nada nuevo (es)
La nave surcó la chispeante obscuridad. Había orbes llameantes, volutas de luz y deslumbrantes espirales que hablaban de muchos millones de soles y escondidos planetas lanzados hacia adelante, siempre hacia adelante a través del infinito. Y a través de esta inmensidad navegaba la nave, un raudo punto, más pequeño en la vastedad que una mota de polvo, una mota que llevaba nada menos que una porción completa de vida.
A tal velocidad iba la nave que las estrellas más cercanas a su ruta parecían apartarse, más hora a hora que mes a mes. Era una mota con un nuevo poder no soñado en sus días pasados cuando un satélite muerto se reivindicó con un estallido triunfal. Una mota cuyos años eran menos que días y cuya carrera en el espacio era enormemente larga.
El hombre no estaba asombrado por el fenómeno claramente visible del cúmulo de estrellas. Era una imagen normal para su edad y tiempo, una maravilla aceptada y frecuentemente descripta a los aburridos televidentes en casa.
Olaf Redfern, el piloto, se sentó frente a los controles y miró el brillante cielo con calma, con el flemático aire de quien tiene la tarea de encontrar una aguja en un pajar. Con la ayuda de cartas, mapas, instrumentos, máquinas de calcular del tamaño de una etiqueta de cigarrillos, con las habilidades del Navegante Paul Gildea y la suerte de un granate de Terra en el anillo, lo había hecho cincuenta veces en el pasado, y estaba confiado de hacerlo cien veces en el futuro. Ajustó los controles, que eran tan complicados como para hacer la mayor parte del trabajo de calcular el ángulo de giro con pocos movimientos, fijó el curso levemente alterado, mientras aún miraba hacia el amplio espacio exterior.
Al poco rato, Simkin, el arqueólogo, se acercó, tomó el asiento adyacente y estudió el panorama.
–Alguien dijo alguna vez –señaló–, que es mejor viajar que llegar. Yo no lo creo. Uno puede cansarse de vivir un salto adelante del sonido de un silbato mientras una multitud de velas flotan alrededor en la noche.
–Eso es porque tienes poco que hacer antes de llegar –dijo Redfern–. Intenta pilotear, para variar. Lo encontrarás muy interesante.
–Soy demasiado viejo para comenzar de nuevo, y demasiado enamorado de mi campo de estudio –mostró a Redfern una sonrisa apologética–. El impulso que pones en encontrar nuevos mundos no es mayor que el que yo tengo al escarbar un antiguo artefacto, enorme y herrumbrado.
–Francamente no le encuentro fascinación a tu tarea –dijo Redfern–. Tiene sus raíces en el pasado lejano, que está completamente terminado, pero sí a mis investigaciones del futuro hacia donde nos movemos continuamente. El futuro es controlable, dentro de ciertos límites. Tú no puedes hacer nada con el pasado.
–Estoy de acuerdo. Aún así, tenemos nuestras sorpresas y nuestros triunfos. Después de todo, fue un puñado de excavadores quienes probaron sin lugar a dudas que la vida inteligente había existido en uno de esos mundos cercanos a Arturo.
–Pero aún son mundos muertos para mí –comentó Redfern.
–Puede ser. Están cavando más profundo todavía. Quieren saber por qué se fue la vida. ¿Se terminó? Y si fue así, ¿por qué causa? Las respuestas a esas preguntas pueden decirnos cosas que merezcan la pena saberse. Nunca seremos demasiado viejos para aprender.
–En eso estoy de acuerdo –aceptó Redfern.
Falderson, el sociólogo de masas, entró en la habitación y se desplomó sobre un asiento. Era un hombre de barriga amplia con un tic nervioso en su ceja izquierda. El tic solía fascinar a formas de vida alienígenas durante las observaciones cruzadas.
–Deberíamos descender en unas catorce horas, de acuerdo con la última estimación de Gildea –anunció–. Y ruego al cielo que no sea una banda de aullantes bárbaros que nos tiren cosas apenas nos vean. Odio tener que admitirlo, pero este encierro me ha cargado con demasiada grasa para entrar en batallas primitivas.
–Perderás esa grasa –prometió Redfern–. Será mientras hiervas dentro de un caldero.
–No puedo imaginar a los inmortales como salvajes analfabetos –respondió Simkin.
–¿Inmortales? –Redfern le miró con incredulidad–. ¿De qué estás hablando?
Simkin mostró la misma sorpresa.
–¿No sabías que el planeta que buscamos, según se rumorea, está habitado por inmortales?
–Es la primera vez que lo oigo. Tengo instrucciones de vuelo, lo mismo que Gildea. Transportamos expertos por todo el espacio, y casi nunca conocemos o preguntamos la razón –frunció el ceño y agregó–: No puedo creer que alguien haya descubierto el secreto de la vida eterna. Tomo esa idea como un pesado cargamento de sal.
–Lo mismo nosotros –respondió Simkin–. Pero las leyendas frecuentemente prueban ser distorsiones de algo originalmente real. Nuestro propósito actual es determinar ese grado de distorsión descubriendo cuánta verdad existe, y si tenemos suerte, si aún existe.
–¿Dónde entran las leyendas en esto?
–Dile, que es tu tema predilecto –sugirió Simkin a Falderson.
El sociólogo de masas dijo:
–¿Has escuchado hablar de los Alpedes, el grupo de siete planetas más allá de Rigel?
–Debería. Estuve allí dos veces. Y ya que se menciona, no estamos muy lejos de él ahora.
–Entonces sabes que están poblados por vida inteligente más o menos civilizada, pero sin el avance suficiente para ser capaces de construir siquiera un anticuado cohete. Por ello, no pudieron tener contacto entre ellos hasta que llegaron los de Terra, hace dos siglos, e instalaron un pequeño servicio de correo inter-sistemas.
–Sí, uno de mis amigos hace de piloto para ese equipo.
–Bien –prosiguió Falderson lentamente–, por consideraciones políticas, estratégicas y comerciales que se hicieron primero, sin mencionar el impulso a otros intereses mucho más urgentes, y en miles de direcciones diferentes, bueno, pasó un tiempo antes de que nadie se pusiera a estudiar en serio la cultura de “siete capas” de los Alpedes. Cierto profesor Wade lo hizo y después de un par de años apareció con los pelos parados.
–Me pareció un eufemismo –acotó Simkin.
Sin prestarle atención, Falderson continuó:
–En todos, en los siete planetas, había recogido historias para estudiarlas. Y todas las historias tenían el mismo tono de leyenda. Naturalmente, como carecían de contacto, las historias y leyendas no tenían nada en común, sólo detalles menores explicables por circunstancias fortuitas. Pero había una excepción más que notable: todos los planetas poseían una leyenda mágica acerca de un mundo de inmortales.
–Pero eso sugiere algún tipo de contacto –objetó Redfern,
–¡Precisamente! Pero aún así las historias no lo mencionaban. Por lo tanto, si alguna vez hubo un contacto fue hecho por poder, fue realizado por seres de afuera, exactamente como es ahora. Fue en el pasado lejano, antes de que su historia comenzara a escribirse, y en los días brumosos cuando las leyendas nacen. La conjetura más lógica es que fueron visitados por estos inmortales y que ahora recuerdan muy poco, solamente su atributo más llamativo, a saber, la inmortalidad.
–Hum...m...m... –murmuró Redfern–. Dos veces puede ser coincidencia, tres también... pero siete veces necesita explicaciones.
–Eso es lo que el profesor Wade pensó. Investigó a fondo las siete mitologías y encontró un par de datos más. Primero, que los inmortales nunca visitaron los Alpedes por sí mismos. Eso hizo estragos en nuestra conjetura más lógica, y la única alternativa que pensamos fue que el cuento se originó por alguna tercera parte, algún otro visitante del espacio que la tomó y la pasó. Segundo, todas las leyendas coincidían en que los inmortales vivían en un mundo muy grande, mientras que cuatro de las versiones aseguraban que ese mundo era el único planeta de un sol azul.
–¿Entonces?
–Entonces Wade envió sus hallazgos a Terra sin demora. Los cosmo-grafologistas y otros grandes cerebros se interesaron inmediatamente, sabiendo que muchas veces hemos obtenido información de nuevos hallazgos que nos llevaron directo a otros.
–Gracias en parte a la arqueología –acotó Simkin, codeando a Redfern.
–El sector de Rigel ha sido explorado solamente en una cuarta parte, a la fecha –prosiguió Falderson–. Aún así, tenemos un buen juego de mapas espectrales de esa ubicación. Los análisis revelaron que hay un sol del tipo azul no muy alejado del grupo de los Alpedes. Los astrofísicos están de acuerdo en que muy probablemente sea el predominante en el área, y calculan que tiene un planeta grande con masa bastante baja.
–¿Y es allí donde vamos ahora? –preguntó Redfern.
–Claro, muchacho –Falderson se puso de pie y aplaudió su barriga ruidosamente–. Si tenemos suerte suficiente para poner nuestras manos sobre el secreto de la vida eterna, estarás vagando por el espacio por siempre, amén. Y para mí, me quitaré esta delantera carnosa antes de que me haga caer hacia adelante.
Salió, dejándoles con sus pensamientos mientras la nave aceleraba y el fondo estrellado cobraba densidad. Al rato, Simkin habló:
–Bueno, ¿ves ahora qué fascinante es investigar el pasado?
–Sí, ya lo creo –admitió Redfern.
–Es bueno para cualquier mundo jamás ver a otros –aseguró Simkin–. Mira Terra, por ejemplo. Sabemos acerca de nuestro planeta más que de cualquiera en la Creación. Y aún hay montones de cosas que no sabemos.
–¿Como qué?
–La leyenda más extendida y establecida de Tierra es esa de la Gran Inundación. Sin dudas tiene bases reales. Algo pasó en nuestro planeta, algo de proporciones catastróficas. Provocó el descenso de la humanidad, escala abajo, no sé cuánto, pero tampoco desde qué altura.
–No pudimos caer tanto –opinó Redfern–. Antes de la Inundación estábamos trepados a los árboles.
–Si alguna vez trepamos a los árboles, lo que es discutible, serían muchísimos milenios antes de la Inundación. ¿Hasta dónde hemos subido en nuestra historia actual registrada, que no es sino un fragmento del tiempo? ¿Qué éramos y qué hacíamos cuando los océanos cubrieron las tierras y estuvimos a punto de extinguirnos?
–¡Maldita la cosa si lo sé! Son suposiciones totales.
–Olaf, es posible que hayamos estado por aquí más tiempo que el que pensamos –dijo Simkin serio–. Y por esa razón daría mi mano derecha para lograr lo imposible.
–¿Qué quieres decir?
–La daría por una larga mirada a lo que sea que se esconde intocado bajo cientos de metros de agua salada y grandes capas de lodo. La daría para ver cómo era la existencia, si la había, antes de que los valles de elevaran y las montañas descendieran; antes de que las bandas de supervivientes salvajes y hambrientos vagaran por la Tierra.
–Bien –dijo Redfern sonriendo–, sería bueno ver tu cara si desentierras una nave tan buena como ésta.
–Y sería igualmente bueno ver la tuya –respondió Simkin– cuando te des cuenta de que aún no hemos recuperado las alturas de las que caímos.
Redfern lo dejó pasar sin comentarios. Él era un piloto, un hombre práctico entrenado para enfrentar problemas inmediatos, y no muy dado a especulaciones de largo plazo.
Los astrofísicos probaron que estaban cien por cien en lo correcto. El sol azul tenía un planeta enorme de masa relativamente baja. No era gaseoso, no era líquido. La espesa vegetación cubría la superficie de tierra en la cual brillaban dispersos depósitos de metal líquido, ninguno de los pesados.
Todo favorecía el desembarco. Las pruebas probaron que las radiaciones primarias eran inocuas para la humanidad. La atmósfera era un poco delgada pero con el contenido adecuado de oxígeno. Finalmente, la mayor parte de ese mundo estaba deshabitada.
Una circunvalación a baja altura reveló mucho acerca de su forma de vida dominante antes de que un espécimen fuera encontrado. La inteligencia y el vegetarianismo eran las características más notables de la escena planetaria. Demostraban lo primero las extendidas ciudades; lo segundo, las áreas cultivadas desprovistas de ganado.
Falderson, mirando hacia abajo, dijo después de un rato:
–Mayormente agrario. Nota la falta de industria pesada. Y las ciudades son pequeñas desde el punto de vista poblacional. Parecen grandes porque están extendidas. Cada casa tiene un jardín de una hectárea o más.
–Tampoco mucho tráfico –señaló Gildea–. Ni vías de tren, ni aviones, ni autopistas.
–Aunque tuvieran el cerebro de teorizar locomotoras, aviones y autos, no puedes hacer nada si careces de recursos naturales –dijo Falderson–. Apuesto y gano si aseguro que esta gente no ha ido nunca al espacio y que nunca lo hará. Están sujetos a la tierra porque no los tienen. ¡Hum...m...m...! Será poderosamente interesante ver cuántos problemas sociales aparecieron y cuántos fueron resueltos por carecer de lo que la mayor parte de los planetas habitables tienen.
–Baja, Olaf –ordenó Gildea, señalando–. Planta la nave junto a aquella ciudad cerca del río. El lugar parece muy importante.
–Voy a despertar a Taylor –dijo Simkin, saliendo raudo.
Entró en la cabina media y sacudió al lingüista de su sueño inducido por drogas. Taylor, un sufriente crónico de migraña espacial, emergió de la inconciencia, se sentó, se recuperó, y parpadeó:
–¿Quieres decir que ya hemos llegado?
–Sí. Tu sentido del tiempo está distorsionado por el sueño. Mejor te pones bien porque tendrás que recoger palabras nuevas, gestos, señales de humo, o lo que puedas, bien rápido.
–Ya me arreglaré. Es mi trabajo, ¿verdad? –Taylor bostezó, estiró los brazos, los relajó, y suspiró profundamente–. Esperemos que no sea otro Comina. Me tomó ocho semanas entender ese lenguaje de ruidos de mandíbulas y todavía me duele. Una lengua suave y húmeda no puede reproducir el rítmico golpeteo de palpos con forma de cuerno.
Se tambaleó a un lado cuando la habitación se inclinó. Simkin perdió el equilibrio, se sujetó de un soporte en el muro y quedó colgando.
Permanecieron así hasta que la nave se niveló otra vez y fue disminuyendo la velocidad en medio de los chirriantes ruidos de su sistema de frenado. Se detuvo.
–Gracias al Señor –dijo Taylor fervientemente–. Tierra firme al fin.
Simkin le dejó y se apresuró hasta el frente de la nave. Falderson, Gildea y Redfern estaban allí mirando silenciosamente a través del cristal protector. Un nativo que se aproximaba era el objeto de su común atención.
El que venía había salido de una de las casas más cercanas, la que era baja, larga, y estaba construida con bloques de piedra labrados. Estaba caminando por el sendero de su jardín hacia la nave. Su indudable apariencia alienígena no asombraba a los ojos sofisticados, acostumbrados a formas mucho más bizarras. Lo sorprendente en él eran sus maneras.
Se acercaba a la nave sin asombro, alarma, curiosidad o cualquier otro síntoma visible de los que habitualmente acompañan los primeros encuentros en nuevos mundos. Por el contrario, solamente tenía el aire estúpido de un granjero que se acerca a mirar qué necesita sacar del agujero el hombre del tractor.
Si tenía en mente ayudarles, tendrían que esperar un largo tiempo porque el paso que lograba realizar era sólo arrastrarse. Era un bípedo un poco más bajo que un humano, pero más ancho y pesado. Dos brillantes ojos amarillos aparecían entre las abundantes arrugas que cubrían su rostro de piel gris. Vestía ropa adecuada de la que salían dos piernas verticales y flexibles, tan grises y arrugadas como el rostro. Las piernas terminaban en pies que se parecían a las de los elefantes.
–Superficialmente humanoide –decidió Falderson–. Tomen nota de sus manos, tal cual las mías, ni más largas, ni más estrechas. Pero apuesto que es básicamente reptil. Un tipo de lagarto que aprendió a caminar sobre sus piernas y dar la batalla al desarrollo con su cerebro y sus manos.
–No tiene rabo –objetó Redfern.
–Tampoco lo tienes tú... ahora –señaló Gildea.
–Me hace pensar en algo que leí alguna vez –murmuró Simkin; rebuscó en su memoria, y lo encontró–: Un personaje anciano llamado Jefe Taumoto, o algo así. Fue reverenciado en las islas Tonga durante un par de siglos. Los gerontologistas tomaron gran interés en él porque era la criatura viviente más vieja.
–¿Qué edad? –preguntó Redfern.
–Nadie lo sabía con certeza. Había pasado sobradamente los doscientos años cuando murió. Era una enorme tortuga con el rango de jefe.
–Este tipo tiene cuello de tortuga si he visto bien –dijo Redfern, mientras miraba su laborioso progreso–. Y qué locura de velocidad, ¿eh?
–¿Dónde está Taylor? –preguntó Falderson–. Abre la portilla y baja la escalera, Olaf. Si no vamos al encuentro de este personaje es posible que tengamos que esperar sentados más de un mes hasta que llegue.
Bajaron los escalones y enderezaron hacia el nativo. Al verles, éste rápidamente decidió conservar la energía, detenerse y esperarles. Visto de cerca parecía mucho menos humano. Las dos partes se detuvieron y se examinaron mutuamente; la actitud de los de Terra era de franco y amistoso interés, mientras que el tipo gris no mostró otra cosa que una paciente sumisión al examen.
Señalando su boca, Taylor pronunció con cuidado una pocas palabras al azar, y con tono de interrogación. El otro respondió con tres o cuatro sílabas líquidas dichas en algo más que un susurro.
–Bueno, ellos se comunican vocalmente –dijo Taylor con satisfacción–. Y lo puedo reproducir sin tener que romperme la epiglotis. Necesito dos o tres días, y tendré bastante del lenguaje local para manejarnos.
El nativo escuchó sin cambiar de expresión hasta que terminaron, entonces hizo un gesto lento hacia la casa y habló invitándoles:
–¡Varm!
–Palabra número uno –señaló Taylor–. Varm es “vamos”.
Y fueron. Ese camino fue la tarea más dificultosa que tuvieron que llevar a cabo en varios años. El problema formidable de cómo reducir las distancias por medios aún más veloces que la luz, ahora parecía menor que ésta: cómo caminar a la velocidad de media milla por hora.
Con el otro a la cabeza dieron la vuelta al extremo de la casa, y se detuvieron delante de un par de puertas de madera, grabadas de punta a punta. Caragris las abrió y mostró una máquina allí guardada.
–¡Soles deslumbrantes! –resopló Redfern.
La exclamación era comprensible. El aparato era un esqueleto liviano de tubos de aluminio montado sobre cuatro ruedas envueltas en lienzo y movido por seis pares de pedales. Seis asientos aparecían sobre el conjunto y proveían acomodo a la fuente de movimiento.
Lo sacaron de la cochera y lo colocaron sobre una calle angosta que tenía la suave dureza del cristal. Caragris se colocó sobre el asiento delantero derecho, y colocó una mano experta sobre el volante. Con la otra mano invitó a los de Terra a subirse.
–Toma el otro asiento delantero –sugirió Gildea a Redfern.
Se acomodaron sobre los asientos, pusieron los pies sobre los pedales, que eran como pequeños platos y estaban ubicados un poco altos, como dos pulgadas. Caragris levantó una mano con autoridad, indicando que estaban listos a partir.
El multiciclo se movió, tomó velocidad y se lanzó por la calle a la fabulosa velocidad de doce millas por hora, mientras una docena de piernas se movían a ritmo perfecto. Al llegar a un cruce, el capitán del equipo tiró una delgada cuerda a lo largo de su volante y algo dentro de una caja atrás dejó salir un “wee-e-eek... wee-e-eek”.
Otro “wee-e-eek” vino como respuesta desde la calle lateral donde una máquina similar disminuía su velocidad para dejarles pasar.
Falderson, resoplando desde el asiento detrás de Simkin dijo:
–Esto me quitará algo de tejido adiposo de mi barriga.
–Estoy perplejo –confesó Simkin, mirando a su alrededor–. Miren esas casas, ricamente decoradas y con jardines tan hermosos. Cada una es una postal. Yo pensaba que la gente capaz de construir casas de tan buen nivel podían hacerlo mejor en cuestiones de transportación.
–¿Con qué? –preguntó Falderson–. No puedes hacer pastel sin pasta. No puedes construir autos con metales blandos y no puedes moverlos sin gasolina. Parece que tampoco tienen energía eléctrica –respiró con fuerza, se secó la frente, y agregó–. Apuesto a que son una especie completamente frustrada.
–¿Por qué?
–No son más inmortales que el perro del señor Murphy, pero el mito de la inmortalidad debe haber nacido de algo. Probablemente sean muy longevos. Si es así, han pasado tiempo como se sugiere, lo han visto todo. Eso significa tiempo para acumular sabiduría, mucha de la cual no puede ser aplicada. Tal vez han inventado la mitad de las cosas que hemos pensado, pero en forma de proyecto solamente. Es todo lo lejos que pueden llegar.
–Me gustaría quedarme un año e indagar su pasado –dijo Simkin.
–Si hay que andar otras diez millas –dijo Falderson–, tengo razones para pensar que me voy a caer muerto.
En ese punto la máquina giró hacia la derecha, y rodó a través de un gran cuadrado en el que una docena de fuentes lanzaba chorros de agua hacia el cielo. Se detuvieron delante de las puertas ornamentadas de un edificio grande e importante. Caragris desmontó, los condujo al interior, les indicó esperar fuera de otra habitación. Entró, dejándoles examinando los murales en los muros del corredor.
El Anciano Ciudadano Karfin atendía los papeles sobre su escritorio con la lentitud de los años. Sentía el inmenso peso de sus catorce mil años, y sabía que se estaba poniendo un poco débil y que no le quedaban más que dos siglos. Levantó la mirada cuando alguien entró. Sus ojos amarillos permanecieron fijos en el recién llegado, quietos y sin parpadear, como los de un lagarto que se asolea.
A su debido tiempo el otro terminó su desplazamiento y susurró respetuosamente:
–Honorable Anciano, mi nombre es Balaine.
–Sí, Balaine, ¿qué es lo que deseas?
–Honorable Anciano, apenas pasadas las nueve una nave de los cara-rosada se posó cerca de mi jardín. Había cinco dentro de ella. Los he traído sabiendo que querrías verles.
Karfin suspiró y dijo:
–Vinieron en mi primera juventud. Si recuerdo bien permanecieron dos o tres giros orbitales. No estoy muy seguro porque mi memoria se desvanece rápido.
–Sí, Honorable Anciano –dijo Balaine.
–Eran muy inteligentes y tenían mucho. Pensé que tal vez nos encontrarían sin darse cuenta –suspiró otra vez–. Oh, bien, no puede decirse que ellos nos molestan. Por favor, tráelos.
–Muy bien, Honorable Anciano –Balaine se arrastró y los trajo.
Los cinco hombres de Terra se pararon delante de él, y le miraron con el valiente aire de aventura de los de su clase.
Y ninguno sabía que ésta era la segunda vez.