cierto entusiasmo en mi voz—. Me encuentro restablecido de las heridas y de la operación, así que…
Drakyl se adelantó y me estrechó la mano con un vigor expresivo de su alegría. El profesor Yehmel hizo lo propio.
—Gracias, muchacho. La humanidad jamás olvidará tu contribución a la causa de su definitiva libertad —me dijo emocionado.
Momentos más tarde, me explicaban el ingenioso planteamiento del llamado Puente Sucesivo Estelar. La idea ya había sido puesta en práctica, pero a simple vista advertí varios graves inconvenientes.
El puente sucesivo estelar consistía en ir estableciendo una serie de etapas con navíos boya, a bordo de cada uno de los cuales se instalaba la puerta dos, y cuyo antecedente portaba la puerta uno, proyectando la consiguiente puerta dos de ese transportador al punto en el vacío elegido para situar el siguiente navío, cuyas piezas desmontadas tenían que recorrer la cadena sucesiva de puertas iniciadas en la cúpula.
El máximo inconveniente del sistema estribaba no sólo en el hecho del lento progreso relativo, sino en tener que mantener aquella sucesión de navíos en el espacio, naves que podrían ser de un valor infinito en el desembarco final que tendría que llevarse a cabo en Algorán.
Una idea mejor se me ocurrió, y tras madurarla consulté con el profesor Yehmel.
—¿Qué posibilidad hay de agrandar cada óvalo grisáceo, o puerta? —le pregunté de sopetón.
Me miró sorprendido.
—Pues, según los experimentos efectuados hasta ahora, el diámetro de la uno puede con facilidad sobrepasar los doscientos metros. Claro que eso redunda en perjuicio del diámetro dos, que se reduce hasta casi las proporciones del otro. ¿Por qué me haces esa pregunta?
—¡Magnífico! —exclamé, sin contestar directamente a la cuestión que su curiosidad le impelió a formularme—. Importa muy poco para mi propósito que la puerta sea oval o circular. Lo interesante es que tenga más de cien metros.
—No te entiendo, hermano Blanner —murmuró el científico.
—Verás, hermano profesor —dije entusiasmado—. Según lo que acabas de decirme se pueden ensanchar las puertas hasta permitir el paso por ellas, tanto en su entrada como en su salida, de un Starship completo, ¿verdad?
Asintió con la cabeza, todavía sin comprender el alcance de mis manifestaciones.
—Entonces, todo lo que hay que hacer es suspender el envío de piezas al espacio, que se acabe de montar la última de las naves en proceso y… aquí haremos las demás. Veinte, treinta, cincuenta o cien de ellas…
—¿Aquí?
—Naturalmente. Nuestros obreros especializados trabajarán mejor en pleno aire que en el vacío, embutidos en sus trajes espaciales.
Se me quedó mirando boquiabierto.
—¿Has perdido el juicio? Volando a la máxima velocidad, un Starship tardaría años en llegar a Algorán. Cuando llegase nuestra flota a la Galaxia Imperial, las tripulaciones habrían envejecido, si no fueran descubiertas y destruidas antes por los navíos del S.R.I. El hecho de lanzarnos a la rebelión ahora se ha debido única y exclusivamente a la posesión del transportador, que suple de manera rudimentaria los potentes motores y naves superlumínicas de que carecemos…
Corté aquel torrente de palabras con un gesto.
—Un momento, profesor Yehmel. No te precipites en tus juicios —dije, sonriendo—. Espera a conocer mi plan; entonces podrás ponerme cuantas objecciones consideres apropiadas.
Mi plan, expliqué, consistía en la instalación de los mecanismos más potentes creadores del transportador en uno de los Starship. Una vez hecho esto, utilizando el transportador de la cúpula, se enviarían los navíos montados en Hektor II a través de las puertas uno y dos al espacio exterior, donde el Starship provisto de los aparatos generadores en potencia del transportador tendrían instaladas las puertas propias uno y dos. Una vez los navíos salidos de la puerta correspondiente a la cúpula penetrasen por la perteneciente al transportador del navío nodriza, se encontrarían todos en el espacio, a seis años luz del planeta base. El último en pasar por dichas puertas sería el propio navío portador del transportador. La operación se repitiría a gran velocidad cuantas veces fuese necesario, hasta conseguir que toda la flota agrupada entrase en las regiones limítrofes de la Galaxia Imperial de Algorán.
Una vez allí, los navíos serían dispersados para el ataque conjunto por diversos sectores de dicha Galaxia, desde los que convergerían hacia el planeta sede del S.R.I.
Una vez al corriente de mi idea, el profesor Yehmel demostró su entusiasmo dándome unas palmadas amistosas en la espalda.
—Bien, muchacho —exclamó—. Magnífica idea, y factible además. Ahora mismo daremos las órdenes oportunas para proceder según tu concepto. ¿Quieres ayudarnos?
—¡Con mucho gusto! —exclamé.
Drakyl y los demás técnicos también acogieron mi idea con muestras de júbilo. Se decidió no tocar en absoluto a las cuadrillas que trabajaban ya en el último de los navíos puente. Se convino, pues, en recoger a aquellos hombres una vez el grueso de la flota hubiese alcanzado aquel lugar del espacio.
Mi idea, según corroboró Drakyl, tenía otra gran ventaja. Si el ataque fracasaba y nuestra flota quedaba destruida por las naves del Imperio, no destruirían en represalia inmediata los núcleos humanos del Laktor III y Hektor II y similares. Entre la derrota y el envío de una expedición investigadora y de castigo, transcurriría el tiempo suficiente para que los ánimos se calmaran y no se hiciese víctima de las represalias al grupo de mujeres y niños que no habían tenido más intervención que su parentesco con nosotros, los rebeldes.
En el transcurso de los cinco días siguientes, con el duplicador trabajando sin cesar, se construyó una cantidad de navíos verdaderamente increíble. La flota no se compuso, como yo había supuesto, de cien o de ciento cincuenta naves. Se logró construir y montar, duplicando también las cuadrillas de expertos, más de un millar de navíos.
La cifra exacta nunca llegué a conocerla. Lo único que recuerdo es que el profesor suspendió la fabricación de naves cuando se presentó el problema del adiestramiento de pilotos. Algunos de ellos, enseñados durante el transcurso de aquellos días por mi doble, Blanner Monk Dos, fueron centuplicados para dar abasto a la necesidad de personal experto. Sin embargo, pese al automatismo de los navíos tipo Starship hay operaciones de navegación que deben efectuarse personalmente, utilizando la pericia que se adquiere al cabo de largos meses de prácticas en la base de adiestramiento. Por ese motivo, según comprendí, los pilotos neófitos sólo servirían para gobernar la masa de naves una vez dentro de los límites de la Galaxia Imperial, para hacer lo que podría catalogarse como un alarde de fuerza que impresionase a los opresores y les hiciese rendir los mundos sin entablar combate.
Los navíos pilotados por neófitos difícilmente habrían podido tomar tierra sin sufrir algún accidente de graves consecuencias, dada la poca pericia de aquellos hombres en las maniobras necesarias. Por ello, las negociaciones o los aterrizajes superficiales en Algorán, si era necesario recurrir a tal cosa, los realizaríamos sólo dos navíos: el de mi hermano, Blanner Monk Dos, y el mío. Tanto él como yo éramos capaces de toda clase de maniobras, incluso en la atmósfera densa y terrestre de Algorán.
Así quedó establecido en el consejo de guerra que tuvo lugar momentos antes de la partida de la Flota. El profesor Yehmel y Drakyl, junto con mi fiel y querida Britta, embarcaron en mi nave. Holkist, regresado del espacio a toda prisa, quedó al mando del Starship transportador, cuya misión era efectuar la maniobra de instalación de las puertas movibles en el espacio.
La operación se efectuó con el mayor orden y sin incidentes. Cada una de las naves quedó, al fin, instalada en el interior de la Galaxia Imperial.
Fue allí cuando recibimos la mayor sorpresa de nuestra vida. Una sorpresa que estuvo a punto de causarnos la derrota total.
17
El mensaje me llegó por sorpresa, cuando mi nuevo aunque familiar Starship maniobraba para colocarse a la cabeza de la imponente flota liberadora.
Una de las cosas que primero se hicieron nada más localizar y ocupar al T-8-63 en el acantilado de Hektor V, fue la de reparar los daños que Holkist y Bilman causaron en la cabina de comunicaciones del navío.
Hasta que mi hermano Blanner Monk Dos no tuvo el tiempo libre suficiente para dedicarse a ello, la emisora superlumínica no estuvo en condiciones de funcionamiento, más que nada por falta de técnicos en ultraelectrónica que conociesen los principios fundamentales de la ciencia de transmitir comunicaciones orales a través del subespacio.
Por eso la mayor parte de los navíos de la flota carecían de tales emisoras, y no les fue posible captar el mensaje. Afortunadamente yo había tenido la precaución de conseguir una duplicación de la emisora superlumínica y me fue posible recoger también el sensacional aviso.
La cosa ocurrió así: uno de los jóvenes técnicos de Hektor II, de servicio en el área de comunicaciones de mi nave por precaución especial mía, me llamó por el visofono interior.
—¡Hermano Blanner! —dijo, con tono desconcertado—. Una luz roja acaba de encenderse en el conjunto de aparatos que dijiste son especiales, y también se oye un zumbido…
—No toques nada. Voy para allá inmediatamente —repuse, frunciendo el ceño.
De ordinario, cuando se recibía esta clase de mensaje significaba un imprevisto cambio de ruta, una emergencia, o cualquier incidente ocurrido a alguno de los inspectores especiales en vuelo del Servicio. Para responder con prontitud a esas llamadas anómalas, las nam habían recibido una instrucción particular que les permitía un somero manejo de los mandos superlumínicos. Pero también desde la sala de navegación y mediante un control electrónico, era posible manipular, recibir y contestar todos los mensajes llegados por ese conducto.
Sin embargo, preferí acudir en persona a Comunicaciones, para desde allí establecer contacto simultáneo con el Starship T-8-63 II de mi hermano gemelo Blanner Monk Dos.
Conecté los altavoces y di la señal de estar a la escucha.
—Base del S.R.I. en Algorán, llamando al Starship T-8-63. ¡Mensaje urgente! ¡Conteste! —se oyó por el altavoz.
Inmediatamente corté el circuito microfónico de la longitud de onda superlumínica y me puse en contacto con mi hermano gemelo Blanner Monk Dos, para decirle que permaneciese a la escucha pero sin responder a la llamada, para evitar así la duplicidad de contestación que pondría en sospechas a los del S. R. I.
Una vez de acuerdo los dos, procedí a dar la señal de escucha.
—Starship T-8-63 a la escucha. ¡Hablen! —dije.
Al cabo de unos segundos percibí la voz gangosa y monótona del comunicante.
—Atención, T-8-63, le comunicamos una orden del supremo comandante del Servicio. ¡Suspenda itinerario primitivo! Diríjase al punto 708-CK-091, a toda velocidad. En el punto citado recibirá el relevo y embarcará a bordo de la nave colectora Stillnova A-12-104, para regresar a la base en Algorán. Fecha del encuentro: dentro de nueve días estándar de Algorán. Sea puntual. Mantenga todo en orden en su nave.
—¿La nam a bordo también ha de ser trasladada? —pregunté, inquieto.
La respuesta, como siempre, se percibió al cabo de unos segundos. Aún empleando las ondas superlumínicas, la enorme distancia hacía que la recepción no fuera instantánea.
—No, la nam quedará al servicio del nuevo inspector. Eso es todo. Comunicación cortada.
Me quedé petrificado. Un frío sudor comenzó a perlar mi frente. Aquello era insólito. Jamás en toda la historia del S.R.I. se había producido un relevo tan inesperado y automático.
En ocasión de que un inspector especial cayera enfermo de gravedad, se le relevaba, es cierto, pero siempre en compañía de su nam. Ahora, en este caso, se me relevaba a mí, sólo a mí. Britta tenía que permanecer al servicio de mi sustituto, ser su concubina.
Además, eso indicaba que en Algorán sospechaban algo. Apenas llevaba la cuarta parte de mi tiempo de servicio cuando de improviso prácticamente me destituían del cargo y me ordenaban el rápido regreso. También sin precedentes: una nave superlumínica me esperaría para trasladarme lo más rápidamente posible al Cuartel General del Servicio.
Al cabo de unos instantes de estupefacción, reaccioné de la única manera que me era posible. Me comuniqué por radio con mi hermano Monk Dos. Estaba tan estupefacto como yo. Junto con Drakyl y el profesor Yehmel celebramos una pequeña conferencia. Les expuse mis temores y esperé su opinión y consejo.
—Hum… Desde luego, admito que la situación es delicada —dijo Drakyl—. Desconocemos qué es lo que ellos saben. Ignoramos si están al tanto de nuestros propósitos. Quizá…
—No aventuremos hipótesis —intervino el científico—. Tenemos un hecho cierto: el inesperado relevo del inspector especial Blanner Monk. Debemos partir, en nuestra contraofensiva, de esa situación. Es tarde ya para volvernos atrás; por tanto, no nos queda más remedio que acelerar en lo posible nuestro ataque y averiguar las causas de esta medida tan inoportuna.
Yo había estado meditando y de pronto se me ocurrió una idea.
—Un momento —dije—. Hay una manera de averiguar qué es lo que saben. Es bien sencilla. Asistiré a la cita y me entregaré, para pasar a bordo del Stillnova. Una vez allí podré comunicaros lo que ocurre. No sé cómo lo haré, pero estad seguros de que me pondré en contacto con vosotros.
—No —respondió con viveza el profesor Yehmel—. Tú no puedes ir. Recuerda que te hemos devuelto la apariencia humana; ya no tienes esos pares de brazos suplementarios.
—¡Es verdad! —exclamé.
—Sin embargo —prosiguió el profesor—, puede ir Blanner Monk Dos, tu hermano gemelo. Él posee tu misma apariencia física de antaño, y puede engañarlos mejor que nadie.
A pesar de que no me complacía ni pizca la idea de entregar a aquel hermano ―a quien aún no conocía― a mis enemigos mortales, no tuve más remedio que reconocer que la idea era buena. Puestos en comunicación con Blanner Monk Dos, accedió con presteza ―como yo sabía que lo haría― a representar el papel de víctima propiciatoria.
Días más tarde su navío, tras ocultar en las diferentes bodegas al personal armado que componía su dotación, aguardaba a que el Stillnova A-12-104 acudiera a la cita.
El mensaje de mi hermano gemelo fue tan sorprendente como el que recibimos con anterioridad, anunciando mi relevo.
—No saben nada —decía—. Se trata de una medida excepcional tomada por Karfer Plash en persona. Tratad de instalar una puerta del transbordador dentro del Stillnova A-12-104; si nos apoderamos de esta nave, la victoria será más fácil.
Esa fue su comunicación. Fue también lo último que supimos de él. El profesor Yehmel y Drakyl localizaron en el espacio al navío superlumínico e instalaron una puerta. Por ella nuestros hombres irrumpieron a bordo y tras una corta batalla se apoderaron de la nave. Por desgracia, un grupo de tripulantes al mando del capitán se encerró en la sala de navegación y resistió hasta morir.
Ya había muerto mi hermano gemelo, Blanner Monk Dos. Hasta el último instante estuvo tratando de suministrarnos cuanta información nos pudiera ser útil. Utilizó el sistema intercomunicador, el visófono interior del navío. Lo hizo de manera clandestina, hasta que le descubrieron y un disparo de calcinador acabó con su existencia, con aquella breve existencia no por corta menos gloriosa.
Sus últimas palabras fueron como un grito de libertad, un viva a la humanidad libre, que a quienes las escuchamos nos llenó de congoja y sirvió para enardecernos más en el combate.
La captura del Stillnova A-12-104 fue el impulso que necesitaba nuestro optimismo. Así como en los Starship las emisoras superlumínicas trabajaban en una única e inmutable frecuencia de onda, la central de comunicaciones del navío recién incorporado a nuestra flota permitía captar toda clase de intercomunicaciones, tanto entre las naves de diferentes tipos como con la base de Algorán.
Con una profunda y agrabilísima sorpresa, me enteré de que la operación de relevo era casi general, puesto que concernía a todos los inspectores especiales que llevasen más de cuatro años ininterrumpidos de servicio. Un fácil cálculo y la ayuda de los registros de a bordo me permitió conocer el número de personas a quienes afectaría el relevo. Por exorbitante, al principio la cantidad me pareció fantástica, pero luego de repasarla no me quedó más remedio que admitirla como cierta. Y entonces me cruzó por la mente una pregunta: ¿de dónde sacaría el S.R.I. tanto personal especializado?
Un repaso a una fortuita lista de nombres registrada por las grabadoras de a bordo me dio la respuesta: Karfer Plash estaba utilizando a la totalidad de los pilotos especializados, cuya misión hasta entonces era formar el ejército regular destinado a la defensa de Algorán…
Eso significaba que, si esperábamos tan sólo un par de días, es decir, a cuando se estuviera produciendo el relevo, la sede del Imperio quedaría indefensa… ¡total y absolutamente indefensa! La revolución, el Movimiento Libertador, como empezaba a llamársele, podría producirse sin derramamiento de sangre.
“Toda rebelión que triunfa dejando tras de sí una estela de cadáveres”, había dicho Drakyl en una de sus arengas de última hora, “siembra los odios y rencores que acabarán destruyéndola indefectiblemente”.
¡Cuánta sabiduría había encerrada en aquella frase! Si conquistábamos Algorán sin tener necesidad de emplear la violencia, nuestro Movimiento Libertador se vería libre de la enemistad de quienes hubieran perdido en la lucha a algún ser querido. Por tanto, el régimen que instauraríamos serviría en definitiva no sólo para devolver a los humanos el puesto que les había correspondido desde siempre en el concierto de las civilizaciones, sino también para garantizar a los humanoides sus derechos a la convivencia, olvidando con magnanimidad las pasadas ofensas y opresiones.
Estos pensamientos eran compartidos por Drakyl y el profesor Yehmel, como tuve ocasión de comprobar durante el rápido viaje que nos colocó en órbita de Algorán.
Antes de que los servicios de localización del S.R.I. se hubieran dado cuenta de nuestra presencia, el transportador instalado a bordo del Stillnova A-12-104 situó su puerta dos en el interior del palacio del supremo comandante, Karfer Plash.
Drakyl y yo, armados con calcinadores, cruzamos el óvalo gris de la puerta uno. De pronto nos vimos en el dormitorio del máximo gobernante del S.R.I. Karfer Plash estaba acompañado por su esposa, Mama Gamm. Al verla, me quedé perplejo: aquel rostro, aquella figura ondulante, me eran bien conocidos. No pude por menos que exclamar:
—¡Dusty Lust… en persona!
El sonido de mi voz les indicó nuestra presencia. La mujer, que había sido mi ideal en belleza femenina, lanzó un agudo grito al ver bruscamente violada su más cara intimidad.
Karfer Plash saltó ágilmente del lecho y gritó, con voz tonante:
—¿Qué hacen ustedes aquí? ¿Cómo han entrado? —Luego, a renglón seguido—: ¡Salgan inmediatamente de esta habitación!
No pudo decir más. Un fogonazo a mi lado, procedente del calcinador de Drakyl, lo derribó carbonizado. Antes de que pudiera salir de mi sorpresa, el arma del político volvió a entrar en funcionamiento y el ondulante cuerpo de la legendaria Dusty Lust quedó reducido a una informe masa negra.
—¿Por qué… por qué lo has hecho? —pregunté a Drakyl con un hilo de voz.
Me miró muy serio y repuso:
—Era necesario. Hubieran podido avisar a sus guardaespaldas… atacarnos con algún arma secreta… quien sabe. Es mejor así. Los tiranos es preferible tenerlos muertos…
No dije nada, pero sentí que algo muy hondo en mi corazón quedaba destrozado, convertido en un polvo seco y agobiante.
Algorán primero y el resto del Imperio después cayeron en poder de nuestra flota sin oponer la menor resistencia. Todo fue fácil, poseyendo la infinita gama de recursos que brindaba el Cuartel General del S.R.I.
Hoy, a los diecisiete meses del triunfo, Drakyl va a ser investido del cargo de presidente del Gobierno Intergaláctico. Yo soy de los invitados de honor, junto con Britta Uno y Britta Dos, el profesor Yehmel, Holkist, Bilman y varios más. Pero no pienso asistir a la brillante ceremonia.
18
La humanidad había cambiado, efectivamente. Ya no era la raza vejada y oprimida. Ahora ocupaba el sitio que antes le perteneció: rigiendo el Imperio Galáctico, dictando leyes, ordenando vidas.
El presidente de la Comunidad Intergaláctica —éste era el nuevo nombre del viejo Imperio—, fue, naturalmente, Drakyl. Su mandato, pese a los buenos propósitos del programa establecido antes de llevarse a cabo el Movimiento Libertador y que regulaba el ejercicio del poder hasta un plazo máximo de diez años estándar de la Tierra, duró lo que duró su vida. Y aún ésta no terminó con la muerte natural.
Drakyl fue asesinado vilmente mientras pronunciaba un discurso retransmitido por la televisión tridimensional. Le sucedió en la presidencia el celebérrimo profesor Yehmel, quien prometió cumplir los postulados políticos nacidos al mismo tiempo que la revolución y que aquel «ególatra dictador que fue Drakyl» —calificativos que aplicó a su antecesor— evitó llevar a cabo por resultarles molestos a su ansia de grandeza. Como es lógico, el presidente Yehmel, a quien sus corifeos dieron el título de Paternal Mentor del Cosmos, no tuvo tiempo ―en los veinticinco años de su mandato― de realizar aquel honrado programa político que hablaba de igualdad, de comprensión, de cultura, de adjurar de toda violencia, etc.
Ni que decir hay que sus sucesores en el cargo máximo, los presidentes Holkist y Bilman, habían ya olvidado ―lógicamente y por la mera culpa del paso de los años― todas las promesas hechas a la raza, a sus partidarios, a sus semejantes, en los momentos de dificultad y penuria.
Es preciso que, a fuer de imparciales, reconozcamos que la Corte de Algorán jamás alcanzó tanto esplendor como cuando gobernaron los presidentes que participaron de manera directa en el Movimiento Libertador. En efecto, el planeta centro de la civilización cósmica fue sede y residencia de fabulosos multimillonarios, muchos de los cuales habían formado en las filas de los valerosos ―y económicamente pobres― componentes del ejército de ataque transportado por la flota de Starships.
Sin embargo, no todos se enriquecieron. Gran cantidad de aquellos héroes forjadores de la nueva forma de gobierno murió prematuramente por diversas causas: enfermedades contraídas mientras administraban planetas exóticos, pero ricos en productos exportables… reyertas que podían catalogarse como callejeras… o simples suicidios. En este último caso, se hallaban casualmente la totalidad de los idealistas.
Para tranquilidad de las lectoras ―y también, ¡cómo no!, de los lectores de corazón tierno y pusilánime―, diremos que Blanner Monk y Britta contrajeron matrimonio y fueron todo lo felices que pueden ser dos personas que se casan. La muerte de la pobre Britta Uno, ocurrida en un estúpido accidente al estallar los depósitos de material radioactivo de su vehículo de superficie particular, dejó prematuramente viudo a nuestro héroe.
Blanner Monk, sin embargo, no permaneció mucho tiempo en ese estado. Haciendo realidad el antiquísimo refrán terrestre de que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”, se volvió a casar… naturalmente que con Britta Dos, que aún seguía desconsolada por el trágico sacrificio de su amado, el hermano gemelo del que después sería su esposo.
Los humanoides fueron desterrados a los planetas más inhóspitos y alejados de la subgalaxia, mundos tipo Laktor II, Hektor II y Hektor V. Algunos de ellos, empero, fueron acondicionados desde su niñez en las academias particulares de Algorán, amputándoseles los brazos suplementarios y creando con ellos el Cuerpo de Controladores Permanentes a bordo de navíos tipo Starship, arcaicos cacharros sin propulsión superlumínica, para evitar que los humanoides lograran apoderarse de algún navío, reproducirlo y promover una cruenta revolución.
El transportador y el duplicador fueron destruidos en aras de la seguridad del Estado, no guardándose en los archivos nada que pudiese dar constancia de su existencia en el pasado. Además, la posibilidad de duplicar mercancías preciadas y transportarlas con suma rapidez habría arruinado a la infinidad de comerciantes que desde el primer momento se pusieron al lado del nuevo régimen, financiando sus primeros y vacilantes pasos.
Cuando el controlador permanente Lennon Sherr, Jr. estaba disfrutando de la contemplación de un film tridimensional interpretado por la hechicera Sherma, algo le llamó la atención. Volvió la cabeza y vio en mitad de la sala de proyecciones de su Starship A-4-26, una cosa que momentos antes no estaba allí. Era un óvalo de un color gris indefinible…