un desayuno, una fiesta y una noche muy larga (es)
Me despierto sobresaltado por la canción que suena a todo volumen en mi dormitorio. Me siento en la cama de golpe y veo a mis hijos frente a mí. Esme sostiene en alto un radiocasete que reproduce el famoso Cumpleaños feliz de Parchís y Julieta, Amelia y Álex bailan de la manera más ridícula posible a los pies de la cama.
—¡Feliz cumple! —grita Álex—. ¿Qué te parece nuestra sorpresa? Mola, ¿eh? ¡Baile ensayado solo para ti!
Me restriego los ojos, veo los torpes pasos que dan y pienso que menos mal que ninguno quiere ser artista, porque me dolería mucho tener que explicarles que no tienen ni un mínimo de coordinación ni talento para bailar, mucho menos para cantar. Aun así, agradezco el detalle de que estén aquí, felicitándome a primera hora de la mañana. La canción acaba y Esme, que hasta ahora había permanecido quieta, porque mi hija es demasiado sobria para hacer el ridículo bailando así, sonríe y se sube en la cama para besar mi mejilla, gesto que imitan sus hermanos de inmediato.
—¿Sabes qué? Te hemos hecho el desayuno. Sabemos que odias que te lo traigamos a la cama desde que te achicharramos aquella vez al derramar el café en tu regazo —dice Amelia recordando la única vez que hicieron esto mismo hace ya muchos años, cuando apenas eran niños—, así que lo tenemos todo listo en la cocina. Ponte guapo y baja para que podamos servirte.
—¡Vaya! Esto sí que es empezar bien un nuevo año de mi vida.
—Queríamos demostrarte que te queremos con locura y que el hecho de estar un paso más cerca de la muerte no hace que debas estar triste.
—¡Julieta! —exclaman todos sus hermanos a la vez.
Ella se encoge de hombros y sonríe con nerviosismo, porque estas cosas se le escapan sin darse cuenta. Su incontinencia verbal ha ido a más y a menudo sufro por ello, porque no quiero que un día se meta en un lío del que le resulte demasiado difícil salir, pero hoy no voy a pensar en ello.
Les pido que salgan del dormitorio para poder vestirme, puesto que ya son personas adultas de veintidós años y necesito cierta intimidad para desnudarme. Ellos obedecen y yo me pongo lo primero que pillo antes de bajar las escaleras y entrar en la cocina, donde han preparado zumo natural, tortitas y tostadas con queso fresco, naranja amarga y chocolate, que son mis favoritas. Puede parecer una guarrada, pero prometo que están ricas.
—¿Sabes qué es lo mejor de que tu cumple haya caído en finde? Que pensar en tu regalo ha sido facilísimo. —Esme sonríe y mira a sus hermanos, que asienten para que siga hablando—. ¡Vamos a pasar el día entero contigo! Haremos un recorrido por tus lugares favoritos de Sin Mar y la ciudad. Eso quiere decir que saldremos a pasear por la urbanización y nos pararemos a hablar con todos y cada uno de los vecinos, tomaremos una caña con algunas tapas en el bar de Paco y nos iremos a la ciudad, donde visitaremos tu museo favorito.
—También hemos pensado que te gustaría ir al cine, así que hemos guardado parte de la tarde para que decidas si quieres ir o prefieres otra cosa —sigue Álex.
—Y para acabar, vendremos a casa y veremos fotos de cuando éramos pequeños sin protestar. Todas las fotos del mundo, de verdad. Recordaremos toda nuestra vida a tu lado y podrás contarnos esas anécdotas que tanta gracia te hacen, aunque a nosotros nos abochornen. —Julieta sonríe y abre los brazos—. ¿Qué te parece?
Abro la boca para decirles que, sinceramente, me parece un regalo un poco cutre, porque lo de regalar tiempo y tal está muy bien, pero yo a mis hijos ya los tengo conmigo a diario. No son de esas personas que se alejan demasiado o se distancian con la edad; al revés. Si hace unos años tenía miedo de que algún día abandonarán el nido, ahora empiezo a preguntarme si alguna vez lo harán. Que no me molestan, ojo, a mí me encanta tenerlos por aquí, pero precisamente porque es algo que tengo a diario, no veo nada demasiado especial en el regalo. Ya paseo todos los fines de semana, muchas veces acompañado por ellos, ya tomo cañas en el bar de Paco, con ellos, porque así les salen gratis, y ya voy a mi museo favorito cuando me da la gana. Aun así, pongo la misma cara que ponía cuando, de pequeños, me regalaban un collar de macarrones pintados; haciendo ver que ni siquiera un collar de diamantes puros me haría tanta ilusión, y sonrío agradecido por el hecho de que no todos los hijos del mundo disfrutan ideando días especiales para sus padres, así que les prometo que es un plan genial y que me encanta, desayuno y, sin cambiarme siquiera de ropa, salgo con ellos para pasar el día fuera.
La verdad es que lo pasamos en grande, si mis hijos tienen algo en común es que, cuando se lo proponen, son muy divertidos, así que hacen el tonto de distintas maneras y, cuando volvemos a Sin Mar, ya al atardecer, siento que me cuesta dejar de sonreír. Aparco en el jardín y pienso un momento en Abi. Hace veintidós años que se fue y todavía me acuerdo de ella, aunque su ausencia ya no duele. La echo de menos, por supuesto, siempre lo haré, pero también echo de menos al hombre que yo era; aquel joven con un montón de sueños primero y un millón de miedos después, cuando se convirtió en padre. Ahora, mirando hacia atrás, veo todo lo que he hecho solo, con ayuda de mis vecinos en momentos de crisis, y me doy cuenta de que, si volviera a pasar por ello, lo haría todo de la misma manera. He criado cuatro hijos decentes, personas de bien con sus más y sus menos, pero adultos de los que estoy orgulloso, al fin y al cabo. Esme estudia derecho, Álex pretende ser bombero y Amelia será trabajadora social. Julieta no tiene muy definido su futuro, pero tres de cuatro no está nada mal y creo que, en algún momento, ella también encontrará su vocación. Mientras tanto se dedica a hacer locuras y coger trabajos chorras con un sueldo ridículo. No me quejo, con su personalidad, podría ser muchísimo peor.
Entro en casa mientras ellos me siguen y, tan entretenido estoy con mis pensamientos, que no me percato de nada hasta que los gritos truenan en el salón.
—¡¡¡Feliz cumpleaños!!!
Alzo la mirada de las llaves y veo a la mayor parte de mis vecinos apretados en mi salón. Sonríen, aplauden y se regocijan en el hecho de haberme dado un susto de muerte. Del techo cuelga una pancarta con mi nombre y miro hacia atrás, a mis hijos, que sonríen orgullosos por haber conseguido hacer esto sin que yo sospeche lo más mínimo.
—Es increíble, chicos —les digo con sinceridad.
—Te mereces esto y mucho más —asegura Amelia—. Eres el mejor padre del mundo y queremos que sepas que te queremos muchísimo.
La emoción apenas me deja hablar, miro a mis vecinos, que sonríen en mi dirección. Hasta los Beltrán han venido y, aunque no parecen la alegría de la huerta, ni a mí me caigan especialmente bien, es de agradecer que se hayan unido a la urbanización en esto.
Todos me entregan regalos, hay una tarta de una pinta increíble sobre la mesa y la pizza empieza a correr como la pólvora, porque la cena consiste en eso y en abrir bolsas de patatas que mis hijos han comprado. No es una cena cinco estrellas, pero creo que nunca he disfrutado tanto de algo así. Al final sí que recordamos anécdotas, pero lo hacemos juntos, en comunidad.
Conchi cuenta, por ejemplo, la vez que Álex rompió una de sus macetas con un balón y le echó la culpa al unicornio de Amelia. Unicornio que, por supuesto, no existía, pero en aquel entonces hizo que mi vecina no supiera si echarle la bronca o reírse por tener tanta imaginación.
Paco habla de aquella vez que Esme, con ocho años, le aleccionó para que cambiara los menús del bar e hiciera unos más comerciales y atractivos al público que venía de fuera, aunque aquí no venga nadie si no es porque vive en Sin Mar o tiene familia. Da igual, mi pequeña de ojos verdes siempre ha sido un poco sabionda.
Chinlú habla de aquella vez que Amelia fue corriendo a buscarlo para preguntarle si de verdad cocinaban gatitos. Todos nos reímos a carcajadas, pero luego Julieta asegura que ella sigue pensando que es raro que en Sin Mar no haya gatos callejeros. Chinlú se enfada, con toda la razón del mundo, y yo dedico a mi hija una mirada asesina para que cierre la boca y no meta más la pata.
Los Sanz recuerdan perfectamente a Álex intentando ligar con todas las mujeres del barrio desde pequeño. Hubo una vez que se instaló un matrimonio joven, de unos veinte años, en una casa de alquiler que hay en la urbanización, y mi hijo intentó ligarse a la chica. No sería algo a reseñar, si no fuera porque él tenía diez años.
También está la vez que Julieta se desnudó y corrió de esa guisa por todas las calles de la urbanización porque había perdido una apuesta… Bueno, de Julieta hay para escribir un libro, la verdad.
Nos reímos, hablamos de momentos que hemos vivido juntos a lo largo de nuestra vida y me doy cuenta, en algún momento, de que, pese a lo duro que ha sido, echo de menos aquella etapa en la que eran niños y dependían totalmente de mí. Ahora son adultos y, aunque me alegra como nadie se imagina que ninguno se haya metido en drogas o haya sido padre y madre adolescente, que eran miedos que tenía muy arraigados, pienso a menudo que el tiempo pasa, ellos hacen sus vidas y yo veo cómo tejen hilos con otras personas y yo me voy quedando aquí, sin saber muy bien qué hacer de ahora en adelante. No quiero ser un padre atosigador, ni darles pena para que pasen más tiempo conmigo, pero tampoco quiero ser pasota y que sientan que les alejo porque ya son adultos. Criarlos sigue siendo el trabajo más difícil del mundo y me doy cuenta de que antes, cuando eran pequeños, al menos tenía la certeza de que ellos me veían como a un superhéroe. Ahora me miran con ojos de adulto, si me equivoco o cometo un error, son conscientes, y eso lo vuelve todo un poco más complicado.
Echo de menos ser el centro de sus vidas, pero entiendo que es hora de que ellos encuentren otro centro y yo me dedique a observar con orgullo lo que he conseguido a base de constancia y amor. Claro que, la base que ellos tenían, ya era la mejor.
Pasadas un par de horas cortamos la tarta y abro los regalos que los vecinos han traído para mí. Los agradezco todos efusivamente y, cuando se van, siento que no puedo dejar de sonreír.
—No te preocupes por esto —dice Amelia señalando el salón—. Vamos a ocuparnos nosotros.
—Sí, hemos pagado a una chica para que venga mañana por la mañana a recoger y limpiar la casa a fondo —agrega Julieta.
Me río de buena gana, pensando que está de broma, pero sus caras serias me hacen saber que esto va en serio.
—¿Habéis contratado a alguien para que limpie, en vez de hacerlo vosotros? ¡Seréis vagos!
Esme alza una mano para que deje de hablar y toma la palabra.
—Hemos calculado los daños colaterales que tendría recoger esto entre nosotros y hemos llegado a la conclusión de que no merece la pena. Discutiremos toda la mañana, te pondremos la cabeza como un bombo y al final pensarás que, para tener que soportarnos así, mejor que no hubiésemos hecho nada. De esta forma podrás tener una mañana tranquila mientras nosotros hacemos el vago, sí, pero en silencio. ¿No crees que merece la pena?
Podría decirle que no, que me parece muy fuerte que contraten a alguien externo para limpiar lo que se ha ensuciado esta noche, pero es que han organizado un día por todo lo alto y, si yo estoy agotado, me imagino que ellos están igual o peor, así que sonrío, asiento y claudico.
—Mañana será día de hacer el vago, entonces.
Ellos aplauden y yo beso las frentes de todos, incluido Álex, antes de subir a la planta superior, darme una larga ducha de agua caliente mientras pienso en meterme en la cama y leer un par de capítulos del libro que tengo pendiente. El problema es que, cuando llego a mi dormitorio, me encuentro con que mi colchón está ocupado por mis cuatro hijos.
—Hemos pensado que molaría acabar el día como lo hacíamos cuando éramos pequeños —dice Álex—. ¡Hoy dormimos contigo!
Me río entre dientes y elevo las cejas, porque a duras penas caben los cuatro en la cama, así que cuando yo me meta será aún peor, pero aun así me hago un sitio y, apretujado entre brazos y piernas cierro los ojos y me duermo pensando en lo genial que ha sido este día.
La noche es infernal, esto cuando eran pequeños era mucho más cómodo, ahora no dejamos de ser cinco adultos en una cama que se queda enana y las horas se nos pasan entre patadas y quejas de todos mis hijos, que no dejan de pelearse por un trozo de almohada, ni de amenazarse unos a otros porque están a punto de caer de la cama en más de una ocasión. Por momentos me siento agobiado y demasiado acalorado, pero también siento, como siempre, el amor más grande del mundo, porque puede que ya tengan veintidós años y sus cuerpos evidencien que son personas adultas, pero siguen siendo mis niños en esencia, y eso no cambiará nunca.