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cherry chic

un mal acto, una expulsión y un castigo ejemplar (es)

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Entro en el instituto de mis hijos con los nervios contenidos a duras penas. Es la segunda vez este mes que tengo que salir antes del trabajo para reunirme con el director. La última, hace dos semanas, mi hija Julieta pensó que sería una gran idea hacer una fiesta de la espuma en clase. El problema es que la fiesta la organizó a espaldas de los profesores y consistió, básicamente, en coger un extintor y vaciarlo en su aula mientras todos sus compañeros se volvían locos y la adoraban.
¿Hasta cuándo? En serio, ¿hasta cuándo dura la adolescencia? Tienen diecisiete años, por todos los santos, no deberían seguir haciendo el tonto de esta forma. He intentado ser paciente, estricto, comprensivo, y nada funciona con ellos. ¡Nada! Esmeralda es la única que no me da dolores de cabeza haciendo trastadas, pero me los da siendo demasiado fría y estricta para su edad, así que para el caso…
Y luego está Amelia, que no hace gamberradas, como Julieta, ni se pasa de lista como Álex, pero se dedica a realizar todo tipo de actos para salvar el mundo y le da igual que esos actos incluyan saltarse las leyes del centro alguna que otra vez.
Esta vez, sin embargo, el causante de la creciente migraña que estoy sufriendo es Alejandro, mi hijo. Todavía no sé qué ha hecho, pero no me hace falta que el director me lo cuente para saber que se me caerá la cara de vergüenza y tendré que darle una charla en cuanto lleguemos a casa.
Saludo a la conserje, que me mira con pena, la pobre, porque ya soy conocido en este instituto, principalmente porque soy el padre de los cuatrillizos, famosos en todo el centro, pero también porque, por si ser cuatro hermanos de edades idénticas no fuera suficiente, ellos se dedican a destacar por méritos propios.
Alcanzo el pasillo de la Dirección, lo recorro y toco en la puerta con los nudillos. La voz del director me da permiso y entro con cara seria, buscando a mi hijo para hacerle ver que estoy bastante cabreado. Él está en un sillón dejado de caer, con aparente calma, pero le conozco y sé que todo eso no es más que la actitud de niñato chulo y creído que ha decidido adoptar de un tiempo a esta parte porque así liga más, y no hay nada que le importe más. Bueno, los coches, pero todavía no tiene edad para conducirlos. Ese será un puente que cruzaré en un año, para sumar más preocupaciones a mi ya estresado corazón.
—¿Qué has hecho? —pregunto directamente.
—Nada.
—Tanto como nada… —dice el director—. Hola, Javier.
—Hola, Adolfo. ¿Qué ha hecho?
—Y dale… —murmura mi hijo—. ¡Que no he hecho nada!
—Lo han pillado teniendo sexo en el aula de inglés con una chica dos años menor que él —dice el director sin medias tintas—. Cuando la profesora que los ha pillado les ha pedido que pararan, ambos se han reído y han seguido haciendo sus… cosas sin el menor ápice de vergüenza.
—¿Que han seguido? ¿Cómo que han seguido? —Frunzo el ceño y miro a mi hijo bastante cabreado—. ¿Cómo que has seguido?
—¿Sabes lo que cuesta un condón? No podía desaprovecharlo.
—¡Sé lo que cuesta un condón, Alejandro! ¡Te los compro yo para que no preñes a nadie! ¿O se te olvida? —Mi hijo tiene la decencia de ruborizarse, aunque sea un poco—. Esta vez te has pasado siete pueblos. Te juro por lo más sagrado que vas a estar limpiando la casa y haciendo todas las tareas, incluida la colada de tus hermanas, hasta que te salgan canas en las axilas.
Mi hijo agacha la mirada, porque sabe que voy muy en serio. Puede parecer que soy un padre tranquilo y poco exigente, pero hay cosas que no estoy dispuesto a tolerar y esta, desde luego, es una de ellas. Me he esforzado por ser un padre abierto, le he comprado condones y le he hablado de sexo para que no haga locuras. En la vida pensé que haría algo así. Y ya no es por el sexo, sino por la falta de respeto que supone no parar cuando te pillan haciéndolo en un lugar prohibido. No tengo problemas con tener un hijo sexualmente activo, pero tengo todos los del mundo con tener un hijo maleducado e irrespetuoso, y es algo que va a tener que entender por las buenas, o por las malas.
—No dudo que vas a darle una lección a tu hijo, Javier, pero el equipo directivo no puede pasar por alto un comportamiento como ese. Tu hijo no puede crear tendencia con esto. Sabes que te aprecio, pero tus cuatro hijos son especialistas en estar en el candelero si no es por una cosa, por otra. Tienen seguidores que les imitan porque… —Suspira y se frota los ojos—. Bueno, porque son adolescentes sin mucha personalidad y a tus hijos les sobra, pero por eso mismo no puedo permitir que algo así se convierta en un comportamiento a imitar.
—Lo entiendo, Adolfo. ¿Habéis pensado en algo?
—Sí. —Suspira, como si le costara imponer un castigo a Álex, pero yo asiento, dándole a entender que estoy dispuesto a acatar lo que sea que decida—. Vamos a expulsar a Álex tres días del centro.
—¡Venga ya, joder! —exclama mi hijo.
Le doy una colleja, pese a no ser de esos padres que usan esta táctica, y le miro con tanta seriedad que se corta en el acto. En este momento siento tal vergüenza y decepción que solo quiero salir de aquí y dejar de mirar a mi hijo hasta calmarme para poder tener una conversación con él.
—Me parece bien —murmuro—. Y no te preocupes, que voy a encargarme de que estos tres días se arrepienta tanto de lo que ha hecho que, para cuando vuelva, igual no le ves ni acercarse a una chica dentro de las paredes del instituto.
El director sonríe un poco antes de asentir y yo levanto a mi hijo del hombro y lo saco del despacho.
—Papá…
—En casa —digo cortándole—. Hablaremos en casa, delante de tus hermanas.
—Ni de coña.
—Ya te digo yo que sí. Si no tienes vergüenza, ni un mínimo de decencia para comportarte de la forma en que lo has hecho, no vas a tenerla para afrontar las consecuencias frente a toda tu familia.
Él pone mala cara y es ahora, justo en este momento, cuando se siente mal de verdad por lo que ha hecho, porque va a tener que soportar la actitud de sus hermanas cuando lo sepan todo.
Esperamos en la cafetería que hay frente al instituto a que mis hijas salgan de clase. Me pido un café y, cuando Álex intenta pedir algo, niego con la cabeza y le dejo saber, con una sola mirada, que el privilegio del café es algo que se gana y él, hoy, no se ha ganado ni un vaso de agua del grifo.
Las chicas salen y Álex se tensa, porque sabe lo que viene ahora.
—¿Qué has hecho, melón? —pregunta Julieta nada más llegar a nuestra altura.
—Nada.
—Uy, nada no, porque papá está aquí y no vamos a volver en el autobús, así que has hecho algo y gordo.
—Dicen que te has follado a Natalia en el aula de inglés, ¿es cierto? —pregunta Esme a bocajarro.
—Esmeralda, controla esa boca.
—El que debería controlar otra cosa es tu hijo, padre.
—Touché. Ahora subid al coche para que podamos ir a casa y tener una de esas reuniones en las que yo os doy la charla y vosotros hacéis como que me escucháis.
El camino es tenso y, al llegar, es el propio Álex quien suelta la bomba y admite todo lo que ha hecho. Julieta se ríe a carcajadas, Amelia frunce el ceño, porque no entiende esa actitud y seguramente le parezca algo demasiado sucio hacerlo de esa forma, y Esme mira a su hermano con tal decepción en los ojos que, por un momento, me siento tentado de cederle el puesto y que sea ella la que le ponga los puntos sobre las ies. Esta hija mía, algún día, será una gran madre.
—¿Y qué ha pasado con Natalia?
—No lo sé —dice mi hijo—. Supongo que también estará expulsada.
—Le habrá merecido la pena, estaba como loca por pillarte a solas.
—¡Julieta! —exclamo.
—Es la verdad, papá. Puede que no te guste, pero las tías se pegan tortas por acostarse con tu hijo. Yo también creo que es inexplicable, si me preguntas mi opinión.
—¡No te la he preguntado!
—Por si acaso.
—Ya vale —dice Esme cortando la discusión—. Papá, creo que deberías aplicarle a Álex un castigo ejemplar que le haga recapacitar acerca de sus actos. Algo que le duela de verdad y no solo un castigo simbólico.
—¡Cierra la boca, Esme! No eres mi madre, joder.
—Cierra la boca tú —le digo a mi hijo—. No estás en condiciones de ponerte borde.
—¡Pero si es ella la que se mete donde no la llaman!
—Tienes que entender que lo que has hecho es algo que no tolero, Alejandro. No solo por el acto en sí, sino por reírte de una profesora y faltarle al respeto de esa forma cuando te ha pillado haciendo algo prohibido. No voy a tolerar que un hijo mío alcance otra vez ese nivel de mala educación, así que, desde hoy, vas a encargarte de limpiar a fondo la casa. No me voy a conformar con que quites el polvo y friegues el suelo. Quiero que retires cada mueble para pasar la aspiradora, descuelgues las cortinas, las laves, las planches, cambies las sábanas de tus hermanas, las tuyas y las mías cada día, las laves, las tiendas, las seques y las vuelvas a poner. Las mismas.
—¡Pero no tenemos secadora!
—Vas a tener que ingeniártelas para secarlas, entonces. También te ocuparás de la colada de toda la familia durante un mes.
—¡No jodas! No pienso tocar las bragas de mis hermanas.
—Pues no tienes reparos en tocar las del resto de la población femenina. —Julieta se ríe y se quita el jersey, viniéndose arriba—. ¡Empieza por este, que hoy he tenido gimnasia y huele regular!
Se lo tira a la cara, mi hijo le grita, Amelia se tapa la cara, abochornada, y Esme me mira con tanta seriedad que me siento un poco intimidado.
—¡Ya está bien! —exclamo—. Julieta, la próxima vez que hagas algo así, te sumas a su castigo, ¿me oyes? —Mi hija se para en el acto y yo tenso la mandíbula—. Ya estoy harto de que mis hijos vayan por la vida haciéndose notar hasta un punto bochornoso. A partir de ahora, el que la cague, se convertirá en esclavo de esta casa, y os juro que nunca he hablado tan en serio. Álex, aparte de todo lo que te he dicho harás los baños, cortarás el césped y te ocuparás de la cena durante los tres días que dura tu expulsión.
—Papá, me parece que te estás pasando tres pueblos.
—Créeme, hijo, algún día tu futura mujer me agradecerá que sepas hacer todas estas cosas tan bien.
—Eso si encuentra a una que lo quiera después de que se lo estén repasando todas las tías del planeta.
—¡Julieta! —exclamamos Esme y yo a la vez.
Me pinzo el puente de la nariz y pienso, no por primera vez, que esto sería mucho más fácil si yo no estuviera solo.
Maldita sea, qué largos son algunos días…
Después de la bronca Álex se encierra en su cuarto, Julieta se va al suyo para tararear una canción de lo más irritante que tiene como único propósito crispar los nervios a su hermano, Esme hace un cuadrante a mano de todo lo que Álex tiene que hacer y Amelia se sienta conmigo en el sofá y acaricia mi brazo con cariño y compasión.
—Algún día creceremos del todo y estarás orgulloso de nosotros —susurra—. De todos, papi, hasta de Julieta.
Sonrío un poco y, cuando oigo los gritos de la planta superior, tomo aire profundamente y me repito, una vez más, que en el fondo no son malos chicos y estoy haciéndolo bien.
Solo espero que Conchi no sepa jamás lo que ha pasado, porque ya me ha avisado infinidad de veces que estos niños necesitan una madre y no hay forma de que entienda que, a estas alturas, cuando ya tienen diecisiete años, meter una mujer en casa solo empeoraría las cosas.
Con suerte en unos años madurarán de una vez y dejarán de darme tantos dolores de cabeza, o eso espero, porque no sé si mis nervios pueden soportar este nivel de estrés durante toda mi vida.
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