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cherry chic

el primer sujetador, un balón y una charla importante (es)

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—Y entonces la madre de María la ha llevado a la tienda y le ha comprado un sujetador de mujer, así que quiero un sujetador de mujer yo también.
Miro a mi hija Esmeralda frunciendo el ceño. Un poco cortado por su diatriba, pero convencido de que no va a dejarlo estar.
—Yo también quiero uno —dice Julieta.
—Y yo, con florecitas —añade Amelia.
Mi ceño se frunce aún más y las miro con atención. ¿En qué momento han pasado de ser mis dulces niñas a chicas jóvenes exigiendo que las lleve a comprar sujetadores? ¡Tienen doce años! ¿Tan pronto se empiezan a usar esas cosas? ¡Si son unas niñas! Y lo de que los críos crecen no me sirve como excusa. Creo que no estoy listo para comprarles sujetadores, no por el hecho en sí, sino porque, cuando lo haga, me tocará aceptar que mis hijas crecen y cada día se hacen más independientes. Ya tuve que aceptar el año pasado que Amelia tuviera el periodo y luego le siguieran sus hermanas. Fue una bofetada en la cara, porque me tocó asumir que mis hijas empezaban a dejar atrás su infancia. Que es algo bueno, ya lo sé, pero me hace sentir un poco inútil, porque, si crecen más, dejaré de ser el hombre más importante de sus vidas, y si eso pasa, ¿qué será de mí?
—Yo no quiero un sujetador, pero puedes comprarme un balón, o un juguete nuevo.
Miro a mi hijo y resoplo, porque si mis hijas se pasan de maduras, mi hijo se pasa de inmaduro, para compensar, supongo. El problema es que Álex me preocupa con otros temas. Chicas. Las adora, se pasa la vida pensando en ellas y estoy convencido de que va a darme más de un quebradero de cabeza con este tema, pero tampoco sé cómo frenar eso.
En realidad, no sé cómo frenar nada y supongo que no puedo, porque es el ciclo natural de la vida, pero eso no significa que no me agobie un poco verme en estas situaciones.
—Si te resulta muy incómodo, nos puedes dar el dinero y vamos nosotras —dice Esmeralda.
—No vais a ir solas a la ciudad. Avisaré a Conchi, a ver si os puede acompañar.
—¡Sí, hombre! Para que me compre un sujetador de vieja.
—¡Julieta!
—Perdón perdón. De señora mayor.
—Los sujetadores no tienen tanto misterio. Basta que se abrochen y sujeten los pechos, así que el estilo es lo de menos.
—Cómo se nota que tú no vas a llevarlo —dice Esmeralda.
—Claro, ¡cómo eres hombre! —exclama Julieta de nuevo—. Yo quiero un sujetador rojo.
—Yo con florecitas —repite Amelia.
—Yo quiero un balón —insiste Álex.
Suspiro, cierro los ojos un segundo y, cuando los abro, les informo de que vamos a ir al centro comercial.
—Eso sí, hay presupuesto y no vale pasarse de la raya. No quiero ni pucheros, ni espectáculos, ni malas caras cuando me niegue porque el precio de un sujetador vale más que lo que gastamos en comer durante una semana entera. ¿Estamos?
Todos dicen que sí, pero es mentira. Los conozco de sobra y sé que, en cuanto lleguemos, verán algo con lo que se encapricharán y tendré que lidiar con todo eso que he prohibido de antemano.
El camino es complicado, cada uno quiere una música distinta y se pelean hasta la saciedad para ver quién gana. Al final, como es de esperar, llegamos al centro comercial y no han conseguido aclararse, así que ya me imagino el infierno que me espera a la vuelta cuando, sumado a sus distintos gustos, me toque lidiar con el cansancio que les generará ir de tiendas.
El primer dilema viene con los tamaños y colores. No pensé en que, obviamente, mis hijas tienen distintas tallas de pecho, así que me toca aguantar a una vendedora midiéndolas y aconsejándoles qué sujetadores llevarse. ¡Pero si no tienen pecho! En serio, no es porque yo esté encerrado en que son unas niñas –que lo son–, es que bastaría con uno de esos deportivos, que se ajustan al cuerpo y ya está. Lo digo, pero todas, incluida la vendedora, me miran como si yo estuviera loco, así que suspiro, alzo las manos y dejo que ellas se ocupen. El presupuesto se lo pasan por el forro, como ya imaginaba, y ya he reñido a Álex dos veces por mirar con demasiada atención cierta lencería femenina, así que cuando por fin salimos de la tienda estoy tan aliviado que les propongo tomar un helado. Ellos aceptan de buena gana, nos sentamos en una cafetería, la camarera nos toma nota y luego, antes de irse, me guiña un ojo.
Me ha guiñado un ojo…
Lo primero que hago es mirar a la mesa para cerciorarme de que solo yo me he dado cuenta. Mis hijos están peleándose por algo que no entiendo, así que no se han percatado. Eso sí, cuando la chica vuelve a traernos los pedidos, y me sonríe, me fijo en lo bonita que es. Ella me sonríe una vez más y yo siento un pequeño nudo de emoción dentro. Tomamos nuestro helado y, cuando me levanto para pagar en la barra, la saludo y le guiño un ojo, en respuesta a su gesto de antes. Ella me cobra y, junto con el cambio, me da su número de teléfono apuntado en una servilleta de papel.
—Gracias —susurro con una pequeña sonrisa.
Salgo del centro comercial con mis hijos, aguanto el camino de vuelta a casa y, cuando llegamos, por fin, subo a mi habitación y miro el número de teléfono anotado en la servilleta. Supongo que ha pensado que soy un padre divorciado o algo por el estilo. No estaría mal llamarla y quedar para dar una vuelta o tomar algo. Puede que al final solo seamos amigos, porque dudo mucho que ninguna mujer quiera meterse en algo serio con un padre de cuatro hijos iguales, pero salir de casa me irá bien, así que me propongo llamarla esta misma noche, cuando mis hijos se vayan a la cama.
Un mes después el recuerdo de Lidia, que así es como se llamaba, me deja sensaciones agridulces en el paladar. Ella no quería una relación, como ya imaginé, pero lo pasamos bien algunas noches y, cuando la cosa se puso intensa, puso el freno y nos alejamos. No me quejo, sé que mi situación es muy complicada y, aunque no niego que me gustaría tener a alguien con quien hablar cada noche al volver del trabajo, entiendo que no puedo pedir milagros, ni obligar a nadie a quererme, aceptando todo lo que yo acarreo, que es mucho. Estoy en un pack en el que se incluyen cuatro preadolescentes, así que es probable que muera más solo que la una, porque si a mí, que los quiero más que a mi vida, me cuesta aguantarlos cuando tienen sus berrinches conjuntos, no puedo imaginar cómo se sentiría una mujer.
Y es que mis hijos son tan… intensos. Es algo bueno, no digo que sea malo, pero es cierto que, desde fuera, esta casa puede parecer una completa locura. Yo siempre juro que, dentro del caos, tenemos un orden establecido, pero creo que no sería capaz de convencer a ninguna mujer de ello.
—He estado pensando una cosa —dice Álex irrumpiendo en mi habitación, cuando estoy a punto de apagar la luz y ponerme a dormir.
—Espero que esa cosa no valga dinero, porque si es así, ya sabes la respuesta.
Álex pone los ojos en blanco, se sube en la cama y se tumba a mi lado, mirando al techo.
—Si mis hermanas tienen sujetadores, yo quiero condones.
Lo miro con la boca de par en par y, si no me da una pájara, es porque estoy seguro de que no quería decir eso.
—¿Perdón?
—Condones. Mis hermanas tienen la regla y tú les compras compresas, ¿no? —Asiento sin entender a dónde pretende ir a parar—. Ahora necesitan sujetadores y tú vas y se los compras, sin quejarte ni nada.
—Porque los necesitan.
—Pues yo necesito condones.
—¿Para qué demonios necesitas tú condones? ¿Vas a inflarlos y hacerte una fiesta con globos en tu cuarto?
Mi hijo se ríe, divertido con mi ocurrencia, pero niega con la cabeza y me mira.
—Para estar con chicas —susurra—. ¿Sabes, papá? Mis hermanas no son las únicas a las que les han salido tetas.
—¡Alejandro!
—Es que yo quiero estar con chicas y hacer de todo con ellas, papá, a mí las chicas me encantan. Me encantan demasiado, creo.
No sé si reírme o llorar con este panorama. Tiene doce años, por el amor de Dios, estoy seguro de que ni siquiera sabe cómo se pone un condón, ¿cómo voy a comprárselos? Pero, por otro lado, si no lo hago, puede que esté dejándolo desprotegido, porque si le surge la oportunidad de hacer algo, con las hormonas revolucionadas, no va a pararse a pensar.
Ay, joder, qué difícil es esto de la paternidad.
—¿Sabes cómo es el acto sexual? —le pregunto sin medias tintas.
Él se pone rojo como un tomate y me dice que sí, pero, aun así, me empeño en tener esta conversación con él.
—El acto sexual es algo bonito, si se hace con cabeza. Creo, sinceramente, que no estás listo para tener sexo, hijo. Como mucho estás listo para practicar contigo mismo mientras esperas el momento adecuado.
Mi hijo se ruboriza tanto que, por un momento, creo que va a reventarle la cabeza, pero al final, aún muerto de vergüenza, se atreve a murmurar.
—Ya sé que no voy a acostarme con ninguna, pero quería vacilar en clase de tener condones. Y lo otro, lo de practicar conmigo mismo… —Se pone tan nervioso que sé, en el acto, que ya lo hace, o al menos lo intenta—. Bueno, pues…
—¿Prefieres un balón nuevo? —pregunto, consciente de que está pasándolo francamente mal.
—¡Sí! ¿Me lo comprarás?
Sonríe, agradecido al máximo de que yo haya cambiado de tema con brusquedad, cortando por lo sano.
—Si lo quieres, sí.
—¡Genial!
Se levanta de la cama para irse, pero, antes de que salga, le cojo del brazo y hago que me mire.
—Escúchame, hijo: cuando de verdad estés listo para tener sexo consciente, respetuoso y real, búscame y te compraré esos condones. Mientras tanto, recuerda que vacilar de cosas así te hace quedar mal y las chicas, te lo digo desde ya, no van a verlo con buenos ojos.
Mi hijo asiente muy serio, porque si hay algo que a Álex le importe es la opinión de las mujeres, sean de la edad que sean, y sale de la habitación, abriendo la puerta justo a tiempo de pillar a sus tres hermanas espiando en el pasillo.
—¡Sois unas cotillas! —les grita.
Se va a su dormitorio más avergonzado que enfadado mientras Julieta se ríe, Amelia se pone roja y Esmeralda me mira.
—Si quieres, le doy una charla sobre sexo seguro.
Cierro los ojos y me restriego la frente pensando, de nuevo, cómo es posible que tenga cuatro hijos y todos sean tan distintos entre sí.
—No, Esmeralda, no necesito que le des a tu hermano una charla sobre sexo seguro —digo en tono firme—, y no se os ocurra atormentarlo con el tema o acabaréis castigadas. ¿Lo habéis entendido? —Ellas asienten a la vez y yo les sonrío—. Bien, buenas noches, bichitos.
—Buenas noches, papá —murmuran las tres antes de irse cada una a su cuarto.
Cuando me quedo a solas de nuevo miro al techo y me pregunto, con cierto temor, cómo será la adolescencia de estos hijos míos y, sobre todo, cómo sobreviviré a ella.
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