besos amargos, una despedida y cuatro vidas (es)
A veces la vida te pone en una situación que sabes que será el punto de partida de algo nuevo y grandioso. Una de esas escenas que lo cambian todo, para bien o para mal, y te vuelven del revés el alma, te deja el pulso tembloroso y te hace replantearte toda tu existencia.
Esta es una de esas veces. Llevamos siete meses esperando este momento. Siete meses… Dios, serán tan pequeños que me da miedo pensar en mirarlos, cuanto más en tocarlos o cogerlos en brazos.
Miro el reloj nuevamente. Han pasado muchas horas desde que entramos en este hospital, diría que demasiadas. Acaricio la frente de la mujer más preciosa, valiente y constante que he conocido en mi vida, retiro el pelo sudado que se resiste y miro sus increíbles ojos. Dios, qué bonita es. Los médicos me urgen para que suelte la camilla y la deje ir, pero yo no puedo hacer otra cosa más que mirarla e intentar que mi aparente y fingida calma llegue a ella. Nunca he visto su rostro tan demacrado y estoy más asustado que en toda mi vida, pero tengo que confiar en que todo irá bien.
—Javier, Javi, escúchame. —Su mirada busca la mía y sé que no se conforma con que se la devuelva. Quiere que ponga todos mis sentidos en ella—. Sé el padre que siempre soñaste ser y no permitas que nada, ni siquiera el dolor, te desvíe del camino.
—No hagas esto, Abi. —Ella sonríe y yo aprieto la mandíbula, intentando contener el dolor y la incertidumbre—. No te atrevas a despedirte de mí, ¿me oyes? Ni se te ocurra despedirte de mí. Vamos a tener un montón de bebés y vamos a estar bien. Volveremos a casa todos juntos.
—Pero si no lo hago…
—Lo haremos.
—Javier…
—Lo haremos, mi amor, lo haremos.
—Tenemos que llevárnosla ya —dice el doctor antes de empujar su camilla y obligar a nuestras manos a separarse.
Empiezo a perderla de vista y, antes de que la camilla atraviese la puerta, me levanto y grito bien alto las palabras que nunca permito guardarme cuando me despido de ella, ya sea para ir a trabajar, comprar el pan o, simplemente, salir a echar la basura.
—¡Te quiero, Abi! Te quiero más que a mi vida, ¿lo sabes?
Siento su risa brotar en el aire, me devuelve un «Te quiero» que oigo lejano y me obligo a sonreír pensando que pronto, muy pronto, tendré que multiplicar esas palabras por cuatro.
¡Vamos a tener cuatrillizos!
Todo irá bien.
Todo tiene que ir bien.
No hay otra opción.
Dos meses después
Cuando Paco aparca su furgoneta frente a mi casa siento que el vello se me eriza, pero no para bien. Miro atrás, donde dos cestas enormes sujetan a mis cuatro hijos. No he visto a Paco conducir tan lento en mi vida, pero no voy a criticarlo, dado que yo ni siquiera me he visto capaz de conducir solo con ellos.
Nuestro primer día en casa.
Confieso que nunca imaginé que sería así. El recuerdo de Abigail recortando las flores de la entrada poco antes de parir me golpea nada más bajar de la furgoneta. Puedo verla en cada rincón, todo está impregnado de su esencia y, aunque ya hayan pasado dos meses, sigo viviendo en una nebulosa de dolor, porque se fue y me dejó solo con una casa inmensa, cuatro recién nacidos que han necesitado incubadora y cuidados especiales hasta ahora y el dolor más desgarrador que he sentido hasta la fecha. Solo pensar en ella hace que el corazón me duela y las lágrimas quieran salir, pero no voy a llorar. No puedo manchar este día de dolor. No es lo que ella querría, estoy seguro.
—¿Abres la puerta de casa, Javi? —pregunta Paco.
Asiento sin mirarle, voy hacia la entrada y abro mientras mi amigo entra con las dos cestas bien sujetas. Las pone en el suelo, saca a los cuatro bebés uno a uno y los coloca sobre el sofá, bien juntitos para que se den calor, que es una recomendación que me han dado en el hospital. Son tan pequeños… Voy hacia mi amigo y me pongo frente a ellos, mirándolos y llenarme de amor, intentando dejando fuera el resto de sentimientos. Recuerdo que, durante los primeros días de sus vidas, sentí tanta ira y tanto dolor que apenas era capaz de mirarlos sin pensar que, por culpa de ellos, mi mujer ya no está conmigo. De inmediato el sentimiento de culpabilidad aparecía, pero eso no aliviaba el primero, solo sumaba más dolor. Fueron días complicados, el entierro de Abi, recibir a su familia, la oferta de mi odiosa suegra de quedarse con los niños ahora que su hija no estaba… Dios, ¡si ni siquiera se interesó jamás por el estado de Abi! No iba a dejarle a mis hijos para que los amargara de la misma forma en que amargó la vida de mi mujer. Ellos son míos, su madre ya no está, pero, mientras yo esté vivo, son mi responsabilidad y conseguiré, de alguna forma, criarlos y que sean personas de bien. Es cierto que ahora mismo estoy muy perdido, pero tengo tiempo más que de sobra para aprender a ser padre.
—Yo tengo que irme, el bar y eso, ya sabes…
Asiento. Paco tiene un bar que está despegando ahora, se ha casado no hace mucho y trabajan a destajo para sacar el negocio adelante en una urbanización que está bastante lejos de la ciudad, donde solo nos tiene a los vecinos como clientela. Afortunadamente, casi todos somos muy de comer fuera cada pocos días.
—Tranquilo —respondo—. Yo voy a darme una ducha y organizaré un poco mi habitación para que esta noche durmamos todos juntos.
—Conchi vendrá ahora. Si necesitas cualquier cosa, llámala, o llama a los Sanz. ¿De acuerdo? —Asiento, pero él coge mi brazo con fuerza y me obliga a mirarlo—. No estás solo, Javi. No tienes que hacer esto solo a la fuerza y no tienes que demostrar nada a nadie. Serás un gran padre.
Asiento de nuevo, pero es evidente para los dos que, ahora mismo, me cuesta demasiado creer en sus palabras.
Paco sale de casa y yo miro al sofá, a mis hijos. Tres niñas y un niño… Sonrío un poco y centro mi atención en la repisa que hay junto a la tele.
—Tuviste razón —susurro—. Ganaste la apuesta, mi amor.
Algo se retuerce dentro de mí cuando me acerco a la urna que contiene las cenizas de mi mujer. Acaricio con mano temblorosa el grabado con su nombre y cierro los ojos, obligándome a contener mis emociones. Recuerdo el día que abrimos las apuestas sobre los sexos de los bebés, puesto que al principio fue difícil verlos y, al final, no quisimos saberlo. Yo apostaba por dos niños y dos niñas, pero Abi decía que no, que seguro que teníamos todo niñas, o tres niñas y un niño, para que las mujeres nos volvieran locos en esta casa y en la urbanización.
Dios, parece que haya pasado un siglo…
Oigo un llanto y me giro para ver de quién se trata. Esme, la mayor, grita desconsolada mientras se chupetea los puños, así que debe tener hambre. Voy a la cocina corriendo y empiezo a preparar la leche tal como me explicaron en el hospital. Durante este tiempo ya los he alimentado cuando me dejaban, puesto que tenían sondas y mil cables, pero no es lo mismo hacerlo bajo vigilancia que así, completamente solo ante el peligro. Para cuando tengo un biberón listo, los otros tres también lloran con fuerza, así que tenso los hombros y trabajo de manera mecánica, intentando que sus gritos no me pongan nervioso, porque entonces tardaré más.
Llego al salón y me enfrento a uno de los dilemas más grandes que sufro desde que soy padre. ¿A quién alimento antes? Son cuatro, yo tengo dos manos y todos parecen igual de hambrientos. Decido ser justo y darle un biberón a Esme, la que nació primero y empezó a llorar antes, también. El segundo se lo doy a Amelia; es la más chiquitita de todos y vivo con pánico a que baje de peso y tenga que volver al hospital. Ellas se agarran con fuerza y Alejandro y Julieta lloran, también con fuerza. Aprieto la mandíbula y me mantengo firme, solo serán unos minutos, no va a pasarles nada por esperar un poco, pero son tan pequeños e indefensos… Y no puedo dejar de imaginar a Abi aquí, a mi lado, dando de comer a los dos que faltan. Éramos el tándem perfecto, estábamos destinados a hacer esto con organización y trabajo en equipo, pero ahora resulta que tengo que hacerlo todo yo y está claro que tengo que idear mejores formas de organización, porque esperar a que uno empiece a llorar solo lleva a esto; el agobio extremo, dos niños rojos de tanto retorcerse y las otras dos alimentándose intranquilas, nerviosas por tener tanto ruido alrededor. Cuando por fin comen voy corriendo a la cocina, caliento más leche al baño María y vuelvo para alimentar a Álex y Julieta.
Al acabar, por fin, me doy cuenta de que Esme se ha hecho caca y, cuando la cojo del sofá, muevo a Álex sin querer y vomita, porque es muy propenso a regurgitar. Si no lo limpio pronto la leche agria dejará un olor insoportable en su ropa, pero antes va el pañal de Esme. Cambio a una de pañal, a otro de ropa y, para cuando acabo, vuelvo a tener pañales sucios. Trabajo mecánicamente, sin pararme y sin mirar la urna que reposa en la estantería. No quiero ni pensar que ella pueda estar mirándome desde alguna parte, porque la imagino negando con la cabeza, sin saber bien si reírse o llorar y sintiendo lástima de mí. ¡Con la rabia que me da que sientan lástima de mí!
Voy a hacer esto solo, puedo hacerlo. Voy a ser capaz de criar a mis hijos sin la ayuda de nadie. Estoy completamente seguro.
Cinco horas después, Conchi coloca a Julieta en la cuna y me sonríe con dulzura. Yo salgo de la habitación, ignorándola y pensando muy seriamente que mis hijos me odian, porque conmigo lloran más que con nadie y así, lo de hacer esto solo, va a resultar muy complicado.
Mi vecina es mayor que yo, podría ser mi madre, en realidad y, de no ser por ella, creo que no habría podido superar los primeros días en el hospital. Es una mujer de la vieja escuela, estricta en su forma de hablar y seria en apariencia, pero con un corazón de oro. Intenté alejarla de mí, pero volvía cada día, ya fuera a casa, para proveer la nevera de alimentos, o al hospital para ayudarme con los niños. Ahora que todos estamos aquí, creo que no voy a poder echarla. Y la verdad, ya no sé si quiero. No sé si puedo ocuparme de esto solo, por más que me prometa que sí para darme fuerzas a mí mismo.
—Necesitan a su madre —digo cuando Conchi aparece en la planta de abajo.
Estoy sentado en el sofá, mirando fijamente la urna de Abi y aguantando las ganas de llorar, otra vez, su pérdida.
—Necesitan a su padre, que es lo que tienen ahora, Javier —dice ella con voz firme.
—Conchi… —murmuro con la voz rota.
—No, ¿me oyes? No puedes volver a eso. —Suspiro y ella se pone frente a mí, sentándose en la mesita baja del salón y mirándome con firmeza y la mandíbula tensa—. No voy a permitirte que vuelvas a llorar. Tú no puedes permitírtelo.
—Abi sabría…
—Abi no tendría ni idea de cómo hacerlo, igual que tú. Sería muchísimo mejor que estuviera, porque así tendrías un apoyo constante y el agobio sería compartido, pero quítate de la cabeza la idea de que ella sería la madre perfecta y tú un inepto, porque no es así. Esos niños necesitan a su padre, que es el que está vivo. —Suspira, como si odiara hablarme así, quizá porque así sea, y prosigue—. Ella se ha ido y tienes que despedirte para siempre, Javier.
—No puedo. Soy incapaz de aceptar que se fue. Miro su urna y…
—Es que esa urna no tendría que estar ahí. —La miro con los ojos de par en par, pero ella no se corta y sigue—. No puedes vivir mirando a la repisa cada vez que tomas una decisión con respecto a tus hijos, como si esperases su aprobación. Ella no está ahí, Javi. Sus restos reposan dentro de esa urna, pero su esencia ha desaparecido. Puede que te vea desde alguna parte, yo creo que sí, pero lo que es seguro es que no está encima de la repisa, poniéndote a prueba y midiendo tu valía como padre.
Medito sus palabras y llego a la conclusión de que tiene razón. Estoy esperando la aprobación de mi difunta mujer constantemente, cuando eso es imposible. Tengo que dejar de pensar en qué haría Abi en mi situación y hacer lo que mi instinto me pide. No va a ser fácil, ni un camino de rosas, pero, si pongo en esto todo mi esfuerzo y mi atención, quizá consiga sacar adelante a mis cuatro hijos y convertirlos en adultos más o menos decentes.
Yo, que tan alegre he sido siempre, no puedo permitir que la tristeza se apodere de mí y de esta casa. Mis hijos siguen mereciendo un futuro libre de sentimientos negativos. Tengo que crear el hogar que siempre quise para ellos, aunque su madre no esté.
—¿Crees que seré un buen padre? —pregunto.
Ella sonríe y palmea mi rodilla con cariño antes de contestar con voz enérgica, como siempre.
—Creo que serás el mejor padre de todos, cuando por fin te dejes ir y lo hagas a tu manera. Y te digo esto a sabiendas de que muchas cosas que harás a tu manera me cabrearán, pero así me darás la excusa perfecta para ser la vecina cascarrabias y metomentodo que todas las urbanizaciones tienen. Sin Mar no iba a ser menos, ¿verdad? —Sonrío un poco y ella acaricia mi mejilla de la misma forma que lo haría una madre—. Vas a ser un buen padre, pero cuando te entren las dudas, recuerda una cosa: esos niños ya pertenecen a Sin Mar y nunca nunca nunca permitiremos que estén solos.
Asiento, intentando recordar eso. Una de las razones de que Abi y yo fuésemos tan felices en Sin Mar es que los vecinos son como una gran familia. Aquí no puedes estar solo ni aunque sea lo que desees.
—Solo espero que no sea siempre así de duro y extenuante —susurro—. Estoy agotado, Conchi. Estoy tan cansado que solo quiero hacerme un ovillo y desaparecer unas horas del mundo para poder dormir y coger fuerzas.
—Crecerán, Javier, no será así de duro siempre. Algún día dejarán de llorar cada pocos minutos u horas y dormirán la noche entera. Comerán por sí solos, caminarán, dejarán los pañales, correrán por la calle, romperán mis macetas, se rasparán las rodillas, darán su primer beso, se pelearán entre ellos, pero no permitirán que nadie de fuera insulte o menosprecie a alguno de sus hermanos. Sufrirán el primer amor, y luego el desamor y, al final, con suerte, encontrarán a alguien capaz de quererlos por lo que son. Todo eso pasará y tú lo verás con una sonrisa, porque volverás a ser feliz, aunque ahora te parezca algo imposible.
Niego con la cabeza, emocionado por sus palabras y contento por todo lo que me ha dicho, menos por el final. Las lágrimas me brotan de los ojos antes de ser capaz de frenarlas y la miro poniendo en mis ojos el peso de todo el dolor que siento.
—No sobreviviré a la muerte de Abi…
—No digas eso. —Palmea mi mejilla con fuerza, casi podría decir que es un guantazo, pero no llega a eso, tampoco—. Nunca más vuelvas a decir eso. Vas a sobrevivir a su muerte, superarás este dolor que ahora parece llenarlo todo. Un día volverás a mirar a los ojos de una mujer y sentirás lo que es amar.
—No no no. Yo no amaré a nadie como a Abi.
—No, eso es verdad. No amarás a nadie como a Abi, porque eso sería injusto para las dos. Amarás a alguien como esa persona merece ser amada, porque será alguien distinto y con valor suficiente para conseguir que quieras quedarte a su lado. Será un amor distinto, pero no por eso menos importante, o menos grande.
Niego con la cabeza de nuevo, convencido de que eso no pasará. Yo tengo cuatro hijos a los que criar, una hipoteca, un trabajo que me absorbe y que tendré que cambiar en un futuro si quiero pasar más tiempo en casa y un millón de problemas más. Lo último que quiero pensar ahora es que un día aparecerá una mujer que hará temblar mi mundo. No pasará, estoy seguro. Yo no podré enamorarme de nuevo porque Abi se ha llevado todo lo que soy con ella, por mucho que Conchi diga que, lo que habla, es mi dolor.
—Estoy muy cansado —digo al final—. Creo que voy a intentar dormir.
—Haces bien. Vendré por la mañana para que puedas ir a trabajar.
—He contratado a una canguro.
—A saber cómo será. No me fio de la gente extraña. Yo vengo, la vigilo y así sabe que la ato en corto y no se puede pasar ni medio pelo con mis niños.
Me río entre dientes, pero en el fondo agradezco que venga. En mi trabajo ya no me dan más días de baja. Son unos explotadores, se saltan la mitad de las leyes a la torera y, tal y como está el panorama, no puedo permitirme perderlo, así que me toca pasar por el aro y reincorporarme cuanto antes, porque los gastos ya me comen teniendo un sueldo, así que no quiero imaginar cómo sería mi situación si me quedara en el paro.
Me despido de Conchi, subo las escaleras y entro en mi dormitorio. Una sola cuna y cuatro bebés… En teoría, cada uno irá a su habitación en cuanto dejen de caber en la cuna, pero creo que, con lo poco que duermen, antes acabaré arrastrando colchones a mi dormitorio, porque no pienso pasarme la noche dando paseos de una habitación a otra.
Cuando me coloco frente a la cuna siento todo el amor del mundo concentrado en una parte del pecho, muy cerquita del corazón, y rezo en silencio para que ese hueco, que cada día crece más, no se deje contaminar por el dolor que recorre otras partes de mí. Ese hueco siempre estará puro y limpio; reservado para que descanse y crezca este amor que intuyo infinito.
—No sé bien cómo lo haré, estoy seguro de que voy a equivocarme mucho, pero espero que algún día, dentro de muchos años, cuando penséis en vuestra infancia, lo hagáis con una sonrisa en la cara, porque crear recuerdos inolvidables para vosotros será mi única misión desde este mismo instante. Bienvenidos a casa, hijos míos. Bienvenidos a Sin Mar.