todos los mares con ostras (es)
Cuando el hombre entró en la tienda de bicicletas de F & O, Oscar lo saludó con un amistoso: «¡Eh! Ya voy». Luego, al mirar mejor al visitante de edad mediana y traje de comerciante, su frente se arrugó y empezó a chasquear sus gruesos dedos.
—Oiga, yo lo conozco a usted —murmuró—. El señor... mm... Tengo el nombre en la punta de la lengua pero se me escapa...
Oscar tenía la complexión de un barril y pelo color naranja.
—Claro que sí —respondió el otro. Llevaba en la solapa un emblema de Leo—. Usted me vendió una bicicleta de niña con aletas para mi hija, ¿no se acuerda? Estuvimos hablando de aquella bicicleta de carreras francesa en la que trabajaba su socio...
Oscar dejó caer pesadamente su mano sobre la caja. Levantó la cabeza y volvió los ojos hacia arriba.
—¡Señor Whatney! —El señor Whatney estaba resplandeciente—. ¡Claro! ¡Cielos, cómo pude olvidarme! Y luego cruzamos y tomamos unas cervezas enfrente. Bueno, ¿y cómo le ha ido, señor Whatney? Supongo que la bici era un modelo inglés, ¿no?, Sí. Supongo que debe haber quedado satisfecho o hubiera vuelto.
El señor Whatney dijo que la bicicleta era excelente. Luego agregó:
—Sé que ha habido un cambio. Está usted solo ahora. Su socio... Oscar bajó la vista, se mordió el labio inferior y asintió.
—¿Se lo han dicho, no? Ya pasó. Sí, ahora estoy solo. Hace ya tres meses...
La sociedad había concluido hacía tres meses, pero desde mucho antes había sufrido complicaciones y quebrantos. A Ferd le gustaban los libros, los discos de larga duración y la conversación de nivel elevado; a Oscar, por el contrario, la cerveza, las mujeres y el juego de bolos. Y de las mujeres, cualquier tipo y en cualquier momento.
La tienda estaba cerca del parque; tenían grandes ganancias con el alquiler de bicicletas a los que iban de picnic. Si una mujer era lo suficientemente mayor para que la consideraran mujer y no demasiado mayor como para que la consideraran una anciana, y si estaba sola, Oscar infaliblemente preguntaba:
—¿Qué tal le sienta ésta? ¿Bien?
—Bueno... Supongo que sí.
Entonces, tomando otra bicicleta, Oscar agregaba:
—Bien, la acompañaré un trecho para asegurarme. Enseguida estaré de vuelta, Ferd.
Ferd siempre asentía sombrío. Sabía que Oscar no volvería en seguida. Más tarde, Oscar solía decirle:
—Espero que te haya ido tan bien con el negocio como a mí en el parque.
—Claro, dejándome solo aquí todo el tiempo —gruñía Ferd.
Y por lo general Oscar se encolerizaba.
—Muy bien, la próxima vez vete tú y déjame a mí aquí. Ya verás si te reprocho un poco de diversión.
Pero sabía de sobra, claro está, que Ferd —alto, delgado, de ojos saltones— nunca iría.
—Te hará bien —decía Oscar golpeándose el esternón—. Te hará crecer el vello en el pecho.
Ferd murmuraba que tenía todo el vello que necesitaba en el pecho. Luego echaba una mirada de soslayo a sus antebrazos, cubiertos de vello negro largo y espeso, aunque tenía la parte superior blanca y lisa. Ya los tenía así en la escuela secundaria. Y algunos de sus compañeros se reían de él llamándolo «Fernandito, el pajarito». Sabían que lo fastidiaban, pero continuaban haciéndolo. Ya entonces se preguntaba, como se lo preguntaba ahora, cómo era posible que la gente hiriera deliberadamente a alguien que no les hacía nada. ¿Cómo era posible?
Se preocupaba por otras cosas. Todo el tiempo.
—Los comunistas...
Sacudió su cabeza ante lo que leía en el periódico. Oscar le dio un consejo en dos palabras sobre los comunistas. De lo contrario, sería la pena capital.
—¡Qué terrible que un inocente tenga que ser ejecutado! —se lamentó Ferd.
Oscar comentó que era la mala suerte del pobre tipo.
—Pásame aquel alambre —agregó sin transición.
Y Ferd se preocupaba por los menores problemas de los demás. Como la vez en que aquella pareja había llegado con el tándem y la cesta con el niño. Todo lo que buscaban era un poco de aire puro. La mujer decidió cambiar los pañales y uno de los imperdibles se rompió.
—¿Por qué nunca encuentro los imperdibles? —rezongó la mujer, revolviendo en su bolso aquí y allá—. Nunca hay.
Ferd quiso demostrarle su simpatía y fue a ver si tenía alguno; pero aunque estaba seguro de que encontraría en el despacho, no pudo dar con ninguno. De modo que la pareja se marchó con un lado del pañal torpemente atado con un nudo.
A mediodía, Ferd dijo que lo del imperdible había sido muy mala suerte. Oscar hundió sus dientes en un bocadillo, tironeó, destrozó, masticó, tragó. A Ferd le agradaba experimentar con variedades de bocadillo (la que más le gustaba era la de crema de queso, aceitunas, anchoa y aguacate, todo mezclado con un poco de mayonesa), pero Oscar siempre comía la misma carne rosada.
—Tiene que ser difícil con un crío —dijo Ferd mientras mordisqueaba su bocadillo—. Quiero decir, no sólo viajar, sino tener que levantarlo.
—Pero si en cada manzana hay farmacias, y aunque uno no sepa leer, siempre puede reconocerlos.
—¿Farmacias? ¡Ah!, para comprar imperdibles... a eso te refieres.
—Claro. Imperdibles.
—Pero... sabes... es cierto lo que dijo... Nunca los encuentras cuando los necesitas.
Oscar destapó su cerveza, e hizo buches al tragarla.
—¡Sí! Y siempre colgadores por todas partes. Los tiras cada mes, pero al siguiente tienes los armarios llenos otra vez. Te diré lo que debes hacer en tu tiempo libre: inventar un aparato que convierta colgadores en imperdibles.
Ferd asintió con aire ausente.
—Pero en mi tiempo libre trabajo en la bicicleta de carreras francesa...
Era hermosa, liviana, rápida, de baja suspensión, roja y brillante. Uno se sentía pájaro al montarla. Pero Ferd sabía que aún podía mejorarla. Se la mostraba a todo el mundo que pasaba por allí hasta que su interés disminuyó.
El último de sus pasatiempos era la naturaleza, o mejor dicho la lectura de libros sobre naturaleza. Unos niños que habían recorrido un día el parque con latas en las que habían metido sapos y salamandras, se los enseñaron con orgullo a Ferd. Desde entonces, el trabajo en la bicicleta de carreras roja se hizo más lento y Ferd dedicó su tiempo libre a los libros de historia natural.
—¡Mímica! —gritó una vez a Oscar—. ¡Qué maravilla!
Oscar levantó la vista con interés de los resultados del juego de bolos que traía el periódico.
—La otra noche vi en la tele a Edie Adams haciendo la imitación de Marilyn Monroe. ¡Para partirse de risa!
Ferd, irritado, sacudió la cabeza.
—No me refiero a ese tipo de mímica. Estoy hablando de cómo imitan insectos y arácnidos las formas de hojas y ramas para evitar que otros insectos, arácnidos e incluso aves los devoren.
Una expresión de incredulidad apareció en la pesada cara de Oscar.
—¿Quieres decir que cambian de formal ¿Te crees que soy idiota?
—Pero es cierto. A veces la mímica se utiliza con propósitos agresivos, también: como una tortuga marina de Sudáfrica que se asimila a una roca, y cuando el pez nada hacia ella lo atrapa. O la araña de Sumatra: de espaldas parece una deyección de ave. De ese modo caza mariposas.
Oscar rió con una risa incrédula y disgustada, que se extinguió cuando volvió a enfrascarse en el resultado de los bolos. Una mano tanteó en su bolsillo, volvió a salir, rascó distraídamente la mata de vello naranja debajo de la camisa, y volvió a palpar su otro bolsillo.
—¿Dónde está ese lápiz? —murmuró, se puso de pie, dio vueltas torpemente por el despacho, abrió cajones. Su grito de «¡Eh!» atrajo a Ferd al cuarto.
—¿Qué sucede? —preguntó.
Oscar señaló en dirección a un cajón.
—¿Te acuerdas de aquella vez que dijiste que no había imperdibles aquí? Mira: un cajón entero lleno de ellos.
Ferd miró incrédulo, se rascó la cabeza, dijo débilmente que estaba seguro de haber mirado antes allí...
Una voz de contralto preguntó desde afuera:
—¿Hay alguien aquí?
Oscar se olvidó de inmediato del escritorio y su contenido y gritó:
—Enseguida estoy con usted —y salió. Ferd lo siguió lentamente.
Había una mujer joven en la tienda, de constitución más bien robusta, con pantorrillas musculosas y un pecho profundo. Le señalaba a Oscar el asiento de su bicicleta, quien decía «¡uh-uh!» y la miraba más a ella que a cualquier otra cosa.
—Está demasiado adelante «¡uh-uh!», como puede ver. Todo lo que necesito es una llave inglesa «¡uh-uh!». Ha sido una tontería olvidar mis herramientas.
Oscar repetía «uh-uh» automáticamente, y de repente dijo:
—Lo ajustaré en un instante.
Y pese a que ella insistía en que podía hacerlo, lo ajustó él, aunque no en un instante. No quiso cobrarle. Prolongó la conversación cuanto pudo.
—Bueno, gracias —dijo la joven—. Ahora tengo que irme.
—¿Le parece que está bien ahora?
—Perfectamente. Gracias.
—Le diré algo: la acompañaré un trecho, sólo para...
Una oleada de risa hizo subir y bajar el pecho de la muchacha.
—¡No podría seguir mi paso! Es una bicicleta de carrera.
En el momento en que vio que el ojo de Oscar volaba al rincón, Ferd supo lo que se le había ocurrido. Dio un paso adelante. Su grito de «no» fue ahogado por el bramido de su socio:
—¡Bueno, supongo que ésta que hay aquí puede competir con la suya!
La muchacha rió de buena gana, dijo que bueno, que habría que verlo y salió. Oscar, ignorando la mano tendida en muda súplica de Ferd, saltó sobre la francesa y se marchó a su vez. Ferd se quedó en la entrada, observando las dos figuras inclinadas sobre los manubrios hasta que se desvanecieron cuesta abajo por el parque. Regresó lentamente al interior.
La tarde había casi acabado cuando Oscar volvió, sudado pero sonriente. Sonriendo ampliamente comentó en voz alta:
—¡Eh, qué nena! —Movió la cabeza a uno y otro lado, silbó, hizo gestos y ruidos como el vapor al escapar y añadió—-: ¡Qué tarde, muchacho, qué tarde!
—Dame la bici —pidió Ferd.
Oscar dijo que sí, que claro; se la entregó y fue a lavarse. Ferd miró su obra: el esmalte rojo estaba cubierto de polvo; había fango por todas partes, suciedad y trozos de hierba seca. Parecía manchada, degradada. Se había sentido como un pájaro al montarla...
Oscar salió mojado y radiante. Luego dio un grito de consternación y corrió hacia Ferd.
—No te acerques —dijo Ferd, con un cuchillo en la mano. Cortó los neumáticos, el asiento y su cubierta, clavando el cuchillo en ellos una y otra vez.
—¿Estás loco? —aulló Oscar—. ¿Se te ha aflojado una tuerca? Ferd, no, no lo hagas, Ferd...
Ferd cortó los radios, los dobló, los retorció. Cogió el martillo más pesado y la emprendió contra la armazón, y siguió hasta quedar sin aliento.
—No sólo estás chiflado —le dijo con amargura Oscar—, sino también celoso perdido. Vete a la mierda —y salió pisando fuerte.
Ferd, sintiéndose enfermo y entumecido, cerró y se marchó lentamente a su casa. No sentía deseos de leer, apagó la luz y se tumbó en la cama, donde permaneció despierto durante horas, escuchando los ruidos de la noche y formulando pensamientos rabiosos y retorcidos.
No se hablaron durante días después de aquello, salvo lo imprescindible para el trabajo. Los restos de la bicicleta de carrera francesa estaban detrás de la tienda. Durante unas dos semanas, ninguno de los dos quería tropezarse con ella.
Una mañana, al llegar Ferd, fue recibido por su socio de modo jubiloso. Oscar empezó a sacudirle la cabeza asombrado aun antes de que Ferd pudiera decir algo.
—¿Cómo lo has hecho, Ferd, cómo lo has hecho! ¡Qué hermoso trabajo! ¡Chócala, hermano! ¡Ya no estaremos más enfadados! ¿Eh, Ferd?
Ferd tomó su mano.
—Claro, claro. ¿Pero de qué hablas?
Oscar lo llevó afuera. Ahí estaba la bicicleta roja, en una sola pieza, sin una sola marca o rasguño, con su esmalte tan brillante como siempre. Ferd quedó boquiabierto. Se agachó y la examinó. Era su bicicleta, con cada uno de los cambios, cada una de las mejoras que él introdujera.
Se levantó despacio.
—Regeneración...
—¿Eh? ¿Qué dices? —preguntó Oscar—. Eh, tío, estás blanco como el papel. ¿Qué es lo que has hecho, estar levantado toda la noche sin dormir? Ven. Siéntate. Todavía no consigo imaginar cómo lo lograste.
En la tienda, Ferd se sentó. Humedeció sus labios.
—Escucha, Oscar... —dijo.
—¿Sí?
—Oscar, ¿sabes lo que es la regeneración? ¿No? Escúchame. A algunas clases de lagartos, cuando se les coge por la cola, ésta se rompe y luego vuelve a crecer. Si una langosta pierde una pinza, otra se forma en su lugar. Algunos tipos de gusanos, y las hidras y estrellas de mar, si se les corta en pedazos, cada uno de éstos regenera las partes que faltan. Las salamandras pueden regenerar sus manos perdidas, y las ranas sus patas.
—No te burles de mí, Ferd. Eso de la naturaleza está muy bien; es muy interesante. Pero volvamos a la bici ahora: ¿cómo te las ingeniaste para hacerlo tan bien?
—Nunca la he tocado. Se regeneró. Como una langosta o un tritón.
Oscar reflexionó sobre lo que acababa de oír: bajó la cabeza y miró a Ferd por debajo de sus cejas.
—Y dime Ferd... mira... ¿cómo es que no todas las bicis rotas hacen lo mismo?
—Esta no es una bici ordinaria. Quiero decir que no es real.
Al ver la mirada de Oscar, gritó:
—¡Te digo que es cierto!
El grito hizo cambiar la actitud de Oscar de estupefacción a incredulidad. Se puso de pie.
—Por el argumento en sí, digamos que toda esa historia sobre bichos y anguilas o lo que diablos fuera a que te referías es cierta. Pero son seres vivos. Una bicicleta no lo es.
Lo miró con aire de triunfo.
Ferd movió su pierna de un lado a otro, siguiéndola con la vista.
—Tampoco lo es un cristal, pero un cristal roto puede regenerarse si las condiciones son adecuadas. Oscar, ve a ver si los imperdibles están aún en el escritorio. Por favor.
Escuchó mientras Oscar, hablando entre dientes, abría todos los cajones, hurgaba en ellos y volvía a cerrarlos con un golpe seco. Regresó.
—No —dijo—. Ni uno. Como dijo la señora aquella vez, y como tú mismo dijiste, no hay nunca un imperdible cuando hacen falta. Desap...¿Ferd? ¿Qué estás...?
Ferd abrió de par en par la puerta del armario y dio un salto atrás cuando una enorme cantidad de colgadores saltó afuera.
—Y como tú dijiste —dijo torciendo el gesto— siempre hay en cambio montones de colgadores. Aquí no había ninguno antes.
Oscar se encogió de hombros.
—No sé qué quieres probar con eso. Pero cualquiera pudo entrar aquí, tomar los imperdibles y dejar los colgadores. Yo hubiera podido..., pero no lo hice. O tú. Tal vez... —frunció el entrecejo— tal vez lo hayas hecho sonámbulo. Será mejor que vayas a consultar a un médico. Tienes mal aspecto.
Ferd volvió a sentarse con la cabeza entre las manos.
—Me siento fatal. Tengo miedo, Oscar.
—¿Miedo de qué? —suspiró ruidosamente.
—Te lo diré. Como te he explicado antes, ¿recuerdas?, las cosas que viven en lugares salvajes imitan a otras que hay allí. Ramas, hojas... sapos que parecen rocas. Bien; supongamos ahora que hay... cosas... que viven en los lugares donde habitan personas. Ciudades. Casas. Esas cosas podrían imitar... otras cosas que se encuentran en los lugares de las personas...
—¡Los lugares de las personas! ¡Cristo! ¿Qué dices?
—Tal vez son una forma de vida de tipo distinto. Tal vez se alimentan de los elementos de la atmósfera. ¿Sabes lo que son los imperdibles... esos otros tipos de ellos? Oscar, los imperdibles son las formas en crisálida y luego, digamos, incuban. En formas larvales. Que se parecen a perchas. Incluso se parecen a ellos al tacto, pero no lo son. Oscar, no lo son, no, no de veras, no, no...
Rompió a llorar. Oscar lo miraba y sacudía la cabeza.
Después de un minuto, Ferd logró controlarse. Se sonó la nariz.
—Todas esas bicicletas que los policías encuentran y retienen en espera de que aparezcan sus dueños y luego nosotros compramos en la subasta porque los dueños no han aparecido, en realidad no son de nadie. Y lo mismo pasa con las que los chicos tratan siempre de vendernos, diciéndonos que las han encontrado: en realidad las han encontrado, porque nunca se hicieron en ninguna fábrica. Crecen y crecen. Las rompes y las tiras. Pero se regeneran.
Oscar se volvió hacia alguien que no estaba allí y movió la cabeza:
—Fuera, chico —dijo. Después, volviéndose a Ferd—: ¿Quieres decir que un día hay un imperdible y al siguiente en lugar de él un perchero?
—Un día hay un capullo y al día siguiente una mariposa. —Replicó Ferd—. Un día hay un huevo y al día siguiente un pollo. Pero con... «estas cosas» eso no sucede durante el día cuando puedes verlo, sino de noche. Oscar... de noche puedes oír cuándo sucede. Todos esos pequeños ruidos nocturnos, Oscar...
—¿Y entonces cómo no estamos enterrados en bicis hasta el ombligo? —Replicó Oscar—. Si tuviera una bici por cada perchero...
Pero Ferd había pensado en eso también. Si cada huevo de bacalao, explicó, o cada simiente de ostra creciera hasta alcanzar la madurez, un hombre podría atravesar el océano pisando todos los bacalaos y ostras que existieran. Tantos morían, tantos eran devorados por animales de rapiña, que la naturaleza tenía que producir un máximo para que un mínimo llegara a la madurez. Y la pregunta que a Oscar se le ocurrió fue:
—¿Y entonces quién se come los percheros? ¿A ver?
Los ojos de Ferd se centraron, atravesando pared, parque, edificios y más edificios, en el horizonte.
—Tienes que tratar de captar la imagen. No hablo de colgadores o alfileres reales. Lo utilizo como nombre para los otros... «falsos amigos», así los llamo. En el francés que aprendíamos en la escuela, teníamos que estar atentos a las palabras francesas que se parecían a las inglesas, pero en verdad eran diferentes. «Faux amis», los llaman. Falsos amigos. Pseudoalfileres. Pseudocolgadores... ¿Quién se los come?
—No lo sé. Tal vez pseudolimpiadoras al vacío.
Su socio, dejando escapar un agudo gemido, se golpeó las manos sobre los muslos.
—¡Ferd, Ferd, por amor de Dios! ¿Sabes cuál es tu problema? Hablas sobre ostras, pero te olvidas de para qué sirven. Olvidas que hay dos clases de personas en el mundo. Cierra esos libros, los del francés y los de bichos. Sal, conoce gente, mézclate con ella. Bebe algo de vez en cuando. ¿Sabes qué? La próxima vez que Norma la dueña de la bici de carreras, pase por aquí, serás tú quien coja la bici roja e irás tú al bosque con ella. No me importará. Y creo que a ella tampoco. Por lo menos no demasiado.
Pero Ferd dijo que no.
—No quiero volver a tocar la bicicleta roja en mi vida. Le temo.
Al oír esto, Oscar le obligó a levantarse, lo arrastró pese a sus protestas afuera y lo forzó a sentarse sobre la bicicleta roja.
—¡El único modo de que le pierdas el miedo!
Ferd, pálido y temblando, partió. En un momento estuvo en el suelo, gritando y revolcándose.
Oscar lo apartó de la bicicleta.
—¡Me ha tirado! —aulló Ferd—. ¡Ha tratado de matarme! ¡Mira... sangre!
Su socio comentó que había sido el golpe y que lo que lo había hecho caer era su propio miedo. Se había roto un radio y le había arañado la mejilla. Eso era todo. E insistió en que Ferd se montara otra vez en la bicicleta para dominar su miedo.
Pero Ferd tuvo un ataque de histeria. Gritaba que ningún hombre estaba a salvo, que la humanidad tenía que ser advertida del peligro que corría. Le costó mucho tiempo a Oscar calmarlo y hacer que fuera a su casa a acostarse.
No le contó todo eso al señor Whatney, por supuesto. Simplemente comentó que su socio se había hartado de aquel asunto de la bicicleta.
—No tiene sentido preocuparse y tratar de cambiar el mundo —declaró—. Yo digo siempre que hay que tomar las cosas tal como son. Si no se las puede vencer, mejor seguir para el lado que van.
El señor Whatney dijo que esa era exactamente su filosofía. Preguntó cómo iban las cosas desde entonces.
—No muy mal. Me he comprometido. El nombre de la chica es Norma, una fanática de las bicicletas. Haciendo un balance, las cosas no marchan mal. Tengo más trabajo, claro, pero puedo hacer las cosas según mi propio criterio, de modo que...
El señor Whatney asintió. Echó una mirada a la tienda.
—Veo que aún fabrican bicis de mujer —comentó—, aunque con todas las mujeres que usan pantalones, me pregunto para qué se toman el trabajo.
—No lo sé —dijo Oscar—. Pero me gusta de esa forma. ¿Nunca se ha detenido a pensar que las bicicletas son como las personas? Quiero decir que de todas las máquinas del mundo, sólo las bicis son macho y hembra.
El señor Whatney se sonrió, dijo que tenía razón, y que nunca había pensado en eso antes. Entonces Oscar le preguntó si deseaba algo en especial... al margen de que siempre se le recibía con gusto.
—Bueno, quería ver lo que tiene. Está por llegar el cumpleaños de mi hijo...
Oscar asintió con aire de sabiduría.
—Aquí precisamente tengo algo que no podrá encontrar en ningún otro lugar más que en éste. Especialidad de la casa. Combina los mejores rasgos de la de carrera francesa y la norteamericana estándar, pero se fabrica aquí, y en tres modelos: júnior, intermedia y normal. Hermosa, ¿no le parece?
El señor Whatney observó que podía ser lo ideal.
—A propósito —preguntó—, ¿qué ha sido de la de carrera francesa, aquella roja, que solía estar aquí?
La cara de Oscar sufrió una contorsión. Después tomó un aspecto blando e inocente, mientras se inclinaba hacia su cliente y le decía dándole un ligero codazo:
—¡Ah, aquella! ¿La vieja francesa? Bueno, la puse afuera, a criar. Y los dos rieron a más no poder. Después que se contaron algunos cuentos más, concluyeron la venta, fueron a tomar cervezas y rieron un poco más. Y por último comentaron qué lástima lo del pobre Ferd, el viejo y querido Ferd, que había sido hallado en su propio armario con un perchero rígidamente enrollado alrededor de su cuello.