leyenda del soldado encantado (es)
Todo el mundo ha oído hablar de la cueva de San Cipriano en Salamanca, donde antaño, un viejo
sacristán, o como creían muchos, el mismísimo diablo en persona disfrazado de esta guisa, enseñaba ocultamente la astrología judiciaria, la nigromancia, la quiromancia y otras negras y abominables artes. Hace mucho que está cerrada la cueva y hasta olvidado el verdadero sitio en que se encuentra, aunque, según la tradición, la entrada de la misma andaba cerca de donde se alzaba la cruz de piedra que hay en la plazoleta del seminario de Carvajal. Esta creencia parece confirmada en cierto modo por las circunstancias de la siguiente historia.
Hubo en otro tiempo un estudiante de Salamanca llamado don Vicente, de ese género alegre y mendicante que emprende el camino de la ciencia con los bolsillos vacíos para el viaje, y que en el periodo de vacaciones de su colegio, se dedica a pedir por pueblos y ciudades para allegar fondos que le permitan continuar sus estudios en el próximo curso. Disponíase ahora a iniciar su errante vagabundeo; y como era algo aficionado a la música, llevaba una guitarra terciada a la espalda con la que distraer a los aldeanos y obtener los medios de pagar una comida o una noche de posada.
Al pasar junto a la cruz de piedra de la plaza del seminario, se quitó el sombrero e hizo una breve invocación a San Cipriano para que le concediese buena suerte; y cuando bajaba los ojos al suelo, observó algo que relucía al pie de la cruz. Al recogerlo vio que era una sortija de sello, de metales macizos, en la que parecían haberse combinado el oro y la plata. El sello era un dibujo de dos triángulos cruzados en forma de estrella.
Se dice que este dibujo es un signo cabalístico de un poder extraordinario en todos los casos de encantamiento, inventado por el sabio rey Salomón; pero como el honrado estudiante no era ni sabio ni brujo, ignoraba esta circunstancia. Tomó el anillo considerándolo como un presente de San Cipriano en premio a su oración, se lo colocó en el dedo, hizo una reverencia a la cruz y, rasgueando su guitarra, emprendió alegremente el camino.
La vida en España, del estudiante sin recursos, no es precisamente de las más míseras del mundo, sobre todo si no carece de talento para granjearse simpatías. Vaga libremente de aldea en aldea, de ciudad en ciudad, por todas las partes adonde le llevan su curiosidad o su capricho. Los párrocos rurales, que en su mayoría han sido en su tiempo estudiantes pobres, le proporcionan una suculenta comida y abrigo durante la noche, y hasta lo enriquecen con frecuencia dándole algunos “cuartos” al despedirse por la mañana. Al llamar a las puertas, en las calles de las ciudades, nunca recibe una áspera repulsa ni un frío desprecio, pues nadie considera una deshonra sostener su mendicidad, ya que muchos de los hombres más cultos de España comenzaron de esta forma sus estudios; y si es, como nuestro estudiante, mozo de buena presencia y alegre compañero y, sobre todo, si sabe tocar la guitarra, siempre está seguro de hallar una cordial acogida entre los campesinos y sonrisas y favores de sus esposas e hijas.
De esta guisa, pues, recorrió medio reino nuestro raído y musical hijo de la ciencia, con el firme propósito de visitar la famosa ciudad de Granada antes de su regreso. Unas veces acogíase a pasar la noche en la casa de algún párroco de aldea, y otras se albergaba bajo el humilde, pero hospitalario techo de un labrador.
Sentado con su guitarra a la puerta de la cabaña, deleitaba con sus canciones a las gentes sencillas o tocaba un “fandango o bolero” para que bailasen los mozos y mozas de moreno rostro, en el apacible crepúsculo de la tarde. A la mañana siguiente le despedían las amables palabras de sus huéspedes y las dulces miradas, acompañadas algunas veces de un apretón de manos de la hija.
Llegó, finalmente, a la meta principal de su musical vagabundeo, a la famosa ciudad de Granada, y saludó con sorpresa y deleite sus torres moriscas, su deliciosa vega y sus nevadas montañas, que resplandecían a través de la cálida atmósfera estival. Inútil es decir con qué ávida curiosidad traspasó sus puertas, recorrió sus calles y contempló sus monumentos orientales. Cualquier rostro femenino asomado a una ventana o que fulguraba desde un balcón, parecíale una Zoraida o una Zelinda; y no tropezaba con alguna elegante dama paseando por la Alameda, sin sentirse inclinado a creerla una princesa mora y extender su capa estudiantil bajo sus pies.
Su talento musical, su feliz humor, su juvenil y agradable presencia le ganaron el general aprecio, a pesar de su deteriorado ropaje, y durante varios días llevó una alegre vida en la vieja capital árabe y en sus alrededores. Algunas veces frecuentaba la fuente del Avellano, en el valle del Darro, uno de los puntos de reunión populares en Granada desde el tiempo de los moros; allí tenía nuestro estudiante una magnifica oportunidad de proseguir sus estudios acerca de la belleza femenina, rama del saber a la que se sentía algo inclinado.
En este delicioso paraje se sentaba con su guitarra e improvisaba canciones de amor a los admirados grupos de “majos y majas”, o invitaba con su música a un baile siempre bien recibido. En tal menester se hallaba ocupado una tarde cuando vio llegar a un “padre” de la Iglesia, ante cuya presencia se descubrieron todos los circunstantes, pues evidentemente se trataba de hombre de importancia. Era ciertamente espejo de buena, si no de santa vida, robusto y colorado, y llegó respirando por todos los poros de su cuerpo, dado el calor reinante y el ejercicio de su paseo. Cuando pasaba por allí, solía, de cuando en cuando, sacar un “maravedí” de su bolsillo y se lo entregaba a un mendigo, con aires de ardiente caridad.
—¡Ah, padre bendito! -exclamaban-.
¡Dios le conceda larga vida y ojalá sea usted obispo muy pronto!...
Alguna que otra vez, subía la cuesta apoyándose, como ayuda de sus pasos, en el brazo de una criada andaluza desde la cabeza a los pies, desde la rosa prendida en su cabello hasta los zapatitos de hada y las medias de encaje; andaluza en todos sus ademanes, en el gentil movimiento de su cuerpo, lozana y ardiente andaluza.
Pero además, ¡tan recatada!, ¡tan tímida! Siempre con sus ojos bajos, escuchando las palabras del “padre”; y si alguna vez de jaba escapar una mirada de soslayo, pronto la reprimía y bajaba de nuevo la vista.
El buen sacerdote contempló cariñosamente la concurrencia reunida junto a la fuente y tomó asiento con cierto énfasis sobre un banco de piedra, en tanto que la criada se apresuraba a traerle un vaso de clara y fresca agua. La bebió a sorbos, pausadamente y con suma complacencia, mezclándola con una de esas esponjosas yemas escarchadas y azúcar, tan gratas a los epicúreos españoles...
“!Ah buen pastor! -díjose el estudiante-. ¡Qué felicidad ser recogido en su redil con semejante corderilla por compañera!”
Pero no era probable que tuviese esa dicha. En vano ensayó aquellas sus aptitudes de agrado que tan irresistibles habían resultado con los curas de aldea y las mozas rústicas. Nunca tocó su guitarra con tanta destreza; nunca cantó baladas más conmovedoras; pero ahora no se trataba precisamente de una moza pueblerina. Evidentemente el buen sacerdote no era muy musicófilo, y la pudorosa doncella no levantó ni una vez los ojos del suelo.
Estuvieron un poco tiempo en la fuente, y el buen “padre” se apresuró a volver a Granada. La damisela lanzó tan sólo al estudiante una mirada al retirarse, pero, ¡ay!, le arrancó el corazón de su pecho.
Cuando se marcharon los dos, nuestro escolar inquirió noticias de ellos. El “padre Tomás” era un piadoso sacerdote, modelo de regularidad; puntual a la hora de levantarse, a la de dar su “paseo” para abrir el apetito, a la de comer, dormir la “siesta”, jugar su partidita de “tresillo” por la tarde; a la de cenar y, en fin, a la de retirarse a descansar y tomar nuevas fuerzas para cumplir al día siguiente otra serie de análogas ocupaciones. Poseía un pacífico y cómodo mulo para sus paseos; con él vivían un ama de llaves, muy ducha en prepararle exquisitos bocados para su mesa, y la joven que le servía de criada.
¡Adiós la alegre e irreflexiva vida estudiantil! Aquella furtiva mirada de unos brillantes ojos fue la ruina de nuestro escolar. Pasábase noche y día sin poder borrar de su imaginación la figura de la pudorosa doncellita. Averiguó dónde vivía el “padre”; pero, ¡ay!, era la suya una casa inaccesible a un estudiante trotamundos como él. No le resultaba simpático al buen “padre”, que no había sido “estudiante sopista”, obligado a cantar para comer. Puso cerco don Vicente a la casa durante el día mendigando alguna que otra mirada de la joven cuando se asomaba ésta a la ventana; pero aquellas miradas solamente conseguían avivar más la llama de su pasión, sin dar alientos a su esperanza.
Dedicóse también a dar por las noches serenatas bajo su balcón, y una vez se sintió ilusionado al observar que aparecía algo blanco en la ventana; pero, ¡ay!, era el gorro de dormir del “padre”.
Nunca hubo más devoto enamorado ni más tímida mozuela; con lo que el pobre estudiante se desesperaba. Llegó, al fin, la víspera de San Juan, cuando las gentes humildes de Granada inundan el campo y bailan tarde y noche en las márgenes del Darro y del Genil. Dichosos los que en esa noche memorable laven su rostro en las aguas del río, en el preciso instante de sonar las doce de la noche en la campana de la catedral, porque en ese momento tienen las aguas la rara virtud de embellecer. Nuestro ocioso escolar se dejó arrastrar por los que acudían a divertirse al estrecho valle del Darro, bajo la altiva colina y las rojizas torres de la Alhambra. El lecho seco del río y las rocas que lo bordean; los jardines y glorietas que se asoman a él, estaban animados de numerosos grupos que bailaban bajo los parrales y las higueras, entre rasgueo de guitarras y repiqueteo de castañuelas.
El estudiante permaneció algún tiempo sumido en una triste y melancólica actitud, apoyado contra una de las grandes y deformes granadas de piedra que adornan los extremos de un pequeño puente sobre el Darro. Lanzó una anhelante mirada sobre la alegre concurrencia, en la que todo caballero tenía su dama, o dicho con más propiedad, cada oveja su pareja; suspiró al verse en tan solitaria situación, pobre víctima de los negros ojos de la más inaccesible doncella, y lamentándose amargamente de su raído traje, que parecía cerrarle por completo la puerta de las ilusiones.
Poco a poco atrajo su atención un vecino tan solitario como él. Era un soldado alto, de duro aspecto y barba canosa, que parecía hallarse apostado como centinela en la granada de enfrente. Su rostro estaba bronceado por el tiempo, iba ataviado con una antigua armadura española, con lanza y escudo, y permanecía inmóvil como una estatua. Pero lo que más sorprendió a nuestro héroe fue el hecho de que a pesar de ir tan extrañamente ataviado, pasaba enteramente inadvertido para la multitud que cruzaba a su lado y que incluso casi se rozaba con él. “Esta vieja ciudad está llena de cosas extrañas de otros tiempos -pensó el joven-, y sin duda ésta es una de ellas y los granadinos demasiado familiarizados para sorprenderse”.
Despertado, sin embargo, su interés, y puesto que era de sociable condición, se acercó al soldado y le dijo:
—Rara y antigua, en verdad, es esa armadura que llevas, amigo. ¿Se te puede preguntar a qué cuerpo perteneces?
El soldado gruñó una respuesta entrecortada, por entre un par de mandíbulas que parecían enmohecidas en sus goznes.
—A la Guardia Real de Fernando e Isabel.
—¡”Santa María”! ¿Cómo es posible, si hace tres siglos que existió ese Cuerpo?
—Y tres siglos hace que monto guardia.
Ahora confío en que mi turno toque a su fin. ¿Deseas fortuna?
El estudiante levantó expresivamente su andrajosa capa como respuesta.
—Ya te entiendo -dijo el otro-. Si tienes fe y valor, sígueme, y tu fortuna estará hecha.
—Poco a poco, camarada; escaso valor necesita para seguirte quien nada tiene que perder, a no ser la vida y una vieja guitarra, ambas cosas de poca monta. Pero en cuanto a mi fe, eso es diferente, y no deseo ponerla en tentación. Si mi suerte ha de mejorarse por medio de alguna acción criminal, no pienses que mi raída capa sería pretexto para que yo la cometiese.
El soldado se volvió hacia él con muestras de desagrado.
—Mi espada -le dijo- jamás fue desenvainada sino por la causa de la fe o del trono. Soy “cristiano viejo”: confía en mi y no temas nada malo.
Nuestro estudiante, entonces, le siguió admirado. Observó que nadie se preocupaba de su conversación y que el soldado se abría paso entre los varios grupos de ociosos, inadvertido, como si fuese invisible.
Luego de atravesar el puente, le condujo su guía por un estrecho y pronunciado sendero junto a un molino y acueducto moros, subiendo después por el barranco que separa los terrenos del Generalife de los de la Alhambra. El último rayo de sol brilló sobre las rojas almenas del alcázar, que se divisaba allá en lo alto, en tanto que las campanas de los conventos proclamaban la festividad del día siguiente. El barranco, cubierto de higueras, vides y mirto y circundado por las torres exteriores y los muros de la fortaleza, ofrecíase oscuro y solitario, y los murciélagos comenzaban a revolotear en torno.
Por último, se detuvo el soldado ante una apartada y ruinosa torre, destinada al parecer a guardar un acueducto morisco, y golpeó los cimientos con el extremo de su lanza. Oyóse un ruido sordo y las sólidas piedras se separaron, dejando al descubierto una abertura del ancho de una puerta.
—Entra, en el nombre de la Santísima Trinidad -dijo-, y nada temas.
Estremecióse el corazón del joven; pero hizo la señal de la cruz, murmuró un Avemaría y siguió a su misterioso guía hasta una profunda bóveda abierta en la roca viva, bajo la torre, y cubierta de inscripciones árabes. El soldado le señaló un banco de piedra, labrado a un lado de la bóveda.
—Mira -le dijo-: he ahí mi lecho desde hace trescientos años.
El atónito estudiante intentó tomarlo a broma.
—¡Por San Antonio bendito! -exclamó-. Pesado en verdad ha debido ser tu sueño, según la dureza de tu cama.
—Antes al contrario, el sueño ha sido algo extraño para estos ojos, pues la incesante vigilia fue mi destino. Escucha mis infortunios. Yo era uno de los reales guardianes de Fernando e Isabel; mas fui hecho prisionero por los moros en una de sus incursiones, y encerrado como cautivo en esta torre. Cuando se realizaban los preparativos para entregar la fortaleza a los Reyes Católicos, fui persuadido por un “alfaquí”, un sacerdote musulmán, para que le ayudase a ocultar sigilosamente en esta bóveda algunos de los tesoros de Boabdil. Fui, con justicia, castigado por mi falta. El “alfaquí” era un nigromante africano, y con sus artes infernales lanzó un conjuro sobre mi, a saber: que guardase sus tesoros. Algo debió de sucederle, pues no volvió jamás, y aquí he permanecido desde entonces, enterrado en vida. Años y años han transcurrido; los terremotos han conmovido esta colina y he visto cómo se derrumbaban piedra a piedra los muros de esta torre, debido a la acción natural del tiempo; pero las encantadas paredes de la bóveda han desafiado al tiempo y a los terremotos. Una vez cada cien años, en la fiesta de San Juan pierde todo su poder el hechizo y tengo licencia para salir y apostarme sobre el puente del Darro en donde me encontraste, hasta que llegue alguien con la virtud suficiente para romper este mágico encantamiento. He montado desde entonces la guardia allí, mas todo ha sido inútil.
Ando como envuelto por una nube, oculto a las miradas de los mortales. Tú eres el primero que me ha dirigido la palabra desde hace tres siglos, y ahora comprendo la razón. Veo en tu dedo el anillo sellado del sabio Salomón, talismán poderoso contra toda clase de hechicerías. De ti depende el que pueda librarme de este espantoso calabozo, o quede abandonado, haciendo guardia otros cien años.
El estudiante escuchó este relato con mucha admiración. Había oído muchas consejas de tesoros escondidos, merced a mágicos sortilegios, en las bóvedas de la Alhambra; mas siempre las consideró fabulosas. Ahora se daba cuenta del valor de su sortija, otorgada en cierto modo por San Cipriano. Pese a ello, y aun armado de su poderoso talismán, resultaba algo terrible encontrarse en semejante lugar con un soldado encantado, el cual, según las leyes de la Naturaleza, debería estar tranquilamente en su tumba desde hacía cerca de trescientos años.
Un personaje de esta especie, con todo, se encuentra por completo fuera del curso normal de las cosas, y no podía ser tomado a broma; por lo que le aseguró que confiase en su amistad y buena voluntad para hacer todo cuanto estuviera en su mano, con objeto de conseguir su liberación.
—Confío en un argumento más convincente que la amistad -dijo el soldado.
Y le señaló un pesado cofre de hierro, asegurado por cerraduras y con inscripciones en caracteres arábigos.
—Este cofre -dijo- contiene un incalculable tesoro en oro, joyas y piedras preciosas. Rompe el mágico hechizo que me tiene esclavizado, y tuya será la mitad de estas riquezas.
—Bueno, pero ¿qué debo hacer?
—Nos es necesaria la colaboración de un sacerdote y una joven cristiana. El sacerdote, para exorcizar los poderes ocultos, y la joven para que toque el cofre con el sello de Salomón. Esto ha de hacerse por la noche. Pero ten cuidado; es la nuestra una empresa solemne y no debe llevarla a cabo ningún espíritu carnal.
El sacerdote debe ser un “cristiano viejo”, modelo de santidad; tendrá que mortificar su carne con ayuno riguroso durante veinticuatro horas, antes de venir aquí.
Y en cuanto a la joven, ha de ser irreprochable y refractaría a cualquier tentación. Apresúrate a encontrarlos; dentro de tres días termina mi licencia, y si no me he visto libre antes de la medianoche del tercero, deberé montar la guardia durante otro siglo.
—No temas -dijo el estudiante-. Tengo precisamente a la vista al sacerdote y doncella que has descrito. Ahora bien: ¿cómo volveré a poder entrar en esta torre?
—El sello de Salomón te la abrirá.
Nuestro héroe salió de la torre mucho más alegre de lo que había penetrado, y cerróse el muro tras él, quedando tan macizo como antes.
A la mañana siguiente se encaminó audazmente a la casa del sacerdote, no como un pobre estudiante vagabundo que anda errante con su guitarra, sino como embajador de un mundo espectral que otorga tesoros encantados. Se ignora cuáles fueran sus negociaciones, salvo que el celo del digno sacerdote se inflamó ante la idea de librar a un viejo soldado de la fe y a un cofre del Rey Chico de las mismas garras de Satanás. ¡Cuántas limosnas podrían distribuirse, cuántas iglesias edificarse y cuántos parientes pobres enriquecerse con el tesoro musulmán!
En cuanto a la casta doncella, mostróse dispuesta a prestar su mano, que era todo lo que se necesitaba para llevar a término aquella piadosa obra; y si hubiera que dar crédito a alguna que otra tímida mirada, el embajador empezaba a encontrar favores y mercedes en sus púdicos ojos.
No obstante, la mayor dificultad consistía en el ayuno a que había de someterse el buen “padre”. Dos veces lo intentó, y dos veces fue la carne demasiada carga para el espíritu. Sólo al tercer día se encontró capacitado para resistir las tentaciones de la despensa pero aún quedaba por comprobar si podía prolongarlo hasta que se rompiese el hechizo.
A una hora bastante avanzada de la noche, emprendieron los tres la subida por el barranco, a la luz de una linterna y portadores de un cesto con provisiones para exorcizar al demonio del hambre, tan pronto como los otros demonios yaciesen en el mar Rojo.
El sello de Salomón les dio entrada en la torre. Hallaron al soldado sentado en el encantado cofre, aguardando su llegada.
Se efectuó en debida forma el exorcismo; avanzó la joven y tocó las cerraduras del cofre con el anillo de Salomón. Saltó la tapa y ¡qué tesoros de oro, joyas y piedras preciosas deslumbraron sus miradas!
—¡Rápido! ¡Vamos! -gritó el estudiante, frenético de gozo, mientras procedía a llenarse los bolsillos.
—Despacio -exclamó el soldado-. Saquemos el cofre entero y luego lo repartiremos.
Así, que pusieron con todo ahínco manos a la obra; pero resultaba difícil la tarea, pues el cofre era enormemente pesado y empotrado allí desde hacía siglos.
Mientras estaban así afanados, el buen “dómine” se apartó a un lado y lanzó una vigorosa arremetida contra la cesta, con objeto de exorcizar al demonio del hambre que le roía las entrañas, y en un momento devoró un grueso capón, regándolo con un buen trago de “Valdepeñas”...
Nunca produjo la violación de un ayuno efectos tan desastrosos. Lanzó el soldado un terrible grito de desesperación; el cofre, que estaba medio abierto, volvió a su sitio y se cerró de nuevo. Sacerdote, estudiante y doncella se encontraron fuera de la torre, cuyos muros se cerraron con estrépito. ¡Ay, el buen “padre” había roto el ayuno demasiado pronto!
Cuando se rehizo de su sorpresa, quiso el estudiante volver a entrar en la torre, pero comprobó consternado que la muchacha, asustada, había dejado caer el sello de Salomón y se había quedado dentro de la bóveda.
En suma: la campana de la catedral dio las doce; restablecióse de nuevo el encanto, y el soldado quedó condenado a montar la guardia otros cien años, encerrado allí con su tesoro, mientras los tres descendían tristemente por la cañada...
Y así termina la leyenda, hasta donde ha sido posible comprobar. Existe, sin embargo, una tradición, según la cual, el estudiante había sacado tesoros suficientes en el bolsillo, que le permitieron elevar en el mundo su estado y condición; que prosperó en sus negocios, que el digno “padre” accedió gustoso a su matrimonio con la muchacha, y que la casta joven resultó ser modelo de esposas, como lo fuera de doncellas, y dio a su marido una numerosa familia...
La historia del soldado encantado sigue siendo una de las tradiciones populares de Granada, si bien se cuenta de diferentes maneras. El vulgo afirma que todavía continúa montando guardia en la noche de San Juan, junto a la gigantesca granada de piedra del puente del Darro; pero que resulta invisible, excepto para aquellos afortunados mortales que poseen el sello de Salomón.