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rené avilés fabila

hacia el fin del mundo (es)

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Noviembre 15:
Se acaba de publicar un folleto titulado De cómo ter­minar la guerra. En él proponen sus autores (ex miembros de la Corte Internacional de Justicia), después de varios considerandos, que se dé el triunfo al bloque correspon­diente al país que hizo más tantos en el juego que oca­sionó la guerra o, por lo menos, que éste se repita en cancha neutral, arbitrado por delegaciones de ambos ban­dos. El texto es convincente. Pero parece que ni las potencias ni el resto de las naciones beligerantes (se incluye hasta a las que por carecer de ejércitos se vieron obligadas a enviar policías y voluntarios) se han interesado por esa solución. Bien visto el caso, tampoco les importan solucio­nes más inteligentes, y menos aquellas que intenten resol­ver en forma pacífica el conflicto (es curioso notar que otro folleto: Ampliación del recurso a la guerra, abundan­te en material gráfico, se estudia con mayor entusiasmo). Principalmente les interesa acabar pronto y en definitiva con sus adversarios. Y como la victoria no prospera en nin­gún frente del mundo, se han formado poderosas corrien­tes de opinión en los círculos dirigentes de los dos bloques pidiendo el uso de las bombas atómicas y de las de hidró­geno, que tienen funciones exactas y que por lo mismo deben utilizarse inmediatamente. Por esta razón, las per­sonas con desafortunada mentalidad pacifista (y ahora un tanto antideportiva), esperan temerosas que los cohetes surquen el espacio, se levanten grandiosos los hongos y las radiaciones se esparzan eficazmente por todo el planeta.
Probar si aún cabía un alfiler en el estadio resultaba absurdo. Los ánimos se hallaban al borde de la explosión. En ambos países la angustia casi se podía sentir: se soli­dificó y el viento jugaba irrespetuoso con ella. Los habi­tantes aguardaban ansiosos el partido de fútbol que, sin lugar a dudas, daría la respuesta a la incógnita de quién era superior.
Noviembre 16:
Tarea ardua para una minoría cada vez más restringida de pacifistas ha sido, desde luego, la de buscar la paz. ¿Cómo buscarla si a ciencia cierta las motivaciones reales de la conflagración permanecen ignoradas? Sólo puede de­cirse que a la luz del conflicto se vislumbran los deseos del género humano. Y en tanto marcha inexorablemente hacia su destrucción, una encuesta realizada entre los Es­tados ha logrado la clasificación rigurosa de las guerras. Encabezándola quedó la justa con su correspondiente po­larización: la injusta; en seguida viene la guerra fría, con sus distintos grados de temperatura y continúa la de guerri­llas, la de contraguerrillas, la escalada, la limitada, la to­tal, la bacteriológica, la química, la aérea, la terrestre, la marina, la submarina, la santa, la atómica, la húmeda, la civil, y otras que sería engorroso enumerar. Es digno aña­dir que cada una tiene su respectiva acotación. A la ac­tual también se le ha dado denominación y tomando en cuenta su origen deportivo, se le conoce como guerra olím­pica o más propiamente: olimpíada bélica.
Los satélites artificiales, pese a. pertenecer a uno y otro bando, no interrumpieron sus trasmisiones por todo el or­be. Y los periódicos reservaban las primeras planas para difundir la noticia crucial: el resultado de la lucha depor­tiva. En el escenario mismo los contendientes se mostraban nerviosos y la agresividad adquiría silueta y proyectaba sombra. Los gobiernos tampoco dejaron de calcular ries­gos: cerebros electrónicos analizaban las posibilidades de triunfo; mas en tales casos nadie creyó en la certeza de los fallos emitidos por las máquinas (y con razón: eran diver­sos, contradictorios, y en el mejor de los resultados vatici­naban la victoria para el mejor, vieja costumbre humana adoptada por la cibernética). Por otro lado, no había ya tiempo para conjeturas: el silbato marcó el principio de la segunda parte del encuentro futbolístico entre las seleccio­nes de los países del joven continente, disputando la Copa of América.
Noviembre 17:
Tanto publicistas como expertos en cuestiones militares no aciertan en responder a la consulta que la ONU les ha formulado. En realidad se complica mucho dar una respuesta sobre lo que ocurre. Y más difícil será dar una solución sin lesionar los intereses de todos los pueblos. En vano se buscan antecedentes: los tratados, la costumbre y el mismo Derecho Internacional no prevén estos casos; y recurrir a algún organismo mundial de paz carece de sen­tido, ya que dentro de ellos cunde la división y sus miem­bros discuten acaloradamente, propinándose golpes cuando las palabras sobran. Únicamente es del dominio público que al propagarse las primeras noticias de las hostilidades, las potencias A y B expidieron boletines de prensa en los qua comunicaban al mundo su decisión de ayudar moral y bélicamente al país de sus simpatías. Siguiendo a las citadas potencias, diversos Estados –repúblicas, monar­quías, dictaduras, principados y uno que otro lugar que se conservaba sin control por obvias razones anarquistas– realzaron preparativos militares y la antigua contienda entre un par de pueblos latinoamericanos se tornó mundial.
El tiro de castigo fue ejecutado hábilmente y el balón se incrustó en las mallas ante el desconcierto del guarda­meta y el griterío de los aficionados, que indistintamente aplaudían el gol y ahuchaban al arbitro. Como la discu­sión sobre la validez del penalty no condujo a ningún lado, los jugadores se trenzaron en una formidable pelea. Uno pateó a otro y otro a otro y todos se patearon con deportiva insistencia. Apenas se le ocurrió al arbitro suspender el partido, el público participó en la pugna. La policía tuvo que disparar y gasear a diestra y siniestra (aunque se sabe de buena fuente que sus balazos iban apuntados a quienes gritaban contra su equipo favorito). Aquello fue una ma­tanza espantosa. El único cadáver que se logró identificar fue el del arbitro, quien tenía el silbato en la faringe. Saldo negativo: casi mil muertos; positivo: el doble de he­ridos; balance desfavorable a la parca. El gobierno del país donde fue la justa, culpó de la masacre a los jugadores visitantes (en realidad fue porque iban ganando), dio ór­denes precisas de fusilar en el acto a los que sobrevivieron al linchamiento, alegando que eso significa casus belli. Y para evitar mayores complicaciones internas, impuso toque de queda, se suspendieron las garantías y fueron llamados a filas los reservistas. Mientras, el Congreso del Estado que había enviado a sus deportistas, declaró la guerra por lesio­nes a la dignidad patria (quema de sus banderines), pér­dida de la integridad nacional (once futbolistas, un en­trenador y un médico menos) e insultos y violaciones al honor de la república (malas palabras y expresiones unila­terales). Las misiones diplomáticas regresaron de sus res­pectivas sedes y ambos países movilizaron sus pertrechados ejércitos con rapidez, a la manera clásica de una Blitzkrieg subdesarrollada.
Noviembre 18:
Por tan atroz guerra mundial, los economistas culpan al bajo ingreso per cápita de los habitantes de los países que la iniciaron; los sociólogos la atribuyen a la dualidad de sus sociedades; los atletas acusan a la carencia de espíritu de­portivo y caballerosidad en las canchas; los juristas señalan violaciones al Derecho; los filósofos ven la causa en el na­cionalismo exaltado; los teólogos esgrimen la falta de fe y amor; los sicólogos dicen que la provocó el temperamento latino. Sea lo que fuere, la guerra está ahí: diezmando a la población del orbe –sin fijarse en el credo político o religio­so o en el color–, convertida en termonuclear, definitiva­mente.
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