KorimbaDonate

Robots  ROMs  Stories  Books

AuthorsStories

raphael aloysius lafferty

crisólito entero y perfecto (es)

Save as PDF
El Creyente verdadero navegaba rumbo al este bordeando la costa a los quince grados de latitud norte y veinticuatro grados de longitud este. Al norte del barco estaba la bella Costa del Cinamomo de Libia, con sus maravillosas playas y espléndidos hoteles pardos en la distancia. Al este, al sur y al oeste estaban las olas de cresta blanca que rodaban sin cesar. El Creyente verdadero navegaba en el confín más meridional del ecúmeno, el mundo habitable y habitado.
August Schackleton bebía Bomba Romana de una botella panzona y aullaba de felicidad mientras hacia girar el timón del Creyente verdadero.
—Es cosa de niños —gritó—, pero nunca hubo aguas más bellas donde hacerlo. Tratamos de invocar espíritus exteriores. Tratamos de convocar espíritus interiores y tierras. Es una extravagancia infantil. ¿Por qué lo hacemos, Boyle, sino por divertirnos?
—¿Tiene que haber otra razón, Shackleton? Bien, la hay, pero encaramos el asunto torpemente y sin saber lo que hacemos. El problema de los humanos (algo que aparentemente nadie desea advertir) es que somos una especie que nunca ha tenido una cultura adulta. Sentimos esa carencia cada vez más, a medida que nos volvemos verdaderamente adultos en otros sentidos. Estirar la infancia eternamente se vuelve tedioso. Las diversiones fáciles, la racionalidad fácil, los gobiernos y ciencias fáciles son en verdad cosas pueriles. Las dominamos mientras aún somos niños, y miramos más allá. No hay nada más allá de la puerilidad, Shackleton. De algún modo debemos encontrar una visión más profunda. Ese algo más profundo es lo que buscamos aquí.
—¿Cómo? ¿Lanzándonos a una travesura que es infantil aún para los niños, Boyle? Sentí vergüenza ante mis hijos cuando confesé en qué me divertiría. Primero estaban esas sesiones espiritistas. Si allí invocamos a algunos espíritus, por cierto eran espíritus pueriles. Y ahora este viaje en el Creyente verdadero. ¡Estamos buscando el origen geográfico de ciertas imágenes colectivas inconscientes! ¡Es natural que los niños se burlen de nosotros! En fin, no nos avergoncemos demasiado. Es un entretenimiento colorido y estimulante, pero no adulto.
Los otros cuatro integrantes del grupo, Sebastian Linter y las tres esposas, Justina Shackleton, Luna Boyle y Mintgreen Linter, nadaban en el océano azul. El Creyente verdadero navegaba muy despacio y los cuatro nadadores estaban atados a cabos de los aparejos.
—¡Hay algo raro en el agua! —le dijo de pronto Justina Shackleton al esposo—. Hay algas en ella, y no debería haberlas. Hay cañas en ella, y hierbas de pantano. Hay lodo. ¡Y hay un limo verde!
—Has perdido tu encantadora cabeza, primor —le respondió Shackleton—. Es agua azul y cristalina frente a una costa arenosa. Veo peces a veinte metros de profundidad. Es cristalina.
—¡Te digo que está llena de limo verde! —replicó Justina—. Es tan grueso y denso que casi me arranca de la línea. Y los insectos son tan molestos que debo permanecer sumergida.
Pero estaban frente a la Costa del Cinamomo de Libia. Olían la arena tibia y los jardines irrigados de la costa. Jamás había lodo, limo ni insectos frente a la Costa del Cinamomo. Todo era límpido y brillante como un cristal móvil y viviente.
Sebastian Linter nadaba en el costado del barco que daba al mar. De pronto trepó por las sogas a la cubierta del barco, y sangraba.
—¡Es fangoso, Shackleton! —jadeó—. Está lleno de babosas y es peligroso. Y ese marrano con colmillos pudo haberme matado. ¡Sácalas a todas del agua!
—Linter, puedes ver con tus propios ojos que es límpida por todas partes. Límpida, y profunda, y serena.
—Claro que veo que es así, Shackleton. Sólo que no es así. Lo que estamos buscando ya ha empezado. La ilusión ya ha afectado a todos los sentidos excepto la vista. ¡Reacciona, Shackleton! ¡Sácalas del agua! Las serpientes o los cocodrilos las atacarán; las alimañas que retozan en el fango las atacarán; y si tratan de llegar a la costa, las fieras saltarán sobre ellas y las harán pedazos.
—Linter, estamos a dos mil metros de la costa y todo es límpido. Pero tú estás perturbado. Yo también. El barco acaba de encallar, y aquí hay cincuenta metros. ¡De acuerdo! ¡Ordeno a todas que salgan del agua excepto a mi esposa! A ella le pido que salga. Soy incapaz de ordenarle nada.
Las otras dos mujeres, Luna Boyle y Mintgreen Linter, salieron del agua. Y Justina Shackleton no.
—En un rato, August, saldré en un rato —dijo Justina—. Estoy en medio de un enigma y quiero estudiarlo un poco más. August, ¿una alucinación puede partirte en dos? Por cierto lo está intentando.
—No lo sé, primor —le respondió dubitativamente August Shackleton.
Luna Boyle y Mintgreen Linter habían salido del agua trepando por las cuerdas. Luna estaba cubierta de limo verde y sangraba por varios lados. Mintgreen estaba cubierta de algas y fango, y tenía los pies y las manos lacerados. Y brincaba de dolor.
—¿Tienes el pie roto, querida? —preguntó solícitamente Sebastian Linter—. Pero desde luego es una ilusión.
—Tengo la clara ilusión de que me rompí el pie —moqueó Mintgreen—, y tengo la ilusión de que me duele mucho. ¡Pez-grasa sangrante, ojalá fuera real! No podría dolerme tanto.
—¡Oh, sensiblería elefantina! —rugió Boyle—. Estas ilusiones son descabelladas. No puede haber tales criaturas pululando a nuestro alrededor. No estamos experimentando nada.
—Pues sí, Boyle —dijo Shackleton nervioso—. Y tu expresión es curiosa en estas circunstancias. Pues el elefante fue histórico en la India que existe, fue fantástico en la India de más allá que es fantástica, y es aún más extravagante en su avatar africano. En un instante trataremos de invocar el elefante africano, que tiene el doble de masa que el elefante hindú histórico. Ahora el barco cruje terriblemente y hasta podría partirse si esto continúa, pero los naipes no indican contacto físico. De acuerdo, los cinco que estamos en cubierta juntaremos las cabezas para esto. ¡Danos también tu cabeza, Justina!
—Tómala, toma mi cabeza. De cualquier modo estoy por dejarle mi cuerpo a este tragón de fauces abiertas. ¡August, esto es real! No me digas que imagino este olor.
—Todos trataremos de imaginar ese olor, y otras cosas —afirmó August Shackleton mientras descorchaba otra botella de Bomba Romana. En el mundo visible aún estaba la Costa del Cinamomo de Libia, y los océanos azules que se extendían sin cesar. Pero en otro mundo visible, que no guardaba ninguna relación con el primero y ocupaba un espacio absolutamente diferente (aunque ambos ocupaban espacio total) estaban los verdes pantanos de África, las costas con juncos que a veces se prolongaban en junglas y a veces en sabanas, contra un horizonte de montañas lunares, el aire a veces turbio de niebla y a veces claro con una luz abrasadora, los cincuenta niveles de ruidos, los cien niveles de color.
—El ámbito está bastante completo aun antes que empecemos —ronroneó Shackleton. Algunos de ellos bebían Bomba Romana y otros Canario Verde mientras se preparaban para la aventura psíquica.
—Nosotros iniciamos la invocación —dijo Shackleton—, y la invocación se inicia con palabras. Nuestro pequeño grupo ha participado en varias clases de investigación, tontas tal vez, para descubrir si hay (o, más importante aún, para tener la certeza de que no hay) áreas y criaturas físicas más allá del ecúmeno cerrado. Hemos tenido experiencias alucinantes, hemos celebrado sesiones espiritistas. Estas sesiones fueron especialmente grotescas, y creo que a todos nos causaban inquietud y culpabilidad. Nuestra Fe nos prohíbe invocar espíritus. Pero ¿dónde nos prohíbe invocar geografías?
—¡Olviden un poco las invocaciones! —chilló Justina desde el agua—. El tragón acaba de morderme el tobillo izquierdo. Espero que no le guste mi sabor.
—Durante siglos ha sido un misterio —dijo August (un poco alterado por el vulgar exabrupto de su esposa)— que del inconsciente de la gente surgieron ideas sobre continentes que no están en el mundo, continentes con una flora y una fauna muy imaginarias, continentes con gente muy imaginaria. Es otro misterio que estos continentes e islas psíquicos contaran con algún crédito, y que personas aparentemente cuerdas hayan declarado que los visitaron. El misterio más hondo es África. África, en tiempos de los romanos, era una subdivisión de Mauritania, que era una subdivisión de Libia, una de las tres partes del mundo. Y sin embargo toda la costa de Libia ha sido registrada correctamente en los mapas durante tres mil años, y no hay ninguna África más allá, ni junta ni separada. Demostramos que esa noción es descabellada navegando en un océano límpido en medio de ese presunto continente.
—Más aún, demostramos que esa noción es descabellada encallando en un pantano en medio de ese continente imaginario y viendo que el continente empieza a formarse alrededor —dijo Boyle. Y el Canario Verde le sabía raro. En el aire había una acidez chillona, y algo escalofriantemente extraño en el sabor del licor.
—Esto parece algo imaginado por Carlo Forte —rió Linter.
—El ámbito continental se forma alrededor de nosotros —dijo Shackleton—. Ahora invocaremos las criaturas. Primero invoquemos a los animales grandes, el rinoceronte, el león, el leopardo, el elefante, que tienen todos congéneres asiáticos; pero los de esta África contingente tendrán la mitad o el doble del tamaño, y serán incomparablemente feroces.
—Los invocamos, los invocamos —salmodiaron todos, y las criaturas invocadas se manifestaron borrosamente.
—Invocamos el hipopótamo, el behemot acuático, con esa mole enorme y cómica, con ese hocico de pala y esos ojos saltones como bolas grandes...
—¡Basta, August! —chilló Justina Shackleton desde el agua—. No sé si el hipopótamo es travieso o no, pero en cualquier momento me aplastará.
—¡Sal del agua, Justina! —ordenó August con severidad.
—No saldré. No queda ningún barco adonde subir. Todos ustedes están sentados en un enorme árbol caído y resbaloso sobre el agua, y tienen a los tragones de fauces largas y las boas muy cerca de las piernas y el cuello.
—Sí, supongo que sí, si uno lo mira de ese modo —dijo August—. Ahora que todos invoquen a los animales concebidos con humor macabro, la jirafa cuyo cuello solo es más largo que un caballo, y la cebra que es un caballo con traje de payaso.
—Los invocamos, los invocamos —salmodiaron todos.
—La cebra no es tan graciosa como yo la imaginaba —se quejó Boyle—. Nada es tan gracioso como yo imaginaba.
—Invoquemos la gran serpiente que pesa mil veces más que otras serpientes y puede engullir un asno salvaje —incitó Shackleton.
—La invocamos, la invocamos —salmodiaron todos.
—August, la tienes encima de la cabeza, bajando de esa mimosa gigante —chilló Justina desde el pantano—. Hay diez metros de serpiente acechándote.
—Invoquemos el cocodrilo —canturreó Shackleton—. No el pequeño cocodrilo del río de Egipto, sino el gran cocodrilo del corazón del África, capaz de engullir una vaca.
—Lo invocamos, lo imaginamos, lo llamamos a él y los pantanos y estuarios donde vive —salmodiaron todos.
—Calma con ése —chilló Justina—. Me ha estado devorando a pequeñas dentelladas. Ahora me está devorando a grandes dentelladas.
—Invoquemos el avestruz —canturreó Shackleton—, el pájaro que pesa mil veces más que otros pájaros, que tiene un metro de altura más que el hombre, que patea como una mula, el pájaro que es demasiado pesado para volar. Me pregunto qué delirio inventó una fauna salvaje como la africana.
—Lo invocamos, lo invocamos —salmodiaron todos.
—Invoquemos el gran mono que camina, que pesa tres veces más que el hombre —canturreó August—. Invoquemos uno un poco más pequeño, con dos tercios del tamaño humano, que sonríe y farfulla y entiende el habla, que podría hablar si lo deseara.
—Los invocamos, los invocamos.
—Invoquemos el tercero de los grandes monos, que tiene cara perruna y trasero rojo.
—Lo invocamos, lo invocamos, pero su lugar son las historietas.
—Invoquemos al monstruo benigno, el okapi, que está hecho con partes del antílope y el camello y la jirafa contingente, y que también usa un traje rayado de payaso.
—Lo invocamos, lo invocamos.
—Invoquemos los multitudinarios antílopes, el kudú, el nyala, el hartebeest, el órix, el bongo, el klipspringer, el gemsbok, todos tan inapropiados para una zona cálida, todos tan grotescas imitaciones del pequeño antílope alpino.
—Los invocamos, los invocamos.
—Invoquemos el búfalo que es más grande que todos los demás búfalos y bovinos, que tiene cuernos anchos como un escudo. Invoquemos el cuaga, cuya presunta apariencia no recuerdo, pero que sin duda no es vulgar.
—Los invocamos, los invocamos.
—¡Llegamos a la cúspide! Invoquemos el grupo más antropomórfico de todo el inconsciente: hombres en verdad, que son negros como la medianoche en un bosquecillo de castaños, que tienen tobillos y metatarsos y piernas ágiles para poder correr y brincar extraordinariamente, que tienen pelo crespo y físico corpulento. Invoquemos a otra variedad que tiene la mitad de la estatura de los hombres. Invoquemos a una tercera especie que es baja de estatura y tiene caderas enormes.
—Los invocamos, los invocamos —salmodiaron todos—. Todos son caricaturas desde el principio.
—Pero, ¿pueden todos estos animales aparecer al mismo tiempo? —protestó Boyle—. Aun en un continente contingente extraído del inconsciente de las personas habría variedad en el clima y la topografía. No todas estarían juntas.
—Esto es rapsodia, esto es panorama, esto es África —dijo Luna Boyle.
Y estaban en pleno corazón de África, en el tronco resbaloso de un árbol partido que flotaba sobre un pantano verde. Y los animales estaban alrededor de ellos en la jungla y las sabanas, en la costa, y en el pantano verde. Y había un hombre negro como la medianoche, la cara transida de emoción.
Justina Shackleton soltó un chillido enorme cuando el cocodrilo la partió en dos. Aún chillaba desde adentro de la bestia voraz, como uno chillaría bajo el agua.
El Ecúmeno, el mundo isla, tiene forma de huevo, 110 grados de Este a Oeste y 45 grados de Norte a Sur. Está dividido en tres partes, Europa, Asia y Libia. Está dividido por el mar penetrante, Europa de Asia por los Mares Ponto e Hircanio, Asia de Libia por el Mar Pérsico, y Libia de Europa por el Tirreno y el Jónico (el Complejo Mediterráneo). El lugar más occidental del mundo es La Coruña en Iberia o España, el más septentrional es Jarkovsk en Escitia o Rusia, el más oriental es Sining en Han o China, y el mas meridional es la Costa del Cinamomo de Libia.
El primer mapa del mundo, preparado por Eratóstenes, era así; y era perfecto. Ya proviniera de una revelación primitiva o de una exploración temprana, era correcto excepto en detalles menores. Aunque la Gran Bretaña parece haber sido registrada como una isla y no como una península, esto podría ser el error de un copista antiguo. Una Gran Bretaña no unida al continente se agostaría, tal como una rama arrancada del árbol se agosta y muere. Las islas no sobreviven.
Todas las islas se esfuman, viajan a la deriva y desaparecen. A veces reaparecen por poco tiempo, pero no hay vida en ellas. El jugo de la vida sólo fluye por el continente. Es la ÚNICA TIERRA, LA TIERRA VIVIENTE Y SAGRADA, LA JOYA ENTERA Y PERFECTA.
Así, a veces se ve Irlanda, o el Alto Brasil, o las tierras rocosas americanas; pero no siempre se ven en los mismos lugares, y no siempre tienen la misma apariencia. No tienen vida ni realidad.
Las geografías e historias secretas de la Sociedad Americana y la Sociedad Atlántida y otros grupos son objetos arcanos, simbólicos y farragosos, formas para el iniciado; contienen analogías, no realidades.
El ecúmeno debe crecer, desde luego, pero crece hacia adentro en intensidad y significación; su forma no puede cambiar. La forma está determinada desde el principio, tal como la forma del hombre está determinada antes que él nazca. Un hombre no crece mediante el agregado de más extremidades o cabezas. Que al ecúmeno le crecieran apéndices sería tan grotesco como si al hombre le creciera una cola.
Diógenes Pontífex,
El mundo como perfección
August Shackleton rió nerviosamente cuando su esposa fue partida en dos y una mitad fue engullida por el cocodrilo; y la mano con que sostenía el Bomba Romana tembló. En verdad, el espectáculo tenía algo de inquietante. Ese chillido entrecortado de Justina Shackleton era alarmante y desagradable.
Una vez Justina se había puesto histérica en una sesión espiritista cuando los fantasmas y aparecidos eran más o menos convencionales, pero August nunca estaba seguro de la sinceridad de esa histeria. En otra ocasión había desaparecido varios días después de una sesión, de un cuarto cerrado con llave, y había vuelto con una historia extravagante sobre su viaje a la tierra de los espíritus. Ella era el colmo de la exageración y lo payasesco, y eso de aparecer tronchada en dos era típico de sus creaciones.
Y de pronto todos fueron explosivamente creativos, y los patrones subjetivos de cada uno se mezclaron con los demás para producir un caos aullante. Lo que había sido la nave Creyente verdadero, lo que había sido el tronco resbaladizo y flotante, ahora se había sumergido peligrosamente en el pantano. Todos querían mirar de cerca.
Había chillidos y trompetazos, había colores y efusiones y zarandeos. El cocodrilo bramaba como un toro, no como Shackleton creía que debía sonar un cocodrilo. Pero alguien tenía la idea de que un cocodrilo debía bramar así, y ese alguien había impuesto su ideación a los demás. Criaturas no equinas relinchaban, y animales enérgicos lloriqueaban y moqueaban.
—¡Regresad, regresad! —aullaba el hombre negro—. Aquí moriréis todos.
Su rostro era una verdadera máscara negra de la Noche de Carnaval: un miembro del grupo daba rienda suelta a las formas más estereotipadas de su imaginación. Pero lo incongruente del hombre negro era que les farfullaba en francés, un mal francés, como si fuera una segunda lengua que no dominaba. ¿Quién de ellos tenía conocimientos lingüísticos como para inventar un francés negro al instante? Luna Boyle, desde luego, pero ¿por qué había puesto un francés grotesco en labios de un negro del África contingente?
—Regresad, regresad —exclamaba el hombre negro. Tenía un viejo rifle del siglo pasado y con él le disparaba al cocodrilo.
—También le está disparando a Justina —rió Mintgreen con demasiada alegría—. La mitad de ella está en ese bicho con forma de dragón. ¡Oh, vaya si nos contará historias sobre esto! Es la más imaginativa de todos nosotros.
—Rescatémosla y rehagámosla —sugirió Linter. Todos gritaban con demasiada estridencia y demasiado nerviosismo—. Se está perdiendo la mejor parte.
—Oye, hombre negro —gritó Shackleton—. ¿Puedes rescatar a la mitad de mi esposa de ese bicho y rehacerla?
—Oh, gente blanca, gente blanca, esto es real y esto es muerte —gimió penosamente el hombre negro—. Esta es una zona salvaje y cerrada. No tendríais que estar aquí. No importa cómo habéis llegado, no importa cuál es la forma real de esa corteza o árbol donde corréis tanto peligro, idos de aquí si podéis. No sabéis vivir aquí. ¡Gente blanca, idos! Vuestras vidas peligran.
—Uno puede dar órdenes a una fantasía —dijo August Shackleton—. Fantasía del hombre negro, te ordeno que saques la mitad de mi esposa de esa criatura agonizante y la unas de nuevo.
—Oh gente blanca y ebria, no puedo hacerlo —gimió el hombre negro—. Ella está muerta y vosotros bromeáis y bebéis Pájaro Verde y Bomba y graznáis como niños enloquecidos en un sueño.
—Estamos en un sueño y tú perteneces al sueño —dijo Shackleton sin inmutarse—. Y podemos experimentar con las criaturas de nuestro sueño. Para eso estamos aquí. ¡Ten, toma una botella de Bomba Romana! —Se la arrojó al hombre negro, que la atajó—. Bébela. Me interesa ver si es posible la interacción de una imagen de sueño con una sustancia física.
—Oh gente blanca y ebria —gimió el hombre negro—. El lugar de las aguas no es lugar para vosotros. Excitáis a los animales y ellos matan. Cuando están excitados aun yo corro peligro, aunque normalmente camino entre ellos sin riesgo. He tenido que matar al cocodrilo que es mi amigo. No quiero matar más. No quiero que maten a otro de vosotros.
El hombre negro usaba botas y chaqueta como las que venden en las tiendas deportivas, tal vez por la cuidadosa imaginación de Boyle, que adoraba los trajes de cazador. La máscara negra de Noche de Carnaval estaba contorsionada de sufrimiento y aprensión, pero el hombre negro bebió el Bomba Romana nerviosamente mientras les suplicaba que se fueran de ese lugar.
—Notarán que la forma del cráneo es totalmente humana y la posición completamente erecta —dijo Linter—. También notarán que es menos velludo que nosotros y que tiene labios gruesos, mientras que el simio grande de la izquierda es más peludo y de labios finos. Yo había pensado que eran la misma criatura interpretada de modos diferentes.
—No, tú imaginas que son como aparentan —dijo Shackleton—. Lo que estamos presenciando todos es el modo en que tú imaginas a esas dos criaturas.
—Pero fíjate en la configuración de los temporales y la mandíbula —protestó Linter—. No es lo que yo suponía.
—Tú eres el único de nosotros que sabe sobre temporales y mandíbulas —dijo Shackleton—. Te digo que es obra de tu propia imaginación. Tú lo estructuraste, todos le dimos esa convencional máscara negra de Noche de Carnaval, Boyle lo vistió y Luna Boyle le dio el habla. Es producto de nuestro esfuerzo mancomunado. ¡Observen, todos! ¡Ahora se vuelve peligroso, hasta impulsivo! ¡Caramba, me estoy volviendo tan histérico como mi esposa! El sueño es tan vivido que me tiene atrapado. Ah, es una grandiosa experiencia de investigación, pero dudo que quiera volver a vivirla. ¡Maldición verde! ¡Esto se vuelve peligroso de veras! ¡Cuidado!
Ah, se había vuelto peligroso: un pandemonio africano y salvaje que graznaba y chillaba y ladraba, una mancha verde y parda de colores en movimiento, un hedor punzante y animal de temor y muerte, un olor acre a miedo humano.
Un león atravesó el lugar de las aguas, derribando una gacela con cuernos en los bajíos cenagosos y hundiendo el hocico en la sangre de color ardiente. Un hipopótamo emergió del agua, un behemot de las profundidades. Unas jirafas se irguieron como grúas alocadamente articuladas y galoparon desganadamente entre los árboles.
—¡Basta! —Mintgreen Linter, asustada, tomó la iniciativa, y salmodió—: ¡Qué pase la pesadilla del mediodía! El dragón-cocodrilo y el behemot.
—Los conjuramos, los conjuramos —salmodiaron todos con diversa voz.
—Que desaparezcan el hombre negro y el simio negro, y todas las cosas negras de la tierra verdinegra.
—Los conjuramos, los conjuramos —salmodiaron. Pero el hombre negro ya estaba bajo los cascos y los cuernos de un búfalo, muerto, y el último disparo de su rifle aún resonaba; había tratado de evitar que el búfalo volcara el tronco flotante y arrojara a toda la gente blanca al pantano asesino. El gran simio también se había ido, aterrado, para volver a la sabana de hierbas altas. Muchas de las otras criaturas también se habían esfumado o difuminado, y de nuevo había olor a agua salada y a lejanas playas de arena caliente en el aire.
—Que se vaya el león que ruge de día —dijo Luna Boyle reanudando el conjuro— y el leopardo que es Pan-Tera, el todo-animal de la grotesca mitología. Que se vayan las serpientes trituradoras, y el avestruz gigante, y el caballo con traje de payaso.
—Los conjuramos a todos, los conjuramos a todos —salmodiaron a coro.
—Que el Creyente verdadero se forme de nuevo bajo nuestros pies en la estructura que nosotros vemos y conocemos —canturreó August Shackleton.
—Lo invocamos, lo invocamos —salmodiaron, y el Creyente verdadero despuntó nuevamente en el umbral de los sentidos.
—¡Que se disipen los continentes ilícitos, y todas las islas siniestras de nuestras submentes convulsas! —barbotó Boyle con cierta precipitación.
—Los conjuramos, los conjuramos —salmodiaron todos, contritos—. Y el África ilícita era ahora muy frágil, mientras la Costa del Cinamomo de Libia del Sur empezaba a formarse como detrás de un vidrio verde.
—¡Liquidémoslo! ¡Aún permanece peligrosamente! —dijo Shackleton, eufórico de determinación—. ¡Abandonemos nuestras reservas! ¡No nos prestemos a esta transgresión! ¡Nunca más vayamos en busca de geografías extrañas ajenas al mundo propio! ¡Sepultemos las cosas inquietantes dentro de nosotros!
—Las sepultamos, las sepultamos —salmodiaron.
Y todo terminó.
Estaban en el Creyente verdadero navegando hacia el este frente a la Costa del Cinamomo de Libia. Al norte estaba esa costa encantadora con sus playas maravillosas y sus espléndidos hoteles; al sur y al este y al oeste estaban las olas de cresta blanca que rodaban sin cesar.
Todo había concluido, pero la salmodia los había sacudido con su puro poder psíquico.
—Justina no está con nosotros —dijo nerviosamente Luna Boyle—. No está a bordo del Creyente verdadero. ¿Piensas que le ha sucedido algo? ¿Regresará?
—Claro que regresará —ronroneó August Shackleton—. Una vez desapareció dos días de una sesión espiritista. Oh, tendrá algunas anécdotas sensacionales cuando vuelva, y no me vendrá mal un tiempo sin ella. La amo, pero un hombre casado con una esposa extravagante a veces necesita un descanso.
—¡Pero miren! ¡Miren! —exclamó Luna Boyle—. ¡Oh, Justina es imposible! Siempre se extralimita. Eso es de mal gusto.
La mitad inferior cercenada de Justina Shackleton flotaba en el agua clara y azul junto al Creyente verdadero. Era una cosa sanguinolenta y siniestra y la atacaban unos peces feroces.
—¡Oh, basta, Justina! —exclamó furiosamente August Shackleton—. ¡Qué mujer! ¡Ah, ya veo! Volvemos a tierra.
Era la entrada de la dársena de yates, el canal entre los bajíos hasta la hermosa bahía. Maniobraron, viraron, apuntaron hacia la Costa del Cinamomo de Libia.
El mundo estaba intacto de nuevo, una joya entera y perfecta que se extendía maravillosa al norte. Y al sur sólo estaban el gran océano y el gran ecuador y lugares vacíos de la submente. El Creyente verdadero entró a puerto bajo el brillo perfecto y meridiano que bañaba todas las costas.
Save as PDF