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washington irving

el patio de los leones (es)

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El encanto peculiar de este viejo palacio de fantasía radica en la facultad de despertar vagos ensueños y evocar el pasado, revistiendo así las desnudas realidades con las ilusiones de la memoria y la imaginación. Como me deleita trabajar entre estas “vanas sombras”, me he decidido a buscar aquellos rincones de la Alhambra más propicios a las fantasmagorías del espíritu; y nada más a propósito como el patio de los Leones y las salas que lo rodean. La mano del tiempo ha pasado por aquí muy superficialmente, y se conservan casi en su prístina brillantez las huellas de la elegancia y esplendor moriscos. Los temblores de tierra han sacudido los cimientos de su construcción y cuarteado sus torres tan recias; y ¡oh portento!, ni una siquiera de sus gráciles columnas se ha despedazado, ni cedido un solo arco de su frágil y ligero peristilo; en el decurso de los siglos se ha conservado todo el calado de ensueño de sus cúpulas, en apariencia tan quebradizo como el cristal tejido en el rocío del alba, tan nuevo hoy como saliera de las manos del artista musulmán.
Escribo en medio de estos recuerdos del pasado, en las primeras y frescas horas de la mañana, en el fatídico salón de Abencerrajes. Delante de mi se encuentra la sangrienta fuente, legendario monumento de su matanza; su alto surtidor casi arroja las gotas de agua sobre mi papel. ¡Qué difícil resulta conciliar la vieja leyenda de sangre y violencias con el lugar apacible y sosegado que me rodea! Todo parece aquí preparado para inspirar sentimientos serenos y apacibles, pues todo es bello y delicado. La luz cae suavemente desde lo alto, pasando por el tragaluz de una cúpula, matizada como por manos de hadas. A través del amplio y ligero arco de la portada contemplo el patio de los Leones, donde la brillante luz del día fulgura a lo largo de sus columnatas y centellea en sus fuentes. La airosa golondrina se lanza hacia el patio, y remontándose de pronto, se aleja como una flecha, gorjeando sobre los tejados. La laboriosa abeja se afana zumbando entre los macizos de flores, y las pintadas mariposas revolotean de planta en planta y juguetean unas con otras en el aire resplandeciente.
Basta un mínimo esfuerzo de la imaginación para representarse a alguna melancólica belleza del harén vagando por estos lugares solitarios de lujo oriental.
Sin embargo, el que quiera contemplar este rincón bajo un aspecto más en consonancia con su destino, que venga cuando las sombras de la noche velan los resplandores del patio y cubren con su lobreguez las salas contiguas. Nada entonces de más serena melancolía o más armonía con la historia de su pasado esplendor.
En estas horas me siento inclinado a buscar la sala de la Justicia, cuyas recónditas y sombrías arcadas se extienden hasta el extremo superior del patio. En ella se celebró, en presencia de Fernando e Isabel y de su triunfante Corte, el pomposo ceremonial de una solemne misa, al tomar posesión de la Alhambra. Todavía se puede ver la cruz en la pared donde se erigió el altar en el que oficiaron el Gran Cardenal de España y otros altos dignatarios religiosos del país. Me represento la escena al ser ocupado este lugar por los ejércitos vencedores; aquella mezcla de obispos mitrados y tonsurados frailes, caballeros revestidos de acero y cortesanos con vestidos de seda; cuando cruces, báculos y estandartes religiosos se entremezclaron con los altivos blasones y las banderas de los arrogantes señores de España, llevadas en triunfo por estos salones musulmanes. Me figuro al propio Colón, futuro descubridor de un mundo, ocupando un modesto lugar en un rincón apartado, humilde y olvidado espectador de aquella ceremonia. Contemplo con la imaginación a los Reyes Católicos, postrados ante el altar y dando gracias por su triunfo, en tanto que resuenan en las bóvedas los sagrados cánticos y el solemne “Tedeum”.
La fugaz ilusión se desvanece y se esfuma el imaginado espectáculo; monarca, obispo y guerrero vuelven al olvido, junto con los pobres musulmanes a quienes vencieron. Desolado y vacío está ahora el salón de sus triunfos. Revolotea el murciélago por sus sombrías bóvedas y la lechuza lanza su grito en la cercana torre de Comares.
Al entrar pocas tardes después en el patio de los Leones, casi me asusté al ver un moro con turbante que estaba tranquilamente sentado junto a la fuente.
Creí por un momento que cobraba realidad una de las ficciones de aquel sitio: un moro encantado había roto la magia de los siglos y se hacía visible; pero se trataba de un simple y vulgar mortal. Un nativo de Tetuán, en Berbería, que tenía una tienda en el Zacatín de Granada, donde vendía ruibarbo, joyas y perfumes. Como hablaba español perfectamente, me permití entablar conversación con él, y me pareció agudo e inteligente. Me dijo que subía con frecuencia en verano a la colina para pasar parte del día en la Alhambra, que le recordaba los viejos palacios berberiscos, construida como ellos y decorada en idéntico estilo, aunque con mayor magnificencia.
Mientras paseábamos por el palacio, me señaló varias inscripciones arábigas de gran belleza poética.
—¡Ah, “señor”! -me dijo-. Cuando los moros dominaban Granada, eran un pueblo más alegre que hoy. Sólo pensaban en el amor, la música y la poesía. Componían estrofas con cualquier motivo y a todas les ponían música. El que hacía los mejores versos o la que cantaba con voz más melodiosa, estaban seguros del favor y la preferencia. En aquel tiempo, si alguien pedía limosna, recibía esta respuesta: “Hazme una canción”; y el más mísero mendigo que implorase en verso, era con frecuencia recompensado con una moneda de oro.
—¿Y se ha perdido del todo entre ustedes -le dije- esa afición popular por la poesía?
—De ninguna manera, “señor”; el pueblo de Berbería, incluso la gente más humilde, compone todavía tan buenas canciones como en otro tiempo; pero hoy no se recompensa el ingenio como antes; el rico prefiere el sonido de su oro al de la poesía o la música.
En tanto que hablaba, su mirada se posó en una de las inscripciones que vaticinaban la perpetuidad del poderío y gloría de los monarcas musulmanes, dueños de este edificio. Movió su cabeza y se encogió de hombros, mientras la traducía.
—Así debiera haber sido -dijo-. Todavía reinarían los musulmanes en la Alhambra si Boabdil no hubiese sido un traidor que entregó la capital a los cristianos.
Jamás hubiesen podido los monarcas españoles conquistarla por la fuerza.
Intenté vindicar la memoria del infortunado Boabdil contra esta calumnia, y demostrar cómo las discordias que ocasionaron la caída del reino moro tuvieron su origen en la crueldad de un padre que tenía un corazón de tigre; pero el moro no quiso admitir disculpa.
—Muley Abul Hassan -replicó-, aunque fuese cruel, también era valeroso; prudente y patriota. De haber sido secundado debidamente, todavía sería nuestra Granada; pero su hijo Boabdil frustró sus planes, debilitó su poder, sembró la traición en su alcázar y la discordia en su territorio. ¡Ojalá caiga sobre él, por su traición, la maldición de Alá!
Dicho esto, el moro salió de la Alhambra.
La indignación de mi compañero del turbante está de acuerdo con la anécdota que me refirió un amigo que se entrevistó con el Bajá de Tetuán en ocasión de un viaje a Berbería. El gobernador moro puso vivo interés en sus preguntas sobre España y, en especial, respecto a la próspera región de Andalucía, las delicias de Granada y los restos del real palacio. Las respuestas despertaron todos aquellos queridos recuerdos, tan tiernamente guardados por los moros, acerca del poder y esplendor de su antiguo imperio en España. Dirigiéndose a sus criados musulmanes, el Pachá acarició su barba y estalló en apasionados denuestos porque semejante cetro se hubiese escapado de las manos de los verdaderos creyentes. Se consoló, sin embargo, persuadido de que el poderío y la prosperidad de la nación española estaban en decadencia; de que algún día conquistarían los moros sus legítimos dominios, y de que no estaba muy lejos la hora en que se celebrase nuevamente el culto mahometano en la mezquita de Córdoba y un príncipe musulmán se sentase en su trono de la Alhambra.
Tales son la aspiración y creencia generales entre los moros de Berbería, que consideran a España, al Andaluz, como se llamaba antiguamente, su legitima herencia, de la que fueron despojados por la violencia y la traición. Fomentan y perpetúan estas ideas los descendientes de los desterrados moros de Granada, dispersos por las ciudades berberiscas. Varios de ellos residen en Tetuán, conservando sus antiguos nombres, tales como Páez y Medina, y se abstienen de contraer matrimonio con aquellas familias que no pueden alegar el mismo ilustre origen. Su esclarecido linaje es mirado con un cierto grado de popular deferencia, que raramente demuestran las comunidades mahometanas hacia ningún titulo hereditario, si se exceptúa a la alcurnia real.
Se dice que estas familias suspiran por el paraíso terrenal de sus antepasados y elevan sus oraciones los viernes en la mezquita, implorando de Alá que apresure el momento en que sea restituida Granada a los creyentes; acontecimiento éste que esperan con ilusión, confiadamente, como los cruzados cristianos confiaban en rescatar el Santo Sepulcro. Es más: se añade que algunos de ellos conservan los planos y escrituras de las fincas y jardines de sus antepasados de Granada y hasta las llaves de las casas, como testimonio de sus derechos hereditarios, que presentarán el deseado día de la restauración.
Mi conversación con el moro me llevó a meditar sobre el destino de Boabdil.
Nunca hubo un sobrenombre más acertado que el de “Zogoibi”, es decir, el “Infortunado”, que le dieron sus súbditos.
Sus desdichas comienzan casi en la cuna, y no cesaron ni siquiera con su muerte.
Si alguna vez acarició el deseo de dejar un honroso nombre en las páginas de la Historia, ¡qué cruelmente fue defraudado en sus esperanzas! ¿Quién que haya prestado la más mínima atención a la romántica historia de la dominación árabe en España, no se ha encendido de indignación ante las supuestas atrocidades de Boabdil? ¿Quién no se ha sentido conmovido ante los infortunios de su hermosa y gentil reina, sometida por él a una prueba de vida o muerte, por una falsa imputación de infidelidad? ¿Quién no se ha estremecido con el supuesto asesinato de su hermana y de sus dos hijos, cometido en un arrebato de pasión? Y ¿quién, por último, no ha sentido hervir la sangre en sus venas ante la inhumana matanza de los valerosos Abencerrajes, treinta y seis de los cuales, según se afirma, ordenó él que fuesen decapitados en el patio de los Leones? Todas estas acusaciones se han reiterado en formas distintas, pasaron a los romances, dramas y novelas, y de tal manera han tomado posesión del espíritu público, que resulta imposible desarraigarlas. No hay un solo extranjero culto, visitante de la Alhambra, que no pregunte por la fuente donde fueron decapitados los Abencerrajes y contemple con horror las galerías con rejas en donde dicen que estuvo encerrada la reina; ni un solo labriego de la vega o de la Sierra, que no cante esta historia en rudas tonadas, acompañado de su guitarra, mientras sus oyentes aprenden a execrar el nombre de Boabdil.
Y a pesar de todo, nunca hubo un nombre más deshonrosa e injustamente calumniado.
He examinado todas las crónicas auténticas y las cartas escritas por autores españoles, contemporáneos de Boabdil, algunos de los cuales gozaban de la confianza de los Reyes Católicos y estuvieron realmente presentes en el campo de batalla durante la guerra. He revisado también, merced a las traducciones, todos los textos árabes que pude, veraces y objetivos, y nada he encontrado que justifique estas sombrías y odiosas acusaciones. La mayoría de esta fábulas deben atribuirse a la obra conocida por “Las Guerras Civiles de Granada”, que contiene una pretendida historia de las contiendas entre Zegríes y Abencerrajes, durante las últimas luchas del imperio musulmán. La obra apareció originalmente en español, declarando ser traducida del árabe por un Ginés Pérez de Hita, vecino de Murcia. Desde entonces ha sido vertida a varios idiomas, y Florián tomó mucho de ella para la leyenda de su Gonzalo de Córdoba; de esta forma usurpó en gran parte la autoridad de la verdadera historia, siendo tenida como cierta por las gentes, y en especial por el vulgo de Granada. Toda ella, no obstante, es un amasijo de patrañas mezcladas con unas pocas verdades desfiguradas que le prestan cierto aire de veracidad. Lleva en sí misma la evidencia de su falsedad; los usos y costumbres de los moros están absurdamente tergiversados, y las escenas que recoge son totalmente incompatibles con sus hábitos y religión, que nunca aparecen así descritas en la obra de un solo escritor musulmán.
Confieso que me parece que hay algo casi criminal en las pretendidas falsedades de este libro. Es admisible que se conceda una gran amplitud a la ficción romántica; pero hay ciertos limites que nunca deben ser traspasados. Los nombres de los muertos distinguidos, que pertenecen a la Historia, no deben ser calumniados; de la misma manera que no se ultrajan los de los ilustres personajes que hoy viven. ¡Pensemos además que harto sufrió el infortunado Boabdil, por su justificable hostilidad hacia los españoles, al ser despojado de su reino, sin que por eso fuese su nombre tan imperdonablemente calumniado y convertido en objeto de burla y tema de infamia en su país natal y en la propia mansión de sus padres!
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