las ruinas de cholila (es)
El único mérito de esta historia es que es verídica. La realidad supera siempre, y en mucho, a la fantasía, pero puesta junto a otros relatos de ficción suele empalidecer. Por eso creo necesario hacer esta aclaración, a fin de otorgarle sus verdaderas proporciones.
Cholila era lo que se dice una zona de acorralamiento. Las razas más capaces o agresivas van desalojando y empujando hacia los rincones más inhóspitos y remotos del mundo a las comunidades más débiles o pacíficas, a las más inermes y primitivas.
Así ocurrió con los esquimales del Ártico o con los indios onas de Tierra del Fuego, que parecen ser los representantes anteriores al homo sapiens, al hombre actual. Zonas de acorralamiento, o, por lo menos, así las llaman los antropólogos.
Los araucanos, arrojados del llano por los conquistadores y por las posteriores campañas al desierto, terminaron por refugiarse al amparo de la cordillera en cuatro o cinco comunidades inaccesibles, aisladas, desconocidas, donde languidecen de miseria y nostalgia, en espera de la extinción total, suicidándose paulatinamente con ayuda del sueño y del vino. O así, según parece, lo creía Bartolomé Empson.
Empson había elegido uno de esos reductos, la población de Cholila, de unos mil quinientos habitantes, para iniciar sus investigaciones como antropólogo. Se trataba de un conglomerado inerte de indios, al sur del paralelo 42 y casi sobre los 72 grados de longitud oeste, enclavado en el medio de la cordillera, al margen de toda vida civilizada —o contemporánea—, donde ningún hombre blanco había estado aún. Un punto perdido en el departamento de Cushamen, provincia del Chubut.
Empson había instalado su carpa en las afueras del poblado, entre los últimos ranchos, y se encontró en seguida con el mutismo y la indiferencia de aquella gente hosca y recelosa. Sin embargo, esa misma indiferencia le permitió vagar libremente por el pueblo, entrar en el despacho de bebida y mezclarse con los habitantes, escuchar sus voces, observar sus rostros y espiar sus costumbres.
Bartolomé Empson tenía su hipótesis. Sospechaba que los araucanos provenían de corrientes migratorias de la Polinesia y para comprobarlo quería estudiar sus leyendas, sus ritos funerarios, sus obras de arte, que por lo que conocía hasta ese momento coincidían de una manera significativa con las antiguas tradiciones culturales del otro lado del Pacífico. Ya a Valdivia y a sus hombres les habían llamado la atención las formas altamente evolucionadas de aquellas comunidades indígenas, no solamente por sus hábitos guerreros o sus métodos políticos, sino sobre todo por sus cánticos, sus complicadas historias épicas, sus convicciones éticas y sociales.
Hasta que un día, de pronto, encontró la manera de acercarse a ellos. Uno de los jerarcas, el tape Acevedo, vivía siempre pegado al mostrador del único boliche del poblado, consumiendo cantidades modestas pero ininterrumpidas del licor lugareño, que pagaba con monedas que sus mujeres conseguían arrancar empedernidamente de aquellas rocas, vendiendo algunos trozos de mineral o cultivando hierbas. Y Bartolomé descubrió paralelamente en él una capacidad extraordinaria de absorción alcohólica que lo acercó al tape Acevedo y encendió entre ellos, con sus vapores, una amistad sedienta y tambaleante, llena de suspicacias y delicadezas, como son siempre las amistades entre borrachos. Aprendió a estar durante horas apoyado en el mostrador de aquel pequeño tugurio, entre esos indios adormilados y quisquillosos, y seguirlo al tape a lo largo de una infinita sucesión de vasos de aquel licor agrio y descolorido, sin perder por eso su lucidez ni de vista sus objetivos.
Y a la luz del candil, en mitad de la noche, el viejo indio alucinado por el alcohol, empezaba de pronto a hablar de sus antepasados heroicos, de la antigua grandeza, de las inmemorables historias que sus abuelos contaban haber oído contar a sus propios abuelos, cuando la tierra les pertenecía.
El tape Acevedo, al hablar, señalaba siempre hacia el suroeste, hacia donde se extendía el glaciar de Cholila, haciendo vagas alusiones sobre la ciudad sepultada, que algún día quedaría nuevamente al descubierto para ellos, con sus yertos habitantes de metal y de hielo. Empson, por eso mismo, preparó una tarde su mochila y su carpa, y sin despedirse del tape, se internó en la cordillera, hacia el glaciar. Siguió primero el cauce de un río, que se transformó después en arroyo, y que por último desapareció, allí donde empezaba la nieve. Entró en la quebrada de acceso y fue avanzando lentamente sobre el hielo. Al anochecer, pudo divisar ya las cumbres que rodeaban el valle. De pronto se dio cuenta de que caminaba otra vez sobre el agua: era un nuevo arroyo, o el mismo, pero cubierto ahora de una delgada membrana de hielo que se rompía bajo su peso. Cayó dos veces pero siguió avanzando hasta que volvió a caer. Hundió sus manos en el agua y tocó aquel fondo resbaladizo y parejo. El fondo era de piedra, una piedra uniforme y pulida. Buscó las juntas y encontró que eran rectas y simétricas. Corrió sobre el agua, de un lado a otro, tratando de averiguar qué era aquello. Estaba sobre una carretera, de más de quince metros de ancho —cubría exactamente todo el fondo de la quebrada—; y cinco bloques cuadrados, de casi tres metros de lado cada uno, se extendían de un borde a otro. El agua lo cubría todo. Trató de medir la profundidad de las piedras pero vio que seguían indefinidamente hacia abajo, hasta donde pudo cavar, lo que no fue mucho debido a las rocas y la nieve. Era una carretera formidable, invulnerable, al parecer indestructible, trazada con seguridad entre los picos desolados. ¿Quiénes la habían construido? ¿De dónde habían traído aquellos bloques de más de veinte toneladas? Decidió investigar detenidamente aquel hecho al parecer sobrenatural, pero la noche ya se había cerrado. Tenía las manos agarrotadas y no quiso agotar la batería de su linterna. Trepó por la pared de roca hasta una altura de dos metros, donde encontró un rellano, y allí cavó en la nieve y armó su carpa. Se metió en la bolsa de dormir y a los pocos minutos roncaba con ese estertor rápido y profundo de las alturas y de la fatiga.
Apenas habían pasado dos horas cuando despertó. Lo despertó un estruendo gigantesco y un estremecimiento que parecía repetirse de cumbre en cumbre a lo largo del valle. Empson salió de su carpa y gateando, cayéndose, sacudido por el temblor que estaba a punto de arrasar la montaña, llegó a la hondonada. "Un terremoto", se dijo, pero comprendió en seguida que no era eso. La agitación del aire aquel ruido colosal, provenían de otra parte.
Se arrastró en el agua hacia el extremo opuesto de la garganta, donde empezaba el glaciar. El estrépito de los aludes, que se precipitaban por todos lados, se sumaba a la hecatombe general, y dos veces estuvo a punto de ser aplastado. Llegó por fin a la boca del desfiladero. Bartolomé sabía que los glaciares rugen a veces rocas: un alarido del cielo. Aunque lo que allí vio lo hizo olvidarse de ese tumulto infernal. Algo se movía al fondo de la planicie, donde empezaba el glaciar. Eran luces bajas y rápidas, que circulaban en todos los sentidos, verdes o azules y a veces de una tonalidad turquesa, pero luces de una calidad desconocida para Empson, sin radiaciones, que palpitaban de una manera casi biológica. Aquellas luces se movían velozmente a lo largo del valle, de un lado a otro, sin descanso, subiendo y bajando sin orden alguno. Algo estaban haciendo; alguien estaba dedicado a un trabajo al parecer urgente y grandioso y de esa actividad provenía toda aquella conmoción, el estruendo que sacudía las montañas. ¿Qué era aquello? Quiso acercarse pero la distancia a que se hallaban era mucho mayor que la aparente y decidió volver por temor a perderse y morir congelado sobre aquel suelo adverso.
Se quedó allí, prendido a las rocas, tratando de orientarse. De algo estaba seguro: el témpano se rompía, alguien quebraba la mole del glaciar y los pedazos, triturados, saltaban por el aire y caían sobre el llano como una ventisca de piedras y de nieve. Eso le impedía ver con claridad en qué consistían aquellos objetos luminosos. Volvió a la carpa y se metió en su bolsa. Estuvo varias horas así, sacudido por el fragor de la tierra. Un poco antes del amanecer aquello se detuvo; quedó suspendido en el aire tan solo un zumbido de motores y, de pronto, todo terminó, todo quedó inmóvil y en silencio. Cuando salió de la carpa el paisaje había cambiado por completo. A lo ancho de la planicie, los grandes montículos que el glaciar va dejando a su paso, espaciadamente, y que cubrían toda la extensión hasta donde alcanzaba la mirada, habían sido arrasados totalmente, en grandes franjas, como si máquinas enormes hubiesen pasado entre ellos dejando esas pistas. Bartolomé buscó nuevamente la carretera pero ya no la encontró: sus piedras habían desaparecido.
Ya no quedaba nada: sólo hielo y silencio.
Dobló el paño de la carpa y volvió hacia el pueblo.
A la entrada de las casas lo esperaba el tape Acevedo. Ninguno de los dos dijo una palabra y juntos se dirigieron hasta el boliche. En silencio, empezaron la diaria serie de brindis fraternales. El tape ya no habló. Empson no necesitaba tampoco que lo hiciera. Había llegado a comprender. Ahora sabía qué podía estar haciendo entre aquellos araucanos un descendiente de los guaraníes. Debajo del glaciar se ocultaban las ruinas de Cholila, la gran ciudad de los Antiguos. Ahora ellos volvían, quién sabe desde dónde, para llevarse los restos que el hielo al retroceder, iba dejando al descubierto. Mantenían el secreto en espera, tal vez, del regreso definitivo.
Y aquella comunidad remota de indios era la custodia permanente de ese secreto. Esperaban, nada más. Como se dedicó también a esperar Bartolomé Empson, que ya no se movió de allí. Entre el vino y el sueño esperan todos ellos el Gran Regreso, el Tiempo Nuevo en que la tierra y los cielos volverán a pertenecerles.