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cherry chic

una excursión, una peli de terror y unos bebés preciosos (es)

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Hoy me he pasado el día de excursión con mis hijos. Pensé que, dado que ya tienen quince años, sería buena idea hacer una caminata juntos por el bosque, pero a la media hora estaban peleándose por cualquier cosa, gritándose y diciéndose barbaridades. No es nada nuevo y sé que entra dentro de la adolescencia, pero el hecho de que sean cuatro hace que mi ansiedad se dispare, porque hay momentos en que no sé cómo frenarlo y pienso que mis hijos se odiarán para siempre. Más tarde consigo recapacitar y ver las cosas con objetividad: no se odian, simplemente están empezando a ser adultos y les cuesta encajar sus distintas personalidades.
El día ha sido una completa locura y solo se han callado cuando hemos llegado y hemos pedido unas pizzas para comer. Después de eso, Amelia se ha encerrado en su cuarto para leer, Álex ha hecho lo mismo, pero con un libro de coches clásicos que ha sacado de alguna parte y Esme me ha reñido por no ponerme al día con las facturas hoy mismo, puesto que el mes acaba mañana. No es gran cosa, solo tengo que asegurarme de que tengo suficiente dinero en el banco para todos los pagos, pero mi hija es la responsabilidad hecha persona. Julieta, por su lado, me ha propuesto ver una peli de terror.
—¿No quieres irte a tu cuarto, como el resto?
—No, yo todavía no me he cansado de ti.
Resoplo, porque esta niña tiene el don de la sinceridad, y también el de la brusquedad. Como no aprenda a controlar esa boca, vamos a tener muchos problemas en el futuro, lo veo venir.
—¿No se supone que te tendrían que dar miedo las pelis así?
—Mi parte miedica se la quedó Amelia —contesta riéndose.
—No te burles de tu hermana por ser sensible.
—Vaaaaaale. ¿Vemos la peli, o qué?
—Sí, pero tendremos que ver alguna repetida, porque no echan nada en la tele.
—Tengo un video nuevo, espera.
Sube las escaleras a toda prisa y, cuando vuelve, dos minutos después, lo hace con una cinta VHS en las manos.
—¿De dónde has sacado eso, Julieta?
—¿Qué más da? Dicen que es buenísima. Se llama El proyecto de la bruja de Blair.
—Dime que no la has robado —sigo insistiendo.
—No la he robado, tranquilo. Me la ha prestado una chica de clase.
—Vale, genial. ¿Hago palomitas?
—¡Vale!
Me voy a la cocina mientras Julieta enciende la tele y, a mi vuelta, mis otros tres hijos ocupan el sofá y Amelia ya se ha aferrado a un cojín.
—¿Pensabas ver una peli de miedo sin nosotros? ¿Por qué quieres más a Julieta, papá? —pregunta Álex.
Suspiro resignado y, aunque me encantaría echarle en cara que él ha sido el primero en largarse en cuanto hemos llegado, me contengo y me recuerdo que es mi hijo, le quiero y no quiero que se sienta mal por hacer lo que cualquier otro chico de su edad. No quiero ser ese tipo de padre que lloriquea por sentirse solo cuando sus hijos crecen, aunque sea cierto, así que sonrío y le doy el cuenco de palomitas.
—Os quiero a todos por igual, y la muestra es que voy a hacer una bolsa de palomitas para cada uno, porque no podría soportar que os matarais a mitad de película por la comida.
Ellos sonríen agradecidos y yo me río entre dientes y vuelvo a la cocina. Mientras espero que el microondas haga su trabajo les oigo pelearse por el mejor sitio del sofá y suspiro con cansancio, pensando, una vez más, que son cosas típicas de adolescentes.
Esto sería mucho más llevadero si tuviese a otro adulto aquí para ayudarme. Un adulto en forma de mujer, a poder ser, pero supongo que es mucho pedir.
A veces recuerdo a Abi en momentos así, cuando me siento solo. Lo hago, sobre todo, porque me gusta recordar que un día hubo una mujer dispuesta a formar una familia conmigo y no corría en dirección contraria cuando hablábamos de tener hijos. Claro que no los teníamos, y eso siempre hace que los sueños se doten de cierto idealismo que no encaja del todo con la realidad. Con ella viví el miedo y la ilusión del embarazo, pero se fue antes siquiera de poder pasar unos minutos con sus hijos, así que, de haber estado viva, estaría tan desquiciada como yo. Quizá incluso nos habríamos divorciado por culpa de la presión y… No, espera, borra eso. No me habría divorciado jamás de ella. Era la mujer perfecta, por Dios, estaría loco para dejarla ir. Lo única que logró separarnos fue la muerte.
Joder… cuánto la echo de menos en algunos momentos todavía. Y lo peor es que no sé si echo más de menos a Abi, o la sensación que me producía saber que tenía un hombro en el que apoyarme cuando me sentía ansioso, triste o enfadado. Contar con una persona que entendía todos mis miedos era increíble y es algo que no he tenido en quince años. Cuando pienso que es posible que no vuelva a encontrar a alguien así, siento cierto dolor, pero supongo que es ley de vida. Los golpes llegan, toca asumirlos y seguir adelante; he criado solo a cuatro hijos que, con sus más y sus menos, son decentes. No lo he hecho tan mal, así que puedo darme por satisfecho. No debería sentirme mal, ni solo, ni pensar más en cosas así cuando estoy a punto de disfrutar de un momento en familia, aunque sea viendo una película de terror.
—Papá, ¿estás bien?
Me giro para ver a Amelia en el centro de la cocina. Sus impresionantes ojos azules me observan con atención y siento, por un segundo, la tentación de contarle la verdad, pero luego recuerdo que es mi hija y no se merece ser consciente de que su padre se siente solo, pese a tener cuatro hijos, porque eso haría que se replanteara si es suficientemente buena para mí. Conozco a Amelia, acabaría sufriendo mucho más que yo, así que esa no es una opción. Voy hacia ella, la abrazo y le aseguro que estoy perfectamente. Noto cómo su cuerpo se relaja y sonrío, sabedor de que he hecho lo correcto.
No es que pretenda que mis hijos siempre me vean bien, pero creo que hay ciertas cosas que no tienen necesidad de ver o saber, y espero que eso no me haga peor padre, la verdad. Solo quiero que me vean como a un pilar extraordinariamente fuerte con el que pueden contar siempre, aunque por dentro, a veces, me sienta un poco frágil. Ellos se merecen tener un apoyo constante y yo estoy dispuesto a hacer lo que sea para acabar la tarea de criarlos.
—¿Estás segura de que quieres ver esta peli? —le pregunto a Amelia cuando vamos a la encimera para recoger todas las palomitas.
—Sí, pero a tu lado, ¿vale?, así me tapo la cara en los peores momentos y tú me avisas cuando pueda volver a mirar, porque mis hermanos me engañan.
Sonrío sin despegar los labios y beso su frente mientras le aseguro que, a mi lado, no tiene nada que temer.
Nos sentamos en el sofá, ponemos la peli y, pasada media hora, Julieta se ha reído como una histérica un par de veces, Esme mira la pantalla con tanta fijeza que me da un poco de miedo y Álex se ha quedado dormido, demostrando que, para según qué cosas, es un pasota de categoría. Amelia está a mi lado, con la cabeza apoyada en mi hombro y cara de sueño, pero sin dejar de ver la peli.
Yo, por mi lado, disfruto de tenerlos así, conmigo, como si aún fuesen niños a los que pudiera controlar. Intento retener estos momentos porque estoy convencido de que llegará un día en que sentarse aquí, en el salón, a ver una peli con su padre, no será el mejor plan para un sábado por la noche. Saldrán, verán mundo, conocerán a sus futuras parejas y, con suerte, vendrán a verme una vez a la semana.
Hago una mueca, porque es una imagen que me da mucha tristeza, así que la aparto y me concentro en el ahora. En el abrazo de Amelia, las risas de Julieta, la concentración absoluta de Esme y la parsimonia de Álex. En sus personalidades, tan distintas y, de alguna forma, tan exacta en algunos puntos, y en los besos que todos, incluido Álex, me dan antes de irse a la cama cuando la peli acaba.
Subo a mi habitación, me acuesto y, por primera vez en mucho tiempo, sueño con Abi.
Cuando me despierto por la mañana no estoy tan triste como antaño; la extraño, pero el dolor ya no es intenso, sino relajado, acostumbrado a rondar por la parte de mí que siempre la recordará. Soy capaz de sonreír y recordar el sueño con cariño, y eso es algo que hace años no creí posible, así que voy a dejar de preocuparme por el futuro, porque estoy seguro de que, aunque mis hijos crezcan y se vayan, yo encontraré la forma de seguir sonriendo y disfrutando de la vida.
¿Quién sabe? Igual son de esos hijos que, al enamorarse, no se alejan, sino que meten a más gente en casa. Quizá algún día en esta casa vuelvan a jugar bebés a diario, aunque ya no sean mis hijos, sino mis nietos. Y sí, criar a mis hijos ha sido complicado, pero también ha sido lo mejor que he hecho, así que me haría una ilusión enorme tener la casa llena de niños algún día otra vez.
El pensamiento me pone de tan buen humor que me calzo las zapatillas y decido salir a correr.
—¿Por qué sonríes tanto? —pregunta Julieta en el pasillo, justo cuando salgo de mi dormitorio.
Está despeinada, tiene la camiseta puesta del revés y sus ojos aún no se han abierto del todo. Sonrío, beso su frente y palmeo su mejilla con cariño.
—Porque vas a darme unos nietos preciosos, cariño.
Ella me mira como si me hubiese vuelto loco, yo me río y bajo las escaleras tarareando una canción y pensando en esos futuros nietos a los que ya adoro.
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