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francisco valverde torné

el dios muerto (es)

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Las campanas del viejo reloj de pared habían sonado durante cincuenta años. El señor David, el anticuario, jamás se hubiera desprendido de él, aunque no había logrado nunca que marchara al unísono con los demás, y se guiaba siempre por sus veleidades cronométricas.
Era una curiosa forma de medir el tiempo. ¿Pero qué importaba una medida u otra? El reloj tenía su tiempo particular, tan bueno como cualquier otro.
Su cascada campana dio las siete. Todavía tardarían los relojes públicos diez o más minutos en marcar aquella hora. Pero para el señor David eran las siete. Y, fiel a su viejo reloj, se dispuso a cerrar la tienda.
Estaba contento. Aquel había sido un buen día. Había vendido una porcelana de Sévres, una miniatura del siglo xv y un dragón de marfil perteneciente a la dinastía Li, aunque posiblemente falso. Estaba bien. Se sentía tan satisfecho que hasta le pareció que las máscaras japonesas y los ídolos paganos de las vitrinas le sonreían a través de los remotos tiempos de sus orígenes.
El señor David cerró la puerta y en la soledad de su tienda, entre sus tesoros auténticos y falsos, contó el dinero de caja. Al terminar dedicó una sonrisa a su viejo reloj, colgado en lo más alto de la pared, con el que incluso solía hablar algunas veces. Marcaba las siete y diez. En otro reloj lejano sonaron siete campanadas.
Unos golpes en la puerta sobresaltaron al anticuario. Sus clientes le conocían y jamás acudían a su tienda después de las siete menos diez, según la hora del mundo exterior.
Se repitieron los golpes con insistencia.
—¡Está cerrado! —gritó—. ¡Vuelva mañana!
Por toda respuesta una vez más sonaron los golpes en los cristales.
El señor David no estaba dispuesto a amargarse aquel día, y por una sola vez pensó que no sería malo hacer una excepción. Después de todo, se dijo, quizás podría vender alguna pieza más. Acudió a abrir y se encontró frente a un desconocido cuya estatura sobrepasaba la suya por lo menos en un par de cabezas.
El visitante le obligó a abrir del todo y penetró en la tienda.
El señor David se arrepintió de haber obedecido a su primer impulso de avaricia. De repente sólo existieron el desconocido, la caja con el dinero y su indefensa soledad. Nadie podía ir a ayudarle. Intentó ver el rostro de aquel hombre alto, pero sus facciones estaban ocultas bajo el ala del sombrero y el cuello levantado del abrigo. Por primera vez en su vida el señor David se arrepintió de no tener su tienda mejor iluminada.
Intentó pensar que sus sospechas estaban sólo fundadas en un miedo absurdo. Los amantes de las antigüedades a menudo eran personas extravagantes. ¿Y qué tenía de raro aquel visitante, después de todo? Sólo su estatura. Por lo más, todo el mundo llevaba levantado el cuello del abrigo en aquel tiempo.
—Si vuelve mañana le atenderé con mucho gusto —dijo con un hilo de voz, y tratando inútilmente de aparentar calma.
—Mañana ya no estaré aquí —habló por primera vez el desconocido, avanzando un paso. Su voz era extraña. Y el terror invadió al señor David.
—¡Si no se marcha ahora mismo llamaré a la policía!
Pero el señor David no hizo nada, a pesar de que el desconocido no intentó marcharse. Un súbito estupor, al parecer sin sentido, mantuvo al anticuario con la boca abierta unos instantes, mirando fijamente a aquel hombre alto, cuyo rostro permanecía oculto en una sombra extraña. Y cuando el señor David volvió a hablar parecía otro hombre. En realidad lo era, aunque él no se diera cuenta.
—¿Qué es lo que desea? —preguntó amable.
Su sorpresa se la producía él mismo, no el visitante, y lo primero que se le ocurrió pensar era qué estaba haciendo él allí, qué era lo que había hecho durante años. Todo se le antojó muy cómico, y sin duda también por primera vez en su vida se rió de sí mismo. Realmente estaba curado de una enfermedad terrible.
La respuesta del visitante fue sorprendente:
—He venido a comprar.
—¿Comprar?
El señor David no había olvidado qué era esto. Toda su vida había estado haciendo lo mismo, comprando y vendiendo, amontonando dinero. Pero ¿para qué? ¿Por qué se daba cuenta ahora, de repente, que nunca había hecho otra cosa más que tonterías?
El visitante sacó del bolsillo un puñado de billetes de banco y se los mostró. Era ridículo, pero lo cierto era que para el señor David no había existido antes nada más importante que aquellas absurdas estampillas. Había en ellas algo por lo que incomprensiblemente habría sido capaz de matar si las circunstancias le hubieran llevado a ello: los ceros.
Esta idea le provocó de pronto la más desenfrenada hilaridad. Sus ojos relucieron en la penumbra de la tienda y se hicieron pequeños como dos cabezas de alfiler al rojo vivo. Su risa apagó el tic-tac de su viejo reloj, llegó hasta los rincones donde el silencio había dormitado durante años y hasta pareció que algunos objetos vibraban de protesta a la resonancia de aquella risa que casi profanaba el aire de aquel templo del pasado, donde el dios Oro había sido glorificado y respetado.
Sin poder contener su risa, el señor David abrió su caja. Sus manos se llenaron de billetes y tintineantes monedas, que arrojó al aire, provocando sobre él la más extraña lluvia. Entre las carcajadas pronunciaba algunas exclamaciones ininteligibles.
Cuando por fin se calmó, descubrió que el desconocido había desaparecido.
—¡Idiota! —murmuró—. Todos están mal de la cabeza.
Se sentía cansado... terriblemente cansado... ¿Qué le había ocurrido? ¿Por qué jadeaba su pecho, como si hubiera estado subiendo y bajando escaleras a toda prisa?
El viejo reloj hizo sonar ocho campanadas. Evidentemente la última hora había transcurrido muy veloz. Estaba seguro de que habría podido ver correr las manecillas sí se hubiera fijado. Ahora habían vuelto a adquirir su aparente inmovilidad. Todo volvía a ser igual... Es decir, todo no: algo había cambiado.
Recogió del suelo uno de los billetes y lo observó con atención por ambas caras, esperando encontrar, tal vez, el motivo por el cual aquellos papeles habían ejercido en él tanto atractivo. No encontró nada.
«Son pocos para empapelar la tienda —pensó—, y para... para otro uso son demasiado pequeños. Además están sucios... ¿Qué podría hacer con ellos? Tengo muchos más. Deben estar en una caja fuerte del banco... ¿Para qué querrán esto en el banco? ¿Y para qué sirve el banco? Ayer lo sabía... No, hace una hora.
Movió la cabeza perplejo. Desde el fondo de sus vitrinas las figuritas de porcelana y las máscaras ancestrales seguían sonriendo, como si nada hubiera ocurrido.
Sin embargo, en el mundo acababa de producirse la más formidable revolución de todos los tiempos.
* * *
Desde la cumbre de la más elevada montaña de la cordillera, la astronave se elevó despidiendo brillos rojizos bajo la luz del sol naciente. Sólo las nieves eternas fueron testigos de aquel fenómeno, insólito para la Tierra. Un zorro blanco huyó despavorido al percibir el ultrasonido de los motores iónicos, pero se olvidó de la máquina tan pronto como ésta desapareció en el cielo a gran altura.
La astronave rebasó pronto la órbita de Plutón y penetró en el hiperespacio, donde la luz ya no representaba una constante de máxima velocidad, sino simplemente un medio. Allí las estrellas eran negras.
Dentro de la nave tres viajeros del espacio terminaban de ajustar los instrumentos fijando un tiempo límite, que les marcaría el final del viaje hacia el centro de la Galaxia, allí donde los mundos estaban tan cercanos unos de otros que podían alcanzarse a velocidades normales. Uno de aquellos mundos era el suyo, un planeta de noches brillantes, iluminadas por mil soles.
El jefe de la expedición se sentó en la litera anatómica.
—Hemos tenido éxito —dijo—. Mi experiencia fue divertida.
A continuación hizo un relato de su visita al señor David, y de la reacción del anticuario cuando el emisor de ondas hipnóticas de la nave comenzó a actuar sobre todo el ámbito terrestre.
—Su mente sufrió un tremendo golpe. De pronto tuvo que enfrentarse ante una realidad nueva que transformaba su pasado, toda su vida anterior, en algo sin sentido. Se trataba de uno de esos tipos característicos de la raza terrestre que adoraban a los símbolos. Vive rodeado de ellos. Por eso el símbolo del dios Oro, o del dios Dinero, como ellos le llaman, era su amo absoluto. Por eso quise observarle mientras se producía el impacto en su mente. Después del resultado obtenido con aquel individuo podemos asegurar que hemos triunfado sobre toda la raza terrestre. La hemos vencido.
—Sí —afirmó el primer navegante— la hemos vencido sin armas, sin luchas, sin guerras.
—Yo visité a uno de esos extraños y poderosos reyes que llaman banqueros —explicó el segundo navegante—. Su reacción fue similar a la de ese viejo avaro. Sin duda hemos provocado una tremenda conmoción en la Tierra.
—Yo observé a un economista, una especie de sacerdote del dios Oro. De repente se sintió tan inútil como si se le hubieran amputado las dos manos.
—Hemos amputado algo más importante —dijo el jefe—. Sí, les hemos vencido, atacándoles en su punto más débil: su sentido del valor de las cosas, apoyado en esa estúpida invención que llaman dinero. Toda su vida, su cultura, su civilización giraba en torno a ese símbolo que en realidad no representaba nada. Al dejar de existir el valor del dinero, carecerán del estímulo que siempre les ha animado, serán incapaces de crear, de progresar, de evolucionar. Sus mismos impulsos biológicos dejarán de ser racionales. Es como si les hubiéramos quitado el alma, la inteligencia y el amor a todas las cosas que constituían su forma de comprender la vida. Les hemos arruinado como raza superior. Les hemos sumido en el caos. Retrocederán hasta las más primitivas actitudes frente al mundo. Sabrán que crearon una civilización, pero no encontrarán el modo de volver a ella. Entonces se desmoronará, pues no ha sido más que un castillo de arena humedecido por el dinero, que el sol ha resecado. Y entonces volveremos nosotros. Y sin tener que matar, ellos mismos nos brindarán su mundo para que nuestra cultura, que ha superado la edad de los símbolos, pueda extenderse por toda la Galaxia. Sólo que ellos serán incapaces de asimilarla.
Cien años terrestres más tarde los hombres del centro de la Galaxia regresaron a la Tierra.
Eran los mismos, y volvían en la nave de vanguardia de la invasión.
Esta vez no aterrizaron en la cumbre de una montaña, sino en el centro de una ciudad, una de las más populosas antiguamente y que ahora, a sus alegres ojos, aparecía absolutamente desierta.
El sol brillaba en un cielo muy azul, sin conseguir eliminar la sensación de muerte que reinaba por las calles, plazas y edificios. Todo estaba intacto, incluso millares de vehículos aparecían cuidadosamente aparcados junto a las aceras, pero un polvo impalpable y gris indicaba un largo abandono; un abandono que duraba un siglo.
Los hombres del centro de la Galaxia se contemplaron satisfechos de su obra. Los terrestres habían abandonado su civilización al desaparecer el motivo que la sostenía. Permanecía intacta en todas sus obras materiales, pero civilización representaba progreso en todos los mundos de la Galaxia y en la Tierra el progreso se había hecho imposible.
—Han vuelto a la naturaleza salvaje, de la que jamás podrán salir —dijo el jefe—. ¡Qué pequeña consistencia tenía su progreso!
—Pero llegaron a ser poderosos —objetó uno de sus compañeros.
—Sí, demasiado, incluso para nosotros. Se hallaban en la etapa más peligrosa de la evolución, en ese momento crucial en que las razas deben decidir entre lanzarse a la destrucción de otras o a encontrar el camino de la verdad. Creo que estaban a punto de elegir el peor camino. En cierto modo les hemos salvado de convertirse en seres sangrientos. Era una curiosa raza la terrestre. Sustentaba su cultura en papeles impresos. Su poder era sólo apariencia. Su superioridad había buscado el apoyo de la nada.
Anduvieron algún tiempo dando vueltas por las desiertas calles. El primer navegante sugirió que debían regresar a la nave.
—Ya podemos enviar la señal.
—Sí, este planeta ya sólo espera que lo tomemos.
—¡Oh, mirad!
El segundo navegante se agachó y recogió algo del suelo. Era un billete con tres ceros.
—Antes de nuestra llegada jamás pudo ocurrir esto —dijo—. Los guardaban cuidadosamente.
Era la mejor prueba de su triunfo.
Regresaron a la astronave. Pero al desembocar a la plaza se detuvieron sorprendidos. Algunos hombres se habían congregado en torno a la máquina.
—Deben habernos visto aterrizar —dijo el jefe.
—¿Serán peligrosos?
—Observémoslos. Hay algo insólito en ellos.
En efecto, nada indicaba que aquellos hombres hubieran retrocedido a las edades primitivas. Por el contrarío, tanto sus vestidos, como el esmerado cuidado que parecían dedicar a su presencia física, les conferían un aspecto de elegancia sorprendente. Era imposible adivinar más, pero los tres astronautas, picados por la curiosidad, decidieron acercarse.
Casi todos aquellos terrestres eran jóvenes, de ambos sexos, y en sus rostros se reflejaba una serenidad que ni siquiera se alteró cuando descubrieron a los tres extraños seres. Los astronautas tenían apariencia humana, pero tanto sus elevada estatura, como sus ropas y el color azul pálido de sus rostros, hablaba bien a las claras que se trataba de seres de otro mundo, lo que ya era presumible después de haber examinado la nave.
—Bienvenidos a la Tierra —saludó un muchacho moreno, de mirada inteligente—. Somos pocos en la ciudad, pero vuestra llegada ha sido detectada en toda la Tierra.
El jefe se dio cuenta de que las ideas le eran transmitidas telepáticamente.
—Puedes hablar en tu lengua —dijo—. Las entendemos todas.
—Lo sospechaba, pero ya veis que en cualquier caso nos habríamos hecho entender —respondió el joven en español—. Hace un siglo aproximadamente eso no habría sido posible, pero ahora...
—¿Qué ha ocurrido en ese siglo?
—Ocurrió que despertamos.
La figura del joven era majestuosa, pero no arrogante. Emanaba de él una superioridad antes desconocida en la raza terrestre. Efectivamente, los tres hombres de otro mundo comprendieron que entre los terrestres se había producido un decisivo cambio en el orden espiritual. No habían vuelto a la barbarie. Por el contrario, habían experimentado una especie de purificación, de liberación de sus almas encadenadas durante siglos por la fiebre del poder. Y ahora era cuando realmente estaban en condiciones de construir, de dedicar todas sus facultades al progreso del bien común. Se habían elevado sobre sí mismos, olvidando su avaricia, su ansia de ser superiores a los demás, su esclavizadora tendencia al poder y a la presunción. Y tanto su inteligencia como su espíritu habían encontrado al fin el camino libre hacia un perfeccionamiento de los auténticos valores humanos, adormecidos durante largos, siglos. Esto también explicaba que hubieran abandonado sus incómodas ciudades, tan semejantes a termiteros. Distintas causas podían llevar a los mismos caminos, pero los resultados serían también diferentes. Y los hombres del espacio comprendieron, no sólo que habían fracasado, sino que habían obtenido resultados completamente opuestos a sus propósitos. La Tierra era, más que nunca, inconquistable, porque ahora sí se les oponía una auténtica fuerza.
—En el fondo os debemos gratitud —dijo el joven.
—¿Por qué?
—Vosotros nos liberasteis.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Nuestra mente puede acercarse a la vuestra. Y leo en ella. Hemos examinado vuestra nave. Ahora, al conocer vuestras ondas mentales, hemos podido invertir el sentido de vuestro emisor hipnótico.
Corroborando la frase del joven, un hombre salió de la nave anunciando que la operación estaba realizada.
—No es preciso que sigas hablando —dijo—. Lo logré. Creo que hemos podido infundirles una idea salvadora para nosotros, que les llevará a su propia ruina. He examinado el emisor hipnótico, y creo que en un par de días, antes de que llegue el grueso de la flota de invasión, podré construir uno como éste, cuyas ondas envuelvan toda la Tierra.
La multitud había crecido considerablemente en torno a la nave.
Los tres astronautas se miraron unos a otros.
—Regresemos —dijo el jefe—. Hemos perdido.
Penetraron a toda prisa en la nave y se elevaron ante los ojos risueños de los terrestres, en cuyo interior también palpitaba un sentimiento de piedad.
Los intrusos se lanzaron en busca del hiperespacio que habría de conducirles a una nueva conquista, allá, en su propio mundo.
—Después de todo —dijo el jefe— la Tierra es un planeta pobre. Debemos adelantarnos, antes de que en nuestro mundo sospechen la verdad.
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