la casa del gallo de viento (es)
En la cima de la alta colina del Albaicín, la parte más elevada de Granada, que se alza desde el estrecho valle del Darro, enfrente mismo de la Alhambra, se encuentra todo cuanto queda de lo que fue un día palacio real de los moros. Ha llegado, en verdad, a tal estado, que me costó mucho trabajo encontrarlo, pese a ser ayudado en mi búsqueda por el sagaz y sabelotodo Mateo Jiménez.
Este edificio ha llevado durante siglos el nombre de “La Casa del Gallo de Viento”, por una figura de bronce colocada en otro tiempo en una de sus torrecillas, que representaba un guerrero a caballo y que giraba a todos los vientos.
Esta veleta fue considerada por los musulmanes de Granada como un mágico talismán. Según algunas tradiciones, lucia la siguiente inscripción arábiga:
Calet el Bedici Aben Habuz Quidat ehahet Lindabuz que ha sido traducida al español de este modo:
Dice el sabio Aben Habuz que así se defiende el Andaluz.
Este Aben Habuz, conforme a algunas de las viejas crónicas moriscas, fue capitán en el ejército invasor de Tarik, uno de los conquistadores de España, que lo nombró “alcaide” de Granada. Pretendía, según se cree, que esta efigie fuese como un aviso perpetuo para los musulmanes de al Ándalus, puesto que rodeado de enemigos, su seguridad dependía de estar siempre alerta y dispuestos al combate.
Otros, entre quienes se cuenta el historiador cristiano Mármol, afirman que Badis Aben Habuz fue un sultán moro de Granada, y que la veleta se interpretaba como continua advertencia de la inestabilidad del poder musulmán, al llevar las siguientes palabras en árabe:
“De esta forma “Ibn Habus el badise” profetiza que el Ándalus morirá un día y se desvanecerá”.
Otra versión acerca de esta famosa inscripción la trae un historiador musulmán, fundándose en la autoridad de Sidi Hasan, un “faquir” que brilló en tiempo de Fernando e Isabel y que estuvo presente al desmontar la veleta, en unas reparaciones de la vieja Alcazaba.
“La vi -dice el venerable “faquir”- con mis propios ojos, tenía la forma de un heptágono y ostentaba la siguiente inscripción en verso:
El palacio de la bella Granada ofrece un talismán.
El jinete, aunque un cuerpo sólido, gira a todos los vientos.
Esto, para el sabio, revela un misterio.
En breve tiempo, sobrevendrá una calamidad que destruya el palacio y a su dueño.
En efecto, no había transcurrido mucho tiempo de esta polémica en torno a la veleta portentosa, y ocurrió lo siguiente: Cuando el viejo Muley Abul Hassan, rey de Granada, estaba en cierta ocasión sentado bajo el suntuoso dosel pasando revista a las tropas que desfilaban en su presencia con sus armaduras de bruñido acero y sus vistosos uniformes de seda, montadas en veloces corceles y provistas de espadas, lanzas y escudos repujados de oro y plata, estalló de repente una tempestad que se había precipitado desde el Sudoeste. Rápidamente se oscurecieron los cielos con negras nubes que descargaron un diluvio de agua. Los torrentes bajaban rugiendo desde las montañas, arrastrando rocas y árboles; el río Darro desbordó sus orillas; los molinos fueron arrasados, destruidos los puentes y desolados los jardines; la inundación llegó a la ciudad, socavando las casas, ahogando a sus moradores y anegando, incluso, la plaza de la Gran Mezquita. La gente, aterrada, se dirigió a las mezquitas para implorar el perdón de Ala, interpretando esta conmoción de los elementos como presagio de espantosas calamidades. Efectivamente, según el historiador árabe Al Makkari, fue aquello señal y preludio de la espantosa guerra que concluyó con la caída del reino musulmán de Granada.
He citado, pues, autoridades históricas suficientes para demostrar los prodigiosos misterios relacionados con la Casa del Gallo de Viento y su talismánico jinete.
Paso ahora a referir cosas más sorprendentes acerca de Aben Habuz y su palacio. Y si alguien dudase de su veracidad, remito al incrédulo lector a Mateo Jiménez y sus compañeros cronistas de la Alhambra.