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cherry chic

hacer la maleta, discutir con ellos y ser solo yo, por primera vez en muchos años (es)

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—Pues lo siento, pero no me parece justo.
Miro a mi hija Julieta y elevo las cejas, sorprendido, aunque no debería, por su egoísmo.
—¿No te parece justo que haga un viaje solo después de veintisiete años viviendo por y para vosotros?
—No me parece justo que te largues y te gastes el pellizco que te ha tocado en la lotería. ¿Qué vamos a hacer sin ti? ¡Te vas dos semanas! Eso es abandono.
—No es abandono, Julieta.
—¿Cómo estás tan seguro?
—¡Porque tenéis casi treinta años, maldita sea!
Cojo aire exasperado mientras ella frunce el ceño y me pregunto, no por primera vez en mi vida, qué he hecho yo para que estos hijos míos piensen que tengo que pasar el resto de mi vida atendiendo sus necesidades.
—Papi, yo quiero que vayas y disfrutes —asegura Amelia.
—Madre mía, qué pelota eres. —Julieta pone los ojos en blanco y luego me mira y hace un puchero—. ¿Y por qué no podemos ir contigo?
—Porque tenéis trabajo, aunque el tuyo no sea de mi agrado.
—Es tan digno como otro cualquiera.
—No lo dudo, pero tú solo lo haces porque así puedes seguir de zafarrancho sin centrarte. —Ella intenta replicar, pero alzo una mano—. No, hoy no, Julieta. Basta.
Se calla, por suerte, y yo pienso que no debería machacarla tanto con eso del trabajo, pero es que hace de zombi en la casa del terror y sé, porque lo sé, que solo lo hace por diversión y porque no piensa en encontrar algo serio. No desmerezco el trabajo en el parque de atracciones, pero ella lo usa como pasatiempo para no asentar la cabeza y eso no está bien. Tiene casi treinta años, ¿es que nunca piensa poner los pies en la tierra? Su locura ha tenido gracia durante años, lo reconozco, pero empiezo a pensar que no debí alentar su original personalidad. Quizá, en vez de permitirle ser como le nacía, debí ponerme serio e intentar guiarla por un camino más normal.
Pienso en Esme, en el bufete en el que trabaja y en el cual parece feliz, aunque no lo demuestre a diario. Álex ha cumplido su sueño de niño de ser bombero y Amelia es trabajadora social. Trabajos estables que les asegurarán un futuro. Sin embargo, lo de Julieta…
—¿Llevas pastillas para el mareo? En los cruceros la gente se marea, o eso dicen.
Miro a mi hijo, que está apoyado en el quicio de la puerta, y asiento.
—Sí, llevo.
—Echa un par de chaquetas, creo que tienen por costumbre hacer una noche de etiqueta o algo así —dice Esme—. ¿A qué hora tienes que estar en el aeropuerto?
—En una hora, así que debo darme prisa.
Todos asienten, Julieta remolonea y protesta un poco más y, al final, se calla, porque le dedico esa mirada que le indica que estoy a puntito de perder la paciencia.
La verdad es que han sido tiempos extraños, estos. No poder trabajar más debido a mis problemas de espalda y rodillas, que me meten en cama durante tres días si se me ocurre hacer un esfuerzo considerable, luego el pellizco de la lotería y, finalmente, como si de una señal se tratase, la decisión de hacer un crucero solo, sin la compañía de mis hijos. Separarme de ellos yo, en vez de al revés. Hasta ahora, han sido ellos los que, en un momento u otro de sus vidas, se han ido de vacaciones a donde han querido, con quien han querido y sin pedir permiso, algo que me parece perfecto, pero nunca he sido yo el que se ha ido dejándolos al cargo de la casa y, aunque me da pánico que la acaben quemando, me recuerdo que tienen casi treinta años y yo, a su edad, ya tenía cuatro hijos y lidiaba con cosas mucho peores, así que podrán hacerlo.
—Dios, permite que puedan hacerlo… —susurro para mí mismo—. Que no me quemen la casa o la vendan para pagar un alijo de drogas y…
—Seguimos aquí, papá —dice Julieta cortándome—. Es bastante indignante que pienses así de nosotros, ¿Sabes?
—No, hija, en realidad, no lo es. Solo significa que os conozco.
Ella pone cara de estar ofendida, pero todos sabemos que tengo razón y la risita de Álex no hace sino confirmármelo.
—Puedes estar muy tranquilo, porque no pienso permitir que se pasen de la raya —me asegura Esme.
—¡Que no eres nuestra madre! —exclama Álex ofendido.
—¡No le grites! Ella no tiene la culpa de pensar que sí lo es. Es algo psicológico, pobrecita. —Amelia hace un puchero y Esme la fulmina con la mirada.
—De verdad que me parece increíble que te largues sin mí —sigue diciendo Julieta, que va a la suya, como siempre.
—Cariño, intenta tomarte esto como algo bueno, ¿quieres? —Beso su frente y palmeo su mejilla con cariño—. ¿Quién sabe? Igual, en mi ausencia, encuentras al amor de tu vida.
Esme, Álex y Amelia estallan en carcajadas mientras yo les miro mal, porque no me gusta que se burlen unos de otros. Julieta encontrará un día a alguien que le quiera. Que yo rece a todos los santos para que sea un poquito más formal que mi hija es otro tema que prefiero no tocar ahora, porque me da pánico pensar que acabe encontrando a alguien tan alocado como ella. Una mezcla así no es sana para el mundo, de verdad que no…
—Ya tiene esa cara otra vez —susurra Amelia.
—Sí, creo que la pone cuando se imagina un futuro de mierda para nosotros —sigue Álex—. Eh, papá, no te preocupes por nada, ¿vale? Tú ve y disfruta de tu crucero, pero recuerda usar forritos. No queremos más hermanos a estas alturas.
—Dios, sí, eso es súper importante. —Julieta asiente y yo los miro mal para que se callen, pero no funciona.
—Pues yo no tendría nada en contra de tener un bebé en casa —dice Amelia.
—Papá debe centrarse en disfrutar de su vida. Ya nos crió a nosotros en su día y estoy segura de que no le han quedado ganas de repetir la experiencia. —Esme me mira y eleva las cejas—. ¿Verdad que no?
—Pues no.
—Ale, venga, dinos en la cara que criarnos ha sido una mierda.
—Julieta, estás demasiado sensible, ¿no crees? —pregunto—. Solo digo que fue muy duro y que ahora que por fin sois personas adultas quiero hacer un viaje, disfrutar en soledad y echar de menos a mis hijos, pero con un mojito en la mano. ¿Es tan malo eso?
Ella tuerce la boca y niega con la cabeza, un poco ruborizada. Bueno, no, ruborizada no está, porque eso en mi hija es imposible, pero sé que por dentro se arrepiente un poco de haberse puesto tan intensa.
Desde aquí, por suerte, ninguno vuelve a quejarse, acabo de hacer las maletas y, para cuando estamos en el aeropuerto, todos sonríen y me aseguran que estarán genial sin mí y que cuidarán de la casa a las mil maravillas.
—Si tienes que alargar tu viaje, hazlo, de verdad, no te preocupes por nosotros. Disfruta ahora que puedes, que te lo has ganado —dice Álex.
Asiento y lo abrazo por respuesta, agradecido con que me anime a hacer esto. Al gesto se unen mis tres hijas, que besan mis hombros y mejillas antes de dejarme marchar. Amelia llora, Julieta se enfada porque dice que parece que me vaya a la guerra, cuando en realidad voy a disfrutar; Esme riñe a Julieta por meterse con Amelia y Álex se tapa los oídos en un acto de inmadurez muy propio de él.
Cruzo la zona de seguridad y me dirijo a mi puerta de embarque sin mirar atrás, porque estoy casi seguro de que siguen armando jaleo y no quiero pensar, ni por un segundo, que tal vez sería mejor quedarme aquí.
Este es mi viaje, mi oportunidad para ser solo Javier, y no el padre de los cuatrillizos.
Esta vez, solo importo yo.
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