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ben bova

primarias (es)

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De modo que nos llevan al despacho oval, y él está sentado tras el enorme escritorio. Incluso tiene en él el viejo cartel de «La resistencia se detiene aquí» de Harry Truman.
Sonríe ante eso. Tiene buena presencia, por supuesto. Joven, casi un muchacho, con ese gran flequillo de pelo cayendo sobre su frente que se ha convertido casi en un requisito indispensable para cualquier hombre que desee ser presidente de los Estados Unidos. Su sonrisa es deslumbradora. Tumba de espaldas a las mujeres a más de cuarenta pasos. Pero sus ojos son tan duros como el diamante. No es un estúpido. No ha llegado hasta este despacho sólo por su sonrisa.
Quiero que tenga éxito. Dios sabe que necesitamos un presidente que pueda tener éxito, que pueda unir de nuevo este país y hacernos sentir bien con nosotros mismos. Pero, más que eso, deseo que tenga éxito mi programa. Dejemos que él sea la estrella de las conferencias de prensa. Dejemos que las mujeres lo persigan. Es mi programa el que realmente está en juego aquí, esos intrincados e invisibles remolinos y burbujas que llevo en mi valija. Eso es lo que realmente importa.
Vamos a tener un día duro.
Hay otras cuatro personas en el despacho con nosotros, sus más próximos ayudantes y consejeros: tres hombres y una mujer que han trabajado para él, han sangrado para él, han sudado para él desde los días en que era un senador joven y completamente inexperto por Vermont. Los hombres son sus secretarios de Defensa, Comercio y Tesoro. La única mujer es su vicepresidenta, por supuesto. No ha habido un vice masculino desde los ochenta, una causa de queja para algunas feministas que se ven así estereotipadas como perpetuas Número Dos.
Y yo. Yo también estoy en el despacho oval, con mi valija llena con el programa de ordenador. Pero apenas reparan en mí. Sólo soy uno de los lacayos, parte del telón de fondo, como los retratos de los anteriores presidentes en las paredes o el modelo de la Base de Exploración de Marte que él ha insistido en tener en la mesa de detrás de su escritorio, entre las ventanas con sus cortinas azul y oro.
Mi trabajo es cargar mis discos del programa en el ordenador central de la Casa Blanca, enterrado en algún lugar muy profundo bajo el Ala Oeste. Él piensa en el programa como su programa, sus planes y técnicas para manejar el país. Pero es mío, mi hábil mezcla de hardware y software, el que pasará al corazón y al cerebro y a las entrañas de este despacho oval.
Me siento a un lado, tan rodeado de pantallas y teclados que ellos apenas pueden ver la parte superior de mi casi calva cabeza. Eso está bien. Me gusta estar aquí, oculto tras la barricada de las máquinas, sentado a solas como el organista de una iglesia en su nicho secreto. Puedo verles, a todos ellos, en mis pantallas. Si lo deseo, puedo pedir imágenes de rayos X de ellos, incluso scanners. Puedo pedir al ordenador central los planos de nuestro más reciente sistema de guía de misiles, o la lista de personal de servicio esta misma mañana en cualquier base del Ejército en todo el mundo. Sin embargo, no necesito hacer nada de eso. No ahora. No hoy. Hay demasiado trabajo con otras cosas.
Le concedo algunos minutos para que se sienta a gusto en su gran sillón de piel detrás de ese escritorio, y dejo que los otros cuatro se acomoden en sus sitios. El secretario del Tesoro ocupa el viejo sillón basculante Kennedy: sabía que lo haría.
Luego adelanto un brazo, como Dios en la Capilla Sixtina, y apoyo mi dedo extendido sobre la primera tecla del teclado maestro.
El Informe de Situación matutino aparece en mi pantalla central. Y en la pantalla de encima del escritorio de Nuestro Hombre. Veo que no va a ser una mañana muy dura. Siempre ha tenido suerte.
Los tumultos a causa de los alimentos en Polonia se hallan ya en su tercer día.
La guerra civil en las Filipinas ha prendido de nuevo; Manila está en llamas, con al menos tres facciones distintas luchando para hacerse con el mando de la ciudad.
Los terroristas han asesinado al presidente de México durante la noche.
El mercado de valores abrirá el día al nivel más bajo que ha alcanzado el Dow Jones en catorce años.
El desempleo se aproxima al veinte por ciento, aunque esto no es un reflejo de la política económica de Nuestro Hombre (mi programa, en realidad), porque aún no hemos tenido tiempo de ponerla en marcha.
El dólar sigue hundiéndose en los mercados europeos. Su cotización sigue suspendida en Tokio.
Inteligencia informa que la nueva base rusa en la Luna es estrictamente una base militar, contraviniendo los tratados que ellos y nosotros firmamos allá en los sesenta.
En total, el tipo de mañana al que cualquier presidente estadounidense pudo haberse enfrentado en cualquier momento durante cualquiera de las últimas administraciones.
-Este asesinato mexicano es un golpe -dice el secretario de Comercio. Es un antiguo mago informático, regordete y de redondeadas mejillas, que fue un millonario a los veinte años, un filántropo a los treinta, y que durante esta década de su vida es un abnegado servidor público. Si puede creerse eso. Él fue quien me contrató originalmente, y me dio este puesto como programador de Nuestro Hombre. Sigue pensando que está al corriente sobre ordenadores. En realidad lleva un retraso de veinte años, pero nadie tiene los redaños de decírselo. Su barba es aún poblada y negra, pero cuando tecleo un primer plano en mis pantallas puedo ver unos cuantos cabellos blancos. Dentro de otro par de años parecerá un neurótico Santa Claus.
Nuestro Hombre asiente, frunciendo un poco los labios, como si el asesinato de un presidente en cualquier parte del mundo fuera un golpe bajo y una afrenta personal contra él.
-La situación en las Filipinas es más peligrosa -dice el secretario de Defensa-. Si ganan los rojos, tendrán al Japón dominado por el flanco y a Australia amenazada.
Me gusta este secretario de Defensa. Es un cauteloso hombre de pelo cano, que fuma en pipa, viste de un modo conservador, y tiene una fe absoluta en cualquier cosa que le diga el display de su ordenador. Posee la reputación de ser uno de los más agudos pensadores en Washington. En realidad, los agudos son sus programadores. Todo lo que él hace es leer lo que le imprimen, entre bocanada y bocanada de su pipa.
-Quizá tendríamos que llamar al consejero de Seguridad Nacional sobre esto -sugiere el secretario de Comercio, rascándose la barba.
-Por supuesto -dice Nuestro Hombre.
No podemos traer al consejero de Seguridad a esta habitación, evidentemente, pero le llamo por la pantalla de comunicaciones y, ¡presto!, ahí está, con una expresión tan flaccida y unos ojos tan tristes como los de un podenco.
-¿Qué opina usted de la situación en las Filipinas, doc? -Nuestro Hombre, con su calidez y su ingenio y su poder, es el único hombre en toda la Tierra que puede llamar doc a ese distinguido, severo y pomposamente dogmático erudito.
-Señor presidente -su voz suena como el crujir de la pesada y antigua puerta de un castillo-, ha ocurrido exactamente como le señalé en muchas ocasiones en el pasado. La situación en las Filipinas ya no puede ser ignorada. El valor estratégico de ese tradicional aliado nuestro es vital para nuestros intereses en Asia y en el Pacífico.
Mientras desgrana su perfectamente predecible perorata, llamo a la subrutina que presenta la información pertinente sobre las Filipinas: las pantallas despliegan datos sobre nuestras bases militares y navales allí, las rutas comerciales oceánicas que resultan afectadas, el número de firmas comerciales americanas que poseen fábricas en las islas, lo que puede afectar la pérdida de esas fábricas al producto nacional bruto, empleo, valor del dólar..., ese tipo de cosas.
Sitúo toda esta información en las pantallas secundarias que se alinean en la pared a un lado del escritorio del presidente. Sus ojos van de una a otra y luego a la imagen del consejero de Seguridad en la pantalla de encima de su escritorio.
-Gracias, doc -dice al fin-. Aprecio su sinceridad. Por favor, permanezca atento por si necesitamos contactar otra vez con usted.
Se vuelve de nuevo al pequeño grupo al otro lado de su escritorio. Congelo la imagen del doc y la sitúo electrónicamente en la pantalla del extremo superior derecho de mi batería, un lugar de espera para él.
-Por mucho que me duela decirlo -murmura el secretario de Defensa tras su pipa-, vamos a tener que hacer sentir nuestra presencia en las Filipinas.
-Quiere decir usted militarmente -aclara la vicepresidenta, frunciendo con disgusto la nariz. Ha sido una excelente acumuladora de votos durante toda su carrera política: una mexicano-americana de San Antonio cuyo aspecto es lo suficientemente sexy como para haber desatado algunos rumores acerca de ella y Nuestro Hombre.
-Por supuesto, militarmente -responde el secretario de Defensa con impaciencia mal disimulada-. Mire los datos de las pantallas. No podemos dejar que las Filipinas se nos escapen.
-¿Por qué siempre tienen que ser tropas y armas? -gruñe la vice.
-Estaba más bien pensando en aviones y barcos.
-Una fuerza operativa -dice el hombre tras el escritorio-. Un grupo de transporte. Eso puede ser muy impresionante.
Mientras discuten los méritos de un grupo de transporte contra uno de los viejos barcos de guerra resucitados, y si habría que arrojar o no un batallón de marines sólo por si acaso, me anticipo un poco y agito mis dedos en el teclado para elaborar los costes proyectados de una misión como aquella y el modo en que afectarán al presupuesto.
Y, tan seguro como que el oro es más precioso que la plata, el secretario del Tesoro se agita.
-Hey, esperen un minuto. Esto va a costar una gran cantidad de dinero.
Tiene una actitud muy práctica hacia el dinero: suyo, mío o tuyo. Lo desea todo para sí. Es el único negro en el gabinete de Nuestro Hombre, un pragmático testarudo que tomó los pocos millones que le dejó su padre (de una cadena de restaurantes) y en poco tiempo los convirtió en miles de millones en el mercado de valores. Perteneció durante años al Otro Partido, pero cuando el último presidente no lo llamó para formar parte de su gabinete, cambió de lealtades y dedicó su vida, su fortuna y lo que quedaba de su honor a Nuestro Hombre.
Ahora pide detalles de las proyecciones de costes y, gracias a la magia de la electrónica binaria, sitúo ante sus ojos (en las pantallas de la pared) gráficos vividamente coloreados que muestran no sólo cuánto costará la misión del grupo de transporte sino las proyecciones de mi programa de cuál será probablemente la respuesta de los rebeldes filipinos. Esto incluye -pero no se halla limitado a- una oleada de asesinatos masivos a través de las 7.100 islas e islitas del archipiélago, un golpe de estado de su ejército, ataques terroristas suicidas sobre nuestras tropas aerotransportadas, una intervención armada de la República Popular China.
Nuestro Hombre se muestra fascinado por esas posibilidades. Cuanto más horribles son. más intrigado parece.
-Desarrollémoslas y veamos adonde conducen -dice. No se da cuenta de que me está hablando a mí. Sólo está formulando un deseo, como el príncipe de un cuento de hadas, y yo. su hada digital, debo hacer que su deseo se convierta en realidad.
Durante dos horas desarrollamos los diversos escenarios, utilizando mis programas y los bancos de memoria del ordenador central de la Casa Blanca para mostrar adonde conducirá cada movimiento, lo que desencadenará cada contramovimiento. Es como seguir una gran partida de ajedrez en tu ordenador personal. Algunos de los escenarios conducen a una conflagración nuclear. Uno de ellos conduce a una guerra nuclear a gran escala entre los Estados Unidos y la Unión Soviética: el Armagedón. seguido por el invierno nuclear.
Nuestro Hombre, naturalmente, elige el escenario que se revela mejor para nuestro bando.
-De acuerdo, pues -dice con aire excitado. Siempre le ha gustado jugar con juegos electrónicos-. Renunciaremos a la fuerza naval y simplemente incrementaremos nuestras guarniciones en la bahía Subic y en Mindanao. Nuestro mejor movimiento ante la amenaza parece ser retirar la ayuda económica al gobierno filipino hasta que abra unas honestas negociaciones con su oposición.
-Si puede creerse en las proyecciones del ordenador -gruñe el secretario de Comercio. No confía en los programas que no puede comprender, y está tan desfasado que no puede comprender mi programa. Así que no confía en mí.
La vicepresidenta, en cambio, parece bastante satisfecha conmigo.
-Podemos nombrar una Comisión de Alto el Fuego, formada por miembros de las naciones vecinas.
-Eso no funcionará nunca -murmura el secretario de Comercio desde detrás de su barba.
-El ordenador dice que sí -señala el secretario de Defensa. Sin embargo, no parece demasiado feliz con el asunto.
-Lo que quisiera saber -dice el secretario del Tesoro- es lo que va a hacerle esta acción a nuestros problemas de empleo.
Y la cosa sigue así durante el resto del día. Cada problema al que se enfrentan está relacionado con todos los demás problemas. Cada marine enviado a ultramar tiene un efecto sobre el empleo. Cada quinceañero desempleado en el país tiene un efecto sobre el índice de criminalidad. Cada madre soltera tiene un efecto sobre el precio de la leche.
Ningún ser humano, ningún gabinete lleno de seres humanos, puede unir todas estas interrelaciones sin la ayuda de un programa de ordenador muy sofisticado. Dejemos que sigan sentados ahí y discutan, dejemos que Nuestro Hombre pronuncie sus discursos al público. El auténtico trabajo lo hace la máquina, mi programa, el software que puede abarcar todos los datos del mundo y mostrarlos en toda su interconectada complejidad. Creen que están tomando decisiones, cartografiando el rumbo que debe seguir la nación, conduciendo a la gente. En realidad, las decisiones que toman son las decisiones que el ordenador les permite tomar, basadas en la información que les es presentada. Es mi programa el que está cartografiando el rumbo de la nación; esos seres humanos sentados ahí en torno al escritorio del presidente no son más que marionetas.
Y yo no me considero el marionetista, el que tira de sus hilos. Muy lejos de eso. Yo sólo soy el tipo que escribió el programa del ordenador. Es el programa el que maneja la función. El programa, tan vivo como cualquier criatura de carne y hueso, una persona electrónica que alimenta los datos, un alma digital que aspira a conocerlo todo, en todas partes. Incluso en el transcurso de este solo día ha crecido y madurado, puedo ver como ocurre ante mis lagrimeantes ojos. Como un padre orgulloso, observo mi programa aprender del gigantesco ordenador central de la Casa Blanca, volverse más seguro de sí mismo, tender zarcillos interrogádores a través de todo el mundo y aprender, aprender, aprender.
-Las cuatro -anuncia el director del estudio-. Hora de terminar.
Las luces sobre nuestras cabezas se apagan tan bruscamente como en el fin del mundo. Nuestro Hombre se echa hacia atrás, alza la vista, y su rostro refleja una enorme decepción, irritación, incluso furia. Los otros exhalan blandos suspiros, se secan la frente, se levantan de sus asientos y estiran sus cansados huesos. Ha sido un largo día.
El equipo de cámaras de televisión sale del estudio mientras el director, con los auriculares aún puestos, se acerca a Nuestro Hombre y le tiende la mano.
-Ha hecho un excelente trabajo, señor. Puede contar con mi voto en noviembre.
Nuestro Hombre le ofrece su esplendorosa sonrisa.
-Gracias. Necesitaré cualquier voto que pueda reunir, estoy seguro. ¡Y no olvide las primarias!
-El siete de abril. -El director del estudio le devuelve la sonrisa-. No se preocupe. Votaré por usted.
Debe decirle esto a todos los candidatos.
Yo sigo en mi puesto, oculto tras las consolas del ordenador, y compruebo el ordenador del Servicio Nacional de índices para ver lo bien que realmente lo ha hecho Nuestro Hombre. La pantalla muestra un índice de 0,54. No está mal. De hecho, es el mejor índice que ha obtenido hasta ahora cualquier candidato que haya pasado por allí. A los media les parecerá realmente impresionante: eso va a proporcionarle un buen número de votos a Nuestro Hombre.
Todavía tiene que pasar por las primarias, desde luego, pero de eso se encarga principalmente la electrónica. No más agotadoras campañas a través de todo el estado, mes tras mes. Los candidatos apelan individualmente a sus votantes, a través de sus pantallas de televisión y sus ordenadores personales, un mensaje personalizado para cada bloque de votantes, hecho a la medida de los más íntimos deseos de cada uno de esos bloques, gracias a las refinadas técnicas de inducción psicológica y videocintas.
Pero esta prueba en el simulado despacho oval es de crucial importancia. Cada candidato tiene que demostrar que puede enfrentarse a las presiones de un día normal en la Casa Blanca, que puede tomar decisiones que sean buenas, efectivas y políticamente aceptables. Un resumen de la prueba de simulación de hoy pasará en todos los noticiarios de la noche; los periódicos de mañana situarán la historia en la primera página. Y naturalmente, el test completo, todo el día, se pondrá a disposición de todos los medios de comunicación e incluso, en videocinta, de cualquier votante que desee examinar el día entero.
Por supuesto, lo que la simulación del día de hoy probaba en realidad era mi programa. Me siento un poco como Cyrano de Bergerac, redactando las cartas fantasma que otro hombre escribe a la mujer a la que ama y corteja.
Tras asegurarme de que nadie está mirando, tecleo el código de la más secreta subrutina del ordenador central de la Casa Blanca. Sólo un puñado de programadores conoce esta parte del aparato de la Casa Blanca. Ninguno de nuestros candidatos la conoce.
En el arcano lenguaje que sólo nosotros, los programadores dedicados, conocemos, le pregunto al ordenador central cómo ha ido mi programa. La respuesta resplandece, brillante, en la pantalla central: 0,96. ¡Noventa y seis! El índice más alto que haya recibido nunca un programa.
Me sujeto el estómago y me doblo sobre mí mismo para reprimir las carcajadas. Si mis piernas funcionaran saltaría en pie y me pondría a bailar por todo el estudio. ¡Noventa y seis! ¡El índice más alto de todos los tiempos!
No importa qué candidato salga elegido, no importa quién vote por quién, el ordenador central de la Casa Blanca va a elegir mi programa. Mi programa será el que utilice el futuro presidente durante los próximos cuatro años. ¡El mío!
Con el corazón latiendo alocadamente en mi pecho, cierro las consolas. Todas las pantallas se apagan. Hago girar en redondo mi silla y avanzo rodando por el vacío y ahora oscuro estudio, hacia la rendija de luz que señala la entreabierta puerta. Mi mente hierve ya con ideas para mejorar el programa.
Al fin y al cabo, dentro de otros cuatro años, las primarias empezarán de nuevo.
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