leyenda del legado del moro (es)
Hay en el interior de la fortaleza de la Alhambra frente al palacio real, una amplia y extensa explanada, la “Plaza de los Aljibes”, llamada así por los depósitos subterráneos de agua que existen en ella desde el tiempo de los moros. En un rincón de esta plaza hay un pozo árabe, hecho en la roca viva, de una gran profundidad, cuya agua es tan fresca como el hielo y tan clara como el cristal. Los pozos abiertos por los moros tienen fama, pues bien conocidos son los esfuerzos que realizaron para penetrar hasta los más puros y deliciosos manantiales y fuentes.
Este de que hablamos es popular en Granada, hasta el punto de que los aguadores -unos con grandes garrafas al hombro y otros con borricos cargados de cántaros- están continuamente subiendo y bajando por las pendientes y frondosas avenidas de la Alhambra, desde por la mañana temprano hasta las últimas horas de la noche.
Fuentes y pozos han sido -desde los tiempos bíblicos- notables puntos de concurrencia y de charla en los climas cálidos. En el pozo en cuestión existe una especie de tertulia perpetua, que se prolonga todo el santo día, formada por los inválidos, las viejas y otros curiosos desocupados de la fortaleza, que se sientan en los bancos de piedra bajo un toldo extendido sobre el pozo para resguardar del sol al encargado. Allí se pierde el tiempo charlando de los sucesos de la fortaleza, se pregunta a todo aguador que llega las noticias de la ciudad y se hacen largos comentarios sobre cuanto se ve y oye.
No hay hora del día en que no se anden por allí comadres y criadas holgazanas en interminable cuchicheo, con el cántaro en la cabeza o en la mano, deseosas de oír el último chisme de aquella buena gente.
Entre los aguadores que concurrían alguna vez a este pozo se contaba un hombrecillo robusto, ancho de espaldas y zanquituerto, llamado Pedro Gil, pero más conocido por “Perejil”, a modo de abreviatura. Siendo aguador, por supuesto, tenía que ser “gallego”, pues la Naturaleza parece haber formado razas de hombres como lo ha hecho con los animales, para cada una de las diferentes clases de trabajo.
En Francia, todos los limpiabotas son saboyanos; los porteros de los hoteles, suizos, y en los tiempos del miriñaque y el pelo empolvado, en Inglaterra, nadie como un irlandés, acostumbrado a andar por el barro, para dar un regular balanceo a una silla de mano. Lo mismo ocurre en España: los aguadores y mozos de cuerda son todos robustos hijos de Galicia. Nadie dice: “Búscame un mozo”, sino: “Llama a un “gallego”.
Volviendo a nuestro relato, Perejil el “gallego” había comenzado su oficio con sólo un gran cántaro de barro que se cargaba a la espalda; poco a poco prosperó y pudo comprar una ayuda: un pollino fuerte y peludo, animal el más apropiado para un aguador. A cada lado de su orejudo auxiliar, en una especie de serones, iban colgados sus cántaros, cubiertos con hojas de higuera para protegerlos del sol. No había en toda Granada aguador más diligente y alegre que él. En las calles resonaba su alegre voz mientras iba detrás de su borrico, pregonando con el acostumbrado grito de verano que se escucha en todas las ciudades españolas: ¿”Quién quiere agua”? ¡”Agua más fría que la nieve”! ¿Quién quiere agua del pozo de la Alhambra, fría como el hielo y clara como cristal? Cuando servía a un parroquiano un reluciente vaso, dirigíale siempre una palabra agradable que le hacía sonreír; y si se trataba de alguna gentil dama o graciosa señorita, le dirigía una picaresca mirada o un requiebro a su hermosura, que resultaba irresistible. De esta manera, Perejil el “gallego” era tenido en toda Granada por el más cortés, agradable y feliz de los mortales. Pero no es precisamente quien canta más alto y quien más bromea el que tiene más alegre el corazón.
Bajo todo su jovial aspecto, el honrado Perejil escondía penas y preocupaciones.
Tenía que sostener una numerosa familia, una prole de harapientos chiquillos, hambrientos y bulliciosos como un nido de golondrinas, que siempre, al volver a casa por la noche, le pedían a gritos de comer.
Tenía también esposa, que le servía de todo menos de ayuda. Había sido, antes de casarse, una bella aldeana, famosa por su habilidad en bailar el “bolero” y tocar las castañuelas. Todavía conservaba estas antiguas aficiones, con lo cual gastaba en fruslerías las míseras ganancias del honrado Perejil o se apoderaba hasta del jumento para irse de jolgorio al campo los domingos y idas de los santos y esos innumerables idas festivos que son en España casi más numerosos que los de trabajo.
Para colmo, era una mujer un poco desaliñada, algo más que holgazana y, sobre todo, una charlatana de primer orden, que abandonaba casa, familia y todos sus quehaceres para irse a comadrear a casa de sus habladoras vecinas.
Pero Aquel que regula el viento para la esquilada oveja, acomoda el yugo del matrimonio a la sumisa cerviz. Perejil sobrellevaba con paciencia todos los despilfarros de su mujer y de sus hijos, con la misma mansedumbre con que su borrico llevaba los cántaros de agua; y aunque algunas veces se sacudiera las orejas en privado, nunca se atrevió a poner en duda las virtudes domésticas de su descuidada esposa.
Amaba a sus hijos lo mismo que el búho ama a sus crías, viendo en ellos multiplicada y perpetuada su propia imagen, pues eran como él, pequeños de estatura y fuertes, de anchas espaldas y estevados de piernas. El mayor placer del honrado Perejil consistía, siempre que podía celebrar un día de fiesta y disponía de unos cuantos “maravedíes”, en coger a todos sus hijos, y unos en brazos y otros agarrados a su chaqueta o pisándole los talones, llevarlos a disfrutar dando saltos por las huertas de la vega, en tanto que su mujer se quedaba bailando con sus amigas en las “Angosturas” del Darro.
Era una hora bastante avanzada de una noche de verano y ya la mayor parte de los aguadores habían abandonado su trabajo.
El día había sido extraordinariamente bochornoso, pero se presentaba una de esas deliciosas noches de luna que tientan a los habitantes de los climas meridionales a desquitarse del calor y la inacción del día, quedándose al aire libre para gozar de la templada frescura del ambiente hasta cerca de la medianoche. Aún había por las calles consumidores de agua; por lo cual, Perejil, como padre considerado y previsor, pensó en sus hambrientos chiquillos.
“Daré un viaje más al pozo -se dijo- para ganar el “puchero” del domingo para mis pequeños”. Y así diciendo, subió con paso firme la empinada cuesta de la Alhambra cantando por el camino y descargando de vez en cuando un fuerte varazo en los lomos de su borrico, a modo de compás de su canción o de refresco del animal, pues en España para todas las bestias de carga sirve el palo de forraje.
Cuando llegó al pozo lo encontró desierto, con excepción de un solitario desconocido vestido de moro, sentado en un banco de piedra a la luz de la luna. Perejil se detuvo de pronto y lo miró con sorpresa no desprovista de temor; pero el moro le hizo señas para que se acercase.
—Estoy débil y enfermo -le dijo-; ayúdame a volver a la ciudad y te daré el doble de lo que puedas ganar con tus cántaros de agua.
El buen corazón del honrado aguador se sintió movido de misericordia ante la súplica del extranjero.
—Dios me libre -le respondió- de recibir ningún pago o recompensa por un sencillo acto de humanidad.
Ayudó, por tanto, al moro a subir en su borrico y partió con él lentamente hacia Granada; pero el pobre musulmán se hallaba tan débil que fue necesario irlo sosteniendo sobre el animal para evitar que cayese al suelo.
Cuando entraron en la población le preguntó el aguador adónde había de llevarlo.
—¡Ay! -exclamó el moro con voz desfallecida-. No tengo ni casa ni habitación, pues soy un extraño en este país. Permíteme que pase la noche en tu casa y serás generosamente gratificado.
De esta manera encontróse el honrado Perejil con el inesperado compromiso de un huésped infiel, pero era demasiado humano para negar hospitalidad por una noche a una pobre criatura en situación tan lamentable por lo que condujo al moro a su hogar. Los chiquillos que habían salido a su encuentro con la boca abierta gritándole como de costumbre al oír los pasos del borrico, huyeron espantados cuando vieron al desconocido del turbante, y fueron a ocultarse detrás de su madre. Esta se adelantó valientemente, como una gallina enfurecida al frente de sus polluelos cuando se aproxima un perro vagabundo.
—¿Qué infiel compañero -gritó- es este que traes a casa a estas horas para atraernos las miradas de la Inquisición?
—Cállate, mujer -respondióle el “gallego”-. Es un pobre extranjero enfermo, sin amigos ni hogar; ¿serias capaz de arrojarlo para que perezca en medio de la calle?
Todavía hubiera seguido protestando la mujer, pues aunque vivía en una choza era celosa guardadora del crédito de su casa.
El pobre aguador, sin embargo, se mantuvo firme por primera vez y se negó a doblegarse al yugo de su esposa. Ayudó al pobre musulmán a bajar del pollino y le extendió una estera y una zalea en el suelo, en el sitio más fresco de la casa, única cama que le permitía su pobreza.
Al poco rato vióse el moro acometido de violentas convulsiones para las que eran vanas toda ayuda y asistencia del humilde aguador. Los ojos del pobre paciente expresaban gratitud. Durante un intervalo de sus ataques, llamó a Perejil a su lado y, hablándole en voz baja, le dijo:
—Temo que mi fin está muy cercano. Si muero, te dejo esta caja en premio de tu caridad -y al decir esto, abrió su “albornoz” y mostró una cajita de madera de sándalo que llevaba atada a su cuerpo.
—Quiera Dios, amigo mío -respondió el honrado “gallego”-, que vivas muchos años para disfrutar de tu tesoro o lo que quiera que sea.
Movió el moro la cabeza, puso su mano sobre la caja y quiso hablar algo acerca de ella; pero volvieron sus convulsiones con mayor violencia y al poco rato expiró.
La mujer del aguador se puso como loca.
—Esto nos sucede -decía- por tu estúpida bondad; por meterte siempre en apuros para servir a los demás. ¿Qué va a ser de nosotros cuando encuentren este cadáver en nuestra casa? Nos mandarán a la cárcel por asesinos; y si escapamos con vida, nos arruinarán escribanos y “alguaciles”.
El pobre Perejil se sentía también atribulado y casi le pesaba haber hecho una buena obra. Al fin, le vino una idea.
—Aún no es de día -dijo-. Puedo sacar el cadáver de la ciudad y enterrarlo bajo la arena en las márgenes del Genil. Nadie vio entrar al moro en nuestra casa y nadie sabrá nada de su muerte.
Dicho y hecho. Con ayuda de su mujer, envolvió el cuerpo del infortunado musulmán en la esterilla donde había expirado; lo colocaron atravesado en el asno, y Perejil salió con él hacia las orillas del río.
Quiso la mala suerte que viviera frente al aguador un barbero llamado Pedrillo Pedrugo, uno de los más fisgones, chismosos y perversos hombres del mundo. Era un tipo con cara de comadreja y patas de araña, astuto y malicioso; ni el mismo Barbero de Sevilla le aventajaba en el conocimiento general de los negocios ajenos, de los que guardaba el secreto como en una criba. Decíase que dormía con un ojo abierto y el oído alerta para poder ver y escuchar, incluso en sueños, todo lo que pasaba a su alrededor. Era, en verdad, una especie de crónica escandalosa para los granadinos curiosos, y tenía más parroquianos que todos los de su gremio.
Este entrometido barbero oyó llegar a Perejil a una hora desusada de la noche, así como las exclamaciones de la mujer y de los hijos. Asomóse al instante por el ventanillo que le servía de observatorio, y vio cómo su vecino ayudaba a entrar en su casa a un hombre vestido de moro. Era esto tan raro y extraño, que Pedrillo Pedrugo no pegó un ojo en toda la noche.
Cada cinco minutos se asomaba al ventanillo, observando las luces que brillaban por las rendijas de la puerta de su vecino; hasta que antes del amanecer vio salir a Perejil con su borrico muy cargado.
El curioso barbero, intrigadísimo, se vistió apresuradamente y deslizándose con cautela siguió al aguador a cierta distancia, hasta que le vio cavar un hoyo en la arenosa ribera del Genil y enterrar después algo que aprecia un cadáver.
Dióse prisa el hombre en volver a casa, y empezó a dar vueltas por su barbería, revolviéndolo todo, hasta que salió el sol. Cogió entonces una bacía debajo del brazo y se encaminó a casa del “alcalde”, que era un cliente cotidiano.
El “alcalde” acababa de levantarse.
Pedrillo le hizo sentar en una silla, púsole una toalla al cuello, preparó la bacía de agua caliente y comenzó a ablandarle la barba con los dedos.
—¡Qué cosas más extrañas pasan! -exclamó, a la vez que hacía de barbero y gacetillero-. ¡Qué cosas más extrañas! ¡Robo, asesinato y entierro; todo en una noche!
—¡Eh! ¿Cómo? ¿Qué estás diciendo? -gritó el “alcalde”.
—Digo -respondió el barbero, frotando la nariz y la barba de la autoridad con un trozo de jabón (pues el barbero español desdeña el uso de la brocha), digo que Perejil el “gallego” ha robado, asesinado y enterrado a un moro en esta condenada noche. ¡”Maldita sea la noche”!
—Pero ¿cómo sabes tú todo eso? -preguntó el “alcalde”.
—Tenga usted paciencia, “señor”, y oirá todo lo que a ello se refiere -contestó Pedrillo, agarrándole por la nariz y deslizando la navaja por sus mejillas. Entonces le contó cuanto había visto, mientras hacía dos operaciones al mismo tiempo: afeitar, lavar la barba y enjugar el rostro del “alcalde” con una sucia toalla, al par que le refería el robo, asesinato y entierro del musulmán.
Es el caso que este “alcalde” era el hombre más déspota y más avariento y codicioso que se conocía en toda Granada.
Sin embargo, no puede negarse que tenía gran aprecio a la Justicia, ya que la vendía a peso de oro. Supuso, pues, que se trataba de un caso de robo y asesinato y que, sin duda, lo robado debía de ser de bastante consideración. ¿Cómo se las arreglaría para ponerlo todo en las legitimas manos de la ley? Atrapar simplemente al delincuente sería dar carne a la horca; pero coger el botín significaba enriquecer al juez, y éste era, según su opinión, el objeto principal de la Justicia. Pensando así, mandó venir a su presencia al más fiel “alguacil”, un individuo delgado y de aspecto famélico, vestido a la antigua usanza española, según su cargo, con un amplio sombrero negro de copa con las alas vueltas hacia arriba por ambos lados, una singular gorrilla, capilla negra colgando de los hombros, un raído traje, también negro, que ponía de relieve su raquítica y seca figura y una vara en la mano, temida “insignia” de su oficio. Tal era el sabueso servidor de la ley, de antigua casta española, a quien puso sobre la pista del infortunado aguador; y fue tal su diligencia y seguridad, que cogió al pobre Perejil antes que éste hubiera vuelto a su casa, conduciéndole con su borrico ante el administrador de la Justicia.
El “alcalde” le dirigió una de sus más terribles miradas.
—¡Escúchame, miserable! -rugió con una voz que hizo juntarse las rodillas del pobre “gallego”-. ¡Óyeme! ¡Es inútil que niegues tu delito, pues todo lo sé! La horca es el castigo que merece el crimen que has cometido; pero yo soy compasivo y estoy dispuesto a venir a razones. El hombre que ha sido asesinado en tu casa era un moro, un infiel, un enemigo de nuestra fe. Sin duda, tú le mataste en un arrebato de celo religioso. Por tanto, seré indulgente contigo; devuelve todo lo que le has robado, y echaremos tierra al asunto.
El pobre aguador invocó a todos los santos como testigos de su inocencia; mas, ¡ay!, ni uno solo apareció, y aunque así lo hubieran hecho, el “alcalde” no hubiera dado crédito al santoral entero. El aguador contó toda la historia del árabe moribundo con la clara sencillez de la verdad, pero todo fue en vano.
—¿Persistes en seguir afirmando -preguntó el juez -que ese musulmán no tenía dinero ni alhajas que fueran el objeto de tu codicia?
—Es tan cierto como que confío en salvarme, usía -respondió el pobre hombre-.
No tenía más que una cajita de sándalo que me legó en premio a mis servicios.
—¡Una caja de sándalo! ¡Una caja de sándalo! -exclamó el “alcalde”; y sus ojos brillaron ante la esperanza de joyas preciosas-. Y ¿dónde está esa caja? ¿Dónde la has escondido?
—Con perdón de usía -replicó el aguador-, está en una de las aguaderas de mi burro, y enteramente al servicio de su señoría.
Apenas había pronunciado estas palabras, cuando el astuto “alguacil” salió como una flecha y volvió al instante con la misteriosa caja de sándalo. La abrió el “alcalde” con mano ávida y temblorosa, se agolparon todos los presentes para ver los tesoros que esperaban que contuviese, pero, con gran desencanto, no apareció en su interior sino un rollo de pergamino escrito en caracteres arábigos y un cabo de vela de cera.
Cuando no se va a ganar nada con que un preso aparezca convicto, la Justicia, aun en España, se inclina a ser imparcial.
Así, pues, el “alcalde”, rehecho de su desilusión y viendo que no existía en realidad botín alguno en aquel asunto, escuchó desapasionadamente las explicaciones del aguador, que fueron corroboradas por el testimonio de su mujer. Convencido, por tanto, de su inocencia, lo absolvió de la pena de arresto y hasta le permitió llevarse el legado del moro, es decir, la caja de sándalo, como justa recompensa de su acto humanitario; pero se quedó con el burro para pago de costas.
Y he aquí una vez más al infortunado “gallego” reducido a la necesidad de llevar él mismo el agua, subiendo fatigosamente hasta el pozo de la Alhambra, con la enorme garrafa a la espalda.
Cuando subía las cuestas en el rigor del mediodía estival le abandonaba su acostumbrado buen humor.
—¡Perro “alcalde”! -iba gritando-.
¡Robarle a un pobre sus medios de subsistencia y el mejor amigo que tenía en el mundo! -y al recordar al amado compañero de sus trabajos, brotaba toda la bondad de su carácter-. ¡Ay, borriquillo de mi alma! exclamaba dejando la garrafa sobre una piedra y enjugándose el sudor de la frente-. ¡Ay, borriquillo de mi corazón! ¡Seguro estoy de que no has olvidado a tu antiguo amo! ¡Seguro estoy de que echarás de menos los cántaros! ¡Ay, pobre amigo mío!
Para alivio de sus males, siempre que volvía a su casa lo recibía su mujer con quejas y reconvenciones. Se aprovechaba de su ventaja, al haberle advertido que no realizase aquel noble acto de hospitalidad que les había acarreado tantos sinsabores, y como mujer de mala intención, utilizaba todas las ocasiones para echarle en cara que era superior a él en sagacidad. Si sus hijos no tenían qué comer o si necesitaban alguna prenda nueva, les decía con sorna:
—Id a vuestro padre, heredero del Rey Chico de la Alhambra; decidle que os dé el tesoro escondido en la caja del moro.
¿Hubo nunca en el mundo un pobre mortal más castigado por haber hecho una buena acción? El infortunado Perejil padecía en cuerpo y alma, pero a pesar de ello, soportaba con paciencia los crueles escarnios de su mujer. Por último, cierta noche, después de un caluroso día de trabajo, al verse injuriado como de costumbre, perdió el hombre la paciencia. No se atrevió a contestar, pero al fijarse sus ojos sobre la caja de sándalo, que estaba en un vasar con la tapa a medio abrir, como si se burlara de su humillación, cogióla y la arrojó indignado contra el suelo.
—¡Maldito sea el día en que puse mis ojos en ti -exclamó -y di asilo en mi casa a tu dueño!
Al chocar la caja contra el suelo, abrióse la tapa por completo y salió rodando el pergamino.
Perejil quedóse pensativo contemplando un rato el rollo, en silencio. “!Quién sabe -dijo para sí, coordinando sus ideas si este escrito tendrá alguna importancia, puesto que el moro aprecia guardarlo con mucho cuidado!” Lo recogió, pues, y lo guardó en su pecho. A la mañana siguiente, cuando iba pregonando su agua por las calles, se detuvo en la tienda de un moro de Tánger que vendía joyas y perfumes en el Zacatín, y le rogó que le explicase el texto.
Leyó el moro con atención el pergamino y, acariciándose la barba dijo sonriente:
—Este manuscrito es una forma de encantamiento para recobrar el escondido tesoro que se encuentra bajo el influjo de un hechizo. Dice que tiene tal virtud, que los más fuertes cerrojos y barras, y hasta la misma roca viva, cederán ante él.
—¡Bah! -exclamó el aguador-. ¿Qué me importa todo eso? Yo no soy encantador, ni sé una palabra de tesoros encerrados.
Pero aquella noche, cuando descansaba al oscurecer junto al pozo de la Alhambra, encontró allí reunido un grupo de charlatanes. Su conversación, como de costumbre a aquellas horas, recayó sobre viejas leyendas y tradiciones de carácter maravilloso. Como todos eran más pobres que las ratas, hablaban con preferencia del popular tema de las riquezas encantadas y enterradas por los moros en varios sitios de la Alhambra. Todos coincidían en la creencia de que había grandes tesoros ocultos bajo la torre de Siete Suelos.
Estas historias produjeron honda impresión en la mente del honrado Perejil, y arraigaron cada vez más en su pensamiento cuando volvió a pasar por las oscuras alamedas. “!Y, quién sabe, si después de todo, no hay un tesoro escondido debajo de la torre, y el pergamino que dejé al moro me ayudaría a conseguirlo!” Embobado en esta repentina ilusión faltó poco para que se le cayese la garrafa.
Pasó aquella noche inquieto y agitado, sin poder pegar un ojo a causa de los pensamientos que turbaban su cerebro. Por la mañana, muy temprano, se dirigió a la tienda del moro y le contó cuanto pasaba en su imaginación.
—Usted sabe leer el árabe -le dijo-.
Suponga que vamos juntos a la torre y probamos el efecto del encanto; si sale mal, no hemos perdido nada; pero si sale bien, partiremos por igual el tesoro que descubramos.
—¡Poco a poco! -replicó el musulmán-.
Este escrito no es suficiente por sí solo, ha de ser elido a medianoche, a la luz de una vela compuesta y preparada de un modo especial, cuyos ingredientes no están a mi alcance. Sin una vela así, el pergamino no sirve para nada.
—¡No diga usted más! -gritó el “gallego”-. Tengo esa vela y voy a traerla al momento.
Dicho esto, corrió a su casa y regresó al punto con el cabo de vela de amarilla cera que había encontrado en la caja de sándalo.
El moro la tomó en sus manos y la olió.
—Aquí hay raros y costosos perfumes -dijo- combinados con esta cera amarilla.
Esta es la clase de vela que se especifica en el pergamino. Mientras esté encendida, se abrirán los muros más fuertes y las cavernas más secretas; pero desgraciado del que se quede dentro cuando se apague, pues quedará encantado en compañía del tesoro.
Convinieron entonces entre ellos que probarían el sortilegio aquella misma noche. Y así, a una hora muy avanzada, cuando nadie estaba despierto sino las lechuzas y los murciélagos, subieron la frondosa colina de la Alhambra y se aproximaron a aquella espantable y misteriosa torre, rodeada de árboles y convertida en algo formidable por tantas leyendas y tradiciones sobre ella. A la luz de una linterna abriéronse paso entre las zarzas y los bloques de piedras esparcidos por el suelo, hasta llegar a la entrada de una bóveda situada debajo de la torre. Llenos de temor y temblando de miedo, bajaron por unos escalones abiertos en la roca, que conducían a una cámara vacía, húmeda y lóbrega, en la que había otra escalera que llevaba a otra bóveda más profunda. De esta forma bajaron otros cuantos tramos, que correspondían a otras tantas bóvedas, unas debajo de otras. El suelo de la cuarta era sólido; y aunque según la tradición todavía quedaban otros tres más abajo, se decía que era imposible penetrar más, por hallarse los restantes cerrados por un poderoso encantamiento. El aire de esta cuarta bóveda era húmedo y frío, con cierto olor a tierra, y la luz apenas si despedía algunos rayos. Se detuvieron un poco indecisos y faltos de aliento, hasta que oyeron débilmente dar las doce en el reloj de una torre; encendieron entonces el cabo de vela, que esparció un olor a mirra, incienso y estoraque.
El moro comenzó a leer de prisa el pergamino. Apenas había acabado, cuando se oyó un ruido como de un trueno subterráneo. La tierra se estremeció y abrióse el suelo, dejando al descubierto otro tramo de escalones. Muertos de miedo, bajaron por él y divisaron a la luz de la linterna otra bóveda cubierta de inscripciones árabes. En el centro de la misma había un gran cofre asegurado por siete barras de acero, y a uno y otro lado vieron un moro encantado con su armadura, pero inmóviles los dos como estatuas, sujetos allí por arte mágica. Delante del cofre había varios jarrones llenos de oro, plata y piedras preciosas. Metieron los brazos hasta el codo en el más grande de ellos, sacando puñados de grandes y hermosas monedas de oro morisco, brazaletes y adornos del mismo precioso metal y algún que otro collar de perlas orientales que se enredaban entre los dedos. Trémulos y jadeantes llenaban sus bolsillos de oro y joyas, mientras dirigían más de una mirada de espanto a los encantados moros que se hallaban allí sentados, inmóviles y horribles, contemplándolos sin pestañear. Al fin, se apoderó de ellos un repentino pánico por algún imaginario ruido, y corrieron escaleras arriba, tropezando el uno con el otro en el departamento superior, volcando y apagando el cabo de vela; y el pavimento se cerró de nuevo con ruido horrible.
Llenos de terror, no pararon hasta encontrarse fuera de la torre y ver las estrellas brillar a través de los árboles.
Se sentaron entonces sobre la hierba y se repartieron el botín, contentos por el momento con aquel breve espigueo del jarrón, aunque dispuestos a volver otra noche y vaciarlos todos hasta el fondo. Para asegurarse de su mutua buena fe, se repartieron los talismanes, quedándose uno con el pergamino y otro con la vela; hecho lo cual, se alejaron de allí, en dirección a Granada, con el corazón ligero y los bolsillos pesados.
Cuando bajaban de la colina, el precavido moro se acercó al oído del sencillo aguador para darle un consejo.
—Amigo Perejil -le dijo-; todo este asunto debe quedar en el mayor secreto hasta que consigamos el tesoro y lo hayamos puesto a salvo. ¡Si algo de esto llega a los oídos del “alcalde”, estamos perdidos!
—Es cierto -respondió el gallego-.
Esa es la verdad.
—Amigo Perejil -dijo el moro-, tú eres un hombre prudente y no dudo de que sabrás guardar un secreto; pero tienes mujer.
—Ella no sabrá una palabra de esto -replicó el aguador con firmeza.
—Está bien -dijo el moro-. Cuento con tu discreción y con tu promesa.
Nunca se hizo un ofrecimiento más positivo y sincero; pero, ¡ay!, ¿quién es el hombre que puede ocultar un secreto a su mujer? Ninguno, desde luego; pero mucho menos Perejil el aguador, uno de los maridos más dóciles y cariñosos. Cuando regresó a su casa, encontró a su mujer llorando en un rincón.
—Muy bonito -gritó al verle entrar-.
¡Por fin has venido, después de pasarte toda la santa noche por esas calles! Me extraña que no te hayas traído otro moro de huésped.
Y rompió a llorar, destrozándose las manos y golpeándose el pecho.
—¡Qué desgraciada soy! -exclamaba-.
¿Qué va a ser de mi? ¡Mi casa robada y saqueada por escribanos y “alguaciles”; y mi marido hecho un gandul, que ni siquiera trae a casa el pan para su familia, y se va por ahí día y noche, con esos infieles moros! ¡Ay, hijos míos! ¡Ay, hijos míos! ¿Qué será de nosotros? ¡Tendremos que salir todos a pedir limosna por esas calles!
Tanto se conmovió el honrado Perejil con las lamentaciones de su mujer, que no pudo impedir llorar él también. Reventaba su corazón tanto como su bolsillo, y no pudo contenerse. Metió la mano en él y sacó tres o cuatro hermosas monedas de oro, y se las echó sobre la falda. La pobre mujer lo miró con profundo asombro, no pudiendo comprender el significado de aquella lluvia dorada. Antes que pudiera volver de su sorpresa, sacó el “gallego” una cadena de oro y la agitó ante ella, saltando de alegría y abriendo la boca de oreja a oreja.
—¡La Santísima Virgen nos ampare! -exclamó la mujer-. ¿Qué has hecho, Perejil? ¡No hay duda: tú has matado a alguien y lo has robado!
Apenas surgió esta idea en su cerebro, cuando la creyó convertida en realidad.
Ya veía cercana la cárcel y la horca, y un pequeño “gallego” estevado colgando de ella. Agobiada por los horrores que había forjado su imaginación, se vio acometida de un violento ataque de histerismo.
¿Qué podría hacer el pobre hombre? No tenía otro medio de tranquilizar a su esposa y desvanecer los fantasmas de su fantasía, sino referirle toda la historia de su buena fortuna. Esto, por supuesto, no lo hizo sin antes obtener de ella promesa solemne de que lo guardaría en el más profundo secreto ante todo ser vivo.
Es imposible describir su alegría.
Echó los brazos al cuello de su marido y poco faltó para que lo ahogara con sus caricias.
—Vamos, mujer -le dijo Perejil con honrada exaltación-, ¿qué me dices ahora del legado del moro? En adelante, no me ofendas cuando ayude a algún semejante en desgracia.
El digno “gallego” se retiró a su zalea y durmió tan profundamente como si lo hiciera en un lecho de plumas. No así su esposa, que vació todo el contenido de sus bolsillos sobre la estera y se sentó a contar las monedas de oro moruno, probándose los collares y pendientes e imaginándose la elegancia de su persona el día que pudiera disfrutar libremente de sus riquezas.
A la mañana siguiente cogió el honrado aguador una de aquellas grandes monedas de oro y se dirigió a venderla a la tienda de un joyero del Zacatín, fingiendo que la había encontrado en las ruinas de la Alhambra. Vio el joyero que tenía una inscripción árabe y que era de oro purismo, y le ofreció la tercera parte de su valor, con lo que Perejil quedó muy contento.
Compró entonces vestidos nuevos para sus hijos y toda clase de juguetes, amén de amplias provisiones para una espléndida comida; regresó después a su casa, donde puso a todos los chiquillos a bailar a su alrededor, mientras él hacía cabriolas en el centro, considerándose el más feliz de los padres.
La mujer del aguador cumplió, con sorprendente exactitud, su promesa de guardar el secreto. Durante día y medio fue de un lado a otro con aire de misterio y rebosante su corazón casi hasta estallar, pero, en fin, contuvo su lengua, a pesar de verse rodeada de sus locuaces vecinas.
También es verdad que no pudo prescindir de darse cierta importancia, y se excusó de sus harapientos vestidos diciendo que se había encargado una “basquiña” nueva, adornada con encajes de oro y abalorios, junto con una nueva “mantilla” de blonda.
Dio asimismo a entender la intención que tenía su marido de abandonar su oficio de aguador, porque no convenía a su salud.
Ella creía también que se irían todos a pasar el verano en el campo, para que los niños disfrutasen el aire de la montaña, pues no se podía vivir en la ciudad en tan calurosa estación.
Las vecinas se miraban unas a otras, creyendo que la pobre mujer había perdido el juicio; y sus ademanes, gestos y elegantes pretensiones fueron motivo de burla general y la diversión de sus amigas, tan pronto como volvía la espalda.
Pero si se contenía fuera de casa, dentro de ella se desquitaba, poniéndose al cuello una sarta de ricas perlas orientales, brazaletes moriscos en sus brazos y una diadema de diamantes en la cabeza, paseándose con sus míseros harapos por la habitación y parándose de cuando en cuando para admirarse en un espejo roto. Aún más; en un impulso de ingenua vanidad, no pudo resistir, en cierta ocasión, asomarse a la ventana para saborear el efecto que producían sus adornos en los transeúntes.
Quiso la mala suerte que el entrometido barbero Pedrillo Pedrugo estuviera en aquel momento ociosamente sentado en su establecimiento, en el lado opuesto de la calle, y que su vigilante mirada captase el brillo de los diamantes. Fuese al instante a su observatorio y reconoció a la mujer del aguador, adornada con todo el esplendor de una novia oriental. No bien hubo hecho un minucioso inventario de sus adornos, se dirigió con toda rapidez a casa del “alcalde”. Al momento se hallaba otra vez el famélico “alguacil” sobre la pista, y antes de terminar el día cayó sobre el infortunado Perejil, que fue conducido de nuevo ante la presencia del juez.
—¿Cómo es eso, villano? -le gritó furioso el “alcalde”-. Me dijiste que el infiel que murió en tu casa no había dejado más que una caja vacía, y ahora me entero de que tu mujer se luce con sus harapos cubiertos de perlas y diamantes. ¡Ah, miserable! ¡Prepárate a devolver los despojos de tu desgraciada víctima y a patear en la horca, que está ya cansada de esperarte!
Cayó de hinojos el aterrorizado aguador, e hizo un minucioso relato de la maravillosa manera como había ganado sus riquezas. El “alcalde”, el “alguacil”, y el curioso barbero escuchaban con viva codicia la leyenda árabe del tesoro encantado.
Fue enviado el “alguacil” para que trajese al moro que le había ayudado en el mágico hechizo. Entró el musulmán medio muerto de miedo al verse en las manos de las arpías de la ley. Cuando vio al aguador, que le miraba con tímidos ojos y abatido continente, lo comprendió todo.
—¡Miserable animal! -le dijo al pasar junto a él-. ¿No te advertí que no le contaras nada a tu mujer?
El relato del moro coincidió exactamente con el de su colega; pero el “alcalde” fingió no creer nada, y empezó a amenazarles con la cárcel y una rigurosa investigación.
—¡Poco a poco, “señor alcalde”! -dijo el musulmán, que ya había recobrado su acostumbrada sagacidad y sangre fría-. No desperdiciemos los favores de la fortuna por quererlo todo. Nadie sabe una palabra de este asunto sino nosotros; guardemos, pues, el secreto. Aún queda en la cueva tesoro suficiente para enriquecernos a todos. Prometa usted un reparto equitativo, y todo se descubrirá. Si se niega, la cueva quedará cerrada para siempre.
El “alcalde” consultó aparte con el “alguacil”. Este era perro viejo en su cargo, y le aconsejó de este modo:
—Prometa usted todo lo que sea, hasta que esté en posesión del tesoro. Así puede apoderarse de todo; y si Perejil y su cómplice se atreven a protestar, amenáceles con la estaca y la hoguera por infieles y hechiceros.
El “alcalde” aprobó el consejo. Desarrugó su ceño, volvióse al moro y le dijo:
—Esa es una extraña historia que puede ser verdadera; pero yo quiero ser testigo ocular de ella. Esta noche vais a repetir el conjuro en mi presencia. Si en realidad existe tal tesoro, lo repartiremos amigablemente entre nosotros y no se sabrá más del asunto; si me habéis engañado, no esperéis piedad de mis manos. Entre tanto, quedaréis detenidos.
El moro y el aguador accedieron gustosos a estas condiciones, convencidos de que el resultado probaría la verdad de sus palabras.
A eso de la medianoche salió secretamente el “alcalde”, acompañado del “alguacil” y del entrometido rapabarbas, todos perfectamente armados. Llevaban como prisioneros al moro y al aguador, e iban provistos del vigoroso borrico de este último para cargar el codiciado tesoro. Llegaron a la torre sin haber sido vistos por nadie, ataron el burro a una higuera y bajaron hasta la cuarta bóveda.
Sacaron el pergamino, encendieron el cabo de vela amarilla y el moro leyó la fórmula del conjuro. Tembló la tierra como la primera vez, y se abrió el pavimento con un ruido atronador, dejando al descubierto el estrecho tramo de escalones. El “alcalde”, el “alguacil” y el barbero quedaron aterrados y no tuvieron valor para descender. El moro y el aguador entraron en la bóveda inferior y encontraron a los dos moros sentados como antes, inmóviles y silenciosos. Cogieron dos de los grandes jarrones llenos de monedas de oro y piedras preciosas. El aguador los subió uno a uno sobre sus espaldas. A pesar de ser un hombrecillo fuerte y acostumbrado a grandes cargas, vacilaba bajo el peso.
Cuando colocó los jarrones a uno y otro lado del asno, aseguró que aquello era todo lo que el animal podía aguantar.
—Bastante hay por ahora -dijo el moro-; aquí están los tesoros que podemos llevarnos sin que nos descubran; suficientes para hacernos a todos tan ricos como pudiéramos desear.
—¡Cómo! ¿Quedan más tesoros abajo? -preguntó el “alcalde”.
—El de más valor de todos -contestó el moro-, un enorme cofre guarnecido con tiras de acero y lleno de perlas preciosas.
—Subamos ese cofre por todos los medios -gritó el codicioso “alcalde”.
—Yo no bajo más -dijo el moro tenazmente-; bastante hay ya para un hombre razonable; más aún es superfluo.
—Y yo -añadió el aguador- no sacaré más carga para partirle el espinazo a mi pobre burro.
Viendo que eran inútiles órdenes, amenazas y súplicas, el “alcalde” se volvió a sus dos secuaces y les ordenó:
—Ayudadme a subir el cofre y partiremos su contenido entre nosotros.
Y diciendo esto bajó los escalones, seguido con temblorosa repugnancia por el “alguacil” y el barbero.
Cuando el moro comprendió que habían bajado bastante, apagó el cabo de la vela, cerróse el pavimento con el acostumbrado estruendo y los tres codiciosos quedaron sepultados dentro.
Luego subió aprisa los tramos de escalones, y no se detuvo hasta encontrarse de nuevo al aire libre. El aguador le siguió con la ligereza que le permitieron sus cortas piernas.
—¿Qué has hecho? -gritó Perejil, tan pronto como cobró alientos-. El “alcalde” y los otros dos se han quedado encerrados en la bóveda.
—¡Ha sido voluntad de Alá! -dijo devotamente el moro.
—¿Y no los vas a dejar salir? -preguntó el gallego.
—¡No lo permita Alá! -replicó el moro acariciándose la barba-. Está escrito en el libro del Destino que permanecerán encantados hasta que algún futuro aventurero logre romper el embrujo. ¡Hágase la voluntad de Dios!
Y diciendo esto, arrojó el cabo de vela a la espesa maleza de la cañada.
Ya no había remedio. Por ello, el moro y el aguador se fueron a la ciudad, con el borrico ricamente cargado, no pudiendo por menos el honrado Perejil de abrazar y besar a su orejudo compañero de penas y fatigas, rescatado de este modo de las garras de la ley. Y en verdad que se podía dudar en aquel momento qué producía más placer al humilde hombrecillo: si el haber ganado un tesoro o haber recuperado su pollino.
Los dos afortunados socios dividieron amigable y equitativamente su tesoro, con la excepción de que el árabe, que gustaba más de las alhajas, procuró poner en su montón la mayor parte de las perlas, piedras preciosas y demás futesas, pero dando siempre al aguador magnificas joyas de oro macizo, de un tamaño cinco veces mayor, con lo que este último quedó muy contento.
Tuvieron cuidado de que no les sucediera ningún accidente, sino que marcharon a otras tierras a disfrutar en paz de sus riquezas. El moro regresó al Africa, a Tánger, su ciudad natal, y el “gallego” se dirigió a Portugal con su mujer, sus hijos y su borrico. Allí, con la dirección y consejo de su esposa, llegó a ser un personaje de importancia, pues hizo aquélla que su digno hombrecillo cubriese su cuerpo y sus cortas piernas con jubón y calzas, sombrero de plumas y una espada al cinto, dejando el nombre familiar de Perejil y adoptando el más sonoro de “Don Pedro Gil”. Creció su prole con robustez y alegría, si bien todos de corta talla y patizambos; en tanto que la “Señora Gil”, cubierta de flecos, brocado y encajes de pies a cabeza, con brillantes sortijas en todos los dedos, llegó a ser modelo de abigarrada elegancia.
En cuanto al “alcalde” y sus adjuntos, quedaron sepultados bajo la gran torre de Siete Suelos, y allí siguen encantados hasta hoy. Cuando hagan falta en España barberos mezquinos, “alguaciles” bribones y “alcaldes” corrompidos, pueden ir a buscarlos; pero si han de esperar su libertad hasta entonces, se corre el peligro de que su encantamiento dure hasta el día del Juicio.