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washington irving

mohamed ibn alahmar, el fundador de la alhambra (es)

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Después de haber tratado con cierta extensión de las maravillosas leyendas de la Alhambra, creo obligado dar al lector algunas noticias referentes a su historia particular, o más bien a la de los magníficos monarcas, fundador el uno y finalizador el otro, a quienes debe el mundo este bello y romántico monumento oriental.
Para estudiar estos hechizos, descendí de la región de la fantasía y de la fábula, en donde todo está expuesto a cubrirse con los tintes de la imaginación, y me dirigí a efectuar búsquedas en los polvorientos volúmenes de la Universidad, antigua biblioteca de los Jesuitas. Este tesoro de erudición, tan célebre en otro tiempo, es ahora una mera sombra de lo que fue, pues los franceses, cuando fueron dueños de Granada, la despojaron de sus manuscritos y obras raras. Contiene todavía, entre muchos voluminosos tomos de polémica de los Padres Jesuitas, algunos curiosos ejemplares de literatura española, y sobre todo, un gran número de anticuadas crónicas llenas de polvo y encuadernadas en pergamino, por las que siento singular veneración.
En esta vieja biblioteca he pasado muchas horas deliciosas de apacible y sereno placer literario, pues me confiaban amablemente las llaves de las puertas y de los estantes, y me dejaban solo para que escudriñase a mis anchas; favor éste que raramente se concede en estos santuarios de la ciencia; donde con frecuencia excesiva atormentan al insaciable estudioso al ver cegadas las fuentes de la sabiduría.
En el curso de estas visitas he espigado las siguientes particularidades referentes a los personajes históricos en cuestión.
Los moros de Granada miraron la Alhambra como un milagro del arte; y era tradición entre ellos que el rey que la fundó se dedicaba a las artes mágicas o, por lo menos, estaba versado en la alquimia, por cuyos medios se procuró las inmensas sumas de oro gastadas en su edificación. Una rápida ojeada sobre su reinado nos dará a conocer el verdadero secreto de su riqueza.
El nombre de este monarca, inscrito en las paredes de algunos salones, era Ibn Abdallah -esto es, el padre de Abdallah-; pero se conoce comúnmente en la historia musulmana por Mohamed Ibn Alahmar, -o Mohamed, hijo de Alahmar- o simplemente Ibn Alahmar, con objeto de abreviar.
Nació en Arjona, en el año de la Héjira -1295 de la Era cristiana-, del noble linaje de Beni Nasar, o hijos de Nasar; y no escatimaron sus padres gasto alguno para educarlo en el alto rango a que la grandeza y dignidad de su familia le daban derecho. Por aquel entonces, los sarracenos de España estaban muy adelantados en civilización: toda ciudad de importancia era asiento de las ciencias y de las artes, por lo que era corriente encontrar en ellas los más cultos maestros para un joven de fortuna y alto linaje.
Cuando Ibn Alahmar llegó a la edad viril fue nombrado “alcaide” de Arjona y Jaén, alcanzando gran popularidad por su bondad y justicia. Algunos años después, a la muerte de Aben Hud, se dividió en facciones el poder musulmán en España, y muchos lugares se declararon por Mohamed Ibn Alahmar. Dotado de ardiente espíritu y de gran ambición, aprovechó esta coyuntura y recorrió el país, siendo recibido con aclamaciones en todas partes. En 1238 entró en Granada en medio de los entusiastas vitorees de la multitud. Fue proclamado rey con grandes demostraciones de júbilo, y pronto llegó a ser la cabeza de los musulmanes en España, siendo el primero del ilustre linaje de los Beni Nasar que ocupó el trono. Dedicó su reinado a derramar toda clase de prosperidades sobre sus súbditos. Otorgó el mando de varias ciudades a aquellos que se habían distinguido por su valor y prudencia y que parecían más estimados por el pueblo. Organizó una vigilante policía, y estableció severas leyes para la administración de justicia. El pobre y el oprimido eran siempre admitidos a su presencia, y los atendía personalmente con su protección y auxilio. Fundó hospitales para ciegos, ancianos y enfermos, y para todos aquellos que estaban incapacitados para el trabajo; visitándolos con frecuencia, no en días señalados ni anunciándose con pompa y ceremonia, como para dar tiempo a que todo apareciese en orden y tapados todos los abusos, sino que llegaba repentina e inesperadamente, informándose en persona, por medio de una observación directa y una cuidadosa investigación, del tratamiento de los enfermos y de la conducta observada por los encargados de cuidarlos. Creó escuelas y colegios que visitaba de la misma manera, inspeccionando por sí mismo la instrucción de la juventud. Estableció también carnicerías y hornos públicos, para que el pueblo se abasteciese de los artículos de primera necesidad a precios justos y equitativos.
Trajo abundantes cañerías de agua a la ciudad y construyó además baños y fuentes, y acueductos y acequias para regar y fertilizar la vega. De este modo, la prosperidad y la abundancia reinaban en su hermosa ciudad; sus puertas estaban abiertas al comercio, y sus almacenes llenos con los lujos y mercancías de todos los climas y países.
Mientras Mohamed Ibn Alahmar regia sus dominios de esta manera sabia y próspera, viose de improviso amenazado con los horrores de la guerra. Por este tiempo, aprovechándose los cristianos del desmembramiento del poder musulmán, comenzaron rápidamente a recobrar sus antiguos territorios. Jaime el Conquistador había tomado ya toda Valencia, y Fernando el Santo paseaba por Andalucía sus victoriosas banderas. Este último puso sitio a la ciudad de Jaén, y juró no levantar el campo hasta apoderarse de la plaza. Alahmar, convencido de la insuficiencia de sus medios para hacer frente al poderoso soberano de Castilla tomó una rápida resolución: fue en secreto al campamento cristiano, y se presentó inesperadamente ante el rey Fernando.
—Ved en mi -le dijo- a Mohamed, rey de Granada; confío en vuestra buena fe y me pongo bajo vuestra protección. Tomad cuanto poseo y recibidme como vuestro vasallo.
Y diciendo así, se arrodilló y besó la mano del rey en señal de acatamiento.
Enternecido Fernando ante esta prueba de confiada entrega, determinó no ser superado en generosidad. Levantó del suelo a su antiguo rival, le abrazó como a amigo, y no quiso recibir las riquezas que le ofrecía, sino que lo aceptó como vasallo, dejándole soberano de sus dominios, a condición de pagarle un tributo anual, con derecho a asistir a las “Cortes” como uno más de los nobles de su imperio y con la obligación de ayudarle en la guerra con cierto número de jinetes.
No había pasado mucho tiempo de esto, cuando Mohamed fue llamado para prestar servicios militares en ayuda del rey Fernando en su famoso sitio de Sevilla. El rey moro salió de Granada con quinientos caballeros escogidos, a quienes nadie en el mundo aventajaba en el manejo del corcel o en esgrimir la lanza. Era aquélla una función triste y humillante, pues tenían que desenvainar el acero contra sus hermanos de religión.
Mohamed alcanzó una triste celebridad por sus proezas en esta famosa conquista, pero no menos honor por haber influido en Fernando para que dulcificase los usos de la guerra. Cuando en 1248 se rindió la famosa ciudad de Sevilla al monarca castellano, regresó Alahmar a sus dominios, melancólico y lleno de inquietudes. Veía todas las desgracias que amenazaban a la causa musulmana, y lanzaba con frecuencia esta exclamación que solía usar en momentos de ansiedad y congoja: ¡”Qué angosta y miserable sería nuestra vida, si no fuera tan dilatada y espaciosa nuestra esperanza”!
Cuando el melancólico conquistador se aproximaba a su adorada Granada, se apresuró el pueblo a recibirle, impaciente de alegría por verlo, pues lo amaban como a su bienhechor. Habían erigido arcos de triunfo en honor de sus hazañas bélicas, y por doquiera que pasaba era aclamado como “El Ghalib”, o el conquistador. Mohamed movió su cabeza al oírse llamar así, y exclamó: “Wa le galib ilé Alá”! (!Sólo Dios es vencedor!) Desde entonces adoptó esta exclamación como un lema, la inscribió en una banda transversal de su escudo de armas, y continuó siendo la divisa de sus descendientes.
Mohamed había comprado la paz sometiéndose al yugo cristiano; pero sabía que cuando los elementos son tan disconformes y tan profundos y antiguos los motivos de hostilidad, aquélla no podía ser segura y permanente. Así, pues, siguiendo la vieja máxima: “Ármate en tiempo de paz y vístete en verano”, aprovechó el presente intervalo de tranquilidad para fortificar sus dominios, abastecer sus arsenales y fomentar las artes útiles que dan a los imperios riquezas y poder auténticos.
Concedió premios y privilegios a los mejores artesanos; fomentó la cría de caballos y otros animales domésticos; protegió la agricultura, aumentando hasta el doble, por su protección, la feracidad natural del terreno, haciendo que los hermosos valles de su reino floreciesen como jardines. Favoreció igualmente el desarrollo y fabricación de la seda, hasta conseguir que los telares de Granada aventajasen incluso a los de Siria en la finura y belleza de sus producciones. También hizo explotar las minas de oro, plata y otros metales, situadas en las regiones montañosas de sus dominios, y fue el primer rey de Granada que acuñó monedas de oro y plata con su nombre, poniendo gran cuidado en que los cuños estuviesen hábilmente ejecutados.
Por este tiempo, a mediados del siglo XIII y poco después de su regreso del sitio de Sevilla, comenzó el espléndido palacio de la Alhambra, inspeccionando en persona su edificación, mezclándose frecuentemente entre artistas y alarifes, y dirigiendo los trabajos.
Aunque tan magnifico en sus obras y grande en sus empresas, era austero en su persona y moderado en sus goces. Sus vestidos no sólo carecían de fastuosidad, sino que eran tan sencillos que no se distinguían de los de sus súbditos. Su harén tenía pocas bellezas, a las que visitaba rara vez, pero a quienes agasajaba con gran magnificencia. Sus esposas eran hijas de los nobles principales, y las trataba como amigas y compañeras racionales.
Más aún: consiguió que viviesen en amistad unas con otras. Consumía la mayor parte del tiempo en sus jardines, especialmente en los de la Alhambra, que había enriquecido con las más raras plantas y las flores más hermosas y aromáticas.
Allí se deleitaba leyendo historias o haciendo que se las leyesen o narrasen; a veces, en los momentos de ocio, se ocupaba en la instrucción de sus tres hijos, a los que había proporcionado los más ilustres y virtuosos maestros.
Como se había ofrecido franca y voluntariamente por vasallo tributario de Fernando, permaneció fiel a su palabra, dándole repetidas pruebas de adhesión y fidelidad. Cuando aquel famoso monarca murió en Sevilla en 1254, Mohamed Ibn Alahmar envió embajadores a dar el pésame a su sucesor, Alfonso {x, y con ellos un gallardo séquito de cien caballeros musulmanes de alto linaje, para que velasen el féretro real durante las ceremonias fúnebres, llevando cada uno su cirio encendido. El monarca musulmán repitió este gran testimonio de respeto durante el resto de sus días en cada aniversario de la muerte del rey Fernando el Santo, en cuya fecha iban de Granada a Sevilla cien caballeros moriscos y ocupaban su puesto con los cirios encendidos, en el centro de la suntuosa catedral, rodeando el cenotafio del ilustre difunto.
Mohamed Ibn Alahmar conservó sus facultades y vigor hasta una edad muy avanzada. A los setenta y nueve años salió al campo a caballo, acompañado de la flor de sus jinetes, para rechazar una invasión de sus territorios. Al salir el ejército de Granada, uno de los principales “adalides” o guías, que cabalgaba en cabeza rompió casualmente su lanza contra el arco de la puerta. Los consejeros del rey, alarmados por esta circunstancia, que se consideraba como un mal presagio, le suplicaron que se volviese; pero todos los ruegos y súplicas fueron inútiles. Persistió el rey, y al mediodía -según los cronistas árabes- cumplióse fatalmente el augurio, pues Mohamed fue súbitamente atacado por una enfermedad, y a punto estuvo de caerse del caballo. Lo pusieron en una litera y lo condujeron a Granada; mas su enfermedad se agravó de tal modo que se vieron obligados a instalarlo en una tienda en la vega. Sus médicos estaban llenos de consternación, sin saber qué remedio administrarle. Murió a las pocas horas vomitando sangre y en medio de violentas convulsiones. El príncipe castellano Don Felipe, hermano de Alfonso {x, estaba a su lado cuando falleció. Su cuerpo fue embalsamado, encerrado en un ataúd de plata y enterrado en la Alhambra en un precioso sepulcro de mármol, entre los sinceros lamentos de sus súbditos, que lo lloraban como a un padre.
Tal fue el ilustre príncipe patriota que fundó la Alhambra, cuyo nombre se encuentra entrelazado con sus más delicados y graciosos adornos, y cuya memoria inspira los más elevados pensamientos a todos los que visitan estos desolados escenarios de su magnificencia y de su gloria.
Aunque sus empresas fueron dilatadas e inmensos sus gastos, siempre estuvo bien provista su hacienda, y esta aparente contradicción dio lugar al rumor de que fue un hombre versado en las artes mágicas, y que poseía el secreto de cambiar en oro los más viles metales. Quienes hayan fijado su atención en su política interior, tal como queda aquí descrita, se explicarán fácilmente la magia natural y la sencilla alquimia que hacía rebosar su amplio tesoro.
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