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cherry chic

confesiones, rosas rojas y cosquillas por la mañana (es)

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—¿De verdad no quieres quedarte? A mí no me importa.
Miro a la mujer que hay sobre la cama. Se llama Carmen, es guapa, lista y la causa de que yo haya dado, siete años después de la muerte de Abi, el paso necesario para volver a estar físicamente con una mujer. He difuminado el recuerdo de mi esposa y me he esforzado por no verla en el cuerpo de Carmen durante lo que ha durado el acto. Lo he conseguido, he disfrutado y he sentido, cuando alcanzaba el clímax, un estado de relajación física que no he conseguido experimentar en estos años de otro modo.
El problema es que, cuando todo ha pasado, he sentido ganas de vomitar, sudores fríos y el deseo férreo de volver a la seguridad de mi casa. Me siento asquerosamente culpable por haber estado con otra mujer siete años después, lo que me hace ver que yo pensé que lo de Abi estaba superado, por fin, pero no. Nunca podré hacerlo. Ahora mismo solo quiero llorar frente a la urna de mi mujer y pedirle perdón una y mil veces por haber faltado a todos nuestros votos. Quiero que entienda, desde donde esté, que no he podido evitarlo, que necesitaba volver a sentir el placer carnal, pero no puedo dejar de imaginar su cara de repugnancia si de verdad estuviese frente a mí, oyendo mis explicaciones.
—La niñera cobra por horas —le digo a Carmen con una sonrisa tan pequeña que seguramente haya pasado desapercibida—. Nos vemos, ¿vale?
—Javi, ¿estás bien?
Está preocupada, puedo verlo en sus ojos y, aunque me gustaría mentir con más facilidad, solo atino a asentir con torpeza antes de salir de su piso, murmurando palabras que, cuando llego al portal, no recuerdo.
Vuelvo a casa, a la seguridad de las paredes que tanto me reconfortan. Abro la puerta, subo las escaleras y busco las habitaciones de mis hijos, pese a saber que están vacías. Paco intentó convencerme de tomarme una noche libre, así que se los quedó y organizó una fiesta de pijamas para que yo estuviera tranquilo y volviese a casa sin prisas.
La casa está vacía y juro que nunca me ha resultado tan grande.
Cojo al osito Benny y recuerdo cómo lo usó Álex ayer mismo de rehén contra sus hermanas. No he conseguido que Julieta se quite las botas de agua, y eso que ya es verano y el calor aprieta. Ayer, después de que su hermano la atrapara y la obligara a ponerse de rodillas y jurar que haría su cama una semana entera, me dijo que quizá era hora de guardarlas y usar sandalias, como Esme y Amelia. No pude evitar soltar una carcajada seca. Esta hija mía…
Me llevo a Benny abajo, entro en la cocina y cojo una botella de ron y un vaso. Me siento en el sofá y me bebo un trago a palo seco sin pestañear. Repito la acción varias veces y miro la urna. No me olvido ni un minuto de mirar a la urna. Sigue ahí, majestuosa, ocupando toda la estancia y mi vida por completo.
No sé por cuánto tiempo bebo, pero pasado un rato me levanto con un suspiro pesado, sintiendo los efectos del alcohol hacer estragos en mi cuerpo, me acerco arrastrando los pies y acaricio el grabado con el nombre de Abigail.
—A veces te odio por irte y dejarme así —susurro, sintiendo cómo me escuecen los ojos, y la voz, ronca por el alcohol y el dolor, se me rompe—. A veces, muchas más de las que me gustaría, desearía como nadie se imagina poder gritarte por atreverte a abandonarme. Te odio a ratos y luego me siento tan mal que te lloro más. Dime, ¿de qué manera soluciono esto? ¿Cómo recompongo mis pedazos de una vez y para siempre? ¡El tiempo no funciona! —Sollozo apoyando la frente en la urna y niego con la cabeza—. No funciona y siento que la ira me come cuando alguien me asegura que un día volveré a estar al cien por cien. —Intento recomponerme lo justo para seguir hablando y soltando todo esto que me arde dentro—. Necesito dejar de vivir por mis hijos y empezar a hacerlo por mí mismo. Un día crecerán, serán adultos, dejarán de necesitarme y entonces, dime, ¿qué será de mí? No puedo obligarme a ser feliz solo por ellos, Abigail. Tengo que ser feliz porque merezco ser feliz. —Doy un trago a la botella y sigo—. Pensé que mientras mantuviese vivo tu recuerdo, yo sería capaz de seguir viviendo, pero me equivoqué. Es a ti a quien mantengo con vida, aunque ya no estés. Es a ti a quien no le permito irse de una vez. Es tan… tan… ¡tan absurdo! Como si pretendiese sobrevivir a una tormenta en alta mar atándome al mástil roto del barco. Me estoy dejando arrastrar por ti y la muerta eres tú, no yo, mi amor —sollozo cuando me oigo hablar en voz alta.
Nunca pensé que diría algo así a mi esposa; la mujer que lo significó todo para mí, pero Conchi ha tenido razón todos estos años y, lo que es peor, yo lo he sabido y no he hecho nada por remediarlo. Pensé que bastaría con sentarme y esperar, dejándome arrastrar. Solo tenía que concentrar todos mis esfuerzos en mis hijos, darles mi vida entera y esperar para reunirme con mi mujer cuando ellos fueran capaces de volar solos. Necesito vivir de verdad, salir con otras mujeres, disfrutar del sexo sin sentir que traiciono a nadie. Necesito dejar de sentirme culpable por estar vivo. No es justo para mí, ni para ella, ni para mis hijos, así que cojo la urna y me repito que no estoy borracho. Mareado, sí, pero no tan borracho como para no saber qué estoy haciendo. Suelto la botella en la mesa, salgo al jardín trasero, recorro los metros que me separan de la valla del fondo y miro hacia los lados para cerciorarme de que nadie me observa, sobre todo desde la izquierda, donde viven los Beltrán, un matrimonio al que no soporto mucho, la verdad. Bajo la vista hacia los rosales rojos que planté para Abi hace ya muchos años, abro la urna y esparzo los restos de mi esposa con cuidado sobre la tierra, llorando y sintiéndome el mayor traidor del mundo, pero, al mismo tiempo y de una manera extraña, libre, por fin.
—Me diste cuatro motivos por los que vivir y un amor que siempre pensé que no merecía. Perdóname, Abi, pero no puedo más. Ya no puedo más y solo espero que, desde donde estés, puedas perdonarme por soltar tu mano, esta vez de verdad, y hacer mi vida pensando en lo que yo quiero, y no en lo que tú querrías.
Trago saliva y observo cómo los restos reposan sobre la tierra. Me levanto, cojo la regadera que hay en un extremo, vuelvo a los rosales, me arrodillo y, con amargura y convicción, riego la tierra, mezclándola con las cenizas de mi mujer.
—Te recordaré toda mi vida y una parte de mí siempre será tuya. Te prometo hacer de este jardín un sitio especial para nuestros hijos. Algún día, cuando sean adultos, se enamorarán, traerán a sus parejas a esta casa, tendrán hijos, y yo los sacaré a todos a este jardín y juntos celebraremos la vida, porque ya está bien de sufrirla. Ojalá puedas verlo desde aquí; tu lugar favorito de la casa. Hasta siempre, mi amor.
Me levanto y miro la urna, ahora vacía. La cojo, la llevo hacia el cubo de la basura y me pienso unos segundos si hacerlo o no, pero si he dado el paso más importante, no voy a quedarme en este. No puedo guardar algo que solo me recordará de manera constante lo que perdí. No olvidaré nunca a Abi, es imposible porque tuvimos cuatro hijos maravillosos, pero tampoco la recordaré en cada paso que dé, por nimio que sea. Dormir con la tranquilidad de no tener que rendirle cuentas a nadie, y menos a alguien que ya no está; eso es lo que quiero y es lo que tengo que esforzarme en conseguir, así que meto la urna en el cubo, le pongo la tapadera y entro en casa, decidido a empezar una nueva vida.
Cuando me despierto por la mañana, cuatro pares de ojos me miran con asombro y un poco de miedo.
—¿Ves? Os dije que no estaba muerto —susurra Esmeralda—. Solo dormía.
—Papá nunca duerme hasta tan tarde —rebate Amelia antes de tomarme el pulso—. Papi, ¿te has muerto y has resucitado?
—¡No digas tonterías! —exclama Julieta—. Seguro que anoche se hartó de comer chuches sin nosotros y se ha dormido súper tarde con dolor de tripa.
—¿Has comido chuches sin nosotros? —pregunta Álex—. Eso es de ser egoísta. En esta casa, lo que hay, es de todo el mundo. ¡Quiero chuches!
—No he comido chuches —digo con voz pastosa. Tiro de ellos y los hago caer sobre mi cuerpo. Se quejan, pero no se despegan—. Buenos días, bichitos. ¿Cómo estuvo la fiesta de pijamas?
—Prefiero las nuestras —dice Esme—. Paco me habla como si fuese una niña de tres años. No lo soporto.
—Lo que no soportas es que no te deje mandar. —Julieta se ríe y palmea mi pecho, mirándome a los ojos y haciéndome ver que está pensando alguna burrada que va a decir en cuestión de segundos—. Papi, Paco nos dio anoche tarta de chocolate y estaba tan rica que, por un momento, tuve ganas de vomitar para hacer hueco y seguir comiendo.
Me río entre dientes mientras Esme y Amelia le riñen por hablar así y Álex hace como si tuviera arcadas.
Empiezan a discutir sobre algo relacionado con un coche de juguete, hasta que alguien me pregunta por qué el osito Benny está en mi cama.
—¿Tenías miedo porque te quedaste solito?
Miro a mi hija Amelia. Sus ojos azules están llenos de compasión y mi corazón se aprieta un segundo, porque intuyo que esta niña sufrirá en exceso por muchas cosas, pero confío en que sepa arreglárselas llegado el momento. Acaricio su pelo negro y recuerdo todo lo que ocurrió anoche. Mi quedada con Carmen, las lágrimas, el alcohol y, finalmente, la despedida física de Abi. Busco en mi interior algún resquicio de arrepentimiento, pero solo encuentro cierto alivio, porque creo que por fin he dado un paso real hacia la dirección que quiero seguir. Esta vez es de verdad y casi no puedo esperar para contárselo a Conchi, pero, por el momento, miro a mi hija y sonrío.
—Un poco —admito—. Quedarse solo da mucho miedo, pero al final, si eres valiente, consigues salir adelante, ¿sabes? Y un día te miras en el espejo y te das cuenta de que el miedo, en realidad, no es tan grande ni tan feroz como pretende, y quedarse solo, cuando te has pasado mucho tiempo acompañado, puede estar bien.
Amelia me mira con admiración, pero estoy completamente seguro de que no tiene ni idea de lo que estoy hablado.
—Vaya, que te lo has pasado pipa sin nosotros. Pues muy bonito —dice Julieta ofendida.
Yo suelto una carcajada, porque está claro que no, no tienen ni idea de qué hablo. Ella se enfurruña y sus hermanos también, por imitación y por solidaridad, supongo, así que me siento con cuidado en la cama y, antes de que puedan huir, los someto a una sesión de cosquillas que estoy seguro que pasará a la historia como mítica.
Y así, oyendo sus carcajadas a todo volumen, siento cómo las cadenas que sujetaban mis miedos se rompen poco a poco y pienso, con una sonrisa sincera, que este es uno de esos días que debería apuntar en el libro de fechas imposibles de olvidar, porque estoy seguro de que marcará un antes y un después en mi vida.
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