el solitario de los anillos de saturno (es)
1
El viejo Jasper Jezzan se pasó los dedos por los mechones de cabellos grises y contempló desde la tronera de la nave espacial el impresionante y grandioso espectáculo de los anillos de Saturno que se acercaban. El tercer anillo, el más externo, que era su destino, se veía soberbio. Agradeció a su buena estrella el hecho de vivir en aquel siglo XXIV, que había sido testigo de cómo la humanidad trascendía los límites del inexplorado sistema solar mediante verdaderas hazañas de colonización espacial. En sus años de juventud, Jasper había participado de la primera expedición a Marte. Ahora, tanto Marte como Venus ya estaban colonizados. Jasper vivió muchas aventuras extraordinarias en ambos mundos, así como en varios de los satélites y asteroides de Júpiter. Saturno aún era territorio virgen.
Recientemente Jasper había cumplido los setenta años, pero el espíritu de aventura todavía flameaba en su recio cuerpo. De nuevo agradeció a su hado que le hubiera concedido la dicha de encontrarse entre los primeros en contemplar la gloriosa majestad de los grandes anillos a tan corta distancia. Se había unido a la expedición de Grenard como esforzado y experimentado colaborador, y sabía que la «City of Fomar» habría de tratar de abrirse paso a través de ochenta kilómetros de lunas diminutas.
La «City of Fomar» comenzó a pasar rozando algunos de los satélites errantes a varios kilómetros de distancia de la franja principal, muchos de los cuales eran más grandes que la nave espacial y de rugoso contorno. Era como penetrar en un bosque cuyos árboles se tornan menos numerosos a medida que uno se va acercando. Las lunas del anillo mismo eran redondas y lisas a causa de los constantes choques. Al caer bajo la atracción de la más leve fuerza de gravedad, los satélites más diminutos se adherían a los más grandes. La nave se hundía cada vez más profundamente en la masa. Cada hombre permanecía apostado en su lugar, sin dejar de observar, no obstante, el maravilloso fenómeno exterior. Esta vez la misión de Jasper le obligaba a ocupar un puesto solitario. Le tocaba el turno en la cámara de aire rejuvenecedor; de no haber sido por esa circunstancia, esta historia no hubiera sido narrada o le hubiese correspondido hacerlo a una persona más joven. Sin saber lo que les esperaba, Jasper había mirado por última vez los rostros de sus compañeros de aventura, rostros que no volvería a ver ni vivos ni muertos. Echó una fatigada mirada a los manómetros, y luego dirigió su atención a los misterios del anillo de Saturno, que se iban desvelando.
La nave espacial de la expedición Grenard penetraba más y más en la masa de satélites que giraban lentamente. La luz del sol se eclipsaba casi constantemente y se tornaba cada vez menos brillante. Las sombras, como siempre sucede en el espacio, eran oscuras y agudas. Al fin la luz cedió ante períodos de oscuridad cada vez más prolongados, y los reflectores de la «City of Fomar» centelleaban a través de las profundas tinieblas. De cuando en cuando, la nave chocaba contra una luna al pasar por un angosto pasaje, enviando el fragmento hacia los cuerpos vecinos en lo que parecía una interminable retransmisión de inercia sin que fuerza alguna retardara el movimiento.
Cada vez y sin cesar penetraban más profundamente en las honduras del anillo. Aun cuando no había recibido llamada alguna, Jasper sintonizó con la sala de observación, donde estaban reunidos los oficiales de la expedición.
- ¡Debe de haber trillones de esos pequeños satélites!
El que hablaba era el comandante Grigsby. Fue Grenard quien replicó:
- Sin duda.
- ¿Qué es esa niebla blanca que aparece allí?
- ¿Qué niebla... la luna blanca?
- No..., no es una luna. Fíjate cómo cambia de forma... y es algo brumoso.
- Caramba, sí, parece humo, y se desplaza hacia aquí.
- Mira, se expande como si tuviera vida. ¿Qué puede ser?
- Polvo.
La respuesta la había dado un oficial de menor graduación.
- ¿Cómo podría flotar sin atmósfera?
La voz de Grigsby encerraba un ligero tono burlón.
- Se está fragmentando.
Jasper había viajado demasiado por los espacios siderales en el curso de su vida como para no presentir que se trataba de algo inusual. Se acercó a la tronera y miró al exterior, colocando la cabeza en uno de los costados para obtener un ángulo de visión oblicuo. El fenómeno tenía lugar directamente delante de la nave. El no podía observarlo. Interiormente, se sintió algo irritado. Escuchó con el fin de obtener más detalles.
- ¿Qué fuerza debe moverla?
- Primero, dime qué es.
- ¡Parece que tenga vida!
- ¡La nave la atrae! ¡La nube se está fragmentando en varias partes!
Jasper miró de nuevo al exterior y vio algo de aquella extraña sustancia. Parecía humo blanco y poseía movimiento propio. No podía imaginar qué fuerza la impulsaba. Casi parecía algo vivo, sin embargo la idea era absurda aun para Jasper Jezzan, que había sido testigo de infinidad de fenómenos extraños. Aquello era un nuevo elemento o una combinación de elementos que se comportaban de una manera rara en el anillo más externo de Saturno. Los anillos mismos eran algo fenomenal. La nube pasaba del blanco al gris a medida que se expandía, dejando ver los borrosos contornos de los satélites que estaban detrás de ella. De nuevo pareció comprimirse, adquiriendo una cualidad que parecía un líquido espeso o algo sólido.
- ¡Ahí vienen más nubes!
- ¡Y allí hay más! ¡Mirad! ¡Allí! ¡Allí! ¡Las hay por todas partes!
- ¡Se están mezclando!
- ¡Una parte se está dividiendo! ¡Mirad..., se está desintegrando!
Las voces de los jefes de la expedición denotaban sorpresa y temor. Jasper experimentó una ligera excitación mientras contemplaba las raras transformaciones de aquella materia sobrenatural. Vio que iba envolviendo la nave. Su tronera de observación se volvió de pronto de un gris translúcido, y no pudo ver nada. Trató de penetrar con la mirada aquella masa blanca de la que sólo le separaba treinta centímetros de cristal. Era como mirar a través de un humo denso o una niebla espesa. Golpes ahogados y sonidos inexplicables se oían en torno del casco de la «City of Fomar».
- ¡No avanzamos tan rápidamente!
Jasper distinguió que la exclamación la había proferido el comandante Grigsby. Percibió una nota de intranquilidad en la voz.
- ¿Puede ser que esa maldita sustancia blanca detenga nuestro avance?
- No lo sé... pero, ¡esperad! ¡Las troneras de este costado de la nave parecen aclararse!
Siguió un silencio significativo. Jasper aguzó los oídos para captar más información. Su propia tronera aún estaba oscura.
- ¡Grigsby..., mira esas largas hebras de esa sustancia, parecen cables! ¡Nos tienen amarrados a las lunas!
- ¡A toda máquina! - ordenó el comandante.
Un suave y débil crujido del casco sobre la cabeza de Jasper le hizo volver los ojos hacia la tronera. Vio como un contorno blanco que se alejaba. Miró al exterior y observó que unas largas hebras de la niebla, entretejidas en forma de telaraña, demostraban poseer una notable fuerza adhesiva y resistencia a la tensión al sujetar la «City of Fomar» a los satélites circundantes. Al aplicarse más potencia, Jasper pudo constatar que la nave espacial remolcaba las lunas enganchadas y se separaban de los cuerpos más lejanos. Vio que los satélites chocaban entre sí, sintió la ligera desviación de la nave y oyó el golpeteo discordante cuando la «City of Fomar» tropezaba con otros satélites en su avance. Luego, una vez más, la tronera se cubrió de una niebla más blanca y densa que antes. Por los excitados comentarios de la sala de observación, dedujo que las condiciones eran las mismas. El golpeteo machacador les tenía a todos confundidos. Entonces las voces de la sala de control adquirieron un nuevo tono alarmado.
- ¡Está penetrando en la cámara reguladora de presión! ¡Un hilo largo y delgado se está filtrando como un chorro de vapor!
- ¡Debe de haber alguna fisura en la puerta exterior! - razonó Grenard con excitación.
- ¡Sin presión de aire en el interior de la cámara, la puerta exterior nunca cierra herméticamente! ¡La llenaremos!
Jasper oyó gritar su nombre.
- ¡Sí, señor!
- ¡Inyecte una buena cantidad de aire en la cámara reguladora!
El anciano saltó hacia los mandos y oyó el silbido del aire a través de las cañerías camino de la cámara reguladora.
- ¡Esa maldita sustancia aún sigue entrando!
- ¡Pero no con tanta rapidez!
- ¡El aire se escapa hacia el exterior!
- ¡Ahora... la puerta ha cerrado herméticamente!
- ¡La sustancia blanca se está expandiendo dentro de la cámara!
Jasper recibió una brusca orden de cerrar la válvula de aire. Nunca pudo saber por qué. Nadie vivió para decírselo. Oyó muchas voces que gritaban alarmadas, demasiado mezcladas y confusas como para poder comprender algo más que el hecho de que la puerta interior había sido forzada. Y luego la exterior cedió de nuevo. La blanca sustancia penetraba en la nave, y el aire salía de ella. Esto lo comprobaron los ojos horrorizados de Jasper al mirar las esferas de los manómetros.
Gritos agudos y horribles chillidos llegaron hasta él, chillidos que se estremecían, se ahogaban y enmudecían de pronto. No duró mucho. Muy pronto, reinó un ominoso silencio. La blanca niebla todavía velaba la tronera, y también estaba dentro de la nave. Jasper, armándose de valor, corrió por el corredor con el fin de aislar aquella parte de la nave. Demasiado tarde. La niebla ya se arrastraba por el suelo y las paredes del pasillo, explorándolo todo en un volumen sustancial. Como si hubiera percibido su presencia, se extendió con una rapidez alarmante en su dirección en cuanto él se detuvo a medio camino, consternado. Un velo de la horrible sustancia avanzaba como una nube de humo por el techo, y un enroscado pedúnculo descendió hasta casi rozarle el rostro. Un terror innominable obnubiló momentáneamente la mente de Jasper, pero el veterano navegante y explorador del espacio logró dominar sus nervios. Se giró y corrió hacia la cámara atmosférica. La blanca niebla que cubría las paredes, el techo y el suelo del corredor se había concentrado, y Jasper vio que se lanzaba hacia él, con lentitud al principio, pero con un ritmo acelerado.
En la cámara atmosférica, hizo girar prestamente la válvula del tanque de aire principal y la cerró. Luego cogió un traje espacial, colgado cerca de él, y de un salto se introdujo en un tanque de aire vacío en el preciso instante en que la bola de niebla blanca se precipitaba por el corredor hacia él a enorme velocidad.
Un escalofrío le hizo estremecer, pero no era fruto del miedo. Una ola de frío invadía rápidamente la nave. El aire no cesaba de salir de ella. Jasper notó que tenía dificultad para respirar y se alegró de haber cerrado la válvula del tanque principal. Estaba sumido en la oscuridad, después de haber ajustado con celeridad la compuerta del tanque para evitar la entrada de la amenaza blanca. Buscando a tientas, abrió la válvula interior del tanque. Palpó a su alrededor y encontró el traje espacial; luego, de pronto, se tambaleó ebriamente, golpeándose la cabeza contra la pared metálica del tanque. Experimentó un extraño regocijo y se sintió mareado. Había dejado entrar demasiado aire en el tanque. Se trataba de una intoxicación de oxígeno y muy peligrosa en aquellas circunstancias. Buscando a ciegas, encontró la válvula de nuevo y la cerró. Entonces se desplomó, perdidas las fuerzas. Pero corría el riesgo de morir de frío, y Jasper sabía que debía ponerse el traje espacial. Sus músculos estaban ateridos y no le obedecían debido a la fría temperatura, que descendía sin cesar. Pero logró introducirse en el traje espacial y puso en funcionamiento la calefacción y el regulador de aire del mismo. Sólo entonces cedió ante la tensión que le atenazaba. Desde su posición semisentada, cayó de costado al suelo del tanque completamente inconsciente.
2
Jasper Jezzan jamás supo cuánto tiempo permaneció sin sentido en el tanque de aire, protegido por el traje espacial. Le pareció que no habían sido más que unos pocos minutos; sin embargo, tal vez habían transcurrido varias horas. En la oscuridad, trató de serenarse y hacerse cargo de la situación, ordenando sus pensamientos. La muerte navegaba en aquella nave; la devastadora ruina blanca era su dueña. Se preguntó si alguien más habría logrado salvarse. Una sutil intuición le decía que la sombría amenaza aún estaba esperando afuera. Desconocía qué propiedades malignas podía poseer contra un hombre protegido por un traje espacial. No tenía intención de comprobarlo mientras pudiese evitarlo. Decidió esperar pacientemente y ver si la horrible niebla abandonaba la nave. De alguna manera, presentía su presencia fuera del tanque, desplazándose sin cesar, explorando la «City of Fomar», cuyo aire se había escapado para perderse en el espacio entre los satélites.
Encendió los focos del traje espacial para aliviar la monotonía de las tinieblas y poder concentrar sus pensamientos en algo tangible, algo que pudiese ver, aunque el interior del tanque con sus válvulas interiores y sus aparatos de control él ya lo conocía. Se levantó y vació el tanque de aire. Ello sería necesario, por lo menos, para reducir la presión antes de abrir la compuerta.
Luego se sentó dentro del tanque y esperó, cambiando de posición de cuando en cuando. Había una cierta afinidad entre aquella niebla blanca y un sutil sexto sentido, pues Jasper se dio cuenta con alivio de que la sustancia había abandonado la nave. Sin embargo, se mostró cauteloso: abrió la compuerta del tanque y atisbó por el borde de la abertura. Las luces de la nave, tanto las del interior como las del exterior, estaban todavía encendidas. Lo primero que hizo fue mirar por la tronera. La «City of Fomar» andaba a la deriva entre los satélites. Uno de ellos casi tocaba la parte anterior de la nave. No vio señal alguna de aquella sustancia sobrenatural que se había abierto paso hasta el interior de la aeronave. Estaba seguro de que había desaparecido por completo. Entonces Jasper efectuó una prueba, aunque sabía de antemano casi con absoluta certeza de cuál sería el resultado. Cogió una caja de polvo esmeril de un estante, sacó la tapa y dejó caer una porción. Las motas de polvo no flotaron hasta el suelo, sino que cayeron como piedras. Tal como Jasper suponía, todo el aire había salido de la nave.
Caminó lentamente por el corredor hacia el proel, cruzó la sala de control y penetró en la cámara de observación. Estaba preparado para enfrentarse con el espectáculo de la muerte, pero no esperaba que la visión fuese tan horrible y absoluta. El suelo estaba sembrado de huesos y cráneos. La niebla blanca había absorbido la carne y el material de la vestimenta. Movió uno de los huesos con el pie y se quedó sorprendido al ver la marca que dejó el zapato metálico. Se detuvo y recogió un fémur. Se desintegró completamente entre sus manos. ¿Qué horrible forma de vida era aquella niebla nubosa del anillo de Saturno? Recorrió con lentitud la nave y descubrió más huesos ruinosos; de pronto le asaltó la enervante sospecha de la verdad. Él era el último hombre, el único ser viviente en la nave.
Entró en la sala de control para examinar los mecanismos, preguntándose cómo se las arreglaría él solo para conducir la nave espacial fuera del anillo. Sus dudas se disiparon en seguida. Comprobó que la totalidad del equipo eléctrico; así como los demás instrumentos, estaban irreparablemente destruidos. Un examen más minucioso confirmó la primera impresión. La proximidad de la niebla blanca los había alterado y destruido de una manera tan absoluta como si la nave hubiera sido fulminada por un rayo. Se encontraba solo en una nave a la deriva y perdido en el anillo de Saturno.
Jasper trató de aplacar sus nervios. Las cosas no estaban tan mal como podrían haber estado. Había suficientes alimentos y bebida a bordo como para que le alcanzaran hasta el fin de sus días. Los generadores de aire funcionaban perfectamente. Podría cerrar un par de cámaras de la nave y lograría seguir viviendo en ellas. No se atrevía a pensar demasiado en el futuro, en la posibilidad de pasarse el resto de su vida como prisionero solitario en el anillo de Saturno. Los planes de Grenard de penetrar hasta el tercer anillo camino del satélite Dione del planeta eran bien conocidos, por supuesto, en los tres mundos, pero las probabilidades de que alguien llegara hasta aquel punto en especial del anillo exterior, aun cuando anduviesen en busca de la expedición perdida, eran prácticamente inexistentes. Constató con una sensación de desamparo que el sistema de comunicación de la nave había sido inutilizado.
Sintió apetito. Encontró los alimentos almacenados y los trasplantó al tanque de aire. También descubrió un calefactor de radio y lo instaló para poder contar con luz y calor. Luego llevó los elementos para improvisar una cama y otros útiles necesarios para vivir con cierta comodidad. Hasta que pudiera acondicionar y sellar las cámaras de la nave, tendría que permanecer allí. Había tres secciones principales de la «City of Forrar» que habían sido construidas de manera que pudiesen cerrarse herméticamente en caso de emergencia. El ataque había sido tan rápido y la cualidad mortífera del horror blanco fue tan inesperada y devastadora, que no hubo posibilidad de protegerse. Jasper pretendía aislar y utilizar aquella sección de la nave que incluía la cámara atmosférica y los depósitos de provisiones.
De cuando en cuando, escrutaba el espacio entre las lunas en busca de algo que le indicara el retorno de la niebla blanca, pero todo estaba silencioso e inmóvil. Apagó las luces de la «City of Fomar». Se proponía ahorrar energía, al menos hasta saber a qué atenerse. En cuanto a la sustancia neblinosa, recordaba la luminosidad espectral que había adquirido a la distancia, donde las lunas eclipsaban la luz de la nave.
Acondicionar la sección elegida como morada requirió más tiempo del que Jasper había imaginado. La niebla blanca había cometido estragos que él no había notado en un principio. Muchos materiales, como el cuero, el fieltro y otros productos de origen orgánico los había absorbido o dañado en parte la extraña sustancia blanca que vivía en el espacio, y Jasper tuvo que efectuar infinidad de reparaciones, con la consiguiente pérdida de tiempo, antes de poder cerrar las cámaras herméticamente y de que le ofrecieran seguro refugio.
Hubo cronómetros que no sufrieron daño alguno por la presencia de la niebla blanca, y Jasper los conservó con sumo cuidado y los mantuvo en funcionamiento. Tardó más de dos semanas del tiempo de la Tierra en rehabilitar aquella parte de la nave en la cual había decidido pasar su solitaria existencia. Pasó otras cinco semanas en el largo corredor que partía de la cámara atmosférica, donde construyó una recámara compensadora de presión. Jasper se mantenía siempre alerta, y hasta conectaba una alarma accionada eléctricamente durante las horas de descanso, pero la niebla blanca no volvió durante aquellas semanas de labor. Jasper, empero, estaba preparado. Consideraba que los lanzadores de rayos de radio, que tenía dispuestos, serían eficaces contra aquella niebla blanca. No permitiría que aquella sustancia le tomara desprevenido. Aún se estremecía al recordar que había encontrado la puerta del cuarto de ropa interior reducida a astillas por los intentos y concentrados golpes asestados por la amenaza blanca. Tras los restos de la puerta había encontrado los frágiles huesos de Holman, un íntimo amigo de Jasper en el viaje a Saturno. Jasper había sido más afortunado al elegir el resistente tanque de aire.
Durante los largos meses que transcurrieron, la niebla blanca no volvió a aparecer, y el viejo Jasper Jezzan pasaba su solitaria vida a bordo de la nave a la deriva. Alguna que otra vez, abandonaba la «City of Fomar» en su traje espacial, pero nunca se alejaba demasiado entre los esferoides, a pesar de que dejaba los reflectores de la nave encendidos para que le sirvieran de guía al regresar. Cuando las luces no estaban prendidas, todo era negrura y tristeza en el exterior: ni el menor destello estelar, sólo el espacio repleto de lunas flotantes. Jasper sabía que una vez aquella innumerable legión de cuerpos diminutos habían constituido un satélite de Saturno, que se desintegró. En sus cortas excursiones, siempre llevaba consigo el lanzador de rayos de radio con el fin de usarlo en caso de que el peligro blanco se presentara de nuevo y le atrapase en el exterior de la nave.
En uno de esos viajes, Jasper efectuó un interesante descubrimiento. Mientras descantonaba la superficie de un esferoide, su casco entró en contacto con el cuerpo celeste. Los golpes que descargaba en él, tratando de encontrar algún mineral con suma curiosidad, producían un sonido extraño. Golpeó una y otra vez, y entonces, de pronto, se dio cuenta de que la pequeña luna era hueca. Le hizo una marca y partió en busca de otras. Examinó tres más de los centenares que rodeaban la nave espacial. Dedujo que sólo cabía una posibilidad. Cuando el satélite se desintegró bajo la extraordinaria atracción de Saturno, su interior debía de estar aún en estado de fusión. Las gruesas burbujas que se formaban debieron de haberse enfriado.
Acuciado por la necesidad de hacer algo, Jasper inmediatamente concibió el plan de perforar una de las lunas, y escogió la más grande de las cuatro, una esfera perfecta de unos ocho metros de diámetro. En la «City of Fomar» encontró el equipo de herramientas que le permitirían llevar a cabo su proyecto y puso manos a la obra. Se quedó maravillado al comprobar la densidad y resistencia de aquella sustancia semimetálica, así como el espesor de la burbuja. Tuvo que perforar más de noventa centímetros antes de encontrar el vacío. Pasó varios días agrandando lo suficiente la abertura en el esferoide como para que le permitiera introducir su cuerpo, y luego, cuando logró penetrar en él, no encontró más de lo que había esperado: el esférico contorno interior, algo rugoso y ampollado, reflejaba los rayos de su linterna.
De ésta y de muchas otras maneras, Jasper combatía el espectro de la soledad. Experimentaba con los instrumentos de la nave, efectuando algunas pruebas y reparaciones, hasta llegar por fin al convencimiento de que había determinado la dirección de Saturno. Si la nave hubiera estado en condiciones de navegar, estaba seguro de que habría logrado conducirla fuera del anillo y hacia el espacio libre.
Casi había transcurrido un año desde el día en que se había producido la catástrofe en la nave espacial perdida en el anillo de Saturno, cuando sucedió lo que Jasper estaba esperando presa de un nerviosismo extremo. Las nubes blancas volvieron. La amenaza se acercaba, aparentemente, de todas direcciones, y se dirigía hacia la desmantelada «City of Fomar». Por fortuna, Jasper se encontraba en su interior cuando se produjo el ataque. Percibió una luminiscencia sobrenatural a través de las troneras donde hubiera debido reinar la más absoluta oscuridad, y observó, con el corazón latiendo aceleradamente, cómo las fantasmales hebras se dividían, se fusionaban, retorciéndose en enormes espirales alrededor de la nave a la deriva, hasta que de nuevo todas las troneras quedaron cubiertas.
Con toda celeridad, Jasper se precipitó hacia la torre blindada que él había acondicionado. El lanzador de rayos de radio portátil estaba preparado. Nerviosamente, el anciano empuñó la palanca de control y, oprimiendo el gatillo, lanzó una ráfaga sostenida. No podía comprobar el resultado de su acción porque la tronera estaba velada, pero notó que algo había sucedido, pues se producía un visible desplazamiento de la blanca sustancia, que una y otra vez se tornaba grisácea y más tenue. Cuando se aclaró la tronera, vio que su lanzarrayos estaba realmente abriendo un agujero en la nubosa materia que se posaba sobre ella. Movió el arma en abanico y observó con torva satisfacción cómo cortaba, al igual que una guadaña, la niebla maligna, que retrocedía instintivamente, mientras las partes rasgadas se unían de nuevo y se diluían en la masa. Había algo repulsivo en ello, y Jasper se estremeció violentamente al recordar los huesos ruinosos de sus víctimas.
El lanzarrayos alcanzaba tan sólo una porción insignificante de la amenazante sustancia y no podía actuar más que en una reducida área. De nuevo, Jasper oyó los mismos ruidos alrededor del casco de la nave. El ominoso visitante buscaba una entrada, presionando, apretando y golpeando, tratando de encontrar un punto débil. Jasper corrió hasta su improvisada cámara compensadora de presión y constató con disgusto que la blanca niebla había logrado penetrar en el interior. La puerta externa había sido forzada. El vapor letal se había adueñado de toda la nave a excepción de la parte que Jasper aislara. Éste cogió un lanzarayos que tenía a mano y efectuó una rápida conexión con una ranura cerrada de su lado de la cámara. Había previsto esa emergencia, y estaba preparado. Cuando la conexión quedó herméticamente asegurada, abrió la ranura y soltó una descarga de rayos contra la niebla que se acumulaba rápidamente y amenazaba derribar la compuerta interior. Vio que retrocedía y le embargó una alegría salvaje, mientras aquella sustancia se evaporaba y los mechones intocados huían a toda prisa de la cámara compensadora como alertados mediante algún poder telepático del peligro que corrían. El peligro había desaparecido allí, pero no con la suficiente rapidez, pues Jasper sabía del poder acumulado que la nube podía ejercer sobre la compuerta interior. Ya había sucedido antes.
Algo le advirtió que efectuara un rápido examen de las otras zonas de las cámaras que había aislado, y se alegró de haberlo hecho. Descubrió una nube de la odiosa niebla que exploraba y palpaba el interior de la cámara atmosférica. Una rápida ojeada a un sutil hilo blanco que se filtraba por la junta de una puerta que conducía a otra parte de la nave le mostró a Jasper el conducto de entrada. Destruyó la nube con toda presteza e introdujo una corriente de aire en el conducto utilizado, expeliendo la blanca niebla al someterla a su presión. Luego reforzó con celeridad la junta, que en circunstancias normales jamás hubiera cedido.
Jasper esperaba que la insidiosa sustancia no encontraría el medio de efectuar una entrada en masa, pues sabía que, en ese caso, nunca lograría dominarla con el lanzarrayos. Sería abatido irremisiblemente. Se le puso la carne de gallina sólo de pensarlo. Jasper era valiente y su temple había sido puesto a prueba muchas veces durante su intrépida existencia, pero había maneras de morir mucho más atractivas para Jasper que la de ser asimilado y convertido en parte de la espantosa nube blanca. Regresó hasta su cámara compensadora de presión y descubrió, tal como se temía, que estaba otra vez llena del vapor blanco. Lo disipó y luego regresó prestamente a la cámara atmosférica. Todo estaba en orden. Examinó sin perder un instante los depósitos de provisiones y lanzó un suspiro de alivio. Ninguna entrada había cedido en aquel sitio. Se apresuró a volver a la cámara compensadora para combatir la niebla que se estaba acumulando en ella.
Para Jasper fue una larga y odiosa pesadilla. Esta vez la niebla blanca permaneció durante más tiempo que antes, posiblemente a causa de un acuciante apetito, exasperante y no satisfecho. Sin embargo, Jasper se dio cuenta de que la nube se autosustentaba. Una vez más durante ese lapso, forzó de nuevo la junta de la cámara atmosférica y Jasper tuvo que bregar denodadamente. Sus cronómetros registraron sesenta y dos horas antes de que el extraño habitante del anillo de Saturno se fuera tan misteriosamente como había venido. Hasta entonces, Jasper no pegó un ojo. Luego cayó rendido, pues instintivamente sabía que la nube blanca no regresaría durante un largo tiempo.
3
Renovado por el sueño, Jasper examinó la deteriorada cámara compensadora de presión y en ese instante tomó una importante resolución. Abandonaría la «City of Fomar» con sus numerosas posibilidades de ser invadida por la persistente niebla blanca y se instalaría en el resistente y hueco esferoide en el que había penetrado después de tantas dificultades. Durante los días siguientes, días que sólo registraron sus cronómetros en medio de las inmutables tinieblas del anillo de Saturno, Jasper se afanó con tanta dedicación para llevar a cabo su propósito como había trabajado para aislar la sección de la nave espacial. Provisto de una fuerte compuerta, estaba seguro de que la amenaza blanca jamás podría abrirse camino a través de la corteza metálica de la esfera.
El primer paso consistió en agrandar la abertura que había hecho de acuerdo con las medidas de las salidas de emergencia de la «City of Fomar». Removió dos de esas grandes troneras de la nave. Una de ellas la instaló en la boca exterior del pasadizo que se abría en la gruesa corteza de la esfera, y la otra en la interior. De esta manera, Jasper contó con una cámara compensadora de presión para entrar y salir de su refugio. Luego instaló mamparas y un piso, al cual aplicó la sustancia gravitacional que extrajo de los pisos de la nave espacial. Quedó dividido en cuatro estancias. Dos de ellas constituían su habitáculo. De las otras dos destinó una para almacenar provisiones y la otra para alojar la planta atmosférica y el calefactor que proyectaba trasladar de la nave espacial. En cuanto consiguió realizar la tarea, el viejo Jasper Jezzan se convirtió en un Robinson Crusoe cósmico.
Además de los alimentos, su depósito de provisiones contenía todos los elementos esenciales que pudo sacar de la nave. Para evitar que ésta quedara abandonada a su suerte y se alejara, la amarró al esferoide con un largo cable. Había constatado que se producían distintos desplazamientos entre las lunas, de acuerdo con su tamaño y el de los cuerpos vecinos. Leves influencias gravitacionales producían extraños fenómenos, y él había notado un lento cambio de posiciones en los esferoides vecinos desde el momento de la catástrofe.
Al fin, Jasper dio por terminado su refugio y no lamentó dejar la «City of Fomar» con sus espectrales recuerdos y el constate temor de recibir otra visita de la sustancia blanca. Durante la construcción del refugio, transcurrieron otros ocho meses de su existencia solitaria. Jasper se había hecho a la idea de soportar esa clase de existencia en las profundidades del anillo exterior de Saturno. El hecho de vivir allí no le angustiaba tanto como el pensamiento de morir carente de la compañía de la humanidad: solo y sin nadie que cuidara de él. A veces se preguntaba si algún día, cuando se exploraran y colonizasen las lunas de Saturno, descubrirían su refugio y la abandonada nave. Este descubrimiento podría producirse al cabo de centenares o tal vez miles de años. Jasper era viejo y ya se había encontrado solo en el cosmos en otras ocasiones; sin embargo, nunca había sido un prisionero involuntario de él hasta entonces. Se preguntaba si la nube fantasmal lograría por fin llegar hasta él o si moriría de vejez. En cuanto a los alimentos, contaba con provisiones para vivir por lo menos veinte años más aún, según calculó, y tenía fe en los equipos generadores de calor y aire, así como en su capacidad, como mecánico cósmico, para mantenerlos en perfecto funcionamiento. Las máquinas no eran muy intrincadas, y disponía de los medios para reemplazar las piezas que fuese preciso cambiar. Jasper todavía conservaba una cámara instalada a bordo de la nave espacial. Era el taller mecánico. Trabajaba allí embutido en su traje espacial.
Cuando el refugio del esferoide quedó terminado sintió alivio y experimentó un cierto desencanto; alivio, porque ahora se encontraba más protegido contra el blanco enemigo; desencanto, porque el tiempo de nuevo comenzaba a pesarle como una carga en sus manos. Agradecía los libros, las cintas audiovisuales y los demás medios de educación y entretenimiento que había a bordo de la «City of Fomar», pero todo ello no tardaría en resultarle demasiado familiar y harto conocido.
Jasper ya llevaba más de seis meses viviendo en su nueva morada cuando, durante uno de sus períodos de descanso, le despertó un tremendo topetazo que puso su esferoide en movimiento. Aquella inusual alteración del monótono silencio y la relativa estabilidad del anillo de Saturno hizo que Jasper saliera disparado de la cama. Encendió los poderosos reflectores de la «City of Fomar» mediante el control remoto y, a través de la faz transparente de la tronera exterior de su cámara de compensación, vislumbró un sorprendente espectáculo. Todas las lunas estaban cambiando de posición. Se transmitían el movimiento bajo el efecto de una perturbación no visible. Los esferoides golpeaban a sus compañeros, luego se detenían mientras proseguían la inmutable transmisión de inercia. Su propia esfera se estaba moviendo. Finalmente impulsó con suavidad otro cuerpo celeste. La nave abandonada había sido empujada hasta una posición más cercana, y el cable pendía formando una curva fantástica. Otra luna golpeó el refugio; el súbito impacto le hizo perder el equilibrio a Jasper. Los esferoides que no chocaban directamente con otros continuaban desplazándose; su movimiento cesaba al golpear a otro cuerpo. No había pérdida de movimiento, ni éste disminuía a causa de la gravedad: pasaba de una esfera a otra. Jasper comprendió que esos contactos continuaban en el mismo sentido y en distintas tangentes a lo largo de todo el anillo. No se explicaba qué fuerza había puesto los esferoides en movimiento. Quizás un enjambre de meteoritos había rozado el anillo. Jasper se quedó observando hasta que la zona recobró la inmovilidad, y no se acostó de nuevo hasta que todo permaneció silencioso y tranquilo.
Cuando se despertó y miró al exterior, lo que vio le heló la sangre. Una niebla nubosa oscurecía la tronera de entrada al refugio. Con los lanzarrayos de radio instalados en el exterior, dispuestos de manera de obtener un fuego cruzado, y accionados desde el interior, Jasper eliminó la que obstruía su visión. La nave estaba cubierta de un manto níveo dotado de vida: se hinchaba y se retorcía como una ola. Jasper sabía que aquel manto no era más que la fuerza de apoyo de la densa sustancia que había penetrado sin encontrar resistencia en el interior de la «City of Fomar» y exploraba ávidamente todos los recovecos de la nave, asimilando cualquier cosa de origen orgánico que tocaba. Incluso el cable que amarraba la nave al refugio de Jasper estaba completamente cubierto de una espesa capa de la extraña sustancia.
Jasper experimentaba una intensa sensación de seguridad. Ya no temía a la niebla blanca. Sentía curiosidad. Se preguntaba si había alguna relación entre el retorno de la blanca sustancia y la reciente agitación de los esferoides. ¿Acaso aquellas nubes malignas habían provocado la conmoción, o bien ésta había despertado y estimulado la niebla? Jasper no se explicaba dónde se refugiaba la niebla ni en qué hacía cuando no asediaba la nave y su refugio. Decidió experimentar con ella.
En las profundidades del anillo, Jasper creó una perturbación artificial. A bordo de la «City of Fomar» había explosivos, y él colocó seis cargas en la superficie de otras tantas lunas situadas a prudente distancia de su refugio. Desde su esfera las hizo estallar mediante impulsos de radio. Los esferoides se desplazaron súbitamente de su centro común y transmitieron su movimiento a sus vecinos más cercanos, ad infinitum.
Jasper esperó pacientemente. Había armado una trampa para atrapar una porción de la niebla blanca. Se proponía analizarla cuando volviera, si es que volvía. Esperó durante horas, pero no vio señal alguna del terror blanco que residía en los desconocidos ámbitos del anillo. Cuando ya comenzaba a pensar que se había equivocado, el corazón le dio un salto al ver de pronto las sutiles y blancas hebras que se retorcían cual humo luminoso en torno de los esferoides más cercanos.
De nuevo se concentró alrededor de la nave y recorrió su interior, arracimándose también, de manera instintiva, en torno al refugio, como si mediante un sutil sentido o intuición supiera que contenía un raro ser en su seno. Jasper, al igual que en las visitas anteriores, experimentó sus extraños efectos en su organismo. Le causaba desazón. Parecía ejercer una irritante influencia en su cuerpo, en grado menor que los poderosos efectos que había causado en el equipo eléctrico de la «City of Fomar» durante su visita inicial. La niebla permaneció durante el lapso habitual y luego desapareció.
Cuando Jasper estuvo seguro de que se había alejado totalmente, se puso el traje espacial y efectuó un rápido viaje hasta la nave. Lleno de impaciencia, su espíritu se animó ebrio de triunfo al constatar que la trampa había funcionado, encerrando automáticamente en su interior una pequeña porción de la blanca niebla. Contempló la inerte sustancia a través de la faz transparente de la caja herméticamente cerrada. Con ella en su poder, regresó prestamente al refugio.
Durante los días siguientes experimentó más interés del que había sentido nunca desde el momento en que quedó allí abandonado, casi tres años antes. Estudió la extraña materia y efectuó experimentos con ella. Estaba viva. Ninguna ciencia terrestre había conocido nada que se le pareciera. De ello, Jasper estaba seguro. La mantuvo siempre dentro de algún recipiente, trasvasándola de uno a otro receptáculo. Por tratarse de un vapor, poseía un peso sorprendente. Jasper en ningún momento dejó que le tocara, aunque sabía que el metal era impenetrable para aquella sustancia. A veces, se tornaba casi sólida; a menudo, como un líquido en estado de inactividad, se acumulaba en un rincón de la caja metálica. Jasper comprobó que raras veces adquiría la forma gaseosa, el estado en que siempre la había visto antes. Ello se le hizo más comprensible cuando agitaba la caja o agitaba la sustancia por otros medios y entonces la veía tornarse gaseosa. Asumía la forma de vapor cuando era excitada y activada violentamente. En estado líquido, era reposada; en estado sólido, inactiva. Descubrió que era altamente radiactiva.
Poseía otras extrañas propiedades que Jasper no podía comprobar por carecer de los medios adecuados y la preparación especializada requerida. La alimentaba con trozos de cuero, de lana y partículas de comida, todo lo cual era absorbido por la niebla blanca. Debido a esa alimentación, la nubecita aumentó de volumen. Jasper se estremeció al pensar en lo que podría suceder si aquella sustancia radiactiva llegara a extenderse por la Tierra o uno de sus planetas hermanos. Sin embargo, había un medio de destruirla. Los rayos de radio eran muy efectivos. El frío extremo era el ambiente natural de la niebla blanca; no obstante, se requería un alto grado de calor, casi al punto de ebullición del agua, para destruirla. Como era de suponer, el calor la dilataba.
Los pensamientos de Jasper recorrían los canales de la teoría científica. ¿Qué era aquella extraña vida? ¿Había nacido en el anillo de Saturno, o procedía de algún lejano rincón del universo? Probablemente era sempiterna e inmortal como los esferoides del anillo de Saturno o como Saturno mismo. ¿Acaso había habido vida en el satélite de Saturno antes de desintegrarse? ¿Acaso aquella niebla lechosa, que poseía existencia propia y se subdividía y fusionaba a voluntad, constituía la última etapa en la evolución de la vida en aquel satélite del pasado? Jasper no cesaba de pensar, sin embargo éstas eran las únicas teorías que podía discurrir, las cuales no eran más fantásticas que la materia viviente que le desafiaba y provocaba la elaboración de esas sesudas posibilidades.
Mantuvo la blanca niebla cuidadosamente confinada y, poco a poco, fue perdiendo interés por ella. Conocía todo cuanto le era posible saber sobre aquella sustancia.
4
El tiempo transcurría cada vez con más lentitud. Jasper agotaba rápidamente los temas y motivos que podían despertar su interés. Y llegó al punto en que poco le importaba lo que pudiera sucederle en lo futuro. Se arriesgaba más que nunca, vagando cada vez más lejos, protegido por su traje espacial, entre los esferoides. Se sorprendió al descubrir que había desarrollado como un instinto para orientarse en el anillo de Saturno, y en dos ocasiones se atrevió a poner a prueba su capacidad, penetrando profundamente en las tinieblas que rodeaban a los esferoides hasta más allá de donde alcanzaban los débiles rayos de los reflectores de la nave. Contaba con la única iluminación que le proporcionaban las linternas de su traje espacial. Las dos veces retornó sin desviarse de su ruta y sin un instante de vacilación. Había llegado a un punto en que otorgaba muy poco valor a su vida. Incluso la posibilidad de un encuentro con la niebla blanca entre las lunas no le causaba temor alguno. Lo que más anhelaba era escuchar el sonido real de una voz humana y más que eso la proximidad y relación con la humanidad. La soledad en el anillo era terrible. Si tan sólo se hubiera encontrado en el espacio sideral, habría podido soportarlo mejor. Entonces habría podido ver las estrellas, las mismas constelaciones cuya perspectiva no debía de diferir de manera notable desde la órbita de Saturno, que desde la de los demás planetas más cercanos al Sol. Él había conocido la soledad de los espacios cósmicos, pero siempre había gozado de la compañía de las resplandecientes estrellas en aquellas pasadas ocasiones. En el anillo de Saturno, era como estar enterrado bajo innumerables lápidas enormes, en la oscuridad de una inmensa tumba, en la cual le estaba permitido deambular.
Llegó a sentirse acompañado entre los mudos restos de los huesos calcinados de sus camaradas muertos, a bordo de la «City of Fomar», y se dio cuenta de que ansiaba unirse a ellos. Ese deseo se convirtió en una obsesión enfermiza, que Jasper se apresuró a alejar de su mente antes de que se agravara. Se encogió de hombros e hizo acopio de valor para enfrentar los acontecimientos y seguir viviendo. Mientras su mente conservara el equilibrio y le quedase un ápice de cordura, estaba seguro de que no desfallecería.
El malhumor de Jasper, sin embargo, se fue acentuando. Llegó a alterar la paz de su sueño. Una noche, finalmente, no durmió en absoluto. La noche para Jasper era tan sólo el período de descanso de una estudiada ordenación terrestre. Cada vez que apagaba las luces era de noche. En esta ocasión, empero, permaneció despierto todo el tiempo. Una desazón se posesionó de él; se trataba de una sensación conocida, tan conocida que le obligó a escrutar las tinieblas en busca de alguna señal de la amenaza blanca. Pero ésta no se cernía sobre él, a menos que acechara escondida tras las lunas cercanas, y Jasper sabía que eso no cabía en su manera de comportarse. Sus nervios y su imaginación le estaban traicionando.
Sin embargo, un espantoso descubrimiento realizado durante las siguientes horas de vela le reveló la causa de su inquietud. Sus nervios y su imaginación no le habían traicionado. La blanca niebla estaba cerca, pero no en las proximidades de su refugio donde él la había buscado. Cuando fue al depósito de provisiones, se encontró con una enorme nube gris, que extendía el vaporoso pedúnculo hacia él. Los sobreexcitados nervios de Jasper estallaron ante el maligno descubrimiento. Salió corriendo del depósito de provisiones y aseguró la puerta de acero, obsesionado por la horrible visión de la niebla blanca invadiendo la seguridad de su refugio. El roto receptáculo donde había mantenido encerrada la muestra de vida radiactiva y los envases de comida aplastados y desparramados por el suelo contaban una muda y horrible historia. Aquella pequeña porción de vida había logrado fugarse, y luego devoró sus reservas de alimentos, asimilándolos, hasta adquirir aquellas peligrosas dimensiones. Había más sustancia radiactiva de la que él consideraba posible eliminar con un lanzarrayos de radio. Sólo lo intentaría como último recurso.
Logró dominarse. Debía deshacerse de aquella nube blanca. Decidió intentarlo, expulsando aquella sustancia del esferoide hacia el espacio, permaneciendo preparado con uno de los más poderosos lanzarrayos para el caso de que le fracasara el plan. Rechazó la idea de utilizar el lanzador de rayos dentro del refugio a menos que fuese necesario, pues su uso en la cámara compensadora de presión en la nave espacial había sido tan destructor como la niebla blanca.
Se puso el traje espacial, desconectó los generadores de aire y calor del refugio y procedió a abrir las dos compuertas de la cámara compensadora. Luego abrió la puerta que conducía al depósito de provisiones y esperó, de espaldas contra el rincón más alejado, con el lanzarrayos de radio preparado. El indeseable inquilino no apareció. Jasper lanzó una cauta mirada al interior y le vio suspendido sobre las cajas desparramadas de sus saqueadas provisiones alimentarias. Las latas aparecían aplastadas con restos del contenido que rezumaba. Jasper disparó una débil carga contra la masa gris. Ésta se agitó, se expandió, se elevó abandonando los objetos de su voracidad y envió serpentinas hebras exploradoras en busca de la fuente del azote agostador. Un glóbulo de la maligna sustancia se precipitó hacia la puerta, y Jasper retrocedió precipitadamente, con el lanzarrayos dispuesto. Desde el muro opuesto, observó cómo el fragmento de nube explorador se detenía en el umbral y lo examinaba con total independencia de la masa principal, que no emergió. Mientras miraba, Jasper vio aparecer más y más sustancia del depósito, hasta que comprendió que se había fusionado enteramente una vez más. Penetró en su habitáculo con indolencia, como en plan de reconocimiento. De espaldas al muro, Jasper esperaba que se acercara a la abertura invitadora de la cámara de presión y recuperara la libertad a que estaba acostumbrada en el espacio. Pero también estaba preparado, por si avanzaba hacia él.
Jasper permanecía horrorizado y atento a los caprichos de la nube. Deseaba que se dirigiera al abierto pasadizo y se deslizase hacia el espacio. La vio moverse a lo largo del muro más cercano a la cámara de presión. Jasper volvió la vista hacia la puerta del depósito, donde flotaba indecisa una pequeña porción de la nube. Observó con atención la rezagada partícula. Cuando volvió a mirar la cámara de presión, su corazón latió con más fuerza, esperanzado. Una blanca hebra fluía a través de la abertura. Una porción avanzada de la nube había descubierto la salida. En más de una ocasión, Jasper se había preguntado qué clase de señales telepáticas debía de transmitir la materia fragmentada. Él creía que el resto de la nube gris sería advertida de aquella retirada hacia el espacio y que se uniría a la vanguardia de exploración. Aquella porción que permanecía en el umbral del depósito se había fusionado con la masa principal.
De pronto le llamó la atención una desconcertante diferencia que percibió. La niebla que permanecía en la cámara de presión poseía su habitual blanco intenso que él conocía. La nube que se movía por la pared de la puerta del depósito era gris. Un incipiente horror se apoderó de él al comprender con estupor lo que sucedía, y el creciente aumento de volumen de la sustancia blanca en la cámara justificaba sus peores temores. Ésta no formaba parte de la nube gris del depósito. ¡ Estaba introduciéndose en el refugio procedente del espacio y no saliendo de él! ¡El peligro blanco había vuelto! La nube gris del depósito, por algún misterioso medio de comunicación, había convocado a los fragmentos afines diseminados entre los esferoides del anillo... y la legión de la muerte había respondido.
Jasper se precipitó vacilando a la cámara compensadora de presión y trató de cerrarla ante las fuerzas destructoras que le amenazaban. Correspondiendo a estos rápidos movimientos de su parte, se produjo una intensa agitación en la niebla procedente del exterior, la cual se hinchaba y penetraba tan rápidamente que el lanzarrayos de Jasper, puesto en funcionamiento prestamente, no podía contenerla ni destruirla con la suficiente celeridad y en la cantidad necesaria como para que él pudiera llegar a cerrar las compuertas de la cámara de presión. Un muro blanco se expandió, descargando un poderoso golpe que lanzó a Jasper al otro lado de la estancia. La blanca niebla se le acercó con más lentitud mientras él se incorporaba y apretaba el gatillo del lanzarrayos, con la espalda apoyada en la pared.
Blancas lenguas letales saltaban hacia delante y le tocaban, provocando un frenesí de horror paralizante cada vez que el blanco gas rozaba tan sólo su traje espacial. Las radiaciones de radio desintegraban y destruían los blancos pedúnculos mientras la masa principal avanzaba demoledoramente. Bañado en sudor, y exhausto, Jasper se debatía frenéticamente librando su batalla perdida. El delirio obnubilaba en parte su razón, pero de ninguna manera alteraba su eficiencia. Jasper blandía el lanzarrayos como un demonio demente en los abismos del infierno. Las radiaciones taladraban agujeros en la nube compacta y la rasgaba en tiras, pero en seguida se llenaba de nuevo. Los electrizantes contactos se hacían cada vez más frecuentes. A Jasper los brazos le pesaban como si fuesen de plomo. Sintió que se le debilitaban los sentidos y trató de resistir desesperadamente. Había momentos en que su visión se oscurecía, y la nube blanca parecía tornarse roja. De pronto le flaquearon las rodillas y se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el suelo, mientras el lanzarrayos oscilaba más lentamente. La nube blanca se precipitó hacia donde había estado su cabeza instantes antes. El aliento entrecortado de Jasper silbaba como un escape de vapor dentro del casco del traje espacial.
Jasper no comprendía por qué la blanca niebla no acababa con él. Sus esfuerzos se volvían menos furiosos. Sus movimientos se tornaban mecánicos. Se sentía demasiado débil como para poder resistir mucho tiempo más. Comprendía lo que eso significaba, pero hasta su fuerza de voluntad clamaba por un descanso, un largo e infinito reposo. La niebla blanca parecía estar esfumándose. Estaba retrocediendo. Jasper pudo distinguir los objetos de su habitáculo. Vio cómo la blanca niebla se precipitaba rápidamente por la cámara de presión, y se quedó vagamente sorprendido. Su mente quedó en blanco y las fuerzas abandonaron su exhausto cuerpo. El lanzarrayos se desprendió de sus dedos inertes, su energía letal se extinguió al cesar la presión sobre el gatillo.
Jasper nunca supo cuánto tiempo permaneció tendido bajo la sola protección de su traje espacial, fácil presa en el caso de regresar la niebla blanca. El frío glacial del espacio había invadido el refugio. Las luces aún estaban prendidas. Tanto la compuerta exterior como la interior de la cámara de presión permanecían abiertas. Al recobrar el sentido, Jasper miró a su alrededor. Se levantó y se dirigió trastabillando hasta el umbral de la puerta del depósito. Echó una mirada al interior. La amenaza blanca había desaparecido completamente. Sin embargo, eran muy escasas las provisiones que quedaban. La muerte por inanición era inevitable. A pesar de todo, Jasper se sentía contento. Prefería morir de cualquier otra manera. Con lentitud, deambuló por el refugio en su traje espacial efectuando reparaciones provisionales.
No cesaba de preguntarse por qué la niebla blanca había abandonado el refugio y sus alrededores de manera tan súbita, pero había muchos misterios inexplicables respecto de la extraña sustancia que escapaban a su comprensión.
De pronto suspendió su tarea de soldar y fundir. Unas luces brillaron en el exterior de su refugio. Él no había conectado los reflectores de la nave abandonada, y no comprendía qué podía haberlos encendido. Miró a través de la doble compuerta de la cámara de presión. Otra nave espacial se desplazaba al costado de la «City of Fomar». Indescriptibles emociones dominaban a Jasper mientras penetraba temblando en su cámara compensadora de presión y cerraba la compuerta interior. Una explicación al extraño comportamiento de la niebla blanca cruzó velozmente por su mente. Cuando aquella nave desconocida entró en el anillo, se produjo una perturbación de mayor envergadura. La niebla blanca se había despertado y descendido hacia la nave abandonada y el refugio... y se alejó al aproximarse la nave espacial con el fin de atacar lo que ejercía una mayor atracción. Jasper comprobó, sin embargo, que ninguna clase de niebla acompañaba a la nave desconocida.
Bregó torpemente con la puerta exterior y la abrió. Dándose impulso con sus pies, atravesó con celeridad el vacío que le separaba del costado de la nave espacial. Encontró la compuerta externa de la cámara compensadora de presión atractivamente abierta. Un chorro de aire era inyectado al compartimiento donde él entró. Rostros, seres humanos, le contemplaban con simpatía y estupefacción. Se abrió la compuerta interior, y un hombre le ayudó a sacarse el casco espacial que pesaba sobre sus desgreñados cabellos grises. Jasper Jezzan contemplaba ávidamente los rostros de los hombres agrupados en torno de él, demasiado sobrecogidos momentáneamente para poder hablar. Con lágrimas que se deslizaban por sus mejillas, al fin logró encontrar su voz.
- ¡Gente! - exclamó, trémulamente -. ¡Seres humanos! ¡Seres de carne y hueso al fin!