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leyenda de la dos discretas estatuas (es)

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En otro tiempo vivía en una amplia habitación de la Alhambra un jovial hombrecillo llamado Lope Sánchez que trabajaba en los jardines y se pasaba cantando todo el día, alegre y activo como un saltamontes. Era el alma y vida de la ciudadela; cuando concluía su tarea, se sentaba en uno de los bancos de piedra de la explanada, y cantaba, acompañado de su guitarra, largos romances del Cid, Bernardo del Carpio, Hernando del Pulgar y otros héroes españoles, para divertir a los inválidos de la fortaleza, o bien entonaba otros aires más alegres para que las jóvenes bailasen “boleros y fandangos”.
Como la mayor parte de los hombres pequeños de estatura, Lope Sánchez tenía por esposa una mujer alta y robusta que casi se lo hubiera podido guardar en el bolsillo; pero no alcanzó nuestro hombre la misma suerte que el común de los pobres, pues en lugar de tener diez chiquillos, no tenía más que una niña, bajita, de ojos negros, que contaba a la sazón doce años de edad, tan alegre como él, llamada Sanchica; la cual hacía las delicias de su corazón, jugaba junto al padre mientras éste se afanaba en los jardines, bailaba al compás de su guitarra cuando él se sentaba a la sombra y corría como una cervatilla de los bosques, alamedas y ruinosos salones de la Alhambra.
Era la víspera de San Juan, y la gente de humor de la Alhambra aficionada a celebrar los días festivos, hombres, mujeres y niños, subieron por la noche al cerro del Sol, que se elevaba por encima del Generalife, para pasar la velada en su alta meseta. Hacía una clara noche de luna; todas las montañas aparecían bañadas con su grisácea y plateada luz; la ciudad, con sus cúpulas y campanarios, se mostraba envuelta en la sombra, y la vega aparecía como una tierra de hadas, llena de arroyuelos encantados que brillaban como cintas de plata entre las oscuras arboledas.
En la parte más empinada del cerro prendieron una hoguera, según una antigua costumbre del país conservada desde el tiempo de los moros. Los habitantes de los campos vecinos celebraban de igual manera la velada, con hogueras encendidas en diversos lugares de la vega y en las laderas de las montañas, que refulgían pálidamente a la luz de la luna.
Transcurrió alegremente la noche, bailando al son de la guitarra de Lope Sánchez, nunca más contento que en estos días de fiesta y regocijo. Mientras todos danzaban, la pequeña Sanchica, con algunas compañeras de juego, se divertía entre las ruinas del viejo fuerte morisco que corona la montaña, cuando he aquí que, hallándose cogiendo piedrecillas en el foso, encontró una pequeña mano curiosamente tallada en azabache con los dedos cerrados y el pulgar fuertemente pegado a ellas.
Llena de gozo por su buena suerte, corrió a enseñarle el hallazgo a su madre, e inmediatamente se convirtió éste en tema de prudentes comentarios, siendo mirado por algunos con supersticiosa desconfianza.
—¡Tíralo! -decía uno.
—Es moro, y seguramente encierra algún peligro o brujería -decía otro.
—¡ De ningún modo ¡-añadía un tercero-. Puedes venderlo, aunque sea por Poco, a los joyeros del Zacatín.
En medio de esta discusión acercóse un viejo y atezado soldado, que había servido en Africa, de rostro tan tostado como el de un moro, el cual examinó la mano con ademanes de comprensión.
—He visto objetos como éste entre los musulmanes de Berbería. Es un gran amuleto para librarse del mal de ojo y de toda clase de conjuros y hechicerías. Te felicito, amigo Lope; esto presagia buena suerte para tu niña.
Al oír, la mujer de Lope Sánchez ató la manecita de azabache a una cinta y la colgó al cuello de su hija.
La vista de este talismán trajo a la memoria de los allí reunidos todas las predilectas supersticiones y creencias referentes a los árabes. Olvidóse el baile y, sentados en grupos en el suelo, empezaron a relatar antiguas y legendarias tradiciones heredadas de sus antepasados.
Algunas de estas historias se relacionaban con los prodigios y maravillas del mismo cerro en el que se hallaban, famoso en verdad como zona fantástica. Una vieja comadre hizo una detallada descripción del palacio subterráneo que se encuentra en las entrañas de aquel cerro, en donde es opinión que yacen embrujados Boabdil y toda su Corte musulmana.
—Entre aquellas ruinas -dijo señalando unos muros desmoronados y unos montones de tierra algo distantes de la montaña- hay un pozo profundo y tenebroso que se adentra y llega al mismo corazón del monte. No me asomaría yo a él ni por todo el dinero que hay en Granada. Una vez, hace tiempo de esto, un pobre hombre de la Alhambra que guardaba sus cabras en este cerro bajó al pozo en busca de un cabritillo que se le había ciado a él. Salió de allí pálido y como loco, y tales cosas aseguró que había contemplado, que todos creyeron había perdido el juicio. Pasóse uno o dos días delirando con los fantasmas moros que le habían perseguido en la caverna, y costó mucho trabajo persuadirle para que llevase de nuevo sus cabras a la colina. Así lo hizo al fin, pero, ¡pobre infeliz!, no volvió a bajar más. Los vecinos hallaron sus cabras pastando entre las ruinas moriscas, y su sombrero y su manta junto a la boca del pozo; pero nunca se supo qué fue de él.
La pequeña Sanchica escuchó aquella historia con gran atención. Era curiosa por naturaleza, e inmediatamente se apoderó de ella un vivo deseo de asomarse al peligroso pozo. Separóse de sus compañeras y se dirigió a las apartadas ruinas; luego de andar a tientas algún rato entre ellas, llegó a una pequeña cavidad, cerca de la cima de la montaña, desde la que se bajaba en pronunciado declive hasta el valle del Darro. En el centro de este hueco se abría la boca de un pozo al que se asomó la muchacha, aventurándose hasta el borde. El fondo estaba oscuro como boca de lobo, lo cual daba una idea de su gran profundidad. La sangre quedó helada en sus venas, y retrocedió empavorecida; volvió a mirar de nuevo, y volvió a retirarse; asomóse por tercera vez, porque el mismo horror le hacía sentir cierto deleite. Por último; cogió una gran piedra y la arrojó al fondo. Por algún tiempo cayó el guijarro sin ruido; luego, se sintió su violento choque con algún rocoso saliente, rebotó entonces de un lado para otro, rodando y produciendo un ruido semejante al del trueno, hasta que por último sonó en el agua, lejos, allá abajo, y todo quedó de nuevo en silencio.
Este silencio, sin embargo, no fue de mucha duración. Parecía como si algo hubiera despertado dentro de aquel espantoso abismo. Alzóse poco a poco del fondo del pozo un zumbido semejante al que producen las abejas en una colmena; zumbido que fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un confuso clamoreo de voces como de multitud lejana, junto con un débil choque de armas, estruendo de címbalos y clamor de trompetas, como si algún ejército se aprestase a entrar en combate en las mismas entrañas del cerro.
Retiróse la muchacha con mudo terror y corrió al sitio en que había dejado a sus padres y compañeros; pero todos se habían ido, y la hoguera estaba agonizante, despidiendo su última humareda a los pálidos rayos de la luna. Las lejanas fogatas que habían ardido en las montañas y en la vega se habían extinguido también, y todo parecía haber quedado en reposo. Sanchica llamó a gritos a sus padres y a algunos de sus conocidos, por su nombre, pero no obtuvo respuesta. Bajó corriendo la falda del monte y los jardines del Generalife, hasta que llegó a la alameda que conduce a la Alhambra, donde se sentó para tomar alientos en el banco de un frondoso retiro. La campana de la atalaya de la Alhambra anunció la medianoche. Reinaba una profunda quietud como si durmiese la Naturaleza entera, y sólo se escuchaba el dulce y casi imperceptible murmullo de un oculto arroyuelo que discurría bajo los arbustos. La suave dulzura de la atmósfera ya la iba adormeciendo, cuando de repente quedó fija su mirada en algo que brillaba allá lejos y, con gran sorpresa suya, descubrió una larga cabalgata de guerreros moros que bajaba por la falda de la montaña a lo largo de las frondosas alamedas. Venían unos armados de lanzas y escudos, y otros con cimitarras, hachas de combate y bruñidas corazas que brillaban a los rayos de la luna. Montaban en corceles que piafaban orgullosos, tascando el freno; pero sus cascos no hacían ruido, como si estuviesen calzados con fieltro.
Los jinetes iban todos pálidos como la muerte; entre ellos cabalgaba una hermosa dama, ceñida su frente con una corona y llevando sus largas trenzas de oro entretejidas con perlas. Las gualdrapas de su palafrén, de terciopelo carmesí bordado en oro, llegaban hasta la tierra; pero ella marchaba sumida en tristeza, con sus ojos fijos en el suelo.
Seguía detrás un séquito de cortesanos lujosamente ataviados con trajes y turbantes de variados colores y, en medio de ellos, sobre un caballo alazán, iba el rey Boabdil el Chico, con un regio manto cubierto de joyas y una resplandeciente corona de diamantes. Sanchica lo reconoció por su barba rubia y por el gran parecido que tenía con su retrato, que ella había visto con frecuencia en la galería de pinturas del Generalife. Contemplaba llena de asombro y admiración aquella regia comitiva, conforme iba pasando deslumbrante por entre los árboles; mas aunque sabía que estos monarcas cortesanos y guerreros, tan pálidos y silenciosos, estaban fuera del curso normal de la Naturaleza, y no eran sino cosa de magia, los miraba con atrevido corazón, tal era el valor que le había infundido el místico talismán de la manecilla que llevaba pendiente del cuello.
Cuando hubo pasado la cabalgata, se levantó y la siguió. El fantasmal cortejo avanzó hacia la gran puerta de la Justicia, que estaba abierta de par en par; los viejos centinelas inválidos dormían en los bancos de piedra de la barbacana, sumidos en un profundo y, al parecer, mágico sueño, y la fantástica comitiva cruzó por su lado sin ruido con las banderas desplegadas y en actitud de triunfo Sanchica hubiera deseado ir tras ella pero observó con gran sorpresa una abertura en la tierra, dentro de la barbacana, que conducía hasta los cimientos de la torre. Se internó un poco, y se atrevió a descender por unos escalones toscamente abiertos en la roca, y a través de un pasadizo abovedado iluminado a trechos por lámparas de plata que, al propio tiempo que iluminaban, despedían un grato perfume. Aventuróse más, y llegó al fin a un gran salón abierto en el corazón de la montaña, magníficamente amueblado al estilo morisco e iluminado también con lámparas de plata y cristal. Allí, recostado en una otomana, aparecía, amodorrado y dando cabezadas, un viejo de larga barba blanca vestido a la usanza mora, con un báculo en la mano que parecía escapársele de los dedos, mientras a corta distancia de él se sentaba una bellísima dama, vestida a la antigua española, con la frente ceñida por una diadema cuajada de brillantes, y su cabellera salpicada de perlas, que pulsaba dulcemente una lira de plata. Sanchica recordó entonces una historia que ella había oído contar a los viejos de la Alhambra acerca de una princesa cristiana, cautiva en el interior de la montaña por las artes de un viejo astrólogo árabe a quien ella a su vez mantenía aletargado en un mágico sueño gracias al poder de la música.
Aquella dama quedó sorprendida al ver a un ser mortal en el encantado salón.
—¿Es la víspera de San Juan? -preguntó.
—Sí -respondió Sanchica.
—Entonces, por esta noche queda en suspenso el mágico encanto. Acércate, niña, y nada temas. Soy cristiana como tú, aunque presa aquí por arte de hechicería.
Toca mis cadenas con ese talismán que pende de tu cuello, y quedaré libre durante esta noche.
Esto diciendo, entreabrió sus vestidos y mostró una ancha faja dorada que rodeaba su cintura y una cadena de oro que la tenía aprisionada al suelo. La niña no vaciló en aplicar la manecita de azabache a la faja, e inmediatamente cayó la cadena a tierra. Al ruido, despertó el anciano y comenzó a restregarse los ojos; pero la dama pasó sus dedos por las cuerdas de la lira y nuevamente volvió a su sopor y a dar cabezadas y a vacilar el báculo en su mano.
—Ahora -dijo la cautiva- toca su báculo con tu talismánica manecita de azabache.
Así lo hizo la muchacha, y se deslizó cayendo de la mano del astrólogo, quedando éste en la otomana, sumido en un profundo sueño. La dama apoyó delicadamente la lira de plata sobre el diván, aproximándola a la cabeza del aletargado anciano, y luego pulsó otra vez sus cuerdas hasta que vibraron en sus oídos.
—¡Oh poderoso espíritu de la armonía! -dijo-. Ten encadenados sus sentidos de este modo hasta que el día venga de nuevo.
Ahora sígueme, hija mía -continuó-, y verás cómo era la Alhambra en la época de su esplendor, pues eres dueña de un talismán que descubre todas sus maravillas.
Sanchica, calladamente, siguió a la dama. Pasaron por la boca de la caverna a la barbacana de la puerta de la Justicia y llegaron a la “plaza de los Aljibes” o explanada interior de la fortaleza. Estaba ésta poblada de soldados moros de a pie y a caballo, formados en escuadrones y con las banderas desplegadas. En el pórtico de entrada había también guardias reales y filas de negros africanos con las cimitarras desnudas. Reinaba un silencio sepulcral; la intrépida niña pasó sin miedo alguno detrás de su guía. Su asombro creció de pronto al entrar en el real palacio donde se criara, pues la luna llena iluminaba intensamente todos los salones, patios y jardines, con la misma claridad que si fuese de día, pero ofreciendo un aspecto muy diferente del que ella estaba acostumbrada a presenciar. Las paredes de las estancias no aparecían manchadas ni agrietadas por los estragos del tiempo; en vez de telarañas, las decoraban ahora ricas sedas de Damasco, y los dorados y arabescos ofrecían su frescura y brillantez primitivas. Los salones, en vez de estar vacíos y desamueblados, hallábanse adornados con divanes y otomanas de la más peregrina tapicería, cuajados de perlas y recamados de piedras preciosas; y todas las fuentes de patios y jardines entonaban su bellísimo “scherzo” de perlas.
Las cocinas vivían en plena actividad; los cocineros se afanaban en preparar extraños manjares, y asaban y cocían espectros de pollos y perdices; mientras los criados iban y venían con fuentes de plata llenas de exquisitas viandas destinadas al espléndido banquete. El patio de los Leones aparecía repleto de guardias, cortesanos y alfaquíes, como en los antiguos días de los moros; y en uno de los extremos de la sala de la Justicia se veía a Boabdil sentado en su trono, rodeado de su Corte y empuñando un imaginario cetro.
A pesar de toda aquella muchedumbre y del supuesto bullicio que debiera ocasionar, no resonaba una voz ni el rumor de unos pasos; nada rompía la quietud de la medianoche, salvo la caída del agua en las fuentes. Sanchica, muda de estupor, siguió a la bella dama por todo el palacio, hasta llegar a una puerta que conducía a los pasadizos abovedados existentes bajo la gran torre de Comares. A cada lado de la puerta destacaba la escultura de una ninfa labrada en alabastro; sus cabezas se volvían hacia un mismo sitio, al interior de la bóveda. Se detuvo la encantada dama, e hizo señas a la niña para que se acercase.
—Aquí -le dijo- hay un gran secreto que voy a revelarte en premio de tu fe y tu valor. Estas discretas estatuas vigilan un tesoro escondido en tiempos pasados por un rey musulmán. Di a tu padre que busque el lugar en que las ninfas tienen fijos los ojos y descubrirá algo que lo convertirá en el hombre más rico de Granada; pero hazle saber que sólo tus manos inocentes dotada como estás de ese talismán, podrán sacar el tesoro. Aconseja, asimismo, a tu padre que use de él con discreción y dedique una parte del mismo a decir misas diariamente para que me vea libre de este impío encantamiento.
Cuando la dama pronunció estas palabras, llevó a la niña al pequeño jardín de Lindaraja, contiguo a la bóveda de las estatuas. La luna temblaba en las aguas de la solitaria fuente que hay en el centro del jardín y derramaba una suave luz sobre los naranjos y limoneros. La hermosa dama cortó una rama de mirto y ciñó con ella la cabeza de Sanchica.
—Esto te recordará -le dijo- lo que te he revelado, y será un testigo de su veracidad. Ha llegado mi hora y he de volver al encantado salón; no me sigas, no vaya a ocurrirte alguna desgracia. ¡Adiós! No olvides lo que te he dicho, y haz que digan misas por mi libertad. Y diciendo esto, se internó en el oscuro pasadizo bajo la torre de Comares, y nunca más fue vista.
Oyóse entonces el lejano canto de un gallo, que llegaba de las casillas que hay al pie de la Alhambra, en el valle del Darro, y una pálida claridad empezó a surgir por las montañas de Oriente; se levantó una tenue brisa, se escuchó un ruido por patios y corredores, como de hojas secas arrastradas por el viento, y una tras otra fueron cerrándose las puertas con gran estrépito.
Sanchica regresó a los mismos lugares que poco antes viera poblados de fantástica muchedumbre, pero Boabdil y su fantasmal Corte habían desaparecido. Brillaba la luz de la luna en las galerías despojadas de su efímero esplendor, y en los desiertos salones manchados, deteriorados por el tiempo y cubiertos de telarañas.
Sólo el murciélago revoloteaba a la incierta luz, y las ranas croaban en el estanque.
Se apresuró Sanchica a subir por una apartada escalera que conducía al humilde aposento ocupado por su familia. La puerta estaba abierta como de costumbre pues Lope Sánchez era demasiado pobre para necesitar barras o cerrojos; buscó a tientas su camastro, y poniendo la guirnalda de mirto bajo la almohada, pronto se quedó dormida.
Por la mañana refirió a su padre cuanto le había sucedido. Lope Sánchez lo creyó todo un puro sueño, y se rió de la credulidad de la niña, por lo que marchó tranquilamente a sus acostumbradas faenas en el jardín; pero no hacía mucho que se hallaba allí, cuando vio venir a su hija corriendo casi sin alientos.
—¡Padre! ¡Padre! -gritaba-. ¡Mira la corona de arrayán que la dama mora me puso en la cabeza!
Lope Sánchez quedó atónito, pues ¡el tallo de mirto era de oro puro, y cada hoja una brillante esmeralda! Como no estaba acostumbrado a ver piedras preciosas, ignoraba el verdadero valor de aquellas alhajas; pero sabía lo bastante para comprender que se trataba de una materia más positiva que las que generalmente se forman de sueños, y que, al menos, la niña había soñado con algún provecho. Su primer acuerdo fue ordenar a la pequeña que guardase el secreto más absoluto. En cuanto a esto, podía el buen Lope estar tranquilo, pues la discreción de su hija era superior a la que correspondía a su sexo y edad. Luego se dirigió a la bóveda en la que estaban las estatuas de alabastro de las dos ninfas y observó que tenían vueltas sus cabezas y fijas sus miradas en un mismo sitio en el interior del edificio. Lope Sánchez no pudo por menos de admirar esta discretísima invención para guardar un secreto. Trazó una línea desde los ojos de las estatuas hasta el punto donde miraban, hizo una determinada señal en la pared y se retiró de allí.
Durante todo el día la imaginación del buen Lope anduvo agitada por mil zozobras e inquietudes. No cesaba de dar vueltas en torno a las dos estatuas, nervioso ante el temor de que alguien pudiera descubrir su dorado secreto. Cada paso que oía aproximarse por aquellos lugares le hacía estremecer. Hubiera dado cualquier cosa por volver en otra dirección la cabeza de las esculturas, sin tener en cuenta que precisamente habían estado mirando hacia el mismo punto durante siglos, sin que nadie lo hubiera advertido.
—¡Mala peste se las lleve! -se decía a sí mismo-. Van a descubrirlo todo. ¿Se vio nunca un modo semejante de guardar un secreto?
Y luego, cuando sentía que alguien se acercaba, huía a hurtadillas, como si su presencia por aquellos lugares pudiese despertar sospechas. Volvía después cautelosamente, y miraba de lejos para cerciorarse de que todo continuaba seguro; pero la vista de las estatuas le hacía estallar de indignación.
—Sí, ahí están -decía para sus adentros- siempre mirando, mirando; mirando precisamente a donde no debieran. ¡Mal rayo las parta! Son lo mismo que todas las de su sexo; si no tienen lengua para charlar, seguro que hablarán con los ojos.
Al fin, para su consuelo, concluyó aquel largo e intranquilo día. Ya no se escuchaba ruido de pasos en los resonantes salones de la Alhambra; el último visitante traspuso el umbral, la puerta principal fue cerrada con barras y cerrojos, y el murciélago, la rana y la ululante lechuza se entregaron poco a poco a sus aficiones nocturnas en el desierto palacio.
Lope Sánchez aguardó, no obstante, a que estuviera muy avanzada la noche, antes de aventurarse a penetrar con su hija en el salón de las dos ninfas, a las que encontró mirando tan fija y misteriosamente como siempre el oculto lugar del depósito.
—Con vuestro permiso, gentiles damas -murmuró al pasar ante ellas-, os voy a relevar de este cargo que habéis tenido durante los dos o tres últimos siglos y que debe haberos sido muy pesado.
Inmediatamente se puso a trabajar en la parte de la pared que había marcado con una señal, y al poco rato quedó abierto un hueco escondido, en el que había dos grandes jarrones de porcelana. Intentó sacarlos fuera, mas permanecieron inmóviles, hasta que fueron tocados por la mano inocente de su hijita. Con su ayuda pudo extraerlos del nicho, y observó con inmensa alegría que se encontraban repletos de monedas de oro moriscas, mezcladas con joyas y piedras preciosas. Antes que fuese de día llevó los jarrones a su habitación, y dejó a las dos estatuas guardianas con sus ojos fijos aún en la hueca pared.
Y así fue cómo el buen Lope Sánchez se transformó repentinamente en un hombre rico; pero sus riquezas, como siempre sucede, le acarrearon un sinnúmero de cuidados a los que hasta entonces había vivido ajeno. ¿Cómo iba a sacar su tesoro y tenerlo seguro? ¿Cómo disfrutar de él sin inspirar sospechas? Ahora, incluso por primera vez en su vida, tuvo miedo a los ladrones. Pensaba aterrado en lo inseguro de su habitación, y cuidaba de atrancar puertas y ventanas; mas pese a todas estas precauciones, no le era posible dormir tranquilo. Desapareció su habitual alegría, y ya no bromeaba ni cantaba con sus vecinos, en una palabra, se convirtió en la criatura más desgraciada de la Alhambra. Sus viejos amigos notaron este cambio, le compadecían de todo corazón, pero comenzaron a volverle la espalda creyendo que pasaba necesidades y que corrían peligro de que acudiese a ellos para pedirles ayuda. ¡Cuán poco sospechaban que su única desgracia era precisamente la riqueza!
La mujer de Lope participaba de su inquietud, pero tenía sus consuelos espirituales. Se nos olvidó advertir antes que, por ser su marido un hombrecillo de carácter ligero e irreflexivo, acostumbraba ella a buscar en todos los asuntos graves la ayuda y consejos de su confesor, fray Simón, robusto fraile de anchas espaldas, cerrada barba y gruesa cabeza, del inmediato convento de San Francisco, el cual era director espiritual de la mitad de las buenas mujeres de las cercanías. También se le tenía en gran estima en diversas comunidades de monjas, que recompensaban sus servicios espirituales con frecuentes obsequios y golosinas y frioleras confeccionadas en los mismos conventos, tales como delicadas confituras, ricos bizcochos y botellas de exquisitos licores, tónicos maravillosos para después de los ayunos y vigilias.
Fray Simón medraba en el ejercicio de sus funciones. En su grasiento cutis relucía el sol cuando subía la colina de la Alhambra en los días calurosos. Mas a pesar de su amable aspecto, la cuerda de nudos que ceñia su cintura demostraba la austeridad de su ascética; las gentes se descubrían ante él considerándolo como espejo de piedad, y los mismos perros olfateaban el olor de santidad que despedían sus vestiduras, y le saludaban, al pasar, ladrando desde sus perreras.
Tal era fray Simón, el director espiritual de la honrada esposa de Lope; y como el padre confesor es el confidente doméstico de las españolas de clase humilde, pronto fue informado, con mucho misterio, de la historia del tesoro escondido.
El fraile abrió ojos y boca y se santiguó una docena de veces al escuchar la noticia. Tras un momento de pausa, exclamó:
—¡Hija de mi alma! Has de saber que tu marido ha cometido un doble pecado.
¡Un pecado contra el Estado y otro contra la Iglesia! El tesoro del que se apropió pertenece, desde luego, a la Corona, por haber sido encontrado en dominios reales; mas como es riqueza de infieles arrebatada por así decirlo de las mismas garras de Satanás, debe ser consagrada a la Iglesia. Sin embargo, ya veremos el medio de llegar a un arreglo. Tráeme la guirnalda de mirto.
Cuando el buen padre la vio chispearon de admiración sus ojos ante el tamaño y hermosura de aquellas esmeraldas.
—He aquí -dijo- el primer fruto del descubrimiento, que debe destinarse a obras piadosas. Lo colgaré en nuestra capilla, como ofrenda, ante la imagen de San Francisco, y le pediré esta misma noche, con gran fervor, que conceda a tu marido disfrutar de la pacífica posesión de sus riquezas.
La buena mujer se alegró mucho de quedar en paz con el Cielo en tan módicas condiciones, y el fraile, escondiendo la guirnalda bajo el manteo (”sic”), encaminóse con santos pasos a su convento.
Cuando Lope volvió a su casa, le relató su mujer lo que había acontecido. El buen hombre se irritó de lo lindo, pues no poseía la devoción de su esposa, y hacía tiempo que gruñía disimuladamente ante las visitas domésticas del fraile.
—¡Mujer! -le dijo-. ¿Qué has hecho? Todo lo has puesto en peligro con tus habladurías.
—¡Cómo! -exclamó la buena mujer-. ¿Es que vas a prohibirme que descargue mi conciencia con mi confesor?
—¡No, mujer! Confiesa tantos pecados tuyos como quieras; pero este tesoro desenterrado es un pecado mío, y mi conciencia se siente muy tranquila con su peso.
Era inútil entregarse a vanas lamentaciones; el secreto estaba descubierto ya, y, como el agua que se derrama en la arena, no podía volver a recogerse. Su única esperanza se cifraba en la reserva del fraile.
Al día siguiente, mientras Lope estaba fuera, sonó una tímida llamada a la puerta, y entró fray Simón con su aspecto bonachón y humilde.
—Hija mía -le dijo-. He rezado fervorosamente a San Francisco, y él ha escuchado mis oraciones. En el silencio de la noche se me apareció el santo en sueños, pero con aspecto enojado. “¡Cómo! -me dijo-. ¿Te atreves a suplicarme que renuncie a este tesoro de los gentiles, conociendo la pobreza de mi capilla? Anda a casa de Lope Sánchez, pide en mi nombre una parte de ese oro morisco, para que hagan dos candelabros para el altar mayor, y después que disfrute en paz el resto”.
Cuando la buena mujer oyó lo de la visión, se persignó con temor y, yendo al lugar secreto donde su marido escondiera el tesoro, llenó una gran bolsa de cuero con monedas de oro árabes, y se la entregó al fraile. El piadoso franciscano derramó, en cambio, sobre ella abundantes bendiciones, suficientes, de ser pagadas por el Cielo, para enriquecer a toda su raza hasta la última generación; luego, guardando la bolsa en la manga de su hábito, cruzó las manos sobre el pecho y se retiró con aire de modesta gratitud.
Cuando Lope se informó de este segundo donativo a la Iglesia, faltó poco para que perdiese el juicio.
—¡Qué desafortunado soy! -gritaba-.
¿Qué va ser de mi? ¡Me roban poco a poco, me arruinarán y me obligarán a pedir limosna!
Muy difícil le resultó a su esposa apaciguarlo, recordándole las inmensas riquezas que todavía le quedaban y cuán moderado había sido San Francisco en contentarse con tan poca cosa.
Desgraciadamente, fray Simón tenía un gran número de deudos pobres que mantener, aparte de media docena de rollizos chiquillos, huérfanos y desamparados, que él había tomado bajo su protección. Repitió, por tanto, sus visitas, un día y otro, con peticiones en nombre de Santo Domingo, San Andrés y Santiago, hasta que el pobre Lope llegó a desesperarse y comprendió que, de no ponerse lejos del alcance de este bendito fraile, tendría que hacer donativos a todos los santos del calendario. Determinó, pues, empaquetar la parte del tesoro que le restaba, escapar secretamente por la noche y huir a otro punto del reino.
Madurado su proyecto, compró con este fin un vigoroso mulo y lo ocultó en una oscura bóveda bajo la torre de Siete Suelos, el mismo lugar donde -según se decía- salía a medianoche el “Velludo” o caballo fantasma que recorría las calles de Granada perseguido por una jauría de perros del infierno. Lope Sánchez tenía poca fe en aquella historia, pero se aprovechó del espanto que causaba, calculando, con razón, que nadie se atrevería a curiosear por la caballeriza subterránea del corcel espectral. Durante el día hizo salir a su familia ordenándoles que le esperasen en un lejano pueblo de la vega.
Bien entrada la noche, trasladó su tesoro a la bóveda subterránea de la torre, lo cargó sobre el mulo sacó a éste fuera y bajó cautelosamente por la oscura alameda.
El honrado Lope había tomado sus medidas con el mayor sigilo, sin darlas a conocer a nadie más que a la fiel esposa de su alma; pero, debido sin duda a cierta milagrosa revelación, llegaron a conocimiento de fray Simón. El celoso padre vio que estaban a punto de escapársele para siempre de las manos estos tesoros infieles, y resolvió lanzar otro asalto en beneficio de la Iglesia y de San Francisco; y así, cuando las campanas dieron el toque de Animas y toda la Alhambra yacía en silencio, salió de su convento y, bajando hacia la puerta de la Justicia, se escondió entre los macizos de rosales y laureles que bordeaban la gran avenida. Allí se estuvo, contando los cuartos de hora que iban sonando en la campana de la atalaya y oyendo los siniestros chillidos de la lechuza y el lejano ladrido de los perros en las cuevas de los gitanos.
Al fin, percibió un ruido de herraduras y, a través de la oscuridad que proyectaban los árboles, distinguió confusamente un caballo que bajaba por la alameda. El orondo fraile se regocijaba pensando en la mala partida que iba a jugarle al buen Lope.
Recogiéndose las faldas de sus hábitos y agachado como gato que acecha al ratón, esperó hasta que su presa estuvo precisamente enfrente de él, salió entonces de su oscuro escondrijo y, poniendo una mano en el lomo y otra en la grupa, dio un salto que no hubiese desacreditado al más experto maestro de equitación, y cayó bien sujeto a horcajadas sobre el animal.
—¡Ajajá! -dijo el robusto franciscano-. Ahora veremos quién entiende mejor el juego.
Pero apenas había pronunciado estas palabras, cuando el mulo comenzó a dar coces, a encabritarse y a saltar, y luego partió a todo galope colina abajo. En vano trataba fray Simón de deternerlo, pues saltaba de piedra en piedra y de breña en breña; sus hábitos se hicieron jirones que ondeaban al viento, y su rapada cabeza recibió más de un fuerte golpe contra las ramas de los árboles, y no pocos arañazos en las zarzas. Para aumentar su angustia y terror, vio una jauría de siete perros que corrían ladrando tras él, y ¡entonces advirtió, aunque demasiado tarde, que iba en realidad montado en el terrible “Velludo”!...
Bajaron la gran avenida, cruzaron plaza Nueva, el Zacatín y Bibarrambla; nunca cazador ni galgo hicieron carrera más endiablada ni alboroto más infernal. Inútilmente invocaba el buen fraile a todos los santos del calendario y a la Santísima Virgen; cada nombre sagrado que pronunciaba era como si picase las espuelas haciendo botar al “Velludo” hasta la altura de las casas. Durante toda la noche fue llevado el desdichado fray Simón de un lado para otro, contra su voluntad, hasta que quedaron molidos todos los huesos de su cuerpo y sufrió la pérdida de una parte de su piel demasiado sensible para ser mencionada. Al fin, el canto del gallo anunció la venida del día; al oír, el fantástico corcel volvió grupas y regresó corriendo hacia su torre. Nuevamente atravesó Bibarrambla, el Zacatín, plaza Nueva y la alameda de las fuentes, seguido de los siete perros que iban aullando, ladrando, saltando y mordiéndole los talones al aterrorizado fraile. Apenas habían aparecido los primeros claros del crepúsculo matutino, cuando llegaron a la torre. Aquí, el caballo fantasma soltó unas cuantas coces que lanzaron al fraile por los aires en un salto mortal, desapareció en la oscura bóveda seguido de la infernal jauría, y un profundo silencio sobrevino después de aquel terrible clamor.
¿Se ha jugado alguna vez en la vida una partida más diabólica a un reverendo fraile? Un labriego que marchaba a su trabajo muy temprano, encontró al infortunado fray Simón tendido bajo una higuera al pie de la torre, pero tan maltrecho y aporreado que no podía hablar ni moverse. Fue llevado con mucho cuidado y solicitud a su celda, y cundió el rumor de que había sido robado y maltratado por unos ladrones.
Pasaron uno o dos días antes que pudiera recobrar el uso de sus piernas; consolábase, entre tanto, pensando que, aunque se le había escapado el mulo con el tesoro, había conseguido anteriormente una buena parte del botín de los infieles. Su primera tarea, luego que pudo moverse, fue buscar debajo de su humilde jergón, en el sitio donde había escondido la corona de arrayán y las bolsas de cuero que contenían el oro sacado a la piedad de la señora Sánchez. ¡Pero cuál no sería su consternación al ver que la guirnalda se había transformado en una marchita rama de mirto, y que las bolsas de cuero estaban llenas de arena y guijarros!
A pesar de su disgusto, tuvo fray Simón la discreción de contener su lengua, pues divulgar aquel secreto podría acarrearle la burla de la gente y atraerle el castigo de su superior. Sólo muchos años después reveló a su confesor, en el lecho de muerte, su nocturno paseo sobre el “Velludo”.
Nada se supo de Lope Sánchez en mucho tiempo, una vez desaparecido de la Alhambra. Se le recordaba siempre como un alegre camarada, aunque se temía, dadas la tristeza y depresión observadas en su conducta luego de su misteriosa partida, que la angustia y la miseria le hubiesen impulsado a tomar alguna trágica resolución.
Varios años después, uno de sus antiguos compañeros, un soldado inválido que se encontraba en Málaga, fue atropellado por un coche de seis caballos que casi le pasó por encima. Detúvose el carruaje y bajó de él, para ayudar al pobre inválido, un anciano caballero, elegantemente vestido, con peluquín y espada. Cuál no sería el asombro del veterano al reconocer en aquel gran personaje a su viejo amigo Lope Sánchez que se dirigía en aquel momento a celebrar la boda de su hija Sanchica con uno de los Grandes del reino.
En el carruaje iba la comitiva nupcial.
Allí figuraba la señora de Sánchez, tan gruesa como un tonel y adornada con plumas, alhajas, sartas de perlas, collares de diamantes y anillos en todos los dedos; en una palabra con un lujo tal, que no se vio otro parecido desde los tiempos de la reina de Saba. La pequeña Sanchica estaba ya hecha una mujer, y en cuanto a gracia y hermosura podría pasar por una duquesa y aun también por una princesa.
El novio, sentado junto a ella, era un hombrecillo marchito y delgado como un hilo; pero esto sólo probaba que era de la más rancia sangre azul, un auténtico Grande de España con apenas tres codos de estatura. La boda había sido arreglada por la madre.
Las riquezas no habían corrompido el corazón del honrado Lope. Se llevó con él durante algunos días a su viejo camarada, lo trató como a un rey, lo invitó a teatros y corridas de toros, y en la despedida le regaló, con muestras de cariño, una gran bolsa de dinero para él y otra para que la distribuyera entre sus amigos compañeros de la Alhambra.
Lope decía siempre que se le había muerto un hermano muy rico en América, dejándole heredero de una mina de cobre; pero los sagaces murmuradores de la Alhambra insisten en afirmar que toda su riqueza proviene de haber descubierto el secreto guardado por las ninfas de mármol.
Es digno de mención que estas discretísimas estatuas continúan, hasta el momento actual con los ojos fijos muy significativamente en el mismo sitio de la pared, lo que ha hecho suponer a muchos que todavía queda allí algún tesoro escondido, y que bien vale la pena que fije su atención en él el diligente viajero. Otros, en particular todos los visitantes femeninos, contemplan las estatuas con gran complacencia, como indeleble monumento que demuestra que las mujeres saben guardar un secreto.
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