horizonte cercano (es)
¿MIGRANTES O REBELDES...? HE AQUÍ EL DILEMA
Protocolos quebrados, leyes violadas, acuerdos escamoteados, científicos mercenarios dispuestos a encontrar justificaciones, medios de información inmorales, organismos de seguridad complacientes con los grupos de poder, ignorancia, indiferencia o cansancio de las multitudes, se coligaron y la catástrofe ambiental detonó con una deflagración potente que salpicó hasta el último rincón del planeta. Los ricos y muy ricos se mudaron al creciente cinturón de estaciones espaciales que rodeaba la Tierra, tan cierto que allá continuaron con sus crueldades habituales, explotando a los sirvientes que se llevaron como era de esperarse.
Pero abajo, en la piel sufriente del planeta, se produjo una separación drástica entre los que aún podían encerrarse tras mallas, domos, cercos o murallas y los que quedaban fuera. Los protegidos se aislaron cada vez más, respiraban otro aire, se nutrían de sus hidropónicos, de sus gelatinas de proteínas, de sus lagunas de nutrientes y tanques, hasta que alcanzaron a separarse de los procesos de envenenamiento que asolaban valles y montañas, enormes extensiones de océano eran pudrideros estériles y plantas y animales se apagaban deshilachando la trama biológica que nos había mantenido cual tapiz de vida sobre los biotipos, y apretaban los dientes mientras esperaban una oportunidad, pero el tiempo maduraba y pronto empezarían a abastecer al cinturón de un producto inapreciable e inesperado, tratando de convertirse en útiles sucedáneos del cinturón.
Era difícil para ambos grupos, confinados y exiliados, convivir en un mundo agonizante, donde la norma era la desaparición de especies y ecosistemas con las debidas consecuencias concomitantes, que provocaron (sobre todo en las nuevas generaciones de despojados) impactos atroces: las mutaciones y la teratogenia se expandían a tasas aceleradas, generando colecciones de monstruos, pero cuando por obra del horror ambiental ciertos desposeídos se adaptaron, adquirieron valor y se convirtieron gracias al horrible toque de Midas del capital en mercancías; las expediciones de cazadores salían de los domos para atrapar su prole y emplazarlos en cestos de criosueño que se lanzaban desde las antiguas bases como exportación no tradicional al cinturón.
Allí, con un futuro poco promisorio y de horizonte corto, los propietarios de las fábricas espaciales decidieron empezar a construir naves que explorarían las estrellas de tipo G relativamente cercanas hasta encontrar un lugar donde reiniciar la evolución humana, sonaba romántico pero era horrible, los crímenes ascendían en flecha, los asteroides fueron colonizados, la propia Luna perforada y barrenada para extraer minerales y construir túneles que fungían de ciudades; aquellos que arribaban desde la Tierra se usaron en un colosal experimento que si funcionaba podía atrasar el reloj de la extinción de la civilización homínida. Claro que a una visión puede contrastarla otra.
* * *
Soy Dragar161B-la#la, deseo transmitir una historia en simultánea con la ejecución de una megaorgía, mi cuerpo está diseñado para expresarse de manera matricial y aprender con la piel; para quienes penetro, lamo, chupo, acaricio, masajeo, mientras soy tratado con iguales métodos el zumbidillo neuronal acompañado de manchas fosforescentes que cabalgan por mi epidermis no nos distrae de nuestros menesteres sicalípticos, es probable que algunos otros también graben historias similares; por la forma como se articulan mis cuatro hemisferios cerebrales saltaré en lo temporal y en lo temático, rozaré la incoherencia y divagaré, pero a continuación entregaré una imagen global de lo que recuerdo e intuyo.
Crecemos en la oscuridad, donde desde el inicio quizás ya nos preparamos para la fuga. Suponemos que para migrar, según nos señalan quienes detentan el poder y a quienes concierne la elaboración de los protocolos científicos tanto del viaje como del mantenimiento grupal en el asteroide, pero... ¿será así o es algo que nos han plantado en las neuronas?
Sobre nosotros se han operado diversos procesos reconstructivos y recombinativos. No ha bastado con la ingeniería genética o la cirugía, o con embutir nanomaquinas en sangre y sembrarlas en los nervios, o establecer nanosecuencias algorítmicas que se abran en encadenamiento retratados en órganos, huesos y músculos para otorgarles nuevas características, ni los bombardeos de sustancias que van desde interleukinas hasta antivirales pasando por destilados neuronales y monoclonales (hay quienes musitamos que dichos conceptos corresponden a residuos pretéritos de experimentación y conocimiento, trocados en acercamientos fructìferos a una manera efectiva de diseñar exploradores espaciales específicos, para ingresar a entornos especiales y peligrosos, pero que se siguen considerando de una posible utilidad, acaso para terraformarlos, tal vez para extraer componentes y materias primas).
Somos construidos para enjambrar, nos ensamblan en el interior de asteroides del cinturón de Van Oort, y allí en el frío extremo, nos deslizamos unos sobre otros, recibiendo y entregando fluidos, tocándonos y acariciándonos, nutriéndonos en mutua coalición y mezcolanza, promiscuos y poderosos, en unos cuantos meses solares alcanzamos la granazón. Se conoce de errores en la trascripción de los paquetes de información que nos inyectan, y de la hecatombe que trae consigo. El aprendizaje posee un propósito, para que lo comprendamos desde el inicio estamos conectados a la megared interplanetaria... y eso puede ser fuente de disturbio o de certidumbre.
El discurso formativo fluye así: Nos han inculcado una noción de fuga que se intersecta con una pulsión de viaje, para alejarnos del sistema. No nos consideramos víctimas, somos conscientes del doble devenir: que el valor agregado proveniente de aquellos procesos mentales en ebullición emanados de las redes subjetivas creadas por el recíproco frotarse y eyacular y ser penetrado, ayudan a componer aquellos pensamientos en común que devienen en característicos de la colmena que somos, apoya a la conformación de un tejido denso y especial de relaciones sociales; y asimismo impulsa a que las instrucciones objetivas de corte técnico que marcan nuestro boceto corporal y quedan inscritas en órganos, genes y consignas, nos brinden entrambas en su confluencia, soporte psíquico para aguantar la dilatada erosión temporal y la nada ilimitada que nos aguardan en el vacío galáctico.
Nos postulamos como sujetos heroicos, que demolemos el borde de la nada para transformarla en espacio habitable, que forjamos fronteras cósmicas inéditas, que nos hermanamos y somos capaces de sacrificio y guapeza, que comprendemos la necesidad de la especie para esparcirse por el espacio, pero no en su forma habitual por las limitaciones que conlleva y ese es el impulso básico que nos acicatea, y también nos estimula la segura adquisición de saberes, el sumergirnos en experiencias de repente aterradoras, con mucho de sublimes, que nos esperan en el insondable negror del desierto espacial.
Empujados por una orden ciega pero acuciante, utilizamos los componentes del asteroide para transmutarlo en material útil, ya sea para nutrirnos, para armar panales, para combinarlos y constituir parte de la carga que trasladaremos u otros usos. Al agotar al asteroide debemos estar listos a romper la cáscara y expandirnos. Hay quien observando las filmaciones tomas de ese momento dicen que parecemos una legión de Ángeles oscuros, gráciles y no obstante formidables, que emergen de una explosión con pauta cual Vengadores, que hay belleza y un aroma a grandioso mientras nos organizamos para el periplo aventurero que nos deparará el destino.
Podemos, por las placas de modificación energética que pululan por nuestra piel alimentarnos de la luz, y por las bolsas de los hombros tragar partículas y reconvertirlas en energía en el mini motor cuántico que nos adorna el espinazo del dorso. Un constante pulsar despliega y repliega alas en nuestras anchas espaldas. Ningún halterofilista en la superficie terrenal alcanzará la deliciosa definición y masa de deltoides y fibras musculares transversales que se anudan en ellas y que se redondean cual esferas en los glúteos.
Apenas brotar nos apresuraremos en mover los aportes minerales del asteroide a las salchichas de containers construidos y articulados previamente y preparar las estructuras metaloorgánicas donde nos percharemos y descansaremos, luego encenderemos la furia de los mini agujeros negros que impulsan el conjunto (tosco pero funcional) y desde la central de mando situada al centro del armazón nos orientaremos hacia la ruta designada.
No todo se encuentra teñido con agradables colores, no hay que confundir nuestra partida con el exilio, la política que ha trazado y planificado nuestra germinación y desempeño parece jugar un papel muy lejano, no podemos interferir, tenemos la obligación de obedecer y seguir las instrucciones. Pero cuando los genes terráqueos retornan al galope al primer plano, la nostalgia nos devasta por haber perdido algo que nunca tuvimos, y es que continuamos siendo humanos a pesar o por encima de nuestras alteraciones. Por eso, la intriga y la pugna contra los mandamientos inscritos en nuestros cuerpos se conciben y se practican.
Se rumora que en las camadas donde ha primado la idea de la partida como acto de vaciamiento orgiástico, la tentación de la rebelión es un fruto sabroso de morder. En aquellas que aceptaron la misión impuesta enfrentados al desconsuelo del exilio prefieren romper con el prometedor horizonte cognoscitivo que ofrece la odisea y con la salvación del destino de la especie humana que sería nuestra epifanía, y se ingresa a un árido cuestionamiento que culmina con frecuencia en enfrentamiento contra las órdenes emitidas y motín.
De allí los fragmentarios informes que recogemos de la megared, sobre la presencia de cuadrillas que devastan y atacan las colonias mineras, las estaciones aisladas... comprendidos los mundo-discos y espaciopuertos principales, y si se da la oportunidad, incursionan inclusive en las cosmocleruquias que deberían protegerlas, a pesar de su poderío bélico, y hasta en los esferoides de placer atiborrados de técnicos, militares y centinelas, e incluso amenazan las propias incubaciones en los asteroides (se sospecha que han llegado a interrumpir alguna metamorfosis para sacarlos temprano a la insubordinación) y que el porcentaje de rebeliones es altísimo porque existe una falla básica irremediable en la articulación de nuestros cuerpos y mentes, quizás relacionado con la costumbre de contar historias a lo (a) s niñas originales que en algún momento se supone que fuimos, para extinguir el miedo e instalar el credo bélico-monacal que nos sustenta, pero la certeza del rumor no está comprobado.
Al lento transcurrir del tiempo atribuyo que con constancia recordaré la necesario para culminar mi relato, a pesar de tratar de distraerme con las maniobras y tareas y de participar en los arracimamientos sensoactivos, retornando una y otra vez a considerar un aspecto que yace en el fondo de mi mente y que esquivo, que se extravía cada vez que intento asirlo: ¿desertar será igual a suicidio?... ¿o similar a autonomía? Y si cuando eclosionemos abandono la navecuna y dejo que se aleje. Existe una novela en la base de datos que describe la vida solitaria de uno de nosotros que optó por esa solución, pero la creo exagerada, nadie querría perderse las recurrentes oleadas de placer que nos atraviesan los sistemas dérmico, nervomuscular y simpático al ejercer el sexo colectivo, estremeciéndonos al unísono y creando un ritmo que te sacude las moléculas mientras caes en éxtasis y aprendes. El sentido de pertenencia obtura cada canal de la conciencia y nos devuelve al grupo.
Rememoro mis más lejanas evocacione y me invade la quimera de una percepción desenfocada, me veo como un niño miserable que sobrevive en los basurales periféricos del domo de una megaurbe, plagada de los problemas, despilfarros e iniquidades propias de una sociedad que se provoca a si mismo la devastación ambiental por codicia, negligencia o contumacia, que me recogieron al igual que a otro (a) s centenares de miles y nos intervinieron para reformularnos.
La Guía del Migrante Voluntario que aprendemos remarca que ese es un falso recuerdo, que fuimos concebidos in vitro para una misión exclusiva, que cuando aparece hay que extinguirlo, ya que puede ser el inicio de una falla psíquica que entorpecería la labor de conjunto, que es una especie de virus que llega de la megared merced a la labor de zapa de opositores a nuestra misión, que aún subsisten en los intersticios sociales de la Luna o de las colonias. Que persistir es creer que somos inmolados para perpetuar una profunda maldad, un descarado cinismo.
Si fuera cierta, la motivación económica (somos baratos de adquirir como cuerpos base) y política (expulsar posibles insurrectos de la superficie ya atestada del planeta tierra) sería una explicación, pero la certeza de la Guía es difícil de cuestionar en ese punto. Afirma que no hemos sido coaccionados, que gozaremos de libertad de elección. Que los confeccionadores de emigrantes no son dioses a quienes someterse sino tecnócratas capaces de concebir una ruta de salida a la crisis de la humanidad y que podemos contribuir a la misma. A momentos es imbatible la argumentación, pero luego reingreso al terreno de la duda. Y por los intercambios verbales -tras el de líquidos gomosos y destilados olorosos con que nos atosigamos en furibundos mete y saca—, somos cada vez más los que entrelazados en delirio, tras alcanzar el arrobamiento, laxos y ahítos de placer, le damos vueltas en el magín y lo compartimos.
Un tufo a perplejidad y a complejidad nos envuelve, ¿nos obligan a migrar o nos brindan la posibilidad de elegir? ¿que relaciones se tejen entre quienes surcamos la negrura y los que se quedan en el sistema? ¿será cierta la solidaridad inherente a la toma de decisiones en un sentido y el egotismo chato en otro? No es fácil decidir, pero aún nos queda un lapso suficiente para cavilarlo, aún después de emerger, y antes de introducir las coordenadas de la estrella que visitaremos al cabo de un prolongado lapso de viaje, podemos cambiar de rumbo si así lo decidimos (lo que un antropólogo llamaría desviarnos por el sendero de la violencia para repatriarnos a un país inexistente), y entonces volver luego desde el exterior de la eclíptica para convertirnos en otra cuadrilla de facinerosos y arrasar con lo que podamos para contribuir a la caída del sistema que nos ha construido/armado/confeccionado, y a través de una decisión de máxima ironía, convertir el bandidaje en un acto de justicia poética.
Soy Dragar161B-la#la y he dicho. Compruebo que mientras nos arracimamos en un postrer coito descomunal, antes del estallido que nos pondrá en ruta e iniciará el periplo al que se supone estamos designados, muchos también han emitido o se encuentran emitiendo sus relatos; sensaciones novedosas, estimulantes, tan sabrosas como las eróticas nos sacuden. No podemos permanecer neutrales, hay que decidir: o ser esclavos bajo la tiranía o incursores dispuestos a perecer en rebelde autonomía.
NARCISO EN EL HUEVO 103
Somos el Huevo 103, le decimos así porque somos un conjunto de unidades autocontenidas (varios centenares esparcidos en la frontera de la Nube de Hills con el disco exterior de Öpik-Oort), nutridas con multitud de sensores especializados destinados a potenciar la adquisición de información sobre posibles enemigos y que proporcione nuevos conocimientos sobre cómo los sistemas automáticos de retención de estados, distribuidos por decenas de miles se degeneran o son saboteados y de colofón establecer las matrices de ejecución de los movimientos de posibles incursores que lleguen en ángulo o perpendiculares al plano de la eclíptica para pronosticar zonas de ataques.
Hace ya largo lapso nos ocupamos de tal tarea en beneficio de la humanidad, aunque nos sentimos aislados, siempre es mucho mayor la cantidad de bits salientes que entrantes y buena parte de los mismos son inservibles o ilegibles, lo cual preocupa; la yema central está conformada por la zona habitable con recursos que siempre nos conversa y nos conserva, la clara por las zonas relativamente habitable y por lo general sin recursos permanentes, donde la cháchara del comunicador central no llega y parte de la cual son zonas de yema abandonada porque nuestro número se reduce, y luego la cáscara —de la cual ninguno (a) posee referencias directas— nuestro revestimiento aislante.
No existen espejos y las superficies reflectantes son cóncavas o convexas o sufren efectos deformantes, todos y todas usamos máscaras de peliskin: un pellejo laminar de varias capas que crecen desiguales y combinadas, de tal manera que cuando aplicamos una rociada con los tubos propulsores de gel se superpone y crece sobre las que ya presentes; nunca nos despojamos de ellas ni siquiera en las orgías bisemanales en que gozaparticipamos dando y recibiendo, lo gracioso es que con frecuencia el mete-saca estimula el desprendimiento de pizquitas aromáticas y fragmentos fragantes que solemos devorar y que nos mantienen en comunión constante.
Versiones diferentes se intercambian entre los Huevos sobre el origen de las tripulaciones, la condensada alude a un experimento cuyas raíces no logramos dilucidar pero que apunten a crear fraternidades longevas y consistentes, lubricadas con cariño y coitos grupales, consagradas a verificar cadenas de cifras para cotejarlas en multimatrices y extraer constataciones de movimientos emergentes y/o extracciones o pérdidas de memoria.
Una preocupación ronda, no obstante, las mentes de la colmena, la mengua que erosiona la población, que con relativa frecuencia alguien se inquiete y quiera arrancarse la máscara en público y haya que dominarlo y quebrarlo, o menos usual quiera salir del cubículo con el rostro al descubierto, aunque los sinonimisensores no le conceden la apertura de la puerta, lo cual en algunos casos conduce al suicidio, pero como la limpieza de las módulos e inclusión de los nutrientes del cuerpo desechado en los jardines hidropónicos, en las cubas de proteínas o en las sembrados corresponde a los biots no nos enteramos.
En cuanto a mi, en un momento determinado sentipense al Huevo 103 como una enorme trampa. Cegante. Desesperante. En lo hondo del pecho sentía que raíces férreas corroían con enervante persistencia mis reservas de seguridad. ¡¡¡Escapa!! ! me gritaba mi mente, huye de este antro comunal clamaban las neuronas. Hay que evadirse, entre más rápido mejor, aunque lo que encontremos sea peor. Entre las varias elecciones: suicidio en solitario en mi cubículo, fallecimiento por golpiza en los pasillos a salas comunales o inmersión profunda en los territorios cuántico-oníricos de la clara, escogí la tercera.
Rebase los dinteles marcados y en seguida caí en un vórtice veloz y giratorio. Extraños insectos metálicos surcaban raudos el espacio rubricando su velocidad con cataratas de blandas cachetadas. Por doquier mi mirada sólo tropezaba con el tupido muro del horror visual y la muralla pegajosa de la incomprensión, las figuras eran confusas e inidentificables. La hierba mustia y apagada con sus retorcidos tallos engullía la voz perdida del ordenador central en los ratos que mis redes neuronales se liberaban del dolor. Perdida estaba y no la encontraría, sería mi snetipensar quien me guiaría y mejor que confiara en él, ya que no habría otra opción a practicar. La tierra hervía, pero no burbujeante de mensajes vitales como antaño (cuando aún no escapaba) sino en glóbulos ásperos y sucios, con la espuma estéril de lo infecundo cubriéndolos.
Lo peor eran las hordas de bestias que tropezaba en mi vagar, siempre creí que no haba moradores en la clara, allí proliferaban los desertores, a los científicos e intelectuales los reconocía por sus diferentes y horrendas facciones camaleónicas, a los imbéciles de mantenimiento las babeantes estereotipias que calcaban de su monotonía laboral los traicionaban, pero lo que mayor repugnancia provocaba era la máscara insensible de los directores de sección. Los contemplaba como si su vacío existencial se desbordara y me deslizaba entre sus espantosas siluetas con la esperanza de que continuaran ignorándome.
Túneles rellenos de olores nauseabundos y ruidos desagradables me acosaban; a veces los techos se diluían en nubes pardofétidas mientras caminaba entre dos altos murallones astrosos carcomidos por los dientes crueles del tiempo como limitantes laterales. Siempre cansado y abatido colocaba mis pies uno delante del otro tanteando a través del temor la ruta hacia la probable desesperación, quizás la única salida del cul de sac en que me movía. El tacón de mis zapatos dejaba sus huellas en un vacío complaciente que amoldaba su velocidad relativa a la de mis pasos.
A veces surgían destellos de conciencia antigua (dudaba y quería retornar pero el vacío que creaba a mi paso no lo permitía) y parches de falsedad enturbiaban mi visión. Un gorila de túnica azafranada con una enorme cabeza grotesca y que se tambaleaba estúpida sobre su pescuezo se acercaba, husmeó receloso en mi dirección, el deseo violento de dañar bañó de líquida felicidad sus ojos. Con denuedo luché con mi bagaje de máscaras mentales hasta que encontré la conveniente y la coloque con fuerza mental mal que bien sobre la que siempre había llevado confiando en que el sudor del miedo lo confundiera con transpiración, me molestaba ser tan lento en la intercomunicación, pero pareció reconocer en mi ese trozo suyo que deseaba y me rebasó con una sonrisa tonta ajando su boca; en venganza me negué a transmitirle la noción del inmenso vacío que lubricaba mis pisadas y corrí dejando una estela de gruñidos sorprendidos hundiéndose a mis espaldas.
La angustia empezó a conquistarme, emerger de las profundidades donde lleve a cabo mi ejercicio de inmersión estaba resultando terrorífico, por eso ahora los rayos del sol son helados y prosigue un olor a podredumbre tan espeso que parece encarnado y que brota con evidente satisfacción de los agujeros cual bocas que van brotando de las huellas de mis pasos mientras abandonaba los pasillos perseguido por el vacío tragante, esos huecos si parecen insatisfechas ¿por mi escapatoria acaso?
Jadee acezante en las lindes de un bosquecillo poblado de fieras que intercambiaban extrañas palabras retumbantes y macabros gestos como si practicasen unos ritos denominados amor, amistad que escondían interés, engaño y poco más. Rememoro que corría un rumor en el Huevo 103, que esas dimensiones de transición de la clara se alimentan de sus viajeros, descuidarse puede ocasionar la muerte, hay que buscar la imagen propia para salir de la emboscada y parece que encontré la mía aunque de manera intuitiva en el bosquecillo, que ha sido mi salvación.
El vacío feliz con el regalo del gorila entregado hacia unos segundos, estableció una tregua antes de seguir en mi persecución. Entre tanto podía explorar.
A un lado del parque una vidriera opaca permitía traslucir algo sobrecogedor —en una tablilla se leía Centro Materno-Infantil (en Huevo 103 no hay infantes) — y vampiros enfundados en blancos guardapolvos y ropones clericales cuidaban con mimos, carantoñas y biberones de sangre a fetos semienterrados en domos de carne pulsátil, envueltos en telas metálicas probablemente asépticas se vislumbraban los cuerpecitos de los pseudobebés desechados. Era semejante a las transmisiones de la sede central terráquea, con frecuencia inidentificables pero sugerentes.
Al costado una estructura triangular de innumerables facetas y con adornos semejantes a narices rezaba en su marquesina Fábrica de Máscaras para Engañar y se desplegaban los catálogos con sólo pasar la sombra de la mano por encima de los carteles; no se asemejaban en nada a la nuestra, monótona y con colores poco variados; eran de una riqueza tal que me atosigaban y me creaban sentimientos de premonitorio.
Más allá una colosal estatua ecuestre mezcla de granito y viejo polietileno reforzado proporcionaba asilo a bares con bandejas giratorios atiborradas de manjares y a unos ingeniosos mingitorios que apenas se acercaban los usuarios los envolvían para darles privacidad.
Luego, esferas luminosas con varillas acrílicas girando sobre ejes multifacetados más ya un poco oxidados que me recordó algo de mi lejano pasado semejante a la maqueta ptolemaica, relacionado con la nube de Hills, en tono rosa y malva.
Me detuve. Se había desvanecido el impulso de correr. El vacío ya no me segura. Adquirir libertad de circulación fue tan placentero que me intoxico, pero... me aterrizaron en el magín imágenes estremecedoras e incongruentes, una de ellas persistiría y marcaría mi recorrido.
Luz violácea destellando sobre las escamas de mi piel. Me aterroricé y un aluvión de remembranzas extrañas y que no sabía se albergaban en mi interior salió a flote y me pregunté ¿Soy un hombre-pez lovecraftiano acaso? ¿Soy un mezclado que limpia las alcantarillas de Bas-Lag? ¿Soy un pasajero que gusta vivenciar duras aventuras cósmicas que ha alquilado el cuerpo necesario para salir bien parado en términos de Sheckley? pregunta incesante mi memoria.
Una larga tira de holo pasa diciendo La inconsciencia es el hipnotismo de los humanos, así pueden al practicarla aniquilar la autenticidad y luego lavarse las manos afirmando que hay comida intelectual suficiente y consuman su degradación invitando a la conveniencia para que ocupe el sitial de honor en el banquete de su iniquidad. No lograba comprender a que aludía el mensaje y quedé envuelto en retazos de niebla, confuso y con los sentidos desproporcionados agrandados y disminuidos en simultánea, no aguantaba el pavor, no resistía el miedo y encima me sentía con los zapatos clavados y retenidos en un blando riachuelo de brea y con mis pies encogidos dentro del cuero gritaba atormentado, me agaché, los desprendí y los abandoné a su suerte en los negros labios succionantes de la negra desesperación dispuesta a tragarme (¿de dónde venía esa frase?), preparado a saltar hacia lo maloliente y conocido para evitar el descontrol emotivo troté hacia un portal gótico repleto de gárgolas con pechos macizos y pezones henchidos, que se agitaban insinuantes, probable punto próximo de redención.
En el umbral respirando agitado esquivé a una vieja bruja encorvada que ensartaba chismes humeantes con su lengua acerada en una tela mientras arrojaba insectos por sus dedos agujereados y brinqué por los escalones acaracolados que parecía me llevaron hacia la abundancia de oxígeno y la conversación interior coherente. Sino hablaba congruente en el ínterin se me estremecerían los nervios, se tensionarían y se rompería el hilo de la cordura y no reaccionaría al tragarme la mosca de la locura que me lanzó antes la bruja convirtiéndome quizás en una gárgola.
Los cilindros verticales que sostenían los escalones mellados por las pisadas de los que buscaron y encontraron precedentes contenían un fluido irisado, si lo miraba me sumiría en un trance quizás definitivo. La ascensión terminó, por fin arribé a un aposento bastante amplio con tres rostros flotantes que me aisló de las anteriores percepciones, me contemplaron: el ancho y plano de la mujer con indiferencia, el delicado y policromo del hombre con análisis crítico, el vivaz y sensual del hermafrodita con placer egoísta. El pantano defensivo en que estaba cayendo me regurgitó, respiré profundo y mis anhelos de ser comprendido estallaron en una bonita galería de artificios verbales durante lo que pareció horas. No logré conmoverlos. La actitud asumida por los tres rostros fue de aburrimiento, me parecieron tres universos incomprensibles tratando de amarrarse al mismo muelle que se movía y estorbándose entre si sin que ninguno lograra fondear, me parecieron de una esplendidez ridícula., también era un plan previo acuerdo entre los tres estados materiales de la Identidad Grupal, quizás para burlarse de mi escapada en busca de Identidad Personal.
Decidí obligarlos a tomar responsabilidades, muy seguros tras sus paredes indestructibles de plasma y su nido extraviado en las alturas mientras sus hologramas pervertían la relación (¿y cómo accedía a ese dato si no lo proporcionaba alguna de las tres cabezas?), si era así, el peligro ya estaba en su interior, ja, ja. Mi presencia sólo era el detonante: Viré súbito de tema y en lugar de describir hechos comunes, de manidas interrelaciones, de cuestiones gastados por la mano pétrea de la lógica, parlotee de etéreas intuiciones sumergidas en la niebla primordial que engendró los dioses que pululan en torno al trono de Ctulhu (otra vez no discernía como podía resultarles atrayente ese preciso caudal de erudición) cuando cada cual seguía su curso probable sin ser afectado por los demás, pero luego por trucajes sucesivos cuando se descuidaban y bajaban la guardia habían perdido su indiferencia y se enfrentaban unos a otros para adquirir las mejores porciones de pueblos y planetas, miento si sostengo que comprendía lo que farfullaba, era como un chip que se desenvolvía sin mi voluntad pero en simultánea aceptaba la autenticidad de su discurso... y agregué: El Wendigo lo es por ser veloz y ágil, por caminar sobre el viento, otros son torpes y lentos, tentaculosos y hediondos, pausados y cachazudos, contaminados de burocracia atienden a un problema a la vez, pero el Wendigo se entrenó y su espíritu investigador salta a muchos casos y partes en un mismo instante, tantas que si uno miraba le parecía que giraba en un tiovivo generando la sensación de ubicuidad, y en la confusión reinante con facilidad podía triunfar expulsando a otros dioses al cosmos vacío donde perecerían de hambre.
Rematé ¡Soy su discípulo! Y si logro retorcer mi nanomateria hasta duplicarla, triplicarla, multiplicarla seré un ser con aún mayor poderío ya que estaré salpicándolos de manera continua y me sentirán y me adivinarán, y hasta emitirán en numerosos idiomas apotegmas del tipo La nanomateria es más importante que el nanoespiritu clamé, repitiendo la frase con estruendo; con un fireflash atrás seguido de medio mortal aterricé en la cueva de cartón-piedra que representaba una de las cabezas, entre la lluvia de astillas y pedruscos que se originó escuché los aullidos de los lobeznos (¿o serán grabaciones o rugidos de la garganta del Wendigo?), pero la turbamulta ocasionada demostró que eran bestezuelas que cohabitaban a su amparo, desde/entre la llovizna de despojos observé sus agitados y temblorosos cuerpecillos y oí sus gemidos de pavor ante la destrucción e su hábitat, había intentado obligar a las cabezas a acercarse a mi para juzgarlas como entidad superior y conducirlas a la luz de la responsabilidad y la resolución de situaciones, al planteamiento de problemas y rediseño de actividades, pero era a mi a quien convocaba el desmoronamiento del ecosistema provocado por mi ágil y perfecto acto de gimnasia, las consecuencias se pagan, esperando colocarlos contra la pared de la elección sentí que mi supuesta omnipotencia se diluía mientras caía a un pozo de tinieblas indiferentes.
Lamenté la devastación del habitáculo pero no podía prestar ayuda a los lobeznos, por mas símbolo del Wendigo que fueran, salté por una ventana a un balcón de piedra vaporosa, casi encaje, repleto de fantasmas en apariencia amables, me incliné mundano sobre su baranda encarándolos, sus sonrisas constituyeron el inicio de un ritual de suicidio o sacrificio. Tendí mi mano, me la mordieron con ferocidad.
Desolado y dolorido e impulsado por algo incomprensible, y sin embargo percibido con claridad, retrocedí y me enfrenté a los tres rostros, empecé a contarlos una historia de telarañas, androides casi clones y masacres, los arrullé esclareciendo que eran tres clases de amor que se pueden sentir y vivir, que si podían decirme ¿qué papel interpretaba con mi presencia allí? ¿porqué a pesar de mis errores me seguían escuchando con atención? en coro declararon que deseaban transmitirme algo importante.
Traté de interrumpirlos y proseguir con mi relato deshilvanado y borboteante, que tenía un gramo de verdad pero envuelta en una tonelada de falsedades; no se inmutaron y un tronar de trompetas anunció el ingreso de otro personaje, el cual vociferó ¡Reconócete! caminando de espaldas se ubicó delante de los Tres Amores, alzando sus musculosos brazos mostró lo que acunaba en su pecho; una enorme hacha de dos hojas, repitió un ¡Reconócete! estentóreo giro y segó las tres cabezas de un tajo, hilillos de sangre corrían por el piso y las paredes; al mirarme me pareció identificarlo, era alguien muy próximo (¿quizás yo mismo? ¿una especie de hermano? su rostro estaba cubierto por la máscara habitual del Huevo 103), me tendió el hacha goteando sangre, la agarré, el me ofreció su cuello, la levanté para decapitarlo y quedarme sólo pero me inmovilicé, incapaz de culminar el movimiento recule espantado...
Estallaron aplausos, los tres rostros del amor flotaron acompañados de uno sin facciones definidas, liso y sin arrugas, jovial y astuto; me pareció estar repitiendo mis movimientos desde que ingresé al edificio en visión rápida, comprendí varios acertijos, un segmento de mi cuerpo era un vidrio plateado arrojado al aire y supe el significado de los fragmentos que yacían a lo largo de los escalones, porque las huellas de pisada eran sólo de subida, porque me sonreían y me mordían los amables fantasmas del balcón, porque los rostros flotantes me dedicaban su atención, porque el ultimo en eclosionar se conectaba conmigo y porque importaba poco lo que sucediera después y hasta la decisión que tomara, ya que cuando por fin arribara al casco exterior (porque lo conseguiría), encontraría que sería como una serie de pantallas que historiaban nuestra vida en Huevo 103, que me dirían que todos somos uno y que la máscara cotidiana es para desvanecer ese único rostro que ostentamos y parecer distintos, que mi nombre como el de todos los que me precedieron y me seguirían hasta extinguirnos era Narciso el que amaba su reflejo... y lo encontró en su viaje de iniciación.