el mundo es una esfera (es)
—Hemos dado muerte a monstruos peores —dijo lan Moltas, Consultor del Distrito Nueve de Norlenas.
Había hablado en voz alta en medio de su soledad; las palabras no le habían traído consuelo, ni habían acrecentado su coraje. Después de un tiempo cualquier hombre, cualquier pueblo, terminará por cansarse de matar monstruos, y volverá a reinar el caos.
Estaba de pie junto a la ventana oeste de su museo en esa noche tropical; las manos complacidas por el contacto con el fresco alféizar de piedra y los oídos atentos al clamor inocente de la oscuridad, chirriar de insectos, cada tanto el rugido ronco de un cocodrilo en celo desde el pantano que había al final del parque y de vez en cuando el trino y el cloqueo del ruiseñor, pájaro misterioso. Se dice que es de buen augurio oírlo en una noche clara de la luna vieja.
Nadie ve nunca al ruiseñor y, sin embargo, está en el mundo desde hace por lo menos doscientos años, desde el glorioso tiempo de la República, ya que los poetas de entonces hablaron de él, dándole ese nombre sonoro.
¿Buen augurio? lan Moltas ya no creía en la suerte, en ningún tipo de suerte. Uno se abría paso como podía en medio de confusiones, sufrimientos y compromisos; que Dios y el Diablo se ocuparan del resto.
—No es la primera vez que le cortamos la cabeza a un monstruo como tú —dijo levantando un puño rugoso y eclipsando con él el destello de las lámparas que brillaban en las ventanas del palacio a siete cuadras de distancia, del otro lado del parque. No dejó que su puño opacara el frágil resplandor de la luna vieja que menguaba. Con la ayuda de esas lámparas los escribas del Emperador podían proseguir con la faena diurna hasta bien entrada la noche, o más aún... todos musones, claro, y por lo tanto esclavos cuya vida dependía del antojo del Emperador. Esmirriados, de manos delicadas y frentes amplias, poseedores a menudo de ese legendario sexto dedo, los pobres infelices se pasaban la vida escribiendo, cumpliendo su desgraciada tarea, anotando, copiando documentos y correspondencia y sobre todo transcribiendo en buen pergamino los últimos delirios y las últimas zonceras imperiales que celebraban la inmortalidad del emperador Asta; y nadie que viese sus pálidas caritas de musones habría podido imaginar el fuego que ardía detrás de las máscaras. Moltas consideraba que algo de eso sabía: aunque no era tan arrogante como para pensar que él, un misipano de la clase dirigente, podía saber demasiado. Saber algo acerca de eso podría considerarse como una traición para con sus pares.
El emperador Asta ya era oficialmente un dios, en virtud de un acto de la Asamblea de Consultores (a la que había concurrido Moltas...¿qué puede uno hacer?), pero eso no le bastaba. Ya dos de los tres emperadores anteriores habían sido deificados, de modo que a ese durazno ya le habían hincado el diente. No... él estaba decidido a pasar a la posteridad como un gran pensador, un hombre de estado, un literato. Desgraciadamente, jamás había tenido una idea original y a gatas si sabía leer y escribir.
—También a ti te cortaremos la cabeza.
Pero a pesar de que Moltas prestó atención para percibir el timbre férreo de la rebelión en su voz, no pudo oírlo. ¿Puede haber una rebelión sin el pueblo? ¿Puede hablar la rebelión con una voz de viejo, trémula, casi malhumorada? Después de todo la pelea no era entre él.
Consultor del Distrito Nueve, y el diminuto y esmirriado egomaníaco del palacio; era entre la chispa de mal y la chispa de bien que había en el mundo de los hombres. En cuanto al pueblo...
—¡La República! Ah, si —dice— ¡la República! Eso, eso tenemos que volver a la República, pero no en este preciso momento, porque el Emperador (loado sea el Emperador) prometió ocuparse personalmente del asunto en cuanto se presente la oportunidad. ¡Pan y arroz! ¡Más peleas! ¡Más pornoshows en el estadio! ¡Loado sea el Emperador! ¡Peleas! ¡Pornoshows! ¡PAN Y ARROZ!
¿Y la Asamblea de Consultores, que fuera una vez el corazón mismo y la conciencia de la República? Moltas pensó: Y bueno, somos casi todos viejos, y nos han cubierto vinchas mareas. Nadie va a hacer volver la República sólo por recordarla con lágrimas.
El alféizar de piedra le lastimaba las manos. Se frotó los dedos y enderezó su avejentada espalda; después se volvió hacia la calma espaciosa de la habitación que denominaba su museo y que, como el resto de la casa, era excesivamente majestuosa y estaba un poco deteriorada. Allí se habían ido acumulando durante treinta años los productos del botín de la curiosidad de un hombre rico. No deseando molestar a un sirviente para algo tan trivial, quitó la vela de un candelabro y acercó la llama hasta la lámpara de pie que había sobre una mesa larga en el centro de la habitación. La mesa era de caoba, producto de la artesanía misipana de aproximadamente ciento cincuenta años, los últimos de la República; pero no podía considerársela antigua si se la comparaba con las decenas de tesoros que había sobre ella, casi todos de la época Americana, de la Edad de los Hechiceros.
Lo más viejo de todo, según pensaba lan Moltas, era la tosca imagen de dos caras grabada, en una sustancia negruzca, parecida a la piedra, tal vez arcilla, que de un lado mostraba a un hombre y del otro a una mujer y que, seguramente, pertenecía a algún período anterior a la Edad de los Hechiceros, aunque el sólo imaginarlo era una herejía. Algunos años atrás había descubierto esa imagen entre los trastos de poco valor que acarreaba un vendedor ambulante proveniente del norte, que se la cedió por un menin, como si fuese chatarra. En realidad no tenía nada en común con las reliquias americanas. Y sin embargo...
No existía el Tiempo, decían los sacerdotes, hasta que Sol-Amra creó el mundo con agua, con aire, con tierra y con fuego y se lo entregó a los americanos, los Hechiceros, que cayeron en el pecado de la soberbia y fueron destruidos con la peste y el fuego, salvo un puñado de ellos. Y nosotros, los descendientes remotos de ese puñado de hombres, seguimos siendo corruptos y debemos seguir soportando la maldición divina de la pobreza y la mutación hasta el año 7000, en que Sol-Amra vendrá a juzgar al mundo. La pobreza es el castigo por el pecado de la codicia. La mutación es el castigo por nuestra naturaleza lasciva Los más corruptos de todos son los musones ¿Acaso no se revela con toda plenitud la ira de Dios en su talla diminuta, su rostro pálido y sus manos malvadas? De modo que mantengámonos con toda confianza en la esclavitud y sacrifiquémonos en las Fiestas de la Primavera, para que rediman el pecado del mundo.
Uno conocía todo eso y sabía que era necesario conceder una aceptación ritual. Pero también uno pertenecía a la no demasiado secreta sociedad de los Tera, que en privado sonreían discretamente ante la barbarie de los tiempos; y hasta sonreían, muy en privado y corriendo un grave riesgo, al hablar de Sol-Amra y del Panteón Menor. Ya se sabe, decían los caballeros de Tera, esas tradiciones y leyendas son un alimento estupendo para el vulgo. Hay que mantenerlos contentos con algo, mientras nosotros nos ocupamos de la filosofía, de la razón pura y de la vida retirada.
Si algún visitante mostraba interés por la imagen de dos caras, lan Moltas se encogía de hombros y trataba al objeto como si fuera una curiosidad sin importancia, obra, probablemente, de esos diminutos salvajes desnudos que vivían en el desierto del norte, al oeste de Penn; o tal vez podría provenir incluso de esa región de los lagos casi inexplorada que había mucho más al norte. Pero Moltas había visto suficientes muestras de primitivas efigies de madera y de la torpe cerámica de esos salvajes como para saber que esta imagen de dos caras no era obra de ellos.
Los otros tesoros que había sobre la mesa eran reliquias de la época Americana, valiosas pero familiares para un connoisseur. Un plato de metal gris, que se había encontrado en las ruinas sepultadas bajo la selva al este de Nathes (que al parecer se llamaba Natchez en la Edad de los Hechiceros y vaya uno a saber cómo pronunciaban ese nombre). Un pequeño cilindro de un metal desconocido, ahusado que remataba en una punta hueca y en el que aún se leía parte de una inscripción, unas pocas letras de esas antiguas, tan semejantes a las del alfabeto misipano Un disco de vidrio pesado que tenía el poder místico de amplificar. Una bandeja con monedas, algunas de cobre oxidado, otras que parecían no tocadas por el tiempo.
lan Moltas se hundió en una de las macizas sillas que había junio a la mesa. A la muy avanzada edad de cincuenta y ocho años era pesado pero no gordo, no demasiado arrugado, sólo un poco gris. Los mansos y oscuros ojos azules desmentían la ferocidad de su nariz aguileña: su boca de orador, tan flexible, estaba enmarcada por comisuras oscuras. Tenía puesto el taparrabos escarlata de la clase dirigente y su túnica blanca, sin mangas, ostentaba en el pecho la planta de arroz dorada y verde, símbolo de la Asamblea de los Consultores. A menudo, cuando estaba enojado o deprimido, se refugiaba en la contemplación de la imagen de barro, y a menudo encontraba la paz. Debió ser hecha exclusivamente con los dedos, pensaba. ¡Qué sencillas las ranuras que señalaban los ojos! Y las bocas se habían logrado por la presión de pulgares que se habían convertido en polvo hace ¿cuántos cientos o miles de años?
Levantó la vista, sobresaltado y distraído.
—¿Sí, Elkan?
El esclavo había entrado en silencio, o tal vez había permanecido de pie entre sombras algunos momentos.
—Un vendedor ambulante, consultor. Seguramente indigno de hacerle perder el tiempo, pero insistió. Dice llamarse Piet Brun y pide disculpas por lo avanzado de la hora.
—¿No le dice lo que tiene?
—No señor, pero insiste en que usted podría querer comprarlo.
—Está bien, lo veré. A menudo esa gente tiene algo interesante. Elkan, recordarás que hace dos años que presenté una moción alegando que tu pueblo debía ser considerado igual a la raza humana...
—Perdone la interrupción, consultor, pero tengo entendido que esa moción fue rechazada, ¿verdad?
—No, no exactamente, no en forma oficial, siempre se lo debatió sin llegar a un acuerdo. Solo quería que supueras que el único apoyo posible para tu gente proviene de la Asamblea, no se puede esperar nada bueno de ningún otro poder político. Nosotros, los Consultores, somos todo lo que queda de la República que una vez sostuvo los ideales de virtud y libertad. Y me siento obligado a decirte que es posible que la Asamblea misma perezca.
»Me atrevo a pensar que al hablarte a tí, a quien he llegado a considerer un amigo, le estoy hablando a otros de tu pueblo que no pueden oírme directamente. No querría enterarme nada sobre grupos de tu gente que puedan estar viviendo en el desierto, porque yo, como cualquier otro, puedo volverme débil y traicionarlos si me desintegran la mente bajo tortura. Sin embargo, si acaso existen esos grupos, querría que escuchasen esta advertencia: cuídense más que nunca en los próximos años y mientras Asta siga vivo. No hagan nada por despertar la lujuria de la violencia. Asta es un hombre inseguro. Necesita un chivo emisario, y tu pueblo podría volver a ser la víctima, sobre todo si se extingue la Asamblea. No titubearía en ordenar una nueva Noche de los Cuchillos... incluso es posible que esté deseándola.
—El mensaje será transmitido, Consultor —dijo Elkan después de un rato—. Pero es posible que no sigan su consejo. Las condiciones cambian, señor. La Noche de los Cuchillos hace diez años no fue decisiva.
Mollas levantó la vista, anonadado por lo que parecía entreverse detrás de esas palabras. El rostro de Elkan estaba sereno, como siempre.
—Elkan, puesto que la ley prohíbe liberar bajo ninguna condición a los esclavos musones, redacté un testamento por el cual tú pasarás al servicio de mi cuñado en Nathes. Es un hombre buenísimo, un estudioso, y un afortunado dado que no sabe casi nada acerca del mundo moderno, ya que lo que le interesan son las pugnas y los goces de la antigüedad.
Elkan hizo una inclinación.
—Un acto misericordioso. Consultor.
Pero a Moltas le pareció que se sobreentendían oscura y alborozadamente otras palabras: Si usted muere, señor, voy a irme con mi gente al desierto.
—Ahora sí voy a recibir a ese vendedor ambulante.
Piet Brun entró con la gracia descarada de un gato. Era un hombre pequeño y robusto, retorcido y pelado, que llevaba una bolsa de tela verde. Con toda grosería retiró una silla y la acercó al Consultor, sin esperar la invitación para sentarse. Cuando Elkan trajo el vino que le seguía al de mejor calidad. Brun se bebió un vaso como si fuese agua, cloqueó, se palmeó el vientre y dijo:
—Muy rico, señor. Muchas gracias.
Elkan, que estaba detrás de Brun, compartía la gracia que le causaba a Moltas ese hombre con una ceja alzada. Después desapareció de la vista.
Brun ofreció su autobiografía, como al pasar. Había estado en todas partes y había hecho de todo. Nacido en Alsardra (según decía), a los trece años se había escapado para unirse a una caravana que se dirigía a Penn, en el norte bárbaro. Había servido como mercenario en una de las guerras de límites de Penn contra el Imperio de Katskil (una nación pujante, según decía). Después se había conseguido un lindo trabajito contrabandeando puntas de lanzas de acero de Katskil a los salvajes de la región de los lagos. Se había casado pero su mujer había dado a luz un mué, como llaman a esos monstruos allá en el norte, y después otro, así que se había divorciado de ella, según permitía la ley de Penn, un acto que la convertía a ella en esclava protegida por la Iglesia Amran. Al mencionar a esa iglesia, Brun automáticamente se hizo la señal de la rueda sobre el corazón y se rascó la axila.
Moltas preguntó, reprimiendo su sensación de disgusto:
—¿Se convirtió usted en miembro de esa iglesia, señor Brun, a pesar de ser misipano por nacimiento?
Brun recorrió con los ojos la habitación, en busca tal vez de fisgones.
—Tengo algunas cosas interesantes aquí, mi señor. Vea, eso de la iglesia... yo soy un hombre práctico, Consultor. Les dejo las especulaciones a los sacerdotes... para eso les pagan. —Se puso un dedo gusarapiento contra la nariz y guiñó un ojo—. Allá en el norte, usted sabrá, uno es roquidor de Abraham... quiero decir, lo que dice la iglesia es que o uno tiene fe en Abraham o —(se colocó el canto de la mano contra la garganta)— ¡sac! —Tomó otro trago de vino—. Tuve una tienda de chatarra durante un tiempo... me iba bien pero vendí. No puedo quedarme quieto, mi señor. Tal vez haya sido un poco sinvergüenza.
Moltas volvió a llenarle el vaso. El político que había en él buscaba instintivamente datos valiosos.
—¿Diría usted que Katskil es la potencia más grande del norte hoy por hoy?
—Sin la menor duda, señor. Todavía no tienen poderío naval, pero también andan en eso. Entre paréntesis, el país está invadido por la hechicería. La iglesia hace todo lo que puede por controlarla, y no puedo menos que felicitarlos por eso. —Le echó una ojeada a la imagen de dos caras y de inmediato desvió la mirada—. Esa marmita brillante que tiene allí es una linda pieza, mi señor, de la Edad de los... Hechiceros como los llaman.
Moltas pensó que ese pequeño vagabundo bien podía ser un agent provocateur enviado por Asta para inducirlo a hacer observaciones heréticas.
—¿Cómo los llaman, señor Brun?
—¿Podemos... este... hablar en confianza?
—Por supuesto, si usted lo desea.
—¿El viejo esclavo ya se fue a dormir?
—Es probable. De todos modos no es un fisgón.
—Mierda, todos son fisgones.
—Él no es un fisgón, señor Brun.
—Lo siento. Disculpe. Debe ser la culpa de su buen vino. No quise ofenderlo, señor... lo que pasa es que ya me metí en problemas una o dos veces antes, por hablar demasiado. Me refiero a que, a mi manera de ver, esos tipos de antes no eran hechiceros ni nada de eso, al menos no como las brujas del norte. Eran gente como nosotros, sólo que además tenían muchos conocimientos y muchas habilidades que no sé como se perdieron, eso es todo.
—Espero que tenga la prudencia de no mencionar esas ideas en público.
—No tengo ningún interés en mirar este mundo de mierda desde una cruz, Consultor.
—Yo nunca puse a nadie en peligro de crucifixión.
—Ya sé. Allá en los muelles lo llaman "El Piadoso".
—Me gané el apodo —dijo lan Moltas.
—Sí, señor... es un modo de ver las cosas. Yo, en cambio, noto que el mundo está hecho de colmillos y de garras. El hombre tiene que ocuparse de sí, no puede esperar que otro lo haga. —Recogió su bolsa verde—. ¿Quiere ver algo bueno de verdad?
Moltas asintió, suponiendo que iba a ver chatarra.
El mercader sacó primero un pequeño trípode que sustentaba un arco semicircular de unos treinta centímetros de altura. Todo el aparato era una pieza sólida o soldada trabajada en uno de esos metales gris plateado antiguos, imposibles de reproducir en los tiempos modernos. Colocó eso sobre la mesa y después sacó un objeto blando, seguramente de plástico antiguo, pintado con colores plenos y suaves que formaban una curiosa armonía, en su mayoría azules, verdes y marrones. En ambos extremos del bulto había unos dispositivos de metal. Brun colocó uno de ellos en su boca y sopló. El bulto se convirtió rápidamente en una esfera que brillaba tenuemente. La colocó en el pie metálico y la golpeó de modo tal que giró un rato largo antes de inmovilizarse y descansar. La mente de Moltas la acompañó en el giro; cuando cesó el movimiento parpadeó y contuvo la respiración.
—¿Apasionante, no es cierto? La obtuve en Penn de manos de un recolector que estaba asustado de poseerla. Es por eso que puedo dejársela por una bicoca y aún así hacerme mi ganancia.
—Pero ¿qué es?
—Un mapa.
—¿Qué está diciendo?
—Los Hechiceros, si es que hay que llamarlos así, sabían que el mundo es redondo... Allá en el norte, Consultor, la gente cree que algunos de los Hechiceros, los Americanos, siguen dando vueltas... bueno, usted me entiende, que son inmortales, demonios merodeadores. La Iglesia lo toma muy en serio, o tal vez —volvió a colocarse el dedo junto a la nariz— sea que eso de mantener a los demonios en su lugar es un buen negocio.
Las cosas útiles (como esa marmita que tiene usted allí) son liberadas de su hechizo a tanto el sortilegio. Según tengo entendido esto fue hallado en el sótano de un edificio en ruinas en el área cercana a Filadelfia. Los sacerdotes lo habrían condenado, pero alguien se lo agarró antes de que llegaran...
—¿Redondo?
—Sí, señor —dijo Brun con ese desagradable tonito nasal de los norteños y como al pasar, casi como deshaciéndose de algo sin interés, pero con ojos demasiado brillantes, demasiado divertidos, agregó—: Levántelo si quiere, Consultor. No es frágil... ni peligroso.
lan Moltas lo levantó, y encontró que era sorprendentemente liviano. Tocó la superficie tersa, tan inundada por el suave resplandor de la lámpara, y el, globo giró con el impulso. Sin el tono nasal, y sin resonancias burlonas, Piet Brun dijo:
—Está sosteniendo el mundo con las manos.
—Me preocupa lo que dices, señor. Claro que estoy familiarizado con... ciertas teorías filosóficas.
—Por supuesto. —Se burlaba otra vez, o parecía burlarse—. Claro, todo el mundo sabe que la Tierra es plana.
Moltas estaba irritado.
—Muy por el contrario, es evidente que hay alguna curvatura. Con sólo subirse a la cima de una montaña...
—Ir hasta el mar, Consultor, y ver acercarse a otro barco; primero la punta del mástil y después la gavia...
—Sí, ya sé, ya sé. Pero al fin de cuentas... —Volvió a apoyar el objeto brillante sobre la mesa—. ¿Un mapa? Tal vez la creación de un artista, de una mente fantasiosa.
—Hablando de ir al mar, Consultor ¿cuál es la situación naviera de Norlenas en estos momentos?
—¿De los barcos? Bueno, no estoy demasiado bien informado. Supongo que es normal.
—Usted comprende, soy como un extranjero aquí. Es posible que me interese comprar o alquilar algún barquito marinero, pero no sé qué gasto podrá significarme.
Si pregunto en los muelles no voy a obtener una respuesta honesta, por eso pensé en preguntarle a usted.
El halago era inofensivo y probablemente sincero.
—No lo sé en realidad, señor Brun. ¿Qué clase de barco?
—Debería ser uno de unas cien toneladas, con dos mástiles, me parece, con galera de un piso y buenos esclavos... que no sean musones, los musones que tienen ustedes no valen nada en un banco de remeros...
—Señor Brun, todos los remeros de Misipa son hombres libres. No hay otros esclavos que los musones.
—¡No me diga!
—Me sorprende que usted, que es misipano de nacimiento, lo haya olvidado.
—Vea, yo me escapé a los trece años, y antes de esa edad no me fijaba mucho en nada que no fuese preguntarme cuándo volvería a emborracharse mi viejo y a aporrearme el culo. Bueno, como le decía, tiene que ser de por lo menos cien toneladas, y no quiero un barquito que se me quede pegado a la costa. Si hace falta voy a acortarle los mástiles y si la quilla no es buena voy a buscar más lastre. —lan Moltas notó por primera vez que las ropas del hombre eran bastante buenas, incluso caras, que tenía las uñas limpias y que los ojos, cuando no estaban velados por la socarronería, eran los ojos del visionario, los del que escuchaba el mensaje de los vientos—. Tiene que tener un andar lento y seguro... hay que saber tratar con las aguas del alta mar.
—¿Tal vez piensa usted comerciar con Velen en el Sur?
—Tal vez —dijo Piet Brun con los ojos fijos en la lejanía.
—Bueno, por arriesgar una cifra, señor, pienso que con doce mil menin podría usted comprarse un barco así. En cuanto al reaprovisionamiento y el cargamento, realmente no sé, no puedo aconsejarlo... Y ya que estamos en el tema del dinero ¿cuánto tendría que pagar yo por esta... reliquia?
Brun le sonrió:
—Doce mil menin.
La esfera era un poema de azules, verdes y marrones, que flotaba en el silencio de la habitación.
—Si es que usted planea explorar la posibilidad de que el mundo sea una esfera —dijo Moltas de inmediato— (algo que por supuesto no resulta extraño para los filósofos de la Tera, aun cuando se considere a la teoría muy improbable) ¿no va a necesitar este... —tocó el mundo y lo hizo girar nuevamente—... este mapa?
—Hice algunos bosquejos —dijo Brun. La sonrisa no se le borraba del rostro tosco; Piet Brun tenía algún chiste privado sobre el mundo, tanto si era una esfera como si era el escabel de Sol-Amra—. Me hice una copia en seda y puedo inflarla con ayuda de uno de esos juguetes que hacen para los chicos con vejigas de cerdo. Es tosco, pero me basta para mis propósitos.
—La cosa es un mapa, sin duda, como usted bien dice. Reconozco algunos nombres como pertenecientes al Americano arcaico... es casi vox populi que la Ciudad de Dios Norlenas se llamó en un tiempo Nueva Orleans. Pero el mapa que usted trae la ubica en un lugar equivocado, y la línea de la costa es absurda. El curso del Misipa termina... más o menos aquí.
—Consultor, las leyendas acerca del Diluvio son leyendas auténticas. Allá en el norte lo saben bien. En el extremo sur del mar de Hudson hay un gigantesco cúmulo de piedra, masas de mampostería derrumbada, y de tanto en tanto se asoma fuera del agua la punta de una torre, tan apuntalada con sedimentos y escombros que las mareas y las corrientes más poderosas no lograron cubrirla. A ese lugar lo llaman Rocas Negras, pero todos saben que son las ruinas de la ciudad más grande de los llamados Viejos Tiempos. La inundación llegó, Consultor, pero todavía no se retiraron las aguas.
—Conozco las leyendas. Bien, señor Brun, el precio que fija por la reliquia es oprobioso, casi ridículo, pero aún así voy a pagarlo. Si le sorprende eso, acháqueselo al antojo de un viejo que no puede salir a explorar. Voy a extenderle una letra en mi... disculpe.
Había aparecido Elkan en la arcada que los separaba del vestíbulo, parecía asustado. Moltas fue hacia él.
—Señor, el Emperador ha enviado una litera con cargadores.
—¿A esta hora?
Consciente de la presencia del vendedor, Elkan bajó el tono de voz hasta hacerlo apenas audible.
—Los acompaña un teniente del Mavid.
—Un escolta, sin duda —dijo lan Moltas, que tenía experiencia. Les tenientes de la policía secreta de Asta no solían salir a hacer recorridas de cortesía—. Voy a bajar en seguida ¿Ha regresado del banquete la señora Moltas?
—Todavía no, señor.
—Tráeme mi cofre de joyas de la caja fuerte de mi dormitorio, Elkan. —Se volvió hacia su visitante—. Señor Brun, lo mejor va a ser que le pague con una joya de ese valor aproximado. Ha regresado usted a Misipa en una época de gran inestabilidad. Los hombres pierden el favor rápidamente, a veces mueren rápidamente... tiempos extraños, muy extraños. Es posible incluso (ya que las fortunas cambian a tal velocidad) que tenga usted dificultades en cambiar el cheque por dinero en efectivo mañana por la mañana, aun cuando yo poseo abundantes fondos como para cubrirla. Las joyas, en cambio, siempre pueden negociarse.
—Lo que a usted le parezca mejor, Consultor. —Brun estaba sonrojado, desconcertado aún por el increíble éxito de su visita; a Moltas se le ocurrió que tal vez había pedido ese precio sólo como una salida burlona, un chiste, un pie para comenzar a discutir en serio el precio.
—Gracias, Elkan. Tenga... si le lleva esto a cualquier tasador de la calle de la Cuna Blanca, señor Brun...
—Señor, jamás pensaría en dudar del Consultor...
—Me espera una litera, una visita trasnochada. Tal vez puede acercarlo al lugar donde se hospeda. Adelante, por favor... en seguida estoy con usted.
Necesitaba quedarse a solas con Elkan un momento, para que ambos se mirasen a los ojos y se estrechasen las manos como hacen dos amigos, dos iguales.
—Regresaré, espero —dijo.
Elkan titubeó un rato largo: después el apretón de la mano de seis dedos fue firme y a Moltas le resultó extraño, como un puente entre mundos que deben comunicarse de algún modo a través de la amistad, o perecer.
El teniente del Mavid hizo notar con amabilidad y corrección que la litera era pequeña, y que no había lugar para nadie más que para el pasajero y él mismo. Era un hombre cortés y paciente, con su taparrabos negro y su túnica también negra con el emblema de las lanzas cruzadas. Piet Brun se despidió atentamente y se alejó con presteza por la calle oscura con una fortuna verde esmeralda en el bolsillo que podría haber comprado hasta la virtud de un teniente del Mavid.
—Supongo que vamos al palacio, ¿verdad, teniente?
—Si, señor. ¿Por qué se ríe. mi señor, si no es indiscreción preguntarlo?
—Jamás podría entenderlo —dijo lan Moltas.
El cuerpito flacucho de Asta, el Designado de Sol-Amra. Señor del Mundo, desafiaba la comodidad de seda de su silla, incapaz de relajarse; el rostro tenso revelaba un hambre que ningún mundo podía satisfacer. La sala de audiencias era fresca y encantadora bajo las lámparas suaves, y el piso era un mosaico de mármol gris y rosado invalorable. Una muchacha musona desnuda, con una sonrisa estereotipada, sostenía una fuente con fruta cerca de su silla, y Asta masticaba las pasas de uva como si fuesen la carne de sus enemigos.
—Puede sentarse, Consultor.
Ciento cincuenta años atrás, cuando Ocasta, el primer emperador, fue coronado, los privilegios de los Consultores se habían especificado en un estatuto, un intento de los amantes de la República por mantener algún reflejo de ella cuando la realidad había desaparecido. Moltas podría haberse sentado en la banqueta, el único otro asiento que había en. la habitación, sin necesidad de esperar permiso. Esa concesión de Asta era uno de esos triunfos mezquinos que necesitaba el Emperador como otros necesitaban café o marauana. Y quedarse de pie habría sido un error político.
—¡No seas maleducada, criatura! —dijo Asta, y le dio a la muchacha un empujón brutal en dirección a Moltas, quien tomó un higo y lo mordisqueó por el bien de la política.
La muchacha era pequeña y bonita, y en realidad parecía una criatura al verla por primera vez, pero Moltas se sentía incapaz de adivinarle la edad. La fuente era pesada y sus brazos delgados corrían el riesgo de temblequear. Se sabía que Asta disfrutaba de los placeres estériles de mantener un harén de musonas, y que su emperatriz no tenía otro valor para él que el de ser la gestadora de hijos para la dinastía; y corría el rumor de que las pocas chicas que sobrevivían algunos meses a sus placeres eran entregadas a ciertos miembros favoritos de la camarilla dirigente, en señal de estima del Emperador... quedaban disponibles, en realidad, como toallas.
—Moltas —suspiró el Emperador con un gesto de paciencia teatral— ¿qué es lo que quiere usted? Hace un año, recuerdo, le ofrecimos un cargo en el Tesoro... no era una sinecura, sino un trabajo responsable que usted podría haber cumplido a la perfección.
—Majestad, tenía la sensación de que un cargo electivo era un compromiso que no podía abandonar. Mi talento radica en la elaboración y la interpretación de la ley.
—Sabemos bien que eso es lo que usted dice. Ley y política ¿no es cierto?
Era una pregunta capciosa. En teoría, la Asamblea seguía capacitada para debatir la política imperial; en la práctica, el Emperador la desconocía. El Emperador proponía medidas; si la Asamblea no las ratificaba no por eso dejaban de convertirse en leyes, llamadas irónicamente Estatutos de Misipa A. D. (con Asamblea Disidente). En cambio, si la Asamblea votaba medidas que el Emperador no propiciaba, su veto era definitivo. La Asamblea era un fantasma, un cementerio del honor. Le quedaba una única fuerza, un poder intangible... esa asombrosamente apasionada y muda veneración que seguía sintiendo el pueblo por ella como símbolo de otros tiempos. Por amargos que fuesen esos años, el recuerdo no perecía del todo, y las leyes A. D. eran recibidas con resentimiento... un resentimiento ciego e inútil, pero real, y el gobernante de un pueblo explosivo no podía desconocerlo por completo.
—Majestad —dijo Moltas con un giro evasivo que Asta comprendía bien—, la situación de la Asamblea con respecto a la política parece necesitar una puesta al día.
Asta esbozó una sonrisa viscosa y dejó pasar la alusión.
—Bueno... hace muy poco le ofrecimos un título. Porque deseábamos que emplease usted sus indiscutidas condiciones en el Consejo Asesor Declinó el ofrecimiento. Hemos sido muy pacientes con usted, Mokas.
—Tuve la sensación, Majestad, que si pasaba a integrar el Consejo Asesor iba a perder el contacto con el pueblo, con los ciudadanos...
Asta se inclinó hacia adelante, esgrimiendo un índice de maestrito.
—¿Está usted tratando de darnos indicaciones acerca del pueblo, lan Moltas? ¿No comprende usted todavía que el pueblo no tiene más que un amigo verdadero, y sólo uno: el Emperador? ¿Por qué cree usted que se me conoce como el Humanitario, el Dador de Luz de Sol-Amra?
Moltas pensó: aceleremos el límite. Esto podría llevar media hora.
Fue menos que eso, pero las oraciones giraban como ruedas de carros, y apareció la visión del mundo que tenía Asta: el Imperio Misipano que se extendía hasta los límites más remotos, la vieja Velen del otro lado del mar del Sur, aplastada, ocupada, absorbida hasta el comienzo mismo de las selvas sobre el borde inferior del mundo; las tierras del norte castigadas con la ballesta y la falange misipanas por su arrogancia, la industria de Katskil atada al yugo misipano; la ley. las costumbres y la religión misipanas extendidas hasta los confines de la Tierra... un único estado, un todo refulgente, donde no se conocería el disentimiento, y el Humanitario sentado en la cima.
—El estado, Moltas... ¿qué hay fuera del estado? ¿Nos habla usted del pueblo cuando sólo nuestros ojos son capaces de verlo tal como es? Las hormigas de un hormiguero, las hojas de un árbol que mueren para enriquecer la tierra. —Asía se interrumpió con una sonrisa tensa—. Olvidábamos que usted vive a dieta de oratoria. Al grano. Tenemos un proyecto especial en mente, Moltas, y estamos convencidos de que hay pocos... pocas hormigas en el Imperio que podrían hacerlo mejor que usted. ¿No nos equivocarnos al pensar que a usted le interesa mucho el bienestar de los musones, verdad? ¿Incluso hasta el extremo de desear introducir ciertas modificaciones en las viejas leyes? ¿Es eso cierto, señor?
—Es cierto, Majestad. Creo que todos lo saben. Claro que el espíritu de los tiempos que corren...
—Mi querido Moltas, al demonio con los tiempos. Son los grandes hombres (y los dioses) los que hacen los tiempos. Yo soy los tiempos, lan Moltas. Ahora bien, tenemos en mente un estudio decisivo acerca de toda la institución de la esclavitud musona... una labor de erudito en realidad... realizada bajo nuestro auspicio, por supuesto, pero sin ninguna interferencia con los esfuerzos de investigación... que serviría como base para recomendaciones inteligentes que conduzcan a una mejora general. Somos bastante conscientes de las... desigualdades, digamos, hasta de las crueldades, lamento decir; y usted, debería comprender que siempre fue caro a nuestro corazón el bienestar de los musones. En esta oportunidad le proponemos que se ocupe de ese estudio... sin ningún tipos de restricción, por supuesto, y con toda clase de facilidades, cualquier ayuda que necesite, y contando, además con nuestra promesa de tomar muy en consideración todas las recomendaciones que haga.
El tigre me invita a su guarida para saborear este bocado podrido... ¿por qué? ¿Qué pretende para traerme aquí después de la medianoche, cuando hasta él tiene los ojos enrojecidos por la falta de sueño?
—Hemos tomado en consideración los inconvenientes, Moltas, y no encontramos ninguna objeción legal que le impida asumir esta tarea y conservar al mismo tiempo su título de Consultor, con licencia.
—¿Hay otras condiciones, Majestad?
Asta se aferró al trasero dé la pobre esclava y le sacudió el cuerpo para enfatizar las palabras.
—¡Fíjate, queridita, fíjate cómo desconfían de mí estos eternos políticos! ¿Te das cuenta, queridita? Siempre igual. —La muchacha logró emitir una risita obediente, mientras trataba de evitar que se le cayese la bandeja de frutas. Un durazno maduro rodó y se estrelló contra el suelo junto al pie de Asta—. ¡Pedazo de idiota! —El Designado de Sol-Amra golpeó a la muchacha que trastabilló en el pecho, derribándola; con un gesto del brazo Mamó al guardia que estaba en la otra habitación para que la recogiese y la apartarse de su visita—. Algunas no merecen siquiera que se las entrene —dijo Asta—, puede servir para reproducción. Parece saludable. A propósito Moltas, no recuerdo —dijo el Emperador, que jamás se olvidaba de nada— si tiene usted hijos de musones.
lan Moltas contó hasta ocho. Su matrimonio no había recibido la bendición de los hijos y le daba gracias a Dios por ello.
—No, Majestad, jamás tuve interés en un proyecto de ese tipo.
—Sin embargo, podría resultarle de gran interés en el estudio que esperamos que emprenda. Es una lástima que tengan períodos de vida tan largos y que lleguen tan tardíamente a la edad fértil... eso hace que resulte difícil experimentar con las distintas estirpes. Bueno, bueno, me hablaba usted de las condiciones. Y si, mi estimado Consultor, ponemos una condición, y si usted piensa, estimado Consultor, que los dioses mismos gobiernan a los hombres sin pequeñas transacciones, su larga vida dedicada a la política ha sido tiempo perdido. Mañana se presentará a la Asamblea una medida de considerable importancia. No tendrá buena acogida, pero resulta que es vital para los grandes intereses del Imperio, y una ley A. D.. mi estimado Consultor, no me sirve. Ahora bien, hemos notado que alrededor de diecisiete de los treinta y nueve Consultores han sido opositores sistemáticos a nuestros mejores esfuerzos en pro del bienestar de Misipa. son obstacularizadores, reaccionarios, viejos egoístas sin ninguna visión. Tal vez haya una docena que comprenden auténticamente las necesidades de un imperio llamado a gobernar al mundo dentro de poco. Los demás son indecisos, carneros, viejos influenciables a los que usted podría mostrarles el mejor camino. Nuestro deseo es que mañana vote usted correctamente.
—¿Permitiría el Emperador que un estudio decisivo de la esclavitud musona dependiese de un único acto político, de un único Consultor? —dijo Moltas, y se preguntó si ya estarían por tomarlo prisionero los guardias. Había pronunciado las palabras imperdonables con voz mansa; era posible incluso que Asta fuese lo suficientemente estúpido como para no comprender todas las implicancias.
Pero Asta había comprendido. Cuando se inclinó hacia adelante los ojos se le inyectaron en sangre por un momento; también él habló con voz suave:
—Tal vez no nos comprendió bien, Consultor Moltas. Debimos decir que preferíamos que usted votase correctamente... pero no exagere su importancia... ¿Cuál es su respuesta?
—Si me lo permite. Majestad, preferiría meditar durante la noche mi respuesta. Después mi voto en la Asamblea podrá considerarse como mi respuesta.
—Ya veo. Muy bien. —Asta se relajó, suspirando con una paciencia histriónica—. Tal vez deba usted recordar que su voto no es de ningún modo imprescindible... como tampoco es imprescindible, al fin de cuentas, la Asamblea misma o la seguridad de sus miembros. Puede retirarse.
Elkan estaba esperando para abrir la puerta, un servicio ritual al que le daba gran valor.
—Elkan, cuando hablaste con el señor Brun antes de conducirlo hasta mí ¿te mencionó dónde se hospedaba?
—Sí, señor. En la Señal del Zorro, en la calle Dasin. Un lugar barato, pero respetable.
—Un personaje muy peculiar. ¡Y qué peculiares son también las escalas cíe valores! El palacio está de un humor virulento. Elkan, y es posible que la Asamblea no sobreviva al día de mañana.
Elkan aguardaba con las manos cruzadas; pero al ver que Moltas no decía nada más tomó una antorcha de un candelabro y marchó al frente para iluminarle la escalera de mármol al Consultor.
—Señor, me atreví a instalar una nueva mesa en el museo.
—¡Ah, sí, gracias!
Al atravesar la arcada en dirección al museo notó de inmediato el trabajo de Elkan, ya que la esfera del mundo estaba instalada sobre la nueva mesa y delante de ella estaba la imagen de dos caras. En cada extremo de la mesa ardía una lámpara, y todas las demás estaban apagadas; fue así cómo le había dicho el esclavo: Aquí está el mundo, y aquí está el hombre, y aquí la luz imperfecta.
—Gracias, Elkan, y buenas noches.
Se sentó frente al mundo en la semipenumbra y pensó que aunque la idea de una Tierra redonda era perversa, grotesca, hasta ridícula, debía tener algo de verdad. El sol se mueve en el cielo ¿no es cierto? ¿El sol y también la luna? Supongamos que los orbes son mucho más amplios de lo que nos parecen a nosotros. Después imaginemos que hubiese algún ser sobre la superficie de alguno de esos cuerpos: ¿acaso no verían nuestra esfera (nuestra esfera) tal como nosotros vemos el sol o la luna? Pero si todas las cosas están en movimiento...
Es demasiado. Si todas las cosas están en movimiento y fluyen... si nada es estable sino que toda la creación viaja...
Alguien entró en el museo con un susurro de faldas... Keva, seguramente preocupada por su vigilia.
—lan, ¿no vienes a la cama? (El banquete fue aburridísimo, realmente aburridísimo.) No puedes seguir sin dormir. —Él apoyó la cabeza contra el pecho de la mujer—. Ya sé. supongo que son cuestiones de política, siempre la política. Me gustaría que no asumieses tantas responsabilidades. ¿No vas a descansar?
—Parece que la misma Asamblea está en problemas. Es posible que no pase nada.
—No dejes que esas cosas te depriman tanto.
—Es mi vida. Keva.
—Fuiste al palacio. Me lo dijo Elkan.
—Asta quiere que le haga un estudio erudito acerca de la esclavitud musona.
—¡Pero eso es maravilloso! ¿No es cierto? Quedarías liberado de la Asamblea. Y eso es algo que deseas mucho ¿no es cierto?
—Hay una condición. Y, por otra parte, el estudio culminaría en una recomendación más.
—Ya veo. Creo que entiendo.
—¿Qué es lo que entiendes, querida?
—Entiendo que por satisfacer cierto... cierto ilusorio ideal de virtud estás por rechazar el ofrecimiento del Emperador, aunque eso signifique que te corten el cuello... No te comprendo. Nunca te comprendí. Esta habitación, todas esas cosas viejas cosas muertas... Ya veo. estás ausente, con la mente en algún otro lado. lan, tenemos que vivir en el presente ¿no es cierto?
—El presente es sólo un destello entre infinitos, un lugar para ser feliz y desdichado. No es verdad que el presente es el único lugar que conocemos. Debo mirar más allá, en ambas direcciones. No puedo cambiar...
—Dejemos esto. Y no te quedes levantado mucho más tiempo, lan, por favor. Dios mío. dentro de una o dos horas va a amanecer.
—En seguida me voy a la cama, Keva.
—¿Qué es esa cosa redonda tan absurda?
—Un juguete a lo mejor. De la Edad de los Hechiceros. Vete a descansar. Keva.
Cuando estuvo solo de nuevo Moltas recordó cómo algunas estrellas se mueven, o parecen moverse, a la manera del sol y la luna. Seguía ardiendo una lámpara en el palacio, un ojo atento y maligno; más allá se extendía sólo la serenidad de la noche.
La mañana amaneció pesada, calurosa y húmeda, con presagios de tormenta. En la antesala de la Cámara de la Asamblea estaban apostados cinco miembros del Mavid con espada, daga y maza antimotines, muy prolijos con sus taparrabos negros y sus túnicas, deliberadamente indiferentes ante la llegada de los Consultores. Ninguna tradición los autorizaba a estar allí: incluso existía una costumbre más antigua y más severa según la cual se prohibían las armas en el edificio de la Asamblea. Moltas sintió el contacto de un amigo sobre el brazo; era Amid Anhur; tenía manchas de bilis en la mano arrugada... Amid era viejo, demasiado viejo, como muchos otros allí. Era un mal de la época, y no podía adjudicarse a Asta, que sólo los ricos se pudieran presentar a elecciones en esa tierra que seguía convencida de tener un gobierno representativo, bajo un emperador que decía tener intenciones de restaurar la República en cualquier momento; y pocos hombres jóvenes eran ricos.
—Supongo que tenemos que ignorar a esos piojos ¿no, lan? No son más que una patrulla de las pulgas personales del lobo.
—¿Cuánto tiempo podremos resistir?
—Un día... una semana... un año.
—¿Cuántos de nosotros seguimos siendo dueños de nuestras almas?
El edificio era obra del período medio de la República; Amid Anhur tenía los ojos fijos en el surco que habían abierto en el umbral de la puerta interior los legisladores de Misipa que habían pasado por ella durante más de doscientos años.
—Hace un año te habría respondido que veinticuatro. Ahora que Barshon y Menefar están muertos... tal vez de muerte natural, y que el menor de los Samis fue asesinado en la taberna, sin que el Mavid tuviese ningún interés en ubicar a sus asesinos, mientras su padre recuerda que tiene otro hijo más. Míralo a Carmon allí, simulando no haberse dado cuenta de que le hice un saludo con la cabeza. No es muy saludable reconocernos.
—Ven a mi casa esta noche. Compré una cosa muy extraña.
—¿Otra antigüedad? ¿Y qué del presente, lan?
—Este objeto es intemporal. Te ruego que vengas a cenar con nosotros. A Keva le encantará verte.
—Voy a ir, con mucho gusto —dijo el viejo y ambos entraron en la sala—. Debemos ocuparnos de las cosas intemporales... mientras nos quede tiempo.
Kalon Samis, el Presidente del mes, los llamó al orden, con una voz inexpresiva, estudiada y cautelosa, tal vez en memoria de un hijo. Tendrían que haber continuado con el debate sobre el impuesto de la seda, pero una hoja de pergamino temblaba entre los dedos de Samis.
—Hay un mensaje imperial que tengo órdenes de leer antes de comenzar la tarea del día. —En el fondo de la sala había un capitán del Mavid apoyado contra las puertas de bronce, y sólo algunas miradas y un desdén contrariado protestaban contra su presencia—. Además, caballeros, la lectura de este mensaje debe considerarse una moción: puede comenzar luego el debate formal, pero tal vez debe restringírselo. El mensaje dice: "Es propósito Imperial que la Asamblea reconozca a los primos segundos y terceros y a los primos políticos del Emperador como miembros plenos de la Casa Imperial, capacitados para servir no sólo dentro del Consejo Asesor, en razón de su nobleza, sino también como miembros asesores de la Asamblea de Consultores, con derecho de voto". Ahora, como dije antes, el debate debe ser restringido.
Moltas estaba de pie. Seguramente muy pronto habría otros dispuestos a quebrar el anonadado y nauseabundo silencio (ya podía oír las palabras de estupor y las respiraciones agitadas), pero Samis le dio la palabra con un gesto casi imperceptible.
—Consultores de Misipa, hay ocasiones en que los hombres pueden decidir que no conviene aceptar un puntapié en los testículos con corteses fórmulas de agradecimiento. A mi modo de ver...
No era difícil estando así de pie y siguiendo el ritmo de su propia voz experta y poderosa. La Asamblea siempre había disfrutado los períodos largos y el trueno poético, eran parte cíe su estilo... arcaico tal vez, pero todavía tenía su audiencia. Y en ese momento, si un hombre elegía atarse a la cruz en el mercado con una soga de palabras, la Asamblea estaba dispuesta a escucharlo con toda urbanidad.
—Los primos, es verdad, podrán encontrar que nuestras reuniones son un poco aburridas a veces... oscuros debates, leyes sobre impuestos, discusiones, tantas cosas que interfieren con actos cíe adulación y de promoción de los amigos más próximos. —Introdujo otros chistes y procacidades, aunque los oídos le decían que las risitas que suscitaban eran las que nacían del nerviosismo próximo a la histeria. Y sin embargo, en cierto modo, disfrutaban con eso... los ahorcados bailan.
Hubo alivio en la masa de rostros muy familiares cuando empezó a hablar de la República. Era un cliché de la Asamblea esa mirada retrospectiva y nostálgica hacia una época desaparecida, ya inofensiva por inútil. Pero después se dieron cuenta de que Moltas no hablaba en ese sentido. Estaba hablando de la República como si fuese un lugar vivo, casi dentro del aquí y el ahora... del otro lado de la colina a un día de viaje. Les estaba pidiendo que pensasen que lo que habían construido y perdido una vez los ciudadanos, podían construirlo nuevamente, un poco mejor si tenían suerte. Había épocas, decía, en las que el esfuerzo humano parecía no generar más que sufrimiento, error y confusión... pero tal vez incluso esos tiempos agregaban algo a la suma del conocimiento humano.
—Y hay épocas —decía lan Moltas— en las que parece haber desaparecido la voluntad de luchar contra el mal. Tal vez esta sea una de ellas. Si la Asamblea perece no habrá ninguna luz hasta que, desde algún punto de la tierra, pueda verse el resplandor de las fogatas de la revolución... tal vez ustedes no lleguen a verlo, porque ya no estarán aquí. Y ahora les digo, sólo a unos pocos de entre ustedes: no tenemos que avergonzarnos si a veces no hay nada mejor que hacer por una idea que morir por ella.
La Asamblea votó contra Asta, veinte a dieciocho. Samis se abstuvo.
El capitán del Mavid también era un orador experimentado. Avanzó hasta el frente a grandes pasos, sin prestar la menor atención al Presidente Samis, y esperó que se hiciera el debido minuto de silencio.
—Por decreto del Asta el Designado de Sol-Amra, Señor del Mundo, la Asamblea de Consultores queda disuelta desde este momento. No podrán abandonar los Jinetes de Santa Norlenas, y deberán considerarse en disfavor del Emperador hasta tanto él haya examinado ciertos cargos presentados contra determinados miembros de este cuerpo. Saldrán del edificio en silencio y se irán a sus casas. Eso es todo.
Sin el apoyo ya del coraje que da la acción, los pensamientos le revoloteaban como palomas asustadas. Keva... ¿qué puedo hacer...? ella tiene parientes en la familia imperial... tal vez...
Elkan... está mi testamento... pero se va a ir... dinero para Elkan... si al menos...
Señal del Zorro en la calle Dasin. Ya está, voy y arreglo con ese hombre... si pudiésemos zarpar... hay que saber tratar con las aguas de altamar...
Pero el capitán del Mavid tenía un mensaje personal para él y lo detuvo en las escaleras de la entrada acompañado por dos de sus hombres, por si se presentaban dificultades.
—Caballeros —dijo Moltas—, el mundo es una esfera.
—Tiene que venir con nosotros hasta la prisión del Distrito Siete para un interrogatorio —dijo el capitán con voz neutra.
Uno de los nombres era muy joven, casi un muchacho.
—No voy a resistirme, por supuesto —dijo Moltas, pero deseaba interpelar al muchacho—. ¿Comprendes? Si el mundo es una esfera, la vida vuelve a cobrar interés ¿no es cierto? Hay tanto por saber. ¿Comprendes?
El rostro adolescente sólo revelaba sorpresa.
—No queremos problemas —dijo el capitán, y le ató las manos a la espalda.
—¿No comprendes muchacho? Si el mundo es una esfera, también puede ser una estrella.