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robert silverberg

nacidos con los muertos (es)

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1.
Y lo que los muertos no pudieron decirte, en vida, pueden decírtelo ahora, tras la muerte. La comunicación de los muertos es hablada con lengua de fuego, más allá del lenguaje de los vivos.
T. S. ELIOT, Little Gidding
Supuestamente, su difunta esposa Sybille estaba en camino hacia Zanzíbar. Eso fue lo que le dijeron, y él lo creyó. Jorge Klein había alcanzado esa etapa en su búsqueda en la cual creería en cualquier cosa, tan sólo con que tal creencia le encaminase hacia Sybille. De todos modos, no era tan absurdo que ella se dirigiera a Zanzíbar. Sybille siempre había querido ir allí. En alguna inescrutable forma obsesiva el lugar había apresado el centro de su conciencia hacía mucho tiempo. Cuando estaba viva no había sido posible para ella ir allí, pero ahora, liberada de todos los lazos, ella sería atraída hacia Zanzíbar como un pájaro hacia su nido, como Ulises por Itaca, como una polilla por una llama.
El avión, un pequeño Havilland FP-803 de Air Zanzíbar, despegó más de medio lleno de Dar es Salaam a las 09:15 en una suave mañana brillante, giró alegremente por encima de las densas masas de árboles de mango, florecidos de un rojo deslumbrante, y de los altos cocoteros a lo largo de las orillas verde azuladas del Océano Indico, y se dirigió hacia el norte en el pequeño salto a través del estrecho hacia Zanzíbar. Este martes, el 9 de marzo de 1993, sería un día insólito para Zanzíbar: cinco muertos estaban a bordo del avión, los primeros de su clase que nunca habían visitado esa isla fragante. Daud Mahmoud Barwani, el oficial de Sanidad de servicio esa mañana en el aeropuerto Karume de Zanzíbar, había sido advertido de esto por los oficiales de emigración en el continente. Él no tenía idea de cómo iba a manejar la situación, y se encontraba atemorizado: Éstos eran momentos tensos en Zanzíbar. Todos los momentos son tensos en Zanzíbar. ¿Les debería negar la entrada? ¿Planteaban los muertos alguna amenaza para la siempre precaria estabilidad política de Zanzíbar? ¿O incluso amenazas más sutiles? Los muertos podrían ser portadores de peligrosos males espirituales. ¿Había algo en el Código Administrativo Revisado acerca de denegar visados basándose en la sospecha de contagios del espíritu? Daud Mahmoud Barwani mordisqueó malhumoradamente su desayuno frío, chapatti, un montículo de patata fría con curry y esperó sin ansia la llegada de los muertos.
Habían pasado casi dos años y medio desde que Jorge Klein había visto a Sybille por última vez: la tarde del sábado 13 de octubre de 1990, el día de su funeral. Ese día ella yacía en su ataúd tal como si estuviera simplemente dormida, su belleza enteramente respetada por la dura experiencia final: la piel pálida, los oscuros cabellos brillantes, las delicadas ventanas de la nariz, los labios plenos. Una tela tornasolada en oro y violeta envolvía su cuerpo sereno; una trémula neblina electrostática, débilmente perfumada con una fragancia de jazmín, la protegía de la descomposición. Durante cinco horas ella flotó en el estrado mientras eran leídos los ritos de despedida y ofrecidas las condolencias; luego, cuando sólo quedaron unas pocas personas, el núcleo más interior de su círculo de amigos, Klein la besó ligeramente en los labios y la entregó a los silenciosos hombres sombríamente vestidos que el Pueblo Frío había enviado. Ella había pedido en su testamento ser revivida; se la llevaron en una camioneta negra para hacer el trágico trabajo en su cadáver. El ataúd, marchando sobre sus anchos hombros, pareció para Klein desaparecer en un punzante vórtice gris que él se sentía incapaz de penetrar. Probablemente él nunca lograra oírla otra vez. En esos días los muertos se guardaban estrictamente en secreto, secuestrados tras los muros de sus ghettos autoimpuestos; era raro ver alguna vez a uno fuera de los Pueblos Fríos, raro incluso que uno de ellos tuviera contacto indirecto con el mundo de los vivos.
De modo que fue forzada en él una redefinición de su relación. Durante nueve años habían sido Jorge y Sybille, Sybille y Jorge, yo y tú formando nosotros, por encima de todo nosotros, un trascendental nosotros. Él la había amado con intensidad casi dolorosa. En vida habían ido a todas partes juntos, haciéndolo todo mano a mano, compartiendo tareas de investigación y de clase, pensando pensamientos intercambiables, expresando gustos que fueron casi siempre idénticos, tan enteramente permeaba a cada uno el otro. Ella fue una parte de él, él de ella, y hasta el momento de su muerte inesperada él había asumido que sería así por siempre. Eran aún jóvenes, él 38, ella 34, décadas para mirar hacia adelante. Entonces ella se fue. Y ahora eran meros anónimos el uno para el otro: ella no era Sybille, sino sólo un muerto; él no era Jorge, sino sólo un caliente. Ella estaba en algún sitio de Norteamérica, caminando, hablando, comiendo, leyendo, y no obstante se había ido, perdida para él, y sólo a él le incumbía aceptar la alteración en su vida; y exteriormente lo aceptó, pero a pesar de eso, aunque sabía que nunca más podrían ser las cosas como una vez fueron, se permitió la indulgencia de la esperanza triste y persistente de recobrarla.
Barwani no estaba preparado para eso. Cuando Ameri Kombo, el controlador de vuelo en el cubículo contiguo, le llamó por teléfono comunicando el aterrizaje, Barwani contestó:
—Notifica al piloto que nadie debe desembarcar hasta que haya dado autorización. Debo consultar la reglamentación. Posiblemente haya un peligro para la salud pública.
Durante veinte minutos dejó al avión permanecer posado, todas las escotillas selladas, en la tranquila pista de aterrizaje. Cabras errantes surgieron de la zona de arbustos y lo examinaron. Barwani no consultó leyes. Se acabó su humilde comida; después plegó sus brazos y trató de lograr el estado conveniente de tranquilidad. Estos muertos, se dijo a sí mismo, no pueden hacer ningún daño. Eran gente como cualquier otra, excepto que habían experimentado un tratamiento médico extraordinario. Debía vencer su miedo supersticioso de ellos: él no era un patán, ni un necio recogedor de especias, ni Zanzíbar era una morada de hombres primitivos. Los admitiría, les daría sus pastillas antimalaria como si fueran turistas ordinarios, les enviaría en su dirección adecuada. Muy bien. Ahora estaba preparado. Llamó por teléfono a Ameri Kombo.
—No hay peligro. Los pasajeros pueden salir.
Eran nueve en total, un cargamento escaso. Los cuatro calientes aparecieron primero, con aspecto sombrío y un poco congelado, como alguien que hubiera tenido que viajar con una banda de cobras desenjauladas. Barwani los conocía a todos ellos: la esposa del cónsul alemán, el hijo del comerciante Chowdhary y dos ingenieros chinos, todos regresando de unas breves vacaciones en Dar. Él estrechó sus manos sin formalidades al cruzar la puerta. Después vinieron los muertos, tras un intervalo de medio minuto: probablemente se habían sentado juntos en un extremo del avión casi vacío y los demás habían permanecido en el otro. Había dos mujeres y tres hombres, todos ellos altos y con sorprendentemente buen aspecto. Él se los había esperado con un modo de andar desmadejado, un caminar arrastrando los pies, cojeando vacilantes, pero se movieron con zancadas agresivas, como si se encontrasen con mayor vitalidad ahora que cuando habían estado vivos. Cuando alcanzaron la puerta Barwani dio un paso adelante para saludarlos, diciendo suavemente:
—Controles de Sanidad, vengan por aquí, por favor.
Estaban respirando, indudablemente respirando: saboreó una emanación de licor del hombre pelirrojo grande, un sabor misterioso y agradable y dulce, tal vez anís, de la mujer de pelo oscuro. Le pareció a Barwani que sus pieles tenían una extraña textura cerúlea, un lustre irreal, pero posiblemente fuera su imaginación; las pieles blancas siempre le habían parecido artificiales. La única diferencia inequívoca que él podía detectar en los muertos estaba en sus ojos, una forma que tenían de permanecer alarmantemente fijos en una única mirada intensa durante varios segundos antes de desviarse. Esos eran los ojos, Barwani pensó, de gente que se habían asomado sobre el Vacío sin haber sido tragados. Un revuelo de preguntas brotó violentamente dentro de él: ¿Qué es eso quiere, cómo se siente, qué recuerda, dónde fue? Los dejó no expresados. Atentamente dijo:
—Bienvenidos a la isla del clavo. Queremos hacerles notar que la malaria ha sido totalmente erradicada aquí por medio de medidas de previsión de gran alcance, y para prevenir la indeseable reaparición de la enfermedad necesitamos que tomen ustedes estas pastillas antes de proseguir adelante.
Los turistas a menudo ponían reparos a eso; esta gente se tragó sus píldoras sin decir una palabra de protesta. Una vez más Barwani ansió llegar hasta ellos, lograr algún tipo de contacto que quizá le podría ayudar a trascender el plúmbeo peso de la existencia. Pero un aura, un escudo de extrañeza, rodeaba a estos cinco y, aunque él era un hombre afable que tendía a entablar fácilmente conversaciones con extraños, los pasó en silencio de uno en uno hasta Mponda, el hombre de inmigración. La frente alta de Mponda estaba brillante de sudor, y se mordía el labio inferior; evidentemente estaba tan perturbado por los muertos como Barwani. Anduvo a tientas con los formularios, selló un visado mal colocado, tartamudeó al decir a los muertos que debía retener sus pasaportes toda la noche.
—Se los mandaré por mensajero hasta su hotel por la mañana —les prometió Mponda, y envió a los visitantes hacia adelante hasta el área de recogida del equipaje con una premura innecesaria.
Klein tenía solamente un amigo con quien se aventuraba a hablar sobre el tema, un colega suyo en UCLA, un atildado y pulcro sociólogo Parsi de Bombay llamado Framji Jijibhoi, quien estaba tan inmerso en la compleja nueva subcultura de los muertos como un caliente podría llegar a estarlo.
—¿Cómo puedo aceptar esto? —clamó Klein—. No lo puedo aceptar en modo alguno. Ella está ahí fuera, en algún sitio, está viva, ella...
Jijibhoi le cortó con un golpecito rápido de las puntas de los dedos.
—No, querido amigo —dijo tristemente—; no viva, no viva del todo, simplemente revivida. Debes aprender a captar la diferencia.
Klein no podría aprender a captar nada que tuviera que ver con la muerte de Sybille. No podía soportar pensar que ella había pasado hacia otra existencia de la cual él quedaba completamente excluido. Encontrarla, hablar con ella, participar en su experiencia de la muerte y en cualquier situación más allá de la muerte, se convirtió en su único propósito. Él estaba indisolublemente amarrado a ella, como si ella fuera todavía su esposa, como si Jorge y Sybille, a pesar de todo, existiese en alguna forma.
Esperó cartas de ella, pero no llegó ninguna. Al cabo de algunos meses empezó a intentar rastrearla, avergonzado por su compulsividad y por las brechas abiertas de forma creciente en la formalidad de esta especie de viudedad. Viajaba de un Pueblo Frío a otro —Sacramento, Boise, Ann Arbor, Louisville— pero ninguno le admitía, ninguno respondía siquiera a sus preguntas. Los amigos le pasaron las habladurías: que ella vivía entre los muertos de Tucson, de Roanoke, de Rochester, de San Diego, pero nada resultó de estos relatos; le rechazaron allí también, pero no del todo insensiblemente, pues logró obtener una evidencia vagamente segura de que Sybille realmente había estado allí.
En el verano del 92 Jijibhoi le dijo que Sybille había salido de la reclusión del Pueblo Frío. Ella había sido vista, dijo, en Newark, Ohio, recorriendo el campo de golf municipal en Octagon State Memorial en compañía de un jactancioso arqueólogo pelirrojo llamado Kent Zacharias, también un muerto, en otro tiempo especialista en las culturas Hopewell, constructoras de montículos en el valle de Ohio.
—Es una fase nueva —dijo Jijibhoi—, no imprevista. Los muertos comienzan a abandonar su anterior filosofía de separatismo total. Hemos comenzado a observarlos visitando nuestro mundo como turistas; explorando la interconexión de la muerte-vida, como les gusta llamarla. Será muy interesante, querido amigo…
Klein voló de inmediato hacia Ohio y, sin verla realmente en ningún momento, la rastreó de Newark hasta Chillicothe, de Chillicothe a Marietta, desde Marietta a Virginia del Oeste, donde perdió su pista entre Moundsville y Wheeling. Dos meses más tarde ella —se dijo— estaba en Londres, después en Cairo, luego Addis Abeba. A principios del 93 Klein se enteró, a través de los canales informales de comunicación doctoral —por un ex californiano ahora en la Universidad Nyerere en Arusha— que Sybille estaba de safari en Tanzania y planeaba ir, en algunas semanas, a recorrer Zanzíbar.
Por supuesto. Durante diez años ella había estado trabajando en una tesis doctoral sobre el establecimiento del Sultanato árabe en Zanzíbar a principios del siglo XIX —estudios inevitablemente interrumpidos por otras labores académicas, por las aventuras amorosas, por el matrimonio, por reveses financieros, por las enfermedades, la muerte, y otras responsabilidades— y de hecho nunca había podido visitar la isla que fuera tan central para ella. Ahora estaba libre de todos los enredos. ¿Por qué no debería ir a Zanzíbar al fin? ¿Por qué no? Por supuesto: ella se dirigía hacia Zanzíbar. Y así, Klein iba a Zanzíbar también, para esperarla.
Mientras los cinco se perdían de vista en taxis, a Barwani se le ocurrió algo. Preguntó a Mponda por los pasaportes y escudriñó los nombres. Tan extraños: Kent Zacharias, Nerita Tracy, Sybille Klein, Anthony Gracchus, Laurence Mortimer. Él nunca se había acostumbrado a los nombres europeos. Sin las fotos sería incapaz de decir cuáles eran las mujeres, cuáles los hombres. Zacharias, Tracy, Klein... ah. Klein. Comprobó una nota recordatoria de hacía dos semanas, clavada con chinchetas en su escritorio. Klein, sí. Barwani telefoneó al Shirazi Hotel —empresa que le llevó varios minutos— y pidió hablar con el americano que había llegado diez días antes, ese hombre delgado cuyos labios parecían continuamente prensados por la tensión, cuyos ojos habían fulgurado con fatiga, el que había pedido un pequeño servicio de Barwani, un favor especial, y le había arrojado un muy necesitado centenar de chelines como anticipo. Hubo un retraso largo, sin duda mientras los mozos registraban el hotel, mirando en la habitación del hombre, la barra, el salón, el jardín, y luego el americano estuvo en línea.
—La persona por la que usted preguntó acaba de llegar, señor —le dijo Barwani.
2.
El baile comienza. Gusanos bajo las puntas de los dedos, labios comenzando a pulsar, angustia y ahogo. Todo ligeramente fuera de compás y fuera de tono, cada uno su propio tempo y ritmo. Lentamente, las conexiones. Labio con labio, corazón con corazón, encontrando individualidad en el otro, horriblemente, tentativamente, quemando... Las notas encontrándose a sí mismas en los acordes, los acordes en la secuencia, la cacofonía virando a polifónico coro de contrapunto, un diapasón de celebración.
R.D. LAING, The Paradise Bird
Sybille se pone de pie tímidamente al borde del campo de golf municipal en el Octagon State Memorial en Newark, Ohio, sujetando sus sandalias en una mano e introduciendo subrepticiamente los dedos del pie en la exuberante, inmaculada alfombra de hierba verde amarillenta, densa y cortada al rape. Es una tarde de verano de 1992, muy sofocante; el aire, bellamente translúcido, se reviste de esa luz trémula intemporal del medio oeste, y las gotitas de agua de la aspersión matutina aún no han sido abrasadas en el césped. ¡La extraordinaria hierba! Ella no había visto a menudo hierba como esa en California, y por supuesto no en el Pueblo Frío de Sión en la sedienta Utah. Kent Zacharias, imponente al lado de ella, menea la cabeza tristemente.
—¡Un campo de golf! —masculla— ¡Uno de los enclaves prehistóricos más importantes de Norteamérica y construyen un campo de golf a su lado! Bien, supongo que pudo haber sido peor. Podrían haber nivelado todo con una excavadora y haberlo convertido en un aparcamiento municipal. Mira, allí, ¿ves los terraplenes?
Ella está temblando. Éste es su primer viaje prolongado fuera del Pueblo Frío, su primera aventura en el mundo de los calientes desde su reavivado, y recoge vibraciones amenazadoras de toda la vida que florece en torno a ella. El parque está rodeado de pequeñas casas agradables, bien conservado. Los niños en bicicleta se disparan a través de las calles. Enfrente de ella, los golfistas lanzan alegremente golpes fuera. Los pequeños carros amarillos de golf trepan con loca energía por las cuestas y las depresiones del camino. Hay pelotones de turistas que, como ella misma y Zacharias, han venido a ver los túmulos indios. Hay perros corriendo sueltos. Todo esto parece amenazarle a ella. Incluso la vegetación —la hierba espesa, los arbustos manicurados, los árboles masivos cargados de hojas con bajas ramas colgantes— la perturba. Ni la cercanía de Zacharias es reconfortante, pues él también parece inflamado con vitalidad de no muerto; su cara es florida, sus rasgos son amplios y llenos de vida a medida que señala hacia los bajos terraplenes de cima plana, las hondonadas herbosas y los cerros, componiendo el gigantesco círculo conectado y el octógono del monumento antiguo. Por supuesto, estos montículos son el motivo principal de su ser, incluso ahora, cinco años después de muerto. Ohio es su Zanzíbar.
—Antiguamente cubría cuatro millas cuadradas. Un grandioso centro ceremonial, el equivalente Hopewell de Chichen Itza, de Luxor, de... —hace una pausa. La conciencia de su ansiedad finalmente ha sido depurada a través de la intensidad de su celo arqueológico— ¿Cómo estás? —pregunta amablemente.
Ella sonríe con sonrisa animosa. Humedece sus labios. Ladea la cabeza: hacia los golfistas, hacia los turistas, hacia la fila de primorosas casitas al borde del parque. Se estremece.
—También es alegre para ti, ¿no es así?
—Mucho —dice ella.
Alegre. Sí. Un pequeño pueblo alegre, un pueblo de portada de revista, un pueblo de cámara de comercio. Newark yace sosegado en el seno del mar del tiempo: si no fuera por el aspecto de los automóviles, esto podría ser 1980 ó 1960 o quizá 1940. Sí. La maternidad, el béisbol, la tarta de manzana, la iglesia cada domingo. Sí. Zacharias asiente y hace uno de los signos de consuelo.
—Venga —murmura—. Vamos hacia el corazón del complejo... Nos perderemos del siglo veinte a lo largo del camino.
Con brutales zancadas imperiales, él se zambulle en el campo de golf. Las largas piernas de Sybille deben afanarse para mantener el mismo paso que él. Enseguida están en el terraplén, han entrado en el octógono sagrado, han penetrado la bóveda del pasado, y en ese momento Sybille siente que han logrado cruzar con éxito la interfaz entre la vida y la muerte. ¡Qué silencio hay aquí! Ella siente la presencia poderosa de las fuerzas de la muerte; y esos espíritus oscuros alivian su ansiedad. Las intrusiones del mundo de lo viviente en estos recintos de los muertos se tornan insignificantes: las casas fuera del parque ya no están a la vista, los golfistas son meras sombras incorpóreas absurdas, los bulliciosos carros amarillos de golf se convierten en escarabajos, los turistas errantes son invisibles.
Ella está sobrecogida por el tamaño y la simetría del antiguo lugar. ¿Qué fantasmas duermen aquí? Zacharias los conjura, agitando las manos como un mago. Ella ha oído tanto de él ya acerca de esta gente, estos Hopewells. ¿Cómo se llamaron ellos a sí mismos? ¿Cómo podemos saberlo jamás? ¿Quién amontonó estas murallas de tierra hace veinte siglos? Ahora él los trae a la vida para ella con gestos y bajas palabras apremiantes. Murmura ferozmente:
—¿Los ves?
Y ella los ve. Las nieblas descienden. Los montículos vuelven a despertar; los constructores de túmulos se hacen presentes. Altos, delgados, atezados, casi desnudos, ataviados con relucientes petos de cobre, con collares de discos de piedra, brazaletes de hueso y mica y concha de tortuga, con pesadas cadenas de brillantes perlas apelmazadas, con anillos de piedra y de terracota, brazaletes de dientes de pantera y dientes de oso, con adornos espirales de metal en las orejas, con taparrabos de piel. Aquí hay sacerdotes con ropas intrincadamente tramadas y máscaras pavorosas. Hacia acá hay jefes con coronas de varillas de cobre, moviéndose con dignidad helada a lo largo de la avenida de muro de tierra larga. Los ojos de esta gente resplandecen de energía. ¡Qué cultura tan enormemente vital, tan enormemente derrochadora, sostienen aquí! Pero Sybille no está enajenada por su vigor palpitante, pues es el vigor de los muertos, la vitalidad de lo extinto.
Mira de nuevo. Sus caras pintadas, sus miradas fijas que no parpadean. Esto es un cortejo fúnebre. Los indios han venido a estos intrincados cercados geométricos para realizar sus actos de culto, y ahora, desfilando solemnemente a lo largo de los perímetros del círculo y el octógono, cruzan hacia adelante, hacia la zona mortuoria más allá. Zacharias y Sybille se quedan solos en mitad del campo. Él le murmura:
—Ven. Los seguiremos.
Lo hace real para ella. A través de su astuto arte ella tiene acceso a esta comunidad de los muertos. ¡Qué fácilmente ha sido arrastrada atrás a través del tiempo! Aprende aquí que se puede añadir a sí misma al pasado sellado en cualquier sitio; es sólo el presente, indefinido e imprevisible, lo que es problemático. Ella y Zacharias flotan a través del prado brumoso, sin sensación alguna de pisar el suelo; dejando el octógono, viajan ahora hacia abajo por un largo terraplén herboso hacia el lugar de los túmulos, al borde de un bosque oscuro de robles de amplias copas. Entran en un claro extenso. En medio el terreno ha sido enlucido con arcilla, y luego cubierto ligeramente con arena y grava fina; sobre esta base ha sido levantada la casa mortuoria, una estructura de cuatro paredes sin techo, cuyos muros están formados por hileras de empalizadas de madera. En su interior hay una plataforma baja de arcilla coronada por una tumba rectangular de leños, en la cual pueden verse dos cuerpos: Un hombre joven, una mujer joven, cara a cara, sus cuerpos totalmente extendidos, bellos aun en la muerte. Llevan puestas pecheras de cobre, ornamentos de oreja de cobre, brazaletes de cobre, gargantillas relucientes de amarillentos dientes de oso.
Cuatro sacerdotes se sitúan en las esquinas de la casa mortuoria. Sus caras están cubiertas por grotescas máscaras de madera coronadas por grandes cornamentas, y llevan varas de dos pies de largo, efigies del hongo mortuorio en madera enfundada con cobre. Un sacerdote comienza un cántico áspero, percusivo. Los cuatro levantan sus varas y bruscamente las abaten. Es una señal; comienza el depósito de bienes funerarios. Filas de deudos inclinados bajo pesados sacos se acercan a la casa mortuoria. Caras extáticas, no llorosas, incluso festivas; ojos brillantes, pues esta gente sabe lo que olvidarán las culturas posteriores: que la muerte no es final sino más bien continuación natural de la vida. Sus amigos recién idos deben ser envidiados. Son honrados con regalos abundantes, a fin de que puedan vivir como reyes en el siguiente mundo: fuera de los sacos vienen pepitas de cobre, hierro de meteoro y plata, miles de perlas, abalorios de concha, abalorios de cobre y hierro, botones de madera y piedra, montones de canutos metálicos para las orejas, trozos y volutas de obsidiana, efigies animales esculpidas de pizarra y hueso y concha de tortuga, hachas y cuchillos ceremoniales de cobre, volutas cortadas de mica, maxilares humanos incrustados con turquesas, burda alfarería oscura, agujas de hueso, sábanas de paño tejido, serpientes enrolladas modeladas de piedra negra, un torrente de ofrendas, amontonado alrededor e incluso sobre los dos cuerpos.
Finalmente la tumba queda ahogada en regalos. Una vez más hay una señal de los sacerdotes. Elevan sus varitas y los acompañantes, retrocediendo hacia los bordes del claro, forman un círculo y comienzan a cantar un himno sombrío, palpitante y lúgubre. Zacharias, después de un momento, canta con ellos, embelleciendo silenciosamente la melodía con pesados melismas. Su voz es un rico contrabajo, tan inesperadamente bello que Sybille está conmovida poco menos que hasta la ofuscación, y mira hacia él con temor. De improviso él se interrumpe completamente, se vuelve hacia ella, toca su brazo y se inclina para decir:
—Canta tú también.
Sybille asiente con indecisión. Ella se une a la canción, de forma vacilante al principio, su garganta estrangulada por la inseguridad; luego se encuentra parte correcta del rito, en cierta forma, y su tono se hace más confiado. Sus cristalinas subidas de soprano se elevan espléndidamente vertiginosas por encima de las otras voces.
Ahora comienza otro tipo de ofrenda: los niños cubren la casa mortuoria con montones de varitas de leña menuda, ramajes muertos, ramas gruesas, toda clase de restos combustibles hasta dejarla totalmente oculta a la vista, y los sacerdotes gritan una pausa. Entonces, desde el bosque, viene una mujer portando un tizón resplandeciente; una muchacha, en realidad, totalmente desnuda, su bruñido cuerpo pálido pintado de rojo y verde con extravagantes bandas horizontales en pechos y nalgas y muslos, su largo pelo reluciente y negro flotando a modo de capa tras ella mientras corre. Corre velozmente hacia lo alto de la casa mortuoria; contacta jadeante la brasa con las astillas, aquí, aquí, aquí, ejecutando una danza salvaje a medida que avanza, y arroja la antorcha en el centro de la pira. Las llamas saltan hacia el cielo en un arrebato feroz. Sybille se siente abrasada por la explosión de calor. La casa y el sepulcro son rápidamente consumidos.
Mientras las ascuas todavía resplandecen, comienza el aporte de tierra. Excepto los sacerdotes, quienes permanecen rígidos en los puntos cardinales del emplazamiento, y la chica que esgrimió la antorcha, la cual yace como ropa desechada al borde del claro, la comunidad completa participa. Hay un hoyo abierto detrás de una pantalla de árboles cercanos; los adoradores, formando filas, se dirigen a él y excavan la tierra, llevándola hasta la casa mortuoria quemada en cestas, en delantales de piel de ante, en grandes terrones húmedos agarrados por sus manos desnudas. Silenciosamente se deshacen de sus cargas sobre las cenizas y regresan a por más.
Sybille lanza una mirada a Zacharias; él asiente con la cabeza; se unen a la fila. Ella baja al interior del hoyo, extrae un terrón de húmeda tierra negra a su lado y lo lleva hacia el montículo creciente. Regresa una y otra vez. El montículo crece rápidamente, dos pies por encima del nivel del suelo ya, tres, cuatro, una creciente ampolla circular, su perfil gobernado por las ubicaciones inalterables de los cuatro sacerdotes, sus contornos ahusados formados por el apisonamiento de veintenas de pies desnudos. Sí, piensa Sybille, ésta es una forma válida de celebrar la muerte, éste es un rito apropiado. El sudor se derrama por su cuerpo, sus ropas quedan manchadas y embarradas, y aun así ella corre hacia el tajo de tierra, se apresura de allí al montículo, corre hacia la cantera, corre hacia el montículo, corre, corre, transfigurada, extasiada.
Entonces el hechizo se trunca. Algo sale mal, ella no sabe qué, y las nieblas se aclaran, el sol deslumbra sus ojos, los sacerdotes y los constructores de montículos y el montículo inacabado desaparecen. Ella y Zacharias están otra vez en el octógono, carros de golf atronando más allá de ellos por todas partes. Tres niños y sus padres están parados a apenas algunos pies de ella, mirando fijamente, mirando fijamente; y un niño de alrededor de diez años apunta hacia Sybille y dice en una voz que resuena a través de la mitad de Ohio:
—Papi, ¿qué le pasa a esa gente? ¿Por qué parecen tan raros?
La madre jadea y grita:
—Calla, Tommy, ¿no tienes modales?
Papi, aparentemente furioso, le cruza la cara al niño de una bofetada, le agarra de la muñeca y tira de él hacia el otro lado del parque, toda la familia siguiendo su estela.
Sybille tiembla convulsivamente. Se da la vuelta, presionando sus manos sobre sus ojos delatores. Zacharias la abraza.
—Está bien —dice tiernamente—. El niño no conoce nada mejor. Está bien.
—¡Sácame de aquí!
—Quiero enseñarte...
—Otro día. Lléveme fuera. Al motel. No quiero ver nada. No quiero que nadie me vea a mí.
Él la lleva al motel. Ella permanece una hora boca abajo en la cama, quebrantada por sollozos secos. Varias veces le dice a Zacharias que ella está no lista para este viaje, que quiere volver al Pueblo Frío, pero él no dice nada; simplemente acaricia los músculos tensos de su espalda, y finalmente su ánimo se calma. Ella se vuelve hacia él y sus ojos se encuentran y él la toca y hacen el amor a la manera de los muertos.
3.
La novedad es renovación: Ad hoc enim venit, ut renovemur in illo; al renovarlo otra vez, tal como el primer día; Ersten herrlich wie am Tag. Reforma, o renacimiento; volver a nacer. La vida es como el ave fénix, siendo siempre renacida de su propia muerte. La naturaleza verdadera de la vida es la resurrección; toda vida es vida después de la muerte, una segunda vida, una reencarnación. Torus hic ordo revolubilis testatio est resurrectionis mortuorum. El patrón universal de recurrencia da testimonio de la resurrección de los muertos.
NORMAN O. BROWN, Love's Body
—Las lluvias comenzarán en poco tiempo —dijo el taxista, avanzando velozmente por la carretera estrecha hacia Zanzíbar. Había estado charlando sin parar, totalmente confiado con sus pasajeros. No debe saber lo que somos, decidió Sybille—. Quizá comiencen en una semana o dos. Serán las lluvias largas. Las lluvias cortas llegan a finales de noviembre y diciembre.
—Sí, lo sé —respondió Sybille.
—Ah, ¿ha estado usted en Zanzíbar antes?
—En cierto sentido —contestó ella.
En cierto sentido ella había estado en Zanzíbar muchas veces ¡Y cuán serenamente tomaba eso, ahora que el Zanzíbar verdadero empezaba a superponerse a sí mismo en el molde dentro de su mente, sobre ese Zanzíbar-ilusión que ella había llevado consigo durante tanto tiempo! Tomaba todo con calma ahora: nada la excitaba, nada la despertaba. En su anterior vida el retraso en el aeropuerto la habría conducido al enfurecimiento: un vuelo de diez minutos, y después quedar atrapado en la pista de aterrizaje durante el doble de tiempo. Pero ella había permanecido tranquila a lo largo de todo aquello, sentada casi inmóvil, escuchando vagamente lo que decía Zacharias y contestando ocasionalmente como si enviara mensajes desde algún otro planeta. Y ahora Zanzíbar, tan plácidamente destacado. En los viejos tiempos ella había sentido una especie de asombro paradójico cada vez que una señal familiar de las lecciones de geografía de niñez, o del cine o los carteles de viaje —el Gran Cañón, la línea del horizonte en Manhattan, el Pueblo Taos— se mostraba en la realidad con el aspecto exacto que ella imaginaba que tendría; pero ahora aquí estaba Zanzíbar, desplegándose predeciblemente y de manera poco sorprendente ante ella, y ella lo observaba con el ojo frío de una cámara, impasible, insensible.
El aire suave, húmedo y caluroso estaba grávido con un agobio de perfumes, no sólo el esperado perfume acre del clavo, sino también las fragancias más cremosas que tal vez fueran de hibisco, frangipani, jacarandá, buganvilla, penetrando la ventana abierta del taxi como zarcillos inquisitivos. La inminencia de las lluvias largas era una presión tangible, una presencia, una pesadez en la atmósfera: de un momento a otro una cortina podría ser descorrida a un lado y comenzarían los torrentes. La carretera estaba delineada por dos desgreñados muros verdes de palmas, quebrados por chabolas de techos de hojalata; detrás de las palmas había misteriosas arboledas oscuras, densas y extrañas. A lo largo de la carretera se extendía el imponente conjunto tropical de obstáculos habituales: pollos, cabras, niños desnudos, viejas con caras encogidas, desdentadas, todos vagabundeando alrededor sin preocuparse por la intrusión del taxi en su zona de paso. El taxi aceleró a través del terreno llano, hacia la península en la cual se asienta la ciudad de Zanzíbar. La temperatura pareció elevarse perceptiblemente minuto a minuto; un puño de calor húmedo aprisionaba con fuerza la isla.
—Aquí está el puerto, señores —dijo el conductor. Su voz fue un ronroneo ronco impertinente, condescendiente, irritante—. Por este lado, por favor.
La arena era deslumbradoramente blanca, el agua de un azul cristalino cegador; un par de dhows se movieron soñolientamente a través de la boca del puerto, sus velas latinas hinchándose ligeramente a medida que la suave brisa marina las atrapaba. Un enorme edificio blanco de madera, de cuatro pisos, un pastel de boda de terrazas largas y pasamanos de hierro fundido, coronado por una enorme cúpula. Sybille, reconociéndolo, anticipó la perorata del conductor, oyéndolo como un eco subliminal:
—Befit al-Ajaib, la Morada de las Maravillas, antigua casa del Gobierno. Aquí ofreció el Sultán grandes banquetes, aquí los más famosos de África le rendían homenaje. Ya no se usa. La puerta cercana es el antiguo Palacio del Sultán, ahora Palacio del Pueblo. ¿Desean ustedes entrar a la Morada de las Maravillas? Está abierta: paramos, les llevo ahora...
—En otra ocasión —respondió Sybille débilmente—. Estaremos aquí por algún tiempo.
—¿Ustedes no aquí solamente un día como la mayoría?
—No, una semana o más. He venido a estudiar la historia de su isla. Seguramente haré una visita al Beit al-Ajaib. Pero hoy no.
—No hoy, no. Muy bien: usted me telefonea, le llevo a cualquier parte. Soy lbuni.
Le brindó una obsequiosa sonrisa dentuda sobre su hombro e hizo girar el taxi tierra adentro con un fiero bandazo, dentro del laberinto de calles sinuosas y callejones estrechos que eran Stonetown, el antiguo barrio árabe.
Todo estaba silencioso aquí. Los macizos edificios de piedra blanca presentaban fachadas lisas hacia las calles. Las ventanas, meras grietas, se ocultaban tras contraventanas. La mayoría de las puertas —las famosas puertas revestidas con paneles de Stonetown, ricamente talladas, tachonadas de latón diestramente incrustado, cada puerta una obra maestra islámica meticulosamente adornada— estaban cerradas y aparentemente bajo llave. Las tiendas se veían destartaladas, y los pequeños escaparates estaban moteados de polvo. La mayoría de los carteles estaban tan descoloridos que Sybille apenas los podía distinguir:
PREMCHAND'S EMPORIUM
MONJI'S CURIOS
ABDULLAH'S BROTHERHOOD STORE
MONTH - AL'S BAZAAR
Hacía largo tiempo que los árabes se habían marchado de Zanzíbar. Igual que la mayoría de los indios, aunque —se respondió— estaban regresando lentamente. Ocasionalmente, a medida que proseguía su intrincado camino a través del laberinto de Stonetown, el taxi sobrepasaba a largas limusinas negras, probablemente de marca rusa o china, conducidas por chofer y ocupadas por altivos hombres de piel morena con ropas blancas. Legisladores, suponía ella que serían, camino de reuniones de Estado. No había otros vehículos a la vista, y ningún peatón, excepto unas pocas mujeres cubiertas con túnicas totalmente negras, apresurándose en recados solitarios. Stonetown no tenía nada de la vitalidad del campo; era un lugar de fantasmas, pensó ella, un lugar apropiado para pasar las vacaciones los muertos. Recorrió con la mirada a Zacharias, quien cabeceó y sonrió, una extraña sonrisa rápida que acusó recibo de su comprensión y le dijo que él también había comprendido. La comunicación era veloz entre los muertos y la sonorización aparente rara vez necesitada.
La ruta hacia el hotel parecía extraordinariamente involucionada, y el conductor paró frecuentemente enfrente de tiendas, diciendo ilusionadamente:
—¿Quieren cofres de metal, vasijas de cobre, antigüedades de plata, cadenas de oro chinas?
Aunque Sybille rechazó amablemente sus sugerencias, él continuó señalando bazares y grandes tiendas, ofreciendo recomendaciones vehementes de calidad y precio moderado, y gradualmente ella se percató, reteniendo sus ubicaciones por el pueblo, que habían pasado por ciertas esquinas más de una vez. Por supuesto: el conductor debía estar al servicio de tenderos que le contrataban para tentar a los turistas.
—Por favor llévenos a nuestro hotel.
Dijo Sybille. Y cuando él insistió en su mercadeo: "El mejor marfil aquí, el mejor encaje", ella lo repitió más firmemente, aunque mantuvo su estado de ánimo. A Jorge le habría agradado su transformación, pensó; él había sido con excesiva frecuencia la víctima inmediata de su impaciencia volcánica. No conocía la causa específica del cambio. ¿Algún efecto secundario metabólico del proceso de resurrección, quizás, o tal vez sus dos años de comunión con el padre Guía en el Pueblo Frío? ¿O era acaso, simplemente, el nuevo conocimiento de que todo el tiempo era de ella, que abandonarse a sí misma a una sensación de premura era absurdo ahora?
—Su hotel es éste.
Dijo por fin Ibuni.
Era una vieja mansión árabe: arcos altos, innumerables balcones, aire rancio, ventiladores eléctricos girando perezosamente en los corredores oscuros. Sybille y Zacharias recibieron una suite desparramada en el tercer piso, mirando hacia un patio exuberante con palmas, nandirobas bermejos, árboles kapoc, poinsetias y agapantos. Mortimer, Gracchus y Nerita habían llegado bastante antes en el otro taxi y estaban en una suite idéntica un piso más abajo.
—Me daré un baño —dijo Sybille a Zacharias—. ¿Estarás en el bar?
—Muy probablemente. O paseando por el jardín.
Él salió. Sybille se despojó rápidamente de sus ropas empapadas por el sudor del viaje. El cuarto de baño era una maravilla bizantina, con elaborados remolinos polícromos en los azulejos y una inmensa tina amarilla soportada a gran altura por patas de bronce que representaban garras de águila sobre esferas. El agua templada goteó dentro lentamente cuando ella hizo girar el grifo. Sonrió a su imagen reflejada en el alto espejo oval. Había habido un espejo parecido a ése en la casa del despertar. En la mañana siguiente a su despertar, cinco o seis muertos habían entrado en su cuarto para celebrar con ella su transición exitosa a través de la interfaz, y habían traído aquel gran espejo con ellos; delicadamente, con gran ceremonia, habían hecho bajar la colcha para enseñarla a sí misma en él —desnuda, delgada, de cintura estrecha, de pechos altos— la belleza de su cuerpo inalterado, no deteriorado ni por la muerte ni por la reanimación, sino ciertamente realzado por ellas, de forma que había adquirido un aspecto más joven e incluso radiante en su pasaje a través de ese abismo terrible.
—Eres una mujer muy bella.
Fue Pablo. Ella se enteró de su nombre y de todos los demás más tarde.
—Siento un torrente de alivio. Temí despertar y encontrarme como una ruina consumida.
—Eso no pudo haber sucedido —respondió Pablo.
—Y nunca ocurrirá —dijo una joven. Se llamaba Nerita.
—¿Pero los muertos envejecen?
—Oh, sí, envejecemos, igual que los calientes. Pero no exactamente como...
—¿Más lentamente?
—Muchísimo más lentamente. Y de modo distinto. Todos nuestros procesos biológicos funcionan más lentamente, excepto las funciones del cerebro, las cuales tienden a ser más rápidas de lo que fueron en vida.
—¿Más rápidas?
—Ya lo verás.
—Todo eso suena ideal.
—Somos inmensamente afortunados. La vida nos ha tratado bien. Nuestra situación es... sí, ideal. Somos la nueva aristocracia.
—La nueva aristocracia…
Sybille se introdujo lentamente en la bañera, la espalda recostada contra la porcelana fría, retorciéndose un poco, dejando subir la superficie tibia del agua hasta su garganta. Cerró sus ojos y divagó apaciblemente.
Todo Zanzíbar estaba esperando para ella.
Las calles que nunca pensé que podría visitar. Deja a Zanzíbar esperar. Deja a Zanzíbar esperar. Palabras que yo nunca pensé decir. Cuando dejé mi cuerpo en una orilla lejana.
Tiempo para todo, todo a su debido tiempo.
—Eres una mujer muy bella —le había dicho Pablo, sin pretender adularla.
Ella había querido explicarles, esa primera mañana, que realmente no le importaba tanto la apariencia de su cuerpo, que sus prioridades reales se hallaban en otra parte, eran "más altas"; pero no había habido necesidad alguna de decirles aquello. Ellos entendían. Comprendían todo. Además, ella daba importancia a su cuerpo. Ser bella era menos importante para ella que para esas mujeres para quienes la belleza física constituía su única ventaja natural, pero su apariencia tenía importancia para ella; su cuerpo la complacía, y sabía que agradaba a los otros, proporcionaba su vía de entrada hacia la gente, era una manera de entablar relaciones, y ella siempre había estado agradecida por eso. En su otra existencia su deleite por su cuerpo había sido deficiente por la conciencia de la segura inevitabilidad de su lenta descomposición, la certeza de la pérdida de ese poder accidental que la belleza la daba; pero ahora a ella le había sido concedida la redención de eso: cambiaría andando el tiempo, pero no tendría que sentir —como deben sentirlo los calientes— que gradualmente perdía el control. Su cuerpo revivido no la traicionaría volviéndose feo. No.
—Somos la nueva aristocracia.
Después de su baño se quedó de pie unos minutos al lado de la ventana abierta, desnuda en la brisa húmeda. Los sonidos llegaron a ella: campanas distantes, la cháchara alegre de aves tropicales, las voces de niños cantando en un lenguaje que ella no podía identificar. ¡Zanzíbar! Sultanes y especias, Livingstone y Stanley, Tippu Tib el negrero, Sir Richard Burton pasando una noche en este mismo cuarto del hotel, tal vez. Hubo una sequedad en su garganta, una palpitación en su pecho: un poco de excitación cobrando vida en ella al fin y al cabo. Sintió expectación, incluso avidez. Todo Zanzíbar yacía ante ella. Muy bien. Muévete, Sybille, ponte algo, déjanos almorzar, una mirada al pueblo.
Cogió una blusa ligera y unos pantalones cortos de su maleta. Justo entonces Zacharias regresó al cuarto, y ella dijo, sin alzar la vista:
—Kent, ¿crees que estará bien llevar estos pantalones cortos aquí? Son... —una mirada a su cara y su voz se apagó—. ¿Qué pasa?
—Acabo de hablar con tu marido.
—¿Él está aquí?
—Vino hacia mí en el vestíbulo. Sabía mi nombre. ‘Usted es Zacharias’, dijo, con un pequeño deje a lo Bogart en su voz, como un marido engañado de película encarándose con el Otro. ‘¿Dónde está ella? Debo verla’.
—Oh, no, Kent.
—Le pregunté qué quería de ti. ‘Soy su marido’ respondió, y yo le dije ‘tal vez fue su marido una vez, pero las cosas han cambiado’, y entonces...
—No puedo imaginarme a Jorge discutiendo. ¡Es un hombre tan apacible, Kent! ¿Cómo se le veía?
—Esquizofrénico —respondió Zacharias—. Los ojos vidriosos, los músculos de la mandíbula agarrotados, signos de tremenda presión por todos lados. Él sabe que se supone que no puede hacer cosas como ésta, ¿no es así?
—Jorge sabe exactamente cómo se supone que debe comportarse. ¡Oh, Kent, qué lío tan estúpido! ¿Dónde está ahora?
—Sigue en el primer piso. Nerita y Laurence charlan con él. No quieres verle, ¿verdad?
—Claro que no.
—Escríbele una nota diciéndoselo y yo se la bajaré. Dile que se marche.
Sybille negó con la cabeza.
—No quiero hacerle daño.
—¿Hacerle daño? Él te ha seguido alrededor de medio mundo como un niño enamorado, él ha intentado violar tu intimidad, él ha desestabilizado un viaje importante, él ha rehusado atenerse a las convenciones que rigen las relaciones entre calientes y muertos, y tú...
—Él me ama, Kent.
—Él te amó. Bien, admito eso. Pero la persona que él amó ya no existe. Hay que hacerle entender eso.
Sybille cerró los ojos.
—No quiero lastimarle. Y no quiero que tú le hagas daño tampoco.
—No le lastimaré. ¿Vas a verle?
—No —respondió ella. Gruñó con irritación y arrojó sus pantalones cortos y su blusa en una silla. Había un martilleo agudo en sus sienes, una sensación de ser desafiado, de estar amenazado, que ella no sentía desde aquel día horrible en los montículos Newark. Caminó a grandes pasos hacia la ventana y miró afuera, casi esperando ver a Jorge discutiendo con Nerita y Laurence en el patio. Pero no había nadie allá abajo salvo un criado que miró hacia arriba como si sus pechos desnudos fuesen faros y que le ofrendó una amplia sonrisa resplandeciente. Sybille le dio la espalda y dijo lentamente—: Dile que es imposible para mí verle. Usa esa palabra. No que no le quiero, ni que no quiera verle, ni que no es correcto que yo le vea, simplemente que es imposible. Y luego telefonea al aeropuerto. Quiero volver a Dar en el avión de la noche.
—¡Pero si apenas hemos llegado!
—No importa. Volveremos en otra ocasión. Jorge es muy insistente; no aceptará nada excepto una negativa brutal, y no puedo hacerle eso. Así que nos iremos.
Klein nunca había visto antes a los muertos de cerca. Cuidadosa, ansiosamente, hurtó rápidas miradas intensas sobre Kent Zacharias mientras se sentaban lado a lado en sillas de caña entre las palmas plantadas en macetas en el vestíbulo del hotel. Jijibhoi le había contado que apenas saltaba a la vista, que uno lo percibía más subliminalmente que por cualquier manifestación exterior, y era cierto; había un cierto aire en torno a los ojos, claro está, la famosa fijeza de los muertos, y había algo extrañamente pálido en la piel de Zacharias bajo la tez rojiza, pero si Klein no hubiera sabido lo que era Zacharias, no podría haberlo adivinado. Trató de imaginarse a este hombre, a este pelirrojo arqueólogo muerto de rostro encendido, a este cavador de montones de basura, en la cama con Sybille. Haciendo con ella lo que fuese que los muertos hicieran en sus acoplamientos. Ni siquiera Jijibhoi estaba seguro. Algo con las manos, con los ojos, con susurros y sonrisas, en absoluto genital, al menos eso suponía Jijibhoi. Éste es el amante de Sybille, con quien estoy hablando. Éste es el amante de Sybille. Qué extraño que le molestase tanto. Ella había tenido romances cuando estaba viva; como él, como todo el mundo; era su estilo de vida. Pero él se sentía amenazado, abrumado, derrotado, por este cadáver andante de un amante.
Dijo:
—¿Imposible?
—Esa fue la palabra que ella usó.
—¿No puedo disponer de diez minutos con ella?
—Imposible.
—¿Me permitiría ella verla durante unos momentos, al menos? Solamente quiero ver cómo se encuentra.
—¿No encuentra usted humillante montar todo este estropicio sólo por echarla un vistazo?
—Sí.
—¿Y aun así lo desea?
—Sí.
Zacharias dijo suspirando.
—No puedo hacer nada por usted. Lo siento.
—Tal vez Sybille esté cansada después de tantos viajes. ¿Cree usted que podría estar de un humor más receptivo mañana?
—Quizás —respondió Zacharias—. ¿Por qué no regresa usted entonces?
—Ha sido usted muy amable.
—De nada.
—¿Puedo invitarle a una copa?
—Gracias, no —respondió Zacharias—. No me permito más. No desde entonces...
Sonrió.
Klein pudo oler el whisky en el aliento de Zacharias. Bien, entonces. Bien. Se iría. Un conductor esperando fuera de los terrenos del hotel atizó su cabeza fuera de su ventana del taxi y dijo esperanzadoramente:
—¿Excursión por la isla, caballero? ¿Quiere ver las plantaciones de clavo, el estadio de atletismo?
—Ya los he visto —respondió Klein—. Lléveme a la playa.
Consumió la tarde observando las pequeñas olas de color turquesa lamiendo la arena rosada. A la mañana siguiente regresó al hotel de Sybille, pero ellos se habían ido, los cinco; en el último vuelo de la noche hacia Dar, dijo el recepcionista como disculpándose. Klein preguntó si podría hacer una llamada telefónica, y el empleado le mostró un antiguo aparato en un nicho cerca del bar. Telefoneó a Barwani.
—¿Qué pasa? —demandó— ¡Usted me dijo que se quedarían al menos una semana!
—Verá, señor, las cosas cambian —respondió Barwani suavemente.
4.
¿Qué presagia? ¿Qué traerá el futuro? No sé, no tengo premonición. Cuando una araña se arroja hacia abajo desde algún punto fijo, consecuentemente con su naturaleza, sólo ve ante ella un espacio vacío en donde no puede encontrar puntos de apoyo por más que se extienda. Y así es conmigo: Siempre ante mí un espacio vacío; lo que me conduce adelante es una seguridad que yace detrás de mí. Esta vida es desquiciada y terrible, no ser soportaba.
Soreen KIERKEGAARD, Either/Or
Jijibhoi dijo:
—En todo este asunto de la muerte, ¿quién puede decir qué es lo correcto, querido amigo? Cuando yo era un niño, en Bombay no era insólito entre nuestros vecinos hindúes practicar el rito del suttee, esto es, la cremación de la viuda en la pira fúnebre de su marido; y ¿bajo qué pretensión les podemos llamar bárbaros? Por supuesto —sus ojos morenos relampaguearon traviesamente— que les llamamos bárbaros, aunque nunca cuando nos podrían oír. ¿Quieres más curry?
Klein reprimió un suspiro. Estaba lleno, y el curry era una sustancia llameante, de una incandescencia mucho más allá de su grado habitual de tolerancia; pero la hospitalidad de Jijibhoi, discretamente insistente, tenía una cierta calidad hierática que hacía que Klein se sintiera como un blasfemo cada vez que rehusaba algo en su casa. Sonrió y asintió con la cabeza, y Jijibhoi, levantándose, puso un montículo de arroz en el plato de Klein, y luego lo enterró bajo carne de cordero con curry, aliñado con salsas chutney y sambal. Silenciosamente, sin dilación, la esposa de Jijibhoi fue a la cocina y regresó con una botella fría de Heineken. Le concedió a Klein una sonrisa tímida mientras la ponía delante de él. Trabajaban bien juntos, estos dos Parsis, sus anfitriones.
Eran una elegante pareja; notable, incluso. Jijibhoi era un hombre alto y erguido, con una enérgica nariz aguileña, morena piel levantina, pelo como el azabache, un bigote imponente. Sus manos y sus pies eran extraordinariamente pequeños; su talante era educado y reservado; se movía con una rapidez rayana en el nerviosismo. Klein conjeturó que andaría en los inicios de los cuarenta, aunque sospechaba que su estimación fácilmente podría estar fuera de sitio por diez años en cualquier dirección. Su esposa —extrañamente, Klein nunca había oído su nombre— era menor que su marido, casi tan alta, hermosa de tez —el color radiante de la aceituna— y sensual de figura. Se enfundaba invariablemente en fluidos saris de seda; Jijibhoi llevaba ropas occidentales de ejecutivo, trajes y corbatas veinte años pasados de moda. Klein nunca había visto a ninguno de ellos con la cabeza descubierta: ella llevaba puesto un pañuelo de lino blanco, él un casquete brocado que podría llevar a la gente a confundirle con un judío oriental. Vivían sin hijos y eran autosuficientes, formando una pareja concluida, una unidad perfecta, dos segmentos de la misma entidad, unida e indivisible, como Klein y Sybille lo fueran una vez. Su armoniosa interacción de pensamientos y gestos los hacía un poquito desconcertantes, incluso intimidadores, para los demás. Como Klein y Sybille lo hicieran una vez.
Klein dijo:
—Entre tu gente…
—Oh, muy diferente, muy diferente, realmente único. ¿Tú conoces nuestra costumbre funeraria?
—La exposición de los muertos, ¿no?
La esposa de Jijibhoi soltó una risita.
—¡Un esquema muy antiguo de reciclaje!
—Las Torres de Silencio —respondió Jijibhoi. Se dirigió a la enorme ventana del comedor y permaneció en pie, de espaldas a Klein, fijando la mirada en las luces deslumbrantes de Los Angeles. La casa de Jijibhoi, toda ella pino rojo y cristal, se encaramaba precariamente sobre pilotes cerca de la cima de Benedict Canyon, justo debajo de Mulholland: la vista se apropiaba de todo desde Hollywood a Santa Monica—. Hay cinco de ellas en Bombay, en Malabar Hill, un cerro rocoso dominando el Mar de Arabia. Tienen siglos de edad; cada una circular, varios centenares de pies de circunferencia, rodeadas por un muro de piedra de veinte o treinta pies altos. Cuando un Parsi muere... ¿sabes algo de esto?
—No tanto como me gustaría saber.
—Cuando un Parsi muere, es trasladado en un ataúd de hierro hasta las Torres por portadores de cadáveres profesionales; los asistentes al funeral van detrás en procesión, de dos en dos, unidos de las manos y sujetando un pañuelo blanco entre ellos. Una escena hermosa, querido Jorge… Hay una entrada en el muro de piedra a través de la cual pasan los portadores del cadáver, transportando su carga. Nadie más puede entrar en la Torre. Dentro hay una plataforma circular pavimentada con losas grandes y dividida en tres filas de receptáculos poco profundos, abiertos. La fila exterior se usa para los cuerpos de varones, la siguiente para los de mujeres y la más interior para los niños. El muerto es dejado en un lugar de descanso; los buitres se elevan desde las palmeras altas en los jardines contiguos a las Torres; en un plazo de una hora o dos, sólo permanecen los huesos. Más tarde, el esqueleto desnudo, secado al sol, es lanzado en un hoyo en el centro de la Torre. Los ricos y los pobres se desmenuzan juntos allí en el polvo.
—¿Y todos los Parsis son… ah… enterrados así?
—Oh, no, no, de ningún manera —respondió Jijibhoi cordialmente—. Todas las tradiciones antiguas están en retroceso hoy día, ¿sabes? Nuestra gente más joven aboga por la cremación o incluso el entierro convencional. No obstante, muchos de nosotros continuamos contemplando la belleza de nuestro método.
—¿Belleza?
La esposa de Jijibhoi respondió en una voz queda:
—Enterrar a los muertos en el suelo, en una tierra tropical húmeda donde las enfermedades son altamente contagiosas, no nos parece higiénico. Y quemar un cuerpo es desaprovechar su materia. Pero dar los cuerpos de los muertos a las eficientes aves hambrientas —rápidamente, limpiamente, sin remilgos— es para nosotros una forma de celebrar la economía de la naturaleza. Hacer los huesos de uno mezclarse en el hoyo con los huesos de la comunidad entera es, para nosotros, la democracia final.
—¿Y los mismos buitres no esparcen contagios, alimentándose como lo hacen con los cuerpos de...
—Nunca —respondió Jijibhoi firmemente—. Ni contraen nuestras enfermedades.
—Y deduzco que ambos tenéis la intención de hacer que vuestros cuerpos regresen a Bombay cuando... —sobrecogido, Klein hizo una pausa, meneó la cabeza, carraspeó con turbación, y forzó una débil sonrisa—. ¿Ves lo que este curry radiactivo vuestro ha hecho con mis modales? Discúlpame. ¡Aquí sentado, un invitado a tu mesa, interrogándote acerca de tus planes funerarios!
Jijibhoi rió entre dientes.
—La muerte no es terrible para nosotros, estimado amigo. Es... casi no merece la pena decirlo, ¿no? Es un suceso natural. Durante un tiempo estamos aquí, y luego nos vamos. Cuando nuestro tiempo acabe, sí, ella y yo nos entregaremos a las Torres del Silencio.
Su esposa agregó bruscamente:
—¡Mejor allí que en los Pueblos Fríos! ¡Mucho mejor!
Klein nunca había observado tal vehemencia en ella antes.
Jijibhoi se giró de la ventana y la miró furiosamente. Klein tampoco había visto eso antes. Parecía como si la frágil red de elaborada cortesía que habían estado hilando toda la tarde se desenredara repentinamente, y que hasta los lazos entre Jijibhoi y su esposa experimentaran tensión. Alterado ahora, agitadamente, Jijibhoi comenzó a recoger los platos vacíos, y tras un momento embarazosamente largo dijo:
—Ella no pretendía ofenderte.
—¿Por qué debería ofenderme?
—Una persona que amas escogió ir a los Pueblos Fríos. Podrías pensar que había una crítica implícita de ella en la expresión de disgusto de mi esposa.
Klein se encogió de hombros.
—Ella tiene derecho a sus propios sentimientos sobre el reavivado. Me pregunto, sin embargo…
Se detuvo, inquieto, temiendo indagar demasiado profundamente.
—¿Sí…?
—No tiene importancia.
—Por favor —dijo Jijibhoi—. Somos viejos amigos.
—Me preguntaba —respondió Klein lentamente— si no resulta duro para ti pasar todo el tiempo entre muertos, estudiándolos, estudiando sus métodos, dedicándoles tu carrera entera, cuando tu esposa evidentemente aborrece los Pueblos Fríos y todo lo que procede de ellos. Si el tema de tu trabajo la repele, no debes poder compartirlo con ella.
—Oh —respondió Jijibhoi, relajándose visiblemente—, así que es eso... pues yo tengo incluso menos simpatía por todo el fenómeno del reavivado que ella.
—¿Tú tienes…? —éste era un aspecto de Jijibhoi que Klein nunca había sospechado— ¿Te repele? ¿Entonces por que escogiste hacer un sondeo tan intensivo de ello?
Jijibhoi pareció auténticamente sorprendido.
—¿Qué? ¿Estás diciendo que uno debe tener lealtad personal por el tema de un área de estudio? —soltó una carcajada—. Tú eres de origen judío, creo, y a pesar de eso tu tesis doctoral concernía, creo recordar, con las fases tempranas del Tercer Reich.
—¡Touché! —Klein se estremeció.
—Como sociólogo, encuentro la subcultura de los muertos irresistible —prosiguió Jijibhoi—. Tener un aspecto tan radicalmente nuevo de la existencia humana haciendo erupción durante la carrera de uno es un regalo increíble. No hay ningún campo más fecundo que yo pueda investigar. Pero no tengo aspiración, ninguna en absoluto, de entregarme nunca para reavivar. Para mí, para mi esposa, estarán las Torres del Silencio, el sol caliente, los buitres complacientes... y se acabó, el fin, nada más, última estación.
—No tenía idea de que te sintieses así. Supongo que si hubiera sabido más sobre la teología Parsi, podría haberme percatado...
—No comprendes. Nuestras objeciones no son religiosas. Es que nosotros compartimos un anhelo, una manía idiosincrásica, por no continuar más allá del tiempo asignado. Pero además tengo serias reservas acerca del impacto del reavivado en nuestra sociedad. Siento un profundo desasosiego por la presencia de esos muertos entre nosotros, siento un miedo puramente personal de esta gente y la cultura que están creando, siento incluso un aborrecimiento por —Jijibhoi se cortó de repente— …su indulto. Ésa es quizá una palabra demasiado fuerte. ¿Ves qué compleja es mi postura hacia este tema, mi mezcla de fascinación y repulsión? Vivo en tensión constante entre esos polos. Pero ¿por qué te digo todo esto, que si no te molesta seguramente debe aburrirte? Oigamos hablar de tu viaje a Zanzíbar.
—¿Qué puedo decir? Fui, esperé un par de semanas para que ella se presentase, no pude estar cerca de ella en modo alguno, y volví a casa. Todo un viaje hasta África y no conseguí ni un atisbo suyo.
—¡Qué frustración, querido Jorge!
—Se quedó en su habitación del hotel. No me dejaron subir.
—¿Ellos…?
—Su séquito —respondió Klein—. Ella viajaba con otros cuatro muertos, una mujer y tres hombres. Compartiendo su habitación con el arqueólogo, Zacharias. Él fue el que la ocultó de mí, y lo hizo muy hábilmente, por cierto. Actúa como si la poseyera. Tal vez lo haga. ¿Qué me puedes contar tú, Framji? ¿Se casan los muertos? ¿Es Zacharias su nuevo marido?
—Es muy improbable. Los términos "esposa" y "marido" no se usan entre los muertos. Establecen relaciones, sí, pero los lazos de pareja parecen raros entre ellos, posiblemente desconocidos por completo. En lugar de eso tienden a crear agrupamientos seudo-familiares de apoyo con tres o cuatro, o incluso más individuos, los cuales...
—¿Quieres decir que sus cuatro acompañantes en Zanzíbar son sus amantes?
Jijibhoi gesticuló elocuentemente.
—¿Quién puede decirlo? Si tratas de decir en un sentido físico, entonces lo dudo, pero uno nunca puede estar seguro. Zacharias parece ser su compañero especial, en todo caso. Varios de los demás puede ser parte de su seudo-familia también; o todos, o ninguno. Tengo motivos para creer que en ciertos momentos cada muerto puede aducir una relación familiar con cualquier otro de su clase. ¿Quién sabe? Percibimos las actividades de esta gente, como dijo alguien, a través del espejo, misteriosamente…
—No veo a Sybille emparejada tan fácilmente. Ni siquiera sé qué aspecto tiene ahora.
—No ha perdido nada de su belleza.
—Eso me has dicho antes. Pero quiero verla yo mismo. Tú no puedes comprender realmente, Framji, cómo ansío verla. El dolor que siento, no soy capaz de…
—¿Te gustaría verla ahora mismo?
Klein se estremeció en un espasmo de asombro.
—¿Qué? ¿Qué dices? ¿Está...?
—¿Escondida en la habitación de al lado? No, no, nada de eso. Pero tengo una pequeña sorpresa para ti. Ven a la biblioteca.
Sonriendo cálidamente, Jijibhoi dirigió el camino desde el comedor hasta el pequeño estudio contiguo, un cuarto completamente abarrotado desde el suelo hasta el techo con libros en una variedad asombrosa de lenguajes: no simplemente inglés, francés y alemán, sino también sánscrito, hindi, Gujerati, Farsi, las lenguas propias de la formación políglota de Jijibhoi en la diminuta colonia Parsi de Bombay, una comunidad en la cual ningún lenguaje, una vez valorado, era jamás descartado. Apartando una pila de publicaciones profesionales muy usadas, sacó un cubo de película brillante, activando su luz interior con un toque del pulgar, y se lo dio a Klein.
La imagen holográfica, bien definida y brillante, mostró tres formas en una ancha llanura herbosa que parecía no tener límites; libre de árboles, piedras grandes, o cualquier otra interrupción visual, se desenrollaba una interminable alfombra verde bajo un liso cielo azul mortecino. Zacharias estaba de pie a la izquierda, su cara desviada de la cámara; miraba hacia abajo, mientras montaba un rifle formidable. En el extremo derecho estaba un hombre moreno y rechoncho, de aspecto robusto, cuya cara pálida, brutalmente destacada, parecía toda barba y fosas nasales. Klein le reconoció: Anthony Gracchus, uno de los muertos que habían acompañado a Sybille hasta Zanzíbar. Sybille permanecía en pie al lado de él, vestida con unos amplios pantalones caquis y una crujiente blusa blanca. El brazo de Gracchus estaba extendido; evidentemente señalando un objetivo, y ella apuntaba atentamente una escopeta casi tan grande como la de Zacharias.
Klein giró el cubo, estudiando la cara de ella desde varios ángulos, y la visión hizo que sus dedos se tornaran espesos y torpes, que sus párpados temblaran. Jijibhoi había hablado correctamente: ella no había perdido nada de su belleza. Pero no era totalmente la Sybille que él había conocido. Cuando la vio por última vez, yaciendo en su ataúd, ella había parecido ser una perfecta imagen de mármol de sí misma, y ahora tenía esa misma apariencia estatuaria irreal. Su cara era una máscara inexpresiva, calma, remota, lejana; sus ojos eran misterios relucientes; sus labios registraban una sonrisa débil, enigmática, apenas perceptible. Le asustó contemplarla así, tan ajena, tan poco familiar. Quizás era la intensidad de su concentración, que le confería esa apariencia marmórea imponente que ella parecía derramar por todo su ser durante el acto de apuntar. Inclinando más el cubo, Klein pudo ver a lo que apuntaba: Un raro pájaro desmañado avanzando a través de la hierba en la zona izquierda inferior del cubo, un pájaro más grande que un pavo, redondo como un saco, con plumaje gris ceniza, pecho y cola blanquecinos, alas de un blanco amarillento, y unas cortas, cómicas patas amarillas. Su cabeza era inmensa y su pico negro terminaba bruscamente en un gran gancho. La criatura parecía solemne, bastante digna, y débilmente ridícula; no parecía consciente de que su destino estaba frente a ella. Qué extraño ver a Sybille a punto de matarlo, ella que siempre había detestado el acto de quitar la vida: ¡Sybille la cazadora ahora, Sybille la diosa lunar, Diana Sybille!
Klein, estremecido, miró a Jijibhoi y dijo:
—¿Dónde ha sido tomado esto? En ese safari en Tanzania, supongo.
—Sí. En febrero. Este hombre es el guía, el cazador blanco.
—Le vi en Zanzíbar. Se llama Gracchus; era uno de los muertos que viajaban con Sybille.
—Dirige una reserva de caza no muy lejos del Kilimanjaro, preparada exclusivamente para el uso de los muertos —respondió Jijibhoi—. Una de las manifestaciones más extravagantes de su subcultura, de hecho. Cazan sólo a aquellos animales que…
Klein preguntó expectante:
—¿Cómo obtuviste tú esta foto?
—Fue tomada por Nerita Tracy, otro de los acompañantes de tu esposa.
—La encontré en Zanzíbar, también. Pero cómo…
—Un amigo de ella es conocido mío, uno de mis informantes, de hecho; una valiosa conexión en mis investigaciones. Varios meses atrás le pregunté si podría obtener algo como esto para mí. No le dije, claro está, que lo quisiese para ti —Jijibhoi le miró fijamente—. Pareces preocupado, querido amigo.
Klein cabeceó. Cerró los ojos como para protegerlos de los planos deslumbrantes de la foto de Sybille. Finalmente respondió en una voz lacónica, carente de matices:
—Debo llegar a verla.
—Quizá sería mejor para ti si abandonaras.
—No.
—No existe ninguna forma de que pueda convencerte de que es peligroso para ti perseguir tu fantasía de...
—No —respondió Klein—. Ni lo intentes. Es necesario para mí alcanzarla. Necesario.
—¿Cómo lo llevarás a cabo, entonces?
Klein respondió mecánicamente:
—Yendo al Pueblo Frío de Sión.
—Ya has hecho eso. No te dejarán entrar.
—Esta vez lo harán. No rechazan a los muertos.
Los ojos del Parsi se dilataron.
—¿Renunciarás a tu vida? ¿Es éste tu plan? ¿Qué estás diciendo, Jorge?
Klein, risueño, respondió:
—Eso no es lo que quise decir en absoluto.
—Estoy asombrado.
—Tengo la intención de infiltrarme. Me disfrazaré como uno de ellos. Me meteré calladamente en el Pueblo Frío del mismo modo en que un infiel se desliza en La Meca —aferró la muñeca de Jijibhoi—. ¿Me puedes ayudar? ¿Entrenarme en sus maneras, enseñarme su jerga?
—Te descubrirán al minuto.
—Puede que no. Tal vez llegaré a Sybille antes de que lo hagan.
—Es una locura —respondió Jijibhoi calmadamente.
—Así y todo. Tú tienes el conocimiento. ¿Me ayudarás?
Suavemente, Jijibhoi retiró su brazo del control de Klein. Atravesó el cuarto y se ocupó durante algunos momentos de un estante de libros descuidado, ordenando y reacomodando puntillosamente. Finalmente, respondió:
—Allí es poco lo que yo puedo hacer por ti. Mi conocimiento es amplio pero no profundo, no suficientemente profundo. Pero si insistes en ir hasta el final con esto, Jorge, te puedo presentar a alguien que puede estar capacitado para ayudarte. Es uno de mis informantes, un muerto, un hombre que ha rechazado la autoridad de los Padres Guía, una persona que anda entre los muertos pero no con ellos. Tal vez él puede instruirte en lo que necesitarías saber.
—Llámale —dijo Klein.
—Debo advertirte de que es imprevisible, turbulento, quizá incluso traicionero. Los valores humanos comunes no tienen significado para él en su estado actual.
—Llámale.
—Si pudiera disuadirte de...
—Llámale.
5.
Discutir trae problema. Estos días los leones rugen de lo lindo. La alegría sigue la pena. No está bien pegar a los niños demasiado. Usted debería irse ahora y volver a casa. Es imposible trabajar hoy. Usted debería ir a la escuela todos los días. No es aconsejable seguir este sendero, hay agua en medio. No importa, podré cruzar. Deberíamos regresar rápidamente. Estas lámparas emplean un montón de aceite. No hay mosquitos en Nairobi. No hay leones aquí. Hay gente aquí, buscando huevos. ¿Hay agua en el pozo? No, no hay. Si hay sólo tres personas, entonces el trabajo será imposible hoy.
D. V. PERROTT, Aprenda Swahili usted mismo
Gracchus hace señas furiosamente a los mozos y ruge:
—Shika njia hii —al frente, tres giran, dos continúan caminando con pesadez en línea recta. Llama—: ¡Ninyi nyote! ¡Fanga kama hivi! —menea la cabeza, escupe, se sacude el sudor de la frente. Añade, hablando en una voz más baja y en inglés, con cuidado de que no le oigan— ¡Haced lo que digo, bastardos negros malignos, o estaréis más muertos que yo antes de la puesta del sol!
Sybille ríe nerviosamente.
—¿Les hablas siempre así?
—Trato de ser natural con ellos. ¿Pero qué hacen bien, qué hace bien cualquiera de ellos? Vamos, déjame ir a su paso.
Hace menos de una hora que ha amanecido pero el sol ya calienta mucho, en este árido paisaje llano entre el Kilimanjaro y el Serengeti. Gracchus está dirigiendo a la banda hacia el norte a través de la hierba alta, siguiendo el rastro de lo que él cree que es un cuaga, pero abrir una senda en la hierba alta es trabajo agotador y los porteadores no dejan de desviarse hacia un barranco que ofrece la sombra tentadora de una espesura de espinos, y tiene que hostigarlos continuamente para mantenerlos firmes en la ruta que él quiere. Sybille ha advertido que Gracchus grita ferozmente a sus negros, como si fuesen no mucho más que bestias recalcitrantes, y habla de ellos a sus espaldas con un desprecio similar, pero todo eso parece hecho por puro alarde, todo parte de su papel de cazador blanco: también ha notado a veces, cuando ella supuestamente no se enteraba, que en secreto Gracchus es de hecho amable, tierno, incluso afectuoso entre los porteadores, gastando bromas con ellos —supone ella— con expresivas burlas Swahili y juguetones puñetazos fingidos. Los porteadores hacen también su papel: se comportan tal como se espera de su profesión, alternativamente respetuosos y condescendientes hacia los clientes, fingiendo ser alternativamente los depositarios omniscientes de la tradición del monte y salvajes simples, ingenuos, apropiados sólo para acarreando fardos. Pero los clientes a los que sirven no son realmente como los deportistas de la época de Hemingway, dado que son muertos, y los porteadores están secretamente aterrorizados de los seres extraños a quienes sirven. Sybille los ha visto mascullando plegarias y acariciando amuletos cada vez que accidentalmente tocan a uno de los muertos, y ocasionalmente ha captado una mirada desprevenida transmitiendo puro miedo, posiblemente repulsión. Gracchus no es su amigo, por más alegre que pueda estar entre ellos: parecen considerarle como algún tipo de brujo monstruoso, y a los clientes como demonios encarnados.
Sudando, hablando poco, los cazadores se mueven en fila india: primero los porteadores con las armas y los suministros; luego Gracchus, Zacharias, Sybille, Nerita disparando constantemente su cámara, y Mortimer. Los parches de nubes blancas derivan lentamente a través del inmenso arco del cielo. La hierba es exuberante y densa, pues las lluvias cortas fueron inusualmente fuertes en diciembre. Animales pequeños corren a toda prisa a su través, visibles sólo en destellos rápidos, ardillas y chacales y gallinas de Guinea. A veces pueden verse criaturas mayores: tres avestruces arrogantes, un par de resollantes hienas, una banda de gacelas Thomson fluyendo como un río de color tostado a través de la llanura. Ayer Sybille espió a dos jabalís verrugosos, algunas jirafas, y un serval, un elegante gato salvaje de grandes orejas que avanzaba a rastras como un guepardo en miniatura. Ninguna de estas bestias pueden ser cazadas, sino sólo ésas especiales que los agentes del coto han introducido para las especiales necesidades de sus clientes; cualquier cosa considerada fauna africana nativa, lo cual quiere decir cualquier cosa que viviera aquí antes de que los muertos alquilasen esta región del Masai, está protegida por orden del Estado. Los Masai están autorizados para realizar alguna cacería de leones, dado que ésta es su reserva, pero quedan tan pocos Masai que el perjuicio que pueden provocar es mínimo. Ayer, después de los facoqueros y antes de las jirafas, Sybille vio a sus primeros Masai: cinco hombres enjutos, hermosos, de cuerpo alargado, desnudos bajo escasas túnicas rojas, caminando silenciosamente sin rumbo aparente a través de los arbustos, haciendo pausas frecuentes para quedarse con aire pensativo sobre una pierna, apoyados contra sus lanzas. De cerca eran menos apuestos: desdentados, salpicados de moscas, quebrantados. Se ofrecieron a vender sus lanzas y sus collares de cuentas por algunos chelines, pero los componentes de safari ya se habían abastecido de artefactos Masai en tiendas de recuerdos de Nairobi, a precios pasmosamente más altos.
Durante el resto de la mañana acechan al cuaga, Gracchus señalándoles huellas de pezuñas aquí, estiércol fresco allá. Es Zacharias que quien ha pedido disparar a un cuaga.
—¿Cómo puedes asegurar que no vamos detrás de una cebra? —pregunta malhumoradamente.
Gracchus le guiña un ojo.
—Confía en mí. También encontraremos cebras por el camino. Pero tú conseguirás tu cuaga. Te lo garantizo.
Ngiri, el porteador principal, gira y sonríe abiertamente.
—Piga quagga m'uzuri, bwana.
Le dice a Zacharias, y guiña el ojo también; y entonces —Sybille lo ve claramente— su alegre sonrisa confiada se desvanece como si hubiese tenido ánimos para mantenerla sólo durante un instante, y un velo de temor cubre su oscura cara reluciente.
—¿Qué ha dicho? —pregunta Zacharias.
—Que dispararás a un cuaga excelente —contesta Gracchus.
Los cuagas. El último salvaje fue matado allá por 1870, quedando sólo tres en el mundo, todas hembras, en zoológicos europeos. Los Boers los habían dado caza hasta el borde de la extinción para alimentar con su carne blanda a los esclavos hotentotes y para hacer de sus pieles rayadas sacos para el grano bóer, veldschoen de cuero para los pies bóer. El cuaga del Zoo de Londres murió en 1872, el de Berlín en 1875, y el cuaga de Amsterdam en 1883, y no fueron vistos vivos otra vez hasta la restauración artificial de la especie a través de selección posterior de la raza y manipulación genética en 1990, cuando este coto de caza fue abierto para una clientela restringida y especial.
Es casi mediodía ya, y no ha sido disparada una bala en toda la mañana. Los animales han comenzado a dirigirse a cubierto; no aparecerán hasta que se alarguen las sombras. Momento para hacer un alto, montar el campamento, sacar la cerveza y los sándwiches, contar historias exageradas sobre aventuras horripilantes con búfalos enloquecidos y elefantes nerviosos. Pero no se quedan demasiado. Los caminantes se acercan a una colina baja y ven, en la depresión alargada más allá, una gran cantidad de avestruces y varios centenares de cebras pastando. A medida que los humanos surgen a la vista, los avestruces empiezan a alejarse lenta y cautelosamente, pero las cebras, del todo imperturbables, continúan pastando. Ngiri señala con el dedo y dice:
—Piga quagga, bwana.
—Simplemente un montón de cebras —responde Zacharias.
Gracchus niega con la cabeza.
—No. Escucha. ¿Oyes el sonido?
Al principio nadie advierte nada inusual. Pero entonces, sí, Sybille lo oye: un inquieto relincho agudo, muy extraño, un sonido salido de un tiempo perdido, el grito de una bestia que ella no había oído antes. Es una canción de los muertos. Nerita la oye también, y Mortimer, y finalmente Zacharias. Gracchus indica con la cabeza hacia el flanco distante de la depresión. Allí, entre las cebras, hay media docena de animales que casi podrían ser cebras, pero cebras inacabadas, rayados sólo en la cabeza y la parte delantera; el resto de sus cuerpos es de un marrón amarillento, sus piernas son blancas, sus crines marrón oscuro con rayas pálidas. Sus pelajes brillan como mica al sol. De vez en cuando levantan sus cabezas, emiten ese extraño resoplido percusivo silbante, y se inclinan de nuevo hacia la hierba. Cuagas. Extraviados desde el pasado, reliquias, fantasmas revividos. Gracchus hace señales y la banda se despliega a lo largo de la cima de la colina. Ngiri le da a Zacharias su arma gigantesca. Zacharias se arrodilla, avista.
—No te precipites —susurra Gracchus—. Tenemos toda la tarde.
—¿Parezco apresurado? —pregunta Zacharias.
Las cebras bloquean ahora al pequeño grupo de cuagas de su vista, casi como intencionadamente. Él no debe pegar un tiro a una cebra, claro está, o habrá problemas con los guardas forestales. Pasan los minutos. Luego la pantalla de cebras se separa abruptamente y Zacharias aprieta el gatillo. Hay un estampido enorme; las cebras se escapan en diez direcciones, de manera que el ojo es bombardeado con vertiginosas ondas estroboscópicas de blanco y negro. Cuando pasa la convulsa confusión, uno de los cuagas yace sobre su costado, completamente solo en el prado, habiendo efectuado la transición a través de la interfaz. Sybille lo mira serenamente. La muerte la desalentó una vez, muerte de cualquier tipo, pero ya no.
—¡Piga m'uzuri! —gritan gozosamente los porteadores.
—Kufa —dice Gracchus—. Muerto. Un tiro limpio. Ya tienes tu trofeo.
Ngiri se da prisa con el cuchillo de desollar. Esa noche, acampando bajo el ancho flanco del Kilimanjaro, cenan cuaga asado, muertos y porteadores por igual. La carne es jugosa, recia, débilmente picante.
A última hora de la tarde siguiente, a medida que atraviesan una corriente helada que, perfilada por árboles, rompe el campo lleno de espesos y altos matorrales verde-grisáceos, encuentran una monstruosidad: una caótica cosa peluda de doce o quince pies de altura, erguida sobre sus masivos cuartos traseros y balanceándose sobre una cola increíblemente gruesa, robusta. Se apoya contra un árbol, tirando de sus ramas altas con sus largos miembros delanteros rematados por feroces zarpas como una hilera de hoces; come ruidosamente con voracidad hojas y varitas de leña. Pronto los advierte y mira alrededor, estudiándolos con unos pequeños ojos amarillos estúpidos; luego vuelve a su comida.
—Una rareza —dice Gracchus—. Conozco a cazadores que han andado por todo este parque sin toparse nunca con uno. ¿Habéis visto vosotros alguna vez algo tan feo?
—¿Qué es eso? —pregunta Sybille.
—Un megaterio. El perezoso gigante de tierra. Sudamericano, en realidad, pero no nos detuvimos en nimiedades sobre geografía cuando abastecimos este lugar. Tenemos sólo cuatro de ellos, y cuesta no sé cuántos miles de dólares disparar a uno. Nadie ha firmado por un perezoso terrestre todavía. Dudo que alguien quiera.
Sybille se pregunta dónde podría ser vulnerable a una bala la bestia: seguramente no en su débil cerebro del tamaño de un maní. Se pregunta, también, qué clase de deportista encontraría placer en matar algo semejante. Durante un rato observan cómo el torpe monstruo desgarra el árbol. Luego siguen adelante.
Gracchus les muestra otro prodigio a la caída del sol: una esfera pálida, similar a un melón enorme, anidado en un montículo de hierba espesa junto a un arroyo.
—¿Un huevo de avestruz? —especula Mortimer.
—Cerca. Muy cerca. Es un huevo de moa. El pájaro más grande del mundo. De Nueva Zelanda, extinto sobre el siglo dieciocho.
Nerita se inclina y da unos ligeros golpecitos al huevo.
—¡Qué tortilla podríamos hacer!
—Podría dar de comer a unos setenta y cinco como nosotros —responde Gracchus—. Siete litros de líquido, fácilmente. Pero por supuesto que no debemos entrometernos en eso. El crecimiento natural es de suma importancia para conservar este parque abastecido.
—¿Y dónde está mamá moa? —pregunta Sybille—. ¿Debería dejar desamparado el huevo?
—Los moas no son precisamente brillantes —replica Gracchus—. Esa es una buena razón para explicar por qué se extinguieron. Ha debido alejarse para encontrar algo de cena. Y…
—Buen Dios —barbota Zacharias.
El moa ha regresado, emergiendo repentinamente desde un matorral. Se levanta como una montaña con plumas por encima de ellos, delineada por el azul oscuro del crepúsculo: un avestruz, más o menos, pero un avestruz exagerado, un avestruz último, un pájaro de casi cuatro metros de altura, con un pesado cuerpo redondeado y un gran cuello recio como una manguera y patas como árboles jóvenes armadas de garras robustas. ¡Seguramente éste es el rukh de Simbad, que puede volar con elefantes en sus garras! El pájaro los mira fijamente, contemplando lánguidamente a la cuadrilla de seres pequeños apelotonados alrededor de su huevo; arquea su cuello como si preparase un ataque, y Zacharias intenta alcanzar uno de los fusiles, pero Gracchus detiene su mano, pues el moa simplemente se yergue para protestar. Articula un profundo mugido triste y no se mueve.
—Simplemente retroceded despacio —les dice Gracchus—. No atacará. Pero manteneos alejados de sus patas; una patada podría mataros.
Mortimer responde.
—Voy a pedir una licencia para un moa.
—Matarlos es aburrido —le dice Gracchus—. Simplemente se quedan de pie ahí y te dejan disparar. Estarás más contento con lo que firmaste.
Por lo que Mortimer ha firmado es por un uro, el buey salvaje extinto de los bosques europeos, conocido por César, conocido por Plinio, cazado por el héroe Sigfrido, enteramente exterminado ya para el año 1627. Las llanuras de África Oriental no son un ambiente confortable para el uro, y el rebaño conjurado por los nigromantes genéticos se mantiene aislado en las tierras altas arboladas, un viaje de varios días desde los lugares frecuentados por los cuagas y los perezosos de tierra. En esta arboleda oscura los cazadores se encuentran con tropas de babuinos parlanchines y elefantes solitarios de grandes orejas y, en un lugar de luz quebrada y sombra, un antílope espléndido, un bongó con un par de cuernos delicadamente curvados. Gracchus los dirige hacia adelante, a lo más profundo. Parece tenso: hay peligro aquí. Los porteadores se mueven furtivamente a través del bosque como fantasmas negros, diseminándose en arco como pinzas de cangrejo, comunicándose entre ellos y con Gracchus por medio de silbidos. Todo el mundo mantiene las armas preparadas por aquí. Sybille medio anticipa leopardos escondidos sobre las ramas colgantes, cobras reptando a través de la maleza. Pero no siente miedo.
Se acercan a un claro. Gracchus dice.
—Uros.
Una docena de ellos ramonea en los arbustos: enormes toros de pelo corto y larga cornamenta, musculosos y alerta. Recogiendo el olor de los intrusos, levantan sus cabezas pesadas, olfatean, miran encolerizadamente. Gracchus y Ngiri dialogan con las cejas. Asintiendo con la cabeza, Gracchus masculla hacia Mortimer:
—Demasiados. Espera a que se dispersen.
Mortimer sonríe. Parece un poco nervioso. El uro tiene la reputación de atacar sin previo aviso. Cuatro, cinco, seis bestias se pierden de vista, y los demás se retiran hacia el borde del claro, como para planear la estrategia; excepto un gran toro, de mirada agria y hosca, que permanece en su sitio, ceñudo. Gracchus se hace un ovillo sobre sus pies. Su cuerpo corpulento parece, para Sybille, un estudio de la inmovilidad, de la preparación.
—Ahora —dice.
En ese mismo momento el uro ataca, moviéndose con rapidez extraordinaria, la testa baja, los cuernos extendidos como lanzas. Mortimer dispara. La bala produce un fuerte sonido abocinado, chocando contra el hombro del uro, un disparo perfecto, pero el animal no cae, y Mortimer dispara otra vez, abalanzándose poco airosamente sobre la barriga, y entonces Gracchus y Ngiri están disparando también, no al uro de Mortimer sino sobre las cabezas de los otros, para ahuyentarlos, y la arriesgada táctica funciona, pues los otros animales salen en estampida por la arboleda. El único al que Mortimer ha disparado continúa hacia él, tambaleante ahora, perdiendo ímpetu, y cae prácticamente a sus pies, rodando, acuchillando el suelo del bosque con sus cascos.
—Kufa —dice Ngiri—. Piga nyati m'uzuri, bwana.
Mortimer sonríe abiertamente.
—Piga —responde.
Gracchus le hace un saludo.
—Más excitantes que el moa.
—Y éstos son míos —dice Nerita tres horas más tarde, indicando un árbol en el borde exterior del bosque. Varios centenares de palomas grandes anidan en sus ramas, tantas que el árbol parece retoñar aves en vez de hojas. Las hembras son simples, pardo claro por arriba, gris por abajo; pero los machos son llamativos, con un plumaje rico, lustroso y azul en sus alas y dorsos, las pechugas de un color rojo vino, manchas iridiscentes de bronce y verde en sus cuellos, y vívidos ojos extraños, de una naranja brillante, llameante. Gracchus dice:
—Bien. Has encontrado a tus palomas silvestres norteamericanas.
—¿Dónde está la emoción en disparar a palomas desde el pie de un árbol? —pregunta Mortimer.
Nerita le regala una mirada desdeñosa.
—¿Dónde está la emoción en acribillar a balazos a un toro de carga? —hace señales a Ngiri, quien pega un tiro al aire.
Las palomas alarmadas estallan desde sus perchas y vuelan en círculos bajos. Antaño, siglo y medio atrás en los bosques de América del Norte, nadie se molestaba en disparar a las palomas silvestres al vuelo: las palomas eran comida, no deporte, y era más simple dispararlas mientras estaban posadas, pues así un solo cazador podía matar miles de aves en un día. Así, llevó sólo cincuenta años reducir la población de la paloma silvestre norteamericana de incontables miles de millones que ennegrecían el cielo, a cero. Nerita es más deportiva. Ésta es una prueba de su habilidad, al fin y al cabo. Apunta su escopeta, dispara, recarga, dispara, recarga. Las aves sorprendidas caen al suelo. Ella y su arma son una única entidad, compartiendo un propósito. En instantes ha terminado. Los porteadores recuperan las aves caídas y las rompen los cuellos. Nerita tiene la docena de palomas que su licencia permite: un par como trofeo, el resto para la cena de esta noche. Las supervivientes han regresado a su árbol y se quedan mirando plácidamente, sin reproche, a los cazadores.
—Proliferan tan jodidamente rápido —masculla Gracchus— …si no andamos con cuidado, se saldrán del coto y se apropiarán de toda África.
Sybille se ríe.
—No te preocupes. Lucharemos. Las exterminamos una vez y lo podemos hacer nuevamente, si tenemos que hacerlo.
La presa de Sybille es un dodo. En Dar, cuando solicitaban sus licencias, los demás se burlaron de su elección: un pájaro incapaz de volar y gordo, incapaz de correr o pelear, tan falto de juicio que no teme a nada. Ella los ignoró. Ella quiere un dodo porque para ella es el esencia de la extinción, el prototipo de todo lo que está muerto y desvanecido. Que no haya deporte alguno en disparar a dodos estúpidos significa poco para Sybille. La caza misma es absurda para ella.
A través de este parque enorme discurre como en un sueño. Ve perezosos de tierra, grandes alcas, cuagas, moas, gallinas silvestres, rinocerontes de Java, armadillos gigantes y muchas otras rarezas. El lugar es una morada de fantasmas. El ingenio de los artesanos genéticos es ilimitado. ¿Algún día, tal vez, el coto de caza ofrecerá trilobites, tyranosauros, mastodontes, tigres de dientes de sable, baluchitherios? Incluso —¿por qué no?— jaurías de australopitecos, tribus de Neandertales. Para la diversión de los muertos, cuyos juegos tienen cierta tendencia a ser sombríos. Sybille se pregunta si realmente puede ser considerada asesinato, esta matanza de artículos de novedad engendrados en laboratorio. ¿Son estos animales reales o artificiales? ¿Cosas vivas, o construcciones ingeniosamente animadas? Reales, decide. Vivos. Comen, metabolizan, se reproducen. Deben parecerse reales a sí mismos, luego son reales; más reales, tal vez, que los seres humanos muertos que caminan de nuevo en sus propios cuerpos de desecho.
—La escopeta —pide Sybille al porteador más cercano.
Allí está el pájaro, feo, ridículo, contoneándose laboriosamente a través de la hierba alta. Sybille acepta un arma y avista a lo largo de su cañón.
—Un momento —dice Nerita—. Me gustaría tomar una foto de esto.
Se mueve a través el grupo, con un cuidado exagerado para no asustar al dodo, pero el dodo no parece consciente de ellos. Como un emisario del reino de las tinieblas, transmitiendo buenas noticias de muerte para estas criaturas todavía no extintas, avanza con dificultad diligente al otro lado de su senda.
—Muy bien —dice Nerita—: Anthony, señala al dodo, ¿quieres? Como si acabases de descubrirlo. Kent, me gustaría que tú mires tu arma, estudia su cerrojo o algo por el estilo. Estupendo. Y Sybille, simplemente mantén esa postura de apuntar... sí.
Nerita toma la foto.
Tranquilamente, Sybille aprieta el gatillo.
—Kazi imekwisha —dice Gracchus—. El trabajo está acabado.
6.
Aunque retroceder hacia uno mismo es un asunto en el mejor de los casos difícil, comparable a tratar de cruzar una frontera con documentos de identidad prestados, parece ser ahora la única condición necesaria para los principios de autorrespeto auténtico. La mayor parte de nuestros tópicos acerca del autoengaño continúan siendo la mayor decepción. Los trucos que funcionan en los otros no valen por nada en esa muy bien iluminada callejuela donde uno mantiene citas consigo mismo: Ninguna de las lindas sonrisas engañarán aquí a nadie, ninguna de las hermosamente trazadas listas de buenos deseos.
Jonta DIDION, Sobre el autorrespeto
—Haría bien en creerse lo que Jeej intenta decirle —dijo Dolorosa—. Diez minutos dentro del Pueblo Frío, y tendrán su número. Cinco minutos.
El hombre de Jijibhoi era pequeño, de aspecto arrugado, cuarenta o cincuenta años de edad, con largos cabellos morenos descuidados y desorbitados ojos ardientes. Su piel era cetrina y su cara huesuda. Los otros muertos que Klein había visto de cerca tenían en torno a ellos un aire de serenidad sobrenatural, pero no éste: Dolorosa estaba tenso, inquieto, un crujidor de nudillos, un roedor de labios. A pesar de eso, de algún modo no había duda de que era un muerto, tan muerto como Zacharias, como Gracchus, como Mortimer.
—¿Tendrán mi qué? —preguntó Klein.
—Su número. Su número. Sabrán que usted no es un muerto, porque eso no puede ser fingido. Jesús, ¿aún no habla usted inglés? Jorge, es un nombre extranjero. Debería haberlo sabido. ¿De dónde es usted?
—Argentina, en realidad, pero me trajeron a California cuando era un niño pequeño. En 1955. Mire, si me atrapan, me atrapan. Yo simplemente quiero entrar allí y pasar media hora hablando con mi esposa.
—Señor, usted ya no tiene ninguna esposa.
—Con Sybille —respondió Klein, exasperado—. Hablar con Sybille, mi... mi antigua esposa.
—Bien. Le meteré.
—¿Cuánto costará?
—No piense en eso —respondió Dolorosa—. Le debo a Jeej algunos favores. Más que unos pocos. Así es que le conseguiré la droga.
—¿Qué...?
—La droga que los agentes del Tesoro usan cuando se infiltran en los Pueblos Fríos. Estrecha las pupilas, contrae los vasos capilares, le aporta ese saludable aspecto de viejo zombi. Los agentes siempre son atrapados y expulsados, y también le pasará a usted, pero al menos entrará allí sintiendo que ha llevado un disfraz convincente. La cápsula aceitosa pequeña, una cada mañana en ayunas.
Klein miró a Jijibhoi.
—¿Por qué infiltran agentes del Tesoro en los Pueblos Fríos?
—Por las mismas razones por las que envían espías a cualquier otra parte —respondió Jijibhoi—. Para espiar. Tratan de recabar información sobre las transacciones financieras de los muertos, ¿me entiendes? Y hasta que sea aprobada por el Congreso una legislación adecuada que defina el estado de vida, no hay manera exacta de obligar a una persona conceptuada legalmente como muerta a comunicar...
Dolorosa interrumpió:
—Las explicaciones luego. Le puedo conseguir una tarjeta de residencia del Pueblo Frío de Albany en Nueva York. Usted murió en diciembre pasado, ¿de acuerdo? Y le reavivaron hacia el Este porque, veamos...
—Pude haber asistido a las convenciones anuales de la Asociación Histórica Americana en Nueva York —sugirió Klein—. Eso es lo que hago, ¿sabe? Profesor de historia contemporánea en UCLA. Debido al día festivo de Navidad mi cuerpo no podría ser enviado de regreso a California, sin habitáculo en ningún vuelo, así que me llevaron a Albany. ¿Cómo suena eso?
Dolorosa sonrió.
—Usted realmente disfruta elaborando mentiras, profesor ¿no es así? Puedo captar esa cualidad en usted. De acuerdo, Pueblo Frío de Albany, y éste es su primer viaje fuera de allí, su viaje de secado —así es como lo llaman, secado—. Usted ha salido del Pueblo Frío como una mariposa nueva recién salida de su capullo, todo blando y húmedo, y se encuentra abandonado a sus propios medios en un lugar extraño. Ahora, hay un montón de cosas de las que usted necesitará estar al corriente: cómo comportarse, pequeñas afectaciones, elegancia social, esa clase de majaderías, y trabajaré en eso con usted mañana, el miércoles y el viernes, tres sesiones; eso debe ser suficiente. Por ahora déjeme presentarle lo esencial. Hay sólo tres cosas que de veras debe recordar mientras está dentro:
1) Nunca formule una pregunta directa.
2) Nunca se apoye en el brazo de alguien. ¿Sabe qué quiero decir?
3) Mantenga en la mente que para un muerto el universo entero es dúctil; nada es real, nada importa en exceso, es todo sólo un chiste. Sólo un chiste, amigo, sólo un chiste.
A principios de abril voló hacia Salt Lake City, alquiló un coche, y condujo más allá de Moab hacia el interior del altiplano bordeado por montañas de roca roja donde los muertos habían construido el Pueblo Frío de Sión. Ésta era la segunda visita de Klein a la necrópolis. La otra había sido a finales del verano del 91, una época ardiente, abrasadora, en que el sol llenaba la mitad del cielo y hasta los nudosos enebros se veían sobrecogidos por la sed; pero ahora era una tarde escarchada, con una débil luz pálida fluyendo por entre las invernales colinas occidentales y ráfagas ocasionales de nieve ligera formando remolinos a través del aire azul acerado. Las instrucciones de ruta de Jijibhoi pulsaron desde la pantalla memo en su salpicadero. Catorce millas desde la ciudad, sí, la estrecha senda pavimentada saliendo de la carretera, sí, el pequeño y discreto letrero anunciando CARRETERA RESERVADA, PROHIBIDA LA ENTRADA, sí, una segunda señal unas mil yardas más adentro, PUEBLO FRÍO DE SIÓN. SÓLO SOCIOS, sí, y entonces apenas más allá de la barrera de luz verde a través de la carretera, el sistema de escáner, el cerramiento de controles de carretera como segadoras en el exterior de las instalaciones físicas subterráneas, una voz en un altavoz invisible diciendo:
—Si tiene usted un permiso para entrar en el Pueblo Frío de Sión, por favor colóquelo bajo su limpiaparabrisas izquierdo.
Aquella otra vez no había tenido permiso, y no había llegado más allá de aquí, sin embargo al menos había mantenido un pequeño coloquio con el portero invisible de entre el cual había exprimido la información de que Sybille estaba efectivamente viviendo en ese Pueblo Frío en particular. Esta vez fijó la tarjeta de residencia falsificada de Dolorosa en su parabrisas, y esperó tensamente, y en treinta segundos los controles de carretera se deslizaron fuera de la vista. Siguió adelante, a lo largo de una carretera sinuosa que seguía los contornos naturales de un denso bosque de coníferas cubiertas de maleza, y llegó por fin hasta un muro del ladrillo que formaba una curva más allá de los árboles, como si circundara el pueblo entero. Probablemente lo hacía. Klein tuvo una percepción abrumadora del Pueblo Frío como una ciudad hermética, masiva y sellada como el antiguo Egipto. Había una puerta de metal en el muro de ladrillo; verdes ojos electrónicos le examinaron, señalaron su aprobación, y el muro quedó franqueable.
Condujo lentamente hacia el centro de pueblo, pasando a través de una zona de lo que supuso serían edificios de suministros —depósitos de almacenamiento, una subestación de energía, las depuradoras municipales, lo que fueran un montón de sombríos bloques cenicientos sin ventanas— y después la zona residencial, la cual no era mucho más encantadora. Las calles se encontraban tendidas sobre una cuadrícula rectangular; los edificios eran rechonchos, lúgubres, impersonales, homogéneos. No había prácticamente tráfico de automóviles, y a lo largo de una docena de bloques no vio más de diez peatones, los cuales no le dedicaron ni una mirada. Así que éste era el ambiente que los muertos elegían para pasar sus segundas vidas. Pero ¿por que tal desolación deliberada?
Dolorosa había advertido:
—Usted nunca nos entenderá.
Dolorosa tenía razón. Jijibhoi le había dicho que los Pueblos Fríos eran algo menos que atractivos, pero Klein no estaba preparado para esto. Había una cualidad glacial en torno del lugar, como si estuviera totalmente enterrado dentro de un bloque de hielo transparente: silencio, esterilidad, una calma mortuoria. Pueblo Frío, sí, apropiadamente denominado. Arquitectónicamente, el pueblo se veía como un compendio de lo peor de todas las tendencias urbanísticas baratas y de mala calidad posibles, pero la textura psíquica que proyectaba era incluso más deprimente, más como una de esas espantosas comunidades de jubilación, uno de los innumerables Leisure Worlds o Sun Manors, esos desangelados santuarios estériles donde colonias enteras de ese otro tipo de muertos vivientes se congregaban para aguardar la trompeta final. Klein tembló.
Por fin, otros pocos minutos más adentro en el pueblo, un signo de actividad, si bien no exactamente de vida: un centro comercial, edificios pardos estucados de techo plano alrededor de un patio en forma de U, un flujo constante de compradores moviéndose de un lado a otro. Bien. Su primer examen estaba a punto de comenzar. Estacionó su coche cerca de la boca de la U y caminó desasosegadamente hacia el interior. Sentía como si su frente fuese un faro, emitiendo resplandores traicioneros a intervalos rítmicos: FRAUDE INTRUSO CONTRABANDISTA ESPÍA. Adelante, pensó, agárrenme, agarren al impostor, llévenlo al otro lado, expúlsenme, átenme con una cuerda, crucifíquenme. Pero nadie pareció recibir las señales. Era totalmente ignorado. ¿Por cortesía? ¿O simplemente desprecio? Espió lo que él esperaba que fuesen miradas furtivas de los compradores, a medias esperando toparse con Sybille inmediatamente. Todos ellos parecían sonámbulos, moviéndose en vidrioso silencio ocupados en sus asuntos. Ninguna sonrisa, ninguna charla: el distanciamiento gélido de esta gente reservada realzaba la familiar atmósfera suburbana del centro comercial con intensidad surrealista; Norman Rockwell con un recubrimiento de Dalí o De Chirico. El centro comercial se veía como cualquier centro comercial: tiendas de ropa, un banco, una tienda de discos, cafeterías, una floristería, un terminal estéreo de TV, un teatro, una tienda de baratijas. Una diferencia, sin embargo, se hizo aparente a medida que Klein deambulaba de tienda en tienda: el lugar entero estaba automatizado. No había dependientes en ningún sitio, sólo las omnipresentes pantallas de datos, y sin duda una batería de escáneres escondidos para desanimar a los rateros. (¿O moría el impulso hacia el robo insignificante con la primera muerte del cuerpo?). Los propios clientes seleccionaban la mercancía, señalada por medio de las pantallas de datos, tocando con sus pulgares para cargar el producto a sus cuentas. Por supuesto. Nadie iba a malgastar su preciosa existencia reavivada parado tras un mostrador para vender zapatillas de tenis o algodón de azúcar. Ni eran los residentes en los Pueblos Fríos propensos a diluir su aislamiento contratando una mano de obra de calientes importados. Obviamente, alguien tendría que hacer algún pequeño trabajo —¿cómo entraba la mercancía en las tiendas?— pero, en general, pensó Klein, lo que no pudiera ser hecho por máquinas no sería hecho en absoluto.
Vagó por el centro unos diez minutos. Justo cuando empezaba a creer que debía de ser enteramente invisible para esta gente, un hombre pequeño y ancho, cargado de hombros, calvo pero con características curiosamente jóvenes, se detuvo ante él y dijo:
—Soy Pablo. Le doy la bienvenida al Pueblo Frío de Sión —esta inesperada perforación del silencio sobresaltó tanto a Klein que tuvo que luchar para retener su correcta imperturbabilidad de muerto. Pablo sonrió calurosamente y unió ambas manos en dirección a Klein en cordial saludo, pero sus ojos eran glaciales, hostiles, distantes, una contradicción aterradora—. He sido enviado para llevarle hasta el área de alojamiento. Traiga su coche.
Aparte de para dar orientaciones, Pablo habló sólo tres veces durante el viaje en coche de cinco minutos.
—Aquí está la casa de resurrección —dijo. Un edificio de cinco pisos, tan acogedor como un hospital, con muros de bronce oscuro y ventanas negras como el ónice—. Ésta es la casa del Padre Guía —indicó Pablo un momento más tarde. Un edificio modesto de ladrillo, como una rectoría, al borde de un pequeño parque. Y, finalmente—: Aquí es donde usted morará. Disfrute su visita.
Salió bruscamente del coche y se alejó andando rápidamente.
Ésta era la casa de los forasteros, el hotel para muertos de visita, una estructura de ladrillo gris bastante baja, funcional y nada seductora, uno de los edificios menos atractivos en esta ciudad de edificios rematadamente desagradables. Por muy distinto que pudiera ser para los muertos, claramente no lo habían construido pensando en la arquitectura decorativa. Una voz de una pantalla de datos en el vestíbulo espartano le asignó una habitación: una caja de muros blancos, cuadrada, alta de techo. Tenía su retrete, su pantalla de datos, una cama estrecha, una cómoda, un armario modesto, una ventana pequeña que le proporcionaba una vista de un edificio vecino tan deslustrado como éste. Nada se había dicho acerca del alquiler; quizá era un invitado de la ciudad. Nada se había dicho sobre nada. Parecía que había sido aceptado. Tanta seguridad sombría de Jijibhoi de que sería instantáneamente detectado, tanta insistencia de Dolorosa sobre que tendrían su número en diez minutos o menos. Llevaba en el Pueblo Frío de Sión media hora. ¿Tenían su número?
—Comer no es importante entre nosotros —había dicho Dolorosa.
—¿Pero usted come?
—Por supuesto que comemos. Simplemente no es importante.
Era importante para Klein, sin embargo. No necesariamente haute cuisine, sino algún tipo de comida, preferentemente tres veces al día. Él estaba hambriento ahora. ¿Tocar el timbre para el servicio de habitaciones? No había sirvientes en esta ciudad. Recurrió a la pantalla de datos. Primera regla de Dolorosa: nunca haga una pregunta directa. Seguramente eso no era aplicable a la pantalla de datos; sólo para sus muertos asociados. No tenía por qué cumplir con sutilezas de etiqueta para hablar a una computadora. A pesar de eso, la voz detrás de la pantalla podría no ser de una computadora después de todo, así es que trató de emplear el estilo conversacional oblicuo y elíptico que Dolorosa aseguraba que los muertos preferían entre ellos:
—¿Cena?
—Economato.
—¿Dónde?
—Central Cuatro —respondió la pantalla.
¿Central Cuatro? Bien. Encontraría el camino. Se cambió de ropa y bajó por el largo corredor cubierto de vinilo hacia el vestíbulo. La noche había llegado; las farolas emitían una luz intensa. Bajo la capa de la oscuridad la fealdad de la ciudad ya no era tan protuberante, y había incluso una especie de controlada belleza en torno a la regularidad brutal de sus calles.
Las calles estaban sin marcar, sin embargo, y desiertas. Klein caminó al azar durante diez minutos, esperando encontrar a alguien dirigiéndose hacia el economato Central Cuatro. Pero cuando se encontró con alguien, una mujer alta y regia bastante entrada en años, fue incapaz de abordarla. (Nunca haga una pregunta directa. Nunca se apoye en el brazo de alguien). Caminó en la misma dirección, en silencio y a distancia, hasta que ella giró de pronto para entrar en una casa. Durante diez minutos más vagabundeó a solas otra vez. Esto es ridículo, pensó: muerto o caliente, soy un extraño en la ciudad, debería tener derecho a un poco de ayuda. Tal vez Dolorosa simplemente trataba de complicar las cosas. En la siguiente esquina, cuando Klein divisó a un hombre encorvado para ocultarse del viento, encendiendo un cigarrillo, se acercó audazmente a él.
—Perdone.
El otro levantó la vista.
—¿Klein? —dijo—. Sí. Desde luego. ¡Hombre, entonces usted también ha hecho el cruce!
Klein recordó: era uno de los acompañantes de Sybille en Zanzíbar. El agudo, el afilado Mortimer. Un miembro de su agrupamiento seudo-familiar, lo que sea que eso fuere. Klein clavó malhumoradamente los ojos en él. Éste debía de ser el momento en que su impostura quedaba al descubierto, pues sólo habían pasado unas seis semanas desde que discutió con Mortimer en los jardines de hotel de Sybille en Zanzíbar, no el tiempo suficiente para que alguien muera y sea reavivado y concluya su secado. Pero pasó un momento y Mortimer no dijo nada. Por fin Klein respondió:
—Acabo de llegar. Pablo me enseñó la casa de forasteros y ahora ando buscando el economato.
—¿Central Cuatro? Yo voy para allá. Ha tenido usted suerte —ningún signo de sospecha en la cara de Mortimer. Acaso una sonrisa fugaz dejó traslucir su apreciación de que Klein no podría ser lo que afirmaba ser. Recuerde que para un muerto el universo entero es plástico, es todo sólo un chiste. Dijo—: Estoy esperando a Nerita. Podemos comer todos juntos.
—Fui reavivado en el Pueblo Frío de Albany. Acabo de salir.
—Qué agradable —respondió Mortimer.
Nerita Tracy salió de un edificio apenas más allá de la esquina, una mujer esbelta de aspecto atlético, alrededor de la cuarentena, con pelo castaño rojizo corto. A medida que ella avanzaba rápidamente hacia ellos Mortimer dijo:
—Aquí está Klein, a quien nos encontramos en Zanzíbar. Recién reavivado, de Albany.
—Sybille se divertirá.
—¿Está ella en la ciudad? —farfulló Klein.
Mortimer y Nerita intercambiaron miradas sagaces. Klein se sintió avergonzado. Nunca haga una pregunta directa. ¡Maldito Dolorosa!
Nerita respondió:
—La verá dentro de poco. ¿Vamos a cenar?
El economato era menos austero de lo que Klein había esperado: De hecho era realmente un restaurante acogedor, elaboradamente construido en cinco o seis niveles divididos por lustrosas colgaduras oscuras en zonas de comedor pequeñas y aisladas. Gozaba de la apariencia cálida, fértil, de un balneario tropical. Pero la comida, que llegó mediante máquinas —por medio de dispensadores giratorios—, era prefabricada y triste: otra irritante contradicción. Sólo un chiste, amigo, sólo un chiste. En todo caso él estaba menos hambriento de lo que había pensado en el hotel. Se sentó con Mortimer y Nerita, picoteando su comida, mientras su conversación fluía más allá de él a varias veces la velocidad de su pensamiento. Hablaron en fragmentos y elipsis, en perífrasis y aposiopesis, en un estilo abundante en quiasmos, metonimias, meiosis, oxímoron, y ceumas; sus deslumbrantes técnicas retóricas le dejaron frustrado e incómodo, sumido en un mar de dudas sobre su intención. Cada dos por tres se lanzaban desde una maraña de indirección a ensartarle con una estocada confirmatoria rápida: ¿No es eso? decían entonces, y él sonreía y asentía, asentía y sonreía, respondiendo, Sí, sí, claro que sí. ¿Sabían que era una falsificación, y estaban simplemente jugando con él, o le habían, de algún modo, increíblemente, aceptado como uno de ellos? Tan sutil era su estilo que él no podría asegurarlo. Un miembro muy nuevo de la sociedad de los reavivados, se dijo a sí mismo, podría ser visto aquí casi como un caliente con la cara muerta.
Entonces Nerita dijo, nada de juegos verbales esta vez:
—Todavía la añora terriblemente, ¿no es así?
—Así es. Algunas cosas evidentemente nunca perecen.
—Todo perece —respondió Mortimer—. El dodo, el uro, el Sacro Imperio Romano Germánico, la Dinastía T'ang, los muros de Bizancio, el lenguaje de Mohenjo-daro.
—Pero no la Gran Pirámide, el Yangtze, el celacanto, o el cráneo de Pitecántropo —rebatió Klein—. Algunas cosas persisten y aguantan. Y algunas pueden ser regeneradas. Los lenguajes perdidos han sido descifrados. Creo que el dodo y el uro son cazados dentro de cierto parque africano en esta misma época.
—Copias —respondió Mortimer.
—Copias convincentes. Simulaciones tan buenas como el original.
—¿Qué es lo que quiere usted? —preguntó Nerita.
—Quiero lo que sea posible tener.
—¿Una copia convincente del amor perdido?
—Podría querer tranquilidad para charlar cinco minutos con ella.
—Lo tendrá. Pero no esta noche. ¿Ve? Ahí está ella. Pero no la moleste ahora.
Nerita saludó con la cabeza a través del piélago en el centro del restaurante; en una zona alejada, tres niveles por encima de donde se sentaban, habían aparecido Sybille y Kent Zacharias. Se detuvieron durante un breve momento al borde de su rincón ovalado del comedor, fijando la mirada, blanda y carente de emoción alguna, en el pozo central del restaurante. Klein palpó un músculo que sacudía con fuerza incontrolada su mejilla, una maldita revelación tanto de ausencia de muerte como de nerviosismo, y presionó su mano sobre él, de forma que vibró como una cuerda y latió contra su palma. Ella era como una diosa allá arriba, manifestándose en su santuario para sus adoradores, una trémula figura pálida, más bella aún de lo que había llegado ser para él a través de los realces angustiados del recuerdo, y le parecía mentira que ese ser hubiera sido alguna vez su esposa; que él la hubiese conocido cuando sus ojos estaban hinchados y enrojecidos por una noche de estudio, que él hubiese bajado su vista hasta su cara mientras hacían el amor y hubiera visto sus labios retroceder en ese espasmo de éxtasis tan cercano a una mueca de dolor, que él la hubiera conocido caprichosa y cruel durante la enfermedad, de mal genio e impaciente en la salud, una persona con defectos y debilidades, con olores e imperfecciones, en resumen un ser humano; esta diosa, esta criatura reavivada irreal, este objeto de su búsqueda, esta Sybille. Serenamente ella giró, serenamente desapareció dentro de su nicho encubierto.
—Ella sabe que usted está aquí —le dijo Nerita—. Usted la verá. Tal vez mañana.
Entonces Mortimer respondió algo enloquecedoramente oblicuo, y Nerita contestó con la misma mistificación descentrada, y Klein una vez más fue zambullido en el río de su danzante juego de palabras natural, hundido en él, abajo y abajo y abajo, y como luchó para evitar ahogarse, como peleó para comprender sus intercambios, no miró ni una sola vez hacia el lugar donde se sentaba Sybille, ni una sola vez, y se felicitó a sí mismo por haber logrado al menos eso en su mascarada.
Esa noche, yaciendo a solas en su cuarto de la casa de visitantes, se pregunta lo que le dirá a Sybille cuando finalmente se encuentren, y lo que ella le dirá a él. ¿Se atreverá a pedirla sin ambages que le describa la calidad de su nueva existencia? Eso es todo cuanto él quiere de ella, realmente: ese conocimiento, ese atisbo de una abertura en su personalidad transfigurada. ¿Esto es cuanto él espera llevarse de ella, sabiendo como sabe que allí apenas tendrá oportunidad de recobrarla? Pero ¿se atreverá a preguntar, se atreverá siquiera a eso? Por supuesto, al preguntar tales cosas la revelará que él es todavía un caliente, demasiado torpe y tosco de percepción para comprender la vida de un muerto. Pero él está seguro de que ella sentirá eso de cualquier manera, inmediatamente. ¿Qué responderá él, qué responderá? Hace gran despliegue de un imaginado guión de su conversación en el teatro de su mente:
“—Dime a qué se parece, Sybille, existir en la forma que lo haces ahora.
“—Es como nadar bajo una lámina de cristal.
“—No entiendo.
“—Todo está tranquilo donde estoy, Jorge. Hay una paz que supera toda comprensión. Yo solía sentir algunas veces que estaba atrapada en una gran tormenta, que estaba siendo abofeteada por cada ráfaga, que mi vida estaba siendo consumida por convulsiones y frenesís, pero ahora… ahora, estoy en el ojo de la tempestad, en el lugar donde todo está siempre en calma. Contemplo más bien que dejarme a mí misma actuar.
“—Pero ¿no hay una pérdida de sentimiento de ese modo? ¿No sientes que eres envuelta en un manto aislante? Como nadar bajo vidrio, dices... eso lleva a estar aislada, recortada, casi adormecida.
“—Supongo que tú podrías opinar así. Lo que significa es que una ya no es afectada por lo innecesario.
“—me suena como una existencia limitada.
“—Menos limitada que la tumba, Jorge.
“—Nunca comprendí por qué quisiste ser reavivada. Tú te comiste el mundo, Sybille, viviste con tal intensidad, tal pasión... Para reacomodarse al tipo de existencia que tienes ahora, para estar sólo medio viva...
“—No seas tonto, Jorge. Estar medio vivo es mejor que pudrirse en el suelo. Era demasiado joven. Había mucho todavía por ver y hacer.
“—¿Para verlo y hacerlo medio viva?
“—Esas fueron tus palabras, no las mías. No estoy viva del todo. Tampoco soy menos ni más que la persona que tú conociste. Soy otro tipo de ser. Ni menos ni más, sólo diferente.
“—¿Son diferentes todas tus percepciones?
“—Mucho. Mi perspectiva es más amplia. Las cosas sin importancia se revelan como cosas sin importancia.
“—Dame un ejemplo, Sybille.
“—Prefiero no hacerlo. Muere y ven con nosotros, y lo entenderás.
“—¿Sabes que no estoy muerto?
“—¡Oh, Jorge, qué divertido eres!
“—Es muy agradable poder divertirte todavía.
“—Se te ve tan dolorido, tan trágico. Casi podría sentir lástima por ti. Venga: Pregúntame algo.
“—¿Puedes dejar a tus acompañantes y vivir otra vez en el mundo?
“—Nunca he pensado en eso.
“—¿Podrías?
“—Supongo que podría. Pero ¿por qué iba a hacerlo? Éste es mi mundo ahora.
“—Este ghetto.
“—¿Eso te parece?
“—Os encerráis a vosotros mismos en una sociedad cerrada con vuestros iguales, una subcultura estrecha. Vuestra jerga, vuestro propio muro de etiqueta e idiosincrasia. Diseñado, creo, principalmente para mantener a los extraños fuera de sitio, para mantenerlos sintiéndose como extranjeros. Es un asunto defensivo. Los hippies, los negros, los homosexuales, los muertos: idéntico mecanismo, idéntico proceso.
“—Los judíos, también. No olvides a los judíos.
“—Claro, Sybille, los judíos. Con sus pequeños chistes tribales, sus días de fiesta especiales, su propio lenguaje misterioso, sí, un buen ejemplo.
“—Así es que me he unido a una tribu nueva. ¿Qué hay de malo en eso?
“—¿Necesitabas ser parte de una tribu?
“—¿Qué tenía antes? ¿La tribu de los californianos? ¿La tribu de los académicos?
“—La tribu de Jorge y Sybille Klein.
“—Demasiado estrecha. De todas formas, he sido expulsada de esa tribu. Necesitaba unirme a otra.
“—¿Expulsada?
“—Por la muerte. Después de eso no hay vuelta atrás.
“—Tú podrías volver. Cuando quisieras.
“—Oh, no, no, no, Jorge, no puedo, no puedo, ya no soy Sybille Klein, nunca lo seré de nuevo. ¿Cómo podría explicártelo? No hay remedio. La muerte provoca cambios. Muere y entiende, Jorge. Muere y entiende.
Nerita dijo:
—Ella le espera en el salón.
Era una sala grande, fríamente amueblada, en el extremo más alejado del ala opuesta de la casa de extranjeros. Sybille permanecía al lado de una ventana a través de la cual se filtraba la luz pálida, ligeramente fría, de la mañana. Mortimer estaba con ella, y también Kent Zacharias. Los dos hombres recibieron a Klein con misteriosas sonrisas oblicuas, corteses o burlonas; él no podría asegurarlo.
—¿Le gusta nuestro pueblo? —preguntó Zacharias—. ¿Ha estado viendo los lugares de interés?
Klein optó por no contestar. Se dio por enterado de la pregunta con una inclinación de cabeza apenas perceptible y se volvió hacia Sybille. Extrañamente, se sintió enteramente calmado en este momento de cumplir su deseo de años: No sintió absolutamente nada en su presencia: ningún pánico, ningún anhelo, ningún desfallecimiento, ninguna nostalgia, nada. Nada. Como si él fuera realmente un muerto. Supo que era la tranquilidad del terror absoluto.
—Les dejaremos solos —dijo Zacharias—. Deben tener mucho que contarse el uno al otro.
Salió, con Nerita y Mortimer. Los ojos de Klein encontraron los de Sybille y se demoraron allí. Ella le miraba fríamente, en una especie de valoración impersonal. Esa condenada sonrisa, pensó Klein: La muerte los convierte a todos en Mona Lisas.
Ella dijo:
—¿Piensas quedarte aquí por mucho tiempo?
—Probablemente no. Unos días, tal vez una semana —humedeció sus labios—. ¿Cómo estás, Sybille? ¿Cómo te va?
—Va como era de esperar.
¿Qué quieres decir con eso? ¿Puedes darme algún detalle? ¿Estás decepcionada por algo? ¿Hay alguna sorpresa? ¿Cómo ha sido para ti, Sybille? Oh, Jesús. Nunca haga una pregunta directa. Dijo:
—Me gustaría que me hubieras dejado visitarte en Zanzíbar.
—Eso no era posible. No hablemos de eso ahora —desechó el episodio con un gesto casual. Tras un momento dijo—: ¿Te gustaría oír una historia fascinante que he descubierto acerca de los primeros días de influencia omaní en Zanzíbar?
La impersonalidad de la pregunta le sorprendió. ¿Cómo podía parecer ella tan absolutamente carente de curiosidad sobre su presencia en el Pueblo Frío de Sión, su pretensión de ser un muerto, sus razones para querer verla? ¿Cómo podía zambullirse tan rápida, tan fríamente, en una discusión sobre los sucesos políticos arcaicos en Zanzíbar?
—Supongo que sí —respondió débilmente.
—En realidad es una especie de cuento de Las Mil y Una Noches. Es la historia de cómo Ahmad el Astuto derrocó a Abdullah ibn Muhammad Alawi.
Los nombres eran extraños para él. Ciertamente había tomado alguna pequeña parte en sus investigaciones históricas, pero habían pasado años desde que había trabajado con ella, y todo aquello había sido arrastrado en la corriente de su mente, dejando un residuo confuso de Ahmads y Hasans y Abdullahs.
—Lo siento —respondió—. No recuerdo quiénes fueron.
Sybille impasible, respondió:
—Seguramente recuerdas que en el siglo XVIII y principios del XIX, la potencia principal en el Océano Indico fue el estado árabe de Omán, controlado desde Muscat en el Golfo Pérsico. Bajo la dinastía Busaidi, fundado en 1744 por Ahmad ibn Said al-Busaidi, los omaníes extendieron su poder hacia África Oriental. La capital lógica para su imperio africano era el puerto de Mombasa, pero fueron incapaces de expulsar a una dinastía rival que gobernaba allí, así es que el Busaidi miró hacia Zanzíbar, una cosmopolita isla cercana donde se mezclaban árabes, indios y población africana. La ubicación estratégica de Zanzíbar en la costa y su puerto espacioso y bien protegido hacían de ella una base ideal para el comercio de esclavos del este de África, que el Busaidi de Omán pretendía controlar.
—Algo creo recordar, ahora.
—Muy bien. El fundador del Sultanato omaní de Zanzíbar fue Ahmad ibn Majid el Astuto, que llegó al trono de Omán en 1811, ¿recuerdas? A la muerte de su tío Abd er Rahman al-Busaidi.
—Los nombres me suenan —dijo Klein inseguro.
—Siete años más tarde —continuó Sybille—, tratando de conquistar Zanzíbar sin el empleo de la fuerza, Ahmad el Astuto rasuró su barba y bigote y visitó la isla disfrazado de adivino, vistiendo ropas amarillas y una valiosa esmeralda en su turbante. En ese tiempo la mayor parte de Zanzíbar era regida por un gobernante nativo, de sangre mixta árabe y africana, Abdullah ibn Muhammad Alawi, cuyo título hereditario era Mwenyi Mkuu. Los súbditos de Mwenyi Mkuu eran principalmente africanos, miembros de una tribu llamada Hadimu. El sultán Ahmad, que acababa de llegar a la ciudad de Zanzíbar, brindó una demostración de sus habilidades de adivinación en el puerto y atrajo tanta atención que obtuvo rápidamente una audiencia en la corte del Mwenyi Mkuu. Ahmad predijo un futuro luminoso para Abdullah, declarando que un poderoso príncipe famoso en todo el mundo vendría a Zanzíbar, haría al Mwenyi Mkuu su gran consejero, y le confirmaría a él y a sus descendientes como señores de Zanzíbar para siempre.
“—¿Cómo sabes tú esas cosas?
“—Bebo cierta poción —replicó el sultán Ahmad— que me permite ver el porvenir. Deseas probarla?
“—Pues claro que quiero.
“Respondió Abdullah, y acto seguido Ahmad le dio una droga que le sumió en el éxtasis y le mostró visiones del paraíso. Mirando hacia abajo desde su lugar cerca de la banqueta de Allah, el Mwenyi Mkuu vio un Zanzíbar rico y feliz, gobernado por los hijos de los hijos de sus hijos. Durante horas vagó entre fantasías de autoridad omnipotente.
—Luego Ahmad se fue, y dejó crecer de nuevo su barba y su bigote, y regresó a Zanzíbar diez semanas más tarde en todo su esplendor, como Sultán de Omán, a la cabeza de una armada imponente y poderosa. Fue de inmediato hasta la corte del Mwenyi Mkuu y propuso, tal como el adivino había profetizado, que Omán y Zanzíbar examinaran un tratado de alianza bajo la cual Omán cargaría con la responsabilidad de la mayor parte de las relaciones exteriores de Zanzíbar, incluyendo el comercio de esclavos, mientras garantizaba la autoridad del Mwenyi Mkuu sobre los asuntos domésticos. A cambio de su abdicación parcial de autoridad, el Mwenyi Mkuu recibiría compensación financiera de Omán. Recordando la visión que le había revelado el adivino, Abdullah firmó el tratado de inmediato, legitimando por tanto lo que fue, de hecho, la conquista omaní de Zanzíbar. Tuvo lugar un gran banquete para celebrar el tratado, y como una señal de elogio, el Mwenyi Mkuu ofreció al Sultan Ahmad una extraña droga usada localmente, conocida como borgash, o 'flor de la verdad'. Ahmad sólo fingió depositar la pipa en sus labios, pues él aborrecía todas las drogas que alteran la mente, pero Abdullah, mientras la flor de la verdad le poseyó, contempló a Ahmad y reconoció los contornos de la cara del adivino detrás de la barba nueva del Sultán. Cayendo en la cuenta de que había sido engañado, el Mwenyi Mkuu empujó su daga, la punta de la cual estaba envenenada, profundamente en el costado del Sultán y escapó el salón de banquete, instalándose en la isla vecina de Pemba. Ahmad ibn Majid sobrevivió, pero el veneno consumió sus órganos vitales y los diez años restantes de su vida los pasó en agonía constante. Por lo que respecta al Mwenyi Mkuu, los hombres del Sultán le cazaron finalmente y le dieron muerte junto con noventa miembros de su familia, y la autoridad nativa en Zanzíbar fue con eso extinguida.
Sybille hizo una pausa.
—¿No es una historia llamativa y maravillosa? —preguntó por fin.
—Fascinante —respondió Klein—. ¿Dónde la encontraste?
—Las memorias inéditas de Claude Richburn de la Compañía de la India Oriental. Profundamente enterradas en los archivos de Londres. Extraño que ningún historiador llegase antes, ¿no es así? Los textos generalmente aceptados simplemente dicen que Ahmad usó su flota de guerra para intimidar a Abdullah y firmar el tratado, y luego había hecho asesinar al Mwenyi Mkuu en el primer momento oportuno.
—Muy extraño —convino Klein. Pero él no había venido aquí para oír románticos cuentos de pociones visionarias y traiciones reales.
Tanteó en busca de alguna forma de llevar la conversación a un nivel más personal. Los fragmentos de su diálogo imaginario con Sybille flotaban en su mente. Todo está tranquilo donde estoy, Jorge. Hay una paz que sobrepasa toda comprensión. Como nadar bajo una lámina de cristal. El camino está en que ya no te afecta lo innecesario. Las cosas pequeñas se revelan como cosas sin importancia. Muere y ven con nosotros, y entenderás. Sí. Quizá. Pero ¿pensaba ella realmente alguna de esas cosas? Él había puesto todas las palabras en su boca; todo lo que él había imaginado que ella decía era su propia construcción, inútil como llave hacia la Sybille verdadera. ¿Dónde encontraría él la llave, entonces?
Ella no le dio oportunidad.
—Regresaré a Zanzíbar dentro de poco —dijo—. Allí hay mucho de lo que quiero enterarme sobre este incidente, en las viejas leyendas posteriores del país acerca de los últimos días del Mwenyi Mkuu, quizá variantes de la historia básica...
—¿Puedo acompañarte?
—¿Tú no tienes tu propia investigación que reanudar, Jorge? —preguntó ella, y no esperó una respuesta. Caminó enérgicamente hacia la puerta del salón y salió, y él estuvo solo.
7.
Quiero definir lo que ellos y sus psiquiatras contratados llaman "sistemas ilusorios". No hay ni que decirlo, las "falsas ilusiones" están siempre oficialmente definidas. No tenemos que preocuparnos por cuestiones de realidad o irrealidad: sólo se examinan por conveniencia. Es el sistema lo que importa. Cómo se organizan los datos a sí mismos dentro de él. Algunos son consistentes, otros se caen a pedazos.
Thomas PYNCHON, Gravity's Rainbow
Una vez más los muertos, esta vez sólo tres, llegaban en el vuelo matutino de Dar. Tres eran mejor que cinco, consideró Daud Mahmoud Barwani, pero eran todavía más que suficiente. No era que ésos otros, dos meses atrás, hubieran causado algún problema; quedándose solamente un día y moviéndose rápidamente hacia el continente de nuevo, pero le hacía sentir incómodo el pensar en tales criaturas en la misma pequeña isla que él mismo.
¿Con todo el mundo para elegir, por qué continúan viniendo a Zanzíbar?
—El avión está aquí —informó el controlador de vuelo.
Trece pasajeros. El funcionario de Sanidad dejó atravesar la puerta a la gente de vuelo local: primero dos periodistas y cuatro legisladores regresando de la Conferencia panafricana en Ciudad del Cabo y luego un grupo de cuatro turistas japoneses, serios hombres retraídos festoneados de cámaras. Y después los muertos; y Barwani se sorprendió al descubrir que eran los mismos de la otra vez: el hombre pelirrojo, el hombre de pelo café sin la barba, la mujer morena. ¿Tenían los muertos tanto dinero que podían volar de América a Zanzíbar cada pocos meses? Barwani había oído el chismorreo de que cada nuevo muerto, cuando se levantaba de su ataúd, era obsequiado con una cantidad de lingotes de oro igual a su propio peso, y ahora pensó que empezaba a creer en ello. Nada bueno vendrá de tener tales seres sueltos por el mundo, se dijo a sí mismo, y ciertamente nada de tolerarlos en Zanzíbar. Pero él no tenía alternativa.
—Bienvenidos otra vez a la isla de los clavos —dijo untuosamente, y soltó una sonrisa burocrática, y se preguntó, no por primera vez, lo que sería de Daud Mahmoud Barwani una vez que sus días en la tierra hubieran tocado a su fin.
—Ahmad el Astuto contra Abhullah Comosellame —dijo Klein—. Eso es todo sobre lo que ella habló. La historia de Zanzíbar —estaba en el estudio de Jijibhoi. La noche era cálida y caía una lluvia fuera de temporada, desdibujando el millón luces brillantes de la Depresión de Los Angeles—. Habría sido, ya sabes, falto de tacto hacer cualquier pregunta directa. Falto de tacto. No me he sentido tan falto de tacto desde que tenía catorce años. Estaba indefenso entre ellos, un extranjero, un crío.
—¿Crees que vieron a través de tu disfraz? —preguntó Jijibhoi.
—No podría decirlo. Parecían juguetear conmigo, hacer deporte conmigo, pero ése precisamente podría ser su comportamiento normal con cualquier recién llegado. Nadie me puso en duda. Nadie sugirió que podría ser un impostor. Nadie pareció preocuparse mucho por mí o lo que hacía allí o qué había pasado para que estuviera muerto. Sybille y yo estuvimos cara a cara, y quise extender la mano hacia ella, quise que ella extendiera la mano hacia mí, y no hubo contacto, ninguno, nada en absoluto; era como si simplemente nos hubiéramos encontrado en algún cóctel académico y lo único en su mente era la nueva pepita de historia oculta que ella acababa de desenterrar, de modo que me contó todo acerca de cómo el Sultán Ahmad fue más listo que Abdullah y cómo Abdullah apuñaló al Sultán —Klein prendió la mirada de un grupo de libros familiares en los estantes abarrotados de Jijibhoi— Oliver y Mathew, Historia de Africa Oriental —libros que habían viajado a todas partes con Sybille en los años de su matrimonio. Tiró del Volumen I, diciendo—: Pretendía que las historias convencionales dan una descripción incompleta e inexacta del incidente y que sólo ahora ella ha averiguado la historia verdadera. Por todo lo que sé, sencillamente podría estar jugando conmigo, relatándome un pedazo de historia establecida como si fuera algo que nadie supo hasta la semana pasada. Déjame ver: Ahmad, Ahmad, Ahmad...
Examinó el índice. Aparecían listados cinco Ahmads, pero no había entrada para un Sultán Ahmad ibn Majid el Astuto. Ciertamente era citado un Ahmad ibn Majid, pero era mencionado sólo en una nota a pie de página y parecía haber sido un cronista árabe. Klein encontró tres Abdullahs, ninguno de ellos relacionado con Zanzíbar.
—Algo es incorrecto —murmuró.
—No tiene importancia, querido Jorge —respondió suavemente Jijibhoi.
—La tiene. Espera un minuto —rondó por las listas. Bajo Zanzíbar, Gobernantes, no encontró a Ahmads, ningún Abdullah; descubrió un Majid ibn Said, pero cuando comprobó la referencia se encontró con que había reinado en algún momento de la segunda mitad del XIX. Desesperadamente, Klein volvió páginas, examinando rápidamente, volviendo atrás, buscando. Finalmente alzó la vista y dijo—: ¡Está todo equivocado!
—¿La Historia Oxford de África Oriental?
—Los detalles de la historia de Sybille. Mira, ella dijo que este Ahmad el Astuto subió al trono de Omán en 1811 y se apoderó de Zanzíbar siete años más tarde. Pero el libro mantiene que un tal Seyyid Said al-Busaidi se convirtió en Sultán de Omán en 1806 y reinó durante cincuenta años. Fue él, no este inexistente Ahmad el Astuto, quien apresó Zanzíbar, pero lo hizo en 1828, y el gobernante al que coaccionó para firmar un tratado con él, el Mwenyi Mkuu, se llamaba Hasan ibn Ahmad Alawi, y —Klein negó con la cabeza— …es un reparto enteramente distinto de personajes. Nada de apuñalamientos, nada de que asesinatos, las fechas son enteramente diferentes, el asunto entero…
Jijibhoi sonrió tristemente.
—Los muertos hacen a menudo travesuras.
—¿Pero por qué inventaría ella una fantasía completa y la disfrazaría como un nuevo descubrimiento sensacional? ¡Sybille fue el estudioso más escrupuloso que jamás conocí! Ella no lo haría nunca.
—Esa fue la Sybille que tú conociste, amigo querido. Sigo instándote a que te des cuenta de que ésta es otra persona, una persona nueva, dentro de su cuerpo.
—¿Una persona que mentiría acerca de la historia?
—Una persona que bromearía —respondió Jijibhoi.
—Sí —masculló Klein.
Que bromearía. Recuerda que para un muerto el universo entero es dúctil, nada es real, nada importa una mierda.
Que tomaría el pelo un ex marido estúpido, cargante, fastidiosamente persistente, que ha aparecido en su Pueblo Frío llevando puesto un disfraz transparente y fingiendo ser un muerto. Que inventaría no sólo una historia sino incluso sus primeras figuras, en broma, un juego, un jeu d'esprit. Oh, Dios mío. ¡Oh, Dios mío, qué cruel es, qué estúpido fui! Fue su forma de decirme que sabía que yo era un muerto falsificado. ¡Quid pro quo, embuste por embuste!
—¿Qué harás?
—No sé —respondió Klein.
Lo que hizo, en contra de la enérgica advertencia de Jijibhoi y de su juicio superior, fue obtener más píldoras de Dolorosa y regresar al Pueblo Frío de Sión. Habría un placer espasmódico, como el de hurgar el hueco de un diente perdido, en enfrentar a Sybille con la evidencia de su Ahmad ficticio, de su Abdullah imaginario. No consentiré más juegos entre nosotros, le diría. Dime lo que necesito saber, Sybille, y luego dejarme ir; pero dime sólo la verdad. Ensayó su discurso durante todo el camino hasta Utah, puliendo y embelleciendo. No hubo necesidad de ello, sin embargo, pues esta vez la puerta del Pueblo Frío de Sión no se abriría para él. Los escáneres escudriñaron su tarjeta falsificada de Albany y el altavoz dijo:
—Sus credenciales no son válidas.
Todo podría haber terminado ahí. Podría haber regresado a Los Angeles y recoger los pedazos de su vida. Todo este semestre había estado de licencia sabática, pero el período estival llegaba y había trabajo por hacer. Regresó a Los Angeles, pero sólo el tiempo suficiente para rellenar una maleta algo mayor, encontrar su pasaporte y conducir hasta el aeropuerto. En un dulce atardecer de mayo un jet BOAC le llevó sobre el Polo a Londres, donde, deteniéndose apenas para tomar un café y bollos en una tienda del aeropuerto, abordó otro avión que le trasladó al sudeste hacia África. Más dormido que despierto, vio flotar suavemente los hitos de ensueño: el Mediterráneo, llegando y yéndose con rapidez asombrosa, y la alfombra leonada del desierto libio, y el poderoso Nilo, reducido al grosor de una hebra marrón cuando se mira desde diez millas de altura. Repentinamente el Kilimanjaro, envuelto en niebla, aprisionado por la nieve, surgiendo amenazador como una gigantesca ampolla bicéfala a su derecha, muy abajo, y pensó que podría ver a lo lejos, por su izquierda el resplandor distante del sol en el Océano Indico. Entonces la gran aguja del morro del avión comenzó su brusco descenso, y él se encontró, poco después, caminando en el húmedo aire caliente y la cegadora luz del sol de Dar es Salaam.
Demasiado pronto, demasiado pronto. Sintió que no estaba listo para seguir hasta Zanzíbar. Un día o dos de descanso, tal vez: eligió un hotel de Dar al azar, el Agip, por el sonido extraño de su nombre, y cogió un taxi. El hotel se veía lustroso y limpio, una cosa estilizada en el reluciente estilo de los 60, mucho más barato que el Kilimanjaro, donde había permanecido brevemente en el viaje anterior, y localizado en un agradable barrio frondoso de la ciudad, cerca del océano. Paseó por los alrededores durante un breve tiempo, descubrió que estaba totalmente exhausto, regresó a su cuarto para una siesta que se alargó por espacio de casi cinco horas y, despertando atontado, se dio una ducha y se vistió para comer. El comedor del hotel estaba lleno de musculosos hombres rubios de rostro encendido, sin chaqueta y vistiendo camisas blancas de cuello abierto, todos ellos le recordaron perturbadoramente a Kent Zacharias; pero estos eran calientes, británicos por sus acentos; ingenieros, supuso, a juzgar por sus conversaciones. Estaban construyendo una presa y una central eléctrica en alguna parte de la costa, le pareció, o quizá una central eléctrica sin presa; bebían una gran cantidad de ginebra y hablaban con vigorosos gritos atronadores. Había también muchos hombres de negocios japoneses, cómo no, de aspecto acicalado y comedido con trajes azul profundo y corbatas estrechas, y en la mesa al lado de Klein había cinco hombres atezados de pelo rizado hablando en rápido hebreo: israelíes, seguramente. Los únicos africanos a la vista eran camareros y bármanes. Klein pidió ostras Mombasa, bistec, y una garrafa de vino tinto, y encontró la comida inesperadamente buena, aunque dejó la mayor parte de ella en su plato. Era última hora de la tarde en Tanzania, pero para él eran las diez en punto de la mañana, y su organismo estaba desorientado. Se desplomó en la cama, meditó vagamente sobre la presencia probable de Sybille a solamente unos minutos de vuelo, en Zanzíbar, y cayó en un sueño pesado del cual despertó, lo que le pareció muchas horas más tarde, para descubrir que aún faltaba un buen rato para el amanecer.
Vagabundeó a lo largo de la mañana visitando el viejo barrio nativo, caluroso y polvoriento, con calles sin pavimentar y filas de chozas de latón, y al mediodía regresó a su hotel para darse una ducha y almorzar. De nuevo la misma distribución nacional en el restaurante —británicos, japoneses, israelíes— aunque las caras parecían diferentes. Iba por su segunda cerveza cuando entró Anthony Gracchus. El cazador blanco, ancho de hombros, pálido, de barba densamente poblada, ataviado con pantalones cortos y camisa caquis, casi parecía haberse salido del cubo de película que Jijibhoi le había enseñado tiempo atrás. Klein se encogió instintivamente, volviéndose hacia la ventana, pero demasiado tarde: Gracchus le había visto. Toda charla se fue interrumpiendo en el restaurante a medida que el hombre muerto caminaba a grandes pasos hacia la mesa de Klein, tiraba de una silla no solicitada, y se sentaba; entonces, como si un proyector de película hubiera sido detenido y ahora avanzara de nuevo, los ingenieros británicos reanudaron su griterío, aunque ahora sonaban algo tensos.
—¡Qué pequeño es el mundo! —dijo Gracchus—. Abarrotado, por lo menos. En camino hacia Zanzíbar, ¿no es eso, Klein?
—En un día o así. ¿Sabía usted que estaba aquí?
—Claro que no —los duros ojos de Gracchus centellearon astutamente—. Esto ha sido una pura coincidencia. Ella ya está allí.
—¿Ella?
—Ella, Zacharias y Mortimer. He oído que se encontró con ellos en Sión.
—Brevemente —respondió Klein—. Vi a Sybille. Brevemente.
—Insatisfactoriamente. Hasta el punto de que usted la ha seguido hasta aquí de nuevo. Déjelo, hombre. Déjelo.
—No puedo.
—¡No puede! —Gracchus frunció el entrecejo—. Una respuesta de neurótico, no puedo. Lo que quiere decir usted es no quiero. Un hombre adulto puede hacer cualquier cosa que quiera siempre que no sea una imposibilidad física. Olvídela. Usted está únicamente molestándola, por este camino, interfiriendo con su trabajo, estorbándola —Gracchus sonrió—. Con su vida. Ella lleva muerta casi tres años, ¿no comprende? Olvídela. El mundo está lleno de mujeres distintas. Usted es todavía joven, tiene dinero, no es feo, tiene una reputación profesional…
—¿Es eso lo que lo que le han mandado decirme?
—No fui enviado aquí para decirle nada, amigo. Sólo estoy tratando de salvarle de usted mismo. No vaya a Zanzíbar. Vuélvase casa y empiece su vida otra vez.
—Cuando la vi en Sión, ella me trató con desprecio —respondió Klein—. Se divirtió a mi costa. Quiero preguntarla por qué hizo eso.
—Porque usted es un caliente y ella es un muerto. Para ella usted es un payaso. Para todos nosotros es usted un payaso. No es nada personal, Klein. Simplemente hay un abismo en nuestras posiciones, un abismo demasiado ancho para que usted lo cruce. Usted fue a Sión drogado como un hombre del Tesoro, ¿no es así? ¿La cara pálida, los ojos abultados? No engañó a nadie. Por supuesto, no la engañó a ella: el juego que jugó con usted fue su forma de decirle eso. ¿No sabe usted eso?
—Lo sé, sí.
—¿Qué más quiere usted, entonces? ¿Más humillación?
Klein meneó la cabeza cansadamente y clavó los ojos en el mantel. Pasado un momento levantó la vista, y sus ojos encontraron los de Gracchus, y se asombró al darse cuenta de que confiaba en el cazador, que por primera vez en sus relaciones con los muertos sentía que se estaba encontrando con sinceridad. Respondió en voz baja:
—Estuvimos muy unidos, Sybille y yo, y entonces ella murió, y ahora no soy nada para ella. No he podido aceptar eso. La necesito todavía. Quiero compartir mi vida con ella, incluso ahora.
—Pero no puede hacerlo.
—Ya lo sé. Pero eso no me ayuda a dejar de hacer lo que estoy haciendo.
—Sólo hay una cosa que pueda compartir con ella —respondió Gracchus—. Es su muerte. Ella no se rebajará a su nivel: usted debe ascender a suyo.
—No sea absurdo.
—¿Quién es absurdo, usted o yo? Escuche, Klein. Creo que es usted un imbécil, creo que es una criatura débil, pero no me desagrada usted, no le culpo por su estupidez. Así que le ayudaré, si usted me lo permite —metió la mano en un bolsillo de su camisa y extrajo un tubo diminuto de metal con un dispositivo de seguridad en un extremo—. ¿Sabe qué es esto? Es un dardo de autodefensa, del tipo que llevan todas las mujeres en Nueva York. Muchos muertos los llevan, también, porque nunca sabemos cuándo comenzará la reacción, cuando la chusma se volverá contra nosotros. Sólo que no usamos las drogas anestésicas en nosotros mismos. Oiga, podemos entrar andando en cualquier taberna del barrio nativo y puede tener una riña decente en cinco minutos, y en la confusión le meteré uno de estos dardos, y le tendremos en el Hospital General de Dar quince minutos después, embutido en una unidad de congelación, y por unos pocos miles de dólares le podemos enviar a ser descongelado en California, y para la noche del viernes sufrirá usted reavivación en, digamos… el Pueblo Frío de San Diego. Y cuando salga de eso, usted y Sybille estarán en el mismo lado del abismo, ¿ve? Si usted está destinado a regresar junto con ella alguna vez, ésa es la única forma. Por ahí tiene una oportunidad. Por este camino no tiene ninguna.
—Es impensable —respondió Klein.
—Inaceptable, tal vez. Pero no impensable. Nada es impensable una vez que alguien ha pensado en ello. Considérelo. ¿Me lo promete? Considere la idea antes de subir a ese avión para Zanzíbar. Me quedaré aquí esta noche y mañana, y luego salgo para Arusha donde debo encontrarme con algunos muertos llegados para una cacería, y cuando quiera antes de ese momento lo haré por usted si da la orden. Considere la idea. ¿Podrá pensar en ello? Prométame que lo pensará.
—Pensaré en ello.
—Bien. Bien. Gracias. Ahora vamos a almorzar y cambiemos de tema. ¿Le gusta a usted comer aquí?
—Me intriga una cosa. ¿Por qué tiene este lugar una clientela exclusivamente no africana? ¿Se atreven a discriminar a los negros en una república negra?
Gracchus soltó una carcajada.
—Son los negros los que quienes tienen prejuicios, amigo. Éste se considera un hotel de segunda clase. Todos los negros están en el Kilimanjaro o el Nyerere. No obstante, no es un lugar tan malo. Le recomiendo los platos de pescado, si no los ha probado usted, y hay un aceptable vino blanco de Israel que...
8.
¡Oh Señor, pensé en el dolor de ahogarse!
¡Qué ruido terrible las aguas en mis oídos!
¡Qué horribles visiones de muerte en mis ojos!
Yo creí ver un millar naufragios temibles;
Un millar de hombres de los que los peces comían;
Cuñas de oro, grandes anclas, cúmulos de perlas,
Piedras inapreciables, joyas incalculables,
Todo esparcido en el fondo del mar.
Algunas yaciendo en las calaveras de hombres muertos,
Y en los agujeros
Donde una vez habitaron ojos, avanzaban,
Como si los ojos fueran despreciables, gemas refulgentes
que enamoraban el fondo fangoso de lo profundo
y se burlaban de los huesos muertos que yacían esparcidos alrededor.
SHAKESPEARE, Ricardo III
—El vino israelí —aseveraba Mick Dongan—. Bien, lo probaré alguna vez, especialmente si hay alguna pequeña ironía nítida unida a él. Veréis, allí estábamos en Egipto, en Egipto, en ese fabuloso banquete en las colinas en Luxor, y nuestro anfitrión era un príncipe saudí, ni más ni menos, en traje tradicional completo hasta las gafas de sol, y cuando saca al cordero asado sonríe diabólicamente y dice, por supuesto que podríamos beber un Mouton Rothschild, pero sólo he conseguido tener una pequeña reserva de vinos israelíes selectos en mi bodega, y puesto que creo que usted es, como yo mismo, un connoisseur de las pequeñas inconveniencias, he pedido a mi despensero que abra una botella o dos de... Klein ¿ves a esa chica que acaba de entrar?
Es enero de 1981, primera hora de la tarde, una llovizna fina en el aire. Klein almuerza con seis colegas del Departamento de Historia en Los Jardines Colgantes sobre el Westwood Plaza. El hotel es un ziggurat enorme sobre pilares; Los Jardines Colgantes es un restaurante en el tejado, a noventa pisos de altura, de decoración neo-babilónica freaky, todo él toros alados y dragones resollantes sobre los azulejos azules y amarillos, camareros con largas barbas rizadas y cimitarras en sus caderas; estrafalario club nocturno, afectada guarida de la facultad durante el día. Klein mira hacia su izquierda. Sí, una mujer hermosa, mediada la veintena, serenamente bella, de aspecto serio, tomando asiento por sí misma, poniendo en el suelo una pila de libros y unos casetes sobre la mesa ante ella. Klein no liga con chicas desconocidas: una cuestión de principios éticos, y también un asunto de timidez innata. Dongan le toma el pelo.
—Dale un repaso, ¿quieres? Juraría que es tu tipo. Sus ojos tienen el color perfecto para ti, ¿no? —Klein ha estado quejándose, últimamente, de que hay demasiadas chicas de ojos azules en Southern California. Por alguna razón, los ojos azules le resultan perturbadores; incluso amenazadores. Sus ojos son castaños. Así son también los de ella: oscuros, cálidos, brillantes. Él cree haberla visto alguna que otra vez en la biblioteca. Quizá hasta han intercambiado miradas fugaces. Dongan dice—: Vamos. Venga, Jorge, adelante.
Klein le mira furiosamente. No irá. ¿Cómo puede entrometerse en la intimidad de esta mujer? Imponerse ante ella sería casi como una violación. Dongan sonríe con complacencia; su burlona risa insípida es un aguijón cruel. Klein se niega a dar una espantada. Pero entonces, mientras él vacila, la chica sonríe también, una sonrisa tímida y fugaz, tan rápidamente esfumada que él no está del todo seguro de que haya ocurrido; pero sí está lo suficientemente seguro, y se encuentra a sí mismo levantándose, cruzando el suelo de alabastro, revoloteando torpemente sobre ella, buscando algunas palabras inspiradas con las cuales establecer contacto, y las palabras no llegan. Pero a pesar de eso contactan por un procedimiento ya pasado de moda, mirada frente a mirada, y él queda aturdido por la intensidad de lo que pasa entre ellos en ese primer momento inexplicable.
—¿Está usted esperando a alguien? —musita él, atontado.
—No —la sonrisa otra vez, mucho menos vacilante—. ¿Le gustaría acompañarme?
Ella es una graduada, descubre rápidamente. Recién obtenido sus master, comenzando ahora su doctorado: el comercio de esclavos en África Oriental en el XIX, con hincapié específico en Zanzíbar.
—Qué romántico —responde él— ¡Zanzíbar! ¿Ha estado allí?
—Nunca. Espero ir algún día. ¿Y usted?
—Nunca. Pero siempre me interesó, desde que coleccionaba sellos de crío. Era el último país en mi álbum.
—No en el mío —responde ella—: era Zululand —resulta que ella le conoce de nombre. Incluso había estado pensando en matricularse en su curso sobre El nazismo y su Descendencia—. ¿Es usted sudamericano?
—Nacido allí. Educado aquí. Mis abuelos escaparon a Buenos Aires en el 37.
—¿Por qué Argentina? Creía que había sido un refugio de nazis.
—Lo fue. Sin embargo, también se llenó de refugiados de idioma alemán. Todos sus amigos fueron hacia allá. Pero era demasiado inestable. Mis padres salieron en el 55, poco antes de una de las revoluciones importantes, y vinieron a California. ¿Y qué hay de usted?
—Soy de familia británica. Nací en Seattle. Mi padre pertenecía al servicio consular. Él...
Aparece un camarero. Piden sándwiches sin mayor interés. El almuerzo parece muy poco importante ahora. El contacto todavía se mantiene. Él ve el Nostromo de Conrad en su pila de libros; ella está hacia la mitad, y él justamente acaba de terminarlo, y la coincidencia les divierte. Conrad es uno de sus favoritos, expresa ella. Suyo, también. ¿Qué hay de Faulkner? Sí, y Mann, y Virginia Woolf, y comparten incluso cierto apego por Hermann Broch, y una aversión por Hesse. Qué extraño. ¿Óperas? Freischutz, Hollander, Fidelio, sí.
—Tenemos gustos muy teutones —comenta ella.
—Tenemos gustos muy similares —añade él. De repente se encuentra a sí mismo sosteniendo la mano de Sybille.
—Increíblemente parecidos —responde ella.
Mick Dongan les mira lascivamente desde la parte distante de la sala; Klein le dispensa un ceño terrible. Dongan guiña el ojo.
—Vámonos de aquí —dice Klein, justo cuando ella comienza a decir lo mismo.
Hablan durante la mitad de noche y hacen el amor hasta el amanecer.
Él dice solemnemente durante el desayuno:
—Debes saber que decidí hace mucho tiempo no casarme nunca y, desde luego, no tener nunca un hijo.
—Lo mismo hice yo —responde ella—. Cuando tenía quince años.
Estaban casados cuatro meses más tarde. Mick Dongan fue su padrino de boda.
Gracchus dijo, cuando dejaron el restaurante:
—¿Pensará en lo que le he dicho? ¿Querrá hacerlo?
—Lo haré —dijo Klein—. Se lo prometo.
Fue a su cuarto, empacó su maleta, pagó la cuenta del hotel, y tomó un taxi hacia el aeropuerto, llegando con abundancia de tiempo para el vuelo de la tarde para Zanzíbar. El mismo hombrecito taciturno estaba de servicio como funcionario de Sanidad cuando aterrizó, Barwani.
—Señor, ha regresado —dijo Barwani—. Pensé que podría hacerlo. La otra gente lleva aquí varios días ya.
—¿La otra gente?
—Cuando usted estuvo aquí la última vez, señor, me ofreció amablemente un anticipo para poder estar informado cuando cierta persona llegara a la isla —los ojos de Barwani brillaron—. Esa persona, con dos de sus compañeros de antes, está aquí ahora.
Klein colocó cuidadosamente un billete de veinte chelines en el escritorio del oficial de Sanidad.
—¿En qué hotel?
Los labios de Barwani no se abrieron. Evidentemente veinte chelines no cubrían sus expectativas. Pero Klein no sacó otro billete, y después de un momento Barwani respondió:
—Como la otra vez. El parlamento de Zanzíbar. ¿Y usted, señor?
—Como la otra vez —respondió Klein—. Me quedaré en el Shirazi.
Sybille estaba en el jardín del hotel, repasando las notas de investigación del día, cuando llegó la llamada telefónica de Barwani.
—No dejes que se vuelen mis papeles —le dijo a Zacharias, y entró. Cuando regresó, pareciendo molesta, Zacharias preguntó:
—¿Hay problemas?
—Sí —suspiró ella—. Jorge. Está en camino a su hotel ahora.
—Qué pesado —murmuró Mortimer—. Creí que Gracchus podría hacerle entrar en razón.
—Evidentemente no —respondió Sybille—. ¿Qué vamos a hacer?
—¿Qué te gustaría hacer? —preguntó Zacharias.
Ella sacudió la cabeza.
—No podemos permitir que esto siga así, ¿no crees?
El aire de la noche era húmedo y fragante. Las lluvias largas habían llegado y se habían ido, y la isla entera estaba bajo la mano de la enloquecida fertilidad de la nueva estación: en el exterior de la ventana de la habitación del hotel de Klein algún enorme tallo trepador extendía monstruosas flores atrompetadas, amarillas, y alrededor de los terrenos del hotel absolutamente todo estaba en flor, todo era un frenesí de húmedas frondas jóvenes. La sensibilidad de Klein reverberaba con esa sensación de vigorosa novedad universal; anduvo de arriba abajo por el cuarto, lleno de energía, tratando de idear algún plan realizable. ¿Ir inmediatamente a ver a Sybille? ¿Forzar su entrada, si era necesario, con gritos y alboroto, y exigir saber por qué ella le había contado ese cuento fantástico de sultanes imaginarios? No. No. No habría más enfrentamientos, no más lamentaciones; ahora que estaba aquí, ahora que estaba próximo a ella, la buscaría serenamente, la hablaría calmadamente, invocaría los recuerdos de su viejo amor; la hablaría de Rilke y Woolf y Broch, de tardes en Puerto Vallarta y noches en Santa Fe, de música oída y caricias compartidas. No intentaría revivir su matrimonio, pues eso era imposible, sino simplemente el recuerdo del lazo que una vez había existido; obtendría de ella algún reconocimiento de que había estado ahí y entonces, sobria y calmadamente, él conjuraría ese lazo; él y ella juntos maniobrarían para rescatarlo hablando a media voz del cambio que había caído sobre sus vidas; hasta, después de tres horas, o cuatro o cinco, conseguir por sí mismo, con ayuda de ella, aceptar lo inaceptable. Eso era todo. Él no pediría nada, no mendigaría nada, sólo que ella le ayudara durante una tarde para liberar su alma de esta vana obsesión destructiva. Incluso un muerto, incluso un caprichoso, antojadizo, volátil, arbitrario, disoluto muerto, a buen seguro entendería la conveniencia de eso, y le concedería libremente su colaboración. Seguramente. Y luego a casa, a por un nuevo comienzo, demasiado tiempo pospuesto.
Se preparó a salir.
Hubo un golpe suave en la puerta.
—¿Señor? ¿Señor? Tiene visitas abajo.
—¿Quién? —preguntó Klein, aunque sabía la respuesta.
—Una señora y dos caballeros —contestó el botones—. El taxi los ha traído desde el parlamento de Zanzíbar. Le están esperando en el bar.
—Diles que bajaré en un momento.
Se dirigió a la jarra con hielo sobre el tocador, bebió un vaso de agua fría de forma irreflexiva, mecánicamente; se sirvió un segundo vaso, apurándolo también. Esta visita era inesperada. ¿Y por qué había traído ella todo su séquito? Tuvo que luchar para recobrar esa perspectiva, esa sensación de propósito comprendido que creía haber logrado antes del aviso. Finalmente abandonó la habitación.
Iban impecablemente vestidos en esta noche húmeda. Zacharias con una casaca de color tostado y unos pantalones verde pálido, Mortimer con un caftán blanco ceñido ribeteado con un intrincado brocado, Sybille con una sencilla túnica de color lavanda. Sus caras pálidas no aparecían deterioradas por la traspiración; parecían perfectamente serenos, modelos de compostura. Nadie se sentaba cerca de ellos en el salón. Mientras Klein entraba, se levantaron para saludarle, pero sus sonrisas surgieron siniestras, no había nada de cordialidad en ellas. Klein se aferró tensamente a su pretendida calma. Dijo quedamente:
—Qué amables al venir. ¿Puedo pedirles algo de beber?
—Ya tenemos —Zacharias señaló con el dedo—. Deje que seamos sus anfitriones. ¿Qué va a tomar?
—Pimm Number Six —respondió Klein. Trató de corresponder a sus sonrisas heladas—. Llevas una túnica preciosa, Sybille. Se os ve tan engalanados a todos que me siento avergonzado.
—Tú nunca fuiste famoso por tu gusto en el vestir —respondió ella.
Zacharias regresó del mostrador con la bebida de Klein. La cogió y brindó seriamente con ellos.
Después de que un breve silencio Klein dijo:
—¿Crees que podría hablar contigo en privado, Sybille?
—No hay nada que debamos decirnos el uno al otro que no pueda decirse delante de Kent y Laurence.
—A pesar de ello.
—Prefiero que no, Jorge.
—Como gustes.
Klein miró con atención directamente en sus ojos y no vio nada allí, nada, y se acobardó. Todo lo que había tenido la intención de expresar escapó de su mente. Sólo fragmentos revueltos bailaban allí: Rilke, Broch, Puerto Vallarta. Tragó de golpe el contenido de su copa.
Zacharias dijo:
—Tenemos un problema que discutir, Klein.
—Continúe.
—El problema es usted. Usted está causando una gran angustia a Sybille. Ésta es la segunda vez que la ha seguido hasta Zanzíbar, literalmente hasta el fin del mundo, Klein, y aparte de eso ha hecho varios intentos por entrar con engaños en un santuario cerrado en Utah, y esto interfiere con la libertad de Sybille, Klein: es una interferencia imposible, intolerable.
—Los muertos somos muertos —aseveró Mortimer—. Somos comprensivos con la hondura de sus sentimientos por su difunta esposa, pero esta persecución compulsiva suya debe terminar.
—Lo hará —respondió Klein, clavando los ojos en un punto en el muro estucado a medio camino entre Zacharias y Sybille—. Sólo quiero una hora o dos de conversación a solas con mi... con Sybille, y después le doy mi palabra de que no habrá más…
—Tal y como usted prometió a Anthony Gracchus no venir a Zanzíbar —interrumpió Mortimer.
—Yo sólo quería…
—Tenemos nuestros derechos —respondió Zacharias—. Hemos pasado a través de infierno, literalmente a través del infierno, para llegar donde estamos. Usted ha violado nuestro derecho a ser dejados en paz. Usted nos incomoda. Usted nos aburre. Usted nos molesta. Odiamos ser molestados.
Miró hacia Sybille. Ella asintió con la cabeza. La mano de Zacharias desapareció en el bolsillo del pecho de su chaqueta. Mortimer agarró la muñeca de Klein con asombrosa rapidez y movió de un tirón su brazo hacia adelante. Un pequeño tubo de metal refulgió en el puño enorme de Zacharias. Klein había visto un tubo semejante en la mano de Anthony Gracchus hacía sólo un día.
—No —jadeó Klein— ¡No creo… No!
Zacharias hundió rápidamente la fría boquilla del tubo en el antebrazo de Klein.
—La unidad congeladora está llegando —dijo Mortimer—. Estará aquí en cinco minutos o menos.
—¿Qué pasa si llega tarde? —preguntó Sybille con inquietud—. ¿Qué ocurriría si algo irreversible le sucede a su cerebro antes de que llegue?
—No está completamente muerto aún —le recordó Zacharias—. Hay tiempo. Hay tiempo de sobra. Hablé con el doctor yo mismo, un chino brillante, con perfecto dominio del inglés. Fue sumamente comprensivo. Le congelarán en un plazo de un par de minutos tras la muerte. Reservaremos pasaje de carga a bordo del avión de la mañana para Dar. Estará en los Estados Unidos dentro de veinticuatro horas, te lo aseguro. San Diego será avisado ¡Todo saldrá bien, Sybille!
Jorge Klein yacía caído al otro lado de la mesa. La barra se había vaciado en el mismo momento en que había gritado y trastabillado hacia adelante: la media docena de clientes se habían escabullido, no muy deseosos de estropear sus vacaciones compartiendo una tarde con la presencia de la muerte, y los mozos de restaurante y los camareros, los ojos desorbitados, aterrados, habían escapado al vestíbulo. Un ataque al corazón, había anunciado Zacharias, algún tipo de ataque súbito, tal vez una apoplejía, ¿dónde está el teléfono? Nadie había visto el tubo diminuto haciendo su trabajo.
Sybille tembló.
—Si algo sale mal…
—Ya oigo la sirena —dijo Zacharias.
Desde su escritorio en el aeropuerto, Daud Mahmoud Barwani observó el voluminoso ataúd refrigerado siendo cargado a bordo del avión matutino para Dar por mozos gruñidores. ¿Y luego, y luego, y luego? Enviarían al muerto hasta el otro lado del mundo, hasta América, e infundirían vida nueva en él, y andaría otra vez entre los hombres. Barwani meneó la cabeza. ¡Esta gente! El hombre que estaba vivo está ahora muerto, y estos muertos, ¿quién sabe qué son? ¿Quién sabe? ¿Quién pudo haber anticipado que llegaría el día en que los muertos regresarían de la tumba? No yo. ¿Y quién puede prever en lo que nos convertiremos todos nosotros, dentro de cien años? No yo. No yo. Dentro de cien años yo estaré descansando, pensó Barwani.
9.
Morimos con los moribundos: los vemos partir, y nos vamos con ellos. Nacemos con los muertos: los vemos regresar, y nos traen con ellos.
T. S. Eliot, Little Gidding
En el día de su despertar no vio a nadie salvo a los asistentes de la casa de reavivado, quienes le bañaron y le alimentaron y le ayudaron a caminar lentamente alrededor de su habitación. No le dijeron nada, ni él a ellos; las palabras parecían irrelevantes. Se sintió extraño en su piel, demasiado cómodamente contenido, como si toda su vida hubiera llevado puestas ropas mal ajustadas y ahora hubiera encontrado por primera vez un sastre competente. Las imágenes que sus ojos le traían eran cortantes, extrañamente claras, y débilmente aureoladas por los colores del prisma, un efecto que desapareció imperceptiblemente a lo largo del día. El segundo día fue visitado por el padre Guía de San Diego, en absoluto el patriarca formidable que él había imaginado, sino más bien un ejecutivo frío, eficiente, rondando la cincuentena, que le saludó cordialmente y le informó con brevedad de las disciplinas y las rutinas que debería dominar antes de poder salir del Pueblo Frío.
—¿Qué mes es?
Preguntó Klein, y el padre Guía le dijo que era junio, el diecisiete de junio de 1993. Había dormido cuatro semanas.
Ahora es la mañana del tercer día después de su despertar, y tiene a invitados: Sybille, Nerita, Zacharias, Mortimer, Gracchus. Se colocan en su cuarto y permanecen formando un arco al pie de su cama; resplandecen al fulgor de la luz que atraviesa las estrechas ventanas. Como semidioses, como ángeles, brillando intensamente con un deslumbrante resplandor interior, y ahora él está en su compañía. Le abrazan formalmente. Gracchus primero, luego Nerita, después Mortimer. Zacharias avanza a continuación hacia su cabecera: Zacharias, que le envió en brazos de la muerte, y sonríe a Klein y Klein devuelve la sonrisa, y se abrazan. Entonces es el turno de Sybille: ella desliza su mano entre las de él, él la atrae, sus labios pasan rozando su mejilla, la toca, su brazo rodea sus hombros.
—Hola —susurra ella.
—Hola —responde él.
Le preguntan cómo siente, cómo de rápido regresan sus fuerzas, si ha estado ya fuera de la cama, cuánto tardará en comenzar su secado. El estilo de su conversación es el estilo sesgado, elíptico, propio de los muertos, pero no totalmente el beodo recortado y críptico, la clase de conversación que normalmente usarían entre ellos; le están favoreciendo, conduciéndole poquito a poco al interior de sus costumbres. Al cabo de cinco minutos cree que está obteniendo la habilidad necesaria.
Dice, usando su taquigrafía verbal:
—He debido ser gran carga para vosotros.
—Lo fuiste, lo fuiste —asiente Zacharias—. Pero todo eso ha terminado.
—Te perdonamos —dice Mortimer.
—Te damos la bienvenida —afirma Sybille.
Hablan de sus planes para los meses siguientes. Sybille casi ha terminado su trabajo en Zanzíbar; se retirará al Pueblo Frío de Sión durante los meses de verano para escribir su tesis. Mortimer y Nerita van a México para recorrer los antiguos templos y pirámides. Zacharias va a Ohio, hacia sus queridos túmulos. En otoño se reagruparán en Sión y planearán la diversión del invierno: una excursión a Egipto, tal vez, o a Perú, a las cumbres del Machu Picchu. Las ruinas, los emplazamientos arqueológicos, les fascinan; en los lugares donde la muerte ha sido más activa, su alegría es más intensa. Están excitados, emocionados, charlatanes, hablando virtualmente por los codos, ahora. Luego iremos a Zimbabwe, a Palenque, a Angkor, a Knossos, a Uxmal, a Nínive, a Mohenjodaro. Y mientras siguen sin parar, hablando con manos y ojos y sonrisas, e incluso palabras —incluso palabras, torrentes de palabras—, se desdibujan y se vuelven irreales para él; son meros títeres danzantes dando tumbos sobre un escenario mal pintado, son insectos que zumban, avispas o abejas o mosquitos, con toda su conversación sobre viajes y festivales, sobre Boghazkby y Babilonia, sobre Megiddo y Massada; y deja de oírlos, deja de sintonizarlos, miente allí sonriendo, los ojos vidriosos, la mente a la deriva. Le desconcierta el hecho de tener tan poco interés en ellos. Pero entonces entiende de pronto que es una señal de su liberación. Está liberándose de las viejas cadenas. ¿Se unirá a su grupo? ¿Por qué debería hacerlo? Quizá viajará con ellos, quizá no, a medida que el capricho se apropie de él. Más probablemente no. Casi seguramente no. Él no necesita su compañía. Él tiene sus intereses. Él ya no seguirá a Sybille por todas partes. Él no necesita, él no quiere, él no pretenderá. ¿Por qué debería convertirse en uno de ellos, desarraigado, un peregrino amoral, un fantasma hecho carne? ¿Por qué debería abrazar los valores y las costumbres de esta gente que le ha dado muerte tan desapasionadamente como podría aplastar un insecto, sólo porque él los había aburrido, porque los había molestado? Él no los odia por lo que le hicieron, no siente un resentimiento que pueda identificar, simplemente elige separarse a sí mismo de ellos. Dejarlos flotar de ruina en ruina, dejarlos perseguir la muerte de continente en continente: él seguirá su propio camino. Ahora que ha cruzado la interfaz se encuentra con que Sybille ya no tiene importancia para él. Oh, señor, las cosas cambian.
—Nos iremos ahora —dice suavemente Sybille.
Él asiente. No responde otra cosa.
—Te veremos después de tu secado —le dice Zacharias, y le toca ligeramente con sus nudillos, un gesto de despedida usado sólo por los muertos.
—Te veo —dice Mortimer.
—Te veo —dice Gracchus.
—Pronto —dice Nerita.
Nunca, responde Klein, expresándolo sin palabras, pero ellos le entenderán. Nunca. Nunca. Nunca. Nunca veré a ninguno de vosotros, nunca te veré a ti, Sybille. Las sílabas resuenan a través de su cerebro, y la palabra nunca, nunca, nunca comienza a rodar sobre él como el oleaje de la ruptura, limpiándole, purificándole, curándole. Es libre. Está solo.
—Hasta luego —se despide Sybille desde el vestíbulo.
—Hasta luego —responde él.
Pasaron años antes de que la viese de nuevo. Pero consumieron los últimos días del 99 juntos, disparando a los dodos bajo la sombra del poderoso Kilimanjaro.
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