antes de conocer a gwen (es)
Tu padre va a buscarte a la cárcel en un Dodge Neon robado, con tres gramos de cocaína en la guantera y una prostituta llamada Mandy en el asiento trasero. Dos minutos después de subir al coche, cuando la cárcel todavía cuelga inclinada en el retrovisor, Mandy te explica que sólo se dedica a la prostitución a media jornada. El resto del tiempo, realiza trabajos sencillos de oficina en una cadena de vídeos independiente; además, dos domingos al mes, también se ocupa del bar del centro local para veteranos de guerra. Sin embargo, siente que su vocación... que la verdadera vocación de su vida... es escribir.
—¿Libros? —le preguntas.
—Sí, libros —responde. Luego suelta un bufido, en parte por divertida y en parte para esnifar la raya que tienes en la palma de la mano por la ventana izquierda de la nariz—. ¡Guiones! —le grita a la luz del techo, por alguna razón—. Ya sabes..., películas.
—Cuéntale la historia del santo psicótico —le sugiere tu padre—. Esa sí que me pone. —Tu padre te guiña el ojo por el espejo retrovisor, como si os estuviera llevando al baile de final de curso—. Venga. Cuéntasela.
—De acuerdo, de acuerdo —contesta ella.
Se da la vuelta en el asiento para mirarte de frente, y vuestras rodillas se tocan, y piensas en Gwen, en la mirada que una vez te lanzó, nada especial, tan sólo la forma en que te miró cuando, de pie en la puerta principal, te preguntó si habías visto sus llaves. Un momento totalmente digno de ser olvidado, a pesar de que te pasaste cuatro años en la cárcel recordándolo.
—... así que, en su canonización —decía Mandy— como que sucede algo. Su espíritu regresa y entra en el cuerpo de un sacerdote. Pero ¿qué pasa? Que el sacerdote tiene un tumor cerebral. Él no sabe que lo tiene ni nada, pero... lo tiene en el maldito...
—¿Cerebro? —le preguntas tú.
—No, en sus pensamientos —replica ella— Como decía, el espíritu del santo entra en su cuerpo y la cosa funciona, porque, aunque ese tipo era un santo, su espíritu como que se ha vuelto maligno, porque su alma ha desaparecido. De manera que el sacerdote se pasa el resto de la película intentando matar al Papa.
—¿Por qué?
—Limítate a escuchar —te indica tu padre—. La historia aún se vuelve más interesante.
Miras por la ventanilla. Ves un coche vacío
aparcado en el arcén. Es de color beige y alguien ha pintado alas doradas a los lados, que se extienden por encima del parachoques delantero y de las puertas; hay un cartel encima del techo con varias palabras escritas, pero cuando se te ocurre preguntarte qué debe de poner, ya te has alejado demasiado.
—¿Sabes?, hay un grupo secreto que trabaja para el Vaticano... Y es como... como...
—Como el escuadrón de la muerte —dice tu padre.
—Eso es —asiente Mandy, y te presiona la nariz con el dedo—. Y el cabecilla, el agente que manda, por así decirlo, es el héroe. Perdió a su mujer y a su hija en un ataque terrorista al Vaticano hace unos cuantos años, y está un poco jodido, pero...
—¿Los terroristas atacaron el Vaticano? —le preguntas.
—¿Qué?
Te quedas mirándola, expectante. Tiene una cara pequeña, y los ojos demasiado pegados a la nariz.
—En la película —le explica Mandy—, no en la vida real.
—Ya entiendo, pero cuando alguien se pasa cuatro años encerrado se supone que se ha perdido un par de titulares...
—Está bien —dijo ella, con el rostro ensombrecido—. ¿Puedo terminar?
—Lo que quería decir —le explicas, al tiempo que esnifas otra raya—, es que incluso los tipos del corredor de la muerte se habrían enterado de una noticia así.
—Sólo tienes que escuchar —dice tu padre—. No es la vida real.
Miras por la ventana y ves a un hombre, ataviado con un disfraz de gallina, recorriendo el arcén con una lata de gasolina en la mano. Piensas que la vida real no se parece a la vida de verdad, sino más bien a ese pobre desgraciado que se ha quedado sin gasolina mientras conducía un coche con alas pintadas; preguntándose cómo demonios había llegado hasta allí y a quién había hecho enfadar en alguna vida real anterior.
Una vez en el hotel, tu padre pide dos habitaciones para que podáis tener un poco de intimidad, pero te deshaces de Mandy cuando, por segunda vez, interrumpe la mamada que te está haciendo para pontificar las virtudes de las películas de Michael Bay.
Te sientas ante el parpadeante resplandor azulado del canal de deportes, comes cacahuetes del cucurucho de plástico que compraste en la máquina automática y bebes unos cuantos vasos —también de plástico— de la botella de whisky Jim Beam con la que tu padre te obsequió cuando llegasteis al aparcamiento. Piensas en el tiempo que has perdido y en lo agradable que es estar solo en una cama de matrimonio y mirar la televisión; también piensas en Gwen, y sientes su lengua durante un breve instante. Piensas en el camino que esa noche te ha conducido hasta esa habitación de hotel, después de pasar cuarenta y siete meses en la cárcel, y crees que mucha gente diría que es un camino tortuoso, extraño, lleno de curvas. Sin embargo, tú lo consideras un camino tan bueno como cualquier otro. Lo recorres porque tienes esperanza, o porque no te queda más remedio y, mientras lo recorres, averiguas cómo es, e intuyes cómo será el final a medida que te acercas.
A la mañana siguiente, tu padre te despierta bastante tarde y te explica que ha llevado a Mandy a casa; te dice que tienes cosas que hacer, gente que ver.
Si hay algo que sabes con certeza acerca de tu padre es que la gente tiende a desaparecer en su compañía.
Es un ladrón profesional, carne de presidio, un experto en su campo; aun así, en su interior, hay algo que va más allá de la profesionalidad, algo irracionalmente arbitrario. Algo que guarda para sí mismo, como si fuera una historia que oyó contar en alguna ocasión, y con la que quizá se rió, pero que juró que nunca volvería a repetir.
—¿Estuvo contigo ayer por la noche? —le preguntas.
—Tú no la quisiste, y alguien tenía que volver a subirle la autoestima. Una pobre chica como ésa
—Pero la has llevado a casa, ¿verdad? —le preguntas.
—¿Es que hablo en chino?
Le miras fijamente durante un instante. Sus ojos son grandes e insulsos, tienen la inocencia cruel de un recién nacido. Nada se mueve en ellos, nada respira y, al cabo de un rato, le dices:
—Deja que me duche.
—A la mierda con la ducha —dice—. Ponte una gorra y vámonos.
De todas maneras, te duchas, sólo por la sensación, otra de las cosas que, de haberlo pensado con antelación, te habrías dado cuenta de que ibas a echar de menos... De pie bajo la alcachofa de la ducha, sin nadie alrededor, todo el agua caliente que quieres y durante todo el tiempo que quieres, champú que no huele a humo de fábrica.
Mientras te secas el pelo y te cepillas los dientes, oyes a tu padre cambiar de canal, sin detenerse en ninguno de ellos durante más de treinta segundos: Telecompras... zap. Jerry Springer... zap. Oprah Winfrey... zap. Voces de telenovela; música de telenovela... zap. Espectáculos acrobáticos con camiones... pausa. Anuncio... zap, zap, zap.
Envuelto en un halo de vapor, regresas a la habitación, coges los pantalones vaqueros de encima de la cama y te los pones.
—Creía que te habías ahogado —dice el viejo—. Pensaba que tendría que pasar el desatascador por el sumidero para sacarte de ahí dentro.
—¿Adónde vamos? —le preguntas.
—A dar una vuelta en coche —responde, encogiéndose de hombros, y quita el canal en el que dan dibujos animados.
—La última vez que me dijiste una cosa así, me pegaron dos tiros.
Tu padre se da la vuelta para mirarte, con unos ojos tan grandes y dulces como los de un niño de seis años.
—No fue el coche el que te disparó, ¿verdad que no?
Vas a casa de Gwen, pero ella ya no vive allí. Un par de niños negros juegan en el patio delantero, y la madre sale al porche para observar el extraño coche detenido delante de su casa.
—¿No lo dejaste aquí? —te pregunta tu padre.
—Que yo recuerde, no.
—Piensa.
—Es lo que estoy haciendo.
—Así que no lo dejaste aquí.
—Te lo acabo de decir... Que yo recuerde, no.
—Estás seguro.
—Bastante.
—Tenías una bala en la cabeza.
—Dos.
—Creía que una había rebotado.
—Cuando alguien te mete dos balas en la cabeza, viejo, no te fijas en los detalles —le explicas.
—¿Es así como funciona?
Cuando la mujer empieza a bajar los escalones de la entrada, tu padre se aleja de la acera.
La primera bala atravesó la ventanilla trasera, y Pete el Caballero, que se aguantó como el mejor, giró el volante hacia la derecha y acabó chocando contra la barrera de la salida de la autopista. Las bolsas de aire y los cilindros de agua estallaron, también estalló algo en la parte trasera de tu cabeza, mientras fragmentos de vidrio te llenaban la camisa. Gwen preguntaba: «¿Qué ha sucedido? Santo cielo. ¿Qué ha sucedido?».
La sacaste por la puerta trasera —a Gwen, a tu Gwen— y cruzasteis la vía de acceso; a continuación, os adentrasteis en el bosque y la segunda bala te alcanzó, pero tú seguiste avanzando, no sabes muy bien cómo, no sabes muy bien por qué, pues la sangre te bañaba el rostro y tenías la cabeza en llamas; ardía con una intensidad y una claridad tal que ni siquiera la lluvia fue capaz de refrescártela.
—¿Y no recuerdas nada más? —te pregunta tu padre.
Has recorrido la ciudad entera en coche: todas las calles, todos los caminos de tierra, todos y cada uno de los recovecos de Stuckley, Virginia occidental.
—No hasta que me dejó en el hospital.
—Eso sí que fue una estupidez.
—Creo recordar que, en ese momento, ya echaba sangre por la boca y hablaba de una forma rara.
—Sí, claro. Eso seguro que lo recuerdas.
—¿Me estás diciendo que, en todo este tiempo, nunca has hablado con Gwen?
—Como te expliqué hace tres años, esa chica desapareció.
Conoces a Gwen. Quieres a Gwen. Esa parte de la historia es difícil de aceptar. Ahí estaba Gwen, en tu coche, en los trigales, en la cama de su madre a media mañana, desnuda y trémula, y viste que una gota de sudor le caía del pelo y le resbalaba por la mejilla, mientras roncaba sobre tu omóplato, con la punta del pie apoyada bajo el empeine del tuyo; la miraste mientras dormía, tú estabas completamente despierto.
—Así pues, lo tiene ella —afirmas.
—No —replica el viejo, con cierto tono de irritación en su voz de peluche—. Esa noche me llamaste.
—¿Sí?
—Joder. Me llamaste desde la cabina de delante del hospital.
—¿Y qué te dije?
—Me dijiste: «Lo he escondido y está en un lugar seguro. Nadie sabe dónde está, excepto yo».
—Caramba —respondes—. ¿Te dije todo eso? ¿Qué te conté después?
El viejo meneó la cabeza.
—Para entonces, la policía ya te había detenido —respondió—. Te estaban llamando «cabronazo» y ordenando que colgaras el teléfono. Y lo colgaste.
El viejo aparca delante de un edificio bajo de ladrillo rojo situado en Oak Street, detrás de una tienda de neumáticos. Apaga el motor, sale del coche y tú le sigues. El edificio tiene dos plantas. Al otro lado de la calle hay un avalista, una ferretería, un establecimiento chino de comida para llevar que tiene las paredes del color de los dientes de un perro viejo y una peluquería llamada «Mi amiga me ha enganchado» que está repleta de mujeres negras. En la parte trasera, más allá de las blancas ventanas de lo que antes fuera una tintorería, hay una pequeña puerta negra con las palabras «Expertos en Máxima Eficacia, S.A.» pintadas en el deslustrado cristal.
El viejo abre la puerta, te conduce a una sala de unos diez metros cuadrados que huele a pollo asado y a barniz, y tira del cordón que cuelga de una bombilla pelada. Miras a tu alrededor y ves que el suelo está cubierto de sobres y de papeles. El único mobiliario que hay en toda la sala es un escritorio roto que, con toda probabilidad, dejó el antiguo inquilino.
Tu padre se agacha y recoge los sobres que han tirado por la ranura, mientras aparta los papeles con el pie. Coges un trozo de papel y lo lees:
Muy señores míos:
Adjunto encontrarán un cheque por valor de cincuenta dólares. Espero recibir con prontitud la información de la que hablamos, así como también el modelo de examen. He adjuntado un sobre sellado con mis señas para facilitar el proceso. ¡Espero verles algún día en el aeropuerto!
Atentamente,
Jackson A. Willis
Dejaste caer el trozo de papel al suelo y cogiste otra carta:
A quien corresponda:
Hace dos meses, mandé un giro postal a su empresa por valor de cincuenta dólares para poder recibir la información pertinente y el modelo de examen. Deseo hacer los correspondientes exámenes estatales, obtener el título de agente de seguridad y cumplir mis deberes patrióticos en contra de Al Qaeda. Todavía no he recibido la información y, cuando llamo por teléfono, nadie contesta mis llamadas. Por favor, envíeme la información para que pueda conseguir ese trabajo.
Reciba un atento saludo,
Edwin Voeguarde
12 Hinckley Street
Youngstown, OH 33415
También dejas caer esa carta al suelo, y ves que tu padre se sienta en un extremo del escritorio para abrir la correspondencia nueva con un cortaplumas. Lee algunas de las cartas y luego se limita a sacudirlas para hacer caer el cheque. Las demás las tira al suelo.
Sales del edificio, te vas a la tienda china y pides un vaso de Coca—Cola. A continuación, entras en la ferretería, compras una navaja y dos tubos de pegamento y regresas a la oficina de tu padre.
—¿Qué vendes ahora? —le preguntas.
—Trabajo de agente de seguridad de aeropuertos —te responde, todavía abriendo sobres—. Es un mercado floreciente. Todo el mundo quiere entrar. Consiste en detener a los malos antes de que suban al avión, en hacer todo el papeleo y en servir a tu país. Y, con un poco de suerte, conseguir que te destinen cerca de alguna cafetería Starbucks. Ya ves.
—¿Cuánto has ganado?
Tu padre se encoge de hombros, a pesar de que estás convencido de que ha contado hasta el último céntimo.
—No me ha ido mal. ¿Qué más podía hacer en esta ciudad de mierda durante los tres meses que te he estado esperando? Pero creo que ha llegado el momento de cerrar el negocio. —Levanta unos sesenta cheques—. Voy a canjearlos y a cerrar la cuenta. Aunque, los dos primeros meses... me llegaban entre mil y mil quinientos cheques por semana. Le doy gracias a Dios por ser tan selectivo con el tejido cerebral, ¿sabes?
—¿Por qué? —le preguntas.
—¿A qué te refieres?
—Te preguntaba por qué hace tres meses que vives aquí.
Tu padre deja de mirar el montón de cheques, entorna los ojos y responde:
—Porque quería prepararte un buen recibimiento.
—¿Has tardado tres meses en conseguir una botella de whisky y una prostituta que no sirve para nada?
Tu padre entorna los ojos de nuevo, y ves un rayo de luz color grisáceo entre tú y él. No es precisamente una luz, que digamos, y estás seguro de que no es el sol, sino tan sólo una ráfaga de aire o algo así. Se balancea, tiene puntitos y, desde el otro lado, tu padre te mira como si no pudiera creer que seáis parientes.
Un minuto más tarde, tu padre responde:
—Sí.
En una ocasión, te contó que habías nacido en Nueva Jersey; sin embargo, otro día te explicó que era en México. Y otro, en Idaho. Unos cuantos meses antes de que te dispararan, cuando estaba borracho como una cuba, te confesó:
—No, no. Ahora te voy a decir la verdad. Naciste en Las Vegas. Es decir, en Nevada.
Te conectaste a Internet para ver si podías averiguar sobre ti mismo, pero nunca encontraste nada.
Tu madre murió cuando tenías siete años. Alguna vez has permanecido despierto y has intentado imaginar su rostro. Algunas noches, no ves absolutamente nada de ella. Otras, vislumbras sus ojos, o su mandíbula, o la ves al pie de su cama, poniéndose las medias y, de repente, aparece completamente vestida, completamente humana, y puedes olería.
La mayoría de las veces, sin embargo, es algo intermedio. La ves sonriente, y después toda ella desaparece. Ves la espátula que solía sostener, y de la que gotea la masa para hacer tortitas; por alguna razón, tiene los ojos enrojecidos y la boca en forma de «O». Luego, su rostro desaparece y lo único que ves es el papel pintado de la pared.
Y la espátula.
Una vez le preguntaste a tu padre por qué no había ninguna fotografía de ella, por qué nunca le había hecho fotos, aunque fuera una única fotografía mala.
—¿Crees que eso le devolvería la vida? ¿De verdad lo piensas? Caramba —dijo, al tiempo que se frotaba la barbilla—. Eso sería estupendo.
—Olvídalo —le respondiste.
—Si tuviéramos un álbum lleno de fotos —pro— siguió tu padre—, tal vez asomaría la cabeza de vez en cuando para prepararnos el desayuno.
Como has estado en la cárcel, ya estás fichado, pero incluso ellos han tenido que inventarse la información, y creer que te llamas así, como has tenido que hacer tú. No tienes cartilla de la seguridad social, ni partida de nacimiento, ni pasaporte. Jamás has tenido un trabajo fijo.
—Como no hay nadie que pueda decirte quién eres —le había dicho Gwen en una ocasión—, no necesitas que nadie te lo diga. Eres simplemente quien eres. Y eres hermoso.
Con Gwen eso solía ser suficiente. No tenías ninguna necesidad de sentirte definido... por tu padre, por tu madre, por un lugar de nacimiento, por el nombre de una tarjeta de crédito, por el carné de conducir, por el margen izquierdo superior de un talón. Si a ella le bastaba aceptar la definición que hacía de ti, a ti también te bastaba.
Te ves a ti mismo en un trigal de Nebraska. Tienes diecisiete años, y ya hace cinco que aprendiste a conducir. Fuiste al colegio una vez, cuando tenías ocho años, asististe a la escuela durante dos meses. Sin embargo, lees bien, sabes multiplicar mentalmente cifras de tres números —mucho más rápido que la calculadora— y has recorrido el país con tu padre. Has descubierto que la gente no es tan lista. Y también has aprendido a falsificar números de lotería, a engañar a la gente en la calle y a conseguir comida gratis con un ligero movimiento de tus ojos castaños. Has aprendido que, si pones un billete de diez dólares delante de un desconocido, y juegas bien tus cartas, te pagará veinte para poder coger el de diez. Has aprendido que toda buena mentira tiene elementos de verdad, y que todas las verdades aceptadas traslucen mentiras.
Tienes diecisiete años y estás en aquel trigal. La brisa nocturna huele a madera quemada y, mientras ella te aparta el flequillo de la frente, tienes la sensación de que tiene los dedos secos. Lo recuerdas todo acerca de esa noche, ya que esa fue la noche en la que conociste a Gwen. Faltan dos años para que vayas a la cárcel y sientes que, al final, alguien te ha dado permiso para vivir.
Esto es lo que muy poca gente sabe acerca de Stuckley, Virginia Occidental: de vez en cuando, alguien encuentra un diamante. Estaban en un avión que cayó durante una tormenta en el año 1951, cuando ya había recorrido la mayor parte del trayecto. El avión, que sobrevolaba la costa oriental en dirección a Miami y que contenía un cajón lleno de piedras preciosas israelíes, se estrelló contra una mina de carbón, incendió el pozo número tres y se cobró la vida de unos cuantos mineros que estaban cambiando de turno. El gobierno se presentó con algunos miembros de un consorcio internacional de piedras preciosas y, tras sacar los cadáveres, empezaron a buscar los diamantes. Encontraron a casi todos, por lo menos, eso afirmaron, pero durante las décadas posteriores circularon rumores, que se vieron confirmados cada vez que aparecía un minero, con la cara aún ennegrecida por la mina, recorriendo la ciudad a toda velocidad en un Cadillac.
Cuando empezó a circular la noticia de que alguien había encontrado un diamante del tamaño de una ficha de casino, tú te encontrabas allí, vendiendo seguros contra huracanes en un camping para caravanas. De repente, un minero llamado George Brunda había empezado a pagarle rondas a todo el mundo, y había ido a hablar con su agente de viajes. Una noche, Gwen y tú jugasteis al billar con él, y lo notasteis en las grandes bolsas que tenía debajo de los ojos, en la forma que tenía de reírse a carcajadas... demasiado estridentes, demasiado rápidas, y poco convincentes a causa del miedo.
Al bueno de George no le quedaba demasiado tiempo de vida, y él lo sabía. Tenía a su madre en una residencia de ancianos, y estaba haciendo los trámites para que la llevaran a casa. George era un tipo gordo, con una gran mandíbula, y todos esos antiguos sueños que probablemente había olvidado aparecieron de nuevo en su rostro, crispándole y tensándole la piel.
—Debe de hacer veinte años que no folla —comentó Gwen cuando George se fue al cuarto de baño—. Es triste. Pobre George. No sabe qué es el amor.
Cuando te besó, ella te apretó el taco de billar contra el pecho, y percibiste el sabor del tequila, de la sal y de la lima en su lengua.
—No sabe qué es el amor —te susurró al oído, en un tono dolorido.
—¿Y qué me dices del parque de atracciones? —te pregunta tu padre, mientras salís de la oficina de Expertos en Máxima Eficacia, S.A.—. Quizá lo hayas escondido allí. Siempre te ha gustado ese lugar.
Sientes un leve tirón. En la pierna, digamos. Una diminuta presión en la parte posterior de tu pantorrilla derecha, pero sigues andando y desaparece.
—¿De verdad la has llevado a casa esta mañana? —le preguntas a tu padre cuando llegáis al coche.
—¿A quién?
—A Mandy.
—¿Quién es...? —Tu padre abre la puerta y se da la vuelta para mirarte—. Ah, ¿la puta?
—Sí.
—¿Que si la he llevado a casa?
—Sí.
Tu padre pasa la mano por la parte superior de la puerta. La cazadora vaquera le ondea alrededor de la muñeca, y sus ojos son del azul de los cartuchos. Como siempre, te sientes reflejado en ellos, a pesar de que no es así, de que no puede ser y de que nunca lo será.
—¿Que si la he llevado a casa? —pregunta tu padre, mientras una sonrisa rebota en su cara de goma.
—Sí, eso es lo que te he preguntado.
Esa sonrisa se extiende ahora por todo su rostro, incluso por las cejas.
—Explícame qué entiendes por «casa».
—No soy la persona más adecuada para saberlo, ¿no crees? —le preguntas.
—Todavía estás enfadado conmigo porque maté al Puto Gordinflón.
—George.
—¿Qué?
—Se llamaba George.
—Se habría chivado.
—¿A quién? No estaba en posición de denunciar a nadie. No se trataba de un puto billete de lotería.
Tu padre se encoge de hombros y se queda mirando la calle.
—Sólo quiero saber si la has llevado a casa en coche.
—Sí, la he llevado a casa —responde tu padre.
—¿De verdad?
—Sí, claro.
—¿Dónde vive?
—En su casa —contesta, al tiempo que se sienta detrás del volante y que pone el motor en marcha.
Nunca habías creído que George Brunda fuera inteligente, pero cuando ya habíais pasado un día entero en su casa, revolviéndolo todo, quitando la cola adhesiva de la pared, volviéndola a pegar, levantando la pintura y sellándola de nuevo, Gwen te preguntó:
—¿Dónde has dicho que vivía su madre?
Para eso tuvisteis que conseguir uniformes. Gwen se vistió de enfermera, tú de camillero, y Pete el Caballero os esperó en el coche; mientras tanto, tu padre aguardaba a que George saliera de la mina y controlaba la actividad policial con una antena giratoria.
—Veo que eres nueva aquí, y muy guapa —dijo la anciana, mientras Gwen le inyectaba fenobarbitol y Valium, y tú empezabas a registrar la habitación.
Ahí estuvo el fallo. Habías seguido a George hasta el trabajo y le habías visto entrar en la mina. Sin embargo, nadie le había visto salir, porque no había nadie vigilando al otro lado de la colina, donde se encontraba la salida de un pozo completamente diferente. Así que, mientras tu padre vigilaba la parte delantera, George salió por la trasera; a continuación, deseoso de comprobar que su inversión estaba a salvo, entró en la habitación de la residencia en el preciso instante en el que tú estabas extrayendo el diamante de la parte de atrás de la radio de su madre. George, sorprendido, se comportó con educación, como si se hubiera equivocado de habitación.
Os sonrió a ti y a Gwen, levantó una mano para disculparse y salió reculando de la habitación.
Gwen miró la puerta y luego se volvió hacia ti.
Tú miraste a Gwen, después te volviste hacia la ventana y observaste el diamante que llenaba toda la palma de tu mano.
Miraste la puerta.
—Quizá deberíamos... —empezó Gwen.
George entró por la puerta de nuevo, sin ningún indicio de educación en el rostro y con una pistola en la mano. No era un arma normal, sino un maldito revólver de seis tiros, como esos que llevaban en las películas del oeste, con un cañón largo y delgado. Tal vez fuera una reliquia de familia, y hubiera ido pasando de generación en generación desde la época de su tatarabuelo; ni siquiera tenía seguro, sólo el gatillo, y el jodido gordo loco de George, el solitario sin amor, se lo pasó en grande apretando el gatillo y disparando dos veces. La primera bala salió por la ventana, y la segunda chocó contra algún objeto metálico de la habitación y después rebotó. Entonces, la anciana dijo «uf», a pesar de que estaba sedada e inconsciente, y tuviste la sensación de que esa mujer había comido algo que le había sentado mal. La imaginabas sentada en un restaurante, tomándose un café, y llevándose una mano al estómago al tiempo que exclamaba «uf», y a George acercándose a su silla y preguntándole: «¿Te encuentras bien, mamá?».
En ese instante, sin embargo, George no estaba haciendo nada de eso, puesto que la anciana se había caído de la cama y estaba tendida en el suelo.
George soltó el revólver, la miró y dijo:
—has disparado a mi madre.
—Eres tú el que le ha disparado —replicaste, mientras gotas de sudor salían a chorro por todos los poros de tu piel.
—No, has sido tú. No, has sido tú.
—¿Quién sostenía el maldito revólver? —le dijiste.
Pero George no te oyó. Dio tres pasos rápidos y se arrodilló. La anciana estaba tendida de lado, y viste cómo la sangre, no mucha, manchaba la parte trasera de su bata blanca.
George le meció el rostro y, mientras la miraba fijamente, repetía:
—Madre. Oh, madre. Oh, madre. Oh, madre.
Gwen y tú salisteis a todo correr de la habitación.
—Lo has visto, ¿no? —te preguntó Gwen, cuando ya estabais en el coche—. Le ha pegado un tiro en el culo a su propia madre.
—¿De verdad?
—Sí —respondió ella—, pero no morirá por eso, cariño.
—Quizá sí. Es muy mayor.
—Sí, es mayor, pero la caída de la cama ha sido mucho peor.
—Hemos disparado a una anciana.
—No hemos sido nosotros.
—En el culo.
—Nosotros no hemos disparado a nadie. La pistola la tenía él.
—Pero eso es lo que creerá la gente; y tú sabes que será así. Una anciana. Por el amor de Dios.
Cuando Gwen te miró, sus ojos eran del tamaño de ese diamante.
—Uf.
—No empieces —le dijiste.
—No puedo evitarlo. Dios santo, Bobby.
Dijo tu nombre. Te llamas así: Bobby. Te encantaba oírla pronunciar tu nombre.
El sonido de las sirenas ya se está acercando, y la miras y piensas que no tiene nada de divertido, que es muy triste, que esa pobre mujer... y sigues pensando..., de acuerdo, es muy triste, pero Dios, Gwen, yo nunca, nunca podré vivir sin ti. Ni siquiera me lo puedo imaginar. Quiero... ¿Qué?
Junto al coche, el viento arrecia, y las sirenas cada vez se oyen más cerca, y son muchas, un ejército de sirenas, y el rostro de Gwen está a pocos centímetros del tuyo, y el pelo le cae por detrás de la oreja y le tapa la boca, y te mira, te ve, te ve de verdad, y es la única persona que jamás ha hecho una cosa así. Nadie... ha sintonizado contigo
como si fuera una torre de radio en un extremo de los campos de trigo sin labrar, emitiendo destellos rojos bajo un cielo azul oscuro, y la brisa nocturna que te levantaba el flequillo era ella, por el amor de Dios, ella, y se está riendo, con el pelo entre los dientes, está riéndose porque la anciana se ha caído de la cama, pero no es divertido, no lo es, y habías pronunciado la primera parte de la frase mentalmente, «quiero», pero la segunda la pronuncias en voz alta:
—...disolverme dentro de ti.
Y Pete el Caballero, al volante, recorriendo ese oscuro camino vecinal, pregunta:
—¿Qué?
Pero Gwen dice:
—Ya lo sé, cariño. Ya lo sé.
Y la voz le flaquea mientras pronuncia esas palabras, le flaquea entre sus risas, sus miedos y su culpabilidad, y te coge el rostro con las manos, mientras Pete sigue conduciendo por la autopista, y ves cómo las luces de los coches de policía inundan la ventanilla trasera, como si de los helados del Cuatro de Julio se tratara, y entonces la ventana se viene abajo, como si alguien hubiera tirado de una red, y se te meten fragmentos de cristal en la camisa, y notas algo extraño en la cabeza, tan flojo y caliente como el extremo de un cigarrillo encendido.
El parque de atracciones está vacío, y tu padre y tú dais una pequeña vuelta por allí. Las lonas impermeabilizadas que cubren algunas de las barracas se han soltado por las esquinas y, atrapadas entre el viento y la madera, ondean y susurran. Mientras espera a que le contestes, tú padre te observa.
—Estoy empezando a recordar. Algo, —le dices.
—¿De verdad? —te pregunta tu padre.
Levantas la mano y la mueves de un lado a otro.
Justo detrás de las jaulas en las que, en verano, montan las barracas de tiro al blanco, la silla de la mujer barbuda y los aparatos para medir la fuerza de los participantes, ves un terreno vacío, recientemente labrado, y te quedas allí mirando hasta que tu padre se detiene junto a ti.
—¿Mandy? —le preguntas.
El viejo suelta una risita, aparta el barro con el zapato y se queda mirando el horizonte.
—Lo tuve en mis propias manos, ¿sabes? —le comunicas.
—Ya me lo imaginaba —responde el viejo.
Reina el silencio, y la tierra, llana y de un color azul metálico, se extiende vacía en todas direcciones. Tan sólo oyes el susurro de las lonas impermeabilizadas, y sabes que tu padre te ha llevado hasta allí para matarte. Ha ido a recogerte a la cárcel para poner fin a tu vida. Con toda probabilidad, te ha traído a este mundo para poder matarte algún día.
—Ocupaba toda la palma de mi mano.
—Grande, ¿eh?
—Sí, bastante.
—Se me está acabando la paciencia, chico —dice tu padre.
Asientes con la cabeza y respondes:
—Ya sabía que se te acabaría.
—La paciencia nunca ha sido mi fuerte.
—No.
—Ha estado bien —dice tu padre, olfateando el aire—. Como en los viejos tiempos, poniéndonos al día y toda esa mierda.
—Esa noche le dije que se marchara, que se fuera, que se mantuviera lo más alejada posible de ti hasta que yo saliera. Le dije que no confiara en nadie. Le expliqué que tú la seguirías de cerca, a pesar de que, por lógica, deberías abandonar la búsqueda. También le conté que, aunque yo te hubiera asegurado que lo tenía yo, tú no estarías dispuesto a correr riesgos y que la seguirías buscando.
Tu padre echa un vistazo al reloj y vuelve a mirar el cielo.
—Le dije que, si alguna vez la atrapabas, te trajera al parque de atracciones.
—¿De quién estamos hablando?
—De Gwen —Pronuncias su nombre al viento, a las ondeantes lonas, al frío.
—No me digas.
Tu padre saca la pistola y empieza a darse golpecitos con ella en la rodilla.
—Le dije que te dijera que no sabía nada más: simplemente que lo había ocultado en algún lugar del parque de atracciones.
—Esto es muy grande.
Haces un gesto de asentimiento.
Tu padre se da la vuelta y te mira de frente. Tiene las manos cruzadas sobre la ingle, y la pistola está allí, esperando.
—Con el dinero que ganaría con ese diamante, podría retirarme —afirma tu padre.
—¿Y qué harías? —le preguntas.
—Irme a México.
—Pero... ¿qué harías allí? ¿Un hombre viejo y mezquino como tú? ¿Qué podrías hacer, aparte de robar algo, de matar a alguien o de intentar joderle la existencia a todo el mundo?
El viejo se encoge de hombros, y observas cómo su cerebro empieza a trabajar. Hay algo que le molesta, algo que no se le había ocurrido hasta entonces.
—Acabo de recordar algo —dice, entrecerrando los ojos, mientras te clava su mirada.
—¿Qué?
—Hace tres años que sabes que Gwen ya no está, ¿no es verdad?
—Que está muerta.
—Si lo prefieres así —responde tu padre.
—Sí.
—Tres años. Mucho tiempo para pensar.
Asientes con la cabeza.
—Y para hacer planes.
Vuelves a asentir.
Tu padre se queda mirando la pistola que tiene en la mano y te pregunta:
—¿Crees que todavía funciona?
Meneas la cabeza.
—Está cargada —replica tu padre—. Lo sé por el peso.
—Mueve el percutor —le sugieres.
Lo considera durante unos segundos y después lo intenta. Inclinándolo un poco, tira de él con fuerza hacia atrás, pero nada. El percutor está tan duro como una piedra.
—Pegamento —le dices—. También he puesto en el cañón.
Sacas la mano del bolsillo y abres la navaja. Eres muy diestro con ella, y tu padre lo sabe. Te ha visto ganar dinero de esa manera, lanzando cuchillos a dianas, pasándote hojas afiladas entre los dedos a toda velocidad.
—No sé dónde la enterraste, pero la vas a desenterrar ahora mismo.
El viejo asiente. Y te comunica con la cabeza:
—Tengo una pala en el maletero —dice.
Niegas con la cabeza.
—No, vas a hacerlo con las manos.
Cuando le permites usar la pala, ya está amaneciendo, y la parte baja del cielo se ha teñido de color bronce. No se le ven las uñas, ya que la sangre seca le ha ennegrecido las heridas más antiguas, y unas gotas de sangre color rojizo brotan de las que se acaba de hacer. En una ocasión, el viejo rompió a llorar; en otra, se puso desagradable y te contó que, de todas maneras, no eras hijo suyo, que te encontró dentro de un tonel, que debías de ser hijo de alguna puta, y que decidió cuidar de ti porque pensaba que podrías serle útil para una estafa relacionada con un niño desaparecido que estaban tramando entonces.
—¿Dónde fue eso? —le preguntas—. ¿En Las Vegas?, ¿o en Idaho?
Cuando la pala toca un hueso, le ordenas:
—Déjala aquí arriba.
Das un paso atrás, mientras tu padre lanza la pala desde el interior del hoyo.
El sol ya ha salido y, durante un rato, miras cómo tu padre quita la tierra con las manos. Y ahí está, ennegrecida y putrefacta. En algunos lugares, los huesos están al descubierto, y su tórax te recuerda las escamas de un gran pez muerto que una vez viste en una playa de Oregón.
—¿Qué hacemos ahora? —te pregunta, al tiempo que las lágrimas le bañan los ojos y le resbalan por la barbilla.
—¿Qué hiciste con su ropa?
—La quemé.
—Para empezar, ¿por qué se la quitaste?
El viejo se queda mirando los huesos, pero no pronuncia palabra.
—Mira más de cerca —le sugieres—. Donde tenía el estómago.
Tu padre se agacha y mira detenidamente. Tú coges la pala.
Antes de conocer a Gwen, no sabías quién eras. No tenías ni idea. Cuando estabas con Gwen, lo sabías. Después de Gwen vuelves a preguntártelo.
Esperas. El viejo sigue inclinando la cabeza a un lado y a otro para obtener un mejor ángulo de visión y, al final, al final, lo ve.
—Que me jodan —dice.
Le golpeas la cabeza con la pala, y él te dice:
—No, espera.
Tú le golpeas de nuevo, y ves el rostro de Gwen, el lunar de su pecho izquierdo, aquella vez que se reía con la boca llena de palomitas y, cuando golpeas a tu padre por tercera vez, la cabeza se le inclina de una forma extraña sobre el cuello, y tú le golpeas una vez más para asegurarte; después, te sientas y balanceas las piernas sobre la sepultura.
Observas esa cosa negra y marchita que yace debajo de tu padre, y vuelves a ver su rostro cuando el viento entraba por la ventanilla del coche, cuando ella tenía el cabello entre los dientes, y sus ojos te veían y te ingerían, como si fueras comida, sangre, el aire que necesitaba para respirar...
—Ojalá...
Te quedas allí sentado durante un buen rato. El sol ha empezado a calentar el suelo, a caldearte la espalda, y el viento hace susurrar esas lonas de nuevo, de forma suave y apremiante.
—Ojalá te hubiera hecho una fotografía —dices, al final—. Aunque sólo fuera una.
Sigues allí sentado así hasta el mediodía, y lloras porque no has podido protegerla, porque no podrás conocerla, porque no sabes cuál es tu verdadero nombre, porque al margen del que sea, o del que podría haber sido, está enterrado con ella, debajo de tu padre, debajo de la tierra que estás empezando a echar encima.