leyenda de la rosa de la alhambra (es)
Algún tiempo después de la entrega de Granada por los moros, fue esta deliciosa ciudad residencia frecuente y favorita de los soberanos españoles, hasta que se vieron ahuyentados de ella por los continuos terremotos que derribaron muchos de sus edificios e hicieron estremecer hasta sus cimientos a las viejas torres moriscas.
Muchos, muchos años transcurrieron, durante los cuales rara vez se vio honrada Granada con algún huésped real. Cerrados y silenciosos quedaron los palacios de la nobleza, y la Alhambra -como una beldad desdeñada -permanecía en triste soledad en medio de sus abandonados jardines. La “Torre de las Infantas”, en otro tiempo residencia de las tres bellas princesas, participaba de esta general desolación; la araña tejía su tela a través de las doradas bóvedas, y los murciélagos y lechuzas anidaban en aquellas cámaras otrora embellecidas con la presencia de Zaida, Zoraida y Zorahaida. El abandono de esta torre puede obedecer en cierto modo a algunas supersticiosas creencias de sus vecinos, pues se rumoreaba que el espíritu de la joven Zorahaida, que había muerto en aquella torre, era visto con frecuencia a la luz de la luna, sentado junto a la fuente del salón o llorando en las almenas; y que los caminantes que pasaban por el valle oían a medianoche las notas de su argentino laúd.
Por fin se vio una vez más la ciudad de Granada favorecida con la presencia de personajes reales. Todo el mundo sabe que Felipe V fue el primer Borbón que empuñó el cetro de España; que casó en segundas nupcias con Isabel, la bella princesa de Parma, y que por esta serie de circunstancias, un príncipe francés y una princesa italiana se sentaron juntos en el trono hispánico. La Alhambra fue reparada y decorada a toda prisa para recibir a los ilustres huéspedes. Con la llegada de la Corte cambió por completo el aspecto del palacio, poco antes desierto. El estruendo de tambores y trompetas; el trotar de caballos por las avenidas y patios exteriores, el brillo de las armas y el ondear de banderas por barbacanas y adarves, traía a la memoria el antiguo esplendor marcial de la fortaleza. Con todo dentro del real palacio se respiraba un ambiente más apacible; escuchábase allí el crujir de las telas, el cauteloso paso y la voz murmuradora de los reverenciosos cortesanos a través de las antecámaras, el ir y venir de pajes y damas de honor por los jardines, y el sonar de la música que salía de las puertas y abiertas ventanas.
Entre los que prestaban sus servicios en la regia comitiva, había un paje favorito de la reina, llamado Ruiz de Alarcón. Con decir que era paje favorito de la reina queda hecho su elogio, pues cuantos figuraban en el cortejo de la augusta Isabel habían sido elegidos por su gracia, su belleza o sus méritos. Acababa de cumplir dieciocho años y era esbelto, ligero y flexible de ademanes, y hermoso como un joven Antinoo. Ante la reina guardaba siempre toda clase de respeto y deferencias; pero en el fondo era un mozalbete travieso, acariciado y mimado por las damas de la Corte, y más experimentado en cuestión de faldas de lo que podía esperarse de sus años.
Una mañana estaba el ocioso paje paseando por los bosques del Generalife que dominan los torreones de la Alhambra. Se había llevado para distraerse un halcón favorito de la reina. En el curso de su paseo vio un pájaro que salía volando de entre la maleza, quitó la caperuza al ave de rapiña y la echó a volar. El halcón se elevó en los aires y cayó sobre su presa; pero se le escapó y continuó volando sin hacer caso de las llamadas del paje. Siguió éste con la mirada al truhán del pájaro en su caprichoso vuelo, hasta que lo vio posarse sobre las almenas de una apartada y solitaria torre, en la muralla exterior de la Alhambra, construida al borde de un barranco que separa la fortaleza real de los terrenos del Generalife; era ésta, en una palabra, la torre de las Infantas.
Descendió el paje al barranco y se acercó a la torre; pero no existía ningún paso por la cañada, y la gran altura de aquélla hacía inútil todo intento de escalo por lo que, buscando una de las puertas de la fortaleza, dio un gran rodeo por el lado de la torre que mira al interior de las murallas.
Delante de ella había un pequeño jardín, cercado por cañas y cubierto de mirto. Abriendo un portillo, atravesó el paje cuadros de flores y macizos de rosales, hasta llegar a la puerta, que estaba cerrada y con el cerrojo echado. Por un agujero que había en ella miró al interior. Vio un saloncito morisco de caladas pare des, gráciles columnas de mármol y una fuente de alabastro rodeada de flores.
En el centro, una dorada jaula con un pajarillo; bajo ella, sobre una silla, descansaba un gato romano entre madejas de seda y otros objetos de labor femenina, y una guitarra adornada con cintas estaba apoyada junto a la fuente.
Sorprendióse Ruiz de Alarcón ante aquellas muestras de buen gusto y femenina elegancia en una torre solitaria que él suponía deshabitada. Acudieron entonces a su recuerdo las leyendas de salones encantados, tan corrientes en la Alhambra, y pensó que tal vez fuese el gato alguna hechizada princesa.
Llamó bajito a la puerta, y un hermoso rostro asomó a un alto ventanillo; pero al instante desapareció. Esperó confiado en que se abriría la puerta, más en vano no oyó ruido de pasos en el interior, y todo permaneció en silencio. ¿Se habrían engañado sus sentidos, o era aquella hermosa aparición el hada de la torre? Volvió a llamar con más fuerza. Tras breve pausa, apareció nuevamente aquel rostro seductor; era el de una bellísima damisela de quince años.
El paje se quitó inmediatamente su sombrero de plumas, y le rogó, en los términos más corteses, que le permitiera subir a la torre para coger su halcón.
—No me atrevo a abriros la puerta, “señor” -contestó la doncella ruborizándose-; mi tía me lo tiene prohibido.
—Os lo suplico, hermosa joven. Es el halcón favorito de la reina y no puedo volver al palacio sin él.
—¿Sois, pues, uno de los caballeros de la Corte?
—Sí, hermosa doncella; pero perdería el favor de la reina y mi puesto si se extraviase ese halcón.
—¡”Santa María”! Precisamente es a los caballeros de la Corte a quienes me ha encargado mi tía de modo especial que no abra la puerta.
—Pero eso será a los malos caballeros.
Yo no soy de ésos, sino un sencillo e inofensivo paje, que se verá arruinado y perdido si os negáis a esta pequeña merced.
Conmovióse el corazón de la muchacha ante la congoja del mozo. Sería una pena que se arruinara por cosa tan insignificante. Seguramente aquel joven no era uno de los seres peligrosos que su tía le había descrito como una especie de caníbales, siempre al acecho para hacer presa en las incautas doncellas; por otra parte ¡era tan gentil y modesto!, ¡resultaba tan encantador, gorro en mano y en actitud suplicante!...
El astuto paje vio que la guarnición comenzaba a vacilar, y redobló sus súplicas en términos tan conmovedores que no era posible una negativa en la joven así, pues, la ruborosa y pequeña guardiana de la torre bajó y abrió la puerta, con mano trémula; y si el paje quedó cautivado con sólo la contemplación de su rostro al asomarse a la ventana, sintióse ahora extasiado ante la figura completa que tenía ante los ojos.
Su corpiño andaluz y su adornada “basquiña” realzaban la redonda y delicada simetría de su talle, que apenas se acercaba a la edad de la mujer. Llevaba el lustroso cabello partido en su frente con escrupulosa exactitud y adornado con una fresca rosa recién cortada, según la costumbre general del país. Su cutis, en verdad, estaba algo tostado por el ardor del sol meridional, pero esto mismo servía para dar más encanto al color de sus mejillas y aumentar el brillo de sus dulces ojos.
Ruiz de Alarcón observó todo esto de una sola mirada, pues no le interesaba detenerse de momento; se limitó a murmurar alguna frase de gratitud y subió rápidamente la escalera de caracol en busca del halcón.
Pronto volvió con el pájaro truhán en la mano. La joven, entre tanto, se había sentado junto a la fuente del salón y estaba devanando seda; pero en su turbación dejó caer una madeja sobre el pavimento.
Apresuróse el paje a cogerla y, doblando galantemente una rodilla en tierra, se la ofreció; mas apoderándose de la mano extendida para recibirla, imprimió en ella un beso más ardiente y fervoroso que todos los que depositara jamás en la hermosa mano de su soberana.
—¡”Ave María, señor”! -exclamó la joven, enrojeciendo más, llena de confusión y sorpresa, pues nunca había recibido saludo semejante.
El modesto paje le pidió mil perdones, asegurando que aquélla era la costumbre cortesana para expresar el más profundo homenaje y respeto.
El enojo de la muchacha -si es que lo sintió- se apaciguó fácilmente; no obstante, su vergüenza y aturdimiento continuaron y volvió a sentirse cada vez más ruborizada, fijos los ojos en su labor, enredando la madeja que trataba de devanar.
El hábil joven advirtió la confusión que dominaba en el campo enemigo, y hubiera querido aprovecharse de ella. Pero los discretos argumentos que intentaba utilizar murieron en sus labios; sus galanteos eran torpes e Ineficaces, y, con gran sorpresa suya, aquel inteligente mancebo que se distinguía por su gracia y desenvoltura ante las más entendidas y expertas damas de la Corte, sentíase confuso y balbuciente en presencia de una ingenua chiquilla de quince años.
La inocente muchacha poseía, en verdad, guardianes más eficaces en su modestia y candidez que en los cerrojos y barrotes preparados por su vigilante tía. Mas ¿dónde está ese corazón de mujer insensible a los primeros murmullos del amor? La joven, con toda su ingenuidad, comprendió instintivamente todo lo que la balbuciente lengua del paje no supo expresar, y su pecho se agitaba al ver, por vez primera, un amante rendido a sus pies. ¡Y qué amante!...
La turbación del mancebo, aunque sincera, duró poco; y cuando comenzaba a recobrar su habitual aplomo y serenidad se oyó una voz chillona a lo lejos.
—¡Mi tía, que vuelve de misa! -chilló la joven, asustada-. Señor, os ruego que os marchéis.
—No, hasta que me concedáis esa rosa de vuestro cabello como recuerdo.
Desenredóla apresuradamente de sus negras trenzas y le dijo agitada y ruborosa:
—Tomadla: pero marchaos por favor.
El paje cogió la flor, cubriendo al mismo tiempo de besos la linda mano que se la ofrecía. Luego, poniendo la rosa en su gorro y colocando el halcón en su puño, se deslizó por el jardín, llevándose consigo el corazón de la gentil Jacinta.
Cuando la vigilante tía llegó a la torre, notó la agitación de su sobrina y cierto desorden en la sala; pero unas palabras de explicación fueron suficientes.
—Un halcón ha venido persiguiendo su presa hasta aquí.
—¡Bendito sea Dios! ¡Pensar que un halcón haya entrado en la torre! ¿Habráse visto halcón más insolente? ¡Señor! ¡Ni el mismo pájaro está seguro en su jaula!
La vigilante Fredegunda era una solterona muy anciana y experimentada. Sentía un gran terror y desconfianza por lo que llamaba “el sexo enemigo”, que se habían ido aumentando más a través de su largo celibato. Y no es que la buena señora hubiera sufrido alguna vez un desengaño, pues la Naturaleza la había dotado de la salvaguardia de su rostro, que impedía traspasar sus posesiones; mas las mujeres que tienen poco que temer por sí mismas son más propensas a la custodia y vigilancia de sus más seductoras vecinas.
La sobrina era huérfana de un oficial que murió en la guerra. Se había educado en un convento y había sido sacada hacía poco de su sagrado asilo para ser encomendada a la inmediata tutela de su tía, bajo cuyo celoso cuidado vegetaba oscurecida, como la rosa que florece entre espinas.
Esta comparación no es del todo accidental, pues en realidad, su frescura e incipiente belleza había cautivado el ojo de todos, a pesar de vivir encerrada; y, siguiendo la poética costumbre, general en el pueblo andaluz, los vecinos le habían dado el nombre de “la Rosa de la Alhambra”.
La prudente tía siguió conservando con mucho recato a su tentadora sobrinita, mientras la Corte permanecía en Granada, lisonjeándose del buen éxito de su vigilancia. Es cierto que la buena señora se turbaba de cuando en cuando por el rasgueo de una guitarra y el canto de coplas amorosas, que llegaban desde la arboleda bañada por los rayos de la luna debajo de la torre. Entonces exhortaba a su sobrina para que cerrara los oídos a tan vanas canciones, asegurándole que aquélla era una de las mañas del “sexo enemigo” para seducir y perder a las incautas doncellas.
Pero, ¡ay!, ¿qué valor tienen para una joven inocente las severas reflexiones contra una serenata a la luz de la luna?
Por último, el rey Felipe abrevió su estancia en Granada, y partió de repente con todo su séquito. La prudente Fredegunda vigiló a la regia comitiva cuando salía por la puerta de la Justicia y bajaba por la gran alameda que conduce a la ciudad. Cuando perdió de vista la última bandera, volvió gozosa a su torre, pues ya habían terminado todos sus desvelos e inquietudes; pero con gran sorpresa suya vio un hermoso corcel árabe piafando ante el portillo del jardín y observó con horror, a través de los macizos de rosales, a un elegante joven rendido a los pies de su sobrina. Al ruido de sus pasos diole el doncel un tierno adiós, saltó ágilmente el vallado de cañas y mirtos, montó a caballo y desapareció al momento.
La dulce Jacinta, llena de angustia y dolor, se olvidó del disgusto que causaba a su tía, y arrojándose en sus brazos, prorrumpió en amargas lágrimas y sollozos.
—¡”Ay de mi”! -decía-. ¡Se ha marchado! ¡Se ha marchado! ¡Se ha marchado! ¡Ya no lo veré más!
—¡Marchado! ¿Quién se ha marchado? ¿Quién es ese joven que he visto a tus pies?
—Un paje de la reina, tía, que vino a despedirse de mi.
—¡Un paje de la reina, hija mía! -repitió la vigilante Fredegunda, con voz alterada-. Y ¿cuándo has conocido tú a ese paje de la reina?
—La mañana en que el halcón entró en la torre. Era el halcón de la reina y él venía en su busca.
—¡Ay, niña inocente! Sabe que no hay halcones tan peligrosos como esos pajes libertinos que precisamente hacen su presa en pajarillos tan ingenuos como tu.
Al principio, indignóse la anciana cuando supo que, a pesar de toda su ponderada vigilancia, se había entablado una tierna correspondencia entre los dos jóvenes enamorados, casi en sus propias barbas; pero mucho se consoló al saber que su inocente sobrina había salido victoriosa de aquella dura prueba a que la habían sometido todas las maquinaciones del “sexo enemigo”, pese a no estar protegida por cerrojos y barrotes; convencida de que aquel triunfo se consiguió gracias a las prudentes y virtuosas máximas que ella le inculcara.
Mientras la anciana solterona se sentía aliviada con ese bálsamo consolador para su orgullo, su sobrina acariciaba en su interior el recuerdo de los continuos juramentos de fidelidad de su amante doncel.
Pero ¿qué es el amor de un hombre errante e inquieto? Un fugitivo arroyuelo que se detiene algún tiempo a jugar con las florecillas que encuentra en sus márgenes, y sigue luego su curso, dejándolas anegadas en amargas lágrimas.
Pasaron días, semanas y meses, y nada se volvió a saber del paje de la reina.
Maduró la granada, dio su fruto la vid, corrieron por las montañas las torrenciales lluvias de otoño, cubrióse Sierra Nevada con su blanca túnica y gimieron los vientos del invierno por los salones de la Alhambra; pero el paje no volvía.
Pasó el invierno. Otra vez llegó la primavera con el canto de los pájaros, con sus flores y sus céfiros perfumados; fundióse la nieve de las montañas hasta que sólo quedó en las altas cumbres de Sierra Nevada, brillando a través del cálido aire estival, y nada se supo del veleidoso paje.
Entre tanto, la pobre Jacinta tornábase cada vez más pálida y melancólica; abandonó sus antiguas ocupaciones y recreos; sus madejas de seda quedaron sin devanar, muda su guitarra, olvidadas sus flores; ya no escuchaba el canto de los pájaros, y sus ojos, antes tan brillantes, se marchitaban con lágrimas silenciosas.
Si se hubiera de buscar un rincón solitario para alimentar la pasión de una doncella abandonada en sus amores, ninguno más a propósito que la Alhambra, donde todo parece dispuesto para evocar tiernos y románticos ensueños. Estos deliciosos parajes son un verdadero paraíso para los enamorados; mas ¡qué triste entonces sentirse sola y abandonada en semejante paraíso!
—¡Ay, inocente hija mía! -le decía la juiciosa y casta Fredegunda, cuando encontraba a su sobrina en uno de aquellos momentos de aflicción-. ¿No te advertí contra los engaños y decepciones de los hombres? ¿Qué podías esperar de un joven perteneciente a una familia noble y ambiciosa, tú, una huérfana de pobre y humilde linaje? Ten por seguro que, aunque ese mancebo fuera sincero, su padre, uno de los más orgullosos nobles de la Corte, le prohibiría su unión con una joven tan humilde y desheredada como tú. Toma, pues, una enérgica resolución, y aleja de tu mente esas vanas esperanzas.
Las palabras de la inmaculada Fredegunda sólo sirvieron para acrecentar la melancolía de su sobrina; por lo que Jacinta procuraba entregarse a su dolor en la soledad. Cierta noche de verano, y a una hora muy avanzada, después que su tía se había retirado a descansar, quedó sola en el salón de la torre, sentada junto a la fuente de alabastro. Allí fue donde el pérfido paje se arrodilló y besó su mano por vez primera; allí fue donde tantas veces le había jurado eterna fidelidad. El corazón de la pobre doncella se sintió abrumado de dulces y tristes recuerdos y comenzaron a correr sus lágrimas, que caían gota a gota sobre la fuente. Poco a poco empezó a agitarse el agua cristalina y a bullir y removerse burbuja a burbuja, hasta que una figura de mujer, ricamente ataviada con ropas moras, se presentó pausadamente ante sus ojos.
Jacinta se aterró de tal manera que huyó del salón y no se atrevió a regresar.
A la mañana siguiente contó a su tía todo lo que había visto; pero la buena señora juzgó aquello una fantasía de su perturbada imaginación, y supuso que lo había soñado al quedarse dormida junto a la fuente.
—Habrás estado pensando en la historia de las tres princesas moriscas que habitaron en otro tiempo esta torre -añadió- y habrás soñado con ellas.
—¿Qué historia es ésa, tía? Nada sé de ella.
—Sin duda que has oído hablar de las tres princesas Zaida, Zoraida y Zorahaida, que estuvieron encerradas en esta torre por el rey su padre, y se resolvieron a huir con tres caballeros cristianos.
Las dos primeras lograron fugarse; pero a la tercera le faltó valor y, según cuentan, murió aquí.
—Ahora recuerdo haber oído esa historia -dijo Jacinta-, y hasta he llorado la desventura de la gentil Zorahaida.
—Haces muy bien en lamentar su triste destino -continuó su tía-, pues el amante de Zorahaida fue uno de tus antepasados.
Mucho lloró a su adorada princesa; pero el tiempo le curó su dolor, y se casó con una dama española, de la que tú eres descendiente.
Jacinta quedó pensativa al escuchar estas palabras. “Lo que yo he visto -se decía interiormente- no es una fantasía de mi imaginación; estoy segura de ello. Y si es, en efecto, el espíritu de la hermosa Zorahaida, que, según he oído decir, vaga por esta torre, ¿qué puedo yo temer?
Velaré esta noche junto a la fuente, y quizá se repita la visita”.
Cerca de la medianoche, cuando todo estaba en silencio, volvió la joven a sentarse en el salón. Apenas sonaron las doce en la campana de la lejana atalaya de la Alhambra, agitóse de nuevo la fuente formando burbujas y empezó a bullir el agua hasta que apareció de nuevo ante sus ojos la mujer mora. Era joven y hermosa; sus vestiduras estaban adornadas de joyas y llevaba en la mano un argentino laúd.
Jacinta, temblorosa, a punto estuvo de perder el sentido; pero se tranquilizó al oír la dulce y lastimera voz de la aparecida y al contemplar la bondadosa expresión de su pálido y melancólico rostro.
—¡Hija de los mortales! -le dijo-.
¿Qué te aflige? ¿Por qué turban tus lágrimas el agua de mi fuente y tus quejas y suspiros conmueven el tranquilo silencio de la noche?
—Lloro la perfidia de los hombres y me quejo de mi triste soledad y abandono.
—Consuélate, pues tus penas aún tienen remedio. Mira en mi a una princesa mora que, como tú, fue muy desgraciada en su amor. Un caballero cristiano, antecesor tuyo, cautivó mi corazón y propuso llevarme a su país natal y al seno de su Iglesia. Me había convertido en el fondo de mi corazón; pero me faltó un valor igual a mi fe, y vacilé hasta que fue demasiado tarde. Por eso, los genios del mal tienen poder sobre mi y me encuentro encantada en esta torre hasta que un alma cristiana quiera romper el mágico hechizo. ¿Quieres tú acometer esa empresa?
—Sí, quiero -contestó temblorosa la joven.
—Pues acércate y no temas; mete tu mano en la fuente, rocía el agua sobre mi y bautízame según la costumbre de tu religión. Así se disipará el encantamiento, y mi turbado espíritu logrará el descanso.
La doncella se aproximó con paso vacilante, metió la mano en la fuente, recogió agua en la palma y la roció sobre el pálido rostro del fantasma.
Sonrióse el espectro con inefable dulzura. Dejó caer su argentino laúd a los pies de Jacinta, cruzó sus blancos brazos sobre el pecho y desapareció como si una lluvia de gotas de rocío hubiesen ciado sobre la fuente.
Jacinta se retiró del salón llena de asombro y terror. Apenas pudo conciliar el sueño aquella noche; pero cuando al romper el día despertó de su agitado sopor, todo le pareció una pesadilla. Sin embargo, cuando bajó al salón, vio confirmada la realidad de su sueño, pues contempló junto a la fuente el argentino laúd brillando al sol de la mañana.
Corrió entonces en busca de su tía y le contó cuanto le había sucedido, rogándole que fuese a ver el laúd como testimonio de la veracidad de su historia. Si la buena señora abrigaba algunas dudas, éstas se desvanecieron cuando su sobrina pulsó el instrumento, pues le arrancaba notas tan arrebatadoras, que hasta el helado corazón de la inmaculada Fredegunda, región de perpetuo invierno, se derritió en un grato fluir. Sólo una melodía sobrenatural podía producir efecto tan maravilloso.
La extraordinaria virtud de aquel laúd se hizo cada día más famosa. El caminante que pasaba por el pie de la torre se detenía y quedaba como embrujado en un intenso arrobamiento. Los mismos pájaros se posaban en los árboles cercanos y, acallando sus trinos, escuchaban en un encantado silencio.
Pronto el rumor popular hizo cundir la noticia por todas partes. Los habitantes de Granada acudían a la Alhambra para oír aunque fuese unas notas de aquella música maravillosa que flotaba en torno a la torre de las Infantas.
La gentil trovadora salió al fin de su retiro. Los ricos y poderosos del país se disputaban el agasajarla y colmarla de honores. En una palabra: procuraban atraerse a sus salones, con las delicias del prodigioso laúd, a lo más selecto de la sociedad. Dondequiera que iba, acompañaba a la joven su vigilante tía, guardándola como un dragón, espantando al enjambre de apasionados admiradores de su instrumento.
La fama de su maravillosa virtud se extendía de ciudad en ciudad. En Málaga Sevilla, Córdoba, en toda Andalucía no se hablaba sino de la bella trovadora de la Alhambra. ¿Y qué otra cosa podía ocurrir en un pueblo tan aficionado a la música y tan galante como el andaluz, si el laúd estaba dotado de mágico poder y su tañedora inspirada por el amor?
Mientras Andalucía entera se entusiasmaba de este modo por la música, otra cosa sucedía en la Corte de España. Como se sabe, Felipe V era un desgraciado hipocondríaco sujeto a toda clase de caprichos; unas veces le daba por guardar cama durante varias semanas, quejándose de imaginarias dolencias. Otras, insistía en abdicar el trono, con gran disgusto de su real esposa, a quien tanto halagaban los esplendores de la Corte y las glorias de la corona, y que, en definitiva, era la que, a causa de la necedad de su esposo, manejaba con mano hábil y firme el cetro de España.
No se encontró nada tan eficaz para calmar las jaquecas del rey como el poder de la música; por lo que la reina cuidaba de rodearse de los mejores artistas, tanto vocales como instrumentales, haciendo venir a su Corte en calidad de médico real, al famoso cantante italiano Farinelli.
En la época de que hablamos, se había adueñado de la imaginación de este sabio e ilustre Borbón una manía que sobre pujaba a todas sus anteriores extravagancias.
Después de un largo periodo de imaginaría enfermedad, contra la que se estrellaron todas las melodías de Farinelli y los conciertos de la orquesta de violinistas de la Corte, el monarca se obstinó en la idea de que había entregado su espíritu, de que estaba realmente muerto.
Esto hubiera resultado bastante inofensivo y hasta algo cómodo para la reina y cortesanos, si se hubiese contentado con permanecer en el reposo y quietud de un difunto; pero con gran disgusto de todos, insistió en que se le hicieran exequias fúnebres y, con gran sorpresa, comenzó a impacientarse y a injuriarlos duramente por su negligencia y falta de respeto al dejarlo insepulto. ¿Qué hacer? Desobedecer las tercas órdenes del rey era algo monstruoso a los ojos de los respetuosos cortesanos de una Corte puntillosa. ¡Pero obedecerlo y enterrarlo vivo era cometer un verdadero regicidio!
Cuando se hallaban perplejos ante este tremendo dilema, llegó a la Corte la fama de que una joven artista estaba causando la admiración de toda Andalucía, e inmediatamente despachó la reina emisarios para que la condujeran al real sitio de San Ildefonso, donde a la sazón residían los reyes.
Pocos días después, mientras la reina paseaba en compañía de sus damas de honor por aquellos deliciosos jardines que con sus avenidas, terrazas y fuentes pretendían eclipsar las glorias de los de Versalles, llevaron a su presencia a la famosa tañedora. La augusta Isabel se fijó, admirada, en la noble y modesta apariencia de aquella joven que había enloquecido al mundo. Iba Jacinta ataviada con el pintoresco traje andaluz, su laúd de plata en la mano y sus ojos bajos y pudorosos, pero con aquella sencillez, hermosura y elegancia que la proclamaban todavía “la Rosa de la Alhambra”.
Como de costumbre, iba acompañada de la siempre vigilante Fredegunda, la cual, a preguntas de la reina, contó toda la historia y genealogía de su sobrina. Pero si mucho interesó a la augusta Isabel el aspecto de más complacida se sintió al saber que pertenecía a un noble linaje, aunque empobrecido, y que su padre había muerto peleando valientemente al servicio de la Corona.
—Si tus virtudes corren pareja con tu fama -le dijo- y consigues desterrar el mal espíritu que se ha apoderado de tu soberano, tu suerte estará desde entonces a mi cuidado y te colmaré de honores y riquezas.
Impaciente por poner a prueba su habilidad, la condujo a las habitaciones del caprichoso monarca.
Siguió la Jacinta con los ojos bajos por entre las filas de guardias y el tropel de cortesanos, hasta que llegaron a una gran cámara tapizada de negro. Las ventanas se hallaban cerradas para que no entrase la luz del día; numerosos cirios de amarilla cera en candelabros de plata esparcían una lúgubre luz, iluminando apenas las silenciosas y enlutadas figuras de los cortesanos, que se deslizaban cautelosamente con tristes semblantes. Sobre un fúnebre lecho o féretro, con las manos cruzadas sobre el pecho y dejando ver solamente la punta de la nariz, yacía extendido el supuesto cadáver del monarca.
La reina entró en silencio en la cámara regia y, señalando un escabel que había en un oscuro rincón, hizo a la joven que tomase asiento y comenzara.
Al principio, la bella artista pulsó su laúd con mano temblorosa; mas, serenando su ánimo, cobró confianza conforme iba tocando, y arrancó a su instrumento unas melodías tan dulces y celestiales, que todos los presentes apenas podían creer que fuesen producidas por un ser humano. En cuanto al rey, como ya se consideraba en el mundo de los espíritus, creyó que era una melodía angélica o la música de las esferas. Insensiblemente fue cambiando de tema, y la maravillosa voz de la artista acompañó a su instrumento; principió entonces a cantar una legendaria balada que ensalzaba las viejas glorias de la Alhambra y las bélicas hazañas de los moros.
Puso su alma entera en el canto, pues el recuerdo de la Alhambra vivía unido a la historia de su amor. Resonaban en la cámara mortuoria los sublimes acordes, y penetraron en el melancólico corazón del soberano. Alzó éste la cabeza y miró a su alrededor; sentóse en su féretro, empezaron a brillar sus ojos y, por último, arrojóse al suelo y pidió su espada y su escudo.
El triunfo de la música o, mejor dicho, del mágico laúd, fue completo, el demonio de la melancolía fue desterrado, y puede en verdad asegurarse que un muerto volvió a la vida. Se abrieron las ventanas del aposento; los gloriosos resplandores del sol español iluminaron la hasta entonces lúgubre cámara, y todos los ojos buscaron a la deliciosa hechicera; pero el laúd se había deslizado de sus manos, ella misma había ciado en tierra y un instante después era levantada y recibida en los brazos de Ruiz de Alarcón.
Las nupcias de la feliz pareja se celebraron poco después con gran esplendor, y “la Rosa de la Alhambra” se convirtió en el ornato y delicias de la Corte.
—¡Eh! ¡Poquito a poco! -oigo exclamar al lector-. Esto es ir demasiado de prisa. El autor ha saltado caprichosamente, de un modo violento, al final de una bella historia de amor. Sepamos primero cómo se las compuso Ruiz de Alarcón para justificar ante Jacinta su largo abandono.
Nada más fácil de explicar. Su olvido fue motivado por una respetable y conocida excusa: la oposición que puso a sus ansias y ruegos la voluntad inflexible de su anciano y altivo padre; pero los jóvenes que de verdad se aman, cuando vuelven a encontrarse de nuevo, pronto hacen las amistades y entierran en el olvido los pasados agravios.
—Pero ¿cómo consintió en el enlace ese orgulloso e inflexible anciano?
—¡Ah! Muy sencillo: sus escrúpulos se desvanecieron fácilmente con unas palabras de la reina; en especial cuando comenzaron a llover honras y dignidades sobre la gentil favorita de los reyes. Además, como ya sabe el lector, el laúd de Jacinta poseía un mágico poder y era capaz de triunfar de la más testaruda cabeza y del más endurecido corazón.
—Pero ¿dónde fue a parar el encantado laúd?
—¡Ah! Esto es lo más curioso de todo, y que demuestra claramente la veracidad de nuestra historia. Aquel laúd permaneció por algún tiempo en la familia; pero lo robó y se lo llevó según se cree, el gran cantante Farinelli, tentado de pura envidia. A su muerte, pasó a otras manos en Italia; ignorantes de su mágico poder, fundieron la plata y aprovecharon sus cuerdas en un viejo violín de Cremona.
Todavía conservan éstas algo de su maravillosa virtud. Una palabra al oído del lector, pero que no lo sepa nadie: ese violín está ahora fascinando al mundo entero: ¡es el violín de Paganini!