KorimbaDonate

Robots  ROMs  Stories  Books

AuthorsStories

ana maría matute

caminos (es)

Save as PDF
En el pueblo los llamaban les Francisquitos, por alguna extraña razón que ya nadie recordaba, pues él se llamaba Damián y ella Timotea. Se les tenía aprecio y algo de lástima, porque eran buenos, pobres y estaban solos. No tenían hijos, por más que ella subió tres veces a la fuente milagrosa, a beber el agua de la maternidad, e hizo cuatro novenas a la santa con el mismo deseo. Labraban una pequeña tierra, detrás del cementerio viejo, que les daba para vivir, y tenían como única fortuna un hermoso caballo rojo, al que llamaban "Crisantemo". Muchas veces, los Francisquitos sonreían mirando a "Crisantemo'1, y se decían:
—Fue una buena compra, Damián.
—Buena de veras —decía él—. Valió la pena el sacrificio. Sabes, mujer, aunque la tierra no dé más que pa mal vivir, el "Crisantemo" es siempre un tiro cargado. Entiendes lo que quiero decir, ¿no?
—Sé —respondía ella—. Sé muy bien, Damián. Es un empleo que le dimos a los ahorros.
"Crisantemo" era el fruto de una buena cosecha de centeno. Nunca pudieron ahorrar, hasta entonces. Cierto que apretaron el cinturón y se privaron del vino (y hasta el Damián de su tabaco). Pero se tuvo al "Crisantemo", que daba gloria de ver. Nemesio, el juez, que tenían en la aldea por hombre rico —más de cien cabezas de ganado y tierras en Pinares, Huesares y Lombardero—, le dijo, señalando la caballería con el dedo:
—Buen caballo, Francisquito, buen caballo.
Alguna proposición tuvo de compra. Pero, aunque la tentación era fuerte —se presentó un invierno duro, dos años después—, los Francisquitos lo pensaron bien y mejor. Lo hablaron a la noche, ya recogidos los platos, junto a la lumbre.
—Que no se vende.
—Que no.
Precisamente a la salida de aquel invierno ocurrió lo del muchacho.
Ya habían roto los deshielos y empezaba el rosario de caminantes, vagabundos, cómicos, cantarines y pillos. Los Francisquitos tenían su casa en las afueras, junto a la carretera. Por allí veían pasar a los caminantes, y con ellos, un buen día, llegaron ios de la guitarra, con Barrito.
Barrito era un niño de unos diez años, pequeño y esmirriado, sucio y lleno de piojos, como su hermano mayor. Su padre, si lo era, que los Francisquitos nunca lo creyeron (¿cómo iba a portarse así un padre?), iba de caminos con los dos chavales, tocando la guitarra. Una mujer les acompañaba, arrugada y descalza, que desde luego no era la madre. ("¿Cómo va a ser la madre, Dios...?")
El padre tocaba la guitarra para que los niños bailaran. Sus harapos flotaban al compás de la música, los bracitos renegridos al aire, como un arco, sobre las cabezas. Los pies descalzos danzaban sobre la tierra aún húmeda, sobre las losas y los cantos erizados: como piedrecillas, también, rebotando contra el suelo.
La Francisquita los vio cuando venía de la tienda. Estuvo mirándoles, seria y pensativa, y rebuscó en el delantal un realín del cambio. Lo besó y se lo dio.
Cuando llegó a su casa, se dio a pensar mucho rato en los muchachos. Sobre todo en el pequeño, en sus ojos de endrina, que se clavaban como agujas. "Hijos", se decía. A Damián, comiendo, le habló de los niños:
—Da congoja verles. No sé cómo se puede hacer eso con un niño. Marcados iban de golpes, y me dijo la Lucrecia: "A estos, por la noche, su padre les pregunta: ¿Qué queréis, panecillo o real? Los niños dicen: real, padre. Les da un real, y al despertar por la mañana les vuelve a decir: el que quiera panecillo, que pague un real". Así, dicen que hace. La Lucrecia les conoce. Dice que estuvieron el año pasado en Hontanar, cuando ella fue allí a moler el trigo.
A la tarde, ocurrió la desgracia. Pasó un carro junto a la casa de los Francisquitos, y ellos oyeron los gritos y las blasfemias. En la cuneta dormitaban los de la guitarra, y al pequeño Barrito, que salió a buscar alguna cosa, le pilló allí, de sopetón. La rueda le pasó por el pie derecho: un piececito sucio, calloso, como otra piedra del camino. Los Francisquitos acudieron asustados. El pobre Barrito apretaba la boca, para no llorar, y miraba hacia lo alto con su mirada negra y redonda de pájaro, que había llegado al corazón de Timotea. La sangre manchaba la tierra. El padre y la mujer blasfemaban, y el hermano se había quedado en la cuneta, sentado, mirando con la boca abierta.
—¡Menos gritos y buscad al médico! —dijo el carretero.
Los de la guitarra proferían una extraña salmodia de lamentos e insultos, sin hacer nada. Barrito miraba fijamente a Timotea, y la mujer sintió como un tirón dentro, igual que años atrás, cuando iba a la fuente milagrosa.
—Cógelo, Damián. Llévalo a casa.
Los Francisquitos lo llevaron a su casa y llamaron al médico. Los de la guitarra no aparecieron en todo el día.
El médico curó al niño. La Timotea lo lavó, lo peinó y le dio comida. El niño, callado, se aguantó el dolor en silencio y comió con voracidad.
Al día siguiente los de la guitarra habían desaparecido del pueblo. En un principio se pensó en seguirles, pero la Timotea habló a su marido, y éste al alcalde.
—Damián, vamos a quedarnos a Barrito.
—¿Y eso» mujer?
—Más a gusto trabajará en nuestra tierra que de caminos. ¡No tenemos hijos, Damián!
El alcalde se rascó la cabeza, cuando se lo dijeron. AI fin, se encogió de hombros:
Mejor es así, Francisquita, mejor es así. Pero si un día le reclaman. ..
Sea lo que Dios quiera —dijo ella.
—Sea —dijo el alcalde.
Y se quedaron con Barrito.
Pasó el tiempo y nadie le vino a reclamar. Barrito era un niño callado, como si no pudiera quitarse del todo su aire triste, huraño y como amedrentado. Los Francisquitos le tenían como hijo de verdad, del corazón. Barrito aprendió a trabajar. Ayudaba a Damián a sostener el arado e iba con Timotea a cavar, con su pequeña azada al hombro. En seguida aprendió de simientes y de riegos, de tierra buena y mala, de piedras, árboles y pájaros. Barrito era dócil, ciertamente. Escuchaba en silencio a los Francisquitos, cuando le hablaban, y obedecía. A veces, Timotea hubiera querido verlo más cariñoso, y le decía a su marido:
—Sólo un pero tiene el niño, Damián: que no creo que nos tenga amor. Es bueno, eso sí. Y obediente. Porque agradecido sí parece. ¡Ay, Damián!, pero cariño no, cariño no le despertamos.
Damián liaba un cigarrillo, despacio.
—Mujer —decía— mujer, ¿qué más quieres?
También Barrito estaba orgulloso de "Crisantemo". Cuando le llevaba a beber al gamellón, carretera delante, a la entrada del bosque. Cuando le llevaba a la leña. Cuando le llevaba a la tierra. Sólo por "Crisantemo" se le vio sonreír, con dientes menudos y cariados, una vez que le dijo el juez, viéndole pasar:
—Buen caballo tenéis, Barrito.
Barrito cumplió catorce años. Francisquito le enseñó, paciente, durante las noches de invierno, a leer y a escribir. Y también algo de cuentas.
Fue en verano cuando empezó el mal. Barrito no se quejaba nunca, pero le notaron el defecto. Barrito perdía la vista. Poco a poco primero, rápidamente después. El médico le miró mucho, y al fin dijo:
—Esto se tiene que operar, o quedará ciego.
Los Francisquitos regresaron tristes a casa. A Timotea le caía una lágrima por la nariz abajo, y se la refrotó con el pañuelo.
No tenían dinero. La operación era difícil, cara, y debían, además, trasladarse a la ciudad. Y luego no sólo era la operación, sino todo lo que tras ella vendría...
—Gastos, muchos gastos —decía Timotea.
Estaban sentados a la lumbre, hablando bajo. Allí al lado dormía Barrito, únicamente separado de ellos por la cortina de arpillera.
Barrito oyó el susurro de las voces, y se incorporó.
—Mujer —decía entonces Damián—. Ya te dije una vez que el "Crisantemo" era un tiro cargado. Tú sabes bien quién se lo quedará a ojos ciegas...
—El juez —dijo Timotea, con voz temblorosa.
—El juez —repitió Damián—. Anda, mujer: seca esos ojos. Al fin y al cabo pa eso teníamos al "Crisantemo"...
—Así es —dijo Timotea—. Así es. Lo único que siento, que le dará un mal trato. Ya sabes cómo es: no tiene aprecio a nada. Sólo capricho... En cuanto se canse, sabe Dios a qué gitano lo venderá.
—Mujer, no caviles eso. Lo primero es la vista de Barrito.
—Eso sí: lo primero, los ojos del niño.
Barrito se echó de nuevo. Sus ojos negros y redondos, como las endrinas de los zarzales, estaban fijos y quietos en la oscuridad.
Al día siguiente Barrito se levantó más tarde. No le dijeron nada, pues le trataban como a enfermo. Barrito desayunó despacio leche y pan, junto a la lumbre. Luego, se volvió a Timotea, y dijo:
—Madre, me dé los ramales, que le voy a por leña.
—No hace falta, hijo. No vas a ir ahora. .. ¡Loca estaría!
—Madre —dijo Barrito—. No me prive de esto. Conozco el camino como mi mano. Madre, no me haga inútil tan pronto, que me duele.
Timotea sintió un gran pesar, y dijo:
—No hijo, no. Eso no. Anda en buena hora, y ten cuidado.
Barrito sacó a "Crisantemo" del establo y lo montó. Ella lo vio ir carretera adelante, levantando polvo, hacia el sol. Se puso la mano sobre los ojos, como de pantalla, para que no la hirieran los rayos, y pensó:
—Ay, Dios, nunca me dio un beso. Este muchacho no nos quiere. Bien dicen que el cariño no se puede arrancar.
Timotea fue a la tierra, con Damián. Se llevaron la comida, y, a la vuelta, encontraron la casa vacía.
—¡Barrito! —llamaron— ¡Barrito!
Pero Barrito y "Crisantemo" habían desaparecido. Un gran frío entró en sus corazones. Pálidos, se miraron uno al otro, sin atreverse a hablar. Así estuvieron un rato, hasta que oyeron la campana de la iglesia, dando la hora. Las nueve. En el cielo brillaban las estrellas, límpidas.
—Se fue a eso de las diez, esta mañana —dijo ella— con voz opaca.
El no contestó.
Entonces oyeron los cascos del caballo, y salieron corriendo a la carretera.
"Crisantemo" volvía, cansado y sudoroso. Llegó y se paró frente a la puerta. Se oía, como un fuelle, su respiración fatigada. Sus ojos de cristal amarillento brillaban debajo de la luna, frente a ellos. "Crisantemo" volvía desnudo y solo.
Save as PDF