el salón de embajadores (es)
En una de mis visitas a la vieja cámara mora que sirve de cocina a la buena tía Antonia y donde celebra sus tertulias, observé una misteriosa puerta en un rincón, que conducía, al parecer, a la parte antigua del edificio. Despertada mi curiosidad, la abrí y me encontré en un oscuro y estrecho corredor; anduve a tientas por él y llegué al extremo de una tenebrosa escalera de caracol que bajaba por un ángulo de la torre de Comares. Descendí a oscuras, guiándome por el muro, hasta que llegué a una puertecilla al fondo, la abrí de par en par, y quedé súbitamente deslumbrado al salir a la brillante antecámara del salón de Embajadores, con la fuente del patio de la Alberca, que refulgía ante mis ojos. La antecámara está separada del patio por una elegante galería sostenida por gráciles columnas con enjutas caladas al estilo morisco. A cada extremo de la antecámara hay alcobas, y su techo se encuentra ricamente estucado y pintado. Pasando bajo un magnifico pórtico, me hallé en el famoso salón de Embajadores, cámara de recepción de los monarcas musulmanes. Según parece, mide treinta y siete pies de superficie y sesenta de alto; ocupa todo el interior de la torre de Comares, y todavía conserva huellas de su antiguo esplendor. Las paredes están bellamente estucadas y decoradas con caprichosos arabescos; su alto techo fue primitivamente del mismo material, predilecto para los moros, con la acostumbrada lacería y las elegantes estalactitas, que con el adorno de vivos colores y dorados, debieron de ser suntuosos en extremo.
Desgraciadamente cedió durante un terremoto y vino abajo con un inmenso arco que atravesaba el salón. Fue sustituido por la actual bóveda o cúpula de alerce o cedro, con vigas cruzadas; todo finamente trabajado y ricamente matizado. Aunque oriental en su carácter, evoca uno de aquellos techos de cedro y bermellón que leímos en los Profetas y en las “Mil y una noches.
Desde la gran altura de la bóveda, por encima de las ventanas, la parte superior del salón se pierde casi en la oscuridad; pero hay tanta magnificencia como solemnidad en esa zona oscura, pues a través de ella percibimos los resplandores de los ricos dorados y los brillantes matices del pincel moro.
El trono real está colocado frente a la entrada, en un nicho que aún lleva una inscripción indicando que Yusuf I (monarca que finalizó la Alhambra) hizo de ella el trono de su imperio. Parece que todo lo que hay en este austero salón ha sido calculado para rodear el trono de una impresionante dignidad y esplendor; aquí no se encuentra la elegante voluptuosidad que reina en otras partes del palacio. La torre es de maciza consistencia y, colgada sobre la pendiente ladera, domina todo el edificio. En tres lados del salón de Embajadores hay ventanas abiertas a través del inmenso grosor de los muros, desde donde se contemplan extensas perspectivas.
El balcón de la ventana central, sobre todo, da al verdeante valle del Darro, con sus paseos, arboledas y jardines. A la izquierda se divisa una lejana perspectiva de la vega, mientras que enfrente se alza la altura rival del Albaicín, con su laberinto de calles, terrazas y jardines, coronado en otro tiempo por una fortaleza que competía en poder con la Alhambra.
“¡Fatal destino el del hombre que perdió todo esto!”, exclamó Carlos V al mirar desde esta ventana el maravilloso paisaje que se domina.
El balcón del mirador desde donde se lanzó esta real exclamación, se ha convertido últimamente en uno de mis retiros favoritos. He permanecido sentado allí gozando el ocaso de un largo y brillante día. Al hundirse el sol ras las purpúreas montañas de Alhambra, lanzaba un torrente de resplandor sobre el valle del Darro, que difundía una melancólica pompa sobre las rojizas torres de la Alhambra; mientras la vega, cubierta de un ligero y sofocante vapor prendido en los rayos del sol poniente, aparecía tendida a lo lejos como un lago de oro. Ni un soplo de aire turbaba el sosiego de aquella hora, y aunque de cuando en cuando se escuchaba un débil sonido de música y regocijo, desde los jardines del Darro, resultaba con ello más solemne el silencio sepulcral del edificio que me daba su sombra. Era uno de esos momentos y perspectivas en los que el recuerdo recibe un poder casi mágico, y a manera del sol de la tarde, que brilla sobre estas torres que se desmoronan, vierte sus rayos retrospectivos para iluminar las glorias del pasado.
En tanto permanecía sentado, observando vigilante el efecto de la luz del día que venía a morir sobre este edificio moro, pensaba en el carácter ligero, elegante y voluptuoso que predomina en toda la arquitectura del interior, en contraste con la grande, pero tenebrosa solemnidad de los edificios góticos construidos por los conquistadores españoles. La misma arquitectura revela, con esta contraposición, la opuesta e irreconciliable naturaleza de los dos pueblos guerreros que tanto tiempo lucharon aquí por el dominio de la Península. Poco a poco me entregué a una serie de reflexiones sobre el extraño destino de árabes o moriscoespañoles, cuya vida entera es como una leyenda, y constituye en realidad uno de los más anómalos, aunque espléndidos episodios de la Historia.
Fuerte y duradera fue su dominación, y no sabemos, sin embargo, cómo denominarla.
Constituía una nación sin territorio legitimo, e innominada. Una oleada remota de la gran inundación árabe, lanzada sobre las costas de Europa, que parece tener todo el ímpetu de la primera embestida de un torrente. Su carrera de conquista, desde el peñón de Gibraltar hasta las rocas de los Pirineos, fue tan rápida y brillante como las victorias musulmanas de Siria y Egipto. Es más, si no hubiesen sido contenidos en las llanuras de Tours, toda Francia, toda Europa, podría haber sido invadida con la misma facilidad que los imperios de Oriente, y la Media Luna brillaría hoy en los templos de París y Londres.
Rechazadas en los limites de los Pirineos las mezcladas hordas de Asia y Africa que formaban esta gran irrupción, abandonaron el precepto musulmán de la conquista y procuraron establecer en España un pacífico y permanente dominio. Como tales conquistadores, sólo fue igualado su heroísmo por la moderación; y en ambas cosas superaron durante algún tiempo a las naciones con las que lucharon. Lejos de su país natal, amaron la tierra que creían les había concedido Alá y procuraron embellecerla con todo aquello que pudiera contribuir a la dicha del hombre.
Pusieron los fundamentos de su poderío en un sistema de sabias y equitativas leyes; cultivaron activamente las ciencias y las artes; fomentaron la agricultura y comercio, y formaron poco a poco un próspero imperio sin rival entre todos los pueblos cristianos; y al rodearse de todas las delicias y refinamientos que caracterizaron al imperio árabe de Oriente en la época más culminante de su civilización, difundieron la luz de la inteligencia oriental por todas las regiones occidentales de la oscurecida Europa.
Las ciudades de la España árabe llegaron a ser el punto de reunión de los artífices cristianos, que acudían a instruirse en las artes útiles. Las Universidades de Toledo, Córdoba, Sevilla y Granada, eran solicitadas por el estudiante blanco de otras tierras, para adquirir la cultura arábiga y el caudal de sabiduría de la Antigüedad. Los amantes de la gaya ciencia acudían a Córdoba y Granada para saturarse de poesía y mística orientales; y los guerreros revestidos de acero del Norte, iban allí presurosos para perfeccionarse en los gallardos ejercicios y corteses usos de la caballería.
Si los monumentos musulmanes de España, la Mezquita de Córdoba, el Alcázar de Sevilla y la Alhambra de Granada, muestran aún inscripciones que exaltan con pasión la fuerza y permanencia de sus conquistas, ¿deben estos alardes inducir a burla por creerlos arrogantes y vanos? Corría el tiempo, generación tras generación, siglo tras siglo, y todavía conservaban el dominio de la tierra. Transcurrió un periodo más largo que el que ha pasado desde que Inglaterra fue subyugada por los conquistadores normandos, y los descendientes de Muza y Tarik nunca pudieron prever que serían arrojados al destierro al otro lado de los mismos estrechos que atravesaron victoriosos antepasados, de igual forma que los descendientes de Rollón y Guillermo, con sus veteranos pares, no pueden soñar en ser rechazados a las costas de Normandía.
Y, a pesar de todo, el imperio musulmán en España no fue sino una brillante planta exótica que no arraigó de un modo duradero en la tierra que había embellecido.
Alejados de sus vecinos de Occidente por una barrera infranqueable de fe y de costumbres, y separados por mares y desiertos de sus hermanos de sangre del Oriente, los moriscos españoles formaron un pueblo aislado. Toda su existencia fue una prolongada, aunque galante y caballeresca lucha por establecerse en una tierra usurpada.
Formaron ellos las avanzadas y fronteras del Islamismo. La Península fue el amplio campo de batalla donde los conquistadores góticos del Norte y los musulmanes del Oriente se encontraron y combatieron por su dominio; la fogosa intrepidez del árabe fue, por último, dominada por el obstinado y perseverante valor del godo.
Jamás se vio aniquilamiento más completo de un pueblo como el de los musulmanes en España. Y ahora, ¿dónde se encuentran? Interrogad a las costas de Berbería y sus lugares desérticos. Los restos de un imperio en el exilio, en otro tiempo poderoso, desaparecieron entre los bárbaros de Africa y murieron como nación. No han dejado tras sí ni siquiera un nombre preciso, a pesar de haber sido, durante ocho siglos, un pueblo explícito y claro. La tierra que adoptaron y ocuparon tanto tiempo, se niega a reconocerlos, a no ser como invasores y usurpadores. Unos pocos monumentos ruinosos es todo lo que queda para atestiguar su poderío y soberanía, y como rocas solitarias desechadas en el interior, dan testimonio del alcance de alguna vasta inundación. Tal es la Alhambra; una roca musulmana en medio de tierra cristiana; un elegante recuerdo de un pueblo valeroso, inteligente y artista, que conquistó, gobernó, floreció y desapareció.