la cruzada del gran maestre de alcántara (es)
En el curso de mis investigaciones matutinas entre las viejas crónicas existentes en la Biblioteca de la Universidad, tropecé con un breve episodio de la historia granadina, tan genuinamente característico del ardiente celo que animaba a veces a las empresas cristianas contra esta espléndida aunque desgraciada ciudad, que me decidí a sacarlo del pergamino en que yacía sepultado y ofrecerlo a continuación al lector.
En el año 1394 de nuestra redención, hubo un piadoso y valiente Gran Maestre de Alcántara, llamado Martín Yáñez de Barbudo, inflamado de un ardiente deseo de servir a Dios y luchar contra los moros. Desgraciadamente para este bravo y devoto caballero, reinaba una profunda paz entre los poderes cristiano y musulmán.
Enrique III acababa de heredar el trono de Castilla, y Yusuf Ibn Mohamed, el de Granada, y ambos monarcas estaban dispuestos a prolongar la paz que había reinado entre sus padres. El Gran Maestre contemplaba con desconsuelo las banderas y armas arábigas que decoraban el salón de su castillo, trofeos que pregonaban las hazañas de sus antepasados, y se dolía de su suerte al vivir en época de tan afrentosa tranquilidad.
Llegó por último al limite de su paciencia, y viendo que no estallaba una guerra pública en la que combatir, decidió conseguir una pequeña para su uso particular. Tal es, al menos, el relato que hacen algunas viejas crónicas, aunque otras dan el siguiente como pretexto de su súbita resolución para entrar en campaña:
Un día que se encontraba el Gran Maestre sentado a la mesa con varios de sus caballeros, entró bruscamente en el salón un hombre alto, delgado y huesudo, de semblante macilento y fiera mirada.
Todos reconocieron en él a un ermitaño que fue soldado en su juventud y ahora llevaba una vida penitente en una cueva; el cual avanzó hasta la mesa y la golpeó con un puño que parecía de hierro.
—¡Caballeros! -les dijo-. ¿Cómo es posible que estéis aquí tranquilamente sentados, con vuestras armas descansando en la pared, mientras los enemigos de nuestra fe señorean la parte más próspera del país?
—Reverendo padre -le preguntó el Gran Maestre-: ¿qué queréis que hagamos si las guerras terminaron y están nuestras espadas enmohecidas por los tratados de paz?
—¡Oídme! -respondió el ermitaño-. Estaba yo anoche sentado a una hora avanzada en la puerta de mi gruta, contemplando el cielo, cuando quedé adormecido en un sueño, y una maravillosa visión se ofreció a mis ojos. Vi que el astro de la noche era sólo una media luna, pero luminosa como la plata más nítida y refulgente, rebrillando en los cielos sobre el reino de Granada.
Mientras la observaba, vi cómo surgía del firmamento una fulgurante estrella que arrastraba tras de sí a todos los astros del cielo, la cual acometió a la luna y la expulsó de la bóveda celeste, en tanto que todo el universo se llenaba del esplendor de la victoriosa estrella. Todavía estaban mis ojos deslumbrados por este maravilloso espectáculo cuando alguien vino junto a mi, con alas más blancas que la nieve y aspecto resplandeciente.
—¡Oh tú, santo varón de rezos y penitencias! -me dijo-. Busca al Gran Maestre de Alcántara y dale cuenta de la visión que has presenciado. Hazle saber que es él la brillante estrella elegida para expulsar del país a la Media Luna, emblema de los infieles. Dile asimismo que desenvaine valientemente la espada y continúe la gloriosa empresa comenzada en otro tiempo por Don Pelayo, y asegúrale que el triunfo acompañará a sus banderas.
El Gran Maestre escuchó al ermitaño como si fuera un enviado del Cielo, y se aprestó a seguir su consejo al pie de la letra Así, pues, envió una embajada al rey moro con dos de sus más intrépidos guerreros, armados de pies a cabeza. Estos entraron por las puertas de Granada sin ser molestados, puesto que entre ambas naciones reinaba la paz, y se dirigieron hacia la Alhambra, en donde prontamente fueron conducidos ante el rey, quien los recibió en el salón de Embajadores, y al que comunicaron valientemente y sin rodeos el mensaje de que eran portadores.
—Venimos, ¡oh rey!, de parte de don Martín Yáñez de Barbudo, Gran Maestre de Alcántara, el cual afirma que la fe de Jesucristo es santa y verdadera y la de Mahoma falsa y detestable, y te desafía a mantener lo contrario en singular combate mano a mano. Si te niegas, te ofrece luchar con cien caballeros cristianos contra doscientos de los tuyos, o en la misma proporción hasta mil, concediendo siempre a los defensores de tu religión doble número de paladines. Recuerda, ¡oh rey!, que no puedes negarte a este reto, pues vuestro profeta, conociendo la imposibilidad de mantener sus doctrinas por medio de argumentos, ordenó a sus secuaces que las impusieran por la espada.
Las barbas del rey Yusuf temblaron de indignación.
—El Maestre de Alcántara -dijo- es un loco al enviar semejante mensaje, y vosotros sois unos insolentes bellacos al traerlo.
Dicho esto, ordenó que encerrasen a los embajadores en un calabozo con ánimo de darles una lección de diplomacia. Cuando los llevaban a su encierro fueron bárbaramente maltratados por el populacho, exasperado por aquel insulto a su soberano y a su fe.
El Gran Maestre de Alcántara apenas pudo dar crédito a las noticias que recibió de los malos tratos infligidos a sus mensajeros, pero el ermitaño sintió una extrema alegría cuando se lo repitieron.
—Dios -exclamó-, ha cegado a ese rey infiel para perderle. Puesto que no ha dado respuesta a vuestro reto, don Martín, debéis considerarlo como aceptado de su parte. Reunid, pues, vuestras fuerzas, dirigíos hacia Granada y no os detengáis hasta ver la puerta de Elvira. Estoy seguro de que se obrará el milagro en vuestro favor. Se librará una gran batalla y el enemigo será derrotado; mas ni uno solo de vuestros guerreros morirá en ella.
El Gran Maestre hizo un llamamiento a todos los guerreros celosos de la causa cristiana para que le ayudasen en su cruzada. En poco tiempo reunió bajo sus enseñas trescientos jinetes y mil infantes; los primeros, veteranos, curtidos en las batallas y bien armados, pero los infantes eran bisoños e indisciplinados. A pesar de ello, Martín Yáñez confiaba en una maravillosa victoria, era hombre de ardiente fe y sabía que cuanto más escasos son los medios, el milagro es mucho mayor.
Salió, pues, confiadamente con su pequeño ejército, a la cabeza del cual marchaba el ermitaño llevando una cruz en el extremo de una larga pértiga, y debajo de ella el pendón de la Orden de Alcántara.
Cuando se aproximaban a la ciudad de Córdoba, fueron alcanzados por unos correos que habían cabalgado a toda prisa y que eran portadores de misivas del monarca de Castilla, prohibiendo aquella arriesgada empresa. El Gran Maestre era hombre de pensamientos y voluntad muy particulares; en otras palabras, hombre de una sola idea.
—Si yo estuviese empeñado en otra tarea -dijo- obedecería con gusto estas cartas que me dirige el rey mi señor; pero ahora soy enviado de un poder más alto que el suyo. Cumpliendo sus órdenes he avanzado hasta aquí con la cruz para luchar contra los infieles, y sería una traición para el emblema de Cristo volver ahora la espalda sin cumplir mi sagrada misión.
Así, pues, resonaron las trompetas, alzóse de nuevo la cruz y el grupo de piadosos guerreros reanudó su marcha. Cuando pasaron por las calles de Córdoba, el pueblo quedó estupefacto al contemplar a un ermitaño llevando una cruz a la cabeza de un ejército; pero cuando supieron que había de obtenerse una milagrosa victoria y que Granada iba a ser destruida, los obreros y artesanos arrojaron las herramientas de su oficio y se unieron a los cruzados, mientras una chusma mercenaria los seguía con vistas al botín.
Cierto número de caballeros de noble linaje, que no confiaban en el prometido milagro y temían las consecuencias de esta inmotivada irrupción en territorio musulmán, se reunieron en el puente del Guadalquivir y trataron de convencer al Gran Maestre de que no lo cruzase; mas éste permaneció sordo a sus ruegos, reconvenciones o amenazas. Los cruzados montaron en cólera ante esta oposición a la causa de la fe y pusieron fin al parlamento con sus clamores, alzando de nuevo la cruz y llevándola en triunfo a través del puente.
A medida que avanzaba, nuevas gentes se unían a la marcial comitiva; y para cuando el Gran Maestre llegó a Alcalá la Real, enclavada en una montaña que domina la vega de Granada, más de cinco mil hombres de a pie se habían unido a su estandarte.
En esta población salieron a su encuentro Alonso Fernández de Córdoba, señor de Aguilar, su hermano Diego Fernández, Mariscal de Castilla, y otros caballeros de valor y experiencia. Atravesándose al paso del Gran Maestre, le dijeron:
—¿Qué locura es ésta, don Martín? El rey de Granada cuenta dentro de sus murallas con doscientos mil infantes y cinco mil jinetes. ¿Qué podéis hacer vos, vuestro puñado de caballeros y esa bulliciosa chusma contra fuerza semejante? Pensad en los desastres que sobrevinieron a otros jefes cristianos que osaron traspasar esos limites rocosos con fuerzas diez veces mayores que las vuestras. Pensad igualmente en el oprobio que caerá sobre este reino por una imprudencia de esa naturaleza, cometida por un hombre de vuestra alcurnia y condición, por el Gran Maestre de Alcántara. Os suplicamos encarecidamente que os detengáis, puesto que todavía no se ha roto la tregua de paz. Esperad dentro de nuestras fronteras la respuesta del rey de Granada a vuestro desafío. Si él accede a pelear con vos tan sólo o con dos o tres paladines, este combate personal será de vuestra responsabilidad exclusiva, y lo reñiréis en nombre de Dios; si se niega, podéis regresar a vuestros lares con gran honor, y la desgracia caerá sobre los moros.
Varios caballeros que hasta este momento habían seguido al caudillo cristiano con fervoroso entusiasmo, se sintieron conmovidos por estas juiciosas reflexiones y le aconsejaron, con sabia política, que escuchara este parecer.
—Señores -respondió don Martín, dirigiéndose a don Alonso Fernández de Córdoba y a sus compañeros-, os agradezco el consejo que me habéis otorgado tan amablemente y si yo persiguiese únicamente mi gloría personal, tened por cierto que lo seguiría, pero me hallo empeñado en lograr un gran triunfo para nuestra fe, que Dios obtendrá milagrosamente por mi mediación.
En cuanto a vosotros, caballeros -añadió, volviéndose hacia aquellos de sus partidarios que se habían mostrado vacilantes-, si se debilita vuestro ánimo u os arrepentís de haber emprendido esta gloriosa empresa, volveos en nombre de Dios y que mi bendición os acompañe. En cuanto a mi, aunque no tenga más apoyo que el de este santo ermitaño, continuaré sin vacilar hacia adelante, hasta plantar esta sagrada enseña en los muros de Granada o perecer en la demanda.
—Don Martín Yáñez de Barbudo -respondieron los caballeros-: no somos hombres para volver la espalda a nuestro jefe por temeraria que sea esta expedición.
Sólo os dimos un prudente aviso. Así, pues, guiadnos aunque fuere hasta la muerte y estad seguro de que hasta la muerte os seguiremos.
Mientras tenía lugar este diálogo, los soldados empezaban a impacientarse.
—¡Adelante! ¡Adelante! -gritaban-.
¡Adelante por la santa causa de la fe!
El Gran Maestre dio la señal de marcha, el ermitaño alzó de nuevo la cruz y se adentraron por un desfiladero de la montaña, entre solemnes cánticos de triunfo.
Aquella noche acamparon junto al río de Azores, y a la mañana siguiente, que era domingo, cruzaron la frontera enemiga. Su primer alto fue en una “atalaya” construida sobre una roca, puesto limitrofe destinado a vigilar los confines y dar aviso de una posible invasión, por lo que era llamada la “torre de Egea” (o del sepia).
El Gran Maestre se detuvo ante ella y conminó a rendirse a su reducida guarnición. La respuesta se expresó en una lluvia de piedras y dardos que hirieron a don Martín en la mano y mataron a tres de sus hombres.
—¿Cómo es esto, padre? -preguntó al ermitaño-. ¡Me asegurasteis que no moriría ni uno solo de mis guerreros!
Es cierto, hijo mío; pero me refería a la gran batalla que sostendréis con el rey infiel. ¿Qué necesidad hay de un milagro que nos ayude a conquistar una torrecilla?
El Gran Maestre tranquilizóse con esta respuesta y dio orden de que se apilase leña contra la puerta de la torre para incendiarla. Entre tanto, fueron descargadas las provisiones de las acémilas, y los cruzados, lejos del alcance de las flechas, sentáronse a comer sobre la hierba, a fin de cobrar fuerzas para la ardua labor de los días siguientes. Mientras estaban confiadamente ocupados en este menester, les sorprendió la brusca irrupción de una gran hueste morisca. Las “atalayas” situadas en las cumbres de los montes habían dado la alarma, por medio de hogueras y columnas de humo, de que el enemigo cruzaba la frontera, y el rey Yusuf de Granada había salido a su encuentro con un formidable ejército.
Los cruzados, cogidos casi por sorpresa, corrieron en busca de sus armas y se aprestaron a la lucha. El Gran Maestre ordenó a sus trescientos jinetes que desmontasen y peleasen a pie en apoyo de la infantería; pero los moros cargaron con tal rapidez que impidieron juntarse a los cristianos y mantuvieron separados a los jinetes de los infantes. El Gran Maestre lanzó el viejo grito de guerra: “!”Santiago”! ¡”Santiago” y cierra España!” Tanto él como sus caballeros luchaban como leones en el fragor del combate, pero estaban rodeados por una inmensa turba y atacados por piedras, dardos y arcabuces. Pese a su inferioridad, luchaban con audacia y arrojo e hicieron horribles estragos en las filas de sus adversarios.
El ermitaño se mezcló en lo más violento de la pelea, llevando en una mano la cruz y blandiendo en la otra una espada con la que, como loco, asestaba formidables mandobles a su alrededor, matando a varios enemigos, hasta que cayó a tierra cubierto de heridas. El Gran Maestre le vio caer, y comprendió demasiado tarde la falacia de sus profecías; la desesperación, sin embargo, le hizo combatir con más fiereza, hasta que él también cayó vencido por la aplastante superioridad numérica, mientras sus piadosos caballeros emulaban su santo celo. Ni uno solo volvió la espalda ni imploró misericordia; todos lucharon hasta la muerte. En cuanto a los infantes, muchos fueron muertos; otros, prisioneros, y el resto huyó hacia Alcalá la Real. Cuando los moros se dedicaron a despojar los cadáveres de los cruzados, comprobaron que todas las heridas de los caballeros habían sido causadas de frente.
Tal fue la catástrofe de esta fantástica empresa. Los moros la esgrimían como argumento decisivo de la superioridad de su religión, y recibieron en triunfo a su rey cuando regresó victorioso a Granada.
La paz no se interrumpió entre los dos reinos cuando quedó demostrado satisfactoriamente que esta cruzada fue un empeño personal de Don Martín Yáñez, y contraría a las órdenes expresas del rey de Castilla. Es más: los moros dieron muestras del sentimiento de respeto que les inspiraba el valor del infortunado Gran Maestre, y gustosamente entregaron su cuerpo a Don Alonso Fernández de Córdoba, que vino desde Alcalá a buscarlo.
Los cristianos de la frontera se unieron para rendir las últimas exequias en su memoria. El cadáver fue colocado en un féretro y cubierto por el pendón de la Orden de Alcántara; la cruz rota, símbolo de sus confiadas esperanzas y fatal desengaño, iba delante de él. De esta manera fueron trasladados sus restos, en fúnebre cortejo, a través de la comarca montañosa que tan resueltamente había atravesado.
Por todos los lugares que pasaban, ciudades y aldeas, seguíalo el pueblo con lágrimas y lamentaciones llorándole como valiente caballero y mártir de la fe. Su cuerpo fue enterrado en la capilla del convento de Santa María de Almogávar y aún puede verse esculpido sobre su sepulcro, en curioso español antiguo, el siguiente epitafio, testimonio de su bravura:
“Aquí yaz aquel que par neua cosa nunca eve pavor en su corazón”.