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washington irving

una expedición en busca de un diploma (es)

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Uno de los más importantes acontecimientos en la vida doméstica de la Alhambra fue la partida para Málaga de Manuel el sobrino de doña Antonia, para examinarse como médico. Ya he informado en otra ocasión al lector de que su porvenir y boda con su prima Dolores dependían en gran manera de su éxito en la obtención del titulo; al menos eso fue lo que me comunicó en secreto Mateo Jiménez, y se dieron varias circunstancias que corroboraron su información. El noviazgo de los jóvenes transcurría, sin embargo, apacible y discretamente, tanto que yo mismo no lo hubiese descubierto, a no ser por la confidencia de mi perspicaz cronista y escudero.
En el caso presente obró Dolores con menos reserva de la acostumbrada y estuvo varios días atareada en preparar el viaje del honrado Manuel. Dispuso y colocó todas sus ropas con el orden más esmerado, y a más de esto, le confeccionó con sus propias manos una primorosa chaquetilla andaluza de viaje. En la mañana fijada para la partida, un vigoroso mulo sobre el que iba a realizar su ruta, estaba parado ante la puerta principal de la Alhambra, y “tío Polo”, un viejo soldado inválido, ocupábase de enjaezarlo. Este buen veterano era una de las curiosidades del lugar; tenía el rostro enjuto y broncíneo, curtido en los trópicos, larga nariz romana y ojos de cucaracha. Yo lo había visto con frecuencia leyendo, con gran interés al parecer, un viejo volumen encuadernado en pergamino. Algunas veces se hallaba rodeado por un grupo de sus colegas inválidos, sentados unos en los parapetos, tendidos otros en la hierba, y escuchando con gran atención, mientras él leía pausada y deliberadamente su obra favorita, deteniéndose de cuando en cuando para dar explicaciones o hacer comentarios en beneficio de su poco ilustrado auditorio.
Un día tuve oportunidad de enterarme cuál sería aquel libro que parecía ser un vademécum, y vi que era un tomo suelto de las obras del Padre Benito Jerónimo Feijoo, el volumen que trata de la magia en España, de las misteriosas cuevas de Salamanca y Toledo, del Purgatorio de “San Patricio” y otros tenebrosos temas de esta clase. Desde entonces me dediqué a observarlo detenidamente.
En la presente ocasión me distraía viéndole equipar la caballería de Manuel con toda la previsión de un veterano.
Primero tardó un siglo en ajustar a lomos del mulo una incómoda montura de vieja hechura levantada por delante y por detrás, con estribos moros como palas, todo con la apariencia de una reliquia salida de la vieja armería de la Alhambra; luego, colocó una zalea de lana en el hondo asiento de la montura y acondicionó en la cabalgadura una “maleta”, preparada a conciencia por las manos de Dolores; a continuación extendió una “manta” que sirviese de capa o de lecho, y colocó delante, junto a la bota para el vino y para el agua, las imprescindibles “alforjas”, concienzudamente repletas de provisiones; por último, el “trabuco”, que el veterano colocó detrás, dándole su bendición. Era, en suma, como el equipo que pudiera llevar en otro tiempo un caballero moro preparado para una correría o una justa en la plaza de Bibarrambla. Unos cuantos haraganes de la fortaleza se habían reunido en torno, así como algunos inválidos, curioseándolo todo, ofreciendo su ayuda y dando consejos, con gran fastidio de “tío Polo”.
Cuando todo estuvo preparado, despidióse Manuel de la familia, el “tío Polo” sostuvo el estribo mientras montaba, apretó la cincha y la silla y saludó al joven al estilo militar, luego, volviéndose hacia Dolores, que contemplaba embobada cómo su caballero se alejaba al trote, exclamó mientras le hacía un significativo guiño:
—¡”Ah, Dolorcitas! Está muy guapo Manolito con su chaqueta”.
Sonrojóse la muchacha, soltó la risa y entró corriendo en la casa.
Varios días transcurrieron sin que hubiese noticias de Manuel, a pesar de su promesa de escribir; por cuyo motivo, el corazón de Dolores empezaba a mostrarse receloso. ¿Le habría sucedido algo en el trayecto? ¿Habría fracasado en el examen? Ocurrió, incluso, en el circulo de su reducida familia un incidente que vino a aumentar su inquietud y a llenar su imaginación de negros presagios, lo mismo que cuando la escapada de su palomo. Su gata romana se fugó con su amante por la noche y se encaramó en uno de los tejados de la Alhambra. En el silencio de la noche se oyeron unos espantosos maullidos; sin duda algún gatazo se mostraba poco galante con ella. Hubo luego una buena rebatiña, ruido de golpes y arañazos, y ambos contendientes rodaron por el tejado y cayeron desde gran altura entre los árboles de la ladera de la colina. Nunca más volvió a saberse ni oírse de la fugitiva, y la pobre Dolores consideró aquello como preludio de grandes calamidades.
Pero..., al cabo de unos días regresó victorioso Manuel, debidamente autorizado para matar o curar, y terminaron todas las inquietudes de la muchacha. Aquella noche hubo asamblea general de los humildes amigos y contertulios de doña Antonia, que acudieron a felicitarla y ofrecer sus respetos al “Señor Médico”, que quizá tendría algún día todas sus vidas en sus manos. Uno de los más destacados entre estos visitantes era el viejo “tío Polo”, y aproveché de buena gana la oportunidad que se me brindaba de continuar mi amistad con el.
—¡”Oh señor”! -exclamó Dolores-. Para usted que es tan aficionado a conocer todas las viejas historias de la Alhambra, nadie como “tío Polo”, que es quien sabe más que cualquier otro acerca de estos lugares; más, incluso, que Mateo Jiménez y toda su familia juntos. ¡”Vaya, vaya, tío Polo”! Cuéntale aquí al “señor” todas las leyendas que nos referiste una noche sobre los moros encantados y el puente mágico del Darro y las viejas granadas de piedra que hay allí desde el tiempo del Rey Chico.
Pasó un buen rato antes que el anciano inválido se pusiera en trance de relatar algo. Sacudía su cabeza dudoso, pues los suyos eran todos fútiles cuentos, poco dignos de narrarse a un “caballero” como yo. Sólo cuando yo le conté a mi vez algunas tradiciones de ese tipo, conseguí por fin que abriese la boca. Fue su relato un fárrago caprichoso, compuesto, en parte, de lo que había escuchado en la Alhambra, y en parte, de lo que había elido en el Padre Feijoo.
Trataré de ofrecer al lector la sustancia de todo aquello, aunque, desde luego, no prometo hacerlo con las mismas palabras de “tío Polo”.
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