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dan morgan

estancia en la tierra (es)

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Peter Kalm pagó el taxi-helicóptero y corrió por la terraza hacia el ascensor. Mientras apretaba el botón de llamada, consultó su reloj. Treinta minutos de su precioso tiempo se habían ido ya. Diez con el oficial de Inmigración, en el espacio-puerto; había estado simpático con él, pero Pe­ter creyó adivinar bajo su sonrisa que el hombre estaba pensando que estaba completamente loco. Había perdido otros cinco minutos en la Aduana y diez más mientras los médicos le declaraban libre de toda infección. Había habido una serie de formalidades para una estancia en la Tierra, pero valía la pena.
Las puertas del ascensor se abrieron y entró en él. Apretó el botón del piso quince y renegó de la lentitud con que se cerraron las puertas.
—Acuérdese de que me he saltado los regla­mentos al traerle conmigo, y no me vaya a dejar mal le pidió el comandante—. Tiene que hacerlo en cuatro horas, y para entonces tenemos que es­tar de vuelta en el Centauro.
—Lo haré en ese tiempo, señor —replicó y se corrigió—. Lo haremos.
—Eso espero, hijo. Buena suerte.
La cara adusta del comandante sonrió ligera­mente y en seguida dio media vuelta y se marchó, con el paso torpe de un hombre de espacio, ha­cia el edificio de la Administración, donde tenía que dar el parte de los progresos de su nave de estrellas.
El ascensor se detuvo y Peter salió antes que se acabaron de abrir las puertas, y corrió por el corredor hacia el apartamento de ella. Aunque nunca había estado en el planeta, todos los deta­lles le resultaban familiares, después de las lar­gas horas que había estado en su camarote, a bor­do del Centauro, leyendo sus cartas.
Reconoció en seguida la ventana de que le ha­bían hablado, desde donde se veía toda la ciu­dad. Una ciudad y un planeta que no tendría ja­más tiempo de ver con detalle. La Tierra, para ellos, no era más que una estación de abasteci­miento de combustible, durante un viaje que de­bía acabar en el otro extremo de la galaxia. Den­tro de cuatro horas, cuando el Centauro surcase de nuevo el espacio a una velocidad mayor que la de la luz, la Tierra quedaría atrás para siempre y no volvería a verla en su vida.
Todo contacto con la Tierra habría desapareci­do cuando la nave estuviera en el espacio, pero en cambio ya no harían falta cartas de un pla­neta a otro, porque los dos estarían ya a bordo del Centauro. Ahora estará esperando detrás de esta puerta, por fin, un ser físico real; no una cara borrosa y estereotipada, sino Helen Astell, la chica que había compartido su soledad con las tiernas cartas que le ayudaron a vivir aquel horrible vacío. Vaciló, temblando, ante la puerta. Le quedaban setenta y cinco minutos. Setenta y cinco minutos para encontrarla, casarse con ella y arreglar el permiso con las autoridades de Emigración de la Tierra. El comandante había prometido ayu­darle a esto cuando terminara en las oficinas de la Administración.
Peter apretó el botón de la puerta —la Tierra parecía un mundo de botones— y oyó el timbre sonar a lo lejos. Allí, en pie, miraba la manecilla roja de su reloj que hacía desaparecer, inexora­blemente, los segundos. Ella no le haría esperar porque sabía la importancia del tiempo...
Empezó a abrirse la puerta. Notó cómo le sal­taba fuertemente el corazón dentro del pecho y tenía una excitación creciente que era como un dolor agudo.
—Buenos días. Estoy a su servicio.
La tensión de su cuerpo se relajó súbitamente. Miró al robot y se sintió atontado. Era un peque­ño humanoide similar a los que se usaban en las casas allí en su sistema estelar. Pero había algo extrañamente femenino en el modo de mirarle, con los ojos fijos, sin pestañear, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado y con sus pequeñas manos de metal colgando cerca de la cintura. El ya sabía que Helen tendría estos mis­mos modales. Los robots caseros salían de las fábricas sabiendo todas las habilidades necesarias en una casa, pero su habilidad más importante era la asimilación para que, al cabo de algún tiempo, llegaran a adquirir electrónicamente las costumbres de sus dueños y fueran semejantes a ellos, tanto en la forma de trabajar como en sus modales.
—¿Es este el apartamento de mis Hellen Astell?
—Sí, este es.
—Me está esperando. Tengo muy poco tiempo.
Pasó por delante del robot y entró en el cuarto. Era justamente como ella se lo había descrito en sus cartas, pero había algo más: un olor a per­fume que su imaginación no había sido capaz de imaginar y una sensación de que esta era su casa. Se quedó respirando con deleite. Sus ojos se fi­jaron en el mobiliario, en las alfombras, en las cortinas. Todo esto era reflejo de su personalidad. Sabía que la puerta de la derecha daba a su dor­mitorio y la de la izquierda a una cocinita.
—¿Dónde está?
—Miss Astell no está en casa.
El robot se adelantó al centro del cuarto, mi­rándole con los ojos fuera de su cara redonda e inexpresiva.
Notó que la desilusión se apoderaba de él. "¡Es­tá usted mintiendo!", quiso exclamar. Pero com­prendió que era una tontería. Porque los robots nunca mienten. Son incapaces de semejante fra­gilidad humana.
—¿Por qué no está aquí? —preguntó.
—Tuvo que ir a un almacén al otro lado de la ciudad. Tenía que escoger un vestido nuevo.
—Entonces, ¿volverá pronto?
—No puedo decirle —las pequeñas manos del robot se movían sin cesar.
—Le mandé un telegrama hace cinco horas.
Se apoderó de él el pánico, con la sensación de que después de todas sus esperanzas algo iba mal.
—No ha recibido su mensaje.
Hubiera querido coger al robot, sacudirle para sacarle alguna explicación sobre ello. Pero hu­biera sido estúpido suponer alguna sensación hu­mana en una criatura de metal y plástico.
—¿Cómo se llama el almacén donde ha ido?
—No lo sé —contestó el robot—. Puede usted sentarse y esperar, si quiere. ..
—-¡Esperar!
Miró su reloj. Sesenta y dos minutos antes es­taba en la nave. De todas las personas del uni­verso, era él quien podía perder menos tiempo esperando. Pero se sentó para pensar lo que ha­ría. Estaba en una gran ciudad desconocida para él. ¿Qué probabilidad podía tener de encontrarla si se marchaba de allí?
—Puedo traerle alguna cosa —ofreció el ro­bot—, alguna bebida, ¿quizá café?
—Gracias, tomaré un poco de café.
Su radio de muñeca sonó.
—Aquí Kalm —contestó.
—¿Cómo marcha su asunto, teniente? Ya he ter­minado en la Administración. ¿Le puedo ayudar en algo? —preguntó la voz del comandante.
—No, señor... No puede usted hacer nada. Adiós.
El tiempo volaba.
El robot le trajo café y se quedó mirándole, mientras lo bebía, moviendo las manos sin cesar.
"Este robot no está en buena forma —pensó—. Tiene algo descompuesto. Si no lo arreglan bien podrá causar algún desastre."
Dejó la taza y el platillo sobre la mesa y se acercó al escritorio. Allí había una copia de un fotograma original que Helen le había mandado.
Lo cogió y miró a los suaves ojos azules que pa­recían iluminar toda su cara.
—Hábleme sobre su ama —pidió.
El robot lanzó un pequeño gemido inarticula­do y comprendió que le había dicho una cosa sin sentido, porque los robots no pueden apreciar las cualidades de sus amos ni tampoco la belleza en ningún caso.. .
Estaba nervioso y vio algo que le chocó en el cesto de los papeles que había al lado del escri­torio. Inclinándose, cogió su ultragrama todo arrugado y lo desarrugó para poderlo leer:
"Estaré contigo 14,00 hs. Tengo que reembar­car 16,00. Estate esperándome. Abrazos. Peter."
Miró furioso al robot.
—Me dijiste que no había recibido esto. ¡Men­tiste!
El robot agitó las manos e inclinó la cabeza ha­cia un lado.
—Mis Hellen Astell no ha recibido ningún ultra-grama hoy. Mis Helen Astell ha recibido...
El robot estaba confundido entre lo que sabía y lo que estaba diciendo. Continuó repitiendo lo que había dicho hasta que Kalm le ordenó que se marchase. Su inestabilidad motora parecía aumentar por momentos.
Peter volvió a leer el ultragrama y una idea nueva empezó a surgir en su mente. El robot no sabía nada del ultragrama porque Helen lo había recibido en su ausencia.
Ella había leído el mensaje, pero no se atrevió a enfrentarse con él. Las cartas que se cruzaron entre ellos no fueron, sin duda, más que un juego romántico para ella, y no podía comprender el ansia de amor de un hombre en mitad del espacio.
Su radio de muñeca volvió a sonar, pero él no
hizo caso. Debía de ser el comandante para llamar le la atención y recordarle que no le quedaban más que cuarenta minutos. ¿Cuarenta minutos pa­ra qué? Para esperar aquí a una chica estúpida que le había hecho pasar por un tonto cósmico,.. Volvió a arrojar el ultragrama al cesto y empe­zó a registrar los cajones del escritorio a ver si en alguna parte encontraba algún dato que le indicara dónde la podía encontrar. Aunque tu­viera que perder el ferry, tenía que encontrarla. . . y hacerle pagar lo que le había hecho.
—Esto es propiedad privada de mis Helen Astell— protestó el robot agriamente—. Coloque us­ted todo en su sitio y no vuelva a tocar nada.
—¡Vete al diablo! —gritó Peter Kalm.
El robot vaciló un momento, después fue dere­cho al dormitorio donde estaba el videófono.
La Policía llegó cinco minutos después, se llevó a Peter Kalm al espacio-puerto y lo metieron en el ferry para que se lo llevaran al Centauro.
Cuando el robot se quedó solo en el apartamen­to, sus finos dedos empezaron a escribir a má­quina.
"Querido Peter: Espero que esta carta te al­cance antes que tu nave abandone su órbita y que entiendas bien lo que voy a decirte. Com­prendo que habías sentido mucho que yo no estuviera aquí esperándote. Supongo que pensa­rás que nunca te he querido y que mis cartas no eran más que mentiras. Pero no es así. Yo te amo realmente, pero la semana pasada fui a que me reconocieran en el Centro Médico y me dije­ron que mi organismo no es apto para el espacio. Ya comprendes que siendo así, lo mejor es que no nos reunamos jamás. Siento mucho tener que dar­te este disgusto..."
Los dedos metálicos vacilaron y el cuarto em­pezó a oler a plástico quemado. La cabeza del robot se movía de un lado para otro violenta­mente ... "darte este disgusto Peter. Deseaba mu­cho que nos hubiéramos encontrado..." Se oyó un crujido y empezó a salir humo del pecho del robot... y nji hsuyrb hf thus thjgi, hj, hjljkl; 77/88...
Los dedos del robot cayeron sin vida sobre el teclado y el carro de la máquina corrió de golpe hasta el final y se paró con un ruido seco.
El administrador de la casa abrió la puerta del apartamento.
—Espero que lo encuentre todo en orden —di­jo—. Vamos a echarla mucho de menos. Era una buena chica. ¡Demonio! ¿Qué es esto? —se sobre­saltó al ver al robot muerto—. ¡Estos endemo­niados criados! Al día siguiente de matarla les dije que vinieran y pararan el mecanismo del ro­bot, porque estas máquinas son muy delicadas. Lleva el robot aquí tres días solo en el aparta­mento y aquí tenemos un cerebro perfecto de ro­bot quemado. Lo siento mucho mister Beamish, pero así es como anda hoy día la servidumbre. Todos están demasiado ocupados para hacer sus obligaciones.
El abogado de Helen Astell asintió y comenzó a hacer el inventario.
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