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cherry chic

un pastel de chocolate, cuatro gominolas y lágrimas de cocodrilo (es)

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—¿Sabes cuántos años tengo ya? ¡Eh! ¡Papá! ¿Lo sabes?
Miro los ojos azules de mi pequeña y me río entre dientes mientras ella se sujeta dos dedos de la mano para ser capaz de estirar los otros tres.
—¿Cuánto es eso? ¿Diez? ¿Cumples diez años?
—¡No! —Amelia suelta una carcajada y estira más los dedos—. ¡Tres, papi! ¡Tres añitos!
—¡Tres añitos! Dios mío, ¡eres enorme!
La cojo en brazos y la alzo sobre mi cabeza mientras ella ríe a carcajadas. Ha sido la primera en bajar a la cocina y estoy seguro de que Esmeralda, Julieta y Alejandro no tardarán en aparecer.
El tercer cumpleaños. Tres años de noches eternas, biberones, cambios de pañales, llantos nocturnos, cólicos y vomitonas. También han sido tres años de amor desmesurado, abrazos de madrugada, sonrisas desdentadas, primeros pasos, primeras palabras y muchos, muchos besos. Desde luego, las cosas positivas han enterrado las negativas y las han hecho desaparecer.
La mañana es calurosa, junio viene con fuerza y pienso, de manera irremediable, en la mañana que Abi me avisó de que tenía contracciones muy fuertes. Corrimos al hospital mientras pensábamos que estábamos a punto de vivir en primera persona el momento más feliz de nuestras vidas.
No lo fue. No puedo mentir y decir que ver a mis hijos me hizo el hombre más feliz del mundo. Los amé profundamente, pero era desgraciado. Lloraba por dentro y por fuera, pensando en el amor de mi vida y en la pérdida que habíamos sufrido los cinco, porque ellos quedaron huérfanos el día de su nacimiento y eso es algo que ningún niño debería sufrir.
Ahora, tres años después, creo que no lo he hecho tan mal. Parecen felices, crecen y, aunque no son los niños más grandes del mundo, por su condición de prematuros, son ágiles y tienen fuerza, así que no puedo pedir más.
Amelia es una niña sensible y dulce, siempre dispuesta a recibir y dar cariño. Empática al límite, o eso creo. Aún es pequeña, pero creo que será una gran chica.
Julieta, en cambio, va a darme dolores de cabeza. Lo sé, lo veo venir. Ha hecho más trastadas en tres años ella sola que el resto de sus hermanos juntos. No para ni un segundo, tiene los ojos vivos y puedo ver en ellos las ansias de comerse el mundo.
Álex es tranquilo casi todo el tiempo, siempre que no se deje mangonear por sus hermanas. Refunfuña y protesta a menudo, pero siempre las sigue a todas partes.
Esmeralda es seria y responsable. Demasiado, quizá, para una niña de solo tres años. A veces me preocupa que no parezca necesitar el contacto físico tanto como sus hermanos, pero luego pienso que tiene derecho a desarrollar su propia personalidad.
Son buenos chicos, dan muchos dolores de cabeza, pero, como dice Conchi, eso significa que están vivos y sanos.
—¡Quiero chocolate para desayunar! —grita Julieta cuando entra en la cocina.
Amelia la mira, aún con una sonrisa dibujada en la boca, y lucha por bajarse de mis brazos. Va hacia su hermana y la abraza.
—¡Ya tenemos tres añitos!
—¿Vamos a comer tarta de helado? —pregunta Julieta, demostrando que, a ella, lo que más le importa, es el dulce.
—¡Yo quiero piruletas! —Oigo la voz de mi hijo antes de que entre en la cocina—. ¡Y un caballo!
Me río entre dientes, porque lleva días pidiendo un caballo y, si no se puede, un barco. ¡Como si lo segundo fuese más fácil de conseguir y mantener!
—No hay caballo, ni barco, porque son muy caros.
Podría parecer que esa frase la he dicho yo, pero no; ha sido Esmeralda. Es tan estricta para tener solo tres años… Suspiro y me recuerdo, una vez más, que no pasa nada, es normal y no todos los niños son iguales.
—¡Sí hay! —grita Álex.
—No hay —dice mi hija, sin alterar su voz y alzando la barbilla de un modo bastante altanero.
Álex le hace una pedorreta y mi hija pone los ojos en blanco, como si no soportara su inmadurez, cuando ella tiene la misma edad.
Esto es lo mejor y lo peor de tener cuatro hijos iguales. Puedo maravillarme de que sean tan distintos en personalidad y, al mismo tiempo, asustarme, por si soy incapaz de controlarlos a todos, cada uno con su genio, hasta convertirlos en adultos.
Amelia hace un puchero cuando se da cuenta de que sus hermanos se están peleando y yo la cojo en brazos, consciente de que es una niña sensible en extremo. Paco dice que tengo que espabilarla, que no puedo criar una niña tan sentida, pero es que yo creo que ella, igual que sus hermanos, es perfecta así, sin que yo tenga que intervenir para modificar aspectos de su personalidad.
—No llores, ¿eh? —le advierte Julieta—. Como llores, no te damos pastel.
—Eh, señorita —intervengo—. ¿Quién eres tú para decidir a quién damos pastel y a quién no?
—Soy la reina.
—Ah, ¿sí?
—Sí, ¡mira!
Sale del salón a toda prisa y vuelve con una tiara plateada con plumaje rosa alrededor. Se la compré hace unos días en el súper de Chinlú, un chino con un súper que vende de todo aquí, en Sin Mar.
—Ser una reina no te da derecho de mandarle a tu hermana.
—Yo creo que sí.
Me muerdo el labio para no sonreír ante su desparpajo y la señalo con el dedo índice.
—Yo decido quién come pastel y quién no. Y ahora sed buenos y desayunad mientras yo preparo algunas cosas para la fiesta.
Ellos obedecen, cosa rara, pero saben que hoy será un gran día y están ilusionados al máximo con eso de invitar a todos los niños y vecinos de Sin Mar a nuestro jardín.
Yo también estoy ilusionado, la verdad, es la primera vez que siento que la fiesta será genial. El primer año todo era caótico, ellos no se enteraban de nada y a mí me seguía pesando la muerte de Abi como una losa gigante encima de los hombros. El año pasado la cosa fue mejor, pero ellos aún no dormían bien del todo y el azúcar del pastel hizo que pasáramos la noche entre insomnios y vomitonas por comer tantas porquerías. Mi ánimo no fue el mejor y la fiesta no fue tan grande, porque aún eran pequeños.
Este año son conscientes de que cumplen años, más o menos. Tienen claro que van a recibir regalos y van a comer pastel y chucherías, viven el día con ilusión y yo puedo contagiarme un poco de esa alegría que, hasta ahora, me ha faltado.
La mañana transcurre con normalidad. Ellos juegan por toda la casa y el jardín, como siempre, y yo recibo la ayuda de los Sanz, que son unos vecinos de esta misma calle, más jóvenes que yo y recién casados; aseguran que quieren tener un montón de hijos y me gustaría avisarles de que es un arduo trabajo, pero, de nuevo, siento que no soy nadie para quitarle la ilusión a los demás. Menos aun cuando yo siento que todo ha merecido la pena por tener a mis hijos conmigo.
Al ser domingo todos en la urbanización, o casi, pueden venir, así que por la tarde la casa se convierte en un hervidero de gente. Los niños comen y ríen sin control, se dejan mimar por los vecinos y reciben regalos con sonrisas ilusionadas y gritos histéricos, en algunos casos. Yo los miro interactuar y pienso que no lo estaré haciendo tan mal, cuando sus risas llenan el jardín. En un momento dado entro en casa y miro la repisa que hay frente al sofá. Ahí sigue la urna de Abi, visible cada vez que paso por esta estancia, pese a que Conchi me ha recomendado hasta el cansancio que la ponga en otro sitio y deje de buscar su aprobación. Sé que tiene razón, que está mal esto que hago de mirarla y esperar algún tipo de pista acerca de qué hacer a continuación con mi vida, pero en todo este tiempo he sido incapaz de desprenderme de ella. No puedo cambiarla de sitio porque siento que estaría echándola de su propia casa. Ese es el problema… todavía miro esta casa como si fuera de los dos y mis sentimientos no quieren entender que no, que ya solo es mía porque ella se fue para siempre.
—Lo harás cuando estés listo.
Me giro y veo a Conchi mirarme con una pequeña sonrisa. El ruido que llega del exterior ha hecho que no haya oído cuando ha entrado. Sonrío sin despegar los labios y asiento una sola vez.
—Ojalá tengas razón —respondo, sin fingir que no sé de qué habla, porque eso, con ella, no funciona—. Necesito dejar de sentir que tengo que demostrarle a mi mujer fallecida que estoy haciéndolo bien. —Ella asiente con la cabeza y yo sigo—. Quizá el año que viene…
Conchi no contesta. Sé que le gustaría que dijera que voy a hacerlo ya, pero es que no puedo. Todavía no. Algún día…
Un llanto me saca de mis pensamientos y corro hacia la cocina, de donde procede, para encontrarme con Amelia llorando a lágrima viva, igual que Julieta, mientras Álex hace pucheros y Esme los mira casi con aburrimiento.
—¿Qué ha pasado?
—¡No me quería dar pastel! —Amelia hipa y señala a su hermana Julieta, que también llora desconsolada.
—¡Es que también era mío!
—¿Qué pastel? ¿De qué…?
—Ay, Dios.
Miro a Conchi, que está junto a la nevera. O más bien podría decir que está junto al pastel de cumpleaños que hay boca abajo en el suelo de la cocina. Miro a mis hijos, que me observan con cara de culpabilidad. Julieta no ha sido, su berrinche se debe a que no quiere compartirlo, no a que lo haya tirado. Amelia tampoco ha sido, porque sigue mirándolo con hambre, pese a estar desparramado en el suelo. Esme está tan tranquila que sé que no es la culpable. Miro a Álex, que hipa y hace pucheros, intentando llorar a conciencia. La culpa le pesa, pero no está tan arrepentido como para llorar sin esfuerzo y, cuando observo cómo se muerde el labio inferior con saña, lo confirmo. Intenta llorar para darme pena y que no le castigue. Estos hijos míos aprenden maneras de librarse de las consecuencias de sus actos a un ritmo tan veloz, que a veces no me da tiempo a procesarlo todo.
—¿Has tirado el pastel de cumpleaños?
—¡Ha sido sin querer! —exclama él de inmediato, reconociendo su culpa— Yo no quería.
Hipa y, esta vez, sí noto que las lágrimas acuden a sus ojos. Parecen sentidas y reales, pero sé que, con Álex, nunca se sabe.
—¿Por qué has abierto la nevera? ¿Por qué lo has cogido?
—Julieta quería un poquito. —Solloza y las lágrimas caen. Él no se las limpia y me mira con ojos brillantes y carita de bueno—. Le iba a dar porque soy bueno. Yo comparto.
—¡Yo no comparto! —grita Julieta—. ¡Era mía y ahora no hay!
—No era tuya —digo interrumpiéndola— Era de los cuatro y ahora no tenemos una tarta para soplar velas. ¿Sabéis lo que significa?
—¿Que ya no vamos a tener tres años? —pregunta Amelia llorando con una pena para nada fingida.
Casi me río por su pregunta, pero sé que, para un niño de tres años, puede tener toda la lógica del mundo.
—Ya tenéis tres años y eso no puede quitároslo nadie —digo— pero ahora no hay pastel para soplar las velas.
—Bueno, todavía tenemos algo —dice Conchi señalando la encimera.
—¿Gominolas? —pregunto después de mirar las chucherías que tenía reservadas para adornar la tarta casera de chocolate que hice anoche después de trabajar.
—Eso mejor que nada.
Me froto la frente y, cuando los vecinos empiezan a preguntar por los cumpleañeros y la tarta, decido que lo mejor que puedo hacer es acabar el día de buen humor, así que le digo a Conchi que prepare las gominolas para repartirlas entre los niños del vecindario, recojo el estropicio que ha hecho la tarta en el suelo y me agacho frente a mis hijos.
—Eh, campeón, deja esas lágrimas de cocodrilo. Hoy cumplís tres años y no vale estar triste.
—Pero, ¿y el pastel? —pregunta Álex.
—Haremos uno mañana.
—Mañana ya no será nuestro cumple —me recuerda Esme.
—No, pero eso es bueno, porque podremos quedarnos todo el pastel para nosotros. Comeremos hasta empacharnos, ¿de acuerdo?
Ellos asienten y Álex corta sus lágrimas en seco, demostrándome que no eran tan sentidas como me quería hacer ver.
—Papi —dice cuando se pasa las manos por las mejillas, dejando un rastro de chocolate, o barro, a saber, en ellas.
—¿Sí, campeón?
—Te quiero mucho.
Sonrío y siento cómo mis pulmones se vacían mientras Álex me abraza y sus hermanas se unen a la muestra de cariño improvisada. Cierro los ojos y los acojo entre mis brazos, intentando impregnarme de la esencia de este momento y crear un recuerdo inolvidable para ellos y, sobre todo, para mí. Tres años de lágrimas, dolor y esfuerzo que se quedan en nada cuando ellos me dicen que me quieren y me abrazan, convencidos de que soy el mejor padre del mundo.
Salimos al jardín y clavamos las velas en gominolas sueltas. Por suerte, lo ven como algo divertido, en vez de como algo cutre, y las soplan con la emoción que solo los niños consiguen poner en algo tan simple.
Comemos chucherías, jugamos y, por la noche, cuando los meto en la cama, bajo al salón, me siento en el sofá y miro a la urna de Abi.
—Algún día no necesitaré mirarte cada noche mientras espero que digas que lo he hecho bien, mi amor —susurro—. Algún día podré hacerlo solo de verdad y te dejaré marchar para siempre. Algún día…
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